Doritos y Coca | Knights of Cydonia

No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.

Miguel Hernández, Me sobra el corazón”

Por Silvia Santaolalla


No he podido evitar pensar en la muerte. Aunque lo correcto sería decir: estos días no he podido dejar de pensar en ella. No he podido evitar hacer un conteo de las muertes en mi vida. Las que siguen siendo heridas abiertas. Las personas que he perdido, de lo mucho que me siguen doliendo, de lo cerca que estoy de las lágrimas cuando los pienso, de lo que me cuesta escribir estas palabras. La garganta que se cierra. De lo mucho que me cuesta levantarme de la cama estos días, hacer la vida diaria, poner el café, escribir los correos, preocuparme por las entregas. De lo cansado que es ocultar que no soporto las fotografías en el altar, porque entonces tengo que aceptar que me engaño cuando pienso que Héctor está de viaje. Y que el deseo recurrente de que un día entrará por la puerta de la casa a saludar y contar historias a gritos y la risa que revienta los oídos es solo una forma de no volverme loca.

La primera muerte de la que tengo recuerdo es la de la mamá de mi abuela. No me dolió, ni siquiera la sentí. Solo recuerdo la ausencia de mi madre unas horas. Cuando era adolescente estaba muy enamorada de un chico, un día tuvo un accidente en su moto. Ingenuamente pensé que esa sería la pérdida más grande en mi vida. Jamás había hablado con él, ahora no recuerdo bien el nombre y su cara se me pierde en la memoria. Unos meses después mi abuela moriría de un infarto y yo descubriría lo que era el dolor de la pérdida, el desconcierto, el sentimiento de que el piso se abre bajo tus pies y no sabes que hacer. Fue como madurar de golpe. De ahí todo en la vida fue como una bola de nieve de problemas adultos, decisiones, mudanzas, pérdidas, búsquedas.

Hace poco, quizá dos meses, un chico en una moto atropelló a otro que cruzaba la calle. Lo vi volar por el aire, caer, morir. Todo fue silencio. Ni un grito, ni los frenos, ni el impacto de un cuerpo contra el concreto. El sonido se suspendió en un minuto eterno. Mi hermana y yo nos quedamos heladas, agarradas de la mano, llorando. Nadie pudo hacer nada más que acompañar al repartidor de Didi que no tuvo la culpa pero la vida le había dado un giro terrorífico a su existencia. Aún pienso en ese momento, en los sonidos apagados, el semáforo en verde, la cara tranquila del chico en el suelo, la bolsa que tenía agarrada en la mano, su cuerpo en el piso como si durmiera tranquilamente. Pienso en lo fácil que se puede ir la vida y en lo mucho que quise vivir después de ese momento. Un frío helado me baja por la espina y aunque lloro lo único que quiero es vivir más que nunca.

Hace tres años perdí a mi primo, hace seis a mi abuelo, hace catorce a mi abuela. La muerte tiene una cosa rara que te hace aferrarte a la vida, pero también que produce un miedo terrible a amar. Te hace querer alejarte de la gente porque duele mucho perderla. Aún siento el sabor metálico en la lengua de cada una de las veces que me dijeron que alguien que he amado ha muerto. La más difícil fue sin duda la de Héctor, la vez que no debió suceder. Pasé dos años enteros sin ganas de seguir. Pero entonces hubo un concierto, entonces hubo una carta de aceptación, entonces hubo un beso, entonces la música me atravesó los oídos y las lágrimas me escurrieron, entonces hubo un choque. Entonces me acordé lo que se siente estar viva, lo que me enseñó mil veces Héctor, que en la vida solo vale la pena disfrutar.

Abro el correo viejo, el que no uso desde hace mucho, cuando escribíamos con errores ortográficos y mandábamos cadenas, cuando no existían las redes. Un Héctor de 23 años nos escribe:

Jueves 12 de abril del 2007, son las 5 45 am y carajo tengo examen de Dispositivos Electrónicos, voy a la cocina y solo keda cereal me preparo un plato el cual vomito 25 min. después, despertando a todo akel k vive  aki.. contemplo el alimento que acabo de expulsar y SI!! Hoy Toka MUSE  !!!!! Si Carajo !!!!! Hoy toka MUSE!!!!!!!!

Ocho años después estaría yo en el mismo Palacio de los deportes, escuchando al mismo Matt Bellamy cantar la misma Knights of Cydonia. Hoy dieciséis años después, al igual que Héctor sigo persiguiendo el éxtasis total.


Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Serena en el mar y la arena | Adios mi quérida amiga

Por Anel Solis

Era un 2 de noviembre, en la bella mañana de Guadalajara. Estaba sentada frente a la luz buscando inspiración para la revista Coyol y para compartirla con mis amigas artistas.

Trataba de pensar y encontrar mi fuente de versos, pero de repente llegó la huesuda y casi muero del susto.

-¡Desayuna algo, chiquilla! Si no, se te verán los huesos y sentiré envidia. Vine a llevarme a alguien y no quiero que te resistas.

-No te lleves a mi familia, llévate lo que quieras, menos a la mía.

-¡No seas tonta, chiquilla! Vengo a llevarme a Anelilla.

-¿Anelilla? Pero si yo soy esa niña.

-No te equivoques, chiquilla, tú eres más vieja. La que busco es esa niña de unos 16 años, insegura e hiperactiva, la que bailaba y reía en todos lados con singular locura y alegría. La que se equivocaba y lloraba cada vez que caía, la que no aprendía de sus errores y los repetía mil veces, la que se quejaba con sus padres y pataleaba cuando no la llevaban a un concierto.

-¡Aaa! Esa Anelilla, sí la conozco y de vez en cuando me visita. Cuando siento miedo, euforia, placer y diversión, disfruto mucho con ella y he aprendido muchas cosas de su noble corazón.

-Sí, esa Anelilla. ¿La has visto? Necesito de sus carcajadas y su carisma. Esta noche hay tamaliza, tepache y pachanga, no quiero llegar tarde, quiero alcanzar unas gorditas.

-Sí, está justo aquí conmigo, pero no quiero que se vaya. ¿Y si no soy la misma, si me siento perdida sin ella? ¿A quién le contaré mis aventuras? ¿Quién me enseñará de la vida?

-Tranquila, chiquilla, estarás bien. Ella vendrá a visitarte de vez en cuando, paseará contigo en las caminatas cortas de atardeceres, en las noches de chocolate caliente y pan recién horneado. Despídete de ella con alegría. Cada año vendré por una en mi carcacha blindada.

-Adiós, vieja amiga. Te recordaré con amor y siempre te seré agradecida. Seguiré aprendiendo a mi manera, mientras disfrute con mis seres queridos y lleve una vida liviana en este juego de azar llamado vida.

En este escrito, plasmé el sentimiento de dejar ir, que puede ocurrir con una antigua versión de nosotros, un trabajo, una amistad e incluso un ser querido que nos espera en otra vida. Los cambios son inevitables y necesarios para avanzar, seguir aprendiendo y no estancarnos. Siempre podremos recordar algo o alguien que ya no está, en una charla, una canción, un sentimiento, etc. Lo bonito es guardarlo en nuestro corazón, y mientras esté allí, nunca morirá.

En este Día de Muertos, recordemos con amor a esos seres queridos que se nos adelantaron, con quienes compartimos años, alegrías, tristezas. Abracemos esos recuerdos. Cada año recordemos lo especiales que fueron para nosotros y lo especiales que fuimos para ellos, ya que una parte de nosotros vive en ellos. Recordemos con orgullo ese «antiguo yo» que creció de la mano de personas que tuvieron triunfos, errores, experiencias. Conservemos gran parte de ellos en nosotros: tradiciones, costumbres, ideologías, lugares, genes, etc. Al final no hubieramos sido lo que somos hoy sin ellos.

Agradezcamos a la vida por aquellos que nos acompañaron y a la muerte que hoy, 2 de noviembre, celebramos el amor eterno.

La máquina verde | Llegar a la palabra

por Jeanne Karen

Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.

Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.

Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.

Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.

A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.

Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.

Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.

Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.

¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?

Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.

También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.

En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.

Al inicio fue la palabra poética.

Piezas de un alma simple

Escrito por: Alondra Grande

Pedazos de algo

Tengo 23 años y me duele el pecho,
No como un mal congénito
No como la clase de dolor que justifica un médico.

Tengo un titulo universitario
Un puñado de sueños
Y un futuro incierto.

Me tiembla todo el cuerpo
Mi mente grita todo el tiempo
¿Cómo llegaré viva a los sesenta si no tengo empleo?

No hay trabajo que pague renta
Se van 12 horas de mi vida
Entre idas y venidas
Para al final quedarme haciendo fila.

Tengo 23 años y tengo miedo,
Lo que sé hoy me hubiera servido aplicarlo ayer.
Mañana caduca el conocimiento.

El mundo gira tan rápido
Y otras tan lento,
Nunca se detiene a esperar
Pero me exige tener paciencia.

¿Para qué espero?
¿Qué espero?
Nada parece tener solución
¿La oscuridad viene desde dentro?

Hay gente que tiene mi edad
Familia, trabajo, la vida resuelta
Para otros esto apenas empieza.
Los «mejores años de mi vida» pesan.

Tengo 23 años y me doy cuenta:
No todo lo que me enseñaron resultó ser bueno.
Tengo energía y estoy cansada
Me siento sola estando acompañada

Y pienso:
¿Será que a los 25 encuentre la calma?
¿Me sentiré mejor cuando cumpla 30?


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

 Teorías sobre el agua | Matamosquitos


Por Diana Yoshira Fernández Figueroa

Cuando tienes 24 te sientes dueña del mundo; no digo que los
otros años sean más o menos emocionantes, pero es que a los
24 casi llegas al cuarto de siglo y pues, tienes un montón de
entusiasmo y energía para derrochar en lo que sea, siempre y
cuando no se trate de una tesis o de ser constante en los
talleres sabatinos. Ya saben, la vida amorosa pasa a segundo
término cuando decides ser emprendedor y dueño de tu
tiempo, partidario de la vocación y el amor al arte, solvente,
responsable, autosuficiente, independiente, desinhibido,
desobediente, desiderata… desempleada. Sí, un día, de la
nada te quedas sin trabajo, sin ingreso y te encuentras a la
deriva, pero qué más da, si tienes 24 y eres dueña del
mundo… lo que viene es historia.
¿Cuándo abandonas los sueños? porque parecen muy pocos
los diez años de antigüedad que marca la firma en mis
primeras pinturas, o la fecha de algún poema mal escrito que
no sabía de talento pero sí de pasión.
¿Cuándo nos resignamos a las reglas, a la vida cuadrada que
marcan las oficinas, los horarios, la rutina? ya sé que el mundo
no funciona así, que por algo existen esas sandeces, pero
díganme si soy la única que ha sentido que nació en la
«civilización» equivocada, porque puedo no saber a veces qué
quiero, pero tengo clarísimo, desde siempre, qué es lo que no
quiero, que el mundo me juzgue por eso y no por otra cosa, no
por cobarde.
Igual estoy desvariando, pero es que ¿de verdad nadie aprecia
el amor, la libertad, esos dos que se nos otorgan como algo
natural desde que llegamos al mundo? ¿nadie puede entender
que a la mitad de tu vida promedio te sientas libre de no seguir
a nadie más que a ti, capaz de perder un buen amor por
rehusarte a las ataduras, a la enajenación? ¿a ninguno de
ustedes les han brotado del cuerpo las ganas de mandar todo
al carajo y dedicar sus suspiros a la contemplación de grandes
paisajes o sublimes atardeceres y no a la frustración, al
encierro?
Ese sí que debe ser dominio del ser y no el de los hippies que
sin drogas no son nada… pero a los 24, ¡carajo! a esta edad
matas mosquitos y sientes que el mundo debe respetarte
porque, pues, esos bichos son una plaga molesta que a todos
nos enfada, o ¿conocen a alguien que asegure que su animal
favorito es el mosquito? a mí por lo menos, con todo y mi amor
por la Pachamama, matar mosquitos me ha hecho feliz, porque
hoy por hoy, soy desempleada y al fin, dueña del mundo.

Los cerros le formaron una cuna hace 30 años en
Amacuzac, Morelos. De pequeña escribía sobre el olor a
guayaba y hoy sabe que hasta la corteza de un árbol se puede
convertir en una historia. Es comunicóloga y acá materializa su
amor a las letras.

 Dejar pasar al intruso|   Abrazar la ansiedad  


Por Nelly González

Respiro, no va a pasar nada, me digo y procedo a prender la licuadora, mi corazón está acelerado, como si hacerle sopa a Eileen se tratara de un deporte extremo… el sonido anuncia una mezcla exitosa de jitomate, agua, cebolla y ajo, lo veo todo aterrada, mi ansiedad me dice que la licuadora podría explotar e imagino vidrios insertados en mi ojo, o que podría hacer un corto circuito porque en la parte superior del vaso hay una fisura donde el líquido se saldría fácilmente, regreso a la respiración y me regaño: hay una probabilidad bajísima de que eso suceda; la apago y regresa la calma.

Pero este sentimiento de paz dura muy poco, porque ahora toca prender la olla exprés, una potencial arma para el ansioso, la cual también puede explotar o provocar un incendio, o al salir al súper en la camioneta (que cuando se trata de mantener la misma velocidad por un buen tramo me siento segura, como al ir a casa de mi mamá, en el campo, donde el caos de la ciudad no existe) ya sea al pasar por calles pequeñas conectadas unas a otras con distintos sentidos, imagino el choque, siento que de la nada saldrá un auto a máxima velocidad y la muerte será instantánea: no podré comprar la despensa, no veré crecer a mi hija, dejaré endeudado a mi esposo por la camioneta inservible, por el daño a terceros, por el costo del funeral (le he dicho que quiero ser cremada y mis cenizas enterradas en algún bosque, pero es algo que no podré controlar y eso también me da más ansiedad),  y no se diga cuando manejo con mi bebé, la cadena de supuestos es más larga y dolorosa, por eso procuro dejarla en casa, con su papá o con su abuela.

Sucede lo mismo cuando voy con el dentista, muchas veces me pregunto si el haber visto con tanta devoción Destino Final cuando niña no sembraría la semilla de los accidentes improbables en mi mente, y es que el ruido de sus aparatos dentro de mi boca me produce terror, ¿y si el dentista tuvo un mal día y está distraído mientras quita la caries?, ¿qué tal que el aumento de sus lentes ya no es el que sus ojos necesitan y esa lámpara vieja anuncia la muerte próxima de su luz? 

¿Fueron las películas o es esa incapacidad de estar presente y tranquila en mi día a día? Dice mi esposo que no está bien vivir en la imaginación y desconectarse de la realidad, pero para mí la muerte está latente en casi todo lo que hay afuera. A f u e r a. Si hay un afuera hay un adentro. Es necesario desglosar un poco esta dualidad. Todo se trata de mí. El ruido del mundo desvía la atención en lo importante: mi cuerpo, yo.

 Después de ver un rato hacia adentro, me parece que esta ansiedad es una especie de refugio que justifica mi falta de acción en el mundo, es mi zona de confort. No pretendo hablar por las personas que tengan ansiedad, solo que yo lo veo/vivo así. Como si tener esta condición fuera un obstáculo para responsabilizarme de mi vida, no lo hago a voluntad, soy consciente de ello pero me es inevitable sentirlo.  A veces es un estandarte que con orgullo muestro, otras es el intruso que llega a mi vida. Al finalizar el día, se ganaron varias batallas que solo yo sé. 

 Trato de comprender lo que siento con amor pero a veces la rabia sucede, por ser yo, pero tengo una hija que verá mi reacción ante la vida y quizá creerá que mis formas son las correctas, qué presión tan grande es ser madre: te obliga a sanar y salir de esos lugares seguros a los que nos hemos acostumbrado. Es necesario vivir de otra manera, pensar distinto, respirar profundo y decirme que todo irá bien, aunque no lo sepa, por ella, por mí. Y así llego a la filosofía budista, concretamente al mindfulness. Claro que ya había escuchado sobre este concepto pero al encontrarme a Sogyal Rimpoché y Thich Nhat Hanh me hizo más sentido y urgencia el aplicarlo en mí. 

La cabeza está llena, sobrecargada de imágenes, discursos y recuerdos, a veces ficticios, que no le damos espacio a la serenidad. Vaciar nuestra mente para replantearnos si lo que nos decimos cada día es algo que funciona o no. No hay malo o bueno, solo lo que es útil o no para nosotras. Todo tiene un por qué, ¿por qué la ansiedad es mi refugio, por qué la victimización o la pereza son mi constante? Se trata de ser conscientes, y una vez que entendemos eso, se trata de actuar, pero iniciar este camino del autodescubrimiento es más cansado que seguir viviendo como siempre. 

Callar la mente no, más bien encontrar su verdadera naturaleza, la esencia de quiénes somos, sin todos los prejuicios o modelos que se nos han impuesto, aceptando pero no haciendo parte de nosotras el ritmo del sistema que nos rige, dudando de todo y reflexionando no solo los actos que llevamos a cabo sino las palabras que elegimos para comunicarnos. Meditar es ver profundamente el corazón de las cosas, dice Nhat Hanh, y eso implica estar presente, para eso necesitamos poner atención a quienes nos hablan y a lo que sucede a nuestro alrededor.

Dejar de vivir en automático para que nuestro cuerpo y nuestra mente sean uno solo, porque si tú no puedes estar realmente ahí, donde sea que estés, leyendo esto, con tus amigxs, al estar con tu familia, al ver una película o escuchar una canción, al presenciar la caída del sol o la lluvia llenando de vida a la tierra, si tú no estás ahí, nada estará ahí. No hay luna espectacular si no estás tú viéndola plenamente y el viento no es viento si no escuchas su consejo. Podemos crear un mantra, esa frase que nos regrese a lo que queremos: estoy aquí y nada malo está sucediendo. Probablemente esto que digo sea trillado, pero para mí ha sido el ancla que me sujeta a la vida real, para poder estar en el mundo abrazando mi ansiedad.

 Cuando meditamos logramos tres cosas, según Rimpoché, la primera es unir todos los aspectos de nosotras mismas, al llevar la mente dispersa a casa (el lugar donde nada perturba) podemos morar en calma y comprendernos mejor; la segunda es que la presencia mental desactiva nuestra negatividad, agresividad y las emociones turbulentas: más que suprimir las emociones o entregarse a ellas se trata de contemplarlas con aceptación y amor; y finalmente es revelar nuestro buen corazón esencial, lo que somos sin el ruido del mundo, eliminando el daño que hay en nosotras para poder unificarnos. 

Meditar no es fácil, yo aún me distraigo con facilidad, pero lo importante es tener la iniciativa de hacerlo todos los días, un minuto, luego cinco y más adelante, hasta una hora, aunque el tiempo no es lo que importa más sino saber que meditar no es únicamente estar sentadas con la espalda recta y las piernas cruzadas, se puede meditar escuchando algo, leyendo, viendo un objeto que nos dé tranquilidad, al caminar, haciendo un escaneo corporal mientras respiramos, lo que sea que queramos hacer pero con atención plena y verdadera.

Aceptar nuestras emociones y tratar de entenderlas, sin juzgar ni castigar, ver cómo nacen, cómo pasan y cómo se van, como el cauce de un río. De esta manera descubrimos que no somos esas emociones: no soy ansiedad, no soy celos, no soy enojo, no soy miedo ni odio, y lo dejo pasar. Saber dejar es algo fundamental para poder evolucionar. Estamos en el proceso.

Bibliografía:

  • Nhat Hanh, Thich. True love, a practice for awaking the heart. Shambhala Boulder, 2006.
  • Rimpoché, Sogyal. El libro tibetano de la vida y de la muerte. Urano, 1994.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen.  Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional  por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.

 Letras que ab (sorben -sortan)|   La cruda realidad de Fahrenheit 451


Por Maleni Cervantes

Desde hace algunos días, he notado que la falsa modernidad me consume o, mejor dicho, nos consume como sociedad. Y, es que, la vida se compone de un vaivén de rutina, placeres y desmotivación continúa.

Por un lado, los trabajos, para las nuevas generaciones, son cargas excesivas que no respetan horarios laborables y que, además, pagan un sueldo no tan justo para todo lo que exigen.

Desde estos aspectos, a la sociedad no le queda más que una puerta viable, entre todas aquellas que le han sido cerradas: la puerta del hastío. Por lo que, es normal que se busquen placeres inmediatos para saciar ese vacío oscilante que va desde lo pedante de la cotidianidad hasta lo insulso de los sueños a futuro.

No hay nada como llegar a casa, encender alguna pantalla para disfrutar de una buena serie o un montón de vídeos cortos sin sentido, que de alguna manera se roban nuestro poco tiempo libre sin dar ningún fruto a cambio. Acciones que, en consecuencia, provocan la distracción sobre lo que es realmente importante en la vida: la contemplación y creación de la realidad.

¿Qué más da si pierdo el tiempo al ver vídeos de tipos bailando un trend viral o, si me informo únicamente por medio de vídeos que ya no sé si son reales o ficticios?, ¿qué más da si me enfrasco en mis problemas y dejo que el mundo gire?, ¿qué importa si allá hay una guerra, más acá una elección cercana, cuando lo que me interesa es por qué sagitario es más enojón que tauro?

Estoy cansada mentalmente para pensar y tener una opinión propia, me falta tiempo para reflexionar y cuestionarme, pero me sobra para beber y olvidar el contexto que me rodea. No obstante, me atrevo a decir que, estos problemas son los problemas del ahora y de la gran mayoría.

La literatura, el arte, la filosofía, las humanidades en general, quedan de lado ante la necesidad de los avances tecnológicos y la generación de riqueza para unos cuantos que se alimentan de la pobreza de muchos.

Ya no hay tiempo, la sociedad nos educa para actuar de una manera determinada. Entre más domesticados estemos, entre más parecido pensemos, es mucho mejor. La diversidad asusta, el aburrimiento también. La humanidad lleva a la tristeza, y la cotidianidad, con sus asombrosos descubrimientos, conlleva a una felicidad creada, pero inconstante a través de la rapidez de sus impulsos.

Un hombre que se aburre y busca su refugio entre letras que lo enfrentan a la realidad, es un arma que despertará a las ovejas que querrán salir corriendo para enfrentar a los lobos.

En este contexto, y con este pensamiento abrumador que me consume cada noche, llegué a la lectura de un libro llamado Fahrenheit 451 que es una novela de ciencia ficción escrita por el autor Ray Bradbury. En dicho texto, me di cuenta de que hay tantas cosas que ya son una realidad tangible en la actualidad.

La obra nos relata la historia de una sociedad futurista donde prácticamente se prohíbe leer (aunque es una situación, en gran parte, causada por elección propia), y donde los bomberos en vez de apagar el fuego, lo provocan quemando los libros y las casas de las personas que tienen libros. En este punto, la sociedad comparte un vacío y una monotonía que los rige. Las personas ya no tienen la capacidad de la socialización, de la sensibilidad ante los mínimos detalles como una puesta de sol, no tienen un motivo real de vida, sino aquel que se les impone desde que nacen. Por estas razones, se les prohíbe leer libros, para que no rompan con el equilibrio creado que conlleva una felicidad inventada, donde se casan con personas que ni siquiera conocen, o donde sólo importa el conseguir un montón de pantallas para pasar el tiempo.

Esta obra es el descubrimiento de la identidad de un hombre que se dio cuenta de todo lo que les narré en el párrafo anterior. Un hombre que comienza a cuestionar todo a su alrededor: lo incoherente que era su trabajo, la infelicidad de su matrimonio, el por qué le era prohibido aprender y conocer más allá del presente, cuando en el pasado había muchas cosas que le atraían, como la lectura y escritura de los libros.

Pero, sobre todo, el libro en sí, deja la cuestión de ¿qué pasaría si nosotros como sociedad evolucionamos a un mundo sin razonamiento propio, donde todo está limitado a una sola visión como sociedad? Sin embargo, es necesario aclarar que aquí, el término de evolución no lo utilizo como sinónimo de avance, sino como el pasar del tiempo con los cambios que se presentan en las maneras de vivir, es decir, como un simple proceso desencadenado por las consecuencias de las decisiones tomadas a lo largo de los años.

Por otro lado, aclaro que no estoy diciendo que la tecnología sea mala, ni que nuestra sociedad sea completamente absurda, pero sí afirmo que nuestra falta de interés o asombro por aprender cosas nuevas, nos está conduciendo a la decadencia como especie. O siendo un poco menos drástica, al menos nos encaminaremos hacía una nueva época de oscurantismo, pero uno lleno de una falta de tolerancia, empatía y sensibilidad, donde la violencia y egoísmo serán los principales motores culturales.

Bueno, dejaré de lado mi mala vibra y mejor les invitaré a que lean ustedes el libro, comparen la realidad y se dejen llevar por un mundo fantástico y real que los envolverá en una atmósfera de tensión y reflexión continúa. No sin antes cerrar con una cita que les da una probada de lo que es esta novela en sí:

Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía (…). Así, pues, adelante con los clubs y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con los reflejos automáticos (Bradbury, 2017, p. 73).

Ahora sí, me despido, y les dejo abierta la pregunta de la ciencia ficción en general: ¿qué pasaría si…? ¿Qué pasaría si nos vemos en la siguiente columna para leer otra sugerencia de lectura?

Referencias
Bradbury, R (2017). Fahrenheit 451. México: Penguin Random House Grupo Editorial.

Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG. 

El desborde. Relatos del mundo que habito. |  Volver  


Por Ximena Moranchel



Mientras vuelo de regreso a casa me pregunto cómo será volver a abrazarlo después de tantos años, extraño platicar con él, sentados en la mesa tomando café, por más que lo intentó nunca pudo sostener la comunicación a la distancia. Y aunque no lo culpo, su imposibilidad de poner en palabras lo que siente, ha creado un océano de distancia entre nosotros. Hay muchas cosas que no se permite: llorar es una de ellas. Sus ojos se notan pesados, como si cargaran todas las lágrimas no derramadas. «Eran otros tiempos, todos teníamos que trabajar, no había lugar para jugar.», responde cada que le pregunto por su infancia, y con la misma prisa que el conejo de Alicia, termina por cambiar de tema. Conozco poco de su historia. A veces pienso que ni él tiene acceso a ella. Como si la hubiera guardado en un cajón y no tuviera ni idea dónde ha dejado la llave. Se necesita fortaleza para vivir sin hablar de lo que te atraviesa. Y para una morra como yo, que encuentro en la palabra, sentido, ahí dónde sólo había vacío, me es difícil comprenderlo. Por eso pienso en él como un hombre fuerte, aunque quizá no por elección propia. Ha dedicado su vida al trabajo. No lo recuerdo de otra manera. Siempre chambeando, hablando de chamba o quejándose de la falta de ella. Me costó tiempo y dolor comprender que él no dice te quiero, y que sus brazos no son refugio, él te cocina tu platillo favorito, o un día cualquiera te dice, ahí te compré esos aretes que querías, sin percatarse siquiera que te está dando un regalo. Me tiembla todo el cuerpo, no logro distinguir si es a causa del aterrizaje (la posibilidad de que se estrelle el avión me aterra) o si son mis nervios respondiendo al encuentro que me espera cruzando las puertas del aeropuerto. Mis maletas aparecen rápidamente en las bandas, las tomo, temblorosa. Inhalo y exhalo 3 veces, en un intento de tomar fuerza. Lo difícil de irse es volver. Camino entre otros que probablemente también regresan y al fondo, veo su rostro, lo observo detenidamente y descubro algunas líneas nuevas, ahora forman parte de esas facciones duras y rígidas que han estado siempre ahí, Don Héctor se hizo viejo, quiero correr a abrazarlo y decirle lo mucho que lo he extrañado, pero mis piernas como jugándome una broma, eligieron detenerse. Se acerca entre la gente, me mira, sus ojos extrañamente se encuentran ligeros, qué raro, pienso, y cuando llega justo frente a mí, lo noto, está llorando, me abraza tan fuerte que las vibraciones de mi cuerpo cesan y es ahí cuando escucho, me has hecho tanta falta hija.

REDES SOCIALES

Facebook: https://www.facebook.com/nohuicpapsicoterapia

Instagram: https://instagram.com/ximemogu?utm_source=qr&igshid=ZDc4ODBmNjlmNQ%3D%3D

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

Entre libros y canciones | ¡Hagamos Justicia!


Verónica Obregón/ @el_murmullo_de_los_libros



No siempre pagar con la misma moneda, el desagravio de otro, es la respuesta correcta, aunque quieras hacer justicia. “¿Te maltrató? Dime qué te hizo ese cobarde. Su mamá no le enseñó que eso a una mujer no se le hace, no se hace… ¡No se hace!” es uno de los versos que interpreta el famoso cantante Silvestre Dangond en la producción musical “La Justicia” junto a Natti Natasha. Lejos de cumplir con las expectativas de Dangond, el cual afirmó: “Espero que esta canción le lleve esperanza a muchas otras mujeres que en sus vidas sienten el maltrato y que sepan que al final del día, siempre se hará justicia” (RCN, 2018). El sencillo presenta entre sus versos, como sucede con la mayoría de las piezas musicales en la actualidad, expresiones micromachistas. 

El micromachismo es una “forma de machismo que se manifiesta en pequeños actos, gestos o expresiones habitualmente inconscientes” (Real Academia Española, s.f., definición 1). Micro machismos utilizados para culpar a otra mujer del fracaso romántico y además justificar la infidelidad. En el verso anterior, se alberga una afirmación antiquísima de la responsabilidad de la mujer en la crianza exclusiva de los hijos e hijas y que por lo tanto cualquier error o defecto en sus relaciones afectivas, significa una equivocación de la madre. Refiero: “Su mamá no le enseñó”. Ciertamente la psicología avala la influencia del lado materno en el desarrollo integral de los hijos e hijas, sin embargo con respecto a las relaciones sociales el padre es el responsable. Suárez Vélez, psicóloga, Especialista en familia, con énfasis en  Enfoque sistémico aplicado a contextos familiares, educativos y organizacionales, señala la importancia del padre en los procesos de desarrollo de los hijos, en particular en la parte afectiva; particularmente en tres áreas: desarrollar una mayor autonomía e independencia en el hijo, facilitando el proceso de separación-individuación de la madre (Suárez cita a Pacella 1989; Lamb, 1977; Abelin 1975); el padre impulsaría la diferenciación y la tipificación sexual en los hijos (Suárez cita a Lamb, 1986; Smorti, 1987); el padre promovería la adquisición de los valores sociales y, por consiguiente, el desarrollo moral (Suárez cita a Lamb, 1981; Parsons y otros, 1982). La figura paterna debe asumir el compromiso social- afectivo responsable hacia los hijos e hijas para gestionar las emociones empáticas en las futuras relaciones románticas.

Por otro lado, Natti interpreta otra línea en la cual refleja la dinámica social del consciente colectivo al normalizar el comportamiento promiscuo del hombre en contraposición estigmatizante hacia la mujer: “Si un hombre es quien la pega eso es un macho
(Y que es una mujer cuando pone los cachos)”. La Vanguardia (2019), presenta las valoraciones  del Observatorio Europeo de la Infidelidad, ante un estudio realizado por el instituto de estudios de opinión Ifop para la web de encuentros extraconyugales Gleeden, en el cual se confirma que aún se estigmatiza las relaciones extraconyugales de las mujeres. Y con respecto a la toma de decisión de la mujer con respecto a su cuerpo. En la canción se agrega un verso: “Él no sabe que ella tiene suplente/ Es que hace tiempo nadie me pone caliente” ¿Es la mujer un objeto sexual? ¿El sexo es su plusvalía? ¿O es una escueta referencia a la insatisfacción sexual que recibía? Cual sea el contexto, la letra expone el principio de una sociedad alienada que hipersexualiza a la mujer para que encuentre satisfacción al brindar placer incondicional al hombre: “Hicimos justicia porque en el amor el que la hace la paga”. En realidad, la mujer encuentra consuelo en imitar las acciones de su pareja infiel o fue manipulada por su “amigo incondicional” en un momento de vulnerabilidad emocional. Y es aquí donde retomo el verso en el cual, el amigo le invita a despejarse en una noche, pero quien lleva las riendas de lo que harán será él, no ella: “Coge tu cartera, yo manejo.”. Además, en otro verso afirma: «Que me mate con flores y no con golpes”. Ella, le da permiso a él que la mate. No con golpes, sino con prácticas pasivas agresivas: las flores. Lo que conlleva a una inmediata relación al macabro final de la mujer en este tipo de relaciones tóxicas: la muerte. En conclusión, considero que no hay necesidad de vulnerar a la mujer en una canción con tan buenas intenciones por parte de los artistas, se debe trabajar en la revisión de la letra y mensajes que transmiten en sus canciones.

Verónica José Obregón Potoy de Managua, Nicaragua.
Propongo un espacio dirigido a presentar reseñas de libros y análisis de canciones a través de la columna llamada
«Entre libros y canciones».

De recuerdos, aventuras y reflexiones | Un nuevo destino de recuerdos, aventuras y reflexiones


Por Tania Farías



Si nos ponemos con tecnicismos, entonces acepto que el viaje inició cuando me subí al avión. Sin embargo, me niego a dejar por fuera el proceso que me llevó a realizarlo, dado que no se trataba de un mero viaje, sino del inicio de la aventura que cambió por completo mi destino.

Después de terminar mi carrera, comencé  la vida laboral con la ilusión y el orgullo de haber culminado algo. Además de que me pagaban por hacer lo que me sigue haciendo feliz: escribir. Pero como mi historia no era parte de un cuento de hadas (pues ni yo era una princesa y el que yo había elegido como a mi príncipe, tenía tonalidades tirándole más hacia al gris que al azul), el desencanto llegó pronto. Mientras yo me sentía emocionada y motivada para seguir aprendiendo, mis compañeros de trabajo, quienes me ganaban con varios años de experiencia en el área, parecían ya hastiados del sistema. Quizás yo era demasiado inmadura o influenciable, pero la morosidad en el lugar empezó a pesarme tan fuerte que en ocasiones me sorprendía a mí misma lista para gimotear. O tal vez, simplemente, muy dentro de mí sabía que mi destino estaba en otro lugar y que había llegado el momento de empezar a buscarlo, o al menos prepararme para ello porque este estaba por alcanzarme.

Quien dice trabajo, dice salario; así que con la posibilidad de poder, por fin, pagar mis antojos, quise cumplir con un deseo reprimido desde mi infancia; siempre había soñado con hablar otros idiomas. Aún tengo grabadas en mi memoria esas tardes frente a mis libros soñando despierta y recreándome escenas en las que me encontraba con personas de diferentes nacionalidades. En mi juego de roles imaginario, algunos extranjeros me hacían preguntas y yo los asombraba con respuestas en un perfecto francés, italiano, inglés o portugués.

Cuando me enteré del inicio de un diplomado en francés organizado por la Facultad de Lenguas de la Universidad donde había hecho mis estudios superiores a un horario que me convenía y con una periodicidad que me ayudaría a obtener en un año suficientes conocimientos de la lengua de Moliere, no dudé en inscribirme. En ese diplomado una de las compañeras nos contó un día que acababa de regresar de Francia, donde había pasado varios meses viviendo con una familia bajo un estatus que ella llamó au pair. Nos explicó que a través de ese sistema, jóvenes de diferentes nacionalidades podían vivir en otro país con techo y comida proporcionadas por la familia que los recibía a cambio del cuidado de los niños por algunas horas al día. Además de que era obligatorio estudiar el idioma del país. La historia de mi compañera fue una verdadera revelación pues jamás había escuchado hablar de ese sistema. En esa sesión se plantó una semilla en mí, aunque seguramente se trataba de una muy pequeña pues necesité dos años para tomar la decisión.

Mientras la semilla germinaba de poco a poco, investigué más sobre la manera cómo ella había partido. Viajar como au pair me permitiría cumplir el sueño de descubrir otras culturas, a pesar de mis limitadas posibilidades económicas y las de mi familia. 

Desconocía la existencia de agencias que sirven como intermediarias entre jóvenes estudiantes y familias, así que utilicé el medio que la chica en mi clase de francés había dado: una página de internet por la que se podía hacer el enlace sin intermediarios. Creé mi perfil en dicho sitio y al poco tiempo fui contactada por una familia con tres niños: un pequeño de cinco años, otro varón de ocho y una adolescente de doce.

Desde el momento en que establecimos el contacto hasta el día de mi partida acontecieron varias situaciones que me hicieron pensar que no se decidirían por mí. Aferrada como nunca a irme, hice todo lo necesario para que finalmente, seis meses después de nuestro primer contacto, me informaran que me invitaban a su hogar como su au pair. En la siguiente semana recibí por mensajería la invitación oficial que se trataba en realidad de un contrato emitido por el Departamento de Trabajo de la región donde ellos vivían, en el cual se estipulaban mis obligaciones (número de horas de trabajo por semana, tipo de actividades a realizar y la asistencia a un número determinado de horas de clases de francés), y mis beneficios (una habitación, comida, seguro de salud y un rubro llamado dinero de bolsillo).

Con mis pequeños ahorros, y el apoyo de mi hermano, quien debió haber sacado dinero de hasta por debajo de las piedras, pues a diferencia de mí y a pesar de ser mayor que yo, continuaba estudiando su carrera profesional, compré mi primer boleto de avión. La fecha de partida se fijó para finales de ese octubre.

Con el contrato en mis manos solicité mi primer pasaporte y enseguida inicié el trámite de la visa. A unas semanas de la fecha programada para mi partida, las dudas me rondaban como alma en pena. Me preguntaba sin cesar si estaba realmente lista para dejarlo todo, renunciar a mi trabajo y cambiar mi carrera, por ir a cuidar niños de extraños; dejar a mi familia, a mis amigos, los cuales formaban una de las partes más importantes de mi existencia en esos momentos de mi vida. Y es aquí donde el falso príncipe azul volvió a la escena pues estoy segura de que uno de los grandes factores que me ayudaron a decidirme, fue que en esos momentos estaba enamorada, más no  correspondida. Definitivamente, un corazón roto toma decisiones drásticas.

Cuando la ansiedad por el tremendo cambio que se acercaba comenzaba a aplastarme, me consolaba pensando en que solo me iría por un periodo de diez meses, aunque mi contrato de trabajo estipulaba nueve. Mi boleto de regreso estaba fijado para finales de agosto del siguiente año. Con inocencia, me había dado un mes extra en el que según yo viajaría por toda Europa para descubrir sus bellas ciudades. Tenía la absurda idea de que con el dinero de bolsillo que la familia me pagaría podría hacer mis sueños realidad. Como una tonta había hecho la conversión de euros a pesos, y establecí mis ganancias de acuerdo al único punto de referencia que tenía: mi costo de vida en México. Sin embargo, fue quizás esa ignorancia la que me lanzó a irme, pues si hubiera comprendido el nombre con el que se mencionaba a lo que sería mi salario en el contrato que recibí “dinero de bolsillo”, tal vez no me hubiera ido y sin duda mi destino sería otro.

Hubo tropiezos hasta el último segundo. A dos días de mi partida, mi hermano me gritaba desesperado al otro lado de la línea de teléfono que había estado en el consulado de Francia y que había un retraso con mi visa. Yo lloraba desconsolada sin saber qué hacer. Sin ella, el viaje era imposible y no podía imaginar cambiar la fecha del vuelo por el costo que eso significaría. Después de varios minutos, e imagino que por el llanto incontrolable de mi parte, mi hermano se calmó, me dijo que en el consulado le habían pedido que se diera una vuelta al día siguiente. Esa noche recé con todas mis fuerzas, y le pedí al angelote que tengo en el cielo, a mi madre, que me hiciera el milagro. Mis plegarias fueron escuchadas; al otro día mi hermano me llamó para decirme que salía del consulado con mi visa en sus manos. Esa tarde viajé a casa de mi hermano, como estaba previsto, para que me llevara al aeropuerto al siguiente día.

Con el corazón retumbando como un tambor africano, veintitrés años, dos maletas rellenas de ropa, unos libros, algunos regalos para la familia que me recibiría, dos botellas de salsas Valentina —que serían mi consuelo en momentos difíciles—, pero sobre todo, repletas de sueños e ilusiones, me despedí con un abrazo eterno de mi hermano y de mi prima, quien también había hecho el desplazamiento al aeropuerto. 

Jamás había viajado sola, jamás había salido de México, y jamás me había subido a un avión. No pude evitar que unas lágrimas rodaran por mis mejillas y que su sabor a iodo humedeciera mis labios. Respiré profundo y avancé para perderme en los controles de seguridad, después de girarme por última vez y hacer un gesto de adiós con mi mano.

Durante el viaje me relajé un poco y me permití disfrutar de estar por primera vez por encima de las nubes. Me quedé maravillada de la vista que mi ventanilla  ofrecía al atravesar un huso horario cambiando drásticamente del día a la noche. Después de más de once horas que necesitamos para cruzar el Atlántico, finalmente el piloto anunció nuestro descenso en el aeropuerto París-Charles de Gaulle. Al escuchar el anuncio, detuve por unos instantes mi respiración. Estábamos llegando y ya no había marcha atrás. Miré por la ventanilla. Era un día gris, como muchos de lo que vería en los próximos meses.

A pesar de comprender un poco el francés (aunque de nuevo, era demasiado inocente al creer que mis clases en México serían suficientes para enfrentarme a la vida en este país), no estaba familiarizada en lo absoluto con la arquitectura de un aeropuerto. Así que después de bajar del avión me limité a seguir a todas las personas que iban delante de mí confiando en que me llevarían a donde necesitaba ir. No recuerdo cómo estuvo mi paso por inmigración; supongo que debí haber estado con los nervios de punta, pues a pesar de que ahora he atravesado ese espacio en muchas ocasiones, aún mis manos sudan y mi corazón se acelera cada vez que me paro frente a un agente de inmigración.

A pesar de la larga travesía por avión que había emprendido, mi viaje aún no terminaba. La familia que me recibiría por los próximos nueve meses no vivía en París, sino en la región de Gard, por lo que necesitaba tomar un tren que me llevaría al sur de Francia. Ellos me habían explicado a grandes rasgos cómo funcionaba el servicio ferroviario y me dijeron que tenía el tiempo justo para tomar el tren de las nueve treinta de la mañana. También me informaron que el trayecto sería de tres horas, en un tren de alta velocidad, el TGV. Ellos me esperarían a mi llegada en la ciudad de Nimes. 

Después de recoger mi equipaje, sentí cómo el cansancio me caía encima, mas no tenía tiempo que perder; así que arrastrando mis maletas, me dirigí lo más rápido que pude a la estación de trenes que se encontraba dentro del mismo aeropuerto.

El espacio, a pesar de ser inmenso, estaba atiborrado de pasajeros que iban y venían sin parar. El bullicio me desconcertaba haciendo más difícil encontrar mi camino. En medio de la estación, frente a las pantallas gigantes que anunciaban la llegada y la partida de los trenes, miraba espantada el inmenso reloj en medio de ellas. Ya pasaban de las nueve de la mañana y aún no sabía dónde compraría mi boleto. Después de varios segundos distinguí, hacia mi derecha, una fila frente a unas ventanillas. Con un francés inseguro y repleto de errores, le expliqué al vendedor mi destino. Si en ese tiempo no hubiera sido tan joven y con el corazón sano, estoy segura de que habría sido víctima de un infarto al escuchar el precio del boleto, el cual consumió gran parte del dinero que llevaba conmigo.

Con el ticket en las manos, miré de nuevo al reloj cerca de las pantallas: me quedaban unos cuantos minutos antes de que el tren saliera. Debía llamar a la familia que me recibiría para avisarles que estaba en París, pero ya no había tiempo. No podía perder el tren. Empecé a correr hacia las vías, había decenas de ellas. Revisé mi boleto para tratar de descifrar de cuál de todas saldría mi tren. Sin comprender, me dirigí hacia una al azar. Miré la pantalla que estaba en medio de la vía anunciando el destino, el mío no estaba. De repente escuché por los altoparlantes algo que sonaba un tanto similar a la ciudad a la que debía ir, Nimes. El tren estaba por salir y me di cuenta de que necesitaba cruzar por una plataforma, que solo era accesible por largas escaleras o un ascensor a varios metros de donde me encontraba. Corrí tan rápido como pude arrastrando mis pesadas maletas, pero cuando cruzaba dicha plataforma, desde la cual se dominaba la totalidad de las vías de la enorme estación, pude ver como el tren se iba sin mí.

Sin otra solución entre las manos, me dirigí de regreso hasta las ventanillas donde había adquirido minutos antes mi boleto. Echando mano de todo el francés que disponía, le expliqué al cajero, al borde del llanto, que el tren partió antes de poderlo abordar. Temblaba de miedo al pensar que me pidiera comprar de nuevo el boleto, acabando por completo con mis ahorros. Creo que una vez más mi angelote en el cielo intercedió por mí, pues el vendedor me dijo que podía darme un billete para el siguiente tren sin costo alguno. El tren saldría a la una de la tarde. Sin embargo, me explicó que los únicos lugares disponibles estaban en el vagón reservado para fumadores —afortunadamente desde hace muchos años el fumar en lugares cerrados es impensable. Mi ignorancia salió a relucir de nuevo, pues me dije que un poquito de humo no podría hacerme daño. Hasta ese momento desconocía la reputación de los franceses como fumadores empedernidos. De cualquier manera, no tenía más alternativa. Era eso o esperar no sé cuántas horas en la estación.

 Me alejé de la ventanilla con lentitud. El bullicio aumentaba y disminuía de acuerdo a la partida y llegada de los trenes. Por más que intentaba no lograba comprender una sola palabra de lo que las personas a mi alrededor decían. Me sentía como un alienígena. Tenía muchas horas de espera delante de mí, y fue justo en ese momento que resentí el drástico cambio de temperatura que había sufrido mi cuerpo. Después de haber vivido durante siete años en una ciudad costera, donde la temperatura promedio oscilaba en los treinta grados centígrados, me encontraba en un lugar donde las pantallas me informaban hacía quince grados. Llevaba una chamarra ligera y mi cuerpo se estremecía al sentir las corrientes de aire que se filtraban por todos los frentes. Froté mis brazos con mis manos tratando de darme a mí misma un poco de calor y me puse en búsqueda de un teléfono público para llamar a la familia.

Mientras marcaba el número que tenía anotado en mi pequeña agenda, un pensamiento me atrapó: ¿Qué tal si todo había sido una broma? ¿Qué tal si la familia en realidad no existía? Había cruzado más de diez mil kilómetros, estaba sola, con muy poco dinero en los bolsillos, y muerta de miedo. El bonjour del otro lado de la línea me sacó de mis pensamientos y calmó un poco los rápidos latidos de mi corazón. Conocía esa voz, era Christelle, la madre de familia con quien había intercambiado en varias ocasiones. Me reconoció de inmediato y me preguntó dónde me encontraba. Le expliqué cómo pude mi amarga aventura y me dijo que no me preocupara. Ella me esperaría a las cuatro de la tarde en la estación.

Agotada por el largo vuelo, la enorme diferencia de horarios entre México y Francia, y las emociones vividas en unos cuantos minutos, me senté en uno de los asientos de la gran sala de espera. Corrientes de aire soplaban por todo el lugar y por más que me moví no logré encontrar un refugio para resguardarme. Resignada, me quedé sentada añorando la llegada del tren donde podría estar lejos del frío y dormir durante tres benditas horas.

Cuando se acercaba la hora y evitando encontrarme en la misma incómoda situación de esa mañana, me acerqué hacía las vías con mucha anticipación. Confirmé estar en el lugar adecuado y le pedí ayuda a una joven para explicarme toda la información que había en mi billete. Por fin pude entender que en ese pequeño papel estaba indicado el número de mi tren y que en las pantallas gigantes se me informaba la vía que le correspondía. También en el papel estaba escrito el número de vagón y mi asiento.

Unos minutos antes de la una, el tren llegó y subí sin perder tiempo. Busqué mi lugar y cuando me disponía a abandonarme al cansancio bien acumulado en todos mis músculos, la pesadilla comenzó de nuevo. Estar en el vagón de fumadores, fue estar en un vagón casi vacío por pasajeros fijos, pero con un número interminable de visitantes que entraban con el único propósito de fumar. Yo, que nunca en mi vida había fumado, me encontré sumergida durante tres horas en una nube espesa, gris y apestosa sin la posibilidad de abrir la ventana debido a la velocidad a la que viajaba el tren. Dormir me fue imposible a causa del deseo constante de vomitar y el punzante dolor de cabeza que me acompañó a lo largo del viaje.

Bajé del tren tremendamente mareada y con el deseo de vomitar bien presente. Respirar el aire limpio al exterior me trajo un poco de alivio, el cual se multiplicó cuando vi a Christelle esperándome al final de la vía. Por primera vez desde que había dejado a mi hermano y a mi prima en el aeropuerto de Guadalajara, más de veinte horas atrás, respiré con tranquilidad.

Ese día, después de mostrarme la que sería mi habitación, ofrecerme algo de comer y presentarme a los demás miembros de la familia, me fui a dormir y lo hice por más de doce horas sin interrupción. Al siguiente día mi nueva vida comenzaba, y lejos estaba de imaginar que nueve meses después llamaría a mi papá para informarle que no regresaría a México en la fecha prevista, sino que estaba por mudarme a París a continuar la aventura con una nueva familia. Y mucho menos imaginaría que esa aventura se transformaría en mi nuevo destino y que solamente regresaría a México por cortos periodos cada vez.

Tania Farías

Mexicana. Licenciada en Comunicación Social, Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos, Universidad París XII, Francia. Colaboró en la revista cultural Ventana Latina, Londres, Inglaterra. En 2020 participó en la antología de cuentos Nostalgia Bajo Cero. En 2021 participó en la Antología Laboratorio de Historias Breves. En el 2022 participó la publicación de Cuentos para Todos en Cien Palabras, la colección de cuentos ¿Dónde están los otros?, La casa en el Arce y Cilsam 10 años. También fue parte de la Antología Arte y Literatura Hispanocanadiense.