El ojo de Lya | Misterio, emoción y humanidad: «La cita»

En el camino literario es inevitable aprender de la ideología y estilo de los escritorxs que leemos. Desde 2018 que conocí a Antonio Pacheco ha sido mi amigo, colega y mentor en el oficio; él inició su aprendizaje en foros online con personas hispanohablantes, que desde diversas partes del mundo se conectaban en torno a la escritura. Una de ellas era Belén Garrido Cuervo, asturiana nacida en Avilés en 1965. Desde su juventud ha sido lectora ferviente; más tarde se tituló en Biología, pero incursiona como escritora en la edición X del Concurso Internacional de Relato Corto «Elena Soriano» y desde la fecha ha sido galardonada en varias convocatorias literarias.

A través de Antonio, de los textos que escribíamos, compartimos, aprendí de la técnica y estilo literario de Belén, a pesar del océano que nos separa y, curiosamente, sin haber leído alguna de sus obras, hasta hace unas semanas que publica su novela «La cita» en la plataforma Amazon. Desde la sinopsis que acompaña la portada, arroja con fuerza el anzuelo: una madre acude a “El semanal”, revista de investigación, para esclarecer la extraña muerte de su hijo, ocurrido diez años antes en lugares y condiciones que ninguna conexión tenía con él.

En el primer capítulo, el anzuelo ya encarna al lector. La narrativa de Belén sitúa en detalles que pueden parecer efímeros: el cigarro, los gestos de la mujer, la revista, pero que enriquecen las escenas, los diálogos y la tensión.

La trama se sostiene en dos pilares que la autora construye con destreza: Marcos y Joaquín, cuerpo y espíritu de la revista «El semanal», cuyos arcos narrativos enmarcan el conflicto de la inusual muerte de Alberto. En las páginas de la novela nos adentramos en la psique de esta dualidad de protagonistas: desde su primer encuentro, el ascenso al éxito de la revista y, principalmente, sus vínculos familiares. Joaquín emprende el viaje de investigación a la par que sus recuerdos desentrañan heridas, angustia, resentimiento de lo que fue y no pudo ser su vida marital con Beatriz.

Es preciso señalar la maestría de Belén al crear la ambientación de su historia, paisajes, sonidos y elementos que encajan en los hilos de la historia, sin descuidar el arco narrativo. Su estilo me recordó al de Margaret Atwood; una escritura que focaliza en describir detalles simples: una mujer que se persigna al pasar ante una casa, una telaraña, un gato en el alféizar, las miradas de los pueblerinos.

Sin embargo, la prosa de Belén es ágil, aunque hay detalles precisos de lo que acontece en torno al personaje, persiste la sensación de movimiento y la historia avanza sin perder la atención del lector.

Cerca del desenlace de la historia, la autora nos sacude, adentrándonos en las páginas del diario personal de Beatriz, esposa fallecida de Joaquín. Este diario está dibujado desde la humanidad, feminidad, dolor y honestidad de una mujer, a la que sólo habíamos conocido desde los recuerdos y voz de su esposo; lo que nos lleva a ampliar la perspectiva de la historia contada por Joaquín y Marcos. En algunas páginas sentía ansiedad porque yo quería llegar al esclarecimiento de la muerte de Alberto, pero que la autora vaya dejando pistas de este misterio a lo largo de la novela, es otra de las cosas que hacen disfrutable la lectura.

Las tramas, subtramas y personajes secundarios están escritos de una manera orgánica, verosímil y estética, haciendo de «La cita» una novela imperdible.

Hace unos días leí una entrevista a la escritora Ariana Harwicz, en la que declara: «La corrección política engendra arte infame». Concuerdo, actualmente parece existir una exigencia a escribir sobre determinados temas o tener un enfoque ideológico. Por fortuna, esta novela no es el caso; Belén construye la trama con orden, precisión y frescura. «La cita» brinda la oportunidad de reencontrarnos con el placer puro de leer una historia atractiva desde las primeras líneas hasta el punto final.

Letras Revueltas|Sembrar una semilla

Por Illari Alderete

Cuando me uní a La Coyol, ya hace más de un año, me imaginé como José Emilio Pacheco, quien invariablemente escribía su columna “Inventario”, ya sea en el Excelsior o en Proceso. ¡Déjenme soñar alto! La realidad es que el trabajo y la vida cotidiana, me roba la creatividad con creces. En ocasiones me despierto y sólo pienso en las obligaciones que debo cumplir; labores de la casa, docencia y profesionales. No hay tiempo de pensar en la escritura. A veces se me seca la boca y siento que no tengo nada que decir. La realidad me deja callada… No quiero ver los noticieros hablándome de pipas de gas, de amenazas de bomba, jóvenes asesinando jóvenes, genocidio. ¿A dónde se nos está yendo el mundo?

Walter Benjamin señala que para narrar necesitamos de la experiencia y que la guerra y la modernidad nos han robado esa capacidad, nos han dejado mudos. No hay nada que contar sobre  la guerra porque su nivel de violencia es tan extrema que no existe manera de narrarla. Corres el riesgo de hacer pornomiseria como señala Una mala lectora sobre Claus y Lucas de Agota Kristof. Cuando leí esta trilogía, me gustó el desarrollo de personaje de Lucas, pero no paraba de cuestionarme hasta dónde era ético empatizar con un personaje que, aunque aparenta ser “justiciero”, termina actuando como un psicópata. Lucas entrena junto a Claus para dejar de sentir. Kristof utiliza oraciones cortas y un lenguaje impersonal para evitar los juicios, sin embargo, como señala, Una mala lectora, el tratamiento que hace del personaje “Cara de liebre” no es tan objetiva como aparenta, pues el narrador hace énfasis en el disfrute que tiene la niña por una violación de soldados hasta la muerte, ¿qué tan verosímil puede ser esta ilustración? Entiendo que el propósito de la obra es mostrarnos la deshumanización a la que lleva la guerra, pero por qué Claus y Lucas son deshumanizados al perder sus sentimientos y emociones y la niña, es deshumanizada, al perder el control sobre sus deseos y castigada con una violación en serie. Claus y Lucas, en su estilo parco, terminan normalizando los horrores de la guerra. En el último libro de la trilogía lloré mucho por esa falta de humanidad en ambos personajes quienes comenzaron siendo hermanos y terminaron siendo completos desconocidos, capaces de mentir para evitar la brutalidad de la guerra, y me olvidé totalmente de “Cara de liebre”, como si fuera sólo un accesorio. ¿Es verdad que las autoras y los autores pueden narrar sin hacer juicios políticos? ¿La autora no tomó una decisión al narrar la escena de esta forma?

     Últimamente, siento un cansancio extremo, me duermo después de las 12 para, por lo menos, dormir 7 horas, recapitulo mis sueños; califico trabajos, doy clase, me encuentro discutiendo para obtener el nivel necesario en la clase de inglés para, por fin, obtener mi título, me despierto y recuerdo la última experiencia en el médico que entre la burocracia, la rapidez y el acoso, es confusa, me cuestiono a mí misma si debo poner una queja y complicarme más la vida o dejarlo así y vivir con la culpa de no haberme quejado y dejar al doctor hacer de las suyas. Me siento mormada y agobiada porque comienza un periodo más de evaluaciones: mis alumnos, algunos perdidos en sus mundos, tratan de seguirme el ritmo, que no es el mío, sino el del calendario escolar. La vida parece un continuo cargar la piedra hasta a la cima y volver a bajar para recogerla.

     En el otro lado está la mirada ajena, la que es incapaz de siquiera ver al horror, la podemos observar en Bartlebly, el escribiente, de Herman Melville, el narrador, un  abogado  jefe de un grupo de escribientes, nos cuenta la historia de su encuentro con Bartlebly, el más extraño de sus empleados. La rareza del personaje radica en que es demasiado prolijo con su trabajo, llega antes a la oficina, trabaja sin hablar, no sale a comer, el problema surge cuando ante una petición del narrador, Bartlebly le contesta que “prefiere no hacerlo”. El narrador, que se jacta de ser muy razonable, decide hablar con él para que comprenda su papel como trabajador, sin embargo, éste no cede. Debido al perfeccionismo del  escribiente y a su amabilidad, el narrador se ve incapaz de lograr que haga cualquier cosa, poco a poco, con las constantes negativas, Bartlebly rompe todas las reglas impuestas a un trabajador común, su rebelión es simple, dejar de hacer cualquier cosa que se le pide. El narrador antes de comprender la situación prefiere abandonar al escribiente que termina convirtiéndose en un problema para todos. El final del personaje es predecible, tal y como Benjamin señala, es un hombre sin experiencias, por ello, su vida carece de  sentido y paga las consecuencias de no ser útil al sistema.

  ¿Qué es la experiencia? Es el conocimiento que se adquiere a partir de lo vivido, para tenerla hay que elaborarla y compartirla, sirve para sobrevivir. La brutalidad y la alienación nos roban la capacidad de contar historias. ¿Cómo contar lo inenarrable?, ¿cómo narraremos a nuestros sucesores que fuimos observadores de la injusticia?, ¿de la muerte sin sentido de mujeres, niños y hombres?

Mi inexplicable cansancio disminuye cuando me pongo a investigar y a escribir sobre mis preocupaciones, o cuando mis alumnas y alumnos, a las que siempre se les señala de indolentes, mencionan que desean un mundo más equitativo para todas y todos, cuando logro aunque sea por un momento que salgan de la burbuja en la que las instituciones insisten en tenerlos. Cuando dejo de ver los contenidos obligatorios de mi materia y platicamos del mundo que nos rodea. Catherine Walsh subraya que no hay más camino que hacer grietas, porque en ellas podemos sembrar semillas. El trabajo pequeño, en comunidad, es el que nos va a permitir superar el enmudecimiento. Gritar. Entonces, cuando el genocidio y las violencias terminen, podremos escribir sobre la vida.

Para escribir una poesía
que no sea política
debo escuchar a los pájaros.
Pero para escuchar a los pájaros
hace falta que cese el bombardeo.

                               Marwan Makhoul ( traducción de Alí Calderón, en La izquierda diario, “Poesía palestina para la denuncia y la resistencia” Lucía Nistal compiladora https://www.laizquierdadiario.com/Poesia-palestina-para-la-denuncia-y-la-resistencia#nb2)

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Ella es así

Por Tania Farias

Ella llegó con un poco de retraso a la cita que teníamos para comer; todos estábamos ya alrededor de la mesa. Con la sonrisa que la caracteriza saludó a mi esposo, le presenté a la pareja de amigos que también nos acompañaban y, después, se dirigió a mi hijo, al cual no había visto desde que este tuviera unos dos años. El niño ahora alcanzaba la misma estatura que ella, quien con su metro cincuenta acostumbraba contonearse con soltura por la ciudad. Y por supuesto, como ya era recurrente entre nosotras, no pude evitar el hacer la remarca de lo pequeña que era y, como de costumbre, también me respondió con la misma espontaneidad de siempre que « los mejores perfumes siempre vienen en frascos pequeños ».

Más tarde, acompañamos a mi marido y a mi hijo a la estación de tren; ellos irían a casa de mis suegros en la región de Normandía y yo me quedaría en París durante toda la semana. Mi amiga, la cual conozco desde mis primeros días en esa ciudad veinte años atrás,  me daría hospedaje no solo a mí, sino también a una prima y una tía que llegarían al siguiente día. 

Esa noche, las horas no fueron suficientes para ponernos al día. Teníamos dos años sin vernos y, probablemente, el mismo tiempo sin conversar de verdad. Ella tenía que trabajar al siguiente día y yo sufría de un cansancio impresionante por el jet lag y la fatiga general del viaje (tenía apenas veinticuatro horas en el país), pero eso no fue impedimento para que habláramos hasta el agotamiento. 

A ella la conocí una noche de septiembre en un evento organizado por la agencia de au pairs que nos había reunido en París. Todas las asistentes a la cena teníamos en común nuestra juventud, nuestras ganas de descubrir otras culturas, de vivirlas, de aprender otro idioma. Las nacionalidades eran variadas. Por un lado estaban las rusas, por otro, las que hablaban inglés; en otra mesa se habían sentado las alemanas, y en otra, estábamos las latinas. En esa ocasión la mayoría veníamos de México, a excepción de ella, la única colombiana.

Nuestra amistad, en otras circunstancias quizás habría sido improbable, pero el destino nos había reunido y con el paso de los meses habíamos comenzado a tejer lazos que continúan creciendo aún hoy en día, cuando el tiempo y la distancia nos separan. 

Con ella aprendí otra forma de ver el mundo, de sus experiencias de vida que no habían sido siempre las más sencillas, de sus ánimos por no dejarse vencer y siempre luchar aun cuando las circunstancias fueran las más adversas, de su alegría contagiosa, de su terquedad, en ocasiones, insoportable. Ella es de esas amigas a las que puedo dejar de ver por años, pero el día en que nos reunimos pareciera que nos hubiéramos visto el día anterior: la comunicación fluye sin complicaciones, aun cuando se llegue a atorar de vez en cuando por la testarudez de cada una; y hasta somos capaces de iniciar una pequeña pelea que acaba en un abrazo después de que alguna fue lo suficientemente madura para reconocer que había ido demasiado lejos. 

Ella es la amiga a la que la confianza me permite pedir alojamiento, en una de las ciudades más caras del mundo, no solo para mí, sino también para mi compañía. No solo nos abrirá las puertas de su casa; además liberará tiempo para pasarlo juntas. Ella es la amiga en cuyos brazos lloré desconsolada con el corazón roto, y quien a su vez, mis brazos la recibieron cuando fue su turno. Ella es la amiga con quien ir de fiesta, es una verdura rumba pues acaparará todas las miradas con su sabor único para bailar. Ella es la amiga que corrió a mi lado cuando la maternidad me agobiaba y sentía que me consumía. Ella viajó hasta donde yo me encontraba y con sus propias experiencias de madre, me mostró que era capaz de ocuparme de ese chiquitín que Dios me había mandado. 

Ella es unos de los ángeles que me envió la vida para hacer mi camino por la tierra más placentero. Ella… ella es así.

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Arrebol de azul cerúleo | Vals de media noche

Maleni Cervantes

Esa noche pareciera que todo sucedía cual lo había planeado. Afuera, en el cielo, resplandecía una hermosa luna menguante convexa rodeada de pequeñas estrellas que figuraban ser las principales bailarinas del Waltz No. 2 de John Campbell que resonaba en la bocina que se encontraba en el recibidor. Mientras que los pinos, encinos, cedros y madroños les hacían segunda al dejar llevar sus hojas al compás del viento que las mecía de una manera delicada, pero constante.

Adentro, en la cabaña, yacían las velas que alumbraban de manera tenue la habitación que tenía vista al cielo estrellado y al denso bosque. En el ambiente la tranquilidad denotaba la paz que solo el amor puro puede traer consigo en una noche de otoño.

Al centro del lugar, una mesita con una botella de champaña Brut, dos copas tipo tulipa y un plato repleto de queso Comté, parmesano y gouda. Sin contar un sobre color café que pareciera sacado del siglo pasado por sus tonalidades, aunque con un hedor a café recién tostado.

“X” miraba a “Y” descansar en el sofá frente a la ventana. Nunca se había deleitado de una manera tan exorbitante al ver a ninguna mujer. Era la primera vez que una fuerza indescriptible la llevaba a querer situarse frente a ella de rodillas para suplicar cuan lo menos una mirada que le regocijara al corazón.

Sin embargo, para esa noche, tenía planeada otra acción maestra. Se acercó a ella, le tendió la mano y le propuso danzar tan sólo una canción. “Y” accedió, se puso de pie y pegó su cuerpo al de “X”. Comenzaron a bailar con pequeños giros, suaves y fluidos en un compás de tres por cuatro.

Exquisito es el olor de una fragancia que te es conocida, como el perfume de la persona amada. La música, la elegancia de un buen baile, la atmosfera en la que dos almas cruzan miradas y se entrelazan para siempre.

“X” contaba en su mente los días, meses y años que había esperado para que llegase ese momento. Recordó las veces que oró en silencio a un Dios que le parecía silencioso. Si tan sólo “Y” supiera lo mucho que la amaba desde el primer instante en que sus labios habían tocado los suyos en más de una ocasión.

Luego de la canción, sin perder más el tiempo, “X” actuó su papel de amante del siglo XIX, recogió el sobre de la mesita de centro y se arrodilló frente a su enamorada. Mientras en su rostro un pequeño rastro de sudor contrastaba con el brillo amarillento de las velas.

«Hay ocasiones en las que el corazón es un caballo sin jinete que lo guie por el sendero de aquello que se considera factible y correcto; es como si de un hilo dependiese la cordura de su fulgor, de la pasión de un sentimiento que es tanto incontrolable como imprescindible. Y, el día de hoy, quiero que comprendas cómo mi alma se aferra tanto a la tuya, así como si la vida misma dependiera de ello. Por ti esperaría la letanía de un desconsuelo que quema la razón por el aturdimiento de un amor incomprendido. Por ti estaría dispuesta a postrarme de rodillas mañana, tarde y noche con la devoción de un fiel al santo más predilecto. Debo de confesar que mi corazón quisiera seguirte fiel, cosecharte como una camelia roja por la cual late sediento y de manera tan ardiente por lo que la llama de mi deseo es tan inextinguible como la primera ocasión en la que tu aliento se topó con la barrera de mi cuello; es como si mi alma se abrazara a la idea fervorosa de que eres el lirio más blanco y perfecto, ese que es un deleite para la mirada, la belleza de la naturaleza misma al contacto de la sensibilidad del hombre; pero es que, aun así, mi ser entero se aferra a ti con el amor de un clavel rojo que he de entregarte sujeto a la cola de cabello que llevas hoy atada a los hombros. No sabes cuántas noches lloré en silencio, deseando estar frente tuyo, sujetar tu mano entre las mías, confesar todo esto que llevo en el pecho, todo lo que callo, mas te expreso con miradas de abstinencia, cual droga encuentro en tus besos. Hoy quiero entregarte lo más puro que me queda, la inocencia de un amor absorto por la luz de tus ojos, por la perfección de tus labios en la sonrisa que se traza en el lienzo de tu rostro. Hoy quiero pedirte que, si existen otros mundos paralelos o, incluso en este mismo, seas la mujer que me acompañe como si fuésemos una misma, tal cual en la inoculación de los árboles que esta noche nos rodean. Quiero tener la dicha de despertar por la mañana, observarte dormir, acariciar tus mejillas, reacomodar tu cabello, y amarte con la intensidad con la que ama la parte más profunda de un artista que no se cansa de esculpir la belleza de lo efímero que es la vida. Hoy quiero pedirte que seas tú, la mujer de lo que me resta de tiempo en este mundo terrenal. ¿Quieres ser mi fiel compañera de aventuras, deseos, nostalgias y anhelos?».

En el fondo de sus oídos, la sonata se había detenido. Al igual que todo lo que la rodeaba. En un instante, el mundo se paralizó, se detuvo a la espera de una respuesta que se comprendería entre un monosílabo de afirmación o negación, un juego en el que el corazón se esconde precipitado en lo más profundo de la carne humana.

La tensión se sujetó a sus mejillas y a una sonrisa forzada al igual que alguien que cuenta los segundos para escabullirse entre las calles y rostros que le son desconocidos. ¿En qué momento una coincidencia se toca con la punta de los dedos cual la delicadeza con la que una mirada conserva el recuerdo de un ser semejante?

Ahí estaba “X” tan enamorada como hacía doce años. Para cumplir una promesa nunca susurrada por sus labios. Esperando atenta a que el anochecer diera paso a un sol que aturdiera la mirada más diestra. Con una mano sujetando la carta que había escrito una noche a la luz de las velas y con la compañía de la luna. Mientras que en la otra mano sujetaba la de su amada.

Acto seguido de soltarse las manos y la carta, para buscar en el bolsillo del pantalón un anillo de compromiso que comenzó a colocarle en el dedo anular izquierdo. Un minuto eterno en el cual el pulso le fallaba, la respiración estaba entrecortada y sus labios tartamudeaban palabras inaudibles.

Y, el acto final, culminó con un beso en el que sus labios se entrelazaban en un ir y venir desesperado como con la presura del sueño que acaba de vislumbrarse ante sus ojos. Cuando se toparon por primera vez, saludándose de manera formal e inequívoca con un «buen día».

La destreza de un destino que recién comenzaría. Cuando de un sueño despertamos y nos aferramos a una sonata de unos audífonos destartalados como la realidad inmediata que nos absuelve de los pecados y los deseos más ocultos. Un sueño que inicia en el imaginario y se apodera de lo más tangible a nuestros sentidos.

Raíz Invertida / La Fuente de los Deseos

Me transporto al pasado, cuando tenía 8 años y pensaba que tenía la fuente de los deseos en mis ojos, no en la mirada, en los ojos. Tengo un recuerdo muy vívido de mi mamá diciéndome que cada vez que se me caía una pestaña y una persona me la quitaba de la cara, la ponía entre sus dedos y yo adivinaba si estaba en el dedo superior o inferior, podía soplarla y pedir el deseo que quisiera y se me iba a cumplir. 

A los 8 años yo tenía la fuente de los deseos pegada en los ojos, a lo que mi mente inocente pensó porque desperdiciar TANTOS deseos esperando que se que caigan las pestañas cuando yo tengo el libre albedrío de decidir cuando los quiero, después de todo la fuente de los deseos está en mi cuerpo, desde ese día empecé a comprender la esencialidad de decidir sobre mi. Empecé a pedir tantos deseos que un día la mirada la tenía vacía y no solo porque no se cumplían si no que me estaba quedando sin fuente de los deseos. Cuando mi mamá vio que me estaba quedando sin pestañas empezó mi primera lucha sobre MI CUERPO MI DECISIÓN, yo iba a ser la niña sin pestañas por decisión propia hasta que se me cumpliera por lo menos un deseo, esa fue mi primera lucha y sí claramente la perdí. Mi mamá me revisaba todos los días como iban mis pestañas y claro a medida el tiempo pasaba, las fui recuperando.

Fui recuperando las ganas de desear, pero me crecieron más las ganas de luchar porque no se me olvida el día que perdí mi primera lucha por la decisión de mi cuerpo, por querer que mis sueños se hicieran realidad. 

A la niña de 8 años que llevaba la fuente de los deseos en los ojos le digo, que ahora sigo pidiendo deseos, sigo soñando en grande, solo que no espero que se me cumplan por una pestaña caída, si no por hacerme nudito con las almas conscientes que también vienen soñando y llevan a su niña interna de 8 años también luchando por decidir sobre sus sueños, deseos y sobre todo sus cuerpos.

Amelia Serrano Arias (Honduras, 1994) escritora, ilustradora, diseñadora gráfica y activista feminista. Tiene una licenciatura en Diseño Gráfico y una maestría en Escritura Creativa por la Universidad de La Rioja. Su obra transita entre la poesía, la narrativa íntima y la ilustración, abordando temas como el cuerpo, la memoria, la espiritualidad y la lucha por la igualdad.

Dos de sus poemas han sido publicados en antologías en Chile y Colombia, y su trabajo literario ha aparecido en diversas revistas virtuales mexicanas. Forma parte de redes feministas que impulsan los derechos de las mujeres y la equidad de género.

Piezas de un alma simple

Fe

Escrito por: Alondra Grande

Ponerte en pie, cada día, aferrada
como polilla a las luces de neón,
donde se pierden las estrellas
de esta ciudad indigna.  

Decidir quedarte, permanecer,
seguir respirando como acto de fe,
como promesa constante,
como plegara elevada a ningún dios.

Dejar que corran los días de agosto
y entre sus lluvias se lleven tu pesar.
Pensar que mañana habrá calma,
calmado será el cielo
para que puedas volver a volar.

Que tus pulmones se cubran de aire,
que tus tormentas se vuelvan risas,
que entre las sombras Tánatos
no bese tus manos vacías.

Cada día, al despertar, deseo que encuentres
motivos suficientes que te hagan seguir:
respirar tranquila, levantar la cara
volver a sonreír.  


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Los árboles y las pantallas que me rodean | Árbol de mango


Por Mijal Montelongo Huberman


La primera casa donde viví ha sido la mejor por diferentes razones, la principal es porque había muchas plantas rodeándola pero sobre todo había un gran árbol de mango en el patio trasero.

Su presencia promovía la de muchos animales: hormigas, arañas, escarabajos, cucarachas, ardillas, águilas, pájaros carpinteros, colibrís, mariposas, lombrices, gusanos quemadores, entre otros.

Me encantaba descubrirlos y observarlos, e incluso intenté criar a algunos. Ellos iban y venían pero el árbol siempre estaba allí. Aunque no era inmutable sus hojas alargadas cambiaban de color: amarillo, verde y café cuando estaban secas. Ellas se le caían constantemente (las cuales yo tenía que recoger) sobre todo después de mucha lluvia y algún norte. Le salían de vez en cuando unas flores blancas con amarillo y rosa diminutas en comparación con toda la estructura del árbol, le crecían unos frutos verdes y redondos pequeños hasta formar mangos del tamaño de un puño, esos mangos se caían con un ¡plaf!

Si apenas estaban madurando los podíamos recoger aunque no nos los comíamos porque no eran tan dulces y eran muy fibrosos. Si ya estaban maduros se estrellaban contra el piso y si no limpiábamos sus restos después de unos días se volvían cafés y negros.

Los animales que vivían con nosotros en esa época interactuaban de maneras específicas con el árbol: las ardillas construían nidos en las ramas a mayor altura, se comían los mangos y después los tiraban mordisqueados. Nuestros gatos afilaban sus uñas en el tronco y lo trepaban.

Un día mi hermano perdió a su iguana y resultó que estaba en una de las ramas más altas, aunque todavía de buen grosor, así que la recuperó sin problema.

La primera perra con la que conviví únicamente comía los mangos que caían de él en sus últimos días de vida.

La forma del árbol invitaba y aceptaba que él fuera trepado también por personas, no sin antes superar ciertos desafíos: el tronco principal tenía una ligera pendiente como una rampa hacia arriba que desembocaba en una «U» con ramas gruesas que podías abrazar y si tomabas vuelo a unos metros de distancia se podía subir corriendo por el tronco. Eso hacía mi hermano constantemente, yo como buena hermana menor intentaba imitarlo sin éxito ya que no era simple. Una vez ahí teníamos que empezar con la cabeza agachada para que no se nos atorara con las cuerdas para tender la ropa, bajar un escalón, esquivar un poste que sostenía un toldo y subir un escalón de la jardinera donde había varias plantas para llegar al centro donde estaba el árbol. La corteza del tronco tenía rugosidades y hendiduras, entonces los tenis tenían mucho agarre.

Había que dar entre tres y cuatro pasos sobre el tronco inclinado para llegar a la » U», agarrar la rama de la bifurcación a la derecha porque era la más próxima, allí nos podíamos quedar y contemplar el patio desde tres metros de altura. ¡Pero subíamos más!

Normalmente nos íbamos a la derecha porque esa rama era accesible y tenía más agarres. Lo que buscábamos era explorar al máximo el árbol.

Mi hermano se apiadó de mí y de mis intentos infructíferos por subir por el tronco. Me hizo una polea con una cuerda hecha de cinturones de taekwondo que pasaba sobre otra bifurcación para que yo me pudiera subir sola. Al principio, no podía hacerlo y él me ayudaba, pero no siempre estaba en la casa entonces eventualmente logré llegar con mi fuerza. Para trepar al árbol no solo tenía que subir hasta el tope de la cuerda, también tenía que agarrarme de una rama y jalarme para pasar las piernas sobre ella y estar realmente sobre el árbol.

Estas maniobras implicaban restregarme contra la corteza rugosa y al final terminaba con varios raspones en las manos, los brazos y las piernas. De hecho, todavía tengo unas pequeñas cicatrices en el dorso de una mano de esa primera vez que logré trepar al árbol sin ayuda de nadie. Los esfuerzos valían la pena por el hecho de haber llegado.

Mi hermano descubrió la manera de subirse al techo del segundo piso de la casa por el árbol. Siempre quise hacer eso también, nunca lo logré. Me imaginaba que era un lugar mágico de paz y soledad. Supongo que lo fue para él, un lugar escondido completamente expuesto al cielo y al que nadie más podía llegar todo gracias al árbol.

Las casas de alrededor también tenían árboles. Un día las vecinas de al lado decidieron talar uno de los suyos lloré bastante un rato al verlo porque la ventana de mi cuarto había tenido como vista ese árbol. Mi mamá cerró la ventana y las persianas para que ya no lo viera pero todavía podía oírlo. Sufrí mientras escuchaba la motosierra cortar la madera y los pedazos del árbol caer.

No entendía por qué alguien querría deshacerse de uno cuando eran parte de nuestro entorno.

Me imaginaba lo que podría sentir el árbol de mi casa si decidieran talarlo y me llenaba una gran desolación. No estoy segura de si sigue el árbol de mango que me acompañó en la infancia, pero prefiero pensar que sí. Me da mucha tristeza imaginar que un ser tan majestuoso y lleno de vida ya no exista.

Después de esa casa con el árbol de mango nos mudamos a otra también en Tampico pero con muchas menos plantas pero ninguna que pudiera trepar ni admirar.

Ahora llevo años viviendo en un departamento en la Ciudad de México donde hay varias plantas en macetas pero dependen completamente de las personas, no son un ser propio, independiente e imponente como lo fue el árbol de mango, los parques cuentan con árboles altísimos incluso más de lo que fue mi árbol sólo que la diferencia es que todos esos son pasajeros no forman parte de mi vida. En el futuro anhelo como muchas personas tener una casa aunque lo veo poco probable. Deberá tener un árbol gigante y preferentemente de mango.


Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas con enfoque en Ecología en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

Puntuación: 1 de 5.

Colaboraciones| Poemas Paulina Hanay Apolinar


Juegos


Entre el juego y la verdad,
¿Dónde ha sido verdad?
no lo sabemos
o tal vez sí.

Jugaste, jugué, jugamos,
¿con culpables, con responsables?
No lo sabemos
o tal vez sí.

¿Rota?

Me has dejado rota,
¿Rota? –preguntó ella.
Sí, rota – respondí, con la voz en pena.

Ella te rompió,
No sanaste y me rompiste yo.

Amor te ha faltado,
Compañía no te han dado,
Fidelidad jamás te ha llegado.

No rompas, no rompas,
El amor me acompaña,
La fidelidad en mi ser no se daña.

El ciclo podrá huir,
Mas no dejo de resistir.

¿Cómo pretendías amarme tan vagamente?

¿Cómo pretendías amarme tan frágil,
Si yo soy auténtica, fuerte y ágil?
Yo, tan floral, tan llena de vida,
Por el poco amor que me ofrecías perdía.

¿Cómo pretendías amarme así, tan vagamente,
Si mi alegría exige de un amor valiente?



Paulina Apolinar (Mérida, Yucatán, 11 de septiembre de 2005) es estudiante de Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Yucatán. Apolinar, como le gusta ser llamada, se caracteriza por su alegría y su conexión con las amistades, la familia y los colores que le dan vida a su mundo.
Le apasiona aprender lengua maya y capturar instantes únicos a través de la fotografía. Ha publicado el ensayo La relación entre la comunicación, el arte y el amor y el poema ¿Me creerías? en el Blog Libropolis UNAM (2023). También se ha desempeñado como reportera en la revista Ecos: Expresión Estudiantil (2024) y ha participado en exposiciones fotográficas como El Museo a través de Mis Ojos en el Gran Museo del Mundo Maya (2023) y Miradas en el Centro Cultural Mid Guía (2024). Además, es miembro del Colectivo Weech (2024-2025).

Puntuación: 1 de 5.

Colaboraciones| Cintura estrecha


Por Noemí Ester Marmor

Argentina


Se miró, desnuda en el espejo, asombrándose de la figura que vislumbró.

Una sonrisa burlona se le perfiló en la boca, contrastando arruguitas de hilaridad.

Su mirada bajó a la zona abdominal, y recordó lo orgullosa que estaba de su cintura cuando era adolescente: ahora, la grasa instalada le evocaba el cambio que cada embarazo produjo en su cuerpo. 

En principio lo había vivido en forma dramática, cual una pérdida irreparable, manándole lágrimas de los ojos mientras amamantaba a sus hijos. Ahora le hacía una gracia tremenda.

Todos esos estúpidos “defectos” que la amargaron por sus treinta, en la cincuentena perdieron totalmente el sentido.

Se arrepentía de haber escondido su panza en una malla enteriza, cuando amaba el color que el sol le pintaba en la piel. Ahora usaba biquinis sin culpas ni complejos. Al que no le gustara su cuerpo, que no lo observara…

Lo que sí debía admitir eran los cambios espirituales que el tiempo dejaba como una impronta imborrable, que iban más allá de concepciones estéticas, o autovaloraciones.

Su mirada. Ella recordaba muy bien como era, cuando joven. Tenía dulzura, un brillo de esperanza por cumplirse, una frescura de flor recién abierta…

Ahora veía una dureza acerada, un escudo protector que escaneaba la realidad con crudeza feroz.

Su parte tierna, quedaba escondida por un laberinto de emociones que año a año se acomodaron, ladrillo sobre ladrillo, para cuidarla y alertarla, ya perdida la espontaneidad e inocencia de una época de oro.

Su sonrisa se hizo más ancha, y le salió una carcajada, a la vez que las lágrimas afloraban ante el descubrimiento frente al espejo: le dolía mucho más las veces que la vida le había roto el corazón, reflejadas en sus ojos, que las carnes ensanchadas y flojas.

Y así, entre divertida y triste, se descubrió riendo escandalosamente, en pelotas, burlándose de la tragicomedia de la vida, mientras sacudía jocosamente la grasita de su panza…


Sobre la autora

Biografía
Cuentos publicados: 
Hoy día Córdoba, diario físico: Convocatorias “De amor y terror” 
y “Ciencia ficción”.
“Antología APAIB”, 2019, Argentina. 
“Antología Beatle 2020” Editorial Hoja por Hoja, “Eleonora”, 2020.
Plaquette “Sangre de tu sangre”, Ediciones Winged, 2020, 
México.
Columnista de la revista digital mexicana Rigor Mortis, con el personaje “Edgard, el 
coleccionista”.
lll Concurso literario Camp de Túria, microrrelatos, “Cambio de dieta”.
En junio de 2021, la editorial Passer, de España, lanza su novela “La misión de Muriel”. 
Este libro se presenta, de manos de la SADE, (sociedad argentina de escritores), de la 
Feria del Libro Córdoba 2022 en la Agencia Córdoba Cultura, y en el Museo de las 
Mujeres, disponible en su biblioteca, seleccionada por su contenido.
“Pentágono”, novela de terror, Passer Ediciones, 2022, España.
Antología Winged, Editorial Winged, 2022, México.
Artículo en revista Pluma y Papel, de Passer Ediciones, 2023.
Cuento “La Juana”, Mención, Consurso Internacional “Córdoba 450 años”, SADE CÓRDOBA, 2023, Argentina.
Cuento “Morocha”,Diario de la SADE, septiembre 2024.
Lectura en la Feria Internacional del Libro 2024, stand Deodoro Roca, SADE, Argentina, Córdoba capital, “

Edición: Elizabeth Vázquez Pérez

Puntuación: 1 de 5.

Cartografías del Instante| Bitácora de una madre

Bitácora de una madre

Por Anyela Botina

I

Te digo que el día en que naciste hacia un sol inmenso. Desde la ventana miraba un cielo limpio, sin una sola nube. Conoces esta historia, habita en ti como tus manos, tu cabello, tu rostro. Te digo también que el sol quiso conocerte primero, y por eso apartó todas las nubes. Entonces, sonríes y tu boca, sin pronunciar palabra, es el origen de este mito.

II

Siempre me ha parecido que tus ojos buscan un lugar para ser, me miras y te apoderas de algo mío que te pertenece.

III

Cuando me miras recuerdo que alguna vez fuiste una bebe, y cuando buscas mis brazos para dormir recuerdo tus movimientos en mi vientre. Quisiera pensar que siempre estaremos así, tu y yo en el tiempo, unidas por un cuerpo nuestro, un cuerpo profundo al que se le escapa la vida por las grietas.

IV

Cuando supe que crecías en mí, en las noches cerraba los ojos y te sentía: eras como una burbuja de aire que descendía desde mi ombligo hasta la pelvis. Nunca se lo conté a nadie; creía que eran solo cosas mías. Ahora, cuando quiero conversar contigo, te cuento estas cosas. Tú sonríes, quizás piensas que son ocurrencias de tu madre, pero lo que quiero es que sepas que tejí tu cuerpo con mi sangre y mi historia, con mi carne y mi palabra.

V

Después de tu nacimiento, fuimos dos cuerpos, elegí tu nombre, lo dije a los demás para que también pudieran llamarte así, para darte un lugar de todos los posibles en los que ahora podrías estar. Ya no mas en mi vientre. Te di un nombre para ofrecerle a tu cuerpo una casa.

VI

Sentir el cuerpo agrietado y que por las grietas se filtre el viento, el frio. Si, volverme mas sensible al frio. Sentir que la tristeza se me escurre por las grietas. Desear quedarme en la ducha, recobrar mi cuerpo, unir lo roto. Escribir mi nombre muchas veces para traerme de vuelta. Visitar mi armario, encontrar mi ropa de antes del embarazo, no encontrarme en la ropa, no encontrarme en la piel. Alimentar su cuerpo, sentir que no es suficiente, que llora porque no es suficiente.

VII

Pasé nueve meses tejiendo una manta que nunca llegaste a usar. Fue en mis manos mientras tejía que supe como llegarías a ser. No te dio abrigo, pero terminé colocándola sobre mis hombros, porque era mi espalda la que dejaba abierta la entrada al frío.

Dicen los antiguos que la gente solía tejer sus propias mortajas, como quien se prepara pacientemente para el final. Yo siento que, aunque tú nunca usaste la manta, yo ya sabía que iba a necesitar un lugar que me sostuviera.

Quizás fue sólo un azar, una coincidencia, pero hacerse una vida son muchos actos echados al azar y tejerse un nuevo cuerpo no es más que contarse de nuevo la historia de nacer y morir. Quiero pensar que ese tejido hecho con mis manos me recogió en la tristeza, y fue el útero donde volví a nacer.

VIII

Todos nacimos primero de un mito, nacimos de una palabra, ¿No ves que Dios dijo “hágase la luz” y la luz se hizo o que también se cuenta que “el Verbo divino se encarnó”?. Las palabras que te dieron origen tejieron un rayo de luz que atravesaron la oscuridad, figuraron tu cuerpo, yo camine por ese lugar oscuro, intuyendo lo que serias, no fue con los ojos, no te miraba, pero te sentía en el calor de mis manos y en el dolor con el que te hacías un espacio en mi cuerpo. Al nacer toda la oscuridad se vacío y te entrego en mis manos que fueron tu primer nido.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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