Acróstico


Por Mailet García


Entró por los sentidos: su cálido color, su febril textura, su sutil aroma.

Recorrió rápidamente el trayecto hasta endurecer los pezones.

Oscilante, recorrió la espalda larga y erizada.

Titubeó y se detuvo en el ombligo para estremecer el cuerpo que habitaba.

Inquietante hormigueo suavizó las piernas al tiempo que se preguntó:

¿Son tantas sensaciones posibles de contenerse en una sola piel?

Mágicamente sucede. En el recorrido de cabeza a pies, la boca solo alcanzó a decir:

¡Oooooh!

Poemas de Luna llena


Por Iris Arellanes




I.

Agarrar la luna con mis manos y saborearla,
permitir a sus pequeños brillos de lamento
adherirse en mis dedos,
estos dedos que recorren tu silueta
y tu recuerdo.
Recordar la comisura de tus labios
y tu vela encendida dentro de mi boca.
El brillo de mis dedos inunda tu cuerpo,
confuso, contuso, convulso.
Agarrar la luna con las manos y morderla
mientras su líquido cae en mi cuerpo,
blanco, sudado, tembloroso.
Agarrar tu rostro con mis manos y besarlo
mientras tu líquido cae en mi cuerpo,
blanco, espeso, espumoso.
Agarrar tu cara con mis manos y saborearla,
permitir a mis pequeños hilos de pegamento
adherirse en mis dedos y en el firmamento.
Agarrar la luna y morderla mientras
mis dedos recorren mi silueta
y tu recuerdo.




II.

Escribirte un poema,
convertirte en poesía,
pensar en ti con la luna llena de fondo
y en el fondo sigues aquí.
Escribirte una luna,
convertirte en luz,
tu voz iluminándome y mi boca llena
de tu piel, de tu miel.
La luna palpita, como esta pequeña rosa
pulsando en mi centro húmedo
cuando piensa en ti.
La luna redonda me mira y se asombra,
cierro los ojos, pero solo está tu sombra.

III.

Contemplar la luna es recordarte,
convertirte en letras es resucitarte.
Mojarte con mi jugo dulce,
bañarte de mí, amarte, dejarte,
volver a renacer y volver a alejarte.
Me estoy dejando el alma aquí.
Muérdeme, mírame,
haznos el amor,
lame la luna y mi rosa húmeda.
Regresa,
haznos ese favor.
 Iris es recolectora de historias, sus verbos favoritos son “crear” y “compartir”. Nació en las altas montañas veracruzanas por lo que ama oler el café, pero no lo consume porque le da ansiedad. Ama la libertad y romantizar cada aspecto de su vida a través de la escritura, la pintura y la fotografía. Actualmente tiene problemas de identidad profesional, es abogada, pero no se identifica como tal. Pero cree que, si tener amigos y desarrollar fuertes vínculos emocionales con personas en otras latitudes, fuera una profesión, ella sería experta. 

Youtube: Lecturas y fonemas

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La vez primera


Por Araceli Plasencia Mota

Estoy sola en casa esta tarde, paladeando un tinto carmenere. Todo el interior de mi boca está inundado de olores y sabores que me provocan remembranzas que se suman a las del álbum de fotografías abierto sobre mis muslos.

Te veo más de 40 años atrás, cuando juntos recorrimos los caminos del deseo y el éxtasis, envueltos en la flor del amor y las promesas. Aún tienes pelo y tus ojos vacunos, enormes, me miran directamente a través de la foto. Muestro mis diez kilos de más, pero todavía conservo la sonrisa y los hoyuelos que tanto te gustaban. Ambos, tú el de entonces, yo la de ahora, conservamos lo bueno que cada quien tiene.

Las cosas que nos separaron ya no importan.

Abraxas y la música de Santana me llevan en milisegundos o más aprisa al tiempo en que nos encontramos y nos envuelven esos que fuimos.

Éramos jóvenes e impetuosos, recuerdo que vi el brillo de tus ojos, correspondido con el fuego repentino de los míos. Te acercaste y ardiste en mi hoguera, me envolviste en el rincón más tibio de tu ventrículo izquierdo, y el tum-tum de nuestros corazones fue uno solo.

De pronto estoy en ese momento mágico de la vez primera. Tu aliento de sándalo me envuelve, el mío de flores te estremece, y nuestras bocas juguetonas se llenan de suaves mordiscos, humedades, de sabores a frutos prohibidos que nos provocan sensaciones infinitas.

Sabes a mango, a fresa, me hueles y soy un melón. Mi piel es durazno, es manzana; estoy jugosa como sandía, tú, dulce como plátano que muerdo con coquetería.

Siento la fuerza de tu centro enhiesto buscando el hueco del centro mío, y en la extensa pradera recién descubierta, cabalgo corcel brioso que baja y sube por montes y valles. Nuestras pieles se adhieren calientes y húmedas, las manos exploran salientes y huecos, la respiración se agita, y así pasa el tiempo, todo el tiempo. Me cimbro, te transformas en maestro esgrimista y lanzas la espada a fondo, ahora juntos nos cimbramos.

Recuerdo que no hablábamos. No tenía sentido. Sabíamos lo que cada quien quería y, en esta cabalgata, las palabras se apagan y los cuerpos se entrelazan volviéndose uno. Hay confusión de cuerpos, no sabemos dónde comienza uno y acaba el otro, qué será mañana o qué pasó ayer, solo importa el hoy, este placer, esta inundación de amor expresado en sentires exquisitos, deliciosos y avasalladores, como un mar agitado que ya tornará a la calma.

Me lleno de aleteos de mariposas al recordarlo. Comienzo a sentir que salto de estrella en estrella, que la luna menguante es mi columpio y soy esa niña adolescente que fui. Apenas puedo contener las lágrimas y surge mi espíritu fuerte, resiliente, de bruja ancestral que me dice y les dice a todas: lo viviste, pues bien vivido. Recuerda, recuerden siempre lo mejor, que esos recuerdos te alcancen, les alcancen para siempre jamás.

Araceli Patricia Plasencia-Mota
Hija de maestros, madre de Zak y abuela de Ruy, 
Graduada en la Facultad de Medicina UNAM como Médica  Cirujana, especialista en Hematología  Clínica y Maestra en Ciencias.
Profesora en pregrado y posgrado en la Facultad de Medicina de la UNAM y en el IPN.
Conferencista en alrededor de 175 ponencias. Autora y coautora de Monografías, capítulos de libros y artículos  científicos.
Asesora de Tesis en las especialidades de Hematologías, Medicina Interna y licenciatura en Química
Alumna Cursos de Literatura clásica y medieval en Centro Cultural Helenico y FFyL UNAM
Taller de escritura creativa, maestra Tere Perez Cruz en línea   2022
Talleres de escritura creativa Maestra Violeta Alumbre en línea 2022, 2023 y 2024

Imagen por Iris Arellanes (IA)

¿Bailamos?


Por Miriam G. Pérez González


Ya nos habíamos visto muchas veces, sin mayor interés que un simple saludo.

Pero esta ocasión fue distinta…

Ese día me desperté sin muchas ganas; la verdad es que estaba cansada y un poco harta de todo, e ir a fiestas era en lo último que pensaba. Solo me dio impulso el pensar que ese día se celebraría el cumpleaños de mi mejor amiga y nadie, menos yo, podría perderse esa fiesta.

En la pista, la música tropical elevaba la temperatura de todos los que se dejaban seducir por sus ondeantes notas y el roce rítmico e impetuoso de los cuerpos. Siempre he pensado que bailar es como hacer el amor: sentir cómo tu cuerpo se deja poseer mientras tu respiración se agita y pides no parar, para regresar con una sonrisa jadeante a tu lugar; es un acto digno de repetir cuantas veces puedas y yo no me resisto, lo hago cada que la música me invoca.

Sentada frente a la pista de baile, me divertía viendo cómo la fiesta y sus elixires nos van transformando, viendo ir y venir borrachos rebotando de un lado a otro entre las paredes que conducen al baño, escuchando a otros que intentan retar a su cerebro y lengua para mantener la razón y la cordura en conversaciones intelectuales mientras escupen la cara de sus oyentes, otros que solo atinan a mantener el equilibrio con una copa en la mano. Tardé en descubrirte ahí, entre los cuerpos atravesando rítmicamente el espacio que nos separaba, como si fuera un cálculo matemático perfecto: estabas sentado al otro lado de la pista, frente a mí; en un acto sincronizado levantamos las miradas para detenerlas en ese instante revelador en el que nuestros ojos se encontraron y nos descubrimos, en ese instante en el que en una respiración los dos nos absorbimos. Esa fue la señal de que estábamos en un acuerdo.

Seguí el camino de tu mirada y observé cómo bajaba lentamente de mis ojos a mi boca, de mi boca a mis pechos, siguiendo una línea recta hacia mi ombligo. Tu mirada me envolvía suavemente mientras me desnudabas; pude verte dibujando mi cuerpo en tu mente, imaginando lo que había debajo de mi ropa con una curiosidad vehemente y tímida.

Seguir la trayectoria de tu mirada hizo que mi respiración se hiciera cada vez más profunda y pausada. Cuando tus ojos siguieron su camino hacia el sur desde mi ombligo, mi primer impulso fue abrir las piernas ligeramente, para permitir que tu mirada penetrara más allá de mi falda. Sonreímos en complicidad dejando que nuestros rostros hablaran por nosotros; éramos dos hogueras ardiendo sincronizadamente.

Me levanté y fui hacia el patio trasero, no teniendo la menor duda de que me seguirías, y así fue. No tardaste más de 5 minutos en confirmarme lo pensado; sin cruzar palabra, como dos imanes atrayéndose, nuestros cuerpos se fundieron en un beso intempestivo al tiempo en que mis manos se apresuraban a buscar el botón de tu pantalón para liberar al objeto de mi deseo que cada vez se ponía más duro. Tú también hacías lo tuyo con tus manos abriéndose paso debajo de mi falda, buscando los lugares más recónditos y húmedos. Nos urgía liberar ese fuego que nos consumía.

La única palabra entre nosotros esa noche fue: «Acuéstate». Me miraste un poco sorprendido, pero obedeciste sin protestar. Sentirnos tan dentro nos hizo perder la noción de que alguien podría encontrarnos; solo importábamos tú y yo tratando de devorarnos en un beso apasionado mientras tus manos memorizaban mis pechos en un viaje suave a través de la espalda hasta llegar a mis nalgas, y de regreso. No hacíamos más que traspasar lo corpóreo y entregarnos al calor y humedad de nuestros cuerpos; ahí, tirados sobre el pasto, bailamos la mejor cumbia de esa noche.

Desde ese día no rechazo las invitaciones a fiestas; uno no sabe qué ritmo nuevo puede aprender.

Miriam G. Pérez González 
Mexicana de raíces Mixtecas, Etnocoreóloga por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Mediadora de Lectura perteneciente al equipo de Pueblos Originarios del Programa Nacional Salas de Lectura, Gestora y Promotora cultural de la Mixteca Poblana, Locutora y Productora de programas radiofónicos culturales, Maestrante en Literatura aplicada por la IBERO Puebla, enamorada de la palabra, la música, la danza y las plantas.

Yo, de húmeda naturaleza.


Por María Idalia Villalpando Toledo

Cada vez que evoco ese sitio, siento su olor, la humedad en mi piel y respiración, los sonidos de insectos, aves y monos aulladores.

Un espacio donde brota mi energía y se activa de manera sensorial. Río, laguna, mar, lluvia, vegetación exuberante, despliegue de vida; todo lo que amo está ahí, un lugar para liberarme y explayar sensualidad.

Río

Photo by Matt Hardy on Pexels.com
Después de sentirme agotada, llegué a él, 
me desnudé y sumergí,
el agua fría me reconfortó,
acarició todo mi cuerpo,
erizando mi piel,
estimulando mis senos y entre mis piernas,
agitando mi respiración,
para luego secarme afuera,
sobre una roca,
donde un rayo de sol se colaba por las copas de los árboles,
tocándome con tibieza,
haciéndome sentir la vida y a la vez el sueño.

Lluvia


Relámpagos y truenos, insectos zumban a mi alrededor en sintonía con los trinos de las aves, que callan ante el grito del mono aullador, yo parada entre lianas, helechos y los imponentes árboles. 
La lluvia cae y me estremezco, me desnudo, miro hacia arriba, me cae grandes gotas en la cara, veo entre el agua, las ramas y hojas de los árboles sacudirse, un escalofrío invade mi cuerpo en una vorágine de emociones, soy la naturaleza misma que respira por mis poros.
En mis venas corre el agua de los ríos hasta formar torrentes en los latidos del corazón, por fuera cae el agua que escurre por mis cabellos, por el territorio de mi cuerpo, en sus valles y montañas, bajando por el ombligo a la vez que mis caderas, juntándose con la humedad de mi bajo vientre, mis dedos temblorosos de la emoción también llegan a esa zona, juegan, mi calor y respiración aumenta, me pongo tiesa hasta explotar, perder la razón, ser una con la naturaleza, mas fluidos por mi entrepierna, después hay calma.
Descubro, que siempre hice el amor con ella, conmigo, con la naturaleza, con mi naturaleza.

María Idalia Villalpando Toledo
Mexicana

Bióloga, amante de la naturaleza, lectura y escritura.

Ilustración por Iris Arellanes IA

Serena en el mar y la arena | Piel azúcar morena

Somos huellas en la arena desvanecidas por el paso del tiempo

Por Anel Solis

Suave arena se esconde en los cuencos de mis dedos, se esfuma en la efímera espuma de mar

que ha olvidado la marea.

El sol no penetra mi coraza rígida con los rayos ultravioleta; se enternece en mi cutis y colorea mi piel canela.

Brisa tropical indomable, transformada en caballos salvajes de tropillas con poderosa cabellera larga, acarician los vientos de esperanza que soplan los sueños más profundos.

Olas de mar abrazando mi torso, mientras desnudan mi cuerpo y estimulan mi naturaleza. He llegado al clímax; ahora sé que existe el cielo.

Se cierran las ventanas de mi alma. Puedo sentir a los peces nadando entre mis tambaleantes piernas.

Nada hay, solo el inmenso océano y el naufragio en la isla de los recuerdos olvidados, junto a las nostalgias de la tímida nena de pestañas largas.

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Te concibo

Por Anandi Mora Valencia


Te concibo santo. Santidad forjada a base de
cilicios, ayunos y recatos.

Te concibo mente. Mente magnífica, divina;
conductora de portentosa luz enceguecedora.

Te concibo ángel. Ángel enfundado en
transparencias cada vez más sutiles e inefables,
con una sonrisa luminosa, ciclópea, abarcadora
de eternidades.

Te concibo a mi lado. Juntos, poderosos seres
creadores de mundos, mundos inmarcesibles
e inexpugnables; de espacios ignotos, cada vez
más prístinos y espirituales.

Sin embargo y de pronto... entre risas me
recuerdas tu envoltura masculina al susurrarme:
“ultrájame... estoy dispuesto”.

ASTRID PACHECO PEÑA

( ANANDI MORA VALENCIA)

Puebla,México.

Mi inspiración me llevó a escribir prosa corta.

El ritmo secreto de las cosas por Jeanne Karen en La máquina verde

Hice un viaje corto hace unos días al lugar donde crecí, me llevó a recordar que cuando era pequeña encontraba a menudo una sinfonía, la conexión entre el correr del agua de los canales de riego, el polvo que se levantaba con el viento y mis propios pensamientos.

En ese tiempo no tenía una definición, un concepto para describir lo que sucedía todos los días, mientras volvía a casa desde las milpas y las huertas. Era más que nada sentir, percibir, estar callada, encontrarme en paz en un entorno que me parecía idílico.

Después llegaron a mí las hermosas palabras como nostalgia o melancolía. Sin embargo cuando se puede estar en silencio y tomarse el tiempo para escuchar las pequeñas cosas, los sonidos casi insignificantes que pasan desapercibidos la mayor parte del tiempo, no es realmente una sensación que nos lleve a estar melancólicos o nostálgicos, más bien es una especie de interiorización, de descubrimiento.

¿Cómo suena la hierba mientras se mece con el aire de primavera y ese sonido se reúne con la cadencia de nuestro torrente sanguíneo?

Quizás es algo que no tiene nombre o que no se puede nombrar por subjetivo o por complejo, pero a mí me gusta llamarlo simplemente el ritmo secreto de las cosas.

Es la música que conecta los sentidos y nos lleva directamente a la memoria. Hay momentos placenteros, momentos dolorosos, intensos, pero siempre está ahí, ese encuentro, ese rasgo que sobresale. La gota de una fuga de agua, la incipiente formación de un charco sobre los mosaicos, el ruido cristalino de una canica cuando choca contra otra, la hoja que ha sido arrancada de la rama, el agua hirviendo en la hornilla.

Por eso cuando les digo que si desean alguna vez escribir poesía, deben conectarse con ese ritmo, con esa música interna que se presenta solamente para nosotros, para los que buscamos, para los que necesitamos decir con palabras las abstracciones que vienen de un ejercicio intelectual con un ejercicio de percepción y otro desde el uso del lenguaje, pero el último es un tema bastante amplio que trataré por acá en otra ocasión.

Encontrar ese compás es para todo el mundo, para cada persona que esté dispuesta a parar un poco, algunos lo llaman contemplación, meditación, ensimismamiento, distorsión de la percepción del tiempo; entrar en ese ritmo es poseer una atención a los detalles y tener un momento, respirar apenas.

El ritmo secreto de las cosas está en todas partes, en todo momento. Es una llama, algo que mueve a otro algo, materia que enciende la energía de otra materia que ha permanecido en reposo.

Es el estruendo que hace el agua cuando le arrojamos una piedra, es la onda concéntrica que observamos una y otra vez al hacer lo mismo, otra piedra, más ondas, más ruido, que pareciera el mismo, pero que para nuestro asombro nunca lo es, de nuevo, hay que darnos cuenta de la particularidad.

Y si nunca vamos a escribir poesía, también podemos estar atentos a la sinfonía de la vida, al lejano momento en que un tren sale de una estación y no llega su luz, pero llega el ruido terrible de su silbato que rompe la noche y la misma oscuridad.

¿Nos atreveremos a escuchar así, oír cuando se juntan dos ríos que van al mar, cuando unos ojos se cierran y no hay una sola palabra?

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Cartografías del Instante| Pintar con Agua

Pintar con Agua

Por Anyela Botina

No crearás: no matarás[..]

Matarás: pero te dolerá para siempre

porque el asesinato sin culpa es sólo privilegio de los dioses.

Monica Ojeda

Dibujo tus zapatos y un rastro de huellas que conducen hacia ti; doy toquecitos de tinta y tu rostro se mancha. Este dibujo es un gesto, un intento de repasar las líneas; un intento desesperado.

Tú, frente al espejo, con el rostro manchado de tinta: un epitafio inútil. ¿Y el amor? el amor, también.

Con el pincel repaso, una y otra vez, la mancha de tinta. Busco tu rostro en la espesura, un indicio, una ultima palabra, un minuto de silencio. El papel se abre, es un abismo, una fisura por la que puedo ver nuestro pasado.

Se te va de las manos y no te das cuenta.

Podría seguir frente al espejo repasando con el pincel esta gran mancha de tinta que soy, contarme una historia, mientras acerco mi dedo índice a esa fisura y esculco algún rastro de vida. Pero, mis manos no pueden alcanzar el tiempo. Mis manos son dos espinas que arden perdidas en medio de la niebla.

El tiempo devoro tu rostro y yo he tomado tus huesos para incrustarlos en mí. Este dibujo es un gesto vacío, un adiós entre dientes. Tu cadáver se pudre en la tierra .

¿Y el amor? el amor es una fuerza que migra, que nace en todas las cosas, que muere en todas las cosas y solo eso.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí👇

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Entre calles y páginas | Extrañar algo que no fue tuyo

Por Ángeles Serna

Recuerdo con nostalgia momentos que nunca viví. A veces, mis temas de conversación giran en torno a sucesos en los que no estuve presente, descripciones de personas a quienes no conocí y muestro fotografías que no tomé. No pensaba nombrar ese sentimiento como nostalgia, porque la definición más directa y sin tantas tonalidades  es “el recuerdo de una pérdida”. Eso significa que en el pasado algo fue mío y, ahora, en el presente ya no lo es más. 

Esos momentos de los que hablo; no fueron míos ni yo de ellos, porque el único contacto que tengo es por medio de fotografías que resguardan parte de la memoria de un lugar, un lugar que se transformó con el paso del tiempo. Hasta puedo decir que me parece más familiar esa calle que veo en las imágenes de los libros, que transitar por ella. Durante estos meses, he leído sobre la presencia del teatro en Nuevo León. Mi punto de partida es la inauguración del Teatro el Progreso, el 8 de septiembre de 1857. 

Fue aquí donde la puesta en escena comenzó a cambiar porque ya había un espacio físico en donde presentar las obras. Algunos historiadores y críticos mencionan que la sociedad neolonesa busca el espectáculo. Incluso, desde mucho antes de la consolidación del Estado. Luis Martín menciona en su libro El Teatro del Progreso, 1857-1896: Esplendor cultural en Monterrey, que este interés particular por la escena y el espectáculo se vio reflejado desde cuando Nuevo León, Tamaulipas, Coahuila y parte de Texas todavía se les llamaba las Provincias Internas de Oriente.  

Estas puestas en escena, se presentaban en casas particulares y patios residenciales, abordando el tema sobre el nacimiento de Cristo. Sin embargo, con la construcción del Teatro el Progreso comienza una etapa de crecimiento cultural, debido a que las compañías teatrales les interesaba presentarse en él, como también detonó el nacimiento de más compañías y artistas a nivel local. 

Cuando se habla del teatro en Nuevo León es inevitable no abordar la manera en cómo terminaron, ya que varios teatros que fueron construidos a lo largo de los siglos XIX y XX sufrieron incendios. Son pocas las imágenes que he visto de estos sucesos, pero imagino el simbolismo que fue para las personas de esa época. Ver en ruinas un espacio donde la convivencia era distinta, ver acciones vivas y ser parte de ellas. Al menos así lo explica Rosalina Perales a través de los textos de Enrique Buenaventura, quien señala que “es el momento efímero en el cual se produce una relación entre actores y espectadores”.

Ese diálogo entre el espectador y la obra que muchas veces pasa por implícito, cuando de verdad es la convivencia humana, porque se escuchan los diferentes tonos de voces de actores y actrices, se aprecia el movimiento y se está atento a la historia que están contando. Bajo este panorama, a lo largo de mis lecturas encontré fotografías que enmarcan el recorrido de la actividad teatral en Nuevo León. 

Una de las imágenes que más llamó mi atención fue la del vestíbulo del Teatro Independencia. En ella se ve el techo alto adornado con molduras alrededor de los bordes y detalles con relieve en el centro. También tiene una serie de arcos que dividen el espacio y cada uno de ellos está decorado con las mismas molduras. Las puertas son de madera y –al menos lo que alcanzo a ver en la imagen– tienen vitrales incrustados. Imagino ese lugar lleno de personas esperando a entrar a sala, el sonido de los tacones de las mujeres, las pláticas entre los acompañantes, el sonido de la madera de las puertas, esa emoción que se tiene por escoger el asiento y que comience la obra. 

Vestíbulo del Teatro Independencia. Imagen obtenida de la Biblioteca de las Artes de Nuevo León Tomo II Artes Escénicas (2013).

Ir al teatro como espectador va mucho más allá de la observación. Es ser parte de una dinámica en la que participa un grupo de personas que busca adentrarse en una historia. Es una experiencia sensorial, donde se tratan de integrar los sentidos. Recorro mis recuerdos de las verdaderas visitas al teatro que he tenido a lo largo de los años y encuentro experiencias únicas, desde cuando mis papás me llevaban a ver las obras de temporada, hasta mis idas al teatro sola. 

Creo que el sentimiento que describo al inicio, lo encuentro en un vaivén entre el deseo y la nostalgia. El deseo de ir a presenciar una obra de Virginia Fábregas como La enemiga de Darío Nicodemi o Marianela de Benito Pérez Galdós. Y, la nostalgia de ver las fotografías, leer los textos y saber que esa parte de mi memoria está construida por imágenes y experiencias de otras personas. Un poco como menciona Walter Benjamin “La naturaleza que habla a la cámara es distinta a la que habla a los ojos”. 

Marianela de Benito Pérez Galdós presentada en el Teatro Independencia en 1941. Imagen obtenida de la Biblioteca de las Artes de Nuevo León Tomo II Artes Escénicas (2013).

Sé que esto lo podría decir de cualquier otro lugar, como que nadie en la actualidad alcanzó a visitar la Biblioteca de Alejandría o a leer algunos manuscritos mayas, pero creo que la presencia de varios teatros en un espacio como lo es Nuevo León, afecta y, al mismo tiempo, enmarca parte de las identidades que se construyen en este lugar. Dar una mirada al pasado y observar cómo se transforma la ciudad que habitamos.  

Revisar algunos registros de archivo y memoria del teatro, no solo guardan la actividad cultural del estado, sino también parte de las identidades de los ciudadanos. Tal vez sí tenga un poco de nostalgia por la historia del estado; tal vez con la Historia quiero explicar cosas del presente como las diferentes identidades, algunos temas de clase social o la misma división entre los municipios; o, tal vez solo es curiosidad.  

Al final, como en la mayoría de los aspectos que construyen a una comunidad, se debe de tener el archivo, como en este caso que he tomado las fotografías para alimentar ese vaivén entre el deseo y la nostalgia. El registro de la escena y el recuerdo de la misma es la traducción entre el lenguaje de las sociedades del pasado y del presente. Son realidades que dialogan entre ellas a través de la memoria del archivo. Tal vez, al recordar y resignificar estos lugares y momentos, podamos reconocernos desde las distintas identidades. 

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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