Los árboles y las pantallas que me rodean | La vida adentro y alrededor

Por Mijal Montelongo Huberman

Hay un tepozán de metro y medio de alto en una jardinera amplia. Su tronco tiene aproximadamente treinta centímetros de diámetro. No está derecho, tiene una pendiente que después se ramifica en extensiones más delgadas hasta llegar a las hojas de color verde oscuro y con una ligera pelusa. Las venas parten paralelamente de una principal que separa longitudinalmente a las hojas. La corteza no es lisa, sino que tiene surcos a lo largo. Parece que se le caerá por pedazos. Claro que no empezó así. Inicialmente era una ramita delgada que salía de la tierra con unas cuantas hojas en la punta. Podría haber sido rota por una brisa o una lluvia fuerte. Pero aguantó y creció.

Las ardillas lo usan de paso para llegar a la higuera y a la palma que tiene a ambos lados. Los chipes corona negra van de ramita en ramita buscando algún insecto que comer. En ocasiones se pasan a la higuera o a los rosales de enfrente. Los saltaparedes van de la pared de piedra volcánica que está detrás del árbol a su tronco. Abejas, abejorros, mariposas y colibrís son atraídos al tepozán por sus florecitas blancas. Un pájaro carpintero llega a martillar al tronco en diferentes puntos. Las lagartijas toman el sol y se mueven por todo el árbol para evitar ser vistas y molestadas por otros animales que se acercan. Los colibrís se posan en sus ramas para descansar de tanto aleteo. Una araña construyó su telaraña entre la higuera y el árbol. Un gato usa el tronco como rascador.

Las hojas que sirven como plataforma para insectos diminutos reciben la luz del sol y el dióxido de carbono del aire, el cual lleva consigo el aroma de las flores y del tepozán a otros lugares. Las raíces que no les molesta lo somero de la capa terrosa absorben el agua y otros nutrientes de ella; posteriormente, son transportados también hasta las hojas para que el tepozán continúe viviendo.

Así estuvo varios años. Siendo una casa, un refugio, una fuente de alimento, un sitio de descanso y observación, un lugar de paso, un punto de conexión, etcétera para demás especies. Infinidad de individuos estuvieron en contacto con él. El tepozán fue obteniendo lo que necesitaba del ambiente que lo rodeaba. Regeneró y cubrió las partes que otros comieron, tiraron, arrancaron, arañaron, pisaron y limitaron hasta que las marcas dejaron de percibirse como ajenas a él. Le crecieron más ramas. Tuvo hojas y flores adicionales. Siguió creciendo.

Poco a poco dejó de absorber agua y nutrientes del suelo. En el transcurso de unas semanas se le empezaron a caer las hojas. El agua restringió su irrigación hasta las puntas de las ramas más delgadas. La turgencia de las hojas se debilitó y se secaron. El árbol quedó pelón. Pasado un tiempo, las mismas ramas ya no eran abastecidas. El tronco fue obteniendo cada vez menos agua. La corteza cambió de color: de un café grisáceo a un tono más claro con manchas amarillentas. La madera crujía de vez en cuando. Ya sólo quedaba el esqueleto del árbol.

La vida sigue ocurriendo a su alrededor. Aunque la vida ya no fluye dentro de él. El pájaro carpintero se posa en sus ramas secas y le da unos golpes, calándolo superficialmente. Todavía hay algunas hormigas y termitas que habitan y caminan por el tronco. El carpintero se alimenta de ellas. Otras aves, como las tortolitas, descansan y observan desde las ramas. Como ya no hay flores de las cuales las abejas, mariposas y colibrís extraigan néctar, visitan menos al tepozán y hasta lo toman como un obstáculo para llegar a las rosas. Las lagartijas siguen teniendo un sitio donde tomar el sol. Las ardillas lo utilizan menos de paso, algo deben intuir.

Unas semanas después, el peso de la parte de arriba del árbol le ganó y se rompió. Se quedó sin las ramificaciones que le daban una corona. Ahora queda un tronco seco ligeramente inclinado. El gato todavía se rasca en él y ahora lo trepa para que sea su puesto de vigilancia a un metro de altura. Se hilaron telarañas entre los surcos de la corteza que cada vez son más profundos. Hay caracoles que se suben a lo que queda del tepozán y dejan su rastro brillante.

Transcurrieron algunos meses. Finalmente, la inclinación del tronco fue demasiada y se quebró. La madera, que alguna vez fue un árbol, yace en la tierra entre la palmera, el pino, la granada, el plumbago y algunas hierbas. Los saltaparedes y algunos chipes escarban entre los restos en búsqueda de descomponedores que se alimentan de la madera. Una ardilla remueve los restos para recuperar un higo que se le cayó. Los gatos y perros orinan y defecan sobre ellos. Los caracoles pasan sobre trozos de madera marcando su camino para llegar a plantas vivas con hojas frescas.

La madera se vuelve un montículo de tierra con trozos amorfos de colores amarillentos. Las plumas de una tortolita atrapada por un gavilán lo cubren junto con las hojas caídas del plumbago, de la higuera, del pirul.

Un día unas hierbas chiquitas salen de la tierra donde había madera seca de un tepozán. La tierra y algunos animales todavía conservan un vago recuerdo de su presencia mientras le dan la bienvenida al nuevo integrante del paisaje.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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Hoy no voy sola: Misoginia y marchas en San Quintín.

Por Jaqueline Campos

 Una niña de nueve años me preguntó: Maestra ¿Por qué en San Quintín matan a las mujeres y luego hacen marchas? una pregunta sencilla de hacer y compleja para responder que detona este artículo que intenta responder a dichas cuestiones y derivar a reflexiones en torno a la violencia contra las mujeres. 

¿Por qué se marcha?

En época de pandemia, el 24 de septiembre del 2020 se reportó un crimen que arrebató la vida de una joven madre en la delegación Vicente Guerrero, esto originó una caminata compuesta por ciudadanos y fue la primera experiencia en la que participé; en esa ocasión caminamos hasta la fiscalía para apoyar. Este crimen me impactó y cambió mi percepción de seguridad como ciudadana de San Quintín. 

Después de la pandemia, en el mes de junio del 2023 le arrebataron la vida a otra joven y nuevamente en la carretera transpeninsular se observó a habitantes de la comunidad que marcharon para protestar contra la violencia de género y la justicia.

Algunas personas prefieren llamar camita y otras una marcha, a la acción de los ciudadanos que se unen para clamar por justicia para las mujeres víctimas de la violencia. Cada mujer u hombre que participa puede tener diversos motivos individuales o colectivos, pero nos une en ese momento la protesta, la manifestación y el reclamo; se espera visibilizar el derecho de las mujeres a una vida sin violencia de género y con justicia. 

En San Quintín, por lo común estos actos se inician en una gasolinera cercana a la iglesia católica y se desplazan hasta el parque de la Lázaro Cárdenas. Cuando te integras a ese caminar, se escuchan las voces al unísono como trompetas para despertar a durmientes, para que escuchen y que sean empáticos a una realidad que existe. 

Una marcha parece un caudaloso río de voces que quieren ser como el altavoz, el altoparlante, el megáfono para gritar y que todos oigan frases como ¡Señor, señora, no sea indiferente se matan a mujeres en la cara de la gente! y leer diferentes oraciones en los carteles como ¡Hoy soy la voz de quien gritó pidiendo ayuda! ¡Somos el grito de las que ya no tienen voz! ¡Hoy no voy sola! Entonces, si miras de cerca el paso de una marcha te tocará conmoverte.

II

Estará usted de acuerdo en que necesitamos seguir impulsando un cambio social con urgencia que defienda la vida libre de violencia de género. Los procesos de cambio social son complejos, ocupan el interés y el esfuerzo consciente de los ciudadanos para cambiar creencias y estereotipos asociados a la práctica de la violencia. 

A nivel internacional se promueven esfuerzos, un ejemplo lo impulsa la ONU con la campaña “ÚNETE para Poner fin a la Violencia contra las Mujeres» que invita a todos los países miembros a promover acciones que ayuden a reflexionar, visibilizar y eliminar la violencia contra las mujeres; por lo que los días 25 de cada mes se denominan días naranja #25N. Fecha asociada al día internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que desde 1999 se proclamó para conmemorarse cada 25 de noviembre. 

Al respecto, en San Quintín se han realizado marchas el 8 de marzo en conmemoración del día internacional de la mujer, el 25 de noviembre por el día internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y también, se marcha para acompañar el reclamo por cada mujer que fue privada de la vida; por esos motivos considero que se hacen marchas en San Quintín.

III

¿Qué está detrás de la violencia hacia las mujeres? Otra pregunta sencilla que puede intentar ser respondida con múltiples factores complejos, pero encuentro en la misoginia una explicación. En México se publicó en el 2007 la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia que promueve la eliminación de la misoginia. La misoginia es parte de la base de los actos de violencia y crueldad que se cometen contra las mujeres; aunque estadísticamente es mayor el número de hombres que victimizan a las mujeres, también hay mujeres misóginas que odian a las mujeres. Si analizamos un acto de violencia contra las mujeres, jóvenes y niñas podríamos encontrar entre otros factores la presencia de creencias misóginas. 

¿Es posible cambiar? La misógina puede contrarrestarse, porque las creencias, estereotipos y prejuicios se aprenden en el proceso de socialización; la misoginia como creencia parece que se comparten y se contagian entre las personas; pero también se puede desaprender y deconstruirse y esto ocupa, también de un reflexión crítica y una introspección personal constante ¿Está presente la misoginia en su vida? ¿Qué puede hacer usted como ciudadana o ciudadano para ayudar a eliminar las formas de odio y violencia contra las mujeres, jóvenes y niñas de su propia comunidad?

Muy tarde comprendió

Por Heidi Carolina Molina Duque (Venezuela)

Dos jóvenes yacen enamorados y pasean tomados de las manos, amor eterno se han jurado; pero a uno, el destino ha cambiado. Él aspira casarse y a su novia quiere llevarse, dejarla embarazada desea asegurarse; mientras en la Universidad espera iniciarse.

Ella escucha sus planes sus pensamientos estallan cual volcanes, se niega a aceptar refranes que la envuelvan en afanes.

Toma una sabia decisión que afecta la relación, en vista de la situación ella prefirió la educación.

Huyó de la posesión al sentir tanta presión, buscó transformación y de su nueva dirección su novio, no obtuvo información.

A él, se le rompió el corazón muy tarde comprendió la molestia que causó y el tiempo la razón, a ella le dio.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Propósitos de año nuevo

Por Tania Farias

Le echaré la culpa a que hacía mucho frío y a que los festejos para celebrar el nuevo año iniciaron temprano. Pero en esta ocasión, el cambio de año y, a pesar de estar muy bien rodeada de las personas que amo, se sintió diferente. Aunque pensándolo más, quizás lo sentí como lo que realmente es: el término de un día y el inicio de otro.  

Bajo un cielo completamente oscuro, cubierto con una neblina persistente desde el día anterior, el horizonte se iluminó a las siete de la noche con fuegos artificiales que, durante diez minutos, nos mantuvieron maravillados. El frío gélido de los Alpes rozaba nuestras mejillas mientras contemplábamos el espectáculo desde el balcón de nuestra habitación. Después, todos en familia, bajamos para unirnos a los demás huéspedes y empezar las celebraciones. Un brindis con mariscos para comenzar, seguido de una deliciosa cena, digna de un día especial, que el hotel tenía preparado para sus clientes.

Eran pasadas las nueve de la noche cuando ya habíamos finalizado y aunque nos quedamos un momento en sobremesa, tampoco podíamos tardarnos demasiado, pues todo el mundo empezaba a retirarse y el personal del restaurante también necesitaba terminar con sus labores. Así que bajamos al bar, donde el resort había anunciado que habría una noche de baile. La música nos animó por un rato, pero entre el cansancio por las actividades del día sumado a que los ritmos que despedían las bocinas ya no lograban movernos, todos en nuestro grupo (marido, hijo, hermano, cuñada y sobrinas) decidimos regresar a nuestro cuarto. Nada más entrar a la habitación, miré mi reloj y las manecillas tenían poco de haber rebasado las once de la noche. Nos dimos un abrazo deseándonos lo mejor para el siguiente año y cada uno partió a sus camas.

Si bien había sido por mi insistencia el pasar por el bar, aunque fuera solo un momento,  como buscando prolongar la noche y esperar la llegada del nuevo año, ni yo misma tuve la energía de aguantar completamente despierta hasta la medianoche, tarea que se volvió más compleja en la calma de nuestra recámara. Resistí lo más que pude viendo historias en mi teléfono, solo bastaron unos minutos para que los ojos se me cerraran con pesadez. 

Escuché a lo lejos el recuento en retroceso de los segundos y vi de nuevo el cielo iluminarse, me levanté para admirar desde la ventana algunos fuegos artificiales que en ese momento ya se apreciaban con total claridad, pues la bruma que nos había cubierto por casi cuarenta y ocho horas se había esfumado en el lapso de la noche. Miré hacía mi cama, en la que mi hijo y mi marido dormían plácidamente, les deseé y me deseé un muy feliz 2026, apagué la luz y me fui a dormir.

No, no hicimos rituales como sacar a pasear una maleta vacía para viajar mucho o comer lentejas para la prosperidad. Tampoco hubo uvas con cada campanada ni una lista con los propósitos/intenciones para este 2026.

El fin de año me agarró a las prisas, ocupada, celebrando en familia eventos importantes, que ni siquiera me di el tiempo de pensar en lo que había sido mi año y en lo que esperaba para el siguiente. Quizás el único momento que me otorgué para eso fue durante una visita que mi marido y yo habíamos hecho el mismo 31 de diciembre a un pueblito pintoresco muy cercano a la estación de esquí donde nos hospedábamos. En lo alto de la colina se levantaba airosa una pequeña iglesia. Subimos hasta ella y aunque no nos cruzamos con casi nadie en nuestro ascenso, tuvimos la suerte de que las puertas del templo estuvieran sin pestillo. 

Empujamos la vieja y pesada puerta y, a pesar de que no había nadie en el interior, entramos con la solemnidad y el respeto que un lugar de culto merece. Admiramos el humilde nacimiento a los pies del altar y después nos dirigimos hacia un espacio donde se podían colocar veladoras. Cada uno encendió una. Mi oración fue corta, de agradecimiento por los 365 días que se había ido, con sus altas y sus bajas, pero con mucho aprendizaje. No me detuve a hacer un recuento, solo agradecí y pedí que el próximo año, sin demandas explícitas, fuera un buen año para todos mis seres queridos y para mí misma.

Han pasado ya varios días desde el primero de 2026 y sigo sin maquinar en mi cabeza una lista de propósitos. No es por falta de deseos, ni de cosas por terminar. Sin embargo, la vida me ha bien enseñado, que muchas veces los planes se caen al agua y todo toma un rumbo inesperado. Durante años, esperé con entusiasmo las doce campanadas del anuncio de un nuevo año, como si cada una de ellas trajera consigo un borrador gigante que pudiera desaparecer todo aquello que no había funcionado el año precedente y, en su lugar, dejara una hoja limpia sobre la cual volver a empezar. Tampoco faltaban  las listas de propósitos que al cabo de unos días o semanas perdían importancia o simplemente se me olvidaban.

Hoy, aún cansada de las últimas semanas del fin de año y del inicio de este, mi mente se niega a fastidiarse y a que la obligue a crear esa lista que quizás no lograré. Como bien lo escribió una amiga recientemente, quiero parar de ejercer presión inútil sobre mí misma y dejar que mi historia se vaya escribiendo a mi propio ritmo. Quiero disfrutar de lo que llegue, apreciar lo que tengo y quién sabe, en una de esas, logro concluir algunos de los proyectos que tengo pendientes y empezar nuevos.  

Abandonándome a la idea de simplemente dejar fluir las cosas, respiro con alivio y me digo: lo que tenga que venir, vendrá. Por lo pronto: feliz 2026.

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El ojo de Lya | Las Pájaras: colectividad y ferocidad femenina

La arquitectura de la niebla

Enola Rue

Mi madre siempre decía que fumar es una enfermedad hereditaria. De niña, yo habitaba esos nubarrones blancos y grises que remolineaban entre los adultos: una arquitectura de niebla que sostenía las conversaciones y los silencios. Se movía entre nosotros esa tormenta estática que no traía lluvia, sino recuerdos viejos; una tranquilidad ansiosa que solo se disolvía cuando alguien finalmente abría las ventanas. Entonces el aire entraba como un intruso, las personas se dispersaban y la magia de esa herencia se desvanecía en la calle.

Aún conservo la curiosidad herida de cuando leía las advertencias en las cajetillas: esos catálogos de muertes inminentes que yo estudiaba como un presagio. Mis ojos de niña brillaban de miedo ante la paz con la que mis parientes inhalaban y exhalaban aquel hálito de muerte, como si el veneno fuera solo otra forma de respirar.

– De algo hay que morirse – sentenciaban–. Después de todo, uno no debe acudir a la muerte; ella es quien debe venir a buscarnos. Y tenían razón. Aquellos cigarrillos eran faros encendidos que no buscaban barcos errantes para guiarlos al Más Allá; eran luces que se retorcían en su propia ceniza, consumiéndose en el mismo lugar donde intentaban brillar.

Recuerdo cuando encendí mi primer cigarrillo: el primer faro para navegar ese mar imaginario que conduce al final. –Así que este es el sabor – pensé, – me agrada. Me agradó tanto que me asustó. Pero entonces, mi cuerpo rechazó la profecía con una náusea violenta y amarga; como si mis pulmones intentaran expulsar a golpes un destino que no les pertenece. Fue en ese vacío, con el sabor de la bilis y el tabaco todavía en la lengua, cuando lo comprendí: mi madre no advertía, sentenciaba. Fumar es, después de todo, una enfermedad hereditaria.

Piezas de un alma simple

Enero

Escrito por: Alondra Grande

Listas y deseos,
rezos y decretos,
plegarias elevadas
pérdidas bajo ningún cielo.

Finales que nunca terminan,
comienzos que no perduran,
certezas que dejan dudas.
Palabras que busca el rio,
rio que encuentra la mar
pérdida entre las costas
a costa de la paz.

En enero hay movimiento,
¿por dónde habré de empezar?
Fijar el horizonte del lugar
a donde sea que me lleven mis pasos
dentro de doce meses más.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

La vida sucede mientras tanto

Hay una nostalgia que aparece sin aviso cuando el año se termina.
No es tristeza. Es otra cosa.
Es mirar atrás y darse cuenta de que la vida pasó mientras no estábamos prestando atención.

No recuerdo los meses en orden.
Recuerdo escenas.

Recuerdo una tarde cualquiera que no tenía nada especial y terminó siendo importante. Un suspiro profundo sin saber por qué. El canto de los pájaros entrando por la ventana como si el mundo siguiera intacto, aunque todo estuviera cambiando por dentro. Recuerdo una mirada que se cruzó con la mía y se quedó un segundo más de lo normal. Ese segundo exacto que decidí guardar, sin saber que lo iba a necesitar después.

Eso fue el presente.

Pasamos tanto tiempo pensando en lo que viene. En los futuros que nos prometimos para no rendirnos. En versiones nuestras que parecían más completas, más seguras, más felices. Creímos que ahí —más adelante— iba a estar la calma. Que el después iba a ser hogar.

Pero el después nunca se siente como lo imaginamos.

La vida sucede mientras tanto.

Sucede en lo pequeño. En lo que no fotografiamos. En lo que no contamos. En lo que pasa desapercibido hasta que, con los años, vuelve a nosotros cargado de sentido. No eran los grandes momentos los que nos estaban formando. Eran estos. Los silenciosos. Los breves. Los que duraron lo justo para dejarnos una huella.

Nuestra única realidad segura es esta.
Este aquí que a veces ignoramos.
Este ahora donde el cuerpo está presente aunque la mente se escape.

Aquí pertenecemos.

No en los futuros idealizados que construimos para sobrevivir al miedo, sino en este instante frágil donde todo es real. Donde el tiempo no promete nada, pero tampoco miente. Donde el corazón reconoce algo sin saber explicarlo.

El presente es efímero. Y por eso duele cuando se va. Pero también por eso importa tanto. Porque no vuelve. Porque no se repite. Porque solo existe una vez, y cuando lo entendemos, ya está lejos.

Año nuevo siempre llega cargado de intenciones, de listas, de ganas de empezar distinto. Pero nadie empieza desde cero. Empezamos desde aquí. Desde lo vivido. Desde lo sentido. Desde lo que aún nos acompaña aunque no sepamos nombrarlo.

Tal vez vivir sea aprender a quedarse un poco más en este instante. A no correr tan rápido. A escuchar el canto de los pájaros sin pensar en el día siguiente. A sostener una mirada sin miedo a que termine. A aceptar que todo lo que somos se construyó en momentos como este.

Somos del presente.
De este segundo que ya se está yendo.
De este ahora que fue nuestro, aunque no supiéramos cuánto iba a importar.

Y quizá eso baste.
Quizá siempre fue suficiente.


Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la memoria y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.

Letras Revueltas|Sacar la voz y hacerla orquesta

Por Illari Alderete

En una ocasión un amigo se enojó conmigo porque le arrebaté la palabra, me sentí muy apenada por hacerlo. Para mí fue una sorpresa encontrarme en esa situación, ya que estoy acostumbrada a que otros y otras hablen por encima de mí. Lo comenté con mi amiga San y ella me dijo “es que provenimos de familias y de círculos en los que para que nos escuchen tenemos que alzar la voz.”¿Por qué hay que alzar la voz para que nos escuchen? 

En otro momento, en un taller de escritura autobiográfica, nos pidieron escribir sobre la historia de nuestras voces. Allí, varias mujeres contamos sobre la vergüenza que sentíamos por nuestra voz; «mi voz es demasiado aguda», «la mía es muy bajita», «la mía es estridente», «la mía no es seria»…

Anne Carson en su ensayo “El género del sonido”, señala que “muchas personas juzgan a las otras debido al tono de su voz. Aristóteles llegó a afirmar que la voz aguda de las mujeres es una evidencia de su disposición malvada, pues las criaturas que son valientes y justas tienen voces gruesas y profundas.” Parecería que estamos lejanas de las  sentencias de Aristóteles, sin embargo, aún hay muchas personas que juzgan, sobre todo a las mujeres, por su tono de voz. ¿Será que hay algo inmanente en nuestro tono de voz, que permita inferir las cualidades de una persona? ¿O se trata, una vez más, de una cuestión de género?

Hace poco, asistí a un conversatorio sobre mujeres y proyectos creativos que involucran a mujeres, para sorpresa de nadie, la mayoría éramos mujeres y se notaba que los pocos hombres que estaban allí, asistían por obligación o necesidad; un hombre dormía plácidamente, mientras nosotras hablábamos, los demás se distraían en sus celulares o en la estructura del recinto. Nuestras voces o nuestros temas parecían no interesarles. Recuerdo que, cuando comencé a hablar, mi voz se quebró y la odié como tantas otras veces.

Según el conocimiento popular, las mujeres hablamos más que los hombres, pero como nos dice Deborah Cameron en Sex and the power of speech (2010), ésto sólo ocurre en ciertas circunstancias, cuando se trata del ámbito informal, las mujeres y los hombres hablamos en igual cantidad, en ámbitos formales; seminarios, reuniones de trabajo, debates públicos, los hombres hablan más. (p.2) Otro descubrimiento importante es que, no es propiamente una cuestión de género, sino de estatus, aunque el género se inserta aquí porque en la mayor parte de las instituciones quienes tienen un mayor estatus y jerarquía son los hombres. En los casos en los que las mujeres hablamos más es porque o somos más mujeres o porque hablamos de “temas de mujeres.” Por lo tanto, las mujeres hablamos menos y se nos escucha menos, en muchas ocasiones, tenemos que arrebatar la voz para que se nos tome en cuenta, pero incluso, esto es mal visto en nosotras porque las mujeres debemos escuchar. (p.3)

En la versión original de la Sirenita de Hans Christian Andersen, ésta posee la voz más maravillosa del océano, sin embargo, al enamorarse del príncipe decide ofrecer su cola de pez, que le permite moverse rápido por el mar, y su voz, para poder ser humana. La Hechicera de los Abismos le dio dos piernas a cambio de un dolor atroz y le dijo que si el príncipe se casaba con otra, ella se transformaría en espuma. Al final, debido a su mudez, no logra que el príncipe se enamore de ella, así que la Sirenita se convierte en espuma, en un ser inmortal que debe ayudar a los otros durante 300 años. El castigo por perder su voz es servir a los otros.

Laura Cardona @laucardona

Al final de su ensayo, Anne Carson escribe que a las mujeres se nos juzga tanto porque es molesto escuchar el sonido femenino como porque decimos cosas que no deben ser dichas; para la cultura patriarcal, la mujer que no habla es virtuosa, pero a costa de qué. 

Volviendo al conversatorio decidí continuar hablando aunque mi voz fuera torpe y mi discurso no recurriera las grandes figuras literarias, a los nombres o a los datos, sino que partiera de mi experiencia. El temor y los nervios se disolvieron con mis compañeras, que complementaban lo que yo decía, incluso en la discordancia. También pensé en que ese; el conversatorio, era una manera muy diferente de hacer, no era una conferencia académica en la que una voz, generalmente masculina, nos ilustra, sino una plática entre mujeres que se interesaban por proyectos de escritura y lectura dirigidos por mujeres; Especulativas, Literata, Poderosas y, claro, La Coyol Revista.  En el que había un diálogo, una escucha y una respuesta constante, de eso se trata el lenguaje, de conectar con otras y otros. Por eso tiendo a alejarme de las personas que solamente quieren hablar, pero no escuchar. En esos momentos prefiero guardar silencio.

Por el contrario en la mitología griega, existen seres femeninos más ruidosos y letales como las mismas sirenas de la Odisea, quienes con su canto prometen sabiduría y conocimiento. La Medusa, de cuya garganta, al ser decapitada por Perseo, nació el Pegaso, un ser indomable y que está relacionado con la poesía. No obstante, también existe el riesgo de la voz sin sustancia, que es lo que le pasa a la ninfa Eco, quien era elocuente e ingeniosa, pero utiliza su voz para encubrir las infidelidades de Zeus. Hera, al descubrirla, la condena a repetir los discursos ajenos, pierde la agencia sobre su propia voz. Por eso es importante seguir nuestro propio camino. Como dice Ana Tijoux: 

“Respirar para sacar la voz

Despegar tan lejos como un águila veloz

Respirar un futuro esplendor

Cobra más sentido si lo creamos los dos

Liberarse de todo el pudor

Tomar de las riendas, no rendirse al opresor

Caminar erguido, sin temor

Respirar y sacar la voz.”(Sacar la voz, 2011)

Sacar la voz, aunque duela, aunque lo que se dice no quiera ser escuchado, sé que al momento de evaluar los discursos que pronunciamos las mujeres o se nos ignora o no se nos presta atención, porque es lo otro, lo que parece únicamente del mundo de las mujeres; los cuidados, el cariño, el respeto, las relaciones humanas, o nuestros discursos se señalan por imperfectos, pues no cumplen con los estándares académicos y masculinos, o porque simplemente son feos, la voz muy aguda no merece ser escuchada, aunque eso entrañe misoginia y no nos cuestionemos de dónde viene esa idea. Nuestro modo de hacer y decir, es diferente. Alejandra Pizarnik lo muestra en La palabra que sana:

"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa."(Infierno musical, 1971)

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Cartografías del Instante| Las manos

Las Manos

Por Anyela Botina

1.

Abrir las manos es un gesto para decir amor, lo que nadie sabe es que abrir las manos es escarbar una grieta.
¿Sabías que el corazón tiene la misma forma que el puño de una mano? Me lo dijiste una vez—¿lo recordarás ahora?
Hay una palabra aún innombrada, hecha de aquello que habita en una mano abierta.
Abrir las manos, sentir el vacío, rozar su rostro helado para comprobar, una vez más, que tocar un recuerdo y darle forma con mi mano llena de vida y de abrigo solo lo desmorona al tacto.

2.

El día que te fuiste,
borde un pequeño amuleto,
lo envolví como a un recién nacido
y lo puse en tus manos.
No sé si lo olvidaste en algún rincón,
quizá frío, quizás solo.
No sé si logró cuidarte,
o si fuiste tú quien cuidó de él.
No sé si aún te acuerdes
que un día pude
como la tierra a la semilla
como mi mano al corazón.
Abrigarte.
No sé si aún te acuerdes,
que nuestro amor fue así.
y aunque tu no lo hagas,
abrigo tu recuerdo,
lo arropo en telas de colores,
y te espero,
aunque,
no vuelvas.

3.

Herede tus manos y el frío,
la mirada de espanto cuando llega el viento
y abre grietas en la casa.
La misma manera de decir amor,
un eco impronunciable
en la boca de mi estómago.
Una grieta puede ser una casa;
tú la habitaste y le diste un nombre,
no con la mirada ni con la boca,
sino con las manos,
nacida entre tus dedos,
entre el frío de las sábanas
donde dormías.
Heredaste un lienzo en blanco,
una grieta habitada por la nada,
una casa en tus manos.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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