Historias de alacenas, vitrinas y macetas I Tía Betty.

Por Arizbell Morel Díaz.

Para Lulú y Beatriz.

Tía Betty sabe cuando Nona está muy triste. Ella es muy sabia y por eso comprende que el mundo gira en más de un sentido a la vez.
Por eso Tía Betty decide visitarla, porque Nona es lo que más le importa en el mundo.
Así que Tía Betty encamina sus pasos hacia ella, hacia la casa de Nona que está en una esquina junto a la tiendita de Doña Chata.
Para llegar con Nona, Tía Betty toma el metro, tres estaciones cada vez.
Pero a Tía Betty eso no le importa, porque sabe que verá a Nona feliz otra vez.
En el camino, Tía Betty piensa, piensa…
Piensa en todo lo que le tendrá que contar a Nona.
Pero sobre todo piensa en escuchar, a Tía Betty le gusta sentir el mar en sus oídos cuando Nona habla.
Y a Nona le gusta que Tía Betty la quiera escuchar.
A veces los adultos se olvidan de cuánto importa ésto.
Pero Tía Betty es otra clase de adulta, una que busca el mar en sus chales recién tejidos. Una adulta que colecciona cosas…
Porque…
Tía Betty también sabe guardar secretos. Ella tiene una caja de fotografías a blanco y negro que ella misma imprimió hace unos pocos siglos.
Tía Betty guarda ahí las cosas del mercado, a ella le gusta pensar.
El metro se ha parado y Tía Betty recuerda muchas cosas. Recuerda por ejemplo que…
Tía Betty fue quien nombró a Nona Nona. Antes el nombre de Nona era Martha (aunque Mamá insiste en seguir llamándola así).
Martha no le gusta. Martha es el nombre de una señora mayor que Nona está por conocer. Una señora que seguramente no gusta de perseguir mariposas en días soleados ni de pasear por el mercado con su tía en días de lluvia.
Martha tiene un dejo de tristeza y seriedad que Nona a su corta edad no quiere aceptar.
A ella no le gusta pensar que puede estar triste, aunque ya lo haya estado.
A ella solo le gusta pensar en los días de campo, muy o poco soleados que están por venir.
A Martha le gusta pensar que en el verano tía Betty las visitará otra vez. Y Martha tiene razón, porque Tía Betty ya está en camino.
Al salir del metro, Tía Betty se encuentra con la lluvia en un día soleado.
¡Qué bueno que se puso sus botas! ¡Qué bueno que Tía Betty no olvidó su sombrilla roja! Porque aunque el día es soleado, caen las gotas gordas.
Tía Betty avanza dos pasos a la vez, evitando pisar las grietas del suelo.
Aunque no es muy vieja, a Tía Betty le gusta evitar las raíces de las jacarandas cuando camina por la ciudad.
Dicen que es de mala suerte hacer eso…
Entonces Tía Betty trata de evitarlo lo más que puede…
Tía Betty ha llegado a la tienda amarilla de Doña Chata y le pide dos cocadas y tres dulces de camote. A la mamá de Martha no le gustan las primeras.
Pero a Martha sí.
Entonces Tía Betty decide comprar dos más.
Por si acaso, por si Nona las quiere comer.
Y Tía Betty sube las escaleras de dos en dos hasta llegar a la casa de Nona. Y es Nona quien abre la puerta…
Nona está en pijama con bigotes de chocolate, su mamá no está. Salió, hace rato.
Tía Betty ya sabía y por eso la vino a cuidar.
A Nona le emociona que Tía Betty la visite a pesar de la lluvia. Escurre su paraguas y usa las gotas para mojar sus acuarelas. Entonces Nona comienza a dibujar un bosque, una playa pero no un desierto.
A ella no le gustan los paisajes secos.
Aunque sí le gusta dibujar camellos de todos los colores.

Tía Betty empieza a hacer agua de limón.
Nona, feliz en el suelo de la sala, escucha el cris cris de los limones al ser exprimidos. Nona dibuja una sombrilla roja como la de su tía y le cuenta todo su mundo a través de las paredes de la pequeña casa que comparte con su madre. Nona, al hablar con ella redescubre que la calle y las veredas, que las viejas bicicletas tienen nuevos rostros cuando alguien que te quiere se preocupa por saber cómo las vive desde sus 90 cm del altura. Porque Nona es chiquita, todavía puede caber debajo de la mesa si se agacha solo un poco, un poquito, para esconderse y jugar a las escondidas con mamá.
A veces Nona se esconde para ver cuánto tiempo tarda en encontrarla y cuando escucha a mamá llamarla ¡Nona! ¡Nona! ¿Martha, dónde estás? le entran unas ganas incontrolables de comerse al mundo que tiene dentro. Aunque muere por decir, ¡Estoy aquí, debajo de la mesa, enfrente de la jardinera!, no lo hace. Porque quiere guardar el secreto del silencio al esconderse, al resguardarse de la lluvia que le provoca saberse encontrada. No es que no quiera a Mamá, al contrario, Nona la quiere muchísimo, pero no puede evitar querer tener ese secreto, el único, que guardan sus 90 cm de altura y seis años de vida en el planeta Tierra.
A veces, cuando se encuentra debajo, Nona sueña con la vida en otros planteas. Y se pregunta cómo sería haber nacido en Marte o en Venus (nunca en Mercurio pues sabe que al estar tan cerca del Sol se quemaría por completo). Y entonces ve la jardinera, sus colores y escucha las voces que la regresan al mundo para poder decir ¡Aquí estoy! ¡Soy yo! ¡No me había perdido! Tan solo estaba guardada debajo de la mesa…
Tía Betty termina su agua de limón y se la lleva a Nona, ella no le pide que se quite sus bigotes de chocolate pues sabe que a Nona le gusta fingirse gato por las noches. Todo esto lo sabe porque Tía Betty cuida de Nona al escucharla. Juntas comienzan a dibujar un sinfín de caminos…
Nona le cuenta a Tía Betty sobre Tota, su mejor amigo hecho de telas viejas, de harapos pero que no cambiaría por nada en el mundo. Tía Betty le cuenta los recuerdos de su caja secreta, el mar contenido en unas palabras, los ayeres que ya no pueden volver pero de los que siempre se puede aprender y que la hacen ser quien es.

A Tía Betty le fascinan las jacintas, el nombre que ella le ha dado a los jazmínes para recordar a la Abuela, quien los cuidaba en su pequeño jardín de la azotea. Otras plantas que le encantan son los limones y los higos. Aunque ya no tiene un árbol de higos.
A Mamá no le gustan las plantas como a Tía Betty, porque dice que es muy fácil que se llenen de bichos cuando Nona deja caer azúcar por la casa. Pero Mamá tiene una jardinera color tamarindo en medio de la sala, llena de bugambilias, donde parece que la primavera nunca deja su hogar.
Todo esto y más saben Tía Betty y Nona, lo comparten en los silencios mientras dibujan por aquí y por allá. Los secretos ocultos en sus gestos, en el tomar agua de limón por las tardes cuando Nona sale de la escuela y Mamá aún tiene que trabajar.
Pero Tía Betty lo compensa.
Nona no se queja.
Porque cuando Mamá llega, ella vuelve a jugar.
Y a veces Tía Betty se queda para platicar.
Entonces las noches también se vuelven de agua de limón y los bigotes de chocolate la acompañan en sus sueños.
Entonces Nona sabe que Mamá no está sola porque con Tía Betty Mamá recuerda cuando ambas eran niñas como Nona e iban juntas a la escuela y compraban cocadas a la salida para esconderlas antes de la comida.
Hoy es uno de estos días.
Nona sentada en el suelo frente a la jardinera, el paraguas de Tía Betty sobre la puerta, los dulces en una bolsa medio abierta, la jarra de agua de limón en la mesa, suenan toquidos desde afuera…
Tía Betty abre la puerta y entra Mamá.

Arizbell Morel Díaz.

Fotografía: Shu Villegas.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

Hijas del Sol

El jardín recibió las flores de los cactus puntualmente al inicio de la primavera. ¿Han reparado en las flores de los cactus? No son como las demás. Viven tan solo unas horas: un día o una noche desde que despliegan sus corolas. El espectáculo que nos regalan no se puede adquirir en ninguna florería, ni siquiera en el mercado de Jamaica; ni se podría comprar como los ramos que suelen regalarse por alguna celebración, como las rosas o las orquídeas. Las flores de cactus son silvestres, caprichosas, diversas. Se muestran solo después de recibir agua y luz en dosis precisas: poca agua y mucho sol. Mi hijo se asomó al centro de una echinopsis: —« ¿Estás segura de que no hay un hoyo negro ahí dentro?»—, preguntó. Quizá esa sea la respuesta del por qué son tan especiales, en cada una hay un universo.

                 Conocidas como cactos, cactus o cacti, sus tallos se engrosan para almacenar agua y sus hojas son espinas. Aristóteles acuñó esta palabra para referirse a los cardos, significa literalmente hojas de espinas. Pero no se refería a nuestros cactus, porque antes de la conquista española, Europa no los conocía. Fue Lineo quien usó la palabra cactus en su taxonomía para distinguirlos.

Pueden alcanzar grandes alturas, aunque los hay de apenas un centímetro. Los hay de muchas formas y tamaños. Los hay redondos, alargados y de formas irregulares. Los dueños y señores de mi jardín son más bien medianos, debido al limitado espacio que puedo ofrecerles. Empecé a adoptarlos cuando un biólogo amigo me obsequió uno por mi cumpleaños: «Para desearte fortaleza y protección».

Quedé asombrada con la geometría de su estructura. Cualquier matemático se volvería loco con las formas áureas, crecimientos exponenciales y hélices que poseen. ¿Qué pasaría si Da Vinci hubiera pintado un fractal de cactus como ejemplo de perfección en lugar de su Hombre Vitruvio? ¿En lugar de un canon para las proporciones humanas, como regla de armonía y belleza? Tendríamos quizá mayor aprecio por las demás especies naturales.

Decir cactus es decir México. Contemplarlos es asomarse a su historia y a su cultura.

Como dinosaurios, con cuarenta millones de años sobre la Tierra, los echinocactus, o biznagas, por ejemplo, nacen como una bolita espinada. Al cabo de cien años apenas alcanzan el tamaño de un balón. A partir de ahí crecen un poco más rápido, empiezan a elevarse en forma de columna, tal que tres adultos no la pueden abarcar uniendo sus brazos. Ahí donde se ven como pasmarotes del mioceno, son inamovibles, a prueba de cualquier vendaval. Pueden aguantar seis años de sequía. Sus estomas operan al revés que en otros vegetales: cierran por el día y se abren por la noche, atesoran la humedad, como camellos. Han evolucionado para sobrevivir a diversos entornos, se comunican entre sí por su enramado subterráneo como las sinapsis en el cerebro y despliegan cierto lenguaje a través de intercambios químicos. 

                En el norte, los saguaros alcanzan hasta dieciocho metros. En el imaginario colectivo, un mexicano es un saguaro, un sarape y un sombrero con un jarro de pulque, elixir de los dioses prehispánicos que solamente los agaves ofrecen. Al centro del país el paisaje se viste con nopales, símbolo de identidad nacional. Un águila devora a una serpiente sobre un nopal en el eje del escudo, ondeando al centro de la bandera más hermosa.

Las flores del saguaro son difíciles de describir, enormes racimos blancos con centros amarillos. Vistos desde lejos, pareciera que las nubes están flotando a ras del suelo. Una visión irreal sobre la tierra yerma del desierto.  Las flores de los nopales, por su parte, son más pequeñas; las hay rojas, amarillas, naranjas y hasta rosadas, preludio de las tunas o las pitahayas, sus frutos.

El paisaje no es diferente al sur. En la selva, los epifitos se adaptan al exceso de humedad.

Los cactus y sus flores forman parte de la cosmogonía de los pueblos originarios. Huichilopotztli dirigió al pueblo Nahua hasta encontrar al águila devorando a una serpiente sobre un nopal, señal del Dios Quetzalcoatl para que ahí fundaran su imperio, que ostentó grandeza y esplendor. Pero Otra leyenda dice que cuando los españoles llegaron con su violenta colonización, los pames (o Xi úi) se aprestaron a defenderse, implorando ayuda al Dios Sol, quien los convirtió en cardos para que en la oscuridad, los atacantes se confundieran y se hirieran con las espinas. El pueblo Xi úi, se volvió entonces un desierto para evitar que la tierra fértil llamara de nuevo a la codicia. Por eso, los cactus son considerados como guerreros, Hijos del Dios del Sol. Sus espinas pasaron a simbolizar defensa. Sus flores representan a las mujeres, que cada primavera se asoman a saludar al Sol, como sus agradecidas hijas.  Gabriela Mistral, representante de las mujeres mexicanas, dice de sí misma  en su poema La otra: «Era la flor llameando del cactus de la montaña; era aridez y fuego…»

Un simil de este relato podemos hacerlo respecto de cada momento en nuestra historia. Durante la guerra de Independencia o de la Revolución, fueron los hombres quienes tomaros las armas para rebelarse. Sin miedo, curtidos por el arduo trabajo y los siglos de humillación, hicieron valer sus derechos, pelearon por recuperar su herencia. Las mujeres a su lado no desmerecieron: defendieron a sus hijos, les proporcionaron alimento y les curaron las heridas.

Las mujeres mexicanas son como las flores del cactus. No importa qué tan árido sea su entorno, siempre están dispuestas a florecer y a dar frutos, incólumes entre los vientos. Hijas del Sol: piel de tierra, valientes de norte a sur, envueltas entre sus enaguas de múltiples colores, dispuestas a la defensa, aunque la vida vaya solo de un amanecer a su ocaso.

Hoy todavía, en territorio de los Wirikuta o Huicholes, un lugar único en el mundo, se puede hablar con los dioses: la madre Tierra, el abuelo Sol y el padre Fuego para recibir guía. De los lophophora o peyote se extraen pociones para tocar el rostro de Dios o asomarse a la boca del infierno. Es la planta de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la fealdad, de la dureza y de la suavidad para quienes se atreven a probarla.

Dicen que si los dioses eligieran una planta para representarlos, elegirían al cactus, porque posee casi todas las bendiciones que ellos intentaron otorgarle a los hombres… Sin embargo, fue en vano.

Hasta mediados del siglo pasado podían crecer en paz sobre su hábitat y coexistir en equilibrio con el ecosistema. Hoy ya no. Cada día nuevos peligros les acechan: la siembra intensiva de hortalizas, la ornamentación, la voracidad inmobiliaria y el cambio climático.

No sé qué depresiones me habrían ganado durante los meses de cuarentena sin mi jardín de cactus. Un espacio para respirar aire puro, obtener vitamina D, compañía y consuelo. He pedido a mis hijos, que al morir, depositen mis cenizas entre el sustrato de mis macetas. Cuando florezca, me recordarán y no olvidarán nunca su identidad.

PIEZAS DE UN ALMA SIMPLE

SUEÑA

Escrito por: Alondra Grande

Apaga las luces, corre las cortinas para que no entre el sol;
Apaga todo y sueña, dulce niña, con qué hay más allá del sol.
Sueña que te elevas por encima de las montañas,
A tus pies todo es un manchón de azules con marrón.

Sueña con el lucero que anuncia el mañana,
Con barcos de grandes velas navegando sin temor.
Apaga las luces y siente las sábanas besando tu cuerpo cansado
Protegiéndote de lo que sea que vive bajo el colchón.

Sueña con los pájaros y sus canciones que el viento se lleva
Silbando palabras que no entenderás.
Sueña que te arrulla la marea cubriendo de espuma tu soledad
Curando con sus sales esa tristeza que no te deja avanzar.

Si en tus sueños, dulce niña, aparece una tormenta
y el barco se hunde en un recuerdo
y los pájaros no entonan canción
Despierta libre de miedo que sólo es un sueño.
Como dice Calderón: los sueños, sueños son.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.


Conversaciones de madrugada | El lucro de los medios disfrazado de empatía [Parte 2]

Por: Monserrat Chávez

Continuemos con la columna anterior, hoy pongo sobre la mesa las denuncias de acoso laboral y sexual, violencia e impunidad hacia medios de comunicación, el pacto entre ellos para encubrirse y la doble moral para denominarse “aliados” feministas o de las causas sociales.

Hace algunas semanas, el medio independiente La Desvelada (dirigido por mujeres periodistas) publicó un reportaje con denuncias públicas, donde señalan las violencias de hombres “periodistas” hacia sus mismas compañeras y/o colegas de trabajo. [Te dejo aquí el link https://bit.ly/3wBMTvG ]

Son historias dolorosas e injustas, donde las víctimas aún lidian con las secuelas mentales, psicológicas y físicas; pero el victimario sigue impune, laborando incluso en el mismo medio y apoyado por quienes les rodean, estando al tanto de sus violencias.

Por otra parte, he contado esta historia a un sinfín de personas con el propósito de que nadie más pase por lo que viví. Durante el 2019 laboré en un periódico local y durante el casi año que permanecí fui víctima de violencia psicológica y acoso laboral por parte de quien era el jefe de mi área.

Esto lo sabía toda la empresa, porque además él tenía problemas de comportamiento y ya había molestado a más de uno ahí. La situación escaló tanto que tuve que recurrir al director del medio pero le restó importancia y hasta dudó de mi historia.

Todo lo que viví ahí tuvo como consecuencia un cambio psicológico y físico en mí, terminé en terapia psiquiátrica y con medicamento porque no podía lidiar con ello. Y hasta la fecha, no he podido vivir en paz ni he vuelto a laborar en medios por el trauma ocasionado.

Mi historia no es tan diferente a muchas compañeras reporteras, comunicólogas, fotógrafas, etc. Y aunque es necesario mencionar que los hombres también pasan por ello, estadísticamente las más afectadas son mujeres, mismas que son tratadas como “locas”, “oportunidad” o “exageradas”.

Pues bien, estas historias de acoso y violencia persiguen a muchos medios y a quienes los dirigen, la mayoría son del conocimiento público pero los perpetuadores nunca son castigados y contrario a eso, continúan ejerciendo una profesión que para su humanidad, les queda muy grande.

Estos perpetuadores y sus medios se han abanderado del movimiento feminista o el movimiento LGBTTTIQ. En sus editoriales se proclaman defensores y aliados de estas causas, escriben libremente sobre las actividades y las difunden.

Aún más, adornan sus redes sociales con los colores representativos de cada lucha, se venden como un medio seguro a donde puedes acudir en caso de estar en peligro y aseguran tener un ambiente laboral libre de acoso.

Nunca nada estuvo tan lejos de la realidad.

Y cómo explicaba en la columna pasada, el morbo e interés monetario es disfrazado de empatía, deben de colorear su realidad para exprimir económicamente a las personas o esos movimientos; pero dentro, cuándo el exterior no los ve, vuelven a ser los mismos acosadores de siempre.

¿Cómo alguien que violenta, acosa y minimiza puede ondear la bandera del feminismo y decirse deconstruido? No es posible. No hay manera de tener dos vidas, una muy cuestionable y otra más humana; porque, al final terminará rebasándote la misma realidad.

Este ejemplo es muy extremo pero necesito hacerlo. Es cómo aquellos casos de asesinos seriales que vivían dos vidas y nunca se cruzaban, nunca intervenían las personas de una realidad en la otra. En casa y con amigos eran una persona normal, pero fuera de ese círculo, agredían y mataban.

Ellos, después de ser descubiertos, no estaban en posición de luchar por las causas sociales, ni de pedir condiciones de trato digno si a sus víctimas no se les permitió. Luego había un shock mediático porque nadie podía creer que su vecino con la vida perfecta fuera un delincuente.

Bueno, algo así pasa en los medios y bajo este sistema que pacta un encubrimiento. Siguen sin creer que una persona con familia, hijos, un empleo y abundantes amigos pueda ser un acosador, agresor y/o asesino.

Siguen sin creer que alguien que escribe o informa sobre las injusticias de los menos favorables, que escucha historias desgarradoras y que empatiza con las causas sociales, pueda ser un psicópata que oculta signos de violencias, incluso a veces ni se esfuerzan por ocultarlos pero socialmente nos enseñaron a normalizar estas conductas.

Los medios de comunicación NO SON ALIADOS. No lo son desde el primer momento en que encubren internamente a un violentador y no lo serán porque no tienen una línea editorial con perspectiva feminista y de género.

Su línea editorial es incrementar las ganancias internas, explotar las luchas sociales y reforzar el pacto patriarcal alrededor de la industria periodística.

Y no hay nada feminista ni revolucionario en eso.

Monserrat Chávez Olivas.
Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.
He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.
Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.
También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.
He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.
También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.

De vivir en la cultura de la violación, los “buenos hombres” y Promissing Young Woman

Por Fernanda Loé

En la entrada pasada hablé sobre qué es la cultura de la violación, cómo es que está presente en nuestra vida diaria y por qué parece tan vigente como hace 20 años a pesar de todo lo que hemos avanzado en temas como consentimiento o acoso digital. En esta ocasión, quiero hablar sobre un ejemplo que puede parecernos más claro y cercano para entender las manifestaciones de la cultura de la violación en nuestra cotidianeidad. Ese ejemplo es la película Promissing Young Woman o Hermosa venganza en Latinoamérica.

Antes quiero advertir algunas cosas. La primera es que los párrafos que siguen van a estar llenos de spoilers así que sugiero que primero veas la película si no te gusta que te arruinen las sorpresas. Con esto viene la segunda advertencia, que a mi parecer es la más relevante. Esta película contiene muchos posibles detonadores porque toca temas como violación, abuso e incluso feminicidio. Por lo tanto, si te encuentras en una situación vulnerable en la que ver y hablar de estos temas te trae consecuencias negativas, tal vez este no sea el momento de acercarte a la película.

Como experiencia muy personal, la primera vez que vi la cinta tuve que pausarla muchas veces para llorar. Incluso cuando terminó, me quedé llorando un buen rato. Más que porque contenga escenas muy explícitas (que no es el caso), el contenido fue el que me entristecía y enojaba al punto de las lágrimas. Por eso quise hacer la advertencia anterior.

Comenzaré entonces diciendo que Promissing Young Woman es una película estadounidense estrenada en 2020 dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan. En palabras generales, nos cuenta la historia de una chica llamada Cassie que al parecer tenía un futuro brillante en la escuela de medicina hasta que la abandonó por algo relacionado con su mejor amiga Nina. Ahora vive con sus padres y trabaja en una pequeña cafetería.

La cinta inicia cuando la protagonista está borrachísima, sin poder mantenerse recta, en el sillón de algún bar, mientras tres hombres hablan de lo fácil que sería llevársela a casa en ese estado. Uno de ellos, el más aparentemente decente, se acerca a ella y ofrece llevarla a su casa. En el trayecto, sabiendo que ella está casi inconsciente, le propone que mejor vayan a su departamento. Ahí empieza a desnudarla a pesar de la continua negativa verbal y física de la mujer. Cuando le quita la ropa interior y ya está encima de ella, Cassie deja de fingir que está borracha. La presa cambia de género.

Descubrimos entonces que la protagonista hace esto cada semana. Finge estar borracha para comprobar hasta dónde son capaces de llegar los caballeros al ver a una mujer borracha y vulnerable. Como nos dan a entender ciertas escenas, a manera de consecuencia, algunos sólo se llevan un susto o una advertencia, pero otros, incluyendo el de la escena inicial, que llegan hasta el deseo de violación, tienen un castigo distinto.

Desde el inicio nos damos cuenta de que Cassie tiene algún tipo de trauma, que se va revelando al mismo tiempo que su pasado. Actúa, en un principio, en contra del sistema en general, de los hombres, pero después encuentra un objetivo específico: el violador de su amiga Nina y los involucrados en el caso.

Todos y cada uno de los puntos que se plantean en la sociedad cuando ocurre una violación o cualquier tipo de abuso hacia una mujer, son tocados en la película. La cuestión de los hombres como protectores y aliados es la primera en salir a flote, cuando un chico le dice que no se maquille tanto, que es una lástima que el sistema masculino opresor haga creer a las mujeres que se tienen que maquillar para gustarle a los hombres.  Irónico y crudo, porque ese “buen hombre”, ese “caballero” que se ofreció para llevarla sana y salva a su casa, ese que critica al sistema masculino opresor, es el mismo que trata de abusar de ella después.

También la plática de “no todos los hombres” sale a flote. Justificaciones en las que los chicos a los que quieren abusar de ella señalan el contexto como culpable, la manera en la que se viste, su actitud, el alcohol e incluso las drogas. La realidad es que ninguno es capaz de pasar la prueba al no tratar de hacerle algo, desde besarla hasta tener sexo con ella.

Lo dice Cassie:

 “Tú sigues diciendo eso, pero no es tan raro como piensas. ¿Sabes cómo es que lo sé? Porque cada semana voy a una discoteca. Y cada semana actúo como si estuviera demasiado borracha para sostenerme. Y cada maldita semana, un chico bueno como tú se acerca a ver si estoy bien. “

Tampoco las mujeres se quedan fuera de estos planteamientos, ya que cuando la protagonista enfrenta a la directora que llevó la queja de violación de su amiga, ella además de que ni siquiera lo recuerda bien, alega que todos esos casos de abusos se convierten en una pelea de “ella dijo” contra “él dijo”. Por lo tanto, no es correcto arruinarles la vida a todos esos chicos que son acusados. Sumado a esto, comenta que las chicas se ponen en situaciones vulnerables por el alcohol, porque lo que no pueden esperar no tener consecuencias.

Cassie como respuesta plantea que entonces si todos esos chicos acusados de violación merecen el beneficio de la duda, la directora tiene la oportunidad de aplicar eso con su hija adolescente, que en ese instante supuestamente se encuentra en un cuarto con un grupo de chicos mayores, borrachos, a los que debería darles la oportunidad de “demostrar” que son buenos.

A varios niveles sucede lo mismo, desde la directora que toma la queja hasta el abogado que defiende al violador y que después confiesa que tuvo miles de esos casos en los que hombres jóvenes violaban mujeres y él lograba que salieran libres.

La comparación es clara: el violador pudo terminar la carrera, graduarse con honores y convertirse en un médico reconocido. Su amiga Nina, la víctima, dejó la carrera porque no pudo superar el abuso, lo que la llevó al suicidio. De paso, Cassie también se salió de la escuela para cuidarla y tampoco pudo terminar a pesar de que era la mejor de la clase.

Otra mujer que es cuestionada por la protagonista es una compañera de clase que se dedicó a difundir rumores acerca de Nina, en relación a que tomaba mucho y salía con muchos chicos. Y que, en el momento de la violación, no sólo no le creyó, sino que se dedicó a que nadie le creyera. Ella también recibe una lección de parte de Cassie.

El contexto familiar también juega un papel importante. En el caso de la protagonista, sus padres la ven como un fracaso puesto que no terminó la escuela y sigue viviendo con ellos. Notan que es infeliz en su trabajo, que no tiene amigos, tampoco pareja, que sale, pero que no lo hace para divertirse. Sin embargo, no saben cómo manejar la situación. Cuando desaparece, ellos son los primeros en decir que seguramente huyó porque no es una persona estable.

Por último, retomemos la idea del “chico bueno”, que es la que más claramente se desmiente a lo largo de la película. Cassie comienza a salir con un hombre el cuál de entrada parecería bueno. Un pediatra bromista, amable, de apariencia tierna e incluso un poco nerd. Es un ex compañero de la universidad que alega estar enamorado de ella desde esos años. No es el típico hombre guapo y atractivo, más bien del tipo encantador por torpe.

La primera pista de que los abusadores pueden venir en cualquier presentación es cuando caminando de regreso de la primera cita, Cassie va siguiendo el camino que él marca y “casualmente” terminan frente al departamento de él. Este es sólo el inicio. Aunque en un inicio ella nota ese comportamiento, termina por creer que es un buen chico y se hacen novios. Todo va excelente hasta que se entera de que él estuvo presente en la violación de Nina, la cual además fue grabada y distribuida entre ese grupo de amigos.

Comprendemos que la dinámica de “El club de Toby” involucra a su novio. Cuando ella lo confronta, él cambia por completo. De una actitud amable, pasa a la agresividad, de amarla, pasa a estar dispuesto a hacer lo que sea para no perder su reputación. Cassie quiere venganza y lo amenaza con publicar el video para que todos vean qué tipo de hombre es. Recordemos que él es pediatra y trata con niños todos los días.  

Queda aún más clara la desigualdad de la situación cuando Cassie desaparece y la policía va a interrogar a su novio. Al ver que es doctor, lo tratan como si fuera imposible que él haya hecho algo. Buscan a toda costa que la declaración refuerce la idea de que ella era una chica parrandera, inestable, rara, irresponsable. Una mujer que, con toda razón, desparecía de un día para otro, se metería en algún problema o simplemente no merece ser buscada. Al final, incluso le agradecen al principal sospechoso (el novio), su labor tan noble de curar niños.

Esta hermandad que los hombres tienen y que busca a toda costa defender, justificar y ocultar los errores de los otros, apoyarse a costa de arruinarle la vida a miles de víctimas, es la misma que demuestran en la película cuando Cassie aparece vestida de bailarina erótica en la despedida de soltero del violador de Nina.

A pesar de que ella se presenta y no menciona el sexo como parte de su trabajo (ya que va de incógnito), los amigos del futuro novio hacen comentarios como “más vale que se vaya de aquí gateando”. La ven como un objeto, a tal punto que una peluca y un disfraz sexy basta para que no recuerden que fue con ellos a la universidad ni noten que les puso droga en la bebida.  Y esta lealtad entre hombres, llega hasta las últimas consecuencias. El final lo dice todo, Cassie lo dice todo cuando menciona que, si la peor pesadilla de un hombre es que lo acusen de violación, imaginemos entonces la peor pesadilla de una mujer.

No sólo la trama habla, el soundrack es perfecto, la fotografía ni se diga y algo que especialmente me encantó, fue la relación del vestuario con lo que va ocurriendo en el film. Cuando Cassie sale a “cazar hombres”, así como tiene que cambiar su actitud y personalidad, cambia su forma de vestirse. En todas esas escenas está vestida con colores oscuros o neutros. Desde la primera escena del bar, donde lleva un conjunto de falda y saco negros, hasta cuando se presenta con la directora vestida también de manera formal en color negro.

Sin embargo, en las escenas donde parece que está feliz con su novio, cuando va a trabajar o platica con su jefa de la cafetería, se viste de colores pasteles, con ropa más casual e incluso con peinados un tanto infantiles. Siempre el contraste entre la personalidad que adopta para enfrentarse a la vida y la que adopta para confrontar a los hombres. Esa personalidad que desearía tener, de libertad, inocencia y ternura, ante lo que se ve “obligada” a ser, seductora, seria y lógica. Pero no se puede dar el lujo de aparecer ante los hombres como verdaderamente es.

Al final todo se combina, se pierde esa diferencia entre la Cassie “nocturna y vengativa” y la que trabaja en la cafetería y se viste de manera inocente. Al presentarse en la despedida de soltera, a pesar de que su maquillaje está cercano a lo que veíamos cuando salía de noche, su cabello es de su tono original mas todos los colores pasteles que suele llevar en el día. Es una pista de que de ahí en adelante, ya no se podrán separar los dos lados que hemos visto de ella, lo cual tendrá repercusiones en su destino.

Como conclusión, queda claro que la diferencia entre justicia y venganza se va diluyendo cada vez más en la mente de Cassie y que su sentido de moral tampoco nos lo presentan como el ideal, sin embargo, retrata de una manera cruda y sarcástica la realidad de vivir en la cultura de la violación. Los “buenos hombres” o “caballeros”, la revictimización, la familia como representación de la sociedad, los pactos entre hombres, las mujeres dentro de este sistema, las batallas que se convierten en “tu palabra contra la mía”, el sistema legal.

No se trata de cuestionarnos si la protagonista es una heroína, una vengadora o una maniática. Eso es lo que menos termina por importar. La película cumple el cometido de incomodar, seas hombre o mujer, desde la crítica, las bromas que duelen, y escenas que hemos vivido, ya sea como víctimas o victimarios. Apuesto que no hay manera de verla sin sentirse de una u otra manera, aludido. Y eso es justamente lo que necesitamos.

Entre Caos Poético y textos perdidos | El magma de mis células.


Por Elizabeth Vázquez Pérez

Asimilé la maldad ardiente
de la mentira
creatividad que más que prestada 
muestra mi fragilidad. 

Escucho las crueldades silenciadas, 
se acumulan en el pecho,
se asoman en los ojos,
claman justicia. 

Duelen los párpados 
la impotencia se tiñe como rojo en la noche 
algo duele brasa ardiente, 
el magma de mis células 
arrasa con mi paz. 


Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía) Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI VOLUNTAD
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de reto
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Puedes encontrarla en :

Conversaciones de madrugada | El lucro de los medios disfrazado de empatía [Parte 1]

Por: Monserrat Chávez

Desde que dejé mi profesión cómo comunicóloga/reportera me he preguntado a diario porqué ese sistema sigue en funcionamiento. No me refiero a sus causas porque las sé, sino al desinterés genuino por evitar su lucro y buscar vías más sanas para generar resultados.

Volví a pensar en ello hace unos días al ver las instastories de una querida amiga también escritora, quien hacía una crítica justificada hacia otras/otros escritoras/es que abanderaban sus textos con las causas y luchas sociales.

Hacia aquellas personas que no pierden la oportunidad de obtener un beneficio al hablar o escribir sobre feminicidios, violencia, feminismo, homo/lesbo fobia, etc, sin acercarse un centímetro a las víctimas y/o familiares y mucho menos, aportarles un apoyo en sus vidas.

Quienes se autodenominan infuencers, voz de la opinión pública o periodistas, cometen errores alentados por su supremacía y egocentrismo. Nos vendieron la idea de que los “periodistas” somos la voz de quienes no la tienen, cuando la realidad es que; quienes llamamos minorías si tienen una voz autónoma pero el sistema (y nosotros) les hemos quitado sus espacios y medios.

Siendo reportera, un montón de veces se me asignó cubrir eventos de protesta social o entrevista a una o varias personas que solicitaban un espacio para explicar sus demandas, necesidades o buscar a un familiar desaparecido.

Al inicio creí que les hacía un bien con sólo escuchar y publicar sus palabras, pero conforme avanzaban los años y yo me introducía a esa maquinaria oscura llena de secretos, supe que no hacía más que lucrar con su dolor para yo cumplir con la cuota mínima del día.

Más allá del vacío y de lo enormemente inútil que comenzaba a sentirme, pensé en aquellas personas que acudían a mí o al medio con la esperanza de ser no sólo escuchadas, también encontrar un confort y beneficio; que nunca obtuvieron.

Los medios de comunicación jamás serán ni podrán ser llamados aliados. El objetivo único es generar ganancias a través del consumo y eso, sólo lo puede dar el morbo ¿cómo consigues aquello? Creando un guion redituable para el evento, situación o momento social.

El interés es una máscara audaz para conseguir la cuota de notas solicitadas antes del mediodía y el seguimientos después de ello es la seguridad de mantener consigo las fuentes de información, lo que permite tenerlas lejos de la competencia.

En los años que ejercí como reportera, jamás vi a una víctima o familia vivir dignamente ni obtener apoyo ni justicia con aquellas notas periodísticas, pero si vi a muchos compañeros y compañeras vestir de gala para subir al podio a recoger el premio por la mejor investigación del año.

Parece ser que compadecerse y engancharse con el dolor ajeno es la técnica mejor aprendida para abrirse paso en el mundo periodístico y construirse una carrera.

Pasarán los días, las semanas y los años, todos recordarán al periodista galardonado pero olvidarán a los protagonistas de esos reportajes manchados de sangre y agonía.

Olvidarán que afuera, alguna familia o alguien en solitario, sigue en búsqueda de obtener justicia; pero ahora ya no habrá quien les escuche o los ponga en la portada principal.

Y aunque es sencillo en palabras pero no en la práctica, nunca será muy tarde para trabajar con perspectiva de género, feminista y conciencia de clase. Entender que aquellas fuentes son personas con necesidades y expresiones podría no sólo humanizar el trabajo, también hacernos cambiar desde adentro.

Si la labor periodística no viene con empatía, sólo es un despojo de las historias ajenas y los únicos beneficiados son quienes encabezan ese mercado; excluyendo a quienes también lo comparten pero sin esos privilegios.

Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.

He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.

Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.

También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.

He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.

También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.

Historias de alacenas, vitrinas y macetas I El Castillo de Chapultepec.

Por Arizbell Morel Díaz.

Cuando María José leyó “El Cascanueces” de Hoffmann lo primero que pensó fue en el Castillo de Chapultepec. Ella nunca había salido de la Ciudad, del Distrito, sus días y sus horas plagados indudablemente del smog urbano que en algún momento terminaría por invadir hasta el último de sus bronquios y bronquiolos. El referente de sus pasos era el metro, el asfalto cuarteado de una de las grandes urbes del mundo. Ella que solo conocía otros exteriores a través de pantallas que como cristalinas ventanas le mostraban nuevas formas de habitar.
Así que la imagen que tenía del Castillo del Cascanueces y el Hada de Ciruela Azucarada era la de Chapultepec, aquel que se convertiría en la prisión de Carlota, la princesa extranjera. Con sus pisos marmolinos, carrozas en exhibición y jardines donde aterrizaban cadetes nacionalistas, este Castillo era su referente para hogares de realezas.
Siempre se había preguntado que sentiría una mujer como ella, atrapada en la otredad habiendo sido la élite en un distante lugar. Carlota que vino a reinar pero terminó de morir lejos de casa, la princesa a quien regresaron cuál cascarón vacío a su casa, llena del humo de los recuerdos del porvenir apocalíptico.
La loca, Carlota, otra.
La madre de María José también se llamaba Carlota, muerta desde lo que parecía una eternidad. María la recordaba como quien recuerda a una pintura deslavada, como una idea de aquello que seguramente debió de ser.
Y ahora, leyendo a Hoffmann le llegaban las dos Carlotas, una más que la otra. ¿Quién había escuchado que un cuento infantil causara pesadillas?
¿Podrían sus fantasmas alcanzarla a través del tiempo?
María no sabía qué pensar, pero esa noche en la que recordó al Castillo comenzó a dibujar.
Primero una viga y luego la otra, una puerta, un ventanal…
Lentamente el Castillo de su imaginación comenzó a tomar forma como si un pincel hubiera hecho una calca de este edificio monumental. En la madrugada, su obsesión siguió creciendo…
Miraba y miraba sus cuadernos y uno a una comenzó a dibujar su ciudad, la que veían sus ojos al atardecer, la que guiaban sus pasos.
Caminar a través de ella le había dado fuerza, sus zapatos desgastados eran testigos de todo aquello que había transitado.
Sus manos se transformaron en espejo de azogue de la ciudad, a partir de ese momento no dejaría de trazar…
Las semanas pasaron y los edificios se acabaron. María lo dibujó todo: El Castillo, la Alberca Olímpica, Ciudad Universitaria, el kiosco de Santa María de la Ribera…
Cuando se le acabaron los sitios conocidos, comenzó a inventarse los propios.
Algunos cuadrados, otros más redondeados pero siempre, indudablemente, suyos.
Cuadernos, libretas, servilletas, todo el papel que podía encontrar se transformaba en los ojos de José, en sus caminatas por el parque de la Zona Metropolitana.
Pasaron los meses, más no los años, entre hoja tras hoja. María empezó a disminuir el paso, ya no dibujaba tanto pero su obsesión seguía.
Llegó un diciembre más con el frío acalorado de su ciudad. Ella comenzó a notar que la velocidad de sus trazos se alentaba, había dibujado todo, solo le faltaba un boceto más…
Era como si sus manos no quisieran reconocer aquello que le inquietaba, la imagen que no la dejaba dormir y la empujaba a realizar trazo sobre trazo.
María lloró pero sus dedos continuaban creando líneas y curvas sin cesar.
Ella quería parar.
Pero como el remolino de un tiempo sin sol, su vida continuaba girando alrededor de un lápiz, de un pincel de tinta interminable.
Cuando la última de las hojas otoñales tocó el suelo de asfalto pasando a través de su ventana lo logró…
Al final la dibujó a ella, a su madre, a Carlota.
Sus ojos eran como espejos empañados, como María podía recordarlos.
Su semblante no estaba en blanco, los asomos de una sonrisa bien podían encontrarse en uno de sus hoyuelos.
María colgó el retrato en la pequeña sala de su apartamento en una colonia más de su ciudad. Debajo colocó un jarrón de flores secas con algunas vivas. En medio, un girasol que miraba a su madre como si fuera el astro que le da nombre.
Entonces, ella caminó hacia la puerta, sin mirar atrás como Orfeo, y el mundo se tornó azucarado; ya podía María recorrer los bosques decembrinos, ayudar a un soldado raso y escuchar historias de princesas huérfanas con alguien a su lado.

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).

La tuerca del terror: el tratamiento de la inocencia en las obras de Henry James

por Enola Rue

El tema base de las obras de Henry James es la inocencia. Los inocentes, frente a una situación en desventaja con sus antagonistas, solo pueden autodestruirse como única defensa, puesto que la inocencia es la incapacidad de superar sus limitaciones a través de la experiencia.

Para entender mejor este esquema elemental en sus obras, es posible remontarnos a la información biográfica del autor. Henry James fue nacido dentro de una familia aristocrática, donde su abuelo resolvió la situación financiera de la familia para que el padre del escritor pudiera vivir una vida de ocio. Debido a esto, el padre de Henry James dedicó su tiempo a resolver sus dudas religiosas. En Inglaterra se vio influenciado por las ideas del filósofo E. Swedenborg y comprende una teoría educativa que les enseñaría a sus hijos posteriormente: rechaza cualquier dogmatismo, no inculca valores universales a sus hijos, sino que mantiene la amplitud de ideas y valores parciales que ellos puedan aprender de todo tipo de vida y de toda clase de experiencia.

De modo que la familia se mueve de un sitio para otro como consecuencia de este principio educativo. Los hermanos James se educaron en una serie de escuelas en Nueva York, en Ginebra, en París, entre otros lugares; o bien, tuvieron tutores o institutrices que los educaron en la historia de Alemania, Francia, Italia, Suiza y visitas turísticas a museos, castillos y palacios. El contacto infantil de Henry James con todo este conocimiento forma los cimientos de su concepto de los europeos y su propia figura como extranjero.

Henry James se ve a sí mismo como el mejor americano, es decir, dotado de condiciones intelectuales y de carácter, uniendo la cualidad europea del refinamiento y la sensibilidad dadas por la cultura. A grandes rasgos, la bondad natural unida a la educación y a la cultura da nacimiento al tema base de sus obras: la inocencia.

Ahora bien, el primer tratamiento de la inocencia se compone del extranjero enfrentado al nativo, donde el conflicto siempre resalta la inocencia del primero. El desenlace de la situación resulta fatal, ya que nunca logra comprender las circunstancias diferentes a su modo vida cotidiano, por ello, el protagonista es destruido por los antagonistas. Ejemplos de este primer tratamiento lo constituyen obras como El americano, 1877; Un peregrino apasionado y otros cuentos, 1875; Roderick Hudson, 1876; Daisy Miller, 1879.

De hecho, Henry James en 1904 y 1905 viaja por toda la costa atlántica desde Nueva Inglaterra hasta Florida, lo cual daría como resultado la redacción de El americano, en la cual narra sus impresiones de viaje desde la perspectiva de un americano largamente ausente de su patria, que la contempla y reflexiona sobre los cambios que advierte en ella.

En obras como El alumno, 1891; Lo que Maisie sabía, 1879, el inocente es un niño perdido en el mundo de los adultos; en este caso, también el desenlace será la muerte del niño provocada por los antagonistas, los adultos.

Además, elabora un tercer tratamiento de la inocencia en el mundo intelectual y artístico. El enfrentamiento se lleva a cabo entre el artista inocente frente a la sociedad vulgar e insensible que, a veces, lo acepta y lo utiliza para finalmente tirarlo. El final irremediable es la muerte del artista, ya sea por cansancio, o por tristeza, o por frustración; por ejemplo, en La lección del maestro, 1892; El autor de Beltraffio, 1885; La muerte del león, 1894.

Por consiguiente, el inocente es presentado como un ser indefenso, de gran capacidad intelectual, pero enfrentado a una situación que no ha provocado y de la cual ha de salir malparado, si no totalmente destruido. Es una víctima sin la más mínima oportunidad de defensa.

A partir de los años noventa, Henry James concibe un último tratamiento de la inocencia: el mundo natural frente al mundo sobrenatural. Es un enfrentamiento entre adultos cultos, flexibles y de gran sensibilidad con el mundo sobrenatural, ante el cual no pueden defenderse. Precisamente, en Otra vuelta de tuerca, de 1898, se advierte un doble plano de enfrentamiento: por un lado, el adulto inteligente con el mundo sobrenatural y, por otro lado, el de los niños con el mundo de los adultos, para ellos ininteligible. En otras palabras, en el nivel inferior, el mundo infantil; en el superior, el mundo sobrenatural; y en el medio, como una especie de puente, el mundo adulto.

Para los lectores de fin de siglo, la inclusión de dos niños como protagonistas de una historia de terror y su reacción ante los fantasmas debió constituir toda una novedad. De hecho, los niños habían estado excluidos casi siempre de este tipo de historias.

«Si opinan que, por tratarse de un niño, se da una vuelta de tuerca, ¿qué dirían ustedes de una aventura que les pasó a dos criaturas», esto nos dice Douglas, el personaje de Henry James en Otra vuelta de tuerca, para despertar la curiosidad de los invitados con una historia estremecedora por su horror y dolor, que por primera vez sería contada a dichos oyentes.

A primera vista, la historia parece poco sorprendente. Una joven institutriz llega a una mansión en el campo para encargarse de dos niños huérfanos. Luego de su llegada, la joven advierte que los niños reciben la visita de sus antiguos preceptores, Peter Quint y la señorita Jessel, quienes habían muerto hacía mucho tiempo. Debido a esto, la institutriz, horrorizada, busca proteger a los niños, Miles y Flora, buscando interponerse entre ellos y los fantasmas.

Ramón Buckley sostiene que la historia tenía muchas vueltas de tuerca y que había que llegar hasta el fondo para encontrar el mensaje escondido. Es sabido que Henry James pone la historia desde la perspectiva de la institutriz, quizá en ella pueda estar el tornillo de la historia. De esta forma, sería posible estuviera escrita de forma que los acontecimientos pudiesen ser cuestionados por el lector.

El hecho de que sea la narradora no es accidental, Henry James siempre tenía en cuenta desde donde se narraba su historia. Por consiguiente, el punto de partida para cualquier interpretación ha de ser la figura de la institutriz.

Ciertamente, en su Teoría de la novela, el autor sostiene que la narración en primera persona consiste en que el narrador es el sujeto y el objeto de la narración, es decir, lo narrado sale de él y vuelve a él. Entonces, todo acontecimiento se sucede por las palabras de la institutriz, las cuales nos describen a la mansión Bly, a los niños, a los fantasmas; sin embargo, ella se está narrando a sí misma.

La tuerca del terror, por ende, dio una vuelta y creó una narración que dejó fascinados a lectores y críticos por igual, siendo incapaces de llegar al fondo de esta. La figura del inocente llega a su auge con Otra vuelta de tuerca, donde una vez más demuestra que la bondad e inteligencia naturales de los protagonistas nunca serán suficientes para enfrentar un conflicto que no han desatado, pero que sin duda habrá de destruirlos.

De Historias que nos hacen /En lo profundo y la extrañamente acertada descripción musical de lo que es… ser una hermana mayor

Brenda Garrido Hernández

Hoy 30 de abril, mientras pensaba un poco en mi infancia y la cantidad exorbitante de películas de Disney que la acompañaron, me detuve un poco en una película reciente que, si bien se estrenó MUY lejos de mis días infantiles, una de sus canciones caló tanto en mi niña interior que… dolió.

Vi Encanto (2021) y admito que, aunque la animación es preciosa, francamente creo que la historia tiene algunos cuantos problemas; que mi yo sobre analítico no pudo dejar pasar para considerarla un WOW que quisiera revivir cada cierto tiempo. Por otra parte, en el terreno musical la película destaca, como pocas veces el Disney reciente lo ha logrado.

Dejando un poco de lado la bastante pegadiza No se habla de Bruno, y la melancólica Dos oruguitas me quiero enfocar un poco en aquella que creo les dolió un poco bastante a las hermanas mayores (y tal vez también a los hermanos) En lo profundo.

La canción en sí es interpretada por el personaje de Luisa (la hermana mayor de la protagonista) a lo largo de la película su personaje es visto realizando tareas como cargar burros, mover casas y demás (todas relacionadas a su super fuerza) en todo momento su personaje es estoico e inagotable, hasta que canta su canción.

En la letra relata, como se siente con un exceso de responsabilidades pero que al mismo tiempo no puede negarse a cumplirlas porque siente que es su deber.

“Dáselo a tu hermana, pon en sus manos. Todas las tareas que no aguantamos (…) En lo profundo. Algo me inquieta y se empeora, yo debo salvar a todo el mundo.”

También en algunas líneas se declara que el personaje siente que no tiene oportunidad de descansar y conocerse a si misma.

“¿Podré desvanecer el peso cruel, la expectativa, y vivir solo un momento, De esparcimiento? Tan simple y bello En vez del peso
Que va en aumento.”

Yo fui hija única durante 6 años, luego de eso tuve a mi primer hermano y de alguna forma a mi corta edad… me convertí en algo parecido a la segunda madre de alguien. Aprendí a cambiar pañales, mi tiempo libre se dividía en tareas escolares, del hogar y el cuidado de otro ser humano. Si mis padres no estaban, era la niñera oficial y si algo le pasaba a mi hermano  sufría castigos físicos.

Luego llegó mi segundo hermano, y a veces, a mi cuidado tenía a dos niños más pequeños que yo. No era fácil, pero me sentía (siento) responsable al ser la hermana mayor. Cuando intento recordar mi infancia, casi siempre están mis hermanos, yo con ellos, yo enseñando a atar las agujetas, yo gritando, yo teniendo miedo de que algo les pasara, yo intentando ver la tele o jugar mientras mantenía un ojo atento a que no cayeran de la cama o que no les cayera nada encima.

Ser la hermana mayor de alguien en la mayoría de las familias (como en la mía) se traduce como un cuidador y brazo de ayuda para los padres. Las hermanas mayores, muchas veces no tenemos una infancia memorable llena de recuerdos felices. En muchos casos tenemos una infancia agrietada por responsabilidades de adultos, con ansiedades que no puedes controlar, aunque tus hermanos tengan casi 20.

No me malentiendan, amo a mis hermanos, pero cuidarlos y ser casi otra madre para ellos, tener esas responsabilidades a tan corta edad, atento contra mi infancia. Aun hoy siento que tengo que cuidar de ellos, que hay más responsabilidades de las que puedo cargar y supongo que por eso, una canción dentro de una película infantil le dolió tanto a mi niña interior.

Si alguien que ha visto la película, se adentra en estas líneas y tiene la casualidad de ser la hermana mayor de alguien, espero profundamente que no te hayas sentido como yo mientras escuchabas la canción, y si tuviste la mala suerte de vivir una experiencia similar o te sentiste tan identificada, te mando un fuerte abrazo.