Algunas veces debo salir de la ciudad por cuestiones familiares o personales, que poco tienen que ver con mi trabajo o con mi labor como escritora. Tomar carretera me ayuda a concentrarme y a pensar en situaciones que de otra manera no puedo, porque mi día a día es un verdadero caos en cuanto al tiempo y las actividades, si hiciera una gráfica serían un par de indicadores que van de un lado a otro de las columnas que cambian constantemente. Me cuesta seguir una rutina, me cuesta plantearme una rutina, para la única actividad que tengo horas específicas del día es para escribir, el resto permanece casi en secreto, entramos a un territorio neblinoso y oscuro.
Cuando ya voy en camino por fin, casi siempre tengo la fortuna de ir de copiloto, no todo el tiempo, pero aprovecho cuando me toca ese peleado lugar en el vehículo. Otras veces debo compartir la responsabilidad del volante, que también disfruto, pero eso lo abordaré en otra ocasión.
Hablemos de ir mirando el paisaje, de observar a veces como la noche cae sobre las montañas, unas verdes otras azules, en una sincronía del movimiento, se desdibujan y luego aparecen de nuevo, las mismas pero de un color distinto: más grises, con mayor profundidad, lejos.
Hace poco en dos viajes diferentes, escuché las cosas que platican los niños. Recordé lo que es vivir con imaginación. Es decir, hacer del hecho de imaginar parte de nuestra vida, parte de lo cotidiano, del día a día, de nuestras palabras.
Dos pequeños se contaron sobre sus aventuras en la ciudad, uno de ellos decía que había ido a Japón el fin de semana, que en realidad queda muy cerca de casa, quizás a dos horas en auto, no más y la niña que escuchaba atentamente se quedó sorprendida con la descripción que le dio sobre Japón y un parque público. Después ella les contó a sus papás y les dijo que está lista para viajar y que quiere ir a Zacatecas, San Luis Potosí, Guadalajara y por supuesto a Japón, el recorrido completo en un fin de semana. Obviamente los adultos soltamos la carcajada. Fue tan graciosa, tan simpática, tan divertida. Luego le explicamos que hay un parque con temática del país asiático cerca de casa, pero que Japón está muy lejos y hay que hacer largos vuelos para llegar hasta allá. Se quedó tan sorprendida, no sin avisarnos que de todas maneras tiene la idea y la convicción de que alguna vez lo visitará.
Para ellos utilizar la imaginación tal vez equivale en el mundo de los adultos al uso de herramientas para trabajar sobre nuestros talentos y saberes. Sin embargo no puedo dejar de sentir que nos hace falta algo más, que en el largo camino de la adultez vamos perdido cualidades, poder creativo.
Utilizar nuestra imaginación como algo casi tangible, bueno, ya nos resulta extraño. Tendemos a imaginar más bien sobre metas, anhelos, deseos. No sobre mundos, lugares o situaciones que no existen y que nos gustaría crear.
Siento que necesito volver a explorar esa parte de mi imaginación y no solo eso, comenzar a crear desde ahí, no seguir las reglas, comenzar a hacer las cosas de manera diferente, inventar algo nuevo. Muchas veces he tratado de escribir desde otro sitio, desde otra mirada y de otra manera. Siempre termino con miedo, hasta con angustia. Comienzo a cuestionarme, a preguntarme si realmente funciona o funcionará lo que estoy haciendo. La mayor parte del tiempo tengo dudas.
No puedo experimentar tanto como me gustaría, no dejo que la luz de la imaginación se encienda de nuevo, soy precavida, pero no me gusta. A veces quisiera arrojarme a ese vacío, a ese desconocimiento, a esa forma aleatoria de hacer las cosas. Sin brújula, sin puerto seguro, solamente con el impulso. Luego mi mente racional me frena un poco, las preguntas son las mismas, ¿para qué lo haces, por qué, tiene algún propósito?
Me gustaría volver a aquellos momentos en donde imaginar era más sencillo y servía para todo. Alguna vez me dediqué a hacer ilustraciones y las imágenes que salían de mi mente y de mis manos eran para mí lo suficientemente bellas y útiles. Ahora con el tiempo, cierro los ojos y estoy en blanco, no sé cómo darle vida a las palabras, a las líneas, a mis días.
No sé cómo inventar, qué más crear, a dónde ir. De nuevo quisiera soñar con ir de Zacatecas a Japón en un solo día y pasear por un Jardín apenas tocado por el sol y encontrar una garza gris del tamaño de un edificio y sonreír. Me gustaría también saber menos de geografía y más de ilusiones, aprender y recordar cada verso, cada poema que he leído, por ejemplo los versos de Ledo Ivo que dicen:
Tengo un ritmo más grande para alabarte, poesía.
Mayor, sin embargo, era la orilla de la playa de mi ciudad
donde, niño, inventé barcos antes de haberlos visto.
Añoro, añoremos, los invito a desear la invención de nuestra mente cuando joven, cuando todavía el mundo no nos aplastaba con su dolor, con su realidad y con su terrible belleza, destructiva y creadora.
Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.