Esclavitud atemporal

Pintura de Sahara Cygnus




Sara Godínez, «Sahara Cygnus»

Sara Godinez o Sahara Cygnus es estudiante de artes visuales en la Universidad de Guanajuato. En el 2017 exposición colectiva en el centro cultural regional centro-occidente, ISSSTE cultura. En el año 2018 tuvo una exposición colectiva en el museo de arte Olga costa-José Chávez Morado. FELISMA 2020, siendo una de las finalistas en el ámbito de la poesía. En Noviembre de 2020 fue el tercer lugar en un concurso de fotografía nacional, con la temática de desaparición forzada y violencia de Género. En noviembre de 2020, participación en la exposición colectiva internacional “MasculinidadEs, mandatos y diversidades”.

Florecer de las heridas

Ilustración por Selvia Vargas

´Florecer de las heridas



Selvia Vargas Kotasek

«Nací y vivo en la Ciudad de México, tengo 28 años. Estudié psicología social, que me dio una postura crítica y me hace vivir inconforme en cualquier empleo que tenga. Encontré el feminismo y aquí sigo, aprendiendo, cuestionando, enojándome (pasatiempos favoritos). Actualmente estudio un posgrado y navego por las turbias aguas del freelance. Con una constante tendencia a la nostalgia, me gusta escribir para curar mis heridas y me gusta dibujar para reencontrarme con la niña que fui. Creo firmemente que el arte de mujeres es lo que va a cambiar el mundo. «

Viejas amigas

por Majo Soto

Sucedió hace casi un mes, recuerdo haber despertado relativamente temprano a pesar de no tener que ir a clases. Bajé las escaleras para dirigirme a la cocina en busca de un desayuno, pero en cuanto estuve en el piso de abajo, percibí su presencia.

Caminé lentamente hacia la sala y comprobé que era ella, estaba en el sillón más largo, acostada cual reina en su trono: las piernas cruzadas, flacas y llenas de tatuajes, los huesos de la cadera saltaban por debajo de la tela de su vestido, las clavículas marcadas, los brazos a punto de romperse y llenos de vello de bebé, el rostro pálido, los labios secos, los ojos grandes. Portaba una corona de falsa diosa y fumaba un cigarrillo.

-Hola, cariño, veo que has engordado- me sonrió. Un escalofrío recorrió mi espalda, hacía casi tres años que Ana no me venía a visitar, de vez en cuando escuchaba su voz susurrar dentro de mi cabeza, pero tenerla en mi casa era distinto.

-¿Viniste sola?- le pregunté

-No, Mia está revisando tu refrigerador.

Mia era todo lo contrario a Ana: gorda, ansiosa, insegura, con capas y capas de ropa y cuando no estaba en medio de un atracón, estaba encerrada en el baño purgándose; tenía una obsesión con mirarse en el espejo y decirse lo gorda y fea que estaba, se comía las uñas y siempre estaba llorando. 

Las invité a sentarse en la mesa, le serví un vaso de agua a Ana y dejé que Mia tomara toda la comida que quisiera, yo me conformé con un plato de cereal con leche.

-Estás bonita- me dijo Mia, casi sonriendo.

-Esta gorda- la corrigió Ana-, ¿no miraste sus muslos cuando estaba de pie? Incluso tiene busto y trasero, ¿ya se te olvidó que no necesitas nada de eso para ser bailarina?- tomé la cuchara y comencé a remojar el cereal en la leche.

-Si fuera bailarina profesional te daría la razón- le respondí.

-Si me hubieras hecho caso, estarías bailando en Berlín- replicó.

-Pero, ella se rompió la rodilla por nuestra culpa, por eso no puede bailar- la interrumpió Mia.

Ellas dos son hermanas, pero nunca se han llevado bien, o al menos cuando estuvieron conmigo, solo discutían, Mia siempre quería dejarme, pero cuando empacaba sus cosas, Ana llegaba y la obligaba a quedarse. 

-¿Nuestra culpa?- Ana movió la silla para atrás y se puso de pie tan rápido, que tuvo que sujetarse con fuerza a la mesa para que el mareo no la tirara- Nosotras le ofrecimos ayuda, ¿o no fue así, Dani?- me miró sonriendo con ternura-, mi pobre Dani, abandonada por sus padres y ahora por un chico.

Dejé de jugar con la cuchara y el cereal, Ana caminó hacia mí, se colocó detrás del respaldo de la silla y puso sus huesudos dedos sobre mis hombros a la par que suspiraba.

-Pobre de mi niña, creíste que ese chico te amaba, ¿no? Creíste que te quería a pesar de que estás loca- de su boca salió una carcajada, Mia rió con ella.

-No estoy loca- repliqué. Ana caminó hacia la cabecera de la mesa y yo me puse de pie- no estoy loca- repetí.

-Oh, claro, ¿por qué fue que la dejó, Mia? ¿Me lo puedes repetir?

-Porque Dani no quiso tener sexo- respondió-, él dijo que si en verdad lo quisiera, cogerían.

-Y tu excusa- dijo Ana mirándome- fue que tu papi abusó de ti, ¿no? ¡Oh, pobre Dani! Abusada por tantos años que ya ni siquiera recuerda cuántos exactamente. Cuatro psicólogas, un psiquiatra, un lindo año conmigo y parece que nada ha funcionado, sigues sin poder ser tocada porque la ansiedad te come.

-¿Para qué volvieron?- pregunté, intentando no llorar.  

-Queríamos ver si aceptabas una linda pijamada con nosotras, sabemos que la oscuridad te sigue dando miedo, sería mucho más fácil dormir acompañada, ¿no crees?

Ya habían pasado tres años, pero los recuerdos de la resequedad en los labios, los mareos, los dolores de cabeza, el mal humor y el dolor de estómago, seguían frescos. Llegué a pesar cuarenta kilos y mi mamá creyó que estaba embarazada cuando la regla dejó de venirme, “si lo estuvo, tenga la garantía de que el bebé se abortó solo”, dijo el doctor y procedió a explicarle a mi mamá qué son los desórdenes alimenticios.

-Tienen razón, chicas, estoy loca- les dije-. Soy una mujer desequilibrada y completamente traumatizada, pero, también soy valiente y si yo quisiera morir, me daría un disparo en la cabeza, no me mataría de a poquito con ustedes.

Ana me miró molesta y Mía comenzó a llorar. Subí las escaleras mientras escuchaba que se gritaban entre ellas, corrí a encerrarme en mi habitación y me recosté en la cama. En algún momento pararon de gritar y se fueron. Si tuviera una máquina del tiempo, volvería a cuando tenía quince años para no dejarlas entrar nunca. 


Majo Soto vive en Querétaro, México; es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina principiante, feminista, ávida lectora, sobreviviente de abuso y escritora de cuentos, ensayos, reseñas, artículos y (borradores de) novelas. Corrige textos, rescata perritos y escribe para sobrevivir.

Algunos de sus escritos están publicados en EspeculativasMX y firma en twitter como @TristezaFeliz29.

El tortillero

por María Daniela Ortiz Soriano 

Desde entonces ella pasaba varias horas durmiendo durante el día y la noche, despertando en intervalos a encender la radio vieja que le dejó para escuchar las noticias: otro político postulado, otro fraude, otro cadáver encontrado. Como si aún pudiera escucharla, lanzaba al aire sus comentarios. “¿Te acuerdas cuando patrullabas? ¿Te acuerdas, Ricardo, te acuerdas?”.  

Cuando se levantaba de su vieja cama aún lo hacía con el cuidado de no despertarlo. Servía el café con leche para dos, luego le limpiaba su sombrero de yute y le acercaba su bastón a la orilla de la cama. Desayunaba su cachito de pan. Después caminaba por toda la casa rodeada de sus macetas con coloridas flores y chillantes insectos. Cuando sentía el cansancio de sus viejas rodillas, ella buscaba apoyo en el bastón como si fuera el brazo de Ricardo. Recorría las fotografías se veía a ella, lo veía a él en su uniforme, con sus compañeros en su patrulla. Escuchaba su voz. “Yo patrullé por esas calles, antes ser policía era un juego”.

 El tiempo la alcanzaba. Se veía las manos, sentía sus arrugas. Miraba el reloj, ya es tiempo de servir la comida. Preguntaba en voz alta: “¿Carne de res o de cerdo?, antes me alcanzaba para ambos, ¿te acuerdas, Ricardo, te acuerdas?”. Después de servir los platos fijaba la mirada al tortillero vacío, sabía que él no tardaría en traer las tortillas. Pasaban 10 minutos, 40 minutos. Se asomaba a la ventana esperando verlo llegar por la calle con su sonrisa inocente, con las tortillas frías y una flor de bugambilia que habría recogido en una jardinera para disculpar su demora. Así lo quería recibir, ella preguntado: “¿Por qué te tardaste?”, y él respondiendo: “No puedo caminar Jose, la tortillería ya está muy lejos”. Pero el tortillero siguió vacío.

En el momento que lo vio suspirar, en que vio como cerraban su caja, como le echaban tierra, levantaban la cruz, Jose supo que el tortillero estaría vacío, la radio apagada y los recuerdos esparcidos por toda la casa. 

La comida seguía servida. 

-¿Qué se siente envejecer a lado de alguien, Abue?- preguntaba su nieta de 14 años mientras envolvía las tortillas calientes en el tortillero. Josefina suspiró: “Nada”.



Inicia su educación como Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la UNAM, además de ser egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de Dramaturgia Mexicana y Literatura Mexicana, la escritura creativa, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

Garabato

por Linda Acosta Rodríguez

“Por ti siento, en reflexión y cuidado…” Así continuó, ella, por enésima vez la búsqueda que la llevaba a expresarse de la mejor manera posible en su deconstrucción. De pequeña había crecido con ideas construidas en torno al afecto. Princesas en busca de un príncipe. Ella lo encontró en un alto y apuesto hombre que, aunque era un buen compañero en la vida doméstica, no lograba arrebatarse de la coraza para decirle un “te amo”. 

Es esa idea del lenguaje, que tenemos, de expresar con ‘amor’, aquello que es indefinible, y se comunica con un lenguaje, quizá más corporal o del alma. El amor no se explica, se demuestra. Cierto es, que ella en su pesquisa, había devorado infinidad de textos, literarios y ensayos académicos que hablaban del amor. ¿Quién no recuerda el clásico “El arte de amar” de Erich Fromm? O incluso textos, de marxistas y feministas anti-matrimonio. En todos ella buscaba una respuesta a la escasez avasalladora de un tema sin respuesta. Buscaba en los frescos versos de Rupi Kaur alguna pista:

“No quiero tenerte

para completar las partes vacías de mi misma 

quiero estar completa yo sola. 

Quiero estar tan completa 

que pudiera iluminar una ciudad entera 

y luego quiero tenerte 

porque los dos combinados

le podríamos prender fuego”.

Se acercó al consorte, y le dijo:

– Está noche, amor mío me bañare en espumas y sales de flores, 

dejaré la puerta abierta, sólo por si quieres irrumpir con un beso.

– Voy a dormir, dijo él, cortante.

– Está bien, murmuró ella, sin darse cuenta que él ya no estaba escuchándola.

Desamparo, no. Se tenía a ella misma, ahí en esa bañera llena de aromas, con una luz tenue y unas manos propias. ¿Dolor? Sí, el necesario para dejar caer unas lágrimas, y limpiarlas en el mismo instante que empezaron a caer. 

A la mañana siguiente, un ruido de motor se cuela por la ventana. Él despierta, y enciende la luz de la habitación. Ella no está en la cama. Ella no está más en la casa. En color coral de labial pintado, en el espejo del baño: “Querida yo, por ti siento, en reflexión y cuidado…” Un pintarrajo con su nombre. El café no está hecho como cada mañana, ya no hay huevos fritos en la mesa, y él debe afrontar el profundo significado de esas palabras mientras advierte que las cosas esenciales de la mujer, como un libro de poemas, el cepillo de dientes o una fotografía de su niñez ya no están. Ahora, ella se arraiga en sí misma, dándole significado a su verso.


Linda Acosta Rodríguez, de Villahermosa, vivió 18 años en Madrid, algunos meses
en Honduras, otros en Ecuador. Actualmente reside en Inglaterra. Maestra en
Relaciones Internacionales Iberoamericanas por la URJC (Madrid), Socióloga por
la UAM-X (CDMX). Ha colaborado con “Horizontes”, revista electrónica del
CELA-UNAM. Tiene publicado un libro científico por la UNAH (Honduras)
“Agua y Tolupanes de la Montaña de la Flor: reflexiones sobre desarrollo, bien
común e interculturalidad”. Colaboró en la Agenda de la Luna 2020, Editorial
Resistencia. Finalista del concurso Erotismo Poético, 3era. edición de Diversidad
Literaria. Feminista, taróloga, viajera, cocinera, sorora. Amante de las letras.

A través del librero

por Olga Mercedes de Paz Montalván

Llevo en este librero desde hace mucho tiempo, mis hojas ya están amarillentas, me han remendado la pasta incontables veces. Las polillas intentaron alimentarse con mi contenido, pero no son unas lectoras muy hábiles. Mis dueños se rehúsan a deshacerse de mí, les he escuchado decir que soy una reliquia familiar y creo que eso es muy importante. He hecho amigos, aunque varios de ellos se han ido con el tiempo, somos pocos los que quedamos en el librero de esta casa, siendo yo el más longevo. 

Una vez escuché a un hombre decirle a mi dueña que había encontrado una versión más actual de mi, que incluso traía un disco con la entrevista que le habían hecho a mi creador. Preguntó si podía traer al jovenzuelo a casa, pero mi dueña le dijo que no era necesario tener algo nuevo cuando al recorrerme tiene no solo una historia, sino también recuerdos de sus momentos pasados, eso me hizo sentir cálido entre cada una de mis hojas. Cálido, como al hablar con el libro del pequeño niño de la casa y escuchar cada uno de los finales que la inocente criatura se inventa cada vez que lo termina de leer; cálido, como el sol que entra por la ventana junto al librero en las mañanas de invierno, porque en verano mi dueña debe cambiarme de posición para que los fuertes rayos no lastimen mi portada; cálido como el corazón de mi dueña, el cual escucho cada día sin falta.

Saben, no importa que tan viejo este y, sin importar que tan dañado me encuentre, cada noche, una pequeña niña siempre me escoge para leer mis párrafos antes de irse a dormir. A veces pienso que por ella no avanza el tiempo, sigue pareciendo la pequeña que conocí hace más de cincuenta años.


Olga Mercedes de Paz Montalván, nació el 26 de agosto de 1992 y desde pequeña le ha llamado la atención los libros, la música, el arte. A pesar de tener un problema con la pronunciación, logró ganar concursos de oratoria y cantar en público, siendo algo que disfruta bastante. Actualmente trabaja de maestra de inglés para un colegio de primaria y es la bibliotecaria de una casa cultural ubicada en el municipio de Amatitlán, correspondiente al departamento de Guatemala. Siempre se ha sentido atraída al mundo de las letras, debido a esto ha cerrado el pensum en Licenciatura en Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala. 

Colección

Ilustraciones por Tania Solís

Pez
Parvada
Muerte súbita
Espíritu del agua
Coexistencia



Tania Solís

Tania Solis nace en el Estado de México, residiendo actualmente en el mismo. Con una inquietud por las Artes Plásticas desde temprana edad.

Ha sido partícipe en diferentes exposiciones colectivas de fotografía, dibujo y pintura, tales como: “Muñeca rota” – Casa de cultura SantaMa (2017), “El color local” – Galería Frissac (2019), 2° Edición de EXDECA – Galería virtual de EXDECA (2020), así como también en diversas revistas como Sierpe revista literaria (2020) y Fósforo, literatura en breve (2020).

Mariposa

por Esmeralda García

Naciste oruga, lo ignoraste
dormiste en días oscuros,
dolorosos, humillantes,
sola, ignorada, marginada.

Fuiste crisálida,
en el ensimismamiento,
y maniatada conscientemente,
en mariposa te transformaste.

Moviendo tu débil cuerpo
con volar incierto despiertas,
renaces en vivos matices
y das vida a tu alrededor.

En breves momentos, evolucionas,
desprendes tus frágiles alas
reconstruyéndote con tus manos,
auspiciada por las ancestras.

Hoy con paso firme caminas,
conquistas con voz apacible,
te rebelas inquietando al mundo,
empoderándote.

A través del dolor,
hablaste con un nuevo idioma
las enigmáticas enseñanzas,
las causas de tu renacer.

Ayer oruga, hoy mujer poderosa
ejemplo para mujeres de alas rotas

de almas desgastadas y sin esperanza.
Hermanas y cómplices sororas.


Esmeralda García (Guadalajara, Jalisco. México. 1970)

Estudió la licenciatura en Psicología y maestría en Psicología Educativa en la Universidad de Guadalajara. Se desempeña actualmente como profesora en nivel secundaria. Poeta independiente, en proceso de autoconocimiento permanente y feminista. Ha participado además en lecturas colectivas, festivales de poesía virtuales. Publicaciones: “Deleite: Vida y placer”, compilación Iberoamericana (2013). Poemario: “Mujer Esteparia” (2019) Proyección Literaria. Revistas digitales como: La Coyolxauhqui, Revista Literaria Internacional: Perro Negro de la Calle, Revista Independiente Unión José Revueltas, Revista Almicidio, Revista digital La Maricada, Primera Antología del Mes de la Matria. Especulativas, entre otras.

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Dos poemas

por Dalia Estrada

7 años

¿Cómo te voy a pedir una disculpa?
Si tu me has hecho más daño que yo
Habré causado moretones, dolores y rasguños,
Pero tu rompiste cosas que duelen más y que no se arreglan
Con una venda, un curita, alcohol o agua oxigenada

Perdiste mi confianza la noche en que invitaste a una fiesta a alguien más,
Deje de respetarte cuando me llamaste pendeja frente a tus amigos
Te considere un hipócrita cuando conmigo eras uno y con tus amigos otro.
Dejé de esperarte cuando me di cuenta de que siempre hay algo más importante que yo,
Que no te importa lo que hago, lo que pienso, lo que quiero.
Que crees que escribir es sólo un hobbie, pero te deje de querer de verdad
Cuando entendí que es imposible que tu simpatices con el otro,
Que te pongas en su lugar, que no seas egoísta y que veas más allá.

Me di cuenta que de verdad me ignorabas cuando…
ellos te contaban algo que te interesaba y yo ya te lo había dicho antes,
pero conmigo parecía no importarte.
Me di cuenta que no me querías cuando no me defendiste de tu familia
Y haces todo por hacerme sentir culpable, sola y triste.

Me quería disculpar por haberte pegado, porque eso no soy yo

Yo no quiero ser eso que pega y finge que no pegó.
Me quería disculpar porque me pesa en la espalda y en el corazón,
Pero luego ya no quise, porque llegué a casa y seguiste siendo el mismo patán de cuando
me fui.

Me quería disculpar, me quiero disculpar, pero tú …
Me debes más que estás líneas, me debes siete años y no sé cuantas disculpas caben en eso.

Infarto congelador

Creo que por fin tengo el corazón roto,
o quizá he descubierto que no estaba congelado
o quizá descubrí que sí sentía algo por ti,
pero eso lo descubrí la tarde en que te fuiste.

Me duele el corazón y estoy sorprendida.
se acelera, desacelera, brinca, me aprieta los pulmones, se me va a salir,
me quema la garganta.
Me agita, quiero vomitar.
Me voy a morir (al fin).

No está roto por ti, pero, ¿por qué me siento así?
¿qué quieres, corazón?
¿por qué me estás doliendo así?

¿Me estás previniendo de algo?
¿me avisas algo?
¿corro peligro? ¿corre peligro alguien más?
¿Es él?

Te pongo atención y te siento más cerca, más fuerte.
Te escucho, te siento como nunca antes …
Me estás dejando, ¿verdad?
Hoy que decidí cerrar esto me duele el corazón.

Ya respiré para relajarme, no funciona.
Siento que quiero vomitar …
Se está equivocando en querer algo que no quiere,
ya se dio cuenta y está haciendo berrinche.

¡Haz tu berrinche, porque no lo volveremos a querer!
Anda, ¡Rómpete!, pero rómpete bien,
mínimo dame un infarto o vuélvete a congelar …
¡Es eso! Estás volviendo a tu estado natural.


Dalia Estrada es ensayista, traductora y literata. Pasante de la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, quien ha participado como ponente en congresos nacionales e internacionales proponiendo investigaciones interdisciplinarias entre la literatura, arte y psicoanálisis. Becaria del Programa Interinstitucional para el Fortalecimiento de la Investigación y el Posgrado del Pacífico (Delfín) en su edición Verano 2020, y recientemente, ha trabajado en la edición y publicación de un libro en conjunto con la BUAP, la Universidad Católica de Colombia y la Universitá Degli Studi Di Salerno (Dipartimento Di Studi Umanistici).

Dos poemas

por Elsa Méndez Silva

A LOS DESAPARECIDOS
No quiero esconderme en el sueño
para escapar del miedo.
Me alojaré en la copa de un árbol
y que mi estancia dure
lo que tarde mi mano en escribir
en cada hoja
los nombres de los desaparecidos.
Después le pediré a la abeja y al colibrí
que liben de mi lengua las palabras
censuradas.
Dibujaré en la tierra una cometa
con rostro de leopardo y alma de gacela
y le pediré al viento impulse su vuelo
conmigo atada a la cintura.
Trazaré un río de sábanas blancas
bordadas con ojos despiertos
que iluminen el día y la noche.
Me acostaré
a reposar en silencio mi enojo
hasta que un remolino me sacuda
y salga con la razón húmeda
y el corazón lleno de memoria.

RESTOS DEL DESEO
El pan remojado en la leche
deja
escurrir
un hilo
fino
y dulce
que se desliza
hasta
llegar
al fondo
del pozo
ahí
donde se sedimentan los deseos
los deseos
no cumplidos
porque las monedas no cayeron en la rendija
porque las ninfas curiosas
se robaron las llaves
y separaron los candados de los amantes

El trayecto
se interrumpe
la mano
corta su descenso
lleva el pan a la boca
se deshace
y cae a pedazos
en la taza
el rostro
se salpica

la lengua
alcanza a recoger restos del deseo
los ojos
se cierran
la mirada
se absorbe
se hace líquida
y se desliza
por las arterias
del miedo
llega
al abdomen
los labios quedan humedecidos
la bóveda del gusto
guarda un sabor a soledad


Elsa Méndez Silva, Ciudad de México (1957). Egresada de ENMJN (SEP), la docencia en diferentes niveles educativos  ha sido la actividad en donde se ha desarrollado profesionalmente.

Talleres de lectura y de poesía han sido espacios en donde ha aprendido a degustar la palabra oral y escrita, a provocar la imaginación creadora, a explorar un  camino a través del lenguaje poético.

Desde 2011 ha participado en talleres de poesía coordinados por María Baranda. Participación en Publicaciones “Bosque de Palabras” (2014), “Cortezas” (2016),  “Sublevación y delirio” (2011). en la revista “Pluma de Ganso” No. 105 Primer trimestre 2019. 

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