Shakespeare y Melpómene

por Balthier Gallant

Shakespeare reflexionaba con unas hojas en mano acerca de las tragedias y las comedias, sobre las musas que a cada género representaba. Entre más lo pensaba más se enamoraba de Melpómene. Pues era ella quien le susurraba los mejores finales para sus obras. Ninguna tenía tanto ingenio, ni tampoco la belleza de su tristeza que tanto le fascinaba. 

Pensó una noche de noviembre que si muriera a manos del puñal de lágrimas de Melpómene se sentiría honrado, aun si fuera en las mismas circunstancias en que Bruto dio fin a Julio César. Que si enloqueciera sólo quisiera alucinarla a ella como cual Don Quijote con su amada Dulcinea, pues no habría más dulce locura que esa. Que no le importaría si decidiera envenenarle como los amigos traidores al gran Alejandro de Macedonia, pues serían sus manos las que le pasaran la copa a sus labios. 

Moría de amor cada día que pasaba. En la madrugada, bebiendo una taza de café sostuvo con su palma su pecho. El corazón amenazaba con detenerse. Pero eso no importaba. Y no importaba porque a pesar de saber que su amor jamás sería correspondido estaba dispuesto a aceptar su destino como Dante con Beatriz.

Tomó una rosa. La besó. El último pensamiento, el último suspiro de su vida, se lo dedicó a la musa de su amor.




Balthier Gallant

Pasante de la Licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas, UMSNH. Premio “Padre de la patria” 2016-2017 por el mayor rendimiento académico en Tercer Grado de la Facultad de Letras. Al término de Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, Tercer Lugar de excelencia académica. Ganadora del reconocimiento a excelencia educativa 2018, otorgado por COPARMEX Michoacán. Experiencia como revisor (a) y corrector (a) de estilo de libros para su publicación y digitalización, y en mantenimiento de libros. Autora del texto epistolar “Consejos de un héroe a un villano” publicado en LITERATINOS.

Del cielo al suelo

por Ángela María Muñoz

Cuando llegó el día en que Dios decidió llamarle, el abuelo se encontraba en su habitación meciéndose suavemente sobre una silla reclinable, entretanto, sus nietos le abandonaban. Por la ventana miraba unos mirlos a quienes consideraba suyos; todo era suyo, llegó a pensar que él había creado las plantas, los animales y el mismo aire que en contados instantes dejaría de respirar. 

Hasta aquel día se sentía satisfecho. Su ser era perfecto, indescriptible, omnipotente… sin embargo, cuando quiso ponerse en pie para admirar su rostro hirsuto, un retumbante estruendo atacó su frágil corazón y el último hilo de oxígeno lo atravesó, avisándole que ese sería el final. 

No quería irse, quería amarse por última vez abrazándose a esa quimera efímera de sus recuerdos, así se creería de nuevo la más perfecta creación en el universo. Aunque lo quería, el tiempo no fue suficiente, sus minutos estaban contados y estos no le permitieron cumplir su último deseo. 

Había muerto. Estaba tendido sobre el piso de mármol y ahora no valía nada, ni siquiera un centavo, porque polvo había sido siempre y en polvo retornaría para dejar de existir… para dejar de ser lo que algún día creyó que era.




Ángela María Muñoz Gutiérrez

Reside en Cali, Colombia. Es Comunicadora Social y Periodista, actualmente estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos. Amante de las letras, lectora de la vida, se considera empedernida por conocer y contar historias. Cree que el periodismo, sumado a la riqueza comunicativa que reside en la palabra, tienen un gran valor para expresar y poner de manifiesto sentimientos y evocaciones. Es por esto que en su proceso de aprendizaje se ha valido de la escritura como medio de transmisión del conocimiento. 

Esa tarde en la plazuela

por Alondra Grande

Esa tarde en la plazuela de los pichones, a las faldas del recinto de Dios, se reunieron unas decenas de mujeres hartas de tantas injusticias temblando de miedo y odio por partes iguales; “nos toca bailar con un policía a cada una” gritó una de ellas, con el cabello color rojo fuego y la voz de quien ha sufrido por años y no volverá a permitir ese infierno. 

Esa tarde en la plazuela los gritos opacaron las campanas de la iglesia, éramos piernas rectas, firmes ante lo que viniera. “Soy tu hermana, nunca te voy a herir aunque traigas uniforme, estoy aquí por ti” de rodillas dijo la joven con cabello de colores y la voz partida de gritar el nombre de las desaparecidas. 

Esa tarde en la plazuela faltaban las madres que una bala había arrebatado de esta vida. Estábamos todas menos la hija que por andar en malos pasos, como dijo la policía, su vida había perdido y hora estaba quien le había dado la vida gritando junto con todas… hermana tu nombre no se olvida. 

Se percibía la falta de empatía en los uniformes que guardan la piel de cañón, había mujeres en la primera fila que de la lucha se reían, y otras que en los ojos reflejaban el llanto contenido… sabrán sólo ellas el motivo. 

Esa tarde en el puerto se guardó un minuto de silencio a la libertad de expresión que ha muerto.

Que se sepa en la historia que fueron las mujeres las que le rompieron la calma al gobierno. 




Alondra Grande

«Mi nombre es Alondra Margarita Grande Franco, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 20 años de edad y soy estudiante de Psicología, activista feminista y escritora ocasional. Escribir para mí siempre había sido un acto de rebeldía individual, una
revolución que no iba más allá de las palabras atrapadas en un papel a la espera de no ser vistas por alguien. Sin embargo, ahora creo que los pensamientos merecen ser compartidos y enriquecidos con otras ideas, es esto lo que me impulsa a compartir lo que mis ojos ven y mis dedos teclean.»

Al anochecer

por Yolanda Carrillo

Despliego las sábanas después de repartir cojines y edredones en el sillón cercano. Procuro el aroma de jazmín alojado en esos lienzos de reposo. Dos almohadas… La pequeña luz de la lámpara encendida, y un libro en la mesita aledaña. Abro sus páginas, distraigo mis ojos en esas letras repetidas y aquieto la mirada en ciertas frases develadas donde su calor compartía el mío.

Gestos y miradas de cada noche, como si de esa manera lograra su permanencia eterna.

Es entonces cuando el murmullo se acrecienta, e intento detenerlo un poco más. Es preciso mirar la habitación blanca, la de cortinajes libres, la de muebles pincelados. Camino despacio y toco cada uno, rozando apenas, tal y como él lo hacía. Exaltaba el deseo. Las ansias guardadas. 

Ya no están presentes las delicadezas servidas en pequeños platos para insinuar goces en los labios, ni las copas de vino están llenas.

A pesar de ello, observo de nuevo cada centímetro de ese cuarto, y sonrío al recuerdo de frases sugerentes donde no escapaba la utilidad de cada objeto.

El silencio convoca los rumores de su voz y de la mía. Casi secretos.

Me guardo en las flores simétricas de mi lecho. Amor, amor, repito sin mirada. Llega el enloquecido balbuceo de amores, y sus ojos despojándome de mí misma. No debo abrir los míos, así la memoria de su cuerpo llegará intacta.

Extiendo mis piernas, el ansiado latido llegará.




Yolanda Carrillo

Egresada de Letras Hispánicas por la Universidad de Sonora. Docente en
varios niveles escolares. Creadora de un Diplomado de educación a través
del arte para maestros, y programas de educación musical para
preescolares. Libros: “Caligrafía Artística 3, 4 y 5”. Edit. Santillana. 2002.
“Cuando la tierra aún era blanda”, Fundación Ganfer, 2005. “La Niña”,
editorial Caligrama, 2018. Publicación de relatos en antologías de
Diversidad Literaria y Mundo de escritores. Publicación de relatos en varias
revistas.

Estaciones

por Kimberly Patricia Juárez

Amarte en agosto en medio de las tormentas no fue mi mejor decisión pero  nadie podría prepararme para nuestra primavera llena de colores de mi mundo ideal donde solo tú y yo conocíamos el ritmo de la canción, como el tiempo que logre sostenerte en mis brazos tan duradero en mi mente como nuestras canciones favoritas o el aroma de las margaritas inundándonos entre sus pétalos y nuestros besos secretos. 

Éramos pequeñas piezas o fragmentos de mis libros favoritos en medio de una biblioteca o dos gotas en medio del océano. En el verano solo fuimos viajeros que sostuvieron sus manos una noche en la orilla del mar y cantamos hasta contener la respiración, que sólo se perdió siendo la música de un festival que jamás se repetirá. 

Fuimos la música de primavera que nadie quiere dejar de cantar y bailar, o tal vez sólo fuimos una canción que conservare en mi memoria bebiendo  vino en la parte trasera del auto o buscando estar sobria de tu recuerdo en agosto tomando poco a poco un sorbo de la realidad en donde tú  solo eres invierno y tormentas.

Quiero borrar de mi agenda el calor y los celos de abril que solo me hacían enfurecer; sólo quiero quedarme en mayo y en tus manos suaves que sabían el andar para viajar envueltos entre las sabanas y risas, en medio de sueños que jamás se harán  realidad. 

Vivimos en medio de la esperanza que todo mejoraría, que los atardeceres de aire salado se convertirían en mañanas coloridas sin el temor al arrepentimiento, que por fin abriríamos las ventanas y puertas de par en par. Ahora somos el recuerdo el uno del otro, tomados de la mano tan fuerte como ahora. Sostenemos nuestras espadas listas para el ataque sin darnos cuenta que nada fue nuestro, solo el deseo y la esperanza. 

Somos el recuerdo borroso de nuestras estaciones, algo que tal vez solo mencionemos en nuestros sueños o tan secreto que nuestras miradas solo puedan hablar. 

Aún puedo ver julio y el verano salvaje como los rumores en los pasillos que poco a poco me destruyeron con la angustia de saber la verdad entre sus voces. Me tiré al suelo rezando por un poco más, pero llegó la tormenta que creamos y aunque ahora todo parece un poco más claro, caminando entre la lluvia torrencial, corriendo a buscar nuestro refugio, tengo aún en mi mente tus susurros: prometiendo que todo esto mejoraría, que volverías entre las margaritas y nuestras canciones favoritas.

Pero llegó nuevamente agosto, llevándose todo a su paso. Sólo me dejó la esperanza de que todo pasaría tan rápido como un momento, para cancelar mi agenda y susurrar nuestras memorias perdidas lograr leer nuevamente entre nuestras páginas viejas de la biblioteca solo con la esperanza de atravesar la puerta oxidada y detrás de ella solo los destellos de luz que buscan vida propia.




Kimberly Juárez

Mi nombre es Kimberly Patricia Juárez Vázquez tengo 25 años soy egresada de la Licenciatura en Derecho Internacional de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMèx). Desde pequeña tuve interés por la lectura sabía que de alguna manera tendría que crear mi propio mundo o dejar mi huella en la literatura. Siempre busco con mis relatos y escritos, mostrar perspectivas que tal vez no todos conocen y ser más empáticos ante situaciones vulnerables, en esta ocasión escribí inspirada en una experiencia personal donde los meses marcaron eventos en mi vida que me llevaron a descubrir nuevas facetas en mí.

La bestia

por Andreina Caballero

Debajo de la mesa, mis zapatos se acariciaban el uno al otro, y yo cansada del ajetreo, los separé con premura

Notaba mi corazón inquieto, en un boom boom paran, paran, pam pam, mis brazos se sentían presos, y luchaban por escapar a algún lugar

Mi cabeza navegaba en posibilidades inciertas, me rondaba el pesar y cierta tenacidad sobria, por lograr el equilibrio que buscaba de sombra en sombra

Una flor marchita se asomaba en el jarrón escondido, olvidado y polvoriento en la mesa detrás del sillón, que escuchaba murmullos ahogados cuando adormitada, un aliento escueto dijo tu nombre

Solía pensar que podía salir airosa siempre, escoltar la tristeza por un brazo, y sellarla en aquel cofre donde voy guardando alfabéticamente cada una de mis heridas

Pero me tomó por sorpresa y con un grito encerrado en una jaula, allí esperaba, la bestia, así la llamaba, un sinfín de lágrimas escondidas, que no se desbordaban, ni siquiera con tu nombre ausente lo lograba

Pero el color gris comenzó a apoderarse de mí, incluso en los hermosos días soleados, aquellos en donde cantan los pájaros y se escucha el viento silbón, la brisa te acaricia la cara y las flores descaradas salen a lucir sus vestidos 

Estaba desprevenida, en un vasto recorrido de precaución, y como el camión que atropelló a la serpiente en la carretera, así mismo me pegó, tu presencia y ausencia, es un tanto agotador

Cuando la bestia se desencadena, me dice que deje que mueras, pero no es sencillo, mi bestia pelea con tus ángeles, y pierdo en cada ronda, porque el susurro de tus ojos me endulza la mente, y se amansa cuando escucha tu voz

La bestia no sabe de amor, sólo sabe decir adiós, de egoísmo, de rencor, de violencia con palabras y de hilos rotos, la bestia no es mía, pero es de mí, la bestia arrasa con todo, sacando a cada uno a un rincón mientras me envuelve en su fuego abrasador…

Pero la bestia nunca gana, no importa cuánto me robe a su celda, y me envuelva, me haga suya, y me convenza que de allí soy, no soy de la bestia, soy del sol que me embraza, que me sujeta a la luz

La intensidad me gana, los latidos de mi corazón, me vencen las sonrisas, aquello que era un detalle, que me pasó por el frente y luego recuerdo como un tesoro, me ganan las casualidades, y me dejan un buen sabor

No sé qué hago aquí hoy, he estado con el corazón inquieto, entre saber quién era y quien soy, me ganaron otra vez, a pinceladas blancas y rojas, con pasión estática, con premura, y sin canción 




Andreina Caballero

María Andreína Caballero Olivieri, nacida el 31 de marzo de 1986 en Araure. Edo Portuguesa, Venezuela, hija mayor entre dos. Comenzó sus estudios universitarios en Derecho en 2004, en la Universidad de Yacambú, de donde se graduó en diciembre de 2008, y luego en 2012, comenzó su licenciatura en Psicología en la Universidad de Yacambú. Más tarde estudió en la Universidad Fermín Toro, donde obtuvo el Diploma en Componente Docente en Educación Interactiva a Distancia 2013.

Autodidacta en inglés y certificada en nivel avanzado por la academia OM INGLÉS PERSONAL, Buenos Aires, Argentina. Autodidacta en lengua italiana (intermedio – oral y escrito).

Inicia su proceso de escritura a los 16 años, con la creación de diferentes poemas.

Participó en el Premio Nacional de Escritura en la Universidad Simón Bolívar en el año 2007, en diversos concursos con uno de sus primeros relatos cortos en prosa poética «Memorias de un Asesino». En el año 2019 participa en el concurso «Latidos del exilio» con su relato inédito «El desasosiego del arraigo», es seleccionada para figurar en un proyecto editorial de la Revista The Wynwood Times.

Se llamaba Clara, es su primer libro editorial, que inicialmente era creado como un relato en prosa, corto, y luego se transformó en una historia completa.

Libertad

por Alina Ludmila Garófalo

 Entre quedarme aquí o allá, sé que no soy de ningún lado. Hace poco tiempo que he aprendido a abrir la jaula de estas paredes que me han encerrado. El poco espacio me ahoga. En esta jaula se han quemado mis alas. Pese a ello, cual fénix, he renacido. 

Esta ciudad me ciega, sus luces brillantes solo alumbran a aquellos que pueden pagarla. Los monstruos de esta ciudad me acorralan en todas las esquinas; intentan hablarme y tocarme. En esta ciudad crecí entre arrogancia, desprecio y humillación. Los gritos y prohibiciones son inmanentes en los días de todas. ¡No más! Dejo en el pasado los barrotes donde me han atado, dejo atrás las falsas cadenas que me han jalado hacia el precipicio.

Me aventuro a volar libre en despejados campos. Me despido sin pena de todo el daño y llanto. No me importa el miedo. Soy mujer, el miedo me ha acompañado desde mis primeros días. He aprendido a lidiar con él. A veces se ríe porque lo enfrento. Tomo fuerza de todas aquellas que han dado su vida por mí. Las recuerdo con cariño y furia. Me enfrento a los insultos, a la crítica vacía y comentarios fútiles. 

Me despido de esta ciudad y las cicatrices que me ha dejado. Mis marchitas alas, que aun pueden cargar con el peso del dolor, me llevan a nuevos senderos.  En las alturas visualizo rápidamente el follaje que escolta a las carreteras. El cielo llora, y el viento canta. Por un segundo todo se suspende. Las nubes estáticas quieren esconder el camino. Usan el viento para gritarme y la lluvia para fingir llanto. Se agrupan rápidamente en busca de crear una tormenta. No me importa, los rayos de la libertad me alumbraran. 

A la par, millones de cazadores me siguen. Apuntan sus pistolas al cielo y esperar que una bala interrumpa mi vuelo. Los entiendo. Solo han recibido las ordenes incoherentes de aquellos que se creen dueños de la tierra solo por robarla. 

Desaparezco entre el ruido y la tormenta. No sé si llegaré pronto a mi destino. No sé si posaré sobre robles y secoyas lejos de la ciudad. No sé qué sucederá en el bosque. Estoy segura, sin embargo, que no soy la única ave que ha salido de la jaula. Cantaré y danzaré con todas aquellas que han renacido del fuego. La libertad nos pertenece y vamos a buscarla.




Alina Cecati

«Me llamo Alina Garófalo. Tengo 20 años y vivo en Quito-Ecuador.  Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Central del Ecuador. Joven apasionada por la filosofía y la literatura. Domino el francés, inglés y ruso. Me gusta escribir, leer, investigar y visitar lugares  históricos y museos en general.»

Facebook, avala mi feminidad, por favor

por Carmen Macedo Odilón

Como tantas veces al día, Facebook me distrae a la vez que absorbe mi escaso tiempo libre. No sé si hasta el punto de enajenarme, puesto que todo lo que pudiera interesarme del mundo actual está ahí reunido: amigos, asuntos escolares, noticias, lo viral, compras y hasta activismo. Seguramente no soy la única que pasa de la diversión a la indignación con solo un desliz de dedo a través de la pantalla táctil de un celular o con un sinfín de clics frente a la computadora. Por ejemplo, hace poco leí esta frase en un ensayo de Luisa Possada Kubbisa: “Las mujeres son cuerpo”, y es interesante, porque previamente un par de ideas entorno a este tópico me dieron vueltas en la mente cual torbellino rabioso, y todo gracias al querido y a veces odiado Facebook.

Una publicación casual, el video de una chica que de más joven se sentía acomplejada por su cuerpo delgado, razón por la cual se adentró al culturismo y ahora exhibe su turgente musculatura en páginas fitness. Las reacciones variaban: caritas de asombro de mujeres que expresaban su admiración por el arduo esfuerzo de una vida dedicada al gimnasio, algunos corazones y likes, el resto correspondía a las caritas burlonas, cuyos dueños escudados en el anonimato y la distancia del Internet escribieron la siguiente frase: “tiene cuerpo de hombre”. De inmediato pensé: seguro a la mujer en cuestión le brotó pene, y próstata, su pelvis se estrechó, las glándulas mamarias desaparecieron de su torso y en el cuello le brincó una abultada manzana de Adán, ¡malditas pesas y ejercicio de alto impacto! ¿Para qué existen las “operaciones de reasignación de sexo” si con una rutina intensa de pesas y estrictos hábitos de ejercicio una mujer, a criterio de los usuarios de Facebook, es suficiente para convertirla en hombre? 

“Perdió la feminidad”, porque salió del molde de cualidades y comportamientos que se cree, caracteriza a una mujer. Sí, pero este constructo social en el que nos encasillan incluso antes de nacer, cuando los padres anticipan ropa rosa y aretes para las niñas, no aporta más que limitar el espectro de posibilidades en que las mujeres podremos más tarde desenvolvernos. El resultado de apegarse a un término como feminidad es considerar otredad, rareza y desconcierto a una mujer que hace rutinas de pesas para definir sus músculos.

 También leí “dejó de ser mujer”, y las palabras de Possada “las mujeres son cuerpo” me llevaron a imaginarnos solo como una carcasa de atributos físicos que se juzga únicamente con la mirada, y que, pese a todo, la aprobación social o el reproche de sus espectadores resultan insuficientes para cambiar la realidad de hembra humana. 

A Sophie Arvebrink, la joven culturista, la tacharon de exagerada por romper los estándares de belleza con un cuerpo tonificado, le llamaron fraude porque hay quienes consideran que su masa muscular es resultado del uso de esteroides. Más de uno escribió “lesbiana”, como si el culturismo fuera un estilo de vida exclusivo de las lesbianas, o bien, como si la orientación sexual fuera un insulto.

De la mano con la frase “cuerpo de hombre” el otro común denominador de los comentarios es la pérdida de la fragilidad: las sutiles y suaves formas del cuerpo de la mujer, “delicado” fue el adjetivo más empleado como sinónimo de lo femenino, aunque me dio la impresión que en realidad deseaban escribir “débil”. Entonces mi mente colapsó cuando hilé este asunto de la feminidad con otra publicación de Facebook que me dejó largo rato intranquila. Un típico post machista, en una típica página machista que de repente se hace viral: por un lado, una imagen de mujeres sonrientes, maquilladas, que usan vestidos ajustados, la contraparte: encapuchadas, manifestantes y mujeres con el torso desnudo. Al pie de las fotografías se lee siguiente frase: “Siempre femenina, nunca feminista”. Me sorprendió la cantidad de chicas que respondieron a la publicación argumentando que podían ser ambas cosas, que estaban orgullosas de ser feministas y femeninas, incluso compartieron fotos de sus perfiles. Me pareció un ejemplo muy claro de búsqueda de aprobación masculina, de alienación con ese mismo sistema que por años nos ha tratado de encajar en estereotipos de género que limitan el concepto de mujer a ser femenina. En relación con este tema, Naomi Wolf en El mito de la belleza (1990) menciona lo siguiente: “Estamos en medio de una violenta reacción contra el feminismo, que utiliza imágenes de belleza femenina como arma política para frenar el progreso de la mujer: el mito de la belleza.” Treinta años después, sigue repitiéndose la situación que comenta Wolf: para herir a una mujer basta con hablar de su físico, para manipularla es suficiente hacerla sentir insegura de su imagen corporal comparándola con otras mujeres, aplicando el famoso “divide y vencerás”. De esta forma la violenta lucha mediática entre femeninas vs feministas distraerá la atención de la verdadera violencia que ejerce el patriarcado sobre las mujeres y que se ha normalizado a tal grado que se busca desacreditar a una mujer y a todo un movimiento cuando deciden poner fin a años de dominación manifestada a través de las ataduras de los estereotipos de género.

Femeninas, sí, feministas no. Seguro esta frase volverá a aparecer en mi news feed y me acordaré del camino que nos falta por recorrer, con el fin de que cada vez más mujeres cuestionen para qué sirve el estereotipo de lo femenino. Como feminista en formación, este tema me sirve de parámetro para saber dónde falta un cuestionamiento acerca del papel en que seguimos encasillándonos en un mundo dominado por hombres que continúa determinando el valor de una mujer por su potencial de madre, esposa y mujer trofeo. Me hace ver que la crítica hacia este mito de la belleza y de la feminidad necesita llegar a más mujeres y crear polémica, propiciar análisis y reflexiones para entonces tomar cartas en el asunto como en su momento lo hizo —y sigue haciéndolo— el tema de la maternidad impuesta.

Mientras tanto, Sophie Arvebrink, en los videos que subió la página Gladiadores fit, luce radiante, segura, fuerte, satisfecha consigo misma y a lo largo de una extensa galería de imágenes disfruta su deporte al lado de sus compañeras de gimnasio. A pesar de los comentarios que critican su cuerpo y que cuestionan sus decisiones sin siquiera conocerla, ella sigue rompiendo esquemas, viviendo de la forma en que lo desea, con una fama internacional, feliz consigo misma, con el respaldo de miles de seguidores en Facebook e Instagram, y firmando autógrafos en eventos de culturismo. ¿Y los cibernautas le tienen lástima?, ¿En serio? Me encanta cómo esta querida red social, incluso luego de un momento de indignación y tras estas simples disertaciones, vuelve a hacerme reír con las ocurrencias de sus usuarios machistas. Cuando quiera, que elija una foto mía y le pregunte a sus facebookeros si estoy in o out, porque me muero de ganas de saberlo…

Tiempos aciagos

por Yesenia Rodríguez

En marzo me guarecí en las costas de Oaxaca buscando un remanso, fue más un escape del deber ser, de la náusea sartreana, de un amor que seguía siendo romántico, pero y sobre todo para salvar lo que quedaba de mí. 

Partí en la convulsión de ser fiel a mis principios, renunciando a lo que para muchos sería el trabajo prometido. Planteé poner tierra de por medio entre mi deseo y otro amor no correspondido que me había llevado al desconocimiento de mí, a invisibilizar al otro como medida para no perder lo poco que me había quedado de dignidad y amor propio. Fui en busca de una ilusión más, con la esperanza de que aquel castillo en el aire se esfumara con la brisa del mar. 

Los días de 31 grados transcurrieron lentos, insoportables en ciertos momentos donde no pude evitar más mirar dentro de mí; sabiendo que el abismo ya me habitaba y algo debía hacer. Flui a los mares en busca de respuestas (quizás de más preguntas), entre las olas dejé mi cuerpo a merced de la impredecible voluntad de las mareas que dan y quitan; le entregué mi respeto a ese vaivén llamado vida. Me sumí en un mutismo, me dolía la garganta de tanto pregonar la desigualdad y la falta de reciprocidad; me sentía cansada de mi voz que les pedía a los otros y no se pedía a sí misma. Navegué en un mutismo para descansar, de ti, de los otros; de mí. 

Bajo aquellas palapas el rumor se confirmó, dejó de ser sólo sátira para volverse una realidad global; nos encontrábamos de cara a otra pandemia que prometía ser histórica. Los aeropuertos y fronteras comenzaron a cerrarse, toques de queda a implementarse y el cubrebocas a ser el símbolo del cuidado mutuo; el amor hacia los seres queridos. La incertidumbre, el miedo y la precaución se manifestaron y muchos viajeros a sus patrias volvieron y otros tantos no irse decidieron.  

Mi tiempo de volver a mi hogar llegó junto a la política pública del #quedateencasa de la Ciudad de México. Volví más pobre, más endeudada y con las mismas heridas abiertas sin indicio de haber hecho costra. A mi regreso todo era distinto, tan vacío, tan callado, parecía que la Ciudad había recurrido al mutismo; o al menos quienes podían resguardarse y mantenerse a salvo. Yo hice lo propio y #mequedéencasa porque no quería ser portadora de ningún virus que pudiera comprometer más la salud de mi madre. Un par de días después de mi regreso, estuve en cama con una serie de síntomas que me hicieron considerarme portadora del SARS-coV-2; pero resultó ser colitis y alergia a la ciudad ¡Vaya broma! 

En el cenit del confinamiento, el autosabotaje no se hizo esperar y con él llegó su amiga la culpa. Me sentía estúpida por haber dejado la estabilidad de la llamada vida adulta, pero me sentí el doble de estúpida cuando en soliloquio y casi en una especie de cántico no dejaba de repetir en mi mente: síndrome de Estocolmo le llaman. Fue difícil reafirmar que nadar contra corriente cansa y te posiciona en lugares de mucha soledad e incluso de mayor exclusión y desigualdad. 

El tiempo del confinamiento se agudizó, las cifras de muertes fueron aumentando, los chistes se siguieron generando y la polarización sobre la posible farsa se acentuó en niveles surealistas; ¿qué diría Bretón si vivenciara este México pandémico, desigual, irracional y convulso? 

Las estadísticas de los decesos se apersonaron, empezaron a ser rumores de conocidos que tienen conocidos que supieron de alguien que murió por Covid-19, o de alguien a quien le pagaron por firmar la aseveración de que su familiar había muerto por el virus proveniente de la ingesta de murciélagos en aquella lejana provincia de China. Ya saben, la polaca nacional, el chisme y lo conspiranoico. Conforme fueron pasando los días, las semanas y los meses el susurro se volvió voz y los casos confirmados ya estaban en los familiares de nuestras amistades, en los vecinos, incluso en nuestras familias; y como Ciudad semana tras semana se seguían proyectando fechas para el pico más alto de contagios, un simulacro que seguía llenado los hospitales.

Ya es julio  y los empresarios gritan que debemos correr el riesgo y volver a nuestras vidas, que el trabajo no se hará solo, sin importar si el cubrebocas que llevemos sea el mismo desde que inició la pandemia. 

Ya es julio y muchos seguimos desempleados deseando no ser parte de esas estadísticas, aunque seamos conscientes de la ruleta rusa del contagio. 

Ya es julio y le he pedido «asilo político» a mi madre como muchos más que no podemos sostener la llamada vida independiente. 

Ya es julio y debo preparar una mudanza cuidando no llevarme a los fantasmas del pasado, guardando entre las cosas importantes mis desaprendizajes, mis reivindicaciones como mujer que ya no quiere «sufrir por amor», mi consciencia de clase y mi profesionalismo. 

Ya es julio y escribo estas líneas con la música de fondo de una fiesta clandestina o fiesta de covid como las llamamos mis amigos y yo. 

Ya es julio y muchos se han resignado a que tampoco soplarán sus velitas de cumpleaños, incluso se cuestionan si habrá navidad. 

Ya es julio y vamos por el cuarto mes de confinamiento pandémico en México, a medio año de que el SARS-coV-2 hiciera más evidentes las desigualdades sociales en todo el globo, hemos perdido la noción de los días y las noches, la ansiedad se ha vuelto amiga de muchos más, medio año ya de que nuestras lagrimales se secaran o quedáramos pasmados por tantas perdidas.

Ya es julio y parece que aún no miramos la luz al final del túnel. Los días siguen transcurriendo y solo me pregunto ¿a dónde vamos como sociedad, como especie y como individuos? ¿qué será de nosotros cuando este impasse termine?




Yesenia Rodríguez Andrade

(Ciudad de México) «Socióloga de profesión y escritora primeriza. Me gusta escribir lo que miro a mi alrededor, las historias que me cuentan, sobre las problemáticas sociales y mis procesos personales. La escritura es una fuente inagotable que devela al ser individual y social desde diversas perspectivas, es un oasis, una balsa y quizás un sinsentido»

Siento

por Sofía Guzmán

A veces, ya ni siento los días, suelo acostarme en la cama e imagino como sería poder salir de este encierro, suspiro y pienso que no necesariamente me refiero a la pandemia… Quisiera creer que todo esto qué recorre mi cuerpo es producto de mi imaginación, aunque quizás fuera peor… 

Amanece y todo transcurre con normalidad, mi esposo al lado y yo contando los minutos para que se vaya a trabajar, incluso cuando no puedo dormir y escucho la alarma, inmediatamente cierro los ojos. ¿Cómo llegué a sentirme así? 

Cuando el apartamento queda vacío, puedo disfrutarme, sentirme, escucharme; últimamente me he perdido en mis pensamientos, ya quiero salir de aquí… En eso, me acuerdo de qué tengo que cocinar para él, viene cansado suele decirme y yo para evitarme problemas, prefiero callar.

Hace días qué ya no me apongo a sus antojos, necesidades o placeres, cedo esperando que entre más rápido empiece, más rápido terminé, de todas formas al día siguiente se va temprano suelo decirme en mi cabeza. 

Otro día empieza, pero de repente la alarma para su trabajo no sonó más, pensé que era un sueño nada más, hasta que finalmente me quede dormida.

Sentí que algo me sacudió, abrí los ojos y seguía ahí a la par mía, me arme de valor y pregunté ¿Por qué no has ido a trabajar?, me contesto que en su trabajo iban a cancelar operaciones por la rapidez del contagio del virus. Cerré los ojos y lento suspire, de repente sentía su respiración en mi cuello, quería desaparecer, pero no tenía adonde ir… 

Entre más pasan los días, la luz y la oscuridad más miedo me dan, cada vez que camino dentro de mi casa, parece que me agota, me lastima y me parte en dos, mientras tengo que aparentar que todo está bien.

No quiero que me pase lo del mes pasado, me digo constantemente, toco mi rostro y aún siento su mano, por lo menos no ha pasado a más.. 

Cuántos días más tendré que soportar o podré soportar, siento que ni el baño es un lugar seguro, en cualquier momento podría entrar.  En mi celular leo y veo las noticias de feminicidios, un día quizás seré yo… 

Le he perdido el sentido a los días, me cuestiono si morir por un virus o morir por sus manos; por ahora, me conformo con despertar cada día o quizás no, este hogar, este encierro, se ha convertido en mi infierno.




Sofía Gabriela Guzmán

«Mi nombre es Sofía Gabriela Guzmán Ortega, tengo 23 años y acabo de egresar de la Licenciatura en Periodismo, soy feminista y realizo audiovisuales desempeñándome como guionista y directora de cine. Hasta el momento tengo 2 corto documentales y 1 cortometraje de ficción. Este año 2020, empecé a escribir artículos, ensayos, cuentos y microrelatos, soy relativamente nueva, pero estoy comprometida en trabajos que reflejan sentires y problematicas de la sociedad en pro de la conciencia crítica y la memoria histórica.»