De recuerdos, aventuras y reflexiones | Ese primer día

Por Tania Farias

Después de una buena noche de más de quince horas, agotada por un exhaustivo viaje de travesía por el Atlántico y llegar hasta ese pequeño pueblo en la región del Gard, al sur de Francia, desperté en la habitación que se convertiría en mi espacio de escape por los próximos ocho meses. En ese lugar podría alejarme de los miembros de la familia que me recibía, cuando nuestras diferencias culturales y personales me agobiaban; allí lloraría durante horas hasta ser vencida por el sueño y también sería el lugar donde devoraría libros buscando en mis momentos más oscuros y de soledad escapar de allí, al menos con la imaginación.

Mi contrato de Au Pair estipulaba que tenía que disponer de una habitación para mí. Y así fue. Sin embargo, como en muchas situaciones, la familia A cumplía sólo “en papel” con las reglas establecidas por la Dirección de Trabajo de Francia, pero las ajustaban demasiado a su conveniencia y no siempre a la mía.

El cuarto que se me asignó estaba ubicado en el ala izquierda de la casa, justo arriba de la cocina. Esa disposición era cómoda para mí, pues todas las otras habitaciones se encontraban en el lado opuesto de la residencia dándome una sensación de privacidad. Al dormir en el costado izquierdo de esa vieja casa de piedra, tan solo escuchaba un mínimo de las frecuentes discusiones de pareja, a excepción, por supuesto, de las que explotaban en el comedor que se encontraba a medio camino. Era común que los altercados llegaran a los gritos, situación que, como alguien ajena a la familia, me hacía sentir  incómoda, como si fuera una intrusa que participaba de un momento privado que no me pertenecía.

Por otro lado, mi recámara tenía sus desventajas. La primera: el baño que debía utilizar y que compartiría con los niños más pequeños de la familia, P y M, se encontraba en el último piso del ala derecha de la casa. La segunda, mi habitación era una recámara improvisada. En vista de mi llegada, la familia había instalado una cama individual en el cuarto de juegos. Si bien era un espacio muy amplio, donde el mobiliario que se agregó para mí (una cama, una pequeña mesa y una silla), cabía perfectamente entre los anaqueles repletos de juguetes, todos los fines de semana a las ocho en punto tenía a los niños, en especial al más pequeño, tocando y gritando detrás de mi puerta deseosos de jugar. La situación de por sí era bastante molesta, pero lo era aún más los domingos, que se suponían, eran mis días de descanso. Digo que se suponía porque en los primeros meses llegó a ocurrir que la señora C me pidiera echarles un ojo a los niños mientras ella y el señor F salían a hacer algunas diligencias. Viviendo bajo el mismo techo, me era imposible negarme, aunque sabía de antemano que no habría una retribución a cambio de las horas extras trabajadas.  

Lo peor fue que ese tipo de “favores” se volvieron una constante. Incluso, el favor llegó a extenderse a un fin de semana entero en que los señores de la familia A decidieron viajar  dejándome con sus tres hijos a cargo. 

P, el hijo menor, de tan solo cinco años, era un niño rubio, con sus facciones aún de bebé y un tanto regordete. Tenía un carácter fuerte y en numerosas ocasiones me hizo reclamos por la ausencia de su mamá. Para el pequeño P, yo era la culpable de que su mamá no pasara tanto tiempo con él. Por otro lado y para mi fortuna, creamos un lazo de amistad y de mucho cariño con el hermano de en medio, M, de ocho años, quien era más bien pelirrojo, de cabellos muy parados y una carita repleta de pecas. Él siempre estaba al pendiente de mí, era quien me motivaba a leerles por las noches para que mi pronunciación se mejorara y aumentara mi vocabulario; veíamos películas juntos, jugábamos mucho y nos divertíamos. Fue M quien me enseñó muchas expresiones coloquiales y me ayudó a comprender la cultura francesa desde el mundo infantil. Gracias a él pude, muchos años después, cantarle a mi hijo, las  canciones de cuna e infantiles más populares en Francia. Con L, la mayor, logramos crear un poco de complicidad, pero al mismo tiempo me exasperaba su actitud caprichosa y grosera. L también era rubia, de un castaño cobrizo. Llevaba una melena larga y lacia, la cual cepillaba con devoción durante largos minutos cada noche mientras esperábamos la cena. 

En ese mi primer día en Francia, después de estirarme por unos segundos en la cama retiré las cobijas, bien necesarias para esos últimos días de octubre. Caminé hasta el otro extremo de la habitación y me detuve frente a la diminuta ventana. Corrí la cortina y lo primero que noté fue el cielo gris que se extendía sobre los viñedos que comenzaban justo enfrente de la casa. Esa falta de luz estaría presente en muchos de mis días y sería motivo de discusión y de risa en mi clase de francés algunas semanas después. Unos compañeros, una pareja de jubilados de Inglaterra, compartirían con la clase que lo que más apreciaban de vivir en el sur de Francia eran los numerosos días de sol. “Es chistoso”, les respondería yo,  “para mí es todo lo contrario. Cada día que me levanto y abro la cortina lo primero que me pregunto es: ¿por qué nunca sale el sol aquí?”

La casa estaba en silencio y por un momento creí estar sola. En la planta baja me encontré con la señora C quien preparaba un pequeño refrigerio con carnes frías, queso y pan. La señora C, al igual que sus hijos era rubia, de piel muy blanca que se tornaba a un rojo intenso cuando se exponía al sol o hacía un esfuerzo físico. En estatura, era más baja que la mía (como referencia, tan solo mido un metro con sesenta y dos centímetros) y tenía una fuerte corpulencia, todo lo contrario a su esposo, el señor F quien era de cabello oscuro, delgado y un tono de piel que denotaba su ascendencia española.

Eran cerca de las doce del día. Mientras comíamos, la señora C me explicó que los niños estaban en la escuela y que iríamos a recogerlos juntas a la hora de la salida: las cuatro de la tarde. Sería la ocasión para presentarme a las maestras y mostrarme el camino que tendría que emprender por los siguientes meses al menos cuatro veces al día, pues según mi contrato sería mi responsabilidad levantar a los niños menores cada mañana, y llevarlos a la escuela. L se levantaba sola e iba a la secundaria con un bus que salía de la plaza del pueblo y la regresaba al mismo sitio por la tarde. Tres veces por semana, yo tendría que recoger a los niños al medio día, darles de comer en la casa y regresarlos al plantel para concluir la jornada. Los otros dos días, como lo estipulaba el tipo de visa con el que había entrado al país y mi contrato, podría asistir a cursos de francés en la ciudad de Nîmes, que se localizaba a unos veinte minutos de la comunidad donde vivíamos. Esos días, los niños se quedaban a almorzar en la escuela.

Una vez terminado el refrigerio, la señora C me dijo que necesitaba resolver algunos pendientes en una pequeña ciudad, llamada Uzes, a unos cuantos kilómetros de allí. Me invitó a acompañarla. Ella se encargaría de sus asuntos y yo podría explorar un poco el lugar. Antes de salir, pensé que se cambiaría pues vestía unos pantalones un tanto desgastados y una blusa lila sin mangas, con algunas pequeñas manchas de grasa encima. Sin embargo y para mí sorpresa, pues estaba acostumbrada a que en mi país, mis allegados no salían de casa sin un atuendo limpio y en buen estado, tan solo jaló la liga de su cabello para deshacer la coleta que llevaba, se pasó con descuido los dedos por su corta melena  y cogió una chamarra ligera y muy amplia que se puso justo en la entrada de la casa.

En la época feudal, Uzes había sido un ducado, así que en el centro de la ciudad se erigía un castillo que seguía siendo propiedad del Duque heredero. La señora C me explicó que cuando el duque estaba de visita, se izaba con orgullo la bandera con los escudos de su familia en lo alto de una de las torres. Ese día la bandera ondeaba en todo su esplendor.

Después de estacionarnos, caminamos hacia la calle principal, una de las pocas donde circulaban los automóviles, dado que casi todo el pueblo era peatonal. Una vez allí me dijo que nos encontraríamos en ese mismo lugar cuarenta minutos más tarde. Entonces se alejó y me quedé sola admirando todo a mí alrededor. El pueblo era precioso a mis ojos, con edificios tan antiguos, en su mayoría construidos en la época medieval; todos con paredes de piedra blanca y calles de adoquines.

Caminé en contra del flujo de la circulación de los autos. De vez en cuando me metía a explorar alguna de las calles perpendiculares, pero más tardaba en entrar en ellas que ya había regresado de nuevo a la avenida principal. No tenía idea de que tan grande era el pueblo y temía perderme. Había atravesado el Atlántico, pero mi espíritu aventurero tenía un límite. Con las próximas visitas, en las semanas que siguieron, me daría cuenta de que mi miedo era absurdo. El lugar era tan pequeño que perderme sería imposible.

Después de caminar por varios minutos, me adentré por una calle no muy lejana de donde me encontraría con la señora C. Llegué hasta una pequeña plaza rodeada de negocios pintorescos y restaurantes. Me senté en una banca a esperar a que se cumpliera la hora. Sentía mucho frío, mi chamarra de mezclilla forrada de lana no era suficiente para hacer frente al cambio drástico de temperatura que había sufrido mi cuerpo. El termómetro marcaba trece grados; para mí, después de haber vivido por siete años en una ciudad costera a más de treinta grados, era como si  me hubiera adentrado en  un crudo y desconocido invierno.

Mientras los minutos desfilaban con lentitud, observaba a los pasantes y ponía especial atención en las conversaciones de aquellos que caminaban muy cerca de mí. Por más que lo intentaba tan solo logré atrapar alguna palabra al vuelo; era como si estuvieran hablando un idioma que me era totalmente desconocido. Eso me frustró, pues había pasado los últimos dieciocho meses aprendiendo francés. No obstante logré contentarme un tanto diciéndome que al menos lograba comunicarme con la familia que me acogía. La diferencia con ellos, en especial con la señora C, era su acento. Todos los miembros de la familia A hablaban como las personas del centro del país de donde eran oriundos y según me dijeron, de dónde se habían mudado algunos años atrás. Ellos tenían un acento más neutro y no tan marcado como el que se hablaba en el sur de Francia. Además, por supuesto, de la velocidad. La señora C me hablaba lento y con un léxico sencillo, y cuando mi expresión delataba que no había comprendido, ella se tomaba la molestia de explicarme el significado y me mostraba la pronunciación correcta. A pesar de las diferencias que tuvimos en el tiempo que viví con la familia A, no puedo dejar de reconocer que todos y en especial la señora C y M se dieron a la tarea de conversar conmigo y corregir mis errores con el fin de que progresara en el aprendizaje del francés, razón por la cual había dejado todo en México y había aceptado trabajar como Au pair. 

De vez en cuando miraba mi reloj. El frío seguía calando. Mis pensamientos se iban hasta México e imaginaba lo que estaría haciendo si estuviera allá. Me encontraba distraída cuando un hombre mucho mayor que yo, o al menos a mí me lo parecía, vestido de un traje café, pasó con paso presuroso frente a mí. Al verme, me sonrió. Le devolví la sonrisa por educación y seguí metida en mis pensamientos. El tipo solo había dado unos pasos en su trayecto cuando regresó y se detuvo delante de mí. Me saludó con una enorme sonrisa; le respondí con cierta incomodidad. Su cara estaba marcada con muchas líneas de expresión, era muy delgado, un poquito más alto que yo, de cabello rizado y negro. Además, aunque mi olfato podía percibir un toque de colonia, el hombre desprendía un olor rancio y penetrante a sudor. Me dijo algo que no comprendí. Con dificultad, le pedí que me hablara más lento pues mi francés era muy limitado. Dijo llamarse Lackdar, con una sonrisa que parecía fijada en su rostro y una mirada insistente, mientras estiraba su mano para saludarme. Guardó mi mano entre la suya por más tiempo del que hubiera deseado.

—Te pareces a Pocahontas — me dijo de repente.

Yo le sonreí pensando que su comentario era bastante idiota. 

—No creo —le dije de inmediato—. Soy mexicana. No vengo de los Estados Unidos.

—Pero sí. Mira tu linda piel bronceada y tu cabello negro. Además esos rasgos. Para mí eres Pocahontas.

El hombre continuó hablando y lanzándome elogios. No acostumbrada a ellos, y en especial cuando venían de alguien que no me gustaba y que parecía tener una gran diferencia de edad conmigo, en lugar de agradarme me entraron unas verdaderas ganas de salir corriendo.

—Mira, tengo una reunión aquí cerquita, pero no me tardo —me dijo señalando hacia un edificio a varios metros de la plaza—. Dame diez minutos y ahora vuelvo. No te vayas, por favor.

Solo me limité a estirar mis labios con una mueca que se parecía a una sonrisa. Lo miré alejarse e inmediatamente volví a ver mi reloj. Aún faltaba tiempo para encontrarme con la señora C. Quería irme de allí. No deseaba estar en el mismo lugar cuando él regresara. Ponderé el moverme del sitio, pero el temor de perderme fue más fuerte y me quedé sentada a que se cumpliera la hora para encontrarme con la señora C. Por otro lado, me decía que el hombre no volvería. Eso de que regresaría en diez minutos solo debían haber sido palabras lanzadas porque sí.

Para mi mala fortuna, el hombre regresó diez minutos después, como había amenazado. Cuando me vio en el mismo lugar seguro debió pensar que lo estaba esperando, pues al percibirme corrió hacia mí con su amplia sonrisa; y los elogios recomenzaron. Me pidió mi número de teléfono porque según él, tenía que volver a verme. Por supuesto que aún no tenía uno propio y darle el número de la familia A estaba fuera de discusión. Pero el tipo no se dio por vencido y sacó un papel donde anotó con letras claras su nombre y su número de teléfono. Me lo entregó haciéndome prometer que le llamaría. Promesa que por supuesto no tenía intención de cumplir, pero el destino se encargó de cruzarlo en mi camino más tarde. Sin duda tenía una lección que enseñarme.

Notando mis intenciones de irme, me propuso ir a tomar un café en uno de los restaurantes de la plaza. Me negué pretextando que ya era hora de encontrarme con alguien. Le dije adiós y salí corriendo. Me detuve en una esquina fuera de su vista; los minutos que tuve que esperar por la señora C me parecieron eternos. Temía que el tipo se apareciera de nuevo y se me acercara con su mirada insistente y su olor desagradable.

Por la tarde recogimos a los niños en la escuela y conocí a sus maestras como prometido. El recibimiento de M fue grato, con timidez pero cálido. En cambio, P me miró con desconfianza y me recibió con frialdad. Aquellos primeros momentos fueron un adelanto de lo que serían después el tipo de relaciones que tendría con ellos. 

Esa segunda noche me fui a dormir agotada. Mi cabeza se sentía pesada, adolorida. Vivir en otra lengua era un esfuerzo constante.

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Esto no son solo cifras ,las personas desaparecidas no son un porcentaje que ensucia al gobierno, son niñas,hijos,mujeres,estudiantes, trabajadores y madres que buscaban a sus seres queridos ; porque lamentablemente las madres buscadoras también sufren este destino ,en los meses transcurridos de enero a agosto 3 madres buscadoras han sufrido desaparición forzada. La búsqueda de personas desaparecidas también es un riesgo ,búsqueda que dicho sea de paso es trabajo que corresponde a las autoridades que con incompetencia y corrupción entorpecen o simplemente no buscan a los desaparecidos.

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Resulta ofensiva la falta de acción y la negligencia del gobierno ante esta situación . Es frustrante el saber que miles de personas desaparecen cada año y sigue sin haber justicia .
Estamos cansadas del circo mediático ,pareciera que para ellos las desapariciones fuesen un juego ; no deberíamos salir con miedo o tener que llevar una navaja para sentirnos seguras .En mi pecho puedo sentir como la rabia estalla al ver cómo el gobierno solo ignora y calla . Los nombres de las mujeres desaparecidas se pierden en un mar de indiferencia judicial. Debemos de exigir respuestas y justicia sin cesar ,no ceder hasta que no haya más desaparecidos que lamentar.
Como sociedad considero que tenemos como obligación moral no deshumanizar a aquellas personas que desaparecen, no podemos simplemente verlas como un número más a la lista,debemos hacer consciente la crisis de desaparición forzada y hacer lo posible por mantener este tema en el centro de la conversación, especialmente en el contexto actual .

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Osmara Rodriguez

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Entre calles y páginas | Hasta encontrarlos…

Por Ángeles Serna

La última semana de septiembre, estaba en espera de las proyecciones de películas del Centro Cultural Plaza Fátima, tenía la esperanza de que para finales de ese mes ya comenzaran las películas de terror y suspenso, especialmente esas que tratan más el tema de lo sobrenatural. Quería ver algo que me diera miedo y me dejara pensando. Revisé el ciclo de cine y para ese día estaba programado Desvanecimiento –O Spoorloos– (1988) de George Sluizer. La traducción que habían puesto en la publicación de Instagram no me daba ninguna idea de lo que trataría y no quise buscar ningún resumen ni recomendaciones, solo tenía ganas de ir a ver algo distinto. Sin muchas expectativas, fui a ver la película.

De manera general y sin spoilers –aunque yo no creo en eso– el filme trata de la desaparición de Saskia, donde parten dos historias; la de Raymond Lemore, quien es el responsable de la desaparición y la de Rex pareja de Saskia, quien no deja de buscarla durante tres años. De la película, llamó mi atención la muestra de lo cotidiano en cada uno de los personajes. Sluizer expone una escala de grises de los comportamientos y sentimientos que tenemos las personas, con esto me refiero a no encasillar a ningún personaje con comportamientos “de los buenos” o “de los malos”, incluso muestra la otra cara del secuestrador (como padre y esposo) y las bromas pesadas entre pareja. Además, juega con los indicios del protagonista y antagonista, pero, sobre todo, comparte la angustia que siente Rex –por la desaparición de Saskia– con el espectador.

Sobre la película, como objeto estético, se puede crear un análisis muy extenso y minucioso, sobre la imagen, algunos simbolismos y los sonidos presentes –o no– en cada escena, pero ese no es el objetivo de este texto. De hecho, la escena que detonó mi cuestionamiento de esa semana fue cuando la pareja de Rex –posterior a la desaparición de Saskia– le dice que “Ella existe, ella se interpone entre nosotros”, debido a la obsesión que generó Rex por no encontrarla ni saber nada de ella. Esto se convirtió en un problema en su relación actual, lo que me dejó pensando en las desapariciones de mi entorno. Raymond Lemore se llevó más de una vida cuando desapareció a Saskia y eso, a pesar de ser ficción, es algo que también sucede en el plano de lo real.

Asimismo, en esa última semana de septiembre, se presentó la exposición Buscándo(te) del colectivo Buscadoras de Nuevo León con la curaduría de Jaqueline Gutiérrez y la colaboración de Blanca Medina. En esta muestra se expusieron las fotos, documentos oficiales y pertenencias personales de 186 personas que están desaparecidas. Al inicio del recorrido, Blanca dijo una frase que relacioné con la película “Ellos están presentes hasta que nos digan lo contrario”. 

Considero que la presencia de una persona desaparecida se encuentra en la angustia de cada uno de sus familiares y seres queridos. Esa angustia no nos debería de ser ajena como sociedad. Tanto en la película como en la exposición presentaron la “normalidad” de las desapariciones; en el filme de Sluzier la pregunta era “¿por qué no la dejas de buscar?”, a final de cuentas ya habían pasado tres años; y, en la exposición las buscadoras hacen énfasis en que, ahora, a las personas les parece normal si alguien desaparece, incluso se acompaña con la creencia de “si lo desaparecen es porque andaba en malos pasos”. Este último comentario, me deja pensando ¿quién merece desaparecer? ¿quién merece esa angustia? A mí parecer, ninguna persona debería pasar por esa violencia –ni por ninguna otra–.

Al buscar en Google “¿Qué son las desapariciones en México?” los primeros resultados arrojan la siguiente definición: “El fenómeno de la desaparición de personas no ha cesado, en la actualidad la desaparición en México es una práctica empleada por parte del crimen organizado, otros criminales en lo particular, así como algunas autoridades del estado”. Desde el 2019 el colectivo Buscadoras de Nuevo León se acompañan en la búsqueda de sus familiares: hijos, esposos, hermanos, nietos… cada uno con una historia diferente. Según los datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas desde 1964 hasta 2023 la cifra supera las 100 mil personas desaparecidas en México y en Nuevo León la cifra supera a las 10,000 desapariciones.

Entiendo el uso de cifras, porcentajes, números, etcétera, sin embargo, cada desaparición es más que un registro, porque junto con ella se llevan la tranquilidad de las familias, de sus seres queridos. Dejan un vacío, un vacío que sí notamos, porque nos afecta a todos como sociedad. Buscándo(te) expone un acercamiento, por medio del archivo, para observar que no hay ninguna diferencia entre las personas desaparecidas y los espectadores.

A lo largo del recorrido, encontré un diccionario forrado de lustrina verde, en la portada tenía escrito “Diccionario–Español” y al centro una etiqueta para los datos personales, de esas que se usaban en la escuela. Bajo el diccionario estaba una libreta Scribe también de color de verde y entre las hojas se encontraba una boleta de calificaciones, esas de color gris que expedía la SEP, tenía impreso entre nueves y dieces. Reconozco que son cosas que yo también tengo y estoy segura que son cosas que mi mamá guarda en una de las tantas cajas del armario, así como las guarda la familia de A. Fernández. Sin conocernos tenemos algo en común.

A lo que quiero llegar con esto es contrastar la creencia de “No me va a pasar a mí”. Durante este tiempo, en México y, específicamente, en Nuevo León han sido lugares donde la violencia ha ido en aumento y, como causa-efecto, el incremento de desapariciones. Buscadoras de Nuevo León exponen otras de las caras identitarias del estado, porque son situaciones que como sociedad nos afecta y no debemos de ser ajenos a ellas. En relación con lo anterior y un poco a la pregunta que le hacen a Rex “¿por qué no dejar de buscarla?” tanto en la película como la exposición mencionan la falta en empatía de autoridades, medios de comunicación y las mismas personas que integran la sociedad. ¿Por qué no dejar de buscarlos? por la simple razón de que no es normal que las personas desaparezcan.

Nadie está exento de vivir tal tipo de violencia y es aquí donde establezco la relación entre la película y la exposición, justo con esta frase que dijo una de las madres buscadoras “Estuviste en el lugar equivocado a la hora equivocada”. En la película, Lemore presenta el proceso que siguió para encontrar una víctima, ninguna de las mujeres locales caía en sus trampas, pero aparece Saskia, una extrajera ingenua ante los peligros de una nueva ciudad y con la curiosidad de practicar un nuevo idioma. En los cortes de escena, sabemos que el objetivo inicial de Lemore no era Saskia, sin embargo, ella estuvo en el lugar y momento equivocado, como muchas de las víctimas por desaparición.

Como en esta ficción existen historias reales de personas desaparecidas en lugares comunes, como son los parques, calles, centros comerciales, entre otros. No somos culpables de estar en el momento y lugar equivocados, las familias tampoco son culpables, pero son las que atraviesan una angustia constante, un dolor que no sana y un daño irreparable, todo esto hasta no saber dónde están. Por lo que, si en algún momento necesitamos ayuda para buscar a un ser querido, el colectivo Buscadoras de Nuevo León será el primero en escucharnos, apoyarnos y en salir a buscarlo. No esperemos en necesitar su ayuda para sumarnos.

Angeles Stefanya Serna Moreno

Angeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

El ojo de Lya | El síndrome del falso mentor 

Por: Liana Pacheco

< EL DIA A DIA <

Muerte

Por Madelaine BO.

Ella se arrepintió de salir de la tina…

Al dar unos pasos fuera de ella, quiso regresar pero no lo logró. Ahí había encontrado la tranquilidad que necesitaba, despejó su mente de todo lo que le agobiaba.

Aceptó por primera vez, que siempre estaría sola y no era tan malo después de todo. Pero que pasaría con todo lo de su alrededor?

Tenía muchas cosas pendientes.

Era como un Árbol que dió frutos, los cuales cosechó con mucho amor y no quería dejarlos. Podrían caer en la putrefacción, lo mejor era seguir acogiéndolos bajo su sombra ahí nada les pasaría.

Ellos le pertenecen ya que los ha visto crecer de poco en poco, siempre acogidos entre sus ramas, los conocía a la perfección eran semillas sálidas de él con mucho amor. Sus frutos, tan pequeños, tan inmaduros, pero tan amados.

Y por ello salió de la tina, pero ella por un breve instante se imaginó ahí tranquila, su mente en blanco y su cuerpo sumido en ese líquido tibio combinado con un color carmín que emanaría de su cuerpo para dejarlo inerte.

Después de todo ella sólo buscaba la serenidad eterna.

Madelaine Bernal O.

De profesión optometrista, soy de carácter fuerte y muy servicial, un poco loca y soñadora. Amante de los museos y exposiciones. Escritora amateur de pequeños poemas o pensamientos de «El día a día» con lo cuál quedan plasmadas las vivencias. Tengo mi propio club de lectura «Las Historias Fugaces» dirigido a niños y adolescentes,también pertenezco a otros clubs «Nuestra tienda roja- Circulo de lectura para mujeres» y «Sala de lectura Guadalupe Dueñas»

Piezas de un alma simple

Escrito por: Alondra Grande

Noviembre

A veces creo que voy a extrañarte toda la vida
Tu ausencia es una sombra que me acompaña
Caminas conmigo sin importar si hay luna o sol.

La gente dice que mis lágrimas entorpecen tu partida
Que obstaculizan tu llegada al lugar
Donde la memoria no te puede alcanzar.

Si ellos supieran que lloro por mí
Llora mi parte egoísta que no se quiere despedir,
Mis ojos son ríos que no aprenden a dejarte ir.

En las plegarias que pronuncio antes de dormir
Mantengo vivo tu recuerdo.
Entre veladoras y altares
Sé que estás ahí.

Le pido al viento que lleve mis palabras hasta ti:
Todavia te recuerdo.
Aunque he de extrañarte toda la vida
Vete con la tranquilidad de saber que sigo aquí.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Desplazarse con algo de poética |  Un dream pop 

Por Monica Tadeo

Paso de nuevo (como todo lo bueno en esta vida) siempre nos encuentra.

Y contadas son las veces que llegan a estar ahí esas historias.

La mía inició en una noche con luces rozando por el rostro, una guitarra que retumbaba en sincronía, letras que ves pasar como recuerdos, con un calor que recorre todo el cuerpo, hasta que no puede más y se mueve sólo por moverse.

Y decir esto es muy poco a lo que se experimenta al conectar con quienes componen desde sus entrañas.

¿Te resulta extraña esta sensación?

Si es así, te imploro que si tienes el chance de ir o escuchar a alguna persona tocando música, no solo pases de largo, quédate unos minutos; observa, conecta, mira su fuerza de estar presente ante un público.

el sonido se siente

y en ocasiones con mucha fuerza.

Monica Tadeo

Artista Visual procedente del sureste del país, cuando no observó a través de la cámara, lo
plasmó en palabras y en ocasiones estas se combinan. Con un interés por enunciar el sentir, cuestionarnos y replantearnos la vida en sí misma.

https://www.instagram.com/mcristh/

“ES SOLO UNA PELÍCULA”. CUANDO LOS DIÁLOGOS DE CINE, MÚSICA Y OTRAS REPRESENTACIONES CULTURALES CONSTRUYEN REALIDADES

Por Natalia Mendoza Servín

A Regina la terminó su novio hace varios años. Sus motivos para dejarla fueron escuetos: no le caía bien a la familia de él y un contundente “no te voy a decir por qué” fueron los principales argumentos. Era lo de menos, en el fondo él ya no quería estar con ella, sin importar el motivo, el resultado era el mismo. Sin embargo, el dicho popular reza que la forma es fondo, y viendo la situación ya de lejos, esas parcas razones comenzaron a tener sentido y a concatenarse con otros elementos imperceptibles que trataré de relatar ahora.

Por supuesto, Regina no es ni era perfecta. Sin duda podían existir otras razones para dejarla ir, pero el momento y las circunstancias en el que la terminaron, sin duda tenían mucho peso. Ella no lo sabía (y paradójicamente, al parecer él sí), pero cuando esta persona decidió irse de su vida, ella inauguró formalmente el inicio de una carrera profesional próspera que sigue en formación. La dejó cuando ella incursionaba en el mundo de lo caóticamente público. Sin duda, a Regina le hubiera gustado que él hubiera estado con ella ese momento, pero las condiciones eran otras. Lo bueno es que ella era fuerte y tenaz, y como ya lo sabemos todas a cierta altura de la vida, ella pudo continuar su camino sin él.

Pasó poco más de un año de que Regina había terminado con este hombre. El corazón ya no dolía tanto, además, la realidad de todo es que la vida era buena con ella. No necesitaba nada más. Y entre todas las cosas lindas que le daba su buena existencia, Regina viajaba de regreso de Bogotá a México, porque había sido seleccionada para tomar un curso. El trayecto no es tan largo, quizá unas 5 horas en las que decidió matar el tiempo viendo una película. Al no ser una adepta al cine, prácticamente no había visto ninguna de las que estaban disponibles, si alguien le hubiera preguntado cuál era su película favorita no sabría qué responder, así que se decidió por una muy clásica y común, pero que no había visto: El diablo viste a la moda.

La película, para quienes no la conocen, es la historia de una chica llamada Andrea que logra trabajar con la gran Miranda Presly, quien es jefa en una prestigiosa revista de moda. Miranda es una mujer fuerte, con carácter, exitosa, bella y muy talentosa. Toda la película transcurrió bien, hasta que llegó la escena en la que Andrea descubre a Miranda llorar porque su esposo la dejó y porque no era la primera ocasión que un hombre la dejaba por no poder con toda su fama y poder. Cuando la mujer poderosa se vio destruida en la película, Regina lloró junto con ella y no sabía por qué, pero afortunadamente esa sensación duró algunos segundos o quizás minutos, porque entre las olas de emociones que la invadieron llegó la luz: un texto de análisis feminista de las películas de Disney.

En ese entonces, a Regina la perspectiva feminista no le interesaba del todo, de hecho, tampoco recuerda por qué leyó ese artículo, solo llegó a sus manos y lo observó por alguna razón que no era relevante. La lectura de ese documento fue un evento cualquiera que pasó desapercibido en su vida (por fortuna, no en el inconsciente), pero en ese momento, inmediatamente la salvó. El análisis que leyó hablaba de cómo las primeras películas de princesas de Disney habían sido criticadas desde los feminismos: si haces y renuncias a todo por amor, tendrás un final (el único final posible) feliz con el hombre de tus sueños, tu príncipe azul. Y continuaba diciendo que la respuesta de Disney a tales críticas, fue cambiar las realidades de las protagonistas; en las películas más modernas, las princesas son fuertes, valientes y de alguna forma rechazan a los hombres que las aman, pero al final el recado sigue estando concatenado al mensaje de las primeras películas: ¿Así que no quieres que el centro de tu universo sea el amor de un hombre? Adelante, pero sufrirás las consecuencias, te quedarás sola… y eso es terrible, lo peor que le puede pasar a una mujer.

En esos breves espacios de tiempo en que se enfrentaban la idea del texto feminista contra el mensaje de la película, Regina entendió que le estaban mintiendo. La cultura y sistema en el que había vivido, trataba de convencerla de que o su sueño era el amor de un hombre o que si quería ir en contra de ese mágico y taquillero destino, su castigo sería la soledad, traducida ésta como “la falta de un buen hombre en su vida”. Regina respiró y fue feliz de nuevo. Sabía que lo que había aprendido desde que nació era un falso dilema. Ella podía seguir siendo exitosa y compaginar su vida al lado de un compañero, o bien, decidir transitar la vida consigo misma y ser feliz, sin embargo, su historia de vida y los aprendizajes de la cultura popular la hicieron creer por un momento que todo estaba perdido; que estaba condenada o a abandonar sus sueños, o a no ser feliz. Regina sonrió cuando se dio cuenta de todo esto.

La historia de Regina está basada en una historia real que lamentablemente podría ser la situación de muchas niñas, adolescentes y mujeres. Regina tuvo la fortuna de pasar por en medio de los cuernos de un dilema falso que incluso, en ocasiones olvida por todos los dogmas que ha adquirido a lo largo de su vida, pero muchas otras mujeres, no. Ella tuvo la oportunidad de leer un documento que cuestionaba la cultura popular y sus mensajes, y encarar sus arraigadas e inconscientes creencias que por un momento le causaron un dolor inducido.

En la pequeña biografía que la que suscribe usa en La Coyol, digo que debemos analizar las expresiones artísticas y culturales “porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.” Ojalá que este texto llegue a las manos de la Regina que necesite cuestionarse sus creencias o bien, que guarde esta reflexión que tal vez, solo tal vez, en un futuro la pueda salvar. O bien, que le hagan saber a las Reginas del mundo que sus logros no se ven mermados ni invalidados por la falta de un hombre en sus vidas y que estar consigo mismas es también es un gran proyecto de vida.

El ejemplo de Regina es uno de muchos. Vale la pena reflexionar en cuántas representaciones del arte o de la cultura popular habrán arraigado creencias para oprimir a ciertos grupos sociales. Recientemente, se cuestionó que saliera la película de La Sirenita con una actriz afrodescendiente o la película de Buzz Lightyear con representaciones lésbicas, y no podemos dejar fuera la película de Barbie, que también fue repudiada por algunos sectores. Lo cierto es que la falta de representaciones no hegemónicas en espacios donde las personas ejercen sus libertades, o bien, el fortalecimiento de ideas que siguen oprimiendo a algunas personas, constituyen realidades palpables sociales que se interiorizan en cada persona oprimida. No es solo una inofensiva película, es una representación que fortalece miradas colectivas y personales desiguales.

Tal vez no podamos hacer mucho por cambiar las decisiones que toman las grandes productoras de películas, canciones, obras de arte, juguetes, anuncios o cualquier otra creación humana, pero lo que sí podemos hacer es resistir por conducto de la crítica a las mismas:

¡Escribe, denuncia y haz crítica a aquello que nos sigue educando y formando!

¡Visibiliza los mensajes que perpetúan la opresión!

Y quizá nuestro mensaje le llegue a Regina y ella pueda saber, que hay otras formas de mirar el mundo.

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

Encuéntrame en: @NataliaMese

La evocación del erotismo fantástico | Breve estudio ginocrítico del terror. Mandíbula de Mónica Ojeda.

Inventar un lenguaje de mujer.
Pero no de la mujer como es dicha en el lenguaje del hombre
[…] Toda mujer que quiera tener un lenguaje que le sea propio
no puede sustraerse a esta urgencia extraordinaria: Inventar a la mujer.

Annie Leclerc

El hecho de que las mujeres hayan pasado tanto tiempo sin poder escribir o sin ser tomadas en cuenta en su labor literaria, no significa que ellas se mantuvieron pasivas ante la negativa. Al contrario: las mujeres que la historia literaria ha dejado fuera han estado siempre observando, siempre aprendiendo y aprehendiendo las formas en las que se desarrolla cada estructura hegemónica patriarcal a la que pertenecen. Gracias a esto aprendieron a nombrarse según habían sido nombradas antes -por el discurso patriarcal- y aprendieron que1 el imaginario patriarcal ubica al cuerpo femenino en dos extremos: el cuerpo divino y el cuerpo monstruoso adorando al primero y despreciando al segundo. Es decir: la representación literaria del cuerpo femenino se encuentra alineada con respecto a un discurso dictado por hombres.

Basta con hacer un breve repaso por la historia de la literatura para notar que en las grandes -y no tan grandes- obras escritas por hombres, los personajes principales o los más complejos son siempre varones, mientras que las mujeres que figuran en la ficción se encuentran siempre a la  sombra  de los personajes masculinos y carecen de complejidad y ejercicio del poder. Es fácil notar que los autores dotan a las mujeres de bondad o maldad según sea el caso: aquellos personajes femeninos que se mantienen pasivos y obedientes (según el discurso patriarcal de las buenas costumbres) son representación de bondad2; mientras que los personajes femeninos que no cumplen con las normas establecidas son representación de maldad3. Ahora, en el discurso literario los dos tipos de representación femenina son presentados a través de la descripción corporal de uno y otro, y dichas descripciones pasan de tradición literaria en tradición literaria -porque las tradiciones literarias siempre habían sido enteramente patriarcales-. El discurso literario, entonces, gira en torno a una experiencia masculina que pretende hacerse pasar por hegemónica.

Sin embargo, en las últimas décadas el discurso literario femenino4 se abre paso de entre las sombras,buscando exponer una experiencia enteramente femenina que sea capaz de atravesar la obra desde su creación hasta su recepción. De esta forma las representaciones corporales y la carga de significados que estos obtienen en la ficción, comienzan a mostrar cambios notables en la creación literaria contemporánea. Vale la pena recordar la pregunta que  Gerda Lerner se hacía en 1970: “¿Cómo sería la historia si se viera a través de los ojos de las mujeres y estuviera ordenada por valores dirigidos por ellas?”5 porque desde una perspectiva «ginocrítica»6 actual es posible ensayar una respuesta.

En el ámbito de la literatura fantástica, desde Mary Shelly hasta Amparo Dávila la escritura femenina ha explorado los caminos que llevan a la representación de un terror que es cada vez más específico en su creación y recepción femenina. Uno de los elementos más constantes en la literatura de terror es la representación de figuras monstruosas cuyo simbolismo se encuentra relacionado con el miedo que busca exponerse. Herencia de una tradición literaria patriarcal y cristiana, en muchas ocasiones el cuerpo monstruoso que encarna el mal es un cuerpo femenino que solo abarca la mitad oscura, irracional, natural, incomprensible y voraz; que el bien (encarnado generalmente en el cuerpo masculino) debe vencer y superar, logrando que la mitad luminosa, racional, conocida y controlada prevalezca. 

La literatura de terror contemporánea escrita por mujeres se diferencia de esta tradición. Pienso por ejemplo en Monica Ojeda, una autora ecuatoriana nacida en 1988. Heredera de una tradición literaria hispanoamericana construida por hombres, pero heredera también de una tradición femenina (cultural y literaria) que su escritura nunca pasa por alto. En la crítica femininsta en el desierto, Showalter destaca que “las mujeres viven una dualidad: como miembros de la cultura general y como participantes de la cultura femenina”,7 resultado de esto, en la creación literaria de terror actual existe una suerte de apropiación y resignificación de las figuras monstruosas femeninas, narradas anteriormente por hombres. 

Pienso por ejemplo en Mandíbula, la última novela escrita por Mónica Ojeda, donde la narración se encuentra enteramente centrada en la experiencia femenina del terror: Seis amigas adolescentes, estudiantes de un prestigioso colegio bilingüe del Opus Dei, forman una especie de secta perversa cuya suerte de templo es un edificio abandonado. El lugar secreto motiva un culto donde las estudiantes exploran sus intereses creativos y las fronteras de la sexualidad, la violencia y el miedo. Por otro lado Clara, su profesora de Lengua y Literatura, llega a trabajar al colegio después de ser secuestrada en su propia casa por dos alumnas de su anterior trabajo. Clara siente por su madre un amor tan ferviente y atemorizante que termina por desbordarse de un modo enfermizo y la arroja hacia la enajenación de su papel de guía de estudiantes. Finalmente su desempeño se vuelca en una formación siniestra, hasta secuestrar a una de sus alumnas.

La perversidad se hace presente todo el tiempo en los personajes femeninos de Mandíbula, pero lo importante aquí es que un mismo personaje puede expresar ternura y violencia en los mismos niveles y, en algunas ocasiones, al mismo tiempo. Lo que modifica significativamente la representación corporal femenina, pues las cuerpas en la novela se encuentran cargadas de un discurso dictado por las instituciones más cercanas a ellas (su familia, la escuela y la religión) que las ha etiquetado como malvadas, enfermas, desviadas y perversas y que las orilla a un estado de marginalidad con respecto a la estructura dominante. Ya que “La novela da cuenta de un despertar de las seis jóvenes protagonistas, particularmente de Fernanda y Annelise, al confrontar de distintas maneras su propio ser femenino”8 las cuerpas se encuentran propensas a una constante reprobación porque “en está etapa de autodescubrimiento, cuando su cuerpo empieza a ser un desconocido terrible, las adolescentes exploran los alcances de sus pulsiones sexuales, de su naturaleza femenina indomesticable y de los valores reprobables.”9

La novela narra el desarrollo de relaciones femeninas que se tejen de formas complejísimas y que desembocan en teorías psicoanalíticas como la de Lacan o la de Kristeva.10 Todo se remonta a tres palabras: Madre, hermana, hija. Mandíbula, se narra desde la “parte desértica” en la experiencia femenina, espacio sobre el que Showalter resalta:

[…] si pensamos esta zona desierta desde una perspectiva metafísica, o en términos de la conciencia, no tiene un espacio masculino correspondiente […] En ese sentido, lo ‘desierto’ es siempre imaginario desde un punto de vista masculino […] En términos de antropología cultural, las mujeres conocen la parte del círculo masculino, aún cuando nunca lo hayan visto, porque se convierte en el tema de la leyenda. Pero los hombres no saben lo qué hay en el desierto.

Showalter,p. 400

Según el análisis de Romano Hurtado, Mónica Ojeda retoma la teoría Lacaniana del estrago materno11 donde equipará el deseo de la madre a las fauces abiertas de un cocodrilo que pueden cerrarse intempestivamente sobre la niña si es que no interviene el padre como punto de detención. Al respecto de esto, es importante destacar que en la novela los padres de las jóvenes protagonistas (Fernanda y Annelise) no figuran dentro de la ficción y el padre de Clara, la profesora, tampoco ‘existe’. Fernanda y Annelise rara vez comparten espacio y tiempo con sus madres, y cuando lo hacen son acontecimientos siempre violentos. Fernanda y Annelise crean entonces una especie de relación fraternal, donde lo más importante es destacar su igualdad, lo que permite que la relación escale de la mano de exploraciones corporales que rayan en el sadomasoquismo pero que al mismo tiempo fortalecen su amor y hermandad: “A: ¿Sabes qué es lo peor que alguien puede hacerle a su mejor amiga? /F: Sí, sé qué es lo peor que alguien puede hacerle a su mejor amiga./A: A su ñaña gemela./F: A su siamesa perfecta./A: Lo peor que alguien puede hacerle es traicionarla./F: Lo peor que alguien puede hacer es darle la espalda a su igual./A: A su hermana./F: A su doble./A: Eso es lo único que no se puede hacer./F: Eso es lo único que yo jamás voy a hacer.”12 Por otro lado, Clara desarrolla un apego materno enfermizo (gracias a que su propia madre la obliga a permanecer encerrada a su lado). Con el paso del tiempo el amor desbordante y aterrador de Clara por su madre se manifiesta de forma que la hija comienza a imitar la personalidad y corporalidad de su madre -como una especie de doble… o de igual- que tomará su lugar una vez que la madre muera. Explica Eugenio Trias: 

La transgresión del cuerpo nace del impulso siniestro del deseo desbordado, es decir, es la realización de un deseo escondido, íntimo y prohibido. Siniestro en un deseo entretenido entre la fantasía inconsciente que comparece en lo real; es la verificación de una fantasía formulada, como deseo, si bien temida’. Desde ahí la concepción del espacio íntimo, tan privado como es el propio cuerpo, sostiene la articulación de lo siniestro, pierde su ocultamiento para exhibir su verdadera condición perturbadora.

Trías, p. 94

Las cuerpas de Mandíbula, entonces, son cuerpos reconocidos hegemónicamente como femeninos, pero capaces de encarnar lo siniestro que potencia una transformación anatómica que conduce a lo monstruoso.13 La novela se encuentra repleta de situaciones donde el espacio de tensión entre el deseo y el miedo deja ver que existe algo sobrenatural, que escapa a la norma de cómo entendemos el mundo y que da paso a un nuevo cuerpo que es al mismo tiempo femeninoymonstruoso. Elsa López Arriaga señala que “Esa monstruosidad emplaza al cuerpo femenino a una posición siempre liminar, donde se conjuga una naturaleza bipartita: la falta y el exceso de lo natural y lo anormal, la protección y la destrucción, lo conocido y lo terrible”14 dicha estructura permite a las protagonistas de la novela identificarse desde otra perspectiva con esa parte monstruosa que habita en ellas y apropiarse de ella: Clara, la profesora de Lengua y Literatura cumple con diligencia las rutinas que su madre realizaba todos los días y copia con prolija dedicación la estructura ósea deformada que su madre desarrolló con los años “—algunas veces notó, por parte de los pocos familiares vivos que le quedaban (y con quienes ya no mantenía ningún tipo de contacto), un abierto desprecio a causa de la incomodidad que sentían cuando ella no solo fingía ser su madre, sino que llegaba a serlo (en esas ocasiones en las que su interpretación alcanzaba su cenit, Clara se veía a sí misma diluyéndose en el personaje materno igual que una gota de sangre sobre otra gota de sangre).”15 Mientras que Fernanda y Annelise realizan con absoluta solemnidad los rituales y pruebas físicas del culto que ellas mismas inventan y experimentan con entera seriedad el deseo y la violencia que sus cuerpas exploran juntas en soledad:

«Muérdeme tan fuerte como puedas», le pide su hermana de renacimiento. Annelise le entrega sus huesos limpios para matar su hambre sobre los manteles de algodón. Le entrega su cuello para que lo estruje: sus músculos para que los mastique. «No quiero hacerte daño, pero voy a hacerte daño», le dice Fernanda. «Márcame», le pide Annelise en la ducha. «Sángrame con tus 32 dientes». Y 32 veces la muerde. 32 veces la lengua baja por las piernas ensalivando de rojo las estrellas.

Ojeda, p. 205

Los personajes femeninos en Mandíbula entonces “se encuentran en un estado intermedio ante las mutaciones corporales y la pérdida de lo que conocían de sí […] los paradigmas de los mundos real y sobrenatural, cuando los elementos del mundo conocido se tornan extraños, se abre un intersticio donde habita lo desconocido, lo anormal y lo indefinido ‘una especie de limbo vital’ […] el horror se sitúa en esa incertidumbre, en esa indeterminación puesta en marcha a través de los cuerpos.”16 De manera que las imágenes literarias de las mujeres comienzan a diversificarse y con ellas la imagen de la «mujer monstruo», que ya no es nombrada por un hombre, ni desde un extrañamiento que se presenta manipulado por la jerarquía que exige la otredad. Sino que son nombradas por la voz femenina motivada por el deseo de exponer algo que -por más desconocido que pueda parecerle a la cultura hegemónica-,  siempre estuvo ahí: en el margen o el desierto femenino.

Como bien apunta Lopez Arriaga al respecto: “Mandíbula sugiere la potencia de lo liminar, de una realidad imposible de conocer y comprender, por lo tanto, a su estructura subyacen distintas manifestaciones del miedo, ya como una respuesta frente a lo desconocido, ya como efecto de una amenaza física”17 pues en las breves interacciones que las protagonistas sostienen con personajes masculinos, estas deciden transitar la experiencia a través de su potencia femenina monstruosa: Fernanda narra a su psicoanalista absolutamente todo lo que hacían ella y su mejor amiga. Por otro lado, Annelise decide mostrar a unos universitarios en una fiesta, una fotografía de ella modelando desnuda con heridas sangrantes provocadas por su mejor amiga. Los personajes masculinos son implacablemente arrastrados al margen de los acontecimientos. Ningún hombre en la narración sabe lo que realmente está pasando, ninguno tiene, literalmente, nada que decir: los padres nunca son nombrados y el psicoanalista de Fernanda es reducido a una imagen sin voz, que sirve a la adolescente como balde donde ella deposita libremente toda la suciedad que su tren de pensamiento es capaz de formular; por su parte, los universitarios se aterrorizan tanto al ver las heridas fotografiadas que deciden alejarse de las jóvenes.

[…]«Lo que se vea aquí, se quedará aquí». Fernanda les tuvo pena: ninguno de los cuatro sabía lo mucho que a Annelise le gustaba asustar a otras personas. «Está bien, les enseñaré mi nude». Ninguno sabía lo mucho que quería asustar a Miss Clara igual que lo había hecho con Miss Marta, la ex profesora de Lengua y Literatura. «Primero, cierren los ojos». Sólo Fernanda la conocía y veía en su sonrisa oculta el deseo de mostrarles la peor de las fotos. «Ábranlos». Es decir, la que le hizo ella en la ducha. «¿Qué es eso?». La que le permitiría poner en práctica su talento para el terror. «¿Qué chucha es eso?». Su talento para el horror. «¿Qué clase de mierda enferma es esta?». Annelise intentó mantenerse tranquila a pesar de que a los chicos se les deformaron los rostros. «Soy yo, desnuda». Gabriel se alejó de la pantalla del teléfono y se apoyó en sus rodillas. «¡Qué hijueputa!». «¡Qué hijueputa!».

Ojeda, p. 109

Fernanda: Seh, seh. Ya sé que la violencia no soluciona los problemas y bla, bla, bla, pero puede llegar a hacernos sentir bien cuando lo necesitamos. Solo estoy siendo sincera.

Dr. Aguilar:

Fernanda: Creo que es porque tenemos muchas cosas en común. Antes yo también actuaba como si estuviera poseída por lo que me inventaba con Anne. Y aunque ahora ella quiera negarlo y me odie, yo, su BF o ex BF, whatever, ayudé a crear cada una de sus historias. Hacemos, o hacíamos, tooodo juntas. Y yo quería ser ella. A veces hasta soñaba con meterme adentro de Anne y llevarla encima como un disfraz. Porque es perfecta, you know? O casi: es guapa, divertida, inteligente…

Fernanda: […] No sé cómo explicarle lo íntimas que éramos. Nos duchábamos juntas, pero como amigas, claro, y eso se sentía bien porque era como verse en un espejo. Anyway, yo siempre he sido menos prude que Anne, siempre le sacaba temas sobre sexo y masturbaciones y supongo que por eso me odia, porque es como si le hubiera dado la confianza suficiente de abrirse conmigo y mostrarme lo que en verdad quería y, después de verlo, yo la hubiera mirado con asco y me hubiera ido. Y quizás hice eso. Pero no tuve ninguna mala intención, I swear. Yo la quería. Bueno, la quiero, aunque a veces es una bitch muy grande. Sorry.

Dr. Aguilar:

Ojeda, pp. 116-117

La imagen monstruosa que ellas mismas deciden adoptar y mostrar adquiere un nuevo significado, señala Berenice Romano que “La posibilidad de ser el monstruo, en lugar de dejarse comer, incluye convertirse en esa madre-Dios que tiene en sus manos el poder de crear y destruir cualquier cosa. Ser la mandíbula es serlo todo.”18 Y repercute en la recepción de la obra literaria, donde lo monstruoso deja de ser un adjetivo marginal y despectivo y se resignifica como uno capaz de nombrar «esa» parte de la experiencia femenina que la cultura y el discurso hegemónico hasta ahora habían pasado por alto: las relaciones femeninas, y sobre todo las que se dan exclusivamente en en el lado desierto de la estructura, no pueden ser exclusivamente bondadosas, sororas y pacíficas. El discurso hegemónico y patriarcal nos ha orillado a identificarnos en uno u otro extremo de la experiencia corporal femenina, pero las lectoras siempre habíamos sentido que de un lado u otro, la representación estaba incompleta.

Mandíbula describe una experiencia femenina completa y por lo tanto compleja, que se presenta amenazante por su calidad desconocida para la tradición literaria hegemónica, y su capacidad de reconocimiento en la experiencia femenina de las lectoras contemporáneas. Mónica Ojeda ha cruzado a ese otro lado del que Showalter hablaba: “La escritora -heroína- guiada a menudo por otra mujer, viaja al ‘país materno’ del deseo liberado y la autenticidad femenina, cruzar al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las maravillas, representa, a menudo, un símbolo del paso.”19 El terror actual se narra a sí mismo desde el otro lado del umbral.

El Dios Blanco es nuevo. El Dios Blanco es lo que somos cuando estamos aquí.

Monica Ojeda, Mandibula 2018
  1. Con respecto a ambas representaciones corporales, véase una lectura feminista de estas en Mujer que sabe latín, de Rosario Castellanos y El segundo sexo, de Simón de Beauvoir. ↩︎
  2. Tal es el caso de Penélope en la Odisea, “la mujer que espera para siempre” quien de noche destejía lo que había tejido de día y, mientras tanto, esperaba el retorno de su esposo, quien sufría todo tipo de aventuras, amorosas o no. Como había prometido casarse cuando acabara de tejer, esto le impedía casarse con los pretendientes al trono de Ítaca. ↩︎
  3. Pienso por ejemplo en el mito de Medusa: Se comenta que la hermosura de medusa cautivó a hombres y a dioses, no dejando vivo al propio Poseidón, el dios de los mares, quien la tomó por la fuerza sobre el frío mármol del templo de la diosa Atenea, quien muy enojada por la profanación de su lugar sagrado, como castigo hace que de su cabello le brotaran víboras, por el acto impuro consumado en el templo de la diosa, aunque Medusa fue víctima de Poseidón, pues la había tomado por la fuerza sufrió las consecuencias y la convirtió en un monstruo ctónico, que tenía la maldición de transformar en piedra a todo aquel que se le quedara mirando fijamente a los ojos. Denigrada por los dioses, temida y odiada por los hombres, arrinconada por las Moiras, las tejedoras del destino; la desconsolada e inocente Medusa fue expulsada y mandada al exilio, con la forma monstruosa que le había dado Atenea. ↩︎
  4. Con relación al discurso femenino en el análisis ginocrítico Showalter apunta que “una implicación de este modelo es que la literatura femenina puede leerse como un discurso femenino a dos voces, que encierra una historia ‘dominante’ y una ‘silenciada’, lo que Gilbert y Gubar denominan ‘palimpsesto’” ↩︎
  5. Gerda Lerner, “The challege of Womens History” en The Majority Finds Its Past: Placing Women in History, Nueva York, Oxford University Press, 1979. ↩︎
  6. Showalter define la ginocrítica como el estudio de las mujeres como escritoras, y sus objetos de estudio son la historia, de los estilos, los temas, los géneros y las estructuras de la escritura de mujeres; la psicodinámica de la creatividad femenina; la trayectoria individual o colectiva en las carreras de las mujeres y la evolución así como las leyes de la tradición literaria femenina. ↩︎
  7. Elaine Showalter “la crítica feminista en el desierto” en TEXTOS de teorías y crítica literarias: (Del formalismo a los estudios postcoloniales)/Selección y apuntes introductorios Nara Araújo y Teresa Delgado. – Rubí (Barcelona): Anthropos  Editorial; México: Universidad Autónoma Metropolitan, Iztapalapa y Rectoría General, 2010.,p. 401 ↩︎
  8. Elsa Lopez Arriaga, “Un silencio Perfecto: el horror blanco en Mandíbula de Mónica Ojeda” en America sin nombre, 29 (2023)., p. 93 ↩︎
  9. Ibid. ↩︎
  10. Para un análisis psicoanalítico de Mandíbula, véase: Hijas abyectas de una madre-falta: Mandibular de Mónica Ojeda, de Berenice Romano Hurtado. En Devenires (2023) ↩︎
  11. El término estrago es para referirse a las consecuencias de la relación primordial con el deseo del Otro materno en la construcción del sujeto. ↩︎
  12. Mónica Ojeda. Mandíbula. Barcelona: Candaya; 2018., p.195. ↩︎
  13. Anna Boccuti señala la importancia del monstruo femenino en cuanto a alianza en la conquista de autonomía y emancipación del discurso homogéneo patriarcal, por otro lado, lo monstruoso femenino como aquello donde juegan un papel fundamental las marcas del género y las funciones reproductivas, pero que depende de la naturaleza liminar del cuerpo de la mujer, representación de lo sagrado y lo terrorífico. ↩︎
  14. E. Lopez Arriaga, op, cit., p. 92 ↩︎
  15. M. Ojeda. op, cit., pp. 32-33 ↩︎
  16. E. Lopez Arriaga, op. cit., p. 94 ↩︎
  17. E. Lopez Arriaga, op, cit., p. 91 ↩︎
  18. Berenice Romano Hurtado. “Hijas abyectas de una madre-falta: Mandíbula de Mónica Ojeda” , en Devenires, Año XXIV, Núm. 47 (enero-junio2023): 131-165., p. 158 ↩︎
  19. Showalter, op, cit., p. 400 ↩︎

Referencias:

BEAUVOIR Simón. El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana; 2018. 1024 p.

BOLOGNESI, Sara. La a-moralidad femenina en Mandíbula, de Monica Ojeda: un diálogo entre  la literatura y el psicoanálisis. En Anales de Literatura Hispanoamericana. 51, 2022., pp 299-307

CASTELLANOS, Rosario. Mujer que sabe latín. México, Fondo de Cultura Económica, 1973. 213 p.

CIXOUS Helene. La joven nacida. Barcelona: Anthropos; 1995. 160 p.

CUEVAS Velazco, Norma y MENDOZA Vega, Luis. La maldad como seducción. Mandibula y Páradais, dos narraciones de la violencia y el miedo. En Colindancias. 13/ 2022, pp. 105-126

GARNICA Broncos, Helen. (2023). La madre monstruosa: figuraciones de la casa y de la maternidad en Mandíbula de Mónica Ojeda. Revista stultifera, 6(2), pp. 261-186. 

LECRERC, Annie. Palabra de mujer. Buenos Aires (Argentina), Asociación Editorial La Aurora, 1977. 190 p.

LÓPEZ Arriaga, Elsa. “Un silencio Perfecto”: el horror blanco en Mandíbula de Mónica Ojeda. en América sin nombre, 29 (2023): pp. 89-105, https://dio.org/10.14198/AMESN.22667

MALVESTIO, Marco. En la corte del Dios Blanco: Folclore digital y Gótico global en Mandíbula. En Brumal, vol. X, nº 1, (primavera 2022), pp. 99-118

MONTÚA, Fabián. Una reflexión sobre las investigaciones de Foucault del cuerpo y del poder. En efdeportes. Buenos Aires. Año 10. Nº 89. Octubre de 2005. http://www.efdeportes.com/ 

OJEDA, Mónica. Mandíbula. Barcelona, Candaya, 2018. 288 p.

ROMANO hurtado, Berenice. Hijas Abyectas de una madre-falta: Mandíbula de Mónica

SHOWALTER, Eleine  “la crítica feminista en el desierto” en TEXTOS de teorías y crítica literarias: (Del formalismo a los estudios postcoloniales)/Selección y apuntes introductorios Nara Araújo y Teresa Delgado. – Rubí (Barcelona): Anthropos  Editorial; México: Universidad Autónoma Metropolitan, Iztapalapa y Rectoría General, 2010

Ojeda. DEVENIRES. Año XXIV, Núm. 47 (enero-junio 2023): 131-165

TAPIA Vázquez, Jazmín. La nueva frontera de lo fantástico: Escritoras Hispanoamericanas en los umbrales de la irrealidad. En LEJANA. Nº 16 (2023)

Karla Mendiola | @Nastirabit__
Entusiasta de la literatura. Profundamente interesada en las artes escénicas, la exploración de la voz y la expresión corporal. Actualmente estudiante de la licenciatura en letras hispánicas, en la UAM IZTAPALAPA.