Por: Monserrat Chávez Olivas
He pasado mucho tiempo recordando mi niñez, durante estos dos últimos años de mi proceso, los bloqueos mentales no me permiten ver con nitidez las escenas donde me recuerdo con un dolor incesante, pero ahí están, existen y vivirán en mí por siempre; pero ahora sé que se llaman heridas y sanan.
Pasé la mayor parte de mi infancia y adolescencia teniendo pensamientos catastróficos y suicidas, estaba segura que era normal, estaba segura que a todos los que me rodeaban les surgían esas ideas. Lo peor es que me acostumbré a ellos y me callé, creía que era normal pero al mismo tiempo sabía que debía retenerlo en mí, creo que así inició la lucha contra mí misma, dos yo que discuten y casi nunca logran estar de acuerdo.
Pasaron los años, yo crecía y mi interior invasivo también, normalicé conductas y pensamientos destructivos hasta que en 2019, luego de varios eventos infortunados, la morada se vino abajo. Quedé en ruinas, conocí a la peor versión de mí; primero terapia con la psicóloga luego remitida al psiquiatra, diagnóstico: cuadro severo de depresión y ansiedad. Paciente con riesgo a cometer suicidio.
Y así pasó, que el muro construido desde mi niñez alrededor de mí, se vino abajo en cuestión de semanas, días. Para luego darme cuenta que nunca tuve nada ni fui alguien, sólo una persona hecha a expensas de otros, nada me pertenecía, cuestionarse duele mucho y eso hizo en mí el feminismo (que hablaré de ello en otra edición) y la terapia, cuestionar todo, el doble, el triple y dejarme desnuda a la intemperie mientras intentaba descifrar quien era y a dónde quería ir.
Iniciar el viaje fue difícil, tenía que reconocer mis debilidades para salir bien librada, tenía que reconocer mis problemas que insistía en decir que no lo eran, fue difícil, doloroso y terrible. Terrible ver el rostro de mi madre desconcertada al observarme y no entender lo que pasaba en mí, escuchar las preguntas incómodas de compañeros de trabajo y conocidos «¿Estás enojada?» cuando veían mi rostro desencajado, era tristeza pero fue hasta meses de terapia que aprendí a poner nombre a mis emociones y enfrentarlas.
Ya saben, los síntomas de un depresivo y ansioso: desmotivación, cansancio, mal humor, insomnio, romper en llanto repentinamente, disociación. Sí, dejé de hacer lo que un día había amado, ya no me era de interés. Despertar cada mañana se volvió mi calvario, un infierno que ardía y quemaba, los días se volvieron en un pensamiento recurrente ¿hoy si me voy a morir? Hoy si voy a morir, hoy lo haré, hoy es el día.
Deambulé en ese sitio durante casi un año hasta el día de mi diagnóstico, ese día supe que tenía nombre lo que yo sentí por años. Que no era normal y que tenía «cura» y «razón». La razón, la razón es compleja y por el momento es difícil de explicar y de entender, pero la ciencia le había puesto nombre y medicación.
75 gramos de velanfaxina por la mañana y una tableta entera de farmapram por las noches. Sí, la pasé mal el primer mes, los efectos secundarios me tenían peor que el mismo trastorno, ahora en verdad me dije «voy a morir mañana» pero no morí y pasó lo que los medicamentos tenían que hacer.
No quiero alargarme, habrá tiempo de hablar más de ello. Pero al paso de los meses, la vida se volvió una mejor versión, los síntomas no se fueron (no se han ido del todo) pero ya no echo de menos el pasado ni me atormento por el futuro. Tengo días lamentables y días increíbles, aún vagan los pensamientos por mi cabeza, aún escucho sus voces algunas madrugadas pero ahora sé con certeza que se irán un día, por ahora el proceso los ha alejado un poco.
La depresión y ansiedad casi me matan. Yo no elegí vivir así y aún no estoy segura si elegí recuperarme, pero aquí estoy aferrándome a esta vida sin sabor. Quiero decir, que aunque las cosas se han tornado duras, aún creo que no todo está perdido y hay mucho en que trabajar.
Hace casi dos años me diagnosticaron y he tenido diferentes etapas donde soy muy funcional y otros donde no puedo si quiera agarrar el móvil. Algunos otros días soy ambas. Pero gracias a los que me acompañan en este camino, aprendí a que el proceso nunca es lineal, está llena de curvas y que no debemos obligarnos a mantenernos productivos 24/7 (en verdad no pasa nada que te tires todo el día en la cama viendo tiktoks).
A ti, que me estás leyendo. Quiero compartir mi historia, como una forma de catarsis y también para ayudarnos mutuamente. Me hubiese gustado leer vivencias como la mía durante el tiempo que la pasé mal, por más que busqué en libros, novelas, redes, nunca me cobijó la idea de que todo iba a pasar y mejorar.
Hoy te digo a ti, que has sido diagnosticada/o con un trastorno o estás en terapia psicológica o psiquiátrica, que primero, no dudes del profesional frente a ti, busca alguien que te brinde comodidad y compasión, luego escucha con atención y habla dejando fluir todo.
Hey ¿Estás tomando medicamentos? No pasa nada, es normal. En casos como los nuestro, el cerebro no tiene la suficiente serotonina para subsistir y requiere un poco de ayuda, no seas tan dura/o con tu ser, abraza el proceso y refúgiate en lo que haga vibrar tu corazón.

Monserrat Chávez Olivas. Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación.
He laborado en distintos medios de comunicación en la ciudad de Durango, como El Sol de Durango, Radiofórmula, Periódico Contexto, Enlace conexión entre culturas y DurangoPress, así como en la ciudad de Tijuana, Baja California en la televisora PSN.
Me he desempeñado como reportera, redactora web, videografa, editora de vídeo y fotógrafa.
También he laborado en el área de Comunicación Social como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura, Feria Nacional de Durango y en campañas políticas.
He sido participante de distintos talleres y diplomados de periodismo y creación literaria, pero los más importantes para mí y mi formación ha sido el Diplomado de Creación Literaria organizado por el ICED, mismo que se llevó a cabo durante el 2019 en el CECOART.
También, durante noviembre de 2020 fui participante del V Campamento Literario: El ejercicio novelístico del noreste de México.
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