El amor no se ha ausentado en mis letras
no se puede leer.
Todo tiene un porqué y ésta no es la respuesta
el amor transforma y mutila
¿Porque debe ser así?
no se puede explicar
sólo inventarse en formas y lugares
es así donde se le da asilo a
mariposas en el estómago.
Se puede sentir y
no siempre expresar
"te quieros"
hasta lo más alto de la cumbre
sin derrumbarse con la primera brisa matinal.
Incomprensible para leer que se siente mejor deletrearlo,
escribirlo es una primicia en abandono del último suspiro en pasado meridiano
parámetro constante de un despertar sin poder aterrizar.
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempreen la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002). Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía) Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.
Cuando la señora Lupita entra a la oficina no sé si saludarla de mano, de beso o de abrazo. No me gusta el contacto físico con gente desconocida- ni conocida- y además, la pandemia está de por medio. Opto por ponerme de pie y saludarla. Le estoy sonriendo aunque con el cubrebocas ella no puede verlo.
La señora Lupita debe tener unos sesenta años, no es alta, viene con un vestido blanco y negro y el cabello amarrado en una coleta. Fernanda Lazo, la presidenta de Corazones Mágicos*, nos presenta y nos deja solas para que podamos iniciar la entrevista.
Lo primero que hago es explicarle de que va mi investigación. Le cuento que yo también soy sobreviviente de abuso sexual, que por eso es que quiero hacer un reportaje. Un trabajo periodístico que no se centre en explicar la cifra de 4.5 millones de niños y niñas abusadas al año o en la sintomatología del abuso. Algo que no se centre en el horror, sino en la esperanza. Ella asiente y entonces, yo procedo a preguntarle.
⸺Fernanda me decía que fueron sus nietos los que pasaron por el abuso. ¿Me puede contar de ellos?
⸺Son seis, cinco mujeres y un varón. Fueron abusados desde que nacieron, yo obviamente no sabía nada.
Me pregunto si la señora Lupita, como yo, tiene un speech preparado para cuando va hablar de esto. Si ya sabe qué contar y de qué forma hacerlo para que no le duela. Si lo ha repasado tantas veces para evitar que la voz se le quiebre. Yo, en mi papel de “periodista” no lloré con su historia, pero ahora que la escribo, casi no puedo ver por las lágrimas.
La señora Lupita me contó la historia de una mujer muy poderosa que es ama de casa, mamá, abuela y red de apoyo de seis sobrevivientes de abuso sexual infantil. Todo comenzó un día que su hija le llevó a sus nietos y nunca más regresó por ellos. La señora Lupita entregó a los niños al siguiente responsable: su papá, del que ella no sabía ni sospechaba que también era su agresor. Él era alcohólico, así que ella en su papel de abuela le exigió que ya no tomara y se dedicará a cuidar de los niños, mientras su mamá volvía.
Una tarde los niños fueron a visitarla y ya no querían regresar a casa. Le decían que su papá no los quería, pero no lograban romper el silencio. “Él los dominaba con la mirada, los veía y ellos ya no decían nada”. Después de esa tarde, el progenitor de los niños no dejó que la señora Lupita los viera durante varias semanas.
En ese tiempo, los niños dejaron de acudir a la escuela hasta que un citatorio obligó al padre a no descuidar su educación y a permitir que visitaran a su abuela los fines de semana.
Fue un domingo cuando una de sus nietas se acercó a ella y le contó lo que su padre le hacía. En un primer momento, la señora Lupita pensó que solo era ella víctima de la agresión, pues los demás continuaban en silencio.
A partir de ese momento, comenzó la misión de rescatar a sus nietos. Lo primero fue sacarlos de aquella casa, proceso que tardó bastante. Fueron uno a uno saliendo del cautiverio, enfermos, mal alimentados, agredidos, y sobre todo, aterrados. El miedo a que su agresor tomara represalias contra ellos no los dejaba dormir ni jugar.
Levantaron la denuncia correspondiente en el Instituto de la Mujer y ahí los canalizaron a Corazones Mágicos. “Cuando llegamos aquí fue cuando pude respirar, aquí empezaron con la terapia”. En ese punto, la nieta mayor tenía tan solo siete años. Los niños fueron atendidos por los terapeutas de la asociación.
La señora Lupita, junto a su esposo se tuvieron que hacer cargo de los seis niños y cambiar por completo su dinámica familiar con el objetivo de hacer que ellos se sintieran cómodos, protegidos y amados.
El primer cambio que hubo fue en el trato que les daba la señora Lupita, “yo los veía y decía ‘pobrecitos’ y es lo peor que puedes hacerles”. La señora Lupita tendía a llorar a solas, escondida en alguna parte de la casa, pensando en todo lo que sus nietos habían tenido que sufrir. La rehabilitación duró alrededor de seis años, ella también fue atendida psicológicamente durante ese tiempo. “Me costó mucho dejar de consentirlos, porque yo soy abuela, no estoy para educarlos, pero acepté tenerlos conmigo y lo voy a hacer bien”.
El segundo cambio fue hacer reglas. Reglas para la convivencia de la casa, pero más importante, reglas para que aprendan a conocer su cuerpo, a respetarlo, cuidarlo, sanarlo. Quitarles la culpa fue una de las tareas más importantes y difíciles, así como el enseñarles que pueden vivir sin miedo, que están seguros y que nadie los lastimará otra vez.
A casi dos años de que la última de las niñas fue dada de alta, la señora Lupita sonríe y afirma que “no lo van a olvidar, nunca, pero sí van a saber cómo controlar sus emociones, cómo controlar el miedo, van a poder ver los peligros. Ahora sí que así nos tocó y solo hay que echarle para adelante, porque para qué mirar atrás”.
La señora Lupita me cuenta que ella es feliz cuando los ve cantar y bailar, que la crianza de sus nietos ha sido compleja, pero hermosa. Me dice que en la escuela algunos van más adelante que otros. Ella siempre les dice que sí pueden, les recuerda lo inteligentes que son. “Nos costó trabajo, pero estamos saliendo adelante”.
⸺¿Y el caso procedió legalmente?
⸺Ay, la denuncia.
La señora Lupita suspira y su mirada pierde la alegría. La denuncia procedió. Hace más de un año que lo sentenciaron a 15 años de prisión. Y él mete amparos. Uno tras otro y el proceso de los amparos dura 6 meses. “Al principio yo lloraba porque cómo es posible que todo lo que hizo y no hagan nada, pero llegó el momento en que entendí que yo me debo de cuidar y no desgastar en eso. Si yo no estoy bien, ¿quién cuida a mis niños? ¿Quién va a querer seis niños? Yo debo estar bien para que ellos también lo estén”.
“A veces se desesperan, se cansan, algunos han tenido recaídas, pero yo siempre les digo que van a tener su recompensa, que van a ser felices, libres, que les llegará su premio por todo lo que hacen. Y ahí vamos”.
Cuando me despido de la señora Lupita, quisiera que la pandemia no me impidiera abrazarla, porque es lo menos que se merece. Un abrazo para agradecerle que les haya creído, que los refugie, que los ame, los cuide, los sostenga.
*Corazones Mágicos es un asociación dedicada a la prevención y rehabilitación de víctimas de abuso sexual infantil. Se ubica en la ciudad de Querétaro.
María José Soto nació la noche lluviosa del 29 de junio de 2001, en Querétaro, México. Es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina de ballet y feminista. En lo literario, ha publicado sus cuentos en espacios digitales como Especulativas, La Coyol y Las Sin Sostén; en lo periodístico, su trabajo se puede encontrar en Tribuna de Querétaro (Dossier del 8 de marzo 2021), Notas Sin Pauta y su columna Escribir para Resistir en La Coyol Revista.
Por siempre recordaré el sonido sordo de las hojas al caer sobre el asfalto. La música del silencio que sobreviene al acercarse el otoño en la ciudad. El amarillento crujir de un millón de mudanzas a la vez; la metamorfosis constante de ver a las plantas perecer.
Cuando era niña, me gustaba contar las baldosas al caminar:
Una, dos, tres…
Cuatro, cinco, seis…
Era como si al nombrarlas un pedazo de la ciudad me perteneciera, aunque fuera por tan sólo un segundo.
Tal vez siempre he estado enamorada de lo efímero, fascinada por la fugacidad de una caída prevista. El descender teñido de amarillo, mil soles que explotan en mis oídos.
Amarillo y no dorado, amarillo como el atardecer visto desde un edificio. Del mismo color que un semáforo cuando te dice que tengas cuidado. El amarillo no es la parálisis del rojo, ni la alegría vivaz del verde. El amarillo es un tiempo de espera, un elogio a la paciencia. Fascinante como las pausas, como los intermedios en donde se encuentra la verdadera vida.
Fue en uno de estos amarillos días que me conocí. Ahí, en medio de un millar de hojas desvanecidas, junto a la banqueta de un parque, con un perro y un asiento de paso. Me detuve, al final de otra más de mis jornadas, contemplando que yo existía a pesar y por ese color, por el color de los crisantemos y los dientes de león.
Como si me tratara de una achicoria amarga, el viento acariciaba mis cabellos (que no son dorados) como pidiendo un deseo a los susurros de la vida. Callada, escuchaba la música del silencio atravesar mi cuerpo y desgranarme una espora a la vez.
Antes había creído que me trataba de un girasol, pero las equivocaciones son parte del ser humana. Los girasoles, a diferencia de mi ser, no se desvanecen sino que se secan cuando se cumple el ciclo de su existencia.
Yo, con la habilidad de desgranarme en cientos de partículas que compartían y conformaban mi identidad.
Yo, la única múltiple y repetible que el viento acariciaba para repartir como semillas que contienen la esperanza de crecer.
Nunca fui un girasol, ahora lo sé.
Porque los girasoles levantan la cabeza buscándolo a él. Los girasoles toman su nombre del mismo astro y su existencia se basa en un seguir acompañado.
Los girasoles, con todo su esplendor y popularidad, llegan a pecar de ingenuidad.
Los dientes de león no.
Los dientes de león nos desgranamos sin más razón que los deseos y anhelos de la naturaleza. Nos repartimos con la esperanza de resurgir para volvernos a quemar en un millón de piezas placenteras.
Aunque es verdad que nadie elige ser diente de león o no.
Entonces allí me encontraba, sentada o parada con los cabellos sueltos y una bufanda rojiza con caramelo cubriendo mi garganta. Por fuera, yo no era amarilla.
Por fuera, era de mil colores y de ninguno a la vez. Mi exterior camaleónico como la ciudad que me envolvía en edificios de cristal cual noche estrellada interminablemente diurna.
Pero en mi interior, yo quería ser tan solo amarillo.
Amarillo, amarillento, como el líquido de las tazas de café más virgen que pueda existir.
Amarillo que para muchos es enfermedad o locura, pero no para mí.
Porque cuando nací, mi madre me cubrió en una manta de este mismo color que ella había bordado y tejido desde el inicio de mi concepción.
Cuando crecía, el amarillo me iba persiguiendo, solo que yo no lograba escucharlo embelesada por el ruido de mi existir hasta ese momento.
¿Por qué no podía ser amarillo también el mar, que es siempre tan femenino?
El océano que se revuelve en su interior en ciclos que no tienen finitud pero que cambian constantemente su curso con el viento.
El mar también es un diente de león aunque no lo sepa.
Por eso, puedo decir que me conocí en una tarde amarillenta en un parque cualquiera. Y cuando pasó, el mundo seguía girando, los perros ladrando, los gatos caminando, la gente bebía café y los niños pedían paletas cuando las niñas jugaban en interminables resbaladillas de plástico y amarillas.
Así, finalmente, comprendí la diferencia entre un girasol y un diente de león.
Arizbell Morel Díaz
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora. También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen. Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021) y “Barista” (2021).
Las películas de terror son tan bastas en temas y subgéneros que resulta extraño que tengamos tan identificados los clichés y lugares comunes. Cuando comienza una película, donde los protagonistas resultan ser un grupo de adolescentes podemos etiquetarlos y predecir casi siempre con éxito aquellos que llegarán al final o en todo caso sobrevivirán.
En cada grupo podemos identificar al atleta engreído y su novia demasiado hermosa y ciertamente superficial, que a lo largo de la trama no pensaran en otra cosa que, en tener sexo. El extranjero (latino, asiático, afroamericano, etc.) que en su mayoría es el amigo del atleta (puede ser el adicto o este puede derivarse a otro personaje secundario), el chico un poco listo o el que se cree más gracioso de lo que en realidad es, este personaje se puede dividir en dos diferentes.
En muchos casos existe el chico que se vuelve un punto medio, casi siempre menos engreído que el atleta, atractivo y en la mayoría de las ocasiones su novia es la chica final, aquel ser virginal e inocente que contra todo pronostico logra llegar al final, sorteando al asesino con su ingenio.
Resulta extraño pensar que las películas de terror tengan mensajes que podamos tachar de moralizantes, pero al analizar aquellos personajes que mueren de maneras más brutales y con mayor rapidez, es imposible no notar ciertos patrones y subtextos.
En películas como viernes trece, la casa de cera o la masacre de Texas, los primeros en morir son la pareja atractiva y sexualmente activa que decide dar rienda suelta a sus deseos, solo para encontrar la muerte. Pareciera casi como una advertencia de que el sexo premarital es “malo” pues si se quiere llegar al final de la cinta debe ser evitado.
Viernes trece lo lleva un paso más allá al plantear la idea de que un grupo de adolescentes estaban ocupados teniendo sexo y drogándose. Descuidando al pequeño Jason que muere, llevando a su madre a un estado de locura vengativa y posteriormente dando inicio al icónico asesino de la máscara de hockey. En estas películas es común que aquella chica que decide abstenerse de tener sexo o probar drogas sea una de las ultimas en enfrentarse al asesino o en todo caso sea la única sobreviviente.
Lo que lleva al segundo punto moralizante, el uso de drogas, incluso aquellas como la mariguana harán que aquellos que la consuman mueran más rápido. En los remakes de viernes trece y masacre en Texas, es el amigo más desesperado por consumir uno de los blancos más fáciles, pues cuando este busque un lugar solitario para fumar seguramente encontrara su muerte, en la mayoría de los casos solo aquellos que se ciñen a las reglas morales son los que tienen una mínima oportunidad de salvarse.
Es extraño pero esta fórmula, que se siente ya, bastante gastada es una de las más comunes en el genero de terror. Si el cine con sus historias tiene esa extraña facultad de inspirarnos, cambiarnos y en su proceso hacernos me pregunto, ¿Cuántas personas cayeron, de manera inconsciente, en el extraño discurso moralista de las películas de terror? Que aún sin haber un asesino alrededor reprimieron sus impulsos y se negaron experiencias con la esperanza de ser la chica final, aquella que el asesino no llega a matar.
Hay días en los que el mundo parece ir más de prisa
Hay días en los que el recuerdo de lo que no fue ni será
Cae con fuerza aplastante que condena nuestra levedad.
Hay días en lo que nada importa, todo parece ser siempre igual.
Pero también hay días en los que el sol brilla con fuerza
Y bailamos cuando la música suena solo en nuestra cabeza
Hay días que queremos terminen apenas empiezan
Y otros que deseamos no tengan final.
Querida yo;
No sé a qué quiero llegar con las notas que hoy escribo,
¿De qué te hablo si ya lo sabes todo de mí?
Sabes que el oasis es un estado tan pasajero como la tempestad.
Sabes que no debes dejar pasar la vida en la espera no saber qué esperar.
Querida yo;
Al final no sabemos qué pasará mañana
Puede que el viento se lleve la tristeza
O puede que seamos una con la sal del mar.
Querida yo;
Somos matices de luces y sombras,
Con días grises que nos hacen amar el sol
Y días soleados que nos hacen extrañar la lluvia.
La vida es tormentosamente contraria,
Pero, querida yo, la tristeza no se quedará toda la vida
Abrázala hoy porque tal vez mañana de paso a la alegría.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
El jardín de mamá parecía estar desahuciado, hasta la hierba que crece sola cuando nadie la mira se rehusaba a estar ahí. El jardín de mamá parecía querer las manos de todos menos las suyas.
Pero mamá, con su infinita paciencia y terquedad, se aferró a la idea de convertirse en señora de las plantas como su madrina que de niña le decía que las mujeres necesitaban tener siempre plantas como amigas con quien platicar.
Un día desperté viendo la casa más verde: había plantas y flores y tomateras que crecieron de semillas olvidadas en una cubeta. Las había en el patio, en las escaleras, en el balcón que da a la calle. El jardín de mamá se convirtió en un reflejo de su alma que siempre busca dar a los demás.
El jardín de mamá comenzó a extenderse más allá de los límites de la casa: compartir y recibir fue el secreto para cultivar amistades además de plantas.
Mamá necesitó de una pandemia y cirugía en su rodilla izquierda para volver a conectar con ellas. La veía desfilar por las mañanas arrastrando costales de tierra, cambiando fertilizantes, cortando, podando y moviendo flores de lugar. La escuchaba hablar con ellas a todas horas preguntándoles si estaban bien, si necesitaban agua, sol o sombra; comenzó una rutina de cantarles su repertorio de Pimpinela, JoséJosé y demás.
Por las tardes, cuando el ocaso pinta de dorado el patio de la casa, el jardín de mamá cobra vida inundándose de olores florales y sonidos de grillos y sapos. El jardín es vida y en sus retoños crecen flores alimentadas de los recuerdos de mi madre, de la madre de mi madre, de su madrina, de todas las mujeres que tocaron su vida porque el jardín de mamá es ella y es todas.
Mientras las flores y plantas de mamá crecían vi algo en ella cambiar, parecía como si junto con las flores ella hubiera renacido, aprendido, ¿aprendido qué? No sé, tal vez a soltar sus hojas en otoño, reposar en invierno y volver con más fuerza durante la primavera, con más color durante el verano. Mamá aprendió y yo aprendí de verla: somos plantas que necesitan agua, tierra fertilizada, baños de sol y periodos de sombra. Necesitamos manos amorosas que nos alimenten y acompañen a fortalecer las raíces para crecer.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Muñeca de sololoy es una expresión que tengo muy presente en mis recuerdos de infancia y que fue utilizado por mi tía de vez en cuando para acordarse de mi nacimiento sin embargo conforme fui creciendo esa expresión me daba a entender otros significados como el que debía actuar de manera «correcta y bien portada pero con todo y esa confusión veía como lo vizcaíno de mi tía se mostraba confeccionando un vestido para una muñeca con tanta devoción que en su propia religión lo reducía a silencio. De mi parte la observación pasaba más allá de lo coherente en cuestionamientos del porqué la cuidaba con devoción. Fue hasta veinte años más tarde que supe la historia de la misma expresión con todo y dicho juguete, era una muñeca de sololoy. Un juguete que llegó a México de Estados Unidos entre los años 1920 a 1979 fabricado para la niñez de ese entonces la cuál fue aceptada con mucho éxito por la maleabilidad y calidad de dicho producto a base de celulosa que funcionó como sustituto del marfil aunque muy costoso que fue lo que contribuyó a que dejaran de utilizarlo sustituyéndolo por el plástico.
Muñeca de sololoy
Fue coincidencia que tuviera una en casa que por cierto tiene un historia particular siendo la propietaria mi madre como regalo de mi tía de gran costo y difícil adquisición y es por eso que ella le tenía aprecio. Aquí les menciono partes de sus características : tiene un olor particular qué no es del plástico convencional al de los muñecos que me tocó tener en mi infancia pues es edición ya única , todas sus extremidades tiene una movilidad de fácil manipulación y sus ojos se tornan hermosos con grandes pestañas , su color apiñonado de tez similar a la piel humana y de delicado diseño en sus facciones en general como uñas, dedos, rodillas y cabello.
Pasando al término «sololoy» este no se encuentra en el diccionario de la RAE debido a que ‘celluloid’ era originalmente el termino inglés del material de fabricación del juguete el cual sufrió una transliteración a sololoy por lo que así fue nombrado por la población y mediante la expresión «muñeca de sololoy» se ocupó para referirse a la belleza de las niñas de aspecto delicado como un poema lleno de cariño obviamente tenía mucha relación con el juguete. De ahí el origen de mis recuerdos. Me viene a la mente el como una expresión puede confundir a un individuo al crecer y formar su propio criterio dando pie a la mal interpretación que ahonda finalmente a inseguridades propias de cada persona pues mi pensamiento eso era. No había nada turbio en esa expresión sólo una historia propia, cariño, una frase llena de mucha cultura popular y de un feminismo inmerso sin descubrir puesto que siempre he pensado que las mujeres no somos muñecas y ni me gustan. Por lo que chicas siempre hay que romper esquemas con nuestra historia, criterio y libertad.
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempreen la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002). Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía) Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.
Con el Día de muertos, los mercados, las calles y las casas se llenan de flores, velas y música. Entre esos sonidos que nos dan identidad está la canción “La bruja”. Parte leyenda, parte improvisación, está grabada en nuestras memorias como huella no sólo de una festividad, sino de la tradición que recoge.
Este son jarocho, por su carácter oral, presenta muchas versiones, gracias a que su forma permite que los músicos improvisen. Versiones de Eugenia León, Lila Downs, Son de Madera, Los Utrera, Tlen Huicani, Chavela Vargas o Los Vega pueden escucharse no sólo en México, sino en todo el mundo, puesto que al formar parte del soundtrack de la película Frida, protagonizada por Salma Hayek en 2002, cobró fama internacional.
Y no sólo es famosa la canción, también el baile que la acompaña. Las mujeres, vestidas con el tradicional atuendo blanco veracruzano, zapatean con una vela encendida en la cabeza, mientras el arpa, el requinto y la jarana las acompaña marcándoles el paso. Es una verdadera demostración del dominio del baile florklórico.
Esta combinación de música y zapateado, junto con tarima, forman lo que la antropóloga Amparo Sevilla define como fandango. Una fiesta popular en la que se interpretan muchos sones conocidos con espacio a improvisaciones ya que el fin último es la convivencia de la comunidad para compartir la música, el baile, la charla, etc.
La letra en sí, tiene un velo de misterio en el que se esconde la leyenda de la figura de la bruja y guiños a temas eróticos. Habla de una mujer que chupa sangre para vivir, por lo tanto, tiene esa función inicial de advertir sobre los peligros no sólo a niños, también a adultos. Por otro lado, hay interpretaciones que sugieren que es una metáfora de mujeres cuya intensión es dar rienda suelta a sus deseos sexuales ocultos, por lo que buscan a sus presas, hombres solos, para obtener lograr su objetivo.
Para muestra, les comparto algunos fragmentos de distintas versiones. La primera es de Daniel Zanes y es la que formó parte de la película Frida. En esta es más clara la insinuación de carácter sexual, puesto que la bruja se acerca a su víctima a manera de seducción.
Me agarra la bruja, me lleva al cuartel
me vuelve maceta, me da de comer
Me agarra la bruja, me lleva al cerrito
me sienta en sus piernas, me da de besitos.
La segunda es de Eugenia León, que en una variación agrega el sentido místico que rodea al personaje de la bruja y que se acerca más a un ser fantástico del que hay que cuidarse.
¡Ay! me espanto una mujer en medio del mar salado
en medio del mar salado ¡Ay me espantó una mujer, Ay mamá!
porque no quería creer lo que me habían contado
lo de arriba era mujer y lo de abajo pescado ¡Ay mamá!
Cada versión aporta al significado general, que más que una canción para bailar, es ya una leyenda. Canciones como esta, además de que nos advierten sobre los peligros que acechan en la noche y nos enseñan sobre el bien y el mal, nos acompañan, nos dan identidad e inundan nuestras memorias para recordarnos de qué estamos hechos. De historias, mitos, misterio, magia, doble sentido, sueños y ritmo.
También dejan ver la importancia de todos los conocimientos e historias que se transmiten de manera oral, y que, aunque probablemente se originan en comunidades más tradicionales, al final permean al imaginario colectivo y terminan siendo una muestra de nuestra riqueza cultural.
Así que más vale hacer caso a estos consejos y no salir en la noche, a menos que tu deseo sea toparte con la bruja. Si es así, ya contaremos, en una versión nueva, jarana en mano, qué tanto nos hizo la bruja.
«Creo que será verdaderamente glorioso cuando las mujeres sean personas realmente auténticas y tengan todo el mundo abierto a ellas.»
Karen Blixen
La historia detrás del libro, desde sus inicios por medio de los códices o libros pintados –de acuerdo a cada cultura–,1 hasta la llegada del libro impreso, gracias a la invención de la imprenta, ha sido tema de suma importancia dentro de los estudios historiográficos. Críticos como Tomás Granados o Gregorio Weinberg, recuerdan a: Juan Cromberger, Giovanni Paoli (más tarde sería conocido como Juan Pablos), Pedro Ocharte y Bernardo Calderón; figuras insignes en el medio de la impresión en Hispanoamérica. Sin embargo, la cuestión que motiva el presente estudio es: ¿dónde están las mujeres en la historia del libro? Poco se escucha hablar de ellas, dado que, su labor y conocimiento se ha visto ofuscado a causa de la relevancia que se les ha brindado a los hombres. Es momento de esclarecer y reconocer el trabajo de las impresoras establecidas en México y España durante el periodo virreinal.
Si bien, la imprenta innovó la manera de transmitir conocimiento –primero en Europa y más tarde en el resto del mundo–, en un principio se creía que no podría llegar a tener la importancia que adquirió con el paso de los años. Debido a la escasez de información convincente, la historiografía sugiere situar la llegada de la imprenta a México en 1539, año en el que se tiene registro de la primera obra impresa: Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana,2 autoría del obispo Juan de Zumárraga y salida de las prensas de Juan Pablos.
Con el tiempo, diversos impresores decidieron establecer sus imprentas, ya que era muy común que familias enteras se dedicaran a la impresión es posible que cada uno de los integrantes tuvieran conocimientos, amplios o específicos, sobre las tareas a realizar dentro de los talleres de impresión. Al mencionar “familias enteras” implica también la participación de las mujeres, y a pesar de que muchas de ellas intervinieron en las labores del oficio se cuentan con muy pocos registros que consideren su trabajo de impresoras, puesto que los bibliógrafos e historiadores han ignorado completamente su presencia en los talleres tipográficos, como ya lo ha señalado Marina Garone Gravier y Albert Corbeto López (2011, p.104).
Resulta crucial aclarar dos aspectos, en primer lugar la expresión “impresoras” abarca una gran cantidad de tareas desempeñadas en los talleres de impresión, realmente no se poseen datos exactos que confirmen la intervención directa de las mujeres en cuanto al funcionamiento de las prensas, en cambio se cuenta con material que confirma su contribución económica e intelectual. Incluso, como es el caso de Isabel de Basilea, –una de las primeras mujeres en el arte de la tipografía en España–, además de las muchas otras tareas que realizaba en su taller, también se dedicaba a la elaboración de tinta para la imprenta.3
Por su parte, no se aceptaba la idea de incluir a la mujer dentro del campo educativo, pero no es sino hasta el siglo XVI que se le contempla dentro de las actividades literarias, no obstante, estas serían limitadas, principalmente porque sólo se tomaban en cuenta las mujeres de familias acomodadas; por otro lado estaban asignadas a la sola tarea de la lectura, más no al de la escritura. Además, sus lecturas estaban confinadas al dominio religioso y del entretenimiento, a manera de fortalecer su espiritualidad, conservarlas y restringirlas dentro del espacio privado o doméstico, para evitar el descuido de sus hogares. Sin embargo, se tiene información de mujeres inmersas en el trabajo de impresión desde el siglo XV.
Durante el periodo existió una gran tendencia a establecer los talleres tipográficos en las casas de las familias que se dedicaban a la impresión y de no ser así, por lo menos no estaban muy alejados de sus domicilios, lo que permitía que las mujeres estuvieran activas a las tareas requeridas por la imprenta sin que sus labores domésticas se vieran descuidadas. Muchas de estas mujeres estuvieron en constante contacto con las labores tipográficas desde que eran pequeñas, si bien muchas heredaron los negocios de sus maridos, otras más crecieron en familias expertas en el oficio y heredaron los talleres de sus padres.
Figura 1. Jerónima Galés fue esposa del impresor Juan Mey, al enviudar –en 1555–, se encargó de la dirección de la imprenta, por lo que los colofones se imprimían con la leyenda: Viuda de Juan Mey. Posteriormente, contrajo nupcias con Pedro Huete, a pesar de ello continuó con el cargo principal dentro de la imprenta, así como también siguió firmando como viuda de su primer marido. (La imagen fue tomada de la página digital de la Biblioteca Nacional de España).
Como ya se menciona, el campo laboral de las impresoras era muy amplio, se dedicaban a la encuadernación, la ilustración, incluso se cuentan con algunos prólogos realizados por ellas. Es el caso de Jerónima Galés, mujer que poseía un amplio bagaje cultural y que intervino arduamente en la dirección de su imprenta en Valencia y de la cual salieron obras de suma importancia como Crónica del Rey En Jaume, impresa aproximadamente en 1557, dicho libro fue considerado “uno de los modelos más perfectos y magníficos de la tipografía del siglo XVI.” (Garone, 2011, p.111). Asimismo, de ella se conoce un prólogo de un libro; como también un soneto que publicó en los preliminares de la obra El libro de las historias del autor Pulo Jovio. (Figura 1)
Ahora bien, otra situación recurrente en cada una de las impresoras era que la mayoría firmaban como “Viuda de…”, “Taller de la viuda de…”, “Herederos de…”, y eran inusitados los casos en que las impresoras firmaban con su nombre propio, probablemente estaría relacionado con la importancia de mantener el nombre de sus maridos para obtener un mayor reconocimiento en las relaciones comerciales. No obstante, la crítica también ha sugerido que puede deberse a las condiciones sociales en las que se colocaba a las mujeres durante el Antiguo Régimen.
María de Sansoric o Sansores, es un ejemplo de las impresoras que tuvo complicaciones en el ámbito tipográfico debido a su condición de mujer. Se considera que lideró la imprenta de su marido Pedro Ocharte (tercer impresor en Nueva España) en dos periodos: el primero fue en 1572, cuando este junto con Juan Ortiz fue encarcelado durante dos años debido a que la Inquisición los acusó de luteranismo. Posteriormente, en 1592 a causa de la muerte de Ocharte, María de Sansoric vuelve a estar al frente de la imprenta. Se conoce una carta del primero de marzo de 1572, redactada por Diego Sansores –hermano de María de Sansoric y quién la habría apoyado a sustentar la imprenta durante la ausencia de su cuñado–, en la cual, dirigiéndose al inquisidor solicita su apoyo para intimidar a los negros que ayudaban en la imprenta, justificó su petición con lo siguiente: “porque como ven a mi hermana sola, se dan poco por ella por ser mujer.” (Cit. por Marina Garone Gravier, 2006, p.8. El resaltado es mío).
En cuanto a las pocas mujeres de las que aparece su nombre en los colofones de los impresos salidos de sus prensas se encuentra: María de Quiñones, de la cual se tiene un registro de doscientas obras impresas en su taller, entre ellas destaca la primera edición del Quijote (1605), entre otras obras de Miguel de Cervantes. En un principio aparecía el nombre de su esposo Juan de la Cuesta; sin embargo se considera que la participación de su marido fue muy breve, ya que pronto –a finales de1607–, renunció a la dirección de la imprenta y salió de la ciudad; a pesar de ello, su nombre siguió imprimiéndose en los colofones hasta 1627. Más tarde, en 1633 es cuando comenzó a aparecer el nombre de María de Quiñones hasta 1666, tres años antes de su muerte. De igual manera es importante reconocer a María Ramírez, pero su nombre solo se verá en Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras, impreso en 1600, de ahí en adelante firmó como viuda de Juan Gracián.
Paula de Benavides, quien junto con su marido Bernardo Calderón fundó la dinastía de impresores más conocida en México: los Calderón-Benavides, que más tarde, con el matrimonio de María de Benavides –hija de Paula de Benavides y Bernardo Calderón– y Juan de Rivera, pasarían a ser Rivera-Calderón. Más tarde tendrían dos hijos Miguel y Francisco de Rivera Calderón. Ahora bien, al fallecer el primero de los Calderón la labor de Paula de Benavides fue muy importante, en 1641 comenzó a firmar las obras; obtuvo grandes logros y privilegios en el mundo tipográfico como: la impresión de cartillas y doctrinas, tanto en la Ciudad de México como en Puebla. A partir de 1649 fue impresora del Santo Oficio; estuvo activa hasta 1684, año en el que la muerte le arrebato el entusiasmo con el que trabajó la imprenta durante cuarenta y tres años.
Antes de concluir y dentro de la misma línea genealógica de los Rivera-Calderón, es preciso mencionar el trabajo de María Candelaria de Rivera, hija de Gertrudis Escobar y Miguel de Rivera, quien sucedió a su hermana mayor María Francisca. Trabajó la imprenta junto con su sobrino Jacinto de Guerra, a la muerte de este, en 1722, el taller pasaría a ser dirigido solo por ella. De sus prensas salieron desde obras menores hasta libros científicos como Cursus Medicus Mexicanus, de la autoría de Marco José Salgado y uno de los primeros libros médicos impreso en América. De igual manera, en 1722 imprimió la primera serie de la célebre Gaceta de México.
Figura 2. Listado de impresoras –de las que se tiene conocimiento–, establecidas en Nueva España durante el periodo de 1540 y 1755. (La tabla fue tomada del artículo “Mujeres impresoras del siglo XVIII novohispano en México” de Luz del Carmen Beltrán Cabrera).
A saber, no fue posible englobar a todas las mujeres participes en los talleres tipográficos; sin embargo, este estudio tiene el fin de plasmar un panorama al respecto y, así, dar pauta a la apertura de nuevos estudios que reconozcan la labor de todas y cada una de estas mujeres, tanto en el resto de países de América y Europa, como también en diferentes épocas. A pesar de que en la actualidad se han redactado artículos sobre el tema, todavía se cuentan muchos casos aislados, ya que la crítica especializada no le ha puesto la atención requerida; simplemente en cuanto a las impresoras durante el virreinato se contabilizan catorce impresoras (Figura 2) y es posible que las mujeres dentro del ámbito tipográfico sean muchas más de las que se tienen registros.
Notas
1 Dentro de la cultura mexicana, Tomás Granados en su obra Libros sugiere que los llamados “códices mexicanos” no debían ser nombrados de dicha forma, puesto que estos se acomodan en forma de biombo, muy distinto que los códices que se conocían, así que lo más apropiado es llamarlos “manuscritos figurativos” o “libros de pinturas”, por su parte Gregorio Weinberg los localiza como “libros pintados”. V. Granados, Tomás. “Viejos libros de aquí y de allá”. Libros. Pp.25-58.
2 Gregorio Weinberg en su obra El libro en la cultura latinoamericana sugiere un título más extenso: Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana, que contiene las cosas más necesarias de nuestra fe católica, para aprovechamiento de estos indios naturales y salvación de sus ánimas.
3 Estuvo inmiscuida en diversos problemas legales, esto sirvió para demostrar todas las tareas que realizaba en su taller, una de esas situaciones fue la que dejó al descubierto que en el patio de su casa se dedicaba a la elaboración de tinta para su imprenta.
Bibliografía
Beltrán, Luz del Carmen. Mujeres impresoras del siglo XVII novohispano en México”. Fuentes Humanísticas, 48 (2014): 15-28.
Corbeto, Albert y Marina Garone Gravier. “Huellas invisibles sobre el papel: las impresoras antiguas en España y México (siglos XVI al XIX)”. Revista de historia 17, 2 (2011): 103-123.
Garone, Marina. “Herederas de la letra: Mujeres y tipografía en la “Nueva España”. Redacción VTD. (Marzo 2006).
——————. “Impresoras hispanoamericanas: un estado de la cuestión”. Butlleti de la Reial Academia de Bones Lletres de Barcelona LI, (2008): 451-471.
——————comp. Las otras letras. Mujeres impresoras en la biblioteca Palafoxiana. Museo Biblioteca Puebla Palafoxiana, Puebla, 2008. P.80-84.
María Fernanda nació una tarde de marzo en la Ciudad de México, mujer de nombre fuerte. Fue criada bajo el seno de mujeres valientes, quienes la motivaron a no espantar sus sueños con el “yo no puedo”. Actualmente estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana la “casa abierta al tiempo”. Es amante de los gatos, se identifica con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Comenzó a colaborar en La Coyol Revista en mayo de 2021 con el artículo «Yo nací libre: el desengaño del “amor romántico” en el Quijote». Su tiempo libre se lo dedica a la pintura y a la fotografía.
No tengo claro el momento en el que la depresión llegó. De pronto, el cuerpo me duele sin motivo aparente, estoy cansada todo el día y la emoción que más me domina es odio.
En las mañanas, cuando suena mi alarma, solo quiero seguir durmiendo todo el día. No me importa la escuela, no me importa ver a mis amigos y amigas, no me interesa fingir que no me siento mal.
Me siento en modo automático, haciendo cosas para aparentar ser funcional. Las noches son peores, me siento sola, enojada, pongo a Cerati a todo volumen, pero no es suficiente. Quiero hablar, pero no sé con quién; quiero distraerme, pero no puedo concentrarme en nada que no sea el dolor. Quiero que el tiempo se detenga, que deje de correr el reloj, que nada avance. Que me dejen sentir todo lo que abruma, lo que me asfixia. Quedarme en cama todo el día, gritar, maldecir, hasta que me deje en paz.
La depresión llegó de sorpresa, viene con sus amigos y nunca me dejan sola. Me ha quitado la energía, ha implantado ideas horribles en mi cabeza y muchas veces casi me convence de materializarlas. Pero, lo peor es que no me deja escribir, ni siquiera me permite llorar. No sé cómo sacarla de mí, así que, solo me queda aprender a vivir con ella.
María José Soto nació la noche lluviosa del 29 de junio de 2001, en Querétaro, México. Es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina de ballet y feminista. En lo literario, ha publicado sus cuentos en espacios digitales como Especulativas, La Coyol y Las Sin Sostén; en lo periodístico, su trabajo se puede encontrar en Tribuna de Querétaro (2021), Notas Sin Pauta y su columna Escribir para Resistir en La Coyol Revista.