Por Lark Varela

Por Lark Varela

por Erika Muñoz
La voz de mi madre, diciéndome que tenga cuidado. La voz de mi abuela que se corta cuando salgo porque me quiere abrazar, y no se puede. Me despido porque voy tarde, como todas las mañanas. Me molesto porque mi blusa se manchó con el desayuno. En el auto me doy un momento para respirar y calmarme. Un día más, Érika, un día más. Para tranquilizarme pienso en lo que comeré cuando llegue de nuevo a casa.
Para ir a trabajar, necesito cruzar una avenida. Por la pandemia, la calle está casi desierta. Los locales se encuentran cerrados y nadie sale a barrer. Un camión pasa solitario sin detenerse. Me acomodo el cubrebocas, que me pica los ojos. Por medidas de protección, mi empleo ha decidido ponernos overoles de cuerpo completo, para usar dentro de la oficina, y no contaminar nuestra ropa. Usamos botas de cuero, cubrebocas reforzados y una mascarilla transparente. Nos piden tomar un baño antes y después del turno. Por precaució,n espero a que el semáforo cambie de color para correr, porque voy tarde, como todas las mañanas. Un vehículo pequeño, desvencijado, color negro pero con tierra pegada en el parabrisas se acerca despacio, y pienso que, como muchos otros autos en la ciudad, necesita refacciones pero no encuentra donde comprarlas. Decido que cuando pase el carrito, cruzaré la calle. El vehículo ni siquiera se detiene. Sólo abre la puerta trasera y un par de manos me jala de la bolsa con una intensidad que me desequilibra. Todo pasa demasiado rápido. ¿Qué está pasando, Dios mío? ¿Por qué me están secuestrando a las nueve y diez en la mañana? ¡AUXILIO! Nadie me escucha. Por la pandemia, la calle está casi desierta. Los locales se encuentran cerrados y nadie sale a barrer. Mamá, hoy no llego. Abue, yo también te quería abrazar. Yo creí que las medidas de seguridad eran suficientes.
Pero no.
por Diana Ibañez
Con veintiún años cumplidos y con la pandemia que me obliga a quedarme en casa me entra la curiosidad de buscar por mi mente algún recuerdo de los inicios del por qué Diana es como es. Creo que compartir es vivir y por eso abro mi corazón para contar el por qué soy yo. Qué es lo que pienso que me hizo ser yo.
Nací un jueves en el mes regido por Escorpión. Desde ahí tengo la etiqueta de ser fuerte, perseverante, valiente; pero a la vez me cuelgan otras como testaruda, enojona o demás. Tengo la pequeña idea de que no puede ser mentira que así seamos los escorpianos, pero tampoco es una verdad absoluta.
Crecí en una familia de tres: mi mamá, papá y hermano mayor. Los cuatro éramos (y lo seguimos siendo) disfuncionales completamente, lo cual nos hace tener problemas entre nosotros seguido por la confrontación de ideas, pero al final del día, somos familia y limamos asperezas.
Veía que mis padres tenían muchos conflictos seguidos y se encerraban en su cuarto a discutir. Mi papá salía furioso y se iba de casa cuando mi mamá estaba sentada en la orilla de la cama llorando. Yo no sabía qué hacer o qué decir, era una niña de apenas ¿tres? ¿Cuatro años? Definitivamente me faltaba aprender mucho.
Cuando hacíamos cosas en familia los fines de semana siempre era visitar a la familia paterna. Cuando mi mamá ponía en la mesa la posibilidad de visitar a sus padres mi papá decía que nos dejaba en su casa y que nos recogía unas horas después. Recuerdo todavía que cuando llegaba a su casa no pasaba de la puerta de entrada y en cinco minutos teníamos que estar en el carro.
Conforme los recuerdos pasan en mi mente llego a los momentos donde antes del feminismo criticaba a mis compañeras de salón. Que si se veía muy ofrecida, muy torpe; incluso llegaba a pensar que me caían mal porque eran bonitas o reconocidas en la escuela. Mi complejo de inferioridad resaltaba demasiado. Y no sé si el mismo problema me hizo vivir algunas experiencias no gratas.
Muchas de ellas tienen que ver con los piropos no pedidos. Cuando los hombres me chiflaban por las calles o se me quedaban viendo y me ponían incómoda, ni hablar de las veces que me tocaron en el transporte público. Siempre que pasaba tenía miedo y no sabía qué hacer.
El primer momento que recuerdo donde no me quedé callada fue en la secundaria. Yo era objeto de burlas y maltratos de un niño. Me llevó años terminar con eso y fue de la forma más sencilla posible: gritándole con todo mi enojo posible que me dejara en paz. Fue un acto de valentía que me reconocí hasta muchos años después.
No fue sino hasta la media superior, cuando empezó el movimiento feminista en Argentina que empecé a interesarme sobre el por qué en México no había un movimiento tan grande y sonoro como el de nuestras compañeras. No investigué mucho, sin embargo lo que ellas en principio querían era la despenalización del aborto y eso para mí fue un asombro enorme. ¡Nosotras eligiendo por nosotras y nada más que nosotras!
Hablando de esos temas con mi papá me dijo que estaba perfecto que en Argentina protestaran por la libertad de decidir sobre su cuerpo, mientras que mi mamá estaba totalmente en contra de ello. Yo trataba de decirle a mi mamá que lo pensara, que no era justo que se tuviera al hijo si no se cuentan con los recursos…su respuesta fue siempre la misma, “yo no soy una asesina”. Desde este momento hasta la actualidad empezó un cambio que siento significativo.
Lo primero que identifiqué fue la presión que mi papá ponía en mí. Que me arreglara, pero no demasiado, que no usara maquillaje porque mi cara podía lastimarse y lo que más he aborrecido: que no me corte o pinte el cabello porque no es natural y porque le gustan las niñas con cabello muy largo. Sobra decir que lo primero que hice fue cortarme el cabello. Lo tenía muy por encima de mis orejas; esa fue la primera vez que le decía sin palabras a mi papá que no iba a dejarle decidir por mí.
Otra vez doy un salto en mis recuerdos hasta hace unos años. Tuve una experiencia extraña sobre un tema delicado el cual me hizo ver la injusticia que existe cuando no hay pruebas o cuando dicen algo que descalifica todo lo que ocurrió y se cierre el caso. Me hizo llorar de coraje cuando lo pude hablar con alguien y me dijo “eso que hizo no estuvo bien. Qué bueno que saliste de ahí”.
Estoy segura que desde ahí empecé a ser extremista con lo erróneamente normalizado: tú no me tocas, no me dices palabras bonitas y no me dices qué hacer o cómo ser porque no me interesas. Dejé lo que me incomodaba y me hacía sentir mal. Empecé a empaparme de la gran novedad llamada feminismo y hasta el día de hoy me sigue interesando lo que voy descubriendo.
Solía tener una amiga con la cual podíamos hablar de este tema por horas y leíamos mucho sobre esto. Sin embargo existen ramas de las cuales no puedo aún comprender e incluso puedo llegar a esta en contra de sus ideales; ella era parte de esas ramas y nuestras diferencias son más que el cariño que pudimos llegar a tenernos. Sin embargo el sentimiento de sororidad y respeto siguen ahí, le admiro todo lo que sabe.
Todo esto ha pasado y sé que hay más que me ha hecho ser yo, aunque aún sigo investigando y cuestionando lo que falta por ver. Me siento emocionada de lo que puede llegar a pasar en un futuro y hacer que mi panorama cambie. Me gusta estar en constante cambio.
por Sofía Guzman
A veces, ya ni siento los días, suelo acostarme en la cama e imagino cómo sería poder salir de este encierro, suspiro y pienso que no necesariamente me refiero a la pandemia… Quisiera creer que todo esto qué recorre mi cuerpo es producto de mi imaginación, aunque quizás fuera peor…
Amanece y todo transcurre con normalidad, mi esposo al lado y yo contando los minutos para que se vaya a trabajar, incluso cuando no puedo dormir y escucho la alarma, inmediatamente cierro los ojos. ¿Cómo llegué a sentirme así?
Cuando el apartamento queda vacío, puedo disfrutarme, sentirme, escucharme; últimamente me he perdido en mis pensamientos, ya quiero salir de aquí… En eso, me acuerdo de qué tengo que cocinar para él, viene cansado suele decirme y yo para evitarme problemas, prefiero callar.
Hace días qué ya no me apongo a sus antojos, necesidades o placeres, cedo esperando que entre más rápido empiece, más rápido terminé, de todas formas al día siguiente se va temprano suelo decirme en mi cabeza.
Otro día empieza, pero de repente la alarma para su trabajo no sonó más, pensé que era un sueño nada más, hasta que finalmente me quede dormida.
Sentí que algo me sacudió, abrí los ojos y seguía ahí a la par mía, me arme de valor y pregunté ¿Por qué no has ido a trabajar?, me contesto que en su trabajo iban a cancelar operaciones por la rapidez del contagio del virus. Cerré los ojos y lento suspire, de repente sentía su respiración en mi cuello, quería desaparecer, pero no tenía adonde ir…
Entre más pasan los días, la luz y la oscuridad más miedo me dan, cada vez que camino dentro de mi casa, parece que me agota, me lastima y me parte en dos, mientras tengo que aparentar que todo está bien.
No quiero que me pase lo del mes pasado, me digo constantemente, toco mi rostro y aún siento su mano, por lo menos no ha pasado a más..
Cuántos días más tendré que soportar o podré soportar, siento que ni el baño es un lugar seguro, en cualquier momento podría entrar. En mi celular leo y veo las noticias de feminicidios, un día quizás seré yo…
Le he perdido el sentido a los días, me cuestiono si morir por un virus o morir por sus manos; por ahora, me conformo con despertar cada día o quizás no, este hogar, este encierro, se ha convertido en mi infierno.
Por: Nelly Gallardo Borges
Hace un tiempo escribí algo sobre el sentir de una casa vacía, triste por la ausencia de la persona
Más amada para mí, mi madre adorada. Pero ha pasado el tiempo y hoy dada las circunstancias
Vividas en la actualidad, me he dado cuenta de que la casa no ha estado vacía ni estuvo, sino que esta llena de recuerdos, de recuerdos bellos que ella me dejó, con las enseñanzas de la vida que me dio. Esos recuerdos están presentes no solo en la casa sino en mi corazón. Y ¿qué creen? Hablo con ellos, sí, con mis recuerdos porque su esencia es la voz de mi madre y les cuento como me siento ante las adversidades que estamos viviendo: Tenemos que estar en casanos dicen repetidamente y sí tenemos que estar en casa para cuidarnos y no contagiarnos del mal.
Escucho los recuerdos presentes que me dicen: sí, cuídate, pero aprovecha la casa. No te sientas mal, recuerda lo que vivimos y vuelve a vivirlos. Luchamos juntas para que tuviéramos un lugar agradable donde descansar, un hogar.
Y ¿qué es un hogar?, ah pues el lugar para disfrutar con la familia con el tiempo necesario para platicar, reír, jugar entre otras cosas y principalmente reiterar el amor que nos tenemos.
¿Cuánto tardaremos así? No lo sabemos, pero, cuando ya las puertas de las casas se abran los recuerdos quedarán presentes siempre y el amor familiar será motor de nuestra vida. Gracias.
Por Yazuli Pérez
Son tantas las cosas de las que me gustaría hablar, platicarles y sobre todo que podamos encontrar espacios de reflexión y apapacho colectivo; por ejemplo ahora que escribía pensaba en tres momentos que me han trascendido con mayor resonancia; el primero me anda dando vueltas en la cabeza, ronda tanto como cuando los zopilotes encuentran un alimento, justo así casi siempre se siente mi cabeza cuando pienso en mis amigas y en la importancia de resistir y seguir apostando por hacer redes verdaderas desde la sinceridad, la responsabilidad y el afecto hacia la otra en estos tiempos donde estamos separadas por una computadora, el internet, un cubrebocas y un gel antibacterial.
¡que irónico! unos meses atrás todas comíamos las garnachas en la calle, nos abrazábamos y saludábamos de beso esperando que la otra nos pasará sus energías, que nuestras cuerpas se encontraran en una sola danza, marchamos, gritamos con mucha rabia y furia, nos encontramos para llorar, para reír, para organizarnos, para platicar también de nuestros amores y desamores, unos meses atrás las amigas estábamos haciendo la revolución en las calles; le estábamos demostrando a esta 4T que éramos miles las que estábamos llenas de dignarabia; ¡que irónico! Sigo pensando ahora que llevamos más de 3 meses en el “alojamiento”.
Un día nos dijeron no se abracen, no se besen, tápense la boca para no contagiarse, un día nos dijeron quédense en su espacio privado porque dicen es el más seguro. Un día nos dijeron que si queríamos hablar sería por internet o por llamadas, un día nos dijeron que las calles ya no eran nuestras. Un día también pensaron que las feministas, que las amigas, que las mujeres que luchamos ya no gritaríamos con rabia, pero un día también se equivocaron porque un día resurgimos como lo hemos hecho históricamente y ese día a sido siempre, siempre que apostamos por fortalecer nuestras redes de acompañamiento.
¿Qué significa entonces hacer amistad desde la responsabilidad política y amorosa con la otra en tiempos donde la virtualidad parece instalarse cada vez y de forma normal y violenta en nuestras vidas y sobre nuestras cuerpas? ¿Qué significa responsabilizarme de mi cuidado y del de la otra en estos tiempos voraces donde se hace cada vez más presente las grandes desigualdades sociales y patriarcales sobre los cuerpos de nosotras como mujeres atravesados por el racismo y clasismo?
Por ahora sólo quiero hablar desde un espacio del cuidado colectivo en tiempos de pandemia y catarsis social. Si bien hay líneas tan delgadas que nos separan como amigas, por ejemplo recuerdo mucho a mi amiga Chayo y que casi no puedo hablar con ella por las desigualdades de conectividad, o con mi amiga Abi que por todos los movimientos que tenemos en la vida nos ha costado un poco de trabajo entablar un diálogo abierto, o con mi amiga Ale y Gaby que tiene ya más de cuatro meses que no las veo y siento los retorcijones en mi pecho siempre que las pienso y las extraño, o pienso también en mi amiga Elena que ahora se ha tornado más complicada la conversación, porque he de decir que antes de iniciar esta pandemia no hablábamos mucho por las redes, siempre preferíamos en la posibilidad de nuestras realidades vernos, o mis amigas de la maestría que mes con mes me daban aliento, fuerzas, rabia y mucha esperanza feminista y así con otras amigas que también he construido diálogos y acompañamientos que nos fortalecen. Con todas mis amigas por muchas razones nos hemos aislado en algunas ocasiones, nos hemos dejado de hablar, pero también nos hemos fortalecido.
A todas, a cada una seguro que esta pandemia, este encierro y el aislamiento corporal que estamos viviendo en nuestras realidades nos esta atravesando de formas distintas; hay ocasiones en las que nos dejamos de escribir por días o semanas, las cuales se vuelven meses y hasta años en mi sentirlas cerca, pero algo que he descubierto estando la mayor cantidad del tiempo sentada frente a un escritorio, con una computadora y de vista panorámica otras cuantas casas, escuchando la música de reggaetón de l@s vecin@s mientras las y los niños juegan en el patio, que el autocuidado significa pensarnos a nosotras desde la potencialidad que somos en estos momentos, el resistir a un encierro que lo único que nos da es un incremento de las violencias de género, la negación de que nuestras cuerpas vuelvan a estar en las calles, representa la urgencia de seguir confiando en nosotras mismas, de seguirnos recordando y sobre todo escuchando.
Para mi el cuidado colectivo en tiempos de pandemia significa la no exigencia con la otra, no pedirle que nos conteste siempre que necesitamos, nuestra amiga también esta pasando por otras cosas, igual de fuertes que las que yo y tus pasas, pero es importante que nos demos los tiempos, los respiros, es importante que cuando nos volvamos a sentir fuertes tomemos el celular y mandemos el mensaje de no olvido.
El cuidado colectivo también significa en ocasiones ser solo la escucha, ser la acompañante, la que no cuestiona, y aquí me gustaría mucho diferenciar entre el romantizar las amistades políticas al no cuestionarnos, al decir que todo es amorocidad, porque definitivamente esta idea es muy proveniente del amor heteropatriarcal y normado en el que estamos, pero tampoco pienso que el no cuestionar sea sinónimo de un estado de pasividad. Por ahora quiero pensar en que también es bueno que en ocasiones no nos cuestionemos, seguro mi amiga o yo en algún punto de quiebre no quiero que me cuestionen sólo quiero saberme acompañada y escuchada.
Hablar del cuidado colectivo también significa priorizarnos, reconocernos entre nosotras como mujeres que estamos resistiendo, apropiarnos de nuestros espacios ahora virtuales y apostando por no acostumbrarnos a la virtualidad, pero desde y con nosotras, pensar que ahora nos podemos sentir más acompañadas y en complicidad sin un vato. ¿quién mejor que mi amiga o mi hermana entiendan los cambios que estoy sintiendo en mi cuerpa, en mi corazón, en mi mente? Esta pandemia puede ser un muy buen momento para refrendar y pactar nuestras amistades políticas desde el cuidado propio y colectivo, desde el dejar de buscar en las amigas el famoso “plato de segunda mesa” comúnmente llamado así en las relaciones heteropatriarcales, como amigas no somos solo las acompañantes mientras encuentro al vato que me vendrá a salvar o con el que confiaré mi amor heteropatriarcal. Nosotras como amigas debemos de priorizarnos, de cuestionarnos, de hablarnos desde la ternura, de buscar generar que nuestros espacios sean seguros, pero siempre desde un posicionamiento político y por lo tanto de vida.
El cuidado colectivo en tiempos de pandemia es apostar por hacernos más fuertes, por no olvidarnos las unas a las otras, responsabilizarnos de nuestros actos, de asumir la trascendencia de nuestro papel histórico como mujeres que a pesar de este aislamiento estamos luchando y resistiendo, y siempre pensar que no lo estamos intentando, lo estamos haciendo.
Por Yazuli Pérez
Mientras estaba en un taller de escritura feminista separatista, escuchaba con detenimiento a varias compañeras de la virtualidad, y cada vez que iba escuchando su voz y las miraba desde mi pantalla de la computadora se me hacía un hoyo muy grande en el estómago, sentía como si fueran perforando cada una de las capaz que me protege, la abertura de mi estomago se estaba haciendo más profunda cada que escuchaba a otra compañera, sentía ahora que se me atoraba un trago de saliva en mi garganta, sentía en mis manos la necesidad de escribir-me todo esto que mi cuerpa estaba sintiendo. ¡por dios, apenas me doy cuenta de que no sentía ni escuchaba como mi cuerpa también tiene mucho que decirme del cómo esta pasando el encierro!
Desde que inicio la pandemia comencé a meterme a muchos cursos, talleres, conversatorios, charlas y todo lo que me iba encontrando en las redes, eso sí, siempre he buscado espacios que sean feministas y sin quererlo, pero ahora deseándolo me gusta mucho estar en los espacios separatistas. Claro, fui de esas personitas que en cuanto nos encerramos busque y busque la productividad del conocimiento, diría también ¡que fatal! Pero pues me gusta mucho aprender y siempre intento llevar y colectivizar estas ideas con mis amigas, esa para mi es una forma de poder irme construyendo con cada una.
Definitivamente a habido espacios donde no he termino el curso o taller o charla porque no he sentido que se genere un diálogo horizontal desde la escucha entre nosotras y sobre todo de amorocidad radical, asumiendo esta postura como política, dejando en claro que no romantizo los espacios feministas y de mujeres pero si me gusta apostarle por estar en espacios donde podamos sentirpensarnos desde lo colectivo, donde nos sintamos seguras y acompañadas entre nosotras; ya de por si el heteropatriarcado nos ha negado tanto y nos ha puesto en posiciones de mucho autosaboteaje que creo muy fuerte un posicionamiento desde la ternura radical.
Así como me he encontrado con espacios donde no me siento segura ni siquiera compartiendo-me con mujeres, también he encontrado otros donde siento que puedo darle voz y nombre a todos mis sentipensares, por ahora en mi vida, deseo mucho estar en círculos y acompañada desde la ternura y el apapacho colectivo. Sin lugar a duda lo bueno que me ha dejado esta pandemia es encontrarme y hacer-me fuerte con todas mis compañeras que he conocido en esta virtualidad. De varias de ellas no recuerdo con exactitud el nombre o en algunas ocasiones su rostro, pero si me acuerdo de la potencialidad de sus voces, de la defensa de su posicionamiento político y de vida; me acuerdo de mis compañeras que he conocido en esta virtualidad porque me han dado la fortaleza, el acompañamiento, el apapacho, la escucha y la mirada. ¡Cuánto deseo conocerlas! Deseo mucho ponerles un rostro, platicar con cada una, abrazarlas, escucharlas, deseo mucho sentir su cuerpa, pero ahora, ahora me siento desde y con ellas acompañada en el encierro.
Mis amigas de esta virtualidad me dan las fuerzas para comenzar a habitarme desde mi voz y mi cuerpa, mis amigas que he conocido en los talleres me han acompañado a historizarme con y desde mi palabra y mi mirada. Las he escuchado nombrarse y asumirse como sujetas políticas que agrietan este sistema heteropatriarcal y heteronormado, con mis amigas de esta virtualidad puedo situarme, puedo darle voz y nombrar todo lo que estoy sintiendo, con ellas me he dado cuenta de la importancia de escribir-nos, de leer-nos, de escuchar-nos, de hacer-nos historia. He conocido mi transformación del silencia al lenguaje y acción, me verbalizo para compartirme en los espacios separatistas. Mis amigas son la materialización de mi voz, de mi palabra, con ellas he escrito sobre mi vulva, mi cabello, mis estrías, mi madre y mi abuela, con mis amigas de la virtualidad he descubierto también que puedo historizar-me y a mis hermanas con y desde la fotografía.
Me siento tan potente acompañada de ellas, las que aún no conozco en persona, pero que siempre que abro mi computadora, activo el zoom, me conecto, mi habitar.me se vuelve publico estando con ellas. Y si, seguramente a muchas de ellas no las conoceré en algún tiempo, o quizá jamás las conoceré, pero ahora puedo escribir, ahora me puedo nombrar. Esta es la red que me ha dejado la pandemia.
Por Yadira López Velasco
El asesinato de las hermanas Pérez, dos enfermeras y una secretaria del IMSS, se dan en el contexto de los ataques al personal del sector salud, pero también en la imparable epidemia que representan los feminicidios, la violencia cotidiana contra las mujeres, que por desgracia, y contrariamente a lo que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha declarado, en ésta cuarentena sí se ha incrementado, lo cual me lleva a pensar en todas aquellas mujeres encerradas con su violentador, sin mucha posibilidad de escapar, pero también, me obliga a mirar mi situación particular, como lesbiana.
Durante el confinamiento, he sido víctima de la lesbofobia familiar, comentarios llenos de estereotipos que colocan siempre a las lesbianas como mujeres a medias, que no han conocido el sexo real porque un pene no forma parte de nuestras prácticas eróticas, mujeres con deseos ocultos de ser hombres, resentidas, mujeres que “ligamos” con todas, que somos un peligro para las niñas, todos ellos, estereotipos creados desde la mirada masculina.
Alexa, una vecina de 19 años, ha venido llorando hasta las puertas de mi casa, ella, una lesbiana visible, que nunca ha tenido miedo de pronunciarse, hoy, tiene que convivir las 24 horas con su padre que en el afán de “enderezarla” le ha entregado un puñado de revistas pornográficas para ver si durante la cuarentena reacciona y se da cuenta que realmente es heterosexual, Alexa ha guardado silencio, porque a veces callar, es una herramienta para continuar viva, soporta los comentarios diarios sobre su camino equivocado al decidir amar a otra mujer, y como muchas, Alexa espera que la cuarentena se levanté a fin de mes, para poder salir a trabajar, y comenzar a buscar un lugar para vivir y vivirse libre.
¿Cómo están las lesbianas en ésta cuarentena?
¿Qué sentimos las lesbianas?
¿Cómo enfrentamos el aislamiento?
¿Tenemos las redes suficientes para sobrellevar el encierro y la lesbofobia familiar?
Que la cuarentena nos sirva para seguir peleando por nuestra existencia y visibilidad, nunca más un mundo sin lesbianas, sin mujeres amando y deseando a otras mujeres.
Por Ameyali Soberanis
Desde hace cinco años el simple echo de pensar en el 2020 me causaba un poco de inquietud, miedo. Para entonces pensaba que era porque pasaríamos a otra década y sería extraño no decir 2 mil 10 y algo, el decir, por ejemplo, “terminaré la universidad en el dos mil veinte”, me sonó raro y loco. Ahora que ya llevamos casi 4 meses de “cuarentena” entiendo ese temor.
Durante este tiempo los días ya sólo se diferencian por la presencia del sol o de la luna; las horas de sueño se han alterado, pareciera que la mejor manera de pasar el tiempo es durmiendo, así evitas el pensar demasiado las cosas o infectarte de la paranoia y el miedo que se hace presente en los medios de comunicación y redes sociales virtuales.
Como todos, o una gran mayoría he pasado por días malos, buenos e indiferentes, mis favoritos han sido aquellos en los que me siento increíblemente bien, radiante y poderosa, aunque a veces me he llegado a sentirme mal por sentirme bien, porque ¿cómo puede sentirse uno bien si el mundo se esta quemando y cada día nos arrebatan la vida?
Tampoco puedo hacer nada, es algo que escapa de mis manos y posibilidades, a veces quisiera tener un poder, con el que trajera justicia, paz, amor y libertad al mundo, pero no es posible. Así que sólo me abrazo y vuelvo a mí, dejando que la vida siga su curso torcido queriendo enderezar nuestra forma de vivir.
Por Diana Cervantes
Corrió detrás de la corriente, intentaba alcanzar el suspiro qué el río le robo, corría más rápido, más, más, más, abstraída totalmente en la carrera, veloz, el viento soplaba en la misma dirección, corría más rápido, más, más, casi alcanzaba aquél suspiro cuando sus ágiles pies tropezaron y como si fuese succionada a otra dimensión perdió solidez, abrazo el vacío, creyó qué debía bajar la velocidad, un momento, ya no creía nada, transmutó.