Día 14,610, hoy me miré al espejo y solo encontré una silueta desalineada, andrajosa, con una mirada de parpado caído, en silencio me preguntaba ¿Dónde estaba mi otra yo? con esa alma de estrella fugaz que me caracterizaba, ¿Dónde estaba mi sonrisa quisquillosa?, ¿Dónde estaba ese cuerpo asfáltico? que tanto me encantaba, debí dejarlo en mi otro saco, o tal vez solo me lo comí, de prisa, denme un laxante, debo vomitarlo, mis manos recorrieron mi rostro y una duda surgió de nuevo en mí, ¿Qué es esto que brota de mi iris? debo tener un tsunami dentro que ya no haya escapatoria y su oleaje se desborda por cada poro de mi piel, me recostare en mi tina y me bañare entre suspiros y sales. Sales que algún día supieron al más tierno algodón de azúcar, pero no hay escapatoria, así se siente envejecer, en mi cumpleaños número sesenta, me di cuenta que en realidad no era tan vieja y que jamás podría ganarle al testarudo ciclo de la vida (nacer, vivir, comer, comer, reproducirse envejecer y morir), caí en cuenta que ya había perdido demasiado tiempo, en no aceptar lo que era inevitable, deje de teñirme el cabello y le di la más cordial bienvenida a mis enmarañadas canas, guarde la brocha que se paseaba de arriba, abajo en mi mentón y deje de cubrir mi vergüenza, una vergüenza que apareció a los cuarenta y que me acompaño por veinte años, esa vergüenza lejos de todo lo malo se convirtió en felicidad, una felicidad que construí, desde que nací, pero que un momento de mi vida perdí, por los estúpidos canones de belleza, que son impuestos por una sociedad consumista, ahora me doy cuenta que no importa que mi cuerpo haya cambiado porque es el estuche que alberga mi alma, mi piel imperfecta se convirtió en perfecta en cada arruga que decidió nacer, postrarse y no dejarme, la madurez que creció en mi a través de tantas vivencias, en miles de sorbetes de café, me hicieron la mujer sabia, que hoy por fin acepta su vejez.
Soy Itzayana Guillén, nací en la Ciudad de México y radico en Chiapas, soy licenciada en pedagogía de la Universidad Autónoma de Chiapas, he sido maestra de preescolar y de secundaria, la escritura ha sido mi confidente, le ha dado voz a mis pensamientos, he participado en la página de Poetripiados y en el Festival Mesoamericano de Poesía, con mis poemas de corte vanguardista, me gusta crear y mezclar cosas sin sentido, con mis letras entraras a un mundo totalmente extraño. En la narrativa dejo que cada personaje cuente su propia historia.
Tenemos cabello que nos cubre desde la cabeza hasta la punta de los pies, tenemos ojos, nariz, labios, piel que envuelve más que músculos y nervios. Tenemos senos, pezones, vientre, vulva, vagina, piernas; Tenemos historias que no contamos que se esconden en la profundidad de la garganta y gritan de desespero por los poros pintando nuestra cuerpa de colores que no entendemos, sonidos que no escuchamos pues hemos aprendido a callarlos mirando a otro lado.
Somos intrusas, viles extranjeras, en la piel que habitamos. Nuestra cuerpa callada anda por el mundo arrastrando con sus piernas rotas el peso de la existencia relegada a la sombra de los escaparates de belleza que venden fantasías, que buscan con desespero hacer salivar la vista.
Tenemos cansancio, enfermedades que dicen solo las mujeres padecemos, quizá sea porque tenemos violencias que producen sentimientos que solo las mujeres padecemos. Quizá sea porque tenemos miedos que sólo las mujeres entendemos.
Calladas, preocupadas, tragando las emociones sin digerirlas nos convertimos en guerreras enojadas y valientes que ellos llaman histéricas. Llaman somatización a las historias que se escriben con hierro caliente en nuestras pieles y compartimos con nuestras hijas y las hijas de nuestras hijas, somos construidas por el hilo de historias que recoge fragmentos de todas las que fuimos, somos y seremos.
La cuerpa se construye en todos los tiempos: somos pasado, presente y futuro de todos los colores cada día un poco más turbio, cada día un poco más brilloso… Cada día un poco más culpables de haber aprendido a no sanar esta vida que nos escupe apenas la ecografía dice que somos niñas.
Y la cuerpa calla, calla y resiste aprendiendo a agachar la mirada. Aprendiendo a esconderse entre prendas de ropa holgada, aprendiendo desde niñas a andar con las piernas cerradas porque la falda no nos permite correr con la misma libertad que los compañeros de nuestra edad.
Sanarnos es el acto revolucionario de amarnos a nosotras mismas, entre nosotras mismas. Es besar nuestras cicatrices y sombras, aceptar las diferencias que nos hacen tan iguales. Sanarnos es pedirnos perdón por el daño y agradecernos por seguir en pie de lucha.
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
La pequeña Hortensia observaba la vitrina de la abuela desde el piso. En ella, parecían estar ocultos todos los secretos del mundo adulto. Por eso Hortensia la miraba, para entender un poco más que le esperaba en un futuro.
Era un día caluroso de vacaciones de Semana Santa y la niña estaba cansada. Sin hermanos, sin primos, ella era la única con el tiempo suficiente para quedarse viendo la vitrina por tanto rato. Su madre estaba en el trabajo; su tía fregaba otros platos, los del uso diario. Hortensia sabía todo esto pero no comprendía nada, ¿por qué guardar las mejores cosas para que los otros las vieran? ¿por qué tenían que comer sus enchiladas en platos de plástico percudidos y no en los de Talavera que tanto le gustaba mirar?
Nadie le respondía a Hortensia y ella se había cansado de preguntarles. Después de un rato, Hortensia comenzó a recorrer la casona en dónde vivía, una vez más, sin ánimos de encontrar nada nuevo en ella. En el estudio del abuelo se encontraba su viejo escritorio, aún lleno de polvo habiendo pasado muchos años sin usar. A pesar de que Hortensia siempre había querido sentarse, nunca se había atrevido. Por dentro, sentía que de hacerlo se rompería el hechizo que mantenía al fantasma de su abuelo en la casa. Hasta los niños saben que hay cosas que no se deben tocar…
Siguió por la casa, cuarto por cuarto hasta volver al jardín desde dónde se veía la vitrina de Talavera. De todo su paseo matutino lo único nuevo fueron un par de bichos que encontró dentro del clóset de su tía y que decidió dejar que vivieran en paz dentro de unas pantuflas viejas, porque no tuvo el corazón de sacarlos.
Bueno, también estaba su abuela, Nana Tata, sentada en su mecedora, mirando al infinito desde la ventana de su casa.
Sin importar el clima o el día, Nana Tata se sentaba a mediodía a mirar el infinito hasta la hora de la comida. Sus manos callosas le impedían cocinar desde hace muchos años, pero Hortensia aún conservaba la memoria de otro tiempo en el que su abuela le había preparado toda clase de platillos y postres especialmente para ella. Hace algunos años (o meses), cuando Hortensia era una chiquilla (según ella), le había preguntado a su mamá por el fin de sus deleites culinarios:
“¿Por qué Nana Tata ya no cocina nada, mamá?”
“No preguntes eso Hortensia, y menos a tu abuela.”
“¿Por qué no puedo preguntar nada?”
“La abuela se va a poner triste Hortensia, son cosas de adultos”.
Con esto Hortensia comprendió que las cosas de adultos no se preguntan, que es mejor dejarlas encerradas en un cajón del escritorio del abuelo que nunca había conocido. En su mente, preguntar se volvió sinónimo de tristeza y se decidió firmemente a no hacerlo nunca más. Pero la curiosidad no se detiene por la moral y en su interior Hortensia seguía queriendo saber los secretos que escondían las manos de su abuela. En los callos, que para ella eran como conchas de mar deslavadas por la espuma, debía estar la explicación de por qué la abuela sólo se dedicaba a mirar a un vacío sin respuesta y no a cocinar, a hacer mole y quesadillas y gelatinas como solía hacer.
El día en que ocurre nuestra historia, Hortensia no quería salir al jardín. Estaba harta del calor, del sol que no la dejaba en paz y no quería llenar sus nuevos zapatos de tierra por regar las plantas de su tía, aunque estas se murieran por un poco de agua en sus hojas. Resuelta a no hacer lo que se le pedía, se sentó junto a la vitrina tomando entre las manos la regadera de plástico roja a medio llenar. Cual no sería su sorpresa, cuando su abuela se acercó a ella y le preguntó por qué no alimentaba a las plantas, que no podían menos que perecer por la sed, en este día de marzo.
“Quiero quedarme a ver la vitrina, Nana Tata”, dijo Hortensia sin moverse un centímetro de su lugar.
“¿Por qué Hortensia?” le preguntó su abuela sin despegar sus ojos del vacío de la calle que llevaba en su interior.
“Está llena de Talavera. Y la Talavera está llena de historias, Nana Tata”, replicó Hortensia.
Con esto su abuela se retiró y dejó a la niña en paz, junto a su querida Talavera. Hortensia continuó sin hacer gran cosa el resto del día y así su hartazgo sólo continuó creciendo hasta la hora de dormir. Como una semilla que está a punto de explotar, de salir de su cáscara, así las emociones de Hortensia cosquilleaban en su interior sin hallar una fisura para expresarse. Ella, a sus doce años, ya no esperaba nada de la vida más que un tedio sin fin que terminaría con su vuelta a la escuela.
Sin embargo, cuando uno ya no tiene esperanza, las cosas más insólitas suelen suceder. Es la manera de la vida de asegurarse de que recordemos que a veces, y solo a veces, tenemos que esperar para que algo pueda cambiar de verdad en nuestra existencia.
Junto a su jirafa de peluche, sobre su colcha de rosas bordada, Hortensia encontró una nota en letra manuscrita que era muy difícil de leer. Por la caligrafía, Hortensia comprendió que se trataba de la carta de alguien viejo, de otra época, cómo la que salía en algunas películas que le gustaba mirar.
“Querida Clotilde, abrazada de mis manos y mis pensamientos…” comenzaba la epístola que la niña había descubierto. A lo largo de un par de cuartillas, Hortensia se enteró de que la Talavera de la abuela había sido un regalo de un señor que la estimaba. En esas líneas, se expresaba una preocupación por la opinión de la madre de la abuela si llegaba a enterarse de la correspondencia entre su hija y este misterioso ser masculino.
A pesar de su corta edad, Hortensia no pudo menos que sonrojarse. Pocos eran sus años, pero las emociones de la vida no están vedadas por un número, sino por la capacidad de sentirlas dentro de uno. El organismo responde aún sin saber por qué lo hace. Así, en la niña nació el deseo de saber quién era ese hombre que había amado a su abuela tantos años antes y por qué le daba regalos caros y prohibidos que Nana Tata cuidaba y encerraba dentro de un vidrio.
Cobijada por la confianza de la carta, Hortensia salió al pasillo hasta llegar a la habitación de su abuela que la esperaba sosteniendo una taza de té de manzanilla entre sus manos. Como era de esperarse, la taza era de Talavera y en ella estaban pintados dos cisnes dentro de un lago.
“Veo que has recibido mi carta, Hortensia”, le dijo con una sonrisa.
“Sí, Nana Tata. ¿La carta es del abuelo?”
“No, era de su hermano Ignacio”.
“¿El abuelo tuvo un hermano? ¿Por qué nadie me había dicho nada? ¿No confían en mí?”
“Como me dijiste esta tarde querida, la Talavera guarda muchas historias. Y solo quien se detiene a mirarlas tiene derecho de poseer sus secretos”.
Con esto, la abuela comenzó a narrar a Hortensia los años de su juventud y la razón de que nadie usara la Talavera más que ella en días festivos. Cuando era joven, la abuela Cleotilde pintaba. Desde niña, había sentido fascinación por los colores del mundo, por las formas y los patrones que se encerraban en sus faldas. A la edad de Hortensia, su madre había permitido que tomara lecciones en la casa de un maestro particular que tenía como discípulo a Francisco (el abuelo) y a su hermano Ignacio.
Como era de esperarse, los tres niños se habían hecho amigos. Pero aunque Francisco le era simpático, Cleotilde no podía dejar de mirar a Ignacio por quién sentía una inclinación que no podía explicarse. Cuando lo miraba, Cleotilde sentía como si tuviera un jardín en su interior, del que Nacho (como lo llamaba) era la única llave de acceso a sus confines. Por la época, después de algunas lecciones, su madre decidió que no era propio de una señorita el frecuentar a dos muchachos, sola, y suspendió las lecciones de pintura en casa de un profesor. Para continuar con la ecuación de su hija, la madre cambió a las bellas artes por clases de cocina en el convento más cercano. Así, Cleotilde se vio obligada a dejar a Ignacio y cambiarlo por las hermanas Mercedes y Soledad, que solo sabían hablar de listones, moños y encajes.
Aunque ya no tenía a sus amigos, Cleotilde no dejó de pintar ni una sola noche. Cuando la dejaban en paz y había ayudado en la casa a cuanto podía, ella pintaba. Pintaba árboles y tazas, bodegones y vestidos. Pintaba parar escapar de su rutina y de su vida que la encerraban en un mundo que no le pertenecía. También pintaba a Francisco, pero sobretodo, Cleotilde hacía retratos de Ignacio. Ignacio como un pájaro blanco y gallardo, Ignacio como un atardecer, todo lo que ella pintaba tenía sabor a él, a la esperanza de volverlo a ver.
Cuando pasaron unos pocos años, él finalmente la fue a buscar y le llevó un juego de té de Talavera para su mamá. Después de esto, Cleotilde fue la más feliz y ya no le importaba tener que cocinar todas las tardes o escuchar las historias de Mercedes y Soledad. Entre Cleotilde e Ignacio, comenzaron a escribirse muchas cartas. Ella le contaba de su encierro y él de su vida en el exterior.
Era un hombre de grandes sueños, Ignacio. Su mayor anhelo era irse del país, conocer Brasil, Panamá y el Caribe antes de morir. Quería vivir como un bohemio y escribir, pero lo que más quería era enamorarse. A lo largo de sus cartas, Cleotilde se ganó la confianza de Nacho y éste le confesó que nunca podría corresponderle en sus afectos y miradas de amor.
“Querida Cleotilde”, le escribió un día, “no puedo ser indiferente ante lo que sé que sientes, pero debes abandonar toda pretensión de ser correspondida. No es que te falten méritos algunos, pero yo amo a otra persona. Su nombre es Carlos y él tampoco me puede amar a mí. Antes que relegarte a una vida atada a mí, prefiero vivir solo, pues la libertad de elegir cómo vivir es la única que puedo poseer, si no puedo elegir a quién amar.”
Al recibir esto, Cleotilde se dedicó a llorar unos cuantos días. No obstante, decidió guardar el secreto de Ignacio porque el no ser correspondida no le impedía amarlo. Sin embargo, los rumores corren rápido en México y la madre de Cleotilde no tardó en enterarse de que a Ignacio se le considerara un desviado. Al ver que su hija continuaba en contacto con una persona que le era desagradable, se decidió a impedirle su amistad, alegando que una señorita que se quería casar no podía permitirse el tener una amistad tan extraña con un miembro del sexo opuesto.
Como en esta historia ya habían transcurrido algunos años, el carácter de Cleotilde no era el mismo que el de la niña que se salió de la pintura para tomar clases de cocina con tal de no disgustar a su madre. Así, Cleotilde se dedicó a seguir frecuentando a Ignacio y éste le siguió regalando Talavera pintada a mano.
En todo este tiempo, Cleotilde no se había preocupado por su futuro. Sabía que no era bien visto que una mujer se dedicara a estudiar y que era su destino (y el de su generación) el esperar que sus padres eligieran un buen candidato al matrimonio de su hija. Ya que su única ocupación era el saber cocinar y planchar, Cleotilde seguía alimentando sus ilusiones de encontrar algo que le hiciera sentir que si no podía estar con Ignacio bien podría ser feliz.
Mientras tanto, su hermano Francisco tenía otros planes. Después de todos estos años, había decidido casarse con Cleotilde, que le parecía una buena muchacha que ya conocía. Pero primero estaban sus estudios de Ingeniería Civil. Al recibirse, iría a pedir su mano en matrimonio y serían, sino felices, por lo menos decentes.
En lo que Francisco terminaba sus estudios, Ignacio encontró una manera de alejarse de su conservadora familia. En contra de todo lo que se esperaba, Nacho se había enamorado otra vez. Como muchos bohemios de los sesenta, él y su amado tenían planes de mudarse a París y comenzar de nuevo. En su última carta a Cleotilde, le explicaba su partida y lamentaba tener que dejarla atrás en un mundo que se había quedado siglos atrás del resto del mundo. Con la carta, estaba la taza que ahora Nana Tata sostenía en sus manos mientras le contaba a su nieta sus aventuras de juventud.
“¿Y por qué ya nadie habla de Ignacio, abuela?”, preguntó Hortensia, cuando la abuela terminó su relato.
“Por la vergüenza, hija. Su familia no podía creer que a parte de estudiar Letras, Ignacio no fuera un hombre de familia y decidieron borrarlo de sus recuerdos”.
“¿Y sigue vivo abuela?”
“Claro que sí, a veces hablamos por teléfono. Sobretodo después de la muerte de tu abuelo. Francisco nunca tuvo corazón para prohibirme que le hablará, pero nunca quiso saber de él. Creo que en el fondo nunca le perdonó que tuviera mi amor por encima del suyo”.
“¿Y para qué me cuentas estas cosas, abuela?
“Para que conozcas que hay muchas maneras de vivir, Hortensia. Tú te llamas así porque la única condición que puse para casarme con tu abuelo, fue que me plantará unas hortensias en el jardín. Siempre me gustaron esas flores para pintarlas. Tu madre siempre las amó y cuando naciste, te puso ese nombre. Ahora ya casi eres una adolescente y el mundo es muy distinto de cómo yo lo conocí. Pero tú, al igual que yo observas y preguntas. No te quedas quieta un segundo más que para mirar las cosas que te impresionan, y eso me gusta. Escuché que preguntabas porque ya no cocino, bien pues ya no puedo. Después de una vida de trabajo, mis manos se han cansado y me causa más dolor que placer él usarlas. Pero tú eres joven y puedes hacer muchas cosas. Vas a vivir cosas que yo nunca pude imaginar, tus sueños pueden ser más amplios que los míos y un casamiento ya no te asegura felicidad. Cuando tengas mi edad, espero que te acuerdes de mí y que comas todos los días en la Talavera que te voy a dejar solo para ti. Cuando bebas café en esta taza, trata de pensar en mí, en tu tío abuelo Ignacio y en que la libertad de ser y hacer es lo más importante que uno puede poseer en esta vida. Pero no por eso te da derecho a dejar morir a las plantas”
Todo esto ocurrió hace muchos años y ahora lo escribo porque mi abuela me ha dejado sola en este mundo. No porque haya muerto o enfermado, sino porque yo me he mudado a Los Ángeles, California para seguir mi sueño de diseñar sets de televisión. Alejada estoy entonces de la seguridad de su cuarto, de la vitrina y sus carpetas bordadas. Sin embargo, entre mis libros y fotografías de mi país, también cargo la taza de Talavera que me dio antes de partir en el aeropuerto. Y con ella traigo la historia de Ignacio y de Cleotilde en mi cuerpo, el relato de dos seres que me han enseñado la felicidad de vivir de acuerdo a nuestra propia naturaleza.
Cuando uno toma un café o prueba una comida, el placer que nos viene de ello es producto de todas las historias que cargan consigo. Un plato no es un plato, sino una bandeja de la vida humana en su cotidiano. Sólo hay que mirar más de cerca para descubrir los momentos que esconde en su interior, en el olor del barro y la pintura fresca que se oculta en las cocinas de nuestro país.
Arizbell Morel Díaz.
Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora.
También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen.
Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran“Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021) y “Barista” (2021).
Julia: mujer de raíces fuertes. Ivalú: la primera mujer del mundo para los nómadas esquimales. Julia Ivalú: la primera mujer nómada de raíces fuertes. Calculadoramente impulsiva; nunca aprendió a cortarse las alas. Escritora, poeta y artista audiovisual mexicana feminista. Lic. en Animación y Arte Digital por parte del Tec de Monterrey. Cuenta con el diplomado en Danza Terapéutica Humanística y otro en Antropología del Arte, así como con diversos cursos de Escritura Literaria en Literaria Centro Mexicano de Escritores. Su cuento “La caída de un mago” fue seleccionado para su lectura en el auditorio del Museo Soumaya (2015). Su relato corto “So(m)bras” está incluido en el volumen Vita Contemplativa: Los invisibles, coordinado por el Mtro. José Manuel Suárez Noriega (2017). Su obra “Se acerca un zopilote” forma parte de la antología Teatro Mínimo, colección de la afamada dramaturga mexicana Gabriela Ynclán (2019). Su publicación más reciente “Gatonejos”, se encuentra en el poemario Cuerpo o inferno, compilado por la poeta oaxaqueña Yendi Ramos (2020).
IG: @julia_ivalu FB: Julia Ivalú – Escritora Página web: bit.do/julia-ivalu
En este segundo relato de “Lagrimas de luna” quise plasmar un golpe de memorias y de sentimientos efímeros; como lo es el dolor o la inspiración cuando escuchas una canción que te lleva a escribir algo breve, pero que deseas compartir.
Lágrimas de luna
II
¿La lluvia es un mal augurio? Sí… Las gotas caían sin piedad el día que te perdí.
La lluvia es un buen augurio, porqué llovía el día que te conocí. Llegué corriendo a la esquina de tu casa, el corazón me latía desenfrenado por huir de un gato para nada amigable, él perseveraba en seguirme cada que, accidentalmente, pisaba su cola. A la fecha considero que es su culpa, sentarse fuera del oxidado portón de mi casa era una pésima costumbre.
Antes de saberlo, la doctora me llevó a parte, en su rostro vi la penumbra de una noticia que ya había dado muchas veces, pero que era igual de dura siempre; aquello no fue suficiente para prepararme. Decidí no escucharla, escapé y dejé detrás de mí un torbellino de papeles que tiré a algún residente.
El cielo lloraba de forma ligera. Hallé refugio frente a tu casa y concentré mi mirada en el interior de la casa, me pareció extraño que lograra ver algo. Normalmente los cuadros de las casas eran opacados por las tinieblas que mantenían la intimidad de cada hogar, el tuyo era diferente, con toda esa luz que daba paso a mi mirada curiosa. Recuerdo que bailabas, los audífonos no dejaron que me enterara de la melodía que alegraba de esa forma tu corazón; sin embargo, sí te observé a ti. La real.
Permití que el agua calara en mi alma, con la esperanza de que desapareciera el dolor, no funcionó. Sin darme cuenta mis rodillas golpearon el suelo, la sangre fluyó de tan fuerte que apreté las uñas contra mis palmas, las coloqué en el pavimento y la ultima imagen borrosa que percibí fue el liquido vital mezclándose con el de la lluvia. Imaginé que eran tus lágrimas de despedida.
Ese día no me conociste. Lo lamento, mi vida, por dejarte bailando sola esa tarde. Quizá podría haber tocado a tu puerta y convencerte de bailar junto a mi bajo la lluvia.
Siento no poder despedirme aún.
Lamento no haber conducido con más precaución.
Siento tanto la llamada alarmada que te hizo correr a buscarme.
Hay algo que no lamento, ¿sabes qué es?
Creo que nunca podré perdonarme. ¿Tú sí lo haces?…
Conocerte, aun con el llanto del cielo como un dramático, pero perfecto escenario. Te prometeré algo, aunque sé que no me escuchas.
…Por supuesto que lo haces y sé que quieres que yo lo haga también… Lo lograré algún día.
Nos amamos tanto que tendremos la eternidad para bailar juntos, aunque sea como fantasmas.
FIN
«Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, pero ahora vivo en el estado. Actualmente tengo 18 años y soy estudiante de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.
Desde pequeña tuve un interés por la literatura, principalmente por la creación, más adelante por su estudio. Es por ello que con el paso de los años he buscado mejorar mi estilo de escritura para mostrarlo a los demás.»
Las sociedades no están listas para lidiar con la idea de que [alguien] arriba de su peso, viva satisfecha sin priorizar el número en la báscula, pero si el orden en su mente. Y no les queda más remedio que exteriorizar las fobias arraigadas, escupir raciones sin sentido.
“A las niñas gordas nadie las quiere” lo escuché ciento y un veces durante mi infancia, lo escuché en boca de familia y desconocidos, lo escuché durante mi adolescencia entre “amigos” y lo escucho en mi adultez incluso de figuras políticas.
Mi historia es la misma de miles de niñas de este país, de este continente, de este planeta; niñas a las que se les inculcó la preocupación extrema por mantenerse “delgadas” para servir los gustos visuales de otros y no incomodar a quienes les rodean.
Niñas obligadas a rechazar sus cuerpas por no ser pieza de encaje en este juego de idealización, esclavas de números y tallas, esclavas de comidas restringidas, esclavas de la vergüenza, manipulación y satanización de la [imperfección].
Y es que nadie nos habla de los horrores psicológicos que están por venir, las personas a nuestro alrededor se complacen con nuestro dolor, se regocijan de externar sus opiniones [pasivo-agresivas] NO solicitadas acerca de nuestras cuerpas con la perfecta excusa de |priorizar| la salud física pero ¿alguna vez te preguntaron cómo estás mentalmente?
Fui una niña gorda. Así, la que incomodaba con su gordura y fealdad. La niña [niña] que no paraban de decirle que comer, como vestir, como hablar, como expresarse. La niña a la que una vez, la madre de su amiga, le dijo “cuando seas grande quizá puedas modelar ropa de talla grande, para mujeres gordas”, niña, una niña de 11 años escuchando eso.
Fui la niña que se avergonzó de su pancita, que la escondía bajo chamarras. Fui la niña que se limitaba a comer en público, la que no iba a fiestas. Fui la niña que se convirtió en una adolescente con la culpa rondándole la cabeza.
Fui la adolescente que tomaba más de dos litros de agua al día porque creía que así bajaría de peso, que se mantenía todo el día activa jugando fútbol porque quería verse delgada como el resto. Fui la adolescente confundida.
La adolescente de 14 años que escondía sus glúteos y curvas bajo camisas y shorts holgados, fui la que comenzó a contar calorías, racionar sus alimentos y castigar su cuerpo en lugar de celebrar de lo que era capaz de hacer.
Luego me convertí en la adulta con una niña interior sin sanar, la que seguía sintiendo culpa y castigándose pero ahora sabía cómo hacerlo de forma profesional. Me convertí en lo que juré destruir: la mujer delgada en cumplimiento con los estándares.
Durante mi etapa más alta de depresión y ansiedad, busqué refugió en el ejercicio. Al inició fungió como catarsis, correr me hacía sentir libre. Levantar pesas me hacía sentir fuerte en alma y cuerpo. Estaba expulsando el dolor con el sudor, así lo sentía yo, porque al salir del gimnasio me creía una persona distinta, nueva.
Pero los fantasmas nunca se van y si dejan de aparecer, sólo es porque duermen cerca de ti esperando el momento para reiniciar todo y como yo no había sanado esa herida, regresaron de la peor forma imaginable.
Castigué mi cuerpo en lugar de celebrarlo. Aumenté el peso en mis rutinas, alargué el tiempo que pasaba en el gimnasio, incrementé los kilómetros recorridos a correr, comencé a contar calorías de nuevo [una nueva app descargada].
Y regresó el miedo. Seleccioné mis comidas. Hice más estricto el plan nutricional creado para mí. Pasó lo inevitable. Episodios de ansiedad. Atracones. Culpa. Culpa. Más culpa.
Dejé de disfrutar la comida, mis comidas favoritas. Y yo sólo me repetía “no debes ser gorda de nuevo, no debes ser gorda de nuevo, no debes ser gorda de nuevo” porque a las gordas nadie nos quiere, las gordas somos infelices, las gordas somos invisibles, las gordas somos irresponsables, las gordas no tenemos voluntad, las gordas somos tontas.
Y luego [gracias a la terapia] me di cuenta de que a quien castigaba no era a la yo ADULTA, sino a la yo NIÑA. Me di cuenta porque mis motivos para bajar de peso estaban llenos del pasado, siempre la imagen de mi yo con sobrepeso en la niñez.
También me lo cuestioné unas mil veces más después de ver un capítulo de “My mad fat diary”. El psicólogo le pregunta a Rae que se defina en palabras, ella dice “gorda”, él le pregunta desde cuándo piensa así de sí misma, ella responde “desde los 9 años” y lo que vino a continuación me hizo cuestionar: “cuando hablas así, es a la niña de 9 años a quien le estás diciendo eso, no a este versión”.
¿Cuántas veces, mujeres, nos hemos castigado? ¿Cuántas de ustedes se han sometido a estrictas [dietas]? ¿Cuántas veces piensas en tu niña interior durante ese proceso? Porque siempre es el motivo, no ser como esa niña para no sufrir el mismo [acoso social] por ser gorda.
¿Quieren saber cómo paré? No fue fácil, he de advertir. Debo ser sincera y decir que entre tanto caos durante la pandemia, tuve cosas buenas pero hablaré de ello después. Con la situación del covid, claro, cerraron los gimnasios y parques, al inicio entré en shock.
Y mi obsesión me obligó a comprar un kit de pesas para continuar en casa, seguí por unos meses pero el entusiasmo no me duró. Al tiempo, inicié una relación maravillosa con la yoga y meditación. Me di cuenta que no estaba funcionando el gym en casa y opté por conectar cuerpo y mente.
Durante este año he hecho mucha introspección, cuestionado mis hábitos [no saludables] y me alegré haber parado a tiempo antes de desarrollar un trastorno alimenticio. Lo escribo fácil pero fueron meses de ver como mi cuerpo cambiaba otra vez pero se mantenía fuerte.
Hice mucha meditación, lloré muchísimo más. Hablé mucho en mis sesiones con el terapeuta, lloré al salir del consultorio. Aprendí de la nutrióloga el comer intuitivamente y así lo he hecho. Dejé de fingir que me encanta la avena caliente por las mañanas cuando en realidad ni hambre tengo y sólo opto por fruta.
Mis comidas se llenaron de colores y sabores deliciosos, eliminé las app para contar calorías, dejé de tener un registro de mi peso y pesarme cada mes en las básculas de los centros comerciales. Comí las harinas sin culpas, comí los mazapanes que tanto quería sin culpas, comí palomitas viendo una película, sin culpas.
Y obviamente, los atracones pararon. La ansiedad disminuyó. También tuve que parar de hacer pesas, por un momento. He vuelto a correr pero intuitivamente, lo que mi cuerpo quiera recorrer, los kilómetros que mis piernas soporten, ya no me obligo a nada.
Quise intentar algo nuevo, pero también quería mantener la fuerza en mis brazos, piernas y el cuerpo un poco tonificado. La yoga me salvó. Leí un comentario no sé donde que decía “me ha cansado más las posiciones de yoga que el gym” y confirmo X1000.
Que maravilla darse cuenta de todo lo que el cuerpo es capaz de hacer, de soportar y de dar. Que maravilloso momento en tu habitación, conectando cuerpo, mente y alma, con el olor del incienso extendiéndose por el lugar.
¿Qué si subí de peso? ¡Claro! Ya no estoy en mi peso. Y trabajar en que dejara de importarme, es lo más satisfactorio. Porque prioricé mi salud mental. Prioricé mis emociones, mi niña interior, esa niña que poco a poco está sanando las heridas.
Por ella, por mí, decidí recuperarme. Y anhelo el día en que ambas sanemos todo aquello que aún nos duele y dejemos atrás los fantasmas del pasado para poder vivir el presente sin preocupaciones ni ataduras.
Hermana, por favor recuerda: Si lo que haces daña tu salud mental, entonces no es ahí, no vale la pena.
Hermana, por favor recuerda: NO vales por tu ropa, tu peso, tu trabajo o título universitario, vales por la persona que eres y por como tratas al resto.
Hermana, no olvides: AMATÉ, ARMATE Y SANA A TU NIÑA INTERIOR.
Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.
He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.
Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.
También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.
He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.
También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.
Bajo el sol del mediodía, como cactus, sin poder moverme por exceso de calor. Sobre la tierra, encajada como piedra, sin esperanza de quedar libre para rodar. Frente al mar, perdida entre las arenas, una sola, pequeña, sin saber nadar. Al lado de la montaña, sin raíz, en un añejo tronco húmedo de invierno que ya no cobija y que por las noches suele crujir. Dentro del agua que llueve, a ratos descalza, a ratos inmóvil y a ratos cansada. No atino a mover los pies para echar a andar. No me responden las alas, no tengo aletas, no encuentro muletas, no hay una rama que me sirva como bastón. Estoy varada inmovilizada por el miedo, el viento, el agua… y un diminuto monstruo que se me instalóen la piel.
Por Majo Soto, Mery Muñoz Mendoza y Andrea Elizondo*
El material radiofónico contiene recopilaciones de diversos noticieros y testimonios de madres que han perdido a sus hijas por causa de feminicidio. No nos pertenece ninguno de los audios ni las canciones. Esta obra conceptual (radio arte) es meramente para reflexionar acerca del tema, ponerlo sobre la mesa y recordar que luchamos por las que ya no están.
La primera vez que escuché la palabra feminicidio fue por un caso que sucedió en Argentina. La mujer se llamaba Lucía, tenía dieciséis o diecisiete años. Fue violación en manada y luego la asesinaron de una forma tan brutal y misógina que no puedo repetirla ni por escrito. Recuerdo que el estómago se me revolvió y me dio insomnio por algunos días. Después, me reconforté falsamente pensando que eso pasó en Argentina, muy lejos de México.
No pasó mucho tiempo para que al prestar un poco más de atención en la radio y en la televisión, comenzara a escuchar los nombres de mujeres, de todas las edades y de las diversas partes de la República. “En los últimos quince días”, “la semana pasada”, “en lo que va del año”. Madres, hijas, primas, amigas, hermanas; todas y cada una de ellas terminan en las noticias como cifras, con anuncios de que han sido asesinadas.
Incluso en redes sociales, en cadenas de Whatsapp, ya no se buscan únicamente caras desconocidas, se buscan familiares de amigas, primas de conocidas, compañeras de clase de la primaria. Todas y cada una de ellas se vuelven cada vez más cercanas. ¿Y si después soy yo?
Nunca había cruzado por mi mente la idea de que un día no regresaría a casa hasta que un hombre me siguió al salir del mandado. Cuando me di cuenta que alguien venía tras de mí pensé en mi mamá, temí que no podría llamarla antes de ir a la universidad y darle sus buenos días. Pensé en mi papá y en mi hermano, temí no poder compartir chistes con ellos de nuevo. Mi familia fue mi pensamiento durante ese tormento, y mis ojos reflejaban mi angustia y terror. Me sentí incapaz de poder emitir palabra y tuve que controlar mis emociones para actuar rápido.
Agradezco al guardia del Sam’s Club, quien al percibir mi lenguaje corporal reaccionó de inmediato. Agradezco a las señoras de tercera edad que me ofrecieron compañía en aquella banca y con palabras dulces tranquilizaron mi alma. Y agradezco a la mamá de mi compañera que no dudó en desviarse de su camino para poder llevarme a casa.
Hasta el día de hoy no dejo de pensar en si el escenario hubiera sido distinto, si hubiera estado tan inmersa en mí misma y no hubiera notado al hombre que venía siguiéndome. Y a veces pienso que exagero porque “nada” me sucedió. ¿Entonces cómo explico mis pesadillas, mis noches de insomnio o mis ataques de ansiedad cada vez que pienso que tengo que ir al mandado? ¿Realmente no me pasó “nada”?
Sí me sucedió algo. Mi paz y tranquilidad fueron quebrantadas. Mi lugar seguro fue profanado por un hombre sin rostro y sin nombre, y que a la fecha continúa atormentando mis sueños. Pero hoy ese miedo se transforma en coraje.
Coraje por tener pesadillas, por seguir pensando en algo que ocurrió en menos de treinta minutos y que me perseguirá por el resto de mi vida. Coraje por ver en las noticias el nombre de mujeres, hermanas, cuyos destinos difirieron del mío. Coraje por compartir esta anécdota, por saber que no soy la única ni la primera ni la última que pasará por una situación así.
Y es tan triste y horrible, pero también me hace sentir mejor. Saber que no soy la única, saber que en las historias de las otras me [re]encuentro y nos acompañamos, nos abrazamos, nos entendemos y entonces, nos animamos unas a otras a luchar juntas. Con la cara en alto, con el poder de gritar, de hablar y, por supuesto, de escribir, reflexiono que no me encuentro sola; que incluso este texto lleva tres corazones y, a partir de una lectura, se agrega un corazón más.
Que tenga lo que tenga que temblar. Gritaremos por cada una de esas mujeres que ya no están con nosotras y gritaremos todavía más fuerte para que sigamos juntas las que continuamos aquí. Por Lucía, por Ingrid, por Dulce, por Lesvy, por ti, por mí y por todas.
*Mery Muñoz Mendoza y Andrea Elizondo son estudiantes de Comunicación y Periodismo en la Universidad Autónoma de Querétaro
Majo Soto es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina de ballet y feminista. Le encanta incomodar con sus palabras y ha publicado sus textos en diversos medios digitales e impresos como Especulativas, La Coyol, Las Sin Sostén, Círculo literario de mujeres, La Coyol Revista, Notas sin Pauta y Tribuna de Querétaro.
«La música es el arte del sonido», así es como a mediados de los noventas el maestro de música comenzaba su clase en quinto de primaria con esta frase de muy fácil comprensión e interpretación. Desde entonces aprendí que en conjunto con sus armonías, letras y voz forman la composición perfecta para proyectar los deseos de sus autores en arte creativo sonoro. Obviamente va a depender la categoría musical preferente por cada persona. En cuestión del entretenimiento pienso que como cultura para el oyente influye para socializar e identificarse de alguna manera y será que lo veo así ya que desde mi infancia todos los sábados se escuchaba la música (grupera para variar) a todo volumen por la casa y que aunque creo era para despertar a mis hermanos logré inconscientemente memorizar toda esa variedad de tonos y letras que no me agradaba tanto pero sin malicia quedaron en mí más que nada porque se escuchaba música desde Bronco hasta la casa del vecino.
Recuerdo que en esos tiempos me llamaba la atención un casete negro que decía «kaoma», mi mamá no lejana a mí curiosidad solo me decía «es música , un regalo que me hicieron» . Más tarde viendo noticias de espectáculos se anunciaba un tremendo escándalo : el «baile prohibido» lambada. No sabía por qué se catalogaba de esa manera sólo vi de cerca las persignadas de mi tía, chicas moviendo caderas y minifaldas con contexto de sopa de caracol. Por cierto que al usar una a mis 9 años de edad y salir de casa fui acosada sexualmente por hombres mucho mayores, uní todo y pude entender la censura que se hablaba en ese momento a mi propia interpretación. La música y la letra no era importante sino lo que causaba.
Recientemente ha sucedido una serie de comentarios acerca de las canciones en relación a lo que evocan. Una canción como «17 años» de los ángeles azules que todos tararean y bailan desde 1999 llama la atención por tratar de normalizar la pedo filia y las relaciones con diferencia de edad (dicho en redes sociales) y aunque por interpretación personal quiero pensar se puede relacionar a la letra con el cantante y por el uso de la palabra «niña», tal congruencia es sorprendente y excesivo que en infinidad hacen que los padres de la llamada generación de cristal eduquen de manera confusa porque que va de la generación de los bisabuelos obligando a casar a sus hijos sin voluntad con personas mayores a los chicos de ahora que no quieren compromisos y prefieren sacar provecho.
Quizá son esos adultos que cuando niños se les hacía buena onda lo prohibido, ahora se ciegan con prejuicios fomentando a seres que bien o mal son más mal pensados y aventureros que lo que fueron de pubertos los padres.
Aptitudes perversas van alimentándose de unos a otros, siempre ha existido y no hay que ahondar más de lo normal en ello a pesar de que se detonen en las redes sociales invitando a la gente a conocer lo indescriptible y atroz de la vida actual. Creo hay que tener el carácter suficiente para tomar decisiones que no mermen la integridad personal.
Por lo que sí deciden escuchar canciones sugestivas es opcional porque aunque 17 años sea censurada todos se echaran un bailongo, a Freud lo llamaran machista lleno de etcéteras y lo bailado nadie te lo quitará porque los adolescentes prefieren reggaetón. Perverso no?
Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo Solo ellos pueden hacerlo , relato Dos por un cuarto de hora, 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku)
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.
No es un secreto que adoro los libros usados, ya sea por el aroma que te adelanta una experiencia catártica, ya sea por los rastros de sus antiguos dueños. Y he aquí el punto más importante, los rastros.
Toco el libro y siento las huellas de sus lectores anteriores, siento su amor, siento un camino que termina con ellos y empieza conmigo. Se percibe un aura de ansiosa curiosidad, que te lleva a imaginar las posibles historias de esas personas, impresas en aquellos rastros.
En un libro de Poesías de Machado que compré hace poco, hay una dedicatoria que dice: “Para que en tus horas románticas, te deleites y viajes por España (y para que también me recuerdes cuando lo hagas)”. Haberla leído me hizo sentir que me lo escribía a mí también, no sólo a su dueño anterior. Se originó en mí una sensación de que alguien allá afuera esperaba que lo recordaran cuando viajase por España.
Esta clase de empatía casi me hace llorar. Sí, es cierto, es difícil pensar que sentí algo así con las palabras de un extraño. Pero, ¿no es lo que todos llegamos a sentir cuando leemos determinado libro, cuando sus palabras nos cambian un día, unas horas, la vida? Eso me hizo esa dedicatoria.
Aun así, sé que ese rastro ha quedado en un camino abandonado por el tiempo, dado que el libro ha llegado a mis manos. Como cuando llegamos al final del libro, sus palabras nos acompañan por otros libros y así aprendemos a degustarlos uno por uno. Quiero pensar que, incluso si el libro se ha perdido y llegó a mis manos, la historia de esa dedicatoria no desaparece porque yo la imagino y la atesoro.
Pienso que hubo alguien en el mundo que se deleitó y viajó por España y recordó el amor profesado, el grato recuerdo y el placer de saber que una persona la recordó cuando vio aquel libro. Tantos sentimientos en una única dedicatoria.
Es posible decir que las dedicatorias también nos cuentas historias, rastros de personas que no conocemos y nos llevan a sentir que nos escriben a nosotros también cuando el tiempo (y las librerías) lleva estos libros a nuestras manos.