Mujeres de ojos grandes | El árbol: María Luisa Bombal

por Fabi Bautista González

¿Qué significa ser mujer? Recuerdos, emociones y pensamientos se entrelazan, evocando en imágenes y palabras lo que cada una ha construido para sí. Las contradicciones no se hacen esperar, el peso de la balanza oscila siempre entre el deber ser —expectativas e ideales inalcanzables que la sociedad ha impuesto cual condena, destino trazado antes de nacer— y el ser para nosotras mismas: definirnos, sentirnos y pensarnos mujeres a partir de nuestros propios deseos, anhelos y significados.

La académica francesa Simone de Beauvoir teorizaba sobre el segundo sexo, la escritora mexicana Rosario Castellanos criticó con elocuencia el eterno femenino, la poeta chilena Teresa Wilms Montt denunciaba con audacia la violencia desbordada a partir del privilegio de ser mujer. Lo que quiero decir es que —en diversas épocas y espacios— académicas, teóricas, investigadoras y artistas han buscado destejer y examinar —desde su propia trinchera— lo que histórica, social y culturalmente ha implicado ser mujer.

La crítica feminista ya lo ha puesto sobre la mesa al conceptualizar la masculinidad hegemónica, paradigma bajo el cual hemos construido nuestra visión del mundo. Así, mientras el hombre representa la identidad “universal”, la condición de Sujeto, la mujer ha quedado relegada a ser su eterna mitad invisible (o, más bien, invisibilizada); la compañera sumisa y devota, la madre abnegada, la novia virginal, la penitente, la puta, la santa, en fin… la otredad.

Bajo el sistema patriarcal, reapropiarnos del discurso o bien, construir un discurso propio a partir de la identidad y subjetividad femeninas implica —entre tantas otras vertientes— redefinir y cuestionar lo femenino, la feminidad y las condiciones que se han instruido como inherentes e inamovibles a cada género. Así, en este cúmulo de resignificaciones, de reconstruirnos y representarnos simbólicamente, la obra de María Luisa Bombal se constituye como reveladora al reflejar la condición de la mujer en una época marcada por una serie de estrictas convenciones sociales donde el ser una escritora representaba por sí mismo una transgresión. 

Así, ante la imperante mirada y crítica masculinas, las autoras se hicieron de diversos recursos para atravesar el mundo con sus palabras. La lectura a la cual los invitó hoy no es la excepción. En el cuento “El árbol”, publicado en 1939, la escritora chilena crea una atmósfera marcada por la naturaleza, la experiencia sensorial y la musicalidad para presentarnos a quien será nuestra protagonista:

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día declarándola retardada.

Desde un primer momento, Brígida queda relegada en el plano familiar bajo la etiqueta de “retardada”. En tanto nadie esperaba más de ella, la protagonista toma lo que la sociedad le dicta sin cuestionarlo, interiorizando una serie de normas y convenciones sociales las cuales le enseñaron que su único objetivo en la vida debía materializarse en el matrimonio y el tener hijos. No importaba el no tener aspiraciones personales o estar alienada socialmente, mientras desempeñara el rol de buena esposa su papel estaría cumpliéndose:

“No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue”. Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

En un primer momento, la pasividad parece dominar al personaje. Sin embargo, sería un error de nuestra parte el hacer una lectura y juzgar a la protagonista a través de la mirada contemporánea. Es cierto que Brígida se presenta ante el lector como un personaje dócil cuyas aspiraciones se materializan en la unión conyugal con Luis, quien es amigo de su padre. En su lugar, debemos insertarnos en el contexto sociohistórico de la época, donde:

El matrimonio aparece como un espacio social y también material donde ella desarrollará su vida como mujer dedicada a lo doméstico y a los hijos, donde se relacionará con el otro sexo, donde su vida adquirirá un sentido socialmente reconocido. (Valdés, 1998, p. 86)

Si bien el matrimonio significaba quizás su único escape: “Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa.”, éste no le trae la felicidad anhelada. Por el contrario, se siente sola y ajena a un hombre del cual conoce poco, si no es que nada. Su marido, Luis, cumple con el rol de esposo como proveedor, sin embargo, es esto lo único que aporta a la relación entre ambos. El lazo que los une es más una convención social que una relación afectiva:

Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor;

[…]

¿Por qué te has casado conmigo?

—Porque tienes ojos de venadito asustado —contestaba él y la besaba.

[…]

Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.

Atrapada simbólicamente en los confines de su hogar —la mujer relegada al espacio privado— sin amigos o familia con la cual conversar o establecer otro tipo de vínculos, el escape de Brígida se suscita en su imaginario, a través del gomero que observa desde la ventana en su cuarto de vestir:

¡Qué calor hacía siempre en el dormitorio por las mañanas! ¡Y qué luz cruda! Aquí, en cambio, en el cuarto de vestir, hasta la vista descansaba, se refrescaba. Las cretonas desvaídas, el árbol que desenvolvía sombras como de agua agitada y fría por las paredes, los espejos que doblaban el follaje y se ahuecaban en un bosque infinito y verde.

A lo largo de todo el cuento se halla presente la dicotomía mujer—naturaleza, misma que nos refleja —en última instancia— la liberación de nuestra protagonista. Cuando el gomero es derribado, Brígida confronta lo que hasta ese momento ha sido su vida: la insatisfacción en un matrimonio con un hombre al que no ama, el vacío y la soledad que albergaban su cuerpo, su resignación a la infelicidad. Lo anterior representa un momento coyuntural pues, despojándose de aquella inercia que hasta entonces la había caracterizado, toma la decisión de abandonar a Luis y lo que habría sido su hogar. 

Y es que, de manera sutil, María Luisa Bombal nos afronta con un personaje que logra rebelarse a su tiempo. Su fortaleza reside en confrontar su realidad y tener el coraje de buscar una vida para sí. “El árbol” se presenta ante nosotras con una narrativa donde tradición y transgresión se entretejen para reconstruir lo femenino desde la intimidad. Al igual que Brígida, reapropiarnos de nuestro espacio y tiempo, sea desde la literatura, las artes o la vida misma, es hallar la libertad en un mundo que constantemente nos dicta quiénes debemos ser. 

Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.

Referencias bibliográficas

Bianco, P. (2002). Dicotomías narrativas en «El árbol» de María Luisa Bombal. Acta literaria, (27), 77-89. https://dx.doi.org/10.4067/S0717—68482002002700007Bombal, María L. (1939). El árbol. Ciudad Seva. https://ciudadseva.com/texto/el-arbol-bombal/




Fabi Bautista González (Veracruz, Méx.)

Poeta y traductora. Pasante de Lingüística y Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Su obra fue incluida en la antología internacional 100 mujeres poetas (2019) por parte de Nueve Editores. Ha publicado traducciones de feminismo y literatura femenina en la revista Círculo de Poesía. Actualmente escribe la columna “Meditación en el umbral”, espacio de análisis fílmico y literario desde la perspectiva de género para Tríada Primate, plataforma digital de poesía y humanidades.

La miscelánea: De las burlas de Quevedo, Lope de Vega y Salvador Novo

por Fernanda Loé Gómez

Poesía, género sublime de la literatura que pareciera ser sólo para enamorados. A los mortales como yo nos das miedo, a los poetas, trabajo, a los editores, problemas. Y si bien sabemos que existen muchas formas dentro de la poesía, y que el verso acompaña no sólo a amantes, también a héroes, caballeros y dioses, entre otros, hay algo que no es lo primero que pensamos cuando nos hablan de poesía. Ese algo es la risa, sin embargo, reírnos nos es tan natural como respirar, y eso no pasa desapercibido a los poetas. 

Por eso me gustaría hablar de algunos que decidieron usar el verso para burlarse, ya sea de algo o de alguien, dejándonos claro que la poesía se presta para expresar todo tipo de sentimientos, desde el amor más noble hasta la declaración más atrevida.    

Uno de estos autores es Quevedo, cuyo soneto burlesco más popular, A una nariz, demuestra hasta donde se estira el ingenio para conseguir la burla. Estudiado por su contenido, pero, sobre todo, por su forma, se lee como la muestra de que la risa vive también dentro de la poesía. Las comparaciones que van desde el pez espada, pasando por las pirámides de Egipto y hasta los judíos conocidos por narizones, logran llevar al extremo la figura del hombre narizón exagerando todo lo exagerable. Para muestra, un fragmento del soneto:

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egito,

las doce tribus de narices era;

Otro ejemplo del mismo Quevedo es el titulado A uno que se mudaba cada día por guardar su mujer que no da tregua al hombre que por tener mujer infiel, es cornudo para la burla de los demás. Toda su vida gira alrededor de su cornudez que es motivo de risa para el autor y para los lectores. Las figuras surgen de la idea de que todo ha de ser a partir de cuernos debido al carácter de engañado del involucrado hasta el límite de llamarlo “templo de los cornudos”, es decir, entre engañados, el más. Aquí el ejemplo del ingenio de Quevedo para adaptar lo cotidiano a la figura que desea:  

Cuando tu madre te parió cornudo,

fue tu planeta un cuerno de la luna;

de madera de cuernos fue tu cuna,

y el castillejo un cuerno muy agudo.

Y en Yo te untaré mis obras con tocino no pierde la oportunidad de burlarse específicamente de Góngora (entre ellos había rencillas que dieron fruto a poemas como este) y de su talento, así como de su aspecto. Sin dejar nada fuera y con un carácter cómico pero sagaz, Quevedo sabe contestar las burlas que ya le había hecho Góngora en un soneto debido a cierta traducción de Anacreonte. Aquí un fragmento del soneto de Quevedo:

¿Por qué censuras tú la lengua griega

siendo sólo rabí de la judía,

cosa que tu nariz aun no lo niega?

Otro que no deja pasar la oportunidad de ser pícaro en verso es Lope de Vega, muy querido por Quevedo, por cierto, que en Muérome por llamar Juanilla a Juana deja claro que quiere que su empeño de conquista sea recompensado por Juana, a quien le señala las ventajas de esto con el fin de convencerla. El último terceto es el cierre perfecto de las pruebas que da Lope: 

Créeme, Juana, y llámate Juanilla;

mira que la mejor parte de España,

pudiendo Casta, se llamó Castilla.

Y pasando de España a México, es necesario hablar de Salvador Novo, específicamente su libro Sátira dedicado a recopilar ochenta poemas, publicados o no anteriormente por el autor, cuyo carácter considerado insolente por muchos de sus contemporáneos, no pareciera infundado. Personajes como Diego Rivera, Frida Kahlo, Agustín Yáñez, Jorge Cuesta, Andrés Henestrosa, Pita Amor, entre muchos otros, aparecen en las burlas directas pero magistrales de Novo cuya faceta humorística no había relucido tanto como la de cronista o poeta contemporáneo hasta ese momento, por lo menos.

Empecemos mencionando un fragmento de uno de los sonetos dedicados a Diego Rivera en donde de paso se burla también un poco de Lupe Marín, su entonces esposa, que después se casaría con Jorge Cuesta, con quien se quedó después de separarse de Diego cuando este se fue a Rusia. Así habla de Lupe: 

Ella necesitaba su refresco

y para procurárselo pedía

que le repiquetearan el gregüesco,

con dedo, poste, plátano o bujía.

Novo a lo largo de todos los poemas que le dedica a Diego critica desde su apariencia hasta sus habilidades como pintor, además de que lo señala como cornudo y, sobre todo, vendido al gobierno. El soneto termina así: 

Pero bien pronto, al comprender que esta

consolación estéril resultaba,

le agarró la palabra a Jorge Cuesta.

Y así como dedicó versos a Diego Rivera, no tuvo problema en criticar no sólo a sus colegas de las letras en su faceta de escritores, también en otros cargos como lo hace en los sonetos sobre la Biblioteca Nacional, mencionando a dos de sus directores, Joaquín Méndez Rivas y Enrique Fernández Ledesma, entre otros. Aunque si bien se burla de diferentes personajes reconocidos, no se olvida de hablar de temas generales como la vejez y el amor. Para el primero le sirve de ejemplo Henestrosa, al que en su cumpleaños número 60, le escribe unos versos, como lo muestra el siguiente fragmento: 

La Danza nos dispersa. Viento vario

cóncavo vuelve lo que fue convexo.

Sexagenario es ser ageno al sexo

y tiempo de ajustar itinerario.

Aconsejándole con sus versos olvidarse de los amores de las damas para concentrarse en escribir puesto que, aunque quiera gozar de esas mieles, claro es que el cuerpo no le va a dar lo necesario para ese trabajo. Además de recomendarle que no se sienta mal por su edad ya que él sí ha logrado llegar a ese número de años sin que disminuya su ingenio, como ha sucedido, a su consideración, con muchos otros escritores que entre más edad menos seso, sobre todo los que forman parte de la Academia. 

Y cerrando con los ejemplos, en materia de romance también cabe burla, por lo menos eso piensa Novo, quien con cinismo nos hace notar que el paso del tiempo, el físico que empeora, el deseo no consumado, la lujuria, y los errores cometidos en nombre de la pasión, también forma parte de ese bello sentimiento que llamamos amor. Así la ilusión del amado se ve de manera un poco más realista: 

¡Mañana nos veremos! Y me digo

que a dormir a tu lado, dueño mío,

siempre será mejor soñar contigo.

Con todo lo antes mencionado, creo que podemos concluir que el ingenio de Lope de Vega, Quevedo y Novo para burlarse en verso demuestra que la poesía puede hacernos reír tanto como nos hace suspirar. Y aunque hay muchos más que faltaron por mencionarse en este pequeñísimo grupo de autores citados me parece que la muestra es suficiente para saber que no por involucrar el humor, la poesía deja de ser poesía y, sobre todo, de ser un género donde cabe el ingenio cómico. Para concluir, creo que sería bueno dejar un fragmento del prólogo que el propio Novo escribe en Sátira, para burlarnos incluso de nosotros mismos y de nuestro oficio. 

Escribir porque sí, por ver si acaso

se hace un soneto más que nada valga;

para matar el tiempo, y porque salga

una obligada consonante al paso.

Referencias 

Francisco de Quevedo. (2003). A uno que se mudaba cada día por guardar su mujer. Soneto . Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Unidad Audiovisual. http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmck64c9

Lope de Vega. (2021, mayo). Sonetos / Lope de Vega; edición de Ramón García González. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/sonetos–34/html/ffe58ca0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_6.html

López Gutiérrez, L. (2003). Quevedo contra el perro de los ingenios de Castilla. La perinola, 7, 427–437. https://core.ac.uk/download/pdf/83556729.pdf

Novo, S. (1970). Sátira. Alberto Dallal. https://es.scribd.com/document/376981280/Satira-Salvador-Novo




Fernanda Loé Gómez


Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM.
Formó parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboró en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participó como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Es fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.

Crisis del tercer piso o los 30 me están respirando aquí en la nuca, Marce

por Irene Gonzalez

Mujeres que jamás debieron envejecer” era el título de un Tik Tok que me apareció hace algunas semanas. De entrada sí, he de reconocer que soy una de esas millenials que tras pasar todo el 2020 asegurando que no descargaría jamás la aplicación porque – inserte tono inventado de superioridad- no soy una niña de 12 años, ahora me la paso riéndome con las tarugadas que me encuentro por ahí. Gatitos, sobre todo. En la lista figuraban mujeres como Liv Tyler y Jennifer Connelly. 

Sentí alivio de encontrar entre los comentarios frases como “¿y qué se supone que debían hacer entonces?”. Es exactamente lo que yo me pregunto. ¿Qué se supone que debemos hacer? Yo no sé si en algún momento Aubrey de Grey tendrá razón cuando asegura que muy pronto existirá a nuestra disposición la ciencia de ralentizar el envejecimiento al grado de poder vivir cientos de años, incluso una existencia indefinida, como afirma este gerontólogo. Lo que sí sé, al día de hoy, es la enorme presión y el miedo que existe en torno a la idea de volvernos más viejos. 

Yo no soy ajena a esa presión. Como diría Patricia en Betty la fea, los treintas me respiran en la nuca. También la pobreza, pero ése es otro tema. Es un miedo que no es exclusivo de ningún género o grupo y la presión por lucir de cierta manera también nos afecta a todos. Sin embargo, hablando de mi propia experiencia como una mujer a punto de iniciar la treintena – y no he conseguido teclear eso sin rechinar los dientes un poco- he notado toda una nueva oleada de mensajes, pensamientos y nuevas preocupaciones interrumpiéndome a diferentes horas del día. ¿El botox es el secreto de Alisa Milano? ¿Debería empezar a informarme sobre ello? ¿Cuántas cremas tendría que estar utilizando a esta altura? ¿Son suficientes vitaminas o necesito más suplementos? ¿Seré la más vieja del grupo si me inscribo a este curso? ¿Se me nota la edad o será que puedo aparentar añitos de menos? 

Vienen a mí antes de que pueda interceptarlos. A los 29 me encuentro con una Irene mucho más dura consigo misma. Una Irene que cuestiona si tiene el mejor físico y la mejor apariencia que podría tener a esta edad, pero que pone también bajo la lupa otro tipo de cuestionamientos. ¿Han sido suficientes logros? ¿O tal vez no he tachado las suficientes cosas de mi lista de cosas que hacer antes de morir? Como si los treinta fueran una especie de marca límite, un punto de chequeo en el que un juzgado imaginario va a tomar mis medidas, contar mis arrugas, revisar el blanco de mis dientes, pesarme, enlistar premios, trabajos, experiencias, y decidir si valgo o no la pena como persona. ¿Y quién es ese jurado a todo esto? ¿Soy únicamente yo, la voz más dura de todas, proyectándome en la sociedad como si la expectativa fuera ajena? ¿O son voces externas que consiguen colar su mensaje en mi cabeza? Probablemente las dos cosas. 

Envejecer da miedo. Como mujer, a los treinta se dejan venir inevitablemente ciertos juicios sociales; a las solteras les preguntarán con renovada energía por qué no tienen pareja, a quienes ya la tengan que para cuando la boda, y si estás casada arráncate porque ahora sí urgen los bebés, ya ven que el reloj biológico hace tic tac tic tac. Si vives con tus padres que para cuándo la casa, en el trabajo ya deberías haber alcanzado cierta posición, tal vez deberías empezar a leer acerca de congelar óvulos y no se te olvide que tu cuerpo disminuyó la producción de colágeno a los 25. 

Vemos mensajes que promueven un aspecto eternamente joven por todos lados, como si realmente existiera tal cosa o no estuviéramos enterados de la función que tienen los filtros y el Photoshop. Criticamos duramente a las mujeres por el hecho de aparentar su edad – ¿cómo osan envejecer?- y luego tenemos el descaro de criticar también a las que se hicieron un arreglo demasiado notorio. Pero es que René Zellweger ya ni parece ella misma, y ¿qué le pasó a Demi Moore en la pasarela Fendi? Entonces hay que lucir siempre jóvenes sin que se note que recurrimos a métodos anti naturales para ello. Apuntado. 

Si Jennifer Connelly y Liv Tyler, mujeres que además de ser muy talentosas son absolutamente hermosas, no escapan al duro escrutinio de los medios… ¿en dónde queda una? Y si a Jennifer Anniston todavía la critican por su elección de no tener hijos… ¿cómo le hacemos para que dejen de encasillarnos en un rol a cierta edad? 

Las redes sociales son una trampa en ese sentido. Viajes, bodas, hijos, casas nuevas, empresas exitosas. Es increíble ver a nuestros contactos triunfar, pero al mismo tiempo vuelve más notorio el hecho de que a partir de cierta edad comenzamos a avanzar a ritmos extremadamente diferentes, a vivir a latidos distintos. Y eso está bien, aunque no siempre lo recordemos o lo creamos. 

Voy a cumplir 30 y no he hecho nada de mi vida. Procede a googlear lista de mujeres que hicieron algo importante después de esa edad. No se convence así que se tira al sillón a sorber mocos y pensar que está fracasando en la vida, que envejecerá como un fracaso, respira, traga, suda, fracaso, y luego le deposita a la terapeuta porque claramente necesita esa siguiente cita. 

He estado en ese bucle de pensamiento probablemente desde que cumplí 25 años. Lo único que cambia es la edad, y que este año decidí hacerme responsable de mi salud mental y acudir a terapia. Nada más adulto que tener un apartado rotulado “para el terapeuta” en el desglose financiero mensual. Pienso que no existe peor juez que una misma, pero también que nos empapamos de información externa, de la presión social y los roles que deberíamos estar supuestamente cumpliendo, y utilizamos todo esto como armas en nuestra propia contra, para ser todavía más duras, echarnos más cosas a la cara y reclamarnos por no “dar el ancho”. 

La crisis de los 25, 30, 40 o los que sean, será tan real como nosotras mismas permitamos. Está bien cuidar del físico, al final del día amar tu cuerpo también es apapacharlo. Pero vamos olvidándonos de los supuestos roles, de mirar la vida como si fuera una lista del súper que hay que ir tachando. No somos nuestros logros, ni somos nuestros diplomas. Una cana o una arruga no nos definen. Tendamos redes todavía más sororas donde ya no exista la crítica a la apariencia ajena. Hablémonos a nosotras mismas como le hablaríamos a nuestra hermana o mejor amiga y disfrutemos de cada año con una perspectiva un poquito más hedonista, con mucha más amabilidad y muchísimo menos juicio. 




Irene González

Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de
Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.
Instagram: @r.irenegon  

Ser terrenal

por Nitz Lerasmo

“Un cuerpo cargado de alimentos embrutece el espíritu y convierte en terrenal el aire divino que nos anima”. Aquella frase, enmarcada en un marco de metal, colgaba justo en el centro de la pared blanca. El nutricionista advirtió que yo la observaba con interés. “Es de Horacio”, me explicó y en seguida continuó garabateando sobre mi expediente. “Lucía, no has perdido peso desde la última vez que nos vimos”, me dijo mientras adoptaba un severo tono de voz. El nutricionista ojeó la báscula de la que yo acababa de descender. “Sigues pesando noventa y cinco kilos”. Cuando él pronunció con énfasis “noventa y cinco kilos” me avergoncé. No comprendía cómo mi cuerpo tenía la destreza de conservar todo ese peso en poco más de ciento sesenta centímetros de altura. Sentí cómo se acaloraron mis mejillas y evité mirar al nutricionista a los ojos. “No has seguido mis indicaciones, ¿cierto Lucía? Estoy seguro de que no renunciaste a zamparte tus pasteles y me ignoraste cuando te ordené hacer ejercicio.” Una vez más miré la frase de Horacio y mi espíritu embrutecido apenas encontró un hilo de voz para responder: “Es que me torcí el tobillo saltando la cuerda y ya no pude hacer ejercicio…”. Él me miró incrédulo. “Pero ya has de estar mejor, ¿no? Puedes volver a ejercitarte. Lucía, comprende que estás a un paso de ser diabética. ¿Sabes lo que eso significa? Mi santa madre, que en paz descanse, fue diabética. Se le caía la piel a pedazos, era horrible. Luego se quedó ciega y una semana antes de morir le amputaron una pierna. ¿Quieres eso para ti, Lucía?”. Me imaginé hincada en el suelo, sin una pierna, recogiendo los pedazos de mi piel muerta. Entonces me sentí hermanada con las serpientes que se aferran a su pasado, a la vieja armadura escamada que ya no las protege de la intemperie. “Para el mes siguiente tienes que haber perdido por lo menos cuatro kilos, Lucía. Si no lo logras, entonces te asignaré con una colega especializada en casos desesperados como el tuyo.”

Salí del consultorio cargando con todo el peso del mundo. Macarena me aguardaba en la sala de espera, sentada en un mullido sillón. Ella hojeaba sin interés una revista de modas. Antes de ir a su encuentro, la observé brevemente. Sus delgados brazos sostenían la revista. Ella estaba reclinada con desenfado, sin importarle que un hombre en la misma sala de espera la observara mientras se acariciaba la bragueta con la mano. La ombliguera rosa de Macarena dejaba ver su vientre plano y firme. Se veía hermosa con sus cincuenta y cinco kilos y ciento setenta y dos centímetros de altura. Interpuse mi voluminoso cuerpo entre Macarena y el hombre para que él ya no pudiera prodigar su lujuria con mi amiga. “¿Cómo te fue?”, me preguntó. “Mal”, respondí y giré la cabeza para ver al hombre. Este me devolvió una mirada de enfado, como de perro que está a punto de gruñir. “No importa, linda. No hay nada que un buen helado no pueda solucionar”, dijo Macarena y de un salto se levantó del sillón. Recogió su bolso y me tomó de la mano para guiarme hacia la salida del edificio. Cuando pasamos al lado del hombre, fingí distracción y le pisé el pie con saña. Antes de que él me maldijera, le regalé un hipócrita sonrisa mientras mis labios pronunciaban una disculpa. 

Ya en la calle, Macarena me guio hacia la heladería. “Sabes que no puedo comer helado, Maca. Dice el doctor que si no cambio mi alimentación voy a ser diabética y se me caerá la piel a pedazos.” Macarena le dio una bofetada al aire, y con ese gesto desestimó el trabajo de todos los nutricionistas del mundo. “Primero; él no es un doctor. Segundo; no conozco a ningún diabético que se le caiga la piel a pedazos…”. “No conoces a ningún diabético, Maca”, la interrumpí. “Bueno, tienes razón. Pero la diabetes no es lepra, por dios. Además, después de comer helado vamos a ir al parque a saltar la cuerda. La traje conmigo”, dijo y me mostró el interior de su bolso. Ahí yacía una sucia cuerda de fibra sintética con los mangos de madera. Yo miré a mi amiga apelando a su misericordia. No la encontré. Llegamos a la heladería y Macarena pidió un doble helado de chocolate para ella y uno sencillo de vainilla para mí. Luego nos encaminamos hacia el parque. Al llegar ahí, nos sentamos en una banca debajo de una jacaranda que se desfloraba con el viento.

Mientras yo relamía tímida y culposamente mi helado, Macarena devoró el suyo en un santiamén. Luego eructó sin vergüenza alguna. “Delicioso”, fue su dictamen. La delgada Macarena había sido bendecida con el metabolismo más eficiente del mundo. Mi amiga comía todo aquello que el nutricionista encarecidamente me desaconsejó. A diario Macarena engullía pizzas, hamburguesas de doble carne, papas fritas, pasteles y, por supuesto, helados. Su cuerpo alquimista transformaba la grasa en aire divino porque Macarena era delgadísima, con un índice de masa corporal rayando en la desnutrición.

Terminé de comerme el helado y me sentí terrenal, oruga que se arrastra por la tierra incapaz de metamorfosearse en mariposa. Macarena, en cambio, estaba sonriente y luminosa. “Bueno, ahora debemos quemar esas calorías que nos acabamos de comer”, dijo mi amiga con condescendencia porque ella podía estar inmóvil todo el día, tragando comida chatarra, y jamás podría engordar. Así que sin duda la observación iba dirigida a mí. Macarena sacó la cuerda de su bolso y se plantó en medio del parque. Con un pie pisó la cuerda y con las manos jaló los mangos de madera para asegurarse de que le llegaran a la altura del pecho. Ese era el largo adecuado para saltar, según mi amiga. Luego comenzó a saltar repetidas veces sin esfuerzo alguno. Eran las cinco de la tarde y los rayos del sol doraban el parque. La hermosa Macarena saltaba y sus nalgas firmes, delineadas por sus ajustados leggins, atraían la mirada de los hombres que paseaban a sus perros. Macarena saltaba casi flotando, como si su cuerpo estuviera hecho de algodón de azúcar. La cadencia del salto era perfecta, envidiable.

Mi amiga se aburrió de saltar con normalidad así que comenzó a hacer trucos: saltó con la cuerda cruzada, hizo saltos dobles, luego saltó abriendo y cerrando las piernas como si fueran tijeras y, finalmente, saltó la cuerda hacia atrás. Cuando Macarena terminó de exhibirse, ya se había ganado toda la admiración de los paseantes. “Toma, es tu turno”, ella me entregó la cuerda y en su frente no relucía ninguna gota de sudor. De forma involuntaria me acaricié mi tobillo. “Ya estás bien, podrás lograrlo”, dijo ella. Entonces tragué saliva y me levanté de la banca. 

Cuando algunos paseantes advirtieron que era mi turno de saltar la cuerda, sonrieron de forma burlona. Tímida e insegura, tomé los mangos de madera. Intenté dar mi primer salto y fallé. Escuché risas a mis espaldas. “Tú puedes, linda, sólo concéntrate”, dijo con un tono maternal la mujer divina. Contra todo pronóstico, comencé a saltar sin fallar y entonces advertí que el tobillo no me dolía. Envalentonada por ese modesto éxito, continué saltando. Tal como me aconsejó Macarena, me concentré en hacer girar mis muñecas y en saltar al segundo siguiente de que la cuerda golpeara contra el suelo. 

“¡Excelente, linda!”, me gritó Macarena como si fuera mi porrista personal. Por un breve instante me sentí ligera y llena de una suave cadencia que me permitía saltar acompasando el latido de mi corazón. “¡Ahora cruza la cuerda como te enseñé!”, me alentó Macarena. Segura de mí misma, sin dejar de saltar, crucé los brazos sobre mi pecho para crear un arco con la cuerda y pasar dentro de él. Pero yo soy un ser terrenal y no sé volar por los cielos. Al caer de puntillas, mi tobillo izquierdo se torció. La cuerda se enredó entre mis pies y caí al suelo. Tirada en el piso, bocarriba, observé las nubes que flotaban etéreas en un cielo inusualmente cobalto. 

Comencé a sentir un dolor agudo en el tobillo. Entonces pensé que, lesionada una vez más, ya no podría ejercitarme ni perder los kilos que le prometí al nutricionista. Quizá me era imposible adelgazar porque tenía una enorme necesidad de cargar con tanto dentro de mí por temor a perder, como si mi única posesión en la vida fueran estos kilos de más, a los que no estoy dispuesta a renunciar. Quizá mi destino era permanecer como un ser terrenal, por completo desinflada de aire divino. A lo lejos escuché la preocupada voz de Macarena y también escuché algunas risas. Pero nada de eso me importó. Observando las nubes deslizarse sin resistencia por el cielo, rechacé cualquier pretensión divina y me abandoné al dolor de mi tobillo torcido.




Nitz Lerasmo

Nitz Lerasmo (Ciudad de México, 1994) estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías Exploraciones quiméricas Vol. I (Grupo Editorial Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de la plaquette Instantáneas (Ediciones Awen, 2021).

Yo nací libre: El desengaño del “amor romántico” en El Quijote

por María Fernanda González Lozada

Durante años la tradición literaria ha dejado de lado a las mujeres y las ha situado en un entorno sumamente machista, no solamente como escritoras, también como personajes, por ello es común encontrarse con textos en donde, casi siempre, aparecen como: “la esposa”, “la hija”, “la hermana”, “la musa”, “la madre”, “la artesana”, entre otras denominaciones que se les da debido a los roles que les son impuestos por el hecho de haber nacido mujeres. Otra de las muchas problemáticas que las aqueja dentro y fuera del marco literario es el “amor romántico”, que durante largo tiempo las ha mantenido bajo la subordinación patriarcal. Sin embargo, desde hace algún tiempo surge la necesidad de cuestionarse los estereotipos de género y con ello la idea de reconocerse como seres libres y autónomos, con la determinación individual de elegir a quien amar.

Con base a lo anterior, las manifestaciones literarias comienzan a poner a las mujeres como protagonistas, esto podemos notarlo en textos contemporáneos, sin embargo, existen obras anteriores en las que se empieza a reflejar la idea de la liberación femenina. Es el caso de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, si bien fue muy popular dentro de la tradición caballeresca y por la variedad de temas que toca, asimismo, causa una importante relevancia debido a las figuras femeninas que Cervantes presenta a lo largo de su obra, especialmente el personaje de la pastora Marcela, ya que enmarca una disidencia entre las relaciones de poder que son ejercidas por parte de los hombres en contra de las mujeres y que erróneamente se le ha denominado “amor”.

Si bien Don Quijote es el personaje principal de tan notable obra, en esta ocasión es crucial resaltar el papel de la pastora Marcela –no solo como un personaje secundario, sino como una mujer dispuesta a romper con los estereotipos patriarcales–, quien toma un protagonismo fundamental en el capítulo XIV que lleva por título: “Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos”. Marcela representa la libertad e independencia femenina en un ambiente en que la mujer no es libre, así que se revela ante las injustas críticas que recibe por parte de otros pastores, pues al inicio de este capítulo se presenta una canción escrita por Grisóstomo que escribe antes de morir, en la cual expresa su tristeza a causa de que Marcela no cede a sus juicios amorosos, razón por la que los amigos del difunto la culpan de la muerte y desdicha del mismo.

Marcela se presenta al funeral del pastor, momento en el que Ambrosio la recibe con  estas crueles palabras, a manera de ejercer presión social contra la pastora: 

-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco de estas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición? ¿O a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma? ¿O a pisar arrogante este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes o qué es aquello de que más gustas, que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos. (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 125).

Por lo que Marcela responde de una manera firme y asertiva  que denota la búsqueda de su derecho a decidir a quién amar, se muestra en el texto: “[…] mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.” (125). Con estas palabras la pastora se permite contradecir los razonamientos masculinos, que durante largo tiempo fueron naturalizados, así mismo, muestra su firmeza ante la idea de no estar obligada a corresponderle a un hombre sólo por su condición de mujer, incluso ella misma cuestiona la necedad de obligarla a amar de la siguiente manera: “¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?” (126), si ella sabe que el amor, cuando es verdadero, es voluntario y no obligado.

Resulta sumamente relevante cómo apuesta por el amor sin ataduras, principalmente al tener en cuenta la época, ya que en ese entonces el modelo que se considera correcto es el de la mujer sumisa que depende de su esposo y vive para él y sus hijos, sin poder ponerse a ella misma como prioridad. Incluso Marcela refleja su independencia económica de la siguiente manera: “Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas […]” (127). Es así como la pastora deja claro su afán de vivir sola, sin la necesidad de nadie y menos de un hombre, declara su poder de decidir sobre lo que a ella le hace feliz y enfatiza, en cada momento, la libertad que le pertenece, así se lee en el texto: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.” (126).

Marcela se muestra extraordinariamente adelantada para su época, decidida a liberarse del yugo masculino, por lo que prefiere estar sola sin un hombre que la obligue a comportarse como la mujer tradicional que tiene que casarse cuando este la desea, pues prefiere vivir su vida que permanecer bajo las exigencias de un marido al que no quiere. Sin embargo, la pastora no solamente busca demostrar la libertad que le corresponde, sino que también, con su discurso, deja claro que es una persona sumamente inteligente y con una gran capacidad argumentativa, con esto rompe la idea de que la mujer es ignorante frente al hombre.

Cervantes da gran importancia al sentido de justicia y libertad, así que decide personificarlo en las mujeres que presenta en su novela, ya que Marcela no es la única que se libera de las imponencias masculinas dentro de la obra. El autor trata una serie de temas relacionados con la novela pastoril, por ello introduce una diversidad de personajes femeninos en la narración, las cuales reflejan actitudes que provocan una ruptura con las órdenes morales del momento, pues son mujeres que no se encuentran en relación con los preceptos femeninos de la sociedad tradicional.

Finalmente, cabe resaltar que Marcela es una mujer que se declara completamente en contra del amor cortés que, hasta ese momento, se considera correcto. Ese látigo patriarcal que ha sometido y lastimado a muchas mujeres a lo largo de la historia. Es muy importante tener presente el discurso de Marcela, que si bien es un personaje ficticio, su enseñanza marca una apertura a la independencia  femenina, no solo dentro del contexto literario, sino también en la realidad machista en la que, como mujeres, vivimos. Poco a poco hemos conseguido desprendernos del ideal masculino, pero aún queda un camino muy largo por recorrer.

1 Amor romántico en un contexto coloquial, ya que, en una instancia más objetiva y especializada, se denomina  amor cortés, sin embargo dicho término ya no es tan común.

 2V. Woolf, Virginia. A room of One´s Own.

Bibliografía

De Cervantes, Miguel. “Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos”. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Francisco Rico, ed. España: Alfaguara, 2004. 119-129.


María Fernanda González Lozada

Soy María Fernanda, me gusta mi segundo nombre porque significa “mujer valiente”, no sé si realmente lo soy. De lo que estoy segura es que me gusta soñar y crear, por eso escribo. Me crié en el llamado “Valle de las calaveras”, más conocido como Zumpango. A mi corta edad de 21 años me ha costado definirme como “alguien”, creo que ese siempre fue mi error, querer ser alguien, pero para evitar confusiones, digamos que me identifico con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana, nuestra “casa abierta al tiempo”. Estoy hecha de mujeres valientes, capaces de
soñar y crear realidades extraordinarias.

La luna y sus letras: Amparo Dávila

por Cynthia Elizabeth Morales

Hay días que descubres que no estás sola. Hay algo que te acompaña, te acecha. Viene por ti. Lo presientes. Una angustia que sube las escaleras, que te acaricia el cabello y susurra tu nombre. Así es la obra de Amparo Dávila. 

Una mezcla entre lo real y lo temido; una frontera diluida y transparente que permite al lector migrar entre el sueño y la profecía. Dueña de un imaginario particular, con características oscuras e inquietantes; Amparo Dávila escribe para explicarse el mundo: Hay textos técnicamente bien escritos, pero que nacen muertos: no quedan en la memoria de quien los lee. No creo en la literatura hecha solo a base de la inteligencia o la pura imaginación. Creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, y hace que perdure en la memoria y en el sentimiento, y constituye su fuerza interior y su más exacta belleza”.

Amparo Dávila (1928-2020) Nace en Pinos, Zacatecas. Su infancia estuvo marcada por la muerte de sus hermanos y por los cortejos fúnebres que observaba desde su ventana. Creció en un pueblo minero, alejado de todo y de todos; aprendió desde muy niña a convivir con fantasmas, Dávila mencionó en alguna ocasión que, en su casa habitaba el espíritu del antiguo dueño de la hacienda donde vivía de niña.

Escribió poesía y cuentos. Sus cuentos han sido etiquetados como extraños, difiero. La originalidad en la construcción del relato y sus personajes provocan una angustia latente y alucinante en el lector. Sus cuentos se caracterizan por presencias, espectros, seres que no podemos definir, pero nos erizan la piel. El miedo no tiene nombre, pero nos alcanza.   Las historias de Dávila parecen tesoros encapsulados en ámbar.  Sus cuentos son atemporales como la fantasía y el embrujo que los acompaña. Sus historias nos sobreviven; podrían escribirse en cualquier ciudad, en cualquier momento.  No son cuentos extraños, son cuentos dotados de un imaginario nutrido por las visiones de Dante, la soledad infantil y el talento de una mujer rebelada a su tiempo, que no dejo nunca que la censura, los estereotipos y el silencio alcanzará a sus historias.

En la mayoría de sus relatos los protagonistas son mujeres. Mujeres comunes que viven y exploran sucesos más allá de la lógica y la sin razón. Protagonistas que exploran la barrera entre lo insólito y lo anodino. Mundos interiores que se fusionan entre la costumbre y la lluvia. Personajes con miedos y contradicciones que, viven atrapados en jaulas invisibles donde la llave la posee lo desconocido.

Dávila afirma que la crítica literaria la ubica erróneamente en el terreno de lo fantástico, cuando ella lo que intenta es manejar las dos caras de la realidad, la cara externa, la cotidiana y la interna, la cual suele ser más oscura y misteriosa. 

Sus primeros trabajos se recogen en Tiempo Destrozado (1959) y Música Concreta (1964). Es hasta 1977 con la llegada de Árboles petrificados que recibe el premio Xavier Villaurrutia.  Actualmente existe el premio Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila.

La obra de Dávila ha sido celebrada en el extranjero y sometida a años de silencio en el panorama mexicano. Inició una amistad por correspondencia con Julio Cortázar a quién le dedicó un par de cuentos. 

Leer a Amparo Dávila es encontrar microcosmos de secretos y excitación en una habitación, contemplar la muerte como quien observa volar a los pájaros, temer la noche y sus pasos…

Para leer los cuentos de Amparo Dávila te recomendamos:

  • El huésped
  • Árboles petrificados
  • La señorita Julia
  • Muerte en el bosque
  • Alta cocina

Descarga libre de material de lectura de Amparo Dávila: http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/176-081-amparo-davila

Y de su poesía, te dejamos una muestra: 

El cuerpo y la noche (1965-2007)

El cuerpo es una estrella fugaz

una llama encendida

que se apaga

La noche es un ala negra

que se extiende

y que envuelve en su negrura

La noche hunde

su prestigio de tigre

muerde al sueño

y al cuerpo

al tigre de la noche

en el agua


Cynthia Elizabeth Morales García

Maestra en Humanidades por la Universidad de Monterrey. Diplomado en Creación Literaria por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura 2018. Mediador de Lectura por IBBY Leer México. Tallerista de Escritura Creativa para niños, jóvenes y adultos para el Centro Cultural Loyola de Monterrey. 

Es una apasionada del arte y la literatura. Adora la naturaleza y los niños. Cuando no lee. Escribe. 

Actualmente desarrolla programas y contenidos educativos para niñas, niños y adolescentes para empoderarlos desde la igualdad, equidad y el conocimiento de sus derechos.

Mr.Green

por Itzayana Guillén Texcahua

Te besé en Estambul y desperté en Marruecos

 cerré mis sentidos y se abrió la marea 

no soy ni de aquí de allá

ni de mis noches largas,

soy como un perro sin rabia.

TIC              TAC                TOC

la serenata rodó, alojándose en mis pecosas clavículas

Y el vino se enfrió en mis estornudos fugaces. 

Te veo en mis sueños húmedos

te sostengo el cabello y te digo venga no pares,

quítame esta maldita angustia que me sabe a polilla

no quiero despertar, porque no te quiero olvidar

pero no quiero vivir porque mis sentidos se han suicidado

maldito vacío, vacío maldito, tres puntos suspendidos nos han separado

Mañana, pasado o el ayer

 la tierra del reloj se ha congelado

me pierdo, me visto, y te cepillo el ombligo.

¿Alguna vez me quisiste?

Mr. Green.

alguna vez te provoque el asco, como alfalfa a darla.

Una nebulosa más sola

¿Acaso pronunciaste mi nombre?

debo estar delirando los marcos, no hablan, no besan, no aman.

Vodka, ron y tequila se mezclan con mi ADN

 creando una orgia de cuerpos vacíos, inertes, con mentes color cocaína

Follan follan y follan

Se visten se desvisten. ¿pero quién los ama?

Todos tenemos atorados a un Mr. Green en el alma.


Itzayana Guillén

«Soy Itzayana Guillén, nací en la ciudad de Mexico y radico en Chiapas, soy licenciada en pedagogía de la Universidad Autónoma de Chiapas, he sido maestra de preescolar y secundaria, la escritura ha sido mi confidente, le ha dado voz a mis pensamientos, he participado en la página de poetripiados, y en el festival Mesoamericano de poesía con mis poemas de corte vanguardista, me gusta crear y mezclar cosas sin sentido, con mis letras entraras a un mundo totalmente extraño.  En la narrativa dejo que cada personaje cuente su propia historia».

Con ternura, para ti: Resiste, árbol de Huizache.

por María Daniela Ortiz Soriano

Cuando mi amiga Xime me invitó al pueblo de su infancia, yo estaba acurrucada debajo de mis cobijas. “Paso por ti mañana tempranito, serían 6 horas de camino, hace mucho calor y regresaríamos al otro día”, decía su mensaje. Una pequeña voz en mi cabeza me decía que lo hiciera, así que al otro día desperté, recibí la bendición de mi mamá y al salir por la puerta de la casa familiar, ahí estaba mi amiga esperándome. El auto emprendió su viaje. 

Llegamos a la natal tierra caliente de mi amiga: Michoacán. La temperatura subió de golpe y mi cuerpo comenzó a sentir los cambios de presión. Pero lo que en verdad quiero relatarles de ese viaje (mi primer viaje sin familia o chaperón familiar) es sobre el paisaje que nos rodeó en la carretera.

Para Xime todo el camino era algo hasta cotidiano, puesto que iba seguido al pueblo que la vio crecer, pero para mí, fue como adentrarme en las tierras perdidas de algún relato de Juan Rulfo. “Parece que me trajiste a Comala” le dije entre risas. “Te dije que hacía mucho calor” me dijo mi amiga. Estábamos a casi 43 grados y la fauna de la carretera lo reafirmaba: todo estaba árido, la tierra rojiza levantaba árboles secos con ramas quebradizas, los cerros que nos rodeaban eran grises, todo el monte estaba tan muerto que, al contacto constante con los rayos de sol, los pastizales desérticos se incendiaban casi espontáneamente. 

Ahora estaba en tierra caliente. “Te dije que hacía mucho calor” me dijo Xime, “Pero es la primera vez que veo todo tan seco y muerto”. Ambas nos miramos y comprendimos que muchas cosas dentro de nosotras comenzaban a secarse como la fauna a nuestro alrededor y corrían el riesgo de incendiarse al más mínimo pensamiento caluroso que insistiera sobre nuestra árida esperanza. 

El año pasado nos golpeó como la onda de calor que cae sobre tierra caliente y nos dejó igual de desiertas. Tuvimos miedo, porque todo en lo que creíamos y sostenía nuestra frágil estabilidad emocional, fue derrumbado y parecía que nos quedamos sin apoyo ni esperanza. Incluso nuestras lágrimas se secaron. Ninguna de las dos sentía que algo creciera dentro de nosotras después del abrupto 2020, áridas como el monte de tierra caliente, solo esperábamos el momento en que iniciara nuestro incendio, y sabíamos que no éramos las únicas en pasar esa desertificación, en ser cenizas. 

Mientras más avanzaba el auto por la carretera, tenía miedo de que este viaje con mi amiga, en vez de ser un Road Trip de película donde reiríamos y cantaríamos a todo pulmón, se volviera en otro desestabilizador emocional. La natal tierra caliente de mi amiga parecía aplastarme… pero no lo hizo. Ante mis ojos apareció como una aparición, un manchón de color verde en medio del monte: era un árbol verde y vivaz, cada rama tenía una hoja colorada del verde vida, ofrecía una sombra a sus pies donde pequeñas hierbas igual de verdes crecían. Lo más sorprendente era que ese árbol estaba ahí, de pie, orgulloso y vivo en medio de la desertificación, incluso cerca de un incendio producido por los 43 grados bajo el sol. Era un árbol vivo, que resistía, y la sombra que producía permitía la vida a su alrededor. 

“Se llama árbol de Huizache, creo” me dijo mi querida amiga al ver mi asombro. Era un árbol de Huizache que resistía a las condiciones límite que lo rodeaban y aún así enverdecía orgulloso, digno de vida. 

El árbol de huizache es común en la flora de esa zona, según me contaron, los agricultores suelen tener problemas con ese árbol: resiste a todo tipo de extracción, porque no importa cuánto lo cortes, vuelve a crecer y enverdecer, sus semillas viajan en el viento y si no logra crecer en el mismo punto, crece en otra tierra. También a su alrededor por la sombra que proporciona, permite crecer más hierbas u otro tipo de árboles, e incluso tiene usos como el medicinal contra el dolor de cabeza. 

El huizache es un árbol verde con espinas y pequeñas flores amarillas, se levanta orgulloso en tierra caliente, resiste a las condiciones de sequía e incendios que el monte posee y crece en toda tierra donde el viento lleve su semilla. 

Durante el resto del camino, justo en medio de toda la sequía, ahí estaba el árbol de huizache de pie y orgulloso de su verdor, de sus flores, sus espinas y la sombra que otorgaba, y cuando yo miraba dentro del auto, sentada a mi lado, veía a mi amiga igual de verde que el huizache. Ahora las dos éramos árboles de huizache, con espinas, con flores, orgullosas que resistían. 

Mi pequeño viaje a tierra caliente me enseñó que muchas veces no somos pastizales secos como creemos sentirnos, que somos en realidad árboles de huizache que florecen y son medicina, resistimos a la desertificación y volvemos a enverdecer orgullosas, ofrecemos sombra para que crezcan con nosotras y damos vida frente a la muerte.  A ti, querida lectora o lector, puede que ahora tu panorama sea desierto a punto de quemarse, pero recuerda que puedes resistir como el árbol de huizache lo hace en la carretera de tierra caliente. 

Al regresar de ese viaje, mi amiga y yo nos abrazamos muy fuerte y sabíamos que hacer ahora: resistir, enverdecer y florecer. 

Resistamos, árboles de huizache.

Con ternura, para ti.


María Daniela Ortiz Soriano 

Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas. 

La miscelánea: De Nada, Cadena de favores y la idea cambiar el futuro

por Fernanda Loé Gómez

Nada importa y por lo tanto no vale la pena hacer nada. Esa es la idea con la que Pierre Anthon comienza a afectar al resto de sus compañeros de clase en el libro Nada de Janne Taller. Esa idea también se aborda en la película Pay it forward o Cadena de favores, en español. Y eso mismo creo que ha pasado por nuestras mentes al menos una vez en la vida. Tal vez hasta se ha transformado debido a la pandemia. A lo mejor pensamos igual que Pierre Anthon o, por el contrario, el aislamiento le ha dado un giro a lo que creíamos del mundo y sobre todo de las relaciones que construimos con las personas con las que lo compartimos, así como con nosotros mismos. 

Empecemos hablando de Nada. Los personajes del libro nos llevan a cuestionarnos el presente y el futuro. ¿Qué es importante?, ¿Qué tiene un significado para mí?, ¿Qué tanto importan las cosas? Ellos, a la par de nosotros como lectores, se ven obligados a tratar de responder esas preguntas a partir del día en que Pierre Anthon se sube a un ciruelo y decide que ya no va hacer nada porque nada vale la pena y, por lo tanto, no tiene sentido. Los adultos del libro, son capaces de ignorarlo, como probablemente nosotros podemos hacerlo todos los días, sin embargo, los niños se enfurecen. 

Lo que dice Pierre Anthon afecta especialmente a los niños porque para ellos significa que, si nada importa, si nada tiene sentido, entonces no tienen un futuro, vivir no significa nada. Bajo esta presión intentan por todos los medios probarle lo contrario, ahí es cuando empiezan los verdaderos cuestionamientos internos. Para eso juntan muchos objetos preciados, sin embargo, no son suyos, son cosas que les prestaron otras personas y por lo tanto no tiene significado para ellos.  He aquí el primer golpe de realidad. Lo que para alguien más es un tesoro, para mí puede ser una baratija. El peso que le damos a los objetos, los hace convertirse en vasijas de recuerdos personales, pero eso no les agrega valor ante el mundo, sólo ante mí.

Es en este momento en el que se ven en la necesidad de ser sinceros. Lo que es importante para mí, es algo que me dolería perder. Bajo esta premisa y a manera de cadena, se empiezan a exigir cosas que saben que el otro aprecia. Sin embargo, el rencor no perdona, y cada nueva petición parece una venganza. La realidad es que así es la vida. Si tuviéramos la oportunidad de quitarle algo que realmente aprecia a esa persona que en algún momento nos trató mal o se burló de nosotros, ¿lo haríamos o lo dejaríamos pasar? Probablemente ya hasta estamos haciendo una lista mental de enemigos con sus respectivos tesoros a despojar. Y aunque creamos que los niños funcionan de diferente manera, la realidad es que son humanos y no son ajenos a emociones como el rencor, el enojo e incluso el odio.

Yo creo que por eso muchos relacionan este libro con El señor de las moscas de William Golding. En este pequeño mundo, los niños demuestran que las relaciones sociales funcionan muchas veces bajo el dicho “ojo por ojo”, lo cual desencadena un espiral de acciones que nunca termina. Además de que, entre ellos, al ser todos niños, las jerarquías funcionan diferente pues tienen la oportunidad de ellos mismos definir lo correcto e incorrecto.

Pensando así, cada petición se va haciendo más y más desmedida, cruzando líneas de las que no hay regreso. Una de estas es la solicitud de Oscarito, el hámster de una de las niñas. Ese es un paso que pone a prueba el carácter moral de todos, que aun sabiendo el probable final que va a tener Oscarito, lo consideran una petición justa al compararla con lo que cada uno ya perdió ante lo que ellos llaman “el montón de significado”. 

Y así continúan las peticiones de objetos que en mi opinión representan diferentes tipos de sacrificios y de valores. Solicitan una alfombra de rezos (que además ocasiona una golpiza casi mortal), un telescopio comprado con los ahorros de toda la vida, el pelo azul de una de ellas, la “inocencia” de otra, el cadáver de un difunto hermano de uno de ellos, un cristo robado, etc.

La cumbre es cuando piden la cabeza de una perrita que ellos mismos van a matar y el dedo de uno de uno de sus compañeros, que obviamente tienen que cortarle entre ellos. Cada petición va llena de más resentimiento que la anterior y sin embargo todas parecen justificadas. La propia protagonista, que tuvo que entregar unas sandalias azules nuevas, cree que su pérdida es la misma a la del dedo de su amigo, por ejemplo. Se justifican entre ellos recordándose lo crueles que fueron cuando cada uno tuvo su turno. Siempre teniendo en mente que la motivación final es demostrarle a Pierre Anthon que han juntado una pila de significado, que vale la pena para todos lo que han sacrificado y que, por lo tanto, el futuro es posible.

El libro nos lleva a cuestionarnos hasta donde estamos dispuestos a llegar con tal de demostrar que no estamos perdidos en la nada. Los niños toman la decisión de vender el “montón de significado”, que en un inicio era basura para la prensa pero que de pronto, por una crítica artística positiva, se convierte en la mayor pieza de arte de la historia. Por lo tanto, se llevan con él la identidad, la religión, la personalidad, la integridad, el miedo, la fe, la patria, entre otras cosas depositadas ahí. Sin embargo, con eso se dan cuenta de que Pierre Anthon tuvo razón todo el tiempo. El montón de significado deja de serlo en el momento en que le asignan un precio, y con eso, un precio a sí mismos, a las cosas que sacrificaron, a lo que fueron capaces de hacer. 

La realidad es que cuando leí este libro muchas de las declaraciones que hace Pierre Anthon me llevaron a pensar como él. A pesar de que por mi personalidad le doy valor sentimental hasta a las cucharas, pocas cosas entrarían en el “montón de significado” y tal vez, como los niños, las vendería a un museo por la necesidad de reconocimiento que creo que todos tenemos, aunque sea en lo profundo de nuestra personalidad. Sin embargo, no sé sí sería capaz de cortar un dedo matar a un perrito por demostrar que la vida vale la pena y el futuro es prometedor.

Ese sopesar entre qué es más importante, si cortar un dedo o no tener futuro, por lo menos a mí me asusta. De esas acciones uno ya no puede deshacerse y aunque se pruebe lo necesario, ¿a qué costo se logró? ¿vale la pena después de saber de qué fui capaz con tal de lograrlo? Aunque hay otras opciones, por lo tanto, me parece buena idea contrarrestar esto hablando de una película que plantea que podemos cambiar al mundo, por lo menos en nuestro entorno inmediato. 

Cadena de favores es una película estrenada en 2000. Protagonizada por Haley Joel Osment, Helen Hunt y Kevin Stacey y dirigida por Mimi Leder pero basada en un libro de Catherine Ryan. La cinta habla de Trevor (Joel Osment, que también protagonizó Sexto sentido), un niño que decide iniciar con una cadena de favores como resultado de una atarea asignada por su profesor (Kevin Stacey) en la que les solicita pensar en una idea para cambiar al mundo y ponerla en marcha. La realidad es que Trevor tiene un ambiente familiar no muy ameno pues su madre (Helen Hunt) es alcohólica y tiene una relación complicada con su ex novio que la maltrata y que no quiere al niño. 

La idea de Trevor es hacer un favor a tres personas para que ellos a su vez hagan tres favores y así se inicie una cadena de ayuda. Sin embargo, su plan no marcha como desea ya que la realidad es que muchos tienen problemas que él no puede resolver. Trata de ayudar a un vagabundo alcohólico y este regresa al vicio, luego trata de ayudar a su mamá emparejándola con su profesor para que ella no regrese con su novio abusivo y finalmente, trata de ayudar a su amigo cuando es golpeado por otros chicos que lo molestaban, cosa que concluye trágicamente. 

Esta película yo la vi por primera vez de manera obligatoria como parte de una tarea que me dejaron en secundaria y no me gustó. Yo me identificaba con Trevor, quería que triunfara y que resolviera los problemas de las tres personas de su lista, pero, sobre todo, quería que su vida mejorara, que su mamá dejara de tomar y que encontrara el amor con su profesor porque el niño era una buena persona con el deseo de mejorar el mundo, para él y para los demás. Sin embargo, me dejó confundida, triste y hasta enojada. 

La realidad es que a pesar de que las cosas no salen como se esperaba, sí genera un impacto en los otros a pesar de su fracaso con la lista. A lo largo de la película se demuestra que Trevor logró esparcir esta semilla de ayuda ya que al final se presentan muchas personas en su casa demostrando que les importa. Aunque el resto sea triste, es reconfortante ver que no pasa desapercibido, que hay más personas que creen que ayudar vale la pena. Creo que es una perspectiva distinta a la de Nada de Janne Teller aunque también nos hace cuestionarnos sobre nuestros actos, creencias y valores.

Como comentario final sobre la película y relacionado al tema de nuestra relación con los otros, en su título original (Pay it forward) va señalado lo que implica llevar a cabo la cadena de favores. Necesitas hacer un favor confiando en que más que recibir algo a cambio inmediatamente, esa persona actuará de la misma forma con quien lo necesite en un futuro. Pagará la amabilidad o ayuda brindada, con ayuda o amabilidad hacia otro. Creo que eso requiere mucho de nosotros, puesto que siempre pensamos en recompensas directas como “si soy amable, me van a atender bien”, “si hago todo lo que quiere el jefe, me van a promover”, o hasta “si me porto bien me voy a ir al cielo”. 

Es en este punto en el que creo que se cruzan las ideas de las que hablé. Jean Pierre piensa que nada vale la pena y por lo tanto no hace nada. Trevor cree que puede hacer algo por alguien, que a su vez va a ayudar a un tercero, y así cambiar el mundo. Y aunque en las dos historias las cosas salen muy diferentes de lo que esperaban, ambos logran plantar una idea en los demás que los lleva a un cuestionamiento profundo del sentido de la vida y de nuestras acciones. Ya sea que vayamos inmediatamente a buscar el objeto que pondríamos en el montón de significado o que pensemos en una idea para cambiar al mundo desde nuestra trinchera, la verdadera importancia recae en ese deseo de buscar, de preguntarse, de poner a prueba la realidad. 

Es verdad que el resultado puede que no sea el que queríamos. Puede ser que lleguemos a la conclusión de que realmente el montón de significado dejó de tener valor para ellos al adquirir valor para los demás, o que pensemos que la cadena de favores va a terminar más rápido de lo que empezó cuando le toque su turno a un político, pero la realidad es que las preguntas que nos hacemos son igual de valiosas que las respuestas que pueden traernos. El intentar hace la diferencia entre lo que es y lo que puede ser, ya sea para bien o para mal.


Fernanda Loé Gómez


Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM.
Formó parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboró en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participó como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Es fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.