Colección

Pinturas en acrílico por Wen Cano

Silencio Compartido
Tiempo a solas
Piromanía



Wen Cano

Wen Cano de Quetzaltenango
Guatemala, artista autodidacta con
técnica de acrílico, ha participado en
presentaciones colectivas en los últimos años, así como en la realización de murales y en exposiciones virtuales, obras que han sido presentadas recientemente
en revistas digitales.

Ritmo, Refugio, Reflejo

Fotografías por Norma Galicia

Refugio
Ritmo
Reflejo



Norma Galicia

Norma Galicia es estudiante de Artes Visuales en la Universidad de Guanajuato. Ha desarrollado un interés por la pintura, fotografía y escultura que reflexiona y analiza la temática social del país, llevando un proceso creativo-técnico  que lleva a la conformación de sus discursos y conceptos para cuestionar además  los medios y soportes que complementa su intención visual de sus obras.

Obras que han estado en exposiciones colectivas: 2017  en el Centro Regional del Centro Occidente, Guanajuato;  Espacio Encerrado, en 2018 en el  Museo Olga Costa-José Chávez Morado, Gto.; Dibujo como proyecto, en 2019 en el Museo Ex Hacienda El Copal en Irapuato, Gto,; Re-presentaciones y evocaciones, en este año en Moyshen The Gallery en la Fábrica la Aurora; Diálogos.

Obtuvo el premio Arquitecto Salvador Covarrubias Alcocer en el marco del concurso Mis proyectos 2020.

Digna rabia

Acuarela de Ximena Vergara Gutiérrez

Digna rabia



Ximena Vergara Gutiérrez

Nació en la Ciudad de México en 1998. Su formación ha sido amplia y diversa.
De manera autodidacta como en casas culturales. Con interés en las diversas
expresiones pictóricas. Enfocándose en el estudio de la anatomía, la medicina,
la salud y la naturaleza, que tienden a ser sus temas recurrentes. Uno de sus
temas favoritos es la naturaleza por su complejidad y estética, los sistemas que
se juntan y la belleza en el movimiento del cuerpo animal y humano. Ha
participado en varias exposiciones grupales y se ha enfocado en transmitir
sobre el dibujo y pintura sus intereses y conocimientos.

Voces en mi cocina

por Elvira Hernández Carballido

¡Que vengan los hilos y las planchas!

¡Los jabones, afeites y cepillos,

el almidón, sobre todo, y el aceite!

¡Ajústenlo todo de nuevo!

¡Que nada rechine!

Necesito levantarme mañana para ser mujer.

Olvidarme que en las noches

La Historia nos aplasta.

-Kyra Galván-

Y cada día, la cocina de Sandra se llena de nuestras voces, de todas las voces, nuestras, rebeldes, sabias, sensibles, voces de mujer. Por eso ella canta, siempre canta, su voz no es nada bella, pero estar en la cocina la inspira. Se levanta, baja a poner la tetera en la estufa y tararea las mil y una noches que pasé contigo. Mientras saca el sartén y pone tres gotitas de aceite, ya su mano izquierda está tomando dos huevos para transformarlos en un omelett gozoso relleno de queso y jamón. Mientras los bate, aprovecha para tararear que las caderas no mienten, como le enseñó Shakira. La palita de madera sirve de micrófono para que cante por un rato esa estrofa provocadora: No estoy loca, no estoy loca, solo estoy desesperada. Coloca con verdadera inspiración maternal su creación en uno de los platos que tienen una imagen del cuadro de las dos Fridas, sabes que la delatan, es y no es quien desea ser, pero las dos sandras se unen por sensaciones, por juego, por el mismo hombre, la misma pasión y hasta el mismo dolor. Trata de imitar la voz de Chabela Vargas mientras repite: “Ponme la mano aquí, Macorina”, cuando empieza a freír los frijoles y canta al mismo tiempo que juega a voltear al aire esa masa de frijolitos apretados. No pueden faltar unas orejitas de pasta hojaldrada, enciende el horno como si sintonizara su estación preferida. Cuando amasa esa pasta blandita, imagina a la bruja cósmica que la inspira, se mueve al ritmo de Janis. Entonces, llega él, sabe que la cocina cierra en ese momento su magia.

Le gusta compartir ese espacio, cree que es un performance de la utopía más deseada, ella y él en equilibrio, iguales desiguales, diferentes cercanos. Siempre le enternece cuando escucha esos pasos varoniles moverse por la cocina. Nunca ha dejado de conmoverse al verlo preparar su café con verdadero ritual: Abre la alacena, toma ese bulto de café traído de la Huasteca hidalguense, siempre un puñito de granos suaves que a veces resbalan entre esos dedos que jamás han lucido un anillo de casado. Lo observa medir, calcular, saborear, probar, sonreír cuando esa bebida oscura queda en su punto. Siempre le dan ganas de perfumarse de café, de ponerse una gota detrás de la oreja y volverlo a seducir.  Claro, como siempre, le llama la atención porque dejó todas las puertas abiertas de cada mueble que utilizó. En son de paz, él toma rumbo hacia el comedor. 

Entonces, otra vez, retoma su canto y camina de puntitas como bailarina dueña del escenario. Acomoda todo lo que ha quedado fuera de su lugar. Es una obsesiva del orden, una aliada de poner todo en su lugar. Algunas amigas le han dicho que no pueden imaginarla en la cocina, tanto luchar para salir de los lugares tradicionales y qué retroceso volver a encontrar un buen cautiverio en ella. Sonríe mientras acomoda las tazas recién lavadas y pienso en el menú de la comida y de la cena. No se siente esclava, se cree poeta cocinando palabras, por eso repite como si fuera un conjuro la voz de esa bruja santa cautiva en el claustro de San Jerónimo: Bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.

Lo repite mientras revisa esa alacena donde guarda todos los enlatados, ordenados por tamaño y contenido, se da cuenta que hace mucho que no aprovecha guisar algo con atún. Sí, podría hacer las crepas de cilantro. Siempre le gusta ver esas tortillas verdes tono bandera, esponjadas y enrolladas con una rica ensalada. No puede creer que haya tomado esa receta de un periódico del siglo XIX, en esos días que hacía su tesis de licenciatura. Al principio, le indignaba encontrar en las páginas de esas publicaciones tantos consejos culinarios o de belleza, recomendaciones para limpiar la casa, para soportar el corsé, para ofrecer una soirée de gala o ser la mejor anfitriona, la madre más santa, la esposa más abnegada. Sin embargo, en esas mismas páginas encontró las otras voces de esas mismas autoras, ellas que oscilaban entre el deber ser y lo que deseaban ser. Otra vez, su memoria privilegiada la hizo musitar otra voz, la de Laureana Wright: ¿Qué necesita la mujer para llegar a esta perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y, sobre todo, amor a sí misma, y a su sexo, para trabajar por él, para rescatarlo de los últimos restos de la esclavitud que por inercia conserva.

Por supuesto, lleva consigo esas voces y sabe escucharlas justo en el momento que es necesario evocarlas, porque están con ella en su salón de clases, cuando escribe, cuando recorre el camino de su casa a la universidad, de la universidad a su casa, cuando va al super, cuando finge que prueba la madurez de un jitomate, cuando puede ponerse triste sin un porqué. Entonces musita a Rosario Castellanos: Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo el último recibo del impuesto predial. Inspirada, quiere que entre la luz natural a su cocina. Nunca compró cortinas, se le ocurrió clavar un pareo con la imagen de Zapata. A toda visita le sorprende encontrar a ese caudillo en un espacio considerado tan femenino, guarida de mujeres, no de revolucionarios bigotudos. Pero, ella insiste en su utopía, quiero a los hombres en estos escenarios privados, es como reconocer que ella sí lo quiere aquí y por eso, ellos deben quererla allá, en el espacio público. No le queda más, que abrir el grifo y repetir muy bajito la frase de Kyra Galván: Contradicciones ideológicas al lavar un plato. ¿No? Y mientras los trastes se refugian en el escurridor, ella pasa un trapo mojado encima de su estufa de cuatro calentadores y del horno que nunca usará, porque lo ha convertido en bodega de refractarios y tapas de lujo. Aprovecha y acomoda el vaso de la licuadora, limpia también la batidora, pasa los dedos entre los cucharones que cuelgan debajo de la campana de su cocina integrar, suenan como escala musical, como campanas que anuncian buenas noticias, como las voces que le han enseñado a quererse bien.

Y el molcajete heredado de la abuela, parece delatar todas las luchas ganadas. Y el platón de las botonas que le regaló la tía Verula, dignifica a todas las solteras que no esperan ningún amanecer sin nadie porque se tienen a ellas mismas. Y la jarra que expropió de la casa materna, parece contener el agua bendecida por la miel de nuestro sexo, por la hiel de nuestros miedos, por el higo de cada pecado, por la sandía de todas nuestras pasiones. Y la escoba parece hacer una reverencia, lista para volar a las doce de la noche. Y todos los vasos brindan por cada mujer viva y los platos se quiebran por cada mujer muerta. Qué ganas de perfumarse con el café que todavía reposa en ese jarrito verde Oaxaca. Qué emoción verse reflejada en cada cuchara y multiplicar la eterna sonrisa de mujer complacida. Invocar a todas las chamanas hacinadas en la pared de su otro cuarto propio, a todas las voces que hoy se escuchan en su cocina.




El bulto

por Emilia Pineda

Todas las miradas se dirigían hacia mí, no pude evitar ser la protagonista. Ya corría el rumor que en la cañada yacía un cuerpo, y lo que nadie siquiera imaginaba, era que yo estaba ahí con un montón de antepasados, esperando apareciera una escalera para subir al cielo… ¡Ya sé! Son cosas de locos, pero el asunto de la escalera era más serio que mi invisibilidad. 

No sé en qué momento adquirí súper poderes. De la nada empecé a correr más rápido que el río, descubrí que podía treparme a la punta de un árbol gigante con tan sólo pensarlo. Escuchaba todo sin que nadie me mandara lejos, como cuando fui niña. Pero es algo que a todos les pasa ¿no? En mi país, es común que las mujeres y los niños, usen una voz, monosílaba, para confirmar que han recibido una orden, consejo, o instrucción. Pero, si esa voz se atreve a expresar un pensamiento, un sentimiento, o un deseo que salga del corazón, entonces es sometida a un tratamiento de invisibilidad. Por eso no me pareció extraño que al hablar nadie me oyera. 

Conozco un lugar simbólico, aquí abajo, dónde vivimos las mujeres. Acá, nuestras voces son un hermoso tejido con muchos colores. Algunas, incluso, igualan el canto de las aves, otras son expresiones de lucha, otras son consuelo sororo. Muchas sometidas por la mala educación, en este lugar se liberan, llegan a ser ellas mismas, y sonríen. Cuando el corazón de todas late, vibra el mundo. Aquí abajo, donde habitamos las mujeres, cada una tiene una historia de conquista. Sí, entre nosotras nos escuchamos, aunque la voz sea muy bajita. 

Mientras imaginaba esta utopía, me percaté que yo estaba en mi paraje favorito, ¡qué maravilla! ¡Qué verdor tan intenso e infinito! Justo donde colgaba mi columpio, a un lado, había un bulto, al que todos miraban. Fue ahí donde llegaron mis parientas, y por medio de sus pensamientos me dijeron que me acompañarían hasta que bajara una escalera del cielo. Todas tenían algo en común: sólo vivían en mis recuerdos, y de algunas me enteré, de su existencia, por lo que se decía en las reuniones familiares: “A tu abuela Mila, muy jovencita se la robó un señor por bonita. Era un hombre de dinero, y sus intenciones con ella eran serias, la quería para casarse. Pero ella se escapó en la primera oportunidad que tuvo, el señor ya no la quiso de vuelta. Después los tíos de tu papá tuvieron que pagar mucho dinero por todo lo que ese señor le había dado a Mila. ¡Tan fácil que era casarse! Pero no…, se dio a la perdición”, “Tu tía Gala, de muy niña trabajaba en un puesto de tacos, y un día que no llegó, pues la fueron a buscar. Ya casi en la madrugada la encontraron detrás del puesto donde trabajaba, estaba como dormidita sin ropa. A lo mejor el frío se la llevó. Gala tenía días avisando que un señor nada más se le quedaba viendo, pero no había quien fuera por ella”. 

En este encuentro, no hubo saludos. Estas sombras simplemente llegaron como quien llega de sorpresa a una fiesta, ¡en qué sueño tan extraño nos venimos a conocer! Ellas estaban ahí como la sombra del sol que no me reflejaba. Y aunque quería sentir miedo o tener escalofríos no podía conseguirlo por más que me esforzaba. 

Esta nueva libertad ¡qué extraña era! Llegó de forma inesperada. Empezó con una somnolencia, ¡acaso estoy en sueño dentro de otro? Ahora recuerdo, yo caminaba muy confiada cuando llegaron ellos y un telón oscuro cubrió todos mis pensamientos. Al despertar ya estaba aquí, en este maravilloso lugar, cerca de un bulto con el que comparto un lunar a mitad del cachete derecho. Lo extraño era que cuando todos lo miraban, sentía que esas miradas se dirigían a mí. 

Entre los mirones, llegaron ellos, los que me pusieron en este sueño. Llegaron con plegarias y velas. Cubrieron el bulto con una sábana blanca para enmascarar su indolencia.

No pararon las sorpresas. Mundo llegó, ¡ahora sí qué se hizo presente! ¡Qué gusto verlo! Tantos años fuera trabajando en su oficio. Él siempre fue sonriente, pero también ausente. Sin percatarse de mi presencia se deslizó hasta el lugar que todos miraban, apenas retiró un poco la sábana para ver que era ese bulto y un rostro se desveló. Con su índice izquierdo tocó el lunar del cachete como si fuera un timbre que llamaba a la vida. Hincado de rodillas, sin palabras se tiró en un abrazo al bulto, y en un grito muy silencioso le dijo al oído: “¡Te dije qué fueras bien cabrona! Pues te tocó ser vieja… ¡Tenías qué ser bien cabrona! Mi vieja chula…, siempre serás la más hermosa perla de mi corona. Lo escuché tan nítido, como si me lo hubiera dicho a mí. Tampoco pude sentir miedo.

¿Cómo le habrá hecho para estar aquí? Siempre tiene trabajo. Es enemigo del tiempo perdido, así que lo suyo es la productividad porque el tiempo es dinero. De pronto volteó hacía mí, me pareció verlo sonreír, pero su rostro era una mueca indescriptible, vi su diente de oro brillar como un presagio de tormenta en la tierra de nadie. Los padres siempre son necesarios en la vida de las hijas, simplemente no pueden ser sólo observadores de lo que les pasa. Pero bueno, creí que me miraba, y no. Lo vi tan preocupado por el bulto que pensé que ya tendría tiempo para mí. Así que lo dejé. 

Mientras pensaba que Mundo inicia con “M” de mamá, y “M” de macho, en el juego de la vida le tocó ser papá, papá con “P” de patriarca, con “P” de progenitor, “P” de protector, proveedor, Pá… mi pá. Cuando estaban corriendo a todos los mirones del bulto, Mundo no fue retirado del lugar, es más… nadie lo veía, se convirtió en un fantasma, en una sombra que no podía mirarme, aunque yo le hablaba.

De pronto un aroma a rosas lo llenó todo. Mis parientas se movilizaron, desde sus mentes me dijeron que tenía que subir por la escalera en cuanto apareciera. ¡Por supuesto que no! A esas alturas yo sólo quería despertar y no podía, no debía ir a ninguna parte. Quería cambiar de sueño, pero era la realidad. Grité como grité antes de llegar aquí. Mil veces grité y la gente que aún podía verme decidió no hacerlo, prefirió cerrar sus oídos para no tener problemas. En mi nuevo estado grité llamando a todas las letras del abecedario que habitan el lugar dónde viven las mujeres, pero sólo vinieron las que fueron vilmente aniquiladas. 

Una fuerza mayor a mi deseo, de no ir a ninguna parte, dio instrucciones a mis pies para subir la emblemática escalera. En cada escalón se leía la palabra justicia, y estoy cierta que ese día se acerca.




Emilia Pineda

Nacida en el extinto Distrito Federal el 14 de noviembre de 1963. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Humanidades. Docente de la materia de Inglés en Educación Básica, pasante de la maestría de Educación Básica en la Especialidad de la Lengua y Recreación Literaria. Ha trabajado como traductora, poeta, cuentacuentos y es promotora de lectura. Cuenta con dos publicaciones académicas publicadas por la Editorial Progreso: #sabelotodo3 (2015), y coautora de Cajaninos 2 (2019). Este último libro fue galardonado con el Premio Nacional de Artes Gráficas, en la categoría de libro educativo.

Instantes eternos

por Karen AZ

Doña Rosa apaga el despertador, se sienta en la cama y suspira. Entra al baño con la calma de quien maneja el tiempo a gusto, aun cuando los años se le sumen a montones. 

Mientras que Ana silencia la alarma del celular por octava vez, hasta que nota la hora y salta de la cama con el cuerpo enredado de sábanas. Ni tiempo de bañarse tiene. 

Doña  Rosa desayuna un cafecito, sus huevitos y el pan casero que amasa en las noches al canto de pájaros en la ventana, mientras admira sus flores y plantas que cada día están más vivas.

Ana sale de su casa y apenas alcanza a dejarle agua y  comida al gato.

Doña Rosa cierra la puerta y camina lentamente hacia la parada del colectivo, puntual como siempre. Solitaria, desde que la familia se le fue lejos, es ella con sus libros, sus flores y su Soledad.

Ana corre. Tiene que correr porque, si pierde el colectivo otra vez, la despiden del trabajo. Ana corre, corre y vuela, dobla la esquina y maldice al colectivo que no frena y se le va. Aun así llega a la parada, con hambre, de mal humor y preocupada por el trabajo.

 Veinte minutos después, Ana toma el siguiente colectivo, ya pensaría en que decir por la tardanza.

El chofer ha detenido el bus y se dirige a los pasajeros -Disculpen señoras y señores-

Ana insulta con la mente al tiempo, al chofer, a la suerte asquerosa que le toca y sigue pensando en que dirá en su trabajo…

El chofer continúa:-En la próxima parada va a subir Doña Rosa que sube todos los días a la misma hora. Hoy cumple 70 años, así que si ustedes me permiten… -el chofer se inclina para sacar una torta del costado del asiento y comienza a repartir globos de colores a todas las personas -…sería lindo que le cantemos el feliz cumpleaños cuando suba, ¿quieren? La pregunta del chofer hace pie en los ojos de Ana, que de a poquito se humedecen, emocionados de mirar cómo se inflan un montón de globos, cómo nacen risas y miradas cómplices,  cómo el chofer salta al asiento y enciende  el motor  como un niño feliz en su travesura. 

Doña Rosa extiende la mano en la anden para detener el colectivo, “Hoy maneja Ibáñez, al menos tendré con quién charlar un poco” piensa, mientras deja subir a las tres  personas que esperan con ella,  Se toma del pasamanos, agarra su carrito lleno de libros  y sube.

Apenas pone y pie dentro y  antes de pagar siquiera, la sorprende un estrépito de colores, palmas y voces desafinadas cantándole el feliz cumpleaños. 

El chofer enciende una velita y con la mirada la invita a desear. 

Rosita se ríe, cierra los ojos, pide un deseo emocionada mientras sopla y el colectivo estalla  en aplauso y alegría.

Ana se acerca al chofer y se ofrece a repartir la torta. Lentamente los asientos vuelven a ocuparse.

 Alegre y  lento, todo vuelve a la normalidad del colectivo, apenas enrarecida por un aire nuevo en las caras un sentimiento nuevo en el corazón.

Una bandada de globos baila los restos de un festejo improvisado. 

Ana y Doña Rosa se sientan juntas, conversan y las historias de Doña Rosa le llenan el alma a Ana, la cual no puede parar de maravillarse, de reflejarse en ella, de sentir su pasión y ganas de vivir.

Cuentan que ese día alguien salió de su Soledad y encontró alguien que la escucha.

Dicen que ese día alguien perdió un trabajo y encontró una abuela. 




Karen AZ

Karen es una docente y narradora colombiana, residente en Brasil.

Hormiguero de metal

por Liliana Espinoza Tobón

Sentada aquí, prisionera, Recuerdo mi niñez en la casa. Los techos de teja, las tablas simulando paredes y por los huecos de estas, yo mirando el mundo pasajero de la memoria. 

Las mañanas lluviosas hacían sonar las tejas como cientos de pequeños tambores redoblando a destiempo. Los rostros de mi familia tersos y acartonados se percibían bajo las cortinas de humo de leña. Hablaban siempre entre silencios continuos, murmurando los sabores de sucesos diversos.

 Mi madre con su mirada perdida, dibujando imágenes invisibles en el espacio vacío del tiempo. Ella siempre presente y distante guardando celosa sus pensamientos; y yo, a su lado, tratando de descubrir cómo saber de ella. Al final, creo nunca la conocí.

 Me gustaba estar ahí en esa casa pequeña, resguardada por la majestuosidad del bosque a lo alto de la montaña. En ese lugar, donde los demás parecían no tener sin sentido de permanencia y esperaban emigrar; sin embargo, era mi lugar. 

Adicta a la libertad de la levedad de la nada, en donde el aire que extendía mis alas, el olor a hierba me llenaba el alma y con la humedad de tierra mojaba mi piel. Me recuerdo bien. Sentada en lo alto de las montañas perdida mirando la inmensidad. Mientras que las aves desafiando a todos con sus privilegios, como aves celestiales, nadando en el azul inmenso del cielo, danzando entre el viento; y éste versando con ellas, en las copas de los arboles componiendo melodías de libertad. 

Yo ante esto, pequeña excitada con las mejillas cálidas y sonrojadas de placer, dejándome envolver en esos instantes, extendiendo los brazos como  alas, que me elevan  hasta que mi humedad se desparpajaba de placer  esparciéndose en el universo.

 Aun así, teniendo tanta felicidad, tuve que dejar mi paraíso. Ahí solitario, como detenido en un sueño, pausando el tiempo en el reloj de mi memoria. Mis mejores tiempos.

 Hoy sentada aquí, prisionera, persiguiendo lo absurdo del progreso. Desterrada y sometida en el molde progresista. En donde califican mis habilidades de servicio, etiquetada por la desventaja de no saber de letras, ni números, califican mi existencia a condiciones hábiles de mi juventud. 

Es así, como paso mis días, detrás de esta máquina, atada a estos grilletes de pies y manos, cortando y cosiendo. Mis grandes alas encogidas han detenido su vuelo. Varada en el mundo irreal de la simulación globalizada. 

Aquí somos mujeres, niñas unas, ancianas otras, sólo nos perseguimos la sombra para afilarnos como hormigas, unas tras otras, entrando y saliendo; retumbando nuestros pasos en estos estridentes hormigueros de metal. Tan repetitivas todas sonando en el tiempo. 

Nuestras manos cortan, cosen, hacen y deshacen amoldando ropa a modas fugaces.

 Nuestra juventud se desvanece en este encierro. 

Nuestro cuerpo se tiñe de azul, ese azul que de tanto nos hace añorar nuestros cielos. 

Aun en este destierro nos seguimos reconociendo, hermanas todas de raíces profundas, pensando siempre esto será pasajero.

 Nos sonreímos en el silencio. Nos amamos en nuestras diferencias. Nos apoyamos en nuestros anhelos.

 Seguimos aún levantando los brazos, para extender las alas en vísperas de regresar al paraíso perdido.




La lista Martina

por Lisbeth Lima

¿Por qué se me niega el cambio? Es un derecho, una necesidad inmediata. ¿Por qué debo pasarme la vida en los mismos sitios, comiendo las mismas comidas, durmiendo en el mismo colchón viejo y hundido? ¿Por qué estoy condenado a pasar por las tiendas solo a mirar? Esas vidrieras museos, con las mismas piezas antiquísimas que nadie compra porque nadie puede. 

Recuerdo de niño, cuando había aún menos, que mi madre pasaba volando delante de ellas sin pausa para no dar tiempo a extasiarme con cosas que no podría tener. Rara vez entraba, y cuando lo hacía, para comprar algo en extremo necesario, siempre me dejaba afuera cuidándole el bolso. Por el cristal, veía en el mostrador los chocolates y esas galletitas revestidas que comí una vez, cuando el padrastro de Carlitos vino de España. 

Ahora paso y me detengo a observar, ya puedo al menos eso. Mi madre no está para halarme del brazo e impedirlo; pero, qué raro, aunque ella no está, de igual forma siento el halón en cualquier parte del cuerpo. Es un halón interno; una adaptación que casi por selección natural evoluciona hacia eliminar el gen que me hace detenerme frente a las vidrieras. 

Salgo del trabajo con el salario de todo un mes en el bolsillo y me pasa como a la cucarachita. ¡Ay “Martina”, que moraleja más acorde me dejó ese cuento de la infancia! Creo haber oído algo sobre precios más baratos, o productos caducados que al caso es lo mismo. Tal vez deba entrar a verlos. Si saco una cuenta rápida y manoseo el estipendio de este mes en mi bolsillo, el gen de la resistencia innata me hará dar marcha atrás y volver a cuestionarme la “lista Martina” que he hecho. 

De pronto recuerdo las últimas noticias y me pregunto, ¿qué es el cambio? ¿Qué entiende la gente por cambio? Entonces caigo en la cuenta de que la ambigüedad de la palabra es indisoluble. Pero, ¿acaso puede estar peor?, ufff. Recuerdo que sí. Ha estado peor, y me invade por momentos una sensación de culpa ante mi inconformidad, y subconscientemente me reprendo, y me digo bajito las cosas que de niño aprendí del abuelo, la resistencia, el agradecimiento resignado: tienes dos brazos, dos piernas, un cuerpo criado a soya, buena visión, no te avanza la alopecia, unas manos fuertes, un cerebro que piensa y un estómago, sobre todo un estómago adaptado. 

Esas palabras sabias me reconfortan y vuelvo a mirar la lista frente a la vidriera: pasta de diente, jabón de lavar, jabón de baño, detergente, desodorante, voy sacando cuentas, 400 gramos de frijol, cinco libras de arroz, dos más adicionales, 4 libras de azúcar, media libra de aceite, lo más seguro es que sean 10 pesos en un paquete de sal, una libra de picadillo, cinco huevos, un pan. En fin, no hay nada que pueda comprar en esta vidriera, y me pregunto ¿qué puedo borrar de la lista?   




Lisbeth Lima Hechavarría

Lisbeth Lima (1995, Cuba) es licenciada en Biología, especialista en Antropología Física. Editora de la Editorial Santuario, República Dominicana. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (La Habana, 2014). En 2014 fue ganadora del concurso literario “Quijote”, por la Facultad de Humanidades en la Universidad de Oriente, Cuba, por lo cual la colección universitaria “Tábanos Fieros” publicó un plaquet con sus cuentos ganadores en el concurso. En noviembre del 2014 la “Editorial PODIUM” de Viena, seleccionó una de sus obras para traducirla al alemán e incluirla en una antología latinoamericana de joven narrativa. En 2015 la Sociedad Diversidad Literaria publicó poemas eróticos suyos en la antología “Versos en el aire V” (España). Dos más de sus cuentos fueron traducidos al francés y publicados en Lecture’s de Cuba (2016) por la Facultad de Letras de la Université de Poitiers en Francia. Otro de sus cuentos pasó a formar parte de la antología titulada “El sabor de la luz”, editorial José Martí. Forma parte del colectivo de autores del libro “Antropología Física aplicada en Cuba”, editorial Félix Varela. La editorial “Letra Latina” aceptó uno de sus libros de cuentos para adultos: “De amor y otras aberraciones” para que forme parte de su catálogo 2020.

Sus cuentos y poemas han sido publicados en antologías en Austria, Venezuela, Francia, España, Polonia, Cuba y próximamente México, Colombia y Argentina. Cuentos suyos aparecen también en diversas revistas literarias como: Vaulderie, Monociclo, La Flor de Azalea, Claustrofobias, El elefante azul, Fémina Fanzine, Temporales (de la New York University), Revista Hispanoamericana de Literatura entre otras.

Una risa

por Janett Peláez Romero

¿Anochece otra vez? ignoro el tiempo exacto que he pasado en esta cama, soy mínimamente consciente de mi cuerpo recargado en una posición incómoda contra la cabecera, pero no me muevo, ¿sería capaz de moverme?, aun si tuviera la intención, lo dudo.

La cabeza me da vueltas, siento una presión general que oprime desde dentro y parece incontenible. Hace unas horas la luz me lastimaba tanto que apretaba los ojos con fuerza, ahora no podría importarme menos. No hay mucho que a mi estomago le quede por vaciar. Mi cuerpo está ya cansado de la protesta sonora por la falta de alimento, pero me alegro de no haber probado bocado, no soy capaz de tolerar el olor a excremento sobre mí, el de orina no me importa tanto.  

¿Llevo más de 48 horas sin dormir? mi mente se encuentra volátil y perdida entre las cuatro paredes de la habitación, el único pensamiento recurrente es que sólo si un elefante se parara sobre mi cabeza y la pulverizara se acabaría este dolor. Los párpados me pesan, pero al mínimo parpadeo el pánico regresa y no lo sé manejar.

Pude huir del departamento, pero no, no lo hice, no se ha ido en realidad, para mí, podría derribar la puerta en cualquier segundo con la furia sobre los hombros. ¿Qué fue de mí después de lo que pasó?, sabía que no estaba dormida, pero no era capaz de desenredar el hilo de mis cavilaciones, o de controlar mis espasmos de terror, mucho menos de saber cuándo se detuvieron. La consciencia regresó por la mañana cuando la puerta siguió intacta y la posibilidad de que no vuelva jamás se hizo presente, pero no me moví, no me he movido, no salí del cuarto, no corrí a buscar ayuda, me petrifiqué en este rincón. ¿Qué haré sin su ayuda?, no tengo dinero, apenas si estoy vestida, me encuentro famélica y, si hasta ahora ningún vecino ha preguntado nada, dudo mucho que fueran un gran auxilio, no debí hacerlo, no debí.

Las luces de los coches proyectadas en el techo de la habitación me causan risa, una risa nerviosa, incoherente, el sonido de ella rompe el silencio y me asusta, no la reconozco, ¿de verdad ese ruido sale de mí?, se convierte en un quejido, luego en un sollozo y de súbito estoy gritando a todo pulmón. 

¿Y si me muevo ahora? Como el ruido de un relámpago en el cielo se escabulle por mi cerebro la decisión de hacerlo, siento las cosquillas del entumecimiento en mis brazos y piernas conforme la circulación correcta se reactiva, mis extremidades se destraban como engranes oxidados y sin aceitar, crujiendo, quejándose, pero si no utilizó el impulso, no me moveré nunca y terminaré pudriéndome aquí, hasta que alguien se queje del olor. Recostada sobre mi espalda, jadeante, con el corazón golpeando en mi pecho, dirijo mi mirada a la ventana y me deslumbra la claridad de las 7am, ¿en qué momento pasaron tantas horas? 

Una eternidad mirando a la nada, debo salir de aquí, me levanto en un solo intento y las piernas se tambalean al soportar mí cuerpo, pero avanzan entre tropiezos, parezco un venado recién parido, dos pasos más y mi mano toma el pomo, ¿qué es eso? escucho voces. Se acercan cada vez más a la puerta de la entrada, en segundos suena el timbre y siento a mi alma caer al piso, ¿qué explicación podría dar?, no van a creerme diga lo que diga. Gritan algo mientras golpean de forma insistente, pero no alcanzo a recibir las palabras porque el latido del corazón en mis oídos me ensordece.

Con un golpe la cerradura cae, los rostros de asombro son claros, aunque no pueda verlos. ¿Son policías? Hablan como policías. Tocan y yo tiemblo de pies a cabeza mientras giro la perilla, no hay a donde escapar, enfrentaré lo que tenga que enfrentar, mientras me saquen de aquí, tienen que sacarme de aquí. 

No tengo idea de cómo me veo, pero la imagen debe ser mala si el policía frente a mi tiene esa expresión, uno de ellos me saca de un tirón, mientras otro entra a revisar, me hacen preguntas, una tras otra, evalúan mis brazos y piernas, sus ojos reflejan cada vez más consternación, no puedo responder nada, mi voz está perdida en mi cabeza. 

Ponen una manta sobre mis hombros, es suave, un pedacito de calor contra mi piel helada, me guían a la salida con gentileza, mientras camino como un autómata y entonces puedo finalmente admirar el cuadro. Me detengo de frente, ahí está, tirado contra la pared en una posición desagradable, con la mirada perdida y vacía, la palidez acercándose a un enfermizo tono gris, el gesto de incredulidad congelado en el rostro, los bordes de la herida están resecos y ennegrecidos, la forma dibujada por la explosión roja en la pared me parece tan graciosa, no sé por qué, pero una risa se me escapa, y luego una más fuerte, mis carcajadas hacen eco entre las paredes mientras por fin me sacan de ahí.




Janett Peláez Romero

Mi nombre es Janett Peláez Romero, nací en la Ciudad de México y a los 5 años me mudé a un pequeño pueblo al sur del estado de Puebla llamado Tehuitzingo, donde el calor es muy intenso la mayor parte del año y no hay absolutamente nada que ver, pero los niños crecen felices. Volví a la ciudad a los 14 años para estudiar en la UNAM y descubrir que no era nada fácil vivir lejos de mis padres. Terminé la licenciatura en la Facultad de Odontología y cualquier fracción de tiempo que no ocupe mi vida laboral la dedico a escribir.