El timbre de la verdad

«Tal vez escribo historias con las que la gente se identifica,

tal vez sea por la complejidad y las vidas que presento.

Espero que movilicen a la gente.

Cuando me gusta un relato es porque tiene un efecto»

Alice Munro (1)

El silencio es un monstruo omnipresente, igual que la culpa y la vergüenza, aliados del poder contra el más débil. Se instala como una neblina, casi imperceptible, pero que todo lo impregna y todo lo corrompe; capaz de destruir las relaciones más profundas, la indispensable confianza y la autoestima.

La sociedad siempre pregunta por qué no se señala a los abusadores, por qué no se acusa cuando se ha vulnerado lo más íntimo, por qué se permite… La respuesta es diferente en cada caso y harto compleja. Es que el monstruo se yergue delante, con la amenaza de entrar por todos los poros hasta la asfixia. Callar es vivir, aunque la vida sea solo un cuenco de humo.

A Andrea Robin Skinner, la hija menor de la escritora Canadiense Alice Munro (ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013), el monstruo del silencio se lo impusieron sus padres, cuando les confesó que había sido abusada por Gerald Fremlin, su padrastro, en el verano de 1976.  Una noche, cuando Munro no estaba, Fremlin se metió en su cama y la abusó sexualmente. Entonces ella tenía 9 años y él más de 50. El delito se repitió por varios años.

Pasó en un país «desarrollado» como lo es Canadá. Pasó en el hogar de una mujer que había quedado divorciada con tres hijas y quien fuera reconocida por su sensibilidad para retratar en sus historias los problemas feministas en una sociedad pautada por la discriminación. Pasó en la vida de una escritora capaz de explorar en sus cuentos los secretos más profundos y los demonios más provocadores. Pasó en el círculo familiar de una persona con voz en todo el mundo, inteligente y admirada. Pasó como pasa siempre: a una niña desvalida y a merced del más fuerte.

Su padre fue el primero en enterarse y no quiso encarar a su esposa. Fue hasta 1992 cuando Andrea pudo revelarlo. Munro reaccionó «como si se hubiera enterado de una infidelidad». Fremlin lo aceptó, escribió algunas cartas a la familia en las que reconoció el abuso, pero culpó a Andrea y amenazó con hacerlo público. Alice ignoró los sentimientos de su hija y se quedó al lado de su esposo hasta la muerte de él.

Andrea recuerda las palabras de su madre para justificarse: «…Nuestra cultura misógina sería la culpable si rechazara mis propias necesidades, si me sacrificara por los hijos y compensara por los defectos de los hombres». Como consecuencia, se alejó de la familia y no permitió que Munro se acercara a sus nietos.

Después de leer un artículo en el que su madre hablaba elogiosamente de su matrimonio, decidió que no podía mantenerlo más en secreto. En 2005, por fin denunció el abuso a la policía de Ontario, presentando las cartas que Fremlin había escrito. La policía lo declaró culpable y él lo aceptó, pero el silencio continuó, debido a la fama de su madre. ¿Por vergüenza, por no perder la admiración de sus lectores, por no generar un escándalo, por no develar la contradicción de sus palabras…? Este episodio en la vida de Munro no se menciona en su biografía. Jamás sabremos cómo se lo explicó.

La adulta Andrea le hizo frente al monstruo, publicando un artículo en el diario canadiense The Toronto Star este 7 de julio (2) lo que causó un gran revuelo en el mundo literario. Escribe: «Nunca quise volver a ver otra entrevista, biografía o evento que no lidiara con la realidad de lo que me sucedió, y con el hecho que mi madre, una vez enfrentada a la verdad, decidió quedarse con, y proteger a, mi abusador». La pregunta a quienes admiramos a Munro como escritora, a quienes hemos leído sus historias, nos han conmovido y nos han ceñido: ¿Se puede juzgar por su vida íntima, sobre poniéndola a su obra? Sin duda es encubridora, quizás cómplice. Quizás nos decepcione. Quizás no supo separar la realidad de su fantasía. Quizá ella misma fue una víctima y gracias a sus letras logró hacer frente a su propio monstruo. Ya no lo sabremos, ambos han muerto.

Algunos lectores expresaron que será difícil volver a leer a Munro. Otros señalan que esa trágica realidad es consistente con el mundo que Munro evocaba en sus cuentos. La también escritora Joyce Carol Oates, escribió en X: «Si has leído la ficción de Munro a lo largo de los años, verás cuántas veces los hombres son valorizados, perdonados, alcahueteados: parece haber un sentido de resignación». ¿Tendremos qué resignarnos en pleno Siglo XXI?

Joyce Maynard escribió en su cuenta de Facebook que las palabras de Andrea tienen el «timbre de la verdad», pero que no por ello dejará de admirar y estudiar la obra de Alice Munro. Un timbre, ciertamente, con su estruendo, con su molesta naturaleza, sería el arma ideal contra el índice sobre los labios.

Y recordamos entonces las atrocidades cometidas por otros tantos genios y personas de ciencia, de quienes tenemos que escindir sus actos y sus obras para poder quedarnos con la conciencia tranquila. Pero mientras así sea, el monstruo del silencio seguirá haciendo de las suyas, y protegiendo a quienes se vuelven depredadores de su misma especie.



[1]   Fuente: Entrevista a Alice Munro. Fuente: Entrevista a Alice Munro http://funcionlenguaje.com/index.php/observatorios/actualidad-literaria/834-entrevista-a-alice-munro

(2) Fuente: Andrea Robin SkinnerSpecial to the Star. https://www.thestar.com/opinion/contributors/my-stepfather-sexually-abused-me-when-i-was-a-child-my-mother-alice-munro-chose/article_8415ba7c-3ae0-11ef-83f5-2369a808ea37.html

Imagen:

Odilon Redon
O silêncio, 1911, óleo sobre cartão, 54,6 x 54 cm. The Museum of Modern Art, New York – Estados Unidos: www.moma.org


 

Piezas de un alma simple

Escrito por: Alondra Grande

Palabras


Las busco entre los pensamientos ocultos
Las busco entre la luna y las estrellas
Las busco en el viento que me habla
Aunque mis oídos no le entiendan.

Escribir es inhalar con fuerza,
Existir entre las letras para seguir viviendo
Si me hacen tan feliz, ¿por qué no las encuentro?
Pareciera que se esconden de mí.

Escapan como si buscaran la muerte,
Como si encontraran la vida
Como si temieran ser vistas.
Son flores expuestas bajo el sol de julio
Marchitas, quemadas, decorando la nada.

Las busco
Y busco
Y no las encuentro.

Hasta que, de pronto, regresan
Arremolinadas
Como un huracán de pensamientos
De sentimientos ocultos
De sinsentido que sólo yo entiendo.

Hay un verbo escondido entre acciones sin sujetos
Hay un conector que se le escapa a estos dedos
Una letra de más
Una idea de menos
Un borrador borroso
Y quizá, a escondidas,
Escribo porque me quiero.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 24 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
 

Doritos y Coca | Ansiedades veraniegas

El cielo estaba estrellado. Recordé a mi madre diciendo
que el gran apagón generó un colapso mundial, peor que un
terremoto o la erupción de un volcán. Pero lo único positivo,
decía mamá, es que en las ciudades volvimos a ver las estrellas.

Agustina Bazterrica

Por Silvia Santaolalla


Han pasado casi diez meses desde el inicio del genocidio al pueblo palestino. Solo hace una semana Israel masacró a más de 23 personas en un ataque a una escuela de la ONU en Nuseirat. Hace tres días Biden renunciaba a su candidatura mientras una mezquita en Gaza era bombardeada. El 13 de julio mientras el nombre de Trump era tendencia en redes, refugiados palestinos eran bombardeados en Al Mawasi.

Microsoft sufrió un fallo informático que dejó afectaciones en servicios de todo el mundo. Transporte público, vuelos internacionales, bancos globales, hospitales colapsados debido a una actualización de software. Mark Zuckenberg no solo elogió a Trump en una entrevista reciente, sino que Meta introdujo su nuevo asistente impulsado por inteligencia artificial. «Asistencia inteligente que puedes usar gratis».

México está dentro de los 10 países con mayores problemas de deforestación. Hace 14 años que los manglares son una especie amenazada en el país que ahora vende sus playas a las inmobiliarias y hoteleras de lujo. México es de los países más violentos si eres defensor del medio ambiente, si eres una persona trans, si eres periodista, si eres una madre buscadora de justicia, si eres una niña, si eres migrante, si eres prietx.

Escribo desde ahí. Desde la comodidad de no estar en medio de un genocidio, pero ante la violencia normalizada que se esquiva diario nada más salir a la calle. Desde la tranquilidad de que hoy y mañana y el día siguiente voy a comer, pero ante la incertidumbre de si el trabajo no estable, sin contrato y sin prestaciones me sostendrá lo suficiente para ser vieja. Desde la paz que da tener un techo sobre la cabeza, aunque el techo no sea mío y con la certeza de que nunca tendré uno.

Hace poco me encontré con un texto de Ham: «Y llorar te es fácil porque los que quieres mueren. Y llorar te es difícil porque ya te has acostumbrado». Y recordé que hace dos años simplemente me quería morir. Porque para mí todo lo horrible que hay en el mundo superaba con agobio a cualquier cosa que pudiera darme paz. Porque la depresión y la ansiedad son dos demonios que fácilmente te devoran el cerebro. Porque sabemos que vivimos sobre un mundo que en cualquier momento va a colapsar. Pero sobre todo porque la gente se muere tanto, tan pronto, tan sin razón.

Ahora es verano, las lluvias van y vienen sobre un calor húmedo e insoportable. Los moscos se multiplican. La muerte sigue ahí. Pero hoy puedo ser la flor que crece en el asfalto. Hace dos años me pedía a mí misma a gritos partir la tierra en dos, echar raíces, respirar. Hoy puedo decir que la vida también sigue aquí, viví para ver más bebés, para amar más, para soñar con Hector y el mar, para perseguir cosas que jamás pensé ver. Ahora es verano y te puedo decir que aunque todas las estaciones son crueles y el mundo parece a un paso de desaparecer, la muerte siempre le abre paso a la vida. Hoy puedo pensar que las atrocidades de este mundo las vamos a arreglar poco a poco si vivimos lo suficiente para seguir luchando por los demás. Si aprendemos que callar siempre será peor que morir.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

La calma por Jeanne Karen en La máquina verde

Cuando paso tiempo en algún sitio rodeada de algarabía, a veces necesito unos momentos a solas, quizás unos minutos o unas horas, depende del tipo de estímulos que haya recibido.

Mi cuerpo es como un lago con aguas poco profundas, que comienza a cargarse con los ríos de sensaciones y de emociones que se agolpan en mi pecho. Algo me sacude, algo parecido a una corriente y al ruido, luego necesito ir a ese otro estado que es el silencio, la profundidad de la noche, lo oscuro, los ojos cerrados.

Me desprendo poco a poco del cúmulo de vida, se deshace el iceberg de los días, de las voces, los abrazos.

Vuelvo a ese tiempo sin tiempo, al estado tranquilo de la rutina. Sé que también pesa tener marcado en el calendario cada movimiento, dedicarle nuestra atención a los detalles, a las actividades, pero para mí es reconfortante, más cuando lo nuevo ha sido intenso, algo parecido a un libro escrito en un idioma casi indescifrable que tomará demasiado esfuerzo en ser leído, un libro de letra chiquita con mil páginas.

Cuando estoy a solas escribo, trato de recordar lo que he visto, lo que he sentido y puedo por fin aplacar a mi corazón agitado. 

Calma, ¡qué palabra tan ligera!, solamente con verla, con escucharla nos envuelve. Comienza a llenar de aire una habitación, de claridad la vida en sí. Encuentro el efecto que me da una palabra y luego busco su origen.

Viene de la palabra griega cauma quesignifica: intenso calor de verano o del sol, se dice que no hay vientos ni olas en el mar, por eso el ambiente de serenidad, tranquilidad, calma, de acuerdo al Diccionario de Etimologías de Chile, que aparece en la Web.

No sé si a ustedes les sucede desde siempre, desde que tienen memoria, pero a mí sí, cuando los días son más calurosos comienzo a sentir una extraña quietud en el cielo, las nubes suelen desaparecer, alejarse, ir a formarse a otras tierras. La bóveda celeste se convierte en una pizarra sin una sola línea, sin un dibujo, es en esos días cuando más he percibido esa calma de la que hablamos, sin embargo debo decir, que desconocía la definición etimológica que ahora compartí con ustedes y por eso mi asombro, porque solamente me dejaba guiar por la intuición.

Me gusta que podamos usar nuestra capacidad de observación y de discernimiento, tratar de comprender los fenómenos que nos rodean, poner atención a los cambios y a los detalles.

A veces hay una fascinación por las cosas, otras veces se rebalsan los vasos, pero siempre se puede volver al estado de cielo despejado, estar en calma, sin ventarrones, sin sobresaltos, solo estar. La calma viene a aliviar el desorden, el caos de la vida moderna, la calma viene siempre después de las aguas embravecidas, de los días extraordinarios.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Cumpleaños


Por Zaira Moreno

Me interno en mi caparazón cuando las voces externas sofocan.

Una eternidad con el deseo de ser vista.

Y ahora que me veo, puedo respirar.

Frente a mi reflejo cubierto de bruma, las cicatrices laten, como si cada una tuviera recuerdos.

Los granos rosáceos se aferran a la piel quemada por el sol, los dedos largos alcanzan la punta del espejo para dar consuelo.

¿Por qué no me vi antes?

Entre calles y páginas | Conectar para alejarnos: un relato de la era digital

Por Ángeles Serna

Conversation is on the path toward the experience of intimacy, community, and communion. Reclaiming conversation is a step toward reclaiming our most fundamental human values.

– Sherry Turkle.  

Cada año me obsesiono con un cuento, novela, película, canción, obra de teatro, etc., que no dejo de recomendar. Este año es Medianeras (2011) un largometraje argentino de Gustavo Taretto, que plantea la idea de que la hiperconectividad nos separa y la convivencia entre seres humanos cada vez se degrada más. La historia que nos muestra Taretto es sobre Mariana una arquitecta que trabaja en arreglar los maniquíes de las tiendas y Martín creador de sitios web. Ambos viven en la misma cuadra y se han cruzado en varios lugares, pero no coinciden hasta que se conocen por medio de un chat.

El guion –escrito también por Taretto– maneja un tono de monólogo interno de ambos personajes, en donde expone la visión de temas como la construcción de los edificios en Buenos Aires, las consecuencias de una sociedad triste y aislada unos de otros (que recae en la salud mental) y las maneras de llevar –o no– la soledad. A lo largo de la película, aparecen comentarios y reflexiones de los personajes que me dejaron pensando un poco sobre la realidad en la que vivo, mi aislamiento desde la pandemia y la transformación de la convivencia y sus códigos en estos últimos años. 

Justo al inicio del largometraje, Martín menciona: “Desde hace años tengo la sensación que me senté frente la computadora y ya nunca me levanté”, después enlista todas las actividades que hace en la comodidad de su escritorio y, prácticamente, es una vida; desde surtir el mandado hasta tener relaciones sexuales. Por otro lado, está Mariana, quien terminó una relación de años para volver a estar sola, esta situación la compara con un juego de mesa. Ella dice: “es como retroceder cinco lugares”. 

Ambos intentan reconstruir sus vidas y salen con otras personas. Martín conoce a una psicóloga –en un chat de citas– y dice que todo cambia del perfil a la vida real. Esto me recordó a un curso que tomé hace unos meses. Una de las lecciones trataba sobre el uso de historias en Instagram y daba el ejemplo de un perfil que tiene el objetivo de contar relatos, tipo novelas medievales, como si estuvieran siendo grabadas en el momento, pero desde el enfoque de la típica historia en Instagram. 

Las dos situaciones las relaciono porque se utiliza la ficción como parte del contenido que se está posteando en redes. En otras palabras, sólo se muestra una parte de la realidad total o alterada del usuario. También me dejó pensando en ciertas frases como “tu perfil es tu nueva carta de presentación”, en parte es cierto, se puede tomar desde distintos enfoques y objetivos, en especial los profesionales –y también depende mucho el área en el que se utilice–, pero darle importancia para conocer o convivir con una persona, eso me parece preocupante e, incluso, lo pondría como parte de las prácticas de una sociedad de consumo. 

Jean Baudrillard expone en su libro La sociedad de consumo (1970) el desaparecimiento de lo real, en donde estudia que lo real desaparece debido al incremento de representaciones –él los nombra como simulacros–. Las situaciones o acciones reales desaparecen, pero sólo queda la representación, que en estos casos a los que nos estamos refiriendo; queda el perfil como primera imagen de una persona, lo cual también considero que bajo estas prácticas se degrada el valor humano, ya que no ven a las personas, sino a los usuarios. 

Luego está Mariana, quien expone el caso de acostumbrarse a la soledad después de estar años con una pareja. Hay una escena donde ella explica que, de un momento a otro, vio a su novio como a un extraño y sintió miedo. ¿Cómo sabemos cuándo empezamos a conocer a una persona y cuándo terminamos? Es más, ¿terminamos de conocer a las personas? No lo sé. Sólo sé que si en una convivencia diaria, compartiendo intimidad –lo que sea que esto signifique–, charlas, trastes sucios, entre otras situaciones, es complicado conocer a alguien, ahora más detrás de esos simulacros que creamos. 

Además, Mariana muestra el libro ¿Dónde está Wally?, una especie de libro ilustrado-interactivo, en donde el lector tiene que encontrar a Wally en diferentes espacios. Ella lo encuentra en casi todos, menos en la ciudad. Después, menciona esta frase, que –al igual que las otras– me dejó pensando: “Si aun cuando sé a quién estoy buscando, no lo puedo encontrar, ¿cómo voy a encontrar al que estoy buscando si ni siquiera sé cómo es?”. 

El trabajo fílmico realizado por Taretto, me parece una manera interesante de dialogar y al mismo tiempo proponer una crítica a esta época en donde la mayoría de las personas nos encontramos conectadas y actualizadas, pero en realidad estamos ajenas a lo real. La convivencia y la comunicación son capacidades humanas que, desde mi experiencia, algunas personas hemos perdido. 

Recuerdo que cuando regresé a clases presenciales en la universidad –después de la pandemia– me costaba mucho trabajo participar en clase, porque me había acostumbrado a expresar mis ideas por el chat de la sesión en Teams o Zoom. Incluso, al momento de querer dar mi opinión en clase era complicado regular mi tono y volumen de voz, un poco hilar ideas y llegar al objetivo de mi participación. 

Esto también detonó que mis relaciones fueran a través de un chat, llamadas o videollamadas, en parte porque mis amistades y yo no vivimos en la misma ciudad, pero al mismo tiempo me resultaba más fácil frecuentar a las personas que están más lejos, que preferir reunirme con amigas y amigos que viven en la misma ciudad que yo. Es curioso como mis canales de comunicación cambiaron; preferir una llamada a ir a tomar un café o preferir los mensajes por chat en lugar de salir a caminar. 

No culparé a la poca capacidad de convivencia que tenemos algunas personas, sino a la manera cómo se está construyendo la vida. A pesar de que cada uno es “libre” de formar el estilo de vida que quiera, considero que afecta mucho la forma en cómo son construidas las ciudades y estas nuevas prácticas de convivencia, donde desde el primer mensaje quieren tener una respuesta sobre si la relación –amistosa, amorosa o lo que sea– va funcionar para “ahorrar tiempo”. En lugar de buscar el tiempo para en realidad conversar, convivir y crear interacciones reales, fuera de los simulacros que creamos en redes sociales. 

Para cerrar, quiero destacar que con este texto no busco dar un análisis cinematográfico de Medianeras. Sólo busco compartir –y recomendar– este largometraje. Tal vez reconocer que las prácticas más básicas de convivencia han cambiado y esto puede ser una forma de adaptación y, por ende, de supervivencia ante el aislamiento de tener vidas “siempre ocupadas”. 

También algo que encuentro muy interesante en la película de Taretto es que varias situaciones que desarrollan ambas historias (la de Martín y Mariana) se sitúan en una ciudad muy alejada de la mía, pero hay varias similitudes que se comparten como la falta de espacios para la convivencia física, el auge de la construcción de departamentos y esta cultura del inquilino que se forma.

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Stefanya Serna Moreno (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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La primera vez que me enamoré


Por Vasthy Santoyo

Podemos culpar a las hormonas que cíclicamente juguetean con las emociones femeninas pero lo cierto es que, en los últimos cinco años, cada vez que he llorado hay una mezcla de lágrimas del hoy y añejas, éstas últimas son caprichosas y tercas en busca de la libertad. 

Hace días mi hija participó en un concurso de oratoria y sucedió: lloré con la fuerza con la que un agricultor espera la lluvia para su siembra, lloré de orgullo por ver a mi hija teniendo logros y también lloré por saberme madre, mujer, hija, hermana, amante, amiga.

Pocas veces entro en calma para verme a mí en la vida, pocas veces me reconozco en la querencia del otro, en las vidas ajenas.

De fondo, la voz de mi hija hablando de “Los jóvenes como futuro de México”, y dentro mío, el saberme con la suerte de ser su mamá, empujaba aquellas lágrimas añejas para sentir cómo se aligeraba mi ser. 

Aún sigo creyendo que las hormonas juegan con las emociones, me gusta detenerme, entrar en esa calma que me lleva a drenar con lágrimas instantes del ayer y de hoy. Incluso me gusta que, de pronto, venga la clara imagen de aquella maldita-bendita última vez que me enamoré. 

Para variar

Para variar, en domingo sus ojos querían permanecer cerrados con los candados que él se había tragado al atreverse a mirarle. 

Para variar, se había enterado que era de una especie rara, probablemente extinta, que solo vivía en una espiral de suelos roídos y ajenos. 

Para variar, había tenido conversaciones interminables con tallos de flores marchitas a las que, con ternura y sin vergüenza, les pedía sonrieran cuando les lloraba encima. 

Para variar, acarició su cicatriz pavimentada de lodo sintiendo que, debajo, su corazón estaba lleno de inmaculada intimidad. 

Sin abrir los ojos el diablo le leyó el alma, tan inaprensible como todas las vulgaridades del mundo. 

Su guerra había terminado, por segunda vez, aquel domingo…para variar. 

Vasthy Santoyo (San Luis Potosí, 1982)

Psicóloga de profesión. Escritora. Logrando la integración de su primer libro de cuentos Los perros no tienen piedad (2019) por la editorial Vocho Amarillo. La revista digital Desierto publicó su cuento “La suerte es la muerte con una letra cambiada” para su primera edición en 2019. Forma parte del libro 28 voces en el desierto (2023).

El ojo de Lya | La rebeldía de la escritura en Tequisistlán

Mis agradecimientos a Francisco García Reyes, regidor de Hacienda, al escritor Eduardo Ismael Salud y a la maestra Adriana Filio, por permitirme colaborar en Magdalena Tequisitlán.

A inicios del mes de julio, fui invitada por parte de mi amigo y colega Eduardo, a Magdalena Tequisitlán, comunidad del Istmo de Tehuantepec de mi natal Oaxaca, como parte del programa cultural de la fiesta patronal. Arribé cerca del mediodía, me recibió el calor húmedo y el verde que resplandecía en los cerros que bordean el pueblo. De inmediato me trasladé al CBTA Nº 92, Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario, para iniciar con las actividades.

El primer día fue una charla sobre MI proceso de aprendizaje y creación, algo que he realizado a menudo. Sin embargo, mis espectadores eran una veintena de adolescentes entre dieciséis y dieciocho años que me miraban con cierta incertidumbre y poco interés, como si frente a ellos se desarrollara un proceso de fusión nuclear, que saben que tendrá poca relevancia en sus vidas personales y estudiantiles. Les explicamos los conceptos de “Síndrome del impostor”, la diferencia entre “Terror de fantasía y terror real”.  A pesar de que hubo ronda de preguntas, sentí que el tema “Mi proceso creativo en la literatura” seguía siendo lejano para ellos.

Después se hizo una lectura en voz alta de mi cuento “Bono de puntualidad” de mi antología “Dualidad de caos”. Para hacerla más dinámica, Eduardo propuso que todos leyeran un fragmento del texto estando de pie sobre una silla. Algunas de mis palabras escritas atropellaron el ritmo de su lectura. Una alumna se cohibió cuando llegó a la parte donde un personaje dice: “Ch1nga tu madre”. El que concluyó la lectura del cuento en voz fuerte y expresiva fue Eduardo. Mas tarde, nos informaron que ese grupo de estudiantes estaban en regularización y que, por asistir al programa cultural, obtendrían puntos para su calificación. Lo que me hizo caer en cuenta de que tendríamos que redoblar esfuerzos si queríamos captar su atención.

El segundo día inició con una charla sobre perspectiva de género impartido por la maestra Adriana. El tema sí fue de su interés, pero pudimos atestiguar cómo el machismo y muchos estereotipos están latentes en las ideologías de los jóvenes. La siguiente actividad eran tres talleres: violencia en las relaciones, poesía y narrativa que impartiría yo. Por la cual dividimos al grupo, así quedé con ocho alumnos y una única alumna. Un nuevo reto, ya que mis anteriores talleres los he impartido solamente a mujeres.

Inicié con una dinámica de movimiento: estirar brazos, inhalaran profundamente para oxigenar el cerebro. Después la tediosa teoría de porqué es importante el arte como expresión humana, géneros literarios, estructura de narración, etcétera. Recalqué que la literatura es un espacio libre y pueden escribir como deseen, con groserías, con amor u odio, así como crear los escenarios que su mente imagine. Observé algunos bostezos disimulados y otros que no tenían intención en ser discretos con el aburrimiento que mi clase les provocó. Un par de jóvenes sí mantenían la atención a las diapositivas y a mis explicaciones y otros respondían con ahínco a mis preguntas:

«¿Alguien de aquí ha estado o presenciado una obra de teatro?». «Sí, yo una vez», respondió uno. «¿Qué obra?», pregunté. «En el kínder. No me acuerdo del nombre, pero yo era un árbol».

Todos reímos, el humor y la energía de este alumno, al que nombraremos Julián, refrescó el ánimo en el salón. A mitad de la clase, la alumna pidió permiso para hacer una colecta e ir por la Coca, accedí, los ventiladores de techo ya no hacían batalla al calor de la una de la tarde. Cuando el taller ya llevaba poco más de sesenta minutos lo di por terminado, mis alumnos y alumna salieron emocionados, pero de inmediato fueron devueltos a sus butacas, ya que los otros dos talleres aún no habían finalizado.

Entonces para combatir su aburrimiento y sus deseos de querer salir de la escuela, les pedí que sacaran una hoja en blanco y un bolígrafo o lápiz. “Vamos a escribir entre todos un cuento”, sentencié. En cuanto estas palabras salieron de mi boca, mi conciencia me dijo que no tenía ninguna idea breve y novedosa como semilla de un arco narrativo. Observé los rostros expectantes y me topé con Julián. “Haremos un cuento sobre cómo su compañero fue elegido para interpretar un árbol en la obra del kínder”. Todos rieron y empezamos un proceso de creación en colectividad:

“Esa mañana Julián despertó con la frente llena de sudor. Su cuerpo estaba acalorado, incómodo e insoportable, entonces se dio cuenta de que Juanito, su hermano mayor, cerró la ventana de su cuarto, con el fin de molestarlo. Julián no tenía ganas de levantarse, pero en eso su mamá llegó a la puerta y con cable en mano lo amenazó: «más te vale apurarte a vestirte, sino te voy a dar un par de madraz0s en las na1gas»…”

La mayoría de alumnos, con papel y pluma en la butaca, se mantenían expectantes, algunos aportaban frases para ahondar en el drama al texto. Yo les reafirmé que tenían libertad para escribir las expresiones que ellos quisieran.

“…Por la apuración de vestirse y la amenaza de su madre, Julián terminó poniéndose un zapato en un pie y un tenis en el otro, pero no se dio cuenta hasta que llegó al salón de clases. La maestra lo regañó por llegar tarde y lo mandó a sentarse. Luego les dijo que ese día seleccionarían los personajes para interpretar la obra de teatro de la Bella durmiente o Blancanieves. Julián sonrió emocionado ya que él quería ser el príncipe azul, pero no contaba con que su compañero Charlie se empezaría a burlar de él, porque llevaba un tenis y un zapato…”

A esta altura del cuento, algunos estudiantes escribían con rapidez, otros reían y hacían mofa sobre la historia y otros decían haberse quedando en la frase inicial, pero la mayoría se mantenían atentos a la escritura colectiva.

“Julián se defendió de Charlie, pero la maestra lo vio y en lugar de regañar a Charlie por burlón, terminó reprendiendo a Julián: «si continúas portándote mal ya no tendrás oportunidad de que seas el príncipe azul». Por lo que Julián permaneció quieto, como niño bien portado. Sin embargo, Charlie no se rindió y siguió molestando: «¡Qué bruto/pendej0/menso eres!, no te sabes vestir. Te pusiste un tenis y un zapato». Julián ya no aguantó, se volteó y le dio un zape en la cabeza con todas sus fuerzas. Charlie empezó a llorar muy fuerte, luego corrió a acusarlo con la maestra. Ella se levantó muy enojada y le dijo a Julián: «te dije que te comportaras. Ya no vas a ser el príncipe azul en la obra, ahora vas a ser un árbol». FIN”

La energía del grupo seguía activa. De hecho, los alumnos habían incrementado, ya que cuando el taller de poesía terminó enviaron a los asistentes a mi salón. Yo les dije que podían nombrar el cuento como desearan, les propuse: “El peor día en la vida de Julián” o “El día que Julián se convirtió en un árbol”.

Una alumna acusó a su compañero de junto, ya que él solo escribió un párrafo de tres líneas: el conflicto en que el protagonista despertó sudoroso porque el hermano cerró la ventana. El autor, luego de estas líneas escribió en mayúsculas: FIN. Les dije que era un muy buen trabajo a pesar de la brevedad, eso podría considerarse un microcuento. Aproveché para explicarles que la narrativa no exige extensión mínima o máxima y lo ejemplifiqué contándoles “El dinosaurio” de Monterroso.

Cuando caí en cuenta, afuera del salón estaban algunos docentes para clausurar el programa cultural y darnos nuestras constancias de colaboración. Lo emocionante fue que cuando el coordinador leyó mi nombre, el de la maestra Adriana y del escritor Eduardo, las y los jóvenes gritaban y aplaudían con una alegría que indudablemente me estremeció. Mi último mensaje fue de agradecimiento, por la escucha a nuestras palabras y el consejo de que lean, busquen y escriban sus propias historias.

En los seis años que llevo en este camino literario, es la primera vez que una experiencia me saca de mi zona de confort y me desafía a buscar la manera para despertar en lo bachilleres de una comunidad en Oaxaca interés y emoción por las letras. Me sentí orgullosa de haber dejado huella en su aprendizaje, quizá no a todes, pero escucharlos y verlos fascinados por escribir un cuento ha sido de las mejores experiencias. En estos años de ser escritora independiente he caído en cuenta de que el oficio va mucho más allá de la intelectualidad de sentarme frente a mi MacBook y dejar que las letras fluyan en la hoja en blanco. También hay que ser vendedora de libros, desarrollar estrategias de marketing, diseñadora gráfica, community manager, tallerista, añado hoy: pedagoga, más lo que la vida artística nos vaya instruyendo.

De regreso a la ciudad de Oaxaca, recordé la energía irreverente y desafiante de las y los alumnos. Sé que mi generación a esa edad no era tan explosiva, pero al final pensé que me hubiera gustado disfrutar un poco más de esa rebeldía y no andar tan metida en los libros, quizá hoy tendría experiencias más nutridas para escribir.

Letras que ab (sorben/sortan) | Desbloqueo monstruoso

Maleni Cervantes

Dicen por ahí que hay días buenos y malos. Más, la verdad es que hay mucha certeza en dicha afirmación. O al menos, es lo que pienso, ya que desde mi experiencia me ha tocado experimentar días interminables en los que no paso de ser espectadora de todo lo que sucede en mi alrededor. Sin poder decir mínimo una barbaridad, sin poder escribir ni una oración simple.

Últimamente he sufrido de bloqueos creativos, en los que no puedo definir la impotencia que siento al anhelar escribir algo cuando realmente termino por mirar el ordenador durante horas sin que salga palabra alguna que valga la pena.

Aunado a eso, como si de una racha de mala suerte se tratara, mi incompetencia para escribir se une a mi imposibilidad de leer, de poder concentrarme para sobrevivir a más de una página al día de un libro que haya llamado mi atención.

No es que quiera justificarme, queridos lectores. Pero sí, he de confesar que mi ausencia en la escritura de las columnas se debe a esta racha en la que me carcome el deseo de saber de qué les hablaré en determinado día.

No obstante, así como hay rachas malas, hay otras tan intensas como la necesidad de respirar, dormir, comer… Lo que me conduce a hablarles acerca de un libro que logró cautivarme al grado de ayudarme a recuperar mis ganas de leer y reseñar una lectura amena para ustedes.

Aunque, antes de hablar de dicho libro, me gustaría que sepan que el encuentro con esta lectura fue tan asombroso e inesperado que ni siquiera yo creí que fuera a pasar algo así.

Imaginen que un día fui a vagar por la línea tres del tren ligero de Guadalajara y de repente me encontré a un joven que vendía sus libros afuera de una estación.

A este chico ya lo había escuchado nombrar por otros compañeros de la licenciatura de letras, mas nunca había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, y mucho menos había tenido la suerte de conocer su obra.

Bueno, pues resulta que afuera de esa estación se encontraba Aldo Goca, un artista que se dedica a la promoción de la literatura con tintes misteriosos y de terror. Un chico que ha tratado de cautivar a los lectores con sus creaciones monstruosas.

Por lo que, cuando me crucé con él, sin dudarlo adquirí sus libros a la espera de una aventura. Quería conocer otra faceta del talento mexicano contemporáneo. De esta manera terminé por hojear El origen de los monstruos.

¿Y qué creen? Una página me llevaba a otra y otra más, hasta que terminé por devorar el libro con la ansiedad de una persona sedienta que se cruza con un río cristalino en medio del desierto.

Siempre he creído que la manera de romper con los bloqueos tanto lectores como de escritura es comenzar de a poquito. Conocer las letras que conforman palabras y las palabras que conforman oraciones. Motivos por lo cual este libro me ayudó a romper con mi racha de abstinencia literaria.

Es una obra que se compone de 169 páginas. En ellas encontraremos una serie de microcuentos que te hablan de diferentes criaturas misteriosas que te dejan una sensación de suspenso e inquietud. Textos que, aunque son breves logran cautivarte de principio a fin. Más, como si fuera poco, Aldo tiene la cortesía de regalarnos ilustraciones maravillosas que te ayudan a contextualizarte adentro de los relatos.

Es decir, este libro es una obra maestra caracterizada por la combinación ideal entre un texto breve y fácil de digerir, y la sutileza del arte del dibujo con sus trazos y técnicas que harán que como lectores tengamos una serie de pesadillas o que al menos terminemos por ser conspiranoicos.

Ustedes se preguntarán a dónde quiero llegar con esto. La respuesta es sencilla. Me gustaría recomendarles este libro si son amantes del terror, si están comenzando con el hábito de la lectura o si quieren gozar de una lectura amena en sus trayectos al trabajo o escuela.

Sus microcuentos funcionan como un universo ficcional por sí mismos, pero a la vez si lees el libro en orden te darás cuenta que cuando los unes puedes crear un universo ficcional más complejo que trabaja como totalidad.

Digamos que este libro es como una construcción de lego, puedes unificar sus partes como si fuese un rompecabezas y dependiendo de los ángulos en que lo vean pueden interpretarlo de una manera única.

Por otro lado, para finalizar, les recomiendo tres de mis relatos favoritos en este libro. El primero es “Problemas en el baño” porque me identifiqué con algunos problemas que tiene el protagonista en cuanto su salud intestinal, y ahora me siento altamente preocupada cada que voy a hacer mis necesidades biológicas.

El segundo, “Vestigios monumentales” porque nos recuerda la relación de los lingüistas con el mundo de lo desconocido. Digamos que le da un toque sensual a algunas de las materias que vi en mi carrera profesional.

El tercero, “Vidrios rotos” porque lo relaciono con la construcción de un terror clásico al estilo de las leyendas que se esparcen en el pueblo en una buena cena familiar donde se pretende asustar a los más pequeños.

Ahora sin más, me despido de ustedes y me disculpo por no poder profundizar aún más en mis relatos favoritos, pero espero que comprendan que tampoco quiero darles muchos spoilers porque mi intención es invitarlos a leer este libro.

Por otro lado, y si no es mucho pedir, me gustaría que si tienen la oportunidad de leer esta obra puedan escribirme cuáles son sus monstruos favoritos que conocieron gracias al gran Aldo Goca.

Referencias

Goca, A. (2024). El origen de los monstruos. México: Talleres Fábrica de Libros.

Lagunas mentales


Por Tania Cisneros

Durante los últimos meses, estoy armando un rompecabezas en mi cabeza de todo aquello que ya he olvidado. Me sorprendo al reconocer en pequeñas imágenes y personas una parte de un pasado que siento tan lejano a mí. Las miro borrosas y mi intuición me dice que son parte de mi historia, pero no logro recordar quiénes son o qué relación tienen conmigo. Así he pasado los días, tratando de descifrar quién soy en realidad y quién es esta persona que miro al espejo ahora porque tampoco la reconozco totalmente. Me siento un poco perdida.  

No tengo recuerdos vívidos de mis primeros 13 años de vida; no sé qué debo responder cuando me preguntan cuál era mi color favorito, quiénes eran mis amigas durante la primaria o qué me gustaba jugar en el recreo. En algunos casos, tengo la sensación de haberlos vivido de forma automática, como si me hubiera ausentado de mi propia historia. En esos años y durante mi adolescencia, me sentía como un fantasma, como alguien a quien nadie veía ni escuchaba. En ese tiempo solo vivía porque tenía que vivir, no porque tuviera alguna razón para hacerlo. Y desde entonces me acostumbré a la tristeza, pero sobre todo a la soledad. Me escondía en mi cuarto, en las escaleras que llevaban a la azotea de mi casa y detrás de muchísimos libros para que la gente no me mirara ni escuchara, aunque ya estaba acostumbrada a que nadie notara mi presencia.        

Ahora, muchos años después y con ayuda de la terapia, he tenido pequeñas olas de recuerdos que, así como el mar, vienen a mi mente y se van; dejándome los pies mojados y la sensación de haber sentido algo en algún momento de mi vida. A veces esas sensaciones se presentan ante mí en forma de imágenes de flores rosas y moradas, de palomitas de azúcar en cucuruchos hechos de periódico, de sillones verdes rotos que escondían debajo de ellos una biblioteca prohibida, de nombres de compañeros de la escuela. Incluso he logrado percibir sonidos que en algún momento de mi vida tengo la certeza de haberlos escuchado. Todos estos son trozos de recuerdos.    

Entonces, tomo esos fragmentos y los abrazo para conectarme con ellos y descifrar qué significan para mí y así sentir que esa persona también soy yo. Tal vez me lleve toda la vida armar ese rompecabezas en mi cabeza, pero al final, espero reconocerme o al menos conocer a esta nueva persona que crece del otro lado de mi espejo.     

 

Tania Cisneros García (Puebla, 1987) es licenciada en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, es autora del poemario En otro tiempo (2019) de la editorial SPUMEX; ha participado en las antologías poéticas Luz de Luna III de la editorial Diversidad Literaria (España, 2017), Viejas Brujas II y III de la editorial Aquelarre (México, 2017 y 2021) y en el libro cartonero Renuncio! de la editorial Ruta y Leyenda (Chile, 2018). Ha publicado diversos cuentos en las revistas digitales Monolito, Blanco Móvil y Marabunta. Actualmente, es correctora de estilo de la Editorial EBICA en la Ciudad de México.