Rostros de la ciudad por Jeanne Karen en La máquina verde

A veces pasa mucho tiempo, otras en un mismo día, de un instante a otro. Sucede que camino por una calle, no tan concurrida, sin embargo y para mi asombro, me parece reconocer entre los muchos rostros, uno que pertenece a una persona cercana, una persona amada, que no está más aquí. Un rostro que es distinto, único, maravilloso, pero que me aparece en todas partes y luego pasa de nuevo el tiempo, quizás los años y no vuelve a suceder.

Hoy vi tu rostro, por lo menos cuatro veces en un  mismo día, primero en la mañana, un momento kafkiano, una imagen que se esfumó, que parecía desaparecer de entre los vidrios de la ventana de un auto que pasó lentamente. Luego volvió a situarse frente a mis ojos, alguien que caminaba en sentido contrario del mío para perderse para siempre en la multitud.

¿Cuánta nostalgia, cuánta necesidad de un último abrazo, de una palabra más? De encontrar el significado del último mensaje, de las últimas veces que hablamos y las frases eran extrañas, increíbles, inolvidables.

Rostros como los que se asoman en los poemas de Octavio Paz, claros chopos de agua, los rostros de los cuerpos que danzan o también rostros cambiantes como en los cuentos de Bradbury, marcados por la magia, por el destino, por la alucinante tinta de algún tatuador. Caras, perfiles, inscritos en una memoria como la de Funes del gran Jorge Luis Borges, ¿qué se sentirá recordar todas las arrugas, las marcas de la piel, las manchas, las cicatrices, los gestos? Ese rostro como el presente y como el brillante pasado sin ojeras o como el futuro inexplorable, inexistente.

Rostros que nos remiten a otros, a las distintas épocas de nuestras vidas, que nos llevan a cerrar los ojos y ver nuestro propio rostro y el paso de todo, el peso infinito de la realidad.

Hoy vi tu rostro, lo vi en seis personas distintas: parecía la misma mirada, el color de ojos, la boca, la forma redonda y clara de tu cara. Esperaba un parpadeo, esperaba que reconocieras también mis ojos, mi boca, mis mejillas.

¿A dónde vamos a llevar las palabras no dichas y todo lo perdido? No sé a dónde asomarme, detrás de cuál cortina, entrar por qué puerta que nadie abre, solamente para escuchar tu voz de nuevo.

Quizás en otras calles y en otra ciudad vuelva a evocar tu rostro, vuelva a llamarte, ya con calma, con una tranquilidad que ahora no poseo, tal vez dentro de un año, de diez.

Por ahora quiero cerrar los ojos y luego salir a caminar por la misma ciudad, imaginar que vienes, que andas, que vas, que sigues aquí, con tu poderosa forma, con tu esencia, con la velocidad única de tu luz.

Jeanne Karen es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue ganadora en la Convocatoria al Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Piezas de un alma simple

Octubre

Escrito por: Alondra Grande

Vives en la añoranza
extrañando lo que existe en tu imaginación.
Cuando el pasado era presente, ya lo echabas de menos.

Estás a la espera de un rostro que no conoces,
desesperada por tener sensaciones
y cuando las sientes, huyes en dirección contraria.

Incapaz de ver el amanecer sin recordar
lo cálido que ayer fue el sol,
lo incierto que el cielo será mañana.

Mientras, el ahora se desliza entre tus manos,
el tiempo corre como hilos que no teje nada.
Se anuda como corbata estrujando el alma.

Ojalá encontrara mis dedos más palabras,
que mis ojos sostengan mi reflejo
y de mis labios salga el bálsamo, la calma.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 24 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Voces Tejidas | «Cuando Londres nos unió»

Por Leslie Urbina

Era una mañana lluviosa en Londres. Las personas caminaban apresuradas con sus paraguas y grandes abrigos. Algunas se detenían a mirar los aparadores de las tiendas, otras a hacer compras o a llamar por teléfono. Parecía un día como cualquier otro.
En mi interior sabía que pronto estaría reuniéndome con él, y sería un 9 de febrero que no podría olvidar. Miré a través de la ventana y noté el cielo gris. Salí de casa y comencé a caminar en busca de la dirección donde nos encontraríamos. Mientras recorría las calles, me di cuenta de que no sentía nervios en absoluto. Más bien, estaba en un estado de tranquilidad. No sabía si atribuir este efecto a mi abrigo verde o aceptar que su persona me inspiraba paz, como si lo conociera de toda la vida.

Frente a la cafetería, tomé un suspiro y entré, dirigiéndome hacia la vitrina de los pastelillos. Le pregunté a la chica que atendía el lugar si podía esperar a alguien antes de ordenar. Amablemente, y con una sonrisa, me dijo que sí. Decidí entonces sentarme en una de las mesas cercanas a la puerta para que él me encontrara fácilmente. Esperé mientras el aroma a café impregnaba el ambiente.

Cinco minutos después, recibí el mensaje que estaba esperando: era él, diciéndome que el tren estaba retrasado y que le tomaría unos minutos más llegar. Le respondí y seguí aguardando. Miré por la ventana, luego revisé el menú, mis manos, mi teléfono y a mí en mi pequeño espejo, deseando lucir lo suficientemente hermosa.

Debo admitir que el nerviosismo me invadía cada vez que entraba alguien. Y entonces apareció él. Entendí por qué en su último mensaje me había dicho que antes de reunirnos debía «hacer algo». Traía flores: preciosas rosas rojas en un ramo, atadas con un lazo rosa en forma de moño. Me reconoció de inmediato y me sonrió. Me abrazó y acercó su rostro al mío para saludarme con un beso. No supe si desde el inicio quiso besarme, pues su rostro pareció dirigirse al centro de mi boca, y yo giré para besar su mejilla. Lo único que sabía es que me sentía afortunada.

Me pidió que esperara un momento mientras iba a ordenar chocolate caliente para mí y café para él. Regresó, y acordamos dar una caminata por el parque, bajo la lluvia.

Mientras él intentaba encontrar la dirección, hablábamos sobre nosotros. Estábamos felices. Nuestras risas eran compartidas.

Sentados en una banca, frente a un lago, me miró con sus profundos ojos azules, de una manera única, como si me contemplara y yo fuera extraordinaria. Entonces, me besó. Sentí sus labios de terciopelo por primera vez: fue dulce, romántico, cálido, inusitado y necesario.

Lo abracé por un largo momento, apoyando mi cabeza en su cuello para impregnarme de su aroma y memorizarlo. Extendí mi mano para tocar su barba y lo llené de pequeños besos. De pronto, nos besamos una vez más, y otra, y otra, tan lento y suave, dulcecito.

A partir de ese momento, nos tomamos de la mano. Nuestras vidas estaban entrelazadas. Tuvimos una conexión preciosa desde el inicio. Fue mágico. Me sentí encantada de conocerlo, llegó para despertar mi ilusión y hacerme feliz con su amor auténtico, real y sincero.

No quiero olvidar jamás cómo me sentí la primera vez que lo vi. Supe, desde ese instante, que lo amaría.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Insurrecciones Estéticas | Especulativas: la insurrección de crear e imaginar

Por Selvia V. Kotasek

En este contexto, la escritura de las mujeres no es sólo un acto transgresor, como lo ha sido siempre: es una expresión de la conciencia colectiva. Puede ser un recurso terapéutico, en una época en la que la sensibilidad es una forma de rebeldía; puede ser una protesta y una declaración de resistencia y también puede ser un ejercicio de creación intenso y divertido.

Andrea Gonzalez Cruz

Prólogo, Siniestras, 2022.

No se me ocurre un mejor momento para hablar sobre Especulativas que este mes de las brujas.

Como fan del terror, sobre todo del cine pero también de literatura, aprendí a acercarme a este género desde LOS autores y referentes que creaban historias, sí aterradoras, pero donde los personajes femeninos eran retratados de manera pasiva, estereotipada, revictimizante, violenta, en segundo plano o incluso ausentes. Una situación que por supuesto no es exclusiva de este género, sino, como ya sabemos, prácticamente de toda disciplina y género artístico.

Por supuesto, siempre es posible encontrar, a partir de una contundente intención e indagando por los caminos adecuados, artistas y obras que se resisten a la hegemonía y realizan propuestas novedosas y necesarias para apropiarse del terror como un espacio que retrata y denuncia la realidad que, en muchas ocasiones, se presenta más horrorosa que la ficción. Con ello, también abren posibilidades de nombrar, colectivizar e incluso sanar el miedo; así como imaginar qué pasaría si éste cambia de lado y somos nosotras las que aterramos.

Muchas artistas y sus obras se han vuelto referentas de esta resistencia, las mujeres se han apropiado no solo del terror, también de la fantasía y la ciencia ficción como espacios que además de artísticos, se vuelven políticos al contar historias sobre personas y grupos que suelen estar fuera de la hegemonía de las historias.

Ahí se encuentra Especulativas, una colectiva coordinada por Ángeles Sanlópez, Ana Laura Corga y Mayra Escamilla, quienes leen, escriben, difunden y promocionan las obras de narradoras de fantasía, terror y ciencia ficción en México. Es una espacia que tuve la fortuna de conocer hace algunos años a través de las redes y que desde que leí su primera antología, me volví fan de su trabajo. Y es que, como ellas dicen, su propuesta es variada, rica y diversa como las contribuciones de sus colaboradoras.

Especulativas abre convocatorias con diversas temáticas para que cualquier mujer mande su obra literaria o visual alrededor de los géneros especulativos (terror, ciencia ficción y fantasía). Al asumirse como un espacio feminista, los criterios para ser publicadas se refieren a que las obras no reproduzcan estereotipos y prácticas machistas, clasistas y racistas. Los resultados de sus convocatorias se pueden ver y leer en su blog y son difundidas a través de sus redes sociales. Asimismo, abren círculos de lectura y de creación literaria en los cuales es posible leer a escritoras de estos géneros, analizar y comentar su obra, así como escribir en colectiva tomando como inspiración las reflexiones generadas.

Además de todo el acervo que tienen en su blog, Especulativas ha publicado, física y digitalmente, tres antologías en las que han seleccionado cuentos de ciencia ficción (Nosotras, 2021); terror (Siniestras, 2022) y fantasía (Fantásticas, 2024). Yo, como buena fan, tengo las dos primeras y ya estoy esperando la tercera.

Siempre me gustaron las historias de ficción, sin embargo, poco sabía sobre cómo se leían estos géneros cuando son escritos desde otro lugar. De esta manera, me encantó acercarme a la ciencia ficción escrita por mujeres desde los cuentos que se pueden leer en “Nosotras”, y encontrar historias que imaginan nuevos mundos pero que parten desde realidades parecidas a las mías. Qué frescura encontrar otras formas de escribir y de crear y qué necesario, para las mujeres que habitamos realidades latinoamericanas, imaginar otros mundos como un ejercicio indispensable para saber posible la transformación de aquello que no queremos.

“Voces poderosas que nos nutren con temas sobre la sororidad, las luchas, los problemas sociales, las violencias, el amor, las resistencias, la ciencia y la tecnología. Letras que dan vida a nuestras cuerpas y a nuestra relación con otros seres”

Nosotras, 2021.

Aunque en el terror ya tenía más camino andado, la antología “Siniestras” me permitió acercarme a narrativas que, lejos de colocarnos como víctimas pasivas, nos da la palabra, son ellas-somos nosotras, quienes contamos las historias. Y este “pequeño” gran giro en el abordaje del terror, da como resultado no solo cuentos novedosos, sino prácticas políticas que se alejan de la desensibilización que provoca el terror mainstream y denuncian lo horroroso de la realidad para hacer catarsis del miedo, la impotencia y la sed de justicia en las que muchas nos reconocemos.

“En estas historias nos enunciamos como sujetas, le hacemos frente a la construcción de otredad en la que nos han encasillado a partir de la mirada masculina y nos presentamos libres, revelándonos como escritoras de un género en el que se nos ha excluido del canon.”

Siniestras, 2022.

Además de los maravillosos resultados del trabajo de Especulativas en su blog y en sus antologías, son las prácticas que han tenido como colectiva lo que me hace admirar su trabajo constante y congruente con sus principios. Como ellas mismas lo han mencionado, y muchas lo sabemos, este trabajo de creación y difusión es realizado en medio de jornadas laborales y trabajos reproductivos que, como habitantes de este sistema capitalista y patriarcal, todas tenemos que realizar y por supuesto, las coordinadoras de la colectiva no están exentas. Ellas sostienen el proyecto con mucho trabajo que es posible comprobar en la constancia de sus acciones, pero también con mucha amora, que se siente en cada espacio y cada obra que publican.

Esto último no es poca cosa, pues traer los afectos a la creación artística se vuelve fundamental para cuestionar la idea masculina de la objetividad, pero sobre todo para abrir espacios amables, seguros, sanadores y por lo tanto, germinadores de la creatividad de mujeres que, igual que ellas, tampoco pueden dejar las dobles y triples jornadas, pero que en espacios como estos, donde no hay juicios, sino acompañamiento, encontramos esa chispita que nos hace dejar de dudar de nosotras y permite que fluya el análisis y la creación.

He tenido la oportunidad de entrar a algunos de esos espacios y debo decir que, aunque de principio me sentí intimidada por los excelentes análisis y la maravillosa escritura de todas las presentes, poco a poco me permití fluir, porque nadie me estaba juzgando, al contrario, todas nos acompañábamos en nuestras reflexiones y creaciones. Al final, no sólo salí siendo fan de Adela Fernández, sino que escribí mi primer cuento de terror inspirada por las potentes letras de mis compañeras, lo cual no hubiera sido posible sin la pasión y cuidado que las Especulativas (Ángeles, Ana Laura y Mayra) ponen en cada espacio que abren.

Qué necesario entonces, no sólo difundir, sino propiciar la creación; acciones insurrectas en un sistema acostumbrado a negarnos la creación, los géneros especulativos, los espacios de reflexión y la entrada a la Cultura (así, con mayúscula). Las actividades de Especulativas son sumamente potentes en su ámbito simbólico pero todavía más grandes en su aterrizaje práctico en la vida de las mujeres que reflexionamos, escribimos, creamos y leemos junto con ellas. El acervo que están creando es, me parece, de un valor histórico que en el presente representa un espacio amoroso e importante para difundir y propiciar la creación especulativa de mujeres mexicanas y que en un futuro, imagino, será referente obligado del género en nuestro país.

Todo esto las Especulativas lo han realizado sin sentarse a esperar a que las grandes editoriales o instituciones les abran espacios. Ellas los han construido de mano de todas sus colaboradoras.

“Es cierto que en este siglo XXI algunas seguimos trabajando por un espacio para nosotras en el mundo editorial, los premios y las becas, pero más allá de esa cuestión de justicia simbólica, es necesario reconocer que muchas ya tenemos una habitación separatista y propia, que escribimos en el camión-el metro-la chamba-la cama y la cocina, y que el canon se tambalea con una gran pinta color violeta que dice: Somos escritoras libres nos tenemos a nosotras”.

Marisabel Macías en el prólogo de «Nosotras», 2021.

Como dice Mar, con un pie haciendo espacio en esas instituciones en las que también merecemos espacio y sin dejar de exigir mejores representaciones en el cine, la literatura y el resto del arte, muchas colectivas, entre ellas Especulativas, ya están abriendo otros espacios que nos permiten encontrarnos con obras y artistas insurrectas al tiempo que nos reconocemos sujetas y creadoras.

No dejemos de buscar y reconocer esos espacios, no dejemos de incomodar con nuestra imaginación y creación. Participemos y apoyemos los espacios creados de nosotras para nosotras y sigamos imaginando mundos NUESTROS como paso imprescindible para su construcción.

Las invito a apoyar el trabajo de Especulativas siguiendo su trabajo en redes, y adquiriendo su tercera antología: “Fantásticas- Antología de cuentos que acuerpan” que reunirá quince cuentos que, en sus palabras: “abordan temas relacionados con la transformación del espacio cotidiano, las ancestras, el encuentro con la naturaleza, el placer, la comunidad y la necesidad de re-existir bajo un sistema patriarcal violento.”  

La preventa durará hasta el 31 de octubre y está disponible aquí.


El increíble acervo que ha construido Especulativas se encuentra en su página y es posible seguir su trabajo (y el enlace a su pagina) en Facebook e Instagram.

Te invito a leer otras entradas de mi columna «Insurrecciones estéticas»:

Espectro

Por Madelaine BO.

Llegó casi al anocher, se presento como siempre solía hacerlo con un encanto despreocupado se sentó en el sillón y la esperaba con paciencia. No tenía prisa de apresurarla ya que de cualquier manera tenía toda la noche desocupada.

Ella estaba plasmando sus emociones como siempre solía hacerlo, escribía para que no explotara su cabeza con tantas cosas guardadas, las teclas sonaban sin parar era como si estuviera poseída, llenaba una y otra hoja como si no tuviera fin… En toda la casa solo sonaban las teclas de la maquina de escribir y cada cambio de hoja, él solo la observaba con paciencia sin interrumpirla, no hubiera querido cortarle la inspiración.

Una vez que ella terminó lo saludo, comenzaron una platica interminable él solo la miraba ya que solo buscaba una cosa, tomarla hacerla suya y llevársela para siempre, solo esperaba el momento indicado, ella le invito una bebida para hacer más amena la velada y después de varias horas el espectro actuó sin pensar la empezó a seducir, la beso y ella cayó desmoronándose en sus brazos llena de pasión; el dentro de si cantaba victoria por fin se la llevaría.

Pero con lo que él no contó es que la bebida había sido alterada y ella astutamente tenía el mismo plan, quedarse con él y usarlo cada que lo necesitará. Así el quedó rendido a sus pies, para hablar cada que ella lo necesitará ya que solo eso ella buscaba.

Nadie lo sabia pero ella tenía en su closet una colección de espectros guardados; los usaba uno a uno dependiendo la ocasión y por eso cada año citaba a uno para así poder hacerlo parte de su posesión.

Cuando se interrumpe el diáologo interno por Jeanne Karen en La máquina verde

Escribir es iniciar el diálogo interior. Hay días, a lo largo de nuestras vidas, en que esos pensamientos se interrumpen, aparecen cada vez menos, son cada vez más ligeros, más cortos o menos significativos. Son desplazados por las cosas por hacer, las situaciones por resolver a muy corto plazo, de modo que esas voces interiores comienzan a quedarse en silencio.

Ahora puedo estar unos minutos sentada en el sillón de la sala, mirando por la ventana hacia una calle donde extrañamente pasa un gato o quizás un par de perros de vez en cuando, prácticamente no sucede nada, la quietud también desespera. Entones las ideas no llegan, la luminosidad del día encandila cualquier pensamiento; solamente soy como el reflejo en el vidrio, algo que pasa, que dura un instante y se va.

Sin embargo, cuando una es escritora o aspira a serlo, las palabras deben conjurarse, conjuntarse, reunirse, las palabras y sus significados, las palabras y sus mensajes. No puede ser de otra manera, entiendo que hay personas que quizás escriben de vez en cuando o con otras intenciones que no son propiamente las de los escritores, puede ser por ejemplo de una forma lúdica, terapéutica, etc.

Escribir, cuando lo hacemos de forma cuidadosa sobre los temas que nos interesan o cuando se escribe de manera literaria, es distinto. Las exigencias son otras, a veces no nos ponemos límites, a veces existe la necesidad de seguir explorando, de seguir inventando.

En este momento de mi vida tengo que retomar la escritura, encontrarme de nuevo con la hoja en blanco, casi sin pensar en el punto final, solamente tratando de recorrerla, sintiendo de nuevo la necesidad de decir, de dejar algo.

Es difícil, no es una actividad natural, ahora que lo pienso, no es como caminar, ni siquiera como hablar, es algo para lo que se requiere práctica, impulso, técnica, y sobre todo disciplina.

Por cuestiones de salud comencé a tomar medicina, he notado que inhibe la ansiedad, por lo tanto también termina con el descontrol, con la enorme cantidad de diálogos internos, de ideas inconexas y persistentes.

Ahora debo adaptarme al orden, a desentrañar de otra forma las historias, de activar la creatividad para escribir poesía, porque siempre resulta más complicado. La poesía no es algo aislado, que llegue a mi mente como un relámpago, la poesía no es como el amor. La poesía es otra cosa, o tal vez no es ni siquiera una cosa, más bien la poesía es como un estado de la materia, como una fórmula, como una variante que bajo las circunstancias precisas cambia. A veces podemos leerla y comprenderla a la primera, pareciera tener cierta ligereza, pero para que el poeta logre que así sea, ha pasado por un proceso de pensamiento complejo.

Así que iré adaptándome, cuidaré mi salud, trabajaré un poco más y espero que con los días, también un poco mejor; escribiré poesía, no sé todavía desde dónde, cómo, no sé si cambiará mi voz.

¿Qué hacen ustedes con todos esos diálogos internos que interrumpen su vida y el estado natural de las cosas, la acción sobre lo urgente y lo necesario?

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Cartografías del Instante| Herida

Herida

Por Anyela Botina

En este sueño, hay una herida que supura palabras y se le pegan las moscas; [las moscas] frotan sus patas, chupan las palabras y se aparean con ellas.

Y mientras en algún lugar, alguien sueña con una herida,

una mosca sueña con una montaña de agua oscura, nido de buitres. Una montaña que se levanta de la tierra y llora.

[Vuelve a darme a luz, madre, y limpia mi sangre con la tuya]

Y mientras la mosca sueña con una montaña,

una montaña sueña con un niño que no le teme al diablo, que pinta el cielo de rojo con una sola mano, con un solo ojo, con un solo pedazo de corazón.

Y mientras una montaña sueña con un niño,

Yo sueño que el pecho se me encoge, que intento decir amor, vida, cielo, ave, pero todas las palabras son moscas que se me rebotan por los ojos, como lagrimas sucias, lagrimas que devoran mis manos, mis ojos, mi ultimo pedazo de corazón.

[Vuelve a la vida, madre, y arrulla mis sueños]

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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De recuerdos, aventuras y reflexiones|El poder de los recuerdos

Por Tania Farias

Con la mañana bien avanzada, el calor comenzaba a agobiarnos. La plaza principal albergaba algunos espacios sombreados, mas no los suficientes como para encontrar la frescura que necesitábamos. Sin embargo, aún guardábamos el deseo de continuar descubriendo la ciudad colonial que visitábamos: la catedral, erigida en piedra blanca, era una de las joyas que no podíamos perdernos. 

Un tanto por el interés de conocerla y otro por encontrar un resguardo del calor abrasador, dirigimos nuestros pasos hacia el imponente edificio. Sus techos altos y sus paredes desnudas eran una invitación para cualquier visitante en búsqueda de frescura. Avanzamos hacía el altar con pasos lentos. El cristo, imponente, a pesar de su simpleza, dominaba desde el fondo del recinto. Mi marido se dirigió hacia el interior haciendo pequeñas paradas frente a algunas de las imágenes religiosas; yo seguí a mi hijo quien caminó hasta el frente y se sentó en una de las bancas de adelante, ubicada entre dos entradas laterales, donde un aire fresco cruzaba de un extremo a otro. No pasó mucho tiempo antes de que mi marido se uniera a nosotros y se sentara a nuestro lado. 

De pronto, se escuchó un cántico entonado por un coro que momentos antes se había instalado en uno de los costados, los presentes se pusieron de pie y desde detrás del altar salió una pequeña procesión encabezada por el sacerdote. Una celebración eucarística estaba por dar inicio. 

Miré a mi esposo para saber qué haríamos: ¿nos quedaríamos a la misa o mejor nos retiraríamos de inmediato? Sin poder descifrar en su mirada una respuesta concreta seguimos el protocolo de la celebración. El sacerdote dio su discurso de bienvenida a los feligreses y un nuevo cántico dio inicio. 

Desde el primer acorde lo reconocí. El cántico sigue tan vivo en mi memoria que sin importar las circunstancias, siempre me ha causado la misma reacción: un nudo que se forma en mi garganta y los ojos que se me humedecen. Cuando la voz se une a la melodía inevitablemente se me escapa una lágrima y, por unos instantes, vuelvo a estar en medio de aquella iglesia llena de gente, frente al ataúd que guardaba el cuerpo sin vida de mi madre. 

Han pasado tantos años desde su muerte que por lo regular me es muy sencillo hablar de ello sin emociones, como si se tratase de una vieja película que apenas recuerdo, pero basta tan solo un sonido en particular, un olor o algún detalle preciso y vuelvo a ser esa niña que lloraba desconsolada frente a su féretro.

El cántico siguió y no pudiendo evitar el sufrimiento del recuerdo me sumergí en él, incluso, me uní al coro y empecé a susurrar mientras y las lágrimas de agolpaban en mis ojos y corrían por mis mejillas:

La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria? Resucitó, resucitó, resucitó, Aleluya…

El cántico terminó y la mirada de mi marido me invitó a retirarnos. Respiré profundo, mientras me persignaba, y aún con las emociones a flor de piel, sonreí al unirme a mis chicos para continuar nuestra visita. 

Al salir de la iglesia, cuando el sol intenso del mediodía tocó mi rostro, volví a guardar los recuerdos en esa cajita de mi memoria, consciente de que en algún momento, cuando menos lo espere, habrá algún estímulo que la abrirá de nuevo y los recuerdos se desbordarán como un río en temporal y me sumergiré sin mucho esfuerzo en las emociones, porque al final de cuentas, tristes o alegres, son mis recuerdos y sin ellos no soy yo.

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El juego de las hojas por Jeanne Karen en La máquina verde

Inevitablemente cuando llega el otoño comienzo a recordar mis viejos libros, tal vez un poco más los relacionados con la poesía, pero no escapan a mi memoria libros como Cuaderno de Otoño de Henry David Thoreau, del que escribí un pequeño texto, hace un tiempo, y ahora viene a mi mente, con el peso de las fechas, más que nada, con el deseo de pensar en la fuerza de gravedad, vista a través de las hojas que caen, como si en esa caída ellas mismas eligieran su destino, pero no.

Me gusta la belleza, me gusta observar y tomar ideas de todas partes, por lo tanto, como en cada ciclo de la tierra, de los días y las circunstancias: voy de nuevo por la zona boscosa que circunda mi ciudad, las hojas en color naranja, ocre y rojo se disipan por la impertinencia del viento. No escapan a nuestra mirada o a la incertidumbre: lo que realmente las lleva a la transformación, de vuelta al polvo y luego a la tierra nueva, es en realidad la gravedad, tan débil como se observa a veces, que un simple imán puede romperla, pero tan poderosa que ni toda la estación del estío con su ruido, violencia y  color han podido vencerla.

¿Cómo cae la hoja sobre las últimas humedades del suelo?, se mece, se retuerce, de pronto se ve elevarse otra vez, para finalmente, en algún punto del bosque encontrar el sitio perfecto. Cada hoja, ¿tiene voluntad?, ¿hay un último aliento?

Siguen ligadas a la poderosa vida del árbol que extiende sus ramas hacia el azul sin nombre, donde se pierden, donde nos recuerdan que también poseen una partícula de eternidad. La superficie es ahora una extensión del juego, viene de nuevo el aire y eleva las hojas muertas, luego su peso las hace estrellarse una vez más contra su sino. Belleza de morir y no morir, dolor de nunca haber existido, como algunos presagios.

Un día una niña devoró una manzana de oro y las arboledas se abrieron frente a sus ojos. Lanzó hacia el camino el corazón herido de la fruta y las hojas se sujetaban todavía con rabia, ninguna salió volando entre los ligeros rayos solares y las sombras.

¿Qué pensar entonces?, ¿la gravedad tiene sus caprichos, igual que la poesía, igual que la gran literatura? Si me vas a hablar de la caída de las hojas, no quiero que me digas que te gusta, que es tu época favorita del año, si me vas a hablar del viento no quiero que me digas que lo sientes en las mejillas, si me vas a hablar del dolor, no me digas cómo es para los otros a través de tu mirada, siente el tuyo, el propio, húndete, vive.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Mientras viajo por Jeanne Karen en La máquina verde

No sobra el tiempo. Cuando era pequeña la sensación del paso de los días era muy distinta, pasaba como sin tener realmente un significado, era algo a lo que difícilmente le podía adherir un nombre, una sensación.

Conforme vamos creciendo y madurando la vida es otra, se vuelve a la fragilidad del inicio, todo está como en el aire: la incertidumbre aparece. En los años de la infancia el tiempo es el espacio entre un descubrimiento y otro; en la juventud entre un gozo y otro; en la edad madura entre un dolor y otro.

Hoy al despertar he notado que la rodilla no está (o parece no estar), más bien el dolor insistente por fin se ha retirado un poco, me da oportunidad de estirarme placenteramente sin dificultad. Sin embargo vuelve luego, quizás otro día cuando camino por el parque o cuando voy hacia el trabajo. Así pasan los lapsos de la jornada, de los días. Voy aprendiendo que unos son más largos que otros.

En el transcurso de mi vida universitaria tuve la sensación de que todo estaba detenido, que esos cuatro primeros años fueron como diez, que la vida pasaba y yo era una espectadora frente a un gran paisaje del cual no conocía su significado, no tenía las herramientas necesarias para descifrarlo. Mi existencia era borrosa como los árboles que aparecen en la montaña después de que la niebla se ha agotado, esa niebla que se cansa de tanto pasar, de tanta humedad y elevación.

Luego llegaron los años de la vida laboral, entre hacer una y mil cosas, dividir el día para sacar las cuentas, mirar con perplejidad una larga lista de deudas, gastos, deseos. Había que subir a la balanza: vivir mejor, más tranquila o hacerme de más cosas, más bienes materiales, más experiencias únicas. A veces tenemos el momento para todo, a veces solamente para tratar de sobrellevar la vida, disfrutar de lo cercano, de lo necesario.

Ahora veo el incomparable valor del tiempo, que en realidad quiero llamar la vida que me queda. ¿Cómo voy a distribuir esas preciosas horas, en qué voy a ocupar mi mente, mi cuerpo, la fuerza que resta?

Hice un viaje por carretera, no quise conducir, así que tomé un autobús para un trayecto de dos horas. Llevaba conmigo un libro, lo hago a menudo, llevar libros en la bolsa, en el bolso de viaje, en la mochila. A veces no los leo, apenas los reviso y con eso me basta, con algunos me conformo con poco. Ahora impulsada por tantos maratones de lectura que se hacen los fines de año, por ejemplo el Guadalupe/reyes o reinas, según sea la lista de títulos pendientes, saqué el ejemplar que tenía en mi bolsa de mano: Casi un objeto de Saramago, leí con hambre, con el mismo impulso del vehículo sobre la gran carretera, el trayecto se me hizo corto, el tiempo no lo sentí, pero sé que hubo justicia por cada minuto tomado, vivido.

Fue en ese momento que tomé la decisión de seguir por lo que me gusta, pero un poco más y mucho mejor. Estar en donde me necesitan y para las personas que más me necesitan. Escribir más, escribir mejor, que eso siempre se agradece. Tener conciencia de mi tiempo, de lo que me rodea, tratar de inspirar, comunicar de forma adecuada, tener una postura frente a lo que sucede, cambiar de parecer de vez en cuando, tener buenos argumentos. Me dice mamá que siga estudiando siempre, que el poco tiempo que me queda libre, ella sabe lo difícil que se ha tornado la vida, lo destine a aprender más, aprender bien lo que me gusta.

Vuelvo al libro, a los libros en general y a mis lecturas en particular, a esa de la que les cuento, terminé de leer a Saramago como termina una fiesta imperdible, un día de descanso. Me quedo con lo mucho que lo disfruté, con lo que aprendí, con la inteligencia con que el escritor portugués describe su momento y su mundo, su entorno, la vida de su país, sus personajes, pero no de una manera lineal, más bien con los ojos del que ha descubierto que en los objetos simples como una silla también pueden esconderse las grandes metáforas.

Miremos detenidamente, obliguemos a nuestra pluma, a nuestro lenguaje a salir de la luz, hay que ir de vez en cuando a esos sitios de claroscuros, hay que deambular, divagar de vez en cuando; lo que ya no quiero y no puedo hacer es tener la idea de que hay mucho tiempo, como si fuera agua de mar, atmósfera, estrellas.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.