Un Lago Envenenado | Haikus, parte 1

Por Saori García

Algunos haikus
me conflictúan tanto.
Más y más límites.

Está reducida.
Acortada por el haiku
la pobre tinta.

¿Cómo capturo
una vaga memoria
tan repentina?

Este poema
carece de saberse
corto y efímero.

El que lea esto
perdone cobardía:
este silencio.

La blanca leche,
¿a quién le corresponde
si es de una madre?

El suelo es siempre
manchado por la bala
roja en un cuerpo.

Como jugar
al escondite bajo
el verde pasto.

Yo no conozco
una fe o un hombre que
pueda abrazarme.

Yo siempre estoy
envuelta. Indiferencia.
Nubla mi vista.

¿Cómo peleo
con esta indiferencia
que me atosiga?

Ruego, perdóname
por todo lo que yo hice
y lo que no hice.

Cartografías del Instante| Abrazar un árbol

Abrazar un árbol

Por Anyela Botina

  1. Veras que hay algo que siempre me pasa y es que no puedo creer en mis propias sospechas, como ese día que llovía y tu seguías acostado en la cama mientras yo hacía figurillas en los vidrios empañados, entonces, te pregunte si escuchaste ese crujido en la noche. Pero tu tenías esa habilidad de no hablar sobre lo que no querías; solo hacías ese gesto con los labios, como queriendo decir algo y luego nada. Una parte de mi sabía que no era solo habitar la casa nueva y comprar los muebles que a ti y mi nos gustaran, sino que se trataba de algo más que estaba pegado al aire, que nos había seguido desde donde estábamos y que a donde fuéramos nos seguiría.
    Tu no dijiste nada, te quedaste dormido toda la tarde, mientras yo daba vueltas por toda la casa esperando que la niebla subiera o bajara, recordando que de niña, papá decía que no le temiera a la neblina, que solo eran las nubes tomando agua.
    La televisión al fin agarro señal y el ambiente se llenó de palabras y de miles de sonidos, pero todos distintos a ese crujido. La comida caliente, tu despertar a media noche y preguntarme la hora, mi forma de decirte con esa voz ronca y fea cualquier número, eso siempre seria lo mismo. Estaba el tic tic del reloj viejo y un tic tic de la lluvia que cayó esa noche, pero el crujido era otra cosa.
  1. Le digo que me duele haberte perdido. Sé que ella me mira, pero yo mantengo la vista baja; no quiero verla y encontrar a la persona con la que hablo cada semana y a la que luego entrego un sobre con dinero. Quise decirle que envidié el amor que veía en los abrazos de mis amigas y sus padres, pero mejor no dije nada. En lugar de eso, le cuento que la nueva casa tiene un crujido que me inquieta. Ella me pregunta cómo eras tú y yo le contesto que ya no te recuerdo bien; le miento.
    El problema es que mi mente va demasiado pronto y puedo calcular sus preguntas y sus soluciones. Si vuelvo cada semana es porque, después de largos silencios, digo cosas que en el momento no tienen sentido, pero luego esas palabras abren una grieta por donde se me escapa un peso, como abrir un grifo a toda presión que me destruye por dentro y duele; un dolor que con trabajo va menguando y que me ha llevado a encontrar las formas más creativas para aliviar presión: coserlo, sellarlo, darle vuelta, dibujar en sus bordes, perderme, navegar. Ese dolor vale por todas las palabras.
  2. Estar en tus brazos es encontrar tierra firme. Tu respiración, una corriente y tu cuerpo, una barca que me lleva navegando por la incertidumbre. Me aferro a tus brazos y los beso; luego, viene la sensación de huida, un peligro inminente que no tiene nombre y me cuelga del pecho, que me despierta cada mañana y trato de olvidarlo durante el día.
  3. Mi terapeuta dice que reconocer que la búsqueda de validación masculina ha sido una constante en mi vida es un avance en el proceso. La solución me parece predecible, y luego me pregunta cómo voy con las respiraciones y el yoga. Le digo que, mientras hago mis respiraciones, he notado que los crujidos vienen de afuera, que no es la casa como pensaba al principio. Le cuento que hay un árbol enorme que parece ser el origen de los crujidos. Ella me pide que lo dibuje para la próxima vez que nos veamos.
  4. Encuentro un pedazo de papel y un lapicero de punta finita, entonces, escribo tu nombre y trato de escribir algo, alguna cosa que pudiera decirte que no puedo quedarme aquí, decirte que solo quiero huir de un peligro que no logro ver.
    Tu sales a buscarme y me aseguras que todo está bien, que no hay nada que deba temer, que hay muchas más casas donde podemos hacer otras vidas. Me besas las puntas de mis dedos y me dices que encontraremos la forma.
  5. Amaba tu mirada y tus brazos que me levantaban en el aire. Recuerdo que me hacías reír cuando cambiabas las letras de las canciones y aunque no recuerdo tu voz, sé que cuando tenía pesadillas, buscaba tus brazos. Luego te fuiste y lo único que tengo de ti es una foto de cuando eras joven. Eras todo lo que yo tenía y te fuiste, papá.
  6. Abrazar este árbol es lo mas cercano a estar entre tus brazos, su fragancia a tu olor, y sus crujidos a tu voz dormida que me arrullaba. El árbol y sus luces, sus sombras que se mueven en el papel como un rio oscuro, y mis dedos que juegan a ser una de sus ramas. Los crujidos que el viento desprende son imposibles de plasmar en el papel. Prefiero la quietud de la luz que me ilumina entre las ramas, pero no puedo evitar reconocer que dibujarte en la hoja es plasmar una ausencia, los crujidos que inundan la casa, lo mucho que me haces falta y lo que nunca podremos saber de ambos, aquello que quizás no logre solucionar en toda una vida o que en realidad no quiera hacerlo, para recordarte en cada abandono, en las veces que huyo de los brazos de quien me ama. Es imposible dibujar el crepitar del fuego, como darle cauce a un rio que desemboca en la mar, como volverte a la vida, padre.

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí👇

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Él

Por Madeline BO.

Él, él, él… Tan callado y reservado al que he desnudado sin quitarle la ropa, constantemente piensa que no lo deben amar, pero es una persona muy especial.

Siempre escondiéndose de sí mismo, de su propia vida como si fuera a caer en un abismo.

Gabriel, dueño de mis días de primavera, nunca me ha regalado una flor y mucho menos una carta que hable de amor, obviamente tampoco me ha dedicado una canción.

Podría decirse que no le gustan mis días nublados, huye cuando están llenos de lluvia supongo por el temor a ser salpicado.

Lo sé; esto se lee triste y decepcionante, pero la realidad es más interesante.

Él siempre busca sacarme una sonrisa en mis días tristes, me escucha hablar y hablar cuando me quiero desahogar.

Siempre proporciona calor cuando mi cuerpo lo necesita, camina conmigo y mis silencios, me llena de momentos dulces de esos que llenan mi estomago y mi alma.

Trata de aliviar el cansancio cuando mi cuerpo esta apunto de desfallecer, me escucha y me lee aunque muchas veces no me llegue a comprender.

Fiel acompañante de mis aventuras en esta ciudad y un poco más allá. Creo que su cabeza y su corazón deberían dejarse llevar y hacerse a la idea de que lo van amar.

Gabriel, Gabriel… ya deja de tanto pensar y abre tú ser para lo que te van a entregar.

Letras Revueltas |Adioses

Por Illari Alderete

Para Alejandra Eme Vázquez

Retomar la escritura para mí es darle la mano a mi yo infantil. En esa época, escribir se gestó como un acto de protección contra el mundo. Solía subir a la azotea de mi casa para escribir sobre el día a día. Cuando estudié Literatura, contrario a lo que se suele pensar, perdí mi interés por escribir de forma creativa, en ese entonces, sentí que algo me faltaba, no me sentía satisfecha. Hubo varias señales en el camino, pero, inexperta, las ignoré. Comencé a escribir de nuevo hace ya seis años, cuando, alentada por mis amigas, asistí a un taller de escritura en la casa de cultura del IMSS, dirigido por Karla Rojas. Sus consejos, sus correcciones, sus ejercicios, me hicieron recordar cómo me sentía en la niñez. Volví a ese placer por escribir sin ninguna expectativa, sin querer llegar a ningún lado, más que a escribir. 

Actualmente conozco un  amplio repertorio de talleres, manuales y lecturas que me han acompañado para re-formarme como escritora. He experimentado mucho regocijo en algunos, he hecho amistades nuevas y me he descubierto hablando de temas que, aunque siempre  me han interesado, no podía compartir porque son esos temas extraños: religión, seres fantásticos, películas de terror, feminismo… ¿Cómo  comenzar una conversación así? Oye ¿te gusta Fredy Krueger? Siento que muchas personas habrían huido de mí. Alguna vez le comenté a un amigo lo de la teoría de la matrix y mi suspicacia sobre que estuviéramos en la realidad. Durante años fue un motivo de risa entre ambos, no me atrevo a confesarle que todavía pienso en ello. 

En la escritura hay un espacio distinto de la realidad, se puede hablar de cañerías, del uso del jabón y de las excreciones corporales como en “Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros desechos” de Laura Sofía Rivero, sobre los dolores de cabeza que describe Joan Didion en “En cama”, aquí comprendí que las mujeres privilegiadas se dan permiso de hablar de todo, mientras que las demás buscamos algo importante que decir o denunciar. Adriana Ventura lo menciona en “Nosotras las limpias”, la rutina, el deber ser, atender a los otros, también lo señala Olivia Teroba sobre la necesidad de “Desocuparse” para  poder escribir algo, aunque sea un poco porque también tenemos derecho a decir que existimos. 

Precisamente, hace cuatro años, cuando decidí hacer las cosas que me gustan, pese a la precariedad y a las voces que constantemente me dicen que no soy escritora, me encontré con un espacio distinto, uno que creó Alejandra Eme Vázquez; el Taller permanente de ensayo. Los primeros tres años me dediqué a ver las mentorías con distintas escritoras que habitaron ese lugar, los consejos, las anécdotas. Supe que la escritura es cuerpo, que hay que alimentarla, cuidarla, promoverla. Los descubrimientos fueron y son tantos, que aún no logro nombrarlos. Sólo sé que se convirtió en otro refugio. Pero hace medio año, quizás un año, nos dijo que este espacio llegaría a su fin. Un año antes, ya había tenido un pre-duelo, ya que Alejandra había hecho muchos videos con distintas autoras en los que daban consejos sobre el ensayo y que con la pérdida de la plataforma en la que los subía, se borraron. Soy de esas personas que sueña con que en el futuro verá todos esos videos, leerá todos eso libros y realizará todas esas actividades, porque en el día a día, con el trabajo me siento francamente exhausta, mi cuerpo y mi mente de pronto son un ancla que no me deja avanzar y por eso soy una postergadora irremediable. Así que me dolió saber que no vi todas esas mentorías a tiempo, que se perdieron para siempre.

Quisimos aprender la despedida
y rompimos la alianza
que juntaba al amigo con la amiga.
Y alzamos la distancia
entre las amistades divididas.

Para aprender a irnos, caminamos.
Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,
los verdeantes prados.
miramos su hermosura
pero no nos quedamos.                   

Rosario Castellanos, Los adioses

Desde pequeña, las despedidas me han costado trabajo. Los psicólogos han dicho que genero vínculos muy rápido, le llaman apego ansioso y que, por lo mismo, las despedidas duelen en sobre medida. El diagnóstico fue ese: sufrirá en cada adiós. Así que mi forma de lidiar con el dolor, es fingir que no ha pasado. Que la despedida no ocurrió. ¿Por qué tenemos que aprender a decir adiós? ¿Qué hay de crecimiento en ello? No me gustan los adioses.

Si pienso en despedidas dolorosas, recuerdo la de Andy de sus juguetes en Toy Story 3. Cuando la vi, pensé ¿cómo puedes hacerles eso, Andy? Si una se pone en la perspectiva de la película, se da cuenta de que todas las historias que se cuentan en Toy Story existen al margen de Andy, él sólo es el inicio.

Con  el Taller permanente de ensayo comencé a escribir mi columna en La Coyol. Uno de los consejos que se suelen dar a las escritoras incipientes es escribir de forma cotidiana, por lo menos 20 minutos. En mi caso es difícil encontrarlos, todo se va entre el trabajo, los deberes de la casa y mi cansancio mental. ¿De dónde tienen energía las que escriben 2000 palabras diarias? Así que cuando escuché la palabra permanente pensé que lograría por fin adquirir una rutina de escritura. Como siempre, los cambios no son inmediatos, actualmente, por lo menos a diario tengo la intención de escribir. Alrededor debo sacudirme la culpa por hacer algo que me gusta, que existe no para ganar ningún premio, ni para mejorar mis condiciones económicas, existe porque sí.

Algunos descubrimientos que tuve con el taller, que aunque los conocía en la teoría, no los había practicado, fueron: 

  • La escritura surge más fácilmente si se hace en compañía
  • Una decide qué quiere escribir y qué corregir
  • El texto existe en cualquier circunstancia
  • Los snacks, la música y la postura ayudan a querer escribir
  • Todos los finales son finales
  • Las lecturas que se hagan de tus textos no son tu responsabilidad

Ale Eme nos dio tiempo para decirle adiós al taller, al inicio del mismo ya se estaba despidiendo. Así que tuve seis meses para despedirme más los meses que tardé en sacar esta columna. En una de las sesiones mencioné que los finales de mis textos como en la vida, me cuestan trabajo, suelo terminar mis historias con un final abierto, ¿por qué cerrarlo todo? En la siguiente sesión, vimos tipos de cierres y me tranquilizó saber que no hay un modo perfecto de terminar los textos. Hoy ya no escribo en el Taller permanente.

En la vida cotidiana, los finales existen pese a nosotros, no son los que deseamos, son los que las circunstancias nos permiten. Alguien se va, cierra la puerta y no vuelve nunca.  

Esa sensación me producen los adioses … 

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Dejarlo al azar por Jeanne Karen en La máquina verde

Cuando leí por primera vez el poema de Un golpe de dados de Mallarmé, dejando a un lado la parte poética, estilística, métrica, quedó en mí la duda.

La pregunta, aparentemente sencilla, ¿es verdad lo que dice sobre el azar o será posible abolirlo?

¿Cuáles son las probabilidades de salirnos con la nuestra? Es decir, no planear por ejemplo el día, el mes, la vida y sin embargo, darnos cuenta de que al final, todo ha salido bien, tal vez no de una forma maravillosa, prodigiosa, pero sí por lo menos de una manera aceptable.

¿Estamos hechos para vivir así? Para lanzar la moneda, mirarla girar en el aire, lanzar los dados, verlos en su baile sobre la mesa y secretamente desear un resultado; pero, al final, nos inquietarnos demasiado, nos desesperarnos por lo que ha sido revelado o más bien, ¿estamos hechos para una programación, una existencia lineal, casi sin aristas?

¿Quién deja al azar su vida?, ¿será lo mismo azar que destino? Son palabras que fácilmente pueden denotar conceptos muy parecidos. Sin embargo para mí no lo son, no sé para ustedes, quizá solamente soy puntual, quisquillosa a la hora de elegir la palabra precisa.

Para mí el destino es una suerte que ha sido echada, una ruta marcada desde el principio hasta el final, podemos salir del camino, pero luego volvemos.

El azar es dejar a una fuerza ajena a nuestra voluntad: una sentencia, un momento en el tiempo, un anhelo. Es deshacernos del discernimiento, de la claridad, para perdernos, pero no obligados, más bien alentados por nuestras propias incertidumbres.

A veces estamos tan cansados, hartos de sentir y no sentir, hartos de pasar noches pensando en cómo terminará una de nuestras historias de amor, reales o no, que no nos queda más que el remedio de deshojar una margarita, por ejemplo.

Para el gran poeta francés, el poema se resolvía a través de las sensaciones. Tal vez una gran metáfora es el azar, no sabemos a ciencia cierta cómo se interpreta. ¿Qué nos quiere decir un número seis, en la suma de un par de dados?, ¿qué nos dice una flor incompleta, de qué situaciones nos advierte una carta de la baraja?

Todo es sentir, todo es percibir, desear, dejarse llevar: los reinos del azar, esos sitios extraños donde nada es, donde todo está por verse.

No sé si alguna vez en mi vida dejaré algo a la chance, que corran libremente los ríos que tengan que correr, que fluyan sus aguas, lo imagino casi imposible, pero podría comenzar con lo más pequeño: arrojar una moneda para hacer o no hacer una llamada, para enviar o no un mensaje, para dar una respuesta deseada o una que no lo es.

¿Qué puede pasar, qué fuerzas me impiden tomar una decisión a través del azar? Si todo fuera como escribir un poema, ordenar y desordenar versos, acomodarlos en la página, lo más probable es que nadie saldría herido, solamente uno que otro lector altamente sensible, pero darle vueltas a la ruleta para resolver un conflicto, una respuesta que nos quita el sueño, una pregunta ineludible, es algo serio.

Alguna vez y solo una vez, entren al territorio del poema con los ojos cerrados, vayan por ese silencio, en esa oscuridad y señalen una línea: el verso que dará el sentido del presente, sin dejar ver un poco más allá, luego, continúen con la lectura de sus vidas.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Al caer la noche a solas y el silencio


Por Graciela Cecilia Enriquez

Colaboración poesía


Al caer la noche y todo en silencio, desde mi balcón observo atónita el firmamento, se muestra sereno, suave, de color azul intenso.

Parece como si no hubiera vida. 

¡Oh, la tierra!

A mi alrededor todo es calmo y dulce. Mientras me entrego, en ese encuentro con mis pensamientos, siempre tan vividos en mí. 

Te idealizo formando tu imagen, en el murmullo de la brisa, pues se ha puesto, tan bella e iluminada por las estrellas.

Sintiéndome fuera de este mundo, mi mundo son los ensueños, aquellos que transitan en las mentes puras e ingenuas. 

Al caer la noche, la reina de los sueños vive.

¡Allá entre las sombras, todo resplandece!, es dónde comienzo a vivir. 

Los astros de las alturas expanden su luz,

qué me encandilan en la oscuridad. 

Todo ello ocurre cuándo cae la noche a solas y en silencio….

Graciela Cecilia Enríquez 

País Argentina BsAs 

Instagram : @gracielaenriquez5 

Derechos y Colores | Sin excepción, mereces amor

Por Natalia Mendoza Servín

Imagen recuperada de: https://www.freepik.es/fotos-premium/dia-internacional-mujer-mujeres-diversas-que-unen-solidaridad-apoyo_46796781.htm

En una cena de aproximadamente unas veinte personas se abrió un espacio para hablar de amor y desamor. Particularmente, del segundo tema (tengo la teoría de que a partir de los 30 muchas cosas se rompen, y esa era la edad promedio de dicha gente). La mayoría de las historias, muy trágicas. Llenas de personas sin responsabilidad afectiva que van dejando cadáveres amorosos a su paso, pero ese no es el punto a tratar. Entre las historias, destacó la que contó una persona a la que aleatoriamente llamaré Ana.

El gran amor de Ana fue un chico alemán al que tuvo que dejar porque en ese momento, su prioridad era la salud de su hermana. No hubo traición, ni defectos humanos que marchitaran ese amor, solo condiciones que terminaron por separar a ambas personas, y ella tuvo que aceptar que, aunque su relación había sido maravillosa, debía finalizar y vivir su duelo. Se bloquearon, nunca más volvieron a saber uno del otro, pero donde quiera que estuvieran, se amaban.

El relato de Ana, podría sonar a una historia de amor perfecta que no pudo ser, incluso, suena a muchas historias de novelas, películas o cualquier otra expresión de la cultura popular excepto por una cuestión: Ana no es una mujer hegemónica. En una historia como la relatada, nuestra primera imagen mental de la protagonista es la de una mujer alta, blanca, delgada, de rasgos finos, adinerada. ¡Y es que solo alguien así podría merecer un amor tan profundo! Eso nos grita la cultura. Si volvemos a leer la historia y pensamos en los protagonistas, seguro pensaremos en personas con esas características. Pero Ana no es así. Ella es justo lo contrario a la descripción escrita líneas arriba.

Después de un rato, Ana tuvo que retirarse. Y cuando eso ocurrió, la mesa dio un giro muy desafortunado. Entre risas y burlas todo mundo manifestó que la historia de Ana era falsa. Una persona incluso manifestó: yo sí le creí, pero el hecho de que sea alemán, no lo hace guapo, y seguro, no lo era.

Otra persona mencionó: ahora resulta que cuidarse no sirve de nada, porque las personas atractivas ya no lo somos tanto. Incluso, hubo una persona que no se aguantó y estando Ana contando la historia interrumpió para preguntar si verdaderamente el chico era guapo. Y la hermana de Ana tuvo que confirmar que lo era.

El simple hecho de que Ana no tuviera una figura hegemónica, la transformó en mentirosa a los ojos de los presentes. Ello era una prueba irrefutable para la mayoría de la mesa, ¿cómo una persona con esas características pudo ser seleccionada por un alemán y además, tener una historia divina? Eso era imposible, inverosímil. ¡A engañar a otro lado!

Lo cierto es que la historia de Ana, era el relato de una relación sana, que como todo en esta vida, termina. Independientemente de cómo eran las personas del relato, Ana tal vez sabía algo que la mesa hegemónica de amoríos trágicos no sabía: ella merece todo lo bueno y no menos.

Mereces amor. Sea quien sea que lea esto. Y también es importante que la mente colectiva sepamos que sin importar como seamos, merecemos amor. Las diferencias entre los seres humanos ya generan dolorosas discriminaciones como para todavía darles la carga social de que por ciertos azares de la vida, tampoco merecen ser amados.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

El ojo de Lya | FER AMAYA – Escribir desde, por y para el mar

Por Liana Pacheco

Retomando el auge de la literatura que se escribe y edita en Oaxaca, en el mes de mayo tuve oportunidad de ser parte de la presentación literaria de Fernando Amaya, escritor oaxaqueño, cuya colección literaria es editada por FR Editor. Cuando pregunté a Omar Fabían, director editorial, de dónde era originario Fernando, mencionó que distintos lugares. “Entonces varios pedacitos de Oaxaca viven en él”, respondí. Y me fui cargando los ejemplares con la curiosidad de qué encontraría en ellos.

El primero que leí, fue EL HIJO DE LAS MAREAS. Desde la belleza de su portada, en donde apreciamos cómo el cielo se decolora de azul a la luminosidad del mar ya sabemos en dónde nos sitúa. Esta colección de breves relatos son estampas de los personajes que colorean la rutina de una comunidad. En una antología que nos aproxima a los individuos que tras el rostro de seriedad y rutina cargan una historia conocida por la comunidad.

La ágil prosa de Fernando nos comparte amenamente esas historias. En los relatos somos parte de la complacencia que se extiende entre las y los habitantes luego del arribo de una mujer del mar, sirenas les decimos en el mundo moderno. En otro de ellos nos relata la estrategia de venta de un carnicero que ofrece barbacoa de res, borrego y chivo, en cuanto llegan otros comensales, el menú cambia, mostrando al final el origen de aquella variedad de carnes. El HIJO DE LAS MAREAS, es un libro de añoranzas, inventiva y nostalgia al calor del mar que golpea la arena.

Para mantener la ambientación, continúe con MAR DE FONDO Y OTRAS CONTINGENCIAS. Otra recopilación de historias. Abre precisamente con la que da título a la antología, historias de un huracán que aconteció en 1997 y una cuarentena en los setentas. En esta historia, Fernando nos detalla cómo son las contingencias de aquellas personas que viven en cercanía al mar, que para los que hemos crecido entre la urbanidad incluso parece ficción las formas y modos en que deben sobrevivir.

Cito textual unas líneas que describen esta lucha de las personas contra la rabia del mar: «Escoltado por dos diminutos perros satandole y ladrandole al invasor (es decir el mar) solo me fue posible colocar la tabla de una puerta. El mar entró con toda su fuerza a la casa de ustedes y la anegó como lo hace con la cubierta de cualquier barco sorteando ciclón o turbonada en alta mar». Esta antología cierra con, a mi parecer, la mejor historia, que desde el título impacta:

EL AÑO EN QUE TODOS LOS DÍAS FUERON DOMINGOS. Con una narrativa propia del realismo mágico, el autor nos dibuja las simples actividades y rutinarias de un pueblo al pie de una cordillera, cuya realidad se transforma de modo abrupto cuando los siete días empezaron a ser domingo. «El mar bañando las costas no difiere en nada por el hecho de que a los días de la semana se les de diferente nombre o solo uno». Nos escribe Fernando. Pero las y los personajes no pueden acoplar su existencia a esta irrupción de la realidad, el pan no puede hornearse siempre como si fuera domingo.

Así disfruté la lectura, recreando esta ficción en mi mente, hasta la última línea. Cuando Fernando cierra magistralmente su historia, diciendo que era un tiempo identificado como el veinte viente y caí en cuenta de que era pandemia y que todos los días se convirtieron en domingo.

Después me adentré en la poesía. LEVA. Uno de esos poemarios poemarios breves, pero que cada verso sacude el alma y conciencia del lector. Luego de terminarlo quedaron en mi cabeza las palabras de Fernando, dibujadas como senderos de las pasiones qué cicatrizan en la piel. LEVA es la poesía para todos esos amores ausentes, perdidos, quebrantados o prohibidos. Innegablemente, ninguno de los que estamos aquí hemos sido inmunes a estos sentimientos.

El propio Fernando lo sabe y lo escribe de este modo: «¿Dónde estás qué en esta hora aun no me regalas el don de tu sonrisa? ¿En dónde se refugia la suerte qué me mantienen en la dura abstinencia de no saber de ti?» O en el poema MANDARINAS, que escribe: «Para hacer soportable tu ausencia como mandarinas en la madrugada. Para hacer soportable tu ausencia, no duermo si hace frío y me mantengo despierto si hace calor. Para hacer soportable tu ausencia, platico con el árbol qué crece en mi patio». Me hace recordar mis propias madrugadas de insomnio, en las que extraño a alguien, aunque yo no como mandarinas, suelo beber agua y contemplar la sombra del gato en mi ventana.

En el poemario ONCE POEMAS Y UNA CARTA DE AMOR, sentí que Fernando nos presenta una obra de arte en la que vamos descubriendo en cada verso y palabra un fragmento de la belleza de esa obra. Yo pienso que puede ser una mujer, una inspiración o quizá a todas aquellas qué han surcado su alma, que luego de terminar de leer este libro, el lector vislumbra a esa obra en su totalidad. Bien lo dice en sus fragmentos:

“Evoco tu figura con la sal de mi vida la extiendo sobre el patio… Mas todo es nuevo y limpio como las flores repujadas en el verde fulgor de tu blusa… ¿Se le puede llamar así al intento de mirar la luna profiriendo tu nombre con ahínco las letras de tu nombre?”.

Mi lectura final fue la RUTA DE LOS CUERUDOS, un testimonio hecho palabra y libro de la mano del autor. En la que plasma la historia de un lugar, una familia, que termina siendo parte de la historia de nuestro estado. Entre cartas y narrativa nos adentra al pasado, al amor, a la distancia, al olvido de las y los personajes.

Finalmente, luego de estar inmersa entre el trabajo literario de Fernando, me pregunté si aquellos que viven en torno o cercanía del mar, son en realidad inquilinos temporales de éste. En sus libros encontré a hombres, mujeres, infancias, que se deben acoplar al modo de vida que impone y exige la majestuosidad azul, hasta que ellos deciden emigrar a una vida más tranquila o hasta que su último suspiro se pierde entre el sonido de las olas.

Agradezco y celebro el trabajo de Fernando Amaya por brindarnos por medio de sus libros un vistazo y un poco de la brisa de la arena que alberga su corazón y alma.

Respiración


Por Andrea Villamarín

Respira

una señal sobre el cuerpo se descarga

se activa una alerta

el corazón se acelera, las manos

y la voz

tiemblan

un dolor me aplasta.

Huir

es mi instinto, mi reacción primaria

¿hacia dónde?

No lo sé.

Andrea Villamarín.

Analista en Marketing. Maestra en Ciencias Humanas.

Resumen:

Este poema refiere a un proceso de angustia y depresión, a la falta de salidas en la situación capitalista actual, a la lucha instintiva por la supervivencia.

¿Qué es? por Jeanne Karen en La máquina verde

Como un cordel, se va enredando, se guarda como la última oveja del rebaño, se guarece de las tinieblas, de la tormenta. Entra en calma, la descubre, descorre la cortina pesada de la noche. Se aleja lo más que puede del rugido del mar, de la vida que crece cada a través de todas las selvas. Se desprende del deslave, se eleva como los lentos papalotes en el aire.

No pertenece al mundo natural, si algún ser humano no se hubiera percatado de su extraña no presencia, jamás habría adquirido su nombre. Ese nombre de pesado núcleo, esa materia hecha de sí misma, sin necesidad de palabras, sin necesidad de ser nombrado; es más, cuando se le puso nombre, algo se rompió en su interior, en su ser.

Alguien lo encontró como un bicho sobre la delgada piel del agua, se sostiene, no rompe lo que lo sujeta, no se hunde la pequeña rareza; sin embargo, si algo mueve el agua: aparece, luego se va de nuevo.

¿Existirá cuando se parte un cerro y no hay una sola persona que lo atestigüe?, quizá no.

A veces se le llama, se implora por su presencia, se le busca sin lograr alcanzarlo. Se escapa poco a poco como las ligeras burbujas del agua mineral.

Por las noches se extingue también, en su levedad; sucede más en los lugares aislados, lejanos, después de que los animales de granja se despiden de los últimos rayos del sol. Unos días lo necesito, lo llamo en la mente, creo que todos los poetas lo llamamos de vez en cuando, por ejemplo si me sacude la realidad con toda su fuerza como un aullido de lobos.

La ciudad no es su hábitat, eso lo sabemos, por eso lo buscamos de forma incansable. Las personas que erigieron los grandes y majestuosos templos, lo tenían presente, sabían de alguna manera que en esos sitios iríamos a buscarlo, a veces sin fortuna. Se presenta por la madrugada, antes del amanecer: llega el instante en que solamente es. 

Pero, casi siempre estamos deseando que suceda, que de alguna forma se materialice, que llegue, ¿qué será, cuáles son los versos que están más cerca de su forma?

Si no llega, todo lo que hay en nuestro pensamiento puede explotar, las ciudades pueden colapsar, nuestra cordura dejaría de existir. Imagino, por ejemplo, que el fondo marino es su hogar y el espacio, el infinito.

¿Lo hemos alcanzado a materializar, es eso posible?, ¿se puede tocar? He escuchado que se interpreta, también que vive en la música y en la poesía. Puede ser tan bello y sublime, puede ser el tesoro más valioso, pero puede ser también el momento de desesperación más terrible. ¿Cómo es que todas esas características caben en su esencia?

Es ambiguo, es maleable, es necesario a veces, otras nos sofoca. Puede destruirse rápidamente, es frágil, pero también muy pesado. Llega un momento en que nos acompañará por siempre. Si lo llamamos deja de ser, deja de estar. Si nos quedamos quietos puede que aparezca.

Si veo que una persona está abatida, le digo que se refugie en su sombra. Su poder reside en surgir cuando no tenemos nada más, en esas ocasiones en que la vida nos golpea con palabras. Les digo que lo hagan, hacer, es uno de los verbos más bellos que lo acompañan: la poesía está presente en ese instante.

Alguna vez nos hemos sentido abrumados, desesperanzados pero su presencia nos alivia. Para mí es como la necesaria lluvia después de un largo estío.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.