El hilo de las moiras: Tango

Por Amaranta Castro

En un callejón de la calle Porchester Garden se escucha la danza de un tango, mientras un hombre y una mujer se miran antes de besarse. Ella aprieta el pequeño ramo de flores que lleva en sus manos, algunos pétalos caen sobre su vestido, al darse cuenta se apresura a quitarlos. Al pasar su mano sobre la tela intenta que ésta se mueva de manera delicada para que el hombre sienta la necesidad de acercarse aún más y gane un poco de confianza. Este movimiento le vuelve a recordar la prisa con la que su vestido fue hecho, quizá por ello trata de ocultar que, a la altura de su vientre, el tul pareciera una prominencia de nieve o de olas, un relieve de montañas que la hace lucir deforme. Él no lo nota o lo disimula muy bien. 

Los pétalos caen al suelo y el vestido vuelve a ser de un verdadero blanco. Una vez más lo intentan, ahora el hombre se inclina y al hacerlo logra ver el puente pronunciado de su propia nariz, lo cual le desagrada. Piensa que este movimiento torpe ha hecho que ella baje la mirada para quitarse los pétalos azules del vestido, mientras se queda con la mirada añorante intentando disimular el rechazo. Esto ha pasado antes, su nariz casi siempre le impide acercarse al rostro de cualquier mujer, excepto al de su madre de quien ha heredado el porte de una nariz estorbosa. 

Ella se detiene en la sensación de sus entrañas cálidas y dormidas, percibe el suave movimiento de la seda blanca entre sus piernas. Se detiene en el detalle de un pétalo azul que pareciera haber perdido su tonalidad real, el matiz de un azul característico, un azul oportuno y convencido de ser siempre. El verde marino del tallo, le recuerda la manera en que algunos momentos se suspenden en el tiempo a la manera de una niebla, ese verde marino que ahora contrasta con el blanco de las casas y las luces que salen de ellas. Esas casas en las que se guardan objetos decididos a perderse de sus dueños, decididos a volverse objetos inútiles para descansar en una calle. También la vida de las cosas se cansa de ser lo que es. De la misma forma en que los pétalos azules y los tallos marinos parecieran pedirle que los deje morir.  La belleza se encuentra en lo efímero. 

Luego los dos advierten la soledad de los árboles, la misma que se reflejan en las pupilas de cada uno cuando se miran. Él puede ver que en la pupila derecha de ella, se refleja una luz pequeña, una luz dorada de una ventana que desaparece de pronto de sus ojos, los cuales vuelven a ser de color negro. 

El tango se detuvo, escucharon el murmullo de unas voces dando órdenes en inglés. Ella apenas logró comprender: slow, slow, quick, quick, slow. Las voces y la orden que daban, imitaban la forma en que ambos acercaron sus rostros. Esto es lo que de verdad han traído, unos cuerpos fríos decididos a encontrarse.

 Los ojos se cierran, ella siente la espesura de las pestañas de él, la respiración cede de la misma forma en que una ola cautiva y ahoga los pensamientos, hasta que el miedo pueda finalizar su danza entre ambos. Un beso no debería tan caótico, pensó él.


Amaranta Castro. Estudió Estética y Filosofía del Arte (BUAP). Dirigió círculos de
lectura en las áreas juvenil e infantil (BUAP). Participó en la creación del proyecto para la difusión de lectura y las artes: Convivencia en Letras (BUAP, 2015). Cursó el diplomado en Creación literaria en la Escuela de Escritores SOGEM. Ganadora en la categoría de Poesía en el 10º Festival Internacional de Escritores y Literatura, Guanajuato (2015). Ha publicado en periódicos nacionales y revistas. Fue becaria del programa de Innovación artística (IMACP, 2018) con el libro: “Voces de los árboles”. Algunas de sus poesías fueron seleccionadas en la obra de escritoras contemporáneas mexicanas, “Romper con la palabra”. Estudia Lingüística y Literatura Hispánica (BUAP).


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Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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