Voces Tejidas | «Cuando Londres nos unió»

Por Leslie Urbina

Era una mañana lluviosa en Londres. Las personas caminaban apresuradas con sus paraguas y grandes abrigos. Algunas se detenían a mirar los aparadores de las tiendas, otras a hacer compras o a llamar por teléfono. Parecía un día como cualquier otro.
En mi interior sabía que pronto estaría reuniéndome con él, y sería un 9 de febrero que no podría olvidar. Miré a través de la ventana y noté el cielo gris. Salí de casa y comencé a caminar en busca de la dirección donde nos encontraríamos. Mientras recorría las calles, me di cuenta de que no sentía nervios en absoluto. Más bien, estaba en un estado de tranquilidad. No sabía si atribuir este efecto a mi abrigo verde o aceptar que su persona me inspiraba paz, como si lo conociera de toda la vida.

Frente a la cafetería, tomé un suspiro y entré, dirigiéndome hacia la vitrina de los pastelillos. Le pregunté a la chica que atendía el lugar si podía esperar a alguien antes de ordenar. Amablemente, y con una sonrisa, me dijo que sí. Decidí entonces sentarme en una de las mesas cercanas a la puerta para que él me encontrara fácilmente. Esperé mientras el aroma a café impregnaba el ambiente.

Cinco minutos después, recibí el mensaje que estaba esperando: era él, diciéndome que el tren estaba retrasado y que le tomaría unos minutos más llegar. Le respondí y seguí aguardando. Miré por la ventana, luego revisé el menú, mis manos, mi teléfono y a mí en mi pequeño espejo, deseando lucir lo suficientemente hermosa.

Debo admitir que el nerviosismo me invadía cada vez que entraba alguien. Y entonces apareció él. Entendí por qué en su último mensaje me había dicho que antes de reunirnos debía «hacer algo». Traía flores: preciosas rosas rojas en un ramo, atadas con un lazo rosa en forma de moño. Me reconoció de inmediato y me sonrió. Me abrazó y acercó su rostro al mío para saludarme con un beso. No supe si desde el inicio quiso besarme, pues su rostro pareció dirigirse al centro de mi boca, y yo giré para besar su mejilla. Lo único que sabía es que me sentía afortunada.

Me pidió que esperara un momento mientras iba a ordenar chocolate caliente para mí y café para él. Regresó, y acordamos dar una caminata por el parque, bajo la lluvia.

Mientras él intentaba encontrar la dirección, hablábamos sobre nosotros. Estábamos felices. Nuestras risas eran compartidas.

Sentados en una banca, frente a un lago, me miró con sus profundos ojos azules, de una manera única, como si me contemplara y yo fuera extraordinaria. Entonces, me besó. Sentí sus labios de terciopelo por primera vez: fue dulce, romántico, cálido, inusitado y necesario.

Lo abracé por un largo momento, apoyando mi cabeza en su cuello para impregnarme de su aroma y memorizarlo. Extendí mi mano para tocar su barba y lo llené de pequeños besos. De pronto, nos besamos una vez más, y otra, y otra, tan lento y suave, dulcecito.

A partir de ese momento, nos tomamos de la mano. Nuestras vidas estaban entrelazadas. Tuvimos una conexión preciosa desde el inicio. Fue mágico. Me sentí encantada de conocerlo, llegó para despertar mi ilusión y hacerme feliz con su amor auténtico, real y sincero.

No quiero olvidar jamás cómo me sentí la primera vez que lo vi. Supe, desde ese instante, que lo amaría.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Insurrecciones Estéticas | Especulativas: la insurrección de crear e imaginar

Por Selvia V. Kotasek

En este contexto, la escritura de las mujeres no es sólo un acto transgresor, como lo ha sido siempre: es una expresión de la conciencia colectiva. Puede ser un recurso terapéutico, en una época en la que la sensibilidad es una forma de rebeldía; puede ser una protesta y una declaración de resistencia y también puede ser un ejercicio de creación intenso y divertido.

Andrea Gonzalez Cruz

Prólogo, Siniestras, 2022.

No se me ocurre un mejor momento para hablar sobre Especulativas que este mes de las brujas.

Como fan del terror, sobre todo del cine pero también de literatura, aprendí a acercarme a este género desde LOS autores y referentes que creaban historias, sí aterradoras, pero donde los personajes femeninos eran retratados de manera pasiva, estereotipada, revictimizante, violenta, en segundo plano o incluso ausentes. Una situación que por supuesto no es exclusiva de este género, sino, como ya sabemos, prácticamente de toda disciplina y género artístico.

Por supuesto, siempre es posible encontrar, a partir de una contundente intención e indagando por los caminos adecuados, artistas y obras que se resisten a la hegemonía y realizan propuestas novedosas y necesarias para apropiarse del terror como un espacio que retrata y denuncia la realidad que, en muchas ocasiones, se presenta más horrorosa que la ficción. Con ello, también abren posibilidades de nombrar, colectivizar e incluso sanar el miedo; así como imaginar qué pasaría si éste cambia de lado y somos nosotras las que aterramos.

Muchas artistas y sus obras se han vuelto referentas de esta resistencia, las mujeres se han apropiado no solo del terror, también de la fantasía y la ciencia ficción como espacios que además de artísticos, se vuelven políticos al contar historias sobre personas y grupos que suelen estar fuera de la hegemonía de las historias.

Ahí se encuentra Especulativas, una colectiva coordinada por Ángeles Sanlópez, Ana Laura Corga y Mayra Escamilla, quienes leen, escriben, difunden y promocionan las obras de narradoras de fantasía, terror y ciencia ficción en México. Es una espacia que tuve la fortuna de conocer hace algunos años a través de las redes y que desde que leí su primera antología, me volví fan de su trabajo. Y es que, como ellas dicen, su propuesta es variada, rica y diversa como las contribuciones de sus colaboradoras.

Especulativas abre convocatorias con diversas temáticas para que cualquier mujer mande su obra literaria o visual alrededor de los géneros especulativos (terror, ciencia ficción y fantasía). Al asumirse como un espacio feminista, los criterios para ser publicadas se refieren a que las obras no reproduzcan estereotipos y prácticas machistas, clasistas y racistas. Los resultados de sus convocatorias se pueden ver y leer en su blog y son difundidas a través de sus redes sociales. Asimismo, abren círculos de lectura y de creación literaria en los cuales es posible leer a escritoras de estos géneros, analizar y comentar su obra, así como escribir en colectiva tomando como inspiración las reflexiones generadas.

Además de todo el acervo que tienen en su blog, Especulativas ha publicado, física y digitalmente, tres antologías en las que han seleccionado cuentos de ciencia ficción (Nosotras, 2021); terror (Siniestras, 2022) y fantasía (Fantásticas, 2024). Yo, como buena fan, tengo las dos primeras y ya estoy esperando la tercera.

Siempre me gustaron las historias de ficción, sin embargo, poco sabía sobre cómo se leían estos géneros cuando son escritos desde otro lugar. De esta manera, me encantó acercarme a la ciencia ficción escrita por mujeres desde los cuentos que se pueden leer en “Nosotras”, y encontrar historias que imaginan nuevos mundos pero que parten desde realidades parecidas a las mías. Qué frescura encontrar otras formas de escribir y de crear y qué necesario, para las mujeres que habitamos realidades latinoamericanas, imaginar otros mundos como un ejercicio indispensable para saber posible la transformación de aquello que no queremos.

“Voces poderosas que nos nutren con temas sobre la sororidad, las luchas, los problemas sociales, las violencias, el amor, las resistencias, la ciencia y la tecnología. Letras que dan vida a nuestras cuerpas y a nuestra relación con otros seres”

Nosotras, 2021.

Aunque en el terror ya tenía más camino andado, la antología “Siniestras” me permitió acercarme a narrativas que, lejos de colocarnos como víctimas pasivas, nos da la palabra, son ellas-somos nosotras, quienes contamos las historias. Y este “pequeño” gran giro en el abordaje del terror, da como resultado no solo cuentos novedosos, sino prácticas políticas que se alejan de la desensibilización que provoca el terror mainstream y denuncian lo horroroso de la realidad para hacer catarsis del miedo, la impotencia y la sed de justicia en las que muchas nos reconocemos.

“En estas historias nos enunciamos como sujetas, le hacemos frente a la construcción de otredad en la que nos han encasillado a partir de la mirada masculina y nos presentamos libres, revelándonos como escritoras de un género en el que se nos ha excluido del canon.”

Siniestras, 2022.

Además de los maravillosos resultados del trabajo de Especulativas en su blog y en sus antologías, son las prácticas que han tenido como colectiva lo que me hace admirar su trabajo constante y congruente con sus principios. Como ellas mismas lo han mencionado, y muchas lo sabemos, este trabajo de creación y difusión es realizado en medio de jornadas laborales y trabajos reproductivos que, como habitantes de este sistema capitalista y patriarcal, todas tenemos que realizar y por supuesto, las coordinadoras de la colectiva no están exentas. Ellas sostienen el proyecto con mucho trabajo que es posible comprobar en la constancia de sus acciones, pero también con mucha amora, que se siente en cada espacio y cada obra que publican.

Esto último no es poca cosa, pues traer los afectos a la creación artística se vuelve fundamental para cuestionar la idea masculina de la objetividad, pero sobre todo para abrir espacios amables, seguros, sanadores y por lo tanto, germinadores de la creatividad de mujeres que, igual que ellas, tampoco pueden dejar las dobles y triples jornadas, pero que en espacios como estos, donde no hay juicios, sino acompañamiento, encontramos esa chispita que nos hace dejar de dudar de nosotras y permite que fluya el análisis y la creación.

He tenido la oportunidad de entrar a algunos de esos espacios y debo decir que, aunque de principio me sentí intimidada por los excelentes análisis y la maravillosa escritura de todas las presentes, poco a poco me permití fluir, porque nadie me estaba juzgando, al contrario, todas nos acompañábamos en nuestras reflexiones y creaciones. Al final, no sólo salí siendo fan de Adela Fernández, sino que escribí mi primer cuento de terror inspirada por las potentes letras de mis compañeras, lo cual no hubiera sido posible sin la pasión y cuidado que las Especulativas (Ángeles, Ana Laura y Mayra) ponen en cada espacio que abren.

Qué necesario entonces, no sólo difundir, sino propiciar la creación; acciones insurrectas en un sistema acostumbrado a negarnos la creación, los géneros especulativos, los espacios de reflexión y la entrada a la Cultura (así, con mayúscula). Las actividades de Especulativas son sumamente potentes en su ámbito simbólico pero todavía más grandes en su aterrizaje práctico en la vida de las mujeres que reflexionamos, escribimos, creamos y leemos junto con ellas. El acervo que están creando es, me parece, de un valor histórico que en el presente representa un espacio amoroso e importante para difundir y propiciar la creación especulativa de mujeres mexicanas y que en un futuro, imagino, será referente obligado del género en nuestro país.

Todo esto las Especulativas lo han realizado sin sentarse a esperar a que las grandes editoriales o instituciones les abran espacios. Ellas los han construido de mano de todas sus colaboradoras.

“Es cierto que en este siglo XXI algunas seguimos trabajando por un espacio para nosotras en el mundo editorial, los premios y las becas, pero más allá de esa cuestión de justicia simbólica, es necesario reconocer que muchas ya tenemos una habitación separatista y propia, que escribimos en el camión-el metro-la chamba-la cama y la cocina, y que el canon se tambalea con una gran pinta color violeta que dice: Somos escritoras libres nos tenemos a nosotras”.

Marisabel Macías en el prólogo de «Nosotras», 2021.

Como dice Mar, con un pie haciendo espacio en esas instituciones en las que también merecemos espacio y sin dejar de exigir mejores representaciones en el cine, la literatura y el resto del arte, muchas colectivas, entre ellas Especulativas, ya están abriendo otros espacios que nos permiten encontrarnos con obras y artistas insurrectas al tiempo que nos reconocemos sujetas y creadoras.

No dejemos de buscar y reconocer esos espacios, no dejemos de incomodar con nuestra imaginación y creación. Participemos y apoyemos los espacios creados de nosotras para nosotras y sigamos imaginando mundos NUESTROS como paso imprescindible para su construcción.

Las invito a apoyar el trabajo de Especulativas siguiendo su trabajo en redes, y adquiriendo su tercera antología: “Fantásticas- Antología de cuentos que acuerpan” que reunirá quince cuentos que, en sus palabras: “abordan temas relacionados con la transformación del espacio cotidiano, las ancestras, el encuentro con la naturaleza, el placer, la comunidad y la necesidad de re-existir bajo un sistema patriarcal violento.”  

La preventa durará hasta el 31 de octubre y está disponible aquí.


El increíble acervo que ha construido Especulativas se encuentra en su página y es posible seguir su trabajo (y el enlace a su pagina) en Facebook e Instagram.

Te invito a leer otras entradas de mi columna «Insurrecciones estéticas»:

Espectro

Por Madelaine BO.

Llegó casi al anocher, se presento como siempre solía hacerlo con un encanto despreocupado se sentó en el sillón y la esperaba con paciencia. No tenía prisa de apresurarla ya que de cualquier manera tenía toda la noche desocupada.

Ella estaba plasmando sus emociones como siempre solía hacerlo, escribía para que no explotara su cabeza con tantas cosas guardadas, las teclas sonaban sin parar era como si estuviera poseída, llenaba una y otra hoja como si no tuviera fin… En toda la casa solo sonaban las teclas de la maquina de escribir y cada cambio de hoja, él solo la observaba con paciencia sin interrumpirla, no hubiera querido cortarle la inspiración.

Una vez que ella terminó lo saludo, comenzaron una platica interminable él solo la miraba ya que solo buscaba una cosa, tomarla hacerla suya y llevársela para siempre, solo esperaba el momento indicado, ella le invito una bebida para hacer más amena la velada y después de varias horas el espectro actuó sin pensar la empezó a seducir, la beso y ella cayó desmoronándose en sus brazos llena de pasión; el dentro de si cantaba victoria por fin se la llevaría.

Pero con lo que él no contó es que la bebida había sido alterada y ella astutamente tenía el mismo plan, quedarse con él y usarlo cada que lo necesitará. Así el quedó rendido a sus pies, para hablar cada que ella lo necesitará ya que solo eso ella buscaba.

Nadie lo sabia pero ella tenía en su closet una colección de espectros guardados; los usaba uno a uno dependiendo la ocasión y por eso cada año citaba a uno para así poder hacerlo parte de su posesión.

Cuando se interrumpe el diáologo interno por Jeanne Karen en La máquina verde

Escribir es iniciar el diálogo interior. Hay días, a lo largo de nuestras vidas, en que esos pensamientos se interrumpen, aparecen cada vez menos, son cada vez más ligeros, más cortos o menos significativos. Son desplazados por las cosas por hacer, las situaciones por resolver a muy corto plazo, de modo que esas voces interiores comienzan a quedarse en silencio.

Ahora puedo estar unos minutos sentada en el sillón de la sala, mirando por la ventana hacia una calle donde extrañamente pasa un gato o quizás un par de perros de vez en cuando, prácticamente no sucede nada, la quietud también desespera. Entones las ideas no llegan, la luminosidad del día encandila cualquier pensamiento; solamente soy como el reflejo en el vidrio, algo que pasa, que dura un instante y se va.

Sin embargo, cuando una es escritora o aspira a serlo, las palabras deben conjurarse, conjuntarse, reunirse, las palabras y sus significados, las palabras y sus mensajes. No puede ser de otra manera, entiendo que hay personas que quizás escriben de vez en cuando o con otras intenciones que no son propiamente las de los escritores, puede ser por ejemplo de una forma lúdica, terapéutica, etc.

Escribir, cuando lo hacemos de forma cuidadosa sobre los temas que nos interesan o cuando se escribe de manera literaria, es distinto. Las exigencias son otras, a veces no nos ponemos límites, a veces existe la necesidad de seguir explorando, de seguir inventando.

En este momento de mi vida tengo que retomar la escritura, encontrarme de nuevo con la hoja en blanco, casi sin pensar en el punto final, solamente tratando de recorrerla, sintiendo de nuevo la necesidad de decir, de dejar algo.

Es difícil, no es una actividad natural, ahora que lo pienso, no es como caminar, ni siquiera como hablar, es algo para lo que se requiere práctica, impulso, técnica, y sobre todo disciplina.

Por cuestiones de salud comencé a tomar medicina, he notado que inhibe la ansiedad, por lo tanto también termina con el descontrol, con la enorme cantidad de diálogos internos, de ideas inconexas y persistentes.

Ahora debo adaptarme al orden, a desentrañar de otra forma las historias, de activar la creatividad para escribir poesía, porque siempre resulta más complicado. La poesía no es algo aislado, que llegue a mi mente como un relámpago, la poesía no es como el amor. La poesía es otra cosa, o tal vez no es ni siquiera una cosa, más bien la poesía es como un estado de la materia, como una fórmula, como una variante que bajo las circunstancias precisas cambia. A veces podemos leerla y comprenderla a la primera, pareciera tener cierta ligereza, pero para que el poeta logre que así sea, ha pasado por un proceso de pensamiento complejo.

Así que iré adaptándome, cuidaré mi salud, trabajaré un poco más y espero que con los días, también un poco mejor; escribiré poesía, no sé todavía desde dónde, cómo, no sé si cambiará mi voz.

¿Qué hacen ustedes con todos esos diálogos internos que interrumpen su vida y el estado natural de las cosas, la acción sobre lo urgente y lo necesario?

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Cartografías del Instante| Herida

Herida

Por Anyela Botina

En este sueño, hay una herida que supura palabras y se le pegan las moscas; [las moscas] frotan sus patas, chupan las palabras y se aparean con ellas.

Y mientras en algún lugar, alguien sueña con una herida,

una mosca sueña con una montaña de agua oscura, nido de buitres. Una montaña que se levanta de la tierra y llora.

[Vuelve a darme a luz, madre, y limpia mi sangre con la tuya]

Y mientras la mosca sueña con una montaña,

una montaña sueña con un niño que no le teme al diablo, que pinta el cielo de rojo con una sola mano, con un solo ojo, con un solo pedazo de corazón.

Y mientras una montaña sueña con un niño,

Yo sueño que el pecho se me encoge, que intento decir amor, vida, cielo, ave, pero todas las palabras son moscas que se me rebotan por los ojos, como lagrimas sucias, lagrimas que devoran mis manos, mis ojos, mi ultimo pedazo de corazón.

[Vuelve a la vida, madre, y arrulla mis sueños]

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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De recuerdos, aventuras y reflexiones|El poder de los recuerdos

Por Tania Farias

Con la mañana bien avanzada, el calor comenzaba a agobiarnos. La plaza principal albergaba algunos espacios sombreados, mas no los suficientes como para encontrar la frescura que necesitábamos. Sin embargo, aún guardábamos el deseo de continuar descubriendo la ciudad colonial que visitábamos: la catedral, erigida en piedra blanca, era una de las joyas que no podíamos perdernos. 

Un tanto por el interés de conocerla y otro por encontrar un resguardo del calor abrasador, dirigimos nuestros pasos hacia el imponente edificio. Sus techos altos y sus paredes desnudas eran una invitación para cualquier visitante en búsqueda de frescura. Avanzamos hacía el altar con pasos lentos. El cristo, imponente, a pesar de su simpleza, dominaba desde el fondo del recinto. Mi marido se dirigió hacia el interior haciendo pequeñas paradas frente a algunas de las imágenes religiosas; yo seguí a mi hijo quien caminó hasta el frente y se sentó en una de las bancas de adelante, ubicada entre dos entradas laterales, donde un aire fresco cruzaba de un extremo a otro. No pasó mucho tiempo antes de que mi marido se uniera a nosotros y se sentara a nuestro lado. 

De pronto, se escuchó un cántico entonado por un coro que momentos antes se había instalado en uno de los costados, los presentes se pusieron de pie y desde detrás del altar salió una pequeña procesión encabezada por el sacerdote. Una celebración eucarística estaba por dar inicio. 

Miré a mi esposo para saber qué haríamos: ¿nos quedaríamos a la misa o mejor nos retiraríamos de inmediato? Sin poder descifrar en su mirada una respuesta concreta seguimos el protocolo de la celebración. El sacerdote dio su discurso de bienvenida a los feligreses y un nuevo cántico dio inicio. 

Desde el primer acorde lo reconocí. El cántico sigue tan vivo en mi memoria que sin importar las circunstancias, siempre me ha causado la misma reacción: un nudo que se forma en mi garganta y los ojos que se me humedecen. Cuando la voz se une a la melodía inevitablemente se me escapa una lágrima y, por unos instantes, vuelvo a estar en medio de aquella iglesia llena de gente, frente al ataúd que guardaba el cuerpo sin vida de mi madre. 

Han pasado tantos años desde su muerte que por lo regular me es muy sencillo hablar de ello sin emociones, como si se tratase de una vieja película que apenas recuerdo, pero basta tan solo un sonido en particular, un olor o algún detalle preciso y vuelvo a ser esa niña que lloraba desconsolada frente a su féretro.

El cántico siguió y no pudiendo evitar el sufrimiento del recuerdo me sumergí en él, incluso, me uní al coro y empecé a susurrar mientras y las lágrimas de agolpaban en mis ojos y corrían por mis mejillas:

La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria? Resucitó, resucitó, resucitó, Aleluya…

El cántico terminó y la mirada de mi marido me invitó a retirarnos. Respiré profundo, mientras me persignaba, y aún con las emociones a flor de piel, sonreí al unirme a mis chicos para continuar nuestra visita. 

Al salir de la iglesia, cuando el sol intenso del mediodía tocó mi rostro, volví a guardar los recuerdos en esa cajita de mi memoria, consciente de que en algún momento, cuando menos lo espere, habrá algún estímulo que la abrirá de nuevo y los recuerdos se desbordarán como un río en temporal y me sumergiré sin mucho esfuerzo en las emociones, porque al final de cuentas, tristes o alegres, son mis recuerdos y sin ellos no soy yo.

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El juego de las hojas por Jeanne Karen en La máquina verde

Inevitablemente cuando llega el otoño comienzo a recordar mis viejos libros, tal vez un poco más los relacionados con la poesía, pero no escapan a mi memoria libros como Cuaderno de Otoño de Henry David Thoreau, del que escribí un pequeño texto, hace un tiempo, y ahora viene a mi mente, con el peso de las fechas, más que nada, con el deseo de pensar en la fuerza de gravedad, vista a través de las hojas que caen, como si en esa caída ellas mismas eligieran su destino, pero no.

Me gusta la belleza, me gusta observar y tomar ideas de todas partes, por lo tanto, como en cada ciclo de la tierra, de los días y las circunstancias: voy de nuevo por la zona boscosa que circunda mi ciudad, las hojas en color naranja, ocre y rojo se disipan por la impertinencia del viento. No escapan a nuestra mirada o a la incertidumbre: lo que realmente las lleva a la transformación, de vuelta al polvo y luego a la tierra nueva, es en realidad la gravedad, tan débil como se observa a veces, que un simple imán puede romperla, pero tan poderosa que ni toda la estación del estío con su ruido, violencia y  color han podido vencerla.

¿Cómo cae la hoja sobre las últimas humedades del suelo?, se mece, se retuerce, de pronto se ve elevarse otra vez, para finalmente, en algún punto del bosque encontrar el sitio perfecto. Cada hoja, ¿tiene voluntad?, ¿hay un último aliento?

Siguen ligadas a la poderosa vida del árbol que extiende sus ramas hacia el azul sin nombre, donde se pierden, donde nos recuerdan que también poseen una partícula de eternidad. La superficie es ahora una extensión del juego, viene de nuevo el aire y eleva las hojas muertas, luego su peso las hace estrellarse una vez más contra su sino. Belleza de morir y no morir, dolor de nunca haber existido, como algunos presagios.

Un día una niña devoró una manzana de oro y las arboledas se abrieron frente a sus ojos. Lanzó hacia el camino el corazón herido de la fruta y las hojas se sujetaban todavía con rabia, ninguna salió volando entre los ligeros rayos solares y las sombras.

¿Qué pensar entonces?, ¿la gravedad tiene sus caprichos, igual que la poesía, igual que la gran literatura? Si me vas a hablar de la caída de las hojas, no quiero que me digas que te gusta, que es tu época favorita del año, si me vas a hablar del viento no quiero que me digas que lo sientes en las mejillas, si me vas a hablar del dolor, no me digas cómo es para los otros a través de tu mirada, siente el tuyo, el propio, húndete, vive.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Mientras viajo por Jeanne Karen en La máquina verde

No sobra el tiempo. Cuando era pequeña la sensación del paso de los días era muy distinta, pasaba como sin tener realmente un significado, era algo a lo que difícilmente le podía adherir un nombre, una sensación.

Conforme vamos creciendo y madurando la vida es otra, se vuelve a la fragilidad del inicio, todo está como en el aire: la incertidumbre aparece. En los años de la infancia el tiempo es el espacio entre un descubrimiento y otro; en la juventud entre un gozo y otro; en la edad madura entre un dolor y otro.

Hoy al despertar he notado que la rodilla no está (o parece no estar), más bien el dolor insistente por fin se ha retirado un poco, me da oportunidad de estirarme placenteramente sin dificultad. Sin embargo vuelve luego, quizás otro día cuando camino por el parque o cuando voy hacia el trabajo. Así pasan los lapsos de la jornada, de los días. Voy aprendiendo que unos son más largos que otros.

En el transcurso de mi vida universitaria tuve la sensación de que todo estaba detenido, que esos cuatro primeros años fueron como diez, que la vida pasaba y yo era una espectadora frente a un gran paisaje del cual no conocía su significado, no tenía las herramientas necesarias para descifrarlo. Mi existencia era borrosa como los árboles que aparecen en la montaña después de que la niebla se ha agotado, esa niebla que se cansa de tanto pasar, de tanta humedad y elevación.

Luego llegaron los años de la vida laboral, entre hacer una y mil cosas, dividir el día para sacar las cuentas, mirar con perplejidad una larga lista de deudas, gastos, deseos. Había que subir a la balanza: vivir mejor, más tranquila o hacerme de más cosas, más bienes materiales, más experiencias únicas. A veces tenemos el momento para todo, a veces solamente para tratar de sobrellevar la vida, disfrutar de lo cercano, de lo necesario.

Ahora veo el incomparable valor del tiempo, que en realidad quiero llamar la vida que me queda. ¿Cómo voy a distribuir esas preciosas horas, en qué voy a ocupar mi mente, mi cuerpo, la fuerza que resta?

Hice un viaje por carretera, no quise conducir, así que tomé un autobús para un trayecto de dos horas. Llevaba conmigo un libro, lo hago a menudo, llevar libros en la bolsa, en el bolso de viaje, en la mochila. A veces no los leo, apenas los reviso y con eso me basta, con algunos me conformo con poco. Ahora impulsada por tantos maratones de lectura que se hacen los fines de año, por ejemplo el Guadalupe/reyes o reinas, según sea la lista de títulos pendientes, saqué el ejemplar que tenía en mi bolsa de mano: Casi un objeto de Saramago, leí con hambre, con el mismo impulso del vehículo sobre la gran carretera, el trayecto se me hizo corto, el tiempo no lo sentí, pero sé que hubo justicia por cada minuto tomado, vivido.

Fue en ese momento que tomé la decisión de seguir por lo que me gusta, pero un poco más y mucho mejor. Estar en donde me necesitan y para las personas que más me necesitan. Escribir más, escribir mejor, que eso siempre se agradece. Tener conciencia de mi tiempo, de lo que me rodea, tratar de inspirar, comunicar de forma adecuada, tener una postura frente a lo que sucede, cambiar de parecer de vez en cuando, tener buenos argumentos. Me dice mamá que siga estudiando siempre, que el poco tiempo que me queda libre, ella sabe lo difícil que se ha tornado la vida, lo destine a aprender más, aprender bien lo que me gusta.

Vuelvo al libro, a los libros en general y a mis lecturas en particular, a esa de la que les cuento, terminé de leer a Saramago como termina una fiesta imperdible, un día de descanso. Me quedo con lo mucho que lo disfruté, con lo que aprendí, con la inteligencia con que el escritor portugués describe su momento y su mundo, su entorno, la vida de su país, sus personajes, pero no de una manera lineal, más bien con los ojos del que ha descubierto que en los objetos simples como una silla también pueden esconderse las grandes metáforas.

Miremos detenidamente, obliguemos a nuestra pluma, a nuestro lenguaje a salir de la luz, hay que ir de vez en cuando a esos sitios de claroscuros, hay que deambular, divagar de vez en cuando; lo que ya no quiero y no puedo hacer es tener la idea de que hay mucho tiempo, como si fuera agua de mar, atmósfera, estrellas.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Los féretros de mi sangre: palabras que trascienden el enorme vacío de los siglos (PARTE II)

Por Enola Rue

Sobre la base de que Pizarnik parece dejar de lado su labor crítica para dar cabida a sus pensamientos durante la lectura de la condesa de Penrose, cuando relata la costumbre de la condesa Báthory de permanecer varias horas delante del espejo, se atreve a conjeturar que “nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos” (Pizarnik, 2002).

De hecho, en “El espejo de la melancolía”, Pizarnik nos previene que la Condesa Báthory padecía de una enfermedad del siglo XVI llamada melancolía, citándola: “donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Este quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa […] los placeres sexuales por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica” (Pizarnik, 2002).

Entonces, frente al espejo, hay un yo de afuera que buscar rescatar al yo encerrado en el espejo, pero no lo logra completamente. Sólo mediante ciertos procedimientos logra salir del ese yo encerrado de forma transitoria. Recordemos que la Condesa se valía de los gritos de sus víctimas torturadas para curar sus dolores de cabeza, su sangre para rejuvenecerse, procedimientos que la aliviaban de forma temporal. Su única forma de comunicación son los gritos que profiere en su clímax, pero luego se torna silenciosa, como “la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno” (Pizarnik, 2002).

La condesa se mira de manera obsesiva en el espejo buscando signos de vejez, se cambia los vestidos quince veces o más al día, asesina a las muchachas en pos de perpetuar la hermosura que en ella misma no logra encontrar. Aquella mirada fría en el espejo necesita una razón para no consumirse de tristeza por el paso del tiempo.

Igualmente, Pizarnik busca liberar a su propio yo encerrado en aquel mundo poético, su procedimiento es acudir a la pulsión de muerte en la infancia, cuando en el poema “El Despertar” escribe “Las flores morían en mis manos / porque la danza salvaje de la alegría / les destruía el corazón” (Las Aventuras Perdidas, Poesía Completa, edición del 2000). En el mismo poema, también escribe “¿Cómo no me suicido frente a un espejo / y desaparezco para reaparecer en el mar” (ídem).

Dicho alivio transitorio de la cárcel del espejo se observa en el poema “El miedo” de Las Aventuras Perdidas cuando Pizarnik escribe: “En el eco de mis muertes / aún hay miedo. / ¿Sabes tú del miedo? / Sé del miedo cuando digo mi nombre” (Las Aventuras Perdidas, Poesía Completa, edición del 2000). No hay que olvidar que al utilizar la expresión “Pizarnik escribe” se habla de un Yo poético que no se refiere a la persona física, sino al Yo encerrado en su mundo literario.

La importancia del espejo se debe a que es un motivo de proceso de desdoblamiento para Pizarnik, es decir, la búsqueda del otro en nosotros mismos. En otros textos, Pizarnik expresa: “Miedo de ser dos / camino del espejo: alguien en mí dormido / me come y me bebe” (Árbol de Diana), o “Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma” (“Caminos del espejo”, Extracción de la piedra de la locura, p. 60).

La fascinación por la imagen proviene de la distancia, es decir, ver es un contacto a distancia (Blanchot, 2002, p. 27). Lo que se ve se apodera de la vista y lo hace interminable, es un tiempo muerto que no pertenece ni al tiempo de la condesa Báthory, ni al tiempo de Pizarnik, es el tiempo de la ausencia y la desnudez que permanece al descubierto, es el tiempo de la fascinación. “Es el desastre / Es la hora del vacío no vacío” (“El despertar”, Las Aventuras Perdidas, 2000) donde “afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto” (“El espejo de la melancolía”, La Condesa Sangrienta, 2002).

De la misma forma, no puede extrañarnos que Pizarnik exprese lo siguiente: “He tenido muchos amores – dije – pero el más hermoso fue mi amor por los espejos” (“Un sueño donde el silencio es de oro”, Extracción de la piedra de la locura, p. 54).

A través de su escritura, Pizarnik nos invita a desear el horror de la noche, lo que aparece en la noche proviene de algo invisible que se llena de imágenes que producen espanto, imágenes que distraen del sueño e inducen a mirarlas con fascinación. De esta manera, la poeta puede enjaularse en su mundo de ensoñaciones poéticas para sentirse a salvo, porque en la noche se encuentra la muerte.

La muerte y los cadáveres de las muchachas aparecen a lo largo de toda La Condesa Sangrienta, este factor de repetición también muestra que la indagación de lo irracional del comportamiento de la Condesa explora un origen o punto de partida que de sentido a la propia existencia.

El olor a sangre y a cadáver del subsuelo del castillo de Csejthe habitan la noche, “el aposento de la condesa, frío y mal alumbrado por una lámpara de aceite de jazmín, olía a sangre así como el subsuelo a cadáver” (Pizarnik, 2002). Así como la descripción del departamento de St. Michel que Pizarnik nos ofrece en sus Diarios el 1 de octubre de 1962: “Cuchillos oxidados. La cocina. El olor a flores muertas. El miedo helado, miedo con olor a cosas muertas”. Estas puestas en escena están basadas en la mirada, están escritas de una manera que busca anular el distanciamiento entre el personaje, las situaciones que ocurren y el lector, es decir, provocan una suerte de fascinación o atracción perversa a todo aquel que se acerca al texto.

Un ejemplo en el que se denota esta intervención de la mirada fascinada en La Condesa Sangrienta cuando describe: “Para que la “Virgen” entre en acción es preciso tocar algunas piedras preciosas de su collar. (…) La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza” (Pizarnik, 2002).

Al mismo tiempo, la mirada del lector coincide, y hasta se confunde, con la mirada de la condesa. En forma de analogía, la condesa se proyecta en la Virgen de Hierro que “ya consumado el sacrificio (…) la asesina vuelve a ser la Virgen inmóvil en su féretro”. De esta forma, se nos revela una Érzebet Báthory que goza desde su trono del dominio del otro, traspasa su dolor al cuerpo del otro y el sufrimiento ajeno le deviene en cura.

Por otro lado, en el capítulo “La muerte por agua” Pizarnik coloca la mirada del lector en otra posición, ahora se trata de observar a la condesa actuar y a la víctima sufrir en una suerte de negro silencio que construyen, a modo de contrapunto, la mirada de otros ojos como los lacayos, las sirvientas, las costureras, la hechicera Darvulia, el esposo, los espejos. En medio del silencio y la mirada de la condesa desde su carroza, “la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles” (Pizarnik, 2002).

No hay que olvidar que La Condesa Sangrienta abre con un epígrafe tomado de Saint Genet de Jean-Paul Sartre (1967): “El criminal no hace la belleza, él mismo es la auténtica belleza”. Su lugar en el mismo comienzo de la obra constituye una disposición relevante hacia la belleza. La belleza es el motivo principal por el cual la condesa comete sus crímenes, la belleza física que busca retener del paso del tiempo al bañarse con la sangre de sus víctimas. De este modo, la base para crear la obra literaria es a partir de los valores estéticos-literarios utilizados, admirablemente, por Valentine Penrose. Lo que resulta significativo es que Pizarnik (2002) no pretende desarrollar “los hechos penosamente obtenidos” de la obra de Penrose, sino que busca retener los elementos que le permitan comprender el significado de la belleza convulsa.

El acontecer de la belleza se impregna de la sustancia silenciosa, es decir, los gritos, los jadeos y las imprecaciones son reducidos al silencio que rodea a la figura de la condesa. Para que, de esta manera, acontezca la belleza sin mácula, sin la crueldad del paso del tiempo. Entonces, la locura, las torturas sádicas, la sexualidad perversa son reducidos al silencio cuando en su éxtasis la condesa cree ganarle al paso del tiempo, cuando se hace necesaria la muerte para la satisfacción sexual.

De la misma forma, Pizarnik en su enclaustramiento en este mundo literario, en sus ensoñaciones fascinadoras sobre la condesa, lleva al límite la capacidad del lenguaje para llegar a la palabra poética por excelencia, es decir, a la trascendencia como escritora. La acosa la obsesión del paso del tiempo, pero no desde la pérdida de la belleza física como a la condesa, sino la belleza de una obra literaria terminada, una obra que la libere de su enclaustramiento.

Como dice: “Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado” (“El despertar”, Las aventuras perdidas, 2000), el enclaustramiento parece desvanecerse en la noche, el momento de autorrealización y de inspiración que le permite a Pizarnik entonar su poesía y su prosa con un grito que, cómo el éxtasis de la condesa, es rodeado por el silencio, constituye la muerte: “He consumado mi vida en un instante” (ídem).

De la misma forma en que la condesa muerde los hombros de sus sirvientas y calma sus jaquecas con sus gritos, Pizarnik aguijonea con clavos sus “sueños enfermos” para que nazca su inspiración. Pizarnik comprende que sólo puede alcanzar esta trascendencia dejando de ser ella misma, una joven asustada por sus “aventuras”, cuyos “… brazos insisten en abrazar al mundo / porque aún no les enseñaron / que ya es demasiado tarde” (ídem).

Es interesante observar que los apelativos “silencio y “silenciosa” utilizados en la condesa, abundan en la producción de otras obras pizarnikianas. A saber, “Cuídate de la silenciosa en el desierto” (Árbol de Diana), “Siempre he sido yo la silenciosa” declara en “Palabras” un texto fechado en 1964. De modo que estas imágenes aluden al enclaustramiento que experimenta Pizarnik respecto de sí misma y del mundo.

Ahora bien, como señala Blanchot (2002), la distancia íntima se esboza entre quien mira y el objeto de su mirada. Pizarnik, en su fascinación, ve como la condesa Báthory no puede conservar su belleza, sigue siendo robada por el paso del tiempo, la sangre se derrama sobre sus vestidos y su piel, pero no la transforman en su esencia. De la misma forma, ella, transmutada en la “enamorada del viento”, declara su deseo de no vivir, de ser para la literatura. Pero esta muerte a la que busca precipitarse desaparece en el último instante por la insuficiencia de la palabra para expresar la poesía.

Por consiguiente, Pizarnik encuentra en su artículo sobre La Condesa Sangrienta, dicho así para respetar el término que usaba la escritora, una fascinación por la obsesión que ella misma logra alcanzar con sus libros y su poesía. La presencia de la Muerte y del enclaustramiento en la propia Pizarnik en Las Aventuras Perdidas puede reconocerse en el poema “El Despertar” cuando escribe “Es el instante de poner cerrojo a los labios / oír a los condenados gritar” (Pizarnik, 2000). Al igual que la Condesa, Pizarnik prefirió la creación nocturna como un proceso de dolor para alcanzar su trascendencia como escritora, busca vencer el paso del tiempo, como escribe en el poema “La Noche”, “Tal vez las palabras sean lo único que existe / en el enorme vacío de los siglos” (Pizarnik, 2000).

En conclusión, los crímenes de Érzebet Báthory son dictados por las convulsiones de su cuerpo en la búsqueda de la belleza eterna, como la misma Pizarnik (2002) señala: “Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno”. Su crueldad puede ser vista como una forma de escritura que se inscribe en la carne de sus víctimas.

La constatación melancólica de que la condesa no puede acceder a esa belleza definitiva y la determinación compulsiva y automática de perseguirla; como la búsqueda perseverante de la palabra poética, definitiva y trascendental, se desempeñan en el silencio y en la noche. Y no hay nada más quieto y silencioso en la noche que la poesía que se identifica con la obra de la muerte, “es decir ayer / es decir hace siglos” (“El despertar”, Las aventuras perdidas, 2000).

Los féretros de mi sangre (PARTE I)

Bibliografía escogida:

Aronne Amestoy, Lida. «La palabra en Pizarnik o el miedo de Narciso», en Inti: Revista de Literatura Hispánica, n.º 18-19, primavera de 1983, pp. 229-244.

Del Pino, Ángeles Mateo. «El territorio de la memoria: Mujeres malditas, La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik», en Rassegna Iberistica, n.º 71, febrero de 2001, pp. 15-31.

Alejandra Pizarnik. Poesía completa 1955-1972 (edición a cargo de Ana Becciú). Barcelona: Lumen, 2000.

Pizarnik, A. Nueva Correspondencia (1955-1972). (edición de Ivonne Bordelois y Cristina Piña). Buenos Aires, Argentina: Editorial Lumen, 2017.

Pizarnik, A. Prosa completa (edición a cargo de Anna Becciú, prólogo de Ana Nuño). Barcelona: Lumen, 2002.

Pizarnik, A. Diarios (edición de Ana Becciu). Buenos Aires, Argentina: Editorial Lumen, 2013.

Molloy, Sylvia. “Una torpe estatuilla de barro”: figuración de Alejandra Pizarnik. Taller de Letras Nº 57 71-79, 2015. New York University, pp. 71-79

Mallol, Anahí Diana. “Distanciamiento y extrañeza en la obra de Alejandra Pizarnik”. Orbis Tertius, 1996, año 1 no. 2-3, p. 147-170

Tinianov, Juri (1927). “Sobre la evolución literaria”. (AA. VV., Teoría de la literatura de los formalistas rusos, México, Siglo XXI, 1970, edición preparada y presentada por Tzvetan Todorov).

Genette, Gérard (1962). Palimpsestos. La literatura en segundo grado.

Blanchot, Maurice. El espacio literario. Madrid, España: Editora Nacional, 2002.

Doritos y Coca | Una necesidad vital

Para las mujeres, la poesía no es un lujo. Es una necesidad vital. (…) La poesía es el instrumento mediante el que nombramos lo que no tiene nombre para convertirlo en objeto del pensamiento.

Audre Lorde

Por Silvia Santaolalla


Este texto era una carta para mí. Empezaba algo así: ¿Seré la misma después de este mes? Era una carta para mí porque pensaba que era relevante recordarme todo lo que había cambiado en mi vida en el último año. Y aunque lo personal es político, también hay que recordar que las vivencias que compartimos como comunidad atraviesan nuestras experiencias particulares. Así que este texto, que es ahora un homenaje a mujeres que en los últimos días han incendiado mi corazón, realmente empieza así:

¿Cómo se empieza un mes así? Con el corazón atravesado y las entrañas llenas de fuego. A inicios de septiembre, a la mitad de mi emoción por el próximo otoño y los planes personales, A compartió conmigo una serie de notas en Instagram que me hicieron sentir terrible. Le dije: A, debes darte un descanso de redes. Sin embargo, es claro que ninguno de esos acontecimientos debía permanecer silenciado en nuestras mentes y nuestros feeds. Es terriblemente difícil vivir bajo el espectáculo, en medio de un genocidio transmitido en línea, matando el tiempo que medio nos sobra después de largas jornadas laborales entre videos de perritos tiernos, bromas sin sentido y notas rojas. Cuando A y yo nos damos un descanso de redes, casi nunca significa dejar el celular a un lado. Significa pasar los siguientes minutos intercambiando videos tiernos, bobos, llenos de maquillajes y manualidades que quizá nunca haremos. Significa pausar el terror de la realidad tan violenta en la que vivimos.

Si hoy pongo esto en palabras es porque creo que ese día mi comentario quedó muy corto en la discusión. Creo que solo quería fingir que las cosas podrían mejorar aún si no las veía, si no me mantenía al tanto de lo que pasa «allá afuera». Fue cuando leí la declaración de Gisèle Pélicot cuando decidí que quizá lo que decía A era: ¿qué podemos hacer frente a todo esto horrible que sigue atravesándonos? Y yo no supe qué debía decir.

La vergüenza tiene que cambiar de bando, dijo la francesa cuando decidió que su juicio debía ser público, y sentí que mi corazón se rompía e incendiaba a la vez. La historia de Pélicot es el ejemplo perfecto de que la igualdad no está ganada ni en el llamado primer mundo. Su historia nos recuerda que los monstruos son en realidad aquellos que supuestamente nos aman. Me recordó la historia de muchas de mis amigas y mujeres cercanas. Me recordó por qué nos cuesta confiar.

Después fue Rebecca Cheptegei. Cinco litros de gasolina y fuego. Toda una vida destruída mientras Dickson Ndiema Marangach la atacaba. Si él no hubiera muerto días después que la maratonista quizá estaríamos frente a una situación similar que la que vive María Elena Ríos con el largo proceso que ha sostenido contra Juan Antonio Vera Carrizal, presunto autor intelectual de la tentativa de feminicidio en su contra. Proceso que parecía haber terminado cuando a mediados de agosto el juez José Gabriel Ramírez Montaño había decidido dictar absolución y libertad al exdiputado priista y empresario.

Pero quizá lo más decepcionante, son los acontecimientos que parecen no tener mayor peso que una discusión entre amigos o colegas. Una plática casual en la cena, un post furioso en Facebook dónde te comentan que lo tomes con tranquilidad. Porque son los supuestos «temas ligeros» los que permiten saber desde donde se enuncia la gente cercana. Son los comentarios tomados a la ligera los que muestran con quien convivimos a diario. Por supuesto que estoy hablando de dos de los personajes más virales entre finales de agosto e inicios de septiembre: Roro y Adrián Marcelo. La primera una influencer viral por su supuesto estilo de vida que remite a las tradwifes con el giro de ser novias que deciden quedarse en casa para cuidar de sus novios. El segundo el youtuber y psicólogo que se volvió controvertido por su misógina participación en la versión mexicana del reality La Casa de los Famosos. Y aunque es verdad que la mediatización de ambos no es responsabilidad del consumo de los espectadores, sobre todo cuando es casi imposible no encontrarte con su contenido, nuestras reacciones frente a los temas que plantean sí lo es. La responsabilidad de los cuidados, la violencia psicológica y verbal, la manipulación, las actividades codificadas como femeninas, la carga emocional de las mujeres en las relaciones, el gaslighting. Todos temas que nos atraviesan a todas, todes y todos, pero que quizá muchos de nuestros conocidos están manejando de maneras que nos alertan sobre su posición política y ética.

Al final quizá esta era una carta para ti A. Para que sepas que ese día a mí también me incendiaron las notas que me enviaste. Para que sepas que no solo dije que descansáramos para nunca volver a pensar en eso, sino que lo pensé todo este tiempo para poder entender qué podemos hacer ahora. Y aunque quizá no sea lo que buscabas, creo que lo que sí podemos hacer es no dejar de hablarlo, no callarnos nunca, no olvidarnos. Como siempre escribirlo. Como siempre, convertir a la palabra en una necesidad vital. Como decía Lorde, que escribirlo sea la manera mediante la que nombramos lo que no tiene nombre para convertirlo en objeto del pensamiento.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).