Vuelo libre

Por Fernanda Jaqueline Galindo López

Quiero libertad para la paloma,
que huye hacia las lomas altas,
deseo que encuentre la paz,
que este mundo no le puede dar.

Que su vuelo sea libre y alto,
que su canto sea fuerte y claro,
para así vivir libre sin reclamos.

Encuentro inesperado

Por Julissa Emireth Bollás Mendoza

Aviso del editor: este texto contiene escenas sexuales explícitas, únicamente para lectores adultos.

Lo recuerdo todo a la perfección. Había pasado tiempo sin verlo, pero, en cuanto entré al auditorio, se robó mi atención, no importó que estuviera lleno de personas. Algo nerviosa, me senté en los asientos de en medio. Levanté la vista y ahí estaba él: captando la atención del público, con voz clara y fuerte, exponiendo un tema que no recuerdo; yo lo veía moverse de un extremo a otro, sin perderlo de vista. Nos vimos en algunas ocasiones y en todas, su semblante pasaba de serio a coqueto.

Cuando el evento, las preguntas, los halagos y las fotos terminaron, me acerqué a saludarlo y él me abrazó. No disimulé lo mucho que me gustó, con mis brazos rodeé su cuello y no pude evitar respirar el olor amaderado de su perfume, ni sentir su respiración cerca de mí, cerré los ojos y me estremecí cuando, al oído, me dijo: “No te vayas, iremos a un lugar.”

Subimos al carro y después de activar los seguros, me volteó a ver y con la mirada más sensual que le había visto, dijo: “No tienes idea de lo guapa que te ves…” con sus ojos recorrió mi cuerpo, yo sonreí; prosiguió: “Habrá una comida, ¿quieres acompañarme?”. Se acercó tanto a mi cara que pensé que me besaría… “Claro que sí”. Llegamos al restaurante y excitada por la cercanía que habíamos tenido unos momentos antes, tomé su mano y cuando caí en cuenta, intenté soltarme, pero en lugar de eso, la apretó con más fuerza y así, entrelazados, ingresamos. 

Más tarde, el ambiente ya estaba relajado, en cuanto sirvieron la tarta de frutos rojos y tomó de su copa de vino, puso su mano en mi pierna y llamó mi atención; se acercó a mi oído y dijo “Que bueno es verte”, besó mi hombro, por el nerviosismo, moví la cabeza y eso hizo que me diera tres besos más en el cuello; nos miramos a los ojos, que habían regresado a la sensualidad que tenían cuando solo me veían, con la voz más autoritaria, dijo: “Tengo un regalo para ti”; lo miré extrañada pero tomé la caja en mis manos, bromeé y contesté: “Espero que sean las llaves de una camioneta”, la quise abrir y con voz coqueta, dijo: “Habrá que averiguarlo.” Pero yo había podido ver algo, antes de que él buscará cerrar la tapa. 

No era secreto que sentíamos atracción mutua; pero ahora estaba claro. Al subir a su carro, lo volteé a ver y le dije: “Quiero que te quedes en el departamento”. La luz del carro, le daba un aire misterioso a su cara, respondió: “Justo eso quiero hacer”, encendió el motor y arrancó. En cuestión de minutos, estacionamos en el edificio, tomó mi mano y fuimos al elevador. Antes de que entraramos, fue desabotonando su camisa, yo no pude evitar ver el recorrido de sus manos, mientras veía su pecho desnudo, debí morderme el labio porque me tomó de la cintura: “¿Tienes hambre?”, yo solo sentía su respiración y entonces… el elevador se abrió.

Cuando ingresamos, él se fue directo al balcón, yo fui a la cocina para sacar una botella de vino y dos copas. Ya sin tacones, regresé a su lado y ofreciéndole una copa, le dije: “Que la vida siempre nos sorprenda para bien”. “Contigo la vida siempre me sorprende”, respondió y brindamos. Dirigimos la vista al mar y muy a lo lejos podíamos escuchar el murmullo con el que acompañaba la noche. Interrumpí el silencio diciendo: “Que ricos los momentos cuando estás”. 

Era una noche fresca en la que platicamos sobre cómo resolver los problemas del mundo, una tradición que se había vuelto nuestra favorita. La madrugada nos acurrucaba, la segunda botella de vino ya estaba en la enfriadera. Conforme él hablaba sobre la importancia de cuestionarse todo lo que ocurría, todo el tiempo, caía en cuenta, de lo mucho que ese hombre me excitaba. 

Él ya no tenía la camisa puesta así que podía ver sus brazos, su piel acanelada, su pecho desnudo, su cabello despeinado y su barba, esa barba que me encantaba. Aproveché para abrazarlo y acomodarme en su cuerpo, cuando lo hice, me besó la cabeza, cerré los ojos y puse mis manos sobre sus piernas, él puso las suyas sobre mi cintura y con las yemas de los dedos me acarició. El tiempo pasó y el vino fue disminuyendo en las copas. “Es hora de ir a un lugar más privado”, le guiñé el ojo, lo guíe al cuarto y lo acerqué a la cama. Estando ahí me acerqué lo suficiente para sentir su aliento cerca mío, y mirando sus labios, le dije: “Pero por ahora, me vas a tener que esperar”. 

La puerta del baño se cerró y yo salí con el regalo que me había dado hace unas horas: una lencería de encaje color vino. Él estaba acostado, mientras iba hacia la cama, lo vi recorrer mi cuerpo, su respiración comenzaba a agitarse. El aire acondicionado ya estaba enfriando el cuarto, me acosté a su lado y nos metimos debajo del cobertor, comenzó a tararear algo, mientras me acostaba en su pecho desnudo, lo interrumpí: “quiero que me toques”, dejó de hablar, levanté mi cabeza y sin parpadear me dijo: “que así sea”. 

La sensación de electricidad volvió. Sus labios… esos labios que siempre tenían mi atención cuando hablaba de escritoras, de filósofos, de la importancia de la educación y los valores, del autocuidado y de cómo mejorar el mundo, me estaban besando. Las yemas de sus dedos deslizaron el tirante de mi brasier y sonreí, acaricié su cabello, podía sentir todo en mi cuerpo: mi respiración acelerada, la piel caliente, las manos desesperadas, la entrepierna tensarse, las piernas temblorosas, la desesperación de sus manos en mi espalda. Estaba fascinada, extasiada y complacida. 

Quería disfrutar la vista, disfrutarlo y que él me disfrutara a mí, de manera delicada levanté un poco mi cuerpo para quedar sobre su cuerpo, cuando lo hice, tomó mi cintura. Nadie hablaba, solo nos veíamos a los ojos y así, sin dejar de verlo, bajé el otro tirante, lentamente él subió sus manos y desabrochó mi brasier. Yo solté mi cabello pelirrojo y éste cayó sobre mis pechos, escuché cómo suspiró. Estando sobre él, sentí como poco a poco su erección se acomodaba entre mis piernas y mi cuerpo estaba más que caliente. Nos besamos de nuevo, sentí sus uñas sobre mi piel, sobre mis tatuajes.

“Mira como nos pones”, susurró en mi oído, bajó mi mano a su sexo y gemí de nuevo, lo besé y le dije: “Tú siempre me has traído así”, deslicé su mano a mi entrepierna. ¿Habíamos puesto el aire acondicionado o por qué estábamos sudando? Bajé a besar su cuello, y ahí percibí el olor de su sudor combinado con el de su perfume; también podía sentir mis pechos sobre el suyo, mis pezones estaban duros. Al estar arriba de su cuerpo, puse mis senos sobre su boca para que los besara, gimió y los mordió.

Sentía la urgencia de su cuerpo sobre el mío, deslicé la tanga de color rojo y él siguió el recorrido de mis manos sin pestañear, levanté mi cadera y con sus manos, terminó de quitarla de mis piernas. Todo el roce de sus dedos en mi piel, solo hizo que yo siguiera humedeciendo.

En su regreso, el tiempo pasó lento…lentooo, sentí sus besos recorrer mis piernas, lo hacía de una manera lenta, él besaba y yo gemía, sentía la electricidad en todo mi cuerpo, mientras el besaba mi piel, yo acariciaba su cabello, su espalda, sus brazos. Tomó mi cadera y de un solo golpe, me penetró y gimió. Así, nos miramos a los ojos, mientras sus movimientos y mis gemidos iban en aumento. 

No perdía la oportunidad de enterrar mis uñas en sus brazos, sus pompas, su espalda, su cuello, su pecho; yo escuchaba sus gemidos que a veces se unían con los míos, que no disimulaba y que cada vez iban en aumento, cuando llegó a mis pechos, besó mi tatuaje de en medio y así, con la lengua subió hasta mi cuello, y luego, me arrebaté y busqué sus labios, me dio la vuelta y quedé nuevamente sobre él.

¡Cuánto estaba disfrutando esta noche! Besé su cuello mientras escuchaba sus gemidos y él apretaba mi cabello con sus manos, recorrí con mi lengua su pecho, ese pecho que siempre había soñado besar mientras lo veía con su camisa abotonada. Mis movimientos eran tal y como él los había hecho conmigo: de menos a más.  ¿Era yo o ya no sentía el aire acondicionado? 

Sobre su cuerpo me sentía deseada, amada, procurada. Disfrutaba de sus labios, bajé mi mano por su pecho sudado, lo hacía de una manera lenta, justo en el ritmo en el que nos besábamos. Me deslizaba de arriba hacia abajo sobre su sexo, sentía por dentro como palpitaba su pene. Yo echaba mi cabeza hacia atrás y acariciaba mis pechos. Me encantaba sentir mi cabello sobre mi cuerpo sudando. Él me veía con tanta pasión, que estar arriba, me hacía sentir poderosa, cachonda. 

Cuando bajé a su cintura mirándolo a los ojos, le dije: “Que caliente me tienes”. Mi mano siguió su ruta hacia abajo y se movió de arriba abajo sobre su erección dura. Algo estaba templado ¿pero era mi mano o era su miembro? Aun sin saberlo, deslicé de arriba a mano mis dedos, y sus gemidos hicieron ecos en el cuarto.

Justo cuando sentí que él llegaba al clímax, se recostó del lado y nos acomodamos de tal manera, que yo quedé boca acostada boca abajo y él, introdujo su sexo en mí, podía oír su respiración, podía oler nuestro sudor, sentía su cuerpo sobre el mío, mientras nos movíamos y nos escuchábamos los gemidos. Sentí, además, su mano acariciando mi clítoris, y sus dedos y los míos encontrándose abajo. Mi mano, esa mano que ya sabía dónde estaba el punto exacto, guió a la suya y sin dejar que saliera de mí, la puso justo en la gloria.

Yo gemía y escuchaba sus gemidos tan cercanos por tenerlos casi en oído y tan lejanos por mi excitación y el sentir como llegaba al clímax… y, y, y…

Mis gemidos me despertaron acostada boca abajo. Sudorosa, excitada, acelerada, despeinada… fui poco a poco abriendo los ojos. Extendí mi mano del otro lado de la cama y no encontré un cuerpo que me acompañara. 

Suspiré, sentí como un mechón de mi cabello cayó en mi cara, con mi otra mano quité el cosquilleo de mi nariz. Y ahí lo vi, sobre el buró había dos copas de vino vacías… ¿no lo había soñado?  

Me incorporé, y pude ver la puerta entreabierta que dejaba percibir un olor a café, junto a la voz de un hombre que tarareaba una canción. 

Por Julissa Emireth Bollás Mendoza

Manifiesto de la lesbiandad

Por Andrea Navarro

Manifiesto de la lesbiandad; Reivindicación, lo que soy y no soy

Soy una roca en la cima de un cerro, golpeada por el viento, pero imposible de penetrar, soy la que se mantiene firme ante la idea totalitaria de la heterosexualidad, la que ni a golpes de viento insoportables, se doblega. 

No soy una flor bella y débil a quien deben regar, cuidar y tratar con delicadeza, no soy la que necesita ser parte de la realeza, la que espera por un príncipe.  

Soy resistencia anti patriarcal, la cúspide insumisa a servirle al varón.

No soy mujer destinada a un él, la próxima madre, el complemento de alguien. 

Soy tierra fértil, mía.

No soy fertilidad de la que alguien más se nutre. 

Soy lava volcánica, apasionada, hirviendo.

No soy, vela de cera que se derrite al primer roce, consumida, de llama casi extinta.

Soy, destructora de cadenas, la negación a estarme quieta, la imposibilidad de ser presa.

No soy, ave enjaulada, esclava eterna, no estoy condenada a ser la Eva de un Adán. 

Soy, sirena rodeada de brujas y hadas que se aman desde la libertad en aquelarres eternos. 

No soy, la otredad, la enferma, el pecado, lo malo, lo antinatural. 

Soy, tejido infinito entrelazado con la historia de cada lesbiana que existió.

No soy, una huérfana de historia, un ser sin pasado, una desaparición de mi genealogía.

Soy la realidad escrita de Safo, Inés, de Chavela,de Alejandra, Gabriela, Virgina.

No soy, el mito sin nombre que nunca nadie escribió. 

Soy, amazona, labrys en mano, protectora de las otras.

No soy, Doncella frágil, sirvienta de tiempo completo, enemiga de mujeres.

Soy, una lesbiana que se reconoció en las otras, que regresó a sí misma, que se buscó y se encontró en la mirada complice de una mujer, soy una apuesta a un amor mejor.

No soy sexualidad. Soy rebeldía

Por Andrea Navarro

Andrea Navarro: Lesbofeminista, escritora de barrio, escribo desde mi lesbiandad para que quienes siguen tengan pruebas de nuestra existencia lésbica.

Cartografías del Instante| Dar a luz

Dar a luz

Por Anyela Botina

Madre, anoche soñé contigo. Fue uno más de esos sueños en los que apareces, me paralizas de miedo y sigo siendo la niña pequeña que huye de tu enfado.
Camino por una calle oscura, la calle proyecta mis propias sombras. Soy la niña que nunca fue suficiente para aliviar tu soledad; no fui la hija que diste a luz, fui tu sombra. Tu parto dio a luz en palabras; y por eso, esta carne mía esta hecha complemente de ellas. Las palabras flotan como nubes, se disuelven en pensamientos que se me escapan en

a n g u s t i a,

Yo deseo ser raíz, sangre de tu sangre, nido y abrigo.

Deseo ser el grito que desgarra el tiempo

el dolor que se extingue en la carne

el vacío de la separación,

la rendición a la muerte.

El día que diste a luz huiste del dolor, tu silencio y la huida son mi herencia.

Camino por una calle oscura, mis sombras son semillas que germinan a mi paso.

llevo en el vientre la luz de mi estrella,

La vida me pide una vez mas,

nacer.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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De recuerdos, aventuras y reflexiones| La complejidad de los complejos

Por Tania Farias

Aún recuerdo con nostalgia aquellos veranos en los que viajábamos en caravana familiar con destino a la playa. Desde el primer día de las vacaciones, esperaba con entusiasmo esa escapada que, aunque corta, estaba llena de momentos felices, momentos que, en su mayoría, los vivía en el agua, ya fuera del mar, de una alberca o, incluso, de la que salía de una manguera. Nada más levantarme, la primera pregunta que le hacía a mamá era cuándo podría empezar a mojarme. Por supuesto, esos días los pasaba ataviada de un traje de baño que, entre cada uso y a pesar del calor de la costa, penaba a secarse por completo antes de volver a ser portado. Junto con mi hermano y mis primos, pasábamos las horas sumergidos en el agua. Jugábamos, comíamos y tan solo salíamos de ahí cuando la noche empezaba a caer y que nuestros padres consideraban que debíamos cambiar de actividad. Después de tantas horas en el agua, la piel de todos alcanzaba un nivel de extra-hidratación, pues olvidábamos que peces no éramos, y, aún así, nos resistíamos a dejar nuestra área de juego.

Pero un día, llegó la adolescencia con sus cambios y sus complejidades. En medio del torbellino de emociones, también de un descontento con mi cuerpo, el cual no se parecía en nada a los que veía en la televisión y las revistas, era casi una rutina mirarme al espejo sin lograr encontrar algún detalle mío que me satisficiera por completo. Mis caderas lucían muy anchas; la cintura no era tan pequeña como la de las actrices de las telenovelas, y para agregarle algo más, se sumó el acné; y aun cuando nunca tuve un verdadero problema con este, los esporádicos granos que invadían mi cara, porque así se sentían, como unos verdaderos invasores, me incomodaban demasiado, al grado de que un flequillo improvisado y bastante largo empezó a cubrir mi rostro.

Por otro lado, la tradición de vacacionar juntos en familia se acabó a causa de circunstancias de la vida que trajeron cambios radicales en nuestros cotidianos. Aquellos veranos en la playa se esfumaron como se esfuma un sueño al despertar. Poco a poco, el uso del traje de baño se fue haciendo menos frecuente, hasta el momento en que ya no me sentía cómoda utilizando uno: llevar algo tan ceñido al cuerpo, mostrar mis piernas que ante mi mirada eran muy gruesas y desagradables, se volvió algo a evitar.

Según la RAE un complejo psicológico es un “conjunto de ideas, emociones y tendencias, total o parcialmente inconscientes, que pueden determinar la conducta de una persona”. Reflexionando en esa definición es ahora cuando me doy cuenta de cómo los complejos que se desarrollaron durante mi adolescencia, modelaron en mucho mis gustos. Recientemente admiraba las fotografías de una amiga que se ha dado por misión visitar el mayor número de playas que le sea posible, y no pude evitar pensar que, a diferencia de ella, la playa dejo de ser mi lugar favorito. Cuando voy (pues sí es el destino preferido de mi hijo), es raro que entre en el agua. Y quedarme en traje de baño todo el día, es algo que no sucede desde mi infancia, es más, ni siquiera he podido encontrar uno en el que me sienta cómoda.

Si me dan a elegir,disfruto mucho más viajar hacia la montaña, a lugares donde un clima frío o temperado me haga utilizar numerosas vestimentas. Y justo es ahora, lejos de esa adolescente influenciada e insegura que me pregunto si mi preferencia por los lugares fríos está directamente ligada a mis complejos. Quizás en otro universo, en uno en el que nunca me hubiera incomodado tanto con mi propio cuerpo, en el que las vacaciones a la playa hubieran continuado hasta más allá de mi adolescencia, está esa Tania que solo piensa en su próxima visita a la playa.

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Vaciar una montaña | Reconciliación

Imagen generada con IA

Me gustan los símbolos y los rituales. Los símbolos porque expanden nuestra comprensión de la realidad hacia otras sensibilidades y se hacen espacio para que en nuestro ser no se anide la razón como el único lente para comprender el mundo. 

Y así, me gustan los rituales porque hacen especial el tiempo. Me gusta entonces pensar en la navidad y el frío (de este lado del hemisferio) como el tiempo para guardarse y esperar a que la energía vuelva con nuevos bríos en primavera. 

Y me gusta observar que precisamente con el cambio a esta estación cambia la luz y hay más bichitos y las flores emergen y hay como un calor de la tierra que despierta a los seres vivos. 

Me gustan también los ciclos. Me gusta (a pesar de lo que diga mi ansiedad) que no tengamos el control del envejecimiento de nuestra piel o de nuestro ciclo menstrual o del tiempo en el que se desarrolla un niño en el vientre. 

Me gusta que no podamos controlar la lluvia o los temblores. Me ayuda a recordar que no todo se mide en sprints. 

Me gusta ser exploradora de los tiempos interiores. Aunque a veces me desespera que no se ajusten a las expectativas de los tiempos que traigo en la cabeza. 

Me gusta que me digan que no. Aunque me frustra. Y me gusta que me digan que sí, con el compromiso de entregarnos a la aventura.

Me gusta pastar en los parques como una oveja que no tiene reparo en detenerse a sentir la tierra. 

Y me gusta moverme como un pez en la corriente del transporte público en esta gran urbe. 

Me gustan los tiempos de silencio. Y los tiempos de la algarabía. 

Me gusta prender una vela y rezar por mis muertos. Y rezar por mi propia incomprensión de la vida. 

Me gusta hablarme despacito, aunque también más determinante para apresurarme con algo en lo que procrastiné. 

Me gusta cuando me dicen que tengo alma de artista. Y que no tenga que justificar nada. 

Me gusta la ligereza. Y me gusta el apego a las cosas bellas que he coleccionado de los viajes por el mundo que me tocó alguna vez descubrir. 

Me gustan las piezas de los rompecabezas, aunque me impacienta armarlos. 

Me gusta cuando mi sistema nervioso se regula en el abrazo de los que amo. 

Me gusta dejarme caer en la confianza de quien me ama. 

Ahora mismo, me gusta que no todo está resuelto, pero que aprendo con ilusión. 

Me gustan las ilusiones que tengo. Las alas que se me han abierto y los cielos que me han mostrado para volar. 

Me gusta tener la certeza de que soy amada y que nunca se deja el amor porque, como ya lo decía el buen Drexler: todo se transforma. 

Me gusta que me equivoco y que a veces no hay explicación del por qué. 

Cumplo años muy cerca del inicio de la primavera. Me gusta pensar siempre que es un inicio, aunque sé que los verdaderos inicios son procesos largos que a veces no tengo certeza de cuándo empecé. 

Que mi cuerpo tenga una fecha para celebrar y para sentirse especial y abarcarlo todo en el calendario de mi mundo. Eso me gusta.

Me gustan los símbolos y los rituales. 

Este año, el símbolo de mi cumpleaños fue el camino. Y mis rituales contaron con muchas flores. 

No sabemos qué pasará en el futuro, pero sabemos que después de varios inviernos, despertamos hoy, en primavera, con fe.

Letras Revueltas|Ofrenda

Por Illari Alderete

Cuando vivía sola aprendí a hacerme la maniobra de Heimlich con una silla, tenía miedo de ahogarme y que nadie se enterara de mi caso. Afortunadamente, hasta el momento no he tenido que practicármela, temo que me rompería las costillas en vez de salvarme. Durante esa época, adquirí muchos conocimientos de autocuidado, aunque en ese tiempo no tenía rutinas tan establecidas como ahora. Cada día decidía sobre la marcha qué desayunar, comer y cenar o no. También eso dependía de mis finanzas; hacer tres comidas o sólo una. No voy a decir que mi familia no me ayudaba, claro, pero, a veces, era demasiada la ayuda que necesitaba y eso me avergonzaba. Así que prefería no comer. Pese a mi orgullo, hubo varias personas que me tendieron la mano… por eso, para mí, vivir sola fue una etapa placentera. No niego que experimenté miedos y complicaciones, pero debido a mi soledad, creo que pude conectar con más personas.

Estoy en la década de los cuarenta, pensé que a esta edad muchas cosas estarían resueltas, no es así, lo cual agradezco. Platicando con una de mis amigas, descubrimos que hay una especie de libertad ligera que nos ronda, cada vez es menos importante lo que las y los otros piensen de nosotras, somos lo que somos y lo que hemos construido con todas nuestras buenas y malas decisiones, y pese, eso sí, a un sistema que insiste en excluirnos y precarizarnos, porque somos mujeres racializadas. Supongo que a eso le llaman crisis de los 40, a la certeza de que tenemos menos vida y menos oportunidades y a que quizás no hemos cumplido con lo que se suponía que teníamos que ser o tener en esta década. No sé si hemos derrotado a la crisis, pero al llegar aquí una se quita muchas cadenas, expectativas ajenas, expectativas irreales, sueños rotos, una se siente más con los pies en la tierra. No deseo con esto, menospreciar las otras décadas, pienso que cada una tiene su encanto. Sólo trato de descifrar el encanto de esta.  Que puede radicar en mantenerse vivo.

En ocasiones pienso en la vejez, hace algunos años, reflexioné sobre que lo mejor en el futuro sería recluirme en una casa para ancianos, no obstante, he escuchado historias aterradoras alrededor de ellas. Eso me ha hecho preguntarme por la relación cuidador-enfermo, por qué ésta en ocasiones termina siendo tiránica. En las gratitudes de Delphine de Vigan, se nos habla de Michka, una anciana muy inteligente, que lee todos los días y que de pronto tiene que internarse en una casa hogar porque ya no puede hacerse cargo de sí misma. Pese a su constante actividad intelectual comienza a sufrir una afasia, pierde las palabras, pero tiene el deseo de agradecer a quienes la salvaron de morir en el holocausto. Con el tiempo la residencia comienza a ser una especie de jaula, la necesidad de mantenerla viva, mina sus libertades. ¿Tenemos derecho a hacerle eso a los ancianos y enfermos por conservar su salud?

Si me coloco frente al ojo escudriñador, concluyo que también puedo ser una tirana, lo veo cuando seres queridos de mi alrededor se enferman y yo deseo transformarme en soldado que los obligue a comer bien, a tomar agua, a caminar, a sanar. Es un instinto que en ocasiones surge, quizás de un afán egoísta; no deseo sufrir la pérdida, pero procuro contenerlo, pues trato de no renunciar a la idea de que todos somos autónomos y que podemos tomar las mejores decisiones para nosotras/os mismas/os. Aún así, pienso que las personas que cuidan y que ayudan, tienen la capacidad de transformar en luz cualquier oscuridad, aunque sea por un momento. Tal vez, el sendero sea ayudar cuando es necesario.

Hace unos años, un dolor me atravesó el cuerpo, dejé de poder moverme, sólo pude mandar un mensaje a mi amiga San, quien vivía a unos minutos, ella llegó casi de inmediato a cuidarme, cada vez que la veo le agradezco ese gesto. Cuando vivía sola, solía ser imprudente con muchas cosas, me rompí el tobillo practicando yoga y allí estuvieron mi madre, familiares, amigas y vecinas para que esa temporada de inmovilidad pasara rápido. A veces en las tragedias y en las enfermedades, es cuando nos damos cuenta de que esa soledad, esa individualidad que tanto nos inyecta el sistema capitalista no existe, que hay resistencias. Uno puede verla en Si la vida te da mandarinas cuando Oh Ae-sun, la protagonista, vive una tragedia, se pregunta cómo es que sobrevivieron y recuerda a todas las personas que la mantuvieron viva pese a la situación. 

La misma premisa tiene la película Un hombre sin pasado en la que un hombre llega a Helsinki, Finlandia,  y sin ninguna razón es golpeado por un grupo de hombres hasta que queda semimuerto, a consecuencia de esto el hombre pierde la memoria, pero en la comunidad, que está en una de las zonas más pobres de la ciudad, es cuidado por todos, gracias a esto y a que se enamora de una mujer que pertenece a una organización de caridad, sobrevive. Las personas lo ayudan, aunque no tiene nombre y no lo conocen. No puedo enumerar a la gente que, sin conocerme, me ha ayudado de uno u otro modo, sólo deseo que la vida les retribuya con creces. Mientras tanto, para aquella que da la mano sin importar, va esta ofrenda.

Canción PAHA VAANII  (Mal malo) del soundtrack de «El hombre sin pasado»

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Acerc-Arte||Palabra clave: Empatía.

Por Reyna Morales B.

El objeto de mi amor-odio: mi bastón…

Tengo 51 años. Mismos que he vivido intensamente. Mismos que han traído eventos buenos y eventos devastadores.

Fui una niña sana. Corrí todo lo que pude: jugando, en la clase de deportes o huyendo de la chancla justiciera de mi madre… Corrí detrás de gatos, gallinas, conejos y palomas, a veces atrapándolos con bastante éxito. Trepé árboles, brinqué la barda de mi casa y caminé grandes extensiones de la ciudad sólo porque tenía ganas de hacerlo… Bailé sola y acompañada: en mi recámara y en las fiestas… Me fui de excursión y fui una pata de perro profesional… Caminé sola con mi alma y con un montón de amigos… Cuando fue el momento corrí, brinqué, jugué y salté junto a mi inquieta hija… Pero pasan cosas. Se complican. Y de un día para otro, me quedé postrada en cama. Por tres largos y horribles meses. Y cuando podía incorporarme, mi rodilla parecía una liga tensa, muy tensa que en el momento menos esperado, se volvía un resorte que me hacía perder el equilibrio. Caminando, bajando escaleras o incluso estando de pie, ¡me caía! Cuando por fin un doctor supo que era lo que me estaba pasando y me dio el tratamiento adecuado,  poco a poco la fui librando. El movimiento de mis piernas mejoró y el dolor comenzó a ceder… Pude levantarme y comencé a conquistar los espacios fuera de mi casa… Pero ya nada volvió a ser igual. Camino pero distancias cortas. Correr, bailar o brincar ya no forma parte de mis actividades cotidianas. Subir o bajar escaleras es la Hidra que tengo que vencer día a día Y estoy condicionada a un horrible bastón. Si salgo cerca de casa y cuando voy acompañada, puedo olvidarme de él. Pero si voy sola y a distancias lejanas, como la universidad (es que vivo en Muy, Muy Lejano) tengo que llevarlo conmigo…

«La discapacidad es una cuestión de percepción. Si puedes hacer una sola cosa bien, eres necesitado por alguien»

Martina Navratilova

Y es así como empieza el suplicio. Y no sólo por la incomodidad física (el dolor en mi rodilla, en mis músculos y en la cadera). Son todas las peripecias que tengo que enfrentar. Y es que a veces las personas no son capaces de entender algunas cosas… No vivimos en una sociedad que empatice mucho. La ciudad, aunque ha tenido algunas modificaciones, en realidad no esta hecha considerando las diferencias físicas de las personas. Y algunas personas nada más no cooperan. En el transporte público, por ejemplo, me ha pasado que sólo me observan, con lástima, con morbo, pero sin inmutarse, sin apoyar. Sólo observan y ya. Es incómodo llevar tu mochila y estar sorteando los movimientos bruscos de choferes que manejan sin el más mínimo cuidado. No digo que siempre, pero he pasado por cosas así. En el metro, bueno. Otro numerito. Trato de irme en los vagones exclusivos para mujeres. Casi siempre alcanzo lugar. En alguna ocasión he tenido que solicitar el asiento exclusivo. Y en otras, me lo ceden… Pero con caras de molestia… Curiosamente, si me voy en un vagón mixto que va lleno, la mayor parte de las ocasiones en que me ceden el asiento, son hombres. En general la gente en la calle o en lugares públicos son considerados. En la universidad tampoco tengo quejas. Mis profesores han sido comprensivos y me dado las facilidades para no perder semestres. Mis compañeros son amables y educados… De vez en cuando algunos chicos o chicas de semestres iniciales si tienden a ser medio desconsiderados, por ejemplo, con el elevador. A veces se suben en bola y me dejan esperando porque ya no hay lugar para mi. O incluso, el otro día dos chicas iban caminando detrás de mi. Cuando vieron que iba para el elevador, corrieron, me rebasaron y se subieron al elevador, ignorandome por completo. Otra vez, tuve que esperar.

Aunque no todo es malo… Trato de ver lo bueno y/o positivo de esto, de aprender. Por ejemplo, valoro más mi cuerpo. Lo respeto más. Lo cuido tanto como es posible. Aprendí a valorar el tiempo de maneras diferentes. No voy a contra reloj. No lucho contra él. Siempre he dicho que soy hija de Cronos (es que soy Capricornio). Es ahora que entiendo mejor porqué. Trato de aprovechar que soy lenta, que no voy a velocidad megaultrasuper acelerada. Ya no. Utilizo los sentidos para ver, escuchar, sentir, saborear y oler lo que me rodea… Soy feliz conmigo… Aunque a veces extraño mis antiguas actividades…

Pero aquí, solo importan dos cosas:

1. La empatía de las personas. Estamos en un mundo que va a velocidad vertiginosa, pero es necesario parar, respirar… Tomar las cosas con calma… Y entender que no todos podemos ir al mismo paso. No se trata de que los demás cambien radicalmente su forma de vida, pero si de que se detengan a pensar que aún a personas «sanas» (yo lo era) algo les puede pasar. Una enfermedad, un accidente ¡la edad! te pueden cambiar la vida de un día para otro… Por eso es importante ponernos en su lugar. ¿Cómo sería tu vida con limitaciones físicas o mentales? ¿Cómo te gustaría que fuera?

2. Quienes enfrentamos situaciones así no debemos dejarnos caer. Está prohibido abandonarse. En una situación así sólo hay de dos: o te enfrentas al mundo, adaptándote y aceptándolo o te olvidas de ti y el mundo, te rindes y te dejas… La segunda, definitivamente no es opción.

   El mundo ya es demaciado violento… Seamos más amables con los demás y sobre todo, con uno mismo.

Diagnóstico tardío

Versátil : La libertad de pensar


Osmara Rodriguéz

El mundo es demasiado.

Para mí, siempre fue así.

Naturalmente, fui llamada exagerada por ver lo que otros no veían.

Crecí con la certeza de que este mundo no fue creado para mí o que yo no fui creada para habitarlo.

Amando lo que otros no,

En vano deseaba encajar,

practicando frente al espejo mis sonrisas,

enmascarando mis hábitos,

buscando moldear mi existencia fallida.

Sufriendo por lo que otros no,

asfixiada por el peso de no tener respuestas.

¿Quién hubiera sido de haber tenido mi diagnóstico a tiempo?


Las pruebas de detección para el autismo están basadas solo en hombres, por lo cual la detección de autismo en mujeres es casi nula

Por cada mujer con diagnóstico hay entre 3 o 5 sin diagnosticar.

Como consecuencia las mujeres autistas son 13 veces mas propensas al suicidio ; tener un diagnostico no debería ser un privilegio sino un derecho .

Polilla en Versos | Las Ciudades (No) Visibles. Parte III

Por Paola Rodríguez

San Antonio de Padua


El pueblo de San Antonio de Padua es una localización poco conocida que tiene una característica bastante inusual. Se mueve. Este pequeño territorio es capaz de desplazarse entre un municipio y otro, cambiando su ubicación geográfica mientras avanza por todo el país. Lo han visto en los ranchos más pequeños del norte y en grandes ciudades del sur, hubo avistamientos en las orillas de los bosques y sobre la arena de las costas. Se dice que tiene 15 paradas en mi estado y al menos 124 en todo el territorio nacional.

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo y dónde puedes encontrarlo (o en dónde puede encontrarte él), a veces va por las carreteras más solitarias y vacías, entre las cañadas de los cerros o incluso bajo la tierra. Dicen que lo que parecía un minúsculo pueblo ha crecido a pasos agigantados, devorando a mujeres y hombres, niños y ancianos, cualquiera que se tope de casualidad con su territorio y pueda aumentar el número de la población. Lleva en sus muros varios letreros que recitan en feas caligrafías “VACANTE de empleo”, pero los carteles se han cubierto con un tapiz de rostros impresos bajo la palabra Desaparecido. Es un pueblo de no retorno.

A pesar de su singular habilidad, casi nadie habla sobre esta localidad, no existen estadísticas sobre ella, ni un pequeño registro siquiera, los mapas niegan su existencia y los noticieros son renuentes a decir su nombre, es como si fuera una sombra, la sombra de un pueblo que se esconde en todos los poblados. Se habla de un grupo de mujeres que logró seguir su rastro y con esfuerzos dieron con algunos de sus habitantes. Escuché que el último avistamiento fue en Teuchitlán, pero yo lo veo en todo el país.


Biografía del autor. Paola Lizbeth Rodríguez Gómez (Tepatitlán de Morelos, 1999) Egresada de la Licenciatura de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Algunos de sus textos narrativos han sido publicados en la revista de literatura Al Margen, además de otras pequeñas colaboraciones en revistas independientes y fanzines. También disfruta de la poesía visual y el art-journal.