El ruego de la moribunda

Por Camila Pineda

El grifo del agua goteó infinitamente toda la noche. La luz intermitente del pasillo muere, va a morir, tal vez esté a punto de morir. Busqué un lugar para sentarme y elucubrar algo que requería más de media hora o menos de media hora. Hice versiones de mis vidas y para no perder la coherencia anoté los beneficios acumulados por ser nadie.

Me vieron venir y nadie dijo nada. En medio de un silencio perturbador se escuchó un disparo de escopeta. Cuando estaba a punto de despeñarme, nadie dijo nada. Un color escarlata cubrió mi frente. A lo lejos escuché gritar- está agonizandooo- y una nube de pólvora cubrió el cielo. Ya nadie dijo nada. 

Sentada a la orilla de la cama con el rostro desfigurado por la llama de una vela permanecí días enteros. Ensayé tomar mi muñeca y cortar la vena. Por un instante ansié que mi corazón no dejara de latir y recordé que todo lo que se deja a última hora fracasa.

Desde esa noche de aquí no salí. Permanecí inmóvil. Me entraron a matar y me dejaron viva. No quise correr y me mataron sin suponer que todavía respiraba.

Mi habitación es muy estrecha. Me pregunto quién se ha sentado a la orilla de mi cama. No puedo ni quiero abrir los ojos, me pesan los párpados. Sin embargo reconozco ese rostro y le ruego que se acerque pero mis labios están paralizados. Pienso que no hay prisa, el dolor se ha ido y susurro que esto es tan hermoso. Solo vos debés estar aquí. 

Sé que están esperando afuera. Todos me quieren aunque sigo siendo una diversión para ellos y aún en mi lecho de muerte alcancé a…


Carolina Pineda. Guatemala 1962. Dedicada a la escritura y al performance.  Estudios en pedagogía, artes visuales, arte contemporáneo, género y feminismo.   Obras  publicadas: EyaCulo, mi propia seducción, OASIS 2000.  No soy poeta,  Chuleta de Cerdo 2012. Pavloviana, la perra. Alambique 2018.

El recuerdo

Por Angelina Cortázar

La noche marca la lluvia y, la luna mí fortuna
El cielo se pinta de azul, igual que el saco que llevabas tú
El aire de esta velada golpea a bofetadas, como tus palabras
Se escuchan las pisadas, pero no veo tu llegada.

Me senté en el rincón, esperando tú amor.

Escuché la noche de mi propio mal y, me fue peor.

Busqué un carboncillo y te escribí, cariño
La hoja voló, mis alas no.

Un puñado de palabras me salieron del alma,
Espero tu llegada, te escribí en la carta
Esta noche beberé y en las otras te recordaré,
Sentada te esperaré, así sea una vida sin amanecer.


Angelina tiene 18 años, pero los gustos añejos. Ha mirado los sufrimientos de mujeres en el confinamiento, también  presencio la felicidad hecha abuelos, ella desea que su firma sea llamada autógrafo y que mejor que comenzando a escribir desde este momento. Le escribe a los amores y desamores, a las libertades y aves, también a las jaulas y a las hurañas. Escribe y se ríe, también llora y cae pero siempre se levanta más fuerte que nadie, pronto comenzará  a estudiar Psicología o quizá Pedagogía, aún no lo sabe, pero lo que si sabe es que con sus palabras pueda motivar a que más escritoras se unan. 

Dos poemas

Por Betty Júpiter

Productiva
Yo, fabrica viviente
entro en labor de parto a la semana
durante el tercer turno.
La labor de parto es exhaustiva, fatigante.
Me deja inconsciente ocho horas
y las horas libres, no parecen serlo.

Mi cuerpo se paraliza, la espalda llena de dolor
Implora ya no expulsar más hijos, más productos,
mercancías baratas, mercancías escombros.
Mi útero llora, se debilita.

Mi necedad no se detiene.
Cuestiono esta labor que me deja sin nada.
Las dudas se arraigan en mí
y es difícil dejar de lado la incomodidad
y en la búsqueda de la paz, del descanso
de dejar de ser explotada.
El aborto se manifiesta, arrojo: la renuncia, la queja, la demanda.

Y empiezo a abortar constantemente:

Aborto: la indiferencia, el adoctrinamiento, el desinterés.

Los demás señalan, no saben que argumento concretar
observan con recelo los pasos que he podido dar.
Me enfrento a sus mandatos: brava, invicta.
No voy a parir lo que ellos dictan.

Manifiesta del cuerpo
Los dientes rechinan persistentemente por las noches.
La mente recrea otra pesadilla: cajas registradoras,
clientes enfadados, número, números, números.
Mi necesidad es desaprender lo que me inculcaron
Hacerme ruinas, para construirme poco a poco.

Desaparecer a los villanos del reloj
una hora tarde es un peso menos.
El bono de puntualidad se lo comió
la impuntualidad del parasito
que dosifica un salario que dura pocos días.

Vivir así obliga a manifestar el descontento
a protesta contra lo impuesto.
el impuesto: sobre la casa, sobre la mesa, sobre mí.
Me quiebra lento, pero me sostengo.

Y sostengo en cada parte de mi cuerpo convicciones.
Soy un hecho histórico que camina, y mi cuerpo habla:

Declara firmemente no desistir, resistir
reclamar la felicidad, lo que han saqueado, no olvidar.
Persistir, existir.
Mi cuerpo se manifiesta/fiesta: derecho a bailar, a cantar, a vivir.


Soy Betty Júpiter, nací en Texcoco, México y actualmente soy residente de la ciudad de Saltillo.
Soy estudiante de Ciencias de la Comunicación, y doy clases de inglés, también tengo un bazarcito de ropa en línea. Me gusta leer, y acariciar a mis gatos. Me gusta compartir lo
poquito que sé y gritar a todo pulmón en las marchas con mis amigas.

Paseo nocturno

por Carmen Martínez Natividad

Di un golpe a la puerta y con él pude romper el candado que por tanto tiempo estuvo impidiendo nuestra salida. Sujeté tu mano tan fuerte y tan delicadamente a la vez. Te pedí que corrieras lo más rápido posible, nos encontrábamos en el camino hacia lo desconocido, no teníamos rumbo ni dirección. Se escuchaban nuestras risas, haciéndose presentes y tratando de notarse. Hacía tanto tiempo que no escuchaba tan melodiosa armonía.

Mientras atravesábamos el bosque, el viento jugueteaba con tus enredados cabellos, tan negros como esa noche, poniéndolos en tu rostro. Pude notar un brillo especial en tu mirada, era una pequeña luz, de repente salió de ti y nos insinuaba que la siguiéramos. En ese momento, estábamos tan contentas que ya no importaba nada, no teníamos nada que perder, nos teníamos la una a la otra. Tú eras el soporte y yo la motivación.

Comenzamos a seguirla, nos condujo hacia una colina no muy alta, justo lo necesario para poder apreciar el hermoso manto estrellado que cubría el cielo. Nos recostamos en el césped y las estrellas empezaron a danzar, no cabía tanta alegría en mi pecho. Era una velada perfecta, tan a tu estilo. Me pediste la mano y ahora tratábamos de seguirles el paso a los astros.

Al verte a los ojos, sabía que tenía que hacer algo para que te quedaras siempre conmigo, así que te pedí tus sueños, me miraste un tanto extrañada pero no dudaste, metiste tu mano a tu bolso y sacaste un pequeño costal de colores. Extendiste mi mano y, al momento en que los colocabas en mi palma, me dijiste: “parte de mi vida la he gastado en fabricarlos, cuídalos”. Yo te miré con mucha ternura y te dije que no tenías de que preocuparte. 

Empecé a sacarlos y, uno por uno, los fui entrelazando, desde el más pequeño hasta el más grande. Saqué de mi morral nuestros miedos, y los uní con los palitos de nuestras preocupaciones. Diseñé un pequeño papalote, tomé tu mano una vez más y comenzamos a volar, lo suficientemente alto para saber que tocaría el cielo con mis dedos. Guardé un poco de nube de algodón en mi bolsillo, para esos momentos de tristeza en los que necesitamos endulzarnos y metí unas cuantas estrellas en tu cartera, para cuando nos faltara la esperanza. Y así fue… entonces, volamos hacía un nuevo horizonte.




Carmen Martínez Natividad

Nació en 1993, en las tierras áridas del norte, en Saltillo, Coahuila. Cantautora, escritora y charanguista. Inició su relación con la música desde pequeña, ha participado en conciertos en el norte de la República. Actualmente, ha pisado escenario como charanguista, bajista y cantante en distintos grupos, habiendo escrito más de 12 canciones. De alma bohemia y viajera, ama las letras, la música, el café y el chocolate.  

Siempre lo supe

por Gabriela Ladrón de Guevara León

Siempre lo supe. Desde niña lo había sabido. Mi abuela dijo que desde el día que nací, la nube negra estuvo sobre mi cabeza. La verdad, mi vida no había sido mala: una niñez común, una adolescencia sin nada relevante. Nunca fui buena estudiante, pero me gustaba hacer deporte y leer. Sí parece una combinación rara, pero era lo que más disfrutaba: jugar futbol en el equipo de la escuela y leer, leer todo lo que llegaba a mis manos: novelas, cuentos, poemas…. Hasta la Biblia. 

Nada en mi vida había mostrado alguna peculiaridad. Sin embargo sabía que había algo extraño: las miradas de mi abuela, las expresiones de mi padre, los llantos sin motivo de mi madre. Y sobre todo, el que no tenía hermanos. Una vez oí decir a mi abuela que la maldición no me había llegado, por eso era mejor que yo no tuviera hermanos. Así era la vida y yo la aceptaba. 

Hasta que llegaron las pesadillas. Acababa de entrar a la universidad y cada noche empecé a tener pesadillas angustiosas que no recordaba, pero que me hacían despertar bañada en sudor y jadeando. A veces hilaba dos o tres y poco a poco, dormir se convirtió en un calvario. No soportaba que llegara la hora de acostarme. Me llené de tareas académicas, conseguí un trabajo, todo para evitar dormir.

En la casa me decían que estaba fatigándome sin sentido, que si quería, podía dedicarme a estudiar sin necesidad de trabajar, mis padres me apoyarían. Pero no trabajaba por necesidad económica o porque quisiera adquirir experiencia profesional. Trabajaba para agotarme y dormir sin tener pesadillas.

A veces sí, estaba tan cansada que caía de inmediato dormida. Y dormía sin sobresaltos unas pocas horas hasta que me despertaban las pesadillas imposibles de recordar. En otras ocasiones, no podía cerrar los ojos. La angustia me invadía y esa mayor que las mismas pesadillas. Estaba aterrorizada. No me atrevía a dormir por miedo a tener pesadillas.

No me malentiendas, la noche en sí, la oscuridad, no me daba miedo. Tampoco los ruidos nocturnos o la soledad. No le tenía miedo a ladrones o delincuentes. Tenía miedo a las pesadillas. Pero deseaba dormir con todo mi corazón, dormir como piedra y sin soñar.

Paradójicamente, mi desempeño escolar era muy bueno, mucho mejor de lo que había sido en cualquier momento anterior de mi vida. Y sin embargo, me sentía muy mal. Llegó un momento en que el presentimiento de que algo terrible pasaría me empezó a seguir a todos lados: en el transporte, en el trabajo, en la escuela. 

Seguía viviendo como si nada, tratando de mostrarme lo más natural posible, pero esa sensación de desastre inminente me ahogaba. Decidí buscar ayuda: la psicóloga solamente me daba largas y me recomendaba sesiones tres veces por semana. El sacerdote fue muy amable, pero solamente me escuchó y me recomendó ir con la psicóloga. La tarotista me mandó con el sacerdote. Estaba en un espiral que me hundía cada vez más. Y las pesadillas continuaban.

Llegó un momento en que decidí que era mejor que pasara ese cataclismo que me amenazaba. Todo era mejor que la espera. Mi salud se resintió: adelgacé mucho, tenía el pelo quebradizo y sin vida, estaba ojerosa y con la piel seca. Eso no era vida. Al llegar el fin de año, coincidían mis vacaciones en el trabajo y en la escuela. Pensé que eso me enloquecería, así que decidí dejar todo por dos semanas. A lo mejor el cambio de aires me  aliviaba la angustia. 

Comenté con mis padres que necesitaba alejarme para poder descansar y relajarme. Hice una pequeña maleta y me fui a la casa de mi abuela en un pueblo cercano. Ahí sabía que iba a estar sola, tranquila y a la vez, acompañada por mi abuela. Apenas llegué y ella me vio, me dijo tristemente: -“Tienes las pesadillas.” Yo no entendí, pero imaginé que ella sabía todo, así que le solté varias preguntas, todas las que se me ocurrieron. Y ella me explicó.

Mi familia está maldita. Mi bisabuelo se “robó” a mi bisabuela cuando ella tenía doce años y se casó con ella. Mi bisabuela era la niña mimada de su familia, no tenía ninguna relación con el bisabuelo, pero a él, ella le había gustado y se la había robado un día de regreso de la escuela. La familia de la bisabuela la buscó por todos lados. La encontraron casada y con 8 meses de embarazo, unos días antes de que cumpliera 13 años. Ella escapó del bisabuelo y regresó con su familia. El bisabuelo, furioso, la siguió y la reclamó como suya. A fuerzas, se la llevó. Eso le adelantó el parto y murió desangrada. La madre de mi bisabuela lo maldijo y con  él, a toda su descendencia, incluido el niño que había nacido prematuro. Nunca más supieron de ella.

El niño prematuro fue criado por el bisabuelo. El pobre huérfano de madre, tuvo desde su adolescencia, pesadillas angustiosas, terribles e informes. Nunca las pudo describir. Mi abuela se había casado muy joven con él, ella tenía 16 años, él, 18. Era un matrimonio por amor, pero que se vio ensombrecido por la maldición. A los dos años de la boda, nació padre. También él había sido víctima de las pesadillas, pero él empezó desde la infancia. Por eso, mis abuelos habían decidido no tener más hijos. Finalmente, la angustia se llevó a mi abuelo en medio de una pesadilla, cuando él tenía poco más de 30 años. Mi abuela nunca se volvió a casar. 

Mi padre desde niño tuvo esas horribles pesadillas. Los medicamentos y la terapia psicológica lo ayudaron a llevar una vida más o menos normal. Conoció a mi madre y se casaron. Cuando nací yo, pensaron que la maldición había terminado. Yo era mujer, seguramente a las mujeres no las atacaría. Y así fue por un tiempo. Creían que yo estaría a salvo. Pero aun así, mis padres decidieron que no tendrían más hijos.

Al oír esa historia comprendí que mis pesadillas eran precisamente la angustia de mi bisabuela, una niña arrancada de todo lo que amaba y de su propia vida. Entendí el desgarrador grito de su madre. Sí, entendí todo. Ese era el momento en que todo caía en el lugar preciso. Cada pieza encajaba. Toda mi vida me había preparado para esto, para el sacrificio supremo. Y finalmente, estaba dispuesta a aceptarlo. Mi vida por la de ellos. Cerré los ojos y avancé. Una vida por otra. A lo lejos, vi a mi abuela observarme orgullosa.




Gabriela Ladrón de Guevara de León

Mexicana nacida en la Ciudad de México. Doctora en Educación. Profesora-Investigadora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Estudió BA in English en la Universidad de Londres. Narradora oral, escritora y
amante de la literatura. Sus textos han sido publicados en antologías de cuento y poesía. Su poemario “Ciudad: Mujer en movimiento” ha sido publicado por Enero Once Editorial que próximamente publicará su libro de cuentos “La extraña vida diaria”.

Hombres de Dios

—Padre nuestro que estás en los cielos —clama un hombre después de haber violado a su sobrina la noche anterior—. Su mente retorcida le hace creer que con orar será perdonado por sus pecados, que Dios sabe que el Diablo lo poseyó anoche y la otra y otra noche, que él no es el malo, es una fuerza superior que lo está controlando, él es sólo un siervo del señor inocente e incapaz de tal atrocidad.  —Santificado sea tu nombre.  La ve a lo lejos, a su víctima y a la madre de la niña que le pide a algunos presentes que oren por su hija, ha actuado muy rara últimamente. Un par de hombres se acercan a poner sus manos sobre la cabeza de la niña, ella se incomoda, llora y patalea.  Al percatarse, se acerca el pastor (otro violador) y la toma de las piernas.  —Satanás la está poseyendo —afirma—. El tío, se burla en su mente, pero se angustia al darse cuenta del monstruo que es y se talla las manos en el regazo intentando secarse el sudor de las palmas, saca un pañuelo y se lo pasa por la frente, de pronto recuerda que es el mismo pañuelo que usa para callar a su víctima; se le cae y ya no lo recoge.  —Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad… —ora con rapidez, quiere irse de ahí pronto—. La niña grita: —¡No quiero! —mientras entierra sus uñas en la cara de su madre—. La sostienen fuertemente y al empezar el exorcismo algunos hombres y mujeres se lanzan hacia atrás y caen, otros se desmayan.  —Niña pecaminosa —se atreve a decir el hombre que golpeará a su esposa llegando a casa—. El tío, monstruo, sigue orando en su mente. —Pe-perdona nuestras ofensas, así como también perdonamos a los que nos ofenden —tartamudea—. —¡El tío me hace cosas! —grita de pronto la niña—. Ya no soporta callarlo más. Todos se quedan en silencio, sólo se escucha a la niña privada en llanto. La madre, furiosa camina hasta su hermano apretando los puños, lo va a matar, pero él rápidamente y a punto de vomitar, con la voz temblorosa dice que no, que no, que no. Entonces, sorprendentemente la cara de ella cambia de facciones a unos de alivio y todo está bien, es sólo el Diablo haciendo maldades otra vez, es otra niña que no sabe lo que dice, por eso la abuela se acerca y le pega en la boca, por mentirosa. El tío es un hombre de Dios y por dentro, todos los hombres presentes y pecadores se repiten lo mismo en sus mentes: somos hombres de Dios.




Karina Hinojosa

(Veracruz, México, 1998) Ecofeminista; antiespecista; amante de la literatura, poesía e historia; escribe para las mujeres y todo lo que tenga que ver con ellas y las flores le apasiona.

Mi eterno destino veraniego

Por Carla Edith Palacios Morales

Tan altas y gruesas, cargadas de sabor tropical que luego podrás disfrutar.

Vientos que doblegan su sostén en la tierra, 

inclinadas hacia la dirección a la cual uno mismo se dirige. 

El follaje de las palmas genera sombras y contraluces que danzan 

en días azules. 

Días azules que son distintos, más alegres, más calurosos, más frescos. 

La música de fondo es también diferente, 

tiene ritmo y armonía  

y así de repente te olvidas de la gente. 

El silbido de las aves amarillas te acompaña siempre, 

el aire le susurra a las hojas del mango,

el río no deja de correr y parece que por ello las ranas no dan tregua,

un perico cotorrea a lo lejos y las montañas son testigos cada día a las ocho menos tres, 

de los colores con que el cielo se maquilla al atardecer. 

Mis ojos se pierden en el azul horizonte. 

Inhalo azul, exhalo azul, 

de pronto no sé si miro el cielo o el océano inmenso. 

Me trae a la realidad la parvada de pelicanos 

pescando con un baile peculiar. 

Mis dedos sienten el frío, 

el frío de esa corriente que viajó desde el Occidente. 

Se va, regresa, 

fluye. 

Comida marina, arena en el cuerpo y piel tostadita, 

lo que mi corazón necesita.

Por más de diez años he visitado ese lugar

aunque a La Quebrada la desconozco, 

los tamarindos no van conmigo 

y de sus prometidas playas paradisiacas no tengo aún el gusto. 

Pero para mí es suficiente nuestra casita, 

la hora dorada desde una hamaca 

y una que otra escapada al restaurante de Doña Juana. 


Soy Carla Edith Palacios Morales, artista visual por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, con especialización en la fotografía y el grabado aunque me gusta experimentar con diversos lenguajes artísticos. Últimamente he encontrado en la escritura un refugio para liberarme, un medio para vaciar lo que llevo dentro de mí, una forma de compartir formas de pensar y modos de ver la vida, una oportunidad para guardar memorias y crear testimonios. 

Domingo de manifestación

por Carmen Macedo Odilón

Diana llegó a la estación Insurgentes a las 11:30am. El transcurso había sido largo. Cuando quiso levantarse del asiento, sintió un tirón en sus muslos que se habían adherido al plástico. Ignoró el enrojecimiento momentáneo en su piel y se dirigió a la puerta del vagón. Diana estaba harta del metro de la CDMX: atestado de gente y con la ventilación descompuesta. El tufo agrio de transpiraciones humanas se había tornado insoportable. A modo de despedida, cuando el convoy arrancó, una ráfaga de aire liberó un escalofrío que se extendió en el cuerpo de Diana desde sus axilas mojadas hasta su espalda baja cubierta al doble por su larguísima cabellera suelta. La chica buscó una liga para atarse en cabello. El sudor de su nuca, pegajoso pero fresco, le constataba su decisión de vestir unos shorts y camiseta de tirantes para acudir al gran día: la Marcha Solidaria por la Despenalización del Aborto. En su estado aún no era legal y Diana aprovechó su fin de semana en la capital para sumarse a una lucha en la que apenas se involucraba, aunque en realidad no conociera a nadie y fuera su primera protesta.

    Afuera de Insurgentes el brillo de la luz solar rebotaba por las blancas paredes de la estación. Diana lamentó no empacar lentes oscuros. Levantó la mano para usarla como víscera, su camiseta tenía los bordes mojados, y unas gotas acres deslizaron entre cosquillas por ambos costados. La muchacha vestida de negro vio a sus compañeras cubiertas hasta las muñecas, sosteniendo banderas, dividiendo colectivo a través de los altavoces, algunas chicas usaban pasamontañas. Diana buscó en su bolsa, también había conseguido uno, pero no supo cuándo ponérselo. Se resistió a usarlo, el sol abrasaba, algunas chicas llevaban sombrillas y gorras, palestinas o sombreros, los pañuelos verdes y morados no faltaron. Un vendedor se instaló en la glorieta, tenía agua, raspados y congeladas, pero Diana no quería cargar una botella mientras marchaba, así que esperó en un rincón a que empezara la movilización. Los chicles pegados al asfalto se derretían amenazando el calzado de algún incauto. ¿Por qué la marcha se organizó en plena canícula? Diana, bajo del sol de medio día, parecía una hormiga bajo la lupa de un niño travieso; las botas negras, igual que su short y la blusa contrastaban con la blancura de su piel. Se colocó el pasamontañas para no quemarse la cara.

Se unió a las activistas cobijada por el ambiente sororo, pero el cobijo se volvió asfixia, las chicas eran cada vez más y se figuró que desde el cielo parecía una perfecta y organizada marabunta con hambre de justicia, aunque eran tantas mujeres que cuando empezaron a marchar Diana tuvo vértigos, era una aguja en un pajar, la cabeza le hervía y sus labios exhalaban un aliento seco, su boca árida gritaba consignas que poco a poco le cerraron la garganta, estaba orgullosa y fatigada al mismo tiempo. Aunque estaba sola, nunca se sintió más protegida como una hojita flotando en el río feminista, apenas y volvió a sentir un ardor que le irritaba los brazos y piernas, ¿por qué no se había puesto bloqueador?, se reclamó. Mientras caminaba, el sudor le escurría hasta por las pestañas, pero Diana sabía que nunca se debe descubrir el rostro en medio de una protesta. La cabeza le punzaba, pero también sabía que por seguridad nunca se debe salir a solas del contingente, ni siquiera para comprar agua.

A la altura del Hemiciclo a Juárez se detuvo el bloque. Los policías las habían encapsulado. Cientos de mujeres replegadas, unas a escasos centímetros de otras, unas haciendo cadenas humanas con otras. Una chica quiso tomarla de la mano y jalarla con la Resistencia, pero las piernas de Diana temblaron, también los dedos de sus manos, su carne dolía; el pecho enrojecido y la piel de la nuca tan sensible como quemada, el interior de los muslos sudados, en medio, una llaga punzante por la fricción de su carne insolada y la ingle irritada por la humedad le mermaron las fuerzas. Tuvo un mareo y negó con la mano, se dirigió hacia un par de árboles que sujetaban una manta, una sombra apenas suficiente que vio cual oasis. Ignoró que unas chicas no le quitaban la mirada de encima. “El cuerpo humano es una máquina de combustión interna”, o al menos eso recordó de sus clases de física. Diana, apenas tras un paso descompuesto sintió el abandono de sus fuerzas, y el hervor de su cuerpo evaporó la escasa liquidez de su conciencia. Dos encapuchadas se abalanzaron hacia ella con botellas de agua y una toalla húmeda.

Una bomba molotov lanzada de fuera se estrelló contra la manta, el fuego se extendió instantáneamente hasta las ramas del árbol, Diana yacía en el suelo, abrió los ojos y vio su cuerpo protegido por una pequeña encapuchada, otra le gritaba a todo pulmón a los policías por su cobardía contra una niña desarmada. Bombas, gas pimienta, macanas y escudos por un lado, herramientas de un Estado que condena la rebelión de las oprimidas y cuya única arma es la voz que llama a la convocatoria. Diana no comprendía, sacó fuerzas de esa imagen que jamás podría sacar de sus ojos: una hermana, más aún, una madre protegiéndola por el simple hecho de ser mujer, tanto valor en un cuerpo tan pequeño. Ambas se levantaron y corrieron de vuelta a la célula, atrás quedó el ardor y la pérdida momentánea del oído, el ligero rastro de sangre en la piel de sus piernas y el aroma a quemado del aire. Diana corrió con sus compañeras y cuando sintió que no podía más era jalada por otras manos, dos, cuatro, cien, todas. Cerca del metro ya se había segmentado el grupo y Diana apenas notó que no había soltado a su salvadora de un apretón tan fuerte que hasta sentía el pulsar de sus venas.

—Perdón, yo… yo… —Diana rompió en llanto, se quitó el pasamontañas y las marcas del sol habían irritado gran parte de su rostro. La chica también se descubrió, era más bajita que Diana y parecía tan joven como una estudiante de preparatoria, la desconocida se soltó la mochila que llevaba atada a su espalda y en silencio buscó un minúsculo botiquín con el que empezó a curar a Diana. El celular de esta sonó y escuchó del otro lado la alterada voz de su madre.

—¡Para eso te fuste a México, Diana!, acabo de ver las noticias, se puso muy feo allá. ¡Pobre de ti donde te hayas metido en problemas!, ¡te me regresas ahorita a la casa, voy por a la CAPU! —La muchacha terminó de limpiar el raspón de las piernas de Diana, hizo una seña y se acercaron otras chicas ya vestidas de incógnito, le preguntaron si estaba bien y una más le dijo que le urgía pomada para las quemaduras del sol, Diana sintió el ardor en sus mejillas, pero esta vez se debía a la pena. La invitaron a ir con ellas a la casa de una para pasarse el susto, incluso le ofrecieron tomarse unas chelas para el calor. —¿Diana?, ¡Contesta!, ¡vas y te compras el boleto de vuelta, pero ya! —Las otras chicas alcanzaban a oír los gritos en la línea y se rieron por lo bajo, le dijeron a Diana que si quería, la acompañaban a la terminal de autobuses, pero esta solo podía contemplar a su salvadora, esa chiquilla de metro y medio, morena y delgadita que le había salvado la vida y que ahora, con la ropa negra guardada en su mochila parecía una niña como cualquier otra, excepto por sus ojos enrojecidos y el cabello que trataba de amarrarse en una cola, al darse cuenta de la mirada fija de Diana en su persona le contestó con una tímida sonrisa. Colgó el teléfono.

—No tomamos unas, hace un chingo de calor —Diana se incorporó con un poco de dificultad, su salvadora le ofreció de nuevo la mana y esta vez, Diana la tomó suavemente, pensando que la CDMX iba a ser un lugar que tendría que visitar a menudo.




María del Carmen Macedo Odilón

Bibliotecóloga, estudiante de Lengua y literatura hispánicas de la UNAM y de Creación literaria de la UACM. He publicado cuentos en las antologías Zombies, espectros y fobias, Cuentos de amor y deseo, En el cementerio y Amistad a primera vista de la Editorial Escalante, así como de manera virtual, ensayos, relatos, cuentos y artículos con perspectiva
de género en revistas literarias, académicas y fanzines como lo son: Ágora del COLMEX, Zompantle, Palabrijes de la UACM, Nocturnario, Katabasis, Retruécano, Especulativas, Taller Ígitur, etc. Huidiza por convicción, estudiante de la vida, devota al Gatolicismo y al
insomnio.

Tres poemas

Por Carmen Asceneth Castañeda

OJOS ARENA
Espíritu en pena
no duerme/no sueña
el sol la sorprende
flotando sobre la acera.
En vigilia perenne
qué castigo/qué condena.
cierra los ojos/llora arena
abre los ojos/llueve arena.
parpadea/vuela arena
en el iris/duele arena.
Él vino a la aurora
allende la luna
cambió su mirada
por cuencas de polvo.
Secó su deseo
quedó su piel desierta.
Quebró su luz
en ciego destino.
Va sobre la noche
ojos de arena.

NIX

Voy echando semillas a suelo infértil.
Es mi estación de soledad intensa:
ahí donde la espada de Thémis tienta,
Galatea piedra, arena incierta.

Esa

la del cabello como manto
la que sale del mar cada tarde
la que teje silencios
pero que despacio canta.
Ella
me llama.
En sus ojos corre el viento
y refleja horizontes.
Necia
a su voluntad ciega,
a su amparo sordo,
surco la tierra yerma.

ATEA

No vuelvo a tocar la luz de la noche
porque de mi mano caen huracanes
y se incendian los ríos.
Que la generosa oscuridad envuelva el alba
y que en la aurora habite el consuelo del frío.
No vuelvo a emprender razones
porque las palabras provocan erupciones
y destruyen de la esperanza sus dobleces.
Que las sombras mantengan a resguardo mi lengua,
y que la ingenua quietud no alerte santos sinos.
No vuelvo a invocar el fuego
porque me culpan los dragones
de que mis verdades derritan la nieve
y Prometeo se burla de mis esfuerzos.
¡Total!
Que no se altere la planicie del camino.
Que no prevengan mis argumentos incautas ilusiones.
Y que me caiga infatua
Y que me quede muda
Y que me signe Larunda
antes que liberar mi boca.


Carmen Asceneth Castañeda es aestra en Psicoterapia, mexicana de 51 años. Ejerzo en consulta privada y soy docente con más de veinte años de experiencia. Cuento con formación en creación literaria en Casa del Lago y el Museo Universitario del Chopo. Tengo dos poemarios publicados. He ganado concursos de cuento y poesía en el ámbito nacional y local. Han publicado mis poemas en revistas digitales y en periódicos de circulación regional. Participo en recitales y eventos culturales. Escribo para mi blog de poesía y psicoanálisis.

A un suspiro

Por Claudia Patricia Arbeláez Henao

Cosas esas que me conectan con la vida
yo busco entre los tiempos
las guardo en mi equipaje
las amo, acaricio, baño, peino, abrazo
y que no escapen de mi vista.

Cosas esas que me conectan con la vida
atesoro como brillos
abrigo en mis memorias
nunca dejaré que huyan
y me dejen a la deriva.

Esas
cosas esas
el canto de mi abuela mientras cosía
sus flores, los cuentos, los cuidados de mi madre
el aroma de los árboles cuando se agitan
la voz del viento

el verde cristalizado en mis montañas
las olas efímeras y el carrusel de hojas en el camino.

Cosas esas son el olor de las frutas
las insistentes hierbas
los libros y devocionarios bajo la escalera
en aquel cuarto oscuro que olía a sepelio
la pequeña abuela arrodillada
que cepillaba y sacaba brillo a la postrada madera.

El maíz que se desgranaba en la tarde
la sopa en la leña cuando de niñas
jugábamos a preparar la cena
los corrales, las verduras maduras sobre la grama
los baños en las quebradas
el canto insospechado de los pájaros
y la compañía de mis hermanos.

Cosas esas que me conectan con la vida
la sonrisa de mi hijo
el beso de mi amado
el respiro de mis padres
el paso de los amigos

los caminos cerezados de las postales
los albores pasados que resuenan
los escuderos de versos a mi lado
la lluvia de estrellas que colapsa mi ventana
la mirada plácida de mis amores peludos
cada regalo en la piel contenido
y la fortuna de vivir en azules la vida.

Versan los mensajeros:

Quien pierde el sentido cálido de la palabra que unifica y la fuerza del espíritu
escondido entre las agujas del reloj, se da por vencido y de su vida no queda sino
una voz huérfana que linda con la muerte aún antes de terminado el camino.


Docente en ejercicio y gestora de ARTE PARA VOLAR, espacio para la promoción de la poesía en el municipio de origen. Publicaciones: MANUAL PARA VER LLOVER 1999, EXPLORACIÓN LITERARIA. 2012, Mariposario, 2109, la libélula azul, 2019 y siete cueros. Otros proyectos en
camino. Publicada en el proyecto. MUJERES ESCRITORAS EN LA MEMORIA DE ANTIOQUIA. (Gobernación de Antioquia, Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia y Librosbarco). 2018 y 2019. Participación en el festival Internacional de poesía Rionegro. Antioquia. Colombia.
Festival Internacional de poesía. Encuentro POETAS EN EL EQUINOCCIO.
Dosquebradas – Risaralda. Colombia.
Programas en línea: conferencista del segmento “CREANDO Y SOÑANDO” –
Programa RINCÓN DE LAS ARTES por los micrófonos de http://www.radiovocesunidas.com Desde la ciudad de Pataluma – Estado de California Estados Unidos y Lecturas de Claudia y Freddy, desde la misma plataforma. Proyectos dedicados a la promoción de la lectura. Participación en el gran festival por la libre expresión de las mujeres en puerto libertad. Nueva ágora. SOY ESCRITORA. Gobernación de Antioquia. Marzo 2019. Participación en demás eventos en línea en época de pandemia.