Cuentos para niñas empoderadas: literatura libre de estereotipos de género

Por Abril Victoria

Días atrás exponía en el primer coloquio sobre investigación que realiza mi universidad el tema que tanto amé indagar en mi último semestre: la literatura infantil feminista. Y aunque hubiera deseado haberlo expandido hasta una publicación científica (hecho que la burocracia académica de las escuelas particulares como la mía obstaculizó), el día de hoy me propongo sacarlo a la luz. 

La literatura como arte ha manifestado el sentimiento individual y el pensamiento colectivo a lo largo de la historia, de tal forma que para realizar un análisis o crítica literarios, es indiscutible considerar los contextos alrededor de la pieza. En este sentido, la situación social remite a la obra, y desde luego, la obra remite al contexto. Por tanto, vale afirmar que la producción literaria de cierto momento histórico o punto geográfico aludirá a la situación particular de tal fecha o lugar. 

De esta forma, al hablar de la literatura feminista que se produce hoy en día, es indiscutible referir al actual contexto en materia de violencia de género. Para ilustrar esta realidad se tiene que, en 2019, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), estimó que 312 mujeres al día son víctimas de algún delito, muchos de ellos relacionados con asuntos de género. Además, distintas fuentes oficiales sostienen que 10 feminicidios son efectuados diariamente en el país. Para no ir muy lejos, en días anteriores se viralizó el caso del “asesino serial de Atizapán”, que sólo pone en evidencia la ineficacia del sistema nacional de justicia y demás organismos públicos.

Sin embargo, la violencia de género no sólo está presente en los feminicidios, sino que diariamente se manifiesta en actos que muchas veces son “pasados de largo”, como asumir que una persona mal conductora es mujer, o que un hombre no puede expresar sus emociones sin mostrar debilidad. Este último hecho es tan alarmante al punto que las cifras de suicidios en hombres son más elevadas que las de mujeres según datos del INEGI del año pasado: ”Por lesiones autoinfligidas, los hombres tienen una tasa de 8.9 fallecimientos por cada 100 mil hombres (5 454), mientras que esta situación se da en 2 de cada 100 mil mujeres (1 253).

Entonces, si las repercusiones de la violencia en materia de género son tan dañinas, ¿por qué y cómo es que se siguen reproduciendo? En primer lugar es necesario entender que muchos de los actos sexistas en los que la sociedad está envuelta, se encuentran tan normalizados que no se cuestionan, y en cuanto lo hacen, generalmente se inicia un proceso tanto de denuncia de los actos, como de castigo moral a quienes lo denuncian, bajo una idea de “fragilidad generacional” o “exageración”. 

De esta forma, debe hacerse conciencia sobre las ideas que muchas veces se dan por entendidas, y que como sociedad se nos enseñan desde muy jóvenes. Por ejemplo, el azul es para los niños, el rosa es para las niñas; el cabello corto es para hombres y el largo para las mujeres. Irónicamente ambos ejemplos no eran entendidos cómo son entendidos ahora, de hecho, antiguamente, el cabello largo en hombres era símbolo de virilidad; y el color azul al ser tranquilo y pacífico, se atribuía a mujeres.

Con esto pretendo llegar al entendimiento de que los significados compartidos son sociales, ergo, la misma sociedad los produce y los reproduce. El cómo, es interesante, pues entran en juego las instituciones sociales (familia, escuela, estado e iglesia), pero también los medios de comunicación. No por nada, el periodismo es considerado el cuarto poder. Y de manera general entonces, los medios incluidos. 

Ahora, por medios no sólo debe atribuirse a los masivos (radio, televisión y prensa escrita), sino a aquellos como el cine, publicaciones editoriales y cualquier adaptación digital existente, pues no existe mensaje sin una ideología de trasfondo, aún cuando dicho mensaje no posea de manera consciente o intencionada reforzar o reproducir determinada idea. Y es en este punto cuando retomo el tema inicial: la literatura. 

En cuanto un texto es publicado, ya sea de manera física o digital por una editorial, o incluso, cuando se exhibe en plataformas como Wattpad, forma parte de este sentido mediático al que he referido. Así, es consumido por el público y forma parte del imaginario social. Por eso, mucha de la crítica feminista a la literatura es en dos sentidos: el primero, sobre la poca producción o visibilidad a las autoras (que a lo largo de la historia las llevó a utilizar pseudónimos masculinos o emplear un “anónimo”); el segundo, sobre los estereotipos sexistas que se hayan inmersos. 

Así, la literatura feminista buscará visibilizar a sus autoras a la vez que posiciona a la mujer como un ser fuerte, determinado e imperfecto, que no debe ser glorificado por una supuesta superioridad, pero tampoco debe ser reducido a un objeto placer sexual y de ama del hogar. En resumen, la literatura feminista busca valorizar a la mujer como ser humano, y otorgarle una mirada digna y válida de sus derechos.

Ahora, en las primeras líneas hice mención sobre literatura feminista, pero añadiendo un adjetivo más: infantil. El proyecto de investigación al que hago referencia en un inicio ronda precisamente en los textos producidos para niñas. El interés particular en este tipo de textos surge cuando, comprando un regalo de navidad para mi hermana menor, encuentro una pila de libros titulada “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”. 

A partir de este momento realicé una investigación sobre el tema, hallando que desde hace unos cuantos años, aproximadamente desde 2017/2018, la producción literaria infantil para niñas ha tenido una tendencia: la de producir textos que engrandezcan a mujeres que por sus aportes a las artes, ciencias o cualquier otro mérito, merezcan el reconocimiento y conocimiento por parte de niñas. Indagando aún más, las autoras de estas publicaciones expresan que su intención es la de hacer entender a las menores que ser mujer no es una limitante para seguir sus sueños, ya que otras lo han logrado antes. Además, las escritoras señalan que también buscan dejar de lado la idea de que las mujeres son débiles o sólo deben dedicarse al hogar, de ahí que muchos relatos se centran en exploradoras, deportistas y científicas.

Con este descubrimiento emprendí un proyecto de investigación académico que se basó en comprobar si las niñas lectoras de este tipo de literatura están apropiando este empoderamiento femenino. Ya que, el mensaje sobre las mujeres como seres libres de estereotipos está siendo enviado, sin embargo, ¿qué tanto y hasta qué punto la intención de las autoras consigue su prometido?

Al revisar trabajos que estudien la literatura infantil feminista me hallé ante una serie de investigaciones que analizan el discurso de la literatura desde una perspectiva feminista, sin embargo, los estudios que se centraran en la interpretación de las niñas fueron nulos. En este punto, enfatizo que es necesario indagar más en las lectoras que en el libro mismo, pues sólo así será posible comprobar y afirmar que esta nueva tendencia literaria está “rindiendo frutos”. 

De esta manera, el proyecto de investigación que emprendí situó su base en los estudios de recepción, tanto literarios como mediáticos (los estudios de recepción se centran en estudiar lo que la persona interpreta y apropia). Así, apliqué una prueba de muestra en una lectora y pregunté sobre la concepción de mujer que ella tenía a partir de la lectura de estos libros. Cabe señalar que ya estábamos en pandemia cuando realizaba esta labor, por lo que no pude aplicar la entrevista a más niñas y señalo que los resultados a mayor escala podrían variar, sin embargo, hablaré de lo obtenido en esta prueba.

Los resultados fueron más que alentadores, pues la niña en cuestión no sólo reconoció a su género como capaz de conseguir una meta sin que ser mujer sea un obstáculo o punto de discriminación, sino que condenó conductas sexistas que narra haber vivido u observado. Además refirió constantemente a sus lecturas para explicar opiniones, ejemplificando al momento de argumentar. Y no sólo eso, sino que dentro de su discurso fue posible identificar el concepto de sororidad, que refiere al apoyo entre mujeres que deja detrás la idea generalizada del sabotaje mutuo.

De esta forma, es posible vislumbrar un panorama donde los discursos mediáticos replantean su ideología, y aunque el proceso pueda percibirse lento, su presencia y lucha está presente, dejando un atisbo de esperanza para las futuras generaciones. Donde madres, hermanas, amigas y compañeras interactúen con mayor libertad y poder en sociedad. 

Finalmente, para las y los que no somos niñas, ¿cuál sería nuestra labor en esta lucha contra la violencia de género? Desde luego, promover que discursos como estos sigan reproduciéndose y llegando a su destino: las juventudes e infancias. Independientemente del medio, pues aunque hoy hablo de los libros, seguramente hay por ahí alguna serie, película, podcast o dibujo que espera un destinatario oportuno. Permíteles llegar a su destino. 

Fuentes de consulta:


Soy Abril Rosas, amante del arte y comunicóloga. Escribo como ejercicio de pensamiento y sentimiento; por una parte la demanda de razón que suscita la cotidianidad; y por otra, las emociones que para mis adentros se acentúan.

He escrito poesía, cuentos y relatos para Prosvet, Poetazos y para Líderes Ciudadanos en su certamen nacional: Historias Ciudadanas. También, para esta misma asociación recibí el premio a mejor cortometraje animado en 2020, donde fungí como ilustradora, guionista, productora y voz de doblaje.

Actualmente trabajo como ilustradora digital y me he desempeñado como periodista digital, guionista y productora para empresas privadas en mi natal Oaxaca de Juárez.

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Sintaxis |De entre Caos poético y textos perdidos

por Lizzie Vázquez

Los versos ya no son versos
han perdido sentido entre líneas y métrica
mi pulso disminuye por ausencia
de lo que por nombre llamé amor.

Amor no es el culpable
si no el que lo ejecuta sin sentirlo
como los espacios entre palabras
tan Invisibles que reescribir en ellos es sentir.

Que valentía existente hay
entre espacio y sentido
que me permite comenzar la historia,
el cuento en voz alta.



Elizabeth Vázquez Pérez

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, Mexico. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaria de Cultura del gobierno del Estado con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustacion, ensayo Solo ellos pueden hacerlo , relato Dos por un cuarto de hora, 2021), editorial CEA
España (retos escritura 2021,haiku)
Apasionada, creativa, no sabe quien es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.

La encuentras en Instagram como @lizzie_chknormal28

Sobre la escritura femenina como ruptura en el siglo XX | Anónimo era mujer

por Daniela Zizumbo Tovar

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre

Otro modo de ser.

Rosario Castellanos

La escritora inglesa Virgina Woolf consideraba que, si una mujer quería escribir, necesitaba dos cosas en particular: dinero y un cuarto propio. La idea del dinero, deviene de pensar a la mujer como un ser al cual no se le ha enseñado nunca a hacer dinero, siempre relegada a tareas del hogar donde realmente no existe una remuneración económica; por su parte la idea del cuarto propio viene a ser el punto final de emancipación de una mujer, pues tendrá un lugar completamente propio donde pueda hacer lo que le plazca, como escribir. 

    Con estas ideas de Woolf, nos queda claro que lo que necesita una mujer que pretenda escribir es independencia, su independencia, para así poder ser libre de realizar aquello que la haga sentir bien. Pero en determinados contextos, obtener la independencia completa de una mujer se torna complicado, no es lo mismo ser una mujer inglesa a ser una mujer española o mexicana, los contextos serán distintos en cada escritora, pero la esencia será la misma: romper con el sistema que siempre le ha dicho que no puede crear. 

Es evidente que que existe dentro de la literatura un sexismo que se forja en los imaginarios literarios creados por los varones, donde, de alguna u otra manera, los personajes femeninos están condenados a ser y seguir ciertos estereotipos que el patriarcado ha marcado, catalogándoseles en papeles de santas, frívolas, vírgenes, rameras, vampiras o, incluso, ninfómanas, entre otros. Y, por supuesto, esta idea no quedaba sólo en los personajes femeninos que creaban, sino que también alcanzaba a las escritoras, tendiendo con frecuencia a catalogar su literatura como algo ajeno o inferior a lo que escribían los hombres.

Centrándonos en la literatura de España y Latinoamérica para hablar de escritura femenina nos damos cuenta que existe una ruptura entre ellas y los temas que comenzaban a tratar en sus obras, sobre todo, en la etapa de posguerra (en el caso de España), y en Generación de Medio Siglo en Latinoamérica, nos damos cuenta que por años, el canon literario ha sido conformado por hombres y, de vez en cuando, una mujer entre cientos que han sido excluidas, silenciadas. En España y Latinoamérica, en el centro del catolicismo y el machismo congénito, las escritoras del siglo XX han ejercido un papel indispensable: el retratar, reconstruir, lo que vivó, padeció y fue la sociedad en esos tiempos.

En España, el periodo de posguerra estuvo marcado por la pobreza, el hambre, la miseria y la desigualdad social para el pueblo español. Para hombres y para mujeres las consecuencias sociales de la postguerra se veían reflejadas en las producciones artísticas de la España de aquel tiempo. Para los artistas la situación era bastante complicada; las mujeres, en particular, atravesaban por un desafió difícil para escribir, por el hecho de desenvolverse en una sociedad con un machismo tan arraigado y valores sumamente católicos. El arte en general atravesó por una situación compleja de filtros de censura por parte del régimen franquista. La literatura, en particular, pasaba por un momento crucial, pues las mujeres estaban comenzando a ser parte activa del mundo literario, aunque nunca sin dejar de ser marginadas por el mundo artístico.

Entre los temas que escritoras como Ana María Matute, Carmen Laforet o Carmen Marín Gaite, entre otras, comienzan a desarrollar, nos encontramos con imaginarios donde se representa la orfandad por la que atraviesan los infantes en todo el país, la mezquindad, la pobreza económica, el adoctrinamiento político y la violencia sistemática que permeaba entre la sociedad española. También, apelaron por la idea de la identidad, cuestionando la idea de qué es ser español o quiénes son ellos en medio de tantas ideas politizadas sobre lo bueno y lo malo.

En Latinoamérica, sobre todo en México,  la llamada Generación de Medio Siglo fue un movimiento crucial para la cultura por la gran producción literaria a la que dio lugar, junto con otras manifestaciones artísticas e intelectuales que van del cine a los estudios sociales. Entre sus integrantes, se compartió un interés común sobre la literatura y el quehacer literario, también fue un espacio ideológico y toda una poética narrativa donde las integrantes, desde sus diversos estilos, tuvieron un lugar para expresar el sentir de toda una generación. 

Las escritoras de la Generación del Medio Siglo tienen en común que sus obras  se disuelven entre una tenue línea que mezcla la filosofía y la literatura. Entre Inés Arredondo, Julieta Campos, Amparo Dávila y Rosario Castellanos existe una conexión común de temas cotidianos que comienzan a mezclarse con ideas de corte filosófico en sus narrativas, dándole un plus brillante a las situaciones que narran que en otro sentido resultan banales. 

El caso de Rosario Castellanos es de los que más resalta por esta mezcla de filosofía y literatura, pues ella, desde todos los géneros literarios reflexionó sobre el papel e identidad de la mujer, dado como resultado que toda su obra literaria se llenará de reflexiones filosóficas que giran en torno al cuestionamiento de lo que culturalmente se entiende como femenino, refutó el sexismo y reivindicó el papel de la mujer.

Entre las escritoras de España y Latinoamérica se ha comentado que es común encontrar registro autobiográfico dentro de sus producciones literarias. Con frecuencia, es fácil advertir en el nombre de algunos personajes un juego con el nombre de las autoras o con las experiencias que han tenido durante su vida. Por ejemplo, en el libro Primera memoria, de Ana María Matute, el personaje principal llamada Mátia es un juego con el nombre de Matute y el propio personaje responde a una personalidad similar a la de la escritora, mostrando guiños entre el personaje de ficción y Matute, lo mismo ocurre en otras obras de la misma autora, pues su narrativa está llena de paralelismos con su propia vida. 

En el caso de Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la postguerra española realizó un arduo trabajo de investigación sobre la forma en la que se desempeñaban los estereotipos sobre los hombres y las mujeres, hablando abiertamente de temas acerca del amor, la sexualidad, el erotismo, la moral católica y la misoginia congénita de la España franquista, que resultaba en un imaginario rígido, donde quienes pensaban diferente se consideraban traidores. Pese a ser un libro de ensayo literario, Martín Gaite empata su propia experiencia de vivir la posguerra y el cambio generacional en torno a las ideas de España, el sistema de valores, el crecimiento luego de Franco y las creencias del pueblo. Martín Gaite escribe desde su experiencia y la recopilación de diversas fuentes que fungen como testimonio de lo que era la vida en ese contexto. 

En Latinoamérica, las escritoras también dejaron que sus obras fueran un vehículo de crítica a la sociedad a partir de lo que estaban viviendo, rompiendo con sus escritos paradigmas, como lo fue en el caso de Julieta Campos, cubana residente en México, quien posee una de las trayectorias literarias más prolíficas, siendo novelista, cuentista, ensayista, dramaturga y cronista de viaje, en su original obra responde a ideas sobre identidad, su concepción personal del arte y la escritura. Otro caso similar es el de Inés Arredondo, quien pese a su escasa obra, consiguió ser un parte aguas en la literatura escrita por mujeres, rompiendo paradigmas y poniendo sobre la mesa temas como el aborto, el incesto, las relaciones, entre otros temas que logrón ser una crítica a la moral de una sociedad de consideraba hipocrita. 

Finalmente, entre la moral católica y la censura del sistema, la escritura, al igual que otras formas de arte, logró salir adelante pese a que el panorama se veía tan desalentador como el progreso de la sociedad; El papel de las escritoras consistió en aquel entonces en ser resistencia y ruptura de lo que anteriormente se estaba produciendo, las mujeres a través de su escritura llegaron a ponerle nombre a las cosas que nadie enunciaba en medio de un sistema con ideologías tan rígidas que controlaban hasta sus relaciones íntimas. En estas mujeres, la escritura funcionó como acto de resistencia activa que llega a hasta nuestros días, pues no es gratuito que sigamos hoy discutiendo los temas sobre los que ellas escribieron; ellas nos dejan como lección su obra desde donde existieron y resistieron. 




Daniela Zizumbo Tovar. 

Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UAEMex. Ha colaborado con artículos y crónicas en medios digitales a nivel nacional e internacional. También, ha participado en coloquios y congresos con ponencias sobre feminismo y arte, además se ha presentado en eventos en el Estado de México con lectura de creación propia. Además de las letras, tiene interés en las artes visuales, por lo que se encuentra en preparación en esa línea artística. Apasionada de la fotografía, ha publicado fotos en fanzines internacionales con la temática de las mujeres en relación a los movimientos sociales y el punk. 

Niebla…

por Reyna Morales

«No morirá

la fuerza de este

embravecido mar,

no morirá,

como no muere,

el amor de verdad…»

«Hiéreme», La Verbena Popular

Niebla. Oscuridad. Ignorancia. Dificultad para ver claramente lo que está allí, provocada por la niebla del enojo, de la ignorancia o del amor.

Miguel de Unamuno, autor de “Niebla”, nace en Bilbao (España) en 1864. Muere en Salamanca (España) en 1936. Importante escritor, poeta y filósofo español. Considerado como uno de los escritores mas cultos de su generación. Intelectual inconformista que hizo de la polémica su método de búsqueda. Para entender y ordenar sus pensamientos recurrió a la literatura. Buscó la explicación de la naturaleza humana en la literatura a través de sus personajes.

Tanto su poesía, como sus obras teatrales, tienen como temas los mismos de su narrativa: dramas íntimos, amorosos, religiosos y políticos a través de sus personajes de carácter conflictivo y sensible ante la realidad.

En “Niebla” encontramos personajes problemáticos, víctimas del conflicto, que surgen  de la fuerte tensión  entre sus pasiones y los hábitos y costumbres  sociales que son las que regulan sus comportamientos y que marcan las distancias entre libertad y destino, imaginación y conciencia.

Dos detalles a notar en “Niebla”: la aparición de la nivola y el momento en que Augusto Pérez se enfrenta  a su creador. 

Por definición, la nivola es el silogismo creado por Miguel de Unamuno para referirse a sus propias creaciones de ficción narrativa, para representar su distancia con respecto  a la novela realista del S.XIX.

El mismo Unamuno en el prólogo de “Amor y pedagogía” define las nivolas como “relatos dramáticos acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos  que suelen faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad”.

Una de las características de la nivola es que sus personajes tienden a tener personalidades planas, sin matices. Son buenos o malos, sin términos medios. Su concepción es apresurado, sin una etapa de documentación o planificación. En otras novelas realistas, los personajes son ricos en emociones y se llevan su tiempo para forjarlos.

Hay nivolas en sus novelas “Abel Sánchez”, “Amor y pedagogía” o “La tía Tula”, además de “Niebla”.

Por otro lado, tenemos casi al final, el enfrentamiento de Augusto Pérez y su creador, Don Miguel: “¡Pues bien, mi señor creador Don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la noche  de que salió… se morirá usted, y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡ Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros”.

Este fragmento nos habla del Unamuno filósofo que mediante un personaje que se rebela  a su creador, nos parodia fácilmente cuando hacemos reclamos a nuestro propio creador, pues siempre estamos cuestionando el porqué y para qué de las cosas. Recurso  innovador, pues se trata de un método no utilizado antes. 

Pero otro tema digno de ser mencionado es el del amor. El amor no correspondido. El amor hacia un malagradecido.

Augusto Pérez  ha sido flechado, pero el objeto de sus deseos apenas lo mira. Augusto entonces la idealiza y la llena de virtudes que, si bien es posible que posea, el eleva a niveles sublimes. La niebla del amor le bloquea la razón,  no le deja darse cuenta que Eugenia lo desprecia, pues su interés se centra en un sujeto que, a su vez, la ciega, la envuelve en una neblina que no le permite ver que se trata de un patán que no tiene la más mínima intención de ser un hombre serio y responsable para ella.

Las personalidades de los protagonistas son contrarias: Eugenia es una mujer que trata de no seguir las normas establecidas. Trata de no ser entregada en matrimonio con un hombre que no ame. Se rebela al hecho de tener que trabajar en algo que no le agrada. No quiere recibir ayuda de un hombre que no le gusta. Insiste en seguir una relación con un tipo que no tiene oficio ni beneficio. Según ella, es el hombre que ama. Augusto es un hombre que sigue normas, que se siente cómodo siendo recto y respetable. Es serio, educado, mesurado. Por sus pensamientos, podemos establecer que es idealista, es un soñador.  Cuando mira por vez primera a Eugenia, se siente flechado y comienza a cortejarla, mostrando hasta cierto punto, una inocencia encantadora. 

Para el psicólogo Thich Nhat Hanh, “amar sin saber amar hiere a la persona que amamos”. Augusto idealiza tanto a Eugenia que no sabe como acercarse a ella. Termina por pagar sus deudas y eso aleja mas a Eugenia, en lugar de acercarla. La dignidad y orgullo de  Eugenia no le permite apreciar ese desinteresado gesto de amor. 

Para Erich Fromm, “…quien sabe (y quiere) ir mas allá de la atracción y excitación sexual inicial, procurará ser un artesano para hacer del enamoramiento  un amor real, un amor maduro y valiente” (“El arte de amar”, 1956, EU). Eso debió haber intentado hacer Augusto, pero era finalmente el creador el que debía resolver.

El intenso amor de Augusto hacia Eugenia fue lo que llamamos hoy en día “amor a primera vista”. Y ese amor lo impulsó, lo hizo vibrar, aun cuando Eugenia no le mostraba interés alguno. Y casi todos hemos sido invadidos por esa niebla de amor que nos envuelve, que no nos permite razonar y que nos tira de cabeza en un abismo dentro del cual, paradójicamente, nos sentimos felices.  El problema es que pareciera que la vida girara en torno al amor, al romance y nos olvidamos de todo lo demás. Cuando dejamos que dominen las pasiones, podemos perder el control de todo lo que nos rodea.

“El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no con un objeto amoroso” (E. Fromm, “El arte de amar”, 1956, EU).


Reyna Morales B.

Mi nombre es Reyna Morales B., soy e gresada de la Licenciatura en Ciencias Humanas. Escribo cuentos, reseñas, crónicas y algo de ensayo. Soy nueva en estos menesteres pero con muchas ganas de hacer aportaciones. Adoro el cine y la música. Soy adicta a las series de TV (¿¿¿Hay algo mejor que “Chicago Fire” o “The Nevers”???). Animalera de corazón y una auténtica loca de los gatos…Así de disfuncional que soy… 

Mujeres de ojos grandes | El árbol: María Luisa Bombal

por Fabi Bautista González

¿Qué significa ser mujer? Recuerdos, emociones y pensamientos se entrelazan, evocando en imágenes y palabras lo que cada una ha construido para sí. Las contradicciones no se hacen esperar, el peso de la balanza oscila siempre entre el deber ser —expectativas e ideales inalcanzables que la sociedad ha impuesto cual condena, destino trazado antes de nacer— y el ser para nosotras mismas: definirnos, sentirnos y pensarnos mujeres a partir de nuestros propios deseos, anhelos y significados.

La académica francesa Simone de Beauvoir teorizaba sobre el segundo sexo, la escritora mexicana Rosario Castellanos criticó con elocuencia el eterno femenino, la poeta chilena Teresa Wilms Montt denunciaba con audacia la violencia desbordada a partir del privilegio de ser mujer. Lo que quiero decir es que —en diversas épocas y espacios— académicas, teóricas, investigadoras y artistas han buscado destejer y examinar —desde su propia trinchera— lo que histórica, social y culturalmente ha implicado ser mujer.

La crítica feminista ya lo ha puesto sobre la mesa al conceptualizar la masculinidad hegemónica, paradigma bajo el cual hemos construido nuestra visión del mundo. Así, mientras el hombre representa la identidad “universal”, la condición de Sujeto, la mujer ha quedado relegada a ser su eterna mitad invisible (o, más bien, invisibilizada); la compañera sumisa y devota, la madre abnegada, la novia virginal, la penitente, la puta, la santa, en fin… la otredad.

Bajo el sistema patriarcal, reapropiarnos del discurso o bien, construir un discurso propio a partir de la identidad y subjetividad femeninas implica —entre tantas otras vertientes— redefinir y cuestionar lo femenino, la feminidad y las condiciones que se han instruido como inherentes e inamovibles a cada género. Así, en este cúmulo de resignificaciones, de reconstruirnos y representarnos simbólicamente, la obra de María Luisa Bombal se constituye como reveladora al reflejar la condición de la mujer en una época marcada por una serie de estrictas convenciones sociales donde el ser una escritora representaba por sí mismo una transgresión. 

Así, ante la imperante mirada y crítica masculinas, las autoras se hicieron de diversos recursos para atravesar el mundo con sus palabras. La lectura a la cual los invitó hoy no es la excepción. En el cuento “El árbol”, publicado en 1939, la escritora chilena crea una atmósfera marcada por la naturaleza, la experiencia sensorial y la musicalidad para presentarnos a quien será nuestra protagonista:

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día declarándola retardada.

Desde un primer momento, Brígida queda relegada en el plano familiar bajo la etiqueta de “retardada”. En tanto nadie esperaba más de ella, la protagonista toma lo que la sociedad le dicta sin cuestionarlo, interiorizando una serie de normas y convenciones sociales las cuales le enseñaron que su único objetivo en la vida debía materializarse en el matrimonio y el tener hijos. No importaba el no tener aspiraciones personales o estar alienada socialmente, mientras desempeñara el rol de buena esposa su papel estaría cumpliéndose:

“No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue”. Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

En un primer momento, la pasividad parece dominar al personaje. Sin embargo, sería un error de nuestra parte el hacer una lectura y juzgar a la protagonista a través de la mirada contemporánea. Es cierto que Brígida se presenta ante el lector como un personaje dócil cuyas aspiraciones se materializan en la unión conyugal con Luis, quien es amigo de su padre. En su lugar, debemos insertarnos en el contexto sociohistórico de la época, donde:

El matrimonio aparece como un espacio social y también material donde ella desarrollará su vida como mujer dedicada a lo doméstico y a los hijos, donde se relacionará con el otro sexo, donde su vida adquirirá un sentido socialmente reconocido. (Valdés, 1998, p. 86)

Si bien el matrimonio significaba quizás su único escape: “Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa.”, éste no le trae la felicidad anhelada. Por el contrario, se siente sola y ajena a un hombre del cual conoce poco, si no es que nada. Su marido, Luis, cumple con el rol de esposo como proveedor, sin embargo, es esto lo único que aporta a la relación entre ambos. El lazo que los une es más una convención social que una relación afectiva:

Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor;

[…]

¿Por qué te has casado conmigo?

—Porque tienes ojos de venadito asustado —contestaba él y la besaba.

[…]

Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.

Atrapada simbólicamente en los confines de su hogar —la mujer relegada al espacio privado— sin amigos o familia con la cual conversar o establecer otro tipo de vínculos, el escape de Brígida se suscita en su imaginario, a través del gomero que observa desde la ventana en su cuarto de vestir:

¡Qué calor hacía siempre en el dormitorio por las mañanas! ¡Y qué luz cruda! Aquí, en cambio, en el cuarto de vestir, hasta la vista descansaba, se refrescaba. Las cretonas desvaídas, el árbol que desenvolvía sombras como de agua agitada y fría por las paredes, los espejos que doblaban el follaje y se ahuecaban en un bosque infinito y verde.

A lo largo de todo el cuento se halla presente la dicotomía mujer—naturaleza, misma que nos refleja —en última instancia— la liberación de nuestra protagonista. Cuando el gomero es derribado, Brígida confronta lo que hasta ese momento ha sido su vida: la insatisfacción en un matrimonio con un hombre al que no ama, el vacío y la soledad que albergaban su cuerpo, su resignación a la infelicidad. Lo anterior representa un momento coyuntural pues, despojándose de aquella inercia que hasta entonces la había caracterizado, toma la decisión de abandonar a Luis y lo que habría sido su hogar. 

Y es que, de manera sutil, María Luisa Bombal nos afronta con un personaje que logra rebelarse a su tiempo. Su fortaleza reside en confrontar su realidad y tener el coraje de buscar una vida para sí. “El árbol” se presenta ante nosotras con una narrativa donde tradición y transgresión se entretejen para reconstruir lo femenino desde la intimidad. Al igual que Brígida, reapropiarnos de nuestro espacio y tiempo, sea desde la literatura, las artes o la vida misma, es hallar la libertad en un mundo que constantemente nos dicta quiénes debemos ser. 

Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.

Referencias bibliográficas

Bianco, P. (2002). Dicotomías narrativas en «El árbol» de María Luisa Bombal. Acta literaria, (27), 77-89. https://dx.doi.org/10.4067/S0717—68482002002700007Bombal, María L. (1939). El árbol. Ciudad Seva. https://ciudadseva.com/texto/el-arbol-bombal/




Fabi Bautista González (Veracruz, Méx.)

Poeta y traductora. Pasante de Lingüística y Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Su obra fue incluida en la antología internacional 100 mujeres poetas (2019) por parte de Nueve Editores. Ha publicado traducciones de feminismo y literatura femenina en la revista Círculo de Poesía. Actualmente escribe la columna “Meditación en el umbral”, espacio de análisis fílmico y literario desde la perspectiva de género para Tríada Primate, plataforma digital de poesía y humanidades.

La miscelánea: De las burlas de Quevedo, Lope de Vega y Salvador Novo

por Fernanda Loé Gómez

Poesía, género sublime de la literatura que pareciera ser sólo para enamorados. A los mortales como yo nos das miedo, a los poetas, trabajo, a los editores, problemas. Y si bien sabemos que existen muchas formas dentro de la poesía, y que el verso acompaña no sólo a amantes, también a héroes, caballeros y dioses, entre otros, hay algo que no es lo primero que pensamos cuando nos hablan de poesía. Ese algo es la risa, sin embargo, reírnos nos es tan natural como respirar, y eso no pasa desapercibido a los poetas. 

Por eso me gustaría hablar de algunos que decidieron usar el verso para burlarse, ya sea de algo o de alguien, dejándonos claro que la poesía se presta para expresar todo tipo de sentimientos, desde el amor más noble hasta la declaración más atrevida.    

Uno de estos autores es Quevedo, cuyo soneto burlesco más popular, A una nariz, demuestra hasta donde se estira el ingenio para conseguir la burla. Estudiado por su contenido, pero, sobre todo, por su forma, se lee como la muestra de que la risa vive también dentro de la poesía. Las comparaciones que van desde el pez espada, pasando por las pirámides de Egipto y hasta los judíos conocidos por narizones, logran llevar al extremo la figura del hombre narizón exagerando todo lo exagerable. Para muestra, un fragmento del soneto:

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egito,

las doce tribus de narices era;

Otro ejemplo del mismo Quevedo es el titulado A uno que se mudaba cada día por guardar su mujer que no da tregua al hombre que por tener mujer infiel, es cornudo para la burla de los demás. Toda su vida gira alrededor de su cornudez que es motivo de risa para el autor y para los lectores. Las figuras surgen de la idea de que todo ha de ser a partir de cuernos debido al carácter de engañado del involucrado hasta el límite de llamarlo “templo de los cornudos”, es decir, entre engañados, el más. Aquí el ejemplo del ingenio de Quevedo para adaptar lo cotidiano a la figura que desea:  

Cuando tu madre te parió cornudo,

fue tu planeta un cuerno de la luna;

de madera de cuernos fue tu cuna,

y el castillejo un cuerno muy agudo.

Y en Yo te untaré mis obras con tocino no pierde la oportunidad de burlarse específicamente de Góngora (entre ellos había rencillas que dieron fruto a poemas como este) y de su talento, así como de su aspecto. Sin dejar nada fuera y con un carácter cómico pero sagaz, Quevedo sabe contestar las burlas que ya le había hecho Góngora en un soneto debido a cierta traducción de Anacreonte. Aquí un fragmento del soneto de Quevedo:

¿Por qué censuras tú la lengua griega

siendo sólo rabí de la judía,

cosa que tu nariz aun no lo niega?

Otro que no deja pasar la oportunidad de ser pícaro en verso es Lope de Vega, muy querido por Quevedo, por cierto, que en Muérome por llamar Juanilla a Juana deja claro que quiere que su empeño de conquista sea recompensado por Juana, a quien le señala las ventajas de esto con el fin de convencerla. El último terceto es el cierre perfecto de las pruebas que da Lope: 

Créeme, Juana, y llámate Juanilla;

mira que la mejor parte de España,

pudiendo Casta, se llamó Castilla.

Y pasando de España a México, es necesario hablar de Salvador Novo, específicamente su libro Sátira dedicado a recopilar ochenta poemas, publicados o no anteriormente por el autor, cuyo carácter considerado insolente por muchos de sus contemporáneos, no pareciera infundado. Personajes como Diego Rivera, Frida Kahlo, Agustín Yáñez, Jorge Cuesta, Andrés Henestrosa, Pita Amor, entre muchos otros, aparecen en las burlas directas pero magistrales de Novo cuya faceta humorística no había relucido tanto como la de cronista o poeta contemporáneo hasta ese momento, por lo menos.

Empecemos mencionando un fragmento de uno de los sonetos dedicados a Diego Rivera en donde de paso se burla también un poco de Lupe Marín, su entonces esposa, que después se casaría con Jorge Cuesta, con quien se quedó después de separarse de Diego cuando este se fue a Rusia. Así habla de Lupe: 

Ella necesitaba su refresco

y para procurárselo pedía

que le repiquetearan el gregüesco,

con dedo, poste, plátano o bujía.

Novo a lo largo de todos los poemas que le dedica a Diego critica desde su apariencia hasta sus habilidades como pintor, además de que lo señala como cornudo y, sobre todo, vendido al gobierno. El soneto termina así: 

Pero bien pronto, al comprender que esta

consolación estéril resultaba,

le agarró la palabra a Jorge Cuesta.

Y así como dedicó versos a Diego Rivera, no tuvo problema en criticar no sólo a sus colegas de las letras en su faceta de escritores, también en otros cargos como lo hace en los sonetos sobre la Biblioteca Nacional, mencionando a dos de sus directores, Joaquín Méndez Rivas y Enrique Fernández Ledesma, entre otros. Aunque si bien se burla de diferentes personajes reconocidos, no se olvida de hablar de temas generales como la vejez y el amor. Para el primero le sirve de ejemplo Henestrosa, al que en su cumpleaños número 60, le escribe unos versos, como lo muestra el siguiente fragmento: 

La Danza nos dispersa. Viento vario

cóncavo vuelve lo que fue convexo.

Sexagenario es ser ageno al sexo

y tiempo de ajustar itinerario.

Aconsejándole con sus versos olvidarse de los amores de las damas para concentrarse en escribir puesto que, aunque quiera gozar de esas mieles, claro es que el cuerpo no le va a dar lo necesario para ese trabajo. Además de recomendarle que no se sienta mal por su edad ya que él sí ha logrado llegar a ese número de años sin que disminuya su ingenio, como ha sucedido, a su consideración, con muchos otros escritores que entre más edad menos seso, sobre todo los que forman parte de la Academia. 

Y cerrando con los ejemplos, en materia de romance también cabe burla, por lo menos eso piensa Novo, quien con cinismo nos hace notar que el paso del tiempo, el físico que empeora, el deseo no consumado, la lujuria, y los errores cometidos en nombre de la pasión, también forma parte de ese bello sentimiento que llamamos amor. Así la ilusión del amado se ve de manera un poco más realista: 

¡Mañana nos veremos! Y me digo

que a dormir a tu lado, dueño mío,

siempre será mejor soñar contigo.

Con todo lo antes mencionado, creo que podemos concluir que el ingenio de Lope de Vega, Quevedo y Novo para burlarse en verso demuestra que la poesía puede hacernos reír tanto como nos hace suspirar. Y aunque hay muchos más que faltaron por mencionarse en este pequeñísimo grupo de autores citados me parece que la muestra es suficiente para saber que no por involucrar el humor, la poesía deja de ser poesía y, sobre todo, de ser un género donde cabe el ingenio cómico. Para concluir, creo que sería bueno dejar un fragmento del prólogo que el propio Novo escribe en Sátira, para burlarnos incluso de nosotros mismos y de nuestro oficio. 

Escribir porque sí, por ver si acaso

se hace un soneto más que nada valga;

para matar el tiempo, y porque salga

una obligada consonante al paso.

Referencias 

Francisco de Quevedo. (2003). A uno que se mudaba cada día por guardar su mujer. Soneto . Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Unidad Audiovisual. http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmck64c9

Lope de Vega. (2021, mayo). Sonetos / Lope de Vega; edición de Ramón García González. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/sonetos–34/html/ffe58ca0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_6.html

López Gutiérrez, L. (2003). Quevedo contra el perro de los ingenios de Castilla. La perinola, 7, 427–437. https://core.ac.uk/download/pdf/83556729.pdf

Novo, S. (1970). Sátira. Alberto Dallal. https://es.scribd.com/document/376981280/Satira-Salvador-Novo




Fernanda Loé Gómez


Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM.
Formó parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboró en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participó como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Es fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.

Crisis del tercer piso o los 30 me están respirando aquí en la nuca, Marce

por Irene Gonzalez

Mujeres que jamás debieron envejecer” era el título de un Tik Tok que me apareció hace algunas semanas. De entrada sí, he de reconocer que soy una de esas millenials que tras pasar todo el 2020 asegurando que no descargaría jamás la aplicación porque – inserte tono inventado de superioridad- no soy una niña de 12 años, ahora me la paso riéndome con las tarugadas que me encuentro por ahí. Gatitos, sobre todo. En la lista figuraban mujeres como Liv Tyler y Jennifer Connelly. 

Sentí alivio de encontrar entre los comentarios frases como “¿y qué se supone que debían hacer entonces?”. Es exactamente lo que yo me pregunto. ¿Qué se supone que debemos hacer? Yo no sé si en algún momento Aubrey de Grey tendrá razón cuando asegura que muy pronto existirá a nuestra disposición la ciencia de ralentizar el envejecimiento al grado de poder vivir cientos de años, incluso una existencia indefinida, como afirma este gerontólogo. Lo que sí sé, al día de hoy, es la enorme presión y el miedo que existe en torno a la idea de volvernos más viejos. 

Yo no soy ajena a esa presión. Como diría Patricia en Betty la fea, los treintas me respiran en la nuca. También la pobreza, pero ése es otro tema. Es un miedo que no es exclusivo de ningún género o grupo y la presión por lucir de cierta manera también nos afecta a todos. Sin embargo, hablando de mi propia experiencia como una mujer a punto de iniciar la treintena – y no he conseguido teclear eso sin rechinar los dientes un poco- he notado toda una nueva oleada de mensajes, pensamientos y nuevas preocupaciones interrumpiéndome a diferentes horas del día. ¿El botox es el secreto de Alisa Milano? ¿Debería empezar a informarme sobre ello? ¿Cuántas cremas tendría que estar utilizando a esta altura? ¿Son suficientes vitaminas o necesito más suplementos? ¿Seré la más vieja del grupo si me inscribo a este curso? ¿Se me nota la edad o será que puedo aparentar añitos de menos? 

Vienen a mí antes de que pueda interceptarlos. A los 29 me encuentro con una Irene mucho más dura consigo misma. Una Irene que cuestiona si tiene el mejor físico y la mejor apariencia que podría tener a esta edad, pero que pone también bajo la lupa otro tipo de cuestionamientos. ¿Han sido suficientes logros? ¿O tal vez no he tachado las suficientes cosas de mi lista de cosas que hacer antes de morir? Como si los treinta fueran una especie de marca límite, un punto de chequeo en el que un juzgado imaginario va a tomar mis medidas, contar mis arrugas, revisar el blanco de mis dientes, pesarme, enlistar premios, trabajos, experiencias, y decidir si valgo o no la pena como persona. ¿Y quién es ese jurado a todo esto? ¿Soy únicamente yo, la voz más dura de todas, proyectándome en la sociedad como si la expectativa fuera ajena? ¿O son voces externas que consiguen colar su mensaje en mi cabeza? Probablemente las dos cosas. 

Envejecer da miedo. Como mujer, a los treinta se dejan venir inevitablemente ciertos juicios sociales; a las solteras les preguntarán con renovada energía por qué no tienen pareja, a quienes ya la tengan que para cuando la boda, y si estás casada arráncate porque ahora sí urgen los bebés, ya ven que el reloj biológico hace tic tac tic tac. Si vives con tus padres que para cuándo la casa, en el trabajo ya deberías haber alcanzado cierta posición, tal vez deberías empezar a leer acerca de congelar óvulos y no se te olvide que tu cuerpo disminuyó la producción de colágeno a los 25. 

Vemos mensajes que promueven un aspecto eternamente joven por todos lados, como si realmente existiera tal cosa o no estuviéramos enterados de la función que tienen los filtros y el Photoshop. Criticamos duramente a las mujeres por el hecho de aparentar su edad – ¿cómo osan envejecer?- y luego tenemos el descaro de criticar también a las que se hicieron un arreglo demasiado notorio. Pero es que René Zellweger ya ni parece ella misma, y ¿qué le pasó a Demi Moore en la pasarela Fendi? Entonces hay que lucir siempre jóvenes sin que se note que recurrimos a métodos anti naturales para ello. Apuntado. 

Si Jennifer Connelly y Liv Tyler, mujeres que además de ser muy talentosas son absolutamente hermosas, no escapan al duro escrutinio de los medios… ¿en dónde queda una? Y si a Jennifer Anniston todavía la critican por su elección de no tener hijos… ¿cómo le hacemos para que dejen de encasillarnos en un rol a cierta edad? 

Las redes sociales son una trampa en ese sentido. Viajes, bodas, hijos, casas nuevas, empresas exitosas. Es increíble ver a nuestros contactos triunfar, pero al mismo tiempo vuelve más notorio el hecho de que a partir de cierta edad comenzamos a avanzar a ritmos extremadamente diferentes, a vivir a latidos distintos. Y eso está bien, aunque no siempre lo recordemos o lo creamos. 

Voy a cumplir 30 y no he hecho nada de mi vida. Procede a googlear lista de mujeres que hicieron algo importante después de esa edad. No se convence así que se tira al sillón a sorber mocos y pensar que está fracasando en la vida, que envejecerá como un fracaso, respira, traga, suda, fracaso, y luego le deposita a la terapeuta porque claramente necesita esa siguiente cita. 

He estado en ese bucle de pensamiento probablemente desde que cumplí 25 años. Lo único que cambia es la edad, y que este año decidí hacerme responsable de mi salud mental y acudir a terapia. Nada más adulto que tener un apartado rotulado “para el terapeuta” en el desglose financiero mensual. Pienso que no existe peor juez que una misma, pero también que nos empapamos de información externa, de la presión social y los roles que deberíamos estar supuestamente cumpliendo, y utilizamos todo esto como armas en nuestra propia contra, para ser todavía más duras, echarnos más cosas a la cara y reclamarnos por no “dar el ancho”. 

La crisis de los 25, 30, 40 o los que sean, será tan real como nosotras mismas permitamos. Está bien cuidar del físico, al final del día amar tu cuerpo también es apapacharlo. Pero vamos olvidándonos de los supuestos roles, de mirar la vida como si fuera una lista del súper que hay que ir tachando. No somos nuestros logros, ni somos nuestros diplomas. Una cana o una arruga no nos definen. Tendamos redes todavía más sororas donde ya no exista la crítica a la apariencia ajena. Hablémonos a nosotras mismas como le hablaríamos a nuestra hermana o mejor amiga y disfrutemos de cada año con una perspectiva un poquito más hedonista, con mucha más amabilidad y muchísimo menos juicio. 




Irene González

Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de
Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.
Instagram: @r.irenegon  

Ser terrenal

por Nitz Lerasmo

“Un cuerpo cargado de alimentos embrutece el espíritu y convierte en terrenal el aire divino que nos anima”. Aquella frase, enmarcada en un marco de metal, colgaba justo en el centro de la pared blanca. El nutricionista advirtió que yo la observaba con interés. “Es de Horacio”, me explicó y en seguida continuó garabateando sobre mi expediente. “Lucía, no has perdido peso desde la última vez que nos vimos”, me dijo mientras adoptaba un severo tono de voz. El nutricionista ojeó la báscula de la que yo acababa de descender. “Sigues pesando noventa y cinco kilos”. Cuando él pronunció con énfasis “noventa y cinco kilos” me avergoncé. No comprendía cómo mi cuerpo tenía la destreza de conservar todo ese peso en poco más de ciento sesenta centímetros de altura. Sentí cómo se acaloraron mis mejillas y evité mirar al nutricionista a los ojos. “No has seguido mis indicaciones, ¿cierto Lucía? Estoy seguro de que no renunciaste a zamparte tus pasteles y me ignoraste cuando te ordené hacer ejercicio.” Una vez más miré la frase de Horacio y mi espíritu embrutecido apenas encontró un hilo de voz para responder: “Es que me torcí el tobillo saltando la cuerda y ya no pude hacer ejercicio…”. Él me miró incrédulo. “Pero ya has de estar mejor, ¿no? Puedes volver a ejercitarte. Lucía, comprende que estás a un paso de ser diabética. ¿Sabes lo que eso significa? Mi santa madre, que en paz descanse, fue diabética. Se le caía la piel a pedazos, era horrible. Luego se quedó ciega y una semana antes de morir le amputaron una pierna. ¿Quieres eso para ti, Lucía?”. Me imaginé hincada en el suelo, sin una pierna, recogiendo los pedazos de mi piel muerta. Entonces me sentí hermanada con las serpientes que se aferran a su pasado, a la vieja armadura escamada que ya no las protege de la intemperie. “Para el mes siguiente tienes que haber perdido por lo menos cuatro kilos, Lucía. Si no lo logras, entonces te asignaré con una colega especializada en casos desesperados como el tuyo.”

Salí del consultorio cargando con todo el peso del mundo. Macarena me aguardaba en la sala de espera, sentada en un mullido sillón. Ella hojeaba sin interés una revista de modas. Antes de ir a su encuentro, la observé brevemente. Sus delgados brazos sostenían la revista. Ella estaba reclinada con desenfado, sin importarle que un hombre en la misma sala de espera la observara mientras se acariciaba la bragueta con la mano. La ombliguera rosa de Macarena dejaba ver su vientre plano y firme. Se veía hermosa con sus cincuenta y cinco kilos y ciento setenta y dos centímetros de altura. Interpuse mi voluminoso cuerpo entre Macarena y el hombre para que él ya no pudiera prodigar su lujuria con mi amiga. “¿Cómo te fue?”, me preguntó. “Mal”, respondí y giré la cabeza para ver al hombre. Este me devolvió una mirada de enfado, como de perro que está a punto de gruñir. “No importa, linda. No hay nada que un buen helado no pueda solucionar”, dijo Macarena y de un salto se levantó del sillón. Recogió su bolso y me tomó de la mano para guiarme hacia la salida del edificio. Cuando pasamos al lado del hombre, fingí distracción y le pisé el pie con saña. Antes de que él me maldijera, le regalé un hipócrita sonrisa mientras mis labios pronunciaban una disculpa. 

Ya en la calle, Macarena me guio hacia la heladería. “Sabes que no puedo comer helado, Maca. Dice el doctor que si no cambio mi alimentación voy a ser diabética y se me caerá la piel a pedazos.” Macarena le dio una bofetada al aire, y con ese gesto desestimó el trabajo de todos los nutricionistas del mundo. “Primero; él no es un doctor. Segundo; no conozco a ningún diabético que se le caiga la piel a pedazos…”. “No conoces a ningún diabético, Maca”, la interrumpí. “Bueno, tienes razón. Pero la diabetes no es lepra, por dios. Además, después de comer helado vamos a ir al parque a saltar la cuerda. La traje conmigo”, dijo y me mostró el interior de su bolso. Ahí yacía una sucia cuerda de fibra sintética con los mangos de madera. Yo miré a mi amiga apelando a su misericordia. No la encontré. Llegamos a la heladería y Macarena pidió un doble helado de chocolate para ella y uno sencillo de vainilla para mí. Luego nos encaminamos hacia el parque. Al llegar ahí, nos sentamos en una banca debajo de una jacaranda que se desfloraba con el viento.

Mientras yo relamía tímida y culposamente mi helado, Macarena devoró el suyo en un santiamén. Luego eructó sin vergüenza alguna. “Delicioso”, fue su dictamen. La delgada Macarena había sido bendecida con el metabolismo más eficiente del mundo. Mi amiga comía todo aquello que el nutricionista encarecidamente me desaconsejó. A diario Macarena engullía pizzas, hamburguesas de doble carne, papas fritas, pasteles y, por supuesto, helados. Su cuerpo alquimista transformaba la grasa en aire divino porque Macarena era delgadísima, con un índice de masa corporal rayando en la desnutrición.

Terminé de comerme el helado y me sentí terrenal, oruga que se arrastra por la tierra incapaz de metamorfosearse en mariposa. Macarena, en cambio, estaba sonriente y luminosa. “Bueno, ahora debemos quemar esas calorías que nos acabamos de comer”, dijo mi amiga con condescendencia porque ella podía estar inmóvil todo el día, tragando comida chatarra, y jamás podría engordar. Así que sin duda la observación iba dirigida a mí. Macarena sacó la cuerda de su bolso y se plantó en medio del parque. Con un pie pisó la cuerda y con las manos jaló los mangos de madera para asegurarse de que le llegaran a la altura del pecho. Ese era el largo adecuado para saltar, según mi amiga. Luego comenzó a saltar repetidas veces sin esfuerzo alguno. Eran las cinco de la tarde y los rayos del sol doraban el parque. La hermosa Macarena saltaba y sus nalgas firmes, delineadas por sus ajustados leggins, atraían la mirada de los hombres que paseaban a sus perros. Macarena saltaba casi flotando, como si su cuerpo estuviera hecho de algodón de azúcar. La cadencia del salto era perfecta, envidiable.

Mi amiga se aburrió de saltar con normalidad así que comenzó a hacer trucos: saltó con la cuerda cruzada, hizo saltos dobles, luego saltó abriendo y cerrando las piernas como si fueran tijeras y, finalmente, saltó la cuerda hacia atrás. Cuando Macarena terminó de exhibirse, ya se había ganado toda la admiración de los paseantes. “Toma, es tu turno”, ella me entregó la cuerda y en su frente no relucía ninguna gota de sudor. De forma involuntaria me acaricié mi tobillo. “Ya estás bien, podrás lograrlo”, dijo ella. Entonces tragué saliva y me levanté de la banca. 

Cuando algunos paseantes advirtieron que era mi turno de saltar la cuerda, sonrieron de forma burlona. Tímida e insegura, tomé los mangos de madera. Intenté dar mi primer salto y fallé. Escuché risas a mis espaldas. “Tú puedes, linda, sólo concéntrate”, dijo con un tono maternal la mujer divina. Contra todo pronóstico, comencé a saltar sin fallar y entonces advertí que el tobillo no me dolía. Envalentonada por ese modesto éxito, continué saltando. Tal como me aconsejó Macarena, me concentré en hacer girar mis muñecas y en saltar al segundo siguiente de que la cuerda golpeara contra el suelo. 

“¡Excelente, linda!”, me gritó Macarena como si fuera mi porrista personal. Por un breve instante me sentí ligera y llena de una suave cadencia que me permitía saltar acompasando el latido de mi corazón. “¡Ahora cruza la cuerda como te enseñé!”, me alentó Macarena. Segura de mí misma, sin dejar de saltar, crucé los brazos sobre mi pecho para crear un arco con la cuerda y pasar dentro de él. Pero yo soy un ser terrenal y no sé volar por los cielos. Al caer de puntillas, mi tobillo izquierdo se torció. La cuerda se enredó entre mis pies y caí al suelo. Tirada en el piso, bocarriba, observé las nubes que flotaban etéreas en un cielo inusualmente cobalto. 

Comencé a sentir un dolor agudo en el tobillo. Entonces pensé que, lesionada una vez más, ya no podría ejercitarme ni perder los kilos que le prometí al nutricionista. Quizá me era imposible adelgazar porque tenía una enorme necesidad de cargar con tanto dentro de mí por temor a perder, como si mi única posesión en la vida fueran estos kilos de más, a los que no estoy dispuesta a renunciar. Quizá mi destino era permanecer como un ser terrenal, por completo desinflada de aire divino. A lo lejos escuché la preocupada voz de Macarena y también escuché algunas risas. Pero nada de eso me importó. Observando las nubes deslizarse sin resistencia por el cielo, rechacé cualquier pretensión divina y me abandoné al dolor de mi tobillo torcido.




Nitz Lerasmo

Nitz Lerasmo (Ciudad de México, 1994) estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM. Forma parte de las antologías Exploraciones quiméricas Vol. I (Grupo Editorial Lectio, 2019) y Tercera Antología de Escritoras Mexicanas (El nido del fénix, 2020). Autora de la plaquette Instantáneas (Ediciones Awen, 2021).

Yo nací libre: El desengaño del “amor romántico” en El Quijote

por María Fernanda González Lozada

Durante años la tradición literaria ha dejado de lado a las mujeres y las ha situado en un entorno sumamente machista, no solamente como escritoras, también como personajes, por ello es común encontrarse con textos en donde, casi siempre, aparecen como: “la esposa”, “la hija”, “la hermana”, “la musa”, “la madre”, “la artesana”, entre otras denominaciones que se les da debido a los roles que les son impuestos por el hecho de haber nacido mujeres. Otra de las muchas problemáticas que las aqueja dentro y fuera del marco literario es el “amor romántico”, que durante largo tiempo las ha mantenido bajo la subordinación patriarcal. Sin embargo, desde hace algún tiempo surge la necesidad de cuestionarse los estereotipos de género y con ello la idea de reconocerse como seres libres y autónomos, con la determinación individual de elegir a quien amar.

Con base a lo anterior, las manifestaciones literarias comienzan a poner a las mujeres como protagonistas, esto podemos notarlo en textos contemporáneos, sin embargo, existen obras anteriores en las que se empieza a reflejar la idea de la liberación femenina. Es el caso de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, si bien fue muy popular dentro de la tradición caballeresca y por la variedad de temas que toca, asimismo, causa una importante relevancia debido a las figuras femeninas que Cervantes presenta a lo largo de su obra, especialmente el personaje de la pastora Marcela, ya que enmarca una disidencia entre las relaciones de poder que son ejercidas por parte de los hombres en contra de las mujeres y que erróneamente se le ha denominado “amor”.

Si bien Don Quijote es el personaje principal de tan notable obra, en esta ocasión es crucial resaltar el papel de la pastora Marcela –no solo como un personaje secundario, sino como una mujer dispuesta a romper con los estereotipos patriarcales–, quien toma un protagonismo fundamental en el capítulo XIV que lleva por título: “Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos”. Marcela representa la libertad e independencia femenina en un ambiente en que la mujer no es libre, así que se revela ante las injustas críticas que recibe por parte de otros pastores, pues al inicio de este capítulo se presenta una canción escrita por Grisóstomo que escribe antes de morir, en la cual expresa su tristeza a causa de que Marcela no cede a sus juicios amorosos, razón por la que los amigos del difunto la culpan de la muerte y desdicha del mismo.

Marcela se presenta al funeral del pastor, momento en el que Ambrosio la recibe con  estas crueles palabras, a manera de ejercer presión social contra la pastora: 

-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco de estas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición? ¿O a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma? ¿O a pisar arrogante este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes o qué es aquello de que más gustas, que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos. (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 125).

Por lo que Marcela responde de una manera firme y asertiva  que denota la búsqueda de su derecho a decidir a quién amar, se muestra en el texto: “[…] mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.” (125). Con estas palabras la pastora se permite contradecir los razonamientos masculinos, que durante largo tiempo fueron naturalizados, así mismo, muestra su firmeza ante la idea de no estar obligada a corresponderle a un hombre sólo por su condición de mujer, incluso ella misma cuestiona la necedad de obligarla a amar de la siguiente manera: “¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?” (126), si ella sabe que el amor, cuando es verdadero, es voluntario y no obligado.

Resulta sumamente relevante cómo apuesta por el amor sin ataduras, principalmente al tener en cuenta la época, ya que en ese entonces el modelo que se considera correcto es el de la mujer sumisa que depende de su esposo y vive para él y sus hijos, sin poder ponerse a ella misma como prioridad. Incluso Marcela refleja su independencia económica de la siguiente manera: “Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas […]” (127). Es así como la pastora deja claro su afán de vivir sola, sin la necesidad de nadie y menos de un hombre, declara su poder de decidir sobre lo que a ella le hace feliz y enfatiza, en cada momento, la libertad que le pertenece, así se lee en el texto: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.” (126).

Marcela se muestra extraordinariamente adelantada para su época, decidida a liberarse del yugo masculino, por lo que prefiere estar sola sin un hombre que la obligue a comportarse como la mujer tradicional que tiene que casarse cuando este la desea, pues prefiere vivir su vida que permanecer bajo las exigencias de un marido al que no quiere. Sin embargo, la pastora no solamente busca demostrar la libertad que le corresponde, sino que también, con su discurso, deja claro que es una persona sumamente inteligente y con una gran capacidad argumentativa, con esto rompe la idea de que la mujer es ignorante frente al hombre.

Cervantes da gran importancia al sentido de justicia y libertad, así que decide personificarlo en las mujeres que presenta en su novela, ya que Marcela no es la única que se libera de las imponencias masculinas dentro de la obra. El autor trata una serie de temas relacionados con la novela pastoril, por ello introduce una diversidad de personajes femeninos en la narración, las cuales reflejan actitudes que provocan una ruptura con las órdenes morales del momento, pues son mujeres que no se encuentran en relación con los preceptos femeninos de la sociedad tradicional.

Finalmente, cabe resaltar que Marcela es una mujer que se declara completamente en contra del amor cortés que, hasta ese momento, se considera correcto. Ese látigo patriarcal que ha sometido y lastimado a muchas mujeres a lo largo de la historia. Es muy importante tener presente el discurso de Marcela, que si bien es un personaje ficticio, su enseñanza marca una apertura a la independencia  femenina, no solo dentro del contexto literario, sino también en la realidad machista en la que, como mujeres, vivimos. Poco a poco hemos conseguido desprendernos del ideal masculino, pero aún queda un camino muy largo por recorrer.

1 Amor romántico en un contexto coloquial, ya que, en una instancia más objetiva y especializada, se denomina  amor cortés, sin embargo dicho término ya no es tan común.

 2V. Woolf, Virginia. A room of One´s Own.

Bibliografía

De Cervantes, Miguel. “Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos”. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Francisco Rico, ed. España: Alfaguara, 2004. 119-129.


María Fernanda González Lozada

Soy María Fernanda, me gusta mi segundo nombre porque significa “mujer valiente”, no sé si realmente lo soy. De lo que estoy segura es que me gusta soñar y crear, por eso escribo. Me crié en el llamado “Valle de las calaveras”, más conocido como Zumpango. A mi corta edad de 21 años me ha costado definirme como “alguien”, creo que ese siempre fue mi error, querer ser alguien, pero para evitar confusiones, digamos que me identifico con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana, nuestra “casa abierta al tiempo”. Estoy hecha de mujeres valientes, capaces de
soñar y crear realidades extraordinarias.