Por Montserrat Ruiz
Ubicado en el centro de la ciudad de Guadalajara desde 1959 en el edificio de la calle Enrique González Martínez número 78, se encuentra el emblemático y famoso café Madoka que albergó al escritor más representativo de México, ni más ni menos que el mismísimo Juan Rulfo.
Hablar del Madoka es hablar de un olor de café de las diversas variedades que te acaricia las narices y te transporta a Talpa el cuento de este mismo autor donde en sus sierras florece, el café se toma en los velorios acompañado de canela de los tantos muertos de sus cuentos como en diles que no me maten y en las noches donde se oye ladrar a los perros, seguramente también debió de beberse cuando la tacha cayó al río, aunque quizá en Luvina no hubiese café tan rico, pero también se respira un aliento a tabaco a ese tabaco predilecto que Rulfo fumaba a diario para darse esos aires que lo envolvían en el misterio de ese genio del mismo viento arremolinado que se come al llano en llamas, el Madoka es el testigo de los amores imaginarios y de los amores lúcidos añejos.
El antaño de sus hojas secas no pasa en vano sin embargo aún guarda esa nostalgia de los días pasados, precisamente es aquí donde el autor se dice popularmente y por medio de una testigo fidedigna apodada con cariño la Bibi mesera ya de antaño, cuenta que cuando trabajaba en el Madoka atendía a Juan Rulfo que llegaba alrededor de las ocho de la noche y se iba a las 10 pedía un espresso y una coca y a menudo.
Hoy el Madoka es como un jardín que lleva sembrado el paso del tiempo, es el testigo mudo de las historias y de cuántas personalidades lo hayan pisado, te imaginas tu entrado por esa puerta en los años 70’s y ver a Rulfo escribiéndole una carta a Clara mientras bebía un café, imagínate hablando con él sobre la literatura y un México siempre en pasado.


Montserrat Ruiz
Aspiro a ser poesía, coordinadora en colectivo Crearte, conductora en el podcast de Toma dos, escritora aficionada en Medium y ERRR MAGAZINE
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