Algo que hizo bien internet: los videos de changuitos que mandas con la leyenda ‘somos nosotras’ | El retrato de una chica perdida

Por María Fernanda Vázquez

Ayer le dije a mis amigas que comencé a ver Sex and the city, yo no tenía mucha idea de la trama y la verdad es que decidí verla porque una de ellas mandó un tiktok y dijo: somos nosotras.

Tras esa aseveracion decidí que tenía que averiguar más sobre cómo somos en ese universo, para sorprenderme (más por lo efectivo que por extrañeza) al descubrir que mis amigas conocen los rasgos más caracteristicos de la personalidad que he construído a su lado en estos meses (años), lo suficiente como para decir con seguridad: somos nosotras.

Hay un cobijo muy interesante detrás de la cadena de reels que compartimos asegurando que en la infinitud de posibilidades de la vida (o de las vidas si consideramos los multiversos) encontraríamos el camino a la otra. Es un hecho significativamente sentimental, lo es tanto que es sumamente relevante de mencionar.

Últimamente me he paseado por la vida esperando encontrar un cauce al cual ceñirme, pues la vida adulta asusta, intento pensar en lo que debería escribir aquí y aunque de vez en cuando me parece que simplemente tengo que escoger entre una de todas las inquietudes de mi mente, se vuelve más complicado cuando me siento frente a la computadora y admito que la idea de no tener nada que decir sigue allí,
latente.

Tan latente como yo, pues soy yo misma.

Así que miro valiente a la pantalla y me cuestiono:

¿Cómo es perder el miedo?

Afortunada (o desafortunamente) es una pared con la que me he topado bastante estos meses, porque pedí con todas mis fuerzas que el ritual de inicio de año sirviera (me atraganté con más de una uva en el deseo ansioso de tener más oportunidades de probarme a mí misma). Funcionó y entonces tuve que atravesar la barrera frente al camino que se abre frente a ti como si estuviera detrás de una puerta, escondido, pero siempre presente. Decidir avanzar o no hacerlo, esa es la cuestión más primordial para mi suma de inseguridades y deseos de alcanzar, así sea un roce, el vislumbro de los sueños con los que he tapizado las paredes de mi cuarto como una esperanza de ‘quizá algún día’.

¿Cómo es perder el miedo?
No lo sé. Nunca lo perdí, pero en el momento en el que estuvo a punto de vencerme mis amigas me dijeron que si tenía miedo, significa que lo estoy haciendo bien. Cuando escuché las palabras me sentí la protagonista de mi historia por primera vez en mi vida, me atribuí la voluntad de no colapsar por la incertidumbre, pero la comparto siempre con cada una de las personas que tras una situacion, totalmente rutinaria y amada por todas, me manda un video de dos changuitos abrazados, abajo la leyenda:
«somos nosotras».

✮ ✩ 

Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, crecí en el Edomex y ahora vivo allá, pero duermo acá, por decir algo. Actualmente vivo mis últimos instantes como estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM (sin trámites de titulación, obviamente) y espero poco a poco perder el miedo a mi voz.

Mi interés por la literatura ha crecido conmigo, no linealmente, pues es un vaivén de encuentros y desencuentros que me confirman que siempre hay algo por aprender y compartir. Espero poder encontrarme en las letras de lxs demas, espero alguien se encuentre en las mías.

Historias de alacenas, vitrinas y macetas I El mar dentro de mí.

Por Arizbell Morel Díaz.

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Hay un mar dentro de mí,

puedo sentirlo con deseo,

cada recoveco lleno,

después de un gran trueno.

Hay unas manos que me recorren,

invariablemente, de arriba abajo,

como si el mar mismo

(y todas sus olas, todas sus formas)

lavaran mis costados.

Hay unas ganas de quitarme,

de arrancarme la ropa,

capa a capa,

(cual cebolla)

con esas manos que, 

generosas, se ofrecen.

Unas manos que cuando miro,

dibujo sobre mi cuerpo.

Unas manos cuyos largos dedos,

yo anhelo.

Hay un deseo de trueno,

hay un vértigo de lleno,

que recorre mi cuerpo,

cuando yo te veo.

Hay una voz que,

presurosa, me llama.

Canto de sireno legato,

armonía menor o mayor

en olas en consonancia de un son sin corazón.

[…]

Hay un mar que me inunda,

un océano desbordado, 

un río congelado,

un caudal sin refreno,

una rivera que no tiene lleno,

un lago de valle sin seno,

un charco en pleno febrero,

de la lluvia que tus ojos provocan en mí.

[…]

Y un vaso vacío de la muerte sin fin….

…de la diabla y la parca que se encuentran en un tan, tan

…cuando te acercas a mí.

[…]

Hay una cicatriz,

que recorre mi brazo izquierdo,

arañazo felino,

después de tener el mar adentro.

Arizbell Morel Díaz.

Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Coordinadora en el Programa UNAM- Peraj Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” de 2021-2024 (mismo del que fue tutora en el ciclo 2020-2021). Integrante activo de la Comitiva de Encuentros “Apuntes” de la Cátedra Bergman de la UNAM desde 2021.

Ha dirigido obras como “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart (ENARTES 2021,Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla) con la compañía La Crisálida. Actualmente se dedica a la producción y dirección de proyectos teatrales y musicales enfocados en la sustentabilidad, las jóvenes audiencias, la perspectiva de género y las comunidades.

También es actriz entrenada en verso y asistente de producción. Vocalista en Vibraría (@vibralia_la_banda)

Ha escrito narrativa y ensayo. Su primer texto publicado en La Coyol es “Bitácora de una planta en resistencia” (2020).

Tramas Humanas| Desaprendiendo el amor: más allá de los mitos románticos y los roles de género.

Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?

Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.

Los testimonios de un problema común:

Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”

Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”

Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”

Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?

El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.

Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.

El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.

Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.

Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?

La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:

1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.


2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.


3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.


4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.

El amor sin moldes:

Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.

Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

Entre calles y páginas | Callar la hoja en blanco

Por Ángeles Serna

I

Escribir

escribir para recordar –me–

en el escritorio de mi madre

en el regazo de mi abuela

en la banca de la iglesia.

II

Escribir

para no olvidar

capturar mis días

entre las rayas de cuadernos

azul

roja

azul

platicar con mis palabras

a la hora del recreo

preguntarme por qué nadie quería jugar conmigo.

III

Escribir

porque me lo enseñó mi abuela

debajo del manzano

tomaba mi mano

sosteníamos su pluma azul

o el color rosa

o el lápiz de madera

y sobre la palabra ya escrita

seguía su trazo

cada agosto regresaba con ella

escribíamos más

escribíamos juntas

escribíamos en nuestro lugar.

IV

Escribir

el cuerpo deforme de la adolescencia

los suéteres enormes no escondían

el desprecio de mis ojos

frente al espejo.

V

Escribir

para no esconderme

en las pestañas de mi madre

en el aliento de mi padre

o en los murmullos habitantes de mi cabeza. 

VI

Escribir

para retratar la foto familiar

enfocarla

mejorar la nitidez

eliminar las sombras

los secretos

las manchas que se agrandaron por el tiempo.

VII

Escribir

para dejar de tener miedo

o escribir con miedo

en días fríos

o calurosos

en un cuarto propio

o en la sala de mis padres

o en cualquier lugar donde dejen escribir

o lo prohíban

escribir sin permiso

al reverso de las libretas

en las notas del celular

en las esquinas de las servilletas

en las paredes de cualquier ciudad.

VIII

Escribir

aunque no tenga sensibilidad

habitar el “lugar común”

las malas metáforas

los símiles

la carencia de “estética”

escribir y no hacer literatura

porque el yo no existe

no importa

o eso dice la academia

¿o solamente el yo hegemónico existe?

IX

Escribir

desde la periferia

donde el tráfico no es un problema

donde los domingos se va a misa

donde mientras escribo

mi vecina sirve la cena cubierta en golpes de su esposo

mientras escribo

a kilómetros

niñas son vendidas a sus propietarios

mientras escribo

en el rancho vecino se esconde amapola

y se cosechan armas

mientras escribo

madres buscan a sus hijos desaparecidos.

X

Escribir

para gritar las palabras en la hoja en blanco

para no callar

lo que me dicen que calle.

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Serna (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.

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Ideas sobre el lenguaje, vida cotidiana y poesía por Jeanne Karen en La máquina verde.

Constantemente estoy pensando en el lenguaje, no solamente en la manera de usarlo, en para qué sirve, también pienso en cómo se llega a cierta forma, a algunas expresiones, dichos, palabras, versos.

No hay respuesta, o mejor aún, son muchas las respuestas a mi planteamiento. Hace tiempo me invitaron a hablar en un foro de artistas y algunas personas comenzaron a preguntar sobre la maravilla del lenguaje, por lo que les decía con algunos ejemplos, cómo pienso, cómo lo veo, cómo me doy cuenta de la manera en la que lo usamos. En realidad así es como funciona, con el uso, es como toda herramienta, si no se usa, deja de servir, deja de ser funcional. Así sucede a veces, dejamos de utilizar ciertas palabras y desaparecen poco a poco de nuestro vocabulario habitual, luego del idioma.

Cuando salgo a caminar, pienso, imagino, tomo fotos, luego trato de construir con mis propias palabras todo lo que percibo. Puedo sentir mucho, muchísimo, eso siempre, porque sucede que estamos llenos de emociones, pero no es lo mismo que estar llenos de palabras, es muy distinto. Lo sé porque vivo con una persona que utiliza muy pocas y aunque su vida interior es hermosa, inmensa y rica, no puede compartirla conmigo; entonces, me queda imaginar que es feliz, que está bien y que construye historias que son únicamente para su propio ser y ahí dentro debe haber, debe existir otro lenguaje o varios lenguajes que me están vedados. Esa situación me hace regresar a la hoja en blanco, a intentar de nuevo explicarme a mí misma, qué es lo que sucede en ese mundo, en ese interior desconocido, lo único que puedo hacer es figurármelo y tratar de describirlo. Otras veces, como escribió la poeta Minerva Margarita Villarreal, en su poema Tiempo de reverberación, “El silencio se impone y nada comprendemos” o nada comprendo, me convierto en la persona que observa. Por esa razón busco en la poesía algún elemento que me pueda ayudar a asociar todas las cosas que desconozco del mundo y también de esos otros universos a los que llamo las otras mentes.

Hay opiniones sobre la poesía, sobre el lenguaje poético, algunas opiniones apuntan a que no sirve para nada, es decir en el contexto material y físico, en ese primer plano en que estamos y somos; la poesía no me ayudará a combatir una enfermedad, como sí lo hará una buena medicina, por ejemplo. Otra gente apunta hacia la idea de que no es ese su objetivo. En lo personal me he dado cuenta, por mi experiencia, que el lenguaje poético sirve para acercar a las personas, para acercarnos a los lugares desconocidos, para crear, sí, sobretodo eso, para crear. Lo que sucede es que no estamos creando constantemente como estamos viviendo, hay horas, días, tal vez meses en que la creación no está presente. En mi caso, en que la creación a través del lenguaje poético no está presente. No, no podemos decir que es un lenguaje que utilizamos en el día a día, sería cansado, para muchas personas sería aburrido, poco útil, no se formaría un buen puente de comunicación. Dice Francis Ponge en El silencio de las cosas que “este objeto en seguida nos parece interesante, bonito, bello, sublime”, se refiere a un objeto de arte o una creación, la cual está alejada de la naturaleza. Es decir, que es algo hecho únicamente a través de la experiencia humana. Y Ponge apunta además que esos objetos parecen no servir absolutamente para nada.

¿Qué nos animaría, qué nos movería para llevar a nuestra vida diaria un lenguaje meramente poético. La respuesta es nada. Ahora, ¿para qué momentos sí sirve, sí funciona, sí nos conecta ese lenguaje?

Seguramente ustedes, lectores de la columna, lo saben. Para mí, ha servido en cada instante en que quiero disociarme de la realidad. Funciona como un estimulante, en mi caso, no puedo decir que sea el caso de otras personas, cada quién tiene su propia experiencia. Un poema es un artefacto, puede ser como un monumento o como una granada. Es imposible voltear a ver a la poesía y pensar que es solamente algo bello, no. La poesía también es inquietante. El poeta es por lo tanto un intelectual o por lo menos debe serlo, debe tener la facilidad de mover voluntades, fuerzas, ideas. No estamos para escribir bonito, o no nada más para eso, estamos para crear y recrear. Tener influencia sobre lo que nos rodea, sobre lo que nos preocupa.

Si a ustedes les gustan las redes sociales, han visto, se han percatado de que cada día que pasa hay más y más contenidos sobre poesía, sí, sobre poesía en todas sus formas. Pensemos en el tema. ¿Por qué creen que sucede?, quizá cada creador digital tenga su razón, su objetivo, pero una cosa es casi segura, hay un uso del objeto de arte para el placer, pero nos surge la necesidad de mostrarlo a los demás, como escribió Ponge. Hay también un impulso que nos lleva a compartir ese placer como una forma de sabernos intensamente vivos. Por lo tanto, soñemos con los poetas que vienen. Me imagino su juego con el lenguaje, me imagino su aportación intelectual a la vida que viene.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

El ojo de Lya | 100 años de soledad

La obra de 100 años de soledad, es de los títulos que encabeza las listas de “imperdibles de la literatura que debes leer al menos una vez en la vida”, que durante mi adolescencia lectora eran mi guía para encontrar nuevos títulos, indudablemente la obra de Márquez fue uno de ellos.

Año 2013: Fue mi primer acercamiento con el libro, pero no pude pasar más de cincuenta páginas, mi concentración se agobió en el entramado familiar, las calles bien trazadas de Macondo y los innumerables Arcadios y Aurelianos. 

Año 2017: Estaba en pareja con un hombre que decía decirse lector y cuando me vio leyendo la saga Game of Thrones de George R. R. Martin, sentenció mis inclinaciones literarias diciendo que eso no era literatura, que debería leer algo más formal como “Cien años de soledad”. Me señaló con desdén cuando le dije que no había podido terminarlo, dijo que ese libro era importante porque ahí estaba la historia familiar de García Márquez y, cito, “sin nada de ridiculeces de mágica”.

Año 2017: Para el mes de septiembre ya había terminado esa relación, y por trabajo me encontraba en CDMX, y mi costumbre era comprar un libro cada que iba allá. Terminé de desayunar del Sanborns de los azulejos, cuando pasé en el departamento de libros y uno llamó mi atención, la portada de vibrante azul y el icónico “Gabriel García Márquez Cien Años De Soledad”. Cuando llegué a la última palabra me encontraba embargada de emoción y cautivada por esa historia familiar.

Año 2019: Ya llevaba dos años profundizando en el aprendizaje de la escritura. Por lo que conceptos como “realismo mágico”, “arco narrativo”,  ya estaban entrañados en mi mente. Antonio Pacheco, un colega y amigo, escribía con un estilo literario que emulaba a Márquez, además mencionó que su pasión por las letras había nacido por “100 de soledad”. Busqué en mi librero aquel ejemplar comprado en el Sanborns. En esta segunda lectura, pude observar el estilo, construcción y sobre todo la relevancia del género “realismo mágico”, además de que desde ese momento la dolorosa pasión de Meme Buendía y Mauricio Babilonia se quedó permeado a mi memoria literaria. Luego de la segunda relectura, terminé molesta con aquel ex del 2017, tenía ganas de tomar el teléfono y decirle que dejara de ser un narcisista que se cree con superioridad de juzgar las aficiones literarias y mentir sobre haber leído “100 años de soledad”.

Año 2021: Adquirí una edición ilustrada de “100 años de soledad”, y emocionada me adentré en la tercera lectura de la obra, pero al llegar a la parte de la enemistad de Rebeca y Amaranta, aunado con la trama de Remedios Moscote cuando la instruyen física y mentalmente para ser la esposa de Aureliano, ya no pude continuar. Mi ideologia feminista encontró desagrado en cómo el autor desarrolló estas figuras femeninas, sentí que se reafirmaba el concepto de mujeres compitiendo por hombres o la violencia al casar a una niña con un hombre mayor. El libro, casi nuevo, se quedó en mi estante. Después comprendí que no siempre es bueno juzgar el pasado con la visión del presente.

Año 2022: Netflix lanza un teaser, anunciando la adaptación de este libro. Mucho se dijo que seguramente arruinaría la historia, era evidente que las expectativas estaban por lo alto. No manifesté mi opinión al respecto, aunque me inclinaba a que no era buena idea llevar a la pantalla la historia de los Buendía. Sin embargo, para emitir un juicio habría que esperar. 

Año 2024: Creo que para noviembre, que Netflix lanzó el tráiler oficial de la serie, yo había olvidado que vendría esta adaptación literaria, pero las imágenes lograron enganchar mi curiosidad. A inicios de diciembre se estrenan los ocho capítulos que conforman la primera parte de la obra. Empecé a ver la serie y surgió la imperiosa necesidad de volver a leer el libro, y fui en busca de la edición ilustrada que estaba casi nueva en el estante.

Año 2024, 24 de diciembre: Aquel día, el cielo de la ciudad de Oaxaca amaneció engrosado de nubes grises y ligeras lloviznas. El corazón se me llenó de soledad y en brazos de mi mamá solté en llanto, le dije que sentía temor de que mi vejez terminará en soledad, sin descendencia y con una familia donde las mujeres nos hemos quedado solas. Más tarde caí en cuenta que estaba somatizando el sentimiento latente del libro. En esta tercera lectura del libro, encontré en las letras de Márquez un sentido más personal y doloroso, sentí la soledad de las pesonajas y personajes como propia. Sin embargo, en páginas posteriores también hallé resignación a mi tristeza, de voz del coronel Aureliano Buendía: 

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. 

Vi la serie en dos días, no pude resistirme, fui seducida por los lugares, los actores, actrices, las interpretaciones y los diálogos, que son mayoría tomados fielmente del libro. En las primeras imágenes vemos a Aureliano Babilonia, descifrando los manuscritos de Melquiades, que son los últimos párrafos de la obra, para de ahí partir a contar la historia de los Buendía en forma lineal a la temporalidad. Todas las y los personajes creados por García Márquez se profundizan en la pantalla, pero al ver la versión madura de Úrsula Iguarán no pude contener decir “ella es justo cómo la había imaginado cuando leía el libro”.

La temporada culmina con la muerte del patriarca; una bella secuencia donde él junto a Prudencio Aguilar cruzan la constelación del universo, el infinito de estrellas se materializa en flores amarillas que cubren el suelo de Macondo. Ahora la espera es una punzante expectativa, cómo, quiénes serán los demás descendientes de los Buendía, sobre todo mi parte favorita: Meme, hasta que Netflix no sorprenda con la fecha de estreno de la segunda temporada.

Serena en el mar y la arena | Datchtilidi

Unsplash/ V. Propletova

Por: Anel Solis

En un bosque mágico, donde el aroma de la hierba fresca se funde con la brisa de la mañana, el canto de las aves migratorias entona un recital celestial. Un arroyo caudaloso murmulla entre las rocas, sus aguas cristalinas brillan como diamantes en bruto, mientras peces de vivos colores se deslizan entre la arena, nadando contra la corriente de un mañana sin nombre.

En lo profundo de esas tierras, donde el bosque oculta sus secretos, tres ninfas recorren el sendero marcado por la madre naturaleza. Se encaminan hacia su refugio, guiadas por el eco de sus propios pasos.

La primera, sabia y longeva, carga con las estaciones en su mirada y el peso del tiempo en sus palabras. La segunda, aún joven, ha aprendido a levantarse de cada tropiezo sin detenerse. La tercera, inexperta, apenas ha dado dos vueltas alrededor del sol.

De pronto, la voz de la anciana irrumpe con fuerza en el aire:

—¡Datchtilidi, Datchtilidi! No te alejes de nosotras.

El peligro acecha. Criaturas sombrías recorren el bosque encantado en busca de almas inocentes. Muchas ninfas de eterna belleza han caído en sus garras, su esencia robada, su piel frágil como las hojas de los sauces, desgarrada por manos impuras.

Pero hoy, la fortuna está de su lado. Las tres ninfas llegan a su destino sin una sombra de la barbarie sobre ellas. Mientras permanezcan juntas, nada podrá dañarlas.


-Serena en el mar y la arena

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Con una taza de café

Por Tania Farias

Hace algunos años la vida nos llevó a instalarnos en la capital británica. Aunque la ciudad era una verdadera joya por descubrir, pues su eclecticismo y diversidad estaban presentes en cada rincón: bastaba con girar en una calle y de repente me encontraba en un lugar completamente diferente, con una vibra especial y con detalles arquitectónicos tan distantes de la calle anterior que hasta los paseantes cambiaban, un elemento la hacía también bastante severa para vivir: el clima, el cual, lejos de ser insignificante, pues esos cielos grises, aun cuando la lluvia no estuviera presente todo el tiempo, esos ventarrones, en por los menos tres cuartos del año (otoño, invierno y primavera), y ese frío húmedo que te cala hasta los huesos fue un factor que moldeó mis hábitos y la manera de vivir y convivir. Y si le agregamos que éramos nuevos (mi esposo y yo) en la ciudad y que no conocíamos a nadie, Londres no era tan atractiva al principio como lo había imaginado. Además de que mi marido, a la usanza del lugar, trabajaba largas jornadas, y yo tenía que pasar el día sola y con frío intentando familiarizarme con el que sería nuestro hogar por los próximos años.

Fue justo durante aquellos paseos solitarios en los que, al pasar delante de los numerosos cafés que la ciudad albergaba, que mi interés por este líquido oscuro inició. Cada que caminaba y veía a las personas sentadas con una taza de café caliente, en vivas conversaciones con amigos o conocidos, yo no añoraba más que una cosa: estar en su lugar. Así nació mi gustó por el café.

Conforme el tiempo pasaba y me integraba cada vez más a la ciudad, empecé a crear mi propio círculo de amigos; era común que nos citáramos en un café. Mis cafeterías preferidas eran aquellas que daban la impresión de entrar a la sala de la abuelita de alguien, en dónde los sillones no eran similares, sino que cada uno mantenía su propio estilo, pero te invitaban a sentarte y hundirte en ellos para escapar del frío o la llovizna que había empezado a caer. Recuerdo uno en particular que descubrí en una de esas largas caminatas. En un rincón de uno de los mercados del barrio de Candem Town, estaba escondido un cafecito detrás de numerosos estantes de libros usados que estaban a la venta. Cada que tenía la ocasión, no perdía la oportunidad de sentarme allí con una taza de café y alguno de los deliciosos pastelitos que vendían; y por supuesto, cuando alguien llegaba a visitarnos era uno de los lugares obligados que incluía en los paseos que yo proponía.

En una de mis recientes visitas a Londres, después de no haber estado en la ciudad por muchos años, caminé hasta Candem Town y enseguida me dirigí a donde mis recuerdos me decían que encontraría aquel cafecito. Sin embargo, el mercado había sido renovado en gran parte. Los puestos habían cambiado; se podría decir que todo era más bonito y ordenado, pero a mi nostalgia le hacía falta esa vibra de autenticidad que solía tener. Y por mucho que caminé, nunca logré dar con el cafecito que buscaba.

Fue en Londres que me descubrí y me autodenominé como una “bebedora de café social”, pues a diferencia de muchas personas que conozco, no me era necesario, ni me sigue siendo necesario tomar café para iniciar el día. Para mí, el café es compartir con alguien más, es la oportunidad de conversar, de intimar, de crear lazos de amistad. Y aún hoy en día sigue representando lo mismo: beber una taza de café es transportarme a un lugar cozy, resguardada de las severidades de vivir en una ciudad, pero, sobre todo, es estar en buena compañía.

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Entre las hojas del viejo cuaderno por Jeanne Karen en La máquina verde

Ahora hay, en nuestro tiempo, algo difícil de declarar, de decir en voz alta o escribirlo en una línea: soy feliz.

Diferente del hecho de estar feliz. Estar feliz puede durar un instante y después volvemos a nuestro estado habitual del ser. Podemos ser personas tristes, melancólicas, pero de vez en cuando, llega ese rayo de luz sobre nuestras vidas que nos lleva a la emoción de la felicidad.

Pero para poder aseverar que somos felices se necesita más. Es llegar a un punto en nuestra existencia, desde donde yo lo veo, que no importa mucho lo que suceda con la cotidianeidad, si es cómoda o no lo es, hay algo dentro de nosotros que ya difícilmente se va a apagar. Llegar a ese punto, puede tomarnos muchos años, quizá toda la vida. Mirar hacia allá, a ese punto del que hablo, creo que para mí es lo más importante, no perder de vista el hecho de que, en algún lugar de mi camino, alguna vez, aparecerá en mis apuntes, en mi diario, en mi trabajo literario, la frase Soy feliz.

Y no será solo para darle más importancia a un texto, a mi labor o a mis días, sino simplemente porque lo soy y eso será lo más poderoso. Dejarla ahí, la frase, a medio renglón, tan sencilla como es, pero tan intensa, llena de verdad. Porque lo dicho, como lectora me he encontrado infinidad de textos en donde nos llega el momento en que el personaje está feliz o el poeta ha encontrado en la belleza, un gramo de la felicidad, pero es tan distinto de serlo, de serlo aunque nos caiga una tormenta a mitad de un campo despejado. Transmitir esa emoción, es complicado, a veces creo que podemos llegar a tenerla, pero que los demás puedan realmente percibirla en nosotros, no lo sé, es algo distinto.

Puedo estar en un sitio, perfectamente en calma, puedo respirar hondo, cerrar los ojos, sentir la máxima felicidad que cabe en mí, dejarla en ese espacio de mi cuerpo para siempre, pero tal vez no logre convencer a nadie más. Entonces en realidad lo es para mí, solo para mí.

Muchas veces, como escritores o como creadores, soñamos con hacer sentir, hacer ver, compartir, dejar en las demás personas una nueva emoción, por lo menos eso es lo que a mí me gusta hacer a veces, no siempre, porque en otras ocasiones simplemente me dejo llevar por el juego del lenguaje, pero ese es otro tema. Y cuando estoy con esa tarea, mover un poco, que como lectores encuentren un guiño, una complicidad, me da la certeza de una tarea que he realizado de la mejor manera posible, por lo tanto me llega el momento anhelado de decir, estoy feliz y a veces eso es suficiente, sueño con que de tanto y tanto que esté feliz, indudablemente llegaré al otro momento.

¿Cuántos estar felices, se necesitan para llegar a ser realmente felices?

Cuando una persona que amamos, nos envía ese simple mensaje: soy feliz, nos sacude el mundo. Es como una explosión de adrenalina, un encuentro con nuestro propio sentir, con nuestra naturaleza y realidad. Es llegar a cuestionarnos en ese mismo instante una verdad, nuestra verdad, realmente lo somos o si estamos, o si estando constantemente llegaremos a ser, quizás.

Pienso en todos los poemas, los libros, los apuntes, los sitios en internet, donde he querido encontrar la clave, la palabra mágica, la idea, el sentimiento que nos lleva a ese estar; hay mucha información, se pueden disfrutar tantos y tantos rincones de la red, obras de muchísimos escritores, pero al final lo que importa es llegar a nuestra propia definición, a nuestro momento.

Por eso recurro una y otra vez a buscar entre los libros que tengo en casa, en mi pequeña biblioteca, que día a día me entrega esa chispa que está entre lo perdido y la sensación de encontrarlo. Voy en busca de mi propio ser feliz, entre las hojas sueltas que caen lentamente de alguno de mis cuadernos, pasan por mi mirada, es extraño todo, sonrío.

Luego de vez en cuando, encuentro versos como los del libro la hipótesis de Nadie, del gran poeta colombiano Juan Manuel Roca:

La llamé desde el libro, mil y una noches. Le puse señuelos, caballos junto al mar, palabras desnudas. En vano. Yo subo a un vagón, ella baja del siguiente y el tren desaparece. Nunca está donde estoy, huidiza armonía.              

A esa maravillosa armonía de la que habla Roca en su poema, yo la llamo felicidad. Siempre estoy llegando, estoy a punto, bajo antes, entro después, me entretengo en otras cosas, busco en otro lado, me quedo perpleja, vuelvo a sonreír, pasa frente a mis ojos y me hace un gesto, cae de nuevo desde las hojas de mi viejo cuaderno, es más, me saluda, sonríe, pero en ese instante ya estoy en otra cosa, estoy en la computadora escribiendo la columna y cuando quiere irse, la atrapo justo ahí entre las líneas, para mis lectores, para los atentos ojos que están dispuestos, aunque sea un instante y de ahí partimos, una y otra y otra vez.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.