La muñeca de porcelana.

Por Verónica Alejandra Cruz Casas.

Mi madre había enfermado extrañamente, su comadre dijo que alguien le había hecho “mal de ojo”, porqué de la nada había comenzado a sentirse mal, quedando casi sin fuerzas; tanto que en una semana se había ido consumiendo poco a poco, se veía avejentada, seca, triste, realmente enferma, ya no se podía mantener en pie y lo peor fue que hasta dejó de hablar, su hermosa sonrisa había desaparecido y el brillo de sus ojos se había opacado.

Su comadre le había llevado varias hierbas para un té y un amuleto que le colgó al cuello, pero no mejoraba, decía que necesitaba que la curandera la viera, que iba a ir a hablar con ella para que al día siguiente visitara a mi mamá, yo no puede resistir verla así un día más y ese mismo día la llevé al hospital.

Los médicos la auscultaron y dijeron que tenía una deshidratación terrible además de que debían hacer análisis para saber qué otros males le aquejaban. Cuando llegaron los resultados del laboratorio me informaron que mamá estaba anémica en grado extremo además de tener muy bajos muchos niveles, por lo cual estaba descompensada. No lo podía creer, mi madre siempre se alimentaba muy bien y sobre todo adoraba las espinacas y otros vegetales, siempre había sido muy saludable, hasta ahora. ¿Y la deshidratación?  Si ella era la que más agua bebía en la casa. ¿Cómo era posible que hubiera llegado a este estado así tan repentinamente?

Le pusieron suero con muchos medicamentos e incluso le dieron una transfusión sanguínea. Al segundo día del tratamiento le comenzó a volver el color a la cara y al fin pudo volver a hablar un poco. 

Su comadre me dijo que cuando la fue a visitar, mi madre le habló muy bajito al oído:

—Por favor lleve la muñeca a la curandera, dígale que vea si ahí está el mal. Pregúntele a mi hija, que le indique donde esta; pero cúbrala bien. ¡Por lo que más quiera, no la vea a los ojos o puede caerle el mismo mal que a mí!

¿De qué mal hablaba mi madre?  No lo sabía, pero conduje a la señora hasta su habitación. Al entrar sentimos mucho frío, era extraño, esa habitación siempre había sido la más cálida de la casa y no era época de frío. La luz de la vela que nos guiaba comenzó a danzar extrañamente, de pronto la llama creció muchísimo en una llamarada y así como creció un viento que no sé de dónde salió, la apagó. Como las cortinas se encontraban abiertas la habitación no quedó completamente a oscuras ya que entraba la luz de la Luna. Sobre la silla de la esquina se encontraba sentada una hermosa muñeca de porcelana antigua. Su cara era muy bonita, estaba pintada a mano, su cabello rubio y rizado estaba adornado por un par de moños a cada lado de la cabeza, tenía un vestido muy elegante con encaje de guipur francés. Había sido un regalo, no supimos de quién, llegó días después de que mi padre muriera repentinamente.  Había estado guardada en una caja, pero apenas la semana pasada mi madre la sacó y al ver que era tan bonita la puso en su habitación. 

La comadre le arrojó un rebozo encima, la envolvió con él y la metió en una bolsa con muchas hierbas y se la llevó.  La entregó a la curandera quien no la quiso ni destapar, después de que la comadre le contara todo lo sucedido, la puso en el piso rodeada de pétalos de flores, cuarzos y velas blancas, saco un libro muy grande de donde leía y rezaba cosas extrañas. La roció con un líquido que olía a hierbas, de pronto la bolsa se comenzó a agitar como si tuviera un animal vivo en su interior y a echaba humo.  La comadre de mi mamá se asustó tanto que quería salir corriendo del lugar, pero la curandera no se lo permitió, la tomó del brazo y le dijo:

—¡No! ¡No te muevas, no salgas de la zona de protección o el mal puede entrar en ti y consumirte como lo ha hecho con la pobre de Gertrudis! ¡Resiste, esto pronto va a terminar! —Ella no lo había visto pero estaban paradas dentro de un círculo de sal.

La curandera seguía haciendo oraciones mientras su ayudante aventaba líquidos, quemaba copal. La bolsa que contenía a la muñeca continuó echando humo, el cual fue en aumentando hasta que de pronto brotaron grandes llamas que la consumieron por completo junto con el rebozo, quedando al descubierto la muñeca sin el mínimo daño. 

—¡Qué horror! — gritó la comadre

—¡Cierren los ojos! ¡No la vean! —Ordenó la curandera.

Le echó un líquido encima, era un preparado de hierbas con agua bendita y algunas partes de animales e insectos, mientras su ayudante continuaba con los rezos.  La muñeca giraba rápidamente sobre sus pies, haciendo un ruido extraño como un chillido, las cosas que estaban colgadas en las paredes comenzaron a caerse. Los vasos que contenían a las veladoras se estrellaron y saltaron trozos de vidrios por todos lados.  Intensificaron los rezos hasta que de pronto la muñeca se rompió en muchísimos pedacitos que salieron disparados, como si hubiera explotado. La curandera vertió un poco más del líquido sobre el polvo que quedó en el piso y este se fue desvaneciendo.   

—Al fin nos hemos deshecho del mal! —La curandera había quedado exhausta. Ella sentía que había triunfado. Pero no fue cierto, ya que el mal no se había ido solo, se llevó a mi madre con él. La pobre falleció en el mismo momento que la muñeca se esfumó de la casa de la curandera.

Cuando el doctor me llamó a la habitación para decirme que mi madre había fallecido hacía unos minutos, no pude contener un grito de terror, ya que, al entrar a verla, encontré a mi madre tendida y entre sus brazos tenía a la muñeca.



Verónica Alejandra Cruz Casas, Ingeniera Geóloga mexicana. Autora de relatos, cuentos y minificciones de terror y fantasía como son “Fluido Vital” publicado por “La Sangre de las Musas”, 2016 en la “Antología Mexicana de Vampiros, Lobos y Zombies”.  “Zombie americano en Haití” en la colección de cuentos de Terror “RelatoZ” de editorial NECRO, 2017.  “Lo que el sismo nos dejó” en la Antología de relatos de Zombies en la CDMX “RelatoZ II” de editorial NECRO, 2020. “El gato y la aprendíz de bruja” en la antología “Perros y Gatos en un costal” en proceso editorial.


También te puede interesar…

Vengamos los jueves, dijo una madre.

Por Andrea Aviña.

«Ronda 2274 11-11-21»
Andrea Aviña
«No al pago de la deuda externa»
Andrea Aviña
«Abrazo»
Andrea Aviña
«Aquí vamos a permanecer»
Andrea Aviña
«La llegada a la plaza»
Andrea Aviña
«Circulen, circulen»
Andrea Aviña
«Hay motivos para resistir»
Andrea Aviña
«Hay que llenar las plazas»
Andrea Aviña
«Un pañuelo no, un pañal»
Andrea Aviña
«Siempre hay algo que decir»
Andrea Aviña


Andrea Trinidad Aviña Cardoso, (Ciudad de México, 1995). Egresada de la Licenciatura de Relaciones Internacionales y de Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM.


También te puede interesar…

Telescopios.

Por Vanessa Arvizu.

Cuando morí, esperé ver mi espíritu levantarse del cajón de mi sepulcro, mientras mis dolientes me daban la última despedida a través de sus oraciones con las cuales iría ascendiendo al cielo y olvidaría todo lo que había dejado en la Tierra. No sucedió.

También esperé escuchar a los ángeles con sus trompetas en una tierra de nadie, donde Dios y el diablo debatirían a quién pertenecía mi alma, poniendo en una balanza mis buenas obras y mis pecados. Pero tampoco ocurrió así.

En cambio, estaba en un cuarto casi vacío, a no ser por un pupitre en el centro y una figura humana que esperaba unos pasos delante de mí. Tenía en sus manos un lápiz y una libreta muy gruesa, me llamó por mi nombre y me acerqué. Me explicó que era mi guardián y me invitó a tomar asiento. Luego, me contó de qué trataba todo eso.

¿A dónde vamos después de morir? ¿En dónde se quedan nuestras memorias? ¿Se premian o se castigan nuestros actos? En mi caso, tenía dos encomiendas ya de muerta: rememorar y añorar. Mi guardián me dijo 

-Voy a pedirte que recuerdes, uno a uno, los momentos de tu vida. Cada que termines un recuerdo, tendrás que anotar lo que te diga-. Y me extendió la libreta y el lápiz. 

Los recuerdos llegaron de principio a fin. Aparecieron los instantes más gratos y los que me hicieron quebrarme: cuando mi madre me regaló el vestido rosa que tejió con hilo de acrílico; el viaje a Dolores Hidalgo cuando mi abuela me compró los jarritos de barro; la vez que parí un niño sin huesos que sólo sobrevivió dos días; cuando vi a mi padre ahogarse con una rama de orégano. Apenas terminaba de mencionarlos cuando mi acompañante me dictaba números:

-11 49 03.5, 13 35 07.9, 17 26 12.4…-

No entendía por qué los números ¿Serían pasajes bíblicos? ¿Una escala para determinar el castigo eterno? Y no tenía mucho tiempo para pensarlo porque mientras iba llenando las hojas de la libreta, más recuerdos aparecían. Hasta que me vacié. No había más de mi vida que los números escritos en ese cuaderno. 

Aún me quedaban la mitad de las hojas y fue cuando mi guardián me dijo:

-Ya quedaste vacía, ahora tendrás que llenarte. Pídeme, todas aquéllas cosas que te hubiera gustado vivir si no hubieras muerto._

Empecé con lo que no pude ver. La mano de mi bisnieta sujetar la de su padre, los perros que dejé solitarios tomando el sol en mi patio, las rodillas de mi esposo haciéndose pedazos por el desgaste, el cáncer avanzado de mi hija… Lo malo, lo triste, lo bueno, lo alegre, no reconocía nada y, sin embargo, me dejé llenar por las cosas de los vivos. Todo escrito con números.

Cuando la libreta se llenó, mi guardián me llevó a otro lugar. No era el cielo, no estaban ahí quienes quise y habían muerto, no había presencia de Dios, de ángeles o demonios. Era un cuarto oscuro con una ventana sin cristal por la que entraba luz. Frente a la ventana había un telescopio. Y en aquélla oscuridad que me inundaba, pude ver el universo que se extendía delante de mi ventana.

Esto fue lo que ocurrió después de muerte. Los números de mi libreta son coordenadas que me enseñaron a colocar en el telescopio y apuntar al lugar exacto, si uno lo hace bien, puede jugar con el tiempo para ver el pasado y el futuro. Así, me volví el ojo presente que recorrió mi vida y fui acompañante cuántas veces quise. Puedo regresar y observar las escenas a detalle, verme no sólo a mí, además al viento, la luz, la humedad y todas aquéllas presencias en el mundo. He sido testigo del deterioro del cuerpo y mente de quienes amé y a quienes no pude conocer. He estado ahí con los que me extrañan, he vuelto una y otra vez.

Después de todo es cierto que cuando uno muere se queda en los senderos por donde anduvo, en la esencia de las personas, en la soledad de sus animales y plantas. Y sólo después de eso aprendí la vida y fui la vida. Y no importa cuantas veces lo observe, siempre encuentro algo bello en ella.



Vanessa Arvizu, (Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016.  Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.


También te puede interesar…

Piñén: La diáspora mapuche creciendo en la periferia de Santiago de Chile.

Por Carla Agüero.

Piñén es un libro de cuentos de la escritora mapuche, Daniela Catrileo, publicado en el año 2019 por la editorial Pez Espiral. Esta obra, dedicada a la mapuchada, se compone de tres historias: 1) “¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?”, 2) “Pornomiseria” y 3) “Warriache”.  En cada uno de estos cuentos, Catrileo invita a explorar una cara no siempre visible en la literatura: la marginalidad social a la que son sometidas las comunidades mapuches en una de las grandes urbes latinoamericanas, Santiago de Chile. La autora logra representar en su narrativa la pobreza, la desigualdad, la violencia de género y el racismo que padece este sector social, pero también rescata su espíritu comunitario, su identidad cultural diversa y el compromiso con la lucha política por sus derechos.

La palabra piñén que titula este libro proviene del mapudungun o lengua mapuche y refiere al polvo o la mugre aferrada al cuerpo. Las comunidades indígenas de la periferia santiaguina son tratadas así, como piñén adherido a la capital al que se prefiere ocultar aislándolo en sus orillas. Este libro desde su título se escribe con una lengua mixturada que hace uso del español chileno y del mapudungun en un registro coloquial acercando al lector a la comunicación oral de estas poblaciones. De esta manera, la lengua se transforma en un puente que une perspectivas culturales y permite pensarse y pensar a otros. En este caso, reluce el lenguaje como una herramienta para cimentar una identidad que se constituye de lo múltiple, de lo diverso, de la champurria

En cuanto a los cuentos del libro, los tres se desarrollan en el mismo espacio: las poblaciones de la periferia de la capital chilena. Las comunidades establecidas allí se componen de un gran número de personas de origen mapuche que migraron desde los territorios del sur de Chile hacia la gran ciudad en busca de una mejor calidad de vida. Inicialmente, estos grupos migrantes vivían en casas precarias de nylon y cartón que en Chile son conocidas como callampas. El gobierno chileno erradicó estos asentamientos con un programa de viviendas sociales y las familias fueron trasladadas a edificios o blocks. Allí, las problemáticas a las que se deben enfrentar estas comunidades son otras, por un lado, al hacinamiento, ya que los departamentos son muy pequeños y por otro, a un limitado acceso a los servicios básicos al estar lejos del centro, lo que hace que estas poblaciones estén marginadas y sean inseguras. Catrileo logra retratar en su libro todas estas características de las viviendas sociales a las que denomina “nidos de espanto” (Catrileo: 2019, p. 14) donde, desde pequeños se crece rehuyendo de la muerte y la violencia.

La presencia de la voz femenina narrando cada cuento es un elemento importante a señalar. La lectura del libro hace especular que se trata de una misma narradora para los tres relatos aunque esta hipótesis tambalea por momentos, ya que si bien presentan coincidencias entre sí por pertenecer al mismo lugar, cada una manifiesta una mirada particular y una historia diferente. Son narradoras jóvenes entrando a la adultez y se retrotraen a su pasado para comprender desde sus infancias y adolescencias lo que sucede en su presente. 

En el primer cuento, “¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?”, una narradora de la que se desconoce el nombre, reflexiona sobre la muerte de un ex compañero del colegio, Jesús, quien fue asesinado por estar involucrado en la venta de drogas. El escenario del asesinato es el block en el que la narradora vive, quien desde su ventana observa toda la situación y el comportamiento de sus vecinos, ocultándose igual que ella, para evitar que una bala perdida los mate. Este escenario violento lleva a la narradora a reflexionar sobre su infancia y la del joven asesinado cuando cursaban sus estudios primarios en una escuela pública dirigida por monjas. Allí pasaban casi todo el día porque sus padres no podían ocuparse de ellos. Además, en ese lugar los alimentaban y eso era un factor determinante para aceptar quedarse aunque no quisieran y adoptar las creencias religiosas que les infundían dejando de lado las mapuches. Este contacto con el cristianismo hace que la narradora establezca una relación entre el Jesús de la Biblia, bueno y noble, con su compañero, problemático y desafiante. Recuerda además a otro Jesús, un vecino adolescente que decidió suicidarse, hecho que la perturbó cuando era niña. Un lazo une a estos personajes que portan el mismo nombre, la muerte, y lo que los distingue es que sólo uno de ellos puede resucitar, los dos restantes deben resignarse a desaparecer. 

En el segundo cuento, “Pornomiseria”, la narradora comienza describiendo un video pornográfico en el que penetran a una mujer que se resiste a mantener relaciones, pero de igual forma un grupo de hombres la somete. El placer sexual es un tema que genera controversias en este tipo de producciones por estar vedado para las mujeres  y, al mismo tiempo, asociado con un acto de poder sobre el cuerpo femenino al que los hombres pueden violentar sexualmente. La narradora analiza lo que significa ser mujer en un contexto periférico donde este tipo de videos circulan y se asumen como verdad. La amenaza sobre los cuerpos femeninos ya sean de niñas, adolescentes o adultas es constante. Tanto el espacio público como el privado pueden prestarse para perpetuar abusos y violaciones de menores de edad y de mujeres. En este relato sobresale la historia de una vecina de la narradora, una niña violada y embarazada por su padre, este último decide suicidarse para evitar el escarnio social. El reencuentro entre la narradora y aquella vecina después de años de lo sucedido, le permite entender a la primera que cualquier niña de su barrio, e incluso ella, pudo ser víctima de una situación similar y que, en realidad, sólo tuvo suerte. 

En el tercer cuento, “Warriache”, quien narra la historia es una de las protagonistas,  Carolina Calfuqueo. Ella se encuentra visitando a Yajaira, una amiga de la infancia quien cumple años. El lugar en el que ahora vive Yajaira no se parece en nada al espacio en el que compartieron su niñez. Durante su paso por la escuela se dieron cuenta de su origen mapuche gracias a una docente que reparó en sus apellidos. Con esa anagnórisis que las hace pensarse dentro de una cultura diferente a la de una niña capitalina, comienzan a forjar su identidad, retomando las luchas de sus antepasados y enfrentándose a una sociedad racista que las segrega. Así, viven una adolescencia compleja que las lleva a rebelarse contra todo y también a darse cuenta de la importancia que tiene ser parte de una comunidad indígena. 

Para finalizar, sólo resta decir que esta propuesta narrativa presenta una estética diferente que nace de los márgenes literarios y que expone una mixtura a nivel lingüístico y cultural, representado la realidad de las comunidades indígenas mapuches desde una mirada que emerge de las mismas. Catrileo presenta una poética de la diáspora mapuche que  entrelaza la tradición cultural de los pueblos indígenas del sur con los nuevos imaginarios propuestos por quienes habitan el resto de las regiones chilenas, entre ellas, la periferia de la capital del país. Su prosa clara expone con crudeza problemáticas sociales silenciadas, dando la posibilidad de reflexionar de manera comunitaria sobre estos temas que aquejan a todos sin distinción alguna. 

Bibliografía:

 Catrileo, D. (2019) Piñén. Editorial Pez Espiral, Chile. 



Carla Gabriela Agüero Vedia, escritora.


También te puede interesar…

Don’t act like you don’t know…

Por Dalia Estrada.

-Recuerda ese detalle, por favor, por favor, por favor, no lo olvides. Si retomas el sueño mañana ya sabremos qué hacer aquí.

Suena: Back in the 90s i was in a very famous TV show …

– ¡Ah la madre, duele horrible!

Sigue sonando: I’m Bojack the Horse, Bojack the Horse, don’t act like you don’t know …

Una mano toca mi hombro y de repente escucho: – ¡Felpu, despierta! ¡DESPIERTA!, ¿Por qué te gusta poner tus alarmas temprano si las dejas sonando y te levantas tarde? Pregunta Iran, quien está en medio de su clase sobre dermatología. -No lo sé, realmente no la escuché, respondo confundida, ¿ya es tarde? – Son las 8:15am, apúrate. 

Nota 1 en el celular: 

Nunca había muerto en mis sueños, momentos antes de morir me despertaba o mataban a alguien en mi lugar y yo lo vivía de cerca o justo cuando me daban cambiaba de sueño y ya no era el inicial, pero esta noche han logrado herirme, me dolió, lo vi sangrar, sentí que me estaba yendo y justo ahora me duele el pecho, un dolor terrible cada vez que respiro, justo donde esa cosa me clavó el cuchillo. ¿Quién me quiere asesinar’ o ¿será que mientras duermo alguien me hirió en esa parte del cuerpo y en el sueño lo manifiesto? ¿Habrá sido Molly con sus patitas? Definitivamente no vuelvo a ver A nightmare on Elm Street para arrullarme. 

Nota 2 en el celular:

De nuevo volví a soñar que moría, pero ahora sentía el cuchillo entrar y salir de mi cuerpo mientras lloraba, sudaba, me dolía cada vez más y veía la sangre, jamás había llegado a ver y sentir esto dentro de mi sueño, desperté gracias a que Molly se sacudió y cuando lo hice me di cuenta de que estaba sudando, tenía lágrimas en los ojos y me duele terriblemente el estómago, por dentro y por fuera y fue en este sitio donde ese imbécil me lastimó. Esto está mal. 

Nota 3 en el celular:

Escribes esto para no olvidar ningún detalle que puedas recordar de tu sueño y cuando vuelvas a dormir partiremos de ahí para averiguar. Lee las notas que escribes durante el día antes de dormir. 

Nota 4 en el celular:

Le conté a mi mamá de mis pesadillas, le echa la culpa a mi gusto por las películas de terror y que definitivamente debo retomar la terapia. 

Le conté a mi novio, piensa que es raro, pero me cree, aunque creo que ve en esto el potencial para un cuento o un guion cinematográfico y yo siento curiosidad, pero no necesito respuestas, quizá si escriba algo con esto. Aunque empiezo a preguntar si alguien más ha muerto en sus sueños, de 14 personas entrevistadas sólo dos me han dicho que sí, pero no en mis condiciones trágicas. 

Nota 5 en el celular: 

Hablé con Iran, mi hermana que estudia medicina, y le pregunte si puede pasarle algo a mi cerebro mientras duermo que me haga morir desangrada, ella dice que no, mi cuerpo puede entrar en un desequilibrio con relación a la presión u oxigenación y causar un fallo sistémico, pero nada alarmante que pudiese generar una hemorragia, al menos no por sí sola. Esto me tranquiliza. 

Nota 6 en el celular: 

Hoy el sueño fue la persecución del asesino, no es una trilogía, pero nunca he podido ver a la persona que me mata, mis sueños casi nunca se conectan, pero en este lo estamos cazando. Es una ciudad vaquera, como Westworld, sé que lo buscamos, pero no lo veo, siento que está cerca y también estoy más consciente que nunca del tiempo fuera de mi sueño, que existe una alarma y que va a sonar en cualquier momento. Me siento como Nancy Thompson cuando programa su reloj para sacar a Freddy y pelear. 

Lo busco y sé que está cerca, algo me lo dice y lo siento, realmente lo siento, pero debo apurarme y no lo veo. Me siento desesperada como cuando me va a dar un ataque de ansiedad. – ¡Él no está aquí! -escucho que alguien lo grita desde afuera. -No puede ser, me digo y lloro desconsoladamente. No entiendo qué me pasa. 

Después de buscarlo no volví a soñar con él o más bien, no volví a soñar que moría. No sé quién estuvo tan cerca, cómo se atrevió o cómo pasó, pero nadie muere en sus sueños. Nadie jamás me había matado ni herido nadie nunca … me veo en el suelo … me cayó un ladrillo, ¡ESTO CADA VEZ DUELE PEOR Y VEO BORROSO!, ¡CARAJO!

Suena: Back in the 90s i was in a very famous TV show …

Abro los ojos, me duele la frente y un poco la cabeza, al menos no tengo un moretón o un chichón y mientras me lavo los dientes tengo un recuerdo, la nota 8 en mi celular que dice: DEJA DE BUSCARME. MORIRÁS, PERO NO ASÍ.  Busco la nota en mi teléfono, claramente no está porque esas notas no las escribo aquí, sino allá y ya sabe que nos vamos a encontrar. 



Dalia Estrada, es ensayista, literata y periodista, egresada de la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP. Trabajó en la edición y publicación del libro Alteridad: el rostro del otro con la Universidad de Colombia, Universitá degli Studi di Salerno (Italia) y BUAP. Fue becaria dos años seguidos del programa Verano de la Investigación Científica y Tecnológica del Pacífico (Delfin). Ha publicado sus textos en varias revistas de divulgación cultural y actualmente escribe para la sección de deportes y cultura del periódico digital E Consulta en la ciudad de Puebla. .  


También te puede interesar…

Rojo-Azul.

Por Arely Migoni

«No había nubes ese día»
Arely Migoni
«Qué difícil saber si el rojo ya estaba afuera»
Arely Migoni
«Sala de espera»
Arely Migoni
«Un pedazo de cielo»
Arely Migoni


Arely Migoni, Nací en el Estado de México. Estudié la licenciatura de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. El arte me ayuda a hacer malabares con la vida y pinto porque cuando tengo ganas de destruir todo también puedo crear.  


También te puede interesar…

Hijas del maíz.

Por Cristina Ramírez.

Hijas del maíz, con la tierra y agua fortalecidas

Entre canales, flores y cantos arraigadas 

A la diosa madre Coatlicue.

Familia, guerra, comunidad, libertad.

Desprendidas y arrojadas al dolor, la sumisión 

Vapuleadas por ríos teñidos de grana.

Hijas de la chingada, entre risas olvidado el origen

La chingada…la violada 

Tendida sobre tu espalda

El cielo te regresa la mirada

De miles de mujeres desgarradas, 

Generaciones tomadas a la fuerza

Resig

         nada 

A todas les pasa, no pasa nada. 

El ingenio y el talento en hábito religioso proclamó

La mujer libre de pensamiento es

Y de oraciones no es todo el saber.

Hijas sufragistas, revoltosas e inmorales

Que en sus casas las encierren, las atiendan en hospitales

La histeria colectiva tiene remedio

Entre tratamientos  

Volverán con sus dueños.

Hijas de la libertad tomada

Con el voto y el salario igualitario

Ondean sus sonrisas en aulas y trabajos

En ciencia, arte y humanidades 

Su arenga no para.

Hijas del desierto, desaparecidas vagan

Por ciudades y manantiales 

En selvas y montañas.

En la memoria viven

Por sus familias son buscadas

Para que nadie olvide

Todos los días nos matan.

En marchas libres por las avenidas andan

Para ser juzgadas y criticadas.

¿Cuál es el precio de la libertad?

Sangre

¿Cuál es el precio de la libertad?

Tortura 

¿Cuál es el precio de la libertad?

              Vida

Hijas de la sombra 

emergidas con voces resonantes

por nosotras 

                      y otras

hasta ser escuchadas  

y con justicia y libertad ser engendradas. 



Cristina Ramírez, soy de la CDMX. Estudié Letras Hispánicas y trabajo como maestra de literatura compartiendo mi amor por los libros. Escribo desde hace tiempo sobre lo que me ocupa y preocupa, mi mayor motivación es el prestar mis letras a otras sin voz. He publicado en algunas revistas literarias de México y Bolivia con diversas temáticas, pero siempre colocando a la mujer como centro.  


También te puede interesar…

Entre hebras.

Por Lucía Ferrer Sánchez

Por la artista Lucy Ferrer


Lucía Ferrer Sánchez, Originaria de Puebla, México, Lucía Ferrer es una estudiante de Psicología en la BUAP, y una dibujante realista autodidacta de historias cotidianas desde su adolescencia. Comienza a esbozarse a sí misma en lienzo y surge una pasión por abogar por la diversidad e integridad, mirando a la mujer y, a sí misma, como reinstauradora de la libertad, siendo ésta plasmada en frases espontáneas, escritos académicos y dibujos a grafito. Cree firmemente en el arte como nexo de empatía, como espejo simbólico de una misma y como un espacio de introspección creador de vínculos infinitos a partir de las interpretaciones ajenas.


También te puede interesar…

Hueseras.

Por Mariana Gil Jiménez.

Entre migajas de la tierra

sopla el Río bajo el río:

sorora, mi sangre cierra

canto Otro contra la Guerra.

Pachamama, tengo frío;

Uñas-Madre nos escarban

con la Luna humedecida…

De violetas hoy se arman

mis huesos: las Amoras cantan.

No puedes comprar mi vida.



Mariana Gil Jiménez, Mujer lesbiana, cubana-española. Filóloga, poeta, feminista y activista por los derechos de las mujeres, la comunidad LGBTIQ+, las infancias y adolescencias y la Pachamama.


También te puede interesar…

Otoño.

Por Betzabe González Pérez.

Ella era el resultado de todas sus decisiones, tanto buenas, malas, algunas inclasificables, pero todas formaban parte de su yo. Era más que eso, pero consideraba que nunca podría llegar a ver la totalidad de su ser y que sólo podía percibir fragmentos de ella en distintos escenarios. Quizá el hecho de no conformarse consigo misma la obligaba a escribir garabatos en sus libretas y recibía de buen modo, cuando le caía en la cabeza como una piedra, un adjetivo que podría definirla o por lo menos atisbar un mediocre bosquejo sobre ella. 

Iba caminando a paso lento mientras veía alrededor un cielo azul intenso, con nubes escasas y un sol que no quemaba pero lastimaba la visión. El viento ya le había recordado la estación en la que se encontraba porque laceraba sus labios y le dejaba un rostro gélido. Llevaba una chamarra gruesa y exagerada en sus dimensiones; enrollada a su cuello estaba la bufanda café que tenía desde hacía siete años; sus botas desgastadas hacían crujir las hojas; el bolso se le resbalaba de su angosto hombro y un papel blanco se arrugaba cada que ella metía la mano en el bolsillo de su chamarra. Su imagen en ese escenario era común, cualquier otra persona podría encajar en la misma descripción. Sin embargo, hacia donde se dirigía, las intenciones que llevaba, los sentimientos y emociones que se concentraban en los labios y las uñas mordidas, y la mente perdida, no podrían ser equiparables con la de alguien más, por lo menos no en ese momento. 

─ Nueve meses en los que he intentado hablar y para qué. No sirve de nada mediar con la pasividad… No, no, no digas eso, Emma. Estás alterada. Pero si tan sólo hubieses hecho lo que tenías en mente, quizá algo habría cambiado. ¿Qué? ¿Se supone que tengo que responder ahora? No sé cómo habrían cambiado las cosas. Tenía que hacerme caso a mi misma y como siempre, no lo hice. Esperé y esperé una respuesta de un muro… Imbécil. Si yo me hubiese dirigido a confrontar la situación cara a cara, otra cosa habría ocurrido. Quizá yo no estaría caminando en esta estúpida banqueta, con este viento del carajo, ni con estas…

Un nudo en la garganta le impidió continuar hablando. Eran las tres de la tarde, no había mucha gente ese día y nadie notó que una lagrima se le resbalaba por la mejilla y quedaba fríamente adherida a su piel. Estaba furiosa y el movimiento de sus manos agitaban su bolso y las cosas allí dentro chocaban con su cadera. Había avanzado más rápido con su monologo y probablemente en cinco minutos o menos llegaría a “Santa Inés”. Comenzaba a sudar frío. El camino se hacía cada vez más corto y ella ya no quería llegar al punto de reunión. Se había jactado de la manera en la que confrontaba las adversidades, pero esta ocasión era distinta porque ella siempre delineaba el rumbo de las cosas, sus emociones estaban pensadas para que pudiese actuar en el momento, pero este día se le habían adelantado y estaba improvisando. Mejor dicho, hoy estaba siendo consciente de que no todo está premeditado en la vida y que si lo había logrado anteriormente fue porque nunca se había enfrentado a este “enemigo” ineludible.

Empujó el gran portón de hierro y una brisa suave movió las copas de los árboles. Siguió caminado por una calle estrecha y ni siquiera se dispuso a mirar lo que había a su alrededor. Un pedazo de asfalto levantado por la raíz de un ocote, casi la hizo tropezar. Se asustó y con sus brazos intentó mantener el equilibrio pero el bolso se le cayó y todas las cosas salieron de él. Maldijo por lo bajo, se agachó para recoger todas las cosas lo más rápido posible. Se incorporó y a lo lejos vio a un grupo de personajes con atuendos diversos, algunos de ellos se dispersaban. Caminó más rápido y un retortijón en el estómago la hizo detenerse. Se recargó en un pino. No quería escuchar nada. Pasaron unos minutos, dos, tres y cuando ya no hubo nadie se acercó a la tierra blanda y húmeda. 

− Mira, te traje el libro con el que lloraste. Podría ser entretenido, ¿no crees? También te traje las piedras que hiciste en tu laboratorio… ¿Cómo dijiste que las hicieron? La verdad yo no me acuerdo. Y quise traerte esta pulsera blanca que me regalaste, perdóname, pero nunca la usé −se hincó y comenzó a hacer un hoyo en la tierra para acomodar las cosas que traía consigo. 

− ¿Te acuerdas de esta bufanda? Claro que sí. Tú me la regalaste. Quiero devolverte cada cosa que me diste, pero no creo que pueda cavar más sin llegar a tu maldita cabeza fría. Estoy muy molesta, y sé que este día es tuyo porque lo elegiste, pero hoy quiero hablar de mí. Te envié muchos mensajes y sabía que los leías y… Eres un cobarde, nunca quisiste mantener conversaciones incómodas. Cuando nos peleamos tú dijiste que yo era libre de irme y que si nuestra amistad no cumplía mis expectativas podría conseguir la de alguien más. ¿Lo lograste? ¿Lograste reemplazar lo que teníamos? Ni un solo día que pasó de estos nueve meses pude dejar de pensar en ti, ni en lo mucho que me hacías falta. Quizá yo pude ir a buscarte e intentar arreglar todo, pero no lo hice porque siempre lo hacía yo, y tú te conformaste con mi decisión. Si me querías tanto como decías, ¿por qué no me buscaste? Y cuando yo decidí escribirte me ignoraste. Me dejaste una carta, una carta apenas legible porque tu letra no se entiende… 

Mírame, maldito. Nunca me miraste. Estoy desecha. No recuerdo tu rostro, tus bromas de mal gusto parecen las de alguien más, el abrigo que siempre solías usar no es tuyo, esas palabras que usabas no te pertenecen porque esa persona estaba viva y ahora no eres más que un banquete para los gusanos. Por qué me escribes una carta pidiéndome perdón si pudiste decírmelo personalmente tú, con tu voz, con tus gestos, con tu persona. Lo que leo son palabras de alguien que no es nadie ya y nunca lo será, son solo letras que yo interpreto por quien soy y eso es lo más tormentoso de la vida… Es lo más tormentoso que me has hecho y no te puedo perdonar. Y en nada te afecta a ti ahora, qué más da lo que diga. La persona que recuerdo está perdida en alguna parte y quizá llegue al rato para burlarse de mi yo desecha. 

No sé qué voy a hacer ahora, sólo no quiero tener ningún objeto que me recuerde a ti… ¿Los lugares? Eso me tocará verlo más adelante, porque si en nueve meses no supe cómo borrar tu recuerdo, ahora tengo más claro que es imposible y debo improvisar. No, no te sorprendas. En su momento tendré un plan para dejarte mis memorias de ti en este lugar. No te preocupes, yo te lo voy a venir a dejar, por lo menos ahora quédate con estos objetos que son un dolor insoportable. Destrúyelos porque yo nunca pude hacerlo. Me tengo que ir. Te quiero, pero quiero decirte que te quise, que te amé. Sabes, ahora que lo pienso mejor, no eres tan cobarde porque fuiste consciente de quién eras y cuál era tu lugar en este mundo… 

Con las manos ennegrecidas, no se dio cuenta de que una de sus uñas estaba sangrando. Enterró las cosas lo más profundo que pudo. Se levantó para llorarle por última vez a ese amigo que jamás volvería a ver. Allí se quedó mirándolo hasta que un hilito de sol se filtró por uno de los pinos y le advirtió que pronto comenzaría a oscurecer. Dio la vuelta y se alejó para enterrar un fragmento de su vida en esa tierra inerte. 



Betzabe González Pérez, nacida en el antes Distrito Federal, estudió Letras Hispánicas en Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Organizó coloquios dentro de su instituto para visibilizar la importancia de la comunidad sorda en el mundo de los oyentes. En el libro Escribir el miedo y la esperanza. Crónicas sobre el terremoto y estudios sobre la Lengua de Señas Mexicana, participó con un trabajo propio y otro de coautoría. Coordinó la sexta edición del congreso DELLE 2021. Ha participado en la revista literaria Tintero Blanco con Fóvea y en la antología “Se hace amarres de amor propio” de la UAEMex con Témpano de hielo, y uno próximo a publicarse Exánime en la antología “Recolectores de silencios”.  


También te puede interesar…