Las campanadas del reloj de la escalera importunaron la inconsciencia de Rayo. Tendida sobre la losa, doblada sobre sí misma. Cada repiqueteo le corre un trago de hiel desde la garganta hasta el pecho. Aprieta muy fuerte los ojos, pero un rictus en sus labios delata su insoportable dolor… que de nada sirve, porque está sola y nadie la ve. Cada hora que escucha es otro puntapié que se aloja feroz contra su cuerpo pequeño de 1.55 m… ÉL, con sus 115 k y sus 1.80 m la ha golpeado otra vez y otra vez se ha ido quién sabe hasta cuándo.
A la décima campanada consiguió abrir los ojos, una mancha roja y espesa fue lo primero que pudo ver, lo único. Apenas consiguió arrastrarse hasta el sillón, pero las fuerzas no le alcanzaron para subirse a él. Un suspiro largo acompañó su esfuerzo. «Todo está bien». Si cada golpe sirve para apaciguar su ira. Si cada grito y cada insulto le devuelven a él la paz… Está bien que castigue su vientre seco, incapaz de concebir, que para eso ella es fuerte.
A contra pared, topa sus hinchada mirada con el retrato de sus dieciséis años. El cabello inocente, el rostro de piel color esperanza, la mirada que no sabe de silencios y castigos.
Su garganta quiere desahogarse un poquito, pero el reloj ya se ha detenido.
Mañana dirá el forense que sus órganos internos estaban deshechos de tanto golpe y que su hígado no hubiera aguantado un trago más, de tantos que bebió para apaciguar las hematomas del alma: tequila, aguardiente, mezcal, lo que fuera. Nadie dirá que escuchó aunque sea un suspiro de su boca.
***
Nunca más un gemido contenido. El hijo no es dueño de tu vientre. El hombre no es dueño de tu sexo. Ningún dios es dueño de tu destino. GRITA. Que tu queja sea del tamaño del trueno, que su luz sea tan intensa como la del relámpago, que la voz sea tan potente como la del rayo.
Ehécatl no recibe débiles suspiros de ofrenda para crear huracanes.
Sentadas en círuclo figurábamos ser una sola pisando tan fuerte que el estado temblaba haciendo cantar a sus sirenas en nuestro honor.
Estando en la intimidad que da la proximidad al mar nos hicimos hermanas: hermanas de dolor, de lucha, de noches tratando de resistir contra nuestra cabeza, de días peleando contra nuestro dolor.
Comenzaste a contar tu historia en pasado, mostrando heridas que aún dolían recordar. Yo te miraba de lejos con orgullo, admirando en silencia la valentía tantuada en cada poro de tu ser.
Estallando en llanto dijiste que, a veces, no querías seguir ¿Cómo continuar en un mundo que tanto te ha lastimado? En un mundo que te condena apenas se sabe que eres mujer. Si pudieras ver lo mucho que el mundo necesita del coraje que transpiras que se convierte en fuego ardiente que quema a todo aquel que te lastimó.
Si pudieras ver cómo tu fuego nos inspira a muchas sanándonos en silencio o a gritos, haciéndonos sabe que no estamos solas, eso en verdad pasó y no fue nuestra culpa asco, vergüenza y repudio sentirán ellos porque nosotras ya no.
Si pudieras verte como te miramos tantos pares de ojos en los que tú colocaste las gafas moradas, juro por las diosas que nada nos deben, que si pudieras alzarías la cabeza pregonando que sobreviviste al diablo en persona y ahora él se arrepiente de haber creado su propia destrucción.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 22 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Una cicatriz.
Una caricia.
El cuerpo aprende,
reconoce y
se reivindica,
merece y allana a lo que siente;
conocerlo es más que viajar
a través de la vértebra del tiempo
donde a pesar de lo que por costumbre se añada,
lo que es,
es lo que él demanda.
Mi satisfacción es mi cuerpo
estoy a servicio de él.
Lizzie v. P.
Todo comenzó en un viejo callejón, de esos que esconden las grandes urbes del mundo como si de un lunar indeseable se tratara…entre las piedras, en las ranuras de los ladrillos, con una voz agrietada por los años, ella leía las cartas…
Una por una, las volteaba con la lentitud de un reloj de arena…
Veía a la oyente y luego observaba los grabados que conocía de una vida dedicada al contemplar.
Respiraba hondo, sonoramente, con unos pulmones que habían visto mejores días.
Y entonces comenzaba a recitar su cantaleta:
“¡Ah, aquí está la respuesta a tu problema! Como suele suceder, todo se encuentra en el pasado…
(Suspiraba por el esfuerzo, sus cuerdas vocales que contenían un sinfín de carreteras necesitaban un descanso. La audiencia, sin embargo, solo desesperaba. La preocupación por el saber ya no le impresionaba, ni siquiera le angustiaba cumplir con la expectativa de sus lecturas.)
…veo, que todo comenzó con una gran ilusión…
…las historias suelen comenzar con la esperanza…
…pero, al poco tiempo, todo cambió…
…lo conociste…
…en verdad, lo conociste…
…creo que tú misma ya sabes la respuesta a tu pregunta!”
(No importaba las veces que dijera esa última frase, no dejaba de ser verdad.)
Acto seguido, la escucha podía llorar, quedarse callada, enfurecerse con la lectora, pero no quedarse indiferente.
Mientras ellas realizaban este acto, Tarot-Reader amasaba sus cartas, las mezclaba con cariño a la luz de sus cuarzos rosados.
(Casi siempre tardaban unos minutos en volver a preguntar.)
(Casi siempre se trataba de las mismas oraciones: ¿Está segura? ¿Por qué? ¿Cambiará en un futuro?).
(Las respuestas, claro está, solían ser las siguientes: Sí. Mira al pasado, es un patrón que se repite. No. Estoy segura de que no. No, ya lo has preguntado. No es no. Te saco otra carta: La Torre. ¿Una más? El tres de espadas, un corazón roto. ¿Aún no? La última: La muerte.)
Por extraño que parezca, La muerte lograba callarlas. Hay algo indecible en los finales que convoca al silencio.
Y entonces se iban, corrían, evitaban la verdad digerida. Y Tarot-Reader esperaba todo esto.
Era normal, era la rutina.
Entonces entraba la siguiente chica…
Pero un 13 de febrero ocurrió algo distinto.
Ella entró, preguntó como de costumbre y la vidente hizo su predicción.
Violeta enmudeció.
Era un día frío, entonces Tarot-Reader ser sirvió té de jengibre en su taza favorita mientras esperaba.
Después de una eternidad enclaustrada, Violeta salió como una robot del puestito ambulante.
Cuando Tarot-Reader terminaba de guardar sus cartas regresó.
Y preguntó el por qué…
…recibió la respuesta de rutina…
Pero algo que hizo que la bruja quisiera ahondar un poco más…
…así que Violeta sacó otras cartas: Los amantes, La Torre, El Sol y La Fuerza.
Helada, la vidente enmudeció mientras la chica ponía cara de preocupación.
Cuando la niña ya pensaba en volver a retirarse, escuchó que la voz de lo milenario le decía:
“A veces las elecciones traen cambio, conllevan la destrucción de lo conocido. Nos sacuden desde la raíz. Pero no hay nada más productivo para la siembra que la ceniza; entonces, con fortaleza y paciencia se obtiene la felicidad de un nuevo comienzo, de ver brotes florecer donde antes hubo fuego y barbarie.
Feliz Día de San Valentín.”
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 al presente (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021.
Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades.
También es actriz entrenada en verso y asistente de producción.
Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).
Son distintas las sombras de sol y las sombras de luna. Unas son sombras de luz y las otras, sombras a oscuras. Las unas se extienden altas y ligeras, las otras se encogen, frágiles y pequeñas. Caminaron un instante, juntas nuestras sombras, eran estrellas y farolas las que les daban vista sobre la banqueta. Sombras las dos, pero una y una. La tuya, delgada y erguida; menuda y corta, la mía. Fue una noche a hora temprana en que por un café habíamos quedado ¿Qué otra cosa pueden las sombras si no tomar café, conversando? Pero al café no fuimos, entre los árboles de un parque nos detuvimos, había iniciando apenas la primavera. Para encontrarnos puse sobre mi pelo un broche brillante, para que al verlo, como tu igual me reconocieras. Tú seguramente trajiste para mí tu mejor contorno de la temporada. Era la ciudad y ambos creíamos lo que no era.
¿Unirse pueden las sombras? ¡No! Al momento desaparecen, se conglomeran y se pierden. Lo inevitable fue preciso que sucediera. Tu sombra se metió entonces sola en los andenes del tren sin despedirse, no sirvieron ya ni estrellas ni farolas para detenerte. Sólo dejaron en mis pupilas el engaño de un saco a cuadros vistiendo tu espalda y el sabor amargo de ninguna palabra. Las sombras de sol salvaguardan del calor en las tardes veraniegas: esbeltas, ágiles y altas, van más rápido. Siempre van, nunca vuelven. Las sombras de luna atemorizan y guardan secretos, pequeñas y lentas, se quedan y se filtran para preñar la tierra. Las sombras que se van, conocen el mundo desde arriba, se convierten en humo, en el vapor de las nubes o en la niebla que besa de madrugada la tierna yerba. Las sombras que se quedan, conocen de raíces, humedades y semillas. Una busca volando, la otra encuentra, andando. Menguó la luna, se metió el sol. No volverá a reflejarse tu sombra junto a la mía.
Por Arizbell Morel Díaz.
Para Teatro El Milagro.
Liliac sostenía su taza de café con ambas manos mientras contemplaba la mañana por la ventana de su sala. Al frente, el invierno infernal se extendía en todo su esplendor, anunciando otra jornada llena de heladas y un sol tan seco que quemaba los ojos con tan solo abrirlos. En los rincones hasta el polvo se escondía del clima y la llegada de los rayos de un astro que, aunque lejano, no podía más que imponer su dominio en todo aquello que osara moverse.
A la bruja no le gustaba el invierno.
A diferencia de su madre, ella aborrecía los festejos de Yule, el reposo constante y las reuniones familiares alrededor de las velas.
Monotonía esperanzada. Consuelo de los mortales, pensaba.
Y los medios días son los peores.
Los intermedios entre los festejos que nadie sabe cómo habitar sin importar su afiliación o edad. Todo cerrado, todo esperando el inicio de un nuevo ciclo que se retardaba porque el otro no quería empezar a terminarse.
Patético y predecible, ilusiones que cuál espejos rotos solo eran fragmentos de una realidad que ya era defectuosa al existir.
Para ser una hechicera joven, Liliac era bastante pesimista.
Tomó el último sorbo del brebaje amargo, cogió su bufanda roja deshilachada y salió a caminar.
A veces la gente todavía la miraba por usar un sombrero puntiagudo (aunque estuviera helando).
Tal vez era eso o su necesidad imperante de destrozar aquellas hojas secas que habían sobrevivido al invierno.
Ser el caos era la razón de su existencia.
A lo lejos, armonizando sus pisadas, se escuchaban los maullidos de Spooky, su mascota eventual: un gato color hollín con los bigotes chuecos y la mirada inocente de quién sabe que sus travesuras no serán descubiertas.
Ambas siguieron el trayecto que ya conocían. Y cuando llegaron al mismo lugar, no pudieron evitar decepcionarse.
Un callejón de la vieja Ciudad de los Milagros: los mismos árboles secos y banquetas sucias llenas de puestos de todo aquello que puede existir.
Pero en la ventana de una pequeña cafetería cuyo aroma traspasaba la avenida se encontraba algo distinto: un letrero, carmelita color rojo que anunciaba el cierre de un teatro cercano a causa de las festividades (y posiblemente, del presupuesto.)
Jamás había estado cerca de un teatro, a las brujas no se les permite la entrada a estos lugares.
Pero uno cerrado podía ser una excepción.
Así que decidió aventurarse a conocerlo.
Como Liliac es una bruja moderna, no tenía escoba y tomó el metro.
En el vagón, humeante y repleto como de costumbre, iba pensando qué podía haber dentro de un teatro mientras Spooky se pegaba a sus costillas como un pescuezo se pega al pellejo.
Llegaron y entraron por la ventana.
Todo oscuro y polvoso por dentro, una vieja casona rojiza por fuera.
Ella encendió la luz de una vela.
El teatro por dentro era como una caja torácica: todo el costillar que representaba los andamios envolvía a quien estuviera dentro del escenario.
Les gustó la sensación y continuaron explorando.
En una esquina Spooky encontró un pedazo de madera vieja, un montón de botones y una escoba.
Para entretenerse, Liliac creó una especie de muñeco de nieve y madera que las miraba.
Te llamaré Yule Boy, dijo la pequeña bruja.
Y Yule Boy parecía sonreírle a su manera.
Como era una bruja, Yule Boy se convirtió en el espíritu protector del lugar.
Dicen, que en las noches y en los días de invierno, puede escucharse su risa en los pasillos del teatro; que sus melodías infantiles recorren las escaleras, los baños y por supuesto, el escenario.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” desde el ciclo 2021-2022 al presente (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021.
Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades.
También es actriz entrenada en verso y asistente de producción.
Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).
Escribir se ha vuelto inestable para mí, pues lo que comencé con cariño, amenaza en volverse desasosiego.
“¿Quién se toma el tiempo de leer lo que escribo? ¿Y…si a nadie le gusta mi narrativa? ¿Mis historias son sosas e innecesarias?”
Comencé a escribir esta columna con el propósito de narrar historias de mujeres que, como tú y yo, hemos sido protagonistas y testigos de la vida; para que así, de cierta forma, encontrarnos (encontrarme) entre las letras. Ser escritas, ser leídas, ser comunidad.
A veces me siento como un canario atrapada en una cajita de cartón, con apenas tres agujeros para dejar entrar el aire. Sin sol, sin cielo y hasta sin noche.
Pero ahora, ya no sé si lo que escribo se queda en las paredes de aquella cajita donde estoy encerrada, o logra escapar a través de los agujeros, como un pequeño trino… Me cuestiono: ¿Mis historias han logrado ser parte de sus lecturas?
Cada duda crece con una nueva inseguridad y mis letras se quedan atoradas en la tinta de mi pluma…
¿Te ha pasado? Esa sensación de estar equivocada, pecar de soberbia por creer que tienes algo que contar… el pánico cuando no tienes que decir pero quieres escribir. El dolor de no sentirte merecedora de ser feliz en una actividad que gozas… Lo que en mi caso, es escribir.
Por ahora, no tengo idea de cómo volver a narrar y espero, que esta carta sirva como una forma de enfrentarme a esa caja de cartón que aprisiona el canario. A veces, la mejor forma de escribir es escribir para una misma.
Escribir cartas es el único lenguaje que conozco para volver a mí; y de verdad espero que este medio, cuando leas, te provoque un mínimo destello de también volver a ti, escribir para ti, para todas, para nosotras.
Prometo que seguiré escribiendo, pero por ahora será a través de cartas y espero, que esta correspondencia sea de tu agrado.
Con ternura, para ti.
Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.
«Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.»
Estoy frente a la hoja en blanco rebuscando en mi interior palabras para llenarla, ¿de qué hablar cuando la mente no se calla y el corazón late con fuerza como si quisiera ahogarse entre las saladas lágrimas del mar? El mundo gira y no se detiene por nadie, avanzan las nubes hasta que descubren que no pueden escapar del cielo y luego… nada:
Virgen de la agonía, salvadora de la soledad Lléname con tu olvido para no volver a llorar Haz silencia en mi cabeza Déjame descansar Cubre con tu velo mis noches para poder soñar.
Virgen de la agonía, creación de la mente insana Mándame la fuerza necesaria para poder volver a empezar Para afrontar un día a la vez sin dejar de respirar. Que en tu inexistencia encuentre el consuelo Que en el consuelo encuentre la calma y serenidad.
Virgen de la agonía, extensión del alma mía Aparta los pensamientos que no me dejan avanzar Deja que fluya en mi la calma del tormentoso mar. Enséñame a no atrapar el tiempo en botellas de cristal Que mis heridas den semillas y de ellas crezca un rosal.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico. Tengo 22 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
“Los recuerdos y los pensamientos envejecen igual que envejece el hombre.
Pero hay algunos pensamientos que nunca se erosionan”.
H. Murakami
Entonces, los perros de casa se quedaban en el patio. Sobre todo los de gran tamaño, como aquél Pastor Alemán al que siempre temí. Kabubi encontró un día la puerta abierta, aprovechó para pasearse por todas las habitaciones. Quién sabe cuánto tiempo después, mamá lo encontró en la recámara alzando la pata sobre una caja de juguetes. Llegué a sus gritos furiosos mientras los ponía en una bolsa plástica dispuesta a tirarlos.
Ahí estaba Irene con sus piecitos chuecos, sus brazos maltrechos, sus ojos despintados; con su pañoleta roja a lunares blancos, sus arracadas rotas; humillada por un descuido. Mi negrita de trapo, mi última muñeca.
Papá soltó mi mano para dármela mientras paseábamos por el malecón de Veracruz un mediodía de domingo. La compró a la mujer Tepehua que se la ofreció al paso. Yo tenía siete años y apenas hacía uno que nos habíamos mudado. La llamé Irene. Me pareció el mejor de los nombres, el más sonoro, el más fuerte; el que mejor iba con su morena piel de tela, que era como la mía. Ya olvidé, junto con muchos olvidos de aquellos años, dónde lo había escuchado.
Los días felices terminaron ese día.
Chachalacas no era un destino turístico, papá era el jefe administrativo de la recién inaugurada planta de Laguna Verde… Yo contaba luciérnagas, limones, mangos y tamarindos yendo por sus calles. Nadaba en la piscina o en el estuario, iba casi sin ropa, descalza, con el cabello humedecido; hasta que decidieron cortármelo por el calor. La única escuelita rural tenía pocos niños, eran mis amigos, llegábamos caminando por un sendero de terracería todas las mañanas. Luego en las tardes, íbamos por ese mismo camino a comprar pan.
La noche del fin de ese año fue un aviso.
Festejábamos con los vecinos de casa en casa, cantando La Rama.
“Ya se va la rama, muy agradecida, porque en esta casa fue bien recibida
Ya se va La Rama, muy decepcionada, porque en esta casa no le dieron nada”
Casi a las siete, interrumpimos los cantos para ir de urgencia a la clínica por el piquete de un alacrán güero en el dedo gordo del pie de papá. Pasamos horas esperando que el suero y el antídoto hicieran efecto. No tuvimos cena. Al darlo de alta ya el reloj marcaba las once con quince. De regreso a casa, nos detuvimos a escuchar los barcos recibir el amanecer del año mil novecientos setenta y nueve con un concierto de bocinas y cohetes. Estábamos agotados. También estaba Irene.
En febrero siguiente, Él faltó. En la confusión, dejamos aquel lugar, volvimos a las periferias de la gran ciudad para que mamá pudiera criarnos con el apoyo de la familia.
El día en que Kabubi ultrajó a Irene habían pasado dos años. Corrí a refugiarme en la azotea como lo hacía con frecuencia, acurrucada en un rincón. Ese era mi lugar, un refugio sin techo. A falta de mar, cielo.
Lloré.
Le lloré a Irene. Me sentía culpable por dejarla abandonada en esa caja, por no rescatarla de la bolsa condenatoria para lavarla; porque no recordaba cuándo dejó de dormir conmigo en la cama, en su compañía encontraba el olor a sal y a pescado de la playa… Lloré por el mar, por mi vida lejana junto al mar. Lloré mi orfandad. Y al fin le lloré a mi padre.
Hasta diez años después volví allá, cuando pude pagarme el viaje.
Con el rostro incendiado y la piel quemada, supe que Irene me había perdonado, que el Mar ahí estaba. Y que mi padre seguía tomando mi mano.
La mañanas frías y claras están sobrevaloradas, pensó Ana mientras bajaba los escalones de su casa a tropezones apresurados (uno a uno, con calcetas frías sobre la baldosa verde con bordes amarillentos); lo que verdaderamente importa es saber que un día está listo para estrenarse, que no importa la cantidad de momentos que contengan veinticuatro horas, de todos modos, se puede volver a comenzar…
En la cocina había café recién hecho (siempre negro, nunca de olla, repartido en dos tazas casi iguales: una rosa, la otra color capuchino, su madre era una persona de rutinas.) pero ella no tenía tiempo de beberlo, así que lo vació en un termo y cual conejo de Alicia en el País de las Maravillas guardó un gran reloj en su bolsillo y salió corriendo al metro.
Paso a paso sobre las baldosas, sabía que ya era demasiado tarde…
…que lo más probable es que no alcanzara a llegar…
…pero que podía ocurrir un milagro…
…una historia de Navidad que hiciera que todo el esfuerzo hubiera valido la pena…
Pero olvidó que no traía su boleto (y la fila para la taquilla era interminable).
Resignada, enfurruñada, se colocó detrás de un señor que bien podría ser un costal de huesos si se quedaba quieto el tiempo suficiente.
Entonces se dio cuenta, entonces las vió.
Un montón de cajas de Navidad apiladas en un puesto de revistas viejas en aquella olvidada estación del ombligo del mundo mexicano.
Las quiso todas: la de copos de nieve, la de renos con cascabeles y, sobretodo, las de nochebuenas escarchadas.
Contó el cambio que traía en las manos, (unas cuantas monedas percudidas) mientras se acercaba al señor que— más que vender dossiers—- escuchaba música de una vieja radio dorada en un rincón.
(Ana siempre se encontraba rodeada de señores, por más que corriera, pareciera que el mundo les pertenecía a ellos. Al menos el mundo de la calle, como si las millones de mujeres que lo transitaran se vieran menos, incluyéndola.)
Con la premura de la negociación, olvidó por completo su apuro anterior: Llegar a un evento irrepetible que hubiera alterado el curso de su vida por un par de días.
A veces lo realmente importante, se encuentra en las pequeñas cosas, en los detalles que no se alcanzan a ver…
En ocasiones, caemos en espejismos del deber ser, de la moda de aparador, de aquello a lo que me gustaría pertenecer…
Qué fortuna que Ana cambió ese día…sino, quién sabe dónde estaría…
Y es que cuando una encuentra el deseo de su corazón, el rumbo de la vida cambia.
No puedes ignorar lo que está frente a ti, te llama y cual imán gigante te mantiene atada a su centro.
No hay escapatoria para el verdadero amor.
No hay segundas oportunidades.
Una puede viajar toda la vida con prisas, creyendo que lo que realmente importa se ha encontrado.
Hasta que chocas con la verdad, con lo realmente valioso.
Entonces, no hay vuelta atrás…
Apiladas las cajas en sus brazos, comenzó a caminar por las calles de la Ciudad, sin un céntimo que le pesara en los bolsillos.
¿A dónde se dirigió?
Eso, no es lo que importa.
Porque el destino puede contener mil cosas, como unas cajas vacías que te pueden llevar a cualquier lado.
Ana lo comprendió en el instante en que las vio: lo que importa no es el exterior (que podía ser bonito si te gusta lo barroco) sino aquello que puede contener una vida, una existencia, aunque sea de cartón.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran “Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera”, “Barista”, “La máquina que todo lo escribe” y “El color de tus ojos al ver las hojas caer” (2021).