Por Tania Farias
Hace algunos años la vida nos llevó a instalarnos en la capital británica. Aunque la ciudad era una verdadera joya por descubrir, pues su eclecticismo y diversidad estaban presentes en cada rincón: bastaba con girar en una calle y de repente me encontraba en un lugar completamente diferente, con una vibra especial y con detalles arquitectónicos tan distantes de la calle anterior que hasta los paseantes cambiaban, un elemento la hacía también bastante severa para vivir: el clima, el cual, lejos de ser insignificante, pues esos cielos grises, aun cuando la lluvia no estuviera presente todo el tiempo, esos ventarrones, en por los menos tres cuartos del año (otoño, invierno y primavera), y ese frío húmedo que te cala hasta los huesos fue un factor que moldeó mis hábitos y la manera de vivir y convivir. Y si le agregamos que éramos nuevos (mi esposo y yo) en la ciudad y que no conocíamos a nadie, Londres no era tan atractiva al principio como lo había imaginado. Además de que mi marido, a la usanza del lugar, trabajaba largas jornadas, y yo tenía que pasar el día sola y con frío intentando familiarizarme con el que sería nuestro hogar por los próximos años.
Fue justo durante aquellos paseos solitarios en los que, al pasar delante de los numerosos cafés que la ciudad albergaba, que mi interés por este líquido oscuro inició. Cada que caminaba y veía a las personas sentadas con una taza de café caliente, en vivas conversaciones con amigos o conocidos, yo no añoraba más que una cosa: estar en su lugar. Así nació mi gustó por el café.
Conforme el tiempo pasaba y me integraba cada vez más a la ciudad, empecé a crear mi propio círculo de amigos; era común que nos citáramos en un café. Mis cafeterías preferidas eran aquellas que daban la impresión de entrar a la sala de la abuelita de alguien, en dónde los sillones no eran similares, sino que cada uno mantenía su propio estilo, pero te invitaban a sentarte y hundirte en ellos para escapar del frío o la llovizna que había empezado a caer. Recuerdo uno en particular que descubrí en una de esas largas caminatas. En un rincón de uno de los mercados del barrio de Candem Town, estaba escondido un cafecito detrás de numerosos estantes de libros usados que estaban a la venta. Cada que tenía la ocasión, no perdía la oportunidad de sentarme allí con una taza de café y alguno de los deliciosos pastelitos que vendían; y por supuesto, cuando alguien llegaba a visitarnos era uno de los lugares obligados que incluía en los paseos que yo proponía.
En una de mis recientes visitas a Londres, después de no haber estado en la ciudad por muchos años, caminé hasta Candem Town y enseguida me dirigí a donde mis recuerdos me decían que encontraría aquel cafecito. Sin embargo, el mercado había sido renovado en gran parte. Los puestos habían cambiado; se podría decir que todo era más bonito y ordenado, pero a mi nostalgia le hacía falta esa vibra de autenticidad que solía tener. Y por mucho que caminé, nunca logré dar con el cafecito que buscaba.
Fue en Londres que me descubrí y me autodenominé como una “bebedora de café social”, pues a diferencia de muchas personas que conozco, no me era necesario, ni me sigue siendo necesario tomar café para iniciar el día. Para mí, el café es compartir con alguien más, es la oportunidad de conversar, de intimar, de crear lazos de amistad. Y aún hoy en día sigue representando lo mismo: beber una taza de café es transportarme a un lugar cozy, resguardada de las severidades de vivir en una ciudad, pero, sobre todo, es estar en buena compañía.
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