Felicidad?

                           Por Madelaine BO.

El reloj marca las 18:23, camino en el caos de la ciudad y mientras voy pasando entre toda esa gente pienso…

¿Y si no soy yo?

¿Qué tal y alguien más esta viviendo en mí ?

Creo quiero salir huyendo de está maldita felicidad. Siento que me quema y no sé si solo será efímera o durara por siempre, de lo que estoy segura es que no me gusta sentirla, me asusta, me quema.

Y con lo anterior no escribo que tengo una vida perfecta, por que estoy muy alejada de tenerla. Pero lo mío es tirarme al drama constante.

Por ello no sé que hacer conmigo, con todo esto que siento dentro, muy a menudo me quema el corazón y las entrañas, algún día puede explotar de tanta dicha.

Pero me pregunto nuevamente. ¿En donde se puede guardar todo esto?

Quiero saber, para que no se acabe tan rápido, necesito acostumbrarme a ella sin temerle. Así podría usarla en pequeñas dosis cuando más lo necesite; en aquellos días que siento el corazón vació y solo quiero salir huyendo de mí misma.

De profesión optometrista, soy de carácter fuerte y muy servicial, un poco loca y soñadora. Amante de los museos y exposiciones. Escritora amateur de pequeños poemas o pensamientos de «El día a día» con lo cuál quedan plasmadas las vivencias. Tengo mi propio club de lectura «Las Historias Fugaces»

También pertenezco a otros clubs «Nuestra tienda roja- Circulo de lectura para mujeres» y «Sala de lectura Guadalupe Dueñas»

Letras que ab (sorben/sortan) | Entre sueños y soñadores

Maleni Cervantes

El día de hoy hablaré de una figura-personaje que encontré en un libro. Compartiré una visión que logré a través de la reflexión íntima (desde mi perspectiva y mi sentir) de los primeros dos capítulos de esta novela para dar un preámbulo a lo que es ser un soñador y, al final, un pequeño resumen de la historia del soñador de la novela.

Hay ocasiones en las que el corazón siente, y en ese sentir está su capacidad de ver más allá de lo acostumbrado. Ya no se trata de mirar de reojo la vieja casa de la esquina que se encuentra abandonada. No es cuestión de compartir unas palabras sin sentido con los vecinos o con el señor de la fondita.

No, las cosas dejan de ser ellas mismas, todo esto cuando el corazón se apodera de nuestros ojos, de la manera de sentir, comprender, contemplar y gozar del alrededor. Es en este punto donde nos topamos con el yo soñador.

Somos soñadores en la mañana en que el sol pinta todo de otros colores. Cuando somos capaces de ver lo que otros no pueden. Al crear un lazo cordial y empático, aunque no conversacional, con aquel extraño que comparte nuestra rutina camino al trabajo y, que, sin saberlo se vuelve parte del día con día.

También, somos soñadores al prestar atención en los mínimos detalles, al observar una flor, al saber el papel que cumple el árbol que nos da sombra frente a la tiendita de la esquina. Somos soñadores al hablar con el alma, al despertar la capacidad de asombro que dormimos por la cotidianidad. Al reír con “boberías”, al llorar por un amor no correspondido, o al imaginar un futuro feliz con la persona amada.

Yo en este punto he de confesar que mi yo soñador es quien más vive por mí. Imagina historias fantásticas que, pese a que sé y no se harán realidad, me mantienen sensible y humana, entretenida y motivada. Sin contar que gracias a esta parte surrealista de mí puedo llegar a tener mis momentos de creatividad que me sirven para escribir estas líneas para ustedes.

No obstante, hay que saber que para todo hay un límite que al cruzarlo hace difícil el regresar atrás. Donde el soñador desmedido desea dejar de serlo. Donde existe la pregunta: ¿cuál es el límite de la imaginación de un soñador y la disociación de la realidad como un problema por solucionar?

Un soñador escribe sus sueños en las nubes, en las palabras, en el viento, en el suelo que pisa. Sin embargo, hay momentos en los que se envuelve en una realidad tan fantástica y privada que, al mismo tiempo, cierra su capacidad para entablar una relación con el mundo real que lo rodea. Porque, vuelvo a repetirlo, para todo hay límites.

Un soñador puede perder la noción del tiempo, y si lo hace con regularidad, hay la posibilidad de que sus sueños se conviertan en tormentos y reproches, porque en la balanza del equilibrio todo puede costarle sus años de juventud y de vida.

Un soñador en exceso, no actúa, imagina. Por lo que, entre sueños y fantasías, todo se esfuma ante él como si de polvo se tratase. Al voltear por un recuerdo, se dará cuenta de que el recuerdo más nítido que tiene en el acervo de su memoria es el de él mirando por la ventana de su casa sin esperar nada más.

Por otro lado, estos son algunos de los problemas a los que nos enfrentamos los soñadores. Pero, ¿y cuáles son nuestros vicios?, ¿qué pasaría si habláramos de ellos?

A lo mejor nos daríamos cuenta de que los soñadores somos los más susceptibles a anhelar y desear en demasía, a crear alegrías tangibles donde sólo hay experiencias pasajeras, a montar cadenas imaginarias entre las vivencias agradables y las tristezas constantes donde le damos mayor peso al “hubiera” y no al “existe” y “tenemos”.

Los soñadores brindamos con la luna, cuando en el alma guardamos secretos ridículamente sensibles. Somos aquellos que no sabemos vivir del presente, y en el mañana nos despertamos reprochándonos por no saber vivir y saber hacer.

Entonces, aquí surgen más preguntas, ¿y de qué nos sirve la alegría?, ¿nuestra manera de gozar del entorno?, ¿de qué sirve imaginar si no sabemos vivir como está estipulado hacerlo?

Por ejemplo, yo tengo casi treinta y sigo sin comprenderlo. Sin tener respuestas al por qué me tocó ser una soñadora. Más, de colmo, fue así como llegué a una lectura que me dejó un vacío emocional severo, y eso que no me considero soñadora en exceso.

Noches blancas de Dostoyevski. Una historia que te cautiva desde un principio, con la cual puedes conocer la vida de un soñador que ha pasado todo el tiempo entre fantasías, por lo que ahora se acongoja de ello.

En ella comprendemos la parte más íntima de un soñador, el lado positivo que engloba su sensibilidad y humanidad, pero al mismo tiempo sus vicios más severos, desde el apego desmedido y la carencia de un sentido real por la vida. Ahora mezclen todo eso en un frasquito y añadan al relato la historia de un amor no correspondido que habrá de destrozarnos el alma.

Esta novela se compone del estar en el momento no indicado en la vida de alguien más, soñar en abundancia y caer en cuenta del destino desde una perspectiva trágica y desconsoladora. Tres elementos que terminan con un personaje soñador encaminado a la madurez y la depresión al asimilar su realidad en una última noche de encuentro con la mujer que amaba, para quince años después escribir sus memorias. Ahora bien, sin más que decir, porque no quiero desglosar de manera imperfecta la perfección de esta novela, les dejaré la invitación a conocer a este soñador para tomar su historia como ejemplo de lo que es soñar en grandes cantidades…

Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG.

ESCRIBIR NOS LIBERA: ¿CÓMO ESCRIBIR MEJOR?

Por Aimeé Miranda Montiel

Escribir con flores es un gran privilegio, de contar con la belleza para inspirarme, pero cuando no hay flores también escribo; no censures ni condiciones tu escritura, porque lo más importante siempre será que escribas.

Para empezar quisiera decirte que en mi interesante punto de vista, no hay “escritura buena” o “escritura mala” y aquí lxs críticxs de la literatura les va a dar el soponcio jajaja pero pues “soportanding” porque esta es mi columna jajaj, no se crean, entiendo que para muchxs las estructuras de los textos son fundamentales, porque hacen que todo tenga más eficiencia, para que se logre captar el interés del lector, para que el texto no se caiga porque alguna parte es intrascendente, redundante o innecesaria.

Pero para mí, todo lo que se escribe es valioso, en primera porque como sabemos, ESCRIBIR NOS LIBERA, y la liberación no tiene precio, sacar la mierda interna es invaluable; en segunda, porque para mí no hay texto malo, simplemente hay texto que se puede tallerear, reeditar o texto al que se le puede dar un enfoque diferente, que puede transformarse quizá de ser un cuento un tanto aburrido a volverse un poema increíble o una carta honesta que no nos atrevíamos a enviar.

Así que te propongo dejar de auto-devaluar tu escritura, apláudete cada vez que escribes, concluye los textos que empezaste y que se quedaron como borradores en tu celular, en tu libreta que te llevas a todos los talleres de escritura a los que vas, empieza a escribir ese cuento o esa novela que traes en la cabeza, deja que las letras poéticas se te escapen por todos lados: en la computadora, cuando le escribas un mensajito a alguien, en tu journal o hasta en la lista del súper si es necesario, pero no pares de escribir.

Y sí, celebra hasta los textos que cuando los relees, les encuentras todos los errores del universo, celébralos porque son tus creaciones, y luego ponte a reescribirlos, cámbiales la forma, el ritmo, sustituye palabras, quita lo redundante, que el texto transmita eso que sentiste tú y que se convirtió en “la necesidad de escribirlo”, que el texto tenga vida; y luego, sin miedo, compártelo con tus amixes escritorxs para que te den otra visión, sus interesantes puntos de vista y sugerencias, no tengas miedo de “ser criticadx”, equis, nadie es perfectx y todo se puede cambiar y se puede hacer más grandioso, pero la última palabra es tuya porque es tu creación.

Así que escribe constantemente, escribe en todo lugar que puedas, porque al escribir más, indefectiblemente tus textos serán más naturales, más fluidos, más genuinos, más tuyos; y pues te tengo noticias, el viejo refrán de “la práctica hace al maestro” es cierto, así que escribe sin miedos, sin juicios, escribe con el corazón, escribe para ti, escribe para todxs porque queremos conocer tus historias, escribe siempre… porque ya sabes que ESCRIBIR NOS LIBERA.

Aquí te dejo un pedacito de una idea que me llegó para unos poemas, espero disfrutes estos versitos:

“Escúchate más a ti que a las memorias del dolor.

No puedes resolver el dolor de todas,

pero puedes resolver el tuyo.

(…)

Y si tengo que nombrar esto,

prefiero decirle “futuro”,

porque renuncio a vivir en la tormenta del pasado.”

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

Los apuntes y el deseo (leer y escribir literatura) por Jeanne Karen en La máquina verde

Cuando una persona comienza a escribir, a lo lejos vislumbra la orilla del dolor, hay una especie de deseo de desdoblamiento; en mi caso coexisten, no tan dulcemente, mi yo lectora y mi yo escritora, hablemos de la primera.

La parte lectora es espontánea, disfruta de las lecturas breves tanto como de los clásicos o por lo menos en algún momento de la vida así fue. Las lecturas que hago con más atención, sin duda, son las de los libros de poesía, que ahora se han extendido también a todo contenido poético que encuentro en internet.

Cuando hago un gran descubrimiento, me gusta hacer anotaciones en alguna libreta, guardarlas ahí para poder consultar después o solo para recordar la fascinación de las ideas y de los versos, para mí los versos son ideas, para mí, poesía es la luz del intelecto y la delicia de la música, la exacta belleza del ritmo. Una revolución comienza con un verso, una película de arte, la vida.

Para mí, leer es encontrar el movimiento, palabra tras palabra que cae como la lluvia sobre cemento fresco y queda el hueco, la forma de la gota, la presencia pesada, clara y poderosa. Leer es mover mi espíritu apenas, igual que el viento mueve la flama de una fogata, leer es arder sin prenderse, es saciar una sed sin embriagarse.

 Ayudada por los apuntes y por la memoria, la relectura es indagar en la que fui, descubrir de nuevo mis pasos, mirar la rapidez con la que anotaba cada cita, cada palabra, cada número de página, ver que con los años mi  caligrafía ha cambiado, porque eso siempre me sucede, libro que leo y que amo está guardado en mis apuntes, en ellos, lo que sobresale en rojo es lo que ha captado mi atención y me ha dejado sin aliento, igual que al mirar un paisaje impresionante o una magnífica obra de arte.

 Leer es encontrar, sin buscar. Leer es conocer, sentirse cerca de autores, fechas, lugares, poetas. Leer es el destino a donde deseo llegar, a mi propio texto, a mis palabras y también a ser el motivo, las ganas de desencadenar en otra mujer la escritura de un párrafo, su historia, un libro de poemas.

Primero leí, luego estudié, hasta el final me arrojé al dolor de esa orilla donde comenzó todo, a esa práctica a la que llamamos escritura;  para llegar tuve que abrir bien los ojos, agarrar el lápiz y borrar, borrar más de lo que escribía, luego atreverme a pasar algunas cosas a una hoja limpia y con lapicero; luego vislumbrar por fin algo propio.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Voces Tejidas | Congelado

Por Leslie Urbina

Mi mano, tibia y blanca, delgada,

era tuya, después fue olvidada.

Mientras recorría el sendero

te apartaste y me dejaste muriendo.

Te imploré que la tomaras

mientras te miraba

con dos abismos llenos de agua.

Fuiste tan rápido para apartarte,

que mi corazón se salió del pecho,

buscándote, intentando atraparte

para que abrigaras mi extremidad

y la aprisionaras en tus garras

antes de que se hiciera hielo

y se rompiera.

Ya no te busca,

hace tiempo que la arranqué de mí, 

y el dolor fantasma te persigue a ti.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Insurrecciones Estéticas | Solo para ti: versos para nuestras amigas

Por Selvia V. Kotasek

Nobody ever told her she was beauty

One day, she realized she was already free

The color in her eyes was fire rising

She found the light inside, a new horizon

Phenomenal woman, Laura Mvula

Hace unos días una amiga mandó una canción a nuestro grupo amistoso de WhatsApp. Yo la había escuchado anteriormente, me gusta mucho, así que su mensaje fue el pretexto para reproducirla, sin embargo esta vez escucharla fue experiencia diferente: cada verso resonaba como un regalo de mi amiga, como una muestra de su amor recibido un jueves por la tarde, que tenía todo el potencial de perderse en el ritmo de la semana, pero que afortunadamente se ancló lo suficiente para recordarme que hay alguien, del otro lado del océano Atlántico, que me recuerda al escuchar esa bella canción.

Pensar en esto me hizo recordar que yo solía mandar muchas canciones, no sólo para compartir música, sino para expresar lo que sentía por esa persona. Como alguien a quien las letras poéticas no se le dan, era muy fácil para mí tomar algunos versos prestados y mandarlos. Aunque también mandaba canciones a amigos y amigas, la realidad es que esta práctica la tenía reservada para mis parejas. Muchos hitos de mi vida romántica están musicalizados, y no sólo los de enamoramiento, también aquellos que implicaron rupturas. Porque para qué decir: “ya no insistas, mejor ahí la dejamos”, si puedes mandar:

«No me digas qué hacer pues sabes

Probablemente lo haga al revés

No soy tan joven menos tan viejo

Hoy sé cuándo debo ceder

Y no es hoy»

Las luces de esta ciudad, División Minúscula

Pero, ¿por qué reservar esta bonita práctica de mandar canciones al amor de pareja heterosexual? La música es un lenguaje que nos ayuda a expresar lo que sentimos a otras personas, sin embargo la cultura popular nos bombardea de canciones de amor y de desamor, pero pocas de amistad, y menos, de amistad entre mujeres. Eso provoca no sólo que tengamos pocas opciones para dedicar a nuestras amigas, sino también pocos referentes para significar, y por lo tanto, construir nuestras relaciones.

Las canciones, sobre todo aquellas que tienen mayor alcance, forman parte importante de nuestra educación emocional: nos enseñan, principalmente, de amor y de desamor. Pero, ¿qué nos enseñan sobre las relaciones entre mujeres? Pues hace unos años, nos decían algo como:

«Mío

Ese hombre es mío

A medias, pero mío, mío, mío

Ni te le acerques, es mío»

Mío, Paulina Rubio

Y la correspondiente respuesta:

“Hey, güera

No me gusta perder

Y si es preciso pelearé

Puede ser que sea celosa

Y posesiva

Pero mientras tenga vida

Nadie, nadie me lo quita”

Güera, Alejandra Guzmán

Aunque estas canciones son mejores referentes de amor romántico que de amistad, dejan claro cómo se nos invitaba a relacionarnos desde esta cultura pop: ser enemigas, rivales de amor. Afortunadamente la sociedad superó los noventa y este tipo de canciones/chismes de farándula ya no es lo único disponible para dedicarnos entre mujeres.

Hoy en día, y sin duda como consecuencia de la fuerza que el movimiento feminista ha tenido los últimos años, tenemos cada vez más mujeres artistas haciendo música para nosotras, y sus canciones resultan ser mucho más que una vía de expresión de emociones, sino construcciones de nuevas formas de relaciones entre mujeres, brindando referentes a los que podemos recurrir para amar, cuidar y amamachar a nuestras amigas.

Porque qué bello que un jueves por la tarde escuches:

“Confía en tu fuerza, recuerda los mares

Que ya aprendiste a navegar

Tú sabes, tú puedes, tú vales

Lo canta la tierra que pisan tus pies

Dejar que se muera lo viejo es dar la mano a tu miedo a caer”

Solo para ti, La Otra, María Ruiz y Eva Sierra

Y pienses en tu amiga, quien no sólo te dice que te quiere, sino que te regala una forma de mirarte desde su amora, y resulta un retrato muy potente de ti misma:

“Y el coraje que siempre derramas

Ojalá te lo dedicaras

Ojalá verte como una niña cosiéndole plumas de viento a sus alas

Sólo para ti”

Solo para ti, La Otra, María Ruiz y Eva Sierra

Qué necesarios son esos retratos en este aplastante mundo patriarcal que nos quiere débiles, dudosas y desconfiadas de nosotras mismas. Qué importante que en medio de la lucha, llegue una amiga y te regale:

“Camina con tu frente adelante

Muestra tu sonrisa, solo quiero mirarte

¿Sabes? Eres una obra de arte

Si bailas en el cuarto o bailas en el parque

Eres tuya, no eres de nadie

Sabes lo que quieres, no quieres cambiarte

Llega el fuego pero eres diamante”

Eres diamante, Elsa y Elmar

Las amigas, sobra decirlo, nos salvamos mutuamente, y ahora hay canciones para musicalizar, construir y significar esas insurrectas relaciones que, sin duda, han agrietado duramente este sistema. Ahora ya no tenemos que tomar prestadas canciones escritas y cantadas por hombres, ahora tenemos voz propia, porque nadie mejor que nosotras para cantarnos. Creo que siempre han existido este tipo de canciones, pero han quedado invisibilizadas; sin embargo hoy, estoy segura, existe un buen repertorio que nos invita a dedicarnos canciones entre nosotras.

A pesar de mi carencia poética y, por lo tanto, amplia necesidad de canciones, me hace falta mucho por conocer. Así que quiero tomar estas reflexiones como pretexto para conocer más de esas artistas y lo que están cantando para nosotras. Si quien me lee tiene más canciones, por favor compártalas (las aquí citadas, excepto las noventeras, ya se encuentran en la playlist). Los referentes insurrectos nunca sobrarán en este espacio; y por supuesto, siéntanse libres de tomar todas las letras y acordes necesarios para amamachar a las amigas:

Te invito a leer otras entradas de mi columna «Insurrecciones Estéticas»:

El ojo de Lya | Devoción al talento

Breve crónica nostálgica y musical con Gloria Trevi, la de los 90’s.

ESCRIBIR NOS LIBERA: SOBRE EL MIEDO A MOSTRAR LO QUE ESCRIBES

El miedo se puede llegar a ver tan grande como una ballena, pero no te aterres, las ballenas son sabias y guardianas de las profundas emociones

Por Aimeé Miranda Montiel

Escribir es un acto demasiado personal e íntimo, escribimos muchas veces cuando estamos solxs, y en caso de estar rodeadxs de otras personas, escribimos en el silencio, porque estamos clavadxs en nuestros pensamientos, en estructurar ideas, historias o en recordar cómo nos hizo sentir algo, cómo reaccionamos ante ciertos eventos, o en el caso de que escribamos ficción, hacemos lo mismo poniéndonos en el lugar de nuestrxs personajes.

La escritura suele ser un oficio de solitud, por ello, es que en ocasiones nos resistimos a mostrar lo que escribimos, porque es una manera de desnudarnos frente a alguien más, porque es mostrarle una parte nuestra a unx desconocidx, porque es dejar pruebas fehacientes de lo que hay en nuestro interior (aun cuando escribamos ficción), pues todo lo que creamos tiene algo o mucho de nosotrxs.

Si bien es cierto, se escribe por una necesidad de plasmar una historia, una vivencia, un pensamiento, y de alguna manera, con el simple hecho de escribir ya se cumple con gran parte de esa necesidad; sin embargo, ¿quiénes seríamos sin las historias que otrxs nos han contado?, ¿quiénes seríamos sin las ideas de personas distintas a nosotrxs?, ¿quiénes seríamos sin esos mundos ajenos a los que sólo nos hemos podido asomar a través de leer historias de otrxs?

Por ello, compartir lo que escribimos es vencer el miedo al juicio de otrxs sobre lo que escribimos o sobre la manera en que lo hacemos, es romper la barrera de lo íntimo para que otrxs tengan nuevas perspectivas del mundo o de sí mismxs, es estar dispuestxs a equivocarnos, a reescribir, a modificar partes de nuestros textos que a veces son confusas, pero también estar dispuestxs a tocar vidas con nuestras palabras, a recibir gratitud y admiración por quienes nos leen, es también una forma de vencer el egoísmo o la falsa vanidad, para mostrar la magia que vive dentro de nosotrxs.

Hoy te invito a que muestres lo que escribes, porque una parte de la liberación que nos da la escritura es al momento de ejercerla, pero a veces es aún más liberador cuando permites que alguien más te lea, cuando te dejas que esa otra persona entre a tu mundo.

Gracias infinitas por estar en este espacio una semana más, gracias infinitas por iniciar conmigo este nuevo ciclo 2024 en el que sé muchas letras compartidas nos aguardan y en el que deseo y elijo que esta parte de mí, te siga inspirando a escribir.

Te dejo estas líneas que brotaron hoy:

Me confundo y me esclarezco,

camino y sueño despierta

me meto en tu mente y terminas en mi cuerpo,

escribo para revivir historias o vivo del recuerdo,

invento o me reinvento,

¿estoy en un laberinto o en un conocido trayecto?

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

El desborde. Relatos del mundo que habito | Alas y raíces


Por: Ximena Moranchel


He vivido en 8 casas desde que empecé a vivir sola, 8 diferentes espacios en 4 ciudades distintas. 8 casas en 8 años. Hasta hace un año nunca había tenido una planta. Es una de las implicaciones de estar siempre de paso, de andar siempre volando. Porque no sólo es que mi vida sea itinerante, sino que también es incierta. Pocas veces sé cuánto tiempo me voy a quedar en cada sitio. Eso se define sobre la marcha, sobre las vueltas del día a día. Por eso nunca hay plantas en mis ventanas, o muebles propios, o utensilios de cocina ostentosos, ni ornamentos que adornen las paredes. No le veo el caso, cuando más temprano que tarde cambiaré ese lugar por otro, que probablemente quede bastante lejos como para trasladar todo eso que suele vestir el interior de un hogar. Viajo con pocas maletas llenas de ropa, un par de zapatos, algunos libros, una que otra artesanía y un chingo de recuerdos. Nunca me ha molestado. Me gusta la emoción de lo desconocido, la nostalgia permanente, la sensación de libertad que me da el saber que puedo irme cuando quiera y que no acumulo objetos que me atan a un sitio. Me gusta vivir ligera, suficientes cosas ya carga una como pa’ seguir echándole a la valija.

Hace un año caminando por mi barrio; y digo “mi”, porque aunque como siempre, en algún momento dejará de serlo, mientras vivo ahí, es mío; encontré en una callecita un local en el que vendían plantas, una mujer pequeña y de origen chino sentada en el medio del cuarto, en una silla blanca que resaltaba entre todo el verde que nos rodeaba, y sin dejar de sonreír se convertía en la publicidad perfecta que lograba hacerte entrar. Ya adentro comencé a preguntarle a la china con un genuino y nuevo interés sobre los distintos nombres y cuidados de todos esos seres que estaban a nuestro alrededor. Y de pronto me encontré a mí misma saliendo de esa tienda con un hermoso Potus o teléfono, como lo llamaba mi abuelita, entre las manos.

Caminé de vuelta a mi departamento y coloqué a Potus en una mesita en medio de la sala, y me senté a contemplarlo. No es algo que haga seguido, eso de sentarme a contemplar una planta dentro de una casa. Me pasa en la montaña, en la playa, incluso en las calles de grandes ciudades, pero nunca en una casa.

Pero ahí estaba yo admirando a ese ser que a partir de ahora compartiría el living conmigo, observándolo detalladamente, como esperando a que en algún momento me diera la respuesta a una pregunta que yo desconocía.  

No entendía por qué, pero sabía que ese momento era importante, que no debía de olvidar esa tarde, ni todo lo que me estaba haciendo sentir. Una mezcla de desconcierto al no comprender la razón por la cual había comprado una planta cuando sabía perfectamente que otra vez me iba a ir, sumado al cosquilleo en el estómago producto de los nervios e ilusión que me generaba pensar, que algo estaba cambiando aunque no lograra descifrar qué.

Han pasado varios meses desde que ya no vivo ahí, ni en esa casa, ni en esa ciudad. Potus ahora comparte el espacio con un amigo. Y yo aún no tengo plantas en mi nuevo hogar. Hace algunos días mientras tomaba un taller y tomaba café en la cafetería de mi nuevo barrio, como la última pieza que faltaba para armar el rompecabezas, apareció por primera vez un pensamiento: ¡Qué ganas de echar raíces y cuidar por un rato largo las raíces de otro!

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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Doritos y Coca | Saltburn: Entre el privilegio y el deseo

La cosa es, ¿no somos todos pervertidos asquerosos?

EmERALD fENNELL

Por Silvia Santaolalla


Advertencia de spoilers

En entrevista para The Black List, el director surcoreano Bong Joon-ho confesó que el éxito mundial de su película Parasite le había sorprendido debido a la cantidad de detalles y actuaciones coreanas que no esperaba fueran entendidas por el público internacional. Su teoría es que el film trascendió las barreras culturales ya que «quizá no hay fronteras entre países ahora porque todos vivimos en el mismo país, uno llamado capitalismo». Este fin de año el ímpetu en redes por Saltburn, la segunda película de la directora, actriz y guionista británica Emerald Fennell, ha remitido a muchos al furor que Joon-ho causó en el 2019. Nada más lejos de la realidad.

Saltburn se ha convertido, a estas alturas, en una mala traducción. Mal clasificada como un Euphoria tímido, un Élite superproducido, un Parasite inglés. Saltburn no es una crítica sobre la injusta distribución de la riqueza. Mucho menos «una demostración de culpa de clase» por parte de Fennell, quien es hija del famoso joyero Theo Fennell y la escritora británica Louise Fennell. Estudió en el Marlborough College (el mismo colegio al que asistió Kate Middleton) y en la Universidad de Oxford. Saltburn es realmente una historia perversa sobre el privilegio y el deseo, con fuertes raíces en la tradición británica del gótico. Por si quedan dudas, el título lleva el mismo nombre de la propiedad donde sucede la historia, al igual que Cumbres Borrascosas.

Para entrar en el mundo de Fennel, no debemos olvidar que, a pesar de que el Reino Unido tiene un pie en el capitalismo y la globalización, sus raíces siempre recuerdan el imperio colonial que fue durante mucho tiempo. Una nación que aún tiene una familia real, una Cámara de los Lores, nobles y títulos hereditarios. Una aristocracia que no necesariamente relaciona su poder con la riqueza. Y como muestra de estas raíces: la secuencia de apertura de Saltburn. Escrita, filmada y editada completamente en sincronía con el himno británico Zadok the Priest (Sadoc el sacerdote). Compuesto por Georg Friedrich Händel en 1727 para la coronación del rey Jorge II, ha sido cantado antes de la coronación de todos los monarcas británicos desde entonces. Como un dulce, que solo quien esté relacionado con el himno saboreará, la reorquestación de Anthony Willis cambia la letra de «Zadok the priest and Nathan the prophet anointed Solomon king» (Sadoc el sacerdote y Natán el profeta ungieron rey a Salomón) a «Oliver Quick and Nathan the prophet anointed Solomon king«. Dejando en un plano medio a Oliver Quick (Barry Keohgan) con el último God save the King! (¡Dios salve al Rey) del coro.

En entrevista para Vanity Fair, Fennell admite que su cosa favorita es la simpatía por el diablo. «El tipo de persona que no podemos soportar, el tipo de personas que son aborrecibles —si podemos amarlos, si podemos enamorarnos de esas personas, si podemos entender por qué son tan seductoras, a pesar de su crueldad palpable, su injusticia y una especie de extrañeza, si todos queremos estar allí, creo que esa es una dinámica interesante”. Por lo que el verdadero giro de trama no está en la escena de la bañera, ni en la de la tumba fresca de Felix Catton. Ni siquiera en la confesión del plan de Oliver a Elspeth en su lecho de muerte. La máxima crueldad es cuando, como en la canción de los Stones, Oliver Quick dice a Felix «permíteme presentarme, soy un hombre de riqueza y buen gusto». Felix no solo se siente traicionado por su amigo, sino que puede ver que detrás de la ilusión de Oliver se encuentra el reflejo de lo que decidió proyectar en él. No existe ningún niño de clase baja con padres adictos y una niñez terrible a quien Catton deba salvar. No hay ningún niño pobre pero inteligente que logró llegar con su esfuerzo a Oxford. No hay manera de mostrar que él, Felix Catton, no es otra persona terrible y elitista como su familia y amigos.

Al final, Saltburn es una oda a la perversidad de la que podemos ser capaces por las cosas que amamos. “Un estado perpetuo de deseo, necesidad y anhelo”, en palabras de Fennell. Una historia tan vieja como la humanidad, eso que nos atrae aunque temamos perder la cordura y la integridad. Así que sin pretensiones de justicia de clases, si conoces al diablo ¿tendrás algo de simpatía, cortesía y buen gusto?

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).