De recuerdos, aventuras y reflexiones| Navidad sin ellos

Por Tania Farias

Los meses pasaban y la primera Navidad fuera de mi país y muy lejos de casa, llegó. Llegó cargada de melancolía y de recuerdos. Llegó cargada de buenas intenciones y de deseos por descubrir las tradiciones del lugar donde vivía, pues al final de cuentas, el emigrar es también el estar abierto a todo aquello que nos es diferente.”Al mal tiempo buena cara”, solía escuchar a los adultos cuando era niña, así que con curiosidad intentaba ser partícipe de la fiesta en el hogar de la familia A.

Desde niña, Navidad ha sido y sigue siendo uno de mis momentos favoritos del año. Siempre la he esperado con alegría y entusiasmo. Una vez la fiesta de la Virgen de Guadalupe pasaba, los preparativos para la Navidad entraban en modo acelerado. Con el inicio de las posadas, las casas se engalanaban para la celebración. Aún recuerdo los enormes nacimientos que una de mis tías recreaba en el patio de la casa familiar; un pueblo entero cobraba vida alrededor del pesebre, con sus personajes tradicionales, muy a la mexicana, pues no faltaba aquella figurilla miniatura representando a una mujer echando tortillas en un comal. Tampoco podía faltar el arroyo creado con trocitos de espejo, que corría en todo lo largo de la representación. Recuerdo participar en el montaje, trayendo y llevando objetos. Y por supuesto, estaba la cena de Navidad, después de asistir a la misa navideña, en esas reuniones numerosas, donde la familia entera se sentaba alrededor de la mesa para celebrar juntos; y los niños corriendo, jugando, riendo. Después venían esos despertares emocionantes en la búsqueda por descubrir lo que “el Niño Dios” nos había traído por habernos portado bien.

Aunque las celebraciones navideñas cambiaron con el transcurso de los años, la emoción que la cercanía de dicha fecha creaba en mí, seguía tan encendida como siempre en mi corazón. Sin embargo, lejos de casa, esa emoción se mezcló con una profunda tristeza. Intentando guardar el ánimo, buscaba a través de preguntas descubrir algo especial en la manera en que la familia A celebraría esa época. Aunque no era mi familia, yo necesitaba reuniones familiares, largas mesas llenas de comensales, música, risas.

La Navidad en casa de la familia A tuvo, por supuesto, su particularidad. Aunque faltaba un tanto del entusiasmo al que estaba acostumbrada. No recuerdo que hubiéramos puesto un árbol o un nacimiento; tal vez lo hicimos, pero, en todo caso, debió haber sido tan pequeño que no lo registré en mi memoria. Además, la celebración del veinticuatro por la noche sería algo íntimo, sin ningún invitado más de los que solíamos estar en la casa de manera cotidiana. La celebración con la familia, los abuelos maternos y algunos tíos y primos sería al siguiente día cuando iríamos al lugar donde vivían los abuelos, un pueblo a unas dos horas de distancia. Y en realidad, para mí fue ese momento, en que estuvimos en medio de más miembros de la familia, en que volví a sentir un poco la alegría que solía sentir en esas fechas.

La familia A era originaria de la región de Lyon, la segunda ciudad más importante de Francia, situada cerca del centro del país. Se habían mudado algunos años atrás hacia esas regiones del sur, creo yo que por cuestiones laborales y por la oportunidad de ser los dueños de una hermosa casa donde los niños pudieran crecer con un amplio espacio. La tradición navideña que ellos celebraban, según me dijeron, era muy común en la región de donde eran originarios: Treize desserts, que como su nombre lo dice, consiste en servir en la mesa trece postres diferentes, representando a Jesús de Nazaret con sus doce apóstoles, a través de frutos secos, algunas frutas frescas y dulces como el nougat, un tipo de turrón.

Algunos días antes de la celebración fuimos, junto con los niños, y la señora C a la ciudad de Uzès para comprar los ingredientes. A mí me emocionaba el descubrir una nueva tradición la cual añoraba desde ya el poder compartirla con mi familia. Me imaginaba el contarles cómo había celebrado mi Navidad, haciendo hincapié en las diferencias.

L y yo fuimos las responsables de la decoración de la mesa, con sus trece postres y todo. Las dos nos tomamos nuestro papel muy en serio y dejamos una mesa linda, lista para la cena después de la celebración eucarística a la que asistimos a las siete de la noche. Todo era nuevo y a la vez familiar. La misa era la misma, solo que en un idioma distinto; miré alrededor y me entristeció ver las paredes desnudas del recinto; el templo no estaba adornado con colores y flores como los templos en mi pueblo, no había esa algarabía, ni esa luminosidad por la importante fiesta que celebrábamos. Las calles estaban frías; añoraba ver caer por primera vez la nieve, pero no tuve esa suerte.

De regreso a casa, nos sentamos a la mesa. Tuvimos una cena demasiado larga para mis costumbres, pero según me dijeron, era sencilla pues la verdadera celebración sería al siguiente día. Comimos los trece postres, y la celebración terminó. La había pasado bien, había descubierto nuevas tradiciones, nuevos platillos, y lo más importante, no había estado sola; sin embargo, seguía añorando mi casa, mis tradiciones, mi gran familia, los abrazos.  

Esa noche me fui a dormir con el corazón triste, con un sueño ligero en el que me transporté por miles de kilómetros para estar con ellos, con mis seres queridos. Me levanté temprano, eran las siete de la mañana en Francia y las doce de la noche en México. Llamé a casa para desearles una feliz Navidad. Por el auricular podía escuchar la fiesta que seguía en su apogeo. En ese momento tan solo deseaba tener el poder de regresar a casa.

Cuando colgué corrí a mi habitación para refugiarme y poder llorar con libertad. Los extrañaba. Navidad sin ellos, por más que lo había intentado, no había sido navidad. 

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ESCRIBIR NOS LIBERA: ¿CÓMO ESCRIBIR DESDE CERO?

Por Aimeé Miranda Montiel

Escribir es una pulsión que desahogo en cualquier medio que tenga a la mano, me caga cargar con la compu, pero esa libreta llena de abejitas, me acompaña siempre, casi siempre.

Muchas veces nos cuestionamos cómo empezar a escribir, lo que sea, ya hemos hablado del terror a la “hoja en blanco”, te dejo AQUÍ la columna donde nos echamos el chisme largo y tendido al respecto; pero más allá de lo mucho que puede llegarnos a imponer la famosísima “hoja en blanco”, hay veces que ni si quiera nos presentamos a escribir, porque no sabemos ni qué carajos vamos a poner en palabras.

Y solemos quedarnos ahí trabados en la interminable e incontestable pregunta: ¿sobre qué escribir y cómo empezar? La neta, es que hasta mí misma a veces se me olvida poner en práctica lo que aquí te voy a contar, pero por eso quiero publicar esta columna, como un recordatorio amoroso tanto para ti como para mí.

La esencia de escribir, es plasmar en palabras un tiempo y un momento en específico, ya sea de una vivencia real, de una historia creada en nuestra imaginación, de un hallazgo científico o una epifania, o bien de un sentimiento; jamás vas a poder escribir eso, de la forma particular que lo harías aquí y ahora, porque todxs vamos cambiando día con día, y aunque a veces esa evolución es imperceptible para nosotrxs, lo cierto es que sucede.

Por ello es importante que escribas “por pulsión” y con constancia, y me explico, a todxs nos ha llegado ese momento de inspiración en que decimos: “wooow, qué buena historia, estaría increíble escribirla” o “todo esto que estoy sintiendo me rebasa tanto que quisiera sacarlo”, o quizá vamos construyendo historias en nuestra cabeza que si les diéramos la oportunidad de escribirlas, se convertirían en algo grandioso; pero tan es importante escribir ante esas “pulsiones”, inspiraciones o destellos creativos, como lo es escribir con constancia, de verdad tomarte unos minutos de tu día para agarrar la hoja y la pluma o la compu y ponerte a darle a esto de la “escribición”.

La escritura es maravillosa, y aunque ya lo he dicho en otras columnas, lo vuelvo a repetir: escribir es compartirnos con otrxs de una manera tan única y especial que nos hace entretejer con lxs desconocidxs y con lxs familiares parte de nosotrxs que no mostramos usualmente. La escritura es ese hilo que genera conexiones íntimas que de otra manera no serían posibles. Y sí, como ya te la sabes: ESCRIBIR NOS LIBERA.

Sigue creyendo en tu escritura y gracias por creer en la mía, aquí te dejo este pedacito de unos versos que ando “escribiending”:

“El dolor que venía cargando por años,

se disolvió con la calidez de tu presencia

Y verte ahí sentado contemplándome,

Fue una nueva manera de poder mirarme.”

Gracias infinitas por leerme, puedes escribirme en los comentarios de este blog, o por DM en Instagram: @leer.eschingon o @viveconmagia.aimeemiranda

Y sigamos juntxs escribiendo, porque ESCRIBIR NOS LIBERA.

Viento que llega por Jeanne Karen en La máquina verde

Trato de concentrarme, para nada en particular, no hay un objetivo. Puedo realizar cualquier actividad en este momento, pero el viento no deja de mover las palmeras del jardín comunitario. El ruido es tan fuerte que parece el castigo del día. Lo oscuro del cielo empieza a verse profundo, como si quisiera que mi mente se pierda de nuevo en lo alto, en el todo. Y aquí estoy. Reúno palabras, junto mis fuerzas, mis manos apenas obedecen. A veces así son los días, nuestros días, fuertes ráfagas que no nos dejan andar con libertad por ninguna parte.

***

El polvo se mete a los ojos, a la boca, a la nariz, somos de pronto su refugio. Lo volátil escapa a nuestra mirada. La calma llega pero dura unos minutos y otra vez el mismo clima. Lo único apacible aquí es la suave luz que entra por la ventana. Lo demás es el rugido. Busco cobijo. Entro a mi habitación sin encontrar un rincón en silencio. Es de día, pero cuando el viento viene de noche se lleva la paz, la de cualquiera. Hay algo inexplicable en su movimiento, no da oportunidad de hacer ninguna pregunta. Va por debajo de cada débil puerta de una casa, se apodera del descanso de la escalera, de la parte baja de los pesados muebles. Mueve con fuerza los conjuntos de campanas, cada colgante es una frase en su hondo vocabulario.

***

En el piso, entre una pared y un librero pesado, la tierra fina formó un mapa con las gotas de agua y el paso de los días, el paso de la vida. La huella de lo que fuimos. Manchas que dibujan una bahía, márgenes de lo que amamos. La vista ya no se posa en los objetos, la luz suave ya no entra ni desarregla las tardes de las vidas que tuvimos.

***

Viento, llévate las canciones, los aromas, las mañanas del café. Levanta la polvareda. Tengo la linterna a la mano, mi guía artificial.

***

Has cerrado los caminos, sin embargo a ti nada te frena. Llevas otro nombre.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Adórnese el altar con flores, con la moderación que conviene a la índole de este día.

Me quiero arrancar las entrañas en la vía pública para que sientan un poco de mi dolor.

Soñé que robaban arándanos en racimo y una col enorme y de tres colores (naranja, morado y verde) de mi jardín. Antes de despertar alguien me preguntó si ya había cosechado mis zarzamoras.

Wittgenstein escribió:

2.024 La substancia es lo que persiste independientemente de lo que es el caso.
2.025 Es forma y contenido.

Y yo quise llorar de tanta belleza.

Me gusta cuando es de noche y me puedo lavar las manos y lavar la cara. No tener que usar ropa interior, peinarme el cabello. Darle corazones a los gatos y agua. Al corazón. Mirar la luna y preguntarle a dónde va. Luego limpiar, luego besar a los gatos. Acicalar. Sudar. Soñar.

Doritos y Coca | El uso total de la palabra

Todos los usos de las palabras para todos me parece un buen lema, tiene un bello sonido democrático. No para que todos seamos artistas, sino para que ninguno sea esclavo.

Gianni rodari

Por Silvia Santaolalla


Escribir es saltar al vacío. Es abrirse a los demás. Rebuscar en el interior y mostrar las entrañas. La escritura es siempre punto de no retorno, pues una vez que nos decidimos a usar la palabra, a domesticarla, a volverla nuestra, jamás volveremos a ser las mismas. Hace un par de años decidí comenzar a generar talleres que compartieran la pasión que le tengo a la palabra. Después de un largo proceso de aprendizaje, cambios, dudas y resultados interesantes nace el Laboratorio de prácticas literarias abyectas, y con él la invitación a quién quiera unirse a saltar al vacío conmigo. Cuando escribo esto, han pasado ya dos meses desde que estuve en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca durante el 1er Coloquio y Seminario en Pensamiento Artístico aplicado a la Pedagogía impartiendo una primera versión de este laboratorio. Este texto es sobre las cosas que me dejó esta experiencia y la gente que se atrevió a acompañarme en una exploración sobre lo no reflexivo que nos habita.

Les propongo un ejercicio de imaginación: diez pares de ojos mirándote atentamente, diez libretas frente a esos ojos, tres horas durante dos días para intentar llevar a diez personas a lo que a mí me ha costado cuatro años entender. Estas diez personas, diversas en sus contextos y personalidades, que iban en todas direcciones, edades diferentes, experiencias heterogéneas, ninguna igual a la anterior, compartían una sola expectativa: saber qué es un Laboratorio de prácticas literarias abyectas y cómo éste podría impactar en su proceso narrativo. Es difícil explicar tanto a esos diez pares de ojos, como en este texto, la manera en la que llegué a elaborar este laboratorio. Mi camino, tal como yo lo veo, tuvo dos etapas: la primera en la que desarrollé mi postura sobre el aprendizaje de la escritura como procesual, continuo y cambiante, pero sobre todo colectivo; la segunda dónde adopté lo abyecto como un acercamiento estilístico que confronta al sistema y por lo tanto me permite acceder a lugares que de otra manera parecieran innombrables. Este proceso que pareciera sencillo, me costó cuatro años poder comprenderlo, desarrollarlo y compartirlo con este grupo de personas que confiaron en mí para abrirse camino en la literatura.

El término laboratorio en lugar de taller tiene una postura política que responde a la necesidad de experimentación. En poder ver la obra no como un objeto terminado sino como un proceso cambiante que permite a quien escribe probar distintos acercamientos a la palabra. Aproximándose así a la narrativa de una manera flexible, que a través de los cambios nos muestra otras caras de las que podemos aprender. Este acercamiento partió de mi formación y experiencia como artista audiovisual. Al leer el libro Práctica del guión cinematográfico (1991) del guionista francés, y colaborador de Luis Buñuel, Jean Claude Carrier (1931-2021) confirmé que no existe un método para escribir. Si esto era así, entonces, ¿cómo se puede propiciar la escritura? ¿Cómo escribimos y cómo enseñamos a escribir? ¿Hay algo que se pueda definir como enseñar a escribir?

Cuando hablo de abyección lo hago desde la postura de la filósofa, teórica, psicoanalista y feminista francesa de origen búlgaro Julia Kristeva (1941) que en su libro Poderes de la perversión: ensayo sobre Louis-Ferdinand Céline (1980) propone a la abyección como una transgresión a la moral de la cultura oficial por medio de un diálogo con su contexto social. Para Kristeva, la confrontación con el orden político y social solo se puede conseguir a través de un lenguaje que se rebele y que ella encuentra en la abyección. Solo de esta manera podrían lograr un control de la narrativa que autoras como Mónica Ojeda, por poner un ejemplo, llaman “sodomizar la palabra”. Es así como a finales del año pasado nace el Laboratorio de prácticas literarias abyectas, pensado en su totalidad como un lugar dónde la exploración está encaminada a través de la abyección.

Volvamos a los diez pares de ojos sobre mí. ¿Qué te da miedo? ¿Qué te da asco? ¿Qué odias? Son las preguntas con las que abro el laboratorio y con las cuales se presentaron entre todas las participantes[1]. Desde el comienzo todas estaban conscientes de que en conjunto confrontaríamos las estructuras del orden que muchas veces pasan desapercibidas y que frenan nuestra escritura. Uno de los primeros textos que se leen en esta versión del laboratorio es Los que se alejan de Omelas, (1973) de la escritora especulativa estadounidense Úrsula K. Le Guin (1928 – 2018). Quienes conozcan el cuento sabrán que Omelas es una ciudad utópica que se describe como un espacio libre sin gobierno, clero ni milicia. Dónde los habitantes viven en un confort que escapa a nuestra imaginación a cambio de regirse por una sola regla. Esta regla, que se devela hacia el final del cuento, consiste en que un niño o niña vive encerrado en un pequeño cuarto oscuro y húmedo, alimentándose solo de sobras que le son dadas de vez en cuando y recostándose sobre sus evacuaciones a cambio de que la utopía se sostenga para los demás. Después de la lectura de este cuento, una de las participantes expresó su temor a que esto se cumpliera en la realidad algún día. A lo que otra señaló que quizá ya vivíamos en esa realidad. Y es esta conversación la que me parece que puede resumir mi búsqueda literaria: esta es la realidad para muchas personas y solo la abyección puede revelar en la literatura esos estados innombrables en los que vivimos. Por eso me parece tan relevante que un espacio que explora los alcances de la palabra se abra a las discusiones que amenacen los sistemas que buscan homogenizarnos. Y que como afirma Kristeva, quienes escribimos construyamos contra y con lo abyecto. Sobre todo cuando nosotras somos esa abyección encarnada.

No entraré en especificidades que vulneren a los diez pares de ojos que me acompañaron durante dos días en el laboratorio. Sin embargo, puedo afirmar que todas encarnábamos diferentes abyecciones. Todos esos ojos, incluidos los míos, pertenecíamos a aquello que las sociedades rechazan. Si no fuera así, no habríamos coincidido en el mismo espacio. Si no fuera así no se habrían escrito textos como el siguiente:

Le ofrecí lo que preparé, pero justo en el último bocado se abalanzó sobre mí. Excitada dejé que me pegara, mientras obtenía lo que había estado esperando: su piel, sus manos. ¡Aborrecible! Fui asimilando cual caricia el dolor de los golpes en cada grado de intensidad. Se fue. Así que tomé mi lápiz labial y re hice mi dignidad.

Híbridos literarios que reflexionaban de esta manera:

Llegué tarde a la junta de producción. Me pidieron buscar extras para el video clip de Alejandro Sanz: No es lo mismo. Los españoles querían aprovechar lo barato de filmar en México. Querían negros que jugaran básquet y negras que supieran patinar o hacer patineta. Heidi, su novia agregó: ¡Estamos de moda!

O micro ficciones potentes como la siguiente:

Mi tolerancia y paciencia, son nulas hacia aquellos seres de rosas brillantes, que con su presencia aborregan la tersidad fría de mi existencia.

Como he escrito antes, creo firmemente en la relación que hay entre quien toma la palabra, la doblega, la hace suya y la desobediencia. Y es por eso por lo que agradezco que estas diez personas que conformaron el primer Laboratorio de prácticas literarias abyectas se atrevieran a desobedecer todo lo que habían aprendido sobre literatura y me dieran la oportunidad de explorar en conjunto aquello que vive secreto e inconfesable y que solo la literatura puede tocar. Estoy segura que seguiré replicando estos espacios de exploración y búsqueda pues como afirma el escritor, pedagogo y periodista italiano Gianni Rodari (1920-1980): “Todos los usos de las palabras para todos me parece un buen lema, tiene un bello sonido democrático. No para que todos seamos artistas, sino para que ninguno sea esclavo” (7).


[1] En el caso de este laboratorio, existió la participación de dos hombres, sin embargo, se acordó en conjunto que se mantendría el femenino como genérico del grupo.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Extraño Cotidiano * La belleza, Dios y el miedo IV

Susana Argueta

– ¿Dónde está el GPS?

-¿Qué?

-¡El GPS, no te hagas pendeja! ¿Tiene GPS el carro?

¿Tiene GPS? ¿Cómo es un GPS? ¿Qué es un GPS?

– Si tiene.

– ¡Dónde está?

-No sé dónde está.

– ¿Y qué tal si te meto un tiro?

-¡Pero no sé dónde está!

-¡No me grites! ¿A qué te dedicas?

– Soy jubilada.

-¿Qué hacías antes?

¿Por qué hurga en mi vida?

– Maestra.

¿Por qué me traicionan mis niños? ¿Por qué me pegan mis niños? Los niños lastimados. Los niños de sonrisa triste y frío en el alma. Mis niños tristes. ¿Por qué lloran los niños tristes?  Veo a los niños, a mis niños. No veo la cebada. No veo el cielo ni los reflejos del agua. No escucho los borregos ni los perros ladrando. No hay viento. La hierba. Me aferro a la hierba. Mis uñas se llenan de hierba. Es tibia, es suave. Es una suave cama. Habito la hierba. Habito la tierra. La tierra es Dios.

El altavoz. Me habla el Patrón. Desde lejos. Me habla el Patrón. Me da miedo. Me da confianza. La voz me da confianza.

– Tienen instrucciones de no lastimarlos, de no causarles daño. Solo queremos el carro. Solo diles donde está el GPS.  ¿Los tratan bien?

La pistola en mi cabeza. El GPS. El GPS. El GPS.  Juro por Dios que no sé dónde está el GPS.

– Si, nos han tratado bien.

La pistola en mi cabeza. No puedo respirar. ¡Me duele! Debajo del brazo. No veo nada. No veo dónde me ha pegado. Veo mis pulmones blancos y el viento amarillo. Me duelen.  Me duele respirar.

-¡No grites pendeja! ¡Cállate!

– ¡No puedo respirar!

La pistola. La pistola negra en la cabeza.

– Ah, ¿verdad que si puedes respirar?

Con la pistola negra en la cabeza puedo respirar.

– A ver, mija. No vale la pena el carro. Te voy a violar si no me dices dónde está el GPS. Te vamos a violar entre todos, entre los cuatro.

Imagen: La presa. @Susana Argueta

Por tu grande culpa, carta de una hereje

Versátil : La libertad de pensar

Se dice que todos encontraremos al todopoderoso.

Y si es eso cierto , algún día dios y yo nos veremos cara a cara.

Tendrá que pedirme perdón por todas las veces que recé su ayuda y el solo ignoró el llanto de una niña herida.

De rodillas pedía que me protegiera de aquellos que me lastimaban , Clamaba suplicante por una señal,

Pero ni una sola vez se dignó a mirarme

Y mientras lloraba y crecía me di cuenta que aquel a quien veía como dios no era más la figura de un hombre clavado en la cruz.

Deje de arrodillarme y bajar mi cabeza por él.

Si él me abandono yo también podía abandonarlo a él,después de todo dios, no es un dios sin quien le adore.

Como ya no creo en él, soy libre de vivir sin miedo a su juicio.

E de vivir según mí ley y mi conciencia ,

No habrá pecados que pagar con penitencia.

Pero si lo encuentro ahora será él quien deba suplicar .

Recuperar el recuerdo, tal vez no. Jeanne Karen en La máquina verde.

En el perfil de Facebook aparece un botón que dice sencillamente Recuerdos. Si una persona pulsa allí, de manera inmediata aparece una lista con frases, fotos, videos, enlaces, que ha compartido a lo largo de su historia por la red social.

Aquí viene lo difícil, lo difícil por lo menos para mí, porque al ver mi pasado no logro reconectarme con las emociones, con la chispa que me llevó a escribir por ejemplo un sencillo Te quiero mucho. Luego viene el pensamiento y la pregunta, ¿era el estado de mi Facebook para alguien en particular o era solamente por decir algo, por estar presente ese día?

La respuesta es: no lo sé, porque, irónicamente no recuerdo, no me importa si el apartado se llama Recuerdos, no llegan a mi mente las emociones o sensaciones con las que está conectada la frase. Me quedo pensando, en realidad el algoritmo no sabe, no distingue esa parte, son solamente datos y paradójicamente en nuestra vida están apareciendo así, los estamos percibiendo así.

¿Nos alejamos de lo que somos, del cúmulo de sentires, decires, vivencias que todavía representamos?, ¿nos estamos acercando a un punto de encuentro con la Inteligencia Artificial o en realidad nosotros somos la Inteligencia Artificial?

¿Tenemos miedo de lo que somos o de lo que seremos?

La Inteligencia Artificial es creación humana, obviamente, pero ya desde hace unos veinte años para acá, he llegado a darme cuenta de que nosotros somos esos seres de rostros cambiantes, de perfiles, de cuerpos cambiantes en la realidad virtual, aunque también en la palpable, muchas veces.

¿Entonces, lo que siento ahora, lo que alcanzo a percibir, esa despreocupación por hacer los recuerdos desde mí misma, desde cero, íntimamente atados a lo que ha sido mi vida, está en peligro de desaparecer?

Nos estamos desdibujando, ¿cómo se sienten?

¿la inteligencia artificial llegará a comprender?

¿Tendrá qué descifrar los estados de nuestra mente cuando como humanidad, nos cuesta descifrarlos?

Me quedo dando vueltas, en los recuerdos, ¿qué sentía cuando tomé tal foto, qué pasaba por mi cabeza, estaba feliz, melancólica, preocupada?

Hay dudas que nunca se resuelven. Pero mirar los recuerdos es como ver la película de nuestra vida, sin poder editarla, sin ponerle subtítulos. Voy a ese concepto, me parece bueno, pero no lo es, porque en realidad ya me sucedió que a algunas fotos les he puesto frases, poemas, fragmentos de algún texto y aun así, sigo percibiendo esos recuerdos como las memorias de una extraña, me pregunto, ¿por qué puse ese verso, estaba enojada con alguien, conmigo misma o estaba triste o solamente lo dejé ahí porque me gustó? No me reconozco.

Entonces, ¿qué está pasando?, en lugar de usar las redes sociales que para un uso práctico, a veces nos llevan a la confusión, un cuaderno en donde se escriba todo con lujo de detalles, punto por punto, primero para no olvidar y en segundo lugar para saber exactamente cómo éramos en ese momento, qué sentíamos, qué pensábamos. Es mucho trabajo, aunque si lo ven, es también interesante. Los seres humanos estamos hechos de memorias, por lo menos esa es nuestra esencia. No somos capaces se separarnos de lo que ha quedado plasmado en nuestra historia, ya sea la personal o la común.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

SENTIR

Por Madelaine BO.

Cada que me acerco un poco a tí, tú corazón se escucha latir; un latido que murmura lo que sientes estando junto a mí. Algo tan fuerte, limpio y sincero.

Me cuenta que me piensas, pero no lo aceptas. Estoy tan dentro de tí que es un poco difícil que te alejes de mí.

Lo que tú no sabes es que yo siento igual. Y cuando no te veo, te siento junto a mí, me llega tú aroma; ese que dejas en mi cama y de inmediato te imagino recogiendo mi cabello para poder besarme; por que así te gusta a tí y así me gusta a mí.

Seguramente son las ganas de volver a verte. Me gusta recordar lo que siento al estar junto de tí. Ese algo que hace que mi corazón se acelere a mil por hora en cada latido.

Se que somos como el día y la noche, mientras yo despierto, tú aún duermes. Cuando ya estoy en camino, tú apenas despiertas. Yo nunca paro de hablar y tú siempre sueles escuchar. Yo tan indomable y tú tan disciplinado.

Pero lo anterior no es impedimento para estar juntos por que él es tan mío, como yo soy tan de él. Por que nos conectamos , por que vibramos en la misma frecuencia y sentimos lo mismo.

Llegamos en el momento justo, no antes ni después. Es el tiempo que tenia que ser para que pudiera suceder. Si hubiéramos llegado antes no nos habríamos encontrado y si llegábamos después seguramente estaríamos en el lugar equivocado.

Pero esto no es así; estamos juntos libres de cualquier presión, sin ninguna atadura, pero llenos de locura.

Derechos y Colores| El día después del 8 de marzo

Por Natalia Mendoza Servín

Fotografía tomada por Natalia Mendoza Servín

En todas partes del mundo, el 8M mujeres tomaron enardecidas las calles de sus respectivas ciudades exigiendo respeto a sus vidas, a su integridad corporal, a la libertad, al libre desarrollo de su personalidad, a sus estudios, a sus cuerpos… en fin, a las mujeres siempre nos deben o cumplen a medias nuestros derechos. En sus pancartas, mis hermanas traían todo tipo de consignas. Con muchas de ellas, más de algunas nos sentimos identificadas.

Entre nosotras, nos sentimos protegidas. Nos cuidamos. El bloque negro también se encarga de ello. Además de las pancartas, algunas grafitean consignas o rompen vidrios. Sin embargo, en ocasiones pareciera que luego de eso, no hay más.

Este año me llamó mucho la atención una pancarta de una chica que palabras más, palabras menos, decía: “a mi me abusaron en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), denuncié y nadie me creyó, todos dicen que soy una exagerada”. Cuando la leí, me giré hacia ella y con el fuerte sonido de mi voz, grité: ¡yo sí te creo! Y al coro se unieron otras, unas más corrieron a abrazarla. De nosotras iba a obtener todo el cariño y apoyo del mundo, pero ¿eso basta? Luego de que emití repetidamente ese grito pensé en sí nosotras podíamos hacer algo más, y mi respuesta interna fue negativa.

El día de la marcha, llevé unos tenis nuevos que comenzaron a lastimarme, así que le dije a mi hermana que regresaría a casa. Tuve que separarme del contingente y caminar al lado contrario de mis compañeras. Ya eran las siete y media de la noche y estaba obscuro, no tan solo porque otras mujeres también comenzaban a regresarse. Pero en mi trayecto de regreso sola, volví a sentirme insegura bajo el manto de la noche, mi ropa morada y verde hacía que más de algún hombre volteara a verme con cierto desprecio que infundía miedo. Me resultaba paradójico que luego de la marcha, a un escaso kilómetro de donde seguían mis compañeras en lucha, la realidad volvía a ser la misma: yo acababa de marchar, de gritar, de luchar… y volví a sentir temor por mí.

Me di cuenta que lastimosamente el día después del 8M, ¡incluso, ese mismo día donde casi todo se muestra políticamente correcto por un momento!, las cosas no

habían cambiado. Con ello, no estoy desprestigiando la marcha: es fundamental y necesaria, de eso no tengo duda y volveré a asistir en próximo año. Pero esa situación me hizo recordar a mi querido tío, Antonio Servín. Él era un hombre vivía en Ciudad de México e iba a muchos mítines y marchas de causas sociales.

Cuando aún vivía, una vez me comentó que cuando marchaba en pro de una causa relacionada con la educación un hombre con experiencia en la lucha social le dijo: la casusa de esta marcha es muy buena, pero no va a ningún lado. Mi tío le preguntó el por qué y éste respondió lo siguiente: la autoridad que tiene competencia en el tema es la Secretaría de Educación, ¿por qué esta marcha tiene como destino final la Secretaría de Gobernación?

El punto de ese hombre, era que las marchas debían ser escuchadas por todas y todos, pero en especial, por quienes pueden tomar decisiones, tienen las atribuciones y no quieren hacerlo. La marcha a la que yo asistí fue en Guadalajara y mi contingente finalizó en la rebautizada Glorieta de las y los desaparecidos, que sin duda, es simbólica para el movimiento feminista… pero no había autoridades escuchando. Otro camarada me comentó que sus amigas feministas consideraban importante que las peticiones y reclamos, incluso, fueran entregadas por escrito a las autoridades y que cada 8M, en la marcha, en presencia de todas y también de las autoridades, se evaluaran los avances.

Mucho por luchar, pero estamos cada vez más unidas. ¡Sigamos arrebatando derechos!

Contacto en X: @Nataliamese

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.