De recuerdos, aventuras y reflexiones|Mi eterna compañera

Por Tania Farias

Desperté de un sobresalto. El aire parecía escaso, mi corazón latía acelerado, como si estuviera participando de una carrera, y podía sentir la pesadez de la ansiedad en el pecho. Era un sueño turbio el que me había despertado, pero no lograba recordarlo con exactitud; tan solo habían quedado imágenes confusas y distorsionadas que revoloteaban en mi cabeza. Tenía ganas de llorar y deseaba salir de aquella cama, tomar un carro y viajar los casi 250 kilómetros que me separaban de él. Las dudas me asaltaban y la reciente desgracia que había azotado a un campamento de verano en Texas no aliviaba mi sentir.  

           La razón de mi desasosiego, de esa crisis de ansiedad en medio de la noche, era que esa mañana había acompañado a mi hijo de once años y lo había dejado en su primer campamento de verano. Para varios de mis conocidos, y habiendo vivido en Canadá, esa era una actividad común. Incluso, muchos de ellos habían enviado a sus hijos a edades más tempranas. Para mi esposo y para mí era algo nuevo, no desconocido completamente; mi hijo ya había realizado viajes escolares con anterioridad. Pero esta ocasión sería diferente. En el momento en que acepté inscribirlo supe que sería un ejercicio de aprendizaje para mi hijo y para mí. Por un lado, él disfrutaría de dos semanas llenas de actividades físicas y recreativas, en un ambiente seguro y vigilado, pero lejos de casa y de sus papás. Para mí, sería un momento para hacerle frente a mis aprehensiones.        

           La ansiedad y yo hemos sido siempre grandes compañeras: la recuerdo desde mi infancia, presente cuando papá llegaba con retraso a casa o a buscarme en casa de mi abuela, o cuando la maestra había dicho algo y yo lo había interpretado como negativo hacia mí o cuando alguna amiga no me había hablado en la escuela al cruzarnos durante el receso. Un cúmulo de ideas invadían mi cabeza y pensaba siempre en desenlaces terribles. A lo largo de los años he aprendido a vivir con ella, aun cuando su presencia, en muchas ocasiones, me haga la vida muy compleja. Más bien, he aprendido a vivir a pesar de ella.

           Sin embargo, desde el nacimiento de mi hijo, mi eterna compañera ha alcanzado una nueva magnitud y, verlo crecer, aun cuando lo hago con orgullo y admiración por ser partícipe de lo maravillosa que es la naturaleza, la ansiedad llega con nuevos temores cada día, los cuales se acumulan y, a veces, me cuesta respirar. Quisiera tener la capacidad de mantenerlo a salvo de cualquier peligro de la vida. Pero comprendo que mi deseo es querer guardarlo en una burbuja, lo cual es imposible. Sé que debo soltar poco a poco, darle su espacio, su tiempo, pues el objetivo al final del día es hacer de él un adulto responsable, independiente, empático, capaz de forjar su propio destino.

           Lo más difícil de todo fue no tener noticias de él. Los días pasaban y la angustia me atrapaba por instantes durante los cuales tenía que convencerme a mí misma de que todo estaría bien, que de seguro él estaba disfrutando al máximo de la experiencia. Revisar las esporádicas fotografías que eran publicadas en las redes sociales del campamento era la única manera de saber de él, aunque no fuera de forma inmediata, pues las fotografías llegaban a cuentagotas; cada dos o tres días, con suerte. Inspeccionaba las imágenes tratando de encontrarlo y aun cuando solo se percibiera su suéter, su gorra o sus zapatos, era una bocanada de aire fresco la que llenaba y una vez más podía darle un receso a mi perenne compañera… hasta el día siguiente.

           No voy a mentir, el momento en que lo vi detrás de las mesas de recepción, el día en que la sesión del campamento terminó, las ganas de llorar llegaron como un caballo a galope; deseaba gritar de alegría y correr hacia él. Pero respiré hondo, pues sé que a su edad una muestra tan grande de afecto podría incomodarlo. Sonreí, caminé hacia él y lo apreté contra mí dejándome invadir por la sensación de plenitud de tenerlo de nuevo conmigo.

Decir que he vencido a la ansiedad después de esta experiencia sería de gran soberbia, además de una verdadera sandez, pues ella sigue a mi lado en cada paso que doy. Sin embargo, la experiencia me enseñó que soy más fuerte de lo que a veces me concedo y que la vida es un proceso.

Como no quiero alimentar más a mi eterna compañera pensando en el futuro, en el momento en el que mi hijo tenga que dejar definitivamente el nido familiar (a pesar de que ese tipo de reflexiones llega de improviso y me hace saltar un respiro), trataré de vivir el día a día; por el momento, mi hijo solo tiene once años. Más adelante… ya veremos.

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Letras Revueltas|Caminando fui lo que fui

Por Illari Alderete

Atraída por el olor a incienso, entré en la tienda de brujerías, así le dice una amiga que vive en la Santa María la Rivera, el lugar parecía lúgubre, tenía adornos de gatos negros y en las repisas se vendían objetos mágicos; santos, símbolos, frascos, así como una amplia gama de hierbas. Desde siempre me han atraído los lugares así, los olores son un gancho implacable para mí. Dicen que soy un sabueso. Tras el mostrador me atendió una chica, de aspecto agradable, una girly que contrastaba de manera extraña con el lugar. Al mirarme, sus palabras fueron contundentes, ¿qué buscas?, ¿estás perdida? Quizás fueron dichas al azar, pero algo en ellas me resonó. Me quedé quieta. Dijo que podía hacerme una lectura de tarot gratis, si quería. Pese a mi natural atracción por las cosas sobrenaturales, intuyó en mí la incredulidad , así que me describió el ritual, comenzaría por decirme quién era yo y si lo deseaba podría preguntar por mi futuro. Accedí, la tarotista encendió una vela y otro incienso, colocó el mazo de cartas frente a mí, me pidió que dijera mi nombre completo en voz alta y que pensara en aquello que quería saber. Mezcló las cartas y me indicó que eligiera tres cartas. Sobre el futuro sólo me daría un consejo. Las cartas que salieron, fueron la torre, el as de bastos y la emperatriz; el cambio, los inicios y la fertilidad. La lectura tardó más de treinta minutos, yo me perdí entre las palabras, la explicación de las formas y colores, y los significados, cuando llegó a la última carta me dijo y ¿bien?, ¿te hablo del futuro?, acepté: debes confiar en que todo lo que deseas se cumplirá, confía en tu instinto, no hay que hacer nada más. 

Salí de allí aún más perdida de lo que entré, ¿Qué es lo que deseo? Al decir mi nombre no recuerdo haber preguntado nada, pero sus palabras sobre el futuro me abrumaron. ¿Cómo identifico mi instinto? Cuando era niña elegir era fácil, hoy podía ser presidenta, mañana profesora, escritora, científica, pero ahora no sé qué deseo hacer con mi vida. ¿Será que el destino existe? y si es así, ¿cómo saber que lo estoy cumpliendo? 

La palabra destino, me suena grandilocuente, me imagino solamente destinos heroicos; Hércules, Atila, Aquiles, Odiseo, no me imagino a Penélope, Ariadna, Medea, Perséfone, ni mucho menos a Medusa. Qué agobio ser alguno de esos héroes y ¿si no logro cumplir con mi sino? Prefiero ser Penélope y no tener ningún papel protagónico. 

Penélope
(Toma 1)
Lleva años así, dicen. Años
ya sin cáscara, enjutos. 
Trabajando en la misma tela
demorada, sus manos
han aprendido a moverse
como peces sin ojos, sin 
necesidad de que algo
las guíe. Años tejiendo 
un larguísimo tapiz, 
escena tras escena, 
a puerta cerrada. Años, 
demasiados,
hilando figuras con el escrúpulo
de quien ensarta venas
en un cuerpo, con el cariño
demacrado de quien trata
a un huérfano. Desteje 
cada noche la tela, dicen.
Pero se equivocan.
La tela se alarga y se alarga
igual que todos estos 
años flacos, sumando 
nuevas figuras a su 
historia sorda: hombres
echados que apenas 
se alimentan de flores,
gigantes de un solo ojo
de madera, criaturas brutales,
mitad mujer, mitad pájaro,
boquiabiertas. Marineros 
perdidos, ahogados, devorados,
convertidos en cerdos. Y,
en medio de todo, Odiseo
navegando preciso y cansado
hasta llegar a las costas
desmemoriadas de su isla,
disfrazándose de mendigo
para entrar a su propia casa,
traspasando la puerta justo ahora.

 Adalberto Sánchez Hernández. (Febrero 2023)

Revertir el destino es uno de mis deseos, pero ¿qué es el destino? Quiero pensar en el origen de este vocablo, el prefijo des-suele sugerir lo contrario de la palabra raíz, tino significa trayectoria u objetivo, quizás, como pensaba Aristóteles, el fin es tomar decisiones avocadas a la felicidad. ¿Quién fuera Medea sin la carga de la historia? Su destino fue liberarse y liberar a su prole. Tal vez únicamente siguió su instinto y ese tenía que ser su final, como dictan los pre-deterministas, entonces ¿Qué derecho tenemos nosotras/os de juzgarla? Lo que nos queda como lección es que sobre el deseo de los demás predominó la rebeldía de Medea. 

Admito que no sé lo que deseo, puedo enumerar lo que no quiero como un manifiesto, no pretendo un mundo injusto, lleno de opresiones, quiero ser capaz de huir ante los mandatos del mundo, quiero ser capaz de decidir sobre mi camino, ser dueña de mi propia muerte.

 Mi ideal está ligado al de Yeong-hye, personaje principal de La vegetariana de Hang Kan, quien con su vegetarianismo desafía las costumbres coreanas,  deseo convertirme en árbol. O tener múltiples conciencias como en Canto yo y baila la montaña, ser lluvia, rayo u oso, ¿qué hay del destino de estos seres? Y si el destino está formado por una voz llena de tradición, impuesto por una colectividad anónima como en «La lotería» de Shirley Jackson o por una sin razón, que nos lleva porque sí a la tragedia.

Quisiera tener, al menos un poco, la valentía de Elf, personaje de Pequeñas desgracias sin importancia de Miriam Toews, quien pese a que ha obtenido todo lo que una persona podría desear, busca su propio camino, en contra de las ambiciones de su hermana y su madre, y cuyo desenlace, al igual que el de Yeong-hye y Medea, se plantea enigmático, pues contraviene el sentido de la vida misma.  Mas solamente puedo ser como Yoli, la hermana de Elf, que dice:

«Yo no recuerdo lo que soy. Yo soy lo que sueño. Yo soy lo que espero. Yo solo soy lo que no recuerdo. Yo soy lo que los demás quieren que sea. Yo soy lo que mis hijos quieren que sea.”

Yoli. Pequeñas desgracias sin importancia de Miriam Toews

¿Cómo escapar a las exigencias de todos?, ¿de las cartas?, ¿del destino? Así sea el más benévolo, prefiero hacer mío el camino más sinuoso que aquel que se torna llano por designio. Mi historia no se llenará de grandes logros u odiseas. Sólo soy escritora de una columna en una revista digital que disfruta escribir porque sí, aprendiz de lo que su instinto le dicta y que deliberadamente me guía por un camino cuya fortuna desconozco.

*Penélope manda a Ulises a dormir al sillón». Periódico de poesía. UNAM. México.https://periodicodepoesia.unam.mx/texto/penelope-manda-a-ulises-a-dormir-al-sillon/

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

¿cómo es un diario y por qué es una libreta? | El retrato de una chica perdida

Por María Fernanda Vázquez

Toda mi vida he escrito diarios, pero no tengo ninguno terminado. En mi caos mental (que juro que a veces está ordenado) nunca encontré como hacer mío un espacio físico tan pequeñito como una libreta. Admiro mucho a las personas que hallaron el modo de adueñarse de la rutina de vertir sus sentimientos en una hoja al final del dia.

Yo nunca pude.

Mi diario esta lleno de entradas de fechas inconexas y a veces lo ocupo para dejar un registro de los sueños que tengo. De tanto en tanto necesito recordarme quien soy y entonces acudo a sus páginas, pero de pronto se siente incompleto, como si hiciera falta esa rutina para entender quien soy todos los días, aún cuando soy plenamente consciente de que nunca soy la misma.

Lo que pasa es que no escribo -texto- todos los días.

A menos que contemos los tuits que subo para no sentir que hablo al vacío, a menos que contemos los textos, completamente espóntaneos, que mando al chat de mis amigxs con un nombre igual de espontáneo; a menos que cuente las pequeñas notas que dejo en las lecturas que hago, los comentarios que dejo en ao3, las historias con las que saturo a mis close friends en ig.

Entonces entendí, mientras escribía esto, que sí cuenta, que el archivo de mí misma no es, en primer lugar, un archivo, pero decirle así me da un aire como de documentarista y entonces me percibo más interesante.

Un balbuceo, eso es el diario para mí. Yo amo balbucear, dejar que mis ideas enredadas se extiendan un poquito en el esfuerzo de buscar esa palabra que intentará alcanzar mi sentir. Es una actividad divertida que para nada se limita a la lengua escrita.

Sé que esto no es nada nuevo, viví el boom del journaling a traves de un montón de cuentas de tiktok que me hicieron preguntarme en qué momento maté a mi creatividad. Después entendí que darle una secuencia a la creatividad es matarla, un poco. Seguro hay algún debate filosófico que dice estas cuestiones de manera más pomposa, pero ajá, en resúmen, mi diario se encuentra en todas partes, no hay un motivo trascendental, sólo que así vivo mi vida.

(Hecho que es un poco gracioso -irónico- si recuerdo mis sesiones con la psicóloga en donde entendí que la falta de control me pone nerviosa, la contradicción es parte de mí también [o de mi signo zodiacal?, de mi mbti?, del tipo de tamal que soy de acuerdo a un test de uQuiz?]

Entonces, no tengo ningún diario terminado. Tengo un sinfin de libretas incompletas con mensajes para mi «yo futura», ella las leerá y comprenderá que tengo una tendencia por dejar pedacitos de mis palabras en muchos lados.

(Con el riesgo de que esto me deje como una irresponsable incapaz de concretar algo, lo publico)

Estos días me he sentido estancada y en medio de preparar material, renunciar a ciertas cosas y entender otras, me encontré con la necesidad de colocar un mensaje para mí en mi libreta destinada a recabar mis impresiones de lectura, la leyenda es simple: estoy cansada, pero este proyecto me gusta.

Es un pensamiento de diario, ¿no?

Pero me da flojera levantarme y buscar esa libreta para llenarla de una vez por todas. Así que dejé quieto el pensamiento en donde quiso vaciarse y el resto está aquí. ¿También es este mi diario?

¿No es la vida misma un archivo de sentires?
¿No es, en realidad, el diario una manera de vivir lo interno?
¿Quién dijo que una libreta (que puede serlo) es el único lienzo de escritura?

Si le destino lo más profundo de mis sentires, ¿no puede, como yo, estar en muchos lados?

En fin. Una tiene ese tipo de crisis los miércoles por la tarde. Lo de mañana es la incertidumbre del futuro laboral, pero ya me ocuparé de eso, probablemente tocará dejarlo en el diario de las lágrimas y los pensamientos agobiantes que construyen la historia que soñaré al dormir.

✮ ✩ 

Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, crecí en el Edomex y ahora vivo allá, pero duermo acá, por decir algo. Actualmente vivo mis últimos instantes como estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM (aún en trámites de titulación, je) y espero poco a poco perder el miedo a mi voz.

Mi interés por la literatura ha crecido conmigo, no linealmente, pues es un vaivén de encuentros y desencuentros que me confirman que siempre hay algo por aprender y compartir. Espero poder encontrarme en las letras de lxs demas, espero alguien se encuentre en las mías.

La Luna sangra

Carmen Asceneth Castañeda

Luna sangra

adolorida

esta noche.

De pena, su herida.

De vergüenza,

en la distancia.

Está enferma de silencio

de cierta desesperanza

del mal tiempo

que el hombre

hace del hombre.

La Luna madre Sangra,

no para parir.

Sangra

de tanta muerte,

de cercana rabia,

de impotencia,

de verdad

y de agonía.

© Carmen Asceneth Castañeda

Arte: Deby Clark Art

El ojo de Lya | Nada se opone a la noche: cuando la memoria y la sangre duele.

A inicios de año hice algo poco usual en mí: elegir al azar un libro de un portal de descarga gratuita. Quizá fue el estridente color amarillo de la portada lo que atrajo mi atención, junto a un título que, por sí mismo, anticipaba un arco narrativo particular: Nada se opone a la noche. Pensé que el género sería de terror, tal vez por su parecido con Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez.

Nada se opone a la noche, de la escritora francesa Delphine de Vigan, publicado en 2011, concentra en sus páginas la historia de su linaje. El libro parte del hallazgo de la autora: encontrar a su madre, Lucile, muerta, sin tener claras las causas. Ese hecho detona en ella el deseo de buscar, reordenar y plasmar la historia de su familia.

Creí que recurriría a la ficción para cubrir eventos traumáticos, violentos o indecibles. En cambio, se apoya en un registro casi enciclopédico: fotos, videos, casetes, testimonios, muchos de ellos resguardados por su abuelo. Ese archivo dota al texto de una amplitud y realismo que resultan tan absorbentes como perturbadores.

En sus primeras páginas, la historia amorosa y familiar de Georges y Liane, los abuelos, se presenta como una escena colorida, luminosa, musicalizada por algún cantante de la Francia clásica. Pero, conforme avanza la narración, la luz se atenúa: abusos sexuales, pactos de suicidio, tragedias fortuitas que arrebatan vidas, salud mental quebrada, una crianza desatendida y las secuelas que marcaron a Lucile y a sus hermanos.

«Liane cumpliría pronto cuarenta y tres años. Había dado a luz a siete niños, sin contar a Jean-Marc, y no conocía sensación más plena, más intensa que la de sentir a un pequeño ser moverse en su vientre, y después estrecharlo contra ella, buscando su seno con avidez».

En la parte dedicada a la infancia y adolescencia de la autora, la crudeza no disminuye. Se expone la angustia y vergüenza de ver a una madre atrapada por las heridas de su pasado, ingresada varias veces en un psiquiátrico.

Como lectora, me mantenía ajena a ese universo familiar, pero por momentos reconocía el riesgo que implica hacerlo visible. Imaginaba a la autora escribiendo mientras se exponía a sí misma y a su estirpe, afrontando el duelo, reconociendo heridas para superarlas y llegar al punto final de la historia misma y del dolor.

«Desde el sexto piso, al mirar hacia abajo podía observar lo que pasaba en nuestra casa. Descubrí a Lucile de pie en el salón, estaba desnuda, su cuerpo estaba pintado de blanco. Esa visión me cortó la respiración».

La prosa es ágil. La intensidad de la trama me acompañó en ratos libres, antes de dormir y en tiempos de espera en el aeropuerto durante un viaje en marzo, hasta que lo terminé. Sin embargo, al cerrar el libro seguía sosteniendo el dolor, la vergüenza, el enojo, el ardor punzante de haber transitado una realidad que no pertenece a la ficción.

El arte que conmueve es siempre memorable. Pero, en casos como este, la emoción incómoda se adhiere a quien lo contempla, como una hebra de hilo que cuelga de la memoria. Solo con el paso de los días volví a la calma.

Nota al pie: en las páginas finales, la autora revela que el título está tomado de la canción Osez Joséphine. La busqué y la escuché; quizá, tras la lectura, había idealizado un ritmo o una atmósfera, pero no los encontré.

El ojo de Lya | Lety Ricardez y la esencia poética de La Retratista

En el camino del aprendizaje del oficio de la escritura, hay un privilegio inherente a ser lectora y escritora: conocer la versión naciente de una obra, la semilla de una historia que germinará con el pasar del tiempo y de las palabras, hasta dar fruto en la obra publicada, con frases y líneas finamente plasmadas en el papel.

Este es el caso de La retratista. Tengo el gusto de conocer a Lety Ricardez (Ciudad de Oaxaca, 1949) desde hace ya siete años. Coincidimos en un taller de escritura creativa, el primero al que yo asistía. Lety y yo éramos las únicas mujeres; sin embargo, ella ya denotaba mucha experiencia. Su prosa era puntual, ágil y, sobre todo, inmersa en sonidos poéticos. El texto que llevó a aquel taller dibujaba a una ancestra, una abuela, una niña, una mujer y una voz narrativa que contempla, sabe y expresa.

No fue sino hasta el verano de 2025 que aquella historia se concretó en una publicación editorial, bajo el sello de Carteles Editores. El arco narrativo de la novela ahonda en una historia familiar; sin embargo, es la sonoridad lo que hace destacable esta obra: la potencia poética de los versos y frases que la escritora construye con destreza, una destreza forjada a través de su experiencia como poeta.

Conocemos la historia de Luz; la abuela, la matriarca, el seno del cual parte la descendencia y la historia, unida en deseo y amor a Don Aarón García. De esta dupla nacen varios hijos, uno de ellos, Darío, el rebelde y jovial, que halló la muerte un domingo, cuando por la simpleza de cambiar el rumbo de sus pasos cruzando la calle fue sorprendido por una bala perdida que lo desbarató, a él y a la madre.

Lety Ricardez conmueve e impacta con una prosa única que entrelaza dulzura y crudeza. Leer La Retratista es adentrarse en un estilo cercano a una ensoñación, un paisaje de personas, modos de vida y conflictos que transporta a las y los lectores a sentires equidistantes, desde la alegría hasta el desasosiego.

La trama toma a Consuelo como eje conductor de la mayor parte de la novela. Ella es hija de Gloria y David, otro de los varones de Aarón y Luz. La infancia de Consuelo y sus hermanos, por diversas razones, fue depositada en el hogar de sus padrinos, La Güera Landeros, tan memorable como su nombre. Esta parte de la narración es una de las más nutridas y conmovedoras, dejándonos ver la rutina de una mujer que amó y protegió como propios a hijos que no lo eran.

La voz narrativa es femenina y omnisciente; conoce el hilo sanguíneo de todos los que integran esta familia, pero, aunque forma parte de esa estirpe, su llanto al nacer aún no se ha escuchado.

Lety Ricardez se integra a las letras oaxaqueñas de este 2025 rompiendo los esquemas tradicionales; defendiendo un estilo propio, poético y contundente. En La Retratista nos hace partícipes de un linaje que se mueve en el deber ser, el deseo, el amor, las palabras y el destino.

Entre Caos poético y textos perdidos | No sé quién soy.


Por Lizzie Vp


No se quién soy 
en la búsqueda me pierdo
siento dolor
es arraigado,me pertenece.

Una calidez contagia mi ser,
luz de persiana
sus partículas me rodean,
abrazan mi soledad
me permiten volver a soñar.

Elixir de día
pido al ser celestial
que me nuble el tormento
de esas voces que no cesan,
déjenme descansar.

Todo en calma quisiera sentir
entre tanto bullicio encontrarme,
abrazar mi cuerpo
ser la única mano que tome al final de los tiempos.

No sé quién soy.

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo «Solo ellos pueden hacerlo» , relato » Dos por un cuarto de hora», 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista «El Cisne»(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad. Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora, Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE. Es coordinadora y editora en redes sociales La Coyol Revista

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Tramas Humanas | ¿Solo amigos?

Amistad, deseo y otros malentendidos.

Los vi desde lejos, en una terraza discreta del centro, compartiendo una cerveza y una risa que se notaba vieja, cómplice, sin tensión ni expectativa. Él le acomodaba el cabello con cuidado para que no le cayera en la cara. Ella le contaba algo con entusiasmo, moviendo las manos. Ninguno se tocaba demasiado, pero había entre ellos una cercanía muy viva. Me pareció hermoso, incluso tierno.

Dos personas, un hombre y una mujer, hablando como si el mundo allá afuera no les gritara otra cosa.

No sé si eran amigos, amantes, compañeros de trabajo, hermanos del alma. Pero verlos me dio la excusa perfecta para traer al centro una pregunta que lleva generaciones haciéndose:

¿Pueden un hombre y una mujer, ambos heterosexuales, tener una amistad profunda sin que el deseo sexual la atraviese —o la complique— en algún momento?

El cine, la literatura y hasta las sobremesas familiares parecen haber dictado un veredicto claro: no. Que siempre uno se enamora. Que siempre uno espera algo más. Que siempre hay tensión, aunque se reprima. Que no existe la «friendzone», solo una espera frustrada.

Pero… ¿y si eso no fuera más que una incapacidad colectiva de imaginar relaciones afectivas que no estén regidas por la lógica del romance?

Yo conozco personas —hombres y mujeres heterosexuales— que llevan años de amistad profunda, leal, amorosa. Amistades que no han cruzado los límites del deseo ni del enamoramiento. Y sin embargo, muchos a su alrededor dudan de esa posibilidad. “Algo debe haber pasado en algún momento”, “al menos uno de los dos seguro quiso algo más”, dicen. Como si fuera imposible que el afecto existiera sin que el cuerpo lo reclame todo.

Hablé con algunas personas para conocer sus experiencias. Algunas me confirmaron esa amistad sin dobles intenciones. Otras, me contaron historias donde los límites se volvieron difusos.

Natalia, 29 años: “Mi mejor amigo y yo llevamos catorce años de amistad. Nunca nos hemos besado, ni coqueteado siquiera. A veces bromeamos diciendo que somos como hermanos perdidos. Lo curioso es que nuestras parejas siempre terminan celándonos. Hay algo en la intimidad no sexual que parece más amenazante que una aventura.”

Óscar, 34 años: “Tuve una amiga con la que me llevaba increíble. Salíamos, nos desvelábamos hablando, nos contábamos todo. Yo estaba seguro de que éramos solo amigos… hasta que un día ella me confesó que estaba enamorada. Me dolió perder esa amistad. No porque no correspondiera, sino porque ya nunca volvió a ser igual.”

Paola, 27 años: “Yo sí me enamoré de mi amigo. Nunca se lo dije. Llevamos ocho años de amistad, y él nunca me ha dado señales. Me tomó tiempo entender que podía seguir amándolo, aunque él no me amara igual, y que eso no anulaba lo que tenemos. El amor no correspondido también puede ser silencioso y respetuoso.”

Mauricio, 33 años: “Mi mejor amiga y yo nos conocemos desde hace quince años. Nunca ha habido tensión sexual. No la hubo cuando ambos estábamos solteros, ni ahora que ella tiene pareja. Pero la gente insiste en que algo debe pasar. Como si abrazarnos, mirarnos con ternura o cuidarnos fuera un contrato no dicho. ¿Por qué el afecto entre hombre y mujer tiene que traducirse siempre en deseo?”

La psicología contemporánea ha señalado que la amistad y el deseo son dos sistemas distintos del cerebro, y que pueden —y suelen— coexistir sin necesariamente mezclarse. De hecho, muchos estudios han demostrado que las amistades entre personas de sexos opuestos pueden ser emocionalmente igual de profundas, leales y saludables que las del mismo sexo. El problema no es el vínculo, sino la interpretación que los demás —y a veces nosotros mismos— hacemos de él.

Y claro que existen zonas grises: personas que se enamoran de sus amigos, amistades que evolucionan en relaciones románticas, vínculos que se tensan por expectativas desiguales. Pero eso no invalida la existencia de miles —sí, miles— de amistades entre hombres y mujeres heterosexuales que han resistido el paso del tiempo sin confusión ni deseo.

El deseo puede estar, sí. Pero no determina. Lo que lo determina es la voluntad: de cuidarse, de respetar los límites, de priorizar el vínculo por encima de la expectativa romántica.

Entonces, ¿se puede?
Sí. Se puede.
Cuando hay claridad, madurez, respeto y honestidad emocional, la amistad entre hombres y mujeres no solo es posible: es profundamente valiosa. Porque nos permite descubrir nuevas formas de conexión que no responden a lo romántico, pero que igual nutren y sostienen.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

Vaciar una montaña | ¿La acción o el nombre?

Foto: autora

Por: Samia Badillo

Hace algunos días fui con mi familia a Tlaxcala, por invitación de una tía. Después de las celebraciones, quisimos pasear por la ciudad. Recorrimos el centro a vuelo de pájaro y subimos unas escaleras prominentes que nos llevaron a un convento.


Desde niña he visto retablos barrocos, pero nunca han dejado de sorprenderme. Si una se abre, hay efectos que siempre pueden conmover de esa estética: el dorado inmenso, la luz y los contrastes de la sombra, el movimiento de las columnas, de las túnicas en las pinturas, de los adornos. ¿Qué pensaron las personas del siglo XVI, XVII que vieron por primera vez estos retablos? ¿Les conmovieron? ¿Les asombró? ¿Sintieron miedo o fe?
Mis padres nos dijeron que aún había una capilla por ver, pero que había que subir unas escaleras aún más pronunciadas que las primeras y que ellos ya no irían.


Mi hermano y yo emprendimos el camino. Una señora y el que parecía ser su nieto iban a un costado nuestro. La señora daba pequeños pasos. El nieto aguardaba. Mi hermano y yo nos jactábamos secretamente de tener más condición física, pero yo tuve que hacer pausas varias veces. La señora iba lento, pero constante.


Yo la observaba. Me preguntaba las razones de subir de cada quién. Mi hermano y yo lo hacíamos por aventura, conocimiento, exploración. Seguramente esa señora lo hacía por fe.


Después de un resuello largo, llegamos. Tlaxcala se miraba allá, en el horizonte. Cerros cuyo nombre no conozco la protegían de los vientos. Nos quedamos un rato parados ahí. Hasta que mi hermano dijo:


—Imagina haber caminado todo esto y que esté cerrado.


Y lo estaba. O más o menos. Entramos a una parte y pudimos observar, pero la capilla tenía una especie de reja que nos impedía el paso para recorrerla.
Vi la desilusión de mi hermano.


—Estaba más bonita la de abajo, ¿no?


Yo no dije nada. Mi hermano preguntó:


—¿Cómo se llama esta capilla?


—La Capilla del Vecino —le dije.

Después de curiosear, pero también de persignarme, agradecer y platicar conmigo y lo trascendente, salí. Me fui al mirador a observar el cielo.


Mi hermano llegó muy entusiasmado.


—Tenía que saber por qué se llama así.


—¿Y qué descubriste?


—Pues… en el siglo XVII azotó una epidemia de tifoidea a Tlaxcala y un hombre fue por una cruz para traerla a su barrio, porque había muchas personas enfermas. Lo hizo para que la cruz les ayudara a sanar.


—Así que fue por un acto de fe.


—Sí… y pues… no sé si nunca se supo su nombre, pero le quisieron hacer un homenaje con esta capilla. Así que le pusieron “La Capilla del Vecino”.


—Me parece muy bonito —respondí.


—No sé —dijo mi hermano—. Me hubiera gustado saber su nombre.


—¿Y para qué?


—No sé…


—¿No te parece que hay montón de actos solidarios y anónimos que suceden todos los días?


—Pues sí.


—¿Cuántos nombres vemos a diario en las calles? Los vemos allí y, en realidad, no nos preguntamos quiénes eran las personas que ostentaron esos nombres. Hay nombres que perdieron todo significado para nosotros. ¿De qué serviría saber si “Fulgencio López” fue quien trajo la cruz? Estamos muy acostumbrados al culto de la individualidad (la firma, el nombre), pero es tanta nuestra obsesión que vaciamos el significado de los nombres.

Mi hermano me observa. Me escucha. Reflexiona. No me da la razón del todo, pero asiente, como diciendo: “tienes un punto”.


—“La Capilla del Vecino” te dio curiosidad. Y lo que encontraste detrás del nombre fue un acto. Un acto solidario. Me parece que ahí está la clave: honrar el acto, más que a la persona que lo hizo.

Los dos nos quedamos en silencio un rato más, viendo hacia los cerros y hacia esa ciudad que recién conocíamos, apoyados sobre el barandal.


—Mis papás ya deben estar esperando —me dijo.


—Sí.


Y así, poco a poco, iniciamos el camino de regreso.

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

Piezas de un alma simple

Ansiedad

Escrito por: Alondra Grande

Yo te nombro, Ansiedad, rosal clavado en mi pecho,
helecho que cuelga de mi cabeza,
jacaranda que florece en enero,
enredadera que busca no dejarme avanzar.

Yo te nombro, Ansiedad, mar en fingida calma,
corriente que me arrastra entre sus olas de sal,
palmera que revienta con sus raíces el concreto.
Silenciosa tempestad.

Yo te nombro, Ansiedad, taquicardia roba sueños,
zumbido en los oídos, temblor de las manos,
dolor del vientre que hace mi cuerpa temblar.
Eres la extraña conocida que nunca se va.

Yo te siento, Ansiedad, me sigues a todas horas,
pegada tras mi espalda como silencioso mal.
Pareciera que somos tal para cual:
Vienes a prepararme sin decirme a qué debo escapar.

Y aunque en mi generas miedo, dudas, rumiación,
ni yo me escondo de ti, ni tu te ocultas en las sombras.
Ya no te evito, pues sé que en estamos juntas las dos.
Ansiedad, vienes conmigo. Ansiedad, quizá seas yo.

Incluso si te cargo prendida a mi pecho, mamando mi sangre,
Ansiedad, no me defines. No me limitas:
Yo te nombro, Ansiedad, rosal de de brillantes colores,
de esplendido aroma que obliga la calma encontrar.

Yo te nombro, Ansiedad, helecho que cuelga en mi cabeza:
rebelde, verde, sin forma aparente,
estabilizas a un ecosistema entero.
Proporcionas equilibrio y hábitat para los demás.

Yo te nombre, Ansiedad, jacaranda que florece en enero,
que bebo tibia para mi estomago desinflamar.
Cuando no deberias, vienes y avisas que algo anda mal.
El suelo es caliente, me dices, y sé que lo puedo cambiar.

Yo te nombro, Ansiedad, enredadera que me da privacidad,
abrazo que no permite a la tierra erosionar.
Siempre llegando más alto, te renuevas,
entre los muros que escalas, me traes un poco de paz.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.