
Por: Monserrat Chávez Olivas
Las sociedades no están listas para lidiar con la idea de que [alguien] arriba de su peso, viva satisfecha sin priorizar el número en la báscula, pero si el orden en su mente. Y no les queda más remedio que exteriorizar las fobias arraigadas, escupir raciones sin sentido.
“A las niñas gordas nadie las quiere” lo escuché ciento y un veces durante mi infancia, lo escuché en boca de familia y desconocidos, lo escuché durante mi adolescencia entre “amigos” y lo escucho en mi adultez incluso de figuras políticas.
Mi historia es la misma de miles de niñas de este país, de este continente, de este planeta; niñas a las que se les inculcó la preocupación extrema por mantenerse “delgadas” para servir los gustos visuales de otros y no incomodar a quienes les rodean.
Niñas obligadas a rechazar sus cuerpas por no ser pieza de encaje en este juego de idealización, esclavas de números y tallas, esclavas de comidas restringidas, esclavas de la vergüenza, manipulación y satanización de la [imperfección].
Y es que nadie nos habla de los horrores psicológicos que están por venir, las personas a nuestro alrededor se complacen con nuestro dolor, se regocijan de externar sus opiniones [pasivo-agresivas] NO solicitadas acerca de nuestras cuerpas con la perfecta excusa de |priorizar| la salud física pero ¿alguna vez te preguntaron cómo estás mentalmente?
Fui una niña gorda. Así, la que incomodaba con su gordura y fealdad. La niña [niña] que no paraban de decirle que comer, como vestir, como hablar, como expresarse. La niña a la que una vez, la madre de su amiga, le dijo “cuando seas grande quizá puedas modelar ropa de talla grande, para mujeres gordas”, niña, una niña de 11 años escuchando eso.
Fui la niña que se avergonzó de su pancita, que la escondía bajo chamarras. Fui la niña que se limitaba a comer en público, la que no iba a fiestas. Fui la niña que se convirtió en una adolescente con la culpa rondándole la cabeza.
Fui la adolescente que tomaba más de dos litros de agua al día porque creía que así bajaría de peso, que se mantenía todo el día activa jugando fútbol porque quería verse delgada como el resto. Fui la adolescente confundida.
La adolescente de 14 años que escondía sus glúteos y curvas bajo camisas y shorts holgados, fui la que comenzó a contar calorías, racionar sus alimentos y castigar su cuerpo en lugar de celebrar de lo que era capaz de hacer.
Luego me convertí en la adulta con una niña interior sin sanar, la que seguía sintiendo culpa y castigándose pero ahora sabía cómo hacerlo de forma profesional. Me convertí en lo que juré destruir: la mujer delgada en cumplimiento con los estándares.
Durante mi etapa más alta de depresión y ansiedad, busqué refugió en el ejercicio. Al inició fungió como catarsis, correr me hacía sentir libre. Levantar pesas me hacía sentir fuerte en alma y cuerpo. Estaba expulsando el dolor con el sudor, así lo sentía yo, porque al salir del gimnasio me creía una persona distinta, nueva.
Pero los fantasmas nunca se van y si dejan de aparecer, sólo es porque duermen cerca de ti esperando el momento para reiniciar todo y como yo no había sanado esa herida, regresaron de la peor forma imaginable.
Castigué mi cuerpo en lugar de celebrarlo. Aumenté el peso en mis rutinas, alargué el tiempo que pasaba en el gimnasio, incrementé los kilómetros recorridos a correr, comencé a contar calorías de nuevo [una nueva app descargada].
Y regresó el miedo. Seleccioné mis comidas. Hice más estricto el plan nutricional creado para mí. Pasó lo inevitable. Episodios de ansiedad. Atracones. Culpa. Culpa. Más culpa.
Dejé de disfrutar la comida, mis comidas favoritas. Y yo sólo me repetía “no debes ser gorda de nuevo, no debes ser gorda de nuevo, no debes ser gorda de nuevo” porque a las gordas nadie nos quiere, las gordas somos infelices, las gordas somos invisibles, las gordas somos irresponsables, las gordas no tenemos voluntad, las gordas somos tontas.
Y luego [gracias a la terapia] me di cuenta de que a quien castigaba no era a la yo ADULTA, sino a la yo NIÑA. Me di cuenta porque mis motivos para bajar de peso estaban llenos del pasado, siempre la imagen de mi yo con sobrepeso en la niñez.
También me lo cuestioné unas mil veces más después de ver un capítulo de “My mad fat diary”. El psicólogo le pregunta a Rae que se defina en palabras, ella dice “gorda”, él le pregunta desde cuándo piensa así de sí misma, ella responde “desde los 9 años” y lo que vino a continuación me hizo cuestionar: “cuando hablas así, es a la niña de 9 años a quien le estás diciendo eso, no a este versión”.
¿Cuántas veces, mujeres, nos hemos castigado? ¿Cuántas de ustedes se han sometido a estrictas [dietas]? ¿Cuántas veces piensas en tu niña interior durante ese proceso? Porque siempre es el motivo, no ser como esa niña para no sufrir el mismo [acoso social] por ser gorda.
¿Quieren saber cómo paré? No fue fácil, he de advertir. Debo ser sincera y decir que entre tanto caos durante la pandemia, tuve cosas buenas pero hablaré de ello después. Con la situación del covid, claro, cerraron los gimnasios y parques, al inicio entré en shock.
Y mi obsesión me obligó a comprar un kit de pesas para continuar en casa, seguí por unos meses pero el entusiasmo no me duró. Al tiempo, inicié una relación maravillosa con la yoga y meditación. Me di cuenta que no estaba funcionando el gym en casa y opté por conectar cuerpo y mente.
Durante este año he hecho mucha introspección, cuestionado mis hábitos [no saludables] y me alegré haber parado a tiempo antes de desarrollar un trastorno alimenticio. Lo escribo fácil pero fueron meses de ver como mi cuerpo cambiaba otra vez pero se mantenía fuerte.
Hice mucha meditación, lloré muchísimo más. Hablé mucho en mis sesiones con el terapeuta, lloré al salir del consultorio. Aprendí de la nutrióloga el comer intuitivamente y así lo he hecho. Dejé de fingir que me encanta la avena caliente por las mañanas cuando en realidad ni hambre tengo y sólo opto por fruta.
Mis comidas se llenaron de colores y sabores deliciosos, eliminé las app para contar calorías, dejé de tener un registro de mi peso y pesarme cada mes en las básculas de los centros comerciales. Comí las harinas sin culpas, comí los mazapanes que tanto quería sin culpas, comí palomitas viendo una película, sin culpas.
Y obviamente, los atracones pararon. La ansiedad disminuyó. También tuve que parar de hacer pesas, por un momento. He vuelto a correr pero intuitivamente, lo que mi cuerpo quiera recorrer, los kilómetros que mis piernas soporten, ya no me obligo a nada.
Quise intentar algo nuevo, pero también quería mantener la fuerza en mis brazos, piernas y el cuerpo un poco tonificado. La yoga me salvó. Leí un comentario no sé donde que decía “me ha cansado más las posiciones de yoga que el gym” y confirmo X1000.
Que maravilla darse cuenta de todo lo que el cuerpo es capaz de hacer, de soportar y de dar. Que maravilloso momento en tu habitación, conectando cuerpo, mente y alma, con el olor del incienso extendiéndose por el lugar.
¿Qué si subí de peso? ¡Claro! Ya no estoy en mi peso. Y trabajar en que dejara de importarme, es lo más satisfactorio. Porque prioricé mi salud mental. Prioricé mis emociones, mi niña interior, esa niña que poco a poco está sanando las heridas.
Por ella, por mí, decidí recuperarme. Y anhelo el día en que ambas sanemos todo aquello que aún nos duele y dejemos atrás los fantasmas del pasado para poder vivir el presente sin preocupaciones ni ataduras.
Hermana, por favor recuerda: Si lo que haces daña tu salud mental, entonces no es ahí, no vale la pena.
Hermana, por favor recuerda: NO vales por tu ropa, tu peso, tu trabajo o título universitario, vales por la persona que eres y por como tratas al resto.
Hermana, no olvides: AMATÉ, ARMATE Y SANA A TU NIÑA INTERIOR.

Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.
He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.
Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.
También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.
He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.
También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.
