Si el dolor comienza en el cuello y baja despacio hasta los hombros, luego se instala directamente en el ánimo, esa es la parte difícil y la que quiero eludir a toda costa, pero si irrumpe directamente en mi espalda, me derriba y el resto del día no puedo hacer más que tratar de ponerme de pie y seguir con la rutina, aunque se vuelva insoportable, no nada más por su propia naturaleza, también porque lleva el peso de la angustia: ese ánimo de correr, de hacerlo todo bien y de prisa y a la vez sentir que estoy atada a una silla o pegada al piso. Existe el deseo de acelerar, de salir volando en contra de toda lógica.
Luchar contra el cansancio, contra esas punzadas, ese ardor, se vuelve a veces más denso que el malestar, ¿lo han vivido a menudo?
Pensar en lo que nos sucede, luego sentir el fragor de la existencia, la vida entera que pasa como en una proyección frente a nuestra mirada de conejos sorprendidos, animales de presa. Parece como si la realidad descargara diariamente todo su volumen sobre nuestra fragilidad, sobre el esqueleto, sobre el espíritu que nos habita. Esconde las complejas redes de las horas, el pensamiento, los acontecimientos sobre estas cosas quebradizas que somos, a las que a veces podemos llamar cuerpos y otras simplemente algo como un yo, que en realidad no sabemos bien qué significa. Un yo como un vacío, como la estabilidad de alguien, de algo, del todo, un yo como un conjunto, como un movimiento, como la incertidumbre.
En el cuerpo, mi dolor, el ritmo de la respiración, el aliento, la esperanza de que seguiré aquí, luego el desasosiego.
Dicen que sentirlo todo es bueno, que es parte del aprendizaje, pero algunas personas no estamos preparadas para esas tareas, son batallas que sabemos perdidas, desde antes de arrojarnos a la rompiente.
Cuando cierro los ojos siento una voz que no es la mía, una verdad que se acerca a mí, a mis heridas, a ese dolor del que les hablo, quizá sean los versos de una de las más grandes poetas que han existido: “Vivían en sus vidas. Expuestos a los vientos. Juzgados de antemano. Con cuerpos para el adiós desde que nacieron”. Del poema Monólogo para Casandra de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska.
Desde siempre estoy diciendo adiós, desde siempre sé que la permanencia no la dicto yo, existen las circunstancias, el destino, mejor aún: la suerte.
Y el dolor es compañero, es el otro que me habla, que habla a través de lo que soy, que también habla por mí con su propio idioma, con sus pesadas palabras. Unos días viene para sacudirme la felicidad, otras veces solo para acompañarla, está latente, en silencio, quieto como un gato en la azotea, que presiente el vuelo de las palomas.
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.
Me preguntaba: ¿es el clítoris, realmente el único órgano destinado al placer sexual? Es decir, en “Yo, cocodrilo” de Jacinta Escudos, mutilan a las mujeres, les cortan el clítoris con el fin de asegurar su castidad y buena conducta -según lo que significa “ser mujer”-. Pero inmediatamente pensé en Marosa di Giorgio, en sus relatos eróticos. En cada uno explora una variedad de zonas erógenas presentes en el cuerpo; juega con metáforas que puntualizan en la experimentación total del erotismo, el placer y la libertad.
En este sentido, desprenderse de la idea de “ser” “mujer”, es desprenderse de la idea de que el clítoris es el único órgano capaz de brindar placer. Entonces, dicha afirmación, devela su origen en la construcción de pensamiento patriarcal y capitalista.
Transformarse en cocodrilo, -o como en los relatos de Marosa: metamorfosearse en insectos, copular con animales, plantas y hongos- significa dejar de “ser” una “mujer”, para empezar a experimentar el placer sexual con todo el cuerpo y en libertad.
Que honres cualquier silencio, porque su magia es inspiración para volver a escribir.
Escribir es un acto de libertad, es una necesidad, y sí, también un llamado; escribir nos conecta con nuestra creatividad, con nuestra alma, con posibilidades que a veces no se miran en “el mundo real”. Pero ¿qué pasa cuando no tenemos nada que escribir, cuando la voz se nos va, cuando la inspiración se nos muda a Timboctú?
No es que tenga la vida escribiendo con la suficiente constancia, dedicación y entrega como para tener todas las respuestas o todos los remedios ante esas situaciones, pero lo que sí puedo compartirte es que cuando lleguen esos momentos en que sientas que no tienes nada que escribir, puedes hacer lo siguiente:
1.- Sé muy paciente y amorosx contigo, no te juzgues de “mal escritorx”, no caigas en el jueguito de tu mente que te dice que estás en el hoyo y que lxs grandes escritorxs siempre tienen algo que escribir, porque eso no es cierto, todxs necesitamos silencios, pausas, vacíos, incluso en la música existen esos espacios de tiempo donde no se emite ningún sonido, y eso es lo que logra que exista un ritmo, una cadencia que transmite un mensaje, porque sí, hasta los silencios tienen mucho significado, son necesarios para permitirnos procesar todo el ruido que les antecede.
2.- Limpia y nutre el río creativo que yace en tu interior, y me explico, todo lo que puedes crear viene desde tu interior, desde cómo vas procesando las experiencias, ideas y todo aquello que te rodea, lo cual se mezcla con lo que has vivido anteriormente, con tu esencia y tu alma; por lo que a veces estamos tan saturadxs interiormente, que caemos en un abrume que nos impide conectar con esa chispa creativa que todxs tenemos. De ahí, que considero indispensable que te permitas liberarte emocional y energéticamente, para que puedas hacer espacio interno y puedas posteriormente nutrir tu ser más sutil con personas, experiencias, arte, letras y todo aquello que te encienda.
3.- Sigue poniendo una pluma entre tus manos, es decir, haz el intento de escribir, y si no logra salir nada, está bien, pero no pierdas el interés ni la intención de conectar con ese espacio de liberación que es la escritura.
Algo de esto, fue lo que me sucedió en las últimas semanas, me sentía drenada, apagada, sin ideas, sin nada que transmitir; necesitaba estar conmigo, necesitaba conectarme con aquello que estaba revuelto en mi interior, necesitaba mirarme, darme ese tiempo y ese espacio para asimilar muchas cosas que me habían sucedido. Y después de estas semanas de ser amorosa conmigo: ESTOY DE VUELTA, PORQUE ESTOY CONVENCIDA DE QUE ESCRIBIR NOS LIBERA.
En verdad gracias infinitas por estar aquí conmigo, por ser parte de este espacio y de esta tribu digital de escritorxs, de humanxs que queremos acompañarnos para conectar con la magia de la vida a través de las letras. Te abrazo de corazón a corazón y me hace feliz que cada semana me leas. Me despido con este mini verso lindo que escribí hace varios ayeres, pero que me encanta:
Terminé el año 2023 hablando de las despedidas, no he vuelto a escribir desde entonces. Miento: sí intenté hablar de la comunidad, pero no me pareció un texto adecuado para empezar 2024. Aunque ya sea marzo, preferí postergar este inicio. La vida laboral me alcanzó como una avalancha junto con las labores domésticas; al final quedó mi jobi, que es la escritura.
Este mes me reencontré con mi amiga Julia, a la que hace mucho no veía. Ella suele estar de viaje y yo siempre estoy aquí, en la Ciudad de México. Pensé que eso no afectaría nuestra amistad, pero con el tiempo, los abrazos se han convertido en simples saludos. Me di cuenta de que, aunque fue un encuentro feliz, la distancia y el tiempo hicieron lo suyo. ¿Pasará lo mismo con la escritura? ¿A los cuántos meses te comienza a olvidar?
«Recordar ese miedo, ese personaje, esa heroína y sus implicaciones, renovó mis deseos por decir algo, provocó que quisiera retomar la escritura. Ahora sólo debía dar con ella. ¿Se ha perdido?»
Vagando en las redes, hallé un podcast que hablaba sobre uno de mis asesinos favoritos del género slasher. Ese día estaba buscando algo que me distrajera del estrés laboral, deambulé por videos sobre los departamentos más pequeños de Japón, el análisis del universo 25, hasta que me encontré con este viejo compañero de infancia: Freddy Krueger. ¿Por qué me gustaba tanto? Creo que tiene que ver con el miedo y la templanza. Krueger me daba mucho miedo, pero a la vez me hacía experimentar fascinación. En una de sus películas conocí a una de mis primeras heroínas: Nancy, una adolescente que pese a su temor, logra vencer al villano. En el podcast analizan las películas de Freddy Krueger, señalan la relación entre la violencia de los padres con los hijos adolescentes de la década de los 80 y la aparición de este personaje en los sueños. Recordar ese miedo, ese personaje, esa heroína y sus implicaciones, renovó mis deseos por decir algo, provocó que quisiera retomar la escritura. Ahora sólo debía dar con ella. ¿Se ha perdido?
La encuentro en una tarde veraniega de febrero, en esos días extraños que nos azotan y que parece que desde ahora serán la constante; marzos otoñales, agostos friolentos. Allí está, maltrecha. Cortada. Tarda horas en decir algo. Empieza con reclamos. Jala un hilo. Está avergonzada de todo lo que ha dicho. Se siente expuesta. Poco sincera. Enumera los miedos: la falta de originalidad, el lenguaje llano, la poca cultura, el trabajo nulo en el texto. La consuelo y le digo que la entiendo, que yo siento lo mismito, pero que sin ella soy infeliz. Que sin ella me convierto en ese ser que trabaja día y noche, que no sueña, que no imagina. Sólo ella me libera de la jaula.
Parece que hablar con la escritura ha funcionado. Aceptar sus miedos y los míos nos ayuda a enfrentarlos: Nancy supo cómo matar a Freddy porque lo trajo a la realidad. Quizás Julia lea esto y cambie los saludos por abrazos, aunque yo la quiera con sus saludos. Tardé meses en volver a la escritura, he perdido la práctica. No pienso en hacerme famosa. Sólo pienso en mantener lo que me hace feliz: escribir. Así que para mí, el año comienza en marzo. ¡Feliz año nuevo!
Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.
Cuando estoy por comenzar a dar un nuevo taller de creación literaria, nunca sé qué me voy a encontrar, no sé cuáles serán las preguntas de las personas que inician las actividades conmigo. No cabe duda que siempre habrá sorpresas, como en cada trabajo, como en cada labor que desarrollamos como seres humanos.
Hace unos días estuve en un taller muy ameno, con personas que realmente sabían de la materia, sentí que disfrutaban cada uno de sus textos, detrás de su trabajo previo en casa y noté que había en realidad idea de cómo escribir. Pero, lo que me llamó la atención fue que así, casi de la nada, una de las alumnas del taller, después de darle mis puntos de vista sobre su trabajo, me preguntó si es posible vivir de lo que hacemos, es decir, a final de cuentas, vivir de escribir.
Le dije yo vivo para escribir, desde que tengo memoria, así han sido las cosas, en mi caso. Sin embargo, también le respondí y les conté en el grupo, de forma breve, que sí es posible vivir de escribir, pero muchas veces implica no solamente la parte creativa o creadora, es decir no nada más de escribir libros, hay que diversificarse.
Encontrar otra forma de vivir escribiendo, es abrirse paso entre revistas, periódicos, blogs, empresas de comunicación, instituciones que necesiten manejo de redes sociales, editoriales, escuelas. Si una como escritora, tiene planeado vivir para escribir y vivir de escribir, el camino es de subida, no hay nada en el panorama que como autoras, nos indique que las cosas serán fáciles, sencillas y que se darán a la primera. Creo que son pocas las escritoras a las que aun en nuestros días, se les da esa suerte, por llamarla de alguna manera, que más bien lo veo como que se les da ese lugar por su gran talento en gran medida y en menor medida por la buena fortuna, pero es necesaria, eso sí.
Hay muchos casos de escritores que tienen mucha obra, que además es buena, pero que simplemente no logran hacerse un camino dentro del mundo literario o les ha costado mucho más que a otros, pero creo que es algo que pasa en todos los ámbitos de la vida.
Para mí lo más importante al final del día, es tener de qué escribir, luego tener ganas y la energía suficiente para hacerlo. Me gusta cuando tengo uno o varios temas en mente. Despejo mi área de trabajo, acerco una bebida, por lo general un buen café y comienzo con la página en blanco o bien retomo un texto que he estado trabajando durante algún tiempo.
Pero hay algo que es cierto, algo real, totalmente real, esa emoción de la página en blanco, la oportunidad de escribir una nueva historia, un nuevo poema, una nueva entrada para la columna.
Sigo sintiendo la misma emoción, como el primer día, solamente que ahora pienso distinto, no tengo prisa, no hay velocidad en mis manos, no hay una desesperación en el hecho de escribir. Queda más bien el deseo de hacerlo lo mejor posible, de dejar otro texto que aporte algo, un verso, una idea, que transmita sensaciones poderosas al lector.
Vivir de escribir sí es posible, yo también me pregunto a veces si vivir de cuidar mascotas es posible, o de arrojarse de un paracaídas. Creo que para todas las actividades humanas de nuestra vida moderna se necesita el impulso, las ganas, la imaginación, el amor por lo que hacemos, el tiempo, la inversión que estamos dispuestos a inyectarle a nuestro trabajo o labor.
Otra idea muy importante, en la que debemos detenernos es en la vocación y otra, igualmente relevante es el talento. Podemos realizar cuantas actividades nos deparen nuestros días, nuestra vida, pero no para todas tendremos el mismo talento, no para todas sentiremos el mismo llamado. Hay una complejidad mayor en todo lo que aquí les cuento. Por ejemplo en mi caso, amo la cocina, me encanta, pero como me falta el talento, tengo que dedicarle tiempo, mucho más del que una persona con dotes culinarias le dedica o alguien que ha estudiado para ser chef; en mi caso, lograría preparar una buena cena en una tarde completa, hornearía un buen pastel, quizá después de haber echado a perder varios.
Lo importante es quitarnos el miedo, removerlo de todas las cosas que hacemos, de las trascendentes, las actividades de la vida diaria, las imprescindibles, las monumentales, las creativas. Contar con las ganas, ese primer impulso es necesario.
Para mí implica levantarme muy temprano, abrir un nuevo documento, comenzar por una línea, luego otra y otra. ¿No es así como se va construyendo la vida, no es así como al final los sueños se convierten en realidad?
Vivir de escribir es posible, pero me gusta más la idea de vivir para escribir, como le comenté a la alumna del taller.
A veces creo que en algún lugar está nuestro gran libro de poemas, la gran novela, pero de alguna forma tenemos que buscar. No aparecen de la nada, siempre hay que ser tercos en nuestro oficio, ver pasar uno tras otro los documentos de word, hasta que de pronto llega el significativo, el que está mejor escrito, el que transmite algo más allá de las palabras que se han plasmado.
Vivir de escribir, es el sueño de las personas que escribimos, también lo es, vivir bien, tener tiempo para todas esas cosas que deseamos hacer, a parte de nuestro trabajo creativo. Como cada ser humano, no nada más queremos estar metidos en una habitación, en nuestro estudio con una infinidad de cosas por escribir, también nos dan ganas de salir, de caminar por el parque, de tomar algo.
Es una labor difícil sí, pero creo que es posible vivir de escribir, para algunos afortunados, así es; para la inmensa mayoría queda claro que debemos hacer un sinfín de actividades para poder dedicar algunas tardes o noches a lo que realmente nos apasiona: esos libros, esos textos que tenemos guardados en el escritorio de nuestras computadoras o en alguna libreta y tener un par de horas al día para abrir un nuevo documento, para llenarnos de adrenalina frente a la máquina o la libreta, para liberar nuestras mentes de ese remolino que aparece de pronto y que lo abarca todo, es glorioso. Mi deseo es seguir viviendo para lo mismo, para escribir, para después de un día muy estresante, después de una jornada en donde el cansancio es lo único que queda, no sé de dónde saldrá fuerza, pero abro mi vieja computadora y elijo alguno de los archivos que tengo a la mano, uno que ese día me impulse a escribir y comienzo, luego todo lo demás es parte de otra historia.
Amo escribir de todo, no sé si lo hago bien, algunas cosas dan más trabajo que otras, por ejemplo un poema, no es algo a lo que se llegue de forma sencilla, implica un largo proceso de pensamiento, o así es para mí, pero cuando llego a escribir un buen poema, me siento quizá como deben sentirse los grandes arquitectos, es como haber levantado un edificio magnífico, se queda uno cautivado por sus formas, por la profundidad, por el juego de luces y de sombras que disipa en su espacio, por el rugir del viento que atraviesa sus patios como si fuera la extensión de una voz, como si fuera una extraña música.
Y hay días en que la tristeza trata de invadir mi trabajo literario, luego vuelvo a los poetas que amo, recuerdo por ejemplo el poema de Tabaquería del gran poeta portugués Fernando Pessoa, la parte donde dice: El morirá y yo moriré. El dejará su rótulo y yo dejaré mis versos. En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos. Después, en otro momento, morirán la calle donde estaba pintado el rótulo y el idioma en que fueron escritos los versos. Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto.
¿Entonces, es necesario ponerse triste por no vivir de algo en particular, de algo tan volátil como escribir versos?
No lo creo, pero sigamos viviendo para escribir y para dejar poemas, para dejar una huella de lo que fuimos, pero mucho mejor, para hacernos vivir intensamente esa vida interior que nos da la literatura.
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.
No se lo lleven. Llévense todo. Llévense el carro. Todo es una foto fija. Muchas fotos fijas. Todas las fotos fijas ¿Por qué no me muevo? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué no hablo? El viento. ¿Dónde se ha ido el viento? La cebada. No veo el mar de cebada. No veo nada cerca. La pistola. Gritan.
Me aprieta el brazo. ¿Cómo entré al carro?
– Los vamos a aventar.
– ¡No me mires, pendeja! ¡No me mires o te carga la chingada! ¡Tápate la cara!
No puedo respirar. No puedo respirar. No puedo respirar. Tengo la cara tapada. Su mano en mi cara. La pistola. El cañón de la pistola está en mi pierna, en mi costado.
Padre mío, que no pase nada. No me acuerdo cómo rezar. No sé rezar. ¿Sí sé rezar? Padre mío, que no nos pase nada ¿Le estoy rezando a Dios o a mi papá?
La pistola. Gritan.
– ¡No mires!
¡No lo estoy mirando!
¿Qué hay que hacer en un secuestro? Piensa. Escucha. Recuerda. Las voces. El camino. Terracería. Se le apaga el carro. Se patina. Hay muchas piedras. Se patina el carro entre las piedras. Tal vez son piedras rojas. Grava suelta. Está nervioso. Mi carro valió madre. Él está en la cajuela. ¿Me escucha?
– ¿Qué es él de ti?
¿Qué es de mí? Diles la verdad o te matan. Lo matan.
Padre, que no nos pase nada.
Es asfalto. Es carretera. Son radios, radios de policía. Vamos a Texcoco. El viaje va a ser largo. Esto va a ser largo. Respira. Piensa. Escucha. Recuerda.
– La puerta ya está abierta. Ya pueden llegar. ¡Vas libre, vas libre, pasas libre!
Otra vez terracería. ¿Cuánto tiempo ha pasado? No estamos en Texcoco.
Escucho a los zanates cantando Encima de los faroles que nunca son encendidos. Hace frío, el viento murmura palabras que no entiendo. En mi mente hay un desgarrador silencio.
Hace frío. Los zanates gritan deseosos de que alguien alce la vista, Las plantas que decoran el balcón hace mucho tiempo perdieron su verde color. Hace frío, pienso.
El sol tarda una eternidad en ocultarse. No hay rastro de las nubes en el cielo. Ojalá fuera yo ave, pienso. Los zanates vuelan lejos, muy lejos Allá donde mis ojos miopes no los logran encontrar.
Vuelan y se pierden en el cielo. ¿Es el cielo un reflejo de la mar? Es azul, azul melancolía Azul te quiero en las noches frías Azul, no queda nada para quienes solo miran.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
Hablar de la espera, no sé por qué, se ha ligado de una forma íntima con laansiedad, sobran ejemplos en la literatura y en el imaginario colectivo, por lo que de inmediato, mi mente me lleva a un lugar oscuro donde aguardo la llegada de un transporte público y observo con cuidado cada objeto, cada vehículo que transita por una larga avenida, pero mi camión no llega; así, dentro de la cajita de los recuerdos, pasan horas y otros camiones, carros, motos y yo no puedo irme. Esa es la espera más ansiosa de la que tengo memoria. Sin embargo sé que para muchas personas la espera puede ser una enorme piedra que se carga en la espalda o una pequeña que molesta en el pie, que baila de vez en cuando entre la piel y el zapato, rasga, causa ampolla, esa ampolla, esa lesión espiritual o mental, que cuesta sanar.
No, no es agradable esperar, no importa qué se está esperando, no veo que pueda estar unido a una sensación del todo placentera, la mayor parte del tiempo hay una molestia. Por ejemplo para las personas que como yo, no pueden sobrellevar las sorpresas de un día especial, como un cumpleaños, el hecho de que esté cerca la fecha, de forma casi instintiva me hace ponerme alerta sobre las actividades que mi familia o amistades realizan, los miro, los escucho con atención, a veces creo que están planeando algo y ahí viene mi momento de zozobra, estar esperando y luego aparece su famosa hermana: la ansiedad.
Recuerdo un poema de Borges, donde habla de la espera amorosa, de cómo a veces tratamos de ver con buenos ojos ese instante o ese siglo, porque en esos temas, no se sabe en realidad cuándo es cuándo, ni cuánto es cuánto, es ambiguo todo. Eso sí, podemos tener ilusión, aunque si se rompe, no habrá poema que nos salve. También hay esperas agridulces, dolorosas, veloces, inestables, eternas. Para mí las peores son las que están ligadas al tiempo de los demás, a la voluntad de esas otras personas, a esos movimientos de corazones distintos al mío. Morderé mis labios, no lo sé, frotaré mis manos no estoy segura, miraré por la ventana hacia un horizonte indescifrable, eso sí.
Esperar me derriba, carcome mi quietud, no quiero hacer antesala ni siquiera para mis propios deseos. A veces necesito que todo suceda sin más, por un acto de magia, por una incongruencia, porque así es la vida. Debe llegar una señal del universo, de nuevo vuelvo sobre el poema de Borges, quiero que las sombras se alarguen y que aparezca alguien o que simplemente algo suceda y que me salve de estar del otro lado del espejo. Soy un ojo que no parpadea.
Si ustedes ya están sintiendo un frío que les recorre la espalda, un ardor en la piel, las manos sudorosas, voy por buen camino. Los llevo a través de las breves líneas que aquí escribo a probar un poco y…
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.
*Nota aclaratoria: sé que el nombre de esta ciudad no es más Distrito Federal, sin embargo, al igual que otros cambios en la vida, me resulta imposible aceptarlo.
Al señor que vende y grita ¡El gaaaaas! en la entrada de mi edificio, todos los días sin excepción alguna.
A las camionetas que están por toda la ciudad, que pasan 5 veces al día con un altavoz que canta un anuncio de una manera muy particular “Se compraaan colchooones, tambooores, refrigeradores. Estufas, lavadoras, microondas. ¿O algo de fierro viejo que vendan?”.
A los aviones que se dirigen al aeropuerto, que pasan bien cerquita y cimbran toda mi casa haciendo que al menos 2 veces al día me pregunte: ¿Está temblando?.
A piropos, unos más creativos que otros. “Quisiera ser aguacate pa’ embarrarme en esas tortas”, “Bendita sea la tuerca del rin del eje de la llanta de la caja del camión que trajo el cemento para hacer la banqueta donde estás parada preciosa”.
Al silbido del carrito del señor que vende camotes.
A los autos haciendo sonar su bocina, todo el tiempo, en todos lados, con la firme y falsa convicción de que para algo servirá.
Al organillero que ameniza las plazas y calles con melodías típicas mexicanas.
A comerciantes pregonando repetidamente distintas frases, que si no te convencen de comprar, seguro te hacen voltear a ver: “10 pesos le valeeee, 10 pesos le cuestaaa”, “páseleeeee, páseleeee”, “míreleeee, chéqueleeee sin compromisoooo».
A campanadas, que alguna de las iglesias que abundan en esta ciudad hará sonar en cualquier momento del día.
Al “súbale, súbale, hay lugar”, avisando que podrás viajar en ese pesero, pero sin asegurarte que te tocará asiento.
A cumbia de todo tipo, de la que se goza, de la que se canta, de la que es graciosa. A cumbia que siempre pone a los pies a bailar.
A cuetes, o fuegos artificiales como le dicen en otros lados. Que cada que explotan como parte de la celebración de los cientos de santos católicos que se festejan al año, te exigen una escucha absoluta para confirmar que se trata de eso y no de balazos.
Al “Pásele güerita” como invitación para entrar a comprar a las tiendas, sin importar que no seas rubia.
A gringos hablando en inglés y en ocasiones exigiendo que no se les responda en español, olvidándose de que los extranjeros aquí son ellos.
A la pregunta que no puede faltar al terminar de pedir tu comida en cualquier local que vende alimentos: ¿Con todo?.
Al silbido de los vendedores ambulantes avisándoles a sus compas que levanten sus puestos en chinga porque ahí vienen los inspectores.
A mariachis cantando “¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones!”.
A la alerta sísmica generando más angustia que lo que en realidad el movimiento de la tierra provoca, pero que afortunadamente existe.
A insultos y mentadas de madres que cruzan de un auto a otro, a veces como expresiones de molestia porque el otro no respetó alguna de las reglas viales, en otras, como catarsis necesaria después de horas en el tráfico: “Pásale pendejo”, “Chinga tu madre imbécil”, “Órale pendeja, te vas a meter o no”.
A danzantes que bailan y que si quieres te pueden hacer una limpia para barrerte las energías negativas.
A la grabación que todo vendedor de tamales oaxaqueños pareciera que tiene: “pidan sus ricos tamales oaxaqueños, ya llegaron sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños, acérquese y pida sus ricos tamales oaxaqueños”.
A dos tubitos de fierro chocando entre sí, acompañado de una voz que grita “Toques, toques” invitándote a pagar para que con esos tubos te electrocuten.
A personas diciéndote carnal o carnalito, o carnalita. Me parece una palabra maravillosa, por cierto.
A insultos divertidos que se lanzan en las gradas de la Arena México a esos seres enmascarados que se avientan y se golpean en el ring, dándote un espectacular show de lucha libre.
A la campanita del camión de la basura.
A náhuatl, mixteco, otomí, mazateco, zapoteco, mazahua recordándonos que están ahí desde siempre, que no se han ido y no se irán, le incomode a quien le incomode.
Al metro, al metrobus, al trolebús, al tren, al pesero, al camión, a la combi, a la ambulancia, a la patrulla, a autos, motos y bicis.
Al “Órale ya se la saben” que en automático te baja la presión, y te pone pálida la piel, indicándote que te están asaltando.
A las porras de fútbol que resuenan fuera y dentro de los estadios.
Al “viene, viene”, que te ayuda a estacionar y a sacar del estacionamiento tu auto a cambio de unas monedas.
A rock, salsa, pop, cumbia, metal, danzón, marimba, banda, norteña, duranguense, corridos, corridos tumbados, narcocorridos, reggaetón, reggae, punk, boleros, sonidero y hasta tango.
A manifestantes en el zócalo exigiéndole al gobierno con gritos que cumplan todo lo que prometieron a cambio de votos.
Al silbato del policía que encuentras en algunos semáforos intentando poner orden, provocando generalmente lo contrario.
A albures que son todo un arte en el juego de palabras con doble sentido, que pocas veces entiendes por más que te los expliquen: “No se apene, pásale joven”, “A la larga te acostumbras”, “¿Con queso bas o con queso plas?”.
Al panadero con el pan, que complica la difícil tarea de seguir con firmeza cualquier régimen alimentario.
Al “aguas, aguas” advirtiéndote, regularmente de una forma imprecisa, que tengas cuidado con alguien que está pasando, con un auto que va a cruzar, con algo que está cayendo de arriba, con algo que hay en el suelo, o con algo que está justo en frente de ti.
El DF, la Ciudad de México, suena en todos lados, a todas horas, en todo momento. Probablemente sea por eso que no le resulta extraño que cada tanto aparezca el deseo urgente de salir corriendo, a cualquier lugar con algo de verde que brinde un poco de calma y silencio. Tampoco es algo que le moleste, tiene la certeza como cualquier otro caos, que en cuanto te suelte después de haberte atrapado y sacudido, después de haberte dado varias vueltas por el cielo, ya con golpes y mareos, volverás a pedirle, sin saber por qué, que lo haga de nuevo.
Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar.