«Dolor», café y gises pastel sobre papel fabriano, de Carmen Asceneth
Ciudad de México (1969). Maestra en Psicoterapia y pasante de arte dramático, con formación en Creación Literaria. Escribí dos poemarios. He publicado en diarios de circulación local y en diversas revistas electrónicas. Conductora del programa “Creativarte” de arte y psicoanálisis. Jurado en 2014 del Certamen “Palabra en el Viento” de poesía. Primer lugar del certamen de Poesía “Palabra en el Viento” en 2012 y 2013. Primer lugar de cuento en el mismo certamen en 2018. Primer Lugar del concurso Nacional de Cuento Convocado por el INEGI en 1995, segundo lugar en 2001 y mención honorífica en 1995.
“La escritura y reescritura de la historia estuvo, y en gran parte sigue estando, mayormente a cargo de la pluma de los hombres” reconoce con inquietud la académica argentina María Cristina Pons en su obra Memorias del olvido: “siempre queda abierto el gran interrogante de por qué uno de los agentes sociales más importantes en la construcción de la historia, la mujer, es casi invisible” (1996, p. 13).
¿Qué imperantes voces femeninas yacen bajo el escombro del silencio? Sus nombres fueron Dedé, Patria, Teresa y Minerva Mirabal, cuyo activismo político se convirtió en un símbolo de esperanza y resistencia para el pueblo dominicano. A más de 60 años de su asesinato, el eco de su lucha resuena en voz de la escritora Julia Álvarez mediante la novela En el tiempo de las mariposas.
Publicada en 1994, esta obra explora —a través de la mirada de las hermanas Mirabal— la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, quien fuera conocido como “El Jefe” y en cuyas manos destila la sangre de aproximadamente 50 mil asesinados durante las tres décadas que comprendieron su régimen; desde 1930 hasta 1961.
Consciente de la tiranía y crímenes que marcaron a la nación dominicana, Álvarez resguardó en las memorias de su infancia el exilio al lado de su familia a la ciudad de Nueva York, sitio donde —cuatro meses más tarde— escucharía la historia de Patria, Teresa y Minerva. Los recuerdos pueriles por siempre trastocados ante la imagen de tres cuerpos destrozados aparecidos al borde de un barranco:
Cuando, de niña, me enteré de ese ‘accidente’ las Mirabal se me grabaron en la mente […] busqué toda la información que pude conseguir acerca de estas valientes y hermosas hermanas que hicieron lo que pocos hombres —y sólo un puñado de mujeres— estuvieron dispuestos a hacer. (Álvarez, 1995, p. 168)
“¿De dónde provenía ese coraje especial?” (1995, p. 168) reflexiona la autora en una nota al final de la obra. Es aquel cuestionamiento, producto de los frecuentes viajes a República Dominicana durante su niñez, el detonante que la conduce a escribir En el tiempo de las mariposas y con ello dar a conocer al mundo la lucha de las hermanas Mirabal, salvaguardando ésta al paso del tiempo y el olvido:
Es mi deseo y esperanza que mediante esta historia ficcionalizada pueda hacer que se conozcan las famosas hermanas Mirabal. […] Como es obvio, estas hermanas, que lucharon contra un tirano, son un modelo de la mujer que lucha contra toda clase de injusticias. (Álvarez, 1995, p.169)
A través de una narrativa sensible y llena de imágenes sobre la tiranía y la revolución en medio de lo cotidiano, la autora reconstruye las memorias de Patria, Dedé, Teresa y Minerva desde su juventud hasta el día que son asesinadas. De manera que —como lectores— además de adentrarnos en los conflictos políticos e históricos de la época en voz de las Mirabal, nos volvemos confidentes de sus pensamientos más íntimos: sus deseos, miedos, sueños y esperanzas
He estado preocupada por Minerva […] Resulta que ella y Elsa y Lourdes y Sinita han estado yendo a unas reuniones secretas en la casa de Don Horacio. Don Horacio es el abuelo de Elsa, que anda en problemas con la policía porque no hace las cosas como debería, como colgar el retrato de nuestro presidente en su casa. […] Le pregunté a Minerva por qué hacía algo tan peligroso. Y ella me dijo algo extrañísimo. Quiere que yo crezca en un país libre. (Álvarez, 1995, p. 23)
Así, con cada pasar de página, anhelamos junto con las Mariposas el triunfo de la libertad sobre la tiranía pues, ahora —más que nunca— somos conscientes de las hermanas que dieron su vida por ello. Ahí, bajo el anonimato, yacen las historias que merecen ser contadas; las de los hombres y mujeres que no sólo pusieron rostro a la tragedia, sino también a la revolución.
«Una novela intenta involucrar al lector en la situación, humanizarla, generar compasión para que cuando abordemos este tipo de problemas, con nuestra política y nuestras creencias, lleguemos a ellos con corazones comprometidos en mentes que han entendido». Julia Álvarez, en una entrevista por Ivonne Malaver para el diario español La Vanguardia, 2020.
Conforme llegamos al fin de la narración, el nudo en la garganta es inevitable y, como lectoras, nos gustaría reescribir otro final para aquel fatídico día de 1960 donde las Mariposas fueron asesinadas por órdenes de Trujillo. En voz de la hermana sobreviviente, el epílogo recapitula lo que ocurrió en las semanas por venir, la historia que recorrería Latinoamérica y por la que hoy conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Todos querían darme algo de esos últimos momentos. Cada visitante me destrozaba el corazón, pero yo permanecía sentada en el sillón hamaca y los escuchaba. Era lo menos que podía hacer, ya que era la única hermana sobreviviente. Y mientras hablaban, yo iba componiendo en mi cabeza los hechos de esa última tarde. (Álvarez, 1995, p. 157)
Es Dedé quien, años más tarde, abriría las puertas de su hogar a Julia Álvarez, quien se propuso no mitificar a las hermanas Mirabal, pues sabía que un discurso que envuelve al individuo en hazañas de grandeza es un arma de doble filo, lo vuelve inalcanzable e incluso invencible. Fue esa misma deificación la que permitió que Trujillo continuara con su tiranía por más de treinta años.
En su lugar, presenta el lado humano de la dictadura, el de los hombres y las mujeres “comunes y corrientes”. De esta manera, nos hallamos ante cuatro hermanas que rieron, amaron, lloraron y sufrieron en medio de la oscuridad; mujeres reales con vidas eternamente trastocadas por la dictadura y a quien hoy debemos tanto.
En el tiempo de las mariposas no es una narración sobre las grandes proezas, sino sobre lo cotidiano. Ante una Latinoamérica donde las cicatrices de la violencia, la crueldad y la injusticia son aún palpables, obras como la de Julia Álvarez se constituyen como un eco de la sensibilidad humana. Es ahí donde nacen la esperanza y la revolución, donde es posible luchar por un cambio, es ahí donde yacen eternamente las Mariposas.
Una novela, después de todo, no es un documento histórico, sino una manera de viajar por el corazón humano.
¡Vivan las Mariposas!
-Julia Álvarez
1. Extractos del “Querido Librito” de María Teresa, diario en el cual narró los días que acompañaron su infancia entre 1945 y 1046.
Referencias bibliográficas
Álvarez, J. (1995). En el tiempo de las mariposas. Buenos Aires: Editorial Atlántida.
Poeta y traductora. Pasante de Lingüística y Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Su obra fue incluida en la antología internacional 100 mujeres poetas (2019) por parte de Nueve Editores. Ha publicado traducciones de feminismo y literatura femenina en la revista Círculo de Poesía. Actualmente escribe la columna “Meditación en el umbral”, espacio de análisis fílmico y literario desde la perspectiva de género para Tríada Primate, plataforma digital de poesía y humanidades.
Falsa reseña de “La biblioteca universal” de Kurd Lasswitz
Por Nitz Lerasmo
I
Es bien conocido que Borges se inspiró en el relato “La biblioteca universal” de Kurd Lasswitz para escribir “La biblioteca de Babel”. El primero fue publicado por primera vez en 1904; el segundo en 1941. Leídos ambos relatos, a la lectora no le quedarán dudas de las semejanzas. Lasswitz fue un científico, filósofo y escritor alemán nacido a mediados del siglo XIX. Quizá si no fuera por Borges, este autor sería por completo desconocido en Hispanoamérica. Sin embargo, en su patria se le considera el padre de la ciencia ficción alemana.
Collage
En “La biblioteca universal” (José J. de Olañeta Editor, 2013), Kurd Lasswitz conjetura que es posible calcular con exactitud el número de volúmenes que contendría la biblioteca universal. Si mediante un procedimiento matemático realizamos todas las combinaciones posibles del total de caracteres, obtendremos “el conjunto de las obras jamás escritas en literatura así como todas las que puedan serlo en el futuro.” Esa sería la biblioteca universal de Kurd Lasswitz. En ella estarían no sólo las obras completas de todos los filósofos que han existido sino también “todas las interpretaciones en las que nadie ha pensado todavía.” Así que si pudiéramos pasear por esa afortunada biblioteca nos encontraríamos con el conjunto de todas obras habidas y por haber: en ella se conservarían “todos los discursos parlamentarios, tanto los que se han olvidado como lo que aún no se han pronunciado, el tratado universal de Paz mundial y la historia de las guerras del futuro que resulten de él.”
En la biblioteca universal de Lasswitz, como también en la de Borges, tendríamos que seleccionar libros con cautela porque ahí no sólo está todo lo que es verdadero, sino también todo lo que es falso. Incluso podríamos hallar un libro en el que “detrás de cada una de sus frases está escrito que éstas son falsas, y otro volumen en el que, detrás de estas mismas frases, se jura que todas son verdaderas.” Por eso, en esta hipotética biblioteca “los peores absurdos posibles se codearían con toda la literatura sensata posible.”
Imaginar algo así nos produce una sensación de vértigo y de horror, como si enfrentáramos dos espejos para replicar su imagen insinuante de infinito. No obstante, la biblioteca de Lasswitz, a pesar de ser universal, no es infinita. El número de volúmenes, aunque finito, es gigantesco e impensable. Lasswitz asegura que “somos tan poco capaces de imaginar el número de años que se necesitaría para recorrer todos los volúmenes de nuestra biblioteca como de aprehender concretamente el número de volúmenes que contiene.” De tal modo que si un bibliotecario recorriera la hilera de volúmenes a la velocidad de la luz, “necesitaría dos años largos para cruzar el umbral del primer trillón de volúmenes.”
Lasswitz termina el relato con una aseveración muy al estilo decimonónico: las leyes de la matemática y de la lógica nos dan fe en la verdad. No obstante, “sólo podemos utilizarlas cuando llenamos su forma de contenidos hechos de conocimientos vivos, es decir, cuando hemos encontrado el volumen que necesitamos en la biblioteca.” Sin embargo, Lasswitz nos advierte que “no es en la biblioteca universal donde hay que buscar este volumen; debemos fabricarlo nosotros mismo, mediante un trabajo serio, obstinado y discreto.”
II
En estos tiempos pandémicos, donde las bibliotecas permanecen cerradas porque no son actividades esenciales, la de Lasswitz me parece envidiable. En este último año, repetidas veces deseé estar en una. En toda mi vida nunca antes había pasado tanto tiempo sin ir a una biblioteca. La que más extraño es la Biblioteca Central de la UNAM. Ahí me demoré con placer en las páginas de Walter Benjamin, Emiliano González, Mircea Eliade, Giovanni Papini y demás autores. Ahí intenté aprender de manera autodidacta la gramática del sánscrito y fracasé. Ahí encontré un libro de Valeria Luiselli en cuya encuadernación estaba cosido un cabello humano, quizá perteneciente al propio encuadernador. Ahí una mañana un pajarito de pecho rojo entró por una de las ventanas y empezó a cantarles a los somnolientos estudiantes. Luego se fue volando por donde entró y se perdió a la distancia en un cielo inusualmente cobalto.
Estos recuerdos sólo enfatizan mi nostalgia de bibliotecas. Por el momento, es imposible visitar una porque las bibliotecas públicas son lugares cerrados, casi sin ventilación. Evidentemente esto tiene el propósito de conservar los libros para que no les crezcan hongos o no los devoren ciertas plagas. Pero ahora, cuando la amenaza del SARS-CoV-2 está en todas partes, los lugares públicos sin ventilación son territorios de sospecha de contagio.
A pesar de esto, creo que habría que pensar en las bibliotecas como un refugio. Incluso su arquitectura invita al silencio y a la quietud que se precisan para el estudio y la lectura atenta. Desafortunadamente, por ahora ni siquiera me queda el consuelo de que cuando se vuelva insoportable permanecer en casa, tenga la posibilidad de escaparme a la biblioteca, como solía hacer antes.
También las bibliotecas podrían ser un refugio donde nos convertimos en lectoras sin pasar por el filtro del consumo. Comprar libros muchas veces resulta un lujo. Y hay que agregar el hecho de que hay libros que sólo se necesitan para hojearlos, para leer algunos capítulos, para obtener cierta información que no se encuentra (aún) en la web. Por eso aventuro una conjetura: las bibliotecas públicas son islas de resistencia al consumo individual de libros.
El verano pasado la gente se indignó porque una famosa librería quebró debido a la crisis económica ocasionada por la pandemia. A mí me cuesta mucho esfuerzo defender las librerías porque eso implicaría defender el libro como objeto mercantil. Lo que no me cuesta esfuerzo es defender las bibliotecas públicas. Este país, que tiene más librerías que bibliotecas públicas, se enajena defendiendo la compra y venta de algo que nunca debió convertirse en objeto mercantil. La gente pide que no quiebren las librerías cuando sería más sensato crear más bibliotecas públicas desbordadas de libros.
Creo que Bradbury tenía razón. Vamos a tener que memorizar el contenido de los libros. Pero no porque en el porvenir una sociedad distópica los prohíba. Bajo el capitalismo no se prohíbe el consumo de objetos mercantiles y los libros son de hecho un objeto mercantil. Así que no se prohibirán los libros. Pero quizá en el porvenir, bajo la tiranía de los derechos de autor, no haya más bibliotecas. Tal vez se vuelva un crimen compartir libros. No parece improbable que en el futuro paguemos elevadas cuotas para acceder al conocimiento. Es decir que sólo pagando podremos leer. Eso dejaría sin libros a la gran mayoría de la población, ya de por sí precarizada. Digo que no es improbable que suceda porque de hecho pasa en el presente. Tan solo por poner un ejemplo: el último libro de Fernanda Melchor, Páradais, publicado este año por Penguin Random House, contiene la leyenda: “Queda prohibido bajo las sanciones establecidas por las leyes escanear, reproducir total o parcialmente esta obra por cualquier medio o procedimiento así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin previa autorización.” Es decir que si una biblioteca comunitaria prestara ejemplares de Páradais sin la autorización de Penguin Random House, entonces podría ser sancionada. Lo cual, si llegara a suceder, sería un hecho infame.
Lo que llama la atención es que monopolios editoriales como Penguin Random House defiendan a capa y espada los derechos de autor. Esto contrasta notablemente con las pequeñas editoriales independientes que cada vez editan más libros bajo la licencia Creative Commons o incluso con copyleft, la antítesis del copyright.
Quiero creer que el miedo a que desaparezcan las bibliotecas públicas es un miedo infundado. Sin embargo, al leer opiniones como la de Tim Worstall, pienso que quizá no esté tan equivocada. En 2014, Tim Worstall, un colaborador de Forbes, escribió: “Cerremos las bibliotecas de préstamos y compremos a todos los ciudadanos una suscripción ilimitada de Amazon Kindle.” De este modo habría un ahorro significativo al presupuesto público, de acuerdo con los cálculos de Worstall, ya que comprar suscripciones de Amazon Kindle para todos los ciudadanos del Reino Unido implicaría menos gastos que seguir manteniendo las bibliotecas públicas. Opiniones así me hacen sospechar que personas como Worstall no son asistentes asiduas de bibliotecas pero sí fieles usuarias de sus smartphones.Ante tal panorama, donde las bibliotecas pasen a ser lugares legendarios y quiméricos, nos quedará una única alternativa: alentar la rebeldía, la insumisión. Por eso surgen proyectos como Pirateca. Pero si también nos prohibieran o nos limitaran el acceso a la Pirateca y plataformas similares, entonces nos orillarán a un último recurso: memorizar los libros como rezos personales para luego poder recitarlos a nuestras amigas en lugares clandestinos donde la ley no sirva más que para desobedecerla.
Nitz Lerasmo (Ciudad de México, 1994) estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías Exploraciones quiméricas Vol. I (Grupo Editorial Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de la plaquette Instantáneas (Ediciones Awen, 2021).
Es probable que muchos estén familiarizados con la historia de los 100 Tampones, gracias a un video que se volvió viral a través de redes sociales. En 1983 Sally Ride se convirtió en la primera mujer Americana en llegar al espacio. Este no fue solamente un hito en su carrera, sino un avance importante para las mujeres dentro de los campos de la ciencia y la tecnología.
Sally relató algunas de las experiencias que vivió con sus compañeros y colegas, quienes tuvieron dificultades para adaptarse a la presencia de una mujer en un área predominantemente masculina. Ingenieros de la NASA se acercaron a ella para interrogarla y solicitar su ayuda en el desarrollo de un kit de maquillaje, asumiendo que sería una de las necesidades de Ride durante su estadía en el espacio. También fue cuestionada con respecto al número de tampones que la astronauta requeriría para los seis días que duraba la misión. Le preguntaron a Sally si 100 tampones serían suficientes, a lo que ella respondió que no, aquella definitivamente no era la cantidad correcta. El público y la prensa mostraron actitudes similares al interesarse más por los cosméticos que Sally llevaría consigo que por conocer las aptitudes que demostraba en su profesión.
La historia resurgió a raíz de la canción que la comediante estadounidense, Marcia Belsky, compuso y cantó para su show en Comedy Central y ha sido narrada por varios medios como History, National Geographic y The Washington Post.
Mujeres en la Ciencia y la Tecnología en México.
Cuatro décadas después, la inclusión de las mujeres en los campos científicos y tecnológicos deja todavía mucho que desear. En México, de acuerdo con un artículo de la revista Forbes publicado en febrero del 2020, tan sólo el 30% de las mujeres se decanta por una disciplina STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Únicamente 3 de cada 10 científicos son mujeres. Por su parte, Ana Luisa Gutiérrez menciona en su artículo de El Financiero, publicado en marzo de este año, que tan sólo el 9% de las firmas de tecnología en nuestro país son encabezadas por una mujer.
Existen muchos factores detrás de esta problemática, uno de ellos el ambiente de sexismo que prevalece en la sociedad Mexicana. Las mujeres son constantemente cuestionadas con respecto a sus habilidades, una verdad aplicable a todas las áreas y que se agudiza en aquellos campos con presencia mayoritariamente masculina. Existe una presión adicional por demostrar su valía y un discurso que frecuentemente manifiesta escepticismo con respecto al lugar que las mujeres merecen dentro del mundo STEM.
Mariana Cedeño es Ingeniera, egresada de la carrera en Sistemas Computacionales en el año 2020. Recuerda como una de las primeras advertencias que recibió, justo al inicio de su vida universitaria, fue que no le sorprendiera si sus compañeros la percibían como Blondie, un término anglosajón utilizado para referirse a una mujer estereotípica de gustos básicos y poca inteligencia. Que eso sucedía a menudo, pero que una acababa por acostumbrarse.
Para Mariana, este comentario contribuyó a la idea de que no tenía permitido fallar dentro del aula. Como mujer no podía darse ese lujo, pensaba que sería inmediatamente asociado a una desventaja de su género. Tampoco se sentía libre para vestirse o arreglarse todo el tiempo de la manera que ella quisiera: presentarse de una forma demasiado “femenina” podría contribuir a que sus compañeros y maestros la tomaran menos en serio.
Alejandra Vázquez se graduó de la misma carrera, Sistemas Computacionales, en el año 2017. Su novio, Eric, egresó junto con ella por lo que decidieron enviar solicitudes laborales a las mismas compañías. Tras pasar exitosamente varios filtros en una conocida empresa trasnacional en México, Alejandra recuerda como uno de los managers le comentó lo bien que le había ido durante el proceso. Luego le preguntó si no le había copiado el código a su novio. La habilidad de Eric, por supuesto, jamás fue cuestionada, incluso cuando Alejandra se había graduado con mejores credenciales.
A pesar de obstáculos como el sexismo, la invisibilidad y la falta de apoyo, ellas continúan abriéndose paso a través del mundo de la Tecnología. Si le preguntan a Mariana quién ha sido una inspiración en su carrera y una motivación para seguir adelante, menciona a la matemática e ingeniera de software Margaret Hamilton. También considera como un tema relevante el que las mujeres sean educadas desde jóvenes en asuntos financieros, que construyan su propia independencia económica y luchen por acceder a salarios competitivos.
Aunque Alejandra y Mariana forman parte del 30% que se decantó por una disciplina STEM y consiguió finalizar su carrera de manera exitosa, no todas las que inicien este camino llegarán hasta la meta. Atraer un mayor número de niñas a la ciencia y a la tecnología es uno de los retos, disminuir las tasas de deserción otro. Prejuicios, estereotipos, y sesgos tanto en los sistemas educativos como en los lugares de trabajo constituyen uno de los obstáculos a resolver en la búsqueda de un ambiente más equitativo y justo.
Es importante mencionar también que, si bien todas las mujeres están expuestas a estos obstáculos, aspectos como la raza, la edad, la clase socioeconómica, la orientación sexual, etc, pueden constituir serios agravantes.
La importancia de involucrar mujeres en la ciencia y la tecnología.
Así como en la historia de Sally Ride y los cien tampones, mientras las áreas STEM no muestren mayor diversidad e inclusión en sus filas continuarán dándose casos de importantes sesgos en sus estudios y desarrollos. Las mujeres aportan una perspectiva distinta, experimentan situaciones específicas y por lo tanto pueden brindar soluciones nuevas. Se trata por supuesto de una prioridad en materia de igualdad, pero además conlleva beneficios económicos significativos. Según datos de Women Matter MX, cerrar la brecha de género representaría un crecimiento económico de más de 12 trillones de dólares al PIB global para el año 2025 y más de 70% al PIB de México.
La pandemia actual nos ha demostrado la relevancia de la ciencia y la tecnología en nuestra vida diaria, así como el impacto que tendrá en nuestro futuro próximo. Es de suma importancia asegurarnos que las herramientas del futuro se desarrollen con perspectiva de género. Se requiere una profunda comprensión del problema y entender cuán lejos estamos de alcanzar la equidad laboral, pero es nuestra responsabilidad comenzar a informarnos y plantearnos qué acciones están a nuestro alcance para desaparecer la brecha de género.
Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.
Volviendo al conversatorio decidí continuar hablando aunque mi voz fuera torpe y mi discurso no recurriera las grandes figuras literarias, a los nombres o a los datos, sino que partiera de mi experiencia. El temor y los nervios se disolvieron con mis compañeras, que complementaban lo que yo decía, incluso en la discordancia.
Las Manos Por Anyela Botina 1. Abrir las manos es un gesto para decir amor, lo que nadie sabe es que abrir las manos es escarbar una grieta.¿Sabías que el corazón tiene la misma forma que el puño de una mano? Me lo dijiste una vez—¿lo recordarás ahora?Hay una palabra aún innombrada, hecha de aquello…
Por Mijal Montelongo Huberman Cualquiera puede imaginarse un paisaje en la naturaleza. Una imagen estática y pacífica con pastos, algunas hierbas y árboles. Tal vez haya alguien que le agregue algún animal, un cielo azul, un poco de niebla o nubes. Otras personas visualizan una playa con el agua en movimiento. Estas imágenes son tan…
Hace unos días tuve la fortuna de viajar a Corea sin salir de México y hoy vengo a compartirles mi experiencia, a decirles cómo pueden hacer para vivir lo mismo.
Todo inició porque vi una convocatoria en la página oficial de la embajada de Corea del Sur en México, en ésta solicitaban personas para degustar el snack «Sea Munchies», un producto hecho por las cooperativas pesqueras de Corea. Como lo especificaron en el formulario, de resultar elegida debía publicar fotografías de la desgustación, sin embargo, creo conveniente sumarle este artículo porque a través de este snack podemos adentrarnos en un tema muy interesante: la hermandad entre Corea y México.
Desde el primer bocado de «Sea Munchies» percibí un sabor poco familiar para mí como mexicana, porque estamos hablando de una botana hecha con alga marina y un toque de dulce. Por un momento no estuve segura de cómo describir esta sensación, cómo definir lo que saboreaba y sus implicaciones. Sin embargo, de inmediato lo supe: probar «Sea Munchies» es transportarte a la hora de comida de una familia coreana, ver a los estudiantes compartiendo la botana, tomar soju, el azadador en el centro de la mesa, oler el kimchi, probar topuki en Corea, sentir que estás dentro de uno de esos K-dramas que tanto te gustan…
Así de representativo es el sabor de este snack, cosa que comprobé cuando lo primero que vino a mi mente fue el recuerdo de mis amigos coreanos describiendo los sabores de su tierra, y luego el darme cuenta de que lo que describían era lo que yo estaba probando ahora, era ese sabor dulce y picante, era el pescado fresco, era el alga marina en cubitos.
Fue, en cierta forma, cumplir mi sueño dorado de ir a Corea. Jamás he visitado el país (me encantaría hacerlo), pero lo he conocido por medio de anécdotas de algunos coreanos a los que considero amigos y de K-dramas, me enamoré de esa cultura y ahora puedo decir que la viví de cerca desde la comodidad de mi casa.
Pero «Sea Munchies» va más allá de eso, también es un snack que vino a ayudarnos a unir culturas y personas, por lo mismo les comentaba que se puede observar la hermandad entre dos naciones por medio de esta degustación. Estoy segura de que quienes los consuman van a interesarse por Corea si es que nunca lo habían hecho, se van a fortalecer lazos entre nuestras culturas que, de por sí, ya apreciamos mutuamente.
Imagino, desde ahora, cómo se van a dar muchos encuentros entre coreanos y mexicanos en torno a los «Sea Munchies», todo el intercambio de conocimiento sobre gastronomía que habrá. Sin duda, los coreanos que residen en México podrán volver a su país, aunque sea de manera simbólica, si adquieren esta botana o si se las comparte un mexicano. Por supuesto, también será posible llevar a los mexicanos hasta Corea con tan sólo compartir los «Sea Munchies».
Por si fuera poco, conseguir una bolsa de este snack va a ser realmente muy sencillo en breve, sólo hay que estar muy pendientes de las publicaciones del Centro Cultural Coreano. Pronto, nos van a compartir más noticias sobre cómo adquirir «Sea Munchies» ya sea en su presentación original o en su versión adobada.
Michelle Chalico Fajardo
Michelle Fajardo es estudiante de la licenciatura en creación literaria en la UACM y creadora del proyecto «tallercita de k-dramas» donde se imparten clases de guionismo para mujeres pero basándose en el formato de las teleseries coreanas. Ha creado, además, los proyectos de educación comunitaria «poesía y k-pop» y «dance cover k-pop multifandom» por los que fue acredora a un lugar en la mesa de proyectos 2019 del «LEVADURA. Encuentro internacional de educación comunitaria» por parte del CUENCA (Secretaría de cultura de CDMX). Ha sido ganadora del torneo mundial de oratoria y poesía feminista «Slamfem» de la FIL Zócalo 2018, colaboradora del diario español «La Verdad» a través de su portal «Canal literatura», colaboradora del INAH y del medialab- Prado de Madrid como parte de la Laboratoria: mujeres en el museo, proyecto para visibilizar el arte creado por mujeres. Es parte del equipo de la Coyol y ha publicado en diversos medios electrónicos como «Poesía de Morras» y la revista «Enpoli».
Yace posada en su cama con un paño humedecido de agua fría sobre la frente, su temperatura corporal es alta y los mareos le provocan sueño. Duerme casi todo el tiempo, solamente despierta un par de horas para comer algo de fruta y tomarse los medicamentos. Desde que le detectaron el virus su vida ha cambiado por completo. El teléfono ya no suena, nadie llama. El cortinaje de color rosa que le fascinaba, la lamparita de plasma sobre el buró y el florero que le regaló su hermana Elena, habían sido retirados de la habitación. Incluso la habitación había perdido la esencia misma, nadie había entrado a batir las telarañas de los rincones, las paredes se hallaban pálidas. Todo había sido arrasado por aquella ola de encierro y angustia. Solamente una cosa quedaba en la pared: un cuadro con la imagen de un ángel de rostro afilado, de ojos azules penetrantes y con alas enormes extendidas en un cielo azul. Era el cuadro del ángel lo primero que veía cuando abría los ojos, el cuadro con aquel rostro más que humano le curaba el sentimiento de soledad, dejaba de sentirse abandonada.
Sentía los mareos cada día más intensos, los dolores de cabeza eran casi insoportables. El médico llamaba para cerciorarse de que se terminara las cajas del medicamento, ya que no debía tomar nada más. Ya nada era efectivo. Ella expiraba. Una tarde, entró Daniel a la habitación, lo veía en la silla, opaco, con el mismo rostro pálido y suave de su juventud, y las mismas líneas del rostro manso y entrañable de la luna de miel. Permaneció mirándola con ternura por un largo rato. Ella quería que brotaran las palabras de su boca, pero el no dijo nada. Después de unos minutos la puerta se abrió y Elena entró para desclavarlo de su vista. Pudo escuchar como los pasos de los dos se detuvieron junto al pasillo. Hablaban de la casa y de su distribución, del comedor con chapa de oro, de la biblioteca, de los cinco dormitorios, incluyendo el suyo. Hablaban del auto que ella dejaría de usar cuando muriera.
Pensó que estaba alucinando como reacción a la potencia de los malestares, pero eso no podía suceder, no podía ser posible todo aquello en un plano tan real; allí estaban sus voces auténticas en la esquina del pasillo, el teléfono parpadeante de luz azul, las sabanas ásperas de la cama, el cuadro del ángel. Intentó soltar un grito, quería hablarles, pedirles una explicación, pero apenas podía tomar aire para despedir una voz delgada y sutil que nadie escuchaba.
Los días se volvían sombríos y las noches era aún más oscuras, su vista se volvía turbia, aunque todavía alcanzaba a distinguir la silueta de su hermana y la de Daniel que se paseaban tomados de la mano por toda la habitación. A ratos se daban besos, luego se acariciaban el rostro y después huían muertos de risa. Nadie entraba a la habitación para velar por ella, nadie venía a dulcificarla. Por las madrugadas de angustia, entre delirios, los veía llevándose el auto, empacando sus joyas, saqueando su habitación y llevándose el cuadro del ángel mientras ella reposaba en un sarcófago que cargaban hombres vestidos con túnicas negras.
Una de las tantas noches de desesperación y sollozo, pudo ver una silueta de gran estatura con forma de ángel, tan parecido al ángel del cuadro, que se posaba al píe de la cama. Esa fue la primera noche que el ángel se hizo presente. Permaneció estático, batiendo sus alas suavemente, ella estaba silenciosa, sin fuerza para poder abrir la boca y decir algo. Simplemente miraba extasiada, la silueta que se hacía en cada instante más nítida. Luego se evaporó en medio de aquella oscuridad.
La segunda noche que el ángel se posó en la habitación, ella se atrevió a jalar aire para hablar con él, le preguntó quién era y que era lo que buscaba.
—Soy la única cosa que tú creas que soy —respondió el ángel.
—Creo en lo que eres y creo en lo que tú sabes. Creo en tu hermosura y en que vives, como yo vivo. Mírame, estoy muriendo. Quiero saber qué es lo que sucede. ¿voy a morir?, ¿quién va a quemar todo lo que es mío? Insistía ella. — tu puedes ayudarme
—
El ya no respondió y volvió a irse, como la vez anterior, sin decir nada.
Al amanecer, el médico llamó para anunciarle que le quedaba una semana de vida, la respiración se le estaba cortando. Elena y Daniel ya no entraban a la habitación o tal vez no lograba verlos, ni escucharlos tan claramente. Allí estaba en su cama, agonizante, pidiendo amparo al viento que se arremolinaba por la ventana. El ángel volvió por tercera vez y se sentó al costado de la cama, le acarició la frente y le colocó el paño humedecido con agua helada. Ella pudo verle el rostro con claridad, era el ángel del cuadro, con los ojos azules y el rostro afilado. Se sentía complacida de haber visto el rostro más hermoso del mundo antes de morir. Entonces, el teléfono timbró tan fuerte que la despertó de sobresalto. Era el médico que le recordaba que la cuarentena ya había terminado y que podría salir a festejar su cumpleaños. Ella se quitó el paño de la frente y se levantó de inmediato, lo volvió a humedecer y se puso a sacudir aquella habitación rebosante de olvido, limpiando cada rincón, limpiando el cuadro del ángel con sumo cuidado.
Jazmin Alejandra Morales Becerril
Estudiante de agronomía en la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), le gusta leer y escribir cuentos y poemas. En el 2018 fue ganadora del primer concurso de poesía de la UACh.
Las hormigas se abrieron paso a través de la pared. Ayer llovió toda la tarde, y para cuando te diste cuenta, una hilera interminable se deslizaba por un minúsculo agujero y caminaba a lo largo y ancho de la habitación. Tu pareja te gritó, furiosa porque su cama estaba infestada. Tu permaneciste en silencio.
El encierro no beneficia al amor. Pasas tanto tiempo con una persona, que sus virtudes se convierten en defectos, el sonido de su voz te martillea la cabeza y su silencio te recuerda al abismo del futuro. No puedes escapar de ti mismo; no puedes pedir a las voces que guarden silencio, porque ríen y gritan más fuerte. Antes las ignorabas, fingías que todo estaba bien cuando salías y pretendías que nada te importa, que el presente es eterno, que nada puede hacerte daño. Ahora, encuentras que la quietud te asfixia, que tu vida no tiene sentido una vez que te sientas, miras al frente, y lo único que encuentras es vacío. Lo peor de tu prisión es que, cuando tengas la oportunidad de salir de nuevo, las voces seguirán ahí, acalladas de vez en cuando por el sonido de otras voces, por la visión de colores y olores abrumadores. Pero hoy solo existe este momento. Este es un punto de quiebre; nada volverá a ser lo mismo porque las hormigas han atravesado la pared de concreto.
Las ahogarás con insecticida, pero eso no impedirá que salgan por el agujero que escarbaron con el mayor cuidado. Muchas agonizarán frente a ti, pero sus hermanas seguirán mordiendo la pared de forma implacable. Incluso cuando halles cemento y logres tapiarla, las hormigas buscarán otro trozo húmedo, inestable, de los muchos que se caen a pedazos en tu hogar. No se irán hasta que fumigues cada espacio. Pero no puedes hacerlo ahora, nadie puede salir de este lugar, estás condenado a que atraviesen la pared de nuevo y se suban a tu cama, recorran tu cuerpo con sus patas ágiles y finalmente te muerdan los labios.
Al mirarte la herida en el espejo, hallarás a una persona que no reconoces, demacrado, más delgado que de costumbre, que te repetirá palabras que antes no te daban miedo, pero que ahora te aterran. Observarás la ropa que usas cada día, desde que te levantas hasta que te vas a acostar. A simple vista luce igual que siempre, pero sabes que, si alguien te olfateara, se desmayaría por el tufo a sudor y lágrimas que desprendes. Mirarás al desconocido que duerme a tu lado. Un odio profundo surgirá de tus entrañas. Detestas su rostro fresco, su respiración tranquila. Las hormigas no se han subido a su cuerpo. Deseas que se metan a sus ojos y le dejen ciego. Odias su olor a limpio, a entereza y esperanza. Odias ser el único que no encaja en el silencio y la quietud.
Sales de la habitación, asustado por la intensidad de tus sentimientos y te diriges a la ventana de la cocina. Fuera, ha dejado de llover. Los labios hinchados te palpitan, y te das cuenta que las hormigas no te mordieron; fueron tus dientes los que se hincaron en tu carne hasta hacerla sangrar. Tu pareja riega la cactácea de la ventana cada mañana. Le has repetido hasta el cansancio que eso la matará, que está hecha para soportar temperaturas altísimas, y que el exceso de agua la pudrirá. Pero no te escucha, nunca te escucha. Incluso hay un charco debajo de la maceta. De un manotazo, tiras la planta al suelo. Las espinas se clavan en las palmas de tus manos, pero no te importa. Haces que el corte se profundice aún más al apoyar la palma contra la ventana. Pequeñas gotas de sangre se escurren como lágrimas y dejan un rastro oscuro. Tus ojos están secos. Pronto será de mañana, y tú sigues encerrado. Y las hormigas no dejan de escarbar.
Lucía Ortíz Marín
Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas de la FES Acatlán. Tiene la firme convicción de que la vida es tan corta que no vale la pena sufrir por ella y que la educación salvará al mundo
Me levanté a las tres de la mañana como todos los días, serví agua en un pocillo y le eché un pedacito de canela para hacer el café. Encendí el radio y me extrañó que ya estuvieran transmitiendo noticias en vez de música, como era costumbre a esa hora.
El locutor hablaba de un virus nuevo y repetía las mismas palabras muchas veces: “desconocido”, “muy contagioso”, “potencialmente mortal”. Subí el volumen cuando dijo que el gobierno había ordenado que todas las personas se quedaran en sus casas y que sólo se permitiría salir para comprar alimentos o medicamentos.
—Qué pinche escándalo traes, ¿estás sorda o qué?
Ramón se había levantado de mal humor. Intenté explicarle lo del virus nuevo, pero me dijo que esos eran inventos y que debía ser yo muy pendeja para creer en esas cosas. Se tomó el café y se fue a trabajar.
Los insultos en casa eran comunes, empezaba diciendo que él arriesgaba la vida todos los días en su trabajo como oficial de seguridad privada para traer comida a la mesa y que yo era una inútil, que no cocinaba bien, que tenía la casa hecha un muladar y que por mi culpa Fede no había aprendido a leer todavía y por eso estaba repitiendo primero de primaria. Decía constantemente que él trabajaba como burro para mantener a su familia y que yo era muy mala esposa.
Cuando escuchas esas cosas casi todos los días, empiezas a creer que son verdad. Tal vez yo sí era una mala esposa porque la realidad era que no me gustaba cocinar, ni planchar uniformes, ni lavar trastes; y nunca tenía ganas de ayudarle a Fede con la tarea.
Ramón tenía turnos de doce horas, salía de la casa a las cuatro de la mañana para llegar al trabajo a las siete y, por la noche, regresaba como a las diez. Si en el radio iniciaba la barra musical de las doce y él no había llegado todavía, yo hacía tapones de algodón para ponérselos en los oídos a Fede, porque el retraso de Ramón casi siempre significaba que había agarrado la borrachera y que vendría a descargar su furia en mis pómulos.
Al día siguiente despertaba crudo y con culpa, se hincaba para pedirme perdón, me rodeaba con los brazos y me prometía que no pasaría nunca más, que dejaría el alcohol y que trabajaría muchísimo para ahorrar y comprarnos una casita en una colonia mejor, donde las calles estuvieran pavimentadas y todas las casas tuvieran agua potable. Pero nada de eso era verdad, yo sabía que seguiríamos viviendo en aquel asentamiento irregular y que él seguiría golpeándome.
El locutor anunció que el gobierno entregaría kits de higiene casa por casa, que instalaría carpas con personal médico para hacer pruebas y detectar contagios; y que los enfermos graves serían trasladados en ambulancia a los hospitales, donde recibirían atención gratuita. En nuestro barrio no pasó nada de eso, las carpas, las pruebas y los kits de higiene nunca llegaron; las ambulancias para trasladar a los enfermos, tampoco.
No había pasado ni un mes de cuarentena cuando la compañía de seguridad privada en la que trabajaba Ramón despidió a casi todo el personal porque ya no había oficinas que cuidar, bueno, oficinas sí había, pero estaban vacías porque las personas ahora trabajaban desde sus casas. Ahí fue cuando la cosa se puso realmente fea.
A Ramón le dieron una liquidación escuálida que se gastó casi completa en alcohol, los golpes se hicieron cada vez más frecuentes porque estaba aburrido del arroz con frijoles, porque aseguraba que era mi amante quien estaba del otro lado del teléfono cuando alguna amiga me llamaba a la casa, porque Fede hacía mucho ruido o porque la caja del dinero se vaciaba muy rápido. Estaba en la casa todo el día y me golpeaba prácticamente por cualquier cosa.
Una noche que me acosté con las tripas haciéndome ruido, recordé mi infancia en el pueblo. Nunca teníamos dinero en efectivo, pero tampoco pasábamos hambre. Había costales de maíz, arroz y frijol; leche fresca, huevos y, si la cosecha no se lograba, matábamos un puerco para comer. Cualquiera que haya visto cómo se mata un puerco, sabrá que el animal chilla con una fuerza brutal mientras se le clava una punta afilada por detrás de la pata delantera izquierda. Yo había aprendido el lugar exacto donde se ubica el corazón de los cerdos, viendo a mi padre hacer eso en el pueblo cuando era niña y había aprendido también qué partes del animal son las mejores para comer y cuáles se deben tirar.
Tenía aquella escena en mi cabeza cuando percibí un tufo de alcohol que inundó la habitación, permanecí acostada de lado y fingí estar dormida mientras Ramón se quitaba la ropa y se metía bajo las cobijas. Quise rogarle que me diera tregua, que permitiera a mi cuerpo sanar y me dejara dormir, pero ni siquiera me dio tiempo de hablar. Me arrancó los calzones y así como estaba acostada de lado me embistió con fuerza. Sentí mi carne desgarrándose y luché por apartarme, pero él me tomó del cuello desde atrás y me apretó tanto que sentí que me asfixiaba.
Tuve mucho asco del miembro de Ramón penetrando mi cuerpo y también de la manera en que me trataba, de todos los golpes que me había dado y de lo precaria que se había vuelto mi vida con él. Empezaba a abandonarme al dolor y a la humillación cuando Ramón terminó e hizo un sonido raro entre quejido y chillido que trasladó mi mente otra vez al chiquero de los puercos.
Todavía me ordenó que le preparara otra cuba, así que llené un vaso grande con mucho ron y poco refresco y lo miré bebérselo entero, después otro y otro más. Tuvo temblores, su rostro perdió color y finalmente se quedó acostado con los ojos entreabiertos y la cabeza ladeada sobre la almohada.
Fui a la cocina por el picahielos. Las arcadas que sentí cuando regresé al cuarto, me confirmaron que aquello era una pocilga, había vómito y mierda por todos lados, y un puerco quieto resignado a su destino fatal.
Aparté el brazo izquierdo, tomé el picahielos con ambas manos y usé todo el peso de mi cuerpo para perforar e introducir el instrumento por debajo de la axila. Había que actuar con decisión para provocar una muerte rápida y evitarle sufrimiento innecesario al animal. Saqué el picahielos y la sangre empezó a salir a borbotones. Hubo fuertes chillidos como siempre y, luego de un rato, el puerco se quedó completamente inmóvil.
Las labores de limpieza y descuartizamiento me llevaron toda la noche, pero cuando terminé y miré el congelador lleno de carne, sentí un gran alivio porque era más que suficiente para que Fede y yo nos alimentáramos durante varias semanas. Volví a confirmar que para sobrevivir no hace falta tener dinero en efectivo, sino que basta con matar un puerco para comer y esperar tiempos mejores.
La epidemia aún duró varios meses y miles de personas murieron. Cuando llegaron camiones con logotipos del gobierno cargados con material de construcción, pensamos que iban a levantar un hospital, pero lo que hicieron fue un crematorio. La gente de la ciudad había empezado a quejarse por la contaminación que generaban las incineraciones en sus colonias, así que la solución había sido trasladar el humo a otra parte.
Varias familias vecinas del barrio envolvieron a sus muertos en sábanas y los llevaron ellas mismas cargando hasta el crematorio. Nadie les pedía datos ni les entregaba documentos. Habíamos sido inexistentes para el gobierno durante años y no empezaríamos a figurar en los registros ahora que nos estábamos muriendo.
Fede ya iba en segundo de primaria cuando el locutor informó que el gobierno realizaría un censo para identificar los hogares que habían perdido a jefes de familia durante la epidemia y darles un apoyo económico a las viudas y los huérfanos. Pensé que no nos tomarían en cuenta, pero cuando una señorita llegó hasta nuestra puerta portando logos del gobierno en su gorra y su playera, recordé que cada seis años, cuando los partidos necesitan votos, a nosotros nos vuelven a contar en los censos.
La señorita preguntó si alguien de nuestra familia había muerto.
—Sí, se llamaba Ramón Valencia, ¡qué le puedo yo decir! Era muy trabajador, imagínese que incluso después de su muerte, a Fede y a mí no nos faltó el sustento, y todo gracias a él. Siempre fue un gran proveedor.
Paloma Villanueva Cruz
Comunicóloga feminista. Trabajó como reportera en el periódico Reforma durante 5 años y posteriormente se incorporó a la sociedad civil como parte del equipo de comunicación de Oxfam México; siempre con la intención de contar las historias de quienes son invisibles para la mayoría, y en especial, las de las mujeres.
Integrante de la primera generación del diplomado en Formación de Agentes para la Igualdad de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Lectora entusiasta, corredora y amante del bosque. Ha llegado a la literatura creativa a sus 32 años y planea quedarse un tiempo.
Caminando por la bahía de pronto se me vino a la mente una cosa, imaginé todo el planeta tierra girando alrededor del sol y nos vi flotando en el universo; ese pensamiento era tan maravilloso que es uno de mis más gratos recuerdos de mis días de concientizar mi entorno.
Otro día imaginaba ver una lluvia de estrellas con tanto anhelo que una noche me encontraba inmersa en mis sueños, en medio del universo interminable, mientras caían de manera consecutiva una tras otra a mi alrededor, así que, el día que por primera vez vi una lluvia de estrellas me asomaba por las rendijas de la ventana esperando ver pasar algunas, cuando sucedió…sentí una emoción tan grande que guardé una foto en mi mente en mi sitio demejores recuerdos de la vida.
Y de pronto mientras escribo, se me vienen a la mente tantos momentos como estos que me lleva a un recuerdo…me veo en la noche caminando por la calle en frente de mi casa a luz de luna, una luz tan brillante que me permite caminar con tranquilidad porque puedo observarbien mi camino, ese camino que, sin imaginar en ese momento, era el camino que estaba destinado para mi hasta el punto en que me encuentro ahora.
Una vida llena de aventuras, miedos, temores, aprendizajes, alegrías y sobre todo con más valor por mí misma con cada experiencia a la que me desafío. No importa si las cosas no salen como las planeo, voy por la vida tomando lo bueno.
Todas las mujeres deberíamos estar consientes de lo maravillosas que somos y darnos cuenta del poder de nuestros pasos en el andar diario, nuestras pisadas dejan semillas que renacerán cuando las nubes de nuestros pensamientos se descarguen sobre nuestro poder interior y dejemos que las flores crezcan en la tierra.
Adi Zapata
Adi Selena Zapata Zacarías es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de Quintana Roo, ex alumna del Diplomado Internacional en Liderazgo Ético y Emprendimiento de Proyectos Sociales del Instituto de Formación Fondacio América Chile. Actualmente es investigadora social en temas de violencias, delincuencia e inseguridad en jóvenes.