Por Tania Farias
Desperté de un sobresalto. El aire parecía escaso, mi corazón latía acelerado, como si estuviera participando de una carrera, y podía sentir la pesadez de la ansiedad en el pecho. Era un sueño turbio el que me había despertado, pero no lograba recordarlo con exactitud; tan solo habían quedado imágenes confusas y distorsionadas que revoloteaban en mi cabeza. Tenía ganas de llorar y deseaba salir de aquella cama, tomar un carro y viajar los casi 250 kilómetros que me separaban de él. Las dudas me asaltaban y la reciente desgracia que había azotado a un campamento de verano en Texas no aliviaba mi sentir.
La razón de mi desasosiego, de esa crisis de ansiedad en medio de la noche, era que esa mañana había acompañado a mi hijo de once años y lo había dejado en su primer campamento de verano. Para varios de mis conocidos, y habiendo vivido en Canadá, esa era una actividad común. Incluso, muchos de ellos habían enviado a sus hijos a edades más tempranas. Para mi esposo y para mí era algo nuevo, no desconocido completamente; mi hijo ya había realizado viajes escolares con anterioridad. Pero esta ocasión sería diferente. En el momento en que acepté inscribirlo supe que sería un ejercicio de aprendizaje para mi hijo y para mí. Por un lado, él disfrutaría de dos semanas llenas de actividades físicas y recreativas, en un ambiente seguro y vigilado, pero lejos de casa y de sus papás. Para mí, sería un momento para hacerle frente a mis aprehensiones.
La ansiedad y yo hemos sido siempre grandes compañeras: la recuerdo desde mi infancia, presente cuando papá llegaba con retraso a casa o a buscarme en casa de mi abuela, o cuando la maestra había dicho algo y yo lo había interpretado como negativo hacia mí o cuando alguna amiga no me había hablado en la escuela al cruzarnos durante el receso. Un cúmulo de ideas invadían mi cabeza y pensaba siempre en desenlaces terribles. A lo largo de los años he aprendido a vivir con ella, aun cuando su presencia, en muchas ocasiones, me haga la vida muy compleja. Más bien, he aprendido a vivir a pesar de ella.
Sin embargo, desde el nacimiento de mi hijo, mi eterna compañera ha alcanzado una nueva magnitud y, verlo crecer, aun cuando lo hago con orgullo y admiración por ser partícipe de lo maravillosa que es la naturaleza, la ansiedad llega con nuevos temores cada día, los cuales se acumulan y, a veces, me cuesta respirar. Quisiera tener la capacidad de mantenerlo a salvo de cualquier peligro de la vida. Pero comprendo que mi deseo es querer guardarlo en una burbuja, lo cual es imposible. Sé que debo soltar poco a poco, darle su espacio, su tiempo, pues el objetivo al final del día es hacer de él un adulto responsable, independiente, empático, capaz de forjar su propio destino.
Lo más difícil de todo fue no tener noticias de él. Los días pasaban y la angustia me atrapaba por instantes durante los cuales tenía que convencerme a mí misma de que todo estaría bien, que de seguro él estaba disfrutando al máximo de la experiencia. Revisar las esporádicas fotografías que eran publicadas en las redes sociales del campamento era la única manera de saber de él, aunque no fuera de forma inmediata, pues las fotografías llegaban a cuentagotas; cada dos o tres días, con suerte. Inspeccionaba las imágenes tratando de encontrarlo y aun cuando solo se percibiera su suéter, su gorra o sus zapatos, era una bocanada de aire fresco la que llenaba y una vez más podía darle un receso a mi perenne compañera… hasta el día siguiente.
No voy a mentir, el momento en que lo vi detrás de las mesas de recepción, el día en que la sesión del campamento terminó, las ganas de llorar llegaron como un caballo a galope; deseaba gritar de alegría y correr hacia él. Pero respiré hondo, pues sé que a su edad una muestra tan grande de afecto podría incomodarlo. Sonreí, caminé hacia él y lo apreté contra mí dejándome invadir por la sensación de plenitud de tenerlo de nuevo conmigo.
Decir que he vencido a la ansiedad después de esta experiencia sería de gran soberbia, además de una verdadera sandez, pues ella sigue a mi lado en cada paso que doy. Sin embargo, la experiencia me enseñó que soy más fuerte de lo que a veces me concedo y que la vida es un proceso.
Como no quiero alimentar más a mi eterna compañera pensando en el futuro, en el momento en el que mi hijo tenga que dejar definitivamente el nido familiar (a pesar de que ese tipo de reflexiones llega de improviso y me hace saltar un respiro), trataré de vivir el día a día; por el momento, mi hijo solo tiene once años. Más adelante… ya veremos.
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