Sin título

por Karen Delgado

¿Y si nos vemos?

aunque sea un ratito 

a solas 

¿hasta dónde puedo tocarte? 

déjame besarte los ojos 

háblame de la vida y del tiempo 

de las horas y de las agujas que 

se detienen

como si me fuera 

          tan propio estar contigo

a mi modesta forma 

de hacerte                  reír 

de hacerte                    el amor

           ya no tengo fe en mentiras

tantita pena

de los amores del pasado

ya odio las llagas en el paladar 

por no besarte todo este tiempo

Quiero que me sientas con tu lengua 

estoy 

perdiendo 

el 

control

¿te puedo enseñar lo que significa 

todo 

para mí?

quiero aturdirte 

con mi piel 

desnuda 

dame toda tu vida para 

hacerte el amor 

[Cómo te tengo ganas]

—y eso me encanta—

          ponme tu resistencia en las manos 

en las piernas        en el cuello 

                                       en mi entrepierna

en las manos          en la boca 

                                 en mi pecho

en     la     oscuridad

tus dedos en mi boca 

no hacen falta los milagros 

cuando me dejas ir a casa 

y yo ya soy 

tu asilo 

Déjame besarte a través de tu sudor 

y de tu piel y de tu esencia y de tu voz

¿Cuánto pesa en gramos tu amor? 

hay algo en mí 

caliente, caliente

todo me palpita en la entrepierna

¿Me dejas acariciar tu cabello? 

puedo decir que es muy parecida

la sensación

de recorrer el universo y, 

saber que tú también                 eres todo

y de esos colores que no distingo

quiero abrazarte la cabeza con mi pecho

mientras te digo obscenidades 

¿Me das un poco de tu saliva?

                   dame de tu saliva

en mi labio inferior

¿puedo gemir a tu oído? 

                quiero decirte

que me importas

y creo que

                               te quiero

aunque más allá no te conocía.


Karen Delgado, se apropió de su propio espacio nada más para quitarle un poco de formalidad.

«Sea Munchies»: un viaje a Corea a través del sabor

por Michelle Chalico Fajardo

Hace unos días tuve la fortuna de viajar a Corea sin salir de México y hoy vengo a compartirles mi experiencia, a decirles cómo pueden hacer para vivir lo mismo.

Todo inició porque vi una convocatoria en la página oficial de la embajada de Corea del Sur en México, en ésta solicitaban personas para degustar el snack «Sea Munchies», un producto hecho por las cooperativas pesqueras de Corea. Como lo especificaron en el formulario, de resultar elegida debía publicar fotografías de la desgustación, sin embargo, creo conveniente sumarle este artículo porque a través de este snack podemos adentrarnos en un tema muy interesante: la hermandad entre Corea y México.

Desde el primer bocado de «Sea Munchies» percibí un sabor poco familiar para mí como mexicana, porque estamos hablando de una botana hecha con alga marina y un toque de dulce. Por un momento no estuve segura de cómo describir esta sensación, cómo definir lo que saboreaba y sus implicaciones. Sin embargo, de inmediato lo supe: probar «Sea Munchies» es transportarte a la hora de comida de una familia coreana, ver a los estudiantes compartiendo la botana, tomar soju, el azadador en el centro de la mesa, oler el kimchi, probar topuki en Corea, sentir que estás dentro de uno de esos K-dramas que tanto te gustan…

Así de representativo es el sabor de este snack, cosa que comprobé cuando lo primero que vino a mi mente fue el recuerdo de mis amigos coreanos describiendo los sabores de su tierra, y luego el darme cuenta de que lo que describían era lo que yo estaba probando ahora, era ese sabor dulce y picante, era el pescado fresco, era el alga marina en cubitos.

Fue, en cierta forma, cumplir mi sueño dorado de ir a Corea. Jamás he visitado el país (me encantaría hacerlo), pero lo he conocido por medio de anécdotas de algunos coreanos a los que considero amigos y de K-dramas, me enamoré de esa cultura y ahora puedo decir que la viví de cerca desde la comodidad de mi casa.

Pero «Sea Munchies» va más allá de eso, también es un snack que vino a ayudarnos a unir culturas y personas, por lo mismo les comentaba que se puede observar la hermandad entre dos naciones por medio de esta degustación. Estoy segura de que quienes los consuman van a interesarse por Corea si es que nunca lo habían hecho, se van a fortalecer lazos entre nuestras culturas que, de por sí, ya apreciamos mutuamente.

Imagino, desde ahora, cómo se van a dar muchos encuentros entre coreanos y mexicanos en torno a los «Sea Munchies», todo el intercambio de conocimiento sobre gastronomía que habrá. Sin duda, los coreanos que residen en México podrán volver a su país, aunque sea de manera simbólica, si adquieren esta botana o si se las comparte un mexicano. Por supuesto, también será posible llevar a los mexicanos hasta Corea con tan sólo compartir los «Sea Munchies».

Por si fuera poco, conseguir una bolsa de este snack va a ser realmente muy sencillo en breve, sólo hay que estar muy pendientes de las publicaciones del Centro Cultural Coreano. Pronto, nos van a compartir más noticias sobre cómo adquirir «Sea Munchies» ya sea en su presentación original o en su versión adobada.





Michelle Chalico Fajardo

Michelle Fajardo es estudiante de la licenciatura en creación literaria en la UACM y creadora del proyecto «tallercita de k-dramas» donde se imparten clases de guionismo para mujeres pero basándose en el formato de las teleseries coreanas. Ha creado, además, los proyectos de educación comunitaria «poesía y k-pop» y «dance cover k-pop multifandom» por los que fue acredora a un lugar en la mesa de proyectos 2019 del «LEVADURA. Encuentro internacional de educación comunitaria» por parte del CUENCA (Secretaría de cultura de CDMX).
Ha sido ganadora del torneo mundial de oratoria y poesía feminista «Slamfem» de la FIL Zócalo 2018, colaboradora del diario español «La Verdad» a través de su portal «Canal literatura», colaboradora del INAH y del medialab- Prado de Madrid como parte de la Laboratoria: mujeres en el museo, proyecto para visibilizar el arte creado por mujeres.
Es parte del equipo de la Coyol y ha publicado en diversos medios electrónicos como «Poesía de Morras» y la revista «Enpoli». 

El ángel

por Alejandra Morales

Yace posada en su cama con un paño humedecido de agua fría sobre la frente, su
temperatura corporal es alta y los mareos le provocan sueño. Duerme casi todo el tiempo, solamente despierta un par de horas para comer algo de fruta y tomarse los medicamentos. Desde que le detectaron el virus su vida ha cambiado por completo. El teléfono ya no suena, nadie llama. El cortinaje de color rosa que le fascinaba, la lamparita de plasma sobre el buró y el florero que le regaló su hermana Elena, habían sido retirados de la habitación.
Incluso la habitación había perdido la esencia misma, nadie había entrado a batir las
telarañas de los rincones, las paredes se hallaban pálidas. Todo había sido arrasado por
aquella ola de encierro y angustia. Solamente una cosa quedaba en la pared: un cuadro con la imagen de un ángel de rostro afilado, de ojos azules penetrantes y con alas enormes extendidas en un cielo azul. Era el cuadro del ángel lo primero que veía cuando abría los ojos, el cuadro con aquel rostro más que humano le curaba el sentimiento de soledad, dejaba de sentirse abandonada.

Sentía los mareos cada día más intensos, los dolores de cabeza eran casi insoportables. El médico llamaba para cerciorarse de que se terminara las cajas del medicamento, ya que no debía tomar nada más. Ya nada era efectivo. Ella expiraba. Una tarde, entró Daniel a la habitación, lo veía en la silla, opaco, con el mismo rostro pálido y suave de su juventud, y las mismas líneas del rostro manso y entrañable de la luna de miel. Permaneció mirándola con ternura por un largo rato. Ella quería que brotaran las palabras de su boca, pero el no dijo nada. Después de unos minutos la puerta se abrió y Elena entró para desclavarlo de su vista. Pudo escuchar como los pasos de los dos se detuvieron junto al pasillo. Hablaban de la casa y de su distribución, del comedor con chapa de oro, de la biblioteca, de los cinco dormitorios, incluyendo el suyo. Hablaban del auto que ella dejaría de usar cuando muriera.

Pensó que estaba alucinando como reacción a la potencia de los malestares, pero eso no
podía suceder, no podía ser posible todo aquello en un plano tan real; allí estaban sus voces auténticas en la esquina del pasillo, el teléfono parpadeante de luz azul, las sabanas ásperas de la cama, el cuadro del ángel. Intentó soltar un grito, quería hablarles, pedirles una explicación, pero apenas podía tomar aire para despedir una voz delgada y sutil que nadie escuchaba.

Los días se volvían sombríos y las noches era aún más oscuras, su vista se volvía turbia, aunque todavía alcanzaba a distinguir la silueta de su hermana y la de Daniel que se paseaban tomados de la mano por toda la habitación. A ratos se daban besos, luego se acariciaban el rostro y después huían muertos de risa. Nadie entraba a la habitación para velar por ella, nadie venía a dulcificarla. Por las madrugadas de angustia, entre delirios, los veía llevándose el auto, empacando sus joyas, saqueando su habitación y  llevándose el cuadro del ángel mientras ella reposaba en un sarcófago que cargaban hombres vestidos con túnicas negras.

Una de las tantas noches de desesperación y sollozo, pudo ver una silueta de gran estatura con forma de ángel, tan parecido al ángel del cuadro, que se posaba al píe de la cama. Esa fue la primera noche que el ángel se hizo presente. Permaneció estático, batiendo sus alas suavemente, ella estaba silenciosa, sin fuerza para poder abrir la boca y decir algo. Simplemente miraba extasiada, la silueta que se hacía en cada instante más nítida. Luego se evaporó en medio de aquella oscuridad.

 La segunda noche que el ángel se posó en la habitación, ella se atrevió a jalar aire para hablar con él, le preguntó quién era y que era lo que buscaba.

—Soy la única cosa que tú creas que soy —respondió el ángel. 

—Creo en lo que eres y creo en lo que tú sabes. Creo en tu hermosura y en que vives, como yo vivo. Mírame, estoy muriendo. Quiero saber qué es lo que sucede. ¿voy a morir?, ¿quién va a quemar todo lo que es mío? Insistía ella. — tu puedes ayudarme

El ya no respondió y volvió a irse, como la vez anterior, sin decir nada.

Al amanecer, el médico llamó para anunciarle que le quedaba una semana de vida, la respiración se le estaba cortando. Elena y Daniel ya no entraban a la habitación o tal vez no lograba verlos, ni escucharlos tan claramente. Allí estaba en su cama, agonizante, pidiendo amparo al viento que se arremolinaba por la ventana. El ángel volvió por tercera vez y se sentó al costado de la cama, le acarició la frente y le colocó el paño humedecido con agua helada. Ella pudo verle el rostro con claridad, era el ángel del cuadro, con los ojos azules y el rostro afilado. Se sentía complacida de haber visto el rostro más hermoso del mundo antes de morir. Entonces, el teléfono timbró tan fuerte que la despertó de sobresalto. Era el médico que le recordaba que la cuarentena ya había terminado y que podría salir a festejar su cumpleaños. Ella se quitó el paño de la frente y se levantó de inmediato, lo volvió a humedecer y se puso a sacudir aquella habitación rebosante de olvido, limpiando cada rincón, limpiando el cuadro del ángel con sumo cuidado.




Jazmin Alejandra Morales Becerril

Estudiante de agronomía en la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), le gusta leer y escribir cuentos y poemas. En el 2018 fue ganadora del primer concurso de poesía de la UACh.


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

Encierro

por Lucía Ortiz

Las hormigas se abrieron paso a través de la pared.  Ayer llovió toda la tarde, y para cuando te diste cuenta, una hilera interminable se deslizaba por un minúsculo agujero y caminaba a lo largo y ancho de la habitación.  Tu pareja te gritó, furiosa porque su cama estaba infestada. Tu permaneciste en silencio.   

El encierro no beneficia al amor.  Pasas tanto tiempo con una persona, que sus virtudes se convierten en defectos, el sonido de su voz te martillea la cabeza y su silencio te recuerda al abismo del futuro.  No puedes escapar de ti mismo; no puedes pedir a las voces que guarden silencio, porque ríen y gritan más fuerte.   Antes las ignorabas, fingías que todo estaba bien cuando salías y pretendías que nada te importa, que el presente es eterno, que nada puede hacerte daño.  Ahora, encuentras que la quietud te asfixia, que tu vida no tiene sentido una vez que te sientas, miras al frente, y lo único que encuentras es vacío.  Lo peor de tu prisión es que, cuando tengas la oportunidad de salir de nuevo, las voces seguirán ahí, acalladas de vez en cuando por el sonido de otras voces, por la visión de colores y olores abrumadores.    Pero hoy solo existe este momento. Este es un punto de quiebre; nada volverá a ser lo mismo porque las hormigas han atravesado la pared de concreto. 

Las ahogarás con insecticida, pero eso no impedirá que salgan por el agujero que escarbaron con el mayor cuidado.  Muchas agonizarán frente a ti, pero sus hermanas seguirán mordiendo la pared de forma implacable.  Incluso cuando halles cemento y logres tapiarla, las hormigas buscarán otro trozo húmedo, inestable, de los muchos que se caen a pedazos en tu hogar.  No se irán hasta que fumigues cada espacio. Pero no puedes hacerlo ahora, nadie puede salir de este lugar, estás condenado a que atraviesen la pared de nuevo y se suban a tu cama, recorran tu cuerpo con sus patas ágiles y finalmente te muerdan los labios. 

Al mirarte la herida en el espejo, hallarás a una persona que no reconoces, demacrado, más delgado que de costumbre, que te repetirá palabras que antes no te daban miedo, pero que ahora te aterran. Observarás la ropa que usas cada día, desde que te levantas hasta que te vas a acostar.  A simple vista luce igual que siempre, pero sabes que, si alguien te olfateara, se desmayaría por el tufo a sudor y lágrimas que desprendes.  Mirarás al desconocido que duerme a tu lado.  Un odio profundo surgirá de tus entrañas. Detestas su rostro fresco, su respiración tranquila.  Las hormigas no se han subido a su cuerpo.  Deseas que se metan a sus ojos y le dejen ciego.  Odias su olor a limpio, a entereza y esperanza. Odias ser el único que no encaja en el silencio y la quietud. 

Sales de la habitación, asustado por la intensidad de tus sentimientos y te diriges a la ventana de la cocina.  Fuera, ha dejado de llover. Los labios hinchados te palpitan, y te das cuenta que las hormigas no te mordieron; fueron tus dientes los que se hincaron en tu carne hasta hacerla sangrar.  Tu pareja riega la cactácea de la ventana cada mañana. Le has repetido hasta el cansancio que eso la matará, que está hecha para soportar temperaturas altísimas, y que el exceso de agua la pudrirá.  Pero no te escucha, nunca te escucha. Incluso hay un charco debajo de la maceta.  De un manotazo, tiras la planta al suelo.  Las espinas se clavan en las palmas de tus manos, pero no te importa. Haces que el corte se profundice aún más al apoyar la palma contra la ventana. Pequeñas gotas de sangre se escurren como lágrimas y dejan un rastro oscuro.  Tus ojos están secos.  Pronto será de mañana, y tú sigues encerrado.  Y las hormigas no dejan de escarbar.




Lucía Ortíz Marín

Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas de la FES Acatlán. Tiene la firme convicción de que la vida es tan corta que no vale la pena sufrir por ella y que la educación salvará al mundo

Un buen proveedor

por Paloma Villanueva

Me levanté a las tres de la mañana como todos los días, serví agua en un pocillo y le eché un pedacito de canela para hacer el café. Encendí el radio y me extrañó que ya estuvieran transmitiendo noticias en vez de música, como era costumbre a esa hora.

El locutor hablaba de un virus nuevo y repetía las mismas palabras muchas veces: “desconocido”, “muy contagioso”, “potencialmente mortal”. Subí el volumen cuando dijo que el gobierno había ordenado que todas las personas se quedaran en sus casas y que sólo se permitiría salir para comprar alimentos o medicamentos.

—Qué pinche escándalo traes, ¿estás sorda o qué?

Ramón se había levantado de mal humor. Intenté explicarle lo del virus nuevo, pero me dijo que esos eran inventos y que debía ser yo muy pendeja para creer en esas cosas. Se tomó el café y se fue a trabajar.

Los insultos en casa eran comunes, empezaba diciendo que él arriesgaba la vida todos los días en su trabajo como oficial de seguridad privada para traer comida a la mesa y que yo era una inútil, que no cocinaba bien, que tenía la casa hecha un muladar y que por mi culpa Fede no había aprendido a leer todavía y por eso estaba repitiendo primero de primaria. Decía constantemente que él trabajaba como burro para mantener a su familia y que yo era muy mala esposa.

Cuando escuchas esas cosas casi todos los días, empiezas a creer que son verdad. Tal vez yo sí era una mala esposa porque la realidad era que no me gustaba cocinar, ni planchar uniformes, ni lavar trastes; y nunca tenía ganas de ayudarle a Fede con la tarea.

Ramón tenía turnos de doce horas, salía de la casa a las cuatro de la mañana para llegar al trabajo a las siete y, por la noche, regresaba como a las diez. Si en el radio iniciaba la barra musical de las doce y él no había llegado todavía, yo hacía tapones de algodón para ponérselos en los oídos a Fede, porque el retraso de Ramón casi siempre significaba que había agarrado la borrachera y que vendría a descargar su furia en mis pómulos.

Al día siguiente despertaba crudo y con culpa, se hincaba para pedirme perdón, me rodeaba con los brazos y me prometía que no pasaría nunca más, que dejaría el alcohol y que trabajaría muchísimo para ahorrar y comprarnos una casita en una colonia mejor, donde las calles estuvieran pavimentadas y todas las casas tuvieran agua potable. Pero nada de eso era verdad, yo sabía que seguiríamos viviendo en aquel asentamiento irregular y que él seguiría golpeándome.

El locutor anunció que el gobierno entregaría kits de higiene casa por casa, que instalaría carpas con personal médico para hacer pruebas y detectar contagios; y que los enfermos graves serían trasladados en ambulancia a los hospitales, donde recibirían atención gratuita. En nuestro barrio no pasó nada de eso, las carpas, las pruebas y los kits de higiene nunca llegaron; las ambulancias para trasladar a los enfermos, tampoco. 

No había pasado ni un mes de cuarentena cuando la compañía de seguridad privada en la que trabajaba Ramón despidió a casi todo el personal porque ya no había oficinas que cuidar, bueno, oficinas sí había, pero estaban vacías porque las personas ahora trabajaban desde sus casas. Ahí fue cuando la cosa se puso realmente fea.

A Ramón le dieron una liquidación escuálida que se gastó casi completa en alcohol, los golpes se hicieron cada vez más frecuentes porque estaba aburrido del arroz con frijoles, porque aseguraba que era mi amante quien estaba del otro lado del teléfono cuando alguna amiga me llamaba a la casa, porque Fede hacía mucho ruido o porque la caja del dinero se vaciaba muy rápido. Estaba en la casa todo el día y me golpeaba prácticamente por cualquier cosa.

Una noche que me acosté con las tripas haciéndome ruido, recordé mi infancia en el pueblo. Nunca teníamos dinero en efectivo, pero tampoco pasábamos hambre. Había costales de maíz, arroz y frijol; leche fresca, huevos y, si la cosecha no se lograba, matábamos un puerco para comer. Cualquiera que haya visto cómo se mata un puerco, sabrá que el animal chilla con una fuerza brutal mientras se le clava una punta afilada por detrás de la pata delantera izquierda. Yo había aprendido el lugar exacto donde se ubica el corazón de los cerdos, viendo a mi padre hacer eso en el pueblo cuando era niña y había aprendido también qué partes del animal son las mejores para comer y cuáles se deben tirar.

Tenía aquella escena en mi cabeza cuando percibí un tufo de alcohol que inundó la habitación, permanecí acostada de lado y fingí estar dormida mientras Ramón se quitaba la ropa y se metía bajo las cobijas. Quise rogarle que me diera tregua, que permitiera a mi cuerpo sanar y me dejara dormir, pero ni siquiera me dio tiempo de hablar. Me arrancó los calzones y así como estaba acostada de lado me embistió con fuerza. Sentí mi carne desgarrándose y luché por apartarme, pero él me tomó del cuello desde atrás y me apretó tanto que sentí que me asfixiaba. 

Tuve mucho asco del miembro de Ramón penetrando mi cuerpo y también de la manera en que me trataba, de todos los golpes que me había dado y de lo precaria que se había vuelto mi vida con él. Empezaba a abandonarme al dolor y a la humillación cuando Ramón terminó e hizo un sonido raro entre quejido y chillido que trasladó mi mente otra vez al chiquero de los puercos.

Todavía me ordenó que le preparara otra cuba, así que llené un vaso grande con mucho ron y poco refresco y lo miré bebérselo entero, después otro y otro más. Tuvo temblores, su rostro perdió color y finalmente se quedó acostado con los ojos entreabiertos y la cabeza ladeada sobre la almohada.

Fui a la cocina por el picahielos. Las arcadas que sentí cuando regresé al cuarto, me confirmaron que aquello era una pocilga, había vómito y mierda por todos lados, y un puerco quieto resignado a su destino fatal.

Aparté el brazo izquierdo, tomé el picahielos con ambas manos y usé todo el peso de mi cuerpo para perforar e introducir el instrumento por debajo de la axila. Había que actuar con decisión para provocar una muerte rápida y evitarle sufrimiento innecesario al animal. Saqué el picahielos y la sangre empezó a salir a borbotones. Hubo fuertes chillidos como siempre y, luego de un rato, el puerco se quedó completamente inmóvil.

Las labores de limpieza y descuartizamiento me llevaron toda la noche, pero cuando terminé y miré el congelador lleno de carne, sentí un gran alivio porque era más que suficiente para que Fede y yo nos alimentáramos durante varias semanas. Volví a confirmar que para sobrevivir no hace falta tener dinero en efectivo, sino que basta con matar un puerco para comer y esperar tiempos mejores.

La epidemia aún duró varios meses y miles de personas murieron. Cuando llegaron camiones con logotipos del gobierno cargados con material de construcción, pensamos que iban a levantar un hospital, pero lo que hicieron fue un crematorio. La gente de la ciudad había empezado a quejarse por la contaminación que generaban las incineraciones en sus colonias, así que la solución había sido trasladar el humo a otra parte.

Varias familias vecinas del barrio envolvieron a sus muertos en sábanas y los llevaron ellas mismas cargando hasta el crematorio. Nadie les pedía datos ni les entregaba documentos. Habíamos sido inexistentes para el gobierno durante años y no empezaríamos a figurar en los registros ahora que nos estábamos muriendo.

Fede ya iba en segundo de primaria cuando el locutor informó que el gobierno realizaría un censo para identificar los hogares que habían perdido a jefes de familia durante la epidemia y darles un apoyo económico a las viudas y los huérfanos. Pensé que no nos tomarían en cuenta, pero cuando una señorita llegó hasta nuestra puerta portando logos del gobierno en su gorra y su playera, recordé que cada seis años, cuando los partidos necesitan votos, a nosotros nos vuelven a contar en los censos.

La señorita preguntó si alguien de nuestra familia había muerto.

—Sí, se llamaba Ramón Valencia, ¡qué le puedo yo decir! Era muy trabajador, imagínese que incluso después de su muerte, a Fede y a mí no nos faltó el sustento, y todo gracias a él. Siempre fue un gran proveedor.




Paloma Villanueva Cruz

Comunicóloga feminista. Trabajó como reportera en el periódico Reforma durante 5 años y posteriormente se incorporó a la sociedad civil como parte del equipo de comunicación de Oxfam México; siempre con la intención de contar las historias de quienes son invisibles para la mayoría, y en especial, las de las mujeres.

Integrante de la primera generación del diplomado en Formación de Agentes para la Igualdad de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Lectora entusiasta, corredora y amante del bosque. Ha llegado a la literatura creativa a sus 32 años y planea quedarse un tiempo.

El día que el universo se hizo consciente

por Adi Selena Zapata

Caminando por la bahía de pronto se me vino a la mente una cosa, imaginé todo el planeta tierra girando alrededor del sol y nos vi flotando en el universo; ese pensamiento era tan maravilloso que es uno de mis más gratos recuerdos de mis días de concientizar mi entorno.  

Otro día imaginaba ver una lluvia de estrellas con tanto anhelo que una noche me encontraba inmersa en mis sueños, en medio del universo interminable, mientras caían de manera consecutiva una tras otra a mi alrededor, así que, el día que por primera vez vi una lluvia de estrellas me asomaba por las rendijas de la ventana esperando ver pasar algunas, cuando sucedió…sentí una emoción tan grande que guardé una foto en mi mente en mi sitio de mejores recuerdos de la vida.  

Y de pronto mientras escribo, se me vienen a la mente tantos momentos como estos que me lleva a un recuerdo…me veo en la noche caminando por la calle en frente de mi casa a luz de luna, una luz tan brillante que me permite caminar con tranquilidad porque puedo observar bien mi camino, ese camino que, sin imaginar en ese momento, era el camino que estaba destinado para mi hasta el punto en que me encuentro ahora.

Una vida llena de aventuras, miedos, temores, aprendizajes, alegrías y sobre todo con más valor por mí misma con cada experiencia a la que me desafío. No importa si las cosas no salen como las planeo, voy por la vida tomando lo bueno. 

Todas las mujeres deberíamos estar consientes de lo maravillosas que somos y darnos cuenta del poder de nuestros pasos en el andar diario, nuestras pisadas dejan semillas que renacerán cuando las nubes de nuestros pensamientos se descarguen sobre nuestro poder interior y dejemos que las flores crezcan en la tierra.  




Adi Zapata

Adi Selena Zapata Zacarías es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de Quintana Roo, ex alumna del Diplomado Internacional en Liderazgo Ético y Emprendimiento de Proyectos Sociales del Instituto de Formación Fondacio América Chile. Actualmente es investigadora social en temas de violencias, delincuencia e inseguridad en jóvenes.

No seguir tus estereotipos de feminidad no me hace menos mujer

por Alondra Grande

“Una mujer debe de ser delicada” “Calladita te ves más bonita” “¿Jugar futbol? La gente va a creer que eres machorra” “Ponte ropa más femenina” “Pareces un hombre muy femenino o una mujer muy masculina ¿qué eres?” “Eres demasiado lista para tener novio, a los hombres no les gustan las mujeres que son más listas que ellos”. 

Y entonces surge la pregunta ¿Quién soy? ¿Qué soy?, nací con vagina entonces debo de ser niña, pero me gustan los deportes rudos ¿eso me hace niño? ¡No, no pudo ser niño! Lloré viendo Titanic y los hombres no lloran… ¿qué soy? 

No tengo problema en usar vestidos, pero prefiero andar en pantalones holgados y playeras con logos de mis películas favoritas ¿eso me hace masculino? ¡IMPOSIBLE! Porque también me gusta el maquillaje, y a los hombres no les puede gustar eso ¿no?. Entonces ¿qué soy?

Me interesan temas de política, economía y derecho pero cuando los hombres hablan de eso en la mesa no me dejan opinar, roban mi derecho a expresar mis ideas ¿eso me hace mujer? 

En las fiestas familiares cocino y al final me quedó con mis tías y madre a limpiar mientras los varones se van a dormir ¿eso me hace mujer? 

He sido acosada en el transporte público, en la calle a plena luz del día, en lugares concurridos, en la familia… ¿eso me hace mujer? 

Y así, con más preguntas que respuestas comenzamos a crecer aprendiendo a ocultar aquello que nos hace felices pero no complace a los demás. Nos enseñan a crecer en una ambivalencia donde Femenino y Masculino dejan de ser simples palabras y se convierten en imposiciones, dogmas en donde no puedes pertenecer a uno y sentirte identificada con gustos del contrario.

Se crean brechas, brechas enormes de diferencias donde no te puede gustar maquillarte y leer cómics, de seguro finges para encajar en alguna de las dos actividades, de seguro lo haces para gustarle a alguien. Hacerlo porque te gusta a ti nunca es la respuesta.

Parpadeas y descubres que ya estás casi pisando la vida adulta y todavía la pregunta ¿qué me hace mujer? acecha la mente. 

Prendes la tele, ves una serie, buscas distraerte y sólo encuentras un bombardeo de figuras femeninas altas (pero no tanto, porque entonces no lucen los tacones), con el cabello largo (si mi cabello es corto ¿eso me hace menos mujer?), labios rosados, sin una pizca de vello corporal (¿tener vello me hace menos mujer?), son graciosas, son delicadas, caminan como si usar tacones fuera un arte natural (¿no saber andar en tacones me hace menos mujer?), con el cabello siempre arreglado a la espera de ser salvadas porque pocas son las que salvan, las que quedan sin pareja porque sus ambiciones todavía no incluían un compañero de vida (¿si busco compañera soy menos mujer?). 

¿Dónde radica la feminidad? Es seguro no está en los estereotipos, y puedo casi afirmar que la biología no tiene una respuesta que abarque toda la complejidad de la pregunta. 

La feminidad, el ser mujer, radica ahí donde tu pongas el pie. Va contigo, siempre contigo. Cuando decidiste no escuchar a los demás y entrenar ese deporte que es “para hombres”, entrar a esa carrera que “es para hombre”, hacerte ese corte “de hombre”, usar esa ropa de “hombre”, cuando despiertas la feminidad despierta contigo, porque eres tú. No importa tu órgano sexual, en el momento en que te paraste de frente y te proclamaste como mujer tú feminidad nació, y no se irá sin importar cuanto la insulten, le escupan o intenten hacerla desistir. 

Feminidad eres tú, no es la ropa, el maquillaje o peinado, no es tu tipo de cuerpo y mucho menos las actividades que realizas. Eres tú y, sin importar donde estés, brillará incluso si intentan apagarla.




Alondra Grande

«Mi nombre es Alondra Margarita Grande Franco, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 20 años de edad y soy estudiante de Psicología, activista feminista y escritora ocasional. Escribir para mí siempre había sido un acto de rebeldía individual, una
revolución que no iba más allá de las palabras atrapadas en un papel a la espera de no ser vistas por alguien. Sin embargo, ahora creo que los pensamientos merecen ser compartidos y
enriquecidos con otras ideas, es esto lo que me impulsa a compartir lo que mis ojos ven y mis dedos teclean.»

El amor romántico, el arma perfecta del patriarcado

por Yaribel Vera

Desde nuestra temprana edad, junto con el constructo social de cómo debe ser, verse y actuar una mujer, nos enseñan el opio de nuestra existencia: el amor romántico.  Desde pequeñas todo cuanto nos rodea nos muestra que la mujer debe ser capaz de soportar dolor, incertidumbre y desasosiego si se trata del amor de un hombre. Los medios de comunicación vendiendo la idea de que por amor hay que ser comprensivas, sumisas, adecuadas para el hombre amado, que sin un hombre a nuestro lado, nuestra realización como personas está trunca, que se necesita un felices para siempre y hay que asegurarlo a toda costa. Que incluso cuando hemos perdido a nuestro príncipe azul, hay que desgarrarse y llorar y perdernos a nosotras mismas por él, porque el amor propio y la realización de nuestros sueños y metas no forman en absoluto parte del plan perfecto del patriarcado. 

Más del 49.5% de la población mundial, son mujeres. Si ese 49.5% de personas estuvieran enfocadas en que, el único máximo proyecto y meta a la que deben aspirar son ellas mismas, el potencial de cada mujer sería asombroso. Mujeres trabajando para sí mismas, si encuentran el amor bien, sino, no son desdichadas y por supuesto no se ven a sí mismas como inválidas o incompletas. 

Por amor hacemos muchísimas cosas insanas e insensatas: perdonamos a los hombres si son infieles, mentirosos, mediocres, emocionalmente inestables. Buscamos cómo puedan amarnos más, ser correctas para ellos: cambiar nuestra apariencia física para que seamos atractivas a sus ojos y nos puedan amar, más delgadas, más sensuales, más como ellos quieren que seamos para su consumo. Pasamos horas y horas en pláticas al teléfono con nuestras amigas cuestionando todo lo que hacen, lo que dicen, pidiendo consejos para saber cómo amarles mejor. Invertimos dinero, tiempo y esfuerzo a causas perdidas desde el principio, sólo porque para ellos somos una necesidad y cuando ésta deja de ser funcional, somos reemplazables. Todo es a su conveniencia, no a la de nosotras. 

 Qué increíble sería cuestionarnos si de verdad necesitamos a un hombre a nuestro lado, si no es por el contrario una imposición social que debemos obedecer para sentirnos plenas y completas como mujeres. 

Como mujeres, debemos asumirnos a nosotras mismas como el máximo proyecto de nuestra vida, cuestionarnos incesantemente todas las normas e imposiciones que se nos han hecho desde pequeñas, y como si queremos mantener lazos afectivos con hombres, pueden ser relaciones de iguales y sin trampas engañosas del amor romántico. La única y más grande arma para que esto sea posible es el amor propio, amarnos y procurarnos tanto como lo hacemos con los hombres, redireccionar esa pasión, ese entusiasmo y esfuerzo a nosotras mismas para aprender cuándo hay que establecer límites sanos y alejarnos de vínculos que nos hacen infelices, incompletas y desdichadas.

Cambiar todo nuestro tiempo, energía y ganas para salvar una relación o a un hombre que no tiene completos sus procesos de madurez y compromiso emocional para usarlo para nosotras, siempre con ánimos de vernos crecer. Desprendernos de relaciones malsanas con los hombres nos garantiza marcar el camino a otras mujeres y enseñarles que además de que existen maneras sanas de relacionarte sin que signifique sacrificio, dolor o codependencia, también existe la vida sin ellos y que es más satisfactoria que sufrir por amor. 

Aunque algunas mujeres aun no tienen la consciencia para detectar que estos constructos sociales del patriarcado están acabando con nosotras, y nos mantienen “drogadas” y distraídas de nosotras mismas, es posible también invitarlas al cuestionamiento constante y a acompañarnos siempre que sea necesario, porque si sana una, sanamos todas. 




Yaribel Vera

Yaribel Vera es licenciada en economía.

Labores propias de su sexo

por Delfina Martínez García

Bueno, ahora que lo pienso, no tengo una razón en especial o verdadera para no haberme atrevido a escribir. Tal vez más exacto sería decir que la vida se me presentó así nada más, como a tantas personas; distrajo mi atención y me apartó de esa inquietud que tuve a muy temprana edad. 

Retomando la reflexión que compartía, pienso y repienso que tengo la respuesta a esa pregunta; no me atreví o no pude escribir por falta de tiempo. Para dejarlo claro, regreso entonces al título del ensayo: “Labores propias de su sexo”. Esta frase engloba las razones por las cuales no lo hice. La primera vez que la escuché, fue el día en que mi mamá me inscribió en primero de primaria. Me acuerdo que a llegar su turno, mamá entregó mis papeles y le hicieron algunas preguntas de las que no me acuerdo; bueno de una sí, la que me marcó. El director le dijo, “¿su ocupación, señora?”, a lo que mi mamá contestó, “al cuidado de los niños y de la casa”. Entonces, él, hablando con voz baja y llenando la solicitud o qué sé yo, un papel, parafraseó, “ah, labores propias de su sexo”. Yo, al oírlo, como no entendí, lo volteé a ver y luego vi a mi mamá. No sabía qué quería decir “labores” y mucho menos “sexo”, y no pregunté. 

Creo que es a partir de ese mandato, por decirlo de forma amable, que nos sentencian a las mujeres a llevar una vida limitada a un ámbito doméstico, más en tiempos pasados que en la actualidad. Pero no es sólo eso, ya que si por alguna razón se distrae uno un segundo de tan “menuda tarea”, y algo no sale bien; por ejemplo, cuando la enfermedad de un hijo o malas calificaciones, todo nos apunta, haciéndonos blanco de culpabilidad por tal desatención que ha provocado un mal resultado. Claro que de esto yo no me daba cuenta en el momento que sucedía, era lo normal.

También llegaron a mí recuerdos de diferentes épocas en las que, dispuesta a escribir, no sé, cualquier cosa, para por fin estrenar ese cuaderno y ese lápiz, que esperaban por mí y, recíprocamente, yo, que esperaba por ellos, era interrumpida. Cuando oía un grito que pasó de un “mija, por favor, pon la mesa”, al de “mami, ¿dónde estás?”, siempre, sin pensarlo, cerraba el cuaderno poniendo el lápiz entre sus hojas, lo metía a un cajón y lo guardaba para una mejor ocasión en la que tuviera “el tiempo”. Y así pasó la vida dejando a un lado eso que tanto me gustaba. 

Otra cosa que observé es que soy una persona comprometida con sus tareas: estudié cuando tenía que estudiar, cociné cuando tenía que hacerlo, cuidé hijos cuando lo necesitaron y en estos días cuido a mi mamá. Lo anterior no lo menciono para dar la idea de que me pesó haberlo hecho o que me pesa seguir haciéndolo, sino que es ahí donde encuentro el motivo por el cual no me he dedicado a escribir de una manera más formal.

Tal vez las razones que enumero tienen un sesgo de los diferentes roles de género que aún existen y, para ser sincera, no fue con esa intención, pero me es imposible superar las vivencias y el lugar desde donde abordo el tema.

Concluyo entonces que, para escribir de una manera seria, más que atreverme a hacerlo, tengo que echar mano de ese compromiso conmigo misma. A decir verdad, no creo que me cueste, ya que lo disfruto, no sé si con el fin de que alguien me lea o por el simple hecho de que me gusta mucho y que me hace sentir plena.

Decidida estoy a que, a partir de hoy, me dedicaré a “otras labores posibles de mi sexo”.


Delfina Martínez García

Originaria de Xalapa, estudió una carrera por la cual ejerció antes de convertirse en madre. Después de décadas y una vez que sus hijos salieron de casa, decide retomar su gusto por la literatura y empezar a escribir. 

Egresada del Diplomado en Creación literaria, de la Escuela de Escritores y Cinematografía de Veracruz Sergio Galindo, de la SOGEM, sigue su formación como escritora, tomando cursos como “Taller de autobiografía”, con Olga Cuéllar, “Fanzine creativo“ y “Escritoras de noviembre“, con Ana Valderrama. Escribe reflexionando sobre los roles de género desde su experiencia como esposa, madre, ama de casa y mujer.

Reseña «La hija única» (2020) Guadalupe Nettel

por Tania Rivera

Como ves, no hay felicidad comparable a la de ser madre, Lupita. Aunque te cueste, como en muchos casos, la vida. Y siempre, la juventud y la belleza. Ah, pero ser madre… ser madre… -Rosario Castellanos 

Rosario Castellanos sintetiza en el Eterno femenino (1975) el arquetipo de la mujer mexicana como “sufrida, abnegada, devota” (p.52) y esta definición bien podría servir para describir la situación femenina a lo largo de la historia universal. No obstante, durante el siglo XX –y gracias al feminismo– surge la necesidad de cuestionar este modelo arcaico, especialmente con lo referente al elemento intrínseco de la feminidad: la maternidad. Y aunque, tanto las posturas teóricas como la literatura han mostrado interés por lo anterior, inevitablemente en el imaginario colectivo continuamos con mayor cercanía a la melcocha que nos venden en los festivales del día de las madres. Es en este contexto que se circunscribe la más reciente novela de Guadalupe Nettel.

La hija única (2020) es una novela con olor y sabor a testimonio que presenta la historia de Laura, una mujer que ha decidido no ser madre; Doris, quien junto a su hijo padece las consecuencias de una relación abusiva y Alina, la cual tiene que enfrentarse con la noticia de que su hija morirá justo después de nacer. Es decir, esta novela indaga en la vida de estos personajes femeninos y las entrelaza a través de las aristas poco conocidas de la maternidad, el dolor que implica la dupla vida/muerte y la pérdida. 

A pesar de lo anterior, La hija única no es una novela que pretende enlistar todas las situaciones amargas que conlleva la condición femenina, de hacerlo así, sería igual que las canciones sentimentales que nos recuerdan que las madres llevan a sus hijos en el vientre con dolor y cansancio. En cambio, Nettel propone un espacio de dialogo, la posibilidad de “hablar con otras mujeres del miedo, la rabia y la impotencia” (p.46), porque en el fondo, más que una reflexión sobre el ser madre es un tratado minucioso del universo femenino, pero también es un examen de lo que nos hace humanos y ante todo, de la incertidumbre que encierra la vida: un “recordatorio de que nada de lo que construimos dura para siempre” (p. 64).

Nettel decide presentar lo efímero de la existencia y su fragilidad de forma poco convencional. No nos enfrentamos a la muerte como un hecho natural después de una vida larga, sino que en Inés descubrimos un tema del que pocas veces somos conscientes:

Existe una palabra para designar a aquel que pierde a su cónyuge, y también una palabra para los hijos que se quedan sin padres. Sin embargo no existe una palabra para los padres que pierden a sus hijos. A diferencia de otros siglos en que la mortandad infantil era muy alta, lo natural en nuestra época es que eso no suceda. Es algo tan temido, tan inaceptable, que hemos decidido no nombrarlo (p. 42). 

La mención de la mortandad infantil no es una herramienta para reforzar la idea del sacrificio maternal, más bien permite recordar que la maternidad no es ese lugar idílico, el destino deseable de todas las mujeres, también puede ser un páramo lleno de hartazgo, cansancio, tristeza, preocupación y soledad; sentimientos humanos que permiten comprender hasta cierto punto la situación de una madre sin la necesidad de serlo, por lo que esta novela no tiene que ser objeto de interés únicamente para el público femenino. 

Nettel consigue envolvernos en este tipo de cuestionamientos y observamos cada vez con más nitidez el deseo materno, esa tentación constante de la que intenta alejarse Laura y que se materializaría si no fuera porque también nos enfrentamos a la otra cara de la maternidad. Si anteriormente nombré a la muerte, en Doris se manifiesta el carácter fantasmagórico de la violencia y su trascendencia a otras relaciones. Especialmente surgen dudas respecto a los hijos ¿qué debe hacerse si un hijo es una “carga”? y no me refiero a esa hermosa carga que consiste en cuidarlo. ¿Y si nuestros hijos nos hieren y aborrecen? Cómo simplemente resignarse a que “todas las madres nos damos cuenta de esto: tenemos los hijos que tenemos, no a los que imaginábamos o a los que nos hubiera gustado tener, y es con ellos con quienes nos toca lidiar” (p. 62). 

Probablemente, describir esta novela como una obra “feminista” no sea la mejor idea, considerando que desde hace mucho tiempo es una palabra que incomoda en la mesa cuando aparece y hasta ganas dan de persignarse; no obstante tomaré ese riesgo ya que hay que destacar la importancia de este movimiento dentro de esta historia aparentemente sencilla gracias a su prosa transparente; no se trata de un panfleto proselitista sino que es un punto de inflexión, una presencia que parece orbitar alrededor de la vida de la protagonistas, pero que sin saberlo algunos de sus preceptos –aún sin ser nombrados explícitamente—se convierten en las bases de la relación entre Laura, Alina y Doris, tales como el autoconocimiento del cuerpo femenino, la sororidad y el maternar en colectivo. 

Por si existen dudas, esta novela no es sólo feminista por lo anterior, sino porque igualmente denuncia las convenciones sociales que — ¡aún en pleno siglo XXI!—rondan a  las mujeres y que no son diferentes a las palabras de Castellanos referidas al inicio. Como los constantes recordatorios sobre el reloj biológico; la despersonalización de la madre en pro del feto, el cual al momento del anuncio de su existencia pasa a convertirse en el centro de la actividad de los que rodean a la progenitora; la exigencia de la abnegación;  la espera de adoptar una actitud maternal con todos y el asumir la desgracia en silencio mientras se va a llorar a un rincón. En síntesis, quizá las mujeres seamos menos sumisas, abnegadas y devotas, pero se sigue esperando que lo seamos y la presión social nos empuja a regresar a ese lugar de recogimiento femenino y es por ello que con los tiempos que corren es significativo toparse con novelas como La hija única que someta a crítica este tipo de situaciones y además nos recuerde que en ni en la maternidad ni en la vida está nada escrito, por lo que “pasará lo que tenga que pasar” (p.85). 

Referencias

Castellanos, R. (1975). El eterno femenino: Farsa. México: Fondo de Cultura Económica.Nettel, G. (2020). La hija única. España: Anagrama




Tania Rivera

 Tania Viridiana Hernández Rivera (Xalapa, Veracruz 1997). Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Cuentos suyos han aparecido en revistas como La Sirena Varada, Tintero Blanco y Metáforas al aire. Ha obtenido menciones honoríficas en el 7° Concurso de cuento  infantil y juvenil de la Editora del Gobierno del Estado de Veracruz (2017) y en el Premio Nacional al Estudiante Universitario en la categoría relato Luis Arturo Ramos (2020). Actualmente es columnista en la revista Espora de la UDLAP y dirige la revista digital Pérgola de humo.