Piezas de un alma simple

Escrito por: Alondra Grande

Febrero

Escucho a los zanates cantando
Encima de los faroles que nunca son encendidos.
Hace frío, el viento murmura palabras que no entiendo.
En mi mente hay un desgarrador silencio.

Hace frío.
Los zanates gritan deseosos de que alguien alce la vista,
Las plantas que decoran el balcón hace mucho tiempo perdieron su verde color.
Hace frío, pienso.

El sol tarda una eternidad en ocultarse.
No hay rastro de las nubes en el cielo.
Ojalá fuera yo ave, pienso.
Los zanates vuelan lejos, muy lejos
Allá donde mis ojos miopes no los logran encontrar.

Vuelan y se pierden en el cielo.
¿Es el cielo un reflejo de la mar?
Es azul, azul melancolía
Azul te quiero en las noches frías
Azul, no queda nada para quienes solo miran.


Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 23 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.

La espera por Jeanne Karen en La máquina verde

Hablar de la espera, no sé por qué, se ha ligado de una forma íntima con la ansiedad, sobran ejemplos en la literatura y en el imaginario colectivo, por lo que de inmediato, mi mente me lleva a un lugar oscuro donde aguardo la llegada de un transporte público y observo con cuidado cada objeto, cada vehículo que transita por una larga avenida, pero mi camión no llega; así, dentro de la cajita de los recuerdos, pasan horas y otros camiones, carros, motos y yo no puedo irme. Esa es la espera más ansiosa de la que tengo memoria. Sin embargo sé que para muchas personas la espera puede ser una enorme piedra que se carga en la espalda o una pequeña que molesta en el pie, que baila de vez en cuando entre la piel y el zapato, rasga, causa ampolla, esa ampolla, esa lesión espiritual o mental, que cuesta sanar.

No, no es agradable esperar, no importa qué se está esperando, no veo que pueda estar unido a una sensación del todo placentera, la mayor parte del tiempo hay una molestia. Por ejemplo para las personas que como yo, no pueden sobrellevar las sorpresas de un día especial, como un cumpleaños, el hecho de que esté cerca la fecha, de forma casi instintiva me hace ponerme alerta sobre las actividades que mi familia o amistades realizan, los miro, los escucho con atención, a veces creo que están planeando algo y ahí viene mi momento de zozobra, estar esperando y luego aparece su famosa hermana: la ansiedad.

Recuerdo un poema de Borges, donde habla de la espera amorosa, de cómo a veces tratamos de ver con buenos ojos ese instante o ese siglo, porque en esos temas, no se sabe en realidad cuándo es cuándo, ni cuánto es cuánto, es ambiguo todo. Eso sí, podemos tener ilusión, aunque si se rompe, no habrá poema que nos salve. También hay esperas agridulces, dolorosas, veloces, inestables, eternas. Para mí las peores son las que están ligadas al tiempo de los demás, a la voluntad de esas otras personas, a esos movimientos de corazones distintos al mío. Morderé mis labios, no lo sé, frotaré mis manos no estoy segura, miraré por la ventana hacia un horizonte indescifrable, eso sí.

Esperar me derriba, carcome mi quietud, no quiero hacer antesala ni siquiera para mis propios deseos. A veces necesito que todo suceda sin más, por un acto de magia, por una incongruencia, porque así es la vida. Debe llegar una señal del universo, de nuevo vuelvo sobre el poema de Borges, quiero que las sombras se alarguen y que aparezca alguien o que simplemente algo suceda y que me salve de estar del otro lado del espejo. Soy un ojo que no parpadea.

Si ustedes ya están sintiendo un frío que les recorre la espalda, un ardor en la piel, las manos sudorosas, voy por buen camino. Los llevo a través de las breves líneas que aquí escribo a probar un poco y…

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

El desborde. Relatos del mundo que habito | De sonidos chilangos


Por: Ximena Moranchel


¿A qué suena el DF?

*Nota aclaratoria: sé que el nombre de esta ciudad no es más Distrito Federal, sin embargo, al igual que otros cambios en la vida, me resulta imposible aceptarlo.

Al señor que vende y grita ¡El gaaaaas! en la entrada de mi edificio, todos los días sin excepción alguna.

A las camionetas que están por toda la ciudad, que pasan 5 veces al día con un altavoz que canta un anuncio de una manera muy particular “Se compraaan colchooones, tambooores, refrigeradores. Estufas, lavadoras, microondas. ¿O algo de fierro viejo que vendan?”.

A los aviones que se dirigen al aeropuerto, que pasan bien cerquita y cimbran toda mi casa haciendo que al menos 2 veces al día me pregunte: ¿Está temblando?.

A piropos, unos más creativos que otros. “Quisiera ser aguacate pa’ embarrarme en esas tortas”, “Bendita sea la tuerca del rin del eje de la llanta de la caja del camión que trajo el cemento para hacer la banqueta donde estás parada preciosa”.

Al silbido del carrito del señor que vende camotes.

A los autos haciendo sonar su bocina, todo el tiempo, en todos lados, con la firme y falsa convicción de que para algo servirá.

Al organillero que ameniza las plazas y calles con melodías típicas mexicanas.

A comerciantes pregonando repetidamente distintas frases, que si no te convencen de comprar, seguro te hacen voltear a ver: “10 pesos le valeeee, 10 pesos le cuestaaa”, “páseleeeee, páseleeee”, “míreleeee, chéqueleeee sin compromisoooo».

A campanadas, que alguna de las iglesias que abundan en esta ciudad hará sonar en cualquier momento del día.

Al “súbale, súbale, hay lugar”, avisando que podrás viajar en ese pesero, pero sin asegurarte que te tocará asiento.

A cumbia de todo tipo, de la que se goza, de la que se canta, de la que es graciosa. A cumbia que siempre pone a los pies a bailar.

A cuetes, o fuegos artificiales como le dicen en otros lados. Que cada que explotan como parte de la celebración de los cientos de santos católicos que se festejan al año, te exigen una escucha absoluta para confirmar que se trata de eso y no de balazos.

Al “Pásele güerita” como invitación para entrar a comprar a las tiendas, sin importar que no seas rubia.

A gringos hablando en inglés y en ocasiones exigiendo que no se les responda en español, olvidándose de que los extranjeros aquí son ellos.

A la pregunta que no puede faltar al terminar de pedir tu comida en cualquier local que vende alimentos: ¿Con todo?.

Al silbido de los vendedores ambulantes avisándoles a sus compas que levanten sus puestos en chinga porque ahí vienen los inspectores.

A mariachis cantando “¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones!”.

A la alerta sísmica generando más angustia que lo que en realidad el movimiento de la tierra provoca, pero que afortunadamente existe.

A insultos y mentadas de madres que cruzan de un auto a otro, a veces como expresiones de molestia porque el otro no respetó alguna de las reglas viales, en otras, como catarsis necesaria después de horas en el tráfico: “Pásale pendejo”, “Chinga tu madre imbécil”, “Órale pendeja, te vas a meter o no”.

A danzantes que bailan y que si quieres te pueden hacer una limpia para barrerte las energías negativas.

A la grabación que todo vendedor de tamales oaxaqueños pareciera que tiene: “pidan sus ricos tamales oaxaqueños, ya llegaron sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños, acérquese y pida sus ricos tamales oaxaqueños”.

A dos tubitos de fierro chocando entre sí, acompañado de una voz que grita “Toques, toques” invitándote a pagar para que con esos tubos te electrocuten.

A personas diciéndote carnal o carnalito, o carnalita. Me parece una palabra maravillosa, por cierto.

A insultos divertidos que se lanzan en las gradas de la Arena México a esos seres enmascarados que se avientan y se golpean en el ring, dándote un espectacular show de lucha libre.

A la campanita del camión de la basura.

A náhuatl, mixteco, otomí, mazateco, zapoteco, mazahua recordándonos que están ahí desde siempre, que no se han ido y no se irán, le incomode a quien le incomode.

Al metro, al metrobus, al trolebús, al tren, al pesero, al camión, a la combi, a la ambulancia, a la patrulla, a autos, motos y bicis.

Al “Órale ya se la saben” que en automático te baja la presión, y te pone pálida la piel, indicándote que te están asaltando.

A las porras de fútbol que resuenan fuera y dentro de los estadios.

Al “viene, viene”, que te ayuda a estacionar y a sacar del estacionamiento tu auto a cambio de unas monedas.

A rock, salsa, pop, cumbia, metal, danzón, marimba, banda, norteña, duranguense, corridos, corridos tumbados, narcocorridos, reggaetón, reggae, punk, boleros, sonidero y hasta tango.

A manifestantes en el zócalo exigiéndole al gobierno con gritos que cumplan todo lo que prometieron a cambio de votos.

Al silbato del policía que encuentras en algunos semáforos intentando poner orden, provocando generalmente lo contrario.

A albures que son todo un arte en el juego de palabras con doble sentido, que pocas veces entiendes por más que te los expliquen: “No se apene, pásale joven”, “A la larga te acostumbras”, “¿Con queso bas o con queso plas?”.

Al panadero con el pan, que complica la difícil tarea de seguir con firmeza cualquier régimen alimentario.

Al “aguas, aguas” advirtiéndote, regularmente de una forma imprecisa, que tengas cuidado con alguien que está pasando, con un auto que va a cruzar, con algo que está cayendo de arriba, con algo que hay en el suelo, o con algo que está justo en frente de ti.

El DF, la Ciudad de México, suena en todos lados, a todas horas, en todo momento. Probablemente sea por eso que no le resulta extraño que cada tanto aparezca el deseo urgente de salir corriendo, a cualquier lugar con algo de verde que brinde un poco de calma y silencio. Tampoco es algo que le moleste, tiene la certeza como cualquier otro caos, que en cuanto te suelte después de haberte atrapado y sacudido, después de haberte dado varias vueltas por el cielo, ya con golpes y mareos, volverás a pedirle, sin saber por qué, que lo haga de nuevo.

Ximena Moranchel Gutiérrez. Licenciada en Psicología Clínica por la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Cursó un semestre de la licenciatura en la Universidad de Buenos Aires. (UBA). Ha participado en diversos talleres entre ellos en el curso de Psicoanálisis y Género impartido por Ñandutí. Actualmente trabaja de manera independiente, dando terapia en línea en su mayoría a migrantes hispanohablantes. En el 2016 migró a Buenos Aires y desde entonces su corazón está dividido entre dos lugares; México y Argentina. Feminista, viajera y nostálgica a tiempo completo. Escribe para no asfixiarse y lee para poder respirar. 

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De recuerdos, aventuras y reflexiones| Las hadas madrinas sí existen

Por Tania Farias

En toda historia de héroes existe ese personaje que aparece en la vida del protagonista en un momento crítico para darle, o mostrarle, las herramientas que necesitará para cumplir su misión. Este personaje, en muchas ocasiones, se quedará con nuestro héroe por un largo recorrido; en otras, lo acompañará solo por esos momentos más escabrosos y después se despedirá pues su tarea se ha cumplido. Este personaje es un mentor que en los cuentos de princesas es conocido como el hada madrina. 

Aunque mi historia no sea una de héroes, ni de hadas madrinas, para mi fortuna, hubo un personaje que apareció muy pronto en mi camino durante esa mi primera experiencia lejos de casa. 

Una de las cosas más difíciles de vivir en otro país, con una lengua diferente a tu lengua materna, es precisamente el lograr socializar. En mi caso, a parte de las limitadas conversaciones que tenía con los integrantes de la familia A, pasaba mis días sin tener interacciones sociales. Pronto, empecé a sentir una sensación de soledad, y con ella llegó la depresión. Iba y venía por el pueblo sin hablar con nadie. Me sentía invisible, nadie me miraba y cuando lo hacían, era con un dejo de extrañeza: era diferente. En esos momentos mis únicos aliados eran los libros, en los cuales me sumergía cada anochecer, buscando evadirme hacia otros mundos lejos de la realidad que me rodeaba.

Todas las tardes, antes de las cuatro, llegaba  a las inmediaciones de la escuela primaria del pueblo, buscaba un rincón y allí me quedaba esperando a que salieran los niños. Desde ese espacio observaba como poco a poco las mamás, en su mayoría, comenzaban a llegar. Pronto se formaban diferentes grupos y las conversaciones se entablaban a la espera de la campanada anunciando el final de la jornada escolar. Como yo, había otra chica que también llegaba temprano y esperaba la salida de los niños sentada sobre una barda. Además de su edad, también compartíamos el hecho de lucir diferentes a la mayoría de los habitantes del pueblo. Por sus rasgos físicos y el color de su piel me atrevería a decir que tenía ascendía India o pakistaní. Muchas veces tuve el deseo de acercarme a ella e iniciar una conversación, pero su actitud, siempre con audífonos y los brazos cruzados, además de mí muy bajo nivel de francés, no me dejaron hacerlo. Coincidí con ella en el mismo sitio durante ocho meses y nunca intercambiamos ni siquiera una mirada.

A la salida de la escuela también había un hombre mayor de cincuenta años, bajito, delgado y correoso quien dirigía el tráfico, el cual aumentaba significativamente a esa hora, pues era la única escuela primaria en el pueblo y otras comunidades aledañas.

Unos de esos días en que había llegado temprano y me encontraba sumida en la melancolía, añorando a mis amigos a miles de kilómetros, el señor del tráfico se me acercó. Con un amplía y sincera sonrisa se presentó en un perfecto español. Me dijo que trabajaba para el ayuntamiento y me había estado observando en las últimas semanas. 

 —Te ves muy triste —me dijo —.

Le devolví la sonrisa sin saber qué responder.

—No es muy fácil hacer amigos aquí.

—No, no lo es —le respondí contenta de poder escuchar mi idioma y hablar por fin con alguien. 

En los pocos minutos antes de que el tráfico comenzara a formarse y que él tuviera que volver a su labor, me dijo que todos en el pueblo lo conocían como Titi. Consciente de mi sorpresa por su tan buen español, agregó que estaba casado, desde hacía muchos años, con una española que como él también trabajaba para el ayuntamiento; su esposa ayudaba, entre otras cosas, a hacer el aseo en la escuela. 

Titi no conocía mi nombre pero sí sabía que era mexicana.

—Las noticias corren rápido en un pueblo como este —me dijo guiñandome el ojo.

A partir de ese día, todas las tardes en que llegaba a recoger a los niños, ya no me quedaba triste en mi rincón, sino que intercambiaba impresiones con Titi; y cuando lo cruzaba en el pueblo, su saludo y conversación amena me hacían sentir que existía, que no era invisible. 

A los pocos días de haber conocido a Titi, también conocí a su esposa, María, una valenciana que siempre tenía una palabra dulce para mí y una sonrisa alegre. Además, ella me mostró un poco de su propia cultura (en su casa disfruté de una de las mejores paellas que jamás he probado), y me enseñó cosas de la cultura que había adoptado por matrimonio: María fue quien me dio los primeros consejos de cómo preparar una deliciosa ratatouille

Quizás porque sus hijos ya habían volado del nido familiar para vivir su propias aventuras o quizás, solo porque eran personas nobles, pero Titi y María fueron unos protectores, mis mentores para mejor navegar por esa cultura ajena que se mostraba ante mis ojos de manera abrupta; fueron como unos hados madrinos en ese periodo de vida.  

Durante los meses que estuve en la región, Titi y Maria estuvieron al pendiente de mí y me abrieron las puertas de su hogar sin recelos. Los fines de semana, cuando deseaba escaparme de la rutina y de la presión que sentía al estar con la familia A, emprendía el camino hacia su hogar, un lugar que, además, era idílico: una casa de tamaño mediano, de una planta a las afueras del pueblo, de paredes amarillas en medio de un gran terreno, con hortalizas, árboles frutales y flores de diferentes tipos y colores. El terreno se extendía hasta las orillas del río Gard que pasaba a unos metros, solo bajando unas escalinatas. Estar allí era un recinto de paz y cariño. Estar allí era volver a hablar mi idioma, sentirme querida y comprendida. 

Sin duda, yo no era una heroína enfrentando monstruos, ni brujas, pero sí era una persona joven y asustada frente a ciertas dificultades. Tuve la fortuna de tener en ese momento de mi vida a unos mentores que supieron  mostrarme que a pesar de estar tan lejos de casa, no estaba sola y que era capaz de seguir adelante aún cuando a veces parecía tan complicado.

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AMOR

Por Madelaine BO

¿Qué es el amor?

¿Es salir a una cena romántica?

¿Acaso es tomarse de la mano al caminar?

¿Tener relaciones sexuales?

¿Serán esas platicas interminables?

¿Alguna vez se lo han preguntado?

AMOR: Según la ciencia, es un proceso neurológico que se produce en el cerebro e implica a diferentes partes del cerebro. Los estudios demuestran que la primera vez que lo hacemos (enamorarnos) los niveles de serotonina se desploman y los centros de recompensa del cerebro se inundan de dopamina.

Pero… ¿Estamos conformes con eso?

AMOR ROMÁNTICO: Romeo y Julieta, de la obra de William Shakespeare. Ambos se enamoran a primera vista y están condenados a vivir un amor clandestino por la enemistad entre sus familias.

Amor es todo lo anterior acompañado de tolerancia, apoyo, platicas incomodas, respeto, compresión, risas, juegos, detalles y todo lo demás que se le pueda agregar. Y cuando tenemos a la persona correcta; no nos importa hacer todo lo anterior. Solo queremos darle ese bienestar y disfrutar el tiempo juntos, hasta sentir que nos explota el corazón.

¿Y entonces?

¿Así se siente el amor?…

Letras desarraigadas| Cambio de vida

Por Kiixy Miriam

Mi madre está preocupada,

mi abuelita está triste,

nos llevan lejos

a un mundo distinto,

a nëëwinpy1,

a la gran ciudad;

entre mucha gente,

carros y casas,

a buscar una vida “mejor”,

“nuevas oportunidades”.

¿Regresaremos?

¿Cuánto tiempo estaremos lejos?

Se va la posibilidad de hablar ayuuk,

se desvanece el vínculo.

1 México (en lengua ayuuk)

Kiixy Miriam

Miriam J. Chimil es una mujer migrante ayuuk. Nació en San Juan Metaltepec, mixe, Oaxaca. Desde pequeña la separaron de su hogar y creció en la periferia de la ciudad de México. Ahí disfrutaba explorar y recorrer los vestigios de naturaleza. Eso la llevo a estudiar biología y a centrarse en la relación mujer- naturaleza. Su ombligo la regresó a su origen a estudiar las plantas y el conocimiento generado por sus ancestras. A través de la escritura recrea sus vivencias y reflexiona sobre la migración y su identidad al encontrarse en el limbo entre el campo y la ciudad.

Extraño Cotidiano * La belleza, Dios y el miedo I

Susana Argueta

El mar de espigas ondula el horizonte. Olas verdes acariciadas por el viento frío.  Un pastor cuida sus ovejas. Desparramadas por los linderos de la presa, beben con descuido. Cientos de borregos. Dos perros se aventuran por el borde de la represa. De un lado el agua, del otro, el vacío. Van y vienen. El pastor silba. Hora de recoger el rebaño.

Tres hombres pescan. Tres hombres de sombrero de palma. El embalse es pequeño, es antiguo. Es el agua de Tembleque, la de Otumba. La de la tierra vieja y sedienta. Entre los reflejos del agua se abigarra el viento y  la luz del sol. Tonos de azul y verde de agua violácea. Trozos de cielo se despeñan entre el agua que corre, siempre corre. Corre, corre, corre. Desde hace siglos, corre.

Un puente blanco. El aire despeina mi cabello. La tierra pródiga. Verde, ocre, amarillos y rojos. Flores en los nopales. Una  pequeña ermita de madera. La cruz en lo alto del cielo. Unas espinas me arañan al pasar. El puente blanco sobre el agua que corre. El silencio canta. Vuelvo.

Los arcos de piedra. Dos arcos de piedra. Dos hombres. Verde y negro militar. No tienen rostro. Ocultan su rostro. No los veo bien, ¿están de paseo?  ¿Por qué no los veo? Los vi antes, de reojo. ¿Vienen de paseo?

– ¡Hijo de tu puta madre! ¡Abre el carro!

No le pegues. Ya lo abrió. ¿Vienen de paseo?

– ¡Métete a la cajuela!

Tiene una pistola. Una pistola negra. Una pistola negra y fría.

– No me lleves a mí. Llévate todo. Ya tienes las llaves. Llévate todo.

¿Por qué habla tan quedo? Su rostro es blanco. Su rostro es miedo. No se lo lleven. Una mano aprieta mi brazo. Me duele el brazo. Mi brazo estuvo hinchado y morado por dos semanas. ¿Qué le pasó a mi brazo? No me acuerdo.

– ¡Métete, cabrón o aquí te mueres!

Imagen: Los niños perdidos. @Susana Argueta

Martes 13, un gato y los poemas por Jeanne Karen en La Máquina verde.

 Hay días en los que todo lo demás no alcanza. Solamente necesito volver a la poesía, unas veces a toda velocidad como un auto de carreras que se sale de la pista y otras, de forma muy lenta, como el desprendimiento casi imperceptible de un pedazo de hielo de una enorme superficie o como una brizna, un copo que se eleva. Arriba, un cielo retocado entre azules y después rosas que se acomodan en medio de las nubes, una superficie lista para inspirar, un sitio para mirar cuando la creación apremia, esa carrera del conejo perseguido por un zorro. Luego, llegan las palabras igual al rastro sobre la nieve, patitas, gotas de sangre, olores, ramas quebradas, mucho miedo. Después la relectura, el repaso, la lectura en voz alta que suena igual a un barco que entra a un puerto casi destruido, un lugar abandonado, igual que nuestra certeza.

Escribir poesía a veces es como mirar una lluvia inexistente, sentir las humedades que se van instalando en la ropa, luego en los zapatos. Hacer poemas es enviar naves al espacio, sin tripulación, sin objetivo, por el solo hecho de mirar. Escribir un poema en martes 13 es vencer todo temor, imaginar que la suerte se carga en el dado bueno o que en la mano de pronto se dibuja una luminosa línea del destino, escribir hoy es llamarle al gato negro que atraviesa la noche y deja una estela de oscuridad por donde pasa, pero, de todos modos atreverse a pensar que todo estará bien y desearlo por encima de cada mal conjuro, con el conocimiento de que la poesía siempre es arrasadora.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además uno libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Letras que ab (sorben/sortan) | Perlas y sexualidades diversas

Para Monserrat V. que siempre con una sonrisa me alegra los días

Hace pocos días retomé una novela que comencé a leer cuando tenía alrededor de 15 o 16 años. Recordé que en su momento me llamó la atención y pensé en darme la oportunidad de releerla. Además, ya casi es 14 de febrero y todos queremos poseer, de alguna manera, una historia de amor, por lo que me gustaría que sepan un poco más de este libro.

La verdad no sabía qué esperar de la historia, era como entrar en un mundo desconocido con los ojos vendados para luego hacer frente a una historia que provocó varios sentimientos en mí.

El lustre de la perla de Sarah Waters es una novela reconocida dentro de la comunidad lésbica. A decir verdad, creo yo que, la mayoría que la leemos vamos motivados en busca de encontrar una historia de amor tierna y pura entre Nancy Astley (personaje principal) y Kitty Butler.

Pero conforme vamos leyendo nos damos cuenta de que la historia sobrepasa una historia de amor. Conlleva una serie de caminos que se entrelazan y nos conducen a un montón de sobresaltos donde reflexionamos acerca de la desdicha humana.

Nancy Astley es una chica que vive en un pueblo dentro del seno de una familia que vive del comercio de ostras. Ella tiene ciertas preferencias por el teatro y los music-halls, por lo que los fines de semana acude al teatro para despejarse. En este lugar se cruza con Kitty Butler, quién es una joven que hace un número vestida de chico. ¿Y qué creen? Así es, aquí comienza todo el embrollo.

Nancy descubre su sexualidad y se enamora perdidamente de Butler al grado de mudarse con ella a Londres. Esta última le promete que siempre estarán juntas, pero el destino habrá de traerles unas sorpresas que ni siquiera imaginaron.

Ustedes dirán «oye, pero, eso no es más que otra historia de amor». Sin embargo, realmente es una bomba relacionada a la diversidad sexual. Tenemos que tener en cuenta que en esta historia veremos varios puntos que son fundamentales en la vida de una persona que se identifica con un género y una sexualidad distintas a las normalizadas. A continuación, desglosaré unos puntos de reflexión que notarán en la historia:

1. El descubrimiento de la orientación sexual. ¿Qué significa realmente darse cuenta de que te gusta una persona de tu mismo género?, ¿cuántos de los problemas en la historia (basada en la Época Victoriana) siguen vigentes años después?, ¿qué significa tener una orientación sexual diferente en una comunidad hetero-patriarcal?, ¿cuánta violencia engloba el descubrimiento de la orientación sexual?, ¿cuántas puertas nos son cerradas sólo por tener un gusto «atípico» de acuerdo con las normas sociales? Todas estas preguntas las veremos en las desgracias por las que tiene que pasar Nancy Astley a lo largo del relato. Iniciando por el rechazo de su hermana y la postura de Kitty en cuanto a su relación.

2. ¿Y si hablamos de géneros? En el relato se le da gran peso al hecho del travestismo y cómo Nancy descubre que por alguna curiosa razón se identifica más con el género masculino que con el femenino, aunque al mismo tiempo hay ocasiones en las que le gusta hacer elogio de su feminidad. Quizá aquí encontramos una invitación a conocer un poco más acerca de lo que implica el género y las problemáticas que son provocadas por el hecho de no identificarse con las binariedades de género. Por otro lado, surge otra cuestión: ¿qué tipos de discriminación sufren las personas que se identifican con un sexo distinto o con ambos sexos? De nuevo, un ejemplo de este problema lo podemos observar en la manera en que el público ataca a Kitty y a Astley en medio de su función con el pretexto de estar vestidas como hombres.

3. El peso de las palabras. En el estudio del lenguaje existe algo conocido como pragmática. Esta rama de la lingüística analiza la manera y el propósito con el que decimos las cosas. Seamos conscientes de que las palabras pueden conllevar un sentido positivo y otro negativo, o como dicen por ahí, son un arma de doble filo. Es en este punto donde viene la reflexión en cuanto al uso de palabras como «marimacho». ¿Qué tanto odio denotamos al utilizar este tipo de vocabulario con personas pertenecientes a la comunidad?

Si nos damos cuenta, hay varios puntos por reflexionar a partir de la novela. Digamos que si somos amantes de la literatura de género no deberíamos de perdernos la oportunidad de leer este texto. También, si son personas heterosexuales cisgénero que quieren aprender del tema no estaría mal que comiencen con esta lectura para adentrarse un poco en todo esto, es una deliciosa invitación para analizar las diferencias entre sexo, género y orientación sexual y sus implicaciones/problemáticas sociales.

Mi recomendación no sólo es diversa, sino un buen pretexto para disfrutar el 14 de febrero con un amor algo trágico. Más, me gustaría resumir el hilo narrativo de la historia con una frase de una canción de la Barranca que lo ejemplifica y resume muy bien: «no hay placer sin dolor, no es amor si no lastima». Debido a que la novela está al borde de una historia de descubrimiento, aventura, desgracia, desdicha y un final reconfortante. Créanme que la historia de Nancy va a lastimar y mucho, más si son personas sensibles. Tomemos en cuenta que hay amor a montones, erotismo para degustar en pareja o solos en nuestra habitación, frustración por el destino y las desigualdades, problemáticas sociales (no solo de género, sino también aquellas relacionadas con la pobreza y explotación laboral y la prostitución).

Les aseguro que no habrán de arrepentirse de conocer esta historia de amor donde amarán a Nancy, al igual que la van a compadecer y odiar a montones, de esos instantes en los que la van a considerar egocéntrica y narcisista e incluso cruel. Así que, vivamos un 14 de febrero diverso y literario. ¿Qué esperamos?

Posdata: a lo mejor también dentro de la lectura podemos encontrar un mensaje subliminal (más bien irónico y sin sentido, una relación que hice por los apellidos de Kitty) que nos invita a leer y aprender sobre sexualidades con Judith Butler.

Entre sombras y trasluz | Escribir sobre una pila de platos sucios

Por Karen P. Magallanes

¿Qué mundos tengo dentro

 del alma que hace tiempo vengo

pidiendo medios para volar?

  Alfonsina Storni

Últimamente me siento a escribir y olvido la intención tan pronto como acabo mi taza de café. Hay tantas cosas por hacer, pero al sentarme frente a la computadora a beber el descubrimiento de un tal Kaldi, se detiene el desenfreno del día a día. Es como un pequeño ritual que precede al proceso de perderse en los bucles mentales de la escritura, aquellos donde no debería colarse la larga lista de pendientes, el mensaje de WhatsApp que dejé en visto hace una semana, el paseo del perro y los platos sucios de anoche. Pero tan pronto como se acaba aquel líquido, recuerdo los mandados, las lecturas incompletas; recuerdo que ya no tengo calcetines limpios y que si no lavo ropa en este momento no tendré nada que ponerme.

Me levanto del escritorio y doy por terminada la sesión de escritura. «Pero aún tengo mañana», me consuelo. Al día siguiente lo olvido luego de la cita con el dentista, el paseo del perro, la compra de materiales para «X» o «Y» taller, los estudios, el pago de la tarjeta de crédito. Pronto vendrá el fin de semana donde el descanso obligado aliviará un poco el frenesí de atender las aparentes urgencias de la vida.

Llega el sábado, me siento frente al archivo en Word mientras avanzan las manecillas del reloj. Intento tener una idea en esta carrera contra el tiempo, pero me quedo en blanco. No encuentro ni una palabra. «Lees a tantos autores, escuchas tantos podcasts, hablas con tantas personas, y ahora resulta que no te llegan las ideas», me recrimino. No tengo letras esta noche, menos cuando la pila de platos sucios sigue esperando con el mole pegado del almuerzo.

Esa vajilla sucia es el testigo del día atareado. Cierro la computadora; no hay palabras para mí, solo platos. Enjugo mientras me pierdo en los remolinos mentales, la materia gris se alborota y recuerda todo lo que podría estar escribiendo si no tuviera que cumplir con esta tarea mundana que nos separa de los cavernícolas. La mente comienza a inventar historias, personas inexistentes, vidas apasionantes. Me digo que planear es el primer paso de la creación, como un consuelo por estar escribiendo en la mente, como si trazara las palabras en los restos de comida de la vajilla cada vez más limpia. «Mañana escribiré sobre eso», pienso, enjugando la taza de café.

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Karen P. Magallanes

Escribe desde la ciudad del sol. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sonora y tiene un Diplomado en Literatura Mexicana del Siglo XX por el INBAL. En 2019, fue seleccionada en el taller literario “Un año, una novela”, de la escuela de escritores del Instituto Sonorense de Cultura. Ha formado parte de diversos talleres de escritura creativa y de corrección de estilo. Actualmente, labora como redactora de contenido y teje letras en el silencio nocturno.