Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Corcheas.

Por Arizbell Morel Díaz.

Photo by Steve Johnson on Pexels.com

Día soleado a través de un ventanal. Margaritas, no madreselvas, gardenias y lavandas adornan las macetas de una pequeña casa citadina. En medio del crujir del viento sobre las celosías se escuchan algunas notas de una melodía sencilla.  

Al fondo del cuarto se encuentra una maestra de música con su teclado al frente. Sus manos recorren rápidamente los rectángulos produciendo sonidos diatónicos mientras entona al unísono. Uno, dos y tres y cuatro. Uno, dos y tres y cuatro…

¿Cuántas voces veladas no ha escuchado a lo largo de su vida estas mismas cadencias? ¿Cómo han recorrido otras manos esas mismas secuencias, pensando, sintiendo lo que ella ahora atraviesa?

¡Miss! ¡Miss! Una voz ligera, de una pequeña, la interrumpe. Es Sonia, su alumna estrella que la mira perpleja. ¿Sí? le contesta en medio de los acordes con séptima que ahora escapan a sus dedos trémulos. ¿Qué es ser mujer, Miss?

Silencio de redonda en varios compases. 

Es como si el tiempo se detuviera entre sus dedos. Y las barras de repetición no alcanzan para describir lo que siente la maestra en esos instantes…

La pregunta de la niña la sorprende. Y pensar que cuando ella estuvo en ese mismo lugar no lo habría dicho. Pero ahora las niñas preguntan. Las jacarandas, que ya no bailan, les contestan en incertidumbre. Porque responder que ser mujer es ver caer la lluvia, caer con ella sería una respuesta demasiado evasiva. Porque también es caer con la luz de la luna y el brillo del sol constantemente. Es un insaciable oscilar entre C mayor y menor sin ninguna certidumbre de retorno. Ser mujer es así: definirse a cada instante. Acompañar a las amigas con un té caliente, sin importar que sea Desayuno Inglés o Earl Gray; la hilera de tazas perfectas, alineadas, coloridas y acogedoras pueden definir lo que es un grupo de féminas en su mente.  ¿Y si ser mujer es ver los astros caer, tan solo una constelación a la vez? 

Legato, legato, legato, su voz iba en crescendo y descrendo una nota a la vez mientras piensa qué responder; las melodías que salían de sus cuerdas llenaban todas las salas del mundo a la vez. Quizá eso sea ser mujer: Escuchar el coro de voces que resuenan mientras ejecutas una secuencia sin fin. 

De pronto, las corcheas. Taka, taka, taka, takatakata, taka. 

Taka, taka, taka, takatakata, taka.

Taka, taka, taka, takatakata, takatakataka, taka, taaaa…

No, ser mujer no puede definirse. Simplemente se es. 

Eso que eres tú es serlo, le contesta con su clara voz de soprano. ¡Pero yo no soy igual a mi hermana! Por eso. ¿Por eso qué, Miss? Por eso eres mujer. 

FIN.

Arizbell Morel Díaz.

Becaria de Dramaturgia en la Fundación para las Letras Mexicanas 2025-2026. Especialista en Literatura Mexicana Siglo XX (Teatro) por la UAM Unidad Azcapotzalco. Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” de 2021-2024 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021.

Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades.

También es actriz entrenada en verso y asistente de producción. Vocalista en Vibraría (@vibralia_la_banda)

Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).

Vaciar una montaña | Cultivar nuestro jardín

Por: Samia Badillo

Hace una mudanza me encontré con este libro de Voltaire, que leíamos en mis grupos de Literatura Universal. ¿Este libro volverá a las aulas algún día? Me preguntaba, mientras lo dejaba en una caja junto a Trafalgar y Niebla y esperaba lo mejor en mi nueva casa.

Llevo más de un año en ella y sí, todo es mejor de lo que pensé. Justo hace unas semanas recibí a mi familia y se me hizo muy bonito abriles la puerta a esta especie de nido que me he ido forjando con los años. En aquella visita, los llevé a un jardín japonés, en la Ciudad de México.

No sé qué tienen los jardines japoneses, me encantan. Hay una mezcla de elementos que convocan a la armonía y silencio.

Parque Masayoshi Ohira

Mientras caminábamos me acordé muchísimo de la última frase que dice Cándido, el personaje principal del relato de Voltaire.

No les hago el cuento largo, pero les doy contexto: Cándido es un miembro de la corte que se enamora de Cunegunda, otra mujer de la corte, pero les gana la calentura, los cachan y terminan expulsados en una aventura por Europa y América pasando infortunio tras infortunio. Hambre, piratas, inquisión. Sociedades violentas. Recuerdo mucho que un personaje se encuentra con un pirata o un soldado y le rebana una nalga. No sé, de verdad que la pasan mal.

Cándido, en la corte, tenía un maestro filósofo, Pagloss, que le decía «Vivimos en el mejor de los mundos posibles». Cándido al principio de la novela es todo inocente y cree en toda esa disertación filosófica. Pero Pagloss vive en el mundo de las ideas  y a Cándido el viaje lo cambia porque ya ha salido realmente al mundo y ha visto una crueldad que contrasta con las imágenes que tiene en la mente su maestro.

Al final (spoilert alert), Cándido, Cunegunda y otros personajes crean una comunidad y labran la tierra. Están lejos de los círculos palaciegos, pero trabajan; están en paz y les va bien.

Mientras cultivan su huerta, Pagloss empieza a hablar de reyes, de cortes, y le dice a Cándido que si no hubieran pasado todo ese infortunio, no estarían cultivando la tierra, ni se hubiera casado con Cunegunda ni hubieran terminado cosechando frutos y haciendo conservas. Lo explica como diciendo: ¿ves? Mi hipótesis se cumplió: «vivimos en el mejor de los mundos posibles». Cándido, que ya no es quien era, asienta a decir: sí, sí, Pagloss. «Pero hay que cultivar nuestro jardín».

Pienso mucho en esa frase. Mucho, mucho. Hay personas que pueden decirnos: «hey, las cosas pasan por algo», pero cuando una viene de pasarlo como el orto esa quizá no sea una frase con la que puedas conectar.

Mientras recorro el parque, pienso en Cándido.

En sus manos, que me imagino llenas de tierra. En Pagloss, en el mundo de las ideas y la teoría. Quizá hasta en la evasión. O en una burbuja de privilegio.

Me digo que así es la vida: habrá altas y bajas. Hay momentos tristes y alegres y pesados y livianos.

¿Es el mejor de los mundos posibles o las cosas pasan por algo?
Y…yo como Cándido, no lo sé.

Lo que sé es que estoy viva y aunque un poco madreada, trato de hacerme cargo y sigo trabajando por lo que quiero aún con mis resistencias y defensas.

Que mi comunidad está allí, pasando también sus aventuras y desventuras. Y nos acompañamos.

Abrazo a mi hermano y le tomo fotos en el puente e incluso le ayudo a grabar un vídeo para su canal de tik tok.

No sé. De verdad no sé si este es el mejor de los mundos posibles. Con todas las noticias de guerra (Irán, Líbano, Palestina), élites millonarias y trata de personas, con la violencia en el país ; con lo que me ha tocado ver y padecer de injusto en mi propio mundo…creería que no.

Pero veo mi casa, mis plantas, mis libros. Mi ilusión de invitar a gente querida a un espacio que me construí.

Y creo que como dijo alguna vez Voltaire, en labios de Cándido: hay que cultivar nuestro jardín.

Y me gusta la potencia y la belleza de eso.

Porque nadie puede hacer nuestros actos. Y por eso, tampoco nadie nos puede quitar la determinación de labrar y cultivar lo que anhelamos, nos impulsa o apasiona.

Ahí está ese jardín que florece a pesar y quizá necesariamente contra esa parte del mundo.

Y es nuestro. 

Letras Revueltas|Razones para salvar el mundo. Parte I. Rabo de Nube

Por Illari Alderete

Escribir sobre cosas mundanas mientras hay una guerra, me abruma, ya lo mencioné en “Sembrar una semilla”, experimento culpa por continuar con mi vida a la vez que del otro lado, ocurre la barbarie. En estos dos meses he escrito dos inicios de textos, ninguno lo he sentido adecuado para estos tiempos. ¿Qué decir cuando todo parece banal? 

Si volteo la mirada allí está ella, a veces, temo nombrarla y que en ese instante desaparezca. Viene y me mira con sus ojos de juego y se pone frente a la computadora, la escucho ronronear y siento su pelo en mis manos, ella logra que en el rostro se me dibuje una sonrisa. Todos los horrores del mundo se borran en ese instante. ¿Cómo sostener la vida incluso en tiempos de odio? Terry Eagleton menciona la esperanza.

¿Qué es la esperanza? Si buscamos en los diccionarios, nos dirán que  es “un estado anímico de optimismo y confianza que se presenta cuando luce factible aquello que se desea con anticipación”, pero ante el estado actual del mundo; con una élite caníbal y pedófila (males propios del patriarcado y del capitalismo), un ente sionista que amenaza con despedazar el planeta entero, un país imperialista en decadencia que busca nuestros recursos y que se vale del narcotráfico y los paramilitares (que para el caso son lo mismo) ¿es posible pensar en un futuro en donde seamos felices?¿Qué pasa, si en este momento, nos abandonamos a la tragedia?

Me despierto, veo las noticias, escroleo de una mala noticia internacional a una nacional y siento un peso en el pecho, no me doy cuenta pero ella está sobre mí, con su calidez y me acurruca hasta el punto en el que vuelvo a dormir. Dicen que los perros y los gatos perciben cuando estamos intranquilos y buscan la manera de calmarnos, ya sea con juegos o simplemente estando a nuestro lado.

En mis exploraciones por el anime vi Madoka Magica, cuando comencé a verla pensé que se trataba de una serie similar a Sailor Moon, esta aclaración no es ociosa, ya que, para quienes conocen la premisa del carácter de Serena o Usagi, sabrán que la mayor parte de las sagas se resuelven debido a la pureza del corazón de Usagi, cada vez que está en sus manos vengarse por el asesinato de sus amigas, Serena opta por perdonar al enemigo, prefiere sacrificarse ella, antes que permitir que haya más dolor en el mundo y es capaz de transformar a la mayoría de los enemigos con el poder de la compasión. Así que esperaba que Madoka Magica tuviera una premisa similar, mas lo que encontré fue una serie que terminaba con la destrucción de todo, incluídas las heroínas, la barbarie las absorbe. En una de las escenas, una de las niñas mágicas le pregunta a una de sus trabajadoras ¿Qué haría en el final del mundo?, y ella le contesta que haría lo que hace todos los días, limpiaría la casa, lavaría los trastes, haría el desayuno, no cambiaría nada. ¿Qué hacer en el fin del mundo? ¿Basta con observar? 

En Melancolía se puede ver lo mismo, Justine acepta con tranquilidad el fin del mundo mientras que Claire trata con desesperación de hacer algo, pero ¿qué hacer contra un planeta que está a punto de estrellarse contra la tierra? Es extraño pensar que en el cine el fin del mundo siempre viene provocado por un agente externo, casi nunca es EE.UU quien lo inicia, aunque muchos apocalipsis comienzan allí.

En mi caso, si el fin del mundo se acercara, me dedicaría a pasar más tiempo con mis seres queridos, quizás intentaría seguir con mi trabajo; escribir o dar clases y sin duda, abrazaría más a mi gata. Este ensayo pretendía sólo hablar de ella. De cómo ha calmado mi enojo, de cómo me ha enseñado a hablar otro idioma para entender qué le falta, qué le gusta, qué desea. Soy una Illari diferente desde que llegó a mi vida. Entiendo el por qué existen tantas obras alrededor de los gatos, por ejemplo, el poema que escribió Margaret Atwood:

ENERO

Aroma fresco a narciso blanco:
enero, y nieve a raudales.
Hace tanto frío que las tuberías se congelan.
Los escalones de la entrada están resbaladizos y traicioneros;
por la noche, la casa cruje.

Entrabas y salías a tu antojo,
pero en esta época del año te quedabas en casa,
rebosante de piel de funerario,
soñando con la luz del sol,
soñando con gorriones asesinados, con
un gato negro que ya no está.

Si tan solo pudieras encontrar tu camino
desde el río de flores frías,
el bosque sin nada que comer,
de regreso a través de la ventana de hielo,
de regreso a través de la puerta cerrada del aire.

Atwood dedicó varios poemas a los gatos e incluso prologó un libro dedicado a ellos, On Cats. Se trata de una antología que aún no es traducida al español pero que tiene a autoras de la talla de Úrsula K. Le Guin y Doris Lessing. Ésta última incluso tiene una serie de crónicas titulada Gatos Ilustres.

Cuando me ve dormir de más, viene y me maúlla, no desea comida, ni nada, sólo saber que estoy bien. Se restriega en mis pies y se rueda por el piso. Me agacho y la acaricio y ella vuelve a estar en calma. Sí salgo por mucho tiempo, al volver, ella está en la puerta rodando y haciendo un festejo de agradecimiento porque sigo viva. Una de las razones para sostener al mundo, es la esperanza de compartir muchos años con ella. De tener la oportunidad de sentir la suavidad de su cuerpo y verla correr emocionada por un nuevo juguete.

No es lo mismo la esperanza que el optimismo, dice Eagleton. El optimismo es aquél que surge sin razón alguna, es el que nos venden en los anuncios comerciales. En cambio la esperanza surge de la tragedia, de la constatación de la realidad y de la acción sobre ella, claro que el resultado puede ser negativo, pero al menos queda la satisfacción de no haberse rendido, de haber protegido la ternura, la amistad, el amor. Cómo dice la canción de Silvio Rodríguez que siempre me canta una de mis hermanas cuando todo parece perdido y a quien le agradezco por infundirme valor:

Si me dijeran pide un deseo
Preferiría un rabo de nube
Un torbellino en el suelo
Y una gran ira que sube
Un barredor de tristezas
Un aguacero en venganza
Que cuando escampe parezca
Nuestra esperanza

Mi gata es ese rabo de nube, en este mundo incierto…

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi cinco años cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Piezas de un alma simple

8 de marzo del 2026

Escrito por: Alondra Grande

Este 8 de marzo se vivió diferente, fragmentado en dos realidades: la instagrameable y la que incomoda.
Y me pregunto, si no es mucha indiscreción, si habrán tenido el descaro —la bajeza— de haber gritado las consignas, de cantar como si no fueran parte del problema. Y si así fue, ¿a quién le gritaban “no somos una, ni somos diez, pinche gobierno cuéntanos bien”, si quien debería contar invisibiliza, ignora, ningunea, camina porque marchar incomoda, manipula el discurso para hacernos creer que llegamos todas?
¿Habrán pasado lista? ¿Habrán mencionado la cantidad de carpetas que nadie investiga? ¿Habrán nombrado a las muertas, a las desaparecidas, a las carpetas sin nombre y a los nombres sin carpeta, a las de la fosa común que figuraba como rancho, a las madres que de la tierra sacan cuerpos, a las madres que mandaron a la tierra por buscar a su muerto?
¿A quién le exigían? ¿A quiénes convocaron? ¿Reproducen el sistema que les oprime o está tan interiorizado que cuestionarlo no es una de sus prioridades?
Y después cayó la tarde, nublada porque el cielo no tenía motivos para sonreír, y las olas del mar se callaron entre las voces que caminan en sentido contrario al viento, al gobierno que se esconde en palacios y finge ser solución y no parte del problema. Y posa para las fotos porque el morado es un adorno vacío.

Cayó la tarde envuelta en digna rabia, sostenida por esperanzas:

Ojalá no hubiera motivos para salir a
dejar la garganta por gritar los nombres de las que no están,
Las que nos han arrebatado
marchitas en espera, en confianza,
en pleno día rodeadas de ojos que no miran
De patrullas vacías
De un Estado sordo
Ciego
Desinteresado
Feminicida.

Ojalá este 8 de marzo sea el último
Que el próximo año nos falten motivos
para rayar oficinas y fiscalía
representantes de una nación cubierta de cuerpos.

Ojalá no haya fichas de búsqueda
Ni burlas
Ni muertas
Ni madres que buscan
Ni cuerpos que encuentran
Ni vidas perdidas
Ni amenazas recibidas.

Pero mientras, en el ahora, en la realidad que incomoda, donde hay

Burlas
Y muertas
Y madres que buscan
Y cuerpos que encuentran
Y vidas perdidas
Y amenazas recibidas

Habrá morras que cobijan
Que se ponen enfrente
Que toman las calles
Que inspiran
Y sanan


Y abrazan con pintura
cubriendo de fuego
Quemando
Cuestionando
Incomodando
Pensando
Escribiendo
Viviendo
Resistiendo.

Porque siempre que falte una, nos uniremos todas.  


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Chiapas: la deuda sigue abierta. |8M

Cada Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo vuelve a recordarnos algo incómodo: los derechos de las mujeres no fueron concedidos, fueron conquistados. Y en lugares como Chiapas, esa conquista todavía está lejos de completarse.


Chiapas es un estado lleno de contrastes. Tierra de culturas profundas, de lenguas originarias, de trabajo comunitario y de una riqueza humana incalculable. Pero también es uno de los estados donde ser mujer significa enfrentar desigualdades más duras.


Aquí, miles de mujeres sostienen economías familiares completas desde el comercio informal, el trabajo doméstico o el campo. Muchas lo hacen sin seguridad social, sin reconocimiento laboral y con salarios que apenas alcanzan para sostener a sus familias.


En comunidades rurales e indígenas, además, el acceso a la educación, a la salud y a la justicia sigue siendo limitado para muchas niñas y mujeres. No se trata solo de estadísticas. Son historias cotidianas: niñas que abandonan la escuela temprano, madres que recorren kilómetros para recibir atención médica, mujeres que aún luchan por ser escuchadas cuando denuncian violencia.


El Día Internacional de la Mujer no es una celebración cómoda. Es una fecha que obliga a mirar estas realidades de frente.
Pero también es una oportunidad para reconocer la fuerza que sostiene a este estado. Las mujeres chiapanecas no solo resisten: organizan cooperativas, levantan negocios, defienden su territorio, educan generaciones enteras y mantienen vivas lenguas y tradiciones que forman parte del corazón cultural de México.


El 8 de marzo no debería ser solo un día de discursos institucionales o publicaciones en redes sociales. Debería ser una invitación a preguntarnos qué estamos haciendo realmente para que la igualdad deje de ser una promesa y se convierta en una realidad.


Porque en Chiapas, más que en muchos lugares, el futuro también depende de algo muy sencillo y muy profundo al mismo tiempo: que nacer mujer deje de ser una desventaja.

Por Alondra de Castilla.

El diablo está en los detalles

Enola Rue

Dicen que estoy colgada, que vivo en el aire, pero no saben que en realidad estoy excavando en la tierra de mi corazón. No entienden que en la oscuridad de mi mundo de fantasía hay más luz que en toda su vigilia de trapos de piso y rutinas tibias; mi soledad es mi corona y lo que ellos llaman abandono, yo lo llamo la libertad de no pertenecerles.

En este living, donde el sol se retira antes de tiempo y el aire se vuelve pesado, habita una estática mansa, un zumbido que se alimenta de lo que no se dice. Es ahí donde aparece él. Porque el diablo está en los detalles, pero no llega con estruendo, ni olor a azufre; se sienta a tomar café en mi sillón, me mira de reojo mientras bostezo o me arreglo el pelo y se esconde en el dobladillo de mi camisón viejo. El diablo no es la maldad, es el detalle que nadie más quiere ver: la pelusa en el piso, la mancha de humedad que dibuja mapas imposibles, el deseo que no tiene nombre porque, si lo tuviera, quemaría la casa entera. Él es la sabiduría de lo invisible, el guardián de este brillo sucio de saber que, aunque me crean perdida, soy la única que sabe exactamente dónde está enterrado el tesoro.

Hay algo profundamente honesto en este silencio de metal, algo que gotea como una canilla mal cerrada y que, sin embargo, resplandece como una belleza enferma. Es lo que soy cuando nadie me exige ser útil: una mujer que habita su propia sombra y que encuentra un diamante negro que nadie más sabe pulir. Me pierdo en los detalles mínimos, el roce de una tela, el frío de una taza, mientras sostengo este peso doble, esta maternidad que me exige estar entera cuando por dentro estoy desarmada.

Miro a mis dos bebés dormir, sus respiraciones gemelas marcando el ritmo que no me pertenece y entiendo que mi ausencia es mi único refugio. Hay una santidad extraña en verlas ahí, tan ajenas a mi tormenta, mientras yo custodio el fuego de lo que no puedo decirles. Soy el muro que las separa del caos, pero también la mujer que se desintegra en el rincón donde la luz ya no se atreve a entrar. Prefiero habitar este cansancio crudo que me revela quién soy, antes que fingir esa plenitud de catálogo que el resto espera de una madre.

Al final, el diablo sabe mi nombre y me reconoce en este hambre clandestino que me mantiene despierta mientras el mundo duerme la siesta de los justos; él sabe que no estoy ida, sino custodiando el único rincón donde todavía puedo ser algo más que un cuerpo que alimenta y consuela. El diablo está en los detalles, él es simplemente la verdad que nadie más se atreve a mirar de frente. Y yo, por ahora, prefiero quedarme con él.

El ojo de Lya | La paradoja de los chorizos

Durante mi infancia crecí escuchando la frase: “un hombre siempre es indispensable”, dicha por mi madre y mi abuela, las mujeres que me criaron. Mi abuela se casó a los 18 años, al poco nació su hijo, cuando éste no cumplía ni un año, su marido cometió un crimen y huyó; mi abuela no lo volvió a ver y tuvo que enfrentarse a la vida sola, con un hijo a cuestas. Mi madre únicamente ha tenido una relación sexo-afectiva con un hombre, mi padre: trece años mayor que ella, pero ejerció su papel de pareja y padre a medias, siempre que él pudiera librarse de su esposa e hijos legítimos.

Mi infancia transcurrió en los 90’s, época alejada del auge tecnológico y de información; mis días favoritos eran los domingos, cuando visitábamos a la familia de la hermana de mi abuela: “tía Bérula” la llamábamos. En el patio de su casa, a las niñas y niños nos mandaban a jugara al patio; las mujeres asaban carne, chiles y cebollas en el anafre, mientras que los hombres prendían la grabadora y pasaban de mano en mano las cervezas. En una de aquellas visitas ocurrió algo que se grabó en mi conciencia.

Yo estaba junto a mi madre, cuando se le acercó llorando la esposa de Cirilo, uno de los hijos de la tía; no recuerdo el nombre de ella, pero me recordaba a los dibujos de las ninfas en mi libro de la escuela: rostro regordete, piel blanca, cabello sujetado en una trenza que colgaba al lado de su cuello. 

–¡Cirilo me pegó! –Dijo frente a mi madre. Levanté la mirada y vi la mancha roja en su mejilla–. ¡Es que se me reventaron los chorizos al asarlos!

Quedé perpleja y conmocionada, honestamente no por el llanto de la esposa-ninfa, sino por la causa: “Me pegó porque se-me-re-ven-ta-ron-los-cho-ri-zos”. 

Creo que fue la primera vez que caí en cuenta de la vulnerabilidad de mi persona por ser mujer, de la facilidad con que podría ser agredida.

Aunque, yo no era ajena a la violencia, muchas veces había atestiguado los golpes de mi padre a mi mamá. Golpes que, en esa infancia, tenían una torcida justificación: que si mi madre levantó la voz, porque miró al hombre que acababa de pasar a su lado; pero… ¿golpear a una mujer por no cocinar bien los chorizos?

El incidente pasó desapercibido para los demás familiares; mi madre más que consuelo le dijo que se calmara, que al rato se le pasaba el enojo a su primo. La tía Bérula la regañó, dijo que debía estar atenta de la carne en el asador. A la hora de comer, tampoco hubo mención de los sucedido; la esposa-ninfa colocó el plato frente a su marido: tortillas recién hechas y un par de chorizos, perfectamente asados con la piel intacta, Cirilo sólo empezó a comer con gula reventando la piel de la carne con un tenedor.

Con el paso de los años, los domingos de visitar a la tía fueron cada vez menos. Pero un día, la esposa-ninfa visitó inesperadamente a mi abuela. Igual que aquella vez: iba llorando, el motivo era que su marido la había abandonado por su amante, una joven que además era ahijada de ambos. La esposa contó que le suplicó, pero nada lo hizo cambiar de opinión y ella tuvo que enfrentar su nueva realidad.

En la dinámica familiar, aunque veíamos la realidad de mujeres abandonadas o golpeadas, el “mantra” seguía repitiéndose.

–¿Para qué? –cuestioné por primera vez, con la inquietud de la pubertad–. ¿Para qué necesito a un hombre?

–Para que te acompañe. Te cuide, te ayude, te provea –respondió mi abuela.

«Te cuide…Te cuide…» Sus palabras hicieron eco, “tengo 14 años, voy y vengo sola de la escuela, creo que estoy aprendiendo a cuidarme sola”, pensé, «¿Es necesario un hombre para eso?».

Sin embargo, a pesar de la contradicción en este planteamiento: “Necesito un hombre para que me cuide; sin embargo, si yo no sé cocinar los chorizos en el asador, eso justifica a él para romper el pacto de cuidado y me golpee”, desde la adolescencia me esforcé en encontrar y conservar un hombre. 

En retrospectiva, creo que el esfuerzo no fue tanto como el que puse en otras cosas, como mi carrera laboral o el aprendizaje en la escritura. Tampoco es que todas mis escasas relaciones amorosas hayan sido malas; algunas resultaron buenas, regulares y otras mejor ni mencionar; lo que me ocurría, es que ese lapso que llaman «enamoramiento» se disolvía rápido, como la efervescencia de las burbujas del agua y ellos me resultaban aburridos. Al final, algunas de mis experiencias amorosas son material de inspiración para escribir. Como este texto, que al desarrollarlo me hizo pensar en lo cerca que estuve de vivir mi propia versión de “asar los chorizos sin reventarlos”.

A inicios de mis 30 años, me fui a vivir con un hombre, a pesar de que teníamos poco de conocernos. Un día me pidió que planchara su pantalón; como yo no plancho ni mi ropa, lo hice como pude. En cuanto se lo puso, reclamó que las líneas de planchado estaban chuecas; lo miré e instintivamente reí al ver lo mal que había quedado, pero la mirada fría de él me hizo callar y la piel de mi nuca se erizó, al final no dijo nada más y se fue a cambiar en silencio; la relación duró 4 meses.

“A veces es un trozo de carne o una prenda, pero siempre la culpa de la violencia se atribuye a nosotras”.

Hubiera querido decirle a mi abuela, antes de que muriera, que no, un hombre no es indispensable; incluso, a veces como dijo Serena Joy en la serie “El cuento de la criada”: “Los hombres arruinan las cosas”. Quizá mi abuela me aconsejaba eso para librarme de la complejidad de ser una mujer sola, pero llevo toda la vida siendo eso: “soltera” y no es tan malo. 

A un paso de entrar a la cuarta década, tengo la certeza de ya no desperdiciar mi energía en conquistar, lucir, cambiar y ceder para retener un hombre. Sigo sin saber planchar una prenda y cuando me toca cocinar chorizos, disfruto reventarlos con la punta afilada de un cuchillo.  

Qué cansancio

Por Irene González.

Qué cansancio. Vivir de un “a ver qué pasa” a otro, entre el fuego del automóvil incendiado y el tronar de las metralletas. Ser daño colateral en una guerra que por décadas nos tiene azotados, un monstruo de tantas raíces y tantas cabezas que ya no hay ni por dónde abordarlo. ¿Cómo se le explica a los niños lo que es un narcobloqueo? ¿Cómo pedir empatía a quienes cometen estos actos? Con gran probabilidad han crecido en entornos violentos, desiguales, inhumanos. Una maraña de problemas sistemáticos que engendra de modo exponencial más violencia. 

Es insostenible. Nos sujetamos a la mano del “en otros lugares está peor, en otra época, siempre han habido problemas”. El mentado “no pasa nada”. Y apretamos esos dedos falaces como si se nos fuera la vida en ello, porque la verdad es que sí, se nos va: se nos va el piso que sostiene la frágil ilusión de control y de seguridad, la débil burbuja que nos separa de nuestra vulnerabilidad y de lo poco que servimos para protegernos a nosotros mismos, a nuestras familias, lo que amamos y en lo que tan duro hemos trabajado.

Despiertas y todo está, literalmente, en llamas. “Pasa lejos de nosotros” dicen los que mañana se encontrarán en el ojo del huracán. La violencia nos tiene agarrados por el cuello, haciéndonos creer que, mientras nos mantengamos al margen y no juguemos chueco, mientras vivamos aquí y no allá, vistamos así y no asa, estaremos a salvo. Hasta que te toca. 

Andamos de una situación invivible a otra, rodeados de estructuras que colapsan literal y metafóricamente, que se tambalean, que fracasan abismalmente una y otra vez, el cuento de nunca acabar. Llámese sistema de salud, de seguridad, de educación, de movilidad. Llámese sistema en general y fallido en específico. Nos está aplastando, engullendo con un hambre voraz, sin disculpas, sin remordimientos. Con un “no tengo datos suficientes, hay una carpeta de investigación abierta, no es responsabilidad nuestra, los confundieron, otra vez los confundieron, otra vez, otra vez, otra vez”. Un “ahorita no joven, ahorita seguimos matando”. 

Y aguantamos vara, y le damos para adelante, porque ¿qué más podemos hacer? Y nos desensibilizamos, porque ¿cuánto más nos puede doler?. Pero el abismo es grande, resta camino por caer. Bastante. 

Quién sabe. Quizá soy yo, que hace mucho que no tengo razones para formarme panoramas optimistas. Quizá esta noche en particular el sonido de helicópteros dando eternos rondines, detonaciones de armas de alto calibre en la esquina de mi casa, la visión de columnas de humo elevándose por todo Jalisco y el constante estado de alerta, me tienen particularmente catastrofista. A lo mejor es que acabo de leer “La parábola del sembrador” de Octavia Butler, y la visión de comunidades rodeadas por la violencia (resultado de la escasez de recursos y de la droga), esperando únicamente a que caigan los portones y derrumben las puertas de sus casas para terminar de perder lo poco que todavía poseen, que todavía crece y que aman, es inquietantemente cercana. 

En este momento no veo claras muchas cosas. Lo que sí veo, incluso a través de mi cortina de decepción, tristeza y pesimismo, es que entre tanto vacío y violencia los actos de empatía y comunidad son verdadera resistencia. La vecina que ofrece agua potable porque en su casa tiene filtro, los que ofrecieron huevos para el desayuno a quienes tenían el refri vacío. Parece poco, pero son gritos de humanidad elevándose entre el ruido de la destrucción. Y en preservar esa humanidad y el sentido de comunidad, radica la poquita esperanza que todavía, chance y, podemos tener. 


Irene González es autora de la novela juvenil de fantasía “En busca de Itzel”, ganadora en la convocatoria Alas de Lagartija 2021 del programa Alas y Raíces perteneciente a la Secretaría de Cultura Federal. Publicada en antologías infantiles como “Sobre la tela de una araña” (Ediciones Momo 2022) y la antología de ciencia ficción “Xalisco Inefable” (Ediciones Mandrágora 2022). Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria (Literalia Editores). Ganadora del 1° y 3° lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Colabora en la revista La Coyol y en Artefacto de Letras.  

Instagram: @r.irenegon 


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De recuerdos, aventuras y reflexiones|El resonar de la memoria

Por Tania Farias

Sucedió durante una actividad simple, del cotidiano: deslizaba con flojera las imágenes de mi Facebook. Un ícono en lo bajo de la pantalla me informó que tenía notificaciones pendientes. Una de ellas era el recuerdo de un verano pasado. Había sido un viaje familiar en el que tuvimos la fortuna de disfrutar de una deliciosa comida, en un bello restaurante. Como de costumbre, después de ver las imágenes publicadas, abrí los comentarios que mis amigos habían dejado en aquel momento. Al principio todo era risas, pues no faltaba aquella nota jocosa a la cual me había dado el tiempo de dar una respuesta similar. De repente, saltó a mi vista un comentario sencillo y corto que exaltaba lo delicioso que lucía el platillo que había fotografiado. Me di cuenta de que no había dado una verdadera respuesta a ese comentario; había, tan solo, marcado una reacción. Pensé por un instante en responder algo, pero fue cuando, lo absurdo de la situación, me provocó unas súbitas ganas de llorar.

Cierto, qué absurdo el querer llorar por un mensaje en Facebook. Mas no había sido el mensaje en sí el que me provaba tal reacción, sino el darme cuenta de que de nada valdría escribir un comentario de regreso. La razón no era porque habían pasado ya varios años desde el evento, sino que quien lo había escrito jamás podría leerlo. Ella había fallecido algunos meses después de aquella publicación. Se había ido de una manera silenciosa, rápida, sorpresiva, injusta, sin darnos ni siquiera la ocasión de volver a vernos. Tan solo su huella se había quedado plasmada en aquel comentario al cual no había dado una respuesta mayor.

Como una loza que caía sobre mí, fue tal vez ese momento en que el vacío de su ausencia se sintió con un peso oprimente que me invadió por completo. En un instante me di cuenta de que jamás volvería a conversar con ella, que nunca más escucharía sus argumentos llenos de sensatez, de conocimiento; que ella nunca más estacionaría mi automóvil como una experta en un espacio tan justo que cualquier movimiento de más podría golpear a los otros carros; que nunca más podría llegar a su casa de imprevisto y tampoco me recibiría con un abrazo lleno de amor, un café y anécdotas; que nunca más tendré un Me gusta de su parte en mis estados de Facebook, ni algún mensaje positivo. Nuestros hijos no volverán a jugar juntos, ni patinaremos durante el invierno en alguna de las pistas de la ciudad. Y es justo ahora que me doy cuenta de su ausencia y del peso que dejó ese adiós que nunca nos dimos.

Se dice que el duelo es un proceso y que tan solo el tiempo puede ayudar. He perdido a varios seres queridos a lo largo de mi vida y he aprendido que ningún duelo se vive de la misma manera. No es lo mismo perder a una madre o a un padre, o a un abuelo o a una amiga.

Algunos duelos se viven con tanta intensidad en el instante y en los meses siguientes, sin que nada pueda aliviar el dolor; otros se viven con la cabeza y se acepta con mayor facilidad la partida de esa persona, pues las circunstancias nos proveen con elementos que nos permiten comprender que todos tenemos un ciclo que cumplir y que esa persona, por más amada, había cumplido con el suyo; y otros, nos cimbran, pues la cercanía de edades, nos sacuden como una ráfaga de viento a una hoja de árbol. Son esos duelos los que nos hacen cuestionarnos sobre la vida y la muerte, los que nos llenan de miedo. Y hay aquellos, en los que a pesar del tiempo transcurrido y que creamos que el dolor se ha convertido en una gota de lluvia a la que no le queda mucho tiempo antes de evaporarse, un suceso, un comentario, una imagen, un olor y, de repente, se desencadena una tormenta y un rio de emociones te ahogan.

El perfil de mi amiga sigue activo en Facebook, su fotografía la sigue mostrando joven, con cabello corto, recuperado después de un tratamiento pesado y largo, pero que parecía haber funcionado. Leo los comentarios que algunos años después de su adiós sus seres más cercanos siguen dejando para honrar su vida.

Por mi parte, me pierdo en su mirada y en su sonrisa fija en aquella imagen y, su voz resuena en mi memoria. A pesar de las lágrimas que corren ya por mis mejillas, y el nudo que se ahoga en mi garganta, una sonrisa también se dibuja en mis labios, pues su ausencia, aunque dolorosa, es a la vez la prueba más real de que tuve la suerte de haber compartido un momento de vida con ella, y eso me basta para celebrarlo.  Un abrazo hasta el cielo, querida C.

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Lágrimas de purpurina y dagas de seda: El Evangelio según el Esquema Fenicio

Enola Rue

En el universo de Wes Anderson, los personajes a menudo actúan con una rigidez que parece desafiar la espontaneidad humana. No lloran, se marchitan con elegancia; no mueren, se vuelven estatuas de su propio legado, una resistencia contra el desorden del mundo. Sin embargo, en el Esquema Fenicio esa resistencia ha mutado en algo más ambicioso, casi teológico. Hay una frase que flota sobre la película como un mandamiento tallado en mármol: No es humano, es bíblico. Al decir que algo es “bíblico”, Anderson nos advierte que estamos ante una épica familiar, una tragedia de proporciones míticas disfrazada de una miniatura artesanal.

A primera vista, el enunciado parece una ironía. ¿Cómo puede ser bíblico un universo habitado por espías con gabardinas color pastel y familias disfuncionales que se comunican mediante telegramas? Pero tras la simetría perfecta de sus planos, Anderson nos está confesando su secreto mejor guardado: sus personajes ya no pretenden ser personas, pretenden ser arquetipos. Lo “humano” es el error, el desenfoque, el desaliño; lo “bíblico”, en cambio, es la magnitud del destino. En esta película, los secretos familiares no son simples malentendidos, son deudas ancestrales. Los viajes de negocios no son traslados, son éxodos. Al elevar su estética a lo sagrado, Anderson nos revela que la belleza no es solo un adorno, sino la única forma de orden que nos queda frente a la tragedia.

En El esquema fenicio, los personajes no viven, sino que cumplen una función dentro del engranaje sagrado de ese universo. Si un personaje de Anderson llorara a gritos, sería demasiado humano y rompería la estética. Su parquedad es bíblica porque las grandes verdades no necesitan adornos, se dicen con un “sí” o un “no” rotundo. La cámara de Wes Anderson se mueve en ángulos de 90°, esto refleja que sus personajes no tienen un libre albedrío total y su ropa no es moda, es identidad estática. Un personaje no cambia el estilo porque su esencia es inmutable, como un santo en un vitral.

El patriarca, Zsa-Zsa Korda, suele llevar un uniforme impecable, que parece haber sido planchado por ángeles. Sus gestos son mínimos, una ceja levantada equivale a un terremoto emocional. Pero en este caso, el patriarca se muestra impasible en sus numerosos accidentes e intentos de asesinato por sus colegas, maneja la tranquilidad de un santo para asegurar la fortuna familiar por las próximas generaciones de la misma forma en que no se inmuta cuando descubre que hay una bomba en el avión donde viaja con su hija y su secretario. I feel myself very safe parece ser su oración predilecta frente a las adversidades. Él mismo representa el orden bíblico, es el creador de las reglas que los demás intentan romper. Su tragedia no es la derrota, sino el hecho de que el mundo real no es tan perfecto como sus planes, parece un Dios cansado de su propia creación.

Sus hijos varones se presentan con ojos perpetuamente melancólicos y posturas rígidas, visten como adultos en miniatura, atrapados en una infancia que parece no terminar o una madurez que llegó demasiado pronto. Son el elemento humano intentando encajar en lo bíblico, cargan con los pecados de sus padres como si fueran maletas de cuero fino.

En cuanto al espía/secretario, es un personaje que siempre parece mimetizarse con el ambiente detrás de él, es un personaje que se encarga de guardar los secretos del esquema, aunque a veces peca de humano cuando olvida la maleta en algún sitio. Es el sustituto del espectador, su mirada no es de juicio, sino de inventario. Nos enseña que, en este universo, la curiosidad es una forma de devoción. No busca la verdad para liberarse, sino para completar el rompecabezas.

Sin embargo, en este universo creado por un Dios obsesivo-compulsivo, donde los personajes están atrapados en su propio diseño, aparece Liesl. El hecho de que sea monja en una película que declara ser bíblica no es una coincidencia, es el punto de fuga de toda la simetría de Wes Anderson.

Mientras el resto de los personajes de El esquema fenicio lidian con los colores tierra, el espionaje y la suciedad del poder, Liesl es un bloque de color sólido que corta la pantalla. Liesl no es una monja convencional, su hábito tiene un corte arquitectónico perfecto y su rostro es de una serenidad inquietante. Lo fascinante es que ella es la única que abraza el esquema, el orden absoluto. Si su padre busca el control a través del poder, ella lo encuentra a través de la fe. Ella es la única que entiende que para ser “bíblica” hay que dejar de intentar ser feliz en términos humanos.

Liesl es el oxímoron visual definitivo: viste el hábito de una santa, luce el flequillo de una it-girl y un maquillaje al estilo de Euphoria que parece haber sido aplicado con la precisión de un cirujano. Sus lágrimas no son de arrepentimiento, sino de una devoción estética. Pero es la daga que oculta bajo sus pliegues la que termina por definirla. En ella, la piedad y la vulnerabilidad se mezcla con el peligro; no lleva una cruz, sino un arma, recordándonos que lo bíblico no siempre es pacífico. Ese contraste específicamente es lo que rompe la solemnidad para recordarnos que estamos en el universo de Wes Anderson. Liesl no es una monja que busca la santidad en el despojo, sino una que encuentra su liturgia en la rebeldía visual.

El hábito suele ocultar el cabello para anular el ego, pero Liesl deja su flequillo perfectamente cortado a la vista. Ese flequillo es su última frontera humana, una declaración de vanidad en medio de la castidad. Nos revela que, aunque ha abrazado lo bíblico, no ha renunciado a su simetría personal. Es el recordatorio de que sigue siendo una hija del esquema fenicio, una pieza diseñada para ser vista.

El tío Nubar es la pieza que termina de encajar en el rompecabezas bíblico de la película, es la tentación y el juicio encarnados en un dandy excéntrico. Se muestra con una barba exagerada y cejas prominentes, una mezcla entre un villano de opereta y un profeta del Antiguo Testamento que pasó demasiado tiempo en una sastrería de Savile Row. Si Korda intenta redimirse a través de su esquema, Nubar es el recordatorio de que el pasado no se puede borrar con planos y maquetas. Su relación es bíblica porque es la lucha de hermanos por la herencia, el legado y la verdad, muy al estilo Caín y Abel, pero con mejores trajes.

Su aspecto ridículo sirve para ocultar su frialdad absoluta. En el universo de Anderson, cuánto más está disfrazado un personaje, mas peligroso suele ser. Nubar es el encargado de decirle a los protagonistas que el mundo no es justo, es simplemente un negocio familiar mal administrado.

Ahora bien, otra pieza que convierte el Esquema en una verdadera tragedia griega es la sospecha de que Zsa Zsa Korda mata a sus esposas. Si la película es “bíblica”, Korda actúa como un dios del Antiguo Testamento: celoso, absoluto y punitivo. Este rumor lo eleva de marido tóxico a fuerza de la naturaleza. En el cine de Anderson, las madres son figuras ausentes o melancólicas. En este caso, su muerte no es un accidente, es un sacrificio en el altar de Korda. Al eliminar a la madre, Korda intenta borrar el rastro de su propia humanidad (y de sus fracasos) para quedarse solo con el esquema.

El Esquema no solo se dibuja con tinta, sino con la sangre de los ausentes. El rumor de que Korda ha eliminado a sus esposas, incluyendo a la madre de Liesl, transforma su perfeccionismo en una patología criminal. Pero lo bíblico alcanza su climax con la revelación del tío Nubar: es él el verdadero padre de Liesl, entonces ella es el fruto de una transgresión que Korda ha intentado sepultar bajo capas de rito y castidad.

El final de El Esquema Fenicio no ofrece una catarsis, sino una clausura. Al final, no importa quién mató a quién, ni quién engendró a quién; lo que queda es la foto familiar, perfecta y gélida. Wes Anderson nos susurra que la verdad es demasiado desordenada para ser grabada en piedra, por lo que preferimos la leyenda. Al igual que Liesl, terminamos aceptando que la justicia no es humana, depende de dónde se coloca la cámara. El Esquema se impone por sobre todas las cosas, el mundo así es un retablo donde el perdón es solo otro color tierra en la paleta que pinta la película. Es un final valiente que refuerza el pesimismo de la frase “no es humano, es bíblico”, de este modo, el destino es inamovible.

Quizás lo que Anderson intenta decirnos es que la vida, en su estado puro, es demasiado caótica para ser soportada. Necesitamos el encuadre simétrico, el vestuario impecable y la narrativa épica para que nuestras pequeñas tragedias dejen de ser simples errores humanos y se conviertan en algo sagrado. Al cerrar el telón de este esquema, nos queda la sensación de que, aunque el mundo no sea perfecto, al menos puede ser hermoso mientras se desmorona. Y esa, tal vez, sea la única redención que nos está permitida.