Voces Tejidas | Pernicioso

Por Leslie Urbina

Cuando reproduzco la música de nosotros,

percibo tu amor en susurros,

entonces mis lágrimas rebotan

y un sonido hueco se forma

porque ya te has ido,

y no queda más que una casa sola, inhabitada,

con ecos de nuestras risas

y gritos estruendosos de mí

pidiéndote que regreses.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Letras que ab (sorben/sortan) | ¿Y qué onda con la brujería?

Por Maleni Cervantes

El otro día por la tarde me dispuse a tomar un descanso y, qué mejor que ir a mi cafetería preferida por una malteada de fresa. Todo transcurrió normal, como la típica rutina de un domingo no laboral en un pueblito de los altos de Jalisco, hasta que escuché algo que me llamó la atención, a la hija de doña Juana «N» le habían hecho un trabajito y, solo por eso, nomás no podía quedar embarazada.

A lo que sabían las señoras del café, esto había sido porque la muchacha que anteriormente era la novia del marido de la hija de doña Juana no le agradó la idea de ver al muchacho con otra que no fuera ella. Entonces, ¿qué más le daba hacerle un trabajito que habría de enterrar en el cementerio cerca de la última tumba? Y la cosa iba tan en serio que encontraron una foto de la hija de doña Juana amarrada a un crucifijo de paja bañado en sangre, de lo que creían que era un gato negro, y con pizcas de sal y unos cuantos clavos. Sin contar las velas negras que estaban casi carcomidas.

Según una de las señoras eso significaba que la pobre muchacha nunca iba a poder tener hijos, mucho menos encontrar un trabajo digno. En palabras de la mujer «esa pobre chica ya quedó marcada, pero con la cruz del diablo. Ya no le irá bien en la vida y será muy difícil quitarle el maleficio”.

Ustedes se preguntarán, ¿y para qué o por qué nos cuentas todo esto? La respuesta es sencilla: quedé sorprendida. Todo parecía sacado de una película de terror. Y, ustedes, queridos lectores, quedarán más sorprendidos cuando se enteren de que todo lo que acaban de leer son un montón de mentiras sin pies ni cabeza, porque ni el domingo salí al café por una malteada de fresa (no me gustan las malteadas), ni mucho menos conozco a una doña Juana.

No obstante, aquí tenemos un concepto realmente asombroso que es base (en parte) de la cultura mexicana. Les estoy hablando del «rumor» que no es otra cosa que el decir algo sobre alguien o algo que puede ser o no ser verdad (en la mayoría de los casos no lo es) y que se va pasando de boca en boca al grado de que se va deformando la información, mas no la base de la historia. Sí, lo sé, para qué usar palabras tan redundantes, si en el barrio a ese concepto lo conocemos como el famoso «chisme».

Ahora, bien, ¿cuántos de nosotros no hemos escuchado uno que otro chisme de algún conocido nuestro? La verdad es que, el chisme puede ser el pilar de una buena novela tanto rosa como negra. Y muchos de nosotros nos intrigamos tanto al grado de que, como dicen los memes, terminamos estudiando una licenciatura en letras sólo para saber más chismes, aunque sean de personajes ficticios, que después podemos ir contando por el mundo como si fueran reales y así las personas los creen y los difunden con sus allegados y así sucesivamente como si en verdad conocieran a los implicados.

En este punto extremo, luego del estudio de una licenciatura en letras, encontramos la recomendación lectora del día de hoy, donde Fernanda Melchor en su novela Temporada de huracanes nos presenta la historia de una chava conocida como la Bruja quien fue asesinada. Y el misterio por resolver es: ¿quién o por qué mataron a la Bruja?

Lo interesante aquí es que, como buena novela mexicana, conoceremos la respuesta a través del chisme y la perspectiva de cada uno de los personajes involucrados. Es decir, no es una novela que hable solo de una trama lineal, sino que es un retrato cruel y realista de la vida de un pueblo a través de las voces de los involucrados.

En esta novela veremos una combinación entre lo fantástico, casi con el límite de lo increíble, y lo que realmente podemos observar en un pueblo de México. Donde no todo es color de rosas. La atmósfera del texto es algo cruda ya que trata temas desde pornografía, prostitución, consumo de drogas, pedofilia y demás.

No obstante, cuando mezclamos todo esto en exactas cantidades en un caldero que está por explotar, nos daremos cuenta de que es una de las mejores obras de la literatura mexicana contemporánea. Un texto que te deja empicado y aturdido. De esas experiencias en la vida donde queremos saber un poco más, pero al mismo tiempo queremos cerrar los ojos para volverlos a abrir y comprobar de nuevo lo que acabamos de ver.

Entonces, ¿por qué no tomar una taza de café y darle una oportunidad a una quemadura en la garganta de un texto tan ardiente como exquisito? Porque eso que olemos, no es otra cosa que el aroma de una literatura que recién como ha llegado, habrá de quedarse como un pensamiento de media noche que nos quitará el sueño en varias ocasiones para ir y regresar a ese punto de lectura.

Referencias

Melchor, F. (2017). Temporada de huracanes. México: Penguin Random House Grupo Editorial.

Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG. 

Escribir nos libera: El miedo a escribir y la «hoja en blanco»

Notas hechas por mi amigue y poeta Pavel: tallerear tu escritura, siempre es una gran idea

Por Aimeé Miranda Montiel

Tomar la pluma o la computadora, puede ser ¿intimidante, quizá?, o ¿será que nos han dicho que crear “desde cero” sólo es para genios, que la “hoja en blanco” es un monstruo enorme al que hay que temerle y que es tan imponente que sólo los “tocados por hadas” o los que gozan de un talento superior pueden lograr vencerla?; yo también me he creído esas historias, me las he comprado, e incluso hoy escribiendo esto para ti, me pregunto: ¿será lo suficientemente bueno?, ¿valdrá la pena escribirlo?, ¿será relevante para que otrxs ocupen su tiempo en leerme?

Y pues no sé si este texto sea “bueno” para todxs, porque en principio “no soy para todxs”, habrá quienes compartan mi visión, mi estilo para escribir, y habrá quienes piensen que esto es una reverenda mierda, o sin ponerme dramática, quizá sólo piensen que es irrelevante o que es “más de lo mismo”, o que esto ya lo dijo “quiensabequien”, y ¿sabes qué?, eso da igual, lo escribo porque me libero de este miedo que a veces se apodera de mí, que me impide satisfacer la necesidad de sacar lo que traigo dentro.

Escribir, escribirte esto, lo hago con toda la intención de que te contribuya a ti, y de que pases unos minutos leyendo algo que con suerte, despierte en ti tus ganas de escribir también.

Respecto a que si “valdrá la pena” o no, el escribir esto, pues yo diría que ya se cumplió esa “pena”, -que para mí en realidad es gozo-, porque amo poder aterrizar tantos pensamientos, en este leguaje que compartimos tú y yo: el de las letras, el de las palabras escritas, el de los textos íntimos que despiertan algo dentro de nosotrxs. Aunque no puedo “hablar por todxs”, quizá alguien piense lo opuesto, y eso también está bien, reitero: no soy para todxs.

Y sobre si merece tu tiempo la lectura de este texto, bueno pues ahí sí “cada quien”, pero mi deseo es que leer estas líneas, te permita germinar esas ganas de escribir que yacen dentro de ti, que refuercen tu vena de escritorx, o que con mayor frecuencia te atrevas a escribir, sin alguna expectativa en particular, sólo “porque sí”, PORQUE ESCRIBIR NOS LIBERA.

Por eso hoy, es más… ahorita mismo, agarra la pluma o la compu y comienza a escribir, recuerda que no tiene que ser perfecto, ni siquiera “tienes” que saber qué saldrá: un cuento, un poema, un microrrelato o un haiku; eso no es importante, igual y te sale escribir una carta, tal vez, una crónica de un recuerdo, o igual y empiezas tu primera novela, eso no es trascendente, lo único realmente importante es que ESCRIBAS y que TE LIBERES.

Y para compartirte un poco de lo que he escrito últimamente, te dejo este versito que me pidieron escribir para un recital de viola y piano en el que participé recitando estas palabras alusivas a las cartas de La Lotería…

Corre y se va corriendo:

15. La sirena

Divina belleza te miras al salir,

Brillando radiante,

Anuncias siempre tu existir,

Pues la mar y la tierra se encarnan en ti.

Gracias por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

El desborde. Relatos del mundo que habito | Consejo de Sabias


Por: Ximena Moranchel


Las que te mandan por mensaje un “¿Cómo estás?” justo en el momento en el que todo está mal, como si lo intuyeran y supieran lo mucho que necesitas su pregunta para poder decirlo. Las que comparten contigo su ropa, pero nunca pierden la oportunidad de culparte cuando no encuentran algún suéter o un vestido. Las que días después de decir “No creo que eso sea lo mejor, pero igual vas a hacer lo que quieras”, aparecen pa’ curarte las heridas que te hiciste en el camino turbulento que elegiste tomar. Las que viven en la otra punta del mundo con una hora distinta y una rutina diferente, pero siempre se hacen el espacio para una videollamada que es mitad: “Ya no te oigo, a ver, espera, ahora sí, ¿tú me ves?», y mitad: “Te extraño y ojalá estuvieras aquí”. Las que te ayudan a elegir qué foto subir y después te comentan o reaccionan como si nunca la hubieran visto. Las que se emborrachan contigo cuando alguien te ha roto el corazón, aun sabiendo que ese ratito de felicidad durará solamente esa noche, y al día siguiente, además de triste estarás cruda. Las que en ese siguiente día te abrazan, te preparan una michelada y entre bromas te regañan por estar llorando por ese ser idiota que no supo valorarte como la diosa que eres. Las que han estado ahí, desde siempre, desde niñas, con una capacidad asombrosa de adaptarse a los cambios permanentes de la vida. Las que siguen de cerquita todo tu drama familiar con nombres, fechas y hasta fotos. Las que proponen viajes, actividades, pijamadas y cenas recordándote lo mucho que disfrutan de tu compañía. Las que se saben de memoria tu historial amoroso y sexual y hasta chistes internos tienen sobre ello. Las que te prestan dinero porque usaste tu tarjeta de crédito como si tuvieras el sueldo de una artista famosa y a las semanas son ellas las que te piden plata, porque también por un momento tuvieron la percepción de su realidad alterada. Las que te explican por primera vez cómo usar un tampón, cuál es la mejor forma de ahorrar, cómo se siente tener un orgasmo, cómo se saca una cita en el SAT, el paso a paso para hacer una pasta, cómo se usa un vibrador y hasta qué tienes que hacer si te encuentras un tiburón cara a cara. Las que deciden ser madres y gracias a eso te dan el mejor regalo del mundo; un ser pequeñito que se adueña por completo de tu corazón. Las que te apoyan compartiendo tus proyectos laborales y con palabras de orgullo te recomiendan constantemente. Las que te regalan noches y madrugadas llenas de botellas de vino, conversaciones profundas, anécdotas repetidas y carcajadas que te reinician la vida. Las que incluso en la cotidianidad del día a día te convidan de su buen humor. Las que bailan contigo hasta el amanecer y cada tanto voltean a verte con una sonrisa en la cara confirmando lo mucho que sus cuerpos y almas lo necesitaban. Las que además se convierten en las mejores compañeras de casa. Las que te escuchan sin juzgarte. Las que te escuchan y aunque no te juzgan, te hacen todas esas preguntas y comentarios que no quieres oír, pero que sabes que necesitas y por eso mismo es que estás ahí, exponiendo tu caso frente al mayor tribunal y consejo de sabias. Las que en cada encuentro te recuerdan lo mucho que te aman, llenándote de palabras tiernas y múltiples halagos para que al final de la noche mientras estás volviendo a casa te sientas la mujer más hermosa, inteligente, divertida e interesante del puto mundo. Las que alguna vez estuvieron, te dieron su amor y lindos recuerdos y aunque sus caminos ya no coinciden más, siempre formarán parte de tu historia. Las que te sostienen el corazón cuando estás lejos de casa porque decidiste migrar y el mundo se te está viniendo encima. Las que te apapachan el día de tu cumpleaños con palabras y regalos bonitos. Las que te han visto crecer, cambiar, atravesar distintas etapas, y no sólo no se han ido, sino que no serías quién eres sin ellas a tu lado. Las que con una tarde tomando sol en tetas te curan 30 años de complejos patriarcales y absurdos. Las que te cocinan algo delicioso porque llevan el sabor en las manos. Las que te bancan en cada decisión que tomas aunque no estén de acuerdo porque lo único que desean es que seas feliz. Las que no ves tan seguido como quisieras, pero cuando se juntan es como si el tiempo nunca hubiera pasado. Las que siempre que volteas están a tu ladito, no importa la distancia. Las que siempre tienen las puertas de su casa abierta para ti, haciéndote sentir que también es tu hogar. Las que te hacen el aguante cuando te enfermas compartiendo sus mejores remedios y dándote su mano pa´ lo que necesitas. Las que te apoyan cuando te embarcas en la inevitable y tortuosa tarea de mudarte de casa. Las que se convierten en tu estilista personal, cortándote y pintándote el cabello y hasta ayudándote a eliminar la comunidad de piojos que decidió invadir tu cabeza. Las que siempre están para ayudarte a resolver tus dudas existenciales. Las que se cagan de risa contigo, después de compartir un porro mientras escuchan a Cerati. Las que te dicen “Avisa cuando llegues” y si por algo te olvidas de hacerlo, te llaman hasta que les aseguras que estás a salvó en tu casa, y te cuelgan sólo después de gritarte por qué carajos no respondes. Las que se emocionan por tus logros y los celebran como si fueran también suyos. Las que te recuerdan que no hay que tomarse la vida tan en serio y que se vale equivocarse. Las que todo el tiempo están en tu cabeza debatiendo y opinando, antes incluso de contarles cualquier cosa. Las que son familia, tu lugar seguro y al que perteneces. Qué ganas de poder verme aunque sea por un instante con los ojos que ellas me ven. Quien dice que la magia y el amor verdadero no existen no conoce a mis amigas.

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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Agenda diaria por Jeanne Karen en La máquina verde

Agenda diaria

Un mes cualquiera y los apuntes importantes estaban ya sobre mi escritorio, un poco revueltos por el paso de los días y las cosas por hacer, pero siempre ahí, en hojas sueltas, en notas, en trozos de papel que apenas alcanzaba a guardar antes de que el viento del otoño pudiera colarse por completo por la ventana para dispersarlos a través de la pequeña habitación. Luego pasé a la libreta de instrucciones, algo así como una lista semanal de actividades, a veces la olvidaba y luego la volvía a retomar, era una belleza llena de recortes, flores secas, dibujos y hasta fotos del paso de mi vida, no me gusta decir que el paso de los días, porque vamos a ser honestos, lo que va pasando es nuestra vida en sí.

Ya con los años y a fuerza del olvido, el descuido y la falta de concentración, tuve que tomar definitivamente una agenda diaria, una encuadernada y de pasta gruesa, con las columnas perfectamente marcadas para definir todo tipo de grandes y pequeños acontecimientos, pero ¿por qué llegué a ella?

Ya era imposible sostener el caos, la terrible cantidad de pensamientos, ideas, textos por terminar, acciones por comenzar, entonces tomé la decisión de dividir todo lo que escribo; la poesía va en una libreta que llevaré siempre a lo largo del año, más bien la uso únicamente para la poesía en prosa; luego, los archivos de Word que tengo abiertos, que son para los libros de poemas que deseo terminar de escribir algún día, para las novelas o el de cuentos, que están todos en la misma situación, los he comenzado pero no sé cómo seguir o más bien no he logrado acomodar el sinfín de imágenes que rondan por la cabeza.

Por último, llegamos a la querida agenda diaria, que es algo así donde va todo lo que debo realizar durante el día, pero que rigurosamente debo mantener fuera de la memoria, no necesito que ocupe un lugar dentro de tan apreciado espacio de mi cerebro. Entonces por las noches anoto con cuidado y en la mañana basta con echarle un ojo para saber cómo será mi día, claro que no cuentan los imprevistos, mi distracción o las ganas de ser totalmente espontánea e inventar algo después de las ocho de la mañana, que es la hora de la primera taza de café y el momento de pasar a revisión cada columna, cada hora, casi cada minuto, con el deseo de que entre tanto, no haya quedado sin resolver algo que era vital.

 A veces todo me hace ruido, los colores de la agenda, los renglones oscuros, las gruesas líneas que dividen los días. Pienso en eso, en esas líneas intensamente marcadas y de pronto caigo en la tristeza, siento que cuando sobrepase una, habré tenido que cumplir con cada objetivo anotado, que no podré pasar esa línea si no está mi vida en orden; luego viene la angustia, el deseo de alargar la llegada de la siguiente línea gruesa, como si existiera algún poder capaz de recorrerla hasta la orilla de la página y así dejarme completar en paz cada reto; pero no resulta y hay pendientes que van de un día a otro, de un lado de las líneas al otro, hasta convertirse en una especie de renglón que va calcándose y que pareciera remarcarse a sí mismo con el afán de recordarme o que los días son demasiado cortos o que al final hago muy poco; toda esa idea cae sobre mis hombros y me sobrepasa; sin embargo sigo adelante, con la convicción de que alguna vez veré la columna totalmente en blanco, una especie de zona desértica, un horizonte para mí sola, libre de todo, que me permita comenzar e inventar otra vez.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Letras desarraigadas|Piku´unk matyakyë

Por Kiixy Miriam

Mi madre me acomoda,

en su espalada voy,

cómoda en el rebozo,

a ratos durmiendo

y en otros siento que vuelo.

Veo los árboles,

sus copas tan altas,

escucho el andar del agua,

Me vuelvo a dormir.

[…]

Se escuchan los instrumentos vibrar,

la gente rezando en ayuuk,

agradeciendo,

implorando.

Hemos llegado al santuario del señor de Alotepec.

La abuela nos llevó,

desde la madrugada emprendieron el viaje

y en la tarde nos recibió la música.

[…]

La abuelita lola pidió por todos,

agradeció a et naaxwiin1,

pasó la limosna sobre mi cuerpecito,

de sus labios surgieron rezos en ayuuk.

Intercedió por esta Piku´unk2,

deseándole un buen camino,

un destino “mejor”,

pidiendo que tenga fuerza,

para enfrentar la adversidad.

Que pueda conocer otros lugares,

otras maneras de vivir,

pero que no se olvide de su raíz,

que siempre regrese a su origen,

al lugar donde está su pu´utskj3.

1 Naturaleza

2 bebé

3 ombligo


Kiixy Miriam

Miriam J. Chimil es una mujer migrante ayuuk. Nació en San Juan Metaltepec, mixe, Oaxaca. Desde pequeña la separaron de su hogar y creció en la periferia de la ciudad de México. Ahí disfrutaba explorar y recorrer los vestigios de naturaleza. Eso la llevo a estudiar biología y a centrarse en la relación mujer- naturaleza. Su ombligo la regresó a su origen a estudiar las plantas y el conocimiento generado por sus ancestras. A través de la escritura recrea sus vivencias y reflexiona sobre la migración y su identidad al encontrarse en el limbo entre el campo y la ciudad.


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Insurrecciones Estéticas | Duelos y duermevelas

Por Selvia V. Kotasek

A veces, el sueño es el camino que encuentran los vivos para evadirse del mundo, y en ocasiones los muertos se comunican con ellos para hacerles olvidar la tristeza y la soledad.

Sueño profundo, Banana Yoshimoto

Cada cierto tiempo me pasa (y estoy segura de que no soy la única) que el aura de algún libro, película o canción me llama de manera particular, como un susurro que me invita a responder a un mensaje que luego de leer, ver o escuchar, entiendo por qué debía recibirlo.

Algo así me pasó hace poco con “Sueño profundo” de Banana Yoshimoto, un libro con tres relatos de la autora japonesa que, aunque independientes, se unen por las experiencias de sus protagonistas que entretejen pérdidas, duelos, incertidumbres y resoluciones a través de un hilo común: el sueño.

En las tres historias hay ausencias. La muerte está siempre presente, no como amenaza, sino como certeza que devuelve una pregunta que, por lo menos en mi experiencia, se vuelve recurrente cuando perdemos a alguien: “¿y ahora qué sigue?”. Una pregunta (permanentemente implícita) sin respuestas claras o inmediatas, pero que permea en esos momentos inciertos y borrosos que acompañan un duelo.

A lo largo de los relatos, el sueño se vuelve enemigo, aliado, obstáculo, posibilidad, desamparo y refugio. Y una como lectora, encarna cada una de esas posibilidades. Mientras leía, pude (re)vivir la sensación del sueño pesado a través de las ocasiones en que pararme de la cama era un gran desafío. Resoné con los largos períodos de sueño que permiten evadir la realidad y recordé el deseo por los encuentros imposibles que ofrecen los viajes oníricos, irreales y breves.

En cada página me fue posible acuerpar las sensaciones que Yoshimoto evoca de manera fina y cercana sobre lo que se vive ante una pérdida: los baches que parecen eternos; el estado de duermevela que no es sueño pero tampoco vigilia; el letargo y la sensación de ir en automático en una vida que ya perdió sentido y dirección.

Sin embargo, a pesar de la dureza de los temas elegidos, hay en cada relato un final enternecedor protagonizado por relaciones entre mujeres de diferentes dimensiones, cuyo amor y cuidado transcienden para instalarse en nuevas certezas que permiten transitar hacia una nueva fase de la ausencia de la persona amada. Una ausencia que no se hace menos, pero sí más llevadera.

Por supuesto, no pude evitar resonar con ello, pues si bien las experiencias de las protagonistas giran en torno a relaciones con algún hombre de sus vidas, es en sus relaciones con otras mujeres donde encuentran respuestas, descanso, paz y fuerza.

Destaco, además, que las certezas encontradas por las protagonistas no descansan en hechos racionales o verdades absolutas. No se trata de la resolución del duelo (término que le encanta a la psicología clínica) o de resolver cada aspecto de la vida. Se trata más bien de creer. Dar un voto de confianza a aquello que no tocamos pero que sí sentimos. Permanecer abiertas y atentas para recibir mensajes o incluso tener conversaciones en sueños.

Se trata de dejarnos llevar ante la posibilidad de habitar la ausencia desde un lugar de dolor, pero no necesariamente de sufrimiento. Una posibilidad nutrida desde el pequeño gran acto de fe que se requiere para creer que quienes ya no están, siguen aquí, tal vez no de la manera en que quisiéramos, pero en forma de historias, recuerdos, imágenes, olores, canciones, libros… que se vuelven susurros y a los que sólo queda responder.

Te invito a leer la primera entrada de esta columna:

Letras Revueltas |¿Tránsitos o estadías?

Por Illari Alderete

Noviembre es el mes de los cumpleaños: mis amistades y yo nacimos en este mes. “¿Qué significan los cumpleaños?”, les pregunté a los asistentes de mi taller y les pedí que hicieran un listado de asociaciones. Primero aparecieron las comunes: regalos, pastel, mañanitas… aunque en los listados también se asomaron (tímidas, temerosas, tambaleantes, a media voz) temáticas “extrañas”: cirugías, decepción, tristeza, lluvia, Halloween. Pregunté la razón de algunas. Una compañera me dijo: “Cirugía, porque el año pasado, en mi cumpleaños, operaron a mi tío”. Sonreí, el año pasado también operaron a mi hermana. Coincidimos. 

En la cultura occidental el cumpleaños es una fecha de celebración: en las películas, series o telenovelas es el día especial para cada persona. ¿Qué ocurre cuando no puede ser así? ¿Por qué los cumpleaños, años nuevos y navidades son a la vez los días más frustrantes para algunos? De los mismos listados de mi taller puede inferirse una posible respuesta: expectativas muy altas. Y no sólo eso, sino que en los cumpleaños ocurre algo similar que en los años nuevos: una revisa lo que ha logrado. Al menos, ese es mi caso. Me gustaría transitar por los cumpleaños sin hacer el recuento de lo que he vivido, porque mi mente, ansiosa, me dice: no has hecho nada. No ha cambiado nada. 

A los cumpleaños se suma una doble catástrofe. Una espera una fiesta impecable, amigos que se diviertan, baile, risas, comida excepcional, regalos. Y allí mismo aparecen los demonios: el carácter de la familia, las expectativas, los rezongos, los reproches. El paso del tiempo. ¿Cómo se evalúa la vida humana? ¿Cómo se mide la evolución? ¿Y si no he cambiado, o si he cambiado demasiado? Hasta dónde el tiempo me transforma y beneficia; hasta dónde me destruye. Antes del cumpleaños, una está flotante, esperando. Después, el tiempo se desboca.  

El pasado año nuevo, uno de mis objetivos fue ser más disciplinada. ¿En qué?, en lo que sea. Tengo problemas para leer un libro de corrido, para ver una serie, para levantarme y dormirme a la misma hora. En mi familia soy el patito feo que no puede cumplir las órdenes, los límites, los horarios. Yo pienso que me falta disciplina. Leo qué hacen las escritoras y los escritores para producir sus obras y todos señalan las rutinas. Unas se despiertan en las madrugadas y escriben, otras se quedan en las noches con los fantasmas de sus casas y escriben. Yo casi no escribo. Y aun así digo que soy escritora. 

Las maravillas de las rutinas no sólo las escucho en el ámbito de la escritura, también son comunes en los gimnasios, en los deportes e, incluso, suelen ser la fuente del éxito. En tiktok, instagram y facebook aparecen una y otra vez los reels sobre “¿cómo tener una rutina saludable para mejorar tu productividad?”. ¿En verdad la rutina es capaz de convertirme en una persona exitosa? Después, aparece un vato en otro reel ufanándose: se despierta a las 5 am, corre 40 minutos, se baña con agua fría para despertar el organismo y desayuna té chai para no romper la dieta, mientras escribe en su diario de agradecimiento. La rutina termina y parece que su vida también. 

Se acerca mi cumpleaños y siento mi cuerpo en órbita; “disociado”, como le dicen hoy. No me siento yo. Recuerdo la tenebrosa frase de Eso:  “Todos flotan”, y a Milán Kundera con La insoportable levedad del ser. Esto es sentirse leve, flotar. Sentir que tu cuerpo es ajeno. El cumpleaños me respira en la nuca. Veo a mi alrededor y todo está fuera de lugar, ¿cómo llegué aquí? Me despierto a las 7:30. Veo las redes sociales, aunque mi intención es leer. Desayuno kéfir, fruta, atún o huevo. Me siento en la sala y trato de leer mientras tomo café. El café se enfría. Tomo el celular. Me baño. Voy al trabajo. El tiempo vuela. Lavo los trastes. Hago la comida. Como. Me siento para intentar leer. Las plantas necesitan agua. Me baño. Pasan dos horas. Mi pareja llega, ya no es tiempo de leer sino de ver la serie que hemos visto los últimos meses a la misma hora. A las 11:30 nos dormimos. Me despierto a las 7:30.

Suena el teléfono, es mi mamá. Platicamos sobre los problemas de la familia y cómo solucionarlos sin que les digamos nada a los involucrados. “El lunes es tu cumpleaños”, me suelta. “Mmm, sí”. “¿Qué haremos?, ¿qué harás?”. “No sé, depende de con quién esté”. Últimamente no nos vemos el día de mi cumpleaños porque ambas nos sentimos incómodas. Lo noto en su voz y ella en la mía. “Bueno, te quiero, bye”. Colgamos. La voz de mi mamá me recuerda que pronto va a pasar otro año. Que no soy aquello que esperaba ser; o sí, pero que no se siente como pensé que se sentiría. 

Estoy por cumplir 40. Leí en Los peligros de estar cuerda, de Rosa Montero, que aunque pase el tiempo una no se siente vieja, se siente joven. Ahí está de nuevo la discusión filosófica sobre si somos cuerpo y espíritu o sólo somos. Mi cuerpo envejece, aparecen canas, arrugas, cansancio. Aunque el cansancio lo he sentido la mitad de mi vida.

Han pasado 20 años desde que salí de la universidad. Sigo yendo allí. Cosas han cambiado y yo sigo entrando y saliendo de la misma facultad. Revisitando, revisitándome. Yo me siento como hace 20 años.

Sentir que eres un ser que fue inyectado por los extraterrestres en un cuerpo, así siento la memoria. Se acumulan los recuerdos en mí y a la vez se borran. Me cuentan cosas que hice, cosas que dije, que yo no recuerdo.

Detrás de todas estas preguntas se esconde una fundamental: ¿quién soy, ahora? Me mudé con mi pareja, renuncié a proyectos que me lastimaban, comencé a adaptarme a la rutina del día a día. Mi existencia se mudó de un ser desorganizado, que dormía a las 2 o 3 de la mañana viendo series y que se despertaba a las 11 o 12 del día sin saber qué hacer ni a dónde seguir, si comer o no a este ser en el que la posibilidad del asombro y del vértigo se desvanecieron con la rutina. Sé que no he resuelto esta dicotomía, ni pretendo hacerlo. Añoro los tiempos sorpresas, tanto como amo mis días de paz: los desayunos a las 9 de la mañana, las series a las 9 de la noche. Cada vez que llego a estas preguntas me acuerdo de la frase de Blaise Pascal en Pensées; “Disponiéndonos siempre para ser felices, resulta que no lo somos nunca”. Ya él hablaba sobre la incapacidad humana para mantenernos quietos. 

No quiero negar la necesidad del cambio, a veces marcada por las fechas importantes: las navidades, los fines de año, los cumpleaños.Y aunque la transición hacia la calma fue compleja, tampoco reniego de ella. La vida florea. Se abre paso. Sé que en 20 años, cuando lea este texto, me desconoceré, tal y como lo hice con mis diarios de la niñez. Pero al mismo tiempo sabré que en ese momento, esa era yo, o al menos, que allí me asomaba. Las rutinas pueden ser asfixiantes, tanto como los cambios. El asunto es mantenerse quieto, observar. Rehabitarse las veces que sea necesario. Son inevitables los tránsitos y las estadías. 

Fijo una fecha para escribir, un horario, lo cumplo y allí escribo. La escritura surge de manera espontánea y me siento satisfecha.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Extraño Cotidiano | Finisterrae I

Susana Argueta

Caleidoscopio de palabras | Refugio de un pájaro

Por Mónica Benítez

Refugio de un pájaro

En mí hay un pájaro encendido

que se agita,

se agita cuando el aire entra por mi garganta

y sale disparado con las alas bien abiertas 

como flechas, apuntando al panal

y las abejas  

me pican, me envenenan

la corteza

porque no soy una flor blanca con el centro amarillo

soy unas ramas que crecieron por ahí

donde se alojan plumas de pájaros cansados

que perdieron el vuelo de las otras aves

y por eso mi voz es suave

y dolorosa,

de pausas prolongadas

palabras deshilachadas

que agitan 

las plumas del pájaro

pero lo sigo haciendo, 

sigo agitando el panal

porque mi voz es libre.

Mónica Benítez

Mónica Paulina Benítez Castro (Puebla, Pue. 1998), escribe poesía y narrativa, pinta en sus tiempos libres y actualmente estudia la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP.