Por Tania Farias
Aún recuerdo con nostalgia aquellos veranos en los que viajábamos en caravana familiar con destino a la playa. Desde el primer día de las vacaciones, esperaba con entusiasmo esa escapada que, aunque corta, estaba llena de momentos felices, momentos que, en su mayoría, los vivía en el agua, ya fuera del mar, de una alberca o, incluso, de la que salía de una manguera. Nada más levantarme, la primera pregunta que le hacía a mamá era cuándo podría empezar a mojarme. Por supuesto, esos días los pasaba ataviada de un traje de baño que, entre cada uso y a pesar del calor de la costa, penaba a secarse por completo antes de volver a ser portado. Junto con mi hermano y mis primos, pasábamos las horas sumergidos en el agua. Jugábamos, comíamos y tan solo salíamos de ahí cuando la noche empezaba a caer y que nuestros padres consideraban que debíamos cambiar de actividad. Después de tantas horas en el agua, la piel de todos alcanzaba un nivel de extra-hidratación, pues olvidábamos que peces no éramos, y, aún así, nos resistíamos a dejar nuestra área de juego.
Pero un día, llegó la adolescencia con sus cambios y sus complejidades. En medio del torbellino de emociones, también de un descontento con mi cuerpo, el cual no se parecía en nada a los que veía en la televisión y las revistas, era casi una rutina mirarme al espejo sin lograr encontrar algún detalle mío que me satisficiera por completo. Mis caderas lucían muy anchas; la cintura no era tan pequeña como la de las actrices de las telenovelas, y para agregarle algo más, se sumó el acné; y aun cuando nunca tuve un verdadero problema con este, los esporádicos granos que invadían mi cara, porque así se sentían, como unos verdaderos invasores, me incomodaban demasiado, al grado de que un flequillo improvisado y bastante largo empezó a cubrir mi rostro.
Por otro lado, la tradición de vacacionar juntos en familia se acabó a causa de circunstancias de la vida que trajeron cambios radicales en nuestros cotidianos. Aquellos veranos en la playa se esfumaron como se esfuma un sueño al despertar. Poco a poco, el uso del traje de baño se fue haciendo menos frecuente, hasta el momento en que ya no me sentía cómoda utilizando uno: llevar algo tan ceñido al cuerpo, mostrar mis piernas que ante mi mirada eran muy gruesas y desagradables, se volvió algo a evitar.
Según la RAE un complejo psicológico es un “conjunto de ideas, emociones y tendencias, total o parcialmente inconscientes, que pueden determinar la conducta de una persona”. Reflexionando en esa definición es ahora cuando me doy cuenta de cómo los complejos que se desarrollaron durante mi adolescencia, modelaron en mucho mis gustos. Recientemente admiraba las fotografías de una amiga que se ha dado por misión visitar el mayor número de playas que le sea posible, y no pude evitar pensar que, a diferencia de ella, la playa dejo de ser mi lugar favorito. Cuando voy (pues sí es el destino preferido de mi hijo), es raro que entre en el agua. Y quedarme en traje de baño todo el día, es algo que no sucede desde mi infancia, es más, ni siquiera he podido encontrar uno en el que me sienta cómoda.
Si me dan a elegir,disfruto mucho más viajar hacia la montaña, a lugares donde un clima frío o temperado me haga utilizar numerosas vestimentas. Y justo es ahora, lejos de esa adolescente influenciada e insegura que me pregunto si mi preferencia por los lugares fríos está directamente ligada a mis complejos. Quizás en otro universo, en uno en el que nunca me hubiera incomodado tanto con mi propio cuerpo, en el que las vacaciones a la playa hubieran continuado hasta más allá de mi adolescencia, está esa Tania que solo piensa en su próxima visita a la playa.
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