Por Brenda Garrido Hernández
Las películas de terror son tan bastas en temas y subgéneros que resulta extraño que tengamos tan identificados los clichés y lugares comunes. Cuando comienza una película, donde los protagonistas resultan ser un grupo de adolescentes podemos etiquetarlos y predecir casi siempre con éxito aquellos que llegarán al final o en todo caso sobrevivirán.
En cada grupo podemos identificar al atleta engreído y su novia demasiado hermosa y ciertamente superficial, que a lo largo de la trama no pensaran en otra cosa que, en tener sexo. El extranjero (latino, asiático, afroamericano, etc.) que en su mayoría es el amigo del atleta (puede ser el adicto o este puede derivarse a otro personaje secundario), el chico un poco listo o el que se cree más gracioso de lo que en realidad es, este personaje se puede dividir en dos diferentes.
En muchos casos existe el chico que se vuelve un punto medio, casi siempre menos engreído que el atleta, atractivo y en la mayoría de las ocasiones su novia es la chica final, aquel ser virginal e inocente que contra todo pronostico logra llegar al final, sorteando al asesino con su ingenio.
Resulta extraño pensar que las películas de terror tengan mensajes que podamos tachar de moralizantes, pero al analizar aquellos personajes que mueren de maneras más brutales y con mayor rapidez, es imposible no notar ciertos patrones y subtextos.
En películas como viernes trece, la casa de cera o la masacre de Texas, los primeros en morir son la pareja atractiva y sexualmente activa que decide dar rienda suelta a sus deseos, solo para encontrar la muerte. Pareciera casi como una advertencia de que el sexo premarital es “malo” pues si se quiere llegar al final de la cinta debe ser evitado.
Viernes trece lo lleva un paso más allá al plantear la idea de que un grupo de adolescentes estaban ocupados teniendo sexo y drogándose. Descuidando al pequeño Jason que muere, llevando a su madre a un estado de locura vengativa y posteriormente dando inicio al icónico asesino de la máscara de hockey. En estas películas es común que aquella chica que decide abstenerse de tener sexo o probar drogas sea una de las ultimas en enfrentarse al asesino o en todo caso sea la única sobreviviente.
Lo que lleva al segundo punto moralizante, el uso de drogas, incluso aquellas como la mariguana harán que aquellos que la consuman mueran más rápido. En los remakes de viernes trece y masacre en Texas, es el amigo más desesperado por consumir uno de los blancos más fáciles, pues cuando este busque un lugar solitario para fumar seguramente encontrara su muerte, en la mayoría de los casos solo aquellos que se ciñen a las reglas morales son los que tienen una mínima oportunidad de salvarse.
Es extraño pero esta fórmula, que se siente ya, bastante gastada es una de las más comunes en el genero de terror. Si el cine con sus historias tiene esa extraña facultad de inspirarnos, cambiarnos y en su proceso hacernos me pregunto, ¿Cuántas personas cayeron, de manera inconsciente, en el extraño discurso moralista de las películas de terror? Que aún sin haber un asesino alrededor reprimieron sus impulsos y se negaron experiencias con la esperanza de ser la chica final, aquella que el asesino no llega a matar.
