Tramas Humanas | El amor después de la muerte.

Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.

Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.

Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.

Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?

Así nació esta columna.

Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.

Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”

Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”

Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”

Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”

El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.

Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.

Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

Piezas de un alma simple

Al revés

Escrito por: Alondra Grande

El futuro se presenta como una lúgubre repetición del pasado
¿Soy algo más que huesos rotos y piel surcada por las lágrimas?
No existen los días.
La carne no desea, la mente sólo piensa
piensa y repite
Que repite hasta que asfixia
que asfixia hasta que no queda nada
más allá de este cuerpo vacío
Tan vacío que pesa más que el aire
que cala más que la luz de una pantalla que seca los ojos
que no encuentra la muerte
que no busca la vida
Que… queísmo
¿quejísmo?


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 24 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
 

50 sombras de morado | El invencible verano de Liliana

Por Irene González.

‘El invencible verano de Liliana’ (Premio Pulitzer 2024) por la autora Cristina Rivera Garza, es una lectura dura pero necesaria que aborda desde la perspectiva más vulnerable el tema de los feminicidios en México y la inalcanzable, dolorosa lucha por alcanzar una justicia que, en una abrumadora mayoría de los casos, sencillamente nunca llega. Cristina habla con el corazón en la mano y el pecho abierto sobre su propia hermana, Liliana Rivera Garza, asesinada el 16 de julio de 1990. La familia señala a su entonces pareja, Ángel González Ramos, como el responsable de arrancarle la vida a Liliana, una joven universitaria de apenas 20 años.

Este libro es muchas cosas: un testimonio leal y bello del paso de Liliana en este mundo y de su huella, que ha perdurado y perdurará por más años de los que ella estuvo en él. Un recuento de los hechos que rodearon su vida, asesinato, y que aún rodean su ausencia. Pero, de alguna manera, entre tanta tristeza, vulnerabilidad e impotencia, es también un grano de esperanza. ¿Por qué? Porque Cristina menciona varias veces, tanto en el libro como en entrevistas posteriores, algo que me pareció una muestra inequívoca de que la lucha por nuestros derechos, desde muchas trincheras, siempre valdrá la pena. Que se debe persistir en alzar la voz, en señalar, en resistir: Cristina habla muchas veces de la importancia del lenguaje.

En 1990 no existía la figura del feminicidio, que fue tipificada en nuestro sistema penal hasta el año 2012. Se hablaba de ‘crímenes pasionales’, un término que no abarca en modo alguno ni intenta entender esta violencia por razones de género. En los años en los cuales Liliana sostuvo una relación con Ángel González Ramos no se hablaba del termómetro de la violencia, o violentómetro, que fue creado en el 2009 como una herramienta para educar, sensibilizar y prevenir distintos tipos de violencias, que en los 80’s y 90’s estaban incluso más normalizados que hoy día. Cristina se pregunta si este tipo de información habría podido ayudar a Liliana, en una época en la que el mensaje social justificaba, respaldaba y romantizaba actitudes peligrosas dentro de las relaciones de pareja, como los celos, las rabietas, la falta de control emocional y la insistencia. Ayer se llamaba romance, hoy se llaman banderas rojas.

Y no, ese progreso no llegó solito, como una consecuencia natural del transcurso del tiempo. Se dio porque se peleó por ello. Porque existió una resistencia que creó la necesidad de usar un lenguaje nuevo, de abandonar aquellas formas que hacen apología a la violencia, la normalizan, revictimizan. Que no bastan.

Ese progreso llega cuando, por ejemplo, a finales del 2019 un colectivo chileno denominado LASTESIS crea un himno llamado ‘Un violador en tu camino’, una protesta contra la revictimización, la impunidad, la opresión del Estado.

«Y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía
El violador eras tú»

Himnos así gritan las palabras que muchísimas violencias buscan con urgencia silenciar. Violencias que regresan una y otra vez a la víctima como culpable de su propia agresión, sin importar el contexto. Por vestir falda o vestido, por salir de noche o de día, por ir sola, por ir acompañada, confiar en tu novio, esposo, hermano o padre, por tener pechos, piernas, boca, por sonreír, por no hacerlo, por atreverte a estudiar, a usar el transporte público, a manejar, ir al gimnasio, a la escuela, al trabajo, por estar en tu casa. Por existir. Por ser mujer.

Pero el lenguaje importa. Importa cuando himnos así tejen a través de sus palabras redes que permiten otras formas de oposición. Redes que toman fuerza y llegan a quien las necesita, que inspiran nuevos movimientos, protestas o, incluso, un libro. Importa cuando mujeres como Cristina Rivera Garza lo escuchan y eso les ayuda a sentir que, finalmente, existe la posibilidad de hablar acerca de Liliana. De hacerlo a través del lenguaje correcto, uno que mencione su caso como lo que fue: ni un crímen de pasión, ni un amor celoso, sino una de las más graves violencias de género. Un lenguaje que reconozca que hay un culpable de su asesinato, y uno nada más: el hombre que decidió arrebatarle la vida.

El día de mañana, cuando algún estúpido salga a burlarse del performance de un colectivo, cuando otro cuestione de qué sirve tanta gritadera en las plazas públicas, para qué nos inventamos bailes, canciones, frases, pancartas, términos como banderas rojas o minicen cualquier esfuerzo por señalar nuestras violencias, recordemos las palabras de Cristina: el lenguaje sí importa. Sí hace la diferencia. Y continuemos visibilizando, desde diversas trincheras, las realidades que tanto empeño ponen por silenciar.


Irene González es autora de la novela juvenil de fantasía “En busca de Itzel”, ganadora en la convocatoria Alas de Lagartija 2021 del programa Alas y Raíces perteneciente a la Secretaría de Cultura Federal. Publicada en antologías infantiles como “Sobre la tela de una araña” (Ediciones Momo 2022) y la antología de ciencia ficción “Xalisco Inefable” (Ediciones Mandrágora 2022). Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria (Literalia Editores). Ganadora del 1° y 3° lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Colabora en la revista La Coyol y en Artefacto de Letras.  

Instagram: @r.irenegon 


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De recuerdos, aventuras y reflexiones|Hablando de rechazos

Por Tania Farias

El gran día estaba por llegar. Con los preparativos listos, hicimos nuestras maletas y salimos hacia la región de la que soy originaria para celebrar la Primera Comunión de mi niño. Desde hace más de veinte años vivo fuera por lo que toda la organización del evento se tuvo que realizar a distancia, a través de llamadas, mensajes y muchas, muchas videollamadas. Por supuesto, no dudé en pedir ayuda a familiares y amigos. Y es que cuando hablo de preparación, me refiero a la totalidad del evento, desde lo más importante que fueron los aspectos religiosos y espirituales, la música en la iglesia, la organización de la ceremonia para que fuera emotiva y bella como lo fue, hasta la organización de la pequeña recepción, como la búsqueda del local, de los proveedores de comida, bebidas, recuerdos, adornos, todo, todo estuvo apoyado por alguien más que nosotros (mi marido y yo).

Como todo evento, el nuestro tuvo su momento de tensión y no solo provocada por los nervios de que todo salga como se esperaba. En esta ocasión, la causa del estrés estuvo generada por un problema de salud de un familiar muy cercano, situación que, además, le agregó una dosis emocional que, en mi caso, terminó por desbordarse durante la ceremonia religiosa. Entre el inmenso orgullo que como madre me causaba el ver a mi hijo cumpliendo con una etapa importante en términos espirituales (pues para mí la religión es una base de la que podrá sostenerse y ayudarse, si así lo desea, una vez en su vida adulta) y la preocupación por nuestro familiar, cuyo diagnóstico en esos momentos no era el más favorable, me dejé embargar por las emociones y las lágrimas se invitaron a la celebración en varios momentos.

Una vez terminada la ceremonia religiosa nos fuimos a la recepción, que a pesar de las circunstancias especiales que la familia vivía no podíamos anular; y como desde el principio, varios de mis parientes estuvieron al pie del cañón para que todo transcurriera tranquilo, agradable y en familia (la de sangre y la elegida). Por supuesto, para mí no hubo mayor dicha que ver la cara de felicidad de mi hijo y poder disfrutar de un momento rodeados de personas tan queridas.

Fue hasta cuando todo había terminado, cuando la pequeña tormenta había amainado, pues incluso las noticias sobre la salud de nuestro familiar eran de franca mejoría y nos  tomábamos una copa en casa de uno de mis primos, que tuve la ocasión de reflexionar sobre el evento en general.

No sé si a todos les suceda, o solamente a mí, pero hay momentos en que mis “traumas” se activan y me invade un sentimiento de rechazo y de desamor. Aunque conozco muy bien el origen de tales sentimientos, eso no quiere decir que sea siempre capaz de controlarlos y, por consiguiente, cuando me atrapan, sufro como si fueran reales. Incluso, mi inconsciente fábrica pesadillas durante las horas de reposo, de las cuales he despertado llorando. Y sí, muchas veces me quejo, y hasta tengo la osadía de reclamar. Pero recordar el evento de la celebración de mi hijo, vino a ponerme muchas cosas en claro. Lo más importante:  mi familia me ama de verdad y tengo a los mejores amigos, pues sin ellos un evento, como ese, jamás hubiera podido llevarse a cabo.

Recordé los ojitos asustados de mi hijo, a punto de iniciar la ceremonia. A su lado estaba su padrino a quien le escuché decirle “no te preocupes, aquí estoy contigo”; recordé a mi prima pedirme las llaves del local al finalizar la misa, pues sabía que los meseros llegarían un poco antes que los invitados y era importante que alguien corriera a abriles; recordé otra de mis primas y a mi cuñada cortando fruta, apuradas, para servir a los invitados; recordé la hermosa música que mi tía contrató para la ceremonia y que le imprimió mucha más emotividad a la celebración; recordé a mis primos catequistas quienes cada lunes dieron de su tiempo para preparar a mi hijo; recordé a mí tía quien nos abrió las puertas de su casa para que pudiéramos hospedarnos; recordé a todos y a cada uno de los que con su granito de arena hicieron posible el evento.

Me queda claro que fue un trabajo de equipo y que mis traumas son solo eso, malas impresiones, porque tengo la fortuna de ser amada.

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Cartografías del Instante| Estar Triste

Estar Triste

Por Anyela Botina

Abro los ojos, mi cuerpo arrojado sobre el colchón. El sol se filtra entre las cortinas y los ruidos del mundo van entrando, uno a uno, en el cuarto. El frio del piso, el sonido del agua hirviendo y el aroma del café comienzan a llenar el día poco a poco.

A veces me siento triste sin razón, y me he cansado de pensar en el porqué. La mente dice una cosa y luego otra; rara vez es honesta. Ser honesta es hablar con la verdad, y mi verdad es lo que me mantiene viva. Lo sé porque la mente es rápida para pensar en escenarios catastróficos, que solo sirven para recordarme que lo más importante no tiene razones de peso: lo sabes y ya.

Lo que digo es que, a veces, me siento triste sin razón, y aunque tenga motivos suficientes para llorar, no hay ningún dolor del pasado, del presente o del futuro que sea tan punzante como para ser la causa de mi tristeza. ¿Qué estado será este? No lo sé. Tantos días, tantos años viviendo de razones no dejan más que un revoltijo de voces en la cabeza y una verdad profunda en las entrañas que solo se digiere llorando, y a veces se digiere sola.

Las cortinas se oponen a que la luz del sol entre, así como mis párpados, mi casa, mis palabras y todo lo mío, que solo permite entrar lo que estoy dispuesta a recibir. Me gustan las cosas rotas y las sombras que se forman en las grietas. Me gusta ver los pequeños rayos de sol que dejan pasar las cortinas.

Cuando me siento así, digamos que «triste», me gusta pensar que soy un gato que se engaña a sí mismo con el sueño, un gato que permanece quieto, recibiendo un rayo de sol que se filtra por la cortina. Qué bella es la palabra quietud ahora, bajo esta luz, bajo esta pesadez y esta «tristeza» sin palabras, sin identidad ni razones.

Hace falta valentía para estar triste sin juzgarse, para quedarse quieto sin buscar explicaciones, para dejar asomar al animal cansado que hace piruetas en el circo de la vida.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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La promesa de un tesoro


Por Yaneli González Velasco

El 30 de abril yo quería darle a Eileen un día bonito, así que el plan para ese día era llevarla a una fiesta donde habría pastel, niños y juegos, sin embargo, no le dí más que una mamá que lloraba por una estafa telefónica. Ese día mi mamá llegó temprano a mi casa porque un día antes una amiga de ella, cuya residencia está en Estados Unidos, le había mandado generosamente un dinero, sin razón alguna, solo por tener la capacidad de regalar dólares. Entonces, en la mente de mi mamá estaba su amiga, y al recibir una llamada de una mujer con voz cálida, comunicándose como si la conociera perfectamente, mi mamá asumió que era ella, dándole el nombre a la mujer estafadora.
Mi pubertad fue en el sexenio de Felipe Calderón, por lo que ya antes habíamos estado expuestas a extorsiones telefónicas, donde supimos que hacer o estaban con nosotras las personas correctas que sabían qué hacer. Pero esta vez, solo éramos nosotras contra una red de personas diestras para el manejo de la información-identidad falsa. Al menos con tres personas distintas hablamos.
Mi mamá aseguraba que era la voz de su amiga, y que, por lo tanto, confiáramos. Nos dio el número de guía del paquete en DHL y un número para llamar y preguntar por su estatus. Todo sucedió tan rápido, mi mamá metió presión para que todo fuera así. Sin tiempo para pensar. Rápido porque estaba segura que era su amiga. Rápido porque estaba sucediendo algo increíble. La promesa de un tesoro.  Y yo, una universitaria, maestra, correctora de estilo, con mucha afinidad a la lectura y la reflexión ME DEJÉ LLEVAR por la narrativa de estas personas. Dudaba en mi interior, pero al ver a mi mamá tan convencida, no me detuve a investigar ni de dónde era la lada de los números, ni si era en efecto su amiga con quien estábamos hablando, solo estaba en nosotras el deseo de obtener un paquete de lujo.
Este tipo de estafa se ha llamado “fraude del pariente” y se ha vuelto muy común en la región en años recientes. De hecho, las autoridades mexicanas la reconocen como una de las principales variantes de extorsión telefónica. La entonces Policía Federal la clasificó dentro de las extorsiones indirectas, describiendo el caso típico: un “familiar proveniente del extranjero detenido” que dice traer muchos regalos, pero necesita dinero para salir de un problema en aduana.
En números, las cifras muestran que el problema es significativo. Tan solo en México, de enero a noviembre de 2022 se registraron 877 reportes de intentos de fraude bajo la modalidad del “familiar que viene de visita” (prometiendo enviar regalos) ante el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia, sabiendo que no todos los casos se reportan, se entiende que el número es mucho mayor. Este tipo de engaño también se presenta en otros países de Latinoamérica. Por ejemplo, en Colombia las autoridades advierten que se ha vuelto común esta estafa dirigida a personas con parientes o amigos en el extranjero –incluso la denominan coloquialmente la “valija del tesoro” en algunas regiones, lo que indica que el fenómeno trasciende fronteras.
Es decir, esta estafa no funcionaría en lugares de Europa o Estados Unidos porque se necesitan victimas precarizadas o vulnerables, y aunque haya muchas irregularidades al momento de narrar la historia para caer en la trampa, quienes escuchamos la promesa de un tesoro, elegimos creer.
Aunque el supuesto paquete esté en otro estado distinto. Aunque al día siguiente no sea laboral. Aunque a cada llamada se presenten más y más anomalías, elegimos creer. Creer en que por fin algo importante está sucediéndonos. Ser las suertudas. Sí, compro el boleto de lotería con la certeza de ser la ganadora. 
Así que hago una transferencia por una cantidad importante de dinero, mis ahorros de mucho tiempo, para renovar el supuesto seguro de un paquete carísimo, con pantallas plasma, iphones, ropa, calzado, accesorios, perfumes y joyas.
Justo hasta después de hacer la transferencia me doy cuenta de que todo es falso, pero ya es demasiado tarde. Ahora solo queda la sensación de culpa, de arrepentimiento, de autocastigo, de decirme: ¿Cómo yo pude caer en algo tan tonto?
Yo, quien siempre presumió ser brillante. Y así se destruye un poco la confianza en mí, en todo. Así me descubro siendo mi mamá, sin haber salido del trauma de la pobreza, de ver como he caminado en círculos desde siempre, entre promesas, guardando esperanzas, creyendo en que el otro tiene la razón. La promesa católica de que por fin en algún momento todo el sacrificio habrá valido la pena. De ser parte de un sistema que santifica lo material. De verme como una cifra más que cayó en una trampa tonta, ridícula.
Escribo esto porque estoy desbordada, herida y no sé qué mas hacer, sino refugiarme en las palabras, esconderme ahí, exponerme así. Aquí anexo los números de teléfono y el nombre de la persona a quien le transferí para que estén alerta, especialmente las personas mayores, quienes son su blanco:
Supuesta amiga (Imelda Jazmín Pérez Lara): +18177618263
Supuesto DHL: 6868536857
Supuesto DHL whats up: 6867471413
Actualmente estoy en contacto con la policía cibernética, sabiendo que esos ahorros ya están perdidos y que no fui nada inteligente, cuento esto para que no le pase a alguien más, porque sin importar el nivel de estudios o lo astutos que creamos ser, siempre habrá personas que busquen aprovecharse. Aquí dejo algunas recomendaciones para evitar caer en estas estafas:
Nunca, bajo ninguna circunstancia realices transferencias a personas particulares, las autoridades aduaneras/de paquetería jamás te solicitarán dinero a cambio de la entrega de un paquete
No compartas tu información personal, ya que le estás entregando a desconocidos datos privados como tu dirección de residencia o número de identificación y con esta información pueden perjudicarte gravemente
Si se tratase de un envío verdadero lo ideal es comunicarte directamente al número oficial de la empresa encargada de envíos y pedir una guía de la encomienda
Sé cuidadoso con la información que compartes en redes sociales, todo lo que publicas puede ser usado para hacerte caer en este tipo de engaños
Si eres víctima de este tipo de estafas o amenazas exigiéndote algún tipo de pago, denúncialo con las autoridades competentes
Asegúrate de que la persona con la que estás hablando sea quien dice ser, si te pide un favor parecido puedes optar por realizar una llamada telefónica directamente o asegurarte con algún familiar cercano si la persona en efecto está programando un viaje a México.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo, maestra de ajedrez y mamá de Eileen. Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.

Cada minuto cuenta por Jeanne Karen en La máquina verde

No pasaba un día sin un dolor extraño, una dedicatoria oscura, una queja, una descripción amarga de la vida a mis veinte años.

Alrededor era todo decadencia. Un estado de desolación, no de depresión, sino más bien de hastío. El mundo era enorme, los tragos amargos.

Con los años y con las circunstancias fueron evolucionando mis pensamientos. Las quejas, dirigidas a no sé qué instancias de la administración del universo, por fin se terminaron, solamente que en ese momento no caí en cuenta, hasta hace poco.

Ahora mi visión de la realidad ha tenido un cambio, ha sido gradual, no fue algo que pasó de la noche a la mañana, lo que sí me sorprende es el hecho de que es diametralmente opuesto a lo que era.

Antes todo era oscuro, deprimente, feo, pero ha ido del negro al blanco, aunque mi percepción pasó por todos los matices, supongo que es por el hecho de ir madurando. Ahora en la etapa estable de la vida, las quejas por cada cosa insignificante se han agotado, llegan con dificultad, no están más en mi mapa mental. En este momento vienen más fácilmente la alegría, la energía, el deseo de experimentar, de atreverme a hacer cosas nuevas, actividades que en algún otro tiempo no me gustaban; dejé de sentir el peso de todo.

La realidad poco a poco se fue transformando, de ser un pesado lastre, a ser materia de inspiración. 

Todos los seres humanos pasamos por esas emociones, por esos lapsos, pero en la vida del artista son más notorios porque quedan registrados y eso es un hecho fascinante, podemos usar un ejemplo clásico como las épocas del pintor malagueño Pablo Picasso, que pasó de la Época azul a la rosa, luego al Cubismo, Neoclasicismo, etc.

Estos cambios dan cuenta de lo intrigante que resulta el tiempo que pasamos aquí, el tiempo en que estamos en lo que solemos llamar sencillamente nuestra vida.

Pero, ¿cómo vamos a aprovechar cada día?, ¿cómo debe ser nuestro carpe diem personal, cómo vamos a robar minutos, a extender la gloriosa luz del mediodía?

¿Por qué nadie me dijo que debía aprovechar cada minuto?, que el tiempo es el tesoro más valioso y que desafortunadamente lo damos por sentado, pensamos que es un recurso que siempre está ahí, quizá, pero nosotros no.

A veces digo que fue la suerte, no me dejé llevar por esa pesadumbre, por ese malestar, por el impulso de dejar que la queja, la angustia, las infinitas preguntas me ahogaran. Tal vez en el fondo algo intuí, algo vislumbré.

Cuando tengo la oportunidad de hablar con un público joven, siento el deber de compartir algo muy importante, decirles que fijen sus objetivos, que no se dejen llevar y escriban sus propias fórmulas, dibujen sus caminos. Sé también que tal vez es algo que escuchan a menudo, pero deben estar atentos, porque es cierto, porque si no nos esforzamos y damos todo por lo que soñamos, nadie vendrá a hacer esos sueños realidad.

La vida está muy lejos de ser el cuento de hadas, es más bien un poema, sí, un poema de un poeta maldito: Charles Baudelaire, el Albatros, ese que dice:

  Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.

Como es poesía, lo dejo a su libre interpretación, pueden decir que el poeta es un bello animal inútil, si se quiere tomar de forma muy directa, pero también podemos decir que en realidad es un personaje que, si está en un mal lugar, no puede cumplir cabalmente con un rol social.

Pero, eso no solamente pasa con los poetas, yo creo que nos sucede a todos, aunque los poetas tienen la ventaja de que pueden con el verso dar cuenta de lo que es no haber aprovechado su momento.

Sigan, no se distraigan, no desfallezcan, quéjense con la fuerza del poeta maldito o permanezcan en el silencio, pero avancen siempre.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Letras Revueltas|Desterradas

Por Illari Alderete

Llevaba varios días sin poder dormir, tengo el mal de obsesionarme con las cosas negativas, aunque algunas veces se transforma en un don que me ayuda a investigar exhaustivamente. En esta ocasión pensé en las herencias, sé que la mayor parte de nosotras no tenemos a nadie que posea algún terreno o propiedad, pero qué pasaría si alguien de nuestra familia tuviera algo que heredar. ¿Es necesario tener una propiedad? Sé que puede sonar extraño o quizás no, pero hasta hace cinco años, yo había renunciado a la posibilidad de tener una. Di por sentado que tendría al menos tres opciones; pagar renta hasta mi muerte, si es que tenía una pensión digna; vivir en mi auto, me imaginaba que así podría viajar sin tener que pagar hospedaje o vivir en la calle, parece una realidad lejana pero si nos preguntamos quiénes se quedan en la calle, nos daremos cuenta de que no hay una serie de acciones que nos alejen de esta posibilidad, no hay un perfil único de las personas que terminan sin hogar. Según el Conteo de Personas en Situación de Calle en la CDMX del 2024, hay 1124 personas sin hogar, de éstas 62.5% nacieron en la ciudad, 14% son mujeres, 85.5% tiene alguna discapacidad, en el conteo del 2023, el 60% tenía entre 29 y 59 años. Diversos estudios afirman que los millennials tenemos menos probabilidades de obtener una casa propia que las generaciones anteriores y si somos mujeres las probabilidades disminuyen. Así que no es de extrañarse que ante el panorama que se nos presenta imaginemos una diversidad de soluciones, por ejemplo, he platicado con mis amigas sobre lo que haremos en la vejez y hemos pensado en comprarnos un terreno o casa para vivir todas juntas, aunque también parece una tarea compleja.

Si yo tuviera un terreno construiría una casa de un piso, tendría lo básico, una recámara, un estudio, una sala-comedor, desde que no tengo una azotea en dónde tender mi ropa, añoro un tendedero y poner la ropa al sol para que con el viento huela a fin de semana tranquilo, es una escena que me devuelve a la casa de mi madre. Faltó mencionar el baño, éste sería pequeño pero suficiente, tendría algunos helechos en las esquinas, la cocina sería mediana, ya que las que he tenido siempre han sido pequeñas, apenas quepo yo y regularmente tengo que inventar repisas para rebanar la comida. Lo más amplio sería la sala-comedor, para invitar a toda mi familia y amigos, y la llenaría de plantas. La pintaría de verde, azul, gris, naranja y blanco, siguiendo los consejos de Ter.

También tendría un jardín, pero el mío sería un jardín salvaje, no tolero los que están demasiado domesticados, me gustan los árboles frondosos, la maleza, la hojarasca y todos los vecinos insectos que llegan con ella. Cuando era niña en el centro de mi casa había un ahuehuete, pero decidieron cortarlo en pos de la modernidad. Ese día, al llegar a casa, encontré a mi abuelita sentada al lado del árbol, llorando. Desde entonces deseo tener un ahuehuete, aunque por ahora sólo sea un sueño recuperar los árboles caídos de mi infancia. El ahuehuete es el árbol nacional, significa “árbol viejo de agua”, reciben ese nombre porque crecen alrededor de los ríos y son muy longevos. Si yo tuviera un terreno lo llenaría de ahuehuetes, de higueras, duraznos y ciruelas. Mi abuelo sembró estos árboles frutales en nuestro patio, cuyos frutos, durante muchos años, consideré gratuitos y me resistí a pagarlos en la ciudad. En el documental La Sal de la Tierra nos cuentan cómo Leila Deluiz Wanick y su esposo Sebastian Salgado reforestan un bosque, Leila observó que Sebastián estaba devastado porque no quedaba nada del bosque que habitó en la infancia, y fue cuando le propuso replantarlo. Con el tiempo muchas especies volvieron a su hábitat y acabaron con el silencio que encontraron Leila y su marido. Con ello fundaron el Instituto Terra.

Recientemente el Museo Nacional de Antropología trajo la exposición Amazonia de Sebastian Salgado, en ella se expusieron las diversas fotografías que tomó Salgado a esta zona y no cabe duda que la mayor obra de arte se encuentra en la naturaleza.

Uno de los afluentes de la Amazonia (© Sebastian Salgado)

No tengo la riqueza de Leila y Sebastián para reforestar un bosque, sin embargo, si yo tuviera una propiedad la llenaría de árboles y enredaderas para hacerla una selva. ¿Pero de dónde viene esta idea extraña de apropiarnos de la tierra? ¿Cómo es que ella nos pertenece y no nosotros a ella? Si lo pensamos es raro que se herede la tierra ya que somos seres efímeros. En los pueblos originarios las tierras eran comunales, eso significaba, aún significa que sólo puedes tenerla un momento y que eres responsable de cuidar ese territorio que es compartido, si se siembra el terreno usualmente la cosecha se reparte entre los comuneros. En algunos otros, la propiedad era matrilineal, es decir, que la heredaban las mujeres. En las sociedades occidentales que se desarrollaron apropiándose del territorio, las mujeres sólo pudimos heredar a partir del siglo XIX y, en Latinoamérica, del siglo XX. Sin embargo, aún hay muchas desheredadas. Esto me recuerda el cuento de Cri-cri sobre Ditirambo Farfulla, un publicista que viajó al país de los cuentos para venderles cosas a los personajes, en su búsqueda se da cuenta de que no puede venderles nada porque poseen todo, incluso se entera que el Gnomo es dueño de todo porque gritó “esto es mío” y aunque Ditirambo trata de imitarlo, Cri-cri le señala que no puede hacerlo porque ya todo es del Gnomo, pese a esto, los habitantes del país de los cuentos, pueden construir sus hogares en cualquier parte.

Por ahora, lo que tengo de cierto es que hay un terreno amplio que poblar en la literatura con mis sueños como la desterrada que soy.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

ESCRIBIR NOS LIBERA: ¿De qué escribir cuando no estamos “bien”?

Por Aimeé Miranda Montiel

Somos todas nuestras versiones, todos los rincones que nos habitan, incluso los que escondemos hasta de nostrxs mismxs.

Muchas veces pensamos que podemos acceder al espacio público sólo cuando cumplimos con ciertos requisitos, y para cada unx de nosotrxs esto se ve de diferente manera, es decir, para algunxs se verá como “ir bien vestidx”, “estar sonriente”, “ser exitosx” (sea lo que sea que eso signifique), “comportarse de x o y manera”… ¿te ha pasado que a veces supuestamente no quieres ir a algún evento o reunión porque “no te sientes bien”?, creo que más allá de si tenemos ánimo de convivir o no, muchas veces sentimos que no estamos en “las condiciones óptimas o mínimas aceptables” para que nos vean, para exponernos a lo público.

De ahí mi teoría de que “la ropa sucia se lava en casa” y que «debemos cumplir con cierta máscara o actitud cuando convivimos con otrxs», lejos de solucionar realmente lo que acontece en nuestro interior, nos hace aislarnos innecesariamente y nos lleva a juzgarnos como inaceptables. Nos autoexiliamos.

Al no estar acostumbrados a visibilizar en lo público que cualquiera la esté pasando «mal», que una persona muestre su dolor o dejarnos ver cuando estamos atravesando duelos fuertes, cuando estamos perdidxs o cuando no estamos en nuestro «mejor momento»; el esconder todo eso, genera un rechazo inconsciente y colectivo hacia lo doloroso, pensamos que el dolor es íntimo y la alegría pública ¿por qué?, nos da pena mostrarnos tristes, abatidos, deprimidos, nos da ñáñaras mirar a otrxs sufrir, ¿te has fijado que nos cuesta ver a las personas llorar?, nos incomoda de alguna manera, las reacciones más comunes son querer abrazar y consolar a esa persona para que deje de llorar o que querer huir porque qué pena ver a alguien así o porque no podemos soportar el dolor ajeno, porque tampoco soportamos el propio.

Tortuguear es mi definición para cuando unx se mete en su propio caparazón y se ensimisma tanto que los problemas se sienten más pesados, oscuros y abatidores; lejos de que la soledad se vuelva un bálsamo, se convierte en un suplicio. Por ello, no es que diga que te obligues a compartir con otrxs cuando no lo quieres, sino que te preguntes el por qué te estás ocultando, y sobre todo, si eso genuinamente te está reconfortando o sólo hace que te enredes más en tu mente.

Hacer el tortugueanding (palabra derivada de tortuguear jajaja) a largo plazo no me ha resultado, porque al final termino ciclada en mis pensamientos, me siento como un perrito mordiéndome la cola, giro sobre mi propio eje y ahí estoy dando vueltas a lo idiota, a punto de vomitar a cada tres segundos. Cuando estoy en el tortugueanding mi dolor se intensifica y mis pensamientos ni te cuento, esos se convierten en una plaga asquerosa.

Hay que replantearnos muchas cosas de lo que creemos pertinente o no para el espacio público, porque si seguimos invisibilizando una parte importante de nosotrxs que es el dolor, la tristeza, la pérdida, la muerte… entonces, estamos negando quiénes somos, pero sobre todo negándonos unxs a otrxs la posibilidad de NO tener que ser perfectxs para pertenecer y ocupar el espacio público, pero sobre todo, nos estamos negando la grandiosa oportunidad de compartir nuestros pesares para trascenderlos desde lo comunitario, que te aseguro es más ligero que hacerlo en la absoluta soledad.

Tenemos derecho a SER, no tenemos por qué estar guardándonos en nuestras casas o en nuestras mentes, hasta que tengamos una “cara aceptable o adecuada” para lxs demás. Podemos elegir dejar de esconder una parte muy real de cada unx de nosotrxs. PODEMOS ELEGIR SER AUTÉNTICXS SIEMPRE, SIN IMPORTAR CÓMO SE VEA ESO.

Así que lo mismo pasa en la escritura: HAY QUE ESCRIBIR DESDE LA VERDAD, desde lo que estamos experimentando genuinamente y eso es lo que va a conectar con lxs demás desde un espacio REAL. Aquí te dejo un pedacito de algo que escribí en este abril que ha sido uff una vorágine para mí:

La liberación es ambivalente:

una mano descansa al soltar

y la otra toma toda su fuerza

para sostener al corazón.

Si como yo estás transitando cualquier dolor, muerte, cambio, transformación, tristeza, recuerda que el verdadero ciclo es la Vida – Muerte – Vida, y que aunque des pasos milimétricos, siempre puedes seguir adelante. Abrazo enorme de corazón a corazón.

Gracias infinitas por leerme, este texto lo hice con el amor infinito que hay dentro de mí y con el deseo profundo de que todxs nos permitamos SER en la máxima expresión de todo el caleidoscopio que nos habita. Sigamos escribiendo juntxs, porque ESCRIBIR NOS LIBERA. Puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia.aimeemiranda

Entre calles y páginas | Joyas fantasía

Por Ángeles Serna

¿En dónde estás?

 Que el corazón te mire todavía,

que los brazos puedan circundarte

aunque ya no lo sepas.

– Elsa Cross

I

Las joyas son piezas en bruto

promesas traídas al plano físico

valen más que palabras en cartas,

besos de chocolates

ramos de rosas.

Desde el nacimiento

nos enseñan que las promesas tienen forma de joyas,

a las recién nacidas les dan la bienvenida con aretes,

a las niñas les abrochan su cadenita de la virgen de Fátima

y las jóvenes esperamos pacientemente una argolla,

el compromiso eterno.

¿Cómo se diseña una promesa?

Los joyeros crean piezas únicas,

empotrando diamantes en aros de oro,

la mentira tiene el tamaño perfecto.

II

En la primaria, varias compañeras no usaban artes

la bienvenida a ser niñas no perforaba sus orejas

tampoco usaban la cadena con el dije de la virgen

¿Por qué a ellas no las vestían con promesas?

III

La mano de mi abuela carece de anillo de compromiso,

los lóbulos de sus orejas están cerrados

y su cuello desnudo solo luce las quemaduras del sol

nadie le enseñó que las promesas eran joyas,

¿por qué la mujer que perforó mis orejas

y me impuso una cadena no tiene las de ella?

IV

Los joyeros diseñan cada pieza,

desde la composición del mineral

hasta los extraños gustos de las engañadas,

cada brillante cubre la verdad en los ojos de los compradores

los costos son altos,

porque los materiales deben ser fuertes,

resistentes,

deben durar años

desde celebrar bodas de papel hasta las bodas de plata

rocas inquebrantables ante el cincel más sincero

engaños resguardados a presión de la joya.

El secreto de los joyeros:

diseñar una pieza sin grietas,

la pieza perfecta para el consuelo de una mentira.

V

Las joyas

cuentos de princesas

también de fantasía

con criaturas ficticias,

hadas madrinas,

animales parlantes,

príncipes y reinos

las verdades no llegan a las 12 de la noche

ni en una calabaza

y menos con una hada madrina

pero ellos enajenados

cuentan historias de fantasía

crean esas joyas

más opacas

más baratas

más frágiles

mentiras agrietan los diamantes

cortadas en serie con las mismas palabras

¿cómo distingo un cuento de una joya fantasía?

la historia del cuento

se acabará cuando dobles la última página

la joya fantasía

te asfixiara con su aroma

tu piel cambiará de color

al verte al espejo,

ya no serás tú.

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Serna (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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