Ella está soñando

por María Fernanda Vázquez Castillo

La única luz que aún prevalece es la de las estrellas, dentro de este sueño infinito, donde el máximo color es gris, el cual no ayuda a recuperar la fortaleza de mi alma, si es que ella existe o probablemente sea nada más que una creación.

Llegas por el eterno camino negro, puedo ver tu delicada silueta desde donde me
encuentro, siempre me ha arrasado la sensación de permanecer, aunque sea de este modo, a tu lado, aun cuando sé que mi anhelo es el tuyo propio, porque nada me pertenece, todo es tuyo. Nunca tendré ningún problema en ello, no existirá mientras todas las noches regreses. Dejando así que, desde el árbol de tus sueños, donde reposo yo, te observe al regresar.

Los destellos se reflejan, ahora, sobre tu rostro entrando por el alfeizar de tu
ventana, comienzo a acercarme. Tus pequeños ojos empiezan a abrirse y entras a un sueño, uno donde me encuentro yo.

Ahora puedes verme.
No me reconoces, nunca lo haces; muchas veces me siento como un tonto por
mantener la esperanza de que algún día lo hagas.

— ¿Quién eres? — tu voz sale a penas como un susurro, una vez que estoy cerca de
ti me analizas, pero en tu mirada no hay miedo sólo deja vislumbrar confusión. En lugar de responder te tiendo mi mano como cada noche, aguardando a que la tomes y sentir el cálido tacto de tu mano sobre la mía.

Al inicio luces indecisa y es entonces cuando me acerco más a ti, sintiendo el leve
destello de calidez humana, de viveza profunda y de ensoñación efímera, nuestros ojos
hacen contacto, tus brillantes pupilas celestes, siendo lo único con color en este mundo gris, parecen reconocerme, me acerco más para depositar un inocente beso sobre tus pequeños labios, rodeas mi irreal cuerpo con tus brazos, lo sé ahora ya has recordado. Te ríes como una niña y das ligeros saltos de emoción. Es inevitable unirme a este instante de alegría donde sólo estamos nosotros dos, intento ignorar el hecho de que al amanecer todo nuevamente se desvanecerá.

Sales por la ventana, me apresuro a seguirte mientras dejas que el viento nocturno
caiga sobre ti, das vueltas haciendo que tus cabellos castaños se alboroten, evocas en mi
alegría, una incapaz de ignorar. Caminas hasta el árbol, donde cada noche espero tu llegada. Sin hacer nada relevante mi iluso corazón se emociona sin más, con melancolía por el conocido final.
¡Te amo! Eso es lo que quiero decirte. No, lo necesito. Necesito tenerte conmigo, en
este mundo, el cual no es más que un producto de tu imaginación. No puedo pedirte que te quedes, pues abandonarías tu vida, donde si hay cosas reales. No me lo perdonaría.
— Me gustaría estar así para siempre — aún con el tono bajo de tu voz, se nota la
seguridad en tus palabras. Nuevamente no respondo a tus palabras, me inunda el deseo.
Dejo como cada noche, que el tiempo pase mientras vemos juntos un quimérico anochecer. Doy un pequeño vistazo a tu habitación, ahí está tu cuerpo descansando con una interminable paz. Aunque no lo vea claramente sé que estas sonriendo entre sueños.

Tengo una interminable colección de momentos contigo, sin embargo, tú no
recuerdas ninguno. Sé que cuando el sol aparezca yo ya no existiré en tu mente, me iré
similar al humo, que ante un leve roce deja después sin rastro.

— ¿Lo recordarás? — la pregunta surgió de mí, mostrando un anhelo mío y de ella.

— No. — Ya conocía la respuesta.
El amanecer estaba comenzando y en este mundo artificial todo estaba
desapareciendo. Tus ojos comienzan a cerrarse, solamente siento mágicamente el ligero
peso de tu cuerpo sobre el mío, se desprende poco a poco, dejo poco a poco de sentir todo, tú te llevas mis emociones.

— Ella está durmiendo. — Dije para mí.

La tomé entre mis brazos, volví a entrar por la ventana para colocar tu cuerpo
dormido, mientras el otro continúa soñando, vuelves a ser la misma, a ser real.
Es de mañana, una vez más. Todo se desvanecerá. Como si nunca hubiera pasado.

Ahora yo soy nuevamente un sueño olvidado.


Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, pero ahora vivo en el estado. Actualmente tengo 18 años y soy estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

Desde pequeña tuve un interés por la literatura, principalmente por la creación, más adelante por su estudio. Es por ello que con el paso de los años he buscado mejorar mi estilo de escritura para mostrarlo a los demás.

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Sacudirse la ciudad

por Paola Flores Miranda

Víctor

Me recibe con sus ojos furiosos. Me hace saber que no soy bienvenida en su jardín. Agarra su mamila y se acuesta boca arriba en una manta blanca extendida, a un costado de la parcela. Dobla sus piernas para que sus pies desnudos se recarguen en la hierba. Ha insistido en quedarse en pañales y camiseta de tirantes, aun si la piel de sus brazos se eriza cada que el viento se hace presente. Víctor cede a la calma que provoca el efecto de succión y desliza su mano entre las plantas. Sus dedos identifican texturas y cran con su propio ritmo, el ritual que asegura el sueño.

El huerto

Bajo en la estación Circuito del Metrobus línea uno de la Ciudad de México. El sonido de  los coches al pasar, se asemeja a los zumbidos de insectos. Comienzo a imaginar que estoy entre abejas furiosas decididas a atacar, hasta que un tráiler impertinentemente acelera y deja una nube densa de humo y molestias. La estrepitosa atmosfera que se establece, me regresa a la realidad y casi de manera intencional, me recuerda que estoy en la ciudad, lugar en donde los ruidos de las máquinas son los que se imponen. 

El vehículo desaparece y da visibilidad al huerto de las Niñas y los Niños. Sobresale la milpa que crece imponente y se instala poco a poco como protagonista, como el gran éxito de todos los experimentos que se realizan en el huerto. La milpa transmite su mensaje, nos dice que está aquí para legitimar la sabiduría ancestral y recuperar el terreno que le pertenecía hace siglos. 

El Huerto de las Niñas y los Niños se ubica en la delegación Cuauhtémoc en la Ciudad de México, se encuentra en la intersección de la Avenida Insurgentes y Circuito Interior. El puente que une las dos estaciones de Metrobus, es también el acceso a la entrada del huerto urbano.

El espacio se desvanece ante la circulación infinita de vehículos y peatones en masa, que no tienen otro objetivo que trasladarse lo más rápido posible de su casa al trabajo, a las compras, a la escuela, a resolver pendientes o cumplir alguna obligación. El ambiente además de cargar con las partículas contaminantes; resultado de esta movilidad, concentra el estrés, cansancio y frustración de miles de personas que no encuentran pausa ni descanso en esta ciudad. El huerto observado desde el puente, es un sueño casi inalcanzable, un paraíso al que casi nadie accede porque hay prisa, fatiga y saturación, y porque la curiosidad ha sido exterminada en esas largas jornadas de trabajo.

Las enredaderas de chayote que desbordan la reja del huerto opacan la vorágine que representa una de las avenidas más importantes de la ciudad. Ese color verde que gracias a las lluvias recientes, pinta de manera cada vez más intensa, el entorno gris que prevalece. 

Distingo la mesa donde cultivan las fresas, puedo percibir las hojas expandidas y los racimos de la fruta roja colgando. Las hierbas han crecido sin restricción, invadiendo como pequeños ejércitos incontrolables, la organización del huerto.

Voy hacia la parte de atrás donde se encuentran las parcelas. Ha llovido la noche anterior, aun si no lo supiera, el huerto me lo diría. Basta con sentir el olor a fresco, la hierba húmeda y las corrientes de aire ligero que llegan de vez en vez, para deducirlo. 

Vero

Vero es la mamá de Víctor, vive en el oriente cerca del metro Coyuya, al otro extremo de la ciudad. Ha decidido cambiar de trabajo para tener más tiempo con su hijo. Menciona que no le va como quisiera, tampoco le gusta lo que hace, pero al menos ya llega más temprano a casa. 

Vero participa en el huerto desde hace 4 años. “El huerto me relaja, es una salida al ajetreo diario”, me dice.

Comienza a deshierbar la orilla de su parcela y casi por inercia, copio la actividad. Tomamos la planta del tallo, jalamos lo justo, lo necesario para no romperla. El tronar de las raíces que atraviesan las capas de tierra acompaña nuestra coreografía. Los pensamientos comienzan a transformarse en ligeras hojas secas que vuelan con el viento. La calma invade nuestra respiración. Fijamos la mirada a la tierra que se desacomoda, y espolvorea sutilmente la piel de nuestras manos. Los insectos salen despavoridos buscando otro refugio.

Vero, Víctor y el huerto

¿Por qué vienen? Le pregunto.

“Quiero transmitirle este contacto con la naturaleza con la gente, la tierra y los alimentos… cuando pienso eso, me animo a venir”: Contesta, Vero.

“Vengo al huerto desde que estoy embarazada, solo falté un tiempo después de que nació mi hijo. Aun si es difícil por el trayecto, la gente, la pañalera; estamos aquí cada domingo. Imagínate el regreso en el metro se queda dormido y tengo que cargarlo hasta la casa”.

Víctor despierta, los incisivos rayos de sol continúan así como su mirada retadora. Apenas se reincorpora y toma de la mano a su mamá. Agarra su mini regadera y la sumerge en un cono de vialidad invertido que han recuperado y rehabilitado para usar como recolector de agua. Se escucha el sonido de las burbujas de vacío que se forman. Mete casi todo su brazo al cono. Se ha mojado más de lo permitido. El agua es fresca, él se ríe. 

Deja caer sin reparo el agua a la parcela. Se agacha para ver cómo penetra en la tierra, como la absorbe rápidamente. Persigue con su mirada los arroyos diminutos que se forman en los surcos de lodo. Revienta con sus dedos las gotas de agua instaladas en las hojas de albahaca. 

Concentrado, decide sacudir la planta bruscamente.

 Vero lo interrumpe “Mejor huélela, siente qué rico”, le dice.

Víctor me toma del brazo y me jala como invitándome a olerla. 

“Yo quiero que Víctor tenga una relación con la Naturaleza, con las plantas, que no le den miedo los insectos, que  toque y experimente todo lo que hay aquí”, comenta.

Víctor se aleja cautelosamente por el camino estrecho que divide las parcelas El entorno reacciona a su paso, los insectos vuelan, los olores se desprenden. Los pájaros se acomodan en las enormes gladiolas rojas que rodean el jardín de cactáceas. Es un mundo vivo. Un mundo que se desprende del entorno.

“Aquí nos sacudimos la ciudad”.


Socióloga por la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México. Feminista y estudiosa de los movimientos urbanos. Aficionada a lo que pasa en la ciudad, a recorrer las calles y observar meticulosamente lo que sucede.

paolaflores1982@gmail.com 

Crónica de la sombra

por Priszcille Andaluz

Crónica de la sombra

De la vértebra desprende mi médula consciente

Desaparezco, desvanezco…

En la sombra despojo el control de mi mente, 

Me vuelvo espejo, guante de pensamiento.

Limbo emergente de enmarañes, me ato a las hebras de mi memoria

Enredando en lo más físico de mi realidad, 

Capturando a mi ser en lo mas profundo de la aberrante y oscura -patía…

Crónica de la asfixia.

… Siento hebras acechándome, me lastima la memoria tibia, lenta y vulnerable…

Casi como si yo no sea yo.

Me cega el resplandor de la angustia y me inunda la crueldad de lo inestable; temblando desde el intestino sólo me veo perder.

Hundida en el surreal limbo de mi ser; no recuerdo respirar

No sé gritar y los nudos de la garganta me enredan junto con las hebras de mi memoria.

No hay lugar, no hay “yo” …. No hay existencia.

Sólo impulsa el terremoto en mis manos y en mi alma y el ahogo de mi voz.


Priszcille Andaluz

Psicóloga en formación por la Universidad Latinoamericana; actualmente trabajando en tesis para titulación y en proceso de selección para maestría en arte-terapia.

He escrito experimental y “experiencialmente” para aliviar mi alma. 

“Anda, ¡Atropéllame!”

por Verónica González

Los carteles multicolores, antes sostenidos con indignación, yacían en el suelo.

Las consignas, antes coreadas al unísono, se habían convertido en murmuraciones difusas. 

Los manifestantes, antes solemnes e incorruptibles, ahora miraban con curiosidad burlona.

Entre los letreros de precaución y los escombros de una casa de otros tiempos, se hallaba una imponente máquina excavadora, rugiendo amenazante. Recostada, impidiendo el paso de ese gigante de una tonelada, yacía una mujer de expresión serena, que no habría de pesar más de sesenta kilos.

El cuadro era surrealista, ¿Quién hubiera pensado que esa abnegada madre de modales recatados daría tal espectáculo? 

Más surreal aún, era ver cómo la multitud cambió de enemigo en cuestión de minutos: Inicialmente, sus quejas iban dirigidas a los empleados de la inmobiliaria multinacional que amenazaba a su barrio, pero ahora parecían dirigidas hacia esa mujer, que llevaba semanas informando a los vecinos sobre cómo ese proyecto afectaría a sus viviendas. 

-En buena onda, ¡No había que hacer tanto drama! –Comentó un vecino, dedicándole una mirada de desdén a la mujer, a través de sus gafas de sol.

-¡Controla a tu esposa, Javier! Nos pone en vergüenza a todos. –Reclamaba el alcohólico del pueblo, liberado bajo fianza luego de uno de sus tantos desmanes exhibicionistas.

-Ya, levántate, no seas ridícula. –Dijo, entre dientes, el esposo de la mujer, avergonzado por las miradas desaprobatorias de sus vecinos. 

Para completar esa sinfonía de alegatos, los relámpagos en el cielo gris hicieron acto de presencia, pero ni siquiera la tormenta de verano dispersó a la multitud, siempre ávida de espectáculo.

-¡Quítese, maldita vieja loca! –Gritaba el operador de la excavadora, mientras continuaba intimidando a los presentes con los rugidos de la máquina, como si de un auto de carreras se tratase.

-Póngase a trabajar y déjenos trabajar a nosotros –Decía el abogado de la inmobiliaria, quien sería juzgado por lavado de dinero unos meses después.

Los otros enviados de la empresa tomaban fotografías y amenazaban a los vecinos,  incluso animaban a su compañero a poner la máquina en movimiento; pero eso no era digno de la atención de los manifestantes, quienes seguían aprovechando la ocasión para desquitar sus frustraciones contra esa mujer, ahora enlodada por la lluvia. 

-Ya levántese, vecina. No se ensucie -Dijo, tímidamente, la anciana de la casa de al lado, que no dejaba de pensar en lo difícil que sería quitar ese lodo asqueroso del atuendo recién terminado de pagar que portaba su amiga.

Pese al mal clima y al público en su contra, la mujer permanecía impávida a un metro de la máquina, sin responder ni a provocaciones ni a consejos.

-Ya, doñita, quítese de ahí, vaya a atender su casa. El proyecto ya se decidió y le prometo que la va a beneficiar.  –Dijo, en tono condescendiente, el ingeniero a cargo, mientras se inclinaba junto a la mujer y le ofrecía su mano para ayudarla a levantarse.

-Su empresa hizo el edificio gigante de atrás, por culpa de ustedes no tengo agua, mi casa se está hundiendo y tengo grietas en las paredes. A mí no me vuelven a hacer tonta. -Respondió la mujer, sin mirarlo a los ojos, dejándolo con la mano extendida. 

-¡Voy a mover esta máquina y me importa un carajo si la aplasto, histérica! -Gritó el operador de la excavadora, respaldado por las miradas cómplices de los presentes. -¡Quítese o enfrente las consecuencias! 

Sólo entonces, la mujer se levantó solemnemente, dedicado a todos una mirada desafiante. Una vez de pie, quedó justo frente a la excavadora. Su postura orgullosa intimidó al operador de la máquina, quien no pudo sostenerle la mirada ni un momento. 

Incluso la tormenta quiso favorecer el impacto del momento, acabándose poco a poco, para permitir que la voz de la mujer se oyera fuerte y clara.

-Cuando venga el próximo terremoto y sus edificios mal hechos caigan sobre mi casa, ustedes serán quienes no se atrevan a enfrentar las consecuencias. Mejor aplástenme de una vez. –dijo la mujer, con un tono de voz severo que quizá sólo sus hijos conocían. 

La mirada esquiva y dubitativa del operador había invertido los papeles. Ahora la mujer exigía impaciente el cumplimiento de la amenaza, con la actitud irreverente de quien sabe que ya no hay nada que perder. 

Con los brazos extendidos, la mujer se abrió paso entre el lodo y el escombro, sólo para situarse justo a los pies de la excavadora y gritar: “Anda, ¡Atropéllame!”


Vivo en la Ciudad de México. Soy estudiante del Colegio de Estudios Latinoamericanos, de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. He participado en varios coloquios estudiantiles de la facultad y he colaborado con algunas revistas digitales independientes. Practico danza folclórica y yoga. Disfruto escribir sobre temas diversos. Mis intereses oscilan entre la literatura, la sociología, la historia, la antropología y el feminismo. 

Matrimonio

por Yolanda López Martínez

Salió de la habitación enojado porque no podía encontrar la maleta para irse con su madre y empezó a gritarle a su esposa, mientras ella lavaba los trastes.

― ¿Dónde está mi maleta, mujer? No puede ser que siempre que busco algo no está donde debe. Según tú no querías una que nos ayudara mi mamá porque tú podías sola con la casa, pero ya vi que no.

Espero que aprendas pronto, llevo cinco años aguantandote. No sé cuando te vas a dignar hacer las cosas como a mí me gustan.  

¿Aún no lavas la ropa? ¿Qué pretendes que me lleve? Por  lo menos ahora mi madre me va a creer que no me sirves como mujer. Todo el  tiempo te defiende diciendo que pronto serás la mujer que merezco, que te tenga paciencia, pero sabes muy bien que ese no es mi fuerte.

Me casé contigo por pura lástima. ¿Sabes lo patético que era verte de un lado a otro de la facultad con tus libros? Salí contigo por lástima y porque tenías fama de coger rico.

¿Ahora no vas a llorar? Así me gusta más que no digas y no hagas nada. No sabes cómo odio aguantar tus berridos. Yo no tengo la culpa que tu padre te haya tratado como princesa toda tu triste vida. Una chinga de vez de en cuando te hubiera caído bien para quitarte lo mimada.

¿Te vas a quedar parada lavando los trastes? ¿No vas a chillar? En serio que no te entiendo. Cuando te dije que me iba a ir con Azalea de vacaciones porque tú te sentías mal, berreaste y me suplicaste que no lo hiciera que me quedara porque estabas sola ¿y fue mi culpa que cayeras mal y perdieras al chamaco? ¿No, verdad? Al final de cuentas, para tu suerte, Azalea resultó ser más mojigata que zorra y decidió no venir, lo bueno que no tuve que verla de nuevo porque firmó su renuncia sin objeción a la maldita perra.

Esta vez no me voy a quedar, me largo. ¿No vas a decir nada? ¿Te vas a quedar ahí lavando? ¿Me estás escuchando?

Se acercó a ella para golpearla, pero no podía sentir la tela de la ropa o el calor del cuerpo de su esposa cuando puso su mano sobre su hombro.

― ¿Qué es esto? ¡Mírame!

Él trató de tirar un vaso de la mesa, la sensación de no traer nada en las manos era la misma. Dio unos pasos hacia atrás. Se tropezó con algo y cayó de espaldas sobre él, era su cadáver.

― ¿Qué hiciste, mujer? ¿Qué me hiciste? ―dijo con desesperación mientras se levantaba.

Su cuerpo estaba tendido detrás de la barra que separaba la sala de la cocina, tenía varias heridas en el pecho y en el piso había un charco de sangre. Caminó hacia su esposa, ella estaba tratando de quitar la sangre del cuchillo que utilizó.

― ¿Por qué, mujer? Yo solo quería hacerte una mejor mujer para mí ―dijo buscando una silla para sentarse.

De reojo vio un pequeño bulto cerca de la entrada de la habitación. Se acercó porque el bulto se movía y empezaba a materializarse de a poco. Tirado en el piso estaba el feto que su esposa perdió cuando él la pateó y cayó sobre su vientre. El feto estaba cubierto de fluidos y aún tenía la placenta. El hombre gritó y trató de patear al feto para quitarlo de ahí, pero parecía que el bebé no se despegaba de ese lugar.

La mujer entró a la habitación y se sentó en la cama mirando a la puerta.

― Bueno, sabíamos que esto iba a pasar.

El hombre se estremeció porque pensó que al fin podía verlo, la realidad es que ella le estaba hablando a su cadáver.

― En algún momento tú me ibas a matar, ya no quería seguir con esta vida. Tu madre y la mía nos tenían mucha fe porque fingimos muy bien frente a ellas, mi papá sospechó de ti desde que éramos novios, aunque yo te defendía y él comprendía que me hacías feliz. Ahora tendré que pensar qué y cómo les diré que ya no estás, tal vez pueda deshacerme de tu cadáver, necesito más tiempo para cortarte, quitarte la carne y desangrarte. Podré decirles que me abandonaste por otra mujer, pero tu madre se va a preocupar por su “niño” y querrá contactarte. Odio la relación que tenías con ella, tan meloso y respetuoso. A mí nunca me diste eso.

Creí que el bebé te cambiaría el carácter, era un hermoso bebé varón, pero hiciste tu berrinche, me golpeaste y murió dentro de mí. Lo que me dolió fue mentirle a mi padre diciéndole que fue un problema con el embarazo porque él estaba dispuesto a matarte, yo no quería que mi padre se manchara las manos con tu asquerosa sangre.

Tengo mucho trabajo que hacer contigo ahora. Tú que siempre me hacías dudar de mi habilidad como enfermera y creo que en esta ocasión la aplicaré.

La mujer se levantó de la cama. El hombre se sentó a la mesa y durante las siguientes horas observó todo lo que su esposa le hacía a su cadáver sin poder decir o hacer nada.


Yolanda López Martínez nació en la Ciudad de México. A una temprana edad se percató que las historias servían para entretener, conocer nuevas cosas y, sobretodo, para asustar.

Consumidora de libros y películas del género de terror, se dedicaría durante sus años escolares a perfeccionar su forma de escribir para crear nuevas maneras de asustar y tener su propio mundo infestado de seres sobrenaturales. Al salir del bachillerato, decidió estudiar la licenciatura de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) para seguir aprendiendo a mejorar su técnica. Al terminar la licenciatura trabajaría durante un tiempo como profesora en un programa social del gobierno fomentando en sus alumnos el gusto por la escritura y la lectura.

Dos poemas

por Amelia Serrano Arias

Ya no existo

ya no existo,

solamente brillé en tu cabeza,

corrí por las nubes de tus ideas,

te robé las horas, pero el tiempo no se detuvo.

no existo en este mundo,

ya no siento tus manos sobre mis sueños.

no vuelo en el mar con los perros,

y dejé de cantar con los gatos en la luna.

ahora cuelgo mis recuerdos en un lazo de estrellas para secarlos, 

pero siempre destilan ilusiones.

menos viva cada vez;

me marchito,

ya no estoy ni en las raíces.

¿no tiene sentido, cierto?

no importa porque dejé de existir,

me dijo la vida recogiendo mis restos.

Arte inocuo

el viento soplaba,

la puerta se cerró.

me quedé fuera, 

mientras corrí por un jardín de girasoles,

danzaban como indígenas el  wi wanyang wacipi (danza de mirar fijamente al sol).

de pronto sentí que me encontraba

en una obra de Van gogh.

caí de espaldas,

en un hueco frío, que despertó mi alma.

caminé.

todo en torno a mi se derretía,

todo menos el tiempo.

¡maldito Dalí!

inhalé

sin duda era el salitre del mar

lo que llegué a sentir.

ahí estaba, tu respiro,

en el choque de cada ola contra la ribera,

tu exhalación.

bendito Joaquín Sorolla 

y su paseo a la orilla del mar.

lloré

colgué mis lágrimas con perchas de oro,

que escurrían por mi rostro

en el lienzo de mi existencia,

era arte,

sin duda mis pasiones

las reflejó Klimt.

desperté 

de un sueño inocuo

al que no tendré la dicha

de volver más.


Llegué al mundo vestida de curiosidades, pero con el alma desnuda, tal como manantial virgen listo para ser descubierto. Nací un 28 de marzo de 1994 en Tegucigalpa, Honduras. Siempre supe que en la vida todos tenemos un sin fin de historias que contar, muchos deciden encarcelarlas y otros rompen las cadenas para que sean libres. Nuestra imaginación vuela, pero no tan alto como vuelan nuestros más profundos sentimientos. Es por ello que me propuse buscar mi propia historia entre letras, palabras y otras vidas que tal vez eran mías y tal vez no, así comencé este camino de locura. Considero que cada día que pasa te das cuenta que es el primero de tu vida y una página en blanco grita dentro de nuestro libro con una remembranza que quiere ser contada. El paso del tiempo nos va dejando momentos que a veces quisiéramos borrar, pero he aprendido a escribir con ellos. Como mujer la poesía me arropa en su manto y me libera de las cadenas que me han tratado de imponer y no han podido. Le brinda los colores más cálidos a mi alma y me hace florecer con cada verso que paro con dolor, creando vida en él. Mi grito lo dejo en cada poema, como un grito de victoria que se corona en cada persona que me lee, demostrando que no tengo miedo. Que las barreras que me infligen solamente están en mis recuerdos y con ellos por dolorosos que sean puedo hacer arte. Escribo porque para mí es una forma de regresar a la vida, cuando siento que estoy muerta. Porque deseo ser la lluvia que cae en los días de verano y nos brinda la calma; ser esa taza de café caliente por las mañanas que preparamos con ansias y al sorberla nos hace recuperar el sentido. Busco darle paz a la guerra que llevo dentro atacando con palabras las balas. Aprendí que las historias no se escriben solas, que más que palabras se necesitan sentimientos por muy duros que sean, porque sin ellos ni el prólogo de nuestra propia vida tendría sentido. La poesía desencadena la jaula que cargo dentro y me hace sentir que puedo volar por el mundo libremente. La vida es una eternidad tan corta que no nos deja tiempo para el olvido y yo no quiero olvidar quiero escribir, quiero sentir, quiero ser historia.

Te gusta

por Ana Luisa Séneca Flores

Te gusta mi boca,

torrente de lava envolvente

donde duermen tus más antiguos deseos

y se hunden remolones entre risas.

Te gusta mi lengua,

ensortijando tus muros,

blandiente cual espada

guerreando con tu asta,

izando gemidos y te amos.

Te gustan mis manos,

barcaza navegando entre las sombras

que aprisiona tus sueños,

haciendo eyacular atardeceres,

acariciando las líneas de tu frente.

Te gusta mi vientre

que se agita, espasma, conmueve.

Anfitriona sutil de tus miradas,

receptora de historias y recuerdos

cobrando vida entre ríos y montañas.

Te gusta mi alma,

que entre rosas y poesía se abandona,

lamiendo fervorosa tus batallas

y se inflama orgullosa de tu esencia.


Nació el 8 de septiembre de 1968 en Tuxpan, Veracruz. 

Estudió la Licenciatura en Relaciones Comerciales en la UJAT. 

Integrante del Taller Literario “Juan Rulfo”, con el Maestro Níger García Madrigal en Cárdenas, Tabasco. 

Participa con textos propios en las Jornadas Pellicerianas de la UPCH, febrero de 2020 en la ciudad de Cárdenas, Tabasco. 

Publica su cuento “Un 8 de marzo” en la Antología “Marzo ocho, vacías para celebrar”, Editorial Inspira Profundo en marzo del 2020. 

Integrante del Taller Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura del Estado de Tabasco, durante septiembre de 2020. 

Soneto para Angélica

por Anel Romero Quezada

Hubo una tía nuestra, fiel como no lo había sido ninguna otra mujer.

-Ángeles Mastretta, Mujeres de ojos grandes

Te quiero

porque yo soy mortal

y tú lo eres.

-Octavio Paz, Carta de creencia

Ángel ilustre, custodia de almas   

Ángel nacido entre musas gemelas   

Con dulces y finas manos amelas   

La esperanza que el destino empalmas  

Angelicales son tus coros de almas   

Aquellas que llevas detrás, Carmela 

Angelicales tus rimas que amela   

Aquella persona, yo, entre palmas  

A ti te otorgo mis fieles respetos   

A ti te ofrezco el amor silencioso   

Y es por eso que construyo sonetos   

Mas fue que por el tiempo desidioso   

Que oculté alguno de esos mis recuentos  

Que corre de mis recuerdos ansioso                                                                              


Anel Romero Quezada, nací el 15 de febrero del 2020 en Irapuato, Guanajuato, pero desde los seis años resido en Guadalajara, Jalisco, México.  Desde niña me ha gustado mucho la literatura, sin embargo, no escribo mucho de este género; me dedico más a lo académico y la investigación.  Desde los 15 años me interesé por el mundo del arte en general y comencé a asistir a cursos de literatura e historia del arte. Actualmente estudio la licenciatura en letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara y soy editora de una revista académica. 

Conozco

por Angelina Tovar

No conozco la palma de tu mano

ni he tenido la paciencia de contar tus cabellos,

conozco solamente el sabor de tus besos

y el ritmo que marca tu pecho cuando en él me recuesto.

Me sé tu sonrisa nerviosa y

memoricé tu sombra,

me reconozco en tu piel y en tus brazos,

pero también me reconozco sola. 


Angélica Tovar, nací el 12 de enero de 1998 en la Ciudad de México. Mi pasión por las letras apareció a temprana edad y desde ese entonces comencé a descubrirme a través del placer de la lectura. Las personas que me han enseñado a vivir son las que me inspiran a escribir. Durante dos años y medio estudié Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana, pero interrumpí mis estudios por una dolorosa pérdida. Decidí comenzar la carrera de Comunicación y Medios en la Universidad Tecnológica de México y surgieron nuevos intereses como el diseño, la fotografía y el cine. El 25 de mayo del 2020 obtuve un certificado verificado del curso Modern Masterpieces of World Literature por la universidad de Harvard. 

Todo saldrá bien

Ilustración por Ana Sofía Fernández




Ana Sofía Fernández

«Soy fanática de los tlacuaches y el café y estudio la carrera de diseño industrial en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Ilustradora en la otra parte del tiempo, donde me gusta crear e idear ilustraciones que vienen a mi mente. Soy introvertida de corazón, pero aun así deseo hacer un impacto en la gente con mis ilustraciones, donde se pueda encontrar en todas partes. Desearía convertirse en un Da Vinci de nuestra época, pero con el reconocimiento que ya tuvo cuando falleció. Aparte de tener mi propia marca, deseo poder adoptar a todos los animalitos callejeros que encuentre.»