Un día solitario por Jeanne Karen en La máquina verde

Suenan las primeras bestias de la mañana: un despertador casi moribundo, la licuadora de la vecina, el carro que a veces enciende y otras no. Miro por la ventana, el andar del gato sobre la barda me recuerda a otra época de la vida.

Antes todo era lento, luego llegó el tiempo voraginoso de la edad adulta: hacer lo más posible hasta donde la resistencia del cuerpo diera tregua, guardar dinero, aprovechar el tiempo.

Cuando fui joven, realmente lo fui, había tanta decadencia, pensamientos encontrados, desilusión. Luego tuve que entrar en el mundo del mercado, de la producción; creo que muchos pensamos en hacerlo así: luchar duro por años, luego tratar de laborar menos, hacer lo que nos gusta en realidad y  descansar. Así mi vida era como una especie de presentación de diapositivas, gráficas de picos: gente, lugares, actividades, luego el silencio.

El silencio trajo también a su hermana: la soledad. Ahora me hago acompañar por el sonido del televisor, los pasos de alguien que se aleja por la acera, la lluvia incipiente. A veces es devastador llegar a la habitación y no haber cruzado palabra con otra persona, no recibir un abrazo, una sonrisa. En casa suena el agua, ya no sé si es el agua corriente o una gotera, solamente sé que es el ruido que vive en las noches y que ya no me molesta.

Otra veces pienso, ¿para qué llegar? cuando nadie me espera, cuando no hay preguntas y respuestas sobre algún tema. La lectura siempre me reconforta, pero algunas veces no es suficiente, no hay unos ojos para mirarlos, para mirarse, no hay otra persona con la que pueda intercambiar hallazgos literarios, no sé, la mejor novela que leí en el año, un gran poema, una crónica brillante o simplemente platicar sobre alguna película de moda, el tráfico, los nuevos cafés.

La soledad se acomoda plácidamente en cada rincón, parece que me abre la puerta, siento sus intenciones como un golpe directo en el pecho y no puedo hacer absolutamente nada, más que darle más poder. Me ha sido útil para escribir, por ejemplo, para meditar, para pensar. Para recordar no tanto, porque aparece la melancolía, luego la nostalgia y entro en esos estados desoladores de los que me cuesta salir.

Se dice que la soledad es buena consejera, que la soledad que una misma busca es buena, pero está esa otra, la que es impuesta por las circunstancias, esa duele, molesta, es como una aparición, como la piedra en el zapato. Cuando menos la pienso, ahí está: en mi cuarto, en un reflejo, en el asiento del copiloto, sonríe con una mueca, sonríe con los ojos apagados, no hay nada para ver, no hay un reflejo de luz. Trato a veces de lidiar con ella, de soportarla, le traigo lindas ofrendas como un par de nuevos poemarios para leer el fin de semana, una nueva tarea, más trabajo, a veces parece apagarse, pero siempre hay algo que la alimenta.

Es cansado tratar de huir de ella, también el intento fallido de comprar su piedad. Un señor que vive pasando la calle, deja su televisor encendido hasta la madrugada, vive solo por supuesto, también se escuchan sus largas conversaciones por teléfono. Yo no tengo ni eso, no sé hablar, no se salen las palabras, de mi boca solo lo necesario, después nada. Podría suponerse que no alcanzo a ser feliz, pero lo soy, a veces busco algo que se parezca a mí, algo que consuele como dice el poema la Tabaquería de Pessoa: tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas. Estoy esperando que esa no existencia me sostenga, que tome mi mano, que me dicte otros versos.

Estoy esperando que esa no existencia ponga la olla del café, cante por las mañanas, sepa mirarse en el sepia de mis ojos. A veces la vida, la literatura y el tiempo son eso: la soledad, la espera, la forma de describirla, de asirla, de ir a través.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

La Maternidad Equivocada

Por Madelaine BO.

La Maternidad no es nada fácil , no existen manuales para llevarla correctamente sin fallar en el intento ya que nos equivocamos en repetidas ocasiones.

Esto les sucede a todas incluyendo a las maternidades deseadas, creemos estar listas y no es así. Hay libros de apoyo para llevarla pero difieren mucho de lo que pasa en la vida real.

Y sí a lo anterior le agregamos el querer seguir siendo profesionista, tratar de que no se apague la llama de la pasión con tú pareja, labores de la casa y mil actividades que tenemos que realizar o nos gustan hacer y sin dejar de lado la vida social.

Obviamente también sin olvidarnos de nosotras mismas ya que en muchas ocasiones, lo solemos hacer, estamos para todos y no para nosotras.

Definitivamente ser madre es algo muy valioso que la naturaleza nos ha brindado, pero al mismo tiempo algo muy complejo.

Dicen que las mamás lo sabemos todo; algunas veces es cierto, pero en algunas otras ocasiones elegimos la respuesta incorrecta pensando sería lo mejor.

Creo que todas las mamás aman a sus hijos sobre todas las cosas, pero definitivamente no es una tarea fácil. Desde los dolores de parto, las mil noches en vela, cuando ellos empiezan con la adolescencia y aún llegando a la edad adulta siempre estamos presentes.

Ser mamá es una tarea desafiante que pocos pueden comprender, por que como dicen las frases trilladas, » No hay nadie más fuerte que una madre».

Así que la maternidad no es fácil, pero es lo más bello que tengo en mi vida…mis críos no importando los dolores de cabeza que algunas veces me suelen causar siempre yo estaré ahí para ellos.

Extraño Cotidiano * La Meche cumple años I

Susana Argueta

Mi mamá hacía su mandado en La Merced, recién el mercado había estrenado su propia estación del metro, la de la línea rosa y el huacal con manzanas. Me divertía mucho ver cómo en las salidas de la estación había escaleras que llevaban al interior del mercado y no a la calle.  Las bolsas del mandado de plástico colorido se llenaban con los víveres para toda la semana. Recuerdo como olía a frutas y verduras desde que el vagón del tren llegaba a la estación. Eran los años setenta y la línea uno del tren metropolitano todavía lucía brillante y nueva.

Después de muchos años regresé a La Merced. ¡Cuánto ha cambiado el lugar!  El mercado ha rebasado sus propios muros y se extiende más allá de sí mismo, como un corazón latiendo fuera de su cavidad. Una vida comercial en ebullición.

Busco la iglesia de La Palma, apenas visible entre puestos ambulantes apostados en las banquetas de la avenida Circunvalación. A pesar de ser temprano, ya hay mucha gente. Tengo que cruzar la avenida a la brava y me atravieso entre los autos que no tienen más que detenerse para permitirme el paso. El día es fresco a esta hora, pero seguramente hará calor más tarde.

De entre los puestos emana la música:

“Mueve la butaca-taca

Rompe con el taka-taka

Siempre con la faka-taka, rakataka”

El ritmo es pegajoso, aunque la letra no me dice mucho. Me recuerda el éxito ochentero de la Sonora Dinamita.

“No te metas con mi cu cú,

No te metas con mi cu cú

Yo sé que tienes tu mujer,

Así que deja mi cu cú”

La cita es a las 9:30 de la mañana. Es el aniversario del mercado de La Merced. Se agrega al festejo el mercado de Jamaica que cumple la misma edad: 65 años Inaugurados ambos  el 23 de septiembre de 1957, se han reunido en una especie de calenda para hacer un recorrido por los pasillos del mercado. Es 23 de septiembre de 2022.

Extravagante ¿Ser o no ser?

Versátil : La Libertad de pensar

Osmara Rodriguez

Extravagante: Que desafía el orden establecido,que actúa o es fuera de lo común .

Recuerdo el día en que, siendo aún una niña, me encontré con una mujer mayor que causo un gran impacto en mi.

 Vestía con orgullo, colores vibrantes,labios en rojo carmesí, su cabello era caos creativo puro. Desde aquel encuentro, supe que quería ser como ella.

¿Cómo no hacerlo, si cada mirada que caía sobre ella venía acompañada de una sonrisa? 

En mi inocencia infantil, no comprendía que detrás de algunas sonrisas se escondían risas burlonas; sin embargo, para mí, ella representaba aquello que tanto anhelaba, libertad. 

Con el paso del tiempo comencé a experimentar con el maquillaje. Y un labial rojo se convirtió en mi firma personal, un pequeño acto de rebeldía que llevaba con orgullo. Llene cajas con maquillaje de todos los colores,pañuelos, lentes llamativos,aretes bizarros y toda clase de accesorios. Conforme avanzaba en expresar quien era yo, tuve que enfrentarme a las miradas de desaprobación y escuchaba los murmullos de las personas «viste eso que lleva puesto,siempre a sido demasiado ridícula». A menudo me termino preguntando si salir a la calle vestida como me gusta es la decisión acertada. El miedo se apoderaba de mí al observar cómo la gente me juzga y me señalan con risas crueles y comentarios hirientes.

En esos momentos de duda, mis atuendos y mis accesorios extravagantes dejan de sentirse como una extensión auténtica de mí misma. Y vuelvo a tratar de refugiarme en la seguridad de mi ropa mas normal, tratando de encajar en un molde impuesto por la sociedad. Sin embargo, con cada paso que doy hacia la «normalidad», siento que traiciono quien soy. Y al volver a casa lloró frustrada porque por miedo a ser motivo de burlas sacrificico quien soy realmente. 

Y vuelvo a empezar mi gran dilema,entre seguir mi originalidad o ponerme el disfraz. 

Y lo cierto es que aunque me juzguen y digan que todo esto es fugaz y solo una etapa nada mas, yo me quiero abrir paso a mi libertad y autenticidad.

Ciertamente el ser extravagante me hace ser vunerable a las risas burlescas que hacen que mi confianza desaparezca. 

Esta es una guerra diaria ,donde me tengo que recordar a mi misma que abrazar mi indivualidad no es un crimen ,y aunque es difícil no rendirse ante una apariencia aceptada, no e de permitir que las opiniones ajenas me definan otra vez .

 Si hay alguien que atraviese por el mismo dilema solo puedo decirte que seas valiente, se tu mismo, al final del día ser fiel a ti misma es el acto de amor propio más grande que te puedes ofrecer ; después de todo los extravagantes siempre hemos hecho de el mundo un lugar más interesante.

MONTEVIDEO, LA CIUDAD A LA QUE LE FALTA SAL

Por Natalia Mendoza Servín

América Invertida. Dibujo a pluma y tinta de 1943 del artista uruguayo joaquín Torres García. Recuperado de: https://www.aventuraquetzal.com/post/nuestro-norte-es-el-sur 

El título de este texto está muy lejos de insinuar que Montevideo es una ciudad sin sabor. Nada más remoto que eso. Montevideo es una ciudad divina. Es pequeña y con todo el encanto del mundo. Las personas son muy amables, sus calles agradables, su clima templado, su música y bailes son excepcionales, y sus alfajores más que deliciosos ¡hay hasta oreos hechos alfajor!

Pero llamaron mi atención dos cosas. La primera vez que probé un asado uruguayo, aunque la carne estaba en su punto, me dio la impresión de que le faltaba sal, pero no le di mucha importancia porque yo soy una persona a la que le gusta mucho lo salado, así que imaginé que seguramente eran mis excesos de consumo de sodio los que me generaban esa impresión.

Sin embargo, la segunda vez que comí asado uruguayo, noté que otros compañeros mexicanos le ponían sal a la carne. Entonces me di cuenta que no era solo yo. Tengo un gran amigo canadiense que alguna vez que visitó mi México, compró en la calle un vaso de rusa, mismo que inmediatamente escupió y exclamó: ¡es que ustedes a todo le ponen sal! Recordé dicha anécdota, y pensé que tal vez el pueblo mexicano consumimos demasiada sal.

La tercera vez que fui a un asado, no lo pude evitar. Le pregunté al parrillero si la carne tenía sal o no, o si los uruguayos no la consumían. Me comentó que lastimosamente las principales causas de muerte de la población uruguaya eran dos: los problemas cardiovasculares y el suicidio. Por ello, los asados no tenían sal y solo te ponían un salero en tu mesa si expresamente lo pedías.

Después de ese asado, me fui a caminar a la rambla. El agua que corre a su lado no es precisamente salada, es agua del Río de Plata, y esa es una segunda razón por la cual digo que a Montevideo le hace falta sal, porque toda costa que yo he conocido en mi país, tiene agua de mar. El agua no es transparente, sino terrosa. Los uruguayos que fueron mis compañeros de curso me decían: es que ha llovido, normalmente el agua es clara. Pero un chico con el que conversé en el autobús me dijo que desde que él nació, nunca había visto el agua clara.

En realidad, era hermosa tal y como estaba. Terrosa, color bronce, el agua era fría y de oleaje precioso. El viento que golpeaba mi cara era fresco, muy distinto a la sensación de frescura de mar, pero no menos agradable, solo distinto. Caminar por ahí era una delicia, ¡yo lo hice por horas!

En mi caminata por la rambla vi personas correr, pasear con sus mascotas, patinar, andar en bicicleta o salir en pareja. Pero vi algo que no había visto nunca en una rambla, o al menos en la cantidad que tenía Montevideo. La rambla tenía divisiones de tres metros tal vez. Eran una especie de cubos que separaban las bancas de la rambla, como se aprecia en la siguiente imagen:

Imagen tomada de: https://www.descubrimontevideo.uy/playas-y-rambla

Bueno, en cada cubo de la rambla había una persona sola, mirando el Río de la Plata y bebiendo mate. A veces había dos personas, pero concentradas en el infinito y no en el otro ser que los acompañaba. También había gente en las bancas, pero en realidad, eran los cubos los que estaban llenos. Parecía que quien diseñó la rambla hizo exclusivamente esos cubos para la reflexión de las personas, porque la lejanía entre uno y otro permite toda la privacidad del mundo. Además, Montevideo es obscuro, tiene poca luz pública, así que eso propicia más la reflexión.

Soy una persona que tiende mucho a pensar y las ramblas (o malecones, como les decimos acá) en el mar, me inspiran a ello. El Río de la Plata no me inspiró a hacer lo que el mar sí, pero era tanta la gente que estaba haciéndolo que tenía que darme la oportunidad de probarlo también. Así que busqué un cubo. Fue difícil, porque como dije, demasiada gente está haciendo eso: mirar el río a solas y tomar mate.

Cuando por fin encontré uno solo, me di la oportunidad de parar, de permitirme tener un momento en el que no tenía un lugar a dónde ir o algo más que hacer. Lo digo porque el viaje a Uruguay lo hice por cuestión laboral, así que cuando disponía de un poco de tiempo para conocer la ciudad, quería devorarla; además soñaba con encontrar a Pepe Mujica en sus calles y charlar con él. Pero me di permiso para detenerme, sentarme en un cubo y mirar el Río de la Plata en la obscuridad y sin mate.

Lo primero que vi fue unas piedras grandes y recordé un pasaje del libro que justo se titula “La uruguaya”, de Pedro Mairal, y que me recomendó una persona que fue mi amiga hace un tiempo. Y que, por cierto, hoy es su cumpleaños (el cielo sabe que te he mandado mis buenos deseos a donde estés). Pero después de ello, me pensé en el Uruguay. Imaginé la ubicación geográfica de donde estaba… ¡casi al final del continente! Y frente a mí, el extenso Río de Plata.

Recordé mi vuelo de México a Montevideo. Por largos momentos vi pasar por la ventana del avión extensas cantidades de tierra y agua que se tradujeron en horas y horas de vuelo. Y ahora ocupaba un pequeñísimo espacio en la rambla de la Ciudad sin sal. ¿Qué era mi existencia, mi alma y mi pequeño cuerpo en el fin del continente frente a una grande masa de agua? ¡Nada! ¡no era nada! A lo sumo, podría representar ese grano de sal que podría querer Montevideo.

Aún así, no desprecié mi existencia en este mundo. El Río de la Plata me llevó a la conclusión de que más que algo insignificante, yo soy un instante. Los instantes tienen magia, oportunidades y muchas cosas buenas a la vista de quien quiera ver. ¿Yo quería ver? Sí, sí quería ver. Entonces, no minimicé los fantasmas que a veces aprisionan mi espíritu, pero sí que eran pequeños frente a lo que ya había reflexionado. Cuando terminé de pensar esa y algunas otras cosas, me distraje para ver a las personas reflexionar, ver el río y tomar mate.

¿Será está una razón por la cual algunas personas deciden quitarse la vida? No lo sé. No sé qué mueva a la comunidad uruguaya a que el suicidio sea una de sus razones para morir. Relacioné la falta de sal en los alimentos con los problemas cardiovasculares y la falta de sal del Río de la Plata que invita a los montevideanos a la reflexión. No es que sean temas conexos, solo se me ocurrió en ese momento.

Pero desde el contexto mexicano, Montevideo tiene sal, mucha sal. Toda la sal que no tienen sus asados y su hermoso río. Está en su gente, sus cortes, vinos, alfajores, dulce de leche, medio y medio, mates y empanadas. ¡A Montevideo no le falta nada!

Contacto en X: @NataliaMese

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.

SILUETA

Por Madelaine BO.

¿Qué es lo peor que pudiera pasar al dejarse ir?

Dejarme ir para explotar de amor, sacar todas esas emociones que llevo guardando dentro de mí, son tantas que ya no caben en mi ser. Se han acumulado los besos, las caricias y muchísimas cosas compartidas.

Ya no lo quiero ocultar, ese nerviosismo que provocas en mí cuando me tomas de la mano ó me acaricias ó intentas besarme, quiero sentir, vivir y amar más… mucho más.

Me dejaré ir; por que todo lo que me transmites es real; pero… ¿Y si no lo fuera? Guardaré las experiencias y vivencias que en este momento me hacen disfrutar y hacen latir mi corazón tan fuerte que saldrá volando de mi pecho. Quiero explotar con todo lo que siento con cada palpitar, Total! dicen que vida solo hay una y es para vivirla.

Quiero vivir sin frenos por una vez , sin pensar en el pasado que quedó atrás o el futuro por venir.

Cuando te vi venir, nunca imagine que pasarías a ser parte de mí, eres como una canción que no sale de mi mente da vueltas todo el día con una melodía que me dice: «Tú solo siente»… «Tú solo siente»; algunas veces me parece ver tú silueta por todas partes, pero no es así.

Algunas veces leo, leo y vuelvo a leer, pero te encuentro en cada párrafo de cada libro, me cuentan una historia de esas que hablan de amor y algunas otras de traición, pero eso no me espanta yo solo me dejo llevar por lo que tengo en el momento y es que hemos compartido mucho tiempo.

Nos volvimos acumuladores de ello y por todo eso, me dejaré ir, solo para volver a sentir.

La duda por Jeanne Karen en La máquina verde

Cuando no sabemos algo, preguntamos, cuando deseamos aprender mejor algo, estudiamos, cuando necesitamos alguna dirección o usamos un GPS o buscamos a alguien que camine por la calle y le pedimos ayuda.

Pero, ¿qué sucede con todas esas preguntas para las que no tenemos respuesta o para las que no podemos encontrar una adecuada en ninguna fuente?, porque las respuestas están en nosotros mismos. Es difícil, es duro aceptarlo, sin embargo sabemos diferenciarlas perfectamente de las otras, de las que sí tienen una solución fuera de nuestra propia mente, de nuestro contexto.

Preguntarme a mí misma, la mayor parte del tiempo en primer lugar, es algo que duele. Muchas veces tengo claridad, sé cuál es la verdad, sin embargo, a veces ni siquiera deseo formular un cuestionamiento, porque sé lo que viene en seguida. ¿Dudar hace daño?, ¿nos pasará lo que a la mujer de Lot, que por mirar, por cuestionar, por querer saber, volteó la cara  y quedó convertida en estatua de sal.

Arrojarse al vacío también duele. Duele no saber a dónde vamos, con quiénes vamos. Arrojarse es un acto de valentía, de fe; quizás hasta de necedad.

Cuando somos jóvenes no lo vemos, simplemente nos dejamos caer o nos elevamos, salimos del abismo, pero conforme pasa el tiempo y se proyecta la película de nuestras vidas, vamos dudando de la trama.

¿Me volví cautelosa?, me pregunto, ahora tomo aire, respiro profundamente, medito. La persona impulsiva que fui, se va quedando en el fondo, como esas figuras que se desvanecen con la luz en una fotografía.

¿Qué me sostiene, qué me anima, cómo es que sigo, cómo continúo en este plano?

Quizás sea la duda esa fuerza que me permite seguir. Despertar, abrir los ojos, venir a la máquina a escribir un poco. Esa pasajera de los días, de los míos o de muchos seres humanos.

¿Qué pasaría si…? O la otra duda, la peor, la más terrible, la que no tiene una sola respuesta, a la que queda contestar con todas las posibles, esa que suena, que parece que alguien la suelta a nuestras espaldas, para después respirarnos en la nuca: ¿qué hubiera pasado si…? Es la más dolorosa, la más penosa, la más recurrente. Se queda en nuestra vida, en nuestros días como un fantasma, como la bruma que se levanta por las tardes cuando se oculta el sol.

Hace poco escuché una historia tan poética, bella y dolorosa: un hombre mayor dejó pasar mucho tiempo una revisión de la vista, de vez en cuando conseguía o compraba lentes de segunda mano y los utilizaba como podía. Pero pasaron unos años y su vista se dañó; lo que tal vez era solo cansancio, se convirtió en un verdadero problema, de esos que solamente se resuelven con una operación para ambos ojos. Él vivió con la duda por tanto tiempo, es decir, era obvio que no veía bien, pero no quiso indagar más, no se hizo una prueba, no supo en realidad cuál era la condición de sus ojos, hasta que llegó al punto de inflexión.

¿Por qué nos quedamos con la duda?, ¿por qué la reservamos como un paquete sin abrir que se queda encima de una mesa?

A veces las respuestas son dolorosas, pero la mayor parte del tiempo, también son necesarias. Y otras veces como con la mujer de Lot, debemos quedarnos con la duda, que no nos detenga la curiosidad, que el morbo no nos deje como a los gatos cuando los encandila una lámpara.

Si es una respuesta que necesitamos, hay que afrontarla, pero si en realidad no precisamos saber, siempre es mejor dejarla pasar. Hay algunas que nos van a abrumar, que nos quitan la paz, aunque sea difícil de creer, nos muestran más preguntas y seguramente vamos a caer en una espiral de la que es difícil recuperarnos.

Es cierto, la duda mata, pero también algunas respuestas.

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Polilla en Versos | Sobre la Escritura y otros Miedos de la Infancia

Por Paola Rodríguez


«No creo en fantasmas, pero me dan miedo»

—Madame de Deffand

La oscuridad, el monstruo bajo la cama, las tormentas eléctricas, los insectos de apariencia desagradable o esa vieja muñeca que la abuela tenía  en la esquina de su habitación. Miedo.  De distintos aspectos, capaz de adaptarse a su víctima (según crea necesario), puede deformarse y retorcerse hasta convertirse en el objeto preciso que nos provocará noches de insomnio.

Desde que nací, el miedo tuvo un lugar privilegiado en mi vida. No sé exactamente cuál fue el detonante, pero a la temprana edad de doce años yo ya había reconocido al temor como la mayor constante de mi existencia. Una nube gris que se aferraba a mi cabeza dejándome inmóvil, que había llenado de llantos interminables mis primeros meses de vida y me obligaba a mostrar una actitud desconfiada ante el mundo. Y yo sé, todos los niños suelen temerle a algo, pero yo le tenía miedo a todo.

A pesar de eso, debo admitir que el miedo no siempre apareció de una manera desagradable y que, aunque suene absurdo, muchas veces yo misma lo busqué. Lo sé porque estuvo presente en los primeros libros que llegaron a mis manos (mejor dicho, que yo tomé a escondidas del reducido librero de mi abuela), en mis series favoritas de la infancia y en mi natural fascinación por los relatos de fantasmas que contaba mi madre. Después se infiltró de forma casi automática en mi escritura. Me dijeron que la manera más conveniente de empezar a escribir es hacerlo sobre algo que conoces y el miedo era lo que yo conocía mejor. Lo tuve cerca de mí tanto tiempo que ya no puedo decir en qué momento mi relación con él cambio, en qué instante la sensación de un escalofrío se volvió algo agradable y empecé a disfrutar del temor como compañía, pero ahora ya no encuentro la manera de mirar mi vida como lectora y como autora sin que el miedo esté presente.

Aún me parece curioso que me resulte reconfortante escribir sobre lo que me causa  temor. Tal vez me gusta el  poder dar explicación a lo que no entiendo, aunque la mayoría de las veces  pueda resultar más espantosa que la realidad. Quizá la adrenalina que siento cuando estoy asustada sea lo que me gusta y hace que quiera compartirlo con los demás.

En realidad no estoy segura. Solo sé que me siento más tranquila cuando termino de escribir. Es como si el miedo se hubiera quedado pegado en la hoja imitando a una mariposa sujeta por alfileres. Desde afuera puedo admirarlo, examinarlo y después ir por él para utilizarlo cuándo lo crea necesario, pero ahora sin esa sensación constante de que me está persiguiendo. Al menos hasta que encuentre otra cosa que me asuste. Porque, como dije al inicio, el miedo toma muchas formas que siempre busca la manera de escabullirse, de aparecer donde menos lo esperas, y supongo que está bien. Después de todo, él y yo ahora somos buenos amigos.


Biografía del autor. Paola Lizbeth Rodríguez Gómez (Tepatitlán de Morelos, 1999) Egresada de la Licenciatura de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Algunos de sus textos narrativos han sido publicados en la revista de literatura Al Margen, además de otras pequeñas colaboraciones en revistas independientes y fanzines. También disfruta de la poesía visual y el art-journal.

Extraño Cotidiano * El leñerito

Susana Argueta

Un relato contado por la abuela y las tías de Real del Monte, Hidalgo.

A Bertha, Micaela, Juanita. Las extrañamos.

Era una niña muy hermosa. Sus quince años se reflejaban en el agua del río donde había ido a llenar su cántaro. Se detuvo un rato a peinar sus cabellos mientras su canto llamó la atención de un joven leñerito que se acercó a ella. Después de escucharla un rato, se acercó a ella:

– ¡Qué bella eres! Quiero pedirte algo. Necesito ir a la iglesia, pero vengo muy cansado, no puedo caminar. Llévame cargando en tus espaldas.

La niña se sorprendió al principio, pero, viéndolo tan débil y flacucho, decidió ayudarlo.

– Sólo te pido un favor. Mientras me llevas, no voltees a verme, pase lo que pase, escuches lo que escuches, no voltees.

Imagen: Callejón en Real del Monte @Susana Argueta.

– Eres extraño, pero te ves mal. Te voy a ayudar.

– ¿Me llevarás a la iglesia y no voltearás en el camino?

– Te doy mi palabra.

El leñerito dejó su atado junto al río y se trepó fácilmente en las espaldas de la muchachita. Andando, andando, fueron acercándose al pueblo; al principio, caminaban ligeros, pero poco a poco el peso fue aumentando.

– Ahora yo estoy muy cansada, pesas demasiado. Te voy a bajar.

– ¡Me diste tu  palabra, por favor, no me dejes caer!

– ¡Pero es que te mueves mucho, parece que chicoteas!

– ¡Por favor! ¡Llévame a la iglesia! Ya casi llegamos.

La niña era noble y quiso cumplir su palabra. Extenuada, llegó hasta el pueblo, entró y se dirigió a la plaza. La gente la miraba espantada, señalando al bulto que traía en la espalda. Ella se dio cuenta y quiso voltear a ver.

– ¡No me mires!

– ¡Pues deja de moverte tanto!

La gente se iba amontonando detrás, sin atreverse a alcanzarla, ni decirle nada, sólo cuchicheaba. Haciendo un esfuerzo muy grande, la niña, llegó al atrio de la iglesia y entró. Lo que traía en sus espaldas se retorció exageradamente y venció con su peso las piernas de la pequeña. Justo antes de subir al altar, cayó de rodillas y no pudo vencer las ganas de voltear. Lo que había detrás de ella era un monstruo horrible, una gran serpiente negra con voz de humano:

– Si me hubieras llevado hasta el altar, me hubieras desencantado. ¡Faltaba tan poco! ¡Te dije que no voltearas!

Serena en el mar y la tierra| Carta a un Ángel

Siento que ya te he dicho todas mis palabras por decir, pero a la vez no, y no necesito decir ya que siempre sabes lo que tengo, es como un lenguaje oculto que entre tú y yo tenemos.

Empezó la primera vez que mis ojos se abrieron al mundo y te conocí, cuando de mi boca surgió mi primera palabra: ‘papá’, era el inicio de algo nuevo.

La primera palabra de muchas en toda mi vida. Y de las más importantes sin duda alguna.

Antes de saber que eras el ángel que me amaría y cuidaría, ya lo hacías.

Cada afirmación que decías la seguía, cada primer paso que daba ahí estabas.

A pesar de que ahora pensamos diferente, sigo teniendo algo de ti en mis versos, pueden ser tus muletillas, tus silencios, comas, puntos suspensivos… al pensar antes de decir algo, no lo sé.

Estoy segura de que sin ti, no no lo estaría escribiendo. De ti he aprendido a siempre decir lo que siento, fuiste el primero en confiar en mí antes de yo hacerlo.

No mentiré en decir que en ocasiones lo sigo haciendo, pero es curioso porque en persona mis palabras se pueden quebrar, ocultar, pero al escribir me siento como pez en el mar, fluyendo, haciendo lo que quiero, tú lo notaste, antes de yo saber conjugar los verbos.

Has sido el primer hombre que me ha amado en la vida incluso antes de yo aprender a amarme a mí misma, y si en ocasiones no lo hago o me cuesta hacerlo, tú me sigues recordando el valor que tengo, has sido quien ha limpiado mis lágrimas, antes de yo aprender a convertirlas en historias.

De ti he aprendido a hacer las cosas con amor sin esperar nada a cambio como es lo que ahora hago, escribiendo este relato.

Mis sentimientos, pensamientos, dolores, alegrías transformaré, en poemas, cartas, escritos, palabras. No guardaré nada, no me ahogaré con palabras guardadas.

Con amor para papá y… los papás que aman a cada minuto.

-Serena en el mar y la arena»