Con Ternura, para ti.

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Mujeres talentosas, mujeres invisibilizadas.

Hace unos días estaba viendo videos de YouTube sobre el Caso Britney y me detuve a leer los comentarios. No esperaba menos que la empatía del #FreeBritney, sin embargo, no pude evitar dar mi atención en el asombro general de ver a un hombre colgarse del éxito y talento de una mujer y beneficiarse monetariamente de su trabajo… porque de cierta forma, esa técnica de oportunismo ha existido a lo largo de la historia desde las más grandes artistas, hasta las emergentes, como es el caso de mi amiga Belem.

Belem se dedica a la danza folclórica, es coreógrafa profesional y acá entre nos, una muy buena coreógrafa. Ella misma ha diseñado, montado y dirigido múltiples grupos escolares y semiprofesionales con los que ha tenido mucho éxito y reconocimiento; asi que no fue de extrañarse cuando la compañía de danza emergente que dirigía Belem ganara una beca para presentarse en uno de los grandes teatros que posee la Ciudad de México.

Fuera del reconocimiento y el dinero, Belem amaba bailar a lado de sus amigas, su compañía era más una colectiva donde todas participaban y aportaban con sus talentos en los bailables que montaban, pero dado al nuevo nivel profesional que exigía la beca, ella decidió incorporar al equipo un contador que la ayudaría a gestionar el dinero de la beca… y ahí comenzaron los problemas.

Pese a que la presentación del nuevo contador generó confianza en el grupo, Belem no lograba sentirse a gusto con la presencia del nuevo asistente, ya que sus insistentes halagos al trabajo de la compañía, siempre iban acompañados de comentarios sobre su vasta experiencia en el medio escénico y como ellas, siendo un grupo becado por primera vez, les faltaba mucho por aprender y muchas personas por conocer, ofreciendo al final sus conocimientos y habilidades no solo como contador, sino también como ex estudiante de artes escénicas, llamándose experto en áreas creativas ya cubiertas por el resto de las compañeras.

El contador comenzó a invadir todas las áreas de creación, con la excusa de que su trabajo era la culminación que la compañía necesitaba en las distintas áreas de creación. “Mi trabajo es la culminación perfecta de todo el supuesto trabajo que hicieron en estos 3 años que llevan bailando juntas, si no necesitaran mi ayuda, no me hubieran contratado” o eso solía decir el contador cuando personas externas a la compañía le preguntaban sobre su colaboración con Belem y la beca que había ganado con sus compañeras.

 Poco a poco el contador se ofrecía a realizar tareas que le competían a mi amiga coreógrafa con el pretexto de “alivianar sus tareas y ayudarla” porque a su criterio, era demasiado novata para el medio profesional a diferencia de él, que presumía de 5 años de carrera con becas profesionales y tener contactos por todas partes, cuando en realidad, solo era un pasante de contaduría que en sus años de preparatoria, había estudiado un curso en artes escénicas.

Mi amiga Belem no lo sabía, pero el hecho de que el contador invadiera las áreas creativas que no le competían (como diseño coreográfico, producción y hasta comunicación entre las integrantes de la compañía), llevándose el mayor crédito creativo al hablar de su trabajo en la compañía, es un tipo de invisibilización y robo del trabajo intelectual de una mujer que ha sido perpetuado en todos los ámbitos laborales y artísticos, como en el caso de Taylor Swift y sus canciones o la pintora Margaret Keane y muchas mujeres en la historia.

Este tipo de robo intelectual es ejercido por hombres que al trabajar en equipo con una mujer (siendo la persona que ha tenido mayor participación creativa y gestión del trabajo) se roban los créditos en la presentación final, por desgracia, muchos robos intelectuales no se quedan ahí y siguen escalando hasta llegar a la explotación económica del trabajo artístico de una mujer, tal es el caso de Britney y la explotación económica que su padre, bajo la excusa de ser su tutor legal, ha ejercido.

Siguiendo con la historia de mi amiga, el contador en busca de ahora un beneficio económico se había encargado de presentarse ante el teatro y encargados de la beca como el único realizador de la coreografía final de la compañía, así como diseñador creativo del espectáculo, productor y gestión del proyecto, y exigía una paga exorbitante por su supuesto trabajo y los derechos de autoría de la coreografía y espectáculo ganador de la beca (autoría que pertenecía a Belem y a sus compañeras).

Actualmente mi amiga Belem y sus compañeras de baile se mantienen unidas ante la pelea legal por la autoría de su coreografía y montaje, aparte de una batalla social porque fue difamada por el contador en redes sociales calificándola como una coreógrafa controladora que se había robado sus ideas y hasta su dinero. Ellas han encontrado apoyo en círculos seguros de mujeres que les han brindado asesoría y acompañamiento, pero la lucha no termina.

Así como Belem, muchas mujeres se han enfrentado a robos intelectuales y todo tipo de violencia laboral, siendo en su mayoría hombres que buscan explotar económicamente el trabajo intelectual o creativo de mujeres talentosas; a Britney una corte la sentenció a seguir bajo la tutela de su padre, a Belem le tocó ser sancionada por los encargados de la beca al no permitirle presentarse en el teatro y retirarle la beca, ¿Cuántas mujeres más no se mantendrán resistiendo ante estas invisibilizaciones?

Levanta la voz, no caigas en manipulaciones, resiste pues tu trabajo es tan valioso como tu nombre.

Con ternura, para ti.

50 sombras de morado | Blanca Moreno, o mujeres chingonas haciendo cosas chingonas.

Blanca Moreno, QA Minds

Por Irene González.

En un artículo pasado, Mujeres dentro de la Ciencia y la Tecnología, o de cómo 100 tampones confundieron a la NASA, se abordó el tema de la inclusión de las mujeres en las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus iniciales en inglés), lo bajas que todavía son las cifras de chicas que se deciden a incursionar en estas áreas y el reducido porcentaje de mujeres que lideran firmas de tecnología en nuestro país. Sin embargo, dentro de este porcentaje existen proyectos de gran valor e historias de éxito que suman, como es el caso de Blanca Moreno y QA Minds.

Blanca, Ingeniera en Sistemas Computacionales por el ITCG, nos habló de la historia detrás de QA Minds, una empresa de consultoría y capacitación especializada en calidad de software que fundó hace ocho años junto con su prima, Dafne Castro. También nos contó un poco de su propia historia, aquello que la motivó a dejar un empleo convencional para crecer su negocio, cuáles fueron sus inspiraciones y cuáles han sido los retos a los que se ha enfrentado.  

Además de QA Minds, se encuentra involucrada en el proyecto sin fines de lucro, Mentoralia. Éste busca acercar a niñas de diferentes contextos socioeconómicos al mundo STEM, a fin de sembrar en ellas la inquietud por el conocimiento, enseñarles a resolver problemas a través de la tecnología y proporcionarles herramientas que abonen a su futuro. 

QA Minds, la realización de un sueño de la infancia.

Aunque proviene de una familia más tradicional, Blanca encontró en sus tías un ejemplo de independencia que le parecía inspirador; ellas trabajaban y mantenían el hogar por cuenta propia. Sus papás, comerciantes, inculcaron en ella el valor del trabajo y la disciplina. La apoyaron en su educación para brindarle mayores oportunidades, pero esperaban que siguiera una vida relativamente convencional, primeramente como hija y después como esposa.

Para Blanca el primer punto de quiebre surgió a raíz de su divorcio, momento en el que decidió detenerse a reflexionar qué quería para ella misma y en qué dirección avanzar. También tuvo que afrontar el hecho de que en la industria de la tecnología existe todavía una cierta predisposición a favorecer a los hombres en aumentos y promociones, pues se espera que una mujer priorice a su familia por encima de la empresa. Sus hijos siempre han sido una motivación importante, pero también le inspiró recordar su sueño de niña: ser una mujer independiente, parecida a sus tías. Una empresaria mirando con satisfacción por la ventana de su oficina. Trabajar en pro de su propio proyecto y tomar control de su carrera, de su futuro y, por qué no, de su destino.

“Intenté varias cosas antes de llegar a donde estoy, que fracasaron por supuesto” Menciona al tiempo que enlista las ideas que exploró, desde vender aplicaciones móviles hasta una idea de negocio con impacto social relacionada con el tema del tratamiento de basura. “Fui educada de una manera en la que no me da miedo hacer prueba y error, hasta que te sale,  y si estás convencido en ello vas a perseverar hasta conseguirlo” Efectivamente, Blanca no parece tener miedo al fallo; lo entiende como una parte más del proceso, de la vida incluso, y ha sabido aprender de él tanto en lo profesional como en lo personal.

Después de transitar por varias ideas, socios y tomando la experiencia de lo que no funcionó, decidió que en lugar de especializarse e incursionar en un tema nuevo iba a sacarle partido a los conocimientos que ya había dominado en su área de trabajo: las pruebas de software. Con esta idea en mente se acercó a Dafne, también Ingeniera en Sistemas Computacionales. Y así comenzó QA Minds.

Un viaje con giros, desvelos y muchas satisfacciones.

“Empezamos dos personas, mi prima y yo, y un único proyecto de consultoría. Hoy somos 35 personas y hemos tenido un crecimiento de ventas muy importante” Comenta Blanca. Nos platica además que todo su equipo directo, de 14 miembros, está integrado por mujeres. “No lo planeamos así, sin embargo se compuso de esta manera y existe entre nosotras una gran sinergia. Es un equipo súper eficiente, la mayoría tiene hijos y existe mucha comprensión al respecto. Trabajamos por objetivos y es algo que nos ha funcionado”

Para materializar su idea fueron necesarios sacrificios; fines de semana dedicados a más trabajo, noches de insomnio y una disciplina férrea. Aunque Blanca se identifica como una personalidad caótica es consciente de que la clave de todo está en organizarse, enfocarse y hacer que las cosas pasen. También un considerable grado de pasión, de gusto por el proyecto e ilusión por los resultados obtenidos. Ha pasado por todo, desde estafas, pérdidas, errores hasta contracturas. Pero a lo largo de la travesía que implica emprender ha aprendido a levantarse, a valorar su trabajo, negociar, saber cobrar por su conocimiento y a incrementar sus ingresos.

Una estrategia de la que se vale para perder el miedo a arriesgarse es visualizar su peor escenario y cómo se enfrentaría a él. Al momento de resolver un obstáculo le ayuda poner las cosas en perspectiva, analizar qué realmente está bajo su control y cómo solucionar lo que sí está en sus manos. También le da prioridad a cuidar de su salud mental acudiendo a terapia, reconociendo y validando sus emociones. Para ella es importante darse la oportunidad de sentirlo todo; desde el coraje, frustración, decepción,  pero siempre con miras a gestionarlo y seguir adelante. Así ha dominado el miedo al fracaso que detiene a tantos otros y los inevitables retos del camino.

Mentoralia, sembrando semillas por el futuro de las mujeres.

Blanca también nos platica sobre Mentoralia, un programa fundado por la emprendedora Maria Makarova donde se brinda a niñas de entre 10 y 18 años la oportunidad de aprender a desarrollar una aplicación móvil que dé solución a una problemática de su comunidad, acercándolas a las disciplinas STEM y mostrándoles que la tecnología es una herramienta elemental para abrir muchas puertas. Mentoralia ofrece un espacio seguro donde las niñas exploran posibilidades, se equivocan y descubren sus pasiones. Por él han pasado ya cientos de chicas

A partir de su trabajo dentro de esta iniciativa Blanca ha aprendido muchas cosas; la importancia de que en el contexto familiar las niñas tengan personas que las influencien positivamente y las motiven a desarrollarse, de ofrecer ambientes seguros en los cuales tanto niñas como mujeres puedan crecer su potencial y de tener una red de apoyo fuerte.

Lo identifica como uno de los proyectos más satisfactorios de su vida y donde ella no solamente ha compartido su conocimiento con las niñas, sino que se ha llevado múltiples aprendizajes que ha aplicado en QA Minds; liderazgo, perseverancia, compromiso. También entiende la importancia de mantener motivado e inspirado a su equipo, un factor crucial en Mentoralia puesto que todos los involucrados son voluntarios.

Blanca considera que aprender de tecnología es a estas alturas tan fundamental como saber escribir. No quiere decir que las niñas tengan necesariamente que encarrilarse a una disciplina STEM, pero sí entender que las tecnologías pueden convertirse en una valiosa herramienta y una aliada en su vida.

“La tecnología no es el símbolo de un trabajo” menciona, “sino una ventana a la creación de nuevas cosas, a la resolución de problemas. Es una manera de darle rienda suelta a la parte creativa e inventiva, materializar ideas y explorar cómo mejorar nuestro día a día.

Un consejo para las futuras emprendedoras.

“No les voy a mentir, es difícil” Dice con una risa. “Si ya han identificado el área en la que quieren emprender y en la que necesitan especializarse, lo que sigue es paciencia, mucha disciplina y mucho enfoque. Habrá días difíciles, pero también muchos días increíbles y valdrá la pena. Esos son los días que te dan el combustible para seguir adelante.”

Son varios y complejos los retos a resolver para cerrar finalmente la brecha de género que existe especialmente en el área STEM. Sin embargo, historias como la de QA Minds y Mentoralia, y mujeres como Blanca Moreno nos inspiran a seguir trabajando en pro de un terreno equitativo. Para acercar cada vez más herramientas que aporten al futuro de las nuevas generaciones de niñas, extender su abanico de posibilidades y ver eventualmente más y más mujeres detrás de empresas de tecnología, mujeres utilizando la ciencia para resolver problemas en pro de su comunidad, creativas aprovechando aplicaciones para llevar sus ideas más lejos, y mucho más.

Puedes conocer más sobre estos proyectos en las siguientes ligas:

https://qaminds.com/

https://www.mentoralia.org/


Irene González estudió la licenciatura en Arte y Animación Digital en el Tecnológico de Monterrey. Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria por “Literalia Editores”, fue miembro del círculo de escritores tapatío “El Jardín Blanco”. Ganadora del primer y tercer lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Finalista en el concurso internacional “Novelistik de Ciencia Ficción” 2016. Ha publicado en diversos medios digitales e impresos, incluyendo “Sirena Varada”, “En Sentido Figurado”, “Teresa Magazine”, “Quinde Cultural”, el periódico “La Jornada” y en su blog personal “Dystopian Fantasy”.  

Instagram: @r.irenegon 


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Escribir para resistir| Mujeres escritoras

Por Majo Soto.

一Todos los días al despertar y antes de dormir, di “soy escritora”. 

La idea de un retiro de escritoras nos encantó desde que la autora Raquel Hoyos nos la propuso al final del módulo 5 del Taller “El Cuento de Ciencia Ficción”, organizado por Especulativas. Lo ideal hubiera sido irnos a acampar a un bosque o hacerlo en alguna cafetería literaria. Pero el nuestro es un retiro virtual, en parte por la pandemia y en parte porque estamos regadas en toda la República Mexicana.

Vamos entrando de una a una a la sala, al espacio sororo que compartiremos por las próximas 2 horas y media. Nos vemos a través de las pantallas, nos sonreímos. Mostramos la libreta que elegimos para esta ocasión especial y hablamos del sueño compartido de algún día, poder ir a tomar un café juntas. 

Algunas ya hemos coincidido en otros espacios, ya nos hemos leído. Hay cierto cariño y admiración entre todas. Se nota desde el primer ejercicio cronometrado a 10 minutos, pues la lectura en voz alta no resulta tan intimidante. 

Eso no quiere decir que las emociones no nos invadan. Conectar la pluma y la mente tiende a ser caótico. Nuestras voces se rompen entre las palabras. En el papel resultan textos tan interesantes como personales. A veces dolorosos, a veces cómicos y siempre podemos identificarnos y reconocernos en las historias de las otras. 

Primero, escribimos recuerdo, al principio o cada vez que nos atoremos. La enfermedad, la adolescencia, el wisky, las gomitas de panda, la nostalgia por la normalidad de antes y las pesadillas, salen a flote. También los abrazos a distancia y las risas de no entender la propia letra. 

Viajamos a quisiera estar en, con destino a otro planeta, en el que podemos hablar con nuestros familiares fallecidos. Nos metemos a un dibujo, vamos a una playa, vivimos lejos de los vecinos sexualmente escandalosos, descubrimos un bosque, volamos a Francia, y a un futuro en el que la violencia contra nosotras no existe. 

Jugamos a designarnos palabras y entonces, se nos antoja tomar un chocolate. Nos abandonan en una pachanga en la que un hombre indeseable quiere ligarnos. Nos inundamos con el olor del petricor, cuidamos una planta luminiscente que se alimenta de nuestro amor. Y deseamos que el tiempo que nos resta para estar lejanamente juntas, no sea tan fugaz como un garabato

De ahí volvemos a viajar a galaxias donde tenemos poderes mágicos. Regresamos al inicio de los tiempos y le quitamos a Dios su falsa autoridad, para que seamos creados y creadas en igualdad. Todos nuestros deseos se hacen realidad, podemos explotar las cabezas de los agresores, sanar a las personas, sacar los sueños del subconsciente y materializarlos en la realidad. También, buscamos a los espíritus de nuestras hermanas desaparecidas, para que nos digan quiénes son los culpables y poder hacerles justicia. 

Escribimos una carta para el reflejo en el espejo. Hay depresión por cumplir más años, obstáculos superados, inseguridades conquistadas, amor, agradecimientos, felicitaciones, resiliencia, resistencia y mucha valentía. Presenciamos el nacimiento de mujeres que escriben, que le hacen frente al síndrome de la impostora y pensamos que tuvimos suerte de empezar con ellas y no con ellos

一Dilo cuando te pregunten qué haces. Puede que te sientas tonta y está bien. Aún así, da un paso adelante y di “soy escritora”. 

Sonreímos. ¿Qué hay más revolucionario que mujeres escribiendo? Mujeres escritoras.

Majo Soto es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina de ballet, feminista y escritora de diversos géneros literarios y periodísticos. Le encanta incomodar con sus palabras y ha publicado sus textos en espacios virtuales e impresos como EspeculativasMX, La Coyol Revista, Las Sin Sostén, Círculo literario de Mujeres, Notas sin Pauta y Tribuna de Querétaro.

Instagram: majo2906

Twitter: TristezaFeliz29

Acerc-Arte | INSEGURIDAD.

Por Reyna Morales Sorprendentemente, las cosas extrañas suceden todo el tiempo, lo hacen a nuestro alrededor y no siempre nos damos cuenta.

La tarde estaba por terminar. Una mañana intensa, haciendo trámites aquí y allá. Una comida rápida y de regreso a casa. Me esperaba un largo recorrido por una carretera solitaria. Esperé en la parada el microbús que me llevaría de vuelta. Por suerte, sólo tenía que tomar uno. Por fin pasó. Por la hora, aún no habia muchos pasajeros. Hice la seña, abordé y pagué mi pasaje. Solo dos hombres al fondo, otro detrás del chofer y una chica de lado contrario. Me senté de modo perperndicular a ella. Los hombres de edad mediana, con gesto de hartazgo por un día más de trabajo. Los tres distraídos, pensando en sus propios problemas. Ella, la chica, alrededor de los 19 años, con la frescura de su edad. En jeans, tenis, blusa bonita y suéter. Cabello lacio, largo y suelto. Nada extravagante. Posiblemente venía de la escuela, ya que en sus piernas descansaba una mochila escolar.

El camino fue más o menos tranquilo. Nadie más abordó el transporte. Fue hasta salir de la zona urbanizada que alguien hizo la parada para subir. Cada quien sumergidos en su mundo, no prestaron atención al sujeto que subía. Pagó su pasaje y buscó lugar. Y a pesar de haber tantos asientos libres, fue a sentarse justo al lado de la chica. Ella no hizo caso tampoco. Su mirada iba perdida en su universo a través de la ventanilla. El vehiculo siguió su marcha. Nuevamente, todo en calma.

El sujeto volteaba a vernos a todos, como analizandonos. De entre 25 y 30 años aproximadamente, desgarbado, descuidado y sucio. Pronto nos sentimos amenazados. Al entrar a la parte solitaria de la carretera, esa mirada rara y esa apariencia desaliñada provocaron que todos los pasajeros tuviéramos la sensación de que pronto seríamos asaltados. La chica lo miraba de reojo. Ella podría ser la víctima más débil, más vulnerable. La tensión crecía poco a poco. Medí los riesgos y los posibles escenarios: si estaba armado con alguna arma blanca, tal vez se le podría desarmar a jalones y empujamos; pero si el arma era de fuego, ¡nos tendría en sus manos! Solo un acto de arriesgado heroísmo podría quitar esa arma de su poder. Pero pensaba en la chica. Fácilmente podría tomarla como rehén. No se podía poner en riesgo una vida tan joven y con un futuro por delante. No quedaba más que someternos y rezar porque todo acabara lo mejor posible. Al final, lo material es recuperable… Una vida no…

Segundos que parecían horas. Esperábamos lo peor. Sin embargo, nada sucedía. De pronto, el muchacho comenzó a decir algo que para los demás era inaudible… pero para la chica el mensaje era claro: -Estás muy guapa, amiga, ¿a dónde vas tan solita? Si el lobo te encuentra, ¡te va a comer!-. La jovencita lo veía de reojo, mostrando su malestaren su gesto y tronando los labios. Lo ignoró. El se iba acercando a ella, seguro de la indiferencia del resto de los pasajeros. -Anda, linda, ¡salúdame! No te cuesta nada…- y aprovechó el momento para pasar su brazo derecho por la espalda de la joven y bajando el izquierdo para acariciar el brazo de ella hasta llegar a su pierna. Al sentirlo, la muchacha volteó a verlo y sonrío. No entendí si era consentimiento… o amenaza. Y sin pensarlo, la chica se recargó cariñosamente en el hombro del tipo aquél. ¡Vaya sorpresa! Por un momento pensé que era algo así como un juego entre ellos. Uno de esos juegos de roll que los enamorados juegan para ponerle chispa a la relación.

Pero algo lo cambió todo: -¿De verdad te parezco linda?- preguntó ella dulcemente. -¡Mucho…!- dijo él. -¿Y realmente me veo tan indefensa?- volvió a cuestionar ingenuamente. -¡Claro, nena! Eres frágil… Deberías estar con un hombre que te sepa proteger-, respondió él, con la seguridad de galán que se cree irresistible. La abrazó fuerte. Ella, con suaves movimientos, algo hacía con las manos, pero no se alcanzaba a ver porque la cubría la mochila. Él, plenamente confiado, la acariciaba. Entonces, ella empuñó algo, al tiempo que con voz suave le decía: -¿Sabes?, mi papá piensa algo muy parecido, pero como no siempre puede estar conmigo, me dio un juguete… para cuando vaya a visitar a mi abuelita-. ¡Por fin pude ver lo que empuñaba: era una pistola! que presionaba sobre el costado derecho del asombrado y asustado donjuán.

El tipo se quedó helado. -Y como no aprendí a jugar bien con mi juguetito, te voy a pedir que no me pongas nerviosa, ¡idiota!-. Poco a poco, el sujeto quitó su brazo de su espalda, se despegó delicado de la adolescente y se levantó despacio para no ponerla nerviosa… Ella muy discretamente volvio a meter el arma en su inocente mochila. El tipo asustado, pero sobre todo humillado, pidió su parada. No terminaba de detenerse el transporte, en una zona totalmente despoblada, cuando el hombre de un salto tocó el suelo y comenzó a correr hasta perderse de vista.

Hasta hoy, no sé quien era más peligroso, de quién debíamos cuidarnos, pero de que la persona menos pensada te puede sorprender, no cabe duda.

De Víctor Terán, Las espinas del amor y el placer de vivir «en la hermosa ciudad que tú eres»

Por Fernanda Loé Gómez

Sé que muchos podemos estar familiarizados con diferentes poetas, incluso aunque no hayamos leído su obra, porque han adquirido cierta fama, ya sea nacional o incluso internacional. Sin embargo, me atrevería a apostar a que ninguno de los nombres que les vienen a la mente son de poetas que escriban en lenguas indígenas puesto que casi nunca son los que leemos en la escuela (a excepción de Nezahualcóyotl) o los que podemos encontrar en primera fila en las librerías. Aún así, es necesario conocer su trabajo, que implica además otras cosas, pues los poetas que escriben en alguna lengua indígena, la mayoría de las veces son también sus propios traductores, labor merecedora de reconocimiento aunada a su trabajo como escritores.  

Por lo tanto, y porque realmente es un tema que me encanta, decidí hoy hablar de uno de mis autores favoritos: Víctor Terán.  Poeta nacido en Juchitán, Oaxaca en 1958.  Miembro fundador de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas, becario del FONCA y ganador del premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas, así como del Certamen de Poesía del Istmo en lengua zapoteca.  En 2010 participó con David Huerta y Coral Bracho en el Tour de poetas mexicanos en el Reino Unido. También es profesor y promotor del zapoteco ya que imparte cursos de creación literaria y lectoescritura. Ha publicado 8 libros, entre los cuales se encuentra Las espinas del amor (2014) donde aparecen los poemas que comentaré a continuación.

Uno de los poemas de ese libro es “En la hamaca” en el que la voz poética nos describe una escena tierna y amorosa de dos amantes acostados juntos. Esta primera imagen ya nos sitúa en un escenario que visualizamos como natural y pacífico, al ser el objeto principal una hamaca, no una banca o una cama. Luego viene una declaración:

Te explico que no hay nada imposible,

no hay enredo que no tenga cabo,

que por hacer perdurable nuestro amor

yo seré infatigable.

Lo dicho es comprable a la caricia que en inicio había hecho con la mano y que ahora hace con palabras. Y en este contexto de intimidad, llegamos a un tópico que me parece se repite en los poemas de Víctor, que es el amor como ritual. Creo yo que es una característica presente en autores que escriben en lenguas indígenas, el comparar el acto de amar con una ofrenda y por lo tanto incluir elementos propios de esa ceremonia. En mi opinión, es una manera distinta de acercarse a la espiritualidad que sugiere creencias más allá de las católicas a las que estamos acostumbrados, íntimamente ligada a una forma de ver la vida a partir de un contexto distinto.

Te afirmo que edificaremos cosas

que derribaremos otras,

que fundaremos un templo donde encenderemos

cirios

y quemaremos incienso a nuestro amor.

El acto de fundar un templo, encender cirios y quemar inciensos bien pareciera comparable con lo que se hace en una misa, que, al fin y al cabo, es un ritual, por lo que el acto de amarse es también un ritual. Y como el ritual implica adoración, devoción, así mismo debe ser la entrega de la voz poética al ser amado, como bien lo indican los primeros versos. Concluye el poema con la contradicción de la ausencia del ser amado.

Yo te acaricio el rostro,

acariciaría tus hombros, tu pecho,

si estuvieras aún conmigo en esta hamaca.

En “Amanecí con tu nombre” la voz poética nos habla del sueño de la amada, que se acompaña con la noche a partir de la descripción de ambos. El sueño como, temblor, ansia, dolor. La noche como húmeda, misteriosa, que aturde el entendimiento y el cuerpo. Juntos, forman la imagen de desesperación por aferrarse a la amada en sueños con la esperanza de que, al terminar la noche, no desaparezca.

De haber sabido que soñaba

no hubiera soltado tus manos.

De haber sabido que despertaría

te hubiera abrazado fuertemente

para que no te fueras.

Hacia el final del poema, las preguntas sobre la amada ausente cierran esa añoranza inicial. La repetición del primer verso (que también es el nombre del poema) crean una relación cíclica de ese sentimiento descrito en los versos anteriores, que ahora va acompañado de una duda que parecería también reclamo.

En qué lugar andarán tus grandes ojos hermosos,

en qué lugar tus labios.

¿Aún existe algo mío

dentro de tu corazón?

¿Será cierto que olvidaste

todo lo que fuimos?

Amanecí con tu nombre atravesado en mi garganta

En este poema hay palabras como comején y zanate que nos muestran un poco de la identidad del autor. El primero, comején, es otra manera de llamar a las termitas. Zanate por otra parte, es una especie de ave característica del sudoeste del país.

Por último, hablemos del poema “Conozco todo tu cuerpo”, en el que en una primera parte la voz poética hace una serie de comparaciones del cuerpo con un espacio como es la ciudad y el bosque, que conoce a la perfección dándonos la idea, por lo tanto, de que lo ha explorado, y por las palabras que usa, disfrutado. Nuevamente vemos la comparación mencionada en los poemas anteriores, en este caso del cuerpo como templo:

Miel de abeja son tus dos colinas

turgentes, lugar donde iba a honrar a los dioses.

Más adelante lo describe como “digno de alabanzas” y “hecho para el buen morir”, además de agregar “qué honra haberte vivido, haberte sido.” Después, recalca que ya no es él el que disfruta ese lugar ni esa compañía, puesto que ahora ese cuerpo representa libertad, comparándola con un ciervo o con una balsa de flores que flota en el río.

Para la última parte del poema, retoma la idea con la que lo inició, para recordarnos el hilo principal, además de sumar un deseo de volver al momento en que disfrutaba de esa compañía, siempre recurriendo a la sinécdoque, puesto que en realidad extraña a su amada por completo, es decir, su compañía, su voz, su cariño, su relación en general, sin embargo, él lo abarca todo al mencionar una sola cosa: el cuerpo. Y una vez más recurre a la comparación de ese cuerpo con la ciudad, y a la idea de que ser amante sería como vivir en ella.

No hay parte de tu cuerpo que no conozca,

no hay parte que no me guste. Quisiera seguir siendo

a luz que se emboba al mirar la redondez

blanca de tus carnes. Quisiera seguir

viviendo

                                               en la hermosa ciudad

                                                                                   que tú eres.

En conclusión, podemos observar a lo largo de los poemas de este autor, que la idea del amor como un ritual, va más allá de la religión, puesto que recae en diferentes comparaciones ya sea de una alabanza, una ofrenda, un altar. El encuentro amoroso se vuelve en sí, algo espiritual, elevado, algo que nos conduce, aunque sea mentalmente, a un sitio privilegiado, sagrado. Además, me parece interesante y necesario leer a autores que escriben en lenguas indígenas simplemente porque nos ofrecen una manera distinta de ver el mundo, como también nos permiten conocer su obra por medio de sus propias traducciones.

Fuentes consultadas:

Terán, V. (2003). Las espinas del amor. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Dirección General de Culturas Populares e Indígenas. http://filosofia.uaq.mx/yaak/fils/zapoteco/lt/espinasteran.pdf

Entre Caos poético y Textos perdidos| Los espacios No son huecos.


Por Elizabeth Vázquez Pérez

Seis personas, dos recamaras, ¡no cabe nadie más!, es lo que mi mente se repetía cuando una visita llegaba a casa a quedarse como huésped. No era descortesía sólo que no podia dormir en una cama de dos con tres. Las matemáticas me traicionaban ante la lógica de la vida porque reclamaba mi espacio.

Al paso del tiempo creí lo lograría sin embargo al tener mi propia habitación sobraban los mismos espacios de los que renegué y comencé por llenar con pensamientos una libreta de taquigrafía porque no era el espacio físico que buscaba, era mi espacio. Sus rayas azules me llamaron la atención y celosamente me apropie de ella para llenarla de perjurias de adolescente. Cuando no me fue suficiente porque no me hallaba tuve que crear un alfabeto lleno de símbolos para evitar ser leídos excepto por mí siempre y cuando no lo olvidara ya que sentía un vacío, un hueco existencial en el que sin darme cuenta escribí de todo y tuve mi primera creación literaria, un diario que por muchos años lo llevé de mano a mi cotidianidad absurda pues ahí depositaba los sentimientos que no podia mostrar a las personas. Creí en la inocencia y pulcritud de esas hojas con tanto lugar para ocupar, el lugar que mas tarde pelearía con uñas y dientes porque no era visible (que contrariedad) y tuve la necesidad de hacerlo notar.

Recopilé textos poéticos y ensayos para mostrar y publicar por alguna editorial. Todos ellos sin buen trazo , rayados,  en la computadora y otros en Instagram, textos perdidos a través del tiempo reemplazados por la tortura que sufren al ir mejorando la escritura y el estilo de cualquier autor. Si mis letras me hablaran me dirían que no me exigiera tanto, que sólo necesitaban espacio para ser leídos independientemente del caos diario. Me dí a la tarea de buscar y hacerles justicia de manera independiente en una revista literaria donde mi texto estaba resguardado y libre.

Todo no siempre fue miel sobre hojuelas mis textos también  sufrieron rechazos  por falta de espacio, por semántica, por sentimientos negativos y de frustración en  que los sumergí ante la derrota, un caos existencial lleno de miedo por escribir literatura erotica, poesía cliché, de hacer ensayos malos pero bien redactados, de fallar en el uso de la coma.

Tuve que emprender la búsqueda de algo que como autora no le diera tanta importancia al proceso y me atreviera como mujer a decidir.

Por eso llegué aquí a este espacio que nombré «De entre caos poético y textos perdidos» por la razón entre lo que se quiere y lo que se tiene. Me bastó este espacio para mostrar que el viaje de la escritura se disfruta desde el momento en que se escribe , se edita y se lee en voz alta.

Los espacios no son huecos para llenar son lugares para crear.

Ahora solo busco a los textos que se me perdieron para hacerlos libres, para hacerles presente.

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo Solo ellos pueden hacerlo , relato Dos por un cuarto de hora, 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku)
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.




Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros y en la facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Estudió ensayo literario en la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo «Solo ellos pueden hacerlo» , relato » Dos por un cuarto de hora», 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku)
Apasionada, creativa, no sabe quién es, le gusta escribir. No anda en busca de estilo, sino de retos.

 
 
 

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14, 610.

por: Itzayana Guillén.

Día 14,610, hoy me miré al espejo y solo encontré una silueta desalineada, andrajosa, con una mirada de parpado caído, en silencio me preguntaba ¿Dónde estaba mi otra yo? con esa alma de estrella fugaz que me caracterizaba, ¿Dónde estaba mi sonrisa quisquillosa?, ¿Dónde estaba ese cuerpo asfáltico? que tanto me encantaba, debí dejarlo en mi otro saco, o tal vez solo me lo comí, de prisa, denme un laxante, debo vomitarlo, mis manos recorrieron mi rostro y una duda surgió de nuevo en mí,  ¿Qué es esto que brota de mi iris? debo tener un tsunami dentro que ya no haya escapatoria y su oleaje se desborda por cada poro de mi piel, me recostare en mi tina y me bañare  entre suspiros y sales. Sales que algún día supieron al más tierno algodón de azúcar, pero no hay escapatoria, así se siente envejecer, en mi cumpleaños número sesenta, me di cuenta que en realidad no era tan vieja y que jamás podría ganarle al testarudo ciclo de la vida (nacer, vivir, comer, comer, reproducirse envejecer y morir), caí en cuenta que ya había perdido demasiado tiempo, en no aceptar lo que era inevitable, deje de teñirme el cabello y le di la más cordial bienvenida a mis enmarañadas canas, guarde la brocha que se paseaba de arriba, abajo en mi mentón y deje de cubrir mi vergüenza, una vergüenza que apareció a los cuarenta y que me acompaño por veinte años, esa vergüenza lejos de todo lo malo se convirtió en felicidad, una felicidad que construí, desde que nací, pero que un momento de mi vida perdí, por los estúpidos canones de belleza, que son impuestos por una sociedad consumista, ahora me doy cuenta que no importa que mi cuerpo haya cambiado porque es el estuche que alberga mi alma, mi piel imperfecta se convirtió en perfecta en cada arruga que decidió nacer, postrarse y no dejarme, la madurez que creció en mi a través de tantas vivencias, en miles de sorbetes de café, me hicieron la mujer sabia, que hoy por fin acepta su vejez.

Soy Itzayana Guillén, nací en la Ciudad de México y radico en Chiapas, soy licenciada en pedagogía de la Universidad Autónoma de Chiapas, he sido maestra de preescolar y de secundaria, la escritura ha sido mi confidente, le ha dado voz a mis pensamientos, he participado en la página de Poetripiados y en el Festival Mesoamericano de Poesía, con mis poemas de corte vanguardista, me gusta crear y mezclar cosas sin sentido, con mis letras entraras a un mundo totalmente extraño. En la narrativa dejo que cada personaje cuente su propia historia.

Piezas de un alma simple

Hablemos de cuerpas…

Tenemos cabello que nos cubre desde la cabeza hasta la punta de los pies, tenemos ojos, nariz, labios, piel que envuelve más que músculos y nervios. Tenemos senos, pezones, vientre, vulva, vagina,  piernas; Tenemos historias que no contamos que se esconden en la profundidad de la garganta y gritan de desespero por los poros pintando nuestra cuerpa de colores que no entendemos, sonidos que no escuchamos pues hemos aprendido a callarlos mirando a otro lado.

Somos intrusas, viles extranjeras, en la piel que habitamos. Nuestra cuerpa callada anda por el mundo arrastrando con sus piernas rotas el peso de la existencia relegada a la sombra de los escaparates de belleza que venden fantasías, que buscan con desespero hacer salivar la vista.

Tenemos cansancio, enfermedades que dicen solo las mujeres padecemos, quizá sea porque tenemos violencias que producen sentimientos que solo las mujeres padecemos. Quizá sea porque tenemos miedos que sólo las mujeres entendemos.

Calladas, preocupadas, tragando las emociones sin digerirlas nos convertimos en guerreras enojadas y valientes que ellos llaman histéricas. Llaman somatización a las historias que se escriben con hierro caliente en nuestras pieles y compartimos con nuestras hijas y las hijas de nuestras hijas, somos construidas por el hilo de historias que recoge fragmentos de todas las que fuimos, somos y seremos.

La cuerpa se construye en todos los tiempos: somos pasado, presente y futuro de todos los colores cada día un poco más turbio, cada día un poco más brilloso… Cada día un poco más culpables de haber aprendido a no sanar esta vida que nos escupe apenas la ecografía dice que somos niñas.

Y la cuerpa calla, calla y resiste aprendiendo a agachar la mirada. Aprendiendo a esconderse entre prendas de ropa holgada, aprendiendo desde niñas a andar con las piernas cerradas porque la falda no nos permite correr con la misma libertad que los compañeros de nuestra edad.

Sanarnos es el acto revolucionario de amarnos a nosotras mismas, entre nosotras mismas. Es besar nuestras cicatrices y sombras, aceptar las diferencias que nos hacen tan iguales. Sanarnos es pedirnos perdón por el daño y agradecernos por seguir en pie de lucha.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 21 años de edad, estudianta de psicología, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Historias de alacenas, vitrinas y macetas I La Talavera.

Por Arizbell Morel Díaz.

Dos platos y tres, son seis…

Cuatro y ocho, dieciséis.

La pequeña Hortensia observaba la vitrina de la abuela desde el piso. En ella, parecían estar ocultos todos los secretos del mundo adulto. Por eso Hortensia la miraba, para entender un poco más que le esperaba en un futuro. 

Era un día caluroso de vacaciones de Semana Santa y la niña estaba cansada. Sin hermanos, sin primos, ella era la única con el tiempo suficiente para quedarse viendo la vitrina por tanto rato. Su madre estaba en el trabajo; su tía fregaba otros platos, los del uso diario. Hortensia sabía todo esto pero no comprendía nada, ¿por qué guardar las mejores cosas para que los otros las vieran? ¿por qué tenían que comer sus enchiladas en platos de plástico percudidos y no en los de Talavera que tanto le gustaba mirar?

Nadie le respondía a Hortensia y ella se había cansado de preguntarles. Después de un rato, Hortensia comenzó a recorrer la casona en dónde vivía, una vez más, sin ánimos de encontrar nada nuevo en ella. En el estudio del abuelo se encontraba su viejo escritorio, aún lleno de polvo habiendo pasado muchos años sin usar. A pesar de que Hortensia siempre había querido sentarse, nunca se había atrevido. Por dentro, sentía que de hacerlo se rompería el hechizo que mantenía al fantasma de su abuelo en la casa. Hasta los niños saben que hay cosas que no se deben tocar…

Siguió por la casa, cuarto por cuarto hasta volver al jardín desde dónde se veía la vitrina de Talavera. De todo su paseo matutino lo único nuevo fueron un par de bichos que encontró dentro del clóset de su tía y que decidió dejar que vivieran en paz dentro de unas pantuflas viejas, porque no tuvo el corazón de sacarlos. 

Bueno, también estaba su abuela, Nana Tata, sentada en su mecedora, mirando al infinito desde la ventana de su casa.

Sin importar el clima o el día, Nana Tata se sentaba a mediodía a mirar el infinito hasta la hora de la comida. Sus manos callosas le impedían cocinar desde hace muchos años, pero Hortensia aún conservaba la memoria de otro tiempo en el que su abuela le había preparado toda clase de platillos y postres especialmente para ella. Hace algunos años (o meses), cuando Hortensia era una chiquilla (según ella), le había preguntado a su mamá por el fin de sus deleites culinarios:

“¿Por qué Nana Tata ya no cocina nada, mamá?”

“No preguntes eso Hortensia, y menos a tu abuela.”

“¿Por qué no puedo preguntar nada?”

“La abuela se va a poner triste Hortensia, son cosas de adultos”.

Con esto Hortensia comprendió que las cosas de adultos no se preguntan, que es mejor dejarlas encerradas en un cajón del escritorio del abuelo que nunca había conocido. En su mente, preguntar se volvió sinónimo de tristeza y se decidió firmemente a no hacerlo nunca más. Pero la curiosidad no se detiene por la moral y en su interior Hortensia seguía queriendo saber los secretos que escondían las manos de su abuela. En los callos, que para ella eran como conchas de mar deslavadas por la espuma, debía estar la explicación de por qué la abuela sólo se dedicaba a mirar a un vacío sin respuesta y no a cocinar, a hacer mole y quesadillas y gelatinas como solía hacer. 

El día en que ocurre nuestra historia, Hortensia no quería salir al jardín. Estaba harta del calor, del sol que no la dejaba en paz y no quería llenar sus nuevos zapatos de tierra por regar las plantas de su tía, aunque estas se murieran por un poco de agua en sus hojas. Resuelta a no hacer lo que se le pedía, se sentó junto a la vitrina tomando entre las manos la regadera de plástico roja a medio llenar. Cual no sería su sorpresa, cuando su abuela se acercó a ella y le preguntó por qué no alimentaba a las plantas, que no podían menos que perecer por la sed, en este día de marzo. 

“Quiero quedarme a ver la vitrina, Nana Tata”, dijo Hortensia sin moverse un centímetro de su lugar. 

 “¿Por qué Hortensia?” le preguntó su abuela sin despegar sus ojos del vacío de la calle que llevaba en su interior. 

“Está llena de Talavera. Y la Talavera está llena de historias, Nana Tata”, replicó Hortensia. 

Con esto su abuela se retiró y dejó a la niña en paz, junto a su querida Talavera. Hortensia continuó sin hacer gran cosa el resto del día y así su hartazgo sólo continuó creciendo hasta la hora de dormir.  Como una semilla que está a punto de explotar, de salir de su cáscara, así las emociones de Hortensia cosquilleaban en su interior sin hallar una fisura para expresarse. Ella, a sus doce años, ya no esperaba nada de la vida más que un tedio sin fin que terminaría con su vuelta a la escuela. 

Sin embargo, cuando uno ya no tiene esperanza, las cosas más insólitas suelen suceder. Es la manera de la vida de asegurarse de que recordemos que a veces, y solo a veces, tenemos que esperar para que algo pueda cambiar de verdad en nuestra existencia. 

Junto a su jirafa de peluche, sobre su colcha de rosas bordada, Hortensia encontró una nota en letra manuscrita que era muy difícil de leer. Por la caligrafía, Hortensia comprendió que se trataba de la carta de alguien viejo, de otra época, cómo la que salía en algunas películas que le gustaba mirar. 

“Querida Clotilde, abrazada de mis manos y mis pensamientos…” comenzaba la epístola que la niña había descubierto. A lo largo de un par de cuartillas, Hortensia se enteró de que la Talavera de la abuela había sido un regalo de un señor que la estimaba. En esas líneas, se expresaba una preocupación por la opinión de la madre de la abuela si llegaba a enterarse de la correspondencia entre su hija y este misterioso ser masculino. 

A pesar de su corta edad, Hortensia no pudo menos que sonrojarse. Pocos eran sus años, pero las emociones de la vida no están vedadas por un número, sino por la capacidad de sentirlas dentro de uno. El organismo responde aún sin saber por qué lo hace. Así, en la niña nació el deseo de saber quién era ese hombre que había amado a su abuela tantos años antes y por qué le daba regalos caros y prohibidos que Nana Tata cuidaba y encerraba dentro de un vidrio. 

Cobijada por la confianza de la carta, Hortensia salió al pasillo hasta llegar a la habitación de su abuela que la esperaba sosteniendo una taza de té de manzanilla entre sus manos. Como era de esperarse,  la taza era de Talavera y en ella estaban pintados dos cisnes dentro de un lago. 

“Veo que has recibido mi carta, Hortensia”, le dijo con una sonrisa.

“Sí, Nana Tata. ¿La carta es del abuelo?”

“No, era de su hermano Ignacio”.

“¿El abuelo tuvo un hermano? ¿Por qué nadie me había dicho nada? ¿No confían en mí?”

“Como me dijiste esta tarde querida, la Talavera guarda muchas historias. Y solo quien se detiene a mirarlas tiene derecho de poseer sus secretos”. 

Con esto, la abuela comenzó a narrar a Hortensia los años de su juventud y la razón de que nadie usara la Talavera más que ella en días festivos. Cuando era joven, la abuela Cleotilde pintaba. Desde niña, había sentido fascinación por los colores del mundo, por las formas y los patrones que se encerraban en sus faldas. A la edad de Hortensia, su madre había permitido que tomara lecciones en la casa de un maestro particular que tenía como discípulo a Francisco (el abuelo) y a su hermano Ignacio. 

Como era de esperarse, los tres niños se habían hecho amigos. Pero aunque Francisco le era simpático, Cleotilde no podía dejar de mirar a Ignacio por quién sentía una inclinación que no podía explicarse. Cuando lo miraba, Cleotilde sentía como si tuviera un jardín en su interior, del que Nacho (como lo llamaba) era la única llave de acceso a sus confines. Por la época, después de algunas lecciones, su madre decidió que no era propio de una señorita el frecuentar a dos muchachos, sola, y suspendió las lecciones de pintura en casa de un profesor. Para continuar con la ecuación de su hija, la madre cambió a las bellas artes por clases de cocina en el convento más cercano. Así, Cleotilde se vio obligada a dejar a Ignacio y cambiarlo por las hermanas Mercedes y Soledad, que solo sabían hablar de listones, moños y encajes.

Aunque ya no tenía a sus amigos, Cleotilde no dejó de pintar ni una sola noche. Cuando la dejaban en paz y había ayudado en la casa a cuanto podía, ella pintaba. Pintaba árboles y tazas, bodegones y vestidos. Pintaba parar escapar de su rutina y de su vida que la encerraban en un mundo que no le pertenecía. También pintaba a Francisco, pero sobretodo, Cleotilde hacía retratos de Ignacio. Ignacio como un pájaro blanco y gallardo, Ignacio como un atardecer, todo lo que ella pintaba tenía sabor a él, a la esperanza de volverlo a ver.

Cuando pasaron unos pocos años, él finalmente la fue a buscar y le llevó un juego de té de Talavera para su mamá. Después de esto, Cleotilde fue la más feliz y ya no le importaba tener que cocinar todas las tardes o escuchar las historias de Mercedes y Soledad. Entre Cleotilde e Ignacio, comenzaron a escribirse muchas cartas. Ella le contaba de su encierro y él de su vida en el exterior.

Era un hombre de grandes sueños, Ignacio. Su mayor anhelo era irse del país, conocer Brasil, Panamá y el Caribe antes de morir. Quería vivir como un bohemio y escribir, pero lo que más quería era enamorarse. A lo largo de sus cartas, Cleotilde se ganó la confianza de Nacho y éste le confesó que nunca podría corresponderle en sus afectos y miradas de amor. 

“Querida Cleotilde”, le escribió un día, “no puedo ser indiferente ante lo que sé que sientes, pero debes abandonar toda pretensión de ser correspondida. No es que te falten méritos algunos, pero yo amo a otra persona. Su nombre es Carlos y él tampoco me puede amar a mí. Antes que relegarte a una vida atada a mí, prefiero vivir solo, pues la libertad de elegir cómo vivir es la única que puedo poseer, si no puedo elegir a quién amar.”

Al recibir esto, Cleotilde se dedicó a llorar unos cuantos días. No obstante, decidió guardar el secreto de Ignacio porque el no ser correspondida no le impedía amarlo. Sin embargo, los rumores corren rápido en México y la madre de Cleotilde no tardó en enterarse de que a Ignacio se le considerara un desviado. Al ver que su hija continuaba en contacto con una persona que le era desagradable, se decidió a impedirle su amistad, alegando que una señorita que se quería casar no podía permitirse el tener una amistad tan extraña con un miembro del sexo opuesto. 

Como en esta historia ya habían transcurrido algunos años, el carácter de Cleotilde no era el mismo que el de la niña que se salió de la pintura para tomar clases de cocina con tal de no disgustar a su madre. Así, Cleotilde se dedicó a seguir frecuentando a Ignacio y éste le siguió regalando Talavera pintada a mano. 

En todo este tiempo, Cleotilde no se había preocupado por su futuro. Sabía que no era bien visto que una mujer se dedicara a estudiar y que era su destino (y el de su generación) el esperar que sus padres eligieran un buen candidato al matrimonio de su hija. Ya que su única ocupación era el saber cocinar y planchar, Cleotilde seguía alimentando sus ilusiones de encontrar algo que le hiciera sentir que si no podía estar con Ignacio bien podría ser feliz. 

Mientras tanto, su hermano Francisco tenía otros planes. Después de todos estos años, había decidido casarse con Cleotilde, que le parecía una buena muchacha que ya conocía. Pero primero estaban sus estudios de Ingeniería Civil. Al recibirse, iría a pedir su mano en matrimonio y serían, sino felices, por lo menos decentes.

En lo que Francisco terminaba sus estudios, Ignacio encontró una manera de alejarse de su conservadora familia. En contra de todo lo que se esperaba, Nacho se había enamorado otra vez. Como muchos bohemios de los sesenta, él y su amado tenían planes de mudarse a París y comenzar de nuevo. En su última carta a Cleotilde, le explicaba su partida y lamentaba tener que dejarla atrás en un mundo que se había quedado siglos atrás del resto del mundo. Con la carta, estaba la taza que ahora Nana Tata sostenía en sus manos mientras le contaba a su nieta sus aventuras de juventud.

“¿Y por qué ya nadie habla de Ignacio, abuela?”, preguntó Hortensia, cuando la abuela terminó su relato.

“Por la vergüenza, hija. Su familia no podía creer que a parte de estudiar Letras, Ignacio no fuera un hombre de familia y decidieron borrarlo de sus recuerdos”.

“¿Y sigue vivo abuela?”

“Claro que sí, a veces hablamos por teléfono. Sobretodo después de la muerte de tu abuelo. Francisco nunca tuvo corazón para prohibirme que le hablará, pero nunca quiso saber de él. Creo que en el fondo nunca le perdonó que tuviera mi amor por encima del suyo”.

“¿Y para qué me cuentas estas cosas, abuela?

“Para que conozcas que hay muchas maneras de vivir, Hortensia. Tú te llamas así porque la única condición que puse para casarme con tu abuelo, fue que me plantará unas hortensias en el jardín. Siempre me gustaron esas flores para pintarlas. Tu madre siempre las amó y cuando naciste, te puso ese nombre. Ahora ya casi eres una adolescente y el mundo es muy distinto de cómo yo lo conocí. Pero tú, al igual que yo observas y preguntas. No te quedas quieta un segundo más que para mirar las cosas que te impresionan, y eso me gusta. Escuché que preguntabas porque ya no cocino, bien pues ya no puedo. Después de una vida de trabajo, mis manos se han cansado y me causa más dolor que placer él usarlas. Pero tú eres joven y puedes hacer muchas cosas. Vas a vivir cosas que yo nunca pude imaginar, tus sueños pueden ser más amplios que los míos y un casamiento ya no te asegura felicidad. Cuando tengas mi edad, espero que te acuerdes de mí y que comas todos los días en la Talavera que te voy a dejar solo para ti. Cuando bebas café en esta taza, trata de pensar en mí, en tu tío abuelo Ignacio y en que la libertad de ser y hacer es lo más importante que uno puede poseer en esta vida. Pero no por eso te da derecho a dejar morir a las plantas”

Todo esto ocurrió hace muchos años y ahora lo escribo porque mi abuela me ha dejado sola en este mundo. No porque haya muerto o enfermado, sino porque yo me he mudado a Los Ángeles, California para seguir mi sueño de diseñar sets de televisión. Alejada estoy entonces de la seguridad de su cuarto, de la vitrina y sus carpetas bordadas. Sin embargo, entre mis libros y fotografías de mi país, también cargo la taza de Talavera que me dio antes de partir en el aeropuerto. Y con ella traigo la historia de Ignacio y de Cleotilde en mi cuerpo, el relato de dos seres que me han enseñado la felicidad de vivir de acuerdo a nuestra propia naturaleza. 

Cuando uno toma un café o prueba una comida, el placer que nos viene de ello es producto de todas las historias que cargan consigo. Un plato no es un plato, sino una bandeja de la vida humana en su cotidiano. Sólo hay que mirar más de cerca para descubrir los momentos que esconde en su interior, en el olor del barro y la pintura fresca que se oculta en las cocinas de nuestro país. 

Arizbell Morel Díaz.

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” en el ciclo 2021-2022 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). 

Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021” de cual también es co-traductora. 

También se desempeña como asistente de dirección y elenco de “Die Dreigroschenoper” de la Facultad de Música de la UNAM, dirección de Diana Viguri y adaptación de Horacio Almada Andersen. 

Ha escrito narrativa y ensayo. Entre sus textos publicados por La Coyolxauhqui se encuentran“Bitácora de una planta en resistencia” (2020), “Tetera conoce a cafetera” (2021)  y “Barista” (2021).

Zorro-cómic No. 5

Por Julia Ivalú

Julia: mujer de raíces fuertes. Ivalú: la primera mujer del mundo para los nómadas esquimales. Julia Ivalú: la primera mujer nómada de raíces fuertes. Calculadoramente impulsiva; nunca aprendió a cortarse las alas. Escritora, poeta y artista audiovisual mexicana feminista. Lic. en Animación y Arte Digital por parte del Tec de Monterrey. Cuenta con el diplomado en Danza Terapéutica Humanística y otro en Antropología del Arte, así como con diversos cursos de Escritura Literaria en Literaria Centro Mexicano de Escritores. Su cuento “La caída de un mago” fue seleccionado para su lectura en el auditorio del Museo Soumaya (2015). Su relato corto “So(m)bras” está incluido en el volumen Vita Contemplativa: Los invisibles, coordinado por el Mtro. José Manuel Suárez Noriega (2017). Su obra “Se acerca un zopilote” forma parte de la antología Teatro Mínimo, colección de la afamada dramaturga mexicana Gabriela Ynclán (2019). Su publicación más reciente “Gatonejos”, se encuentra en el poemario Cuerpo o inferno, compilado por la poeta oaxaqueña Yendi Ramos (2020).

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