¿cómo es un diario y por qué es una libreta? | El retrato de una chica perdida

Por María Fernanda Vázquez

Toda mi vida he escrito diarios, pero no tengo ninguno terminado. En mi caos mental (que juro que a veces está ordenado) nunca encontré como hacer mío un espacio físico tan pequeñito como una libreta. Admiro mucho a las personas que hallaron el modo de adueñarse de la rutina de vertir sus sentimientos en una hoja al final del dia.

Yo nunca pude.

Mi diario esta lleno de entradas de fechas inconexas y a veces lo ocupo para dejar un registro de los sueños que tengo. De tanto en tanto necesito recordarme quien soy y entonces acudo a sus páginas, pero de pronto se siente incompleto, como si hiciera falta esa rutina para entender quien soy todos los días, aún cuando soy plenamente consciente de que nunca soy la misma.

Lo que pasa es que no escribo -texto- todos los días.

A menos que contemos los tuits que subo para no sentir que hablo al vacío, a menos que contemos los textos, completamente espóntaneos, que mando al chat de mis amigxs con un nombre igual de espontáneo; a menos que cuente las pequeñas notas que dejo en las lecturas que hago, los comentarios que dejo en ao3, las historias con las que saturo a mis close friends en ig.

Entonces entendí, mientras escribía esto, que sí cuenta, que el archivo de mí misma no es, en primer lugar, un archivo, pero decirle así me da un aire como de documentarista y entonces me percibo más interesante.

Un balbuceo, eso es el diario para mí. Yo amo balbucear, dejar que mis ideas enredadas se extiendan un poquito en el esfuerzo de buscar esa palabra que intentará alcanzar mi sentir. Es una actividad divertida que para nada se limita a la lengua escrita.

Sé que esto no es nada nuevo, viví el boom del journaling a traves de un montón de cuentas de tiktok que me hicieron preguntarme en qué momento maté a mi creatividad. Después entendí que darle una secuencia a la creatividad es matarla, un poco. Seguro hay algún debate filosófico que dice estas cuestiones de manera más pomposa, pero ajá, en resúmen, mi diario se encuentra en todas partes, no hay un motivo trascendental, sólo que así vivo mi vida.

(Hecho que es un poco gracioso -irónico- si recuerdo mis sesiones con la psicóloga en donde entendí que la falta de control me pone nerviosa, la contradicción es parte de mí también [o de mi signo zodiacal?, de mi mbti?, del tipo de tamal que soy de acuerdo a un test de uQuiz?]

Entonces, no tengo ningún diario terminado. Tengo un sinfin de libretas incompletas con mensajes para mi «yo futura», ella las leerá y comprenderá que tengo una tendencia por dejar pedacitos de mis palabras en muchos lados.

(Con el riesgo de que esto me deje como una irresponsable incapaz de concretar algo, lo publico)

Estos días me he sentido estancada y en medio de preparar material, renunciar a ciertas cosas y entender otras, me encontré con la necesidad de colocar un mensaje para mí en mi libreta destinada a recabar mis impresiones de lectura, la leyenda es simple: estoy cansada, pero este proyecto me gusta.

Es un pensamiento de diario, ¿no?

Pero me da flojera levantarme y buscar esa libreta para llenarla de una vez por todas. Así que dejé quieto el pensamiento en donde quiso vaciarse y el resto está aquí. ¿También es este mi diario?

¿No es la vida misma un archivo de sentires?
¿No es, en realidad, el diario una manera de vivir lo interno?
¿Quién dijo que una libreta (que puede serlo) es el único lienzo de escritura?

Si le destino lo más profundo de mis sentires, ¿no puede, como yo, estar en muchos lados?

En fin. Una tiene ese tipo de crisis los miércoles por la tarde. Lo de mañana es la incertidumbre del futuro laboral, pero ya me ocuparé de eso, probablemente tocará dejarlo en el diario de las lágrimas y los pensamientos agobiantes que construyen la historia que soñaré al dormir.

✮ ✩ 

Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, crecí en el Edomex y ahora vivo allá, pero duermo acá, por decir algo. Actualmente vivo mis últimos instantes como estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM (aún en trámites de titulación, je) y espero poco a poco perder el miedo a mi voz.

Mi interés por la literatura ha crecido conmigo, no linealmente, pues es un vaivén de encuentros y desencuentros que me confirman que siempre hay algo por aprender y compartir. Espero poder encontrarme en las letras de lxs demas, espero alguien se encuentre en las mías.

La Luna sangra

Carmen Asceneth Castañeda

Luna sangra

adolorida

esta noche.

De pena, su herida.

De vergüenza,

en la distancia.

Está enferma de silencio

de cierta desesperanza

del mal tiempo

que el hombre

hace del hombre.

La Luna madre Sangra,

no para parir.

Sangra

de tanta muerte,

de cercana rabia,

de impotencia,

de verdad

y de agonía.

© Carmen Asceneth Castañeda

Arte: Deby Clark Art

El ojo de Lya | Nada se opone a la noche: cuando la memoria y la sangre duele.

A inicios de año hice algo poco usual en mí: elegir al azar un libro de un portal de descarga gratuita. Quizá fue el estridente color amarillo de la portada lo que atrajo mi atención, junto a un título que, por sí mismo, anticipaba un arco narrativo particular: Nada se opone a la noche. Pensé que el género sería de terror, tal vez por su parecido con Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez.

Nada se opone a la noche, de la escritora francesa Delphine de Vigan, publicado en 2011, concentra en sus páginas la historia de su linaje. El libro parte del hallazgo de la autora: encontrar a su madre, Lucile, muerta, sin tener claras las causas. Ese hecho detona en ella el deseo de buscar, reordenar y plasmar la historia de su familia.

Creí que recurriría a la ficción para cubrir eventos traumáticos, violentos o indecibles. En cambio, se apoya en un registro casi enciclopédico: fotos, videos, casetes, testimonios, muchos de ellos resguardados por su abuelo. Ese archivo dota al texto de una amplitud y realismo que resultan tan absorbentes como perturbadores.

En sus primeras páginas, la historia amorosa y familiar de Georges y Liane, los abuelos, se presenta como una escena colorida, luminosa, musicalizada por algún cantante de la Francia clásica. Pero, conforme avanza la narración, la luz se atenúa: abusos sexuales, pactos de suicidio, tragedias fortuitas que arrebatan vidas, salud mental quebrada, una crianza desatendida y las secuelas que marcaron a Lucile y a sus hermanos.

«Liane cumpliría pronto cuarenta y tres años. Había dado a luz a siete niños, sin contar a Jean-Marc, y no conocía sensación más plena, más intensa que la de sentir a un pequeño ser moverse en su vientre, y después estrecharlo contra ella, buscando su seno con avidez».

En la parte dedicada a la infancia y adolescencia de la autora, la crudeza no disminuye. Se expone la angustia y vergüenza de ver a una madre atrapada por las heridas de su pasado, ingresada varias veces en un psiquiátrico.

Como lectora, me mantenía ajena a ese universo familiar, pero por momentos reconocía el riesgo que implica hacerlo visible. Imaginaba a la autora escribiendo mientras se exponía a sí misma y a su estirpe, afrontando el duelo, reconociendo heridas para superarlas y llegar al punto final de la historia misma y del dolor.

«Desde el sexto piso, al mirar hacia abajo podía observar lo que pasaba en nuestra casa. Descubrí a Lucile de pie en el salón, estaba desnuda, su cuerpo estaba pintado de blanco. Esa visión me cortó la respiración».

La prosa es ágil. La intensidad de la trama me acompañó en ratos libres, antes de dormir y en tiempos de espera en el aeropuerto durante un viaje en marzo, hasta que lo terminé. Sin embargo, al cerrar el libro seguía sosteniendo el dolor, la vergüenza, el enojo, el ardor punzante de haber transitado una realidad que no pertenece a la ficción.

El arte que conmueve es siempre memorable. Pero, en casos como este, la emoción incómoda se adhiere a quien lo contempla, como una hebra de hilo que cuelga de la memoria. Solo con el paso de los días volví a la calma.

Nota al pie: en las páginas finales, la autora revela que el título está tomado de la canción Osez Joséphine. La busqué y la escuché; quizá, tras la lectura, había idealizado un ritmo o una atmósfera, pero no los encontré.

El ojo de Lya | Lety Ricardez y la esencia poética de La Retratista

En el camino del aprendizaje del oficio de la escritura, hay un privilegio inherente a ser lectora y escritora: conocer la versión naciente de una obra, la semilla de una historia que germinará con el pasar del tiempo y de las palabras, hasta dar fruto en la obra publicada, con frases y líneas finamente plasmadas en el papel.

Este es el caso de La retratista. Tengo el gusto de conocer a Lety Ricardez (Ciudad de Oaxaca, 1949) desde hace ya siete años. Coincidimos en un taller de escritura creativa, el primero al que yo asistía. Lety y yo éramos las únicas mujeres; sin embargo, ella ya denotaba mucha experiencia. Su prosa era puntual, ágil y, sobre todo, inmersa en sonidos poéticos. El texto que llevó a aquel taller dibujaba a una ancestra, una abuela, una niña, una mujer y una voz narrativa que contempla, sabe y expresa.

No fue sino hasta el verano de 2025 que aquella historia se concretó en una publicación editorial, bajo el sello de Carteles Editores. El arco narrativo de la novela ahonda en una historia familiar; sin embargo, es la sonoridad lo que hace destacable esta obra: la potencia poética de los versos y frases que la escritora construye con destreza, una destreza forjada a través de su experiencia como poeta.

Conocemos la historia de Luz; la abuela, la matriarca, el seno del cual parte la descendencia y la historia, unida en deseo y amor a Don Aarón García. De esta dupla nacen varios hijos, uno de ellos, Darío, el rebelde y jovial, que halló la muerte un domingo, cuando por la simpleza de cambiar el rumbo de sus pasos cruzando la calle fue sorprendido por una bala perdida que lo desbarató, a él y a la madre.

Lety Ricardez conmueve e impacta con una prosa única que entrelaza dulzura y crudeza. Leer La Retratista es adentrarse en un estilo cercano a una ensoñación, un paisaje de personas, modos de vida y conflictos que transporta a las y los lectores a sentires equidistantes, desde la alegría hasta el desasosiego.

La trama toma a Consuelo como eje conductor de la mayor parte de la novela. Ella es hija de Gloria y David, otro de los varones de Aarón y Luz. La infancia de Consuelo y sus hermanos, por diversas razones, fue depositada en el hogar de sus padrinos, La Güera Landeros, tan memorable como su nombre. Esta parte de la narración es una de las más nutridas y conmovedoras, dejándonos ver la rutina de una mujer que amó y protegió como propios a hijos que no lo eran.

La voz narrativa es femenina y omnisciente; conoce el hilo sanguíneo de todos los que integran esta familia, pero, aunque forma parte de esa estirpe, su llanto al nacer aún no se ha escuchado.

Lety Ricardez se integra a las letras oaxaqueñas de este 2025 rompiendo los esquemas tradicionales; defendiendo un estilo propio, poético y contundente. En La Retratista nos hace partícipes de un linaje que se mueve en el deber ser, el deseo, el amor, las palabras y el destino.

Entre Caos poético y textos perdidos | No sé quién soy.


Por Lizzie Vp


No se quién soy 
en la búsqueda me pierdo
siento dolor
es arraigado,me pertenece.

Una calidez contagia mi ser,
luz de persiana
sus partículas me rodean,
abrazan mi soledad
me permiten volver a soñar.

Elixir de día
pido al ser celestial
que me nuble el tormento
de esas voces que no cesan,
déjenme descansar.

Todo en calma quisiera sentir
entre tanto bullicio encontrarme,
abrazar mi cuerpo
ser la única mano que tome al final de los tiempos.

No sé quién soy.

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo «Solo ellos pueden hacerlo» , relato » Dos por un cuarto de hora», 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista «El Cisne»(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad. Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora, Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE. Es coordinadora y editora en redes sociales La Coyol Revista

https://lacoyolrevista.com.mx/2025/06/29/entre-caos-poetico-y-textos-perdidos-sin-fronteras/

https://lacoyolrevista.com.mx/2025/04/19/entre-caos-poetico-y-textos-perdidos-los-mejores-que-tu/

https://lacoyolrevista.com.mx/2025/01/26/entre-caos-poetico-y-textos-perdidos-habitacion-propia/

Tramas Humanas | ¿Solo amigos?

Amistad, deseo y otros malentendidos.

Los vi desde lejos, en una terraza discreta del centro, compartiendo una cerveza y una risa que se notaba vieja, cómplice, sin tensión ni expectativa. Él le acomodaba el cabello con cuidado para que no le cayera en la cara. Ella le contaba algo con entusiasmo, moviendo las manos. Ninguno se tocaba demasiado, pero había entre ellos una cercanía muy viva. Me pareció hermoso, incluso tierno.

Dos personas, un hombre y una mujer, hablando como si el mundo allá afuera no les gritara otra cosa.

No sé si eran amigos, amantes, compañeros de trabajo, hermanos del alma. Pero verlos me dio la excusa perfecta para traer al centro una pregunta que lleva generaciones haciéndose:

¿Pueden un hombre y una mujer, ambos heterosexuales, tener una amistad profunda sin que el deseo sexual la atraviese —o la complique— en algún momento?

El cine, la literatura y hasta las sobremesas familiares parecen haber dictado un veredicto claro: no. Que siempre uno se enamora. Que siempre uno espera algo más. Que siempre hay tensión, aunque se reprima. Que no existe la «friendzone», solo una espera frustrada.

Pero… ¿y si eso no fuera más que una incapacidad colectiva de imaginar relaciones afectivas que no estén regidas por la lógica del romance?

Yo conozco personas —hombres y mujeres heterosexuales— que llevan años de amistad profunda, leal, amorosa. Amistades que no han cruzado los límites del deseo ni del enamoramiento. Y sin embargo, muchos a su alrededor dudan de esa posibilidad. “Algo debe haber pasado en algún momento”, “al menos uno de los dos seguro quiso algo más”, dicen. Como si fuera imposible que el afecto existiera sin que el cuerpo lo reclame todo.

Hablé con algunas personas para conocer sus experiencias. Algunas me confirmaron esa amistad sin dobles intenciones. Otras, me contaron historias donde los límites se volvieron difusos.

Natalia, 29 años: “Mi mejor amigo y yo llevamos catorce años de amistad. Nunca nos hemos besado, ni coqueteado siquiera. A veces bromeamos diciendo que somos como hermanos perdidos. Lo curioso es que nuestras parejas siempre terminan celándonos. Hay algo en la intimidad no sexual que parece más amenazante que una aventura.”

Óscar, 34 años: “Tuve una amiga con la que me llevaba increíble. Salíamos, nos desvelábamos hablando, nos contábamos todo. Yo estaba seguro de que éramos solo amigos… hasta que un día ella me confesó que estaba enamorada. Me dolió perder esa amistad. No porque no correspondiera, sino porque ya nunca volvió a ser igual.”

Paola, 27 años: “Yo sí me enamoré de mi amigo. Nunca se lo dije. Llevamos ocho años de amistad, y él nunca me ha dado señales. Me tomó tiempo entender que podía seguir amándolo, aunque él no me amara igual, y que eso no anulaba lo que tenemos. El amor no correspondido también puede ser silencioso y respetuoso.”

Mauricio, 33 años: “Mi mejor amiga y yo nos conocemos desde hace quince años. Nunca ha habido tensión sexual. No la hubo cuando ambos estábamos solteros, ni ahora que ella tiene pareja. Pero la gente insiste en que algo debe pasar. Como si abrazarnos, mirarnos con ternura o cuidarnos fuera un contrato no dicho. ¿Por qué el afecto entre hombre y mujer tiene que traducirse siempre en deseo?”

La psicología contemporánea ha señalado que la amistad y el deseo son dos sistemas distintos del cerebro, y que pueden —y suelen— coexistir sin necesariamente mezclarse. De hecho, muchos estudios han demostrado que las amistades entre personas de sexos opuestos pueden ser emocionalmente igual de profundas, leales y saludables que las del mismo sexo. El problema no es el vínculo, sino la interpretación que los demás —y a veces nosotros mismos— hacemos de él.

Y claro que existen zonas grises: personas que se enamoran de sus amigos, amistades que evolucionan en relaciones románticas, vínculos que se tensan por expectativas desiguales. Pero eso no invalida la existencia de miles —sí, miles— de amistades entre hombres y mujeres heterosexuales que han resistido el paso del tiempo sin confusión ni deseo.

El deseo puede estar, sí. Pero no determina. Lo que lo determina es la voluntad: de cuidarse, de respetar los límites, de priorizar el vínculo por encima de la expectativa romántica.

Entonces, ¿se puede?
Sí. Se puede.
Cuando hay claridad, madurez, respeto y honestidad emocional, la amistad entre hombres y mujeres no solo es posible: es profundamente valiosa. Porque nos permite descubrir nuevas formas de conexión que no responden a lo romántico, pero que igual nutren y sostienen.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

Vaciar una montaña | ¿La acción o el nombre?

Foto: autora

Por: Samia Badillo

Hace algunos días fui con mi familia a Tlaxcala, por invitación de una tía. Después de las celebraciones, quisimos pasear por la ciudad. Recorrimos el centro a vuelo de pájaro y subimos unas escaleras prominentes que nos llevaron a un convento.


Desde niña he visto retablos barrocos, pero nunca han dejado de sorprenderme. Si una se abre, hay efectos que siempre pueden conmover de esa estética: el dorado inmenso, la luz y los contrastes de la sombra, el movimiento de las columnas, de las túnicas en las pinturas, de los adornos. ¿Qué pensaron las personas del siglo XVI, XVII que vieron por primera vez estos retablos? ¿Les conmovieron? ¿Les asombró? ¿Sintieron miedo o fe?
Mis padres nos dijeron que aún había una capilla por ver, pero que había que subir unas escaleras aún más pronunciadas que las primeras y que ellos ya no irían.


Mi hermano y yo emprendimos el camino. Una señora y el que parecía ser su nieto iban a un costado nuestro. La señora daba pequeños pasos. El nieto aguardaba. Mi hermano y yo nos jactábamos secretamente de tener más condición física, pero yo tuve que hacer pausas varias veces. La señora iba lento, pero constante.


Yo la observaba. Me preguntaba las razones de subir de cada quién. Mi hermano y yo lo hacíamos por aventura, conocimiento, exploración. Seguramente esa señora lo hacía por fe.


Después de un resuello largo, llegamos. Tlaxcala se miraba allá, en el horizonte. Cerros cuyo nombre no conozco la protegían de los vientos. Nos quedamos un rato parados ahí. Hasta que mi hermano dijo:


—Imagina haber caminado todo esto y que esté cerrado.


Y lo estaba. O más o menos. Entramos a una parte y pudimos observar, pero la capilla tenía una especie de reja que nos impedía el paso para recorrerla.
Vi la desilusión de mi hermano.


—Estaba más bonita la de abajo, ¿no?


Yo no dije nada. Mi hermano preguntó:


—¿Cómo se llama esta capilla?


—La Capilla del Vecino —le dije.

Después de curiosear, pero también de persignarme, agradecer y platicar conmigo y lo trascendente, salí. Me fui al mirador a observar el cielo.


Mi hermano llegó muy entusiasmado.


—Tenía que saber por qué se llama así.


—¿Y qué descubriste?


—Pues… en el siglo XVII azotó una epidemia de tifoidea a Tlaxcala y un hombre fue por una cruz para traerla a su barrio, porque había muchas personas enfermas. Lo hizo para que la cruz les ayudara a sanar.


—Así que fue por un acto de fe.


—Sí… y pues… no sé si nunca se supo su nombre, pero le quisieron hacer un homenaje con esta capilla. Así que le pusieron “La Capilla del Vecino”.


—Me parece muy bonito —respondí.


—No sé —dijo mi hermano—. Me hubiera gustado saber su nombre.


—¿Y para qué?


—No sé…


—¿No te parece que hay montón de actos solidarios y anónimos que suceden todos los días?


—Pues sí.


—¿Cuántos nombres vemos a diario en las calles? Los vemos allí y, en realidad, no nos preguntamos quiénes eran las personas que ostentaron esos nombres. Hay nombres que perdieron todo significado para nosotros. ¿De qué serviría saber si “Fulgencio López” fue quien trajo la cruz? Estamos muy acostumbrados al culto de la individualidad (la firma, el nombre), pero es tanta nuestra obsesión que vaciamos el significado de los nombres.

Mi hermano me observa. Me escucha. Reflexiona. No me da la razón del todo, pero asiente, como diciendo: “tienes un punto”.


—“La Capilla del Vecino” te dio curiosidad. Y lo que encontraste detrás del nombre fue un acto. Un acto solidario. Me parece que ahí está la clave: honrar el acto, más que a la persona que lo hizo.

Los dos nos quedamos en silencio un rato más, viendo hacia los cerros y hacia esa ciudad que recién conocíamos, apoyados sobre el barandal.


—Mis papás ya deben estar esperando —me dijo.


—Sí.


Y así, poco a poco, iniciamos el camino de regreso.

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

Piezas de un alma simple

Ansiedad

Escrito por: Alondra Grande

Yo te nombro, Ansiedad, rosal clavado en mi pecho,
helecho que cuelga de mi cabeza,
jacaranda que florece en enero,
enredadera que busca no dejarme avanzar.

Yo te nombro, Ansiedad, mar en fingida calma,
corriente que me arrastra entre sus olas de sal,
palmera que revienta con sus raíces el concreto.
Silenciosa tempestad.

Yo te nombro, Ansiedad, taquicardia roba sueños,
zumbido en los oídos, temblor de las manos,
dolor del vientre que hace mi cuerpa temblar.
Eres la extraña conocida que nunca se va.

Yo te siento, Ansiedad, me sigues a todas horas,
pegada tras mi espalda como silencioso mal.
Pareciera que somos tal para cual:
Vienes a prepararme sin decirme a qué debo escapar.

Y aunque en mi generas miedo, dudas, rumiación,
ni yo me escondo de ti, ni tu te ocultas en las sombras.
Ya no te evito, pues sé que en estamos juntas las dos.
Ansiedad, vienes conmigo. Ansiedad, quizá seas yo.

Incluso si te cargo prendida a mi pecho, mamando mi sangre,
Ansiedad, no me defines. No me limitas:
Yo te nombro, Ansiedad, rosal de de brillantes colores,
de esplendido aroma que obliga la calma encontrar.

Yo te nombro, Ansiedad, helecho que cuelga en mi cabeza:
rebelde, verde, sin forma aparente,
estabilizas a un ecosistema entero.
Proporcionas equilibrio y hábitat para los demás.

Yo te nombre, Ansiedad, jacaranda que florece en enero,
que bebo tibia para mi estomago desinflamar.
Cuando no deberias, vienes y avisas que algo anda mal.
El suelo es caliente, me dices, y sé que lo puedo cambiar.

Yo te nombro, Ansiedad, enredadera que me da privacidad,
abrazo que no permite a la tierra erosionar.
Siempre llegando más alto, te renuevas,
entre los muros que escalas, me traes un poco de paz.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 25 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|Les Sablons

Por Tania Farias

Miré hacia arriba y por varios segundos me quedé como pasmada, sin saber cómo haría para subir esa escalera que me parecía infinita; mientras mis  manos apretaban, con intensidad, las asas de las enormes maletas que llevaba conmigo: sesenta y cuatro kilos de ropa, zapatos, libros y objetos preciados, que se habían convertido en mi todo desde el día en que había decidido volar del nido familiar y explorar nuevos horizontes lejos, muy lejos de donde había crecido.

Después de la sorpresa causada por una « simple escalera » y antes de que el pánico se apoderara completamente de mis sentidos, mi cerebro se puso a trabajar a mil por hora tratando de idear la mejor forma de subir aquellos escalones cargando mis pertenencias. Había escuchado muchas cosas sobre París, por supuesto, en su mayoría, de personas que nunca habían vivido en la ciudad, pero que la habían visitado con frecuencia y, entonces, se sentían con la autoridad moral para lanzar un veredicto, casi siempre negativo.

Sin embargo, no tuve que encontrar una solución. Esta apareció de la nada mientras yo continuaba totalmente abstraída en mis elucubraciones. Sin siquiera preguntar, un joven que, supongo, adivinó la situación en la que me encontraba al verme inmóvil a los pies de esos escalones, tomó las dos maletas, subió las escaleras y al llegar a la cima, las soltó y emprendió su camino sin mirar atrás ni permitirme expresarle mi agradecimiento. Su acción fue tan espontánea y rápida que no tuve ni el tiempo de crear escenarios catastróficos en mi cabeza, pero, dada mi naturaleza “inventiva”, estos llegaron segundos después, cuando ya afuera de la estación volvía a coger las asas de las maletas y veía al chico alejarse hasta perderse entre la gente. No, no me las había robado, sino simplemente había sido un ángel salvador al brindarme la ayuda tan necesaria. En mi primer día, un parisino me había mostrado que la amabilidad, contrario a lo que se me había pregonado, era también parte de su ADN. Un presagio, tal vez, de lo que sería mi vida allí.

Miré alrededor, me encontraba sobre una avenida bulliciosa, de anchos y varios carriles; la gente iba y venía por entre las múltiples tiendas, los restaurantes y las oficinas. Volteé a la derecha y, a lo lejos, distinguí con agrado el famoso Arco del Triunfo. Después, miré hacia la izquierda y mi vista se detuvo en el moderno Arco de la Defensa. Entonces, volteé hacia el lugar de donde había salido: la estación en sí no tenía nada en particular, no era una de esas estaciones con una entrada en Art Déco, ni el interior contaba con frescos en sus paredes o un diseño especial, pero el nombre se quedó bien marcado en mi memoria: Les Sablons. Hasta aquel momento desconocida, nadie podría decirme que esa estación se volvería el principio y el fin de muchas de las cosas que estaban por venir.

Como un pequeño animalito que sale por primera vez al mundo, comencé a explorar con precaución mi entorno y poco a poco empecé a expandir las distancias. Al principio, solo ingresaba a la estación para salir unas paradas más adelante; después, empecé a desplazarme en el laberinto subterráneo de la ciudad y nuevas estaciones aparecieron ante mis ojos. De la misma manera fue con los horarios. En un inicio entraba y salía de Les Sablons con la luz del día, pero pronto me fui permitiendo salir de allí al caer la noche; y no pasó mucho tiempo para que mis entradas a la estación fueran con la noche ya bien avanzada, antes del último tren del día, o que mis salidas fueran hasta el día siguiente con el sol en el horizonte anunciando el amanecer.

En un reciente viaje a París, después de más de quince años de haberme mudado de esa ciudad, no tuve la oportunidad de ir hasta la estación de Les Sablons, estación por la cual entré y salí tantas veces que mis pies aprendieron a desplazarse por ella con familiaridad. El destino había querido que todo el tiempo que viví en la ciudad, seis años, por si alguien lo pregunta, nunca hubiera tenido que utilizar otra estación para llegar a casa, a pesar de haber cambiado de domicilio cuando me casé. El único cambio que fue necesario fue el tener que utilizar una salida diferente de la misma estación, pues al casarme, mi nuevo hogar se ubicaba cruzando la avenida de Charles de Gaulle, al lado opuesto de donde solía vivir. 

A pesar de no haberme ido hacia la estación de Les Sablons durante mi reciente visita,  verla señalada en los mapas del metro había sido suficiente para transportarme hacia aquella época en la que era mi punto inicial y final de una jornada. Una sonrisa se dibujó en mi boca al recordar algunos momentos de complicidad con amigas mientras viajábamos en el metro y nos dirigíamos hacia mi casa, cansadas, después de haber pasado toda la noche bailando y cantando en algún club de la ciudad. También recordé algunos instantes en que la juventud se me había subido a la cabeza y había hecho alguna tontería, que afortunadamente no tuvo mayores repercusiones en mi futuro. Y como a toda alegría suelen seguirla momentos de tristeza, la sonrisa se me borró cuando me recordé viajando en el tren con el corazón roto, para salir corriendo por las mismas escaleras que me habían parecido eternas aquella primera vez que llegué a Les Sablons, y subirlas cargando no ya con el peso de mis maletas sino con el de mis emociones.

Recuerdos tristes o alegres, ahora ya no me importa la clasificación que les toque, pues al final recuerdos son y, a la vez, son la certeza de que un día, ya lejano, mi vida cotidiana la vivía entrando y saliendo de aquella estación. 

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Tramas Humas | Odio al Odio

Hace unos meses, una noche cualquiera, mi papá me invitó a acompañarlo a un centro budista. Estaba explorando un camino espiritual y quiso compartirme algo de eso. Acepté, sin saber muy bien a qué iba, pero con la curiosidad de quien busca entender el mundo un poco mejor.

Esa noche, entre paredes sencillas, aroma a incienso y la calma inusual del lugar, un monje nos guió en una meditación. No era solemne, ni rígido; hablaba con una tranquilidad firme, como quien ha peleado muchas veces con sus propios demonios y decidió hacer las paces.

En cierto momento, el monje dijo algo que se me quedó grabado:


“Odiar a quien te hace daño es como pegarle al fuego porque te ha quemado.”

Lo dijo despacio, con intención. Luego explicó que muchas veces confundimos a las personas con el odio que las atraviesa. Que el odio es como una sombra que se apodera de alguien por un momento, pero que no lo define. “No odies a la persona —dijo—, odia al odio que la habita.”

Nunca nadie me lo había explicado así.

Ese día entendí que el odio no se trata solo de violencia o rabia descontrolada. Se trata también de lo que elegimos hacer con el dolor que otros nos provocan. De qué parte de nosotros dejamos que se active cuando alguien nos hiere. Y de cómo, muchas veces, el odio no resuelve, solo perpetúa.

Desde entonces, cada vez que siento que algo me quema por dentro, me acuerdo de esa noche. Y pienso que quizás no se trata de perdonar inmediatamente, ni de justificar lo injustificable. Pero sí de recordar que el odio, aunque nos dé la ilusión de fuerza, termina quemándonos primero a nosotros.

Testimonios del odio:

«El odio que arde sin descanso»
Luisa, 36 años, diseñadora gráfica

“Yo no sabía que era neurótica hasta que empecé a ir a terapia. Me di cuenta de que vivía enojada. Todo me alteraba: el tráfico, los mensajes sin responder, los ruidos de los vecinos. Me irritaba incluso que la gente no entendiera cómo me sentía. Pero lo más fuerte fue aceptar que había gente a la que realmente odiaba. Personas que me traicionaron, que me hicieron sentir menos. Sentía que si las perdonaba, les estaba dando permiso de seguir existiendo sin consecuencia.

Una vez mi terapeuta me dijo: ‘el odio también te encierra a ti’. Y eso me pegó. Porque es cierto: no podía avanzar. Todo mi pensamiento giraba en torno a ese enojo. Como una cuerda apretada en el estómago. Todavía me cuesta, pero ahora lo reconozco cuando llega. Me digo: ‘esto que sientes no eres tú. Es solo la vieja costumbre de defenderte quemando todo a tu alrededor.’

«El odio que quiso quedarse y no lo dejaron»
María Elena, 42 años, maestra de primaria

“Mi mamá nos maltrató durante años. Y yo crecí con una rabia adentro que no me cabía en el cuerpo. Juré que nunca la perdonaría.

Pero hace poco me enfermé gravemente. Estuve hospitalizada y ella fue la única que estuvo ahí todos los días. No hablamos mucho, pero se sentaba conmigo en silencio. Me traía fruta cortada. No me pidió perdón, ni yo a ella. Solo fue.

No sé si eso basta. Pero entendí que a veces el odio también quiere quedarse porque nos protege. Yo lo solté un poco ese mes. No porque ella cambiara, sino porque yo ya no quería que esa parte de mí decidiera por mí. El odio me sostuvo un tiempo, pero también me quitó alegría. Ahora lo veo llegar y le abro la puerta solo lo necesario, como a un visitante que ya no me manda.”

«El odio como herencia colectiva»
Fernando, 28 años, sociólogo

“Cuando crecí, me enseñaron a odiar a los hombres ricos. A odiar a los policías. A odiar al sistema. Y en parte tenía sentido: yo vengo de un barrio muy golpeado, donde la injusticia era el pan de cada día.

Pero con el tiempo me di cuenta de que ese odio me estaba volviendo ciego. Que no podía distinguir a la persona de la estructura. Empecé a conocer gente que trabajaba dentro de ‘ese sistema’ y que también intentaba cambiarlo desde dentro. Gente buena, solidaria, empática.

Eso me dolió, porque me desarmó. Me obligó a cuestionar las etiquetas con las que yo organizaba el mundo. No dejo de indignarme. Pero ahora trato de que mi enojo no se convierta en odio ciego. Porque el odio nos une, sí, pero a veces también nos empobrece.”

Pensar en el odio: entre la permanencia y el desprendimiento

Hay una constante en todas las historias que escuché: el odio no aparece como una emoción pasajera, sino como algo que se queda. Se instala, se hace casa en el cuerpo. Y lo más peligroso es que, muchas veces, confundimos ese arraigo con verdad.

Creemos que si lo sentimos por mucho tiempo, es porque tenemos razón. Como si la duración de una emoción le diera legitimidad absoluta. Como si el dolor, al repetirse, se volviera justo.

Pero el odio, aunque parezca sólido, no es inmóvil. Con el tiempo cambia, muta, se contamina o se diluye. Y ese tiempo no pasa solo: necesita voluntad, conciencia y un esfuerzo activo por no dejar que el odio nos moldee la identidad.

El odio tiene sed de permanencia. Quiere convencernos de que solo siendo leales a él podremos protegernos. Nos ofrece una armadura, pero también nos quita el tacto.

En una sociedad donde el conflicto es constante, hemos aprendido a elegir bandos, a odiar con coherencia política, con rigor moral. Pero no siempre se trata de odiar menos —a veces se trata de odiar mejor. Es decir, de reconocer que ese odio debe ir dirigido a las acciones, a los sistemas, a las injusticias estructurales… y no al cuerpo frágil que en algún momento nos hirió.

Y entonces vuelvo a la frase del monje:
“Odiar a quien te hace daño es como pegarle al fuego porque te ha quemado.”

El fuego no es culpable. Quema porque es fuego. Las personas, como el fuego, a veces nos hieren desde un lugar que tampoco saben nombrar. ¿Eso las justifica? No. Pero tal vez, si en lugar de pegarle al fuego, aprendemos a reconocer su forma y su calor, podremos dejar de herirnos tratando de castigar lo inevitable.

El odio existe. Está ahí, latiendo en las relaciones humanas, en las estructuras sociales, en los discursos públicos y en los vínculos más íntimos. No es una emoción marginal: es una respuesta poderosa ante el agravio, la injusticia o el dolor. Pero eso no lo convierte en una brújula confiable.

El odio tiende a cerrarse sobre sí mismo. Aunque nace muchas veces del deseo legítimo de justicia, fácilmente se transforma en hábito, identidad o ideología. Y ahí radica el peligro: cuando dejamos que el odio organice nuestra manera de mirar el mundo, terminamos replicando la lógica que creíamos combatir.

Odiar al odio, como enseñó aquel monje, no significa romantizar a quien hiere. Significa no permitir que su sombra nos arrebate la posibilidad de actuar con conciencia. Significa elegir —una y otra vez— no devolverle al mundo la misma violencia con la que fuimos tocados.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.