Uno de mis proyectos más íntimos y significativos es este cómic que nació como resultado de un proceso muy fuerte en mi vida: como mujer sobreviviente de abuso sexual y violencia de género, decidí convertir ese dolor en una obra que no solo me ayudara a sanar, sino que también pudiera acompañar a otras mujeres en su propio camino. No fue fácil. A menudo, el trauma viene acompañado de culpa, silencio y una pérdida profunda de identidad. Pero en el proceso creativo encontré una especie de renacer. La ilustración se convirtió en mi lenguaje y mi refugio.
Este cómic no es solo una historia personal, es un grito compartido. Es una invitación a romper el silencio, a dejar de sentir vergüenza, y a abrazar nuestra verdad con compasión y libertad. Quiero que otras mujeres sepan que no están solas, que su historia merece ser contada, y que el arte puede ser ese puente entre el dolor y la luz.
Mi intención como artista es crear desde el alma. No busco solo “hacer cosas bonitas”, sino obras que hablen, que acompañen, que cuestionen y que inspiren. Que nos inviten a volver al cuerpo, a la tierra, a las emociones, a lo que fuimos y a lo que todavía podemos ser.
El arte nos observa, nos abraza, nos transforma. A veces es espejo, a veces medicina. Y en mi caso, ha sido también un hogar. Un espacio sagrado donde puedo encontrarme, reconciliarme y florecer.
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Hola, soy Melissa Morteo. Tengo 35 años (ya casi 36) y vivo en la Riviera Maya, muy cerca de la isla de Holbox. Soy diseñadora gráfica, ilustradora y escritora emergente de poesía, pero más allá de los títulos, soy una mujer que cree profundamente en el poder del arte como herramienta de transformación, sanación y memoria.
No hay mujer que en el transcurso de su vida no haya pasado por violencia de género en alguna de sus manifestaciones. Muchas de nosotras fuimos criadas con el temor de salir a la calle con una minifalda. Fuimos niñas que jamás cuestionamos a los adultos a pesar de saber que no todos tenían una conducta proba. Crecimos en una cultura patriarcal que nos enseñó a mantener el silencio, comportándonos como mujeres sumisas y sometidas. La discusión está planteada en todas las mesas familiares: «Papá, no seas machirulo». La conciencia sobre la práctica estructural que viola los derechos humanos y nuestras libertades son explicitadas cada vez más.
Estos relatos se sumergen en esas violencias, intentando con la ficción remedar la llaga, vengar la inocencia perdida o hacer justicia. Las situaciones se desarrollan en espacios muchas veces a la vista de todos: el colectivo, el ámbito familiar, la calle, el club, la escuela. Los movimientos feministas han logrado que las mujeres, ya adultas, pudiéramos revisar de la mano de las más jóvenes, prácticas instituidas, (familiares, educativas, sociales). Este libro ficcionaliza, en algunos casos en primera persona, la violencia sexual, doméstica, institucional, obstétrica, el acoso callejero y otras violencias simbólicas, instauradas e invisibilizadas, a las cuales decimos: «¡Basta!»
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Karina Piriz
Nació en 1971 en Buenos Aires, Argentina. Es Licenciada en Letras y Especialista en Enseñanza de Español como lengua segunda y extranjera por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Editora y correctora en diversos ámbitos editoriales. Pertenece a PLECA (Profesionales de la Lengua Española Correcta de la Argentina) y a la SADE. Ha desarrollado la tarea docente como Maestra, Profesora de Literatura y Directora de escuela. Como escritora ha sido seleccionada en antologías literarias de Argentina, España y Latinoamérica. Es parte del Colectivo Autores de La Matanza.
Desliza las salvas por sus dedos. Olor dulce y amargo en la punta de su lengua, en la palma de su mano. Respira hondo, traga saliva. La soledad la acompaña como fiel amiga. Brevedad silenciosamente oscura en la caída de sus párpados, en la caída de sus mares. Se mira al espejo y observa su lumbrera hueca. Esclava de una eminencia que ya no existe. Cayó en un hoyo donde ni siquiera Alicia cavó. No hubo un conejo con prisa o un banquete esperando. Se quedó sin tiempo, se quedó con hambre. ¿Quién podría cortarle la cabeza si no ella misma? Desliza las salvas por sus dedos. No tiene una espada, no tiene un cuchillo. El canto hipnotizante la guía, recóndita en un susurro, siempre esperó el abrazo sonoro. Nadie más puede escuchar. Mundo cruel, mundo inmundo. Brutalidad sin compasión, ferocidad que la dejó sin ternura. ¿Dónde está el color de sus ojos y el brillo de sus mejillas? En este mundo creció y se enfrentó a los demonios que habitaban afuera y a los que habitaban en ella. No tuvo escudos, ni polvo de hadas. Hubo una flor con espinas y hubo un dedo sangrante. Moza dormida con los ojos abiertos. Pesadillas siniestras acechando su intensidad, reduciendo a cenizas la delicadeza de su ser. Desliza las salvas por sus dedos.
Mortalidad de cuentos, abismo de serpientes. Ha bebido del veneno, ha mordido la manzana, se ha enfrentado al dragón. Nadie apagó el fuego, nadie pudo despertarla.
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Mi nombre es Jessica Concepción Ruíz Tukuch y tengo 23 años. Amo la poesía y la música. Autopubliqué mi primer libro en 2024, En todas las vidas, hasta el último aliento, una compilación de poesía contemporánea y cuentos en prosa sobre el duelo y el «permitirse sentir, incluso si es doloroso». Creo que el arte no es solo una forma de expresión, sino también de sentir y vivir con intensidad; es un modo de preservar lo que somos.
La primera vez que escuché el veredicto estaba en el vientre de mi madre. Ella se tragó las palabras que como eco resonaron en mí.
No hables, escucha. No llores, seca sus lágrimas. NO GRITES Baja la voz. De preferencia, no digas nada. No importa si quieres o no, finge: que te gusta, que lo quieres, que estás de acuerdo. Acéptalo. Naciste para esto.
Mi madre hizo de estas palabras su instructivo marital, su instructivo de maternidad, guiada por el propósito de mantenerme con vida, guiada por el propósito de conservar en mí, su vida.
II Mi madre tuvo un solo parto, pero atendía a dos bebés. Yo era uno de ellos; todos los días me daba de comer sin rechistar. El otro era mi padre, y todos los días tenía que darle de comer sin rechistar.
Maternar Maternar
III La segunda vez que escuché el veredicto estaba en el funeral de mi madre. Ella se ahogó con las palabras que le obligaron a guardar.
—No llores, seca tus lágrimas—, escuché decir a mi papá.
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Flor Estrella nació en Autlán el 31 de mayo de 1998, pero vivió durante veinte años en Emiliano Zapata, municipio de Cihuatlán. En 2018 residió en Ciudad Guzmán, donde comenzó a participar en el taller del maestro Sigala. Colaboró en el suplemento cultural de la UNAM Universo de Letras y en la Gaceta Universitaria del Centro Universitario del Sur. También participó en la tercera Antología de Poetas de la Grana y se mantuvo activa en su blog personal en Facebook. En 2024 publico su libro Rompecabezas, en la editorial Libro de Arena. Actualmente, Flor Estrella reside en la ciudad de Guadalajara, donde ejerce su carrera como trabajadora social y, además, continúa nutriéndose como escritora.
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Feminización de la Pobreza: Cruzada por la Sobrevivencia
Por Fabiola Juárez Avendaño
Hablar de feminización de la pobreza es hablar de una realidad hiriente y en franca expansión. El feminismo lleva tiempo utilizando esta “expresión para connotar el creciente empobrecimiento material de las mujeres, el empeoramiento de sus condiciones de vida y la vulneración de sus derechos fundamentales”. Aunque existe la impresión generalizada de que la vida de las mujeres está mejorando en todo el mundo, las cifras desmienten esta creencia. Es un hecho verificable que, tanto en las familias del Primer Mundo como en las del Tercer Mundo, el reparto de la riqueza no sigue pautas de igualdad, sino que sus miembros acceden a un orden jerárquico de distribución presidido por criterios de género.
También es un hecho que uno de los efectos más visibles de los programas de ajuste estructural inherentes a las políticas neoliberales es el aumento del trabajo no remunerado de las mujeres en el hogar, resultado de los recortes en los programas sociales por parte de los gobiernos. Esta situación provoca que responsabilidades que antes eran asumidas por el Estado—como la salud, la nutrición y la educación, entre otras—vuelvan a recaer en la familia y, en estos momentos pospandémicos, se agudicen aún más y se conviertan en una carga mayor, especialmente para las mujeres.
Si bien es cierto que está creciendo el segmento de mujeres que se insertan en el mercado laboral global, también lo es que este proceso se está llevando a cabo bajo condiciones laborales inimaginables hace solo treinta años.
“Las mujeres reúnen las condiciones que pide el nuevo mercado laboral global: personas flexibles, con gran capacidad de adaptación, a las que se pueda despedir fácilmente, dispuestas a trabajar en horarios irregulares o parciales, a domicilio, etc”.
Saskia Sassen, socióloga estadounidense, no solo sostiene que se está feminizando la pobreza, sino también la supervivencia. En efecto, la producción alimentaria de subsistencia, el trabajo informal, la emigración y la prostitución son actividades económicas que han adquirido mucha mayor relevancia como opciones de supervivencia para las mujeres.
Lo cierto es que las mujeres entran en las estrategias de desarrollo básicamente a través de la industria del sexo, del espectáculo y de las remesas de dinero que envían a sus países de origen. Y que éstas son las herramientas de los gobiernos para amortiguar el desempleo y la deuda externa .
La globalización, es una adaptación neoliberal, es un proceso que está profundizando cada vez más la brecha que separa a los pobres de los ricos. Sin embargo, no se puede desconocer que las grandes perdedoras de esta nueva política económica son las mujeres. “En efecto, patriarcado y capitalismo se alinean como las dos macrorrealidades sociales que socavan los derechos de las mujeres” y detienen su empoderamiento.
En México según datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), los hogares mexicanos dirigidos por una mujer aumentaron del 20.6% en 2000, al 23.1% en 2005 y al 24.6% en 2010. Esto significa que el modelo familiar tradicional de las últimas décadas del siglo XX, está cambiando. Hoy son cada vez más las familias que tienen como responsable a una mujer.
Considerando los datos del “Índice de Brecha de Género” del Foro Económico Mundial, en 2011 nuestro país ocupaba el puesto 89 de 135 países. México obtuvo una pésima calificación en cuanto a la participación de las mujeres en el ámbito laboral, situándose en la posición 112; en equidad de ingresos por trabajo similar, se ubicó en el lugar 111. Según otra medición, el denominado “Índice de Desigualdad de Género” (IDG), México fue clasificado en el lugar 79 de 146 países. Dicho índice refleja la desventaja de las mujeres en tres dimensiones: salud reproductiva, empoderamiento y mercado laboral.
Las mujeres no pueden integrarse al mercado laboral al igual que los hombres si cargan con un trabajo adicional no remunerado. En México 43% de las mujeres participa en el mercado laboral, en comparación con el 78% de los hombres, siendo de las tasas de participación de mujeres más bajas de América Latina.
En México, a diferencia de otros países de la región, es el único país donde no se ha logrado reducir ningún índice; por el contrario, datos oficiales señalan que la pobreza abarca ya a más del 60% de la población.
Esta conclusión es lacerante y no optimista, la pobreza se ha traducido en una desesperada cruzada por la supervivencia, un reflejo de un sistema patriarcal que funciona muy bien. Asesina poco a poco a niñas y mujeres, a través de la marginación que no solo es la carencia de recursos materiales, sino la prolongación de la condición histórica de subordinación que niega toda clase de oportunidades y posibilidades de desarrollo y sobre todo el buen vivir.
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FABIOLA JUÁREZ AVENDAÑO
Antropóloga feminista egresada de la ENAH. He impulsado proyectos con perspectiva de género en la Asociación Civil ACICAMATI, A.C. Soy fundadora y editora de la revista feminista independiente “Las Genaras. Rumbo a la Equidad de Género”, y ponente en temas como mujeres y religión, ecofeminismos y economía del cuidado. Fui tallerista en la FARO Miacatlán y coordinadora de publicaciones con identidad, SEPI.
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Fue duro despertar esta mañana y no ver a la pequeña bolita de pelos acurrucada entre las sábanas.
Mirar el rincón vacío de la escalera donde solía estar su plato de comida. Ya no se escuchan los maullidos característicos pidiendo agua bajo el sol de medio día.
Ya nadie mantiene cálida esa camita bajo el comedor. Ya no hay quien grite a la hora de la comida en busca de obtener un pequeño taquito. Se ha silenciado ese maullido fuerte y exigente que se escuchaba en la casa pidiendo mimos y atención. Los rasguños son el último vestigio de su vida. Con tristeza, miro ese escalón vacío, ese donde a ella le gustaba recostarse y mirar a todos con desdeño,la extraño.
Me encantaba sentarme y contemplarla mientras ella se recostaba en el patio, disfrutando del viento fresco y de un baño con rayitos de sol.
Extraño cuando en tiempos de frío llegaba y se recostaba a mi lado.
Cuando llegaban nuestros humanos con cualquier tipo de golosina y los miraba esperando a que le dieran algún pedazo.
Extraño aquella vez que por primera vez acicaló mi lomo con suavidad y me hizo sentir querida por ella. Siempre creí que no le caía bien. Ahora se con certeza que yo le importaba.
¿A dónde fue Mindy?
¿Por qué los demás lloraron alrededor de su cuerpo?
¿Por qué sus ojos se veían sin luz? ¿Por qué se la llevaron y volvió solo su cobija?
¿Dónde estás, Mindy?
¿A dónde te llevaron?
¿A caso fue porque te molestaba mucho?
¿Qué es esa pequeña caja y por qué guarda tu aroma?
Extraño mucho esas pocas veces que me demostraste cariño.
Aunque tu rostro mostraba seriedad, tu pelaje oscuro como un luto elegante y tus ojos amarillos, de mirada dura, yo sabía en el fondo que tu me quisiste.
Ahora ya no estas y no sé cómo será mi vida sin ti confío en que cuidaran de mi hasta el día que vuelva a verte a ti, a Wisy y a Pinky, de quien he escuchado tantas historias.
Ojalá que en donde quiera que estén, me guarden un pequeño lugar para reposar y jugar eternamente.
Selin Cab (1998) Ciudad de México, México. Pasante de Lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. “El mar de arena de Camus” es su primer cuento publicado en la antología : «El cuento en cuarentena» organizada por la revista Palabrerías en conjunto de las revistas Tintero blanco, Zompantle y Teresa Magazine como resultado del concurso del mismo nombre. Autora de “El ratoncito” y “Esa no es la gata” ambos publicado en la revista Metáforas al aire. Le gustan la narrativa de piratas, dibujar y Dragon Quest.
¿Recuerdas el día en que caminábamos por la ciudad, hasta que, en una esquina cualquiera, tú sacaste un rollito de papel y me lo entregaste en las manos? Era un poema de amor, y yo me puse roja, rojísima. Pero tú me dijiste que no lo tomara como algo que quisieras de vuelta, que las palabras de amor, en realidad, nunca regresan.
Más allá de eso, yo sabía que tendría que responder a tus palabras, y que, aunque sentía que algo estaba a punto de alcanzarme —algo que era mi pasado y los amores que, desde ahí, aun me hacían daño—, también quería decirte «te amo». Mientras desenvolvía el rollito, la cabeza me daba vueltas. Leía tus palabras: estrella, azul, eterno, vuelo de pájaro.
Tú y yo, recogiendo nuestras palabras como promesas, una junto a la otra, las fuimos enrollando en ese trozo de papel, en esa tarde, en mis ojos que decían miedo, pero también decían mar, caracola, alelí, alma, amor, mil veces amor, tus manos que sellaron esa promesa diciendo: te guardo, cerca a mi corazón.
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Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇
Amanecí con ganas de llover desgarrada nube agua que precisa caer. Dejar de ser mustio rocío en pleno despertar taladrar la tierra horadar asfaltos trastornar transeúntes desquiciar la ciudad. Acallar voces con mi estruendo destruir paraguas inundar postales importunar la mañana con mi reproche de piel insolada en desértica espera mientras clamaba la noche. Amanecí con ganas de convertirme en tormenta.
Necrosado el anular de promesa coagulada que corroe la garganta ennegrece mis pulmones y estrangula mis latidos que me palpan la cara me arrancan las córnea y me besan la frente para ser expulsada al vacío de palabras agudas ácidasheridas y muertas.
[Del ocaso al alba] / Olivia Burr
El aire humedece mi piel al evocarte sabor salino al roce de tus dedos dos luciérnagas vuelan sobre un campo crecido de esta mi creación sincera de surco capilar espumosa orilla donde remojé tu estrella en el ocaso hasta devenir hasta renacer mis dedos llaves encapsulan el tiempo en reminiscencia de mi juventu del vendaval tiembla llueven las entrañas al recibir el alba.
[Agridulce] / Olivia Burr
Hay una palabra que (encierro) a lengüetazos juego con ella hasta que me canso la mastico no la quiero dejar ir afilada puntiaguda se encaja en mis encías y escurrestú tú Agridulce amor atado
(dentro esta jaula de mis dientes).
Natalia Villanueva, escritora neolonesa emergente. Autora de ‘Si pudiera tenerte otra vez’ (Editorial Capítulo Siete, 2023) bajo el seudónimo de Olivia Burr. Su primera publicación literaria es una compilación de una década de pequeños fragmentos de sus diarios más personales.