La reclamante | La [re] escritura poética en Cristina Rivera Garza: [des] habitar el espacio

Por Dalila R. Tienda

“¿Qué textos aceptaría yo escribir (reescribir), desear, afirmar como una fuerza en este mundo que es el mío?”

(Roland Barthes)

1. El monólogo de la doliente

Todo empieza con la primera persona del singular. Nací en 1999, después de la matanza del 68, el halconazo, las muertas de Juárez, el asesinato de Colosio y otros crímenes tan mentados hoy en día. Mientras aprendía a balbucear fonemas vacíos, sin significado, pero que se asemejaban a palabras de adeveras, se llegó el siglo XXI. Quiero pensar que, en medio de tanta desilusión política, después de Díaz Ordaz y Salinas de Gortari, la gente aún imaginaba un giro para el país que se estaba destejiendo entre violencia, impunidad y silencio. Pero entonces, cuando Vicente Fox Quezada llega al poder, la activista Digna Ochoa es asesinada por el Estado, después de dos secuestros y tortura física y psicológica; la cifra de feminicidos en Ciudad Juárez crece cada vez más; Lydia Cacho investiga una red de pedofilia dentro de circulos políticos en el país, y todos los etcétera que sean necesarios para encerrar los crímenes que no mencioné. Nací, pues, en un país que ya había acunado a la violencia, la había normalizado y justificado. Cristina Rivera Garza, en el prólogo del libro Dolerse, escribe:

.Lo que los mexicanos de inicios del siglo xxi hemos sido obligados a ver —ya en las calles, en los puentes peatonales, en la televisión o en los periódicos— es, sin duda, uno de los espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo. (Cristina Rivera Garza, 2011; pp.10)

Nunca fue extraño levantarse todos los días y escuchar el noticiero local, en el que se mostraban imágenes de narcomantas, hombres colgados [sus estómagos al descubierto, mostrando todos diferentes ombligos, tonos de piel disparejos. Qué bien guardan la piel las camisas], tomas de las partes del cuerpo de mujeres con sangre seca y tierra en las uñas. Un espectáculo que nos condenaba al silencio. Y mientras todo esto pasaba, el ambiente doméstico seguía: mamá lavando trastes, mi hermana arreglándose para ir a la escuela [inserte aquí otros gerundios asquerosamente cotidianos, contrastantes con lo asquerosamente horroroso] y yo modorra, pasmada ante el adormecimiento del despertar de un sueño profundo, infantil e inocente, pero con una morbosidad ante lo que veía: mucha muerte.

Era muy chiquita para entender que todo eso era algo que nos sobrepasaba: en donde yo veía una historia de terror en tonos sepia, muy al estilo México hollywoodense, no había más que una sentencia  al silencio: nada nos pertenece más que el miedo y la incertidumbre, habitamos un espacio necropolítco que nos despoja de todo. Un mensaje que no entendí, ni siquiera durante los simulacros del protocolo de acción en caso de balaceras en secundaria.

Mientras recuerdo todo esto, y siento que camino por Comala, una letanía se repite: Estoy harta, estoy harta, harta, harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta harta (Simone de Beuvoir, 1967). Todo empieza con la primera persona del singular: nací en medio de violencia y crecí entre noticias amarillistas. 

Creo firmemente esto: todo dolor colectivo parte de la percepción individual. 

2.  Iniciar un libro deseando su desaparición

Esa morbosidad asquerosa que sentía por los asesinatos que pasan en las noticias desapareció cuando empecé a leer la literatura del 68 y libros sobre esos crímenes tan mentados hoy en día. Otros son los tiempos, otros son los crímenes y seguimos en un país con una tierra tan seca, difícil de pisar. Hay un lado invisible en esas notas y reportajes que se sigue produciendo: una historia de dolor, muy alejada de esa narrativa que sólo conmueve al espectador insensible cuando escucha los gritos deshilados de la madre a la que le mataron a sus hijos. 

Dolerse: textos desde un país herido, escrito por Cristina Rivera Garza, publicado en 2011, es un libro en el que la autora dialoga con diferentes crímenes de Estado, casos impunes, etc. En el prólogo a su segunda edición, titulada Con/dolerse, la autora escribe: Me gustaría que este libro no existiera. Y qué extraño, y qué justo, iniciar un libro deseando su desaparición. Porque los textos de las ediciones son textos que parten de un país lleno de llagas y úlceras que supuran; textos que se duelen y lloran y gritan de tantos balazos. No son los textos que uno quisiera leer, mucho menos [re]escribir, pero este mundo [que es el mío] nos lo exige.  Iniciar un texto deseando su desaparición, ¿cuando se terminó la película hollywoodense que imaginaba?

En el capítulo titulado Los sufrientes, hay un poema titulado La Reclamante, mismo que da nombre a esta columna. El poema está escrito en tres tipos de letra:  redonda, negrita y cursiva; al final de éste hay una leyenda que reza * Textos de Luz María Dávila, Ramón López Velarde, Sandra Rodríguez Nieto y Cristina Rivera Garza. El poema arranca:

Discúlpeme, Señor Presidente, pero no le doy 

la mano 

usted no es mi amigo. Yo 

no le puedo dar la bienvenida 

Usted no es bienvenido 

nadie lo es.

Luz María Dávila, Villas de Salvárcar, madre de Marcos 

y José Luis Piña Dávila de 19 y 17 años de edad.

Los versos en negritas corresponden al reclamo a Felipe Calderón hecho por Luz María Dávila [jueves 11 de febrero de 2010], madre de dos jóvenes que murieron asesinados, como otras 13 personas, en Villas de Salvárcar, el 30 de enero del 2010, mientras estaban en una fiesta. En este poema, Rivera Garza toma lo dicho por Luz María Dávila, lo versifica, lo teje con la nota periodística de Sandra Rodríguez Nieto, palabras de Ramón López Velarde y su propia voz poética; en ejercicio de reescritura en el que la autora juega con los signos de dos textos y [re] construye, no sólo el reclamo, sino también la masacre contra estudiantes de bachillerato y Universidad; así, texto y suceso, se repite una, y otra, y otra, y otra vez [No es justo/ mis muchachitos estaban en una fiesta/ y los mataron.].

Al leerlo, sabemos, por las diferencia tipográficas y las voces poéticas, cuáles son las intervenciones de la periodista Sandra Rodríguez Nieto, Luz  María Dávila, incluso distinguimos la voz de Rivera Garza, pero, ¿y López Velarde? 

se están cometiendo muchas cosas y nadie hace algo. 

Y yo sólo quiero que se haga 

justicia, y no sólo para mis dos niños 

los difuntos remordidos, los fulmíneos masacrados, los 

fúlgidos perdidos 

sino para todos. Justicia. 

Cristina Rivera Garza toma las palabras resaltadas en amarillo de varios poemas escritos por López Velarde, en los que, por ejemplo, manifiesta:  “me hundo en la ternura remordida de un padre/ que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.” (López Velarde, “Mi corazón se amerita) ó “En el bosque de amor, soy cazador furtivo;/ te acecho entre dormidos y tupidos follajes,/ como se/ acecha una ave fúlgida; y de estos viajes/ por la espesura, traigo a mi aislamiento/ el más fúlgido de los plumajes:/ el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.” (López Velarde, “Mancha púrpura”); durante todo el poema, la autora toma palabras de diferentes poemas del poeta modernista y reconfigura el campo semántico en que se inscriben estas palabras.

En el texto “El entre-lugar del discurso Latinoamericano”, Silvano Santiago habla de estas reescrituras como una transgresión latinoamericana, pues, aunque pudiera parecer un ejercicio de subordinación, en el que el autor toma un modelo de organización para la construcción de una obra ejercido por una cultura dominante, este modelo sólo se va a encargar de organizar. El escritor larinoamericano, sin embargo, transita “entre el sacrificio y el juego, entre la prisión y la transgresión, entre la sumisión al código y a la agresión, entre la obediencia y la rebelión, entre  la asimilación y la expresión”. Entre, una frontera, un espacio en el que se desarrolla un “ritual antropofágico de la literatura latinoamericana”, un ejercicio de apropiación.

Ordenar el discurso doloroso que profiere una madre frente a Felipe Calderón, presidente de la República (2006-2012) con ayuda de una nota periodística y poemas de Ramón López Velarde no sólo es un ejercicio de apropiación textual, es, también, una apropiación del contexto que choca con ese mensaje necropolítico en el que la autora llega a lugares, como la violencia del narcotráfico y la impunidad sistemática con la que se cubre el Estado, para hablar desde una nueva forma desde nuevas escrituras, que, según Santiago:   

“(…) en lugar de tranquilizar al lector, de garantizarle su lugar de cliente que paga en la sociedad burguesa, lo despierta, lo transforma, lo radicaliza y sirve finalmente para acelerar el proceso de expresión de la propia experiencia. En otros términos, invita a la praxis” (Silvano Santiago, 1971; pp72)

3. [Des] habitar el espacio

Todo empieza con la primera persona del singular. Cuando uno se deshace de esa morbosidad asquerosa y recuerda la escena doméstica que se desarrollaba mientras la televisión anunciaba la aparición de cuerpos masacrados, cuerpos perforados con violencia para enviar un mensaje de sumisión y resignación a las condiciones en las que vivimos; se germina un rechazo tremendo ante los gerundios que indican acciones sucediendo: mientras mi hermana se está arreglando para ir a la escuela [en Villas de Salvárcar, el ejército tirando balazos a una casa llena de estudiantes de prepa y universidad], mamá está lavando trastes [Luz María Dávila reclamando justicia, no sólo para sus dos niños, sino para todos. Justicia.]. 

“La Reclamante” es un poema que compromete el campo semántico de López Velarde y lo aterriza a un contexto cruel: en vez de una ternura remordida, están los remordidos difuntos que fueron acribillados sin razón alguna y acusados de ser pandilleros, no tienen justicia ni descanso, masticados reiteradamente por un Estado criminal. Un reclamo de una madre al presidente, sí, pero también un reclamo de la autora al Estado, en el que se enuncia, desde un texto colectivo, para perforar el silencio al que hemos sido sometidos. Reescribe y configura el texto para rechazar el contexto sociopolítico y crear un espacio textual en el que confluyen voces que se duelen y reclaman justicia en un país invadido por el miedo.  

La reescritura poética, dice Leónidas Lamborghini, proviene de la intertextualidad. Al final, tenemos como resultado un espacio textual en el que se mezclan enunciados, se reordenan palabras y se cruzan las voces. Cristina Rivera Garza convierte un reclamo doloroso, varios poemas de López Veelarde y una nota periodística, en un testimonio, un poema sobre violencia, impunidad y dolor se convierte en axioma. La individualidad del oficio de escribir se dinamita y la primera persona del singular [Yo no le puedo dar la bienvenida] se transfigura a medida que es leído.“¿Qué textos aceptaría yo escribir (reescribir), desear, afirmar como una fuerza en este mundo que es el mío?”, pregunta Roland Barthes. En esta interrogante, llama mi atención el término aceptaría por su gran distancia con el verbo gustar; lo respondo desde el país en el que nací: textos en los que, como lectores, nos veamos obligados a Encarar, espetar, reclamar, echar en cara, demandar, exigir, requerir, reivindicar.


Dalila R. Tienda

(1999) Estudiante de la Licenciatura en Letras Españolas. 

Piensa a la escritura como un ejercicio de rebeldía y a la literatura como una protesta más en contra de la realidad y las narrativas impuestas. Existe por las mujeres que la preceden y, al escuchar sus historias, va construyendo su cuerpo colectivo.


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Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Un comentario en “La reclamante | La [re] escritura poética en Cristina Rivera Garza: [des] habitar el espacio

  1. Cuando por primera vez leí acerca de la reclamante, se me hacía irreal la historia que retrataba; principalmente por que sentía que era una de esas cosas, que al estar viva cuando sucedieron, debería poder recordar. Lo cierto era que también era muy chica cuando pasó pero el tener los vídeos de ese acontecimiento y luego la escritura lirica le dan bastante fuerza a algo que en un inicio se siente irreal.

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