Por Julissa Emireth Bollás Mendoza
Aviso del editor: este texto contiene escenas sexuales explícitas, únicamente para lectores adultos.
Lo recuerdo todo a la perfección. Había pasado tiempo sin verlo, pero, en cuanto entré al auditorio, se robó mi atención, no importó que estuviera lleno de personas. Algo nerviosa, me senté en los asientos de en medio. Levanté la vista y ahí estaba él: captando la atención del público, con voz clara y fuerte, exponiendo un tema que no recuerdo; yo lo veía moverse de un extremo a otro, sin perderlo de vista. Nos vimos en algunas ocasiones y en todas, su semblante pasaba de serio a coqueto.
Cuando el evento, las preguntas, los halagos y las fotos terminaron, me acerqué a saludarlo y él me abrazó. No disimulé lo mucho que me gustó, con mis brazos rodeé su cuello y no pude evitar respirar el olor amaderado de su perfume, ni sentir su respiración cerca de mí, cerré los ojos y me estremecí cuando, al oído, me dijo: “No te vayas, iremos a un lugar.”
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Subimos al carro y después de activar los seguros, me volteó a ver y con la mirada más sensual que le había visto, dijo: “No tienes idea de lo guapa que te ves…” con sus ojos recorrió mi cuerpo, yo sonreí; prosiguió: “Habrá una comida, ¿quieres acompañarme?”. Se acercó tanto a mi cara que pensé que me besaría… “Claro que sí”. Llegamos al restaurante y excitada por la cercanía que habíamos tenido unos momentos antes, tomé su mano y cuando caí en cuenta, intenté soltarme, pero en lugar de eso, la apretó con más fuerza y así, entrelazados, ingresamos.
Más tarde, el ambiente ya estaba relajado, en cuanto sirvieron la tarta de frutos rojos y tomó de su copa de vino, puso su mano en mi pierna y llamó mi atención; se acercó a mi oído y dijo “Que bueno es verte”, besó mi hombro, por el nerviosismo, moví la cabeza y eso hizo que me diera tres besos más en el cuello; nos miramos a los ojos, que habían regresado a la sensualidad que tenían cuando solo me veían, con la voz más autoritaria, dijo: “Tengo un regalo para ti”; lo miré extrañada pero tomé la caja en mis manos, bromeé y contesté: “Espero que sean las llaves de una camioneta”, la quise abrir y con voz coqueta, dijo: “Habrá que averiguarlo.” Pero yo había podido ver algo, antes de que él buscará cerrar la tapa.
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No era secreto que sentíamos atracción mutua; pero ahora estaba claro. Al subir a su carro, lo volteé a ver y le dije: “Quiero que te quedes en el departamento”. La luz del carro, le daba un aire misterioso a su cara, respondió: “Justo eso quiero hacer”, encendió el motor y arrancó. En cuestión de minutos, estacionamos en el edificio, tomó mi mano y fuimos al elevador. Antes de que entraramos, fue desabotonando su camisa, yo no pude evitar ver el recorrido de sus manos, mientras veía su pecho desnudo, debí morderme el labio porque me tomó de la cintura: “¿Tienes hambre?”, yo solo sentía su respiración y entonces… el elevador se abrió.
Cuando ingresamos, él se fue directo al balcón, yo fui a la cocina para sacar una botella de vino y dos copas. Ya sin tacones, regresé a su lado y ofreciéndole una copa, le dije: “Que la vida siempre nos sorprenda para bien”. “Contigo la vida siempre me sorprende”, respondió y brindamos. Dirigimos la vista al mar y muy a lo lejos podíamos escuchar el murmullo con el que acompañaba la noche. Interrumpí el silencio diciendo: “Que ricos los momentos cuando estás”.
Era una noche fresca en la que platicamos sobre cómo resolver los problemas del mundo, una tradición que se había vuelto nuestra favorita. La madrugada nos acurrucaba, la segunda botella de vino ya estaba en la enfriadera. Conforme él hablaba sobre la importancia de cuestionarse todo lo que ocurría, todo el tiempo, caía en cuenta, de lo mucho que ese hombre me excitaba.
Él ya no tenía la camisa puesta así que podía ver sus brazos, su piel acanelada, su pecho desnudo, su cabello despeinado y su barba, esa barba que me encantaba. Aproveché para abrazarlo y acomodarme en su cuerpo, cuando lo hice, me besó la cabeza, cerré los ojos y puse mis manos sobre sus piernas, él puso las suyas sobre mi cintura y con las yemas de los dedos me acarició. El tiempo pasó y el vino fue disminuyendo en las copas. “Es hora de ir a un lugar más privado”, le guiñé el ojo, lo guíe al cuarto y lo acerqué a la cama. Estando ahí me acerqué lo suficiente para sentir su aliento cerca mío, y mirando sus labios, le dije: “Pero por ahora, me vas a tener que esperar”.
La puerta del baño se cerró y yo salí con el regalo que me había dado hace unas horas: una lencería de encaje color vino. Él estaba acostado, mientras iba hacia la cama, lo vi recorrer mi cuerpo, su respiración comenzaba a agitarse. El aire acondicionado ya estaba enfriando el cuarto, me acosté a su lado y nos metimos debajo del cobertor, comenzó a tararear algo, mientras me acostaba en su pecho desnudo, lo interrumpí: “quiero que me toques”, dejó de hablar, levanté mi cabeza y sin parpadear me dijo: “que así sea”.
La sensación de electricidad volvió. Sus labios… esos labios que siempre tenían mi atención cuando hablaba de escritoras, de filósofos, de la importancia de la educación y los valores, del autocuidado y de cómo mejorar el mundo, me estaban besando. Las yemas de sus dedos deslizaron el tirante de mi brasier y sonreí, acaricié su cabello, podía sentir todo en mi cuerpo: mi respiración acelerada, la piel caliente, las manos desesperadas, la entrepierna tensarse, las piernas temblorosas, la desesperación de sus manos en mi espalda. Estaba fascinada, extasiada y complacida.
Quería disfrutar la vista, disfrutarlo y que él me disfrutara a mí, de manera delicada levanté un poco mi cuerpo para quedar sobre su cuerpo, cuando lo hice, tomó mi cintura. Nadie hablaba, solo nos veíamos a los ojos y así, sin dejar de verlo, bajé el otro tirante, lentamente él subió sus manos y desabrochó mi brasier. Yo solté mi cabello pelirrojo y éste cayó sobre mis pechos, escuché cómo suspiró. Estando sobre él, sentí como poco a poco su erección se acomodaba entre mis piernas y mi cuerpo estaba más que caliente. Nos besamos de nuevo, sentí sus uñas sobre mi piel, sobre mis tatuajes.
“Mira como nos pones”, susurró en mi oído, bajó mi mano a su sexo y gemí de nuevo, lo besé y le dije: “Tú siempre me has traído así”, deslicé su mano a mi entrepierna. ¿Habíamos puesto el aire acondicionado o por qué estábamos sudando? Bajé a besar su cuello, y ahí percibí el olor de su sudor combinado con el de su perfume; también podía sentir mis pechos sobre el suyo, mis pezones estaban duros. Al estar arriba de su cuerpo, puse mis senos sobre su boca para que los besara, gimió y los mordió.
Sentía la urgencia de su cuerpo sobre el mío, deslicé la tanga de color rojo y él siguió el recorrido de mis manos sin pestañear, levanté mi cadera y con sus manos, terminó de quitarla de mis piernas. Todo el roce de sus dedos en mi piel, solo hizo que yo siguiera humedeciendo.
En su regreso, el tiempo pasó lento…lentooo, sentí sus besos recorrer mis piernas, lo hacía de una manera lenta, él besaba y yo gemía, sentía la electricidad en todo mi cuerpo, mientras el besaba mi piel, yo acariciaba su cabello, su espalda, sus brazos. Tomó mi cadera y de un solo golpe, me penetró y gimió. Así, nos miramos a los ojos, mientras sus movimientos y mis gemidos iban en aumento.
No perdía la oportunidad de enterrar mis uñas en sus brazos, sus pompas, su espalda, su cuello, su pecho; yo escuchaba sus gemidos que a veces se unían con los míos, que no disimulaba y que cada vez iban en aumento, cuando llegó a mis pechos, besó mi tatuaje de en medio y así, con la lengua subió hasta mi cuello, y luego, me arrebaté y busqué sus labios, me dio la vuelta y quedé nuevamente sobre él.
¡Cuánto estaba disfrutando esta noche! Besé su cuello mientras escuchaba sus gemidos y él apretaba mi cabello con sus manos, recorrí con mi lengua su pecho, ese pecho que siempre había soñado besar mientras lo veía con su camisa abotonada. Mis movimientos eran tal y como él los había hecho conmigo: de menos a más. ¿Era yo o ya no sentía el aire acondicionado?
Sobre su cuerpo me sentía deseada, amada, procurada. Disfrutaba de sus labios, bajé mi mano por su pecho sudado, lo hacía de una manera lenta, justo en el ritmo en el que nos besábamos. Me deslizaba de arriba hacia abajo sobre su sexo, sentía por dentro como palpitaba su pene. Yo echaba mi cabeza hacia atrás y acariciaba mis pechos. Me encantaba sentir mi cabello sobre mi cuerpo sudando. Él me veía con tanta pasión, que estar arriba, me hacía sentir poderosa, cachonda.
Cuando bajé a su cintura mirándolo a los ojos, le dije: “Que caliente me tienes”. Mi mano siguió su ruta hacia abajo y se movió de arriba abajo sobre su erección dura. Algo estaba templado ¿pero era mi mano o era su miembro? Aun sin saberlo, deslicé de arriba a mano mis dedos, y sus gemidos hicieron ecos en el cuarto.
Justo cuando sentí que él llegaba al clímax, se recostó del lado y nos acomodamos de tal manera, que yo quedé boca acostada boca abajo y él, introdujo su sexo en mí, podía oír su respiración, podía oler nuestro sudor, sentía su cuerpo sobre el mío, mientras nos movíamos y nos escuchábamos los gemidos. Sentí, además, su mano acariciando mi clítoris, y sus dedos y los míos encontrándose abajo. Mi mano, esa mano que ya sabía dónde estaba el punto exacto, guió a la suya y sin dejar que saliera de mí, la puso justo en la gloria.
Yo gemía y escuchaba sus gemidos tan cercanos por tenerlos casi en oído y tan lejanos por mi excitación y el sentir como llegaba al clímax… y, y, y…
Mis gemidos me despertaron acostada boca abajo. Sudorosa, excitada, acelerada, despeinada… fui poco a poco abriendo los ojos. Extendí mi mano del otro lado de la cama y no encontré un cuerpo que me acompañara.
Suspiré, sentí como un mechón de mi cabello cayó en mi cara, con mi otra mano quité el cosquilleo de mi nariz. Y ahí lo vi, sobre el buró había dos copas de vino vacías… ¿no lo había soñado?
Me incorporé, y pude ver la puerta entreabierta que dejaba percibir un olor a café, junto a la voz de un hombre que tarareaba una canción.
Por Julissa Emireth Bollás Mendoza