Entre Caos poético y textos perdidos | Los mejores que tú


Por Elizabeth Vázquez Pérez

Lizzie V p


¡Ya basta! Creo no soy feliz, una premisa fuerte y dañina atormenta los días y sin darse cuenta nos hundimos en arenas movedizas.


La mente traiciona con pensamientos erróneos de lo que los ojos observan. Los sentimientos que transpiran : enojo, frustración, tristeza, llanto, son sólo el resultado de lo hipotético que puede ser la vida centrado en otros seres externos a nosotras mismas dañando a nuestra autoestima y salud mental, un tema muy recurrente últimamente en los divanes de los psicólogos.


Como individuo algo ha pasado y se ha crecido con vacíos emocionales que gustamos llenar con algo. Puedes buscar respuestas en el alcohol, drogas, fumando, comiendo, pero jamás podrás llenar lo que afuera no está. Es cuestión propia el hallar encontrarse, aceptarse y bastarse con una misma.


Como mujeres habrá ocasiones en que nos comparemos con otras sin darnos cuenta, ya sea por estereotipos impuestos por el sistema social o por contexto vivencial, ahí no es el camino. Permíteme decirte que estamos en un mundo donde coexistimos muchas y somos diferentes , por lo que abrázate, permite sentir, observar, admitirte será un gran paso.


En ocasiones la mente generará expectativas que nos conducen a sentir estado de infelicidad y frustración será el resultado . Suena extraño esta parte pero es una autoagresión los sentimientos que proyectan : sentirse incapaz, querer cambiar al otro, sentirse incomprendido, ser solitario, esto solo es el inconsciente engañoso que nos envía señales aprendidas desde la infancia llamado por los especialistas heridas emocionales: rechazo, abandono humillación, traición, injusticia. Estas heridas se asoman día a día sin que las identifiques. Te conviertes en su marioneta bajo su mando cuando agredes a otros, cuando sientes envidia, cuando te sientes menos… Y así innumerables acciones y reacciones vas desperdiciando tu vida porque ser marioneta es un estado confort para el inconsciente que termina cuando te das cuenta.


Te preguntarás ¿Cómo puedo darme cuenta? La respuesta tiene trasfondo y es sólo observando-te, una función ambivalente que es de gran ayuda. El conocerse y aceptarse es un privilegio propio que funciona como espejo. La ley del espejo es observar como actúo ante los demás, identificar lo que me hace sentir molesta, por lo tanto es lo que tengo que trabajar en mi. La otra parte es lo que nosotras siendo espejo para los demás se identifican, detonamos y muestran, en esta parte no nos corresponde juzgar sino comprender puesto que es lo que ellos tienen que trabajar, por ejemplo, cuando manejando nos encontramos a un hombre que grita ¡tenias que ser mujer!, siendo una expresión con falta de respeto y machista podrías mentarle la madre gritando, alcanzarlo o hacerle el camino imposible sin embargo la acción correcta sería dejarlo pasar porque tiene un mal día. ¿Te suena ?


Recuerda que observar identificar y actuar es parte importante en nuestra salud mental sentirnos satisfechos.

Aquí mismo te comparto lecturas que te pueden servir para reforzar tu estado propio.

  1. Los cuatro acuerdos, Dr Miguel Ruiz
  2. Libros de Jorge Bucay
  3. Ese dolor no es mío, Mark Wolynn
  4. ¿Porqué mis padres no me aman? Raquel
  5. 50 cápsulas de amor propio, Sara Búho

El mejor libro es el que te escribes día a día, recuerda que siempre habrá personas mejores que tú, pero tú eres la mejor.

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo «Solo ellos pueden hacerlo» , relato » Dos por un cuarto de hora», 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista «El Cisne»(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad. Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora, Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE. Es coordinadora y editora en redes sociales La Coyol Revista

Serena en el mar y la arena |Carrera sin meta

Unsplash/ D. Beamer

Por: Anel Solis

Las sábanas se deslizan sobre mi cuerpo. Mis pies, que danzaban en las nubes, ahora tocan tierra firme para empezar la carrera del día. El reloj marca el inicio de este nuevo recorrido de 24 horas que comienza.

El telón se abre con el primer acto: la ducha. Gotas de agua, junto con pensamientos aleatorios, caen rápidamente hasta los azulejos desgastados, como el tiempo que ya no está, las épocas que ya no hay, los sueños que ya no existen.

El marcador ha iniciado. Voy tan deprisa que no me ajusta el tiempo para secar las sedas de mi cabello, con las puntas resecas que marcan cada cambio de aires que ha atravesado: algunos más cálidos, como las amistades de la infancia; otros fríos, como relaciones que no fueron; otros más, secos como las hojas de los otoños que he recorrido.

Aún no acaba el día y ya pienso en cómo tendré que recorrer los próximos cinco años. En una lista redacto el kit de supervivencia que me será necesario:

¿Estabilidad económica?

¿Familia e hijos?

¿Casa propia?

¿Auto seminuevo?

Es irónico cómo puedo estar segura de mi vida y, a la vez, tener tantas preguntas. El tiempo me está rebasando y no voy ni a la mitad de la vereda.

Siento que, al redactar estas prosas, puedo terminar más rápido mi historia y la espera no será larga.

Trabajo, café, trabajo, café, almuerzo… Ya voy a la mitad del día y no he pensado en qué ropa me pondré mañana.

Los mayores dicen que tengo mucho, pero yo siento que este tiempo me come.

O tal vez… ¿yo lo quiera devorar a él?

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Piezas de un alma simple

Brisa

Escrito por: Alondra Grande

Resignificar los latidos de mi corazón.
Entra el aire, sale la tensión.
Está bien estar agitada,
la calma soy yo.

Los músculos se estiran,
pareciera que quemaran.
No lo dicen, pero sé que me reclaman
por condenarlos a una vida sedentaria.

Cierra los ojos, respira.
Los sonidos pasa,
los pensamientos se escapan.
Deja que tu mente se llene de nada.

Y yo, me vuelvo brisa,
me vuelvo aire ligero,
me vuelvo valiente…
O por lo menos, lo intento.

Respira, con calma, sin prisa.
Estira tu cuerpa hasta que toque
rincones que no conocias.
Explora las emociones de las que huías.

Con cada exhalación llega un poco más lejos.
Respira. Vuélvete brisa.
Conviértete en ola de mar
que arrulla con sus sales la vida.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 24 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Silueta

Carmen Asceneth Castañeda

Mi silueta se formó de papel y letras.

Frágil como periódico que no se vende,

a primera hora de la mañana y a la intemperie.

Como la mantis religiosa que se mimetiza

con la planta que la contiene

para resguardarse del peligro,

así mis palabras se transformaron en voz de otros

y mi piel se volvió de un blanco transparente.

Refugio ideal para ocultar lo que no se tiene.

Porque las chicas que leen, se esconden del mundo

y el mundo no las entiende.

Hasta que escribir me liberó.

Con un lápiz en la mano y dueña de la hoja,

por fin pude ser yo.

El extraño valor de los momentos por Jeanne Karen en La máquina verde

A veces espero durante todo el día, una hora, un par de horas, que me regale la vida, el tiempo para poder escribir, pero no llega. Entonces tengo que hacer malabares, mapas conceptuales en mi mente, distribución de textos, acomodo de frases, vínculos; es como hablar conmigo misma, pero el bullicio de la casa, de la ciudad, no me deja, a veces mi voz interior es solamente una especie de sonido molesto, una música de fondo que no me deja cocinar como se debe, no me deja avanzar en el tráfico o sacar todos los otros pendientes que se van acumulando.

Me detengo, me obligo a parar un instante, por el bien de mi cuerpo. Me siento frente a una vieja computadora, en mi mesa, que hace las veces de escritorio, de ropero, de cajón y de todo lo demás, es a final de cuentas, el espacio funcional en donde toda la magia sucede, la magia de la poesía, de los versos, de la fuente de cada palabra. Es también un sitio muy pequeño en realidad, pero acogedor. Cuando pienso en la habitación completa, no sé, quizá pueda tenerla, pero lo que no tengo es el momento, el instante en que por fin las palabras fluyan con naturalidad y esté donde debo estar, concentrada por fin en dejar un mensaje.

Así escribo, tomo unos minutos entre una actividad y otra, por cierto, todas necesarias para que las cosas funcionen. Gozo de verdad, disfruto al máximo cada renglón, el aspecto que va tomando lo que escribo: un poema, un artículo, un cuento, una carta, un texto experimental, todo me parece importante, vital.

Cuando escribía a mano, las cartas por ejemplo, también estaban escritas de la misma manera, con intensidad, minuciosamente revisadas, así que con los años guardé algunas, quise guardarlo todo, pero me di cuenta de que era una tarea casi imposible, primero por la falta de espacio y luego por el lugar que ocupaba cada una en mi propia existencia, algunas pesaban tanto que tuve que dejarlas, otras eran tan ligeras que pareciera que salieron volando día a día sin que me diera cuenta, hasta que dejaron cajas vacías, espacios deshabitados y un corazón un poco más roto.

Ahora escribo entre la decisión de ir a dormir, descansar por fin y olvidarme de todo o seguir, encontrar en la luz de la computadora que se apaga a ratos, un destello que no muera, una guía que permanezca ahí como unas líneas subrayadas, como una nota al margen o como un par de estrellas que tratan de brillar, aunque la noche sea más y más profunda, más y más extraña.

¿Cómo escriben ustedes, cómo hacen lo que más les importa en la vida?, creo que hay demasiadas respuestas para una pregunta tan directa.

Ojalá que sea con mucha fuerza, con pasión, pero lo que más me importa es que en realidad sea para bien, como un buen poema, como un buen augurio, como el mejor de los deseos.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

La paradoja del reloj encerrado, y otras poesías

Por Victoria Beneditto Lluberas

La paradoja del reloj encerrado


En casa hay un reloj,
que no da la hora y está encerrado.
Aun así, lo conservamos. 
Me pregunto cuántas historias
que -quizás- si hubieran tenido
más tiempo, sus palabras hubieran
encontrado un lugar. 
En casa hay un reloj,
que dejó de funcionar
a las 2:00 pm. 
Y me pregunto,
¿cuántas historias estaban
sucediendo simultáneamente
a esa hora?
Cuántas palabras que no tuvieron
más tiempo para ser. 
Historias que no encajan en
cualquier reloj, y tampoco
pudieron ser en el que atrapamos. 
En casa hay un reloj,
encerrado en un estante de madera,
con vidrios que nos permiten
apreciar lo que hay dentro de sí.
Cosas que no usamos. 
Historias que ya olvidamos. 
Lo paradójico es que el reloj también
nos puede ver a nosotros. 
Así como también puede ver
los momentos que ya no puede atrapar. 
Y a su lado, un espejo,
que refleja los tic- tac que tampoco
pueden ser. 

Vidrios I

Los vidrios reflejan
mis miedos, mis huecos.
Los vidrios me delatan.
En verdad, me gustaría
pensar que no estoy hecha
de huecos.
Pero me delatan
los reflejos.
Paso por las vidrieras,
camino erguida.
Intento aparentar que
estoy entera,
que soy completa.
Quiero tapar todos
mis huecos, pero aparecen
en cualquier dirección,
necesito mayor concentración.
Pero, cualquier signo
de debilidad salta
a la vista de cualquier observador. 
Mis huecos. 

Vidrios II

Los vidrios que delatan
y nos exponen.
Actitudes que exhiben los miedos 
y dejan vulnerables nuestros
aprendizajes. 
Los vidrios que juegan al límite
del día y la noche.
Entre la piel que escribe historias
que vivieron en alguna dimensión. 
Estamos hechos de vidrios
que exponen nuestras partes frágiles
y proclaman los universos
por los cuales algún día viajamos,
y forman parte de nuestro ser. 

Victoria Beneditto Lluberas, Uruguay, 1996: Ha formado parte de variadas antologías de escritores y escritoras. Publico Percepción(es) (2020); El perfecto itinerario del amor (2022). Recientemente gano la convocatoria internacional, por la que formo parte de antología binacional Colombia-Uruguay, Vientos Sureños.

Instagram: @victoriaenletras

Cambio de rumbo

Matamos lo que amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca.
-Rosario Castellanos

Por Sylvette Cabrera Nieves

Aviso del editor: este texto contiene menciones a la violencia doméstica y abuso que pueden ser detonantes para algunos lectores.

Se observa coqueta en el espejo mientras se acaricia las cansadas canas y las peina hacia atrás con estilo. Piensa que probablemente se teñirá el cabello. Escudriña la suma de más arrugas en su cara, pero sonríe feliz. Su vida de mujer soltera recién comienza. Es la primera vez que reside sola, desde que salió de la casa de sus padres para casarse. Se siente muy a gusto en su nuevo entorno, a raíz de su divorcio y jubilación.

En tanto, reflexiona lo que hasta hace poco fue su vida. El maltrato verbal, físico, psicológico y económico a manos de quien fuera su esposo. Aquel hombre desalmado y maltratante, que nunca la mereció. El cobarde le hizo la vida de cuadritos, hasta el final, publicando en las redes sociales fotos íntimas de su desnudez. Imágenes de otra época, cuando ingenua y enamorada, como una perfecta idiota había accedido a posar desnuda. Y él se creyó, como todos los manipuladores, que ella era de su propiedad. Y jamás osaría dejarlo. Pretendió mantener el chantaje para humillarla y retenerla a su lado. 

Pero ella resuelta y hastiada de tan mezquina conducta, no se dejó amedrentar más, y decidió afrontar el ataque como una estratega militar.  Lo estimuló a continuar con el acoso cibernético, porque es ciertamente un grave delito. Con devastadoras consecuencias legales, profesionales y sociales para quienes lo comenten. Y los cuales también terminarían por afectar su imagen, prestigio y posición de reconocido empresario. Los peritos probarían el patrón, frecuencia del acoso, y robusta evidencia para que recibiera las penalidades correspondientes ante el tribunal, sumándose al litigio el delito de perjurio. Se comprobaría que él les mintió a los policías al levantar una falsa querella de los hechos. Así logró negociar que el divorcio fuera uno expedito. 

Ella obtuvo rotunda y vasta asesoría legal y ayuda de profesionales en múltiples disciplinas para romper con el círculo de la violencia, sentimientos de culpa y el miedo. Se liberó del nexo tóxico, de aquel amor maldito, por el cual estuvo encadenada tantas décadas. Ahora ha logrado, por fin, cerrar el ciclo para rehacer su vida.

Afianzada a su dignidad, comenzó a sentir que las palabras se le refugiaban corazón adentro y que su rostro no era castigo del cielo, sino uno muy bello. Y su cuerpo uno tentador todavía. Entonces, sin necesidad de más palabras prefirió que la vida fuese como el buen perfume y que no hubiese tanto espejo mágico hecho añicos. Recuperó su amor propio, su valía como ser humano y sin vacilar cambiar de rumbo.

Al filo de las siete de la noche, de reojo en el espejo, aprobó su vestimenta con un pícaro guiño. Era consciente de que su cuerpo ya no causaba el revuelo o la atención, como en su juventud, pero sabía que sus curvas todavía eran sugestivas y tentadoras para cualquier hombre. 

Maquillada con sumo esmero, esta vez, para resaltar su belleza y no para camuflar los golpes. Convencida de tener una nueva piel, un nuevo rumbo, y con muchas esperanzas de un prodigioso porvenir. 

Sale a la calle luciendo su nuevo vestido de lunares azul marino, sus tacones y bolso rojos en combinación con sus labios. Perfumada y con paso firme va tarareando el estribillo de la famosa canción de moda: “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”, riendo con la certidumbre de que puede ser feliz como el que inventa una flor, pues ahora es ella la que tiene el control de sus días.

Por Sylvette Cabrera Nieves

Nació en San Juan, Puerto Rico. Pertenece a la cosecha otoñal de 1958. Escritora. Posee un Bachillerato en Artes de Educación de la Universidad Interamericana de Puerto Rico y posgrado en Psicología Escolar.  Miembro del Pen Club Internacional de Puerto Rico y Grupos Literarios de Hispanoamérica. Colaboradora especial de la Revista Literaria Ágora (España) y la Revista Poética Azahar (España).

Sus obras han sido publicadas en antologías y revistas en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, España, EE.UU., India, México, Marruecos, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela. Ha sido finalista en certámenes internacionales de poesía y narrativa en Argentina, España y México.

Vuelo libre

Por Fernanda Jaqueline Galindo López

Quiero libertad para la paloma,
que huye hacia las lomas altas,
deseo que encuentre la paz,
que este mundo no le puede dar.

Que su vuelo sea libre y alto,
que su canto sea fuerte y claro,
para así vivir libre sin reclamos.

Encuentro inesperado

Por Julissa Emireth Bollás Mendoza

Aviso del editor: este texto contiene escenas sexuales explícitas, únicamente para lectores adultos.

Lo recuerdo todo a la perfección. Había pasado tiempo sin verlo, pero, en cuanto entré al auditorio, se robó mi atención, no importó que estuviera lleno de personas. Algo nerviosa, me senté en los asientos de en medio. Levanté la vista y ahí estaba él: captando la atención del público, con voz clara y fuerte, exponiendo un tema que no recuerdo; yo lo veía moverse de un extremo a otro, sin perderlo de vista. Nos vimos en algunas ocasiones y en todas, su semblante pasaba de serio a coqueto.

Cuando el evento, las preguntas, los halagos y las fotos terminaron, me acerqué a saludarlo y él me abrazó. No disimulé lo mucho que me gustó, con mis brazos rodeé su cuello y no pude evitar respirar el olor amaderado de su perfume, ni sentir su respiración cerca de mí, cerré los ojos y me estremecí cuando, al oído, me dijo: “No te vayas, iremos a un lugar.”

Subimos al carro y después de activar los seguros, me volteó a ver y con la mirada más sensual que le había visto, dijo: “No tienes idea de lo guapa que te ves…” con sus ojos recorrió mi cuerpo, yo sonreí; prosiguió: “Habrá una comida, ¿quieres acompañarme?”. Se acercó tanto a mi cara que pensé que me besaría… “Claro que sí”. Llegamos al restaurante y excitada por la cercanía que habíamos tenido unos momentos antes, tomé su mano y cuando caí en cuenta, intenté soltarme, pero en lugar de eso, la apretó con más fuerza y así, entrelazados, ingresamos. 

Más tarde, el ambiente ya estaba relajado, en cuanto sirvieron la tarta de frutos rojos y tomó de su copa de vino, puso su mano en mi pierna y llamó mi atención; se acercó a mi oído y dijo “Que bueno es verte”, besó mi hombro, por el nerviosismo, moví la cabeza y eso hizo que me diera tres besos más en el cuello; nos miramos a los ojos, que habían regresado a la sensualidad que tenían cuando solo me veían, con la voz más autoritaria, dijo: “Tengo un regalo para ti”; lo miré extrañada pero tomé la caja en mis manos, bromeé y contesté: “Espero que sean las llaves de una camioneta”, la quise abrir y con voz coqueta, dijo: “Habrá que averiguarlo.” Pero yo había podido ver algo, antes de que él buscará cerrar la tapa. 

No era secreto que sentíamos atracción mutua; pero ahora estaba claro. Al subir a su carro, lo volteé a ver y le dije: “Quiero que te quedes en el departamento”. La luz del carro, le daba un aire misterioso a su cara, respondió: “Justo eso quiero hacer”, encendió el motor y arrancó. En cuestión de minutos, estacionamos en el edificio, tomó mi mano y fuimos al elevador. Antes de que entraramos, fue desabotonando su camisa, yo no pude evitar ver el recorrido de sus manos, mientras veía su pecho desnudo, debí morderme el labio porque me tomó de la cintura: “¿Tienes hambre?”, yo solo sentía su respiración y entonces… el elevador se abrió.

Cuando ingresamos, él se fue directo al balcón, yo fui a la cocina para sacar una botella de vino y dos copas. Ya sin tacones, regresé a su lado y ofreciéndole una copa, le dije: “Que la vida siempre nos sorprenda para bien”. “Contigo la vida siempre me sorprende”, respondió y brindamos. Dirigimos la vista al mar y muy a lo lejos podíamos escuchar el murmullo con el que acompañaba la noche. Interrumpí el silencio diciendo: “Que ricos los momentos cuando estás”. 

Era una noche fresca en la que platicamos sobre cómo resolver los problemas del mundo, una tradición que se había vuelto nuestra favorita. La madrugada nos acurrucaba, la segunda botella de vino ya estaba en la enfriadera. Conforme él hablaba sobre la importancia de cuestionarse todo lo que ocurría, todo el tiempo, caía en cuenta, de lo mucho que ese hombre me excitaba. 

Él ya no tenía la camisa puesta así que podía ver sus brazos, su piel acanelada, su pecho desnudo, su cabello despeinado y su barba, esa barba que me encantaba. Aproveché para abrazarlo y acomodarme en su cuerpo, cuando lo hice, me besó la cabeza, cerré los ojos y puse mis manos sobre sus piernas, él puso las suyas sobre mi cintura y con las yemas de los dedos me acarició. El tiempo pasó y el vino fue disminuyendo en las copas. “Es hora de ir a un lugar más privado”, le guiñé el ojo, lo guíe al cuarto y lo acerqué a la cama. Estando ahí me acerqué lo suficiente para sentir su aliento cerca mío, y mirando sus labios, le dije: “Pero por ahora, me vas a tener que esperar”. 

La puerta del baño se cerró y yo salí con el regalo que me había dado hace unas horas: una lencería de encaje color vino. Él estaba acostado, mientras iba hacia la cama, lo vi recorrer mi cuerpo, su respiración comenzaba a agitarse. El aire acondicionado ya estaba enfriando el cuarto, me acosté a su lado y nos metimos debajo del cobertor, comenzó a tararear algo, mientras me acostaba en su pecho desnudo, lo interrumpí: “quiero que me toques”, dejó de hablar, levanté mi cabeza y sin parpadear me dijo: “que así sea”. 

La sensación de electricidad volvió. Sus labios… esos labios que siempre tenían mi atención cuando hablaba de escritoras, de filósofos, de la importancia de la educación y los valores, del autocuidado y de cómo mejorar el mundo, me estaban besando. Las yemas de sus dedos deslizaron el tirante de mi brasier y sonreí, acaricié su cabello, podía sentir todo en mi cuerpo: mi respiración acelerada, la piel caliente, las manos desesperadas, la entrepierna tensarse, las piernas temblorosas, la desesperación de sus manos en mi espalda. Estaba fascinada, extasiada y complacida. 

Quería disfrutar la vista, disfrutarlo y que él me disfrutara a mí, de manera delicada levanté un poco mi cuerpo para quedar sobre su cuerpo, cuando lo hice, tomó mi cintura. Nadie hablaba, solo nos veíamos a los ojos y así, sin dejar de verlo, bajé el otro tirante, lentamente él subió sus manos y desabrochó mi brasier. Yo solté mi cabello pelirrojo y éste cayó sobre mis pechos, escuché cómo suspiró. Estando sobre él, sentí como poco a poco su erección se acomodaba entre mis piernas y mi cuerpo estaba más que caliente. Nos besamos de nuevo, sentí sus uñas sobre mi piel, sobre mis tatuajes.

“Mira como nos pones”, susurró en mi oído, bajó mi mano a su sexo y gemí de nuevo, lo besé y le dije: “Tú siempre me has traído así”, deslicé su mano a mi entrepierna. ¿Habíamos puesto el aire acondicionado o por qué estábamos sudando? Bajé a besar su cuello, y ahí percibí el olor de su sudor combinado con el de su perfume; también podía sentir mis pechos sobre el suyo, mis pezones estaban duros. Al estar arriba de su cuerpo, puse mis senos sobre su boca para que los besara, gimió y los mordió.

Sentía la urgencia de su cuerpo sobre el mío, deslicé la tanga de color rojo y él siguió el recorrido de mis manos sin pestañear, levanté mi cadera y con sus manos, terminó de quitarla de mis piernas. Todo el roce de sus dedos en mi piel, solo hizo que yo siguiera humedeciendo.

En su regreso, el tiempo pasó lento…lentooo, sentí sus besos recorrer mis piernas, lo hacía de una manera lenta, él besaba y yo gemía, sentía la electricidad en todo mi cuerpo, mientras el besaba mi piel, yo acariciaba su cabello, su espalda, sus brazos. Tomó mi cadera y de un solo golpe, me penetró y gimió. Así, nos miramos a los ojos, mientras sus movimientos y mis gemidos iban en aumento. 

No perdía la oportunidad de enterrar mis uñas en sus brazos, sus pompas, su espalda, su cuello, su pecho; yo escuchaba sus gemidos que a veces se unían con los míos, que no disimulaba y que cada vez iban en aumento, cuando llegó a mis pechos, besó mi tatuaje de en medio y así, con la lengua subió hasta mi cuello, y luego, me arrebaté y busqué sus labios, me dio la vuelta y quedé nuevamente sobre él.

¡Cuánto estaba disfrutando esta noche! Besé su cuello mientras escuchaba sus gemidos y él apretaba mi cabello con sus manos, recorrí con mi lengua su pecho, ese pecho que siempre había soñado besar mientras lo veía con su camisa abotonada. Mis movimientos eran tal y como él los había hecho conmigo: de menos a más.  ¿Era yo o ya no sentía el aire acondicionado? 

Sobre su cuerpo me sentía deseada, amada, procurada. Disfrutaba de sus labios, bajé mi mano por su pecho sudado, lo hacía de una manera lenta, justo en el ritmo en el que nos besábamos. Me deslizaba de arriba hacia abajo sobre su sexo, sentía por dentro como palpitaba su pene. Yo echaba mi cabeza hacia atrás y acariciaba mis pechos. Me encantaba sentir mi cabello sobre mi cuerpo sudando. Él me veía con tanta pasión, que estar arriba, me hacía sentir poderosa, cachonda. 

Cuando bajé a su cintura mirándolo a los ojos, le dije: “Que caliente me tienes”. Mi mano siguió su ruta hacia abajo y se movió de arriba abajo sobre su erección dura. Algo estaba templado ¿pero era mi mano o era su miembro? Aun sin saberlo, deslicé de arriba a mano mis dedos, y sus gemidos hicieron ecos en el cuarto.

Justo cuando sentí que él llegaba al clímax, se recostó del lado y nos acomodamos de tal manera, que yo quedé boca acostada boca abajo y él, introdujo su sexo en mí, podía oír su respiración, podía oler nuestro sudor, sentía su cuerpo sobre el mío, mientras nos movíamos y nos escuchábamos los gemidos. Sentí, además, su mano acariciando mi clítoris, y sus dedos y los míos encontrándose abajo. Mi mano, esa mano que ya sabía dónde estaba el punto exacto, guió a la suya y sin dejar que saliera de mí, la puso justo en la gloria.

Yo gemía y escuchaba sus gemidos tan cercanos por tenerlos casi en oído y tan lejanos por mi excitación y el sentir como llegaba al clímax… y, y, y…

Mis gemidos me despertaron acostada boca abajo. Sudorosa, excitada, acelerada, despeinada… fui poco a poco abriendo los ojos. Extendí mi mano del otro lado de la cama y no encontré un cuerpo que me acompañara. 

Suspiré, sentí como un mechón de mi cabello cayó en mi cara, con mi otra mano quité el cosquilleo de mi nariz. Y ahí lo vi, sobre el buró había dos copas de vino vacías… ¿no lo había soñado?  

Me incorporé, y pude ver la puerta entreabierta que dejaba percibir un olor a café, junto a la voz de un hombre que tarareaba una canción. 

Por Julissa Emireth Bollás Mendoza

Manifiesto de la lesbiandad

Por Andrea Navarro

Manifiesto de la lesbiandad; Reivindicación, lo que soy y no soy

Soy una roca en la cima de un cerro, golpeada por el viento, pero imposible de penetrar, soy la que se mantiene firme ante la idea totalitaria de la heterosexualidad, la que ni a golpes de viento insoportables, se doblega. 

No soy una flor bella y débil a quien deben regar, cuidar y tratar con delicadeza, no soy la que necesita ser parte de la realeza, la que espera por un príncipe.  

Soy resistencia anti patriarcal, la cúspide insumisa a servirle al varón.

No soy mujer destinada a un él, la próxima madre, el complemento de alguien. 

Soy tierra fértil, mía.

No soy fertilidad de la que alguien más se nutre. 

Soy lava volcánica, apasionada, hirviendo.

No soy, vela de cera que se derrite al primer roce, consumida, de llama casi extinta.

Soy, destructora de cadenas, la negación a estarme quieta, la imposibilidad de ser presa.

No soy, ave enjaulada, esclava eterna, no estoy condenada a ser la Eva de un Adán. 

Soy, sirena rodeada de brujas y hadas que se aman desde la libertad en aquelarres eternos. 

No soy, la otredad, la enferma, el pecado, lo malo, lo antinatural. 

Soy, tejido infinito entrelazado con la historia de cada lesbiana que existió.

No soy, una huérfana de historia, un ser sin pasado, una desaparición de mi genealogía.

Soy la realidad escrita de Safo, Inés, de Chavela,de Alejandra, Gabriela, Virgina.

No soy, el mito sin nombre que nunca nadie escribió. 

Soy, amazona, labrys en mano, protectora de las otras.

No soy, Doncella frágil, sirvienta de tiempo completo, enemiga de mujeres.

Soy, una lesbiana que se reconoció en las otras, que regresó a sí misma, que se buscó y se encontró en la mirada complice de una mujer, soy una apuesta a un amor mejor.

No soy sexualidad. Soy rebeldía

Por Andrea Navarro

Andrea Navarro: Lesbofeminista, escritora de barrio, escribo desde mi lesbiandad para que quienes siguen tengan pruebas de nuestra existencia lésbica.