Escribiendo sobre lo que nació para ser escrito | No son tiempos de pelear

Hola, querido lector, ¿cómo estás?

Vuelvo a ti después de mucho tiempo, lo sé, y te pido una disculpa. Empiezo a pensar, sinceramente, que debería cambiar el nombre de esta columna a La columna invernal , por lo esporádica que es y porque, casi siempre, termino escribiéndote en diciembre.

En fin, después de esta sincera disculpa, te saludo con mucho amor.

La Ciudad de México ha estado muy fría últimamente. Hoy por la mañana escuché a papá decir: «¡Estamos a 10°!». ¿Puedes creerlo? Las ventanas de mi cuarto están ligeramente cubiertas de vapor y, por lo nublado que está el día, es imposible ver más allá de mis cortinas grises. Faltan nueve días para Navidad; sí, ya sé, el año se fue en un abrir y cerrar de ojos.

Quiero contarte que, casi siempre en estas fechas —y creo que también es el interés de muchos de los que conozco—, celebramos. Por eso, desde hace un tiempo, empecé a planear una reunión con todas las personas que nos acompañaron a mi familia ya mí este año. Pero la realidad resultó muy distinta.

Yo, bueno, soy escritora. ¿Qué te puedo decir? Siento las emociones tal cual, como si las estuviera escribiendo en ese mismo instante un gran poeta. Y mi mamá, bueno, ella es mamá de una escritora; de algún lado debía heredarlo.

Sin afán de hacer de esto un diario de mis problemas ni aburrirte con pláticas tediosas de familia, no nos pusimos de acuerdo y la reunión se canceló.

¿El problema? En parte, el primero fue informarles a nuestros amigos y a la familia que no iba a poder ser; mis amigos ya incluso tenían listo su regalo de intercambio. Y el segundo —el más importante, claro— fue que esto desató una caída de dominó de todo lo no dicho durante el año. Una caída en la que lo único que gobernó fue el ego y la poca empatía, llevándonos a no hablarnos.

Sí, en diciembre.

Porque cuando uno está enojado se vuelve necio, tercamente necio. Tanto, que en mi casa se azotaron dos puertas al mismo tiempo, cada cuarto se volvió una trinchera y cada humano, un guerrero en lugar de familia.

Sutilmente, papá interrumpió mi trinchera y, después de escucharme llorar por horas —sobre mi enojo, sobre lo injusta que para mí parecía la situación—, me dijo:

—Mira el día. Es diciembre.

Era inevitable que yo me diera cuenta de que era diciembre. Lo sabía incluso antes de mirarlo: diciembre ya venía haciéndose presente en mí. Traigo puesta una pijama navideña y, en los pies, unas botitas rojas y blancas que gritan que la Navidad está cerca; con ellas podría recorrer el Polo Norte. Aunque, si mi novio leyera esto, diría que estar con esas botas —las mismas que él también tiene— se siente como andar descalzo.

Mi casa está llena de adornos navideños. En la sala hay un árbol gigante —al menos así lo siento—, cubierto de rojo y blanco, y a sus pies descansan infinidad de regalos que llevan, repetidos una y otra vez, los nombres de quienes amo.

—Continuó papá—: viene Navidad y Año Nuevo. No es tiempo de pelear.

Y fue ahí cuando el balde de agua fría cayó sobre mí.

Entonces, ¿qué es la Navidad? Porque yo estaba cubierta de ella y no la sentía. Mi casa estaba decorada de ella y, aun así, la hostilidad que la habitaba no la dejaba verse.

Y aquí es donde te pregunto —o me pregunto—, querido lector: ¿serán acaso estas las vísperas de la Navidad?, ¿será esto el espíritu navideño? No planeo escribir un cuento donde todo cambie de forma esporádica ni donde la magia llegue de la mano de Santa Claus.

La Navidad no viene de cargarla encima ni de decorar tu casa. Viene de todos esos árboles que viste en la sala desde que eras niño; del esfuerzo de ese Santa Claus que hoy sabemos bien que siempre fueron nuestros padres. Viene de la familia picando manzana para la ensalada, de quienes se sientan a la mesa contigo, aunque apenas pruebes una pizca del banquete o de lo poco que haya.

La Navidad viene de lo que se siente.

No de la trinchera que armas,
no del enojo,
no de las mil fiestas.

La Navidad es aprovechar lo que el año nos dio y celebrar que seguimos juntos. Porque qué injusto sería cargarle a una sola fecha la responsabilidad de la paz.

No es tiempo de pelear.
No en diciembre.
Nunca.

Feliz Navidad, mi querido lector.
Vive con quienes más amas y no solo te adornes: adóralos.

Con amor,

DAyis.

Dayane Ortiz

Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 21 años y soy una estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente.
Gracias por leerme, mi querido lector.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|A la hora de dormir

Por Tania Farias

La rutina estaba bien rodada. Cuando llegaba la hora de dormir, lo acompañaba a cambiarse en pijama, lavarse los dientes y después, venía el momento de elegir el libro que leeríamos esa noche. Una vez la decisión tomada, los dos nos metíamos bajo las sábanas y modulando diferentes voces, según los personajes, le leía unas páginas, mientras él escuchaba con atención. Después, encendía, a volumen bajo, una música de cuna, apagaba la luz y me quedaba a su lado hasta que los compases de su respiración se volvían lentos, profundos y regulares. Entonces, con cautela, me levantaba y me salía de la recamara.

Muchas veces, bien avanzada la noche, lo sentíamos llegar a nuestra habitación y meterse entre las sábanas en medio de mi marido y de mí. De manera automática nos acomodábamos para dejarle un espacio suficiente y continuábamos durmiendo. Poco a poco el pequeñín fue creciendo y pronto nos encontramos apretados a la hora de dormir, obligando a mi marido o a mí a buscar un espacio mayor en la cama abandonada por mi hijo.

Quienes tienen hijos quizás compartan la misma opinión que yo tengo: dormir con un niño puede ser agotador, pues no faltan, en medio de la noche, los manotazos, las patadas y los empujones. De repente, te encuentras confinado en un diminuto espacio en la orilla de la cama, luchando por no caerte o por recuperar un poco de cobija. Sin embargo, a pesar de las incomodidades que representa un niño en tu cama, despertar y sentir su cuerpecito tibio contra el tuyo, escuchar el sonido de su respiración suave y armónica y el poder acariciar su carita serena mientras sueña es un placer que hace que olvides el malestar y que te llena el alma y te alegra el corazón.

Ahora que mi hijo se acerca a la adolescencia y ha elegido dormir las noches enteras en su propia cama, no puedo negar que en ocasiones me llega la nostalgia por esos momentos cuando después de la rutina de preparación (pijamas, lavado de dientes, lectura) se cuestionaba a sí mismo dónde dormiría: en su habitación o en la nuestra. La verdad, llegó un momento en que ya ni siquiera se lo cuestionaba, sino que de manera arbitraria se adueñaba de nuestra cama y determinaba si papá o mamá dormirían con él. El otro, el no elegido, se resignaba a pasar una noche solo, pero bien descansado, pues sin importar que solo fueran dos en la cama, el más pequeño sería el rey y ocuparía la mayor parte de la superficie.

La rutina de preparación para dormir incluye, ahora, el acompañarlo a su cuarto, apagar la luz, arroparlo y robarle un beso. Recientemente se me ocurrió acostarme por un momento junto a él para volver a vivir la sensación de tenerlo cerca de mí. El ensayo fue recibido con “quejas” entre risas, pues expresó que no había espacio suficiente con los dos en una cama individual. De cualquier manera, me quedé un momento y aproveché cada segundo abrazándolo y robándole besos.

Cuál fue mi sorpresa cuando al siguiente día al acompañarlo para apagar la luz, se corrió hacia un costado y abriendo las sábanas, me dijo: ¿te acomodas? Esa noche estaba cansada y deseaba irme a dormir, pero una oportunidad como esas no podía ser desperdiciada, así que de inmediato me acurruqué a su lado y me quedé allí hasta escuchar cómo su respiración se hacía cada vez más profunda y espaciada.

Desde ese día, la rutina para dormir incluye una acurrucada juntos. No importa cuán cansada me sienta, no estoy lista para perderme un día sin abrazarlo y sentir su olor aún de niño, mientras el sueño lo vence y yo me convierto en su veladora por algunos minutos.

Si te gustó este artículo también te podría interesar:

El ojo de Lya | El milagro de Juquilita

Versátil : La libertad de pensar

La infantilización de la mujer


Osmara Rodriguéz

La infantilización es por definición el acto de tratar a alguien como si fuera un infante, dándole cualidades de una edad mucho menor de la que es. Desgraciadamente esto se ha perpetuado mediante prácticas degradantes sobre la mujer . Y es que lo hemos visto tanto que lo hemos llegado a normalizar

En los medios de comunicación se podría describir como el sueño masculino de una mujer-niña , que sea seductora e inocente al mismo tiempo , piensan y son productivas solo cuando al autor le parece conveniente. Una energía infantil o de adolescente con una torpeza adorable que parece haber nacido ayer, un cuerpo atractivo, que no tiene rasgos físicos de la madurez, carece de arrugas ,canas o vello corporal.

Este es el estereotipo con el que muchísimos personajes son escritos en el cine, literatura y televisión, donde la mujer queda reducida ser una pequeña “cosita” a la cual se le puede faltar al respeto ; mencionó la falta de respeto porque este estereotipo es visible hasta en la industria pornografica esta muy presente ,el género teen y “virgenes”,mujeres adultas fingiendo ser pequeñas inocentes colegialas o hijastras

Aunque se quiera pensar que este fenómeno es meramente un producto de ficción sus consecuencias en el mundo real afectan a las mujeres reales.

Ejemplo de ello es que somos educadas dentro de un modelo donde el miedo a envejecer es un pan de cada día, adolescentes con cremas antiarrugas, mujeres en sus 20s usando botox a la hora del desayuno, ropa infantilizada para el consumo de adultas.

La idea de ser pequeña y necesitada de protección está siendo vendida al por mayor, diciendo que nuestras parejas hombres hacen “verdaderos trabajos de adultos” como si nuestras labores diarias fueran cosa de niños. Minimizando la capacidad de aprendizaje,producción y creación de las mujeres.

Y todas estas situaciones solo siguen marcando la barrera educativa y económica, porque al no ser percibidas como iguales sino como “pequeñas” e “inocentes” nuestras contribuciones,emociones, trabajos,protestas y obras han y seguirán siendo tratadas como meramente infantiles.

Y es que la idea de conectar con nuestra infancia está bien, pero a medida que crecemos también es necesario concretar una plena madurez emocional. Y entender que no por usar ropa rosa y llevar una hello kitty como llavero (se los dice una mujer que lleva puestos unos aretes de burbujas al escribir esto) significa que debas actuar como si tuvieras 10 años para que los hombres te aprueben y protejan .

Pese a la gran lucha y cambios sociales de las últimas décadas en la actualidad se nos vuelve a vender e inculcar el rol de mujer “inocente” y “tradicional” que es esencial para una sociedad patriarcal dado que de esta manera necesitarán a un hombre como en los siglos pasados.

Para el modelo patriarcal si estamos en una mayor igualdad de condiciones la mujer ya no necesitará al “protector” para sobrevivir, por ende no necesitará dejar pasar las cosas desagradables,los maltratos físicos y verbales ,infidelidades, solo para tener a este hombre “benefactor” y así los hombres no necesitarán esforzarse tanto .

Es importante recordarnos que no necesitamos ser la fantasía de la mujer infantilizada, ni debemos permitir la hipersexualización de las niñas ,somos seres completos que pasan por cambios naturales y merecemos respeto en cada una de nuestras etapas.

Colaboraciones| Punzadas


Por Daniela Perlín Vega

Punzadas

Queda poco tiempo para escribir el punto final en la última libreta que me queda, de entre tantas que me obsequiaste. No voy a quemarlas, sería un desperdicio de palabras, de mi dolor punzante en la muñeca izquierda. Soy zurda. Solo escribí cosas ciertas, pues son mis diarios, y también porque, en alguna contraportada me dejaste una nota, donde me pedías que fuera sincera contigo y con las hojas en blanco. Suelo ser complaciente. No le oculté nada a ese montón de papel, ni a ti. 

Supongo que somos lo que le regalamos a los otros. Todo cuaderno tiene un límite de espacio y tú igual. Ya no me escuchas, has dejado de hacerme preguntas y sé que no quedan más líneas donde yo pueda explayarme. Entérate, no soy de las que ruegan. Así que voy a cerrar la libreta luego de trazar el punto final en la última página y compraré mis propios cuadernos. Me niego a desperdiciar mis palabras en tus oídos hartos, porque hablarte se siente igual a escribir sobre páginas que alguien más terminará tirando al fuego, para que se consuman en el olvido.

Mis letras no son cenizas, sino dolor en la muñeca izquierda y unas cuantas punzadas de mi vida, esa que, si bien a ti ya no te interesa, a mí sí que me importa. 

Daniela Perlín Vega, Ciudad de México, 1997. Licenciada en Filosofía. Ha colaborado en Punto en Línea UNAM, Campos de Plumas, Marabunta, Espejo Humeante, la Gaceta de la UAQ, entre otras. Mención honorífica en el III Concurso Nacional de Cuento “Cuéntame uno de muertos” del Canal 22 en el 2017. Ganadora del concurso “Cartas de amor y desamor 2022” de Ifreedoms y Foro Shakespeare. Finalista en el Concurso Nacional Mexicano de Cartas “Te quiero decir…” 2023

Vaciar una montaña | De qué se trata escuchar a Juan Gabriel

Por: Samia Badillo

Llegamos temprano, a eso de las 7:30. Lanzo una pregunta a Raque, como una indagación: ¿Por qué venimos a ver este concierto al zócalo, si sabemos que es una grabación? ¿Por qué no verlo desde la comodidad de nuestra casa? Ella me dice: quizá por este sentido colectivo; queremos participar de este concierto con otros, por la pertenencia. Además, a muchas de las personas que estamos aquí nos hubiera gustado vivir un concierto de Juan Gabriel, especialmente ese de Bellas Artes. Entonces, esto es como vivir ese concierto.

Yo asiento. Estoy de acuerdo con su respuesta y me abro a la experiencia. Yo no soy una fan acérrima de Juan Gabriel, aunque, como todo mexicano, traigo en mi chip integradas muchas de sus canciones. Más bien iba por la intuición de que este era uno de esos eventos grandes que una no se podía perder. Y ciertamente quería bailar el Noa, Noa en la plancha del zócalo. 

En honor a la verdad, también quería distraerme un poco de mí misma y de mi tristeza, que además es una tristeza que se me viene como una avalancha. En realidad, el 70% del día tengo que estar rindiendo en el trabajo y no me permito estar triste. No es que no pueda, sino que no me dejo. Entonces vengo postergando esa tristeza, y lo que menos quería hoy en el concierto era abrirla. Pero fue total y absolutamente inevitable.

Empieza el video. Lo primero que nos encontramos es la voz de Juan Gabriel diciendo que el concierto se está grabando y que deja ese registro para cuando él ya no esté. Eso me conmovió profundamente, porque Juan Gabriel, de alguna forma, ya tenía en ese entonces esa conciencia de la muerte. Y no solo eso: sabía que estaba dando algo muy valioso a los mexicanos. Para siempre. Y justo ahora estábamos en ese momento: él ya no está ahora con nosotros, pero, de alguna forma, sí está, porque están sus letras y su ímpetu; porque su voz trascendió el tiempo. Fue ahí que empecé a abrir un canal.

Después apareció Juan Gabriel, vestido con un traje blanco de lentejuelas, caminando y contoneándose en el escenario. Ovaciones en Bellas Artes, pero también en el zócalo. Pienso en que en 1990 los asistentes con sus mejores galas en Bellas Artes no se imaginaban que un día estarían reunidas tantas personas en el zócalo de la Ciudad de México reviviendo ese momento. Y justo, eso me conmovió también: durante la proyección, pusieron cámaras que enfocaban en pantalla grande a algunos asistentes del Zócalo. Escuchar y ver a Juan Gabriel en pantalla grande, pero a la vez ver la reacción de las personas en vivo, fue movilizador. Creo que ver cómo la gente se dejaba sentir esas canciones fue de lo que más me conmovió del concierto. Empecé a ver los rostros y decía: son rostros muy afines, son rostros mexicanos. Tenemos muchos tonos de piel y de muchos colores, y reconozco en ellos a familia mía, a la gente que amo, y a mí misma.

Ver señoras, señores; ver mujeres con hijos, ver parejas LGBT que se abrazaban, ver personas caracterizadas como Juan Gabriel, fue realmente muy hermoso. 

Empezaron las canciones. La tercera: Yo no nací para amar, nadie nació para mí, tan solo fui un loco soñador, nomás…” era la hipérbole que necesitaba para llorar. Veía los rostros de la gente en el Zócalo, la gente a mi alrededor y en las cámaras; cómo vivían esa canción, cómo se enternecían y lloraban también. Entonces esa respuesta que me había dado Raquel se convirtió también para mí en otra cosa: estábamos todos convocados en ese concierto sabiendo que Juan Gabriel no estaba ahí en cuerpo, pero sí estaba en arte, para una cosa gigantesca: dejarse sentir. Juan Gabriel, me dije, es un habilitador de la emoción. 

Después vino un popurrì con letras: No tengo dinero, ni nada que dar, lo único que tengo es amor para dar” “Buenos días, alegría (buenos días, señor Sol), Buenos días al amor (Bueno días ah ah)”  y yo decía, bueno, esto está en una frecuencia un poco màs calmada, hasta optimista. Pero de ahí vinieron otras canciones: Ya lo sé que tú te vas/ Que quizás no volverás / Que muy tristes hoy serán/ Mis mañanas si te vas…adiós, amor…”

Y ahí otra vez: ver gente en la pantalla viviendo la canción. Ver los ojos llorosos. Ver los ademanes de quienes iban con el chaleco negro con lentejuelas doradas que en en la segunda parte del concierto ya se había puesto Juan Gabriel. 

Para ese momento, Juan Gabriel ya había hecho gala de su voz, de sus tonos altos, de sus movimientos excéntricos y por supuesto que de su entrega total al escenario. Es un verdadero show man, me dice Raquel. Yo estoy asombrada. 

Llega querida: empieza quedito, como una invitación: querida, cada momento de mi vida, yo pienso en ti más cada día…mira mi soledad, que no me sientqa nada bien… pero después es el grito de dolor: querida, hazlo por quien màs quieras tù, yo quiero ver de nuevo luz en toda mi casa, oh, oh… ahí ya es un clamor de las entrañas que una ya no puede obviar. 

En varios momentos del concierto Juan Gabriel hace silencios para que en Bellas Artes coreen las canciones y eso mismo hacemos en el zócalo. Incluso los movimientos. Estamos siguiendo a Juan Gabriel, alzando las manos, bailando. Como si él nos viera o nos sintiera. 

Se va acercando el final. Juan Gabriel canta Viva México. Y yo no puedo evitar soltar el llanto también ahí. Repite: Viva México. Viva México. Mientras enfocan las caras de los asistentes. Mientras una ve la bandera ondeando. La catedral. El palacio nacional. El chico de los elotes que hace una pausa en su venta, se hace un elote y se sienta sobre su bici a disfrutar del concierto.

Una canción más. Tristeza. Y se apaga la pantalla. ¿Qué voy a hacer con este viaje emocional? le digo a Raque. Pero pronto sale el mariachi, que canta otras canciones. Entre ellas, el Noa, Noa. Que sí pudimos bailar. El concierto acabó con fuegos artificiales en el cielo. 

No dejé de pensar al final —venía platicando con Raquel y llorando, todavía llorando— que las letras de Juan Gabriel, que en algún tiempo me parecieron hasta exageradas, lo que habilitan es no sentirnos mal por sentir. La importancia que tiene Juan Gabriel en la emocionalidad mexicana es precisamente esa: que él, quizá en esto que yo llamo hipérbole y otros llamarían melodramatismo, es esa figura que no tiene miedo de su intensidad: la vive, la pone en frente, la expresa y con ello te convoca a sentir.

Te convoca a abrirte, a llorar, a emocionarte. Y a emocionarte y sentir no solo esa tristeza de Yo no nací para amar, nadie nació para mí, sino también ese gozo de decirle a alguien que te dejó Ya no quiero nada, nada, nada, nada… o la alegría por vivir y pasarla bien de Este es un lugar de ambiente, todo es diferente. Todo ese viaje emocional, Juan Gabriel lo habilita para que tú lo sientas.

Se me hace hermosa la imagen de un Zócalo lleno queriendo sentir y honrando el vehículo que es Juan Gabriel para emocionarnos. Se me abrió el corazón a decir: qué bonito México, que a pesar de las noticias tan tristes, tan devastadoras —apenas pasó en septiembre, la pipa que explotó bajo el puente de la concordia; en octubre las lluvias en la huasteca y Veracruz; en noviembre la muerte del alcalde de Uruapan—, este México dolido tiene una vía de expresión para sentir. Y Juan Gabriel es uno de esos canales que lo habilitan.

Se me hizo un milagro este concierto. Me pareció muy hermoso también el discurso que da Juan Gabriel de que no se compara con Tchaikovski o con Beethoven, pero que estaba ahí, ocupando ese espacio, ese lugar. Porque hay compositores clásicos que en su tiempo fueron música popular (y así como pasó también con la literatura). Y él así se reivindica, como diciendo: yo soy popular, pero lo que ahora es popular, será después un clásico. Al principio del concierto pasan en el video recortes de periodico diciendo “Bellas Artes se va a volver el nuevo Teatro Blanquita”. ¿Còmo iba a Juan Gabriel ocupar ese lugar? Pues así, con su presencia, que da el mensaje de “no tengo que avergonzarme por quién soy, ni de dónde vengo, ni de qué represento” en el recinto de Bellas Artes.

Cuando el director de orquesta lo abraza al final del concierto, es como ese abrazo entre la música culta y la música popular que se fusionan. Es la validación total. Lo que antes era popular ahora se convirte en clásico, porque lo popular se juzga desde un lugar de cultura ‘culta’, pero lo que cambia son las posiciones de poder que dan esos lugares, que designan qué es «culto» y que no; pero el arte trasciende esas categorìas desde el poder.

Esa es una imagen muy poderosa. Que Juan Gabriel haya cantado en Bellas Artes es arte por sí mismo. Así que lloré, lloré mucho. Evadirme de mis sentimientos no salió como yo esperaba; en realidad, nunca los evadí en ese concierto. Terminé arrasada, movida. Terminé habilitada para sentir.

Veinte años después de haberlo tildado de exagerado, entiendo con más empatía y humildad de qué se trataba escuchar a Juan Gabriel.

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

Ella

Por Madelaine BO.

La conocí y no era como la pintaban, incluso podría decir que somos un poco similares. Carácter fuerte y determinante Ella como una Rosa en todo su esplendor, es bella y llamante de atención.

Pero hay que tener cuidado si no la sabes sostener, se sabe defender con esas espinas que la protegen de cualquier ser; su carácter y temperamento nada sutil ni hodierno.

Se que algún día podremos congeniar, después de todo no somos embusteras. Y aquí estamos sin ninguna falacia… Solo el tiempo nos llevará a un futuro incierto. No se si será bueno o malo solo espero que no sea pesado.

Después de todo yo cuido uno de sus grandes tesoros … Se que no es un cariño igual, pero sé que no la voy a defraudar.

«Èl me gusta mucho.
Es como un jarrito de café en las mañanas.
Cómo una tortilla recién hecha.
Un taquito de sal.
Me gusta tanto, como el mole rojo que hacía mi abuela.
Cómo los dulces de leche que compraba en la feria.
Lo veo y es como un atardecer de mi infancia, cuando el sol se iba poniendo entre los surcos de la milpa y olía a tierra mojada.
Desearía echar raíces en su espalda, sembrarme entre sus manitas y verme retoñar.
Es para mí corazón, cómo un atolito de avena y tus besos como un pedacito de pan.
Tan delicioso en mi vida, como un tamalito de verde, cómo cajeta dulce en los días amargos.
Me gusta tanto, como para firmar un contrato sin leer las consecuencias.
Es èl, cómo un mango con limón y chilito una tarde fresca.
Cómo todo aquello que soñaba cuando era pequeña y que de grande pude cumplir.»

Y aquí estoy dejando mi pecho al descubierto para hacerle saber todo lo que siento.

Colaboraciones | Un helado de chocolate



Por Vía Plaza


Poco a poco se va olvidando de mí, antier, por ejemplo, le pregunté que si tenía hijos y me contestó que no, que no tenía hijos. Yo soy su hija desde que tengo memoria, él ya casi no.

Hoy le pregunté qué quería de comer y me respondió que un helado de chocolate como si fuera un niño pequeño. Sonreí.

El médico ordenó que no se le dieran cosas frías de comer; no obstante, vi en los ojos de papáuna candidez tan deliciosa al pedir el helado que no me pude negar a cumplirle el antojo.

“Vamos por helado entonces”, murmuré y papá sonrió.

Lo ayudé a subir a la camioneta que Manuel, mi marido, y yo compramos hace unos meses después de ahorrar por casi dos años.

“Gracias, señorita”, me dijo papá con timidez.

“De nada, señor González”, susurré y lo miré con dulzura.

Decidí llamarlo así porque cuando lo llamaba papá él se incomodaba. Le puse el cinturón de seguridad con cuidado, él se avergonzó y yo comencé a manejar hacia la heladería.

De manera aparentemente distraída encendí el reproductor de música y puse algo de Los Panchos, el trío favorito de papá.Sentí cómo la energía dentro de la camioneta de inmediato cambió.

“¿Por qué no han de saber que te amo, vida mía?”, se escucharon las voces aterciopeladas de El Güero Gil, Chucho Navarro y Hernando Avilés por todo el auto.

Papá de inmediato se puso a tararear la canción y yo aproveché el momento para iniciar una plática con él.

“¿Le gustan Los Panchos, señor González?”, inquirí.“Sí, señorita, me encantan”, papá respondió cohibido.Subí un poquito el volumen y mi padre sonrió a sus anchas, hacía mucho que no veía su sonrisa así de grande, me puse feliz.

“¿Por qué le gustan tanto, eh?”, cuestioné traviesa.

De reojo vi cómo papá agachó la cabeza y su mirada iba y venía un tanto inquieta, no supe bien cómo interpretar esa reacción.

De pronto, papá contestó: “Porque me gustaba bailar esas canciones con mi mujer y cantárselas al oído”.“¿Ah, sí?”, me mostré sorprendida. Tan sorprendida como si no me hubiera contado esa historia unas mil veces.“Sí, a mi mujer le encantaba bailar”.“¡Qué bonito!”, exclamé.

“Ella era muy bonita”, dijo mi papá sumamente orgulloso.

“¿Cómo era ella, señor González?”.

“Pues… ella… ella era muy güera y tenía los ojos verdes. En su casa no me querían porque era yo prietito”, soltó con guasa y me reí.

Lo miré llena de complicidad y papá me miró de la misma forma.“Y aún sin quererme en su casa, terminó casándose conmigo la güera pelos de elote”, me dijo desfachatado, con el demonio en los ojos, como decía mi mamá.

Solté una carcajada sonora y él se empezó a reír también.“¿Duraron mucho tiempo de casados?”, pregunté.“Treinta y cinco años, señorita”.“¡Caramba! ¡Muchísimo tiempo, señor González!”, apunté con un leve nudo en la garganta.“Pero ella murió y me quedé solo”.

Lo miré fijamente por unos segundos y él me miró de vuelta, era claro que esa parte de la historia se le había olvidado por completo. Papá nunca estuvo solo después de la muerte de mamá.

“Hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras”.

“Señorita”, papá me llamó al terminar esa estrofa.

“Dígame”, murmuré limpiándome una lágrima con disimulo.

“Ahorita que la vi bien me di cuenta de que usted se parece muchísimo a mi mujer”.

Sonreí de nuevo.“¿De verdad?”.

“Sí, sus ojos son igualitos, y tienen el mismo cabello de ángel, es usted igual de rubia, señorita”.

“¿Le confieso algo, señor González?”.

“Sí, adelante”.

“Yo también me casé con un hombre muy moreno, pero en mi casa lo quisieron desde el principio sin importar su color de piel”, susurré traviesa.

Papá se empezó a reír y se recargó cómodamente en el asiento del copiloto, asumí que ya había entrado en confianza.

“¿Hace tiempo que está casada?”, preguntó papá.

“No mucho, cuatro años apenas”, le dije afable.

“¿Tienen bebés?”, papá preguntó con dulzura, una que siempre estuvo presente mientras me crió junto a mamá.

“Voy a tener uno”, mencioné contenta abriéndome el cárdigan para que papá viera mi panza hinchada y llena de vida.

Estacioné la camioneta y miré a papá, sus ojos oscurísimos estaban posados en mi barriga enorme que casi pegaba con el volante.

“Quiero gozar de esta vida teniéndote cerca de mí hasta que muera”.

La canción terminó junto con mis ganas de seguir con la plática, pero tenía que continuar, yo no me podía quedar así.

“¿Usted conoce a Samantha González?”, le pregunté a papá con muchas ganas de llorar otra vez.

“Samantha González… me suena”, repitió muy pensativo.

“Sí, todos le decían Tatá cuando era bebé”, agregué temblando.

Los ojos de papá se abrieron como platos y se me clavaron en el rostro, algo hizo clic dentro de su cabeza llena de canas.

“Así le decíamos a mi hija, señorita. Yo tuve una hija”, él mencionó convulso.

“Yo soy Samantha González, papá”, le dije con las lágrimas al borde de mis ojos.

La frente de mi padre se frunció al instante y me miró por lo que me pareció una eternidad, no supe qué hacer, me quedé impávida todo ese rato.

“¿Tatita?”, murmuró tiernamente llevándose las manos al pecho.Sólo pude asentir porque era la primera vez en semanas que papá se acordaba de quién era yo.

“Sí, papi, soy tu Tatita”, le dijePapá me abrazó como pudo, haciendo de lado la panza enorme que de momento nos estorbó un poquito. Yo me aferré a él antes de que el Alzheimer se lo volviera a llevar, antes de que me quedara nuevamente sin papá por quién sabe cuántos días.

“¡Tatita, vas a tener un bebé!”, gritó emocionado.Sonreí en medio de mi llanto y le agarré las manos rápidamente para ponerlas encima de mi barriga.

“Se va a llamar Saulo”, susurré.“¿Como yo?”.

“Sí, papi. Como tú”.

“Qué bonito, Tatita”, me dijo sonriendo, se llevó las manos al rostro y de pronto algo se desconectó en su cabeza.

Yo lo vi. Lo vi como muchas veces antes. Y así como llegó, se volvió a ir. Se me congeló el corazón, pero ya estaba acostumbrada a esa sensación, por lo tanto me armé de valor y sonreí a pesar de los lagrimones que decoraban mis mejillas.

“¿Por qué llora, señorita?”, me preguntó papá.“Porque alguien a quien amo se acaba de ir”.

“¿Pero va a volver?”, preguntó papá sumamente preocupado.

“Yo creo que sí, señor González, él siempre encuentra una forma de volver. ¿Vamos por su helado de chocolate?”.


VIA PLAZA (Ciudad de México – 1989) Escritora, docente y estudiante de la FFyL (UNAM), orgullosa poseedora de un cerebro políglota con TDAH. Miembro del mapa de escritoras mexicanas contemporáneas; autora registrada en el Catálogo del Cuento Mexicano; participante del X Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe en La Habana; participante del Encuentro Internacional de Escritores y Artistas del Movimiento Internacional de Escritores por la Libertad (2021 y 2022); participante de la 13° Bienal Identidad de la Casa de la Poesía en La Habana; participante de la Feria Nacional del Libro de Escritoras Mexicanas – FENALEM (2021, 2023 y 2024); participante del proyecto “Llaves, la escritura como defensa personal” del CIEG-UNAM. Escritora publicada en revistas literarias de México, Argentina, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Perú, Portugal y Puerto Rico.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Frente al espejo

Por Tania Farias

Cantaba a todo pulmón, al mismo tiempo que veía los videos proyectados en las numerosas pantallas del bar al que había acudido con un grupo de amigas. La música y el ambiente me transportó a mi adolescencia y juventud. Recordar es volver a vivir, bien lo dice el dicho, y todas las presentes revivíamos aquellos momentos en que la vida apenas empezaba. Por un momento olvidé que ahora tengo una familia y que ya rebasé desde hace un rato los cuarenta. Por un momento me sentí de nuevo esa joven relajada que un día fui. Sin embargo, el sentimiento fue corto.

Al regresar a casa y prepararme para dormir, me miro al espejo y los veo: no es posible negarlos. Observo uno a uno los cambios ya notorios en mi rostro, esos que han comenzado a marcar el inicio de una nueva etapa de mi vida. No es la primera vez que los veo, ya los había notado desde hace algún tiempo, solo que en esta ocasión miro con mayor detenimiento y determino qué ha cambiado: las líneas de mi sonrisa son cada vez más pronunciadas y se ha creado una ligera curva en la mandíbula a ambos lados del mentón, como si este se separara un poquito del resto de la cara. Unas pequeñas bolsas se han instalado debajo de los ojos y la piel en dicha zona se ha oscurecido un tanto; situación que le da a mi cara un aspecto cansado. Si me río con intensidad o finjo la acción de hacerlo, pequeñas, pero numerosas líneas de expresión se dibujan alrededor de mis ojos. En medio de la frente, otra línea se niega a desaparecer aun cuando ya no frunzo el ceño.

 ¿Qué decir de mi cuello? Ha dejado de ser tan terso como un día lo fue. Incluso, esta nueva condición ha dado la pauta para que mi hijo inventara un nuevo juego: atrapa entre sus dedos el exceso de piel bajo mi mentón, esa parte que comienza a perder su elasticidad; con un ritmo que marca con sonidos de su boca, la mueve de derecha a izquierda y, entonces, entona una pequeña canción de su autoría. Aunque su acción me hace reír a carcajadas, una parte de mí reconoce que hasta hace poco mi piel no daba cabida a un juego así. Pero quizás lo que me cuesta más trabajo aceptar son las raíces blancas que aparecen en lo alto de mi cabeza después de lo que me parece un muy corto respiro, una semana de haberlas cubierto con un tinte oscuro. Tener mi cabello totalmente negro se ha vuelto una obsesión.

Cuando era joven, solía tener una visión de los adultos bastante peculiar, y esa visión era más marcada hacia aquellos que ya habían rebasado la edad que tengo ahora. Por extraño que parezca, los percibía como seres que siempre habían tenido la misma edad. Como si nunca hubieran transitado por la niñez; como si hubieran nacido adultos y jamás hubieran tenido que enfrentarse al envejecimiento, porque ya eran viejos. Con la prepotencia que me daba la juventud, desestimaba comentarios o reflexiones de alguien mayor sobre esos cambios que un día llegarían a mi vida. No tenía la capacidad de ponerme en sus zapatos. En ese tiempo mi piel era luminosa, lozana, elástica, y mis cabellos eran tan oscuros que me era imposible imaginarlos de otra manera.

Mas el tiempo pasa y los años acumulados comienzan a manifestarse en el exterior. Mi cabeza sabía que un día llegaría, lo que nunca pensé es que me sería tan difícil  aceptarlo. Jamás fui una esclava de la moda, ni del maquillaje. Todo lo contrario. Mis fotografías de preparatoria o de mi primera etapa universitaria no me dejarían mentir. El maquillaje en mi cara era inexiste y una coleta en lo alto de la cabeza era el mayor esfuerzo que estaba dispuesta a hacer antes de salir de casa en dirección a la escuela. Prepararme no me tomaba más de quince minutos, y esa preparación incluía el lavado de dientes después de haber ingerido un desayuno rápido. Por supuesto que me importaba mi aspecto, pero nunca me quebró la cabeza. Mi cuidado facial no iba más allá del lavado con jabón y una esporádica crema de día.

Pero supongo que todo tiene un tiempo. Y el mío ha comenzado.

Mientras me aplico un aceite y repito los movimientos de los videos de yoga facial que me encuentro en las redes, mi consciente me dice que no importa, que algún día, tarde o temprano, los años iban a mostrarse en mi rostro, que tengo que dejar que el tiempo tome su curso natural. Incluso, me digo que esas marcas son solo el reflejo de lo que he vivido, de mis experiencias. Por supuesto que todo esto lo repite mi ser maduro, el que se niega a dejarse esclavizar por una batalla que ya está perdida de avance.

Sin embargo, en mi interior resuena fuerte esa vocecita que me dice que, si me esmero mucho y soy constante, quizás, solo quizás, el envejecimiento se demorara un poco y entonces, cierro los ojos y vuelvo a entonar aquella canción que versa «vuela más alto más, vete más lejos ya…» y me pierdo en el sueño de la eterna juventud.  

Si te gustó este artículo también te podría interesar:


Piezas de un alma simple

Vestido

Escrito por: Alondra Grande

Es jueves y tengo un vestido amarillo.
Parece no combinar con esta tierra verde
desértica, poblada por concreto y desaparecidos.

Amarillo como los secretos que guardan los rayos del sol
cuando acarician la arena olvidada de una isla inhabitada.
Amarillo como el deseo de ser vista por ojos conocidos
donde se anida el amor de una vida que nunca tuvimos.

Amarillo barato, desteñido, aferrado a su color,
sin importar que el tiempo no le lleve consigo.
Amarillo, incombinable amarillo.

No hace juego con la ciudad ni con los zapatos rojos,
rojos marchitos que cubren mis pies del suelo frio,
que ahuyentan a los fantasmas cada que camino
¿Con que se combina el amarillo?


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.