Vaciar una montaña | Escuchar al ‘loco’ del tarot, en la Nada, de Janne Teller

Nada importa, hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.

Por: Samia Badillo

Kary me regaló en mi cumpleaños un libro donde se lee esa frase en la portada. Lo inicié en un viaje donde pasé cinco horas en carretera. A medida que iba avanzando me quedaba un poco helada con la narración y una vocecilla dentro de mí me decía: “déjalo ya, lo último que necesitas ahora es una lectura nihilista; tu estado de ánimo no está como para perder las esperanzas y deprimirte”. Pero había en mí un impulso fuerte por atravesar la duda. Así que me dije: si el sinsentido va a explotar dentro de mí, que explote por completo. Y continué leyendo.

La frase descrita es en realidad una declaración de principios que hace uno de los adolescentes protagonistas, Pierre Anthon, mientras se levanta de su pupitre en su escuela y recoge con tranquilidad sus cosas, para abandonar después el salón de clases, ante la mirada perpleja de los demás alumnos.  

Quizá esa hubiera sido sólo una anécdota de final de las vacaciones de verano para sus compañeros, de no haber sido porque Pierre se sube a un árbol de ciruelos todos los días y desde allí lanza y lanza frases que increpan a los adolescentes que pasan necesariamente por allí hacia su colegio. “Todo da igual, porque todo empieza sólo para acabar. En el mismo instante que naces, empiezas a morir. Y así ocurre con todo” o: “La tierra tiene cuatro mil seiscientos millones de años, pero ustedes llegarán como máximo a cien. Existir no merece la pena en lo absoluto” o incluso: “todo es un gran teatro que consiste sólo en fingir y ser el mejor en ello”.

Pierre lanza frases y sus compañeros le lanzan piedras. Y así empieza una pelea entre el sentido: “Yo sí llegaré a ser alguien” (como piensa el grupo de sus antiguos amigos, reafirmados diariamente por la sociedad en la que viven) y el sinsentido “nada importa” (que pregona Pierre Anthon, descansando sobre un ciruelo mientras los demás cumplen con las demandas sociales y sus rutinas). 

Pasadas las primeras páginas, mi vocecilla interior pensaba: pues, Pierre Anthon tiene razón: somos un suspiro en la vida de la tierra. ¿De verdad vale todo el esfuerzo de creernos un poco más que actores en este gran teatro del mundo? pero a la vez también pensaba: pero sí hay cosas que tienen sentido, porque nosotras se lo damos…¿O no?

Los adolescentes tienen esta contradicción y apuestan por ganarle a Pierre. Primero, lo derriban del ciruelo, pero esto sólo es una victoria efímera. Pierre vuelve con más frases que amenazan su idea de mundo. Sofie, la más pequeña del grupo, es quien finalmente da una idea para confrontarlo definitivamente: “tenemos que demostrarle a Pierre Anthon que existen cosas que importan”. Y es así como el grupo de amigos va hacia una bodega abandonada para depositar allí lo que más tiene significado para ellos, y armar así, con todo esto, un montón de significado. ¿Cómo elegir qué cosa irá a parar a ese montón? bueno, el mejor amigo/a o la persona más allegada de ellos en el grupo, lo decidirá.

¿Qué es lo que tiene más significado para un adolescente o para un niño? ¿Una bicicleta? ¿Unas zapatillas verdes, deseadas muchas veces frente a una brillante vitrina? Quizá el tapete de oración para un joven musulmán. ¿Un hamster que acompaña a una joven hija de padres divorciados? pero… podemos ir más allá ¿qué me dicen del certificado de adopción de una de las protagonistas? o ¿el hermano muerto de otra? ¿Y si alguien pidiera la virginidad de una de ellas?… exactamente. 

Llegadas a este punto, es imposible que como lectoras no nos preguntemos ¿Qué es eso que nos es tan valioso, a lo que le tenemos apego? ¿Qué es lo que a nosotras nos da significado? ¿Qué iría a parar ahí, en el montón de significado de estas chicas y chicos? ¿Qué perderíamos realmente si renunciamos a eso que nos significa?

Lo que pasa en la novela después, muchas personas lo han tildado como surrealista. No daré spoilers y sólo diré que descubrirlo mediante la lectura de este libro vale mucho la pena. Lo que sí apuntaré es que el libro es una invitación a preguntarnos por los sentidos que nos mueven. Como dice la autora en una nota, al final de la novela: “Pierre Anthon podría lógicamente tener razón si observamos la vida a largo plazo. Pero la cuestión es que no vivimos en el largo plazo. Vivimos en el aquí y en el ahora”. 

Estos y estas jóvenes están descubriendo el mundo y por ello es vital demostrar que hay sentido en él. A casi cualquier costo. Pero, nosotras, de adultas, ¿tenemos nuestro sentido afianzado e inamovible del mundo? ¿Desde dónde creamos sentidos y sobre qué descansa el sentido y el significado que nos mueve?

Justo ahí creo que entra la voz inquietante y disruptiva de nuestro Pierre Anthon. Una voz ‘loca’ que, sobre todo de adultas, tratamos de callar. A veces nos peleamos con ella; a veces, la reprimimos. A veces, no la validamos: tenemos tantas cosas valiosas en qué pensar. ¿Cómo vamos a perder tiempo en filosofías y sin sentidos? Pero esa vocecilla existe. Y si no le hacemos caso, se anida. Lo que no te mata te hace más fuerte, dice el refrán. Pues lo que se reprime, se hace más fuerte, y busca siempre la forma de expresarse. 

Esta voz me recuerda mucho a lo que representa el loco en el Tarot:  algo descabellado, nuevo, con un impulso frenético. Algo impulsivo, incluso por su potencia, amenazante. Algo disruptivo (sobre todo con el orden establecido). ¿Qué es lo que sí se le permite decir al loco por su condición y que sería fuertemente juzgado en la voz de un cuerdo? ¿A dónde acomodamos eso que amenaza a nuestra racionalidad y nuestras propias ideas del mundo? ¿Qué lugar le damos nosotras a nuestro propio ‘loco’ en nuestra vida?

La autora, al final de la novela, dice que, a pesar de la censura que ha sufrido por tratar temas muy fuertes (insisto, vale mucho la pena seguir el desarrollo de los personajes y de lo que son capaces), en la novela hay una luz. Quizá los personajes no lleguen a verla, pero la luz, a través de ese trayecto, se ilumina para nosotras, las lectoras: ¿Qué nos dice nuestro propio loco? ¿Qué ‘verdad’ nos grita, callando a nuestro ego? 

Las verdades de la vida, pienso, no siempre llegan en frases literales o unívocas.

Que la vida no tenga sentido per se, puede ser una verdad. Que el sentido es lo que construimos día a día, con los significados que creamos y nos crean en el mundo, también.

Quizá no lleguemos a nuestras verdades más profundas (las nuestras, no las de la sociedad o el exterior) sin oír nuestras propias voces. Completas. Y eso incluye a aquellas que son incómodas, desafiantes, abrumadoras, que se posan campantemente sobre un árbol y sonríen mientras las escuchamos, como Pierre Anthon. 

Las voces de la nada quizá escondan tras de sí las voces del deseo. Y quizá el sentido espere allí, en esa confrontación con nuestras propias voces, que nos miran risueñas, cantando sobre el ciruelo. 

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

Entre calles y páginas | No se vuelve más fácil, se vuelve costumbre

Por Ángeles Serna

Cuando salí de la carrera tenía ganas de hacer todo, menos lo que estoy haciendo ahora: trabajar. Creo que uno de mis miedos más grandes era trabajar de 9 am a 6 pm en una oficina, un horario que te consume la mayor parte del día. Además, sumar las horas de camino, porque sí, ya me di cuenta de que no llego en 20 minutos a cualquier parte, y mucho menos si me traslado de San Nicolás a San Pedro. Trabajar y manejar han sido las actividades que he realizado la mayor parte del año.

Cada vez que platico con algunas amigas y familiares, sale el tema de la duración en el trabajo y sugieren plazos de dos o tres años de experiencia en el puesto, en la empresa. Pero, existen varios factores para tomar en cuenta sobre cumplir esos plazos y obtener la suficiente experiencia. Uno de estos aspectos es la calidad de vida en el trabajo. Cosa que, a mi consideración es uno de los factores principales que detonan la rotación de personal en las empresas.

Esta semana leí Las niñas bien (1991) de Guadalupe Loaeza, dentro del libro, encontré el texto “La mala costumbre de acostumbrarse” en el cual, la autora plasma la imagen de la ciudad colapsada en el tráfico de Ciudad de México en los noventa, donde se afirma que los mexicanos nos acostumbramos a todo; sube el precio de la canasta básica ¿y qué importa? si hay que comprar la comida; sube el costo de la gasolina, sólo exclamamos un “¡Ya está en veintitantos!” y llenamos el tanque; sube el costo del transporte público y prácticamente es lo mismo, lo terminamos pagando, porque no hay de otra.

¡Qué buena onda somos los mexicanos, a todo nos acostumbramos! Ya aprendimos hasta vivir con la crisis, con la inflación. Cuando leemos que sube el arroz, el frijol, el huevo y el aceite, nos enojamos, nos indignamos, “ya ni la muelan” decimos furiosos, pero algunas horas después, los que tenemos con qué pagar ya ni nos acordamos, nos resignamos y tan tranquilos, seguimos comiendo rico moros y cristianos con huevos rancheros bien grasosos.

(Loaeza, 1991, p. 81).

“Nos resignamos” es lo expone Guadalupe en el texto, una idea que a mi parecer es bastante atemporal. En los primeros meses de trabajo le contaba a mi mamá que era bastante agotador lidiar con los problemas de la oficina, las malas actitudes y trato de mi jefe y el tráfico de dos horas para llegar a mi casa. No tenía ganas de hacer nada, ni de leer ni de ver series ni de sacar a Bruno a pasear –Bruno es un perrito de dos años–. En el tráfico de Morones Prieto pensé “¿Esto es lo que me espera durante dos o tres años?, ¿esto vale la experiencia laboral?, ¿a esto es a lo que me tengo que acostumbrar?”.

Los fines de semana también era vivir en una constante preocupación, por esos pensamientos de autosabotaje que me decían “no ser suficiente” o la preocupación diaria de dar más. Por lo que, el desarrollo personal y social era completamente nulo, durante estos meses tuve un distanciamiento hacia mis seres queridos por esa búsqueda de dar más en mi trabajo, porque ahora a eso debía “acostumbrarme”. Acostumbrarme a un mal trabajo, a los malos tratos, a la falta de reconocimiento y a la falta de derechos laborales.

 En el artículo Derechos laborales: una mirada al derecho a la calidad de vida en el trabajo (2015) de Juana Patlán Pérez presenta el concepto de calidad de vida en el trabajo (CVT) como:

Un constructo multidimensional y complejo que hace referencia principalmente a la satisfacción de una amplia gama de necesidades de los individuos (reconocimiento, estabilidad laboral, equilibrio empleo-familia, motivación, seguridad, entre otros) mediante un trabajo formal y remunerado.

(p. 121).

Esto me hizo analizar mi empleo y cuestionarme si realmente estaba obteniendo este marco laboral que plantea Pérez. La respuesta es sencilla: no. Durante este tiempo, en charlas con compañeros y amigos de otras empresas, les preguntaba sus experiencias laborales. Me contaban situaciones complicadas, donde no tenían esa calidad de vida en el trabajo. Algunos destacaban cierto aprendizaje que lleva al crecimiento laboral y otros solo comentaban que aprendieron a buscar mejores empleos.

Ahora, Nuevo León es el estado que durante el primer semestre del año tuvo el mayor aumento en generación de empleos –gracias a la Inversión Extranjera Directa (IED). No obstante, tener mayor inversión y generar más empleos no es suficiente para tener una mejor calidad de vida –que a mi consideración tener calidad de vida en Nuevo León es muy cuestionable–. No solo es necesario revisar la generación de empleos y el crecimiento de la oferta laboral, también es necesario revisar las condiciones con las que se crean estos nuevos espacios laborales.

Claro que dentro de este panorama debo de mencionar un factor que Loaeza expresa en su texto: “¿Protestar? ¿Para qué? Híjole, para protestar se necesita mucha energía, conciencia, solidaridad, organización y ¿qué más se necesita? No sé” (1991, p. 82). También se necesita tiempo y dinero, recursos que la mayoría de la población no tiene y, muchas de las veces, no se pueden dar el lujo de disminuirlos porque son responsables de una familia.

Para terminar, reconozco que estas primeras experiencias laborales no fueron las óptimas. Por varios meses pensé que así tenía que ser, que con el tiempo se vuelve más fácil, pero ahora me doy cuenta de que no necesariamente. Así que, negada a adentrarme por completo al mundo laboral y que mi único objetivo sea el beneficio económico. Decidí no acostumbrarme. Porque con el tiempo no se vuelve más fácil, se vuelve costumbre.

Flores, Lourdes. (2023). Nuevo León disminuyó 36.6% la población no económicamente activa disponible para trabajar. https://www.eleconomista.com.mx/estados/En-Nuevo-Leon-disminuyo-36.6-la-poblacion-no-economicamente-activa-disponible-para-trabajar-20230723-0005.html

Patlán Pérez, Juana. (2015). Derechos laborales: una mirada al derecho a la calidad de vida en el trabajo. https://www.redalyc.org/journal/104/10446094004/ 

Ángeles Stefanya Serna Moreno

Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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Doritos y Coca | Lengua salvaje

Una mujer que escribe tiene poder. Una mujer con poder es temida. Ante los ojos del mundo esto nos convierte en bestias peligrosas.

Gloria Anzaldúa

Por Silvia Santaolalla


M, ¿tú eras obediente cuando eras niña? Enredo el hilo entre los dedos mientras uno las últimas partes del trabajo que estoy tejiendo, el sueter que voy a entregar. Dicen que los gatos imitan las conductas de los humanos que los crían y estoy casi segura de que mi gata es la más desobediente del mundo. Se escapa detrás de otros gatos, me muerde la cara cuando duermo, maúlla sin control, muerde y rasguña hasta que dejo en paz el libro que estoy leyendo y la acaricio. A veces me tapa la nariz cuando duermo hasta que despierto asustada y se echa a correr. Le cuento todo eso a M, le digo: ¿tú le hacías caso a tu mamá? Enredo y desenredo los hilos mientras suelto la lengua. Le digo: M, ¿no sentías algo dentro de ti que iba siempre en contra de ella? Cuando me doy cuenta llevo más de tres horas tejiendo y contando lo desobediente que siempre fui (soy) con mi mamá.

Después de entregar el sueter me voy a casa leyendo en el camión. La gente que se apretuja, el sol pega del lado de mi ventana, el cabello se me enreda. Sigo pensando en la obediencia, en lo mucho que me cuesta seguir las reglas. Pienso en lo difícil que ha sido para mi madre tener una hija tan malcriada como yo. En las peleas que nos hubiera ahorrado si pudiera aprender por fin a decir sí. En ponerme el vestido que quería, en peinarme como le gustaba, en llegar a casa saliendo de clase, en limpiar en lugar de cargar con libros, libretas, plumas chorreadas y audífonos puestos todo el día. Pienso en las paredes con flores que hubiera preferido en lugar de los posters pegados con engrudo, las frases rayadas al pie de las paredes, las sábanas revueltas, la ropa arrugada, los tenis sucios. Pienso en los años de adolescencia, pero incluso los de infancia fueron complicados cuando me negaba a hacer lo que las maestras me pedían. Entre todas las fallas que me encuentro la lengua suelta es la peor, la lengua salvaje, la que nunca me muerdo.

Olvídate del cuarto propio dice Anzaldúa, «escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta». Entonces de niña no lo sabía pero era como si me hubiera leído Una carta a escritoras tercermundistas. Desde que aprendí a leer, me lo leí todo, me lo bebí con sed voraz. Me lo devoré todo como quien no ha comido en días. Me quedaba despierta abajo de las colchas, encerrada en el baño, con luces escondidas. Después en el celular, en la computadora. No hay regaño, castigo, advertencia, amenaza que me haya detenido. Y ahora la lengua es indomesticada. Creo firmemente en la relación que hay entre quien toma la palabra, la doblega, la hace suya y la desobediencia.

Hay que tener curiosidad para cuestionar lo establecido, pero también el fuego del cambio. Y por eso creo que mi mamá siempre esperó que fuera desobediente. Por eso no me daba miedo responderle, estrellar la puerta con furia, negarme a seguir órdenes absurdas en la escuela. Por eso puedo ver con indiferencia el desórden, las pilas de libros por la casa, el polvo, mientras escribo esto. Puedo tirarme la tarde entera a leer sin culpas domésticas. Puedo alzar la voz en un salón. Puedo decir no. Porque ella también fue parte de ese chispazo que me hace no temerle a las reglas. Por eso hablo con lengua salvaje, indomesticada.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Derechos y Colores| Reflexiones sobre salir

Por Natalia Mendoza Servín

Todas y todos tenemos estándares de pareja. Algunos más altos y otros menos. Identificarlos y tenerlos presentes está bien porque nos permiten “acercarnos” a una felicidad añorada; a una expectativa de la vida en pareja. A los treintas, y por lo que he visto con personas a mi alrededor, en edades parecidas y todavía solteras/os, hay un común denominador: se tiene miedo. Hemos tenido ya algunas experiencias en pareja que nos hacen preocuparnos y ocuparnos de nuestras posibles relaciones; sabemos qué es lo que podemos tolerar y lo que no.

Por alguna razón, ya no es como cuando teníamos veintitantos en donde se tenía pareja y el futuro no era un problema. Tal vez por nuestra ignorancia de que las cosas pueden terminar o doler. Sobre todo, éste último. El dolor, nos hace ser selectivos, evitar en todo momento ese costo que puede tener la felicidad.

En el caso de las mujeres, me parece que el reto aún es mayor; no se trata solo de temer por el hecho de que la relación se vaya a terminar o porque te vayan a lastimar, sino que también, o al menos en tiempos modernos, tratamos de estar con parejas que no quieran aniquilar nuestra esencia. El matrimonio y los hijos, para las mujeres representa “dejar de ser” para cumplir con un rol impuesto que no siempre queremos y aceptamos.

Dice Simone de Beauvoir que la posesión del otro es lo que hace fallar los matrimonios y por eso la institución ha fracasado. Nuestro carácter y condición de mujer nos hace posesivas de ellos, porque lógico es que, a cambio de aniquilarme, a cambio de dejar mis sueños, exijo cuando menos la entera disposición de tu alma.

Alejandra Kollontai, más o menos en el mismo sentido, y desde un análisis comunista de las relaciones sexo- afectivas apunta que para las mujeres, tanto el matrimonio como las relaciones casuales son desventajosas y abusivas. Propone el concepto de “amor- camaradería” en el que se respeta la autonomía de los sexos; hay complicidad y se evita el concepto de la propiedad privada entre seres humanos.

Pero queda claro que es teoría. La teoría gusta porque ayuda a entender los porqués de nuestras relaciones personales, los cuales no necesariamente se verán traducidos en factos, pero comprenderlos genera paz. ¿Encontraremos en este basto mundo, en el que sin duda, hay más hombres y mujeres que vida, al amante camarada? No lo sé. Mientras tanto, como bien sugiere Coral Herrera, vivamos en revolución amorosa, la mejor, en la que ante todo, nos preferimos a nosotros mismos.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Letras que ab (sorben/sortan) | Incapacidad auditiva latente

Por: Maleni Cervantes

Dicen que el hombre por naturaleza tiende a ser un ser social. Palabras que he escuchado en repetidas ocasiones tanto en contextos académicos como familiares. Sin embargo, ¿qué tan cierto es esto?

Quizá pudiera observarlo en un primer plano, con una carrera que tiende a ser uno de los ejemplos máximos: la psicología. Donde el hablar se convierte en una herramienta para conocerse mejor y así poder sanar todo aquello que de manera directa o indirecta nos lastima. Sin embargo, en este proceso, hay un contexto comunicativo en el que hay una persona que habla y otra que lo escucha. Por lo que puedo concluir que, una persona puede resolver parte de sus problemas al relacionarse con alguien más.

O, a lo mejor, puedo percibir dicha premisa social en un restaurante, alguna cafetería o, incluso, en una oficina con servidores públicos. Lugares en los que las personas llegan a platicar con los trabajadores con una pregunta que termina por convertirse en la conversación de una anécdota personal. Ya que su intención es ser escuchados por alguien que, aunque no los comprenda ni le interese lo que digan, finge entenderlos y tener una pizca de humanidad al mantener trato con ellos.

Tal vez, todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado esa necesidad de hablar con alguien que nos escuche y nos dé una palabra que nos reconforte o consuele hasta cierta parte.

Yo, por ejemplo, en varias ocasiones he recurrido a hablar con mis allegados de ciertos problemas por los que he tenido que atravesar. Con el deseo de un consejo o, de por lo menos, sacar todo eso que me atormenta y que me causa nudos en la garganta.

Esta vida duele, está repleta de aventuras y tragedias. No sabemos cuándo, pero estamos conscientes de que en algún momento habremos de experimentar la ausencia de un ser querido, ya sea por una separación inevitable o una enfermedad que cobre la vida de esa persona especial.

Y es que, no somos conscientes de la necesidad de escucha de los demás. No somos capaces de escuchar a quienes nos rodean. No nos damos a la tarea de sacar esa parte humanitaria que existía anteriormente entre los vecinos que se daban la mano cuando lo necesitaban entre sí.

Ahora, todo se convierte en un individualismo que tiende a lo egocéntrico y narcisista en el que “yo” como persona no me interesan los problemas de los demás, sólo los míos. Si eres de mi mundo, adelante. ¿No te conozco? Ni siquiera te dirijo los buenos días, ¿para qué? ¿Qué me importa el luto ajeno?, ¿a mí qué me importan tus problemas económicos?, ¿por qué he de escuchar sobre la muerte de tu esposa?, ¿crees, acaso, que me importa la enfermedad terminal de tu madre? Yo vivo de mis propios asuntos. Hoy tengo que pagar la renta, el fin de semana tengo que comprar los adornos navideños y el lunes tengo una reunión para ver lo de la posada con mis amigos.

No obstante, si me pongo en ese plan y no deseo escuchar a nadie, ¿quién va a querer escucharme a mí cuando lo necesite? Nadie.

Y lo más triste del embrollo, en mi realidad inmediata, es que pese a que yo sí escuche a alguien, habrá momentos en los que nadie me escuche a mí. Entonces, ¿qué me queda?, ¿qué nos queda en esos momentos? Hablar con el perrito callejero que espera con alegría a la espera de un poco de croquetas en forma de limosna. Él siempre estará para cualquiera. Mientras las personas, casi en general, se absorben y absorberán en su incapacidad auditiva latente.

Queridos lectores, ¿lo comprenden?, ¿se sienten abrumados al igual que yo?, ¿comprenden la desesperación que me da al ver cómo un adulto mayor es ignorado en la soledad de la vejez?, ¿perciben la impotencia de un niño cuando necesita el oído de sus padres y no los de un aparato electrónico?

Desde esta perspectiva, me gustaría compartir con ustedes una historia que me partió el alma. Un cuento que leí hace algún tiempo, pero que sigue marcando mi día con día. En “La tristeza” de Antón Chéjov veremos la historia de un cochero que espera ser escuchado (leído) por todos nosotros, con el propósito de sanar la herida de la ausencia y la soledad que carcomieron su vida.

Más, ya que lo lean, invítenlo a reflexionar con ustedes, a que conversen durante los instantes en que más falta les haga un corazón humano en el cual albergar sus pensamientos.

Hasta ahí llega mi recomendación literaria de esta vez con el propósito de quitarles la venda de los ojos para invitarlos a conversar con quienes lo necesiten. Quizá es mucha reflexión y poca descripción, pero espero que me comprendan, porque esto es una probadita de un cuento que puede marcar la diferencia entre nuestras interacciones sociales cotidianas.

Recomendación literaria disponible en: Chéjov, A. (2015). Obras maestras. Antón Chéjov. México: Editores Unidos Mexicanos, S. A.

Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG. 

ESCRIBIR NOS LIBERA: ¿ESCRIBIR CARTAS ES DEL SIGLO PASADO?

Escribir cartas
Esta es la representación de «cómo escribir cartas» que hay en mi cabeza, ya sé que es muy de la época de Jane Austen, pero al leer la columna sabrás que escribir cartas, va más allá de eso.

Por Aimeé Miranda Montiel

En algún momento de la historia humanx, las cartas fueron uno de los principales medios de comunicación tanto formal como informal, la mayoría de los sucesos trascendentales en la vida de las personas, de las comunidades, de las naciones incluso, tenían relación con las cartas; aún recuerdo que cuando estudiaba la primaria (hace unos pocos años obviamente ¡ja!), nos enseñaban a escribir cartas, a poner todos los datos del “remitente” y del “destinatario” (palabras que siempre me confundieron, pues no tenía muy claro quién era quién, ahora noto que casi es una obviedad, pero en ese entonces me hacían sufrir), en fin, las cartas eran medios importantísimos para generar interacción humana.

Sin embargo, desde hace unos años, los “mails” han ursurpado de alguna manera el lugar de las cartas, aunque en mi opinión no tanto, ya que a estos, se les suele utilizar principalmente en ondas de “chambing” o de algún trámite a distancia, pero fuera de eso no se ocupan con otros fines; aunado a lo anterior, la mayoría de los mails carecen de estructura, y ya si me pongo romántica, también les falta alma, esencia, están escritos como si quisiéramos dejarle a alguien un recado en un “post-it”: al grano, sin saludos o sin despedidas usualmente, incluso sin pensar que del otro lado hay un ser humanx que va a leer eso -quizá pensamos que como lo escribimos en una computadora, quien lo recibe es otra computadora, pero pues no-. Por eso y más, creo que en realidad los mails no han sustituido a las cartas.

¿Pero entonces las cartas están en peligro de extinción? ¿Hay forma de salvarlas? ¿Es necesario rescatarlas o la verdad es que han perdido su utilidad? Aquí te van algunas de mis teorías/respuestas:

Es posible que las cartas estén por desaparecer, pero encontré un lugar donde las cartas siguen siendo importantes, e incluso donde aún existen las “relaciones epistolares”, que por si no lo sabes, es cuando dos personas se “conocen” a través de cartas, sin haberse visto en persona antes y mantienen una “relación sentimental”, sólo a través de esa correspondencia; aclarado ese punto, y no es que te vaya a sorprender mi hallazgo, en muchos centros de readaptación social o reclusión (elige la acepción que quieras para definir estos lugares), las cartas siguen siendo un importante medio de comunicación. Sin romantizar lo que pasa ahí dentro, porque además ni tengo referencias cercanas a lo que sucede en realidad, considero que el ejercicio de escribir estas cartas, quizá permite a las personas liberarse (¿de sus pensamientos?, ¿de su soledad?, ¿de sus miedos?) y de sentirse parte del mundo de alguien.

Y al final esos dos puntos que acabo de mencionar, son lo que hace importante -posiblemente no necesario- “salvar” la existencia de las cartas; pues para mí, esa es la magia de sentarme a escribir una carta: liberarme y compartir mi mundo con alguien más… para terminar siendo parte del mundo de alguien más.

Así que ¿te atreverías a liberar parte de ti, a través de una carta?

Esta semana, te voy a compartir un mini extracto de una carta que escribí hace unos días:

“Holi (…) escribo esta carta con algo de resistencia y también con un poco de miedo y de duda, por qué, para qué, va a crear más escribir estas líneas o no, será terquedad o será la forma en la que hoy encuentro de liberar todo lo que traigo dentro, no lo sé… ojalá a través de estas palabras encuentre respuestas, con suerte, tal vez también tú…”

P.D. Escribir esta carta me tomó 3 horas y 6 páginas, unas ganas tremendas de vomitar en algún punto, pero al final sí me sentí muuuuy liberada. Recuerda que no es necesario que mandes todas las cartas que escribas, pues probablemente, aunque todxs lxs destinatarixs de nuestras cartas sean distintxs, quizá todas las cartas de alguna manera nos las estamos escribiendo a nosotrxs mismxs.

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia_eclecticaheal.

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

EL DIA A DIA

Insecto

Por Madelaine BO.

A mis treinta y muchos me siento un insecto, voy sin camino fijo; aún me siento insuficiente para muchas cosas que debería tener dominadas, casa, trabajo, vida social, sentimental, etc.

Una y otra vez regresan los mismos pensamientos, esos que me atacan todas las noches, los mismos que están en mi contra.

Ellos me hacen mil preguntas y como no hay respuestas lo más fácil es desaparecer en sueños que me mantienen dopada por algunas horas ya que no tengo respuesta para tantas interrogantes.

A mis treinta y muchos me he visto tropezar una y otra vez en diferentes aspectos ya que no soy perfecta.

Pero hoy comprendo que no soy como un insecto. Soy más como una planta que florece y se apaga dependiendo la estación.

Algunas veces mis ramas son verdes, llenas de flores y otras tantas casi vacías y marchitas.

Y a pesar de lo pesimista que puedo llegar a ser en el fondo, me consta que soy de raíz fuerte y ancha… de esas raíces que aguantan cualquier tempestad, no importando la estación de año.

Y sé que siempre voy a florecer.

De profesión optometrista, soy de carácter fuerte y muy servicial, un poco loca y soñadora. Amante de los museos y exposiciones. Escritora amateur de pequeños poemas o pensamientos de «El día a día» con lo cuál quedan plasmadas las vivencias. Tengo mi propio club de lectura «Las Historias Fugaces» dirigido a niños y adolescentes, también pertenezco a otros clubs «Nuestra tienda roja- Circulo de lectura para mujeres» y «Sala de lectura Guadalupe Dueñas»

El cuidado de la casa por Jeanne Karen en La máquina verde

De nuevo la humedad de la ducha ha llegado hasta la fachada; ya hasta las gotas de agua residual han hecho una especie de mapa, alcanzo a ver un golfo, algunas islas que se dibujan a lo lejos en la extraña cartografía. No sé si llorar o si esperar con paciencia un milagro. El cemento para albercas debe hacer su trabajo y reparar de una vez por todas la filtración, entonces viene a mi mente la pregunta, ¿cuándo llega el momento de dejar el lugar de residencia, cuándo debe uno comenzar a pensar en guardar los libros, los recuerdos, los cuadros, porque simplemente se ha dado por vencida con tanta materia, con tanto qué cuidar?, cuando muchas veces ni siquiera hay tiempo para el cuidado propio.

Luego, veo pasar a un par de gatos con su serena existencia, con las colas que parecen materializarse en el propio aire de la mañana, ¿acaso ellos se preocupan por las viejas paredes, por la pintura desgastada, por el piso en mal estado o se preguntan qué pasa con la tubería y el sonido interminable que en los meses de frío interrumpe sueños, pensamientos, la dulce y calculada monotonía?

Entregar la llave, vaya oración, dejar a un lado, abandonar, bajar los brazos, renunciar a tanto trabajo, olvidarme del empeño que le he puesto por tantos años. La basura cada día se acumula más fácilmente, las cosas viejas, las hojas del otoño pasado y del otoño presente, pilas y pilas de hojas, unas más oscuras casi negras, otras en un rojo perfecto.

¿Cómo dejarla, cómo se va uno del mejor sueño o cómo seguir en la casa cuando le duele todo?

 Empezar a reparar cada gotera, quitar las baldosas rotas, trasplantar las plantas a macetas más grandes para que puedan crecer tranquilas o llevarlas a tierras fértiles en donde ninguna pieza de barro les impida seguir creciendo hasta tocar el cielo.

El chirriar constante de las puertas ahuyenta mis pensamientos, si estoy leyendo me detiene a cada página, la lectura adquiere un ritmo distinto y eso no es todo, lo más extraordinario es que la escritura también, pienso que debe parecer que voy a inaugurar mi propia vanguardia.

Los pasos sobre la escalera de metal parecen decirme entre más subo, ten cuidado, ten cuidado con todo lo que deseas y entonces vienen a la mente tantos poemas en donde el cuerpo es la casa, la vida es la casa, la consciencia es la casa, el mundo es la casa. Todo poeta habla de la casa, cada uno con su luz o con su sombra.

GREGORIA

-Gregoria, busca el mecapal para poner el pulque en mi espalda.

La niña buscó entre la leña, encontró el mecapal seco y sucio, lo sacudió, lo enredó para ponerlo en la espalda y en la  cabeza de su madre. Vio a su padre poner un palo entre las puertas para atorarla, mientras le ordenaba revisar que los toros estuvieran bien amarrados, con agua suficiente, que los pollos estuvieran en el corral. Gregoria, con sus manos y sus ojos revisó que las cuerdas estuvieran fuertes para que los toros no se escaparan y que los pollos no pudieran salir del corral. A la niña siempre le costaba despedirse de sus perros, fue a donde estaban, acarició sus cabezas y los miró a los ojos para que pudieran saber sus sueños y preocupaciones, y después susurró.

-Cuiden la casa mientras no estamos, no dejen entrar a nadie, ladren tan fuerte que pueda oírlos aunque esté lejos. Si nos miramos a los ojos, podré sentir en donde quiera que esté el peligro que ustedes sienten. Cuiden nuestra vida.

Se despidió acariciando sus orejas, los perros la vieron irse sentados en la tierra, vieron cómo la niña se ponía en la espalda a su hermano, para  envolverlo y cargarlo en el rebozo, tomando de la mano al otro,  vieron cómo la familia se alejaba caminando y se perdía, por donde subía la neblina. 

Después de caminar una hora, se empezó a dispersar la neblina, sintieron el calor que les regalaba el sol, pero también el cansancio de cargar pulque y a un bebé. A la orilla del camino se sentaron, cuando las mujeres se quitaron las cargas que tenían, sintieron el viento, secando el sudor que mojaba su espalda. Sacaron de una bolsa tortillas, untadas con un chile rojo, una masa que llamaban chintextle y calmaron su sed con el pulque. Los padres descansaban, mientras Gregoria arrullaba al bebé para que durmiera lo que quedaba del camino. Emprendieron sus pasos de nuevo, llegaron a un barranco en donde se divisaba el pueblo,  lo que más se distinguía era la iglesia con cúpula roja, al verla Gregoria supo que ya faltaba menos. La niña solo conocía el pueblo los días fiesta, todos los años acompañaba a sus padres a la plaza en esa fecha para vender pulque y disfrutar de esos días en donde llegaban las bandas de viento de todos los pueblos, Gregoria soñaba todo el año con la llegada de ese día, para verse reflejada en los instrumentos de los músicos, ver su cuerpo en un espejo dorado que pasaba tocando la alegría de la fiesta mientras caminaba los últimos pasos, esa ilusión se convertía en miedo, por ver tantas caras que no conocía, por ver llegar a gente de todos lados y por las voces que no eran música pero inundaban todo el pueblo. Gregoria se preguntaba cómo podía existir tanta vida, cómo podía nacer tanta gente, le asustaba saber que esas personas se alimentaban de los animales que ella criaba, de los que había aprendido su idioma, esos sentimientos de ilusión y de miedo la perseguían hasta dejarla asustada. Sin embargo, al llegar a la plaza del pueblo, sus miedos desaparecían primero porque veía a otros seres similares a ella, los veía correr uno tras de otro, todos los años tenía la intención de hablarles, quera saber qué pensaban, cuál era el sonido de su voz, quería preguntarles cómo cuidaban a sus animales y saber si tenían los mismos huecos calientes que ella en sus manos, pero tenía miedo de que la rechazaran, por eso cada vez que volvía a casa después de la fiesta del pueblo se convencía de que su lugar y su cariño estaba donde podía cuidar a los animales. Llegando al pueblo, sus padres se acomodaron en la plaza para vender el pulque, la niña se quedó con ellos, esperando a que se terminara para que llegara uno de los momentos más esperados de Gregoria en la fiesta: Su padre la llevaba a una casa, al borde de la montaña, para que le hicieran huaraches nuevos.

-Vamos Gregoria, apúrate, ve pensando cómo quieres los huaraches este año, camina delante de mí para que no te pierdas.

En todo el camino, la niña veía las montañas en donde sus perros, gallinas y guajolotes la esperaban, pensaba en qué estarían haciendo, si sentían tristeza por no verla, si pasaban hambre o si les pesaba la soledad. ¿Cuántos días faltaban para poder volver a ver sus ojos? ¿Y si alguien entraba con intenciones de hacerles daño? ¿Y si hacía mucho frío? La familia no estaba, no podían prender el fogón pero si ellos sentían todo eso, también Gregoria lo sentiría, pues recordó que había mirado sus pupilas, para saber lo que sentían o pensaban. Ahora todo estaba tranquilo, pues solo sentía alegría por sus huaraches nuevos.

-Papá, ¿cuando eras niño, el pueblo era como es hoy?

-No, antes no había tantas casas y la iglesia era solo una capilla. Lo primero que recuerdo es el dia que llego la Virgen, por eso esta fiesta es tan importante para la familia. Anda Gregoria camina más aprisa y da la vuelta en donde ya sabes, quedé de venir esta tarde.

Bajaron una vereda para llegar a una casa que estaba al borde del camino, olía a cuero recién cortado, en el suelo había piel de toros secándose, su padre habló en voz alta y salió el huarachero, era un hombre con manos que conocían el significado del trabajo, portaba un mandil de una tela gruesa, los recibió, dándoles un pequeño banco para que pudieran sentarse frente a él. El padre de la niña comenzó a platicar con él, sobre los problemas que tenían de las tierras con sus vecinos, entre estas pláticas el huarachero le pidió a la niña que pusiera su pie desnudo en la hoja blanca, lo acomodó en el centro y, con un pedazo de carbón fino, retrato la silueta del pie. La niña sintió los suspiros del dibujo rozando su piel, primero uno y después otro, después le dio a decidir entre varias pieles, sus ojos eligieron la que brillaba. Padre e hija se despidieron del huarachero y quedaron en pasar mañana a la misma hora para la entrega puntual, pues al día siguiente era la quema del castillo y no había niña a la que le entusiasmara más estrenar huaraches para tan importante evento. Regresaron donde su madre y sus hermanos, que estaban esperando su regreso, la niña le platicó cómo iba ser la piel de sus huaraches nuevos, mientras la madre le ponía a su hermano en la espalda para sujetarlo con el rebozo, caminaron veredas hacia abajo, para llegar a la casa de su abuela, una casa de adobe, que cada mañana se perdía entre la neblina, con ventanas de madera que  encerraban a las montañas en esa vista. La mamá de su papá  era viuda y vivía desde hacía años sola en el pueblo. Cuando llegaron, la abuela se emocionó por ver a sus nietos pero el corazón le latía más por ver a Gregoria: era la primera nieta, y además de su hijo mayor, eso le daba a la niña un lugar diferente en su corazón,  se identificaba con ella, compartían el amor por los animales, la preocupación por los perros, la atención para aprender de las gallinas y guajolotes, compartían también la misma forma de la cara, de las manos y de los ojos, el papá de Gregoria  insistía frente a su hija que tenía la misma cara y ojos que su madre, ojos tan oscuros como los capulines decía.

-Madre, hemos llegado, te guardamos un poco de duraznos que traemos desde la montaña.

-Gracias hijo, los pondré a cocer. Molí maíz para comer con salsa amarilla, dejen las cosas y siéntense en la cocina.

La abuela les sirvió en un plato hondo, una tortilla gruesa que cada uno despedazó para mezclarla con el caldo, sus dedos hervían de calor junto con la comida. Después  los adultos tomaron café, mientras hablaban de sus problemas, de sus inquietudes. Gregoria salió al patio a perseguir con su hermano a los pollitos recién nacidos de su abuela, mientras, su abuela, entre platicas, la observaba y pensaba en que hasta los movimientos de la niña le daban razones para quererla. Cuando su hijo dejó calló sus preocupaciones, la abuela pudo dejar de escucharlo y concentrar su mirada en su nieta. Pasaron la tarde calentando a los pollos entre sus manos, la abuela le enseñó a Gregoria a curarlos, sacándole con un hilo las lombrices que los atormentaban, desgranaron maíz para los guajolotes y se quedaron platicando mientras mataban las pulgas que se escondían entre las alas de las gallinas, los ojos de ambas se encontraban y no era solo una mirada, sino una historia que se trasmitía. Gregoria aprendió esa tarde los gestos de su abuela, la forma en la que acomodaba sus manos para recibir a los pollos y cómo los acercaba a sus oídos para escucharlos piar.

Al día siguiente, la mañana se disolvió en la neblina, el vapor del café y la brisa, a mediodía los preparativos para la noche comenzaron, el papá de Gregoria recogió sus huaraches y se los entregó, la niña había aprendido a medir el tiempo por el desgaste de sus huaraches, sabía que cuando brillaban el tiempo era nuevo y había muchas cosas que debía aprender hasta que sucediera la próxima fiesta para tener huaraches brillantes. Se los midió con emoción y las correas de cuero que habían sido hechas para detener su pies en los pasos que ella diera los abrazaron. Por la tarde su abuela la llamó a la cocina, de un baúl de madera sacó uno de sus ceñidores, color rojo intenso que hizo que a la niña se le iluminaran los ojos, pues no era prestado, sino un regalo que ella cuidaría como un tesoro. Al ver el asombro de la niña, la abuela le enredó el ceñidor en su cintura, en cada vuelta que le daba se lo apretaba más hasta que llegó a su fin. Después de este acto la señora le desenredó con un peine de madera el cabello a Gregoria, allí sentada le trenzó sus miedos y guardó en cada pliegue de la trenza los sueños que tenía para su nieta. Cuando termió, los amarró con un listón de lana hasta que estuvo segura de que no se iba a deshacer. Las dos se encaminaron a la Iglesia seguidas de los padres de la niña, allí frente al Dios que conocían, cada una de ellas pidió por la vida de la otra, por poder compartir tardes como la del día anterior, por aprender la niña de las experiencias de la anciana, por más días reconociendo el lenguaje de los pollos, perros y guajolotes, pero sobre todo dieron gracias por el corazón y los sentimientos que compartían y Dios les había dado.

Al terminar la misa, toda la familia se encontró en el atrio y juntos fueron a presenciar la quema del castillo, era el momento más esperado. El castillo era una estructura construida por cuetes que se convertía en un espectáculo de luces y colores diferentes. Gregoria miraba fijamente  la estructura apagada y ese momento era su felicidad máxima: tenía huaraches nuevos, había aprendido más de lo que ya sabía sobre los animales con su abuela, había heredado un ceñidor y ahora esperaba a que estallara el espectáculo de luces. Esperaron quemándose las mejillas de frío, huyendo de la brisa y la neblina, esperaron bailando y escuchando al viento que se convertía en música cuando pasaba por los instrumentos. Hasta que el momento esperado llegó y las luces de diferentes colores iluminaron el rostro y la mirada de los que estaban allí presentes, caía del cielo una lluvia que brillaba, entre el sonido de la fiesta los cuetes estaban presentes, la felicidad se desbordaba en el pueblo como la luz que salía del castillo.

Esa noche quedó grabada en el alma de la niña, era un recuerdo que la construía Se terminó la fiesta esa madrugada y las personas recogieron lo que quedaba de ella, con la esperanza de volver a celebrar el siguiente año. A Gregoria le dolía que la fiesta terminara, dejar a su abuela, volver al camino a su casa, esta vez con nostalgia. Los padres de la niña platicaron esa mañana con ella, tenían que llevar algunas velas para pedir por la vida de la familia a la virgen ese día pero les preocupaba dejar más tiempo la casa sola, la comida de los pollos se habría terminado, los perros iban a comenzar a aullar de hambre, los toros estarían inquietos y cualquier persona viendo la casa sola no iba a dudar en robarlos por lo que era mejor que Gregoria regresara a casa con sus dos hermanos. En un morral guardaron los recuerdos de la fiesta, el pan que habían comprado en la plaza con comerciantes yalaltecos y la panela para endulzar el café, entre lágrimas Gregoria acomodó en un rebozo a su hermano en su espalda, su abuela besó su frente y con sus palabras pensó una oración para que Dios cuidara a la niña en su camino.

De camino a casa, Gregoria sentía como la nostalgia la consumía, el color del cielo era diferente, se paró al borde de la montaña en donde se divisaba el pueblo pero esta vez lo vio con tristeza, la fiesta le había dado razones para vivir o por lo menos para esperar hasta el próximo año. Llegaron a la casa, los perros estaban tan ansiosos por verlos que comenzaron a ladrarles hasta que reconocieron la silueta de sus dueños, las gallinas cacarearon pidiendo que las sacaran del corral, los guajolotes miraban a la niña con cuidado, sus ojos la habían extrañado, los toros habían estado dos días esperando volver a caminar lentamente en el monte pero libres.

Esa noche Gregoria acomodó la leña para prender el fogón, dejó a  los perros dormir cerca de la puerta para que sintieran el calor y con cuidado le dio a sus hermanos café con panela y el pan que quedaba de la felicidad de la fiesta. Durmieron juntos y los perros cuidaron sus sueños.

La nostalgia de la fiesta fue desapareciendo esa mañana, los padres de los niños aun no regresaban pero lo harían pronto, a más tardar esa tarde. Mientras pensaba en ellos, Gregoria arreó a los toros, juntó leña, desgranó maíz para los pollos y encerró a los guajolotes, mientras estaba al pendiente de sus dos hermanos que se entretenían jugando con las piedras. Mantenía su vista en los animales y en sus hermanos para estar al pendiente de ellos, que los niños no se lastimaran y que los animales no se perdieran. Cuando se  rompió el silencio, un sonido alteró la armonía de las montañas, parecía que el cielo se caía y el viento venía de un lugar diferente, no era el mismo que la niña conocía. Gregoria corrió para abrazar a sus hermanos, llevarlos a la casa y salir para guardar a los animales, sentía que ese sonido era el del fin del mundo, los perros no paraban de aullar a algo en el cielo, algo que la mirada de Gregoria no veía, sus tímpanos trataban de reconocer de dónde venía el sonido pero por más que lo buscaba no lo encontraba, le preocupaban sus animales y que el sonido que aún no sabía de donde venía se los llevara. Con miedo pudo lograr encerrarlos a todos, sintió que el viento era tan fuerte que deshacía sus trenzas. Volvió a alzar la mirada y pudo reconocer de dónde tenía el sonido, era un pájaro enorme, gris, su canto hacía todo ese viento y el sonido que no conocía daba varias vueltas en el cielo torturando los oídos de los niños y de los animales.

Ese día Gregoria conoció el sonido del fin de su mundo, y al ave que manejaban los hombres que no hablaban su mismo idioma. Ese pájaro al que Gregoria no podía entender. Y en ese momento Gregoria vio a sus padres bajando por la montaña, mirando a ese cielo, que ya no era suyo. La montaña repitió el eco de ese desconocido, la voz de los que ya no estaban calló y el viento se agitó con un movimiento que Gregoria no conocía.

El desborde. Relatos del mundo que habito | A la niña que alguna vez fui


Por: Ximena Moranchel


Desde que crecimos pasaron muchas cosas. Teníamos tantas ganas de ser grandes para hacer lo que quisiéramos y no lo que nos decían qué teníamos que hacer, que ni nos dimos cuenta cuándo sucedió. De pronto un día estábamos solas tomando un avión al otro lado del continente, simplemente porque teníamos ganas de estar ahí. Y por más que sea una sensación hermosa, esa, la de vivir cómo queremos, en muchas ocasiones daríamos lo que fuera porque alguien nos mostrara el camino que hay que seguir. Te cuento que, aunque aún nos da miedo la oscuridad, algunos insectos y hablar en público, dormimos con la luz apagada rodeadas de unos brazos que nos hacen sentir seguras, hemos acampado en distintas ocasiones, en el bosque de Xilitla y en el desierto de Real de Catorce y lo disfrutamos tanto que nos olvidamos que estábamos durmiendo en la naturaleza rodeadas de un montón bichos, también a veces hasta nos hemos animado a pararnos frente a un montón de desconocidos a leerles cosas que hemos escrito. Conocimos el mar y se convirtió en uno de nuestros grandes amores y quizás por esas ganas de saber qué es lo que hay bajo su inmensidad azul, aprendimos a nadar, no profesionalmente, pero si lo suficiente como para ir detrás de una mantarraya gigante observando detenidamente sus movimientos. Nos sigue gustando cantar y bailar y procuramos hacerlo seguido, nos dimos cuenta de que nos hace sentir como cuando jugábamos en aquella resbaladilla enorme de piedra, una mezcla de felicidad, adrenalina y libertad. La navidad todavía nos emociona, resulta que al final la magia no estaba en los regalos, sino en el amor que hay en nuestra familia. Ahora sabemos que los abuelos no duran para siempre, fue un doloroso descubrimiento. Cuando nos caemos ya no basta con sobarnos para seguir, ahora necesitamos quedarnos un buen rato en el piso antes de volver a estar de pie e incluso a veces ni con eso basta, la buena noticia es que los abrazos de mamá siguen siendo el mejor ungüento del mundo. Todavía nos duele el dolor del otro, por eso seguimos ayudando cada que podemos. Hay días que no son fáciles y a veces nuestros problemas son un poco más grandes que un regaño de papá por no haber sacado una buena calificación, pero ¿sabes? Tenemos amigos que siempre están dispuestos a hacer de todo por vernos sonreír. Aún pasamos horas fantaseando, con universos y estrellas, con infinitas posibilidades, a veces escribimos sobre esos sueños y otras tantas los hacemos realidad, como cuando nos aventamos del paracaídas para saber cómo se sentía volar, o cuando nos mudamos a la playa porque queríamos tener cerquita al mar, o esa vez que nos fuimos a vivir solas a la otra punta del continente en búsqueda de nuestro lugar. Nos siguen gustando los cuentos de hadas, pero ahora sabemos que son sólo eso, cuentos, que no existen príncipes que te vienen a salvar, que nada dura para siempre y que el amor no siempre es suficiente. No hemos olvidado cómo andar en bicicleta, ni que hay que voltear a los dos lados antes de cruzar una calle, tampoco que la mejor cena del planeta es un vaso de leche con chocolate y unas quesadillas. Y aunque nos han roto varias veces el corazón, seguimos confiando en los otros. Y gracias a eso hemos conocido a gente maravillosa que nos ama y que amamos. Ya no nos dan vergüenza nuestras orejas, ni nuestra nariz y cada vez son menos las veces que criticamos nuestro cuerpo, hacemos el esfuerzo constante por no hablarnos mal, y hemos dejado de repetir afirmaciones que no son verdad. Hace un tiempo ya que no vamos a la iglesia, ni creemos en su Dios, entendimos el daño que nos hizo y nos alejamos por completo. Seguimos buscando quién es Dios para nosotras. Todavía amamos comer y aún odiamos cocinar, pero somos afortunadas, el hombre con el que vivimos, además de ser nuestro compañero de vida y mejor amigo, es un excelente cocinero. Aún nos duele el estómago de nervios y emoción cada que vamos a viajar. Nos sigue fascinando festejar nuestro cumpleaños. Todavía disfrutamos abrazar y ser abrazadas. Y aún lloramos cuando las cosas no salen como queremos. Desde que crecimos cambiaron muchas cosas. No somos más esa niña que pensaba que la felicidad estaba en casarse y tener hijos. Tampoco esa que en algún momento aprendió que la belleza determinaba el valor de las personas. Ni mucho menos la que imaginaba que el dinero era de las cosas más importantes que había que tener al crecer. Me gustaría decirte entonces, con seguridad, que sé quién somos el día de hoy, sin embargo hay momentos en donde todo se enreda y es difícil ver con claridad qué es eso que teníamos tantas ganas de hacer cuando fuéramos grandes, pero si alguna certeza tengo, es la de saber que hay algo que nunca dejaremos de ser, esa que busca y encuentra, todo el tiempo, razones para seguir sonriendo.

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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