Por Georgina González Enríquez.
Recientemente, como parte de un taller de lectoescritura de literatura gótica escrita por mujeres, terminé de leer una novela corta que me pareció cautivadora, reflexiva y perspicaz. Cecilia de Nöel, escrita por Mary Elizabeth Hawker bajo el pseudónimo de Lanoe Falconer, es en apariencia una clásica historia fantasmagórica de una mansión embrujada. Nos narra sobre cómo el nuevo hogar heredado del señor y la señora Atherley les causa problemas con sus empleados, invitados y familiares debido a que viene con un latente inconveniente: un fantasma que se aparece para espantar de muerte.
Las víctimas de la aparición quedan profundamente conmocionadas y aseguran que se trata de un alma atormentada a tal grado que contagia su enorme aflicción. Más que un relato de una casa acechada por un fantasma torturado es un cuestionamiento existencial de la vida, el sufrimiento humano y la búsqueda de propósito. Es también una crítica a la doble moral y el cinismo de las personas ciegamente devotas tanto a una religión como a la ciencia, cuando esa devoción viene acompañada de una carencia de empatía y humanidad.
El narrador es el señor Lyndsay, un íntimo amigo del señor Atherley. En su estadía en la mansión como huésped, atestigua las supuestas apariciones con interés personal. Lyndsay es un hombre que, tras un accidente, quedó permanentemente lesionado de una pierna y vive con dolor crónico. En su sufrimiento diario, está en busca de una creencia que le otorgue esperanza a su vida. Esta búsqueda se nos describe a través de siete evangelios en los que conversa acerca del fantasma con siete personas. Ellos, al explicarle sus experiencias y sentimientos respecto a la entidad, le dan su perspectiva de la vida.
Lyndsay los escucha a la espera de una epifanía que pueda convertir en su refugio y guía para comprender la existencia. Algo que lo convenza de que no es arbitrariamente cruel e injusta. Un entendimiento superior que le aporte consuelo y resiliencia en su malestar. Así, el fantasma funciona como alegoría del pesar humano por encima de las banalidades de la sociedad, y refleja cómo cada individuo lo afronta de acuerdo a su evangelio personal.
La última conversación sucede con Cecilia de Nöel, prima misteriosa y excéntrica de Atherley, quien es mencionada no solo con admiración sino hasta con adoración por la gran mayoría de los personajes a lo largo de la novela. Se le describe como una mujer magnífica, con una capacidad casi divina de conectar con las personas y hacerlas sentir plenas, comprendidas y amadas. Debido a esto, es a ella a quien Lyndsay tiene más interés de conocer; sin embargo, esto no sucede sino hasta el capítulo final.
Los evangelios de Atherley y el Doctor: la empatía en una perspectiva realista
Los primeros dos evangelios de la historia son del propio anfitrión, el señor Atherley, y de un personaje al que se refieren únicamente como ‘el Doctor’, quien es llamado para atender a las empleadas de la casa que aseguran haber visto al fantasma. Atherley es el realista escéptico que, desde una auto percibida superioridad intelectual, juzga, invalida y menosprecia todo lo referente a la aparición fantasmagórica. Escucha a quienes dicen haberla visto con el solo propósito de ridiculizarlas, y otorga “explicaciones lógicas” no para tranquilizarlas, sino para demostrar cuan inmune es él a creer en algo que considera inferior. Minimiza todo aquello que provenga desde la fe en el nombre de ser intelectual y racional, subestimando y ninguneando a las personas creyentes.
El Doctor es un hombre de ciencia; lógico y pragmático, realista con altos tintes de pesimismo, sin convicciones religiosas, pero no completamente escéptico y cínico como Atherley. No busca invalidar lo paranormal, sino comprender su naturaleza y cómo influye en la psique de sus pacientes, con el fin de poderles ayudar. Utiliza su intelecto junto con un marcado sentido de humanidad.
Sus intenciones no son colocarse en una posición de superioridad desde la soberbia, sino atender a sus pacientes de manera óptima, y analiza la situación con el fin de hacer valoraciones libres de juicios. Como le menciona a Lyndsay, el fantasma es, para él, un síntoma más. De esta forma, la diferencia clave entre estos personajes radica en tener una visión provista de empatía y la genuina motivación de asistir a las víctimas, independientemente de si se cree en el fantasma. Aunque sus dogmas son similares, sus enfoques definen la clase de persona que buscan ser, cómo desean ser percibidos a partir de sus creencias y qué pretenden lograr con ellas.
Los evangelios de la señora Mostyn y la señora Molyneux: el sufrimiento como punto de inflexión, en direcciones opuestas
Dos de los evangelios narrados pertenecen a un par de señoras de la alta sociedad quienes, en diferentes circunstancias, tuvieron un encuentro con el fantasma: la señora Mostyn, tía de Atherley, y la señora Molyneux, invitada de la señora Atherley. Para ambas, la aparición les hizo replantearse su forma de vivir. El impacto de sentir el dolor de la entidad causó en ellas la impresión de malgastar sus días y cuestionar el propósito del estilo de vida que han llevado hasta ese momento.
Para la señora Mostyn, esto conllevó convertirse en una ortodoxa religiosa en un intento de otorgarle profundidad y rectitud a su realidad, antes orientada a los placeres humanos y el derroche. Para la señora Molyneux, previamente siempre en constante búsqueda de la “perfecta” religión, la hizo perder la motivación de continuar con esa encomienda, que a posteriori percibió como fútil. La fatalidad de la manifestación provocó en ambas un sentimiento de vacío que dio paso a un sentido de urgencia por encontrar la forma de llenarlo, pues ya no se veían capaces de hacerlo con sus antiguos hábitos.
Los evangelios del canónigo Vernade y Austyn: la empatía en una perspectiva religiosa
El canónigo Vernade, tío visitante de la señora Atherley, y Austyn, hombre del pueblo que se refugia una noche en la mansión, son otros personajes que testifican ante Lyndsay su experiencia paranormal. Vernade vive más preocupado por ser concebido como devoto cristiano, que por actuar acorde a sus supuestas devociones. A través de él y de su sobrina se hace una sobreentendida denuncia de la hipocresía de los religiosos en mera imagen, y no en acción y congruencia.
Vernade es el clásico caso del sacerdote que predica la importancia de la humildad y la falta de ambición, pero vive priorizando su ascenso político dentro de la iglesia y su prestigio por encima del cuidado a la comunidad y la ayuda a los marginados. Su más fiel seguidora, su sobrina, es una autoproclamada cristiana que opina que las personas con discapacidades o condiciones visibles «deberían quedarse encerradas y no dejarse ver nunca». Ambos se auto perciben mejores que los demás por cumplir con los mandatos de la iglesia, y se jactan de una gran superioridad moral a pesar de su carencia de empatía.
Esta devoción superflua provoca que el sacerdote, al interactuar con el fantasma, se cuestione la existencia misma de Dios. Tras verse confrontado a una situación de sufrimiento real, su “fe” no solo no lo sostiene, sino que inmediatamente le falla. Vulnerable y desprovisto del poder y la posición de privilegio que normalmente lo sostienen, no logra mantenerse creyente. Al enfrentarse cara a cara con el más profundo dolor humano de la soledad y la desesperanza que el fantasma transmite y representa, sus supuestas creencias se desmoronan.
Austyn es un hombre cristiano yuxtapuesto al sacerdote Vernade. Modesto, reservado y austero, dedica su tiempo a servir a quien lo necesita en su pueblo, impulsado por una devoción religiosa que declara con firmeza. Es devoto como el canónigo, pero desde una perspectiva empática. Actúa acorde a sus creencias, lo que marca la diferencia entre ellos.
Ante el fantasma, Austyn tiene el resultado opuesto: refuerza su fe. En la congoja que la aparición genera, se refugia en su convicción. Al terminar la noche y el desespero, exhorta al narrador a convertirse de igual forma en hombre creyente. Aunque esto no brinda consuelo al señor Lyndsay, le demuestra la resistencia de las creencias trabajadas desde la humanidad, en medio de la adversidad.
“El Dios de Austyn nunca podría ser el mío, y yo no encontraría reposo en su cielo. Pero él era uno entre diez mil, por creer en ambas cosas. Creía como lo hacían los mártires que perecieron en las llamas, con una fe que resistiría frente a las pruebas de los ateos: «creemos en algo cuando estamos dispuestos a actuar como si ese algo fuese verdad».” (Hawker, 1891, p. 67)
El evangelio último: Cecilia de Nöel
La mujer que titula la novela, Cecilia es la personificación de la empatía. Es tratada por quien la conoce, o ha conocido alguna vez, como una figura prácticamente mesiánica. Su vida gira alrededor de ayudar al prójimo, pero no desde motivaciones médicas como en el caso del doctor o religiosas como en el de Austyn. Aunque es una mujer que asegura conocer la existencia de Dios como quien conoce la luz del sol, es criticada por el canónigo Vernade por ser considerada una disidente de la iglesia cristiana. El señor y la señora Atherley, por su parte, le censuran su falta de decoro y su indiferencia por las normas y convenciones sociales. A pesar de esto, no niegan su enorme poder sobre las personas, que acuden a ella en su desesperación buscando soporte, consuelo y auxilio, los cuales ella jamás le niega a nadie.
La fuente de su empatía, más allá de sus creencias científicas o religiosas, pareciera ser su mismo ser; es su propia esencia. Esto atrapa a quien interactúa con ella, incluyendo al señor Lyndsay. Es la única en contemplar a la entidad fantasmal con compasión, en preguntar por la causa de su sufrimiento con el fin de liberarle. No tiene un cambio de perspectiva radical o una iluminación a raíz del encuentro: ella humaniza al espectro. Le habla como a un igual y desde el amor, busca terminar su agonizante dolor, atrapado en el mundo terrenal.
Cecilia no tiene un sistema de creencias que predique y que dicte cómo se mueve por el mundo; Cecilia se mueve por el mundo desde un anhelo puro, sincero y abnegado de hacer lo mejor para los demás, y a partir de ahí se forman sus convicciones. Su empatía no suma o resta a su perspectiva, su empatía es su perspectiva. Y eso, fuera de cualquier ideología, es lo que finalmente brinda verdadero alivio a los dos personajes que más sufren durante la historia: el fantasma y el narrador, el señor Lyndsay.

Georgina González Enríquez (Guadalajara, Jalisco, 1998) estudió Ingeniería en Sistemas Computacionales con Beca al Talento Académico en el Tecnológico de Monterrey (2020). Actualmente cursa la licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad del Valle de México. Participó en el 3er Seminario Iberoamericano para creadores de Literatura Infantil y Juvenil de la Fundación SM y la Fundación para las Letras Mexicanas (2025). Seleccionada en la convocatoria ‘Historias y Leyendas de Zapopan’, de la Dirección de Cultura de Zapopan, con su cuento de realismo mágico ‘La Charra Negra’ (2025). Apasionada de la música y la poesía, formó parte del curso ‘La Poética en la Lírica de Taylor Swift’ (2024), impartido por El INBAL.
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