PAUSA

Por Madelaine BO.

Mi trabajo me llevo a visitar mi pasado en un viaje exprés, el camino era muy corto; pero lleno de recuerdos y pensamientos largos.

Hice una pequeña pausa para pensar…

Me recordé a mí misma caminando por ese lugar con los audífonos puestos y mi canción preferida en ese momento, ¿Realmente me sentía feliz?

¡Creo que no! Solo me dedicaba a rellenar huecos para aparentar una vida de esa que dicen que es normal. Ya saben, jugar a la casita feliz (Mamá, Papá, hijos y por que no? un perro)

Al verme a ala distancia comprendí que solo daba el gusto de encajar en un lugar donde no era yo, me abandone por complacer a los demás. Y en esta historia todos eran felices menos yo.

Por azares del destino las cosas cambiaron y por un pequeño instante pensé que era para mal y se me vino el mundo encima. Así que no queria pensar y me empeze a saturar. Sí! Yo misma me saturo de mil cosas y obligaciones, casi siempre con tiempo contado para todo, poniéndome al limite de la locura.

Pero ya pasado el tiempo me tome una pequeña pausa para ponerme a pensar y analizar.

¡Me encontré! Después de mil de días me encontré a mi misma, comencé a descubrir una faceta mía que tenia olvidada, era yo dándome amor propio de diferentes maneras, cantando, escribiendo, leyendo, bailando, cocinando, paseando y amando.

Claro estas actividades ya las hacia, pero esta vez era a mi manera, tal y como yo las quería sentir.

Me volví a tomar una pequeña pausa y me pregunte si pudiera volver en el tiempo haría las cosas igual?… Creo que no.

Piezas de un alma simple

Oscuridad

Escrito por: Alondra Grande

Canto entonado por ninguna luna.
Silencioso es el coro de sus lamentos.
Nadie le acompaña cuando piensa
que de nadie son los pasos que bailan tap.

Oscuridad, cobijo eterno donde
rosas desnudas decoran
jardines desiertos; nada en ellos vive,
y, aun así, parecen brindar consuelo.

Remolino que despierta sensaciones,
orquesta de grillos y grilletes.
Te apareces cada tanto, sonriendo,
como si tus labios no sujetaran un puñal.

Y yo me hago pólvora cuando eres cerillo,
esperando encender la noche y el día.
Ajeno al tiempo, el mundo se para
para darle paso a la anguistia… al temor.

Esta pesadez se vuelve espuma,
la bruma es lava de ardiendo volcán.
De entre mis lágrimas surgen las dudas,
que me digan las diosas, ¿esto terminará?


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

Luz en octubre

Carmen Asceneth Castañeda


En octubre cambia la luz

no es que deje de serlo

es que se derrapa distinto

/ no es roja ni azul ni amarilla ni blanca /

es

apenas transparente como piel sin huesos,

como carne deslavada y uñas arañando las sombras.


Llegó envuelta esta luz de octubre

en el aire sonoro del frío casi invierno

apenas nombrando tibios placeres

apenas enhebrando cadáveres a la memoria.


Luz de otoño que sabe a flores de azahar

/ azúcar y calma /

que toca más atrevida las líneas ocres del tiempo,

vino al fin para despedir mis absurdas plegarias.

Dejar pasar al intruso: ¿quién es el que irrumpe?

Hoy rehuimos de la negatividad en lugar de QUEDARNOS EN ELLA, dice Byung Chul Han y pienso, inevitablemente, en la frase con la que comencé a crear esta columna tan abandonada: dejar pasar al intruso.

El intruso es aquel que no has invitado, pero que está ahí. Los monstruos se parecen al término también.

Monstruo es lo DESCONOCIDO, que irrumpe de pronto, y te incomoda.

Yo, tan incómoda siempre, viendo el lado negativo de TODO.

Está bien PERO y ese pero impidiendo el disfrute del momento.

Será que debería dejar de evadir la herida que está abierta y que me pide sanación. Al menos verla. Al menos nombrarla.

Intruso el pensamiento ansioso, que me dice que todo está mal, y que siempre estará mal y que yo no encajo, y que en realidad no debería estar ahí. Hasta que punto es victimismo el sentir tan inseguridad y tan poco amor propio.

Intruso la niña que sigue llorando porque nadie la protegió cuando le hicieron daño.

Intruso la carencia, el desconocimiento, la depresión de mamá, la soledad de estar con ella.

y entonces, ¿cómo detener la huida-evasión de la  oscuridad y el dolor que habita en la adulta de hoy?

¿Cómo dejar de nombrar intruso a lo que he venido a trabajar-sanar?

Porque una vez que se es consciente de esto, no hay manera de echarse para atrás. Se ha detectado el daño.

El mismo Chul Han dice que está sociedad niega la muerte, llenándose de todo lo que ofrece la supuesta «conexión» lograda por el internet, ocurriendo que, a falta de aceptar y ver más la muerte como algo existente, palpable y natural, se le quita valor y sentido a la vida. Haciendo qué seamos autodestructivos.

Es decir, ignoramos la muerte y por eso nos descuidamos o evitamos curar, ver la herida para seguirla repitiendo hasta que el cuerpo hable y advierta que es demasiado tarde.

Para este entendido: cuerpo y mente son complementos. La mente puede enfermar al cuerpo. El cuerpo puede sanar la mente. Porque todo es, a la larga, la armonía de estos dos. El fin último. Si yo me veo con amor y respeto, así empezaré a ver, genuinamente, al otro.

Bomba estereo dice: voy a cambiar lo que tenga que cambiar, y seguir creciendo. Urge la transformación individual para poder sanar también lo colectivo.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen.  Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional  por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Más un sí que un no

Por Tania Farias

Cuando era niña imaginaba que, una vez que fuera grande, viviría en la Ciudad de México, en aquella época conocida como el Distrito Federal. Incluso, aún sin haber jamás visitado la ciudad, construía en mi mente lo que podría ser mi vida muchos años más tarde.

Después, crecí. Me volví adulta, pero en lugar de mudarme a la capital del país, me mudé a otro continente, a otras capitales. La idea infantil que un día tuve de vivir en la gran Ciudad de México quedó rezagada en mi memoria. Alguna vez hasta me reí para mis adentros por haberlo deseado, pues conforme los años pasaban, me parecía que no era un lugar al que me adaptaría fácilmente, a causa de muchas ideas preconcebidas de alguien que creció en un pueblo de provincia.   

Sin embargo, el destino tiene sus propios recursos y cuando algo tiene que llegar a tu vida, llegará. Es así como después de, exactamente veinte años, de haber salido de mi país, por razones profesionales, hace dos años llegué con mi familia (esposo, hijo y mascota) a instalarnos sin fecha de término a la Ciudad de México.

Después de dos años de vivir en la ciudad, como resultado de una pregunta que me hizo la terapeuta sobre si me gustaba vivir aquí, me he permitido reflexionar en lo que ha sido esta nueva aventura. Si esa pregunta me la hubiera hecho hace un año, la respuesta hubiera sido un rotundo no. En ese tiempo, seguía sumergida en el duelo por haber dejado mi vida de más de seis años en Canadá, donde había logrado crear un espacio en el que me sentía cómoda, integrada, con una red de apoyo importante, o sea, con amigos, grandes amigos; y una manera de vivir que me daba seguridad y me hacía sentir a gusto.

Recientemente, tuve la oportunidad de volver a esa ciudad canadiense que por tantos años llamé casa, y aunque no opuse resistencia para dejarme llevar por la nostalgia, ya no sentí el dolor que me había acompañado todo el año anterior. Por supuesto que a los amigos los sigo extrañando; las reuniones, las risas, tantos momentos compartidos. Pero pude disfrutar de mi visita sin añorar con tristeza el ya no vivir allí.

Durante ese viaje, coincidí con una chica de quien, por la premura de la mudanza, no pude despedirme. Al verme de nuevo, lo primero que comentó, a guisa de reclamo, fue que no sabía que me había ido del país; no me había despedido de ella. Y finalmente pude decirlo en voz alta: “Lo siento. En aquel momento era tan difícil aceptarlo que preferí callarme”. Tan real era ese sentimiento de negación que jamás lo mencioné abiertamente. A diferencia de otras mudanzas que realicé, en esta última, mis redes sociales se quedaron mudas sobre el tema; nunca lo publiqué como tal. Había fotos, claro, pero no mencionaba que vivía de nuevo en México. Era tal vez una manera de engañarme a mí misma: si no lo decía en voz alta, quizás, volvería a Canadá y todo retomaría su curso como si nunca me hubiera ido.

Al contrario de lo que mi niña soñadora deseaba, la adulta que soy ahora vivió la mudanza a la Ciudad de México con demasiada dificultad. Después de tantos años fuera del país, la idea de regresar no estaba en mi horizonte ni a corto, ni a largo plazo. El caos en la ciudad me incomodaba a tal grado que me sentía perdida en cada movimiento que hacía. Ni hablar de la inseguridad. Sin embargo, lo más difícil fue sentir que no pertenecía. Sé que tal vez suene a cliché, pero después de haber vivido inmersa en otras culturas, el cambio interior es inevitable y existen cosas que ya no quieres volver a aceptar. Por muchos años, fui parte del grupo de las extranjeras, pero principalmente, formé parte de los grupos de las latinas. Sin importar si éramos de Venezuela, Colombia, Chile, Ecuador, etc, siempre había rasgos comunes entre nosotras. Pero en mi propio país, esa etiqueta ya no existía, y aunque conocía personas de otros países latinoamericanos, ya no éramos un bloque común. En México, dejé de ser extranjera; no obstante, así me sentía.  A pesar de ser mi país, llegué a una ciudad en la que nunca había vivido, aun cuando mis sueños infantiles así lo habían deseado. Y no se trata de una ciudad cualquiera, sino de una de las más grandes del mundo. Al principio, su magnitud me agobiaba, y aunque estaba rodeada de miles de personas, me sentía sola.

Después del primer choque emocional, empecé a permitirme disfrutar de las pequeñas cosas que no eran tan comunes en los otros lugares donde viví: el sol constante a lo largo del año, el clima templado, la sonrisa de las personas y su amabilidad; una mayor cercanía con mi propia familia, pues, aunque seguimos viviendo lejos, estamos en el mismo país y las visitas son más frecuentes. Y por supuesto, la comida. Encontrar todos los ingredientes que por años extrañé o por los cuales llegué a pagar pequeñas fortunas por volver a probarlos, fue un verdadero placer.

Poco a poco, empecé a aceptar que había tantas cosas que había extrañado y que para no dejarme arrastrar por la tristeza las había rezagado en lo más profundo de mi ser. Empecé a abrirme y a darme la oportunidad de conocer gente. Esto último es, sin duda, lo que ha hecho la mayor diferencia. Un día, conocí a la mamá de uno de los compañeritos de clase de mi hijo y, gracias a ella, a otras más con las que me sentí identificada, con las que tenía muchos puntos en común. Poco a poco, las redes de apoyo empezaron a crearse alrededor de mí, y me volví a sentir integrada; encontré un grupo al cual pertenecer.

A la pregunta que me hizo la terapeuta, acerca de que si me gusta vivir en la Ciudad de México, la respuesta se ha transformado en los últimos ocho meses, y justo al cumplir dos años de regreso a mi país, con toda sinceridad pude decirle: más un sí que un no. 

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Raiz Invertida / Guillermo

Me quedo con los dedos en pausa, delante de una hoja en blanco tratando de exorcizar tu fantasma con palabras y metáforas que no te van a hacer justicia nunca. Justicia, una palabra con la que estoy peleada y perdí su significado en un juego de remembranzas que cada vez siento más que no me pertenecen. Sigo siendo tu hermanita aunque el tiempo te congeló a los 26 y yo tenga 31. Invento momentos que nunca fueron, como si pudiera bordar recuerdos nuevos con hilos invisibles.

Guillermo, el nombre que más me ha hecho sentir en mi corta existencia. Te imagino. Que no es lo mismo que recordarte, porque imaginar se trata de inventarte espacios y momentos que nunca van a pasar y el recuerdo es el repetir sonrisas, abrazos y lágrimas que solo quedaron en tu cabeza. Me toca imaginarte en un rincón vacío que me cuenta que serías si no te hubieses perdido en la infinidad del cielo. Porque si hablamos de infinidad, es una de las mentiras más grandes que me han contado. Porque la infinidad dura mientras dure la memoria y la memoria con el tiempo se va a un lugar llamado olvido que está lleno de escombros de lo que iba y dejó de ser.

Guillermo, dejame decirte que creo que nos enseñan los significados de la vida al revés. Aprendí que el miedo no evita la muerte, si no la vida y que una ausencia ocupa más espacio que una presencia. Tenías el raro don de habitar el silencio sin incomodarlo, como si llevaras música escondida en los bolsillos. Imagino tu sonrisa un poco chueca y la curva de tus ojos achinados cuando fuiste feliz. Caminabas como quien ya había entendido algo que los demás aún no. Y quizás por eso te fuiste antes. Quizás por eso te sigo buscando en las cosas que brillan por poco tiempo: una luciérnaga, una canción en la radio, el último sorbo de la taza de café que me daba mi abuela cuando iba a visitarla. Como dice Borges, “te debo las mejores y quizás las peores horas de mi vida y eso es un vínculo que no puede romperse.”

Guillermo, tu nombre es la brújula que me recuerda que vengo de un amor tan grande que aún sin presencia, me acompaña. Y aunque ya no estés en la mesa, estás en el mantel. En el aire. En las palabras que aún no sé escribir. Porque mientras para mi existan las palabras, existís vos en mi eternidad y en las estrellas que nos piden deseos porque al final de todo, quienes son los fugaces somos nosotros y no ellas.

Guillermo, sos mi recuerdo con raíces.

Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la memoria y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.

Cartografías del Instante| Sueños y girasoles

Sueños y girasoles

Por Anyela Botina

Hay un campo de girasoles en mis sueños y al otro lado esta esa música que nunca sabré que dice. Quizás algo con hormigas o cebollas, no sé, desde hace mucho no sueño como antes, cómo cuando te contaba sobre ese cru cru que abría el cielo. ¿Si te acuerdas?
Verás que en mi sueños yo puedo conducir, es agosto otra vez, las cometas vuelan sobre los girasoles y voy hacia donde está la música, no sé porque hacia allá, pero voy feliz.
Cuando abro los ojos intento recordar la letra, tararearla, pero es inútil. Me gusta como sueño ahora, aunque extraño cuando te soñaba y te veía clarito, pero hace mucho que no te sueño nada.

Compro un girasol en el mercado. Los días lluviosos me dan tristeza, unas ganas de llorar que no se de donde vienen. He descubierto una forma de combatirla a traves de la distracción. Anoto una palabra en una lista, una sola palabra que nombre eso que pesa, que hunde el día. Tras escribirla, elijo un camino que la tristeza no espera, un camino casi absurdo en su lógica. Si dice «abajo», yo respondo «lavandas», si dice vacío, yo digo «lavar ropa», si murmura «difícil», yo como naranjas, si me llama «cobarde», acaricio un perrito. La lista crece, pero cada día siento que, poco a poco, la tristeza se va cansando de seguirme el paso.

Anoto la palabra girasoles, la tinta azul del lapicero, las líneas del cuaderno y mi mano que me guía hasta ellos. Es como en el sueño, busco esa canción, la busco dentro de mí. Abro mi mano entre los girasoles, la extiendo buscando entre la niebla que envuelve la ciudad. Un cielo azul vive en mí, una despedida se guarda en mí, un beso habita en mí, pero no consigo encontrar de dónde vienen ni de dónde surgen los sueños ni cómo son. No logro encontrar el lugar a donde va el amor.

Aunque rendirme no se me da fácil, tomo un camino lejos de los girasoles de agosto, lejos de las cometas que vuelan sobre ellos. Corro hacia la orilla de un mar que no existe, un sueño apacible. Vuelvo a la tinta azul, a las líneas del cuaderno, a mi respiración lenta, muy lenta, a un lugar donde decir, tomar agua, escribir una carta, cocinar algo… Dios… y no duela.

Hay un poeta que dice que no hay por qué interrogar a la vida, la vida nada puede decirnos. No sé qué dice la canción; quizás nunca lo sepa. Tampoco sabré nunca por qué mis sueños son así, por qué ahora no son como antes, por qué no te he vuelto a ver en ellos. Sin embargo, los días pasan y me descubro feliz, como en el sueño. Así es la vida, después de todo: una no sabe para qué hace tantas cosas y, luego, al recordar toda la felicidad y tristeza vivida sabe que cada cosa ha valido la pena.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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Colaboraciones | En este pueblo ya no hay hombres


Por Viviana Padilla


El sol caía despacio sobre la espalda reseca de la montaña. Un rumor de botas y hojas secas rompía el silencio, como si alguien estuviera jugando a pisar los últimos suspiros de un bosque cansado. Martina, desde la cocina, escuchaba los pasos; sabía que no eran fantasmas, aunque los fantasmas también tenían botas y siempre llegaban cuando los gallos dejaban de cantar.

El pueblo no tenía nombre, o al menos eso decía el letrero en la entrada: “Bienvenidos”. Nada más, como si el que lo puso no quisiera comprometerse. Martina pensaba que eso era lo único sensato. Los nombres se los tragaba la guerra y los devolvía llenos de sangre.

Esa mañana los hombres llegaron como llegan las tormentas: de golpe, con un rugido que empuja las puertas y encharca las miradas. Uno llevaba un sombrero inclinado sobre la frente; otro fumaba un cigarro que le pintaba la boca de humo y mentiras. La niña, que no era más que un par de ojos grandes detrás de la falda de Martina, los miraba desde el rincón.

–Tranquila, mija, son los del monte –le susurró Martina con una voz que intentaba no quebrarse.

Pero la niña no entendía de montes ni de bandos; solo entendía que esos hombres llevaban algo roto en el alma, algo que olía a pólvora y a miedo.

–¿Dónde están los hombres? –preguntó el del sombrero, dejando caer la voz como una piedra en un pozo.

Martina alzó la cabeza. La niña sintió cómo el aire de la cocina se llenaba de espinas.

–No hay hombres aquí –respondió, dejando que su mentira se abrazara a la pared como una sombra temblorosa, mientras en la parte trasera dentro de los costales llenos de basura se escondían las esperanzas de sus dos hijos aun imberbes.

El cigarro chisporroteó en la boca del otro, y el humo dibujó un mapa que ninguno podía leer.

–Todos dicen lo mismo –dijo el del cigarro, dejando caer la colilla en el suelo. Luego aplastó el fuego con la bota, como si quisiera apagar algo más grande que una chispa.

La niña quería gritar. No sabía por qué, pero lo quería. Tal vez para espantar el silencio o para recordarle a su madre que ella seguía ahí, escondida detrás de la falda.

–Vamos a buscar. Y si encontramos algo… ya sabe –dijo el del sombrero, inclinándose hacia Martina con una sonrisa que no les llegaba a los ojos.

Se fueron después de recabar los escombros de mil esperanzas perdidas, y mientras se marchaban una voz a lo lejos exclamo:

¡En este pueblo ya no hay hombres! Dejaron las botas, el humo y el silencio dando vueltas en la cocina. Martina se dejó caer sobre la silla, y la niña salió del rincón como si la guerra hubiera terminado. Pero no.

Cuando llegaron los otros, los que no fumaban ni llevaban sombrero, solo armas y rabia, ya no había nadie en el pueblo. Martina y sus hijos se habían ido a la ciudad, donde los árboles callan y las historias se entierran bajo el concreto.

Pero esos altos edificios también tiene memoria. Y un día, cuando el sol vuelva a pintar la montaña de amarillo, alguien encontrará un letrero roto que diga “Bienvenidos”, y debajo, en letras casi borradas, un nombre que nunca debió dejar de existir; Libertad.


Puntuación: 1 de 5.

Sobre la autora

Viviana Padilla Márquez es abogada, filósofa y negociadora internacional, especialista en derecho penal y masteranda en Derechos Humanos y Posconflicto. Nacida en Barranquilla, Colombia en 1992, combina su sólida formación académica con una pasión por la escritura.Como escritora emergente, ha sido reconocida en diversos certámenes literarios, destacándose en los concursos distritales de Idartes en Bogotá (2020) y Nuevas Letras (2023) en su ciudad natal.

Colaboraciones | Conjuro para no sentir que murió mi cuerpo


Por Tania Cisneros


Debajo del árbol de la abuela susurro tres veces tu nombre para que vuelvas. 

Prendo el incienso que lleva tu nombre,
coloco tu foto junto al ropero,
mi peluche blanco,
un par de muñecas
lágrimas viejas para que juguemos con ellas.

Me fumo un cigarro,dos, tres,la cajetilla completa
para que el humo se transforme en te quiero debajo de las nubes.

Me recuesto a lado tuyo te sueño a lado de tus gemelos debajo del pórtico.
Ya no veo la ambulancia,
los gritos,
ni el silencio.

No te has ido de aquí tía, sigues aquí con nosotros en esta casa llena de gente,
de risas,
de domingos nuevos.

Caen por la tarde varios limones.
Es solo un sueño.

Por eso te nombro hoy por las mañanas,las nochesy también en mis días tristes de duelo.
Repito tu nombre un par de veces debajo de este árbol en tu cuarto,en la cama
en el patio.

Me fumo tus cigarros
saco tu ropa para no sentir que contigo se murió también mi cuerpo.

Puntuación: 1 de 5.

Sobre la autora

Tania Cisneros García (Puebla, 1987). Licenciada en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Es autora del poemario En otro tiempo (2019) de la editorial SPUMEX. Ha participado en las antologías poéticas Luz de Luna III de la editorial Diversidad Literaria (España, 2017), Viejas Brujas II y III de la editorial Aquelarre (México, 2017 y 2020) y en el libro cartonero Renuncio! de la editorial Ruta y Leyenda (Chile, 2018). Sus cuentos han aparecido en las revistas electrónicas Monolito, Blanco Móvil, Marabunta, Teresa Magazine, Revista Poetas de Plata y en la página de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

Colaboraciones | Castillo de Naípes


Por Rosario Gonzáles


Mirando por la ventana que me ofrece un panorama inigualable, me siento feliz en este atardecer primaveral. Preparé un postre delicioso, ya que en un rato llegará mi maridito después de 4 días de ausencia. Viaja tanto que ya no sé ni de dónde viene.

Tengo una vida tranquila y placentera; voy al gimnasio, toco piano, leo, suelo visitar a mi suegra y a mis tías viejecitas, de vez en cuando me reúno con amigas y también me gusta caminar.

—Cariñoooo —dice mientras entra por la puerta, me coge por la cintura y me da un apasionado beso.

¡Pero qué amoroso está hoy! Salimos al balcón a fumar un cigarrito antes de sentarnos a merendar con el postre que está listo. Una de las cosas que más disfrutamos en pareja es la hora del café porque conversamos, nos hacemos chistes y la pasamos bien. No tenemos hijos y tampoco hemos sentido la falta; cuando yo lo conocí, él ya tenía dos hijos de una relación anterior. A poco de casarnos nos dimos cuenta de que yo no podría procrear. Al principio, debo confesar, que me sentí desasosegada, pero luego lo asumí porque tampoco he soñado demasiado con ser madre y él parecía muy tranquilo con la situación. Así que nuestra vida matrimonial se centró en nuestra relación de pareja, que cada día parece más perfecta.

Está nervioso, me mira y dice:

—Te cuento que la mujer a la que he estado viendo últimamente está embarazada; te propongo criar a ese niño, nos alegraría la vida, ¿no crees? Después del nacimiento, ella se irá a hacer una maestría; lo arreglé todo para que le den una beca y se perderá por dos años. ¡Qué mejor que el bebé se quede con su padre!

¡Qué pasó! No entiendo nada, o sea que tiene una amante y yo recién me estoy enterando, encima va a tener un hijo. ¡Pero cuánta información en un solo instante! Mi castillo de naipes por los aires. Estoy tan ofuscada que no sé si tomarlo en serio o en broma.

Lo miro sorprendida y él sonríe cínicamente. Corro a mi cuarto y estallo en llanto.

Imágenes de mi boda vienen a mi memoria. Mientras me probaba el vestido, mi madre, siempre amorosa, me dijo que no me case. Y cuando mi padre me llevaba al altar, me agarró la mano con ternura y me expresó su consternación. ¡Qué intuición!

Igual me casé.

Un día cualquiera mi marido, me trajo un perfume, fino y de buena fragancia, pero no era de mis preferidos. Me pidió que me lo pusiera y cuando esa noche estuvimos en la intimidad, él fue otro, o tal vez estaría pensando en otra. Hasta ahora no me di cuenta. Acabo de atar cabos.

En otra ocasión me compró un bikini bien provocativo; ese día estábamos de viaje alojados en un bonito hotel con jacuzzi. Me dijo que usara el bikini; me sentía mujer de cabaret, aun así, accedí a su pedido. Ahora que recuerdo, me quedó la misma sensación que con el perfume. Él fue otro o pensaba en otra. Después de un largo rato entra a la habitación; está pensativo. Soy yo quien comienza la conversación.

—¿Desde cuándo ves a esa mujer? ¿Y cómo es que no me he dado cuenta? Mejor no me cuentes; no quiero saber. Y seguro has estado también con otras mujeres.

Ya ni sé lo que quiero, saberlo todo o nada; mejor nada, así no me falta al respeto porque seguro se explayará en detalles. ¡Es tan egocéntrico!

—He tenido algunas canitas al aire, tú sabes, son necesidades masculinas y no te puedes quejar; en estos 15 años de matrimonio nunca te ha faltado nada y hemos tenido una vida íntima intensa y plena.

—¿Y a ti qué te faltó? He respondido a cabalidad con mi papel de buena mujer en casa. Esposa farol luciendo joyas y prendas caras en tus reuniones de empresarios. He sido compañera, amante e incluso tu puta cuando así lo requerían tus fantasías. No me puedes reclamar nada. Pero tenías que buscar fuera, qué decepción.

—La naturaleza del hombre es así, necesita variedad y ser siempre el conquistador.

Pienso que este tipo es un asqueroso machista. Lo que no tiene de borracho lo tiene de controlador y ahora me entero que de mujeriego también.

—Esta noche no compartiré la cama contigo, me voy al cuarto de invitados. Necesito estar sola.

A la mañana siguiente, ya muy segura de lo que quiero, le digo:

—Que sepas que no seré parte de tu maldito complot; alejar a ese niño de su madre es lo más repugnante que he escuchado. No seré cómplice. Me voy.

—Si sales por esa puerta, no vuelvas —escucho antes de dar el portazo.

Puntuación: 1 de 5.

Sobre la autora

Laura Rosario Gonzales Salguero, Cochabamba- Bolivia.

Durante 15 años, viajera incansable, solo la pandemia pudo detenerla. A sus 62 años, cuando dejó formalmente el trabajo, decidió escribir acerca de experiencias y emociones. Es una mujer diligente, cálida, a veces irónica, pero sobre todo práctica, que no le teme al cambio. Va por la vida ligera de equipaje, leyendo y observando.Su formación técnica en sistemas le llevó a desempeñar diferentes puestos de trabajo, siempre relacionados con los números y las ciencias exactas. Hoy, con 65 bien cumplidos, dedica el tiempo a su vocación por las letras participando continuamente en diferentes talleres de lectura y escritura. Sus historias, como sus viajes, siguen buscando momentos intensos que contar.Tiene publicaciones con diferentes editoriales como Palabra Herida, Huellas de Tinta, Komala y otras, lo que la motiva a seguir contando historias.