De recuerdos, aventuras y reflexiones|Con una taza de café

Por Tania Farias

Hace algunos años la vida nos llevó a instalarnos en la capital británica. Aunque la ciudad era una verdadera joya por descubrir, pues su eclecticismo y diversidad estaban presentes en cada rincón: bastaba con girar en una calle y de repente me encontraba en un lugar completamente diferente, con una vibra especial y con detalles arquitectónicos tan distantes de la calle anterior que hasta los paseantes cambiaban, un elemento la hacía también bastante severa para vivir: el clima, el cual, lejos de ser insignificante, pues esos cielos grises, aun cuando la lluvia no estuviera presente todo el tiempo, esos ventarrones, en por los menos tres cuartos del año (otoño, invierno y primavera), y ese frío húmedo que te cala hasta los huesos fue un factor que moldeó mis hábitos y la manera de vivir y convivir. Y si le agregamos que éramos nuevos (mi esposo y yo) en la ciudad y que no conocíamos a nadie, Londres no era tan atractiva al principio como lo había imaginado. Además de que mi marido, a la usanza del lugar, trabajaba largas jornadas, y yo tenía que pasar el día sola y con frío intentando familiarizarme con el que sería nuestro hogar por los próximos años.

Fue justo durante aquellos paseos solitarios en los que, al pasar delante de los numerosos cafés que la ciudad albergaba, que mi interés por este líquido oscuro inició. Cada que caminaba y veía a las personas sentadas con una taza de café caliente, en vivas conversaciones con amigos o conocidos, yo no añoraba más que una cosa: estar en su lugar. Así nació mi gustó por el café.

Conforme el tiempo pasaba y me integraba cada vez más a la ciudad, empecé a crear mi propio círculo de amigos; era común que nos citáramos en un café. Mis cafeterías preferidas eran aquellas que daban la impresión de entrar a la sala de la abuelita de alguien, en dónde los sillones no eran similares, sino que cada uno mantenía su propio estilo, pero te invitaban a sentarte y hundirte en ellos para escapar del frío o la llovizna que había empezado a caer. Recuerdo uno en particular que descubrí en una de esas largas caminatas. En un rincón de uno de los mercados del barrio de Candem Town, estaba escondido un cafecito detrás de numerosos estantes de libros usados que estaban a la venta. Cada que tenía la ocasión, no perdía la oportunidad de sentarme allí con una taza de café y alguno de los deliciosos pastelitos que vendían; y por supuesto, cuando alguien llegaba a visitarnos era uno de los lugares obligados que incluía en los paseos que yo proponía.

En una de mis recientes visitas a Londres, después de no haber estado en la ciudad por muchos años, caminé hasta Candem Town y enseguida me dirigí a donde mis recuerdos me decían que encontraría aquel cafecito. Sin embargo, el mercado había sido renovado en gran parte. Los puestos habían cambiado; se podría decir que todo era más bonito y ordenado, pero a mi nostalgia le hacía falta esa vibra de autenticidad que solía tener. Y por mucho que caminé, nunca logré dar con el cafecito que buscaba.

Fue en Londres que me descubrí y me autodenominé como una “bebedora de café social”, pues a diferencia de muchas personas que conozco, no me era necesario, ni me sigue siendo necesario tomar café para iniciar el día. Para mí, el café es compartir con alguien más, es la oportunidad de conversar, de intimar, de crear lazos de amistad. Y aún hoy en día sigue representando lo mismo: beber una taza de café es transportarme a un lugar cozy, resguardada de las severidades de vivir en una ciudad, pero, sobre todo, es estar en buena compañía.

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Entre las hojas del viejo cuaderno por Jeanne Karen en La máquina verde

Ahora hay, en nuestro tiempo, algo difícil de declarar, de decir en voz alta o escribirlo en una línea: soy feliz.

Diferente del hecho de estar feliz. Estar feliz puede durar un instante y después volvemos a nuestro estado habitual del ser. Podemos ser personas tristes, melancólicas, pero de vez en cuando, llega ese rayo de luz sobre nuestras vidas que nos lleva a la emoción de la felicidad.

Pero para poder aseverar que somos felices se necesita más. Es llegar a un punto en nuestra existencia, desde donde yo lo veo, que no importa mucho lo que suceda con la cotidianeidad, si es cómoda o no lo es, hay algo dentro de nosotros que ya difícilmente se va a apagar. Llegar a ese punto, puede tomarnos muchos años, quizá toda la vida. Mirar hacia allá, a ese punto del que hablo, creo que para mí es lo más importante, no perder de vista el hecho de que, en algún lugar de mi camino, alguna vez, aparecerá en mis apuntes, en mi diario, en mi trabajo literario, la frase Soy feliz.

Y no será solo para darle más importancia a un texto, a mi labor o a mis días, sino simplemente porque lo soy y eso será lo más poderoso. Dejarla ahí, la frase, a medio renglón, tan sencilla como es, pero tan intensa, llena de verdad. Porque lo dicho, como lectora me he encontrado infinidad de textos en donde nos llega el momento en que el personaje está feliz o el poeta ha encontrado en la belleza, un gramo de la felicidad, pero es tan distinto de serlo, de serlo aunque nos caiga una tormenta a mitad de un campo despejado. Transmitir esa emoción, es complicado, a veces creo que podemos llegar a tenerla, pero que los demás puedan realmente percibirla en nosotros, no lo sé, es algo distinto.

Puedo estar en un sitio, perfectamente en calma, puedo respirar hondo, cerrar los ojos, sentir la máxima felicidad que cabe en mí, dejarla en ese espacio de mi cuerpo para siempre, pero tal vez no logre convencer a nadie más. Entonces en realidad lo es para mí, solo para mí.

Muchas veces, como escritores o como creadores, soñamos con hacer sentir, hacer ver, compartir, dejar en las demás personas una nueva emoción, por lo menos eso es lo que a mí me gusta hacer a veces, no siempre, porque en otras ocasiones simplemente me dejo llevar por el juego del lenguaje, pero ese es otro tema. Y cuando estoy con esa tarea, mover un poco, que como lectores encuentren un guiño, una complicidad, me da la certeza de una tarea que he realizado de la mejor manera posible, por lo tanto me llega el momento anhelado de decir, estoy feliz y a veces eso es suficiente, sueño con que de tanto y tanto que esté feliz, indudablemente llegaré al otro momento.

¿Cuántos estar felices, se necesitan para llegar a ser realmente felices?

Cuando una persona que amamos, nos envía ese simple mensaje: soy feliz, nos sacude el mundo. Es como una explosión de adrenalina, un encuentro con nuestro propio sentir, con nuestra naturaleza y realidad. Es llegar a cuestionarnos en ese mismo instante una verdad, nuestra verdad, realmente lo somos o si estamos, o si estando constantemente llegaremos a ser, quizás.

Pienso en todos los poemas, los libros, los apuntes, los sitios en internet, donde he querido encontrar la clave, la palabra mágica, la idea, el sentimiento que nos lleva a ese estar; hay mucha información, se pueden disfrutar tantos y tantos rincones de la red, obras de muchísimos escritores, pero al final lo que importa es llegar a nuestra propia definición, a nuestro momento.

Por eso recurro una y otra vez a buscar entre los libros que tengo en casa, en mi pequeña biblioteca, que día a día me entrega esa chispa que está entre lo perdido y la sensación de encontrarlo. Voy en busca de mi propio ser feliz, entre las hojas sueltas que caen lentamente de alguno de mis cuadernos, pasan por mi mirada, es extraño todo, sonrío.

Luego de vez en cuando, encuentro versos como los del libro la hipótesis de Nadie, del gran poeta colombiano Juan Manuel Roca:

La llamé desde el libro, mil y una noches. Le puse señuelos, caballos junto al mar, palabras desnudas. En vano. Yo subo a un vagón, ella baja del siguiente y el tren desaparece. Nunca está donde estoy, huidiza armonía.              

A esa maravillosa armonía de la que habla Roca en su poema, yo la llamo felicidad. Siempre estoy llegando, estoy a punto, bajo antes, entro después, me entretengo en otras cosas, busco en otro lado, me quedo perpleja, vuelvo a sonreír, pasa frente a mis ojos y me hace un gesto, cae de nuevo desde las hojas de mi viejo cuaderno, es más, me saluda, sonríe, pero en ese instante ya estoy en otra cosa, estoy en la computadora escribiendo la columna y cuando quiere irse, la atrapo justo ahí entre las líneas, para mis lectores, para los atentos ojos que están dispuestos, aunque sea un instante y de ahí partimos, una y otra y otra vez.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Cartografías del Instante| Música

Música

Por Anyela Botina

Le digo a tu amiga que me encantas. Yo no diría eso. Creo haberlo escuchado en algún lado. La frase suena tan hermosa que, aunque ella no la oye, la repito para mí misma: «Tu amigo me encanta».

Estas frente a mí y siento que voy a estallar de risa en cualquier momento. La música oculta mi temblor de labios y el sudor de manos. Te me acercas al oído y dices » a mi también me encantas». Mi mente que SIEMPRE va a mil se paraliza, entonces, soy todo cuerpo, todo baile, todo fiesta, todo sonrisa. No hallo palabras; yo que soy toda palabras, que he aprendido a defenderme con ellas, amar con ellas y a morir en ellas, no sé qué decir. Te miro a los ojos, nunca había visto esa mirada en tus fotos, tienes una mirada dulce y tranquila. Entonces te creo, tengo fe en tu mirada que dice «me encantas». Tomas mi mano, siento una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo, hablas, reímos, bailamos. Mi corazón dice algo inentendible, es la música, son las luces, es el miedo que nubla todo, pero no se cansa de decirme «bésalo» en cada latido. Y sin nada que decir, nada que pensar, nada que explicar, nada de nada. Te beso la sonrisa y en besos te digo “me encantas” “me encantas”.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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Dueñas de nuestro placer

Versátil : La Libertad de pensar


Osmara Rodriguéz

El placer femenino ha sido un tabú durante siglos; se ha reprimido y asociado con algo negativo, con impureza y desenfreno.

En la literatura contemporánea, el placer y el erotismo de la mujer han sido narrados por ajenos, escritos por hombres que restringen el significado del deseo y el erotismo. Bajo pluma masculina se ha dictaminado lo que significa nuestro placer, haciéndolo ver como un acto de posesión, desenfreno bruto, intercambio.

La necesidad de leer y escribir como mujeres sobre nuestra propia experiencia se vuelve realmente urgente, abriendo espacio para una reconciliación con la expresión plena de nuestro ser.

El erotismo no es igual al sexo; es una manera de autocomprensión y amor propio. Porque solo cuando, como mujeres ,nos deshacemos de la visión masculina de nuestro cuerpo, nos permitimos vernos sin vergüenza, sin limitaciones, dignas de amor y cuidado.

Al comprender que el erotismo femenino no es una relación ligada a otros ni a lo que podemos ofrecer, sino con nosotras mismas, un diálogo interno entre nuestro cuerpo, emociones y mente.

Este enfoque, libre de las restricciones masculinas, permite que como mujeres, nos apropiemos de nuestro deseo sin la sombra del juicio externo, reconociendo el erotismo femenino no como una faceta, sino como una expresión de nuestra autonomía.

Voces Tejidas | «Mes»

Por Leslie Urbina

Hace días que el río no deja de fluir,
que los dolores de tu ausencia
se materializan en mi útero,
en donde las contracciones me recuerdan
que estuviste,
pero no supiste permanecer.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Voces Tejidas | «Éramos»

Por Leslie Urbina

Tuya, te dije desde el primer día
No sabía que pertenecía a ti
hasta que fusionamos nuestros cuerpos
y encajamos como una gota de rocío
en una hoja fresca.

Ahora me duele posarme
y entregar mi cuerpo líquido
a las demás hojitas,
porque tú fuiste mi hoja
y yo pertenecía a ti, nada más.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Polilla en Versos | La Noche en que Virginia devoró su Corazón

Por Paola Rodríguez


(fragmento)

Un respiro profundo atrapa la suave fragancia del romero y los tintes almibarados que cubrían tu corazón. Aquella pieza de ti misma que descansaba paciente en la porcelana, esperando a que decidieras.

Pasaste saliva sopesando la idea y, cómo no queriendo la cosa, deslizaste con sutileza tu dedo por la piel de aquello que esperaba ser devorado. Era tu fruta prohibida, de un rojo tan tentador como el de la manzana que condenó a Eva.

Tu mano alcanzó la cuchara por inercia y, dejándote ir, tomaste un poco del plato, dispuesta, al igual que ella, a perder el paraíso. La primera cucharada se derritió en tu boca, sobre la lengua, y se fundió en un sutil gemido que no pudiste retener. Un suspiro y de nuevo el mismo proceso.

La segunda vez, sentiste el frío metal de la cuchara en la lengua antes de ser eclipsado por la sedosidad de ti misma. Apretaste tus labios al tiempo que hacías lo mismo con tus muslos, sin querer dejar escapar ni una gota. La textura aterciopelada de un trozo de ti que bajaba por el esófago, pasando a un lado de su lugar de origen, pero sin detenerse en él.

Eras tu última cena, eras el pan y eras el vino. Un trozo más y después otro que te guiaba a la comunión contigo misma.

Cada cuchara acentuó el sabor de tu miel color carmín que se deslizaba sobre la lengua, alcanzando los espacios más recónditos de tu boca, despertando lo que solía estar adormecido.

Al llegar al ventrículo izquierdo, un escalofrío te recorrió como minúscula pirotecnia por toda la columna vertebral. Tomaste aire con los labios humedecidos y sentiste unos ligeros acordes que te recordaron la vainilla.

Después volviste a ti, entregándote con devoción al alimento de tu plato. Saciándote, dejando que cada cucharada convirtiera la mesa en un bacanal Dionisíaco, que te convirtiera en la diosa y la sacerdotisa rindiendo culto a tu propio cuerpo.


Biografía del autor. Paola Lizbeth Rodríguez Gómez (Tepatitlán de Morelos, 1999) Egresada de la Licenciatura de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Algunos de sus textos narrativos han sido publicados en la revista de literatura Al Margen, además de otras pequeñas colaboraciones en revistas independientes y fanzines. También disfruta de la poesía visual y el art-journal.

50 sombras de morado | Morado Jacaranda

Por Irene González.

Quizá pocas personas notaron su ausencia. Aurora fue hija única y sus padres ya llevaban tiempo viviendo en un asilo del gobierno. Para cubrir los gastos tenía tres trabajos, dos más o menos formales y uno informal. En los tres se desempeñaba como vendedora: dependienta en una tienda de ropa, vendedora de polvo para malteadas en una tienda de suplementos, representante de una marca por catálogo a través de las redes sociales.

Una tarde fue a entregar un producto a la estación de periférico sur. Eran unos sartenes caros que le hacía ilusión vender: el dinero ajustaba para comprarle un par de zapatos a su mamá. Aurora bajó del tren y salió a la calle, a cada paso el metal entrechocaba, cantaba. Nadie recordaría lo que llevaba puesto; una blusa tipo polo morada, morado jacaranda, que era el color que más le gustaba. Unos jeans con roturas, tenis converse de segunda mano. Traía alrededor del cuello la medallita de San Antonio que su mamá le regaló de niña y la esclava de plata heredada de la bisabuela materna. Ellos sí se acordaban.

Aurora nunca tomó el tren de regreso, su mamá no pudo estrenar zapatos nuevos. La casera fue el primer ser humano en notarlo, la reportó como desaparecida una semana después porque no pagó a tiempo la renta y la joven, a pesar de su batallosa economía, solía ser puntual con el pago. Los chaneques, en cambio, se dieron cuenta esa misma tarde. Quizá Aurora tenía poco, pero siempre lo compartía, pan y leche todos los días para alimentar a los duendecillos que vivían con ella. Jamás los vio, le bastaba sentirlos correteando entre las paredes, murmurando en las esquinas de las ventanas.  “Son nomás las condenadas ratas”, le dijo alguna vez una vecina, agitando la mano con desinterés cuando ella le contó sobre sus compañeritos. Aurora sonrió, se encogió de hombros y continuó llenando platitos hondos de agua, leche fresca y tantita fruta y verdura. Limpiaba bien el espacio alrededor de la comida porque había escuchado de alguna parte que los chaneques disfrutan mucho los lugares higiénicos.

Esa noche, al inicio, se molestaron un poco cuando asomaron sus narices en la cocina y encontraron que los platos no estaban, porque pensaron que Aurora los había olvidado. Al llegar la madrugada, sin noticias de la joven, comprendieron que algo debía de andar muy mal, y para la mañana siguiente estaban, sencillamente, descorazonados.

Los días pasaron, no muchos antes de que una familia desconocida ocupara el apartamento en el que solía vivir Aurora. La vecina alguna vez le preguntó a otra si sabía qué había pasado, alguien mencionó que “…seguro a la morrita ya la traía hasta la madre mantener a los papás, se la ha de haber llevado el novio a vivir con él pa’ su pueblo” “¿Pero cuál novio? Si aquí nunca vino nadie” “No sea ingenua, mujer, ¿apoco cree que una chamaca como ella se arregla así nomás para salir sola a la calle? Si salía to’a pintada de la casa es porque se andaba viendo con alguien”

Esos vecinos muy pronto descubrieron que las llaves se les perdían mucho más de lo habitual, que el pan se les echaba a perder en cuestión de minutos, las plantas de repente se les marchitaban y nunca más una sola flor volvió a crecerles sin plaga. Pero eso no era suficiente. ¿Quién recordaría a Aurora como la amiga que fue para los pequeños chaneques? Honrar en silencio la bondad de la joven les parecía una resolución pobre. Decidieron hacer algo que en cualquier otra circunstancia evitarían a toda costa: pedir ayuda.

Ese año las jacarandas florecieron casi un mes antes de lo usual y la floración se mantuvo mucho más tiempo de lo debido. El fenómeno llamó la atención de los medios de comunicación, de los ciudadanos, los botánicos y de, bueno, básicamente todo el mundo. El brillante color estaba por doquier, los camellones rebosaban morado, arriba y abajo, pues los pétalos caídos se mantenían vivos en el suelo hasta que los barrían o se esparcían con el viento. Las ramas estaban tan tupidas que resultaba difícil ver el cielo desde la calle. Costó poco trabajo convencer a las hadas. Incluso fue idea de ellas hacer que, al amanecer, las flores lanzaran destellos dorados y, si te encontrabas parado lo suficientemente cerca de uno de estos árboles, escucharías durante algunos minutos un ligero tintineo, como campanitas muy pero muy pequeñas, recordando aquello que las personas habían dejado de lado tan fácilmente… el nombre de una chica que jamás volvió a casa. 


Irene González es autora de la novela juvenil de fantasía “En busca de Itzel”, ganadora en la convocatoria Alas de Lagartija 2021 del programa Alas y Raíces perteneciente a la Secretaría de Cultura Federal. Publicada en antologías infantiles como “Sobre la tela de una araña” (Ediciones Momo 2022) y la antología de ciencia ficción “Xalisco Inefable” (Ediciones Mandrágora 2022). Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria (Literalia Editores). Ganadora del 1° y 3° lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Colabora en la revista La Coyol y en Artefacto de Letras.  

Instagram: @r.irenegon 


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Letras Revueltas|Al lado

Por Illari Alderete

“—Creo que tengo que decirle adiós a mis amistades cercanas

—Creo que debes hacer lo que sea que quieras hacer”

La habitación de al lado

No he sido constante en muchas cosas, ni en mi formación, ni en mantener relaciones con mis parejas, ni siquiera con mis familiares, pero si se trata de amistades mi compromiso suele ser exagerado. En alguna ocasión una amiga me confesó que si su relación amorosa no funcionaba, sabía que yo estaría allí. Compañerismo, camaradería, apego, fraternidad, como sea que le llamemos, me pregunto ¿por qué este tipo de relación es más fácil de cultivar que cualquier otra?

¿La amistad es sencilla? Estoy segura de que mis camaradas se reirán de mi pregunta y sin dudar contestarían que no, mantener nuestra relación no ha sido fácil. ¿Entonces a qué se debe que nuestros lazos sean tan duraderos?Algunos argüirán que la razón es que, a diferencia de con una pareja, el afecto es menor y eso provoca que sea más posible permanecer en este tipo de relaciones. Es una respuesta extraña, ¿por qué amar menos significaría mayor estabilidad? Al contrario, percibo un amor si no más intenso, sí más profundo  y libre.

Quizás la clave o algunas de las claves residen en el tiempo de convivencia y en la certeza, que a veces es difusa con los amores y la familia,  sobre que la otra persona no nos pertenece, por lo tanto, ella decide qué tan cercana es con nosotras y es más fácil establecer límites que permitan una convivencia armoniosa. También puede ser que buscamos hacer amistades para disfrutar la vida, ¿por qué eso se nos olvida con la pareja o la familia?

Ahora, ¿por qué hablar de la amistad? En la historia de la filosofía encontramos cuantiosos textos que hablan sobre esta relación tan imprescindible en tiempos de crisis, desde Aristóteles hasta María Zambrano. La amistad suele ser un refugio para la humanidad. ¿Quién nos acompaña en las desgracias si no son las confraternidades? 

Tu amistad

es un regalo

oportuno

como quien

desenvuelve

un par

de medias

con los pies

desnudos

(Fragmento) Lis Aguirre @mirmecofila

Somos seres sociales, si no hiciéramos amistades, quizás no podríamos sobrevivir, tal vez, nuestra civilización no existiría. La evolución de la humanidad suele atribuirse al descubrimiento del fuego o al uso del pulgar, ¿qué pasaría sin la confianza en las otras y otros? ¿sin la fraternidad? Si acaso, habríamos andado perdidos inventando artefactos y cocinando alimentos, sin la posibilidad de cobrar conciencia de nuestra humanidad. Por eso para los primeros filósofos era primordial hablar de la amistad, sólo a través de las y los otros podemos conocernos. 

@Jade, Pinterest.

Contrario a lo que se suele pensar sobre mí, que soy muy sociable, tengo una dificultad para relacionarme con la otredad desde pequeña, me gustaría decir que aún conservo aquella amistad de infancia con quien compartí mis primeros miedos y angustias, y quien asistió a mí cuando pensó que corría peligro, pero no es así, la diferencia en los ideales nos separó, allí comprendí que la amistad también es frágil, como las alas de una mariposa.

En el cuento “Mariposas” de Samanta Schweblin, aquello que se ama puede quedar destruido en segundos, un par de amigos hablan sobre lo orgullosos que están de sus hijas y son incapaces de percibir que la realidad ha cambiado, la amistad que es competencia se traduce en desastre. Si bien observarnos en la otredad nos ayuda a entendernos, en ocasiones, eso mismo puede provocar que nos comparemos en grados enfermizos, ya lo señalaba Séneca, las amistades no son para servirnos de ellas sino para apoyarlas, para ser mejores en el ejercicio del compañerismo. 

“Haz compitas no compitas”

Recientemente fui a la Cineteca a ver La habitación de al lado, la trama gira en torno a la enfermedad terminal que sufre Martha y la petición que le hace a Ingrid, su amiga de juventud, el dilema central se basa en ¿qué es la amistad?, ¿qué responsabilidades implica? Aunque la película la dirigió Almodóvar, se basó en la novela Cuál es tu tormento de Sigrid Nuñez, por ello, me parece un film que devela cómo puede funcionar la amistad entre mujeres y el grado de complicidad que generamos unas con otras.

Parece una obviedad, pero la amistad entre hombres y entre mujeres, es distinta. Las mujeres confiamos en demasía en nuestras amigas, mientras que, muchas veces, los hombres sólo tienen amigos para pasar el rato. Incluso, ellos mismos, optan por nuestra amistad porque con nosotras se pueden mostrar de una forma que no se les permite entre amigos.

Audre Lorde lo menciona en La hermana, la extranjera “conocemos historias de mujeres Negras que se curaban las heridas unas a otras, que criaban a los hijos de unas y otras, que libraban las batallas de unas y de otras, que cultivaban la tierra de unas y otras y se facilitaban unas a otras el paso por la vida y la entrada en la muerte”, el problema suele ser que los constructos sociales se empeñan en romper nuestras alianzas, nos ponen a competir o, en ocasiones, como señala Lorde, es tanto el maltrato que sufrimos como mujeres y más como mujeres racializadas que es difícil hacer a un lado la ira y el odio con los que crecimos. Un primer paso puede ser reconocerlo y trabajar para podernos acercar a las otras. La fraternidad requiere de un esfuerzo continuo. Dice Rosa Montero que el gran éxito de su vida es ser amiga, hay que invertir tiempo y estar dispuesto para el viaje de la amistad.

Por su parte, Vivian Gornick señala, en La mujer singular y la ciudad, a propósito de la amistad entre Coleridge y Wordsworth, que la definición esencial de la amistad es “que un amigo es un ser virtuoso que le habla a la virtud que albergamos en nuestro interior”. A mí, la camaradería me ha ayudado a ejercer esas virtudes: compartir, ayudar, perseverar, etc. La amistad es una virtud en sí misma. La misma Gornick, cuenta cómo su amistad reavivaba a Alice, una escritora retirada en un geriátrico, sólo cuando platicaban sobre sus gustos literarios y compartían ideas, la autora retirada se reanimaba. Un tanto lo mismo, quizás no lo saben, han hecho por mí mis amigas, quienes a diario me muestran las bondades de la vida.

A pocos días del 8M, reitero la frase “La policía no me cuida, me cuidan mis amigas”.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad

Entre calles y páginas | En cada cajón estabas tú

Por Ángeles Serna

Para Adi

Te escribí una carta

pero la perdí entre las cajas y maletas

en cada cajón que limpiaba estabas tú.

Te pregunté

si recordabas el kínder

o los vestidos de mariposas y flores

o los jugos en forma de osito

o las veces que jugábamos a las escondidas

mi lugar era en el caparazón de la tortuga

o en las naranjas del jardín

tú buscabas entre en el barco y la casita

con tus mejillas mojadas de tristeza

te rendías y entrabas al salón

por eso guardé las fotos,

los tickets de las malteadas,

los boletos del cine.

Pensaba que me convertiría en tortuga

o en la lapicera que olvidaste en la primaria

pero cada día me preguntabas sobre la tarea

o las novelas de las 4 de la tarde

o si me iba a conectar en Messenger

o si ya le había dejado de hablar a “ya sabes quién”.

Nos convertimos en mensajes

de cada año

de cada semestre

de cada día

hasta encontrarnos los domingos

en las cafeterías de Barrio Antiguo y Galerías Monterrey 

¿Recuerdas cuando planché mi cabello y me pediste trenzar el tuyo?

separé tres mechones de tu pelo

trencé en ellos las oraciones de mi abuela:

Chiquillas, que Jesús, María y los ángeles

las cuiden

Por la sangre de cristo

y el manto sagrado de la Virgen

y en mi cepillo dejaste los consejos de tu madre:

si hablan con muchos niños no las tomarán en serio

si no se dan a desear, serán fáciles

si ellos no se quieren casar, no deben ser sus novios

estaban en un idioma que no hablábamos

que aprendimos juntas. 

En el armario encontré las revistas,

las impresiones a color

y un título con tu letra redonda y rosada

Viaje a Disney 2015

mientras recortabas las imágenes del castillo

yo quería esconderme en el caparazón, pero me levanté por los plumones

tu mamá me dio un tazón de palomitas y lo subí a tu cuarto

después estaba escondida y viajamos por carretera

me preguntabas si ya había manejado tan lejos

ponías música y me contabas sobre lo bien que estabas sin Alejandro.

Un día me pediste que escribiera tu historia

no lo hice

en lugar de eso te escribí una carta

no recuerdo en dónde la dejé 

tal vez se perdió en el caparazón

guardado en alguna maleta.

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Serna (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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