Por Liana Pacheco
Cuando era pequeña a cada rato me hacían ojo. La que me curaba era mi abuela. Lo recuerdo como si, al iniciar el ritual, se me desprendiera el alma del cuerpo. Desde el techo esa alma me observaba: pequeña, recostada, sumergida en un acalorado llanto e incomprensible dolor.
“Es que la mirada pesada de alguien cayó en ella. Le hicieron ojo”
La explicación de mi abuela.
“Tiene el alma débil. Por eso, seguido le hacen ojo”
La sentencia de mi abuela.
Ritual de curación de la abuela: Loción verde, hierbas, oraciones, olores, sus manos, mis lágrimas, todo recorriendo mi cuerpo. Al día siguiente ya me sentía bien.
Luego de la sentencia de la abuela surgieron los miedos.
MIEDO a los ojos de miradas fuertes
« » a las palabras
« » a la ausencia
« » al silencio
Con el paso de los años dejaron de hacerme ojo, pero ella no dejó de curarme: por dolor de cabeza, por malos aires que golpeaban mi piel y sobre todo me curaba de espanto.
Espanto de:
“La tarde que me persiguieron los perros”
“La mañana que me asusté por el temblor”
“La noche que se fue la luz”

“Cuando te espantan, el alma se sale del cuerpo, por eso debemos curarnos y gritar tu nombre para que sepa cómo volver”.
Las palabras para mejor comprensión del ritual
“Lilianaaaaaa…. Lianaaaaaaa”
Mezcal y golpes de ruda y romero sobre mi cuerpo.
“Lilianaaaaaa, regresaaaa, Lianaaaaaaa”
Loción y golpes de albahaca y romero sobre mi cuerpo.
Mi cuerpo segregado: Estoy segura de que en una de esas veces, mi alma se alejó tanto que no escuchó mi nombre y ya no supo regresar. Desde entonces mi cuerpo vive segregado de eso que llaman espíritu-alma-mente-psique-conciencia.
Mi espíritu-alma-mente-psique-conciencia vive en búsqueda, creación, pensamiento constante. Mi cuerpo es la materia que existe en odio, desprecio y culpa hasta que le llegue su último aliento.
Mi espíritu-alma-mente-psique-conciencia y mi cuerpo segregado se esfuerzan por alinearse en una misma existencia, por amarse un poquito más que ayer y odiarse menos que mañana.
Rituales para curar: El ritual de cura de espanto y malos aires es más efectivo los días martes y viernes. Nunca pregunté por qué. La cura del dolor de cabeza era sobarme la nuca con loción verde, cualquier día de la semana que mi cuerpo lo requiriera.
Rituales para desayunar: Por la mañana la cocina se impregnaba de aroma de café de olla con panela/piloncillo. Al día siguiente ya no era café, sino té de poleo, pericón o manzanilla.
Las manos de mi abuela metiendo la tortilla tostada en la taza de té o café.
“Es que así me acostumbré a desayunar en el rancho”

Rituales para amar: Antes de salir de casa hay que recibir la bendición de mi abuela. Con sus dedos formaba la cruz con la que me bendecía. Luego un beso en mi mejilla, como la firma del pacto entre ambas :
“Que Diosito te cuide”.
“Que Dios me permita regresar a casa”.
Mi abuela murió el último día de enero del año 2022.
Las palmas de sus manos sanadoras quedaron en posición para orar. Ella misma las acomodó así, quizá al percibir el silencio de la muerte llegando por ella. Sus manos estaban frías e inmóviles.
∆ No lloré al mirarla dentro del féretro ∆ No lloré al iniciar el rosario en el velorio ∆ No lloré al sentir el abrazo de pésame ∆
Cuando caí en cuenta de que ya no volvería a probar el estofado que me preparaba en mi cumpleaños, el llanto me arrastró por varios meses.
Sus rituales curativos de espanto, mal de ojo, su bendición antes de salir, su desayuno de tortilla en la taza no se los eché en el sepulcro. Esos los escondí en mis palabras. Lo que sí le eché fueron unos granos de cacao porque decía que al llegar al otro mundo se usa para comprar cosas, que seguramente se necesitan después de la muerte.
“Los meses no pasan, nosotros somos los que pasamos. Los meses ahí están, namas dan vueltas y vueltas viéndonos vivir hasta que llegue la hora de morirnos”
Fue lo que me dijo ella semanas antes de morir.
Pienso en cuerpos que se mueven por inercia en un espiral hechos con hojas de calendario.
