Miriam J. Chimil es una mujer migrante ayuuk. Nació en San Juan Metaltepec, mixe, Oaxaca. Desde pequeña la separaron de su hogar y creció en la periferia de la ciudad de México. Ahí disfrutaba explorar y recorrer los vestigios de naturaleza. Eso la llevo a estudiar biología y a centrarse en la relación mujer- naturaleza. Su ombligo la regresó a su origen a estudiar las plantas y el conocimiento generado por sus ancestras. A través de la escritura recrea sus vivencias y reflexiona sobre la migración y su identidad al encontrarse en el limbo entre el campo y la ciudad.
Alguna vez leí que trabajar venía del latín tripalium, que significa “torturar”. Lo compartí en redes porque en el fondo detesto el trabajo, algunos me dijeron que trabajar dignifica a las personas. Yo pienso que en el trabajo hay un poco de ambos aspectos, aunque más del primero.
Cuando decidí estudiar Letras, no me preocupé por el tema del trabajo. Ni siquiera pensé en qué trabajaría, estaba en una especie de burbuja en la que no existía ese asunto. En esa época, me interesaban los escritores fuera de lo canónico. Los raros. Casi todos habían terminado sus días olvidados, con empleos mal pagados o desempleados, en eso consistía la rareza. Entre ellos se encontraban Emily Dickinson, poeta que si bien famosa en la actualidad, murió sin que se supiera que escribía, Julio Torri, a quien se le achacaba que escribía poco, su revalorización es reciente; Elena Garro, que sufrió de precarización debido a que tuvo que dejar México y también por su marido; Leopoldo Díaz Panero, que se la pasó en un psiquiátrico al igual que Zelda Fitzgerald, misma que tuvo la mala suerte de estar casada con Francis Scott Fitzgerald. Quizás sabía que algo compartiría con ellos.
Mi vida laboral comenzó cuando terminé mi servicio social en un programa de fomento a la lectura en hospitales, yo me imaginaba leyendo a enfermos y haciendo un poco más amena su estancia hospitalaria, pero en realidad terminé pegando portadas, repartiendo propaganda, acomodando mesas y sillas y haciendo de vez en cuando alguna presentación de los libros. En otro programa vieron mis habilidades y me contrataron; dijeron que era la mejor en el servicio social.
Con el tiempo, mi entusiasmo por el trabajo fue decayendo al ver las injusticias laborales: estaba en un programa que trataba de llevar los libros a los rincones del, aquel entonces, Distrito Federal. Tenía que ir de lunes a domingo y sólo descansaba cada tres semanas. Mi salario era poco (en aquel entonces lo creí justo) y en ocasiones tardaban meses en pagarme. Decidí abandonar ese empleo cuando me di cuenta de que, por más que me esforzaba, mis jefas no estaban satisfechas; incluso me reclamaban si me atrevía a llegar tarde. Además, no pasaba tiempo con mi familia. Dejé ese trabajo después de un año.
«Tal vez que esas universidades que se jactan de humanísticas, de humanas no tienen nada.»
Me dejé llevar y de pronto ya era profesora de un Taller en la Casa Universitaria del Libro. Allí comencé a dedicarme a la docencia. Era más joven que hoy pero me empeñaba más que ahora. Aprendí el oficio. ¿Qué pensaría la Illari de entonces si supiera que tras cinco años la despedirían sin siquiera decírselo? Tal vez que esas universidades que se jactan de humanísticas, de humanas no tienen nada. Admito que disfruté estar en esos salones con piso de madera y habitar un espacio al que no habría entrado por cuenta propia. Pero no se trataba más que de otra ilusión que se apoya en la precariedad de las profesoras y profesores. Hace poco, la UNAM volvió a hacerme lo mismo. Después de ocho años, decidió que ya no me necesitaba: que no soy hombre, tampoco soy blanca, y mucho menos tengo el capital cultural que se requiere para ser docente allí.
Quiero saber: ¿cómo me han dignificado esos trabajos?
Decidí dedicarme a la literatura y me he consagrado al oficio, pero ella parece ser campo para unos cuantos, para los elegidos.
Aun así continúo, continuamos. Y ¿tú?
Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.
Siempre he creído que las letras deciden cuándo y cómo ser escritas. Creo que ellas forjan su camino, su sintonía y su marcha. Creo que ellas deciden cómo será su paso por esta tierra y por aquella hoja de papel. Y aunque todo lo anterior es una mera especulación mía, lo puedo asegurar casi como si tuviera un estudio científico que lo avale, pues en sinceridad, reconozco que en el camino de vida de mis letras yo solo soy su transporte, solo soy la cara que dan ante su destino, ante sus lectores y ante su historia.
Sé que yo les pertenezco a ellas, y para ser sincera, creo que ellas también me pertenecen a mi. Lo hacen, no sólo por el hecho de escribirlas, si no, porque en lo más profundo de mi ser, sé que las letras son un sentimiento más íntimo, mismo que ni con ayuda de ellas mismas podría expresarlo. Si se me pidiera hacerlo diría que; escribir es como si la letras se formarán en una fila, se proyectarán en orden y bailarán un bolero siempre tan calmado y tan suave como para permitirse, mejor dicho, para permitirme ser, plasmadas por mi pluma, en una libreta colorida de forma francesa que semeja tener flores en la pasta.
Permítanme decir que escribir es un acto de amor y de pasión pero sobre todo es un acto de valentía, un acto de mucha valentía y es que escribir va más allá de trazar unas letras para que formen una oración, va más allá de una buena sintaxis, va más allá de una buena ortografía. Escribir es ser elegido por las letras para contar su historia, es tener la capacidad de gritar todo lo que arde dentro de nosotros. Escribir es contar esas historias que nadie sabe pero que a todos nos hace falta leer.
Es por eso que cuando me preguntan sobre mi camino por esta tierra, pienso en el camino que trazan las letras, sé que no es lineal ni fácil pero aunque tenga su complejidad no deja de ser maravilloso. A veces escribir se fija en un camino recto, tan recto que teme a subir o tan alto y con tanta fuerza que teme a bajar y quedarse ahí estancado. Y justo así siento que se siente vivir, porque cuando la vida fluye es un baile liviano, sereno, calmado y armonioso pero cuando la vida no va como nos gustaría, se siente muerta y vana tal cual como se siente el camino de las letras cuando este no quiere ser trazado.
Sentir una relación estrecha con las letras siempre ha estado en mi, en mi persona y en mi vida. Nunca había notado que tanto eran mías, y qué tanto yo era de ellas hasta hace algunos días que busqué durante horas la manera de que él me sintiera cerca en un día tan difícil. Pensé en enviarle flores, en hacerle mi famosa gelatina y hasta en irle a visitar, aunque todas las ideas anteriores me parecían maravillosas, sabía que con ninguna de ellas me sentiría cerca y es que aunque estuviera físicamente no estaría presente o no tan presente como quería yo estarlo en ese momento. Así que sí encontré una forma de hacerme presente, mi forma de hacerlo y le llamé para leerle lo que le había escrito. Le escribí algo para estar cerca de él. Y ahí entendí que no hay mejor manera de que yo esté ahí para alguien, que yo esté ahí para mi, que mis letras.
Mis letras siempre serán mi forma de hacerle saber al mundo que existo, que siento, que soy y que estoy viva. Escribo porque abrazo a mis miedos, a mi progreso y acepto mi camino por esta vida. Escribo porque voy con mi destino y con el de la mujer que llevo dentro. Escribo porque honro la fuerza con la que siento. Escribo porque nací para escribir.
Hoy no me da miedo escribirlas y menos que ellas me acorralen, como por un poder divino sé que a ellas tampoco les da miedo ser escritas, porque a fin de cuentas si me hundo ante ellas, ellas se hunden ante mí y no hablo de un tema de poderes, hablo de un tema de amor y de aceptación. Aceptamos que no estamos en lucha, aceptamos que desde nuestra humanidad ambas buscamos lo mismo; escribir sobre lo que nació para ser escrito y en esa búsqueda encontramos nuestra felicidad.
Y es aquí cuando dejó las preguntas, rompo paradigmas y suelto los enredos. Las letras no me pertenecen, ni yo les pertenezco, pues buscar un sentido de pertenencia en algo que nació para ser, sería desafiar destinos y romper tiempos.
Yo solo sé que nací para ser escritora y que las letras nacieron para ser escritas. Sé que aquello que nació para ser escrito nació para una escritora y que una escritora nació para escribir aquello que por esencia nació para ser escrito.
Así que sí, ninguna de las dos nos pertenecemos porque reconozco que aquello que nació con el fin de darle vida a lo otro desde esencia siempre serán una misma.
Dayane Ortiz
Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 19 años y soy una estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente. Gracias por la oportunidad al leerme, mi querido lector.
Yo en un momento de mucha luz, dos doritos después… cosas pasaron, como la vida misma.
Este año tomé un curso de autobiografía de dieciséis semanas, mas que un espacio de escritura, fue una burbuja de sanación, de introspección, de autodescubrimiento y un proceso de mirarme, de mirar todo el mundo a través de mis recuerdos, de mis puntos de vista, de mi sentir…
Y fue ahí, que se me hizo interesantísimo cómo es que hay ciertas memorias que tenemos muy nítidas, hay recuerdos que están difusos, hay momentos de nuestra vida que hemos olvidado por el paso del tiempo o debido al enorme esfuerzo que a veces hacemos para bloquear el dolor o una experiencia que asumimos como horrible.
Los recuerdos, siempre me remiten a una frase de García Márquéz que aparece en su libro autobiográfico Vivir para contarla: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.”; y es que quién nos puede garantizar que nuestras memorias son fidedignas, que lo que nosotros asumimos como “realidad” es lo que en verdad pasó, y no una rara asociación entre: imágenes, memorias pasadas, puntos de vista, estado de ánimo, emociones, puntos de referencia anclados a experiencias anteriores, y muchos elementos más que le puedes añadir a ese extravagante cocktail que son los recuerdos.
Para mí “no hay una realidad”, sino versiones de la misma, cada ser humanx, tiene una historia de lo que pasó, e incluso, cada persona puede ir modificando sus recuerdos o las emociones relacionadas a estos, con el paso del tiempo o al adquirir nueva información, que le permita tener una perspectiva diferente, del evento en sí, de las personas involucradas en él o de su rol dentro de esa vivencia.
Pero aún que existan doscientas mil versiones de “la realidad”, para mí ha sido un gran ejercicio escribir textos autobiográficos, pues me han dado una perspectiva sobre mi misma, sobre lo sucedido en mi vida, e incluso me ha permitido recordar lo valiente, inteligente, poderosa y fuerte que soy, en fin… escribir la vida misma, nos hace esclarecer parte de nosotrxs que de alguna manera tenemos necesidad de recordar, de descubrir, de sanar, de liberar, de reinterpretar…
Por eso, te invito a escribir sobre ti, sobre tu vida, si lo que escribes es verdad o ficción, será lo de menos, lo importante es que escribas tu “recuento de los daños” (alusión a una canción ¿noventera?) a tu manera, en la perspectiva de quien eres hoy y listo… chance mañana o en unos años, puedas escribir una nueva versión esos mismos recuerdos, de ti mismx… pero por ahora escribe lo vivido, resignifícalo y libérate.
Para cerrar, te comparto un pedacito de un texto autobiográfico que escribí durante mi curso:
“…durante gran parte de mi vida lo que me sucede es que no escucho sólo las palabras cuando alguien habla, sino que percibo la energía detrás de las mismas, o incluso los pensamientos que la persona esta teniendo mientras habla conmigo…”
Es como un duelo, donde nos perdimos a nosotras mismas y tiene sus tiempos complejos, sus oleadas de tristeza y furia, la imposibilidad de predecirlo, aunque también sabemos que con el tiempo duele menos, a veces deja de doler, a veces muta a la pura rabia, a veces podemos contarlo y sentirnos liberadas, después podemos simplemente brillar, florecer; ser sin partir de ahí o tenerlo cerca; o no. Cada una lo vive y los sobrevive como puede, o no.
Mar Guerrera1
El pasado noviembre, Karla Souza, actriz y productora mexicana, recibió dos premios Emmy por la película “La Caída”: uno por Mejor película para televisión y otro por Mejor actriz. La cinta, que fue dirigida por Lucía Puenzo; producida y protagonizada por Souza y escrita por Mónica Herrera, Samara Ibrahim, Tatiana Merenuk, María Renée Prudencio y Lucía Puenzo, retrata la experiencia de una clavadista en torno a los abusos psicológicos, físicos, emocionales y sexuales que ejerce su entrenador.
La cinta está inspirada en hechos reales, acontecimientos específicos que sucedieron en el deporte mexicano en el marco de los juegos olímpicos del 2000 y que fueron denunciados por la atleta Azul Almazán obteniendo censura y revictimización como respuesta por parte de las autoridades deportivas. Asimismo, la experiencia de la propia Karla Souza fue inspiración para realizar la película, pues en 2018 denunció haber sido víctima de abuso sexual por parte de un director mexicano y la respuesta que obtuvo fue la misma que Azul: censura y revictimización por parte de medios de comunicación.
Los hechos reales que inspiran esta cinta no sólo son las historias de Karla y Azul, son las de muchas mujeres mexicanas; la mayoría, según las estadísticas. Este desafortunado hecho es el que nos permite conectar con la película, porque aunque no seamos atletas de alto rendimiento o actrices famosas, podemos reconocernos en las experiencias contadas. Y esto sucede porque la película no sólo relata los abusos mismos, sino todo aquello que los permite: el silencio, la censura, la revictimización, el poder y la complicidad.
La conexión con la cinta también es posible por la intención que tuvo el equipo de creadoras por contar la historia desde la experiencia de las mujeres. De esta manera, nos acercan a la preocupación y amor de una madre, a la represión de los recuerdos de la protagonista y a la vulnerabilidad de la más reciente víctima del abusador. El centro son las emociones y vivencias de ellas, quienes responden desde herramientas y recursos propios ante la violencia sufrida. En la historia podemos ver distintos modos de afrontamiento, como la represión y la negación, sin embargo, estos son plasmados sin juicio y sin insinuar que estas son respuestas innatas, esperadas o las únicas válidas, pues contextualizan lo suficiente para comprender por qué las protagonistas recurren a ellas. Así, sin decirlo explícitamente, la película valida cada una de estas respuestas, reconociendo que todas tenemos diferentes formas de afrontar situaciones violentas. El guion, además, está cuidadosamente construido para no caer en la revictimización y la ejecución evita generar morbo, no lo necesita.
Lo anterior no significa que la historia exente al abusador, si bien no es necesario darle tanta exposición a un hombre que en realidad puede ser cualquiera, sí brinda el suficiente espacio para visibilizar los mecanismos que él y muchos de los abusadores, si no es que todos, utilizan: la manipulación, el abuso de poder, la complicidad con otros. No vemos una historia que se centre en ellos y mucho menos que los justifique, pero sí señala y denuncia cómo esos mecanismos están construidos y protegidos socialmente, en este caso en el ámbito deportivo, pero que sabemos que en otros espacios operan más o menos de la misma manera para asegurar la impunidad de los perpetradores.
Y aquí me detengo en otro de esos mecanismos plasmados en la cinta: el “bien mayor”. Todas aquellas razones que se les imponen a las mujeres para no denunciar: la carrera deportiva, la estabilidad familiar, el empleo del abusador, su reputación; todo parece ser más importante que el bienestar de las víctimas, la obtención de justicia, la reparación del daño y el aseguramiento de la no repetición. Con frases como: “piensa en su familia” o “no pongas en riesgo tu carrera” se generan discursos que depositan la responsabilidad en las mujeres y que, muchas veces, no se quedan únicamente en palabras, sino que se transforman en acciones reales, tales como la exclusión de su familia, la terminación de contratos laborales, y por supuesto, las consecuencias físicas y emocionales que conlleva asumirse como la culpable de la situación.
La película es capaz de mostrarnos la sutil pero agresiva forma en la que opera este sistema, como una sombra que acecha a las mujeres y protege a los perpetradores. Sombra que sobresale de la pantalla a través del recuerdo de aquellas ocasiones donde nosotras fuimos las presas.
Así, podemos ver que la ficción es, desafortunadamente, la experiencia de muchas. Y aunque a veces pareciera que como sociedad se ha avanzado lo suficiente para generar condiciones más seguras para nosotras, la realidad es que denunciar todavía genera consecuencias para quienes deciden hacerlo, debido a que sus valientes voces son capaces de tambalear a todo ese sistema que encubre y mantiene el abuso, y por lo tanto, el poder.
No hay muestra más obvia de ello que las dificultades a las que se enfrentó Karla Souza para realizar la película, con múltiples rechazos, falta de presupuesto y de voluntad para contar una historia como esta; así como las reacciones que generó. Sin embargo, en mi opinión, esta es una de las grandes razones que hacen a esta obra una insurrección: su capacidad para incomodar a quien debe incomodar, a ellos. A los cúmulos de poder que sostienen sus instituciones con base en nuestro dolor. A quienes tocan y mallugan nuestro cuerpo y nuestra dignidad. A quienes no abusan sexualmente, pero sí se benefician de ello. A quienes con silencio e indiferencia siguen permitiendo que los abusadores sigan en el deporte, en el cine, en la calle, en los trabajos, en nuestra mesa…
Con La Caída se incomoda quien se merecer ser incomodado.
Y qué bueno. Porque estamos hartas de retratos morbosos y justificadores de los abusadores. Es tiempo de que seamos nosotras quienes contemos estas historias
para compartir.
Para denunciar.
Para sanar.
Tal como la propia Karla lo hizo: “La única forma de sobrevivir a todo eso fue canalizarlo a través de mis armas más fuertes, el arte y el cine”2
Así, La Caída resulta una obra valiente, que a través de un excelente trabajo técnico y una actuación impecable de Souza, retrata la vulnerabilidad que representa reconocerse víctima de abusos constantes, pero también (y aquí otra de las grandes razones de su potencia), la agencia que ese lugar nos puede brindar cuando, aunado a ello, también se reconocen las ganas de vivir una vida libre, lo que sea que eso signifique para cada una de nosotras.
La Caída está disponible en Amazon Prime. Recomiendo discreción para verla, puede ser detonante para quienes hayan vivido una situación de abuso.
Defeña de nacimiento y habitante de la ahora CDMX. Psicóloga social que mira al mundo con permanente sospecha. Feminista que se reencontró con sus ancestras, aprendió a alzar la voz, y busca formas de habitar y resistir principalmente desde la cultura y el arte de mujeres. Maestra en Estudios de la Mujer y diplomada en prácticas narrativas. Consultora en temas de género, educación y derechos humanos. Brinda acompañamiento terapéutico a mujeres a través de terapia narrativa con perspectiva feminista, enfocando su práctica en la prevención y atención de violencia machista. Con una constante tendencia a la nostalgia, es escritora de sus historias preferidas y dibujanta que se reencuentra con la niña que fue.
Te invito a leer otras entradas de mi columna «Insurrecciones Estéticas»:
-¿Necesario es el velo? los vocablos son también antifaces que, a veces, se acercan a la esencia de lo otro, pero el resto de los días no llegan, se atrasan, caminan solo por el borde, extraviados.
Hoy he tejido el cabello de mi hija y me ha dicho, con esos ojos grandes, que ella quisiera haber nacido sin cuerpo. Y pienso en el mío. Mi cuerpo. La herida en el vientre me recuerda siempre el amor de ella, la forma encorbada de mi figura, la ligereza de andar descalza, jugando a saber el rumbo, me orillan a decir lo exacto.
-¿Por qué te hubiera gustado nacer sin cuerpo?, pregunto.
-Así podría habitar las lilas o los quetzales.
E imaginé una vida donde ella es una flor y yo una ave, o al revés, o quizá yo una pluma o un pétalo para SER juntas. Y me gustó la idea de despojarme de esta piel, quedar sin nada para tenerlo todo nos pareció un trato justo.
Hoy parece que solamente trabajo los lunes por la mañana, estoy motivada, terminé la limpieza de la casa y por fin, frente a la computadora y con un buen café, abro un archivo de Word.
No sé si el texto de hoy será valioso, no sé ni siquiera si quedará guardado entre tantas cosas que ya tiene la memoria, no solo la propia, también la de la máquina. Estos días he estado leyendo algunas cosas, por lo que llegué pronto a la conclusión de que los libros que amo me han llegado siempre; por alguna razón he tenido suerte o tal vez solamente soy neurótica, por lo que evito salir e ir a conseguir algún libro; sin embargo espero con paciencia los días de los eventos, de las ferias, de las presentaciones y aunque no acudo a todo, trato por lo menos de ir a las cosas que más me interesan y que además entran dentro de mis días libres.
Tengo pocas horas al día para hacer lo que realmente deseo y lo que más quiero, es tener más poesía para leer, para vivir, no me importa tanto de dónde venga, solamente quiero leerla, disfrutarla, conocerla más. Los libros de poesía entran a mi vida, pero rara vez se van.
Hace poco fui a un espacio universitario, invitada para realizar una actividad, no sabía si era una lectura de mi obra o si tendría que charlar sobre un tema, pero estaba ahí también porque necesitaba un gran hallazgo, había venta de libros y pensé que era una buena oportunidad para encontrar algo por mi cuenta, pero para cuando llegué, el último stand estaba a punto de ser desmantelado, pero, en lugar de caer en la desilusión, decidí disfrutar el momento y así fue.
Había una interpretación de poesía sobre la muerte, a cargo de un grupo de teatro de la universidad, los jóvenes estuvieron fantásticos, sentí ese ánimo y vitalidad que a las personas de mi edad ya les empieza a hacer falta; en fin, el evento me gustó, pero lo que realmente llenó mis ojos esa noche fue el extenso cielo estrellado, hacía tanto que no lo veía así, cerca de casa hay tantas luces artificiales que ya no se disfruta, en cambio allá, en la parte elevada de la ciudad se puede ver con más definición y sentí la libertad del animal bajo ese manto, bajo lo nocturno, bajo lo desconocido.
Por lo que pensé en lo afortunada que soy, en lo afortunados que somos, pensé también en la dicha de percibir, de detenerse, de sentir. Más noches así, más tiempo para mirar los cielos estrellados y hacer divagar nuestras mentes, que el puente entre lo que debemos y lo que deseamos hacer, se acorte, se caiga, desaparezca.
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.
En Francia, en todo caso, en aquella época en que viví la experiencia de ser una au pair, los niños de las escuelas primarias no asistían los miércoles a clases. Para los padres que trabajaban era todo un reto de organización. Algunos podían contar con el apoyo de la familia para cuidar a los pequeños durante esos días; otros, pagaban, cuando la escuela lo ofrecía, el servicio llamado Centre de loisir donde los niños realizaban actividades recreativas. Algunos, en su mayoría de veces la madre, optaban por trabajar a medio tiempo y así quedarse en casa los miércoles. Otras familias, esas que tenían los medios económicos, elegían llamar a alguien externo, una niñera o como en mi caso, una au pair que entretuviera a los vástagos durante todo el día. De sobra está decir que los miércoles no eran mis días favoritos. Los miércoles además de que M y P se quedaban en casa L, la hija mayor, tenía una jornada corta y regresaba justo al mediodía para comer con nosotros.
Las primeras dos semanas, la señora C dejó preparados los alimentos y mi tarea solo consistía en calentarlos y servirlos. Esa alternativa era para mí la mejor manera de organización, pues digamos que para ese tiempo mis aptitudes culinarias eran casi nulas.
La tercera semana de mi estadía en casa de la familia A estuvo muy agitada y la señora C no tuvo el tiempo de preparar con anticipación la comida de ese el miércoles. Así que el martes por la noche me dio dinero con las instrucciones de comprar cuatro chuletas de cerdo, las cuales, me dijo serían muy sencillas de preparar. Solo tendría que sazonarlas con sal y alguna hierba que encontrara en la cocina y asarlas en una cacerola. Para acompañar, me propuso preparar pasta “sigue las instrucciones de cocción en el paquete, las escurres y les agregas un poco de mantequilla”, me explicó. Por último, debía comprar un bonche de ejotes con la señora que tenía su puesto de verduras a un lado de la carnicería y cocerlos en agua y sal.
A esos de las diez de la mañana, un poco preocupada por esa comida completa que debía preparar, pedí a los niños que se cambiaran porque teníamos que ir a hacer algunas compras al diminuto centro del pueblo donde vivíamos. Como desde el primer día, P ignoró mis órdenes y fue M quien tuvo que ayudarme a convencerlo de obedecerme. Con tan poco tiempo en el país, mi nivel francés era muy limitado y una vez en la carnicería evité en lo máximo conversar con el dueño, así que con escasas palabras le expliqué lo que necesitaba: cuatro chuletas de cerdo. Por ignorancia, y sin duda, por falta de vocabulario, no me preocupé por el tamaño ni el peso de cada chuleta.
De regreso en la casa les dije a los niños que se fueran a jugar un rato; yo tenía que ocuparme de asuntos serios. Desde la cocina podía escuchar que los chicos habían elegido jugar en el cuarto de juegos/mi habitación. Eso me causaba un poco de disgusto; no me agradaba saberlos tan cerca de mis cosas, de mi privacidad, sin mí presente. Al no poder quejarme por esa situación, decidí concentrarme en la tarea delante de mí.
Aún seguía cocinando cuando L llegó. Mi entras se quitaba botas y abrigo, yo salí rapidísimo de la cocina, pues temía que algo se quemara, para explicarle que pronto comeríamos. L preguntó por sus hermanos y después se dirigió a su propia recamara.
Al punto de las doce treinta la mesa estaba lista y la comida servida. Desde el comedor grité para que todos bajaran a comer. Por supuesto, mi llamado fue ignorado y tuve que subir y casi obligarlos a pausar su juego, o de otra manera la comida fría estaría incomible.
Con los niños sentados a la mesa, aun seguíamos esperando a L quien finalmente después de un rato bajó acariciando su larga cabellera rubia de la cual estaba sumamente orgullosa. Cuando L llegó, los problemas también. Al sentarse y ver la chuleta ocupando casi la mitad de su plato empezó a quejarse por la comida. Al principio, le respondí con tranquilidad que esas habían sido las instrucciones de su mamá. Por supuesto, mis explicaciones le fueron insuficientes y continuó la queja con argumentos tales como que el cerdo era muy grasoso, ¿acaso yo tenía la intención de engordarlos?, ¿qué eran esas porciones? Concluyó su letanía proclamando que ni de loca se comería eso pues ella sí se preocupaba por su peso y salud. L tenía razón, las chuletas eran enormes, pero mi inexperiencia no me permitió actuar de una mejor manera. Qué sabía yo de porciones infantiles, tan solo me limitaba a seguir instrucciones.
Mi respuesta para cada queja fue la misma, “tu mamá me pidió que les preparara eso”. Por el contrario, mi paciencia ya no era la misma y esta comenzó a agotarse cuando M y P se unieron al unísono a las quejas de su hermana mayor. De pronto, L se levantó sin haber probado un solo bocado y me lanzó un “a mí no me vas a obligar a comer eso”. M y P le siguieron. Viendo a los tres de pie, intenté sentar a los más pequeños. L salió corriendo con una sonrisa maliciosa e hizo un llamado a sus hermanos para que no se dejaran atrapar.
Con poca experiencia cuidando niños, en la universidad no había aprendido eso, además de que era muy joven, no fue difícil caer de lleno en la provocación. En un momento dado, me encontré también corriendo por entre los muebles, tratando de atrapar a los niños y gritando que debían comer pues era la orden de su mamá. Ellos se reían a carcajadas y armaban “estrategias” para que no los pudiera atrapar.
Frustrada y hasta cierto punto humillada vi como abrían las puertas y salían al jardín sin suéter y en pantuflas, a pesar de que el otoño (y para mi cuerpo nada habituado al frío) ya estaba bien instalado. Mortificada y vencida me dejé caer en el primer escalón de las escaleras que llevaban al jardín. Mis pensamientos en ese instante eran de temor, cómo le explicaría a la señora C lo sucedido, cómo le diría que los niños no habían comido nada, cómo le explicaría que no había podido hacer mi trabajo. Mientras tanto los niños seguían corriendo y hasta se acercaban para luego alejarse de nuevo, burlándose de mí. L seguía liderando la revuelta y ver su sonrisa de triunfo aumentaba mi frustración.
En el punto más bajo de mi desasosiego, llegó de repente un nuevo pensamiento a mi cabeza y un sentimiento de alivió me llenó. Si no querían comer no era mi problema, yo no seguiría con ese juego idiota. Me dije que no tenía que soportar esos tratos y la solución la tenía en mis manos. Entonces, limpié mis lágrimas, me metí a la casa, y empecé a recoger el comedor. Después, seguí con la limpieza de la cocina. Los niños al ver que yo ya no reaccionaba a su juego se cansaron de seguir corriendo y entraron al poco tiempo. El frío debió haberles empezado a calar. L pasó cerca de mí buscando retarme con la mirada, pero la ignoré. También, cansada con el juego, se fue a su cuarto a hacer la tarea, porque eso sí, en casa podía ser la adolescente provocadora y rebelde, pero en la escuela era una estudiante modelo y tímida.
Cuando la señora C regresó, yo la esperaba en la sala mientras los niños jugaban en mi cuarto y L seguía en el suyo. Después de su saludo me preguntó cómo había estado el día. Sin rodeos le respondí que mal y proseguí a contarle lo que había sucedido y como L había liderado la revuelta. Su semblante cambió cuando le dije que no estaba dispuesta a recibir esos tratos, que para mí eran una falta de respeto. Yo estaba allí con la intención de aprender un idioma, de intercambiar experiencias culturales, pero no a ese precio. No tenía la necesidad de sufrir de esa manera, y le pedí que me diera solo el tiempo suficiente para cambiar mi vuelo. Regresaría a México en los próximos días y así todos estaríamos contentos.
La señora C se exaltó y me dijo que no podía hacerle eso. Ella estaba trabajando y necesitaba de alguien para cuidar a los niños en su ausencia. Le expliqué que entendía su posición pero para mí sus hijos habían rebasado un límite y nuestra relación laboral no podía funcionar bajo esos términos. Después de un momento, la señora C se calmó, prometió que nunca se repetiría una situación similar, y me pidió de favor que no me fuera.
Esa noche, al término de la cena, los niños fueron privados de postre y el señor F con una cara de enfado les explicaba que no podían volver a comportarse como lo habían hecho ese mediodía. Los pequeños miraban a su plato sin atreverse a decir nada. Fiel a sí misma, L continuaba desafiando a todos con la mirada. A pesar de su insistencia por revoltarse, ella y yo nunca volvimos a tener un enfrentamiento similar.
Algunos días después, durante el desayuno, estalló una discusión entre L y su papá. Sin temor a nada, la adolescente lanzó fuertes insultos que en mi familia jamás hubieran sido tolerados. No puedo ni siquiera imaginar el castigo que me hubiera representado decirle algo de ese estilo a mi padre. Pero L solo recibió otro grito de parte del señor F diciendo que a él no se le hablaba así. L salió de la cocina con la cabeza en alto en señal de triunfo, protegida por la impunidad que allí reinaba. En ese instante comprendí que era evidente que en algún momento esa niña debía haber rebasado los límites conmigo pues ni siquiera a su padre respetaba.
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Conocida como la ciudad de lo perdido, Tlanquipán del ausente, se encuentra en el pequeño rincón que existe entre los muebles y el olvido. Es a donde va a parar la pieza faltante de un rompecabezas, los centavos que se quedan en el forro de un abrigo descosido y las llaves del auto justo antes de una entrevista de trabajo.
La principal característica de este lugar es su desmesurado turismo. Algunos visitantes solo van de paso y se quedan un par de minutos, pero otros se quedan para siempre. Es muy fácil entrar en esta frenética urbe, basta de un momento de ausencia o desconcierto para terminar en la plaza principal de la ciudad. Sin embargo, salir tiende a volverse más complicado. La Ley de Migración en su artículo octavo estipula: “Los individuos que transitan el territorio de Tlanquipán del Ausente podrán abandonarlo libremente siempre que aparezcan fuera de este”.
La mayoría de los residentes terminan por resignarse a que esta extraña ciudad se convierta en su nuevo hogar al cabo de unos años, incluso algunos lo hacen en un par de meses. Se buscan un espacio entre los calcetines sin par y las agujas bajo los cojines del sillón, y parece que viven más o menos felices. Sin embargo, hay un grupo en particular que siempre está inconforme con las leyes migratorias que rigen el territorio: Las personas.
Desde que arriban en Tlanquipán parecen mostrarse un poco hostiles con el resto de los habitantes, exhibiendo en seguida su desagrado por la ciudad y su deseo por abandonarla lo antes posible. La mayoría gritan exigiendo que se les deje salir o rompen en llanto rogando por un boleto para regresar. Los más tranquilos suelen ser los niños, aunque sospecho que es porque aún no entienden que están perdidos. Hay una niña de no más de cinco años, ella cuenta que fue tras su pelota en el parque, que escuchó la puerta de un carro abrirse y luego apareció aquí.
Las personas suelen usar toda clase de pretextos con tal de saltarse las reglas de migración. Utilizan un gran repertorio de excusas con tal de irse: «Que su madre se preocupara si no llega a casa esa noche», «que están ahí por error, que ellos iban al trabajo», «que alguien los seguía antes de terminar aquí», «que sus hijos los necesitan». Sinceramente a veces dan un poco de pena, pero las leyes son inamovibles.
Las autoridades suelen estar capacitadas para lidiar con ellos, hay un módulo especial en las oficinas de migración. En él les dicen que seguramente su familia los está buscando, que recuerdan haber visto una foto de sus rostros en las noticias… que sean pacientes y los encontrarán, pero aquellos que tienen más tiempo aquí saben que solo les dan falsas esperanzas para evitar más revuelo entre los habitantes. Ellos saben que es más fácil que salga de aquí la aguja olvidada en un pajar que alguno de ellos y que, entre más tiempo pasa, las probabilidades disminuyen, pero prefieren no decirlo. Solos terminarán por enterarse y se resignarán. A fin de cuentas, es mejor estar desaparecido, que buscar a uno.
Biografía del autor. Paola Lizbeth Rodríguez Gómez (Tepatitlán de Morelos, 1999) Egresada de la Licenciatura de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Algunos de sus textos narrativos han sido publicados en la revista de literatura Al Margen, además de otras pequeñas colaboraciones en revistas independientes y fanzines. También disfruta de la poesía visual y el art-journal.
Tuerzo la dirección y entro en un camino de terracería roja. El letrero adosado al cerco de una choza ofrece queso en venta, pero no hay nadie. Quise bajar a preguntar; la idea se desvaneció en cuanto vino. Mi cerebro mantuvo el pie en el acelerador. ¿Qué tal si se dan cuenta que vengo sola?
No hay indicación sobre la distancia hasta el bendito santuario. ¿Voy? Todavía puedo dar la vuelta y regresar a la semiseguridad de la carretera, pero mi orgullo es más fuerte. “Ok, Google, ¿cuántos kilómetros faltan para el Santuario de Cactus”. Silencio. ¡Demonios! Perdí la señal.
Teodora huyó de Metepec y llegó a Real del Monte. Se fue por el miedo de perder a sus hijos, sobre todo a Eduardo, el único varón y heredero del rancho. Se lo podían quitar. Fue un impulso, el primero de muchos de ahí en adelante. Tomó a su prole y salió del Tepozán. No sabía de qué iba a vivir, ni dónde, ni cómo. No se sabe mucho. Dicen que una vecina se compadeció y le enseñó a hacer tortillas para vender en el mercado. El primer día no vendió ni una. Sentía vergüenza.
¿En qué momento? ¿Cómo? ¿Cuál fue el evento que la hizo cobrar conciencia, vencer el temor y hacerse cargo de su vida?