El ojo de Lya | Ascenso y caída: John Galliano

Se sabe que el mundo de la moda es superficial, consumista, gordofóbico y con otros vicios. Sin embargo, como bien dice Miranda Priestly, nuestras decisiones de vestimenta no nos eximen de la industria de la moda. Personalmente me adentro en los diseñadores: sus conceptos de creación, qué los inspira y lleva a que su expresión artística sea tan impactante. Hace poco vi el documental «Ascenso y Caída, John Galliano» de 2023, dirigido por Kevin Macdonald. 

John Galliano estudió diseño de moda en St. Martin’s School, donde encontró un espacio de pertenencia, expresión y libertad. En 1986, para su proyecto de graduación, se inspiró en Napoleón y la Francia del siglo XVIII, creando una colección exuberante que marcó el inicio de su marca personal. Desde entonces, el sello de su trabajo es la teatralidad, en la pasarela desemboca el refugio de sus fantasías. 

Juan Carlos Antonio Galliano-Guillén nació en Gibraltar en 1960. Hijo de una madre española, de quien aprendió el buen gusto por vestir; su padre fue plomero y hombre de ideología conservadora. Galliano descubrió a temprana edad que era gay. «Maricón, Maricón» era el insulto con el que su padre lo amedrentaba; su madre en ocasiones era figura protectora y en otras violentadora; a esto se le sumó la estricta educación católica, el temor de ir al infierno por pecar. En este entorno el refugio fue la fantasía de su imaginación y sus dibujos. Esta parte del documental me conmovió y me llevó a escribir en mi diario:

Los artistas somos criaturas rotas por la incomprensión en nuestra infancia… nos aferramos al arte sin saber que este terminará de rompernos.

A inicios de los noventa se muda a París y su talento lo lleva rápidamente al eje de la moda; él impulsó a las grandes tops models de esa época. Así llega primero a Givenchy y en menos de dos años la casa Dior le abre sus puertas. Sin embargo, el éxito implicó una exigencia excesiva, diseñaba su propia línea de ropa, además de relojes, línea infantil, zapatos, bolsas, joyería. Era una producción que dejaba poco tiempo al descanso; la industria de la moda es ávida e insaciable. Para resistir, Galliano recurrió a estimulantes, alcohol y drogas, la dirección de Dior lo “controló” porque les era rentable financieramente. En 2007 la muerte de su asistente y mano derecha, Steven Robinson, marcó un quiebre definitivo; Robinson era un juicio racional que sabía controlar la bestia e impulsar la genialidad del maestro. 

En 2011, los videos donde Galliano lanza insultos racistas y antisemitas en un café de París provocaron su caída pública. Fue despedido de Dior, juzgado, internado en rehabilitación y empujado al exilio simbólico. No bastaba una disculpa; el daño ya estaba hecho. Galliano intentó racionalizar y comprender el origen de su conducta. ¿Era realmente racista y antisemita?

Un psiquiatra judío señaló que su éxito había sido una forma de venganza contra la violencia vivida en la infancia; sin embargo, no era justificable ni suficiente.

Entre ese caos mantuvo el apoyo y lealtad de las mujeres que crecieron de su mano. Naomi Campbell dijo ni siquiera haber visto los videos, porque ella lo conoce; Charlize Theron empatiza al haber vivido con un padre violento; Anna Wintour mencionó que no hubo temor de su propia reputación al relacionarse con él y Kate Moss recurrió a él para que diseñara su vestido de novia, este acto solidario de amistad significó para él una rehabilitación creativa, un modo de recuperar la confianza en sí y en su trabajo. Pero, ante el resto del mundo, la condena se había dictado. 

Buscó aprender, acercarse a la comunidad judía, escuchar y comprender. El rabino Barry Marcus aceptó acompañarlo y lanzó la pregunta central: “¿El arrepentimiento era genuino o solo el deseo de volver al glamour?” y añade: «¿quiénes somos para condenar a alguien qué dice que se equivocó?”.

En su primera entrevista, luego del escándalo, el diseñador declaró: «Intento comprender a Juan Carlos, el niño que perdí en algún momento del camino».

En 2014 toma la dirección artística de la casa Maison Martin Margiela. Galliano afirma estar en un lugar feliz, continúa creando, lleva más de una década sobrio y agradece la presencia de su pareja, que lo ha acompañado desde el brillo del éxito hasta la sombra de su caída. El diseñador afirma algo que hace resonancia con lo que escribí en mi diario:

“Algunas de las piezas más hermosas de prosa, poesía, de pintura, han sido hechas por artistas, poetas, y escritores con un gran dolor, y lo que producen es goce puro”.

Al cierre del documental se muestran imágenes de una pasarela de 2022, titulada “Cinema inferno”, en donde las y los modelos repiten un monólogo que cuestiona si nos ocurren cosas malas por ser malas personas, menciona también el temor a no ser perdonados; indudablemente una catarsis. John Galliano es un hombre talentoso, besado por los fríos labios de la fama, que cayó al infierno prometido en la infancia, logró salir aligerado en ego y quizá reencontró lo que buscaba.

La anatomía del cristal y la rabia

Enola Rue

La pérdida no es un muro que se levanta de golpe, sino una habitación que, de pronto, se queda sin muebles. Al principio, entras y buscas instintivamente dónde sentarte, dónde apoyar la mirada, pero solo encuentras el espacio desnudo. Al final, lo que perdemos se convierte en una forma de arquitectura interna. Yo tuve un hermano cuando era niña, jamás lo conocí. Vivió un mes y murió. Siento su pérdida como algo lejano que me rodea sin tocarme. Mi hermano no es un recuerdo con bordes nítidos, sino una vibración en el aire de la casa. Es su nombre el que se pronuncia con un tono de voz distinto, el espacio vacío en las fotos familiares y la pregunta que quedó suspendida en el tiempo: ¿quiénes habríamos sido nosotros si él se hubiera quedado?

A veces, parece extraño llorar por un mes de vida. Nos han enseñado que el dolor debe ser proporcional a los años compartidos, pero el alma no sabe de calendarios. Se puede extrañar lo que nunca se tuvo porque la ausencia de un hermano es la ausencia de un testigo de nuestra historia. No lloro por un desconocido, lloro por el compañero de juegos que vive en mi imaginación, por el eco de una vida que, aunque pequeña, fue lo suficientemente grande para dejar una estela en nuestro linaje familiar.

Había un idioma en la casa que no se enseñaba con el abecedario. Lo aprendí la tarde en que el rostro de mi padre, siempre firme como una roca, se deshizo en lágrimas. Era tan niña para entender que el mundo podía romperse, pero vi sus ojos y entendí la muerte antes de que me la explicaran. Miré a mi madre y no vi a la mujer que me arrullaba, vi una fractura, un mapa de cristales rotos donde antes había certezas.

Trato de buscarlo en la neblina de mi imaginación. Intento dibujarle un llanto, una sonrisa, el color de sus ojos bajo los párpados cerrados, pero solo encuentro ese gris suave del misterio. Mi hermano no fue un niño que corrió por los pasillos, fue el silencio que nos obligó a caminar de puntillas. No fue una presencia ruidosa, sino la gravedad que nos mantuvo a todos un poco más cerca del suelo, un poco más serios, un poco más heridos.

Me dijeron que debía ser el bálsamo, la luz que apagara el incendio de aquel mes de ausencia. Pero yo no quería ser luz, quería ser fuego. Me puse zapatos que no me quedaban y busqué miradas que no supieran nada de mi hermano, ni de las lágrimas de mi padre, ni de la grieta en el cuerpo y alma de mi madre. No quería ser la hermana mayor perfecta, porque la perfección se parece demasiado al silencio de las estatuas y yo necesitaba ruido, piel y un presente que me quemara, para no congelarme en el invierno eterno de mi casa.

El mundo me miró y me llamó Lolita. Yo no buscaba a los hombres; ellos eran los buitres que detectaban de mi piel el olor a naufragio en mi casa. Pero aprendí rápido: en un hogar donde yo era invisible frente al fantasma de mi hermano, mi cuerpo era un idioma de poder. Manipulé sus deseos antes de entender mis propios miedos. Años después, la vida me devolvió al mismo abismo, pero con el corazón duplicado. Dos bebés, dos niñas gemelas. Y de nuevo, la amenaza blanca de la clínica.

El pasillo de maternidad era un purgatorio de baldosas brillantes que reflejaban mi propia derrota. Cada vez que me arrastraba hacia la Neo, el dolor de la cesárea era un cuchillo recordándome que mi cuerpo se había abierto solo para entregarle presas a la incertidumbre. El aire olía a una mezcla obscena de desinfectante y miedo primario. Era un corredor de ecos de llantos y risas de otras madres que se enredaban con el pitido incesante de las máquinas y el ajetreo de las enfermeras.

Nada te prepara para la transparencia de una incubadora. Mirarlas a través de un cristal era como tratar de tocar una estrella desde el fondo de un pozo. Mis manos, que ardían por sentirlas, se encontraban siempre con esa superficie fría y aséptica, el muro que me recordaba que, en ese mundo de miligramos y oxígeno, yo era una intrusa. Lo que más me dolía era la invasión. Ver sus cuerpos diminutos, apenas dibujos de carne, atravesados por agujas que parecían lanzas. Cada vía, cada cable, cada pinchazo, era un golpe directo a mi propio vientre.

Estar allí de pie, viendo como la ciencia intentaba reparar lo que la naturaleza había dejado a medias me hacía sentir pequeña. La niña desafiante, la Lolita poderosa que manipulaba el mundo se desvanecía y solo quedaba una mujer con los brazos vacíos y los ojos fijos en un cristal, contando sus latidos en una pantalla porque no podía sentirlos bajo mi pecho. Esa distancia es una herida que nunca se termina de cerrar.

Mis padres caminaron una sola vez por ese pasillo como fantasmas en una casa ajena. Mi padre se paró frente a la puerta de la Neo y no visualizaba a sus nietas, veía a su hijo naciendo de nuevo en su agonía. Mi madre celebró mi supervivencia física como un trofeo vacío, que fuerte que sos, qué valiente. Sus palabras eran los clavos que sellaban mi soledad. Me felicitaba por no haberme muerto en la plancha del quirófano, pero no se quedó a sostener el llanto que me ahogaba cada vez que una enfermera me daba el parte médico de mis bebés.

Tenía que habitar dos mundos. En uno, sostenía a la gemela que siempre fue luz, la que respiraba con fuerza, un recordatorio constante de que la vida puede ser fácil, de que el aire puede ser generoso. En el otro, veía a mi otra bebé invadida por la infección, con la amenaza de la muerte soplándole la nuca, era como caer de rodillas en la tumba de mi hermano. Mi mente se fragmentaba: ¿cómo se puede celebrar un latido mientras el otro luchaba por no apagarse? Me sentía desconsolada porque el destino parecía ensañarse con mi linaje de nuevo.

Era una disonancia insoportable. Sentía que si me permitía estar feliz por una, la otra moriría por mi descuido. Y si me hundía en la tristeza por la enferma, le robaba el derecho a la vida a la sana. Me sentía partida en dos, cosida solo por los puntos en mi vientre y por ese rosario marrón que apretaba como un arma blanca.

Aquel rosario pequeño, de cuentas marrones, era un juguete de madera frente a la catástrofe. Nunca fui a la Iglesia del hospital mientras estuve internada, mi templo fue esa cama donde tuve que aprender a moverme de nuevo sin morirme del dolor. No hubo rezos, hubo gritos mentales que desgarraron el cielo. Le grité a ese Dios de incienso y a esa Iglesia de reglas frías que esa bebé era mía. No era una ofrenda, ni una lección: era mi hija. Le prohibí a la Muerte tocar lo que mis entrañas habían fabricado. Mi fe se extendió en mi rabia y mi oración fue un reclamo de propiedad.

Cuando los doctores finalmente pronunciaron las palabras recuperación y fuera de peligro, cuando la infección se retiró derrotada por mi furia y por la ciencia, sentí un estallido que ninguna Iglesia podría brindar. No fue una alegría, fue una victoria de guerra que me quemaba la garganta. Al ver a mis dos hijas juntas, a salvo, sentí que le había arrancado la lengua a la Muerte. Fue mi venganza contra el pasado, miré al hospital, miré el rosario, miré al fantasma de mi hermano y por fin pude respirar. Sin embargo, la Muerte no es un monstruo que se retire fácilmente.

Recuerdo el momento exacto en el que el mundo se detuvo. Mi hija, que acababa de ganar una batalla, empezó a desaturar. Su piel fue un eclipse morado, un color que no debería pertenecerle a nada que estuviera vivo. En un parpadeo, tres enfermeras saltaron sobre ellas, sus manos moviéndose como máquinas de reanimación, mientras el sonido de la urgencia llenaba la habitación. Mi piernas, las mismas que habían caminado con tacones demasiado altos por lugares oscuros, las mismas que huyeron del peso de ser la hija mayor de una casa en ruinas, las que habían caminado por el borde del abismo sin flaquear, empezaron a temblar.

Frente a esa incubadora, entendí que nunca había tenido miedo de verdad. No era miedo porque algo me sucediera a mí, que me creía invencible porque ya estaba rota; el miedo era que mi mundo se quedara sin ella. Entendí que mi control era una ilusión. Pero, incluso con mis piernas fallando, mi mente seguía gritando ese lenguaje que solo Ella y yo entendíamos: ella es mía, mía, mía. No puede irse. Era una lucha de voluntades: la Muerte tiraba de un brazo y mi rabia tiraba del otro. Cuando el aire volvió, cuando el tono rosado volvió a sus mejillas, el temblor de mis piernas no cesó. Comprendí que le había visto la cara al color de la ausencia y había logrado que se marchara.

Hoy las miro y el llanto que brota mientras el tiempo corre, cuando solo estoy con ellas, no es de derrota. Ya no hay cristales empañados por mi aliento, ni monitores dictando sentencias en colores morados. El único sonido que importa es la de su respiración desordenada contra mi pecho, un ritmo que ninguna enfermera tiene que vigilar.

He dejado el rosario marrón colgado en la puerta de mi habitación, siempre mirando a la pared, porque todavía no hago las paces con Dios y sus muletas de madera. Mi fe y mi milagro son estos dos pesos que cargan mis brazos, un peso que es carne, que es vida y que es mío. A mis padres les dejo sus fantasmas y sus elogios de cartón, que sigan adorando el vacío de lo que nunca fue nuestra familia. Yo siempre he elegido el ruido, el caos y la presencia.

A veces, cuando el silencio de sus siestas se vuelve denso, todavía siento el temblor en mis piernas. Pero luego las miro dormir juntas, siento su piel tibia y en ese contacto recuerdo que gané. No porque el Destino, Dios, o la Muerte hayan sido buenos, sino porque me atreví a ser más feroz que todos ellos.

TRAMAS HUMANAS | DUELO SIN VÍNCULO


El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.

Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.


Después vino todo junto.
La muerte.
Una crisis fuerte en mi relación.
La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.


Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.


Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.


Y aun así, me rompí.


Me cerré.
Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos.
Con quienes siempre me ven fuerte.


Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.


También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.

Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente.
Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.


Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.


A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.


No sé si ya perdoné.
No sé si algún día iba a llegar esa conversación.
No sé si el dolor se va a acomodar.

Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.


Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.


Porque al final, hay ausencias que no se van.
Solo cambian de forma.


Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

Domingos en los que no me encuentro | Colaboración

Por Shaila Ricardez

Los domingos son frustrantes porque atraen la nostalgia

Se suben sobre la espalda como un débil caracol

No les preguntes por quién se ha ido o por quién vendrá

Pues bien, callados, se mantendrán. 

Los domingos te dejan colgado con los brazos abiertos,

Te susurran al oído: “miento, miento, miento”

 Jamás te dirán un simple “te quiero”

Tal vez pienso eso, porque en esos días yo siento que muero.

Me ahogo un poco cuando me miro al espejo

Cuando siento ajeno mi propio reflejo

Me tiro al suelo, me encierro más

Me alejo del progreso que se me prometió al despertar.

Los domingos son frustrantes

Yo le digo a mi mamá

Quien me sostiene la mirada con un profundo pesar

Me alivia cuando al menos nos sentamos a charlar

Y es que una plática suya me hace menos detestar 

A este domingo frío que pone mi cuerpo a temblar.

Niña y lluvia |Colaboración

Por Patricia Navarro

Remanso de húmedos dedos

bajan por mi piel, mi rostro,

en calma calores viejos,

chipi, chipi de andariego.

Lluvia….

Mojas a escala emoción,

y mis pies entre el pataleo

cuaz, cuaz, cuaz de veraneo

forman notas de canción.

Lluvia…

Pareja luz cristalina,

flip, flip, flip, de tornasoles

tan lejos caen secundinas

luego, aviso de bemoles.

Lluvia…

Ligera, limpia en tardanza,

clap, clap, clap de la emoción,

hace mía la remembranza,

esa, que me llega al corazón.

¿Qué piensas?|Colaboración


Por Marina Areta

Me pregunto

cuando mis ojos como noches se acercan a tu bosque curiosos,

se empeñan en deshojarlo

¿Verás mis paisajes?

¿Seré otra piel sin importancia?

¿haces mapas de mis lunares? 

Ya me abriste un dejo de tu follaje,

vi la sombra que atesoras,

esa que habita un rincón de tu mente salvaje,

el cielo sabe que no quiero reemplazarla,

No fui hecha para alumbrarla

muero por acompañarla

tú que duermes, abres e intrigas,

eres una estación cambiante, 

con tus misterios me incendias

mis pies,

abejas que giran hacia tus frutas

mantienen su vibrante vuelo

dulces, locas, abiertas.

Las piernas son agua,

toda yo río, laguna y cascada

deseosa de abrazar tu lengua. 

Mis labios, especie de copa,

mi vino desea embriagarte,

dejar en ti su rastro violeta.

Los pechos, dos flores en espera

de tus dedos, de tus dientes

primavera.

Puedes comprobarlo si te acercas,

este cuerpo mío no es templo,

es umbral rojo, ¡mira! 

Te aviso que dentro hay humo

calcinado fantasma en mis latidos,

la memoria de un dolor antiguo.

No puedes exiliarlo

pero si te atreves

haz de respirarlo,

lo desea la arboleda en tu mirar

su pudor silvestre lo delata

se vuelve dorado al verme llegar.

Quiero, con sinceridad presentarte fantasías: 

tu amapola segura ante mi manto negro, 

dentro de mí el sabor de tu ambrosía.

Tus brazos una suerte de conspiración,

cálido lugar donde existimos los dos, 

de tu soto y mi penumbra la unión. 

Te entrego esta confesión honesta,  

quizá podrás responder mi duda.

Hazlo y… Si es igual, todo comenzará. 

Tú y yo; cuerpo, alma, 

creación.

Mamá Soltera |Colaboración


Por  Justina Melba Benitez Caballero

Que importan los rumores

Que importa lo que digan

Total el cielo y tú saben

Que lo hiciste por amor.

Nadie dijo que era fácil

Ser una mamá soltera

Haz de cumplir con dos roles

Ser padre y madre a la vez.

Debes ser siempre valiente

Para enfrentarte al mundo

Y con la frente en alta

Transitaras tu destino.

Desde hoy en adelante

Ya sola nunca estarás

Porque llevas en tus entrañas

Al amor de tus amores.

Ese hijo que tú esperas

Es una bendición de Dios

Y darás gracias por ello

Al Supremo Creador.

Por creer en falso amor

Te convertiste en mamá soltera

Y demostraste valentía

Trayendo ese hijo al mundo.

Apuntes entre Chamanes y Miedos| Colaboraciones


Por Jenniffer Zambrano

Leí Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la nueva novela de Mónica Ojeda, y, entre todo lo que ocurre en la narración, hay un momento que permanece en mi cabeza: la imagen de un agujero formado a causa de las balas. Ojeda poetiza al respecto, diciendo que de él brota luz al mismo tiempo que permite al ojo de alguien ver a través de él. En el libro esto está hermosamente descrito y me impresionó la mirada de Ojeda, que fue capaz de encontrar en algo tan pequeño, en lo que pudo ser solo un estrago de la violencia armada, una fuga que me permitió conmover y ver belleza en medio del desastre.

Esto ocurre a menudo en la novela: los personajes buscan la belleza y el disfrute. Lo buscan porque las circunstancias en las que viven los asfixian y escapar es la única manera de salvaguardar no solo su cuerpo sino su mente. Noa y Nicole viajan desde Guayaquil, hartas de la situación de violencia que las ha envuelto durante toda su vida. Buscan algo que las eleve del plano donde la muerte es lo cotidiano y llegan a un concierto en las faldas de un volcán.

Colocar un miedo nuevo encima del anterior, unirlos, extenderlos entre sí. Eso pensaba a lo largo de la novela porque ningún personaje es capaz de soltar el terror, eso de lo que huyen. Para ellos, la huida es lo único posible, ya que no les es factible (como a nosotros) vencer las balas ni el abandono Estatal. En La Fiesta del Sol encuentran sustancias que alteran su mente, que las elevan, como deseaban, y elevarse implica mirar desde afuera, en completa perspectiva, estar y ser por fuera de lo que ocurre, de la ansiedad y la angustia que se origina en la realidad.

Me gusta mucho cómo los mundos interiores de los personajes son mostrados en su dimensión más compleja. Las dudas, las pesadillas, el amor, que parece ser lo que a algunos los sostiene en su cordura, y las pérdidas. El mundo interior de Nicole y de Noa se ve transformado por lo que ven afuera, no es posible ocultar de los ojos lo que pasa en las calles. Entonces, su propio vínculo, sus deseos y sus decisiones, se materializan sobre aquello que han conocido a lo largo de sus vidas.

A mí me pasa un poco: vivir en medio de la violencia no significa acostumbrarse, pero sí mirarla de otra manera. Si uno ha visto un cuerpo sobre la vereda frente a su casa, si ha aprendido a diferenciar el sonido de las balas del de los fuegos artificiales, no le pueden pedir que continúe como si nada, siendo el mismo que era antes de saber que allá afuera existen más cuerpos cayendo sobre el pavimento.

El papá de Noa es un personaje que aparece más adelante. Se ha retirado de la ciudad para vivir escondido del mundo, en las montañas, con sus perros y su pasatiempo de naturalizar animales. El padre de Noa vivió en Guayaquil y huyó de su hija, de sus vínculos, pero también de la imposibilidad de controlar el afuera. De que hubiese ladrones que a la madrugada ingresan a su casa, de que los vecinos, hartos de que nadie les diera solución, tuvieran que sostener con sus propias manos un arma para defenderse.

La familia de Noa se descompone por diversos motivos. La separación del padre es solo una arista del problema. Pero, como en la misma obra se dice: “Todos necesitamos una familia. Una familia te hace compañía cuando el pasado es un decapitado y el futuro un niño con una pistola” (p.157). Noa, desprovista de ese hogar inicial, construye el propio: en su amistad con Nicole, al principio, pasando por las drogas que prueba a lo largo del festival, hasta terminar en su mente, el hogar final de donde no hay escape. Cuando el mundo exterior es horrible, lo mental parece un refugio, pero cuando hasta nuestra mente es afectada, ¿qué nos queda?

Como muchos, he sentido la ansiedad provocada por las constantes noticias de violencia, que me llevan a revisar compulsivamente las redes sociales en busca de detalles sobre tal enfrentamiento entre bandas o aquella balacera muy cerca de donde vivo y que solo me sirven para alimentar mi temor. Pero esta omnipresencia de la muerte en los medios es la realidad que viven Noa y Nicole, y lo que propicia su búsqueda desesperada de escape y consuelo. La misma búsqueda que nosotros.

Como Nicole, Noa y su padre, pienso en cuáles son las posibilidades de habitar una ciudad lejos de la violencia armada, a veces tan invisible que uno se confía, llega a creer que no está. Cuál es la manera de existir sin que el nerviosismo la consuma a una. La depresión y la ansiedad no suelen asociarse directamente a fenómenos sociales pero eso también las causa: problemas económicos, violencia, etc. ¿Cómo nos mantenemos a salvo si parece que ni siquiera podemos asegurar nuestra integridad física?

En otra página de la novela se dice que “una ciudad agresiva e injusta deforma el carácter” (p.212). Pienso en que la situación de Ecuador nos deforma un poco a todos. En medio de la desesperación nos confunde, nos separa pensando que el otro es el peligro, el afuera, todo lo que no soy yo mismo y nos mantiene en un estado de alerta eterna: dormimos mal, tenemos pesadillas a menudo, sentimos un nudo en la garganta, una presión en el pecho. Es decir, terminamos por vivir como podemos. Para mí es claro: la ansiedad de existir en medio de conflictos, de precariedad, nos va formando como sujetos desanimados y tristes, sujetos enfermos. En chamanes eléctricos se ven algunos de esos estragos en Nicole y Noa, pero creo que más en Ernesto, el padre de Noa, para quien es trágico el solo acto de recordar lo que tuvo que pasar antes de retornar a las montañas.

He pasado estos párrafos enumerando hechos, posibles lecturas de este libro pero no soy capaz de ofrecer respuestas porque tampoco me importa hacerlo. Escribir me sirve para pensar y ahora mismo se me ocurre que, al igual que aquel agujero formado por balas que se menciona en la novela, la escritura, para mí, es también esa ranura que permite que ingrese algo de luz. El arte en general es el espacio donde están presentes conversaciones como estas y donde nos es posible abrazarnos a nosotros mismos y ser críticos a la vez. En el arte somos capaces de dolernos y regocijarnos.

Escribo esto desde el Guayaquil de Nicole y Noa. Con una ansiedad parecida a la que (creo) sufrieron ellas en algunas páginas porque para escribir he recordado cosas que ni siquiera alcanzo a mencionar. Y aunque dije que no buscaba ofrecer respuestas, escribo con una intuición muy en el fondo que me remite a otro fragmento de la novela: “el nido es siempre un refugio donde las cosas nacen y mueren en la tibieza” (p.208). El nido, el hogar, ese del que hablaba en párrafos anteriores y que para Nicole y Noa se manifestaba en su amistad, ese hogar que decidieron ambas, y que es posible para todos.  Una ciudad (un nido, un hogar) lo es en la medida en que conseguimos habitarla en la tibieza de su ternura. Así como Nicole y Noa hicieron, podemos construir espacios, aunque estos sean solo nuestras manos, nuestros brazos para resguardar, para recostar y abrazar, para sostener mientras se respiran los ejercicios que más nos funcionen cuando la ansiedad asome.  

Por todo eso voy a seguir escribiendo desde Guayaquil, acompañada de mis amigos, con miedo, con tristeza, caminando la madrugada vacía, voy a escribir Guayaquil (una ciudad, un nido, un hogar), sosteniéndome de quienes me mantienen en tierra, un poco, mientras esperamos que todo pase. Aunque no sea así y en algún momento debamos emprender un viaje o, como los personajes de la novela, simplemente esperemos que algo más ocurra. Porque son tantos los miedos que nos envuelven que un paso puede sentirse como un abismo.

Máscara de la perfección

Por Madelaine BO.

En el escenario de la vida, nosotras llevamos una doble máscara de perfección, sonriendo mientras nos ahogamos en expectativas. Detrás de la cortina, nos sentimos impostoras, como si estuviéramos fingiendo ser la mujer que la sociedad espera que seamos.

La multitud aplaude, nos felicita por nuestros logros, pero nosotras sabemos la verdad. Sabemos que estamos rompiendo barreras, desafiando normas, y aun así, nos sentimos como si no fuéramos suficientes.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocernos en nuestros logros? ¿Por qué nos sentimos como si estuviéramos robando un espacio que no nos pertenece? La respuesta está en la historia, en la cultura, en la sociedad que nos ha enseñado a ser menos, a ser perfectas, a ser sumisas.

Y también está en el miedo. Miedo a ser vistas, a ser juzgadas, a ser rechazadas. Miedo a amar, a ser vulnerables, a entregarnos. Miedo a que nos lastimen, a que nos abandonen. Miedo a ser mujeres, a ser humanas, a ser imperfectas.

Pero nosotras sabemos que la perfección es una trampa. Sabemos que la verdadera fuerza está en la imperfección, en la vulnerabilidad, en la sororidad. Sabemos que podemos ser líderes, creadoras, revolucionarias, y aun así, ser mujeres, ser humanas, ser amantes.

Así que quitémonos la máscara, y mostremos nuestra verdadera cara. La multitud seguirá aplaudiendo, pero esta vez, será por nosotras, por nuestra autenticidad, por nuestra valentía de ser, de existir, de luchar, de amar.

Los árboles y las pantallas que me rodean | La vida adentro y alrededor

Por Mijal Montelongo Huberman

Hay un tepozán de metro y medio de alto en una jardinera amplia. Su tronco tiene aproximadamente treinta centímetros de diámetro. No está derecho, tiene una pendiente que después se ramifica en extensiones más delgadas hasta llegar a las hojas de color verde oscuro y con una ligera pelusa. Las venas parten paralelamente de una principal que separa longitudinalmente a las hojas. La corteza no es lisa, sino que tiene surcos a lo largo. Parece que se le caerá por pedazos. Claro que no empezó así. Inicialmente era una ramita delgada que salía de la tierra con unas cuantas hojas en la punta. Podría haber sido rota por una brisa o una lluvia fuerte. Pero aguantó y creció.

Las ardillas lo usan de paso para llegar a la higuera y a la palma que tiene a ambos lados. Los chipes corona negra van de ramita en ramita buscando algún insecto que comer. En ocasiones se pasan a la higuera o a los rosales de enfrente. Los saltaparedes van de la pared de piedra volcánica que está detrás del árbol a su tronco. Abejas, abejorros, mariposas y colibrís son atraídos al tepozán por sus florecitas blancas. Un pájaro carpintero llega a martillar al tronco en diferentes puntos. Las lagartijas toman el sol y se mueven por todo el árbol para evitar ser vistas y molestadas por otros animales que se acercan. Los colibrís se posan en sus ramas para descansar de tanto aleteo. Una araña construyó su telaraña entre la higuera y el árbol. Un gato usa el tronco como rascador.

Las hojas que sirven como plataforma para insectos diminutos reciben la luz del sol y el dióxido de carbono del aire, el cual lleva consigo el aroma de las flores y del tepozán a otros lugares. Las raíces que no les molesta lo somero de la capa terrosa absorben el agua y otros nutrientes de ella; posteriormente, son transportados también hasta las hojas para que el tepozán continúe viviendo.

Así estuvo varios años. Siendo una casa, un refugio, una fuente de alimento, un sitio de descanso y observación, un lugar de paso, un punto de conexión, etcétera para demás especies. Infinidad de individuos estuvieron en contacto con él. El tepozán fue obteniendo lo que necesitaba del ambiente que lo rodeaba. Regeneró y cubrió las partes que otros comieron, tiraron, arrancaron, arañaron, pisaron y limitaron hasta que las marcas dejaron de percibirse como ajenas a él. Le crecieron más ramas. Tuvo hojas y flores adicionales. Siguió creciendo.

Poco a poco dejó de absorber agua y nutrientes del suelo. En el transcurso de unas semanas se le empezaron a caer las hojas. El agua restringió su irrigación hasta las puntas de las ramas más delgadas. La turgencia de las hojas se debilitó y se secaron. El árbol quedó pelón. Pasado un tiempo, las mismas ramas ya no eran abastecidas. El tronco fue obteniendo cada vez menos agua. La corteza cambió de color: de un café grisáceo a un tono más claro con manchas amarillentas. La madera crujía de vez en cuando. Ya sólo quedaba el esqueleto del árbol.

La vida sigue ocurriendo a su alrededor. Aunque la vida ya no fluye dentro de él. El pájaro carpintero se posa en sus ramas secas y le da unos golpes, calándolo superficialmente. Todavía hay algunas hormigas y termitas que habitan y caminan por el tronco. El carpintero se alimenta de ellas. Otras aves, como las tortolitas, descansan y observan desde las ramas. Como ya no hay flores de las cuales las abejas, mariposas y colibrís extraigan néctar, visitan menos al tepozán y hasta lo toman como un obstáculo para llegar a las rosas. Las lagartijas siguen teniendo un sitio donde tomar el sol. Las ardillas lo utilizan menos de paso, algo deben intuir.

Unas semanas después, el peso de la parte de arriba del árbol le ganó y se rompió. Se quedó sin las ramificaciones que le daban una corona. Ahora queda un tronco seco ligeramente inclinado. El gato todavía se rasca en él y ahora lo trepa para que sea su puesto de vigilancia a un metro de altura. Se hilaron telarañas entre los surcos de la corteza que cada vez son más profundos. Hay caracoles que se suben a lo que queda del tepozán y dejan su rastro brillante.

Transcurrieron algunos meses. Finalmente, la inclinación del tronco fue demasiada y se quebró. La madera, que alguna vez fue un árbol, yace en la tierra entre la palmera, el pino, la granada, el plumbago y algunas hierbas. Los saltaparedes y algunos chipes escarban entre los restos en búsqueda de descomponedores que se alimentan de la madera. Una ardilla remueve los restos para recuperar un higo que se le cayó. Los gatos y perros orinan y defecan sobre ellos. Los caracoles pasan sobre trozos de madera marcando su camino para llegar a plantas vivas con hojas frescas.

La madera se vuelve un montículo de tierra con trozos amorfos de colores amarillentos. Las plumas de una tortolita atrapada por un gavilán lo cubren junto con las hojas caídas del plumbago, de la higuera, del pirul.

Un día unas hierbas chiquitas salen de la tierra donde había madera seca de un tepozán. La tierra y algunos animales todavía conservan un vago recuerdo de su presencia mientras le dan la bienvenida al nuevo integrante del paisaje.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

___________