Era una niña…

(Colaboración)


Por Frida Moreno

Era una niña dando a luz a un bebé.

Era una vergüenza para su familia, incluso antes de tener a la bebé.

La criada de la casa, antes y después de la bebé.

La hija “preferida”, antes de tener a la bebé.

Al perderlo todo: mujer, madre soltera, 18 años,

encontró un salvavidas, su hermana;

al darse cuenta que la hija “preferida” era más fácil de seducir, se decidió por ella.

Era la loca, la que no se sabía vestir,el cajero automático, la que siempre tenía que abrir las piernas porque si no…

Dieciséis años de abusos, faltas de respeto, alcoholismo, drogadicción, vejaciones, engaños, robo; dieciséis años que podrían haber sido más, pero él encontró alguien más joven a quien salvar.

Al perderlo todo, todo: mujer de 35 años, madre soltera de dos, sin circulo de apoyo; encontró una silla en la cual apoyarse, una silla un tanto vieja con ideas rancias pero que la aceptaría con sus dos errores ¿Qué más podía pedir?

Y entonces fue la que se salió de trabajar, la que se dedicó al hogar, la que creyó que por fin estaba en un lugar seguro.

Era la incansable, la esposa ideal .Lloraba en el baño porque sus ahora tres hijos y su actual esposo no se entendían.

Era la que sacrificaba su placer sexual, la tonta que no sabía cocinar, la todo por nada, no hubiera cambiado nada ,incluso si no se hubiera salido de trabajar.

Talleres literarios, antes y ahora por Jeanne Karen en La máquina verde

Cuando comencé a escribir no se escuchaba a diario hablar sobre talleres literarios, en mi ciudad apenas existían dos lugares a los que los jóvenes escritores podíamos asistir. Todo ha cambiado ahora después de cuatro lustros, abundan los centros de escritores, ya sea virtuales o presenciales, las personas pueden acercarse de manera más fácil y accesible a la literatura, lo que me parece maravilloso y necesario.

Pronto comenzaré mi primer trabajo en línea, tener a nuevos escritores interesados en mi método, en las formas que a través de los años he aprendido y he utilizado para llegar a ser escritora y maestra.

Creo que en la tarea que me toca nada es fácil, nada es preciso, si bien es obvio que hay todo un compendio de reglas y condiciones para escribir de manera aceptable un texto, en cualquier idioma, la escritura creativa siempre nos va permitir explorar el mundo de otra manera.

¿De qué se trata, en realidad funciona un taller literario, para qué sirve?

Son muchas las dudas, pero créanme que hay respuestas para cada una y puedo compartir mi experiencia y mi punto de vista.

Llegué a un primer taller en donde aprendí la diferencia entre poesía, prosa, poesía en prosa o prosa poética, les cuento porque en la escuela del sistema regular de enseñanza no vimos de manera puntual esos conceptos, aunque tuve la fortuna de haber aprendido las reglas básicas de la gramática, es cierto que faltaban otros temas. En ese primer acercamiento me di cuenta de qué era lo que me gustaba escribir, los temas que deseaba explorar y la manera en que debía hacerlo, nada fue sencillo, pero al final lo hice. El segundo y último taller al que asistí de manera formal y constante, fue en donde aprendí algo esencial de la poesía: el ritmo, la música, ese lenguaje interno del que está cargado el poema. Más allá de las imágenes, de las comparaciones, de la metáfora, el tema que más me gustó y que me costó mucho más trabajo fue el de otorgar a cada poema su cadencia, ese ritmo interno del que les hablo, ese ir y venir de palabras, el vaivén de los sonidos, lo que nos mueve al leer un buen poema.

Ahora, después de tanto tiempo, llego por primera vez a una plataforma a dar un taller, lejos del aula, de la sala limpia y minimalista, del sitio acogedor, del salón de clase ordenado y lleno de pupitres. No sé cómo será la experiencia, he participado en lecturas a través de las redes sociales y a través de Zoom por ejemplo, pero no he hecho mi trabajo de tallerista en esos sitios. Solamente una vez un querido amigo y compañero me invitó a impartir una sesión de taller para narradores, me sentí muy cómoda, aunque hay que adaptarse a cada formato.

Quizás esa es nuestra vida ahora, un irse adaptando a nuevas formas, a maneras distintas de lidiar con la realidad, con la vida, con las palabras.

No pierdo el optimismo, los que me conocen lo saben, solamente que ya veo las cosas con cierta precaución, los años me han ido enseñando que emocionarse de más también hace daño, también duele el pecho e igual se cae una y el golpe siempre duele.

Lo tomaré con calma, como una manera de aprender también algo nuevo, una forma única de acercarme a la creación literaria. Ya me imagino en una relectura, en una nueva visita a las obras de los poetas que me formaron, me veo leyendo a través de la pantalla el poema de Embriáguense de Baudelaire por ejemplo o ¿Debe volver siempre la mañana? de Novalis. Mi forma de enseñar no se las cuento por ahora, pero por lo menos pronto podrán a través de las plataformas, ver cómo lo hago.

Por lo pronto hay que seguir con lo nuestro, sea lo que sea y que poco a poco la tecnología se vaya incorporando a nuestras vidas, a nuestros territorios. Seamos felices.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Entre Caos Poético y textos perdidos| Dolly


Por Elizabeth Vázquez Pérez

@lizzie_chknormal28

1–2 minutos
Caricias expuestas hasta sonrojarse
respirar confunde al sentido,
el tacto es un gesto,
síntomas de hambre
comensal que devora y
se queda sin aliento.
Exquisito aroma
la piel transpira deseo
observa e invita,
las miradas se cortejan como pínceles,
una y otra vez,
una inquietud
quererse saborear;
probar las técnicas que esconden unos labios,
¿qué harán ellos cuando se encuentren con mi piel?...

Elizabeth Vázquez Pérez escribe desde siempre en la ciudad de Puebla, México. Estudió en el Instituto García de Cisneros, facultad de Contaduría Pública en la BUAP (2002).
Cuenta con un Diplomado de ensayo literario avalado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla con el autor José Luis Dávila (2019-2020). Ha publicado en revistas electrónicas: revista Hilal Puebla (ensayo Un vicio silencioso, 2020), Revista Foco Literario de Argentina (poesía, Haiku 2021) y Caracola Magazine en México (poesía Degustación, ensayo "Solo ellos pueden hacerlo" , relato " Dos por un cuarto de hora", 2021), editorial CEA España (retos escritura 2021,haiku) , ha publicado en Poesía de morras , Revista "El Cisne"(poesía)Participó en el concurso de Poesía de editorial JBernavil España (2021) con poema MI VOZ,MI Voluntad
.

Cuenta con un Diplomado de Mediación Lectora , Fomento a la lectura en FCE .(2023).Su Club de lectura llamado Lectores A marte, ida y regreso el cual pertenece a Clubes de lectura ciudadanos, FCE.

Puedes encontrarla en :

Los féretros de mi sangre: palabras que trascienden el enorme vacío de los siglos. (PARTE I)

por Enola Rue

Lo dije antes:
girando en un lenguaje donde no hay palabras
los vientos nos llaman.
-Alberto G. Fritz

La Condesa Sangrienta de Alejandra Pizarnik fue publicada por primera vez en la revista Diálogos y en Testigo en 1965, siendo editada como libro en 1971. Dicho libro se originó en la lectura de Pizarnik de La Condesa Sangrienta (La Comtesse Sanglante) de Valentine Penrose, publicado en 1957. Es posible observar que Pizarnik se interesa particularmente en el automatismo de la Condesa Báthory, la bella dama que mira impasible el suceder de sus crímenes, frente a la belleza convulsa, casi sobrenatural, de la que escribe Penrose.

Pizarnik escribe y reflexiona sobre la autómata Condesa, prisionera de sí misma, encerrándose para cometer sus crímenes, encontrando que ella misma en Las Aventuras Perdidas, años antes, escribió sobre su propio enclaustramiento para cobijarse en la poesía. De ahí su “facilidad” para escribir este relato y su objetivo de demostrarnos hasta donde es capaz de llegar una persona movida por una obsesión en La Condesa Sangrienta y en su propio contexto creador. Recordemos que cierra con el mensaje de que “Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible” (Pizarnik, 2002).

En una carta dirigida a Antonio Fernández Molina en julio de 1971 le comenta sobre la publicación como librito de su artículo sobre La Condesa Sangrienta. Es interesante esta insistencia en que sea un artículo, un ensayo, más no una nouvelle, que le resultó, para su sospecha, demasiado fácil de realizar. De igual manera, en sus diarios encontramos una entrada del 20 de abril de 1965 que dice: “Trabajo en el ensayo de la condesa. Pretexto para no salir, no telefonear, para fumar y tomar té y no pensar. Desconfío del ensayo pues no me costó demasiados esfuerzos, salvo los de sentarme y concentrarme en el tema” (Pizarnik, Diarios, 2013).

De la misma forma, al poco tiempo de ser publicada en la revista Diálogos, Pizarnik le escribe una carta el 7 de septiembre de 1965 a su querida amiga Ivonne Bordelois, comentándole de su obra: “Me alegra que te haya interesado el ensayo sobre la maldita condesa (ha sido mi primer – y último, espero – encuentro con el sadismo, que no comprendo, que nunca comprenderé.”

La desconfianza en su propio texto es vista como un pretexto para no pensar, una suerte de automatismo que le permite la escritura de los artículos sobre la Condesa Báthory. Dicho esto, es posible relacionar el automatismo de la Condesa realizando sus crímenes con la creación de los poemas “El Despertar”, como poema principal; “La noche” y “El miedo”, como secundarios, del libro de Pizarnik Las Aventuras Perdidas, publicado en 1958.

En una entrada de los Diarios, un 23 de mayo de 1966, Pizarnik escribe: “El artículo sobre la condesa debiera de servirme, principalmente, para no desconfiar de mi prosa. (…) Oh sí: falta el límite. Falta el libro sobre la Condesa, que tanto me hizo sufrir pues me obligaba a ceñirme, a limitarme. Ésta es la enorme diferencia. De ahí que no pueda decir que me aproximo a la creación en prosa en la medida en que mis ensayos o mis comentarios bibliográficos son mejores”.

Sobre la base de esto, Blanchot (2002) sostiene que lo único que afirma la obra literaria es eso: que es. Y nada más, fuera de eso no es nada. La soledad de la obra encuadra una ausencia de exigencia que nunca permite llamarla ni acabada, ni inconclusa. El escritor que pertenece a una obra que lo ignora y se cierra sobre esta afirmación de sólo ser y nada más, se estaría entregando a un trabajo interminable sin opción de detenerse hasta morir, o estaría muerto desde que la obra existe.

Asimismo, si leemos los Diarios de Pizarnik, observamos que ya en 1958 la idea de la muerte recurre de manera constante, no una muerte física, sino una muerte literaria, es decir, un enclaustramiento en un mundo literario, a salvo y lejos de la interacción social. De hecho, hay una entrada del 10 de febrero del mismo año en que Pizarnik escribe: “yo no quiero vivir, yo quiero un interés obsesivo por dos cosas: los libros y mi poesía.” (Pizarnik, Diarios, 2013).

En este sentido, el automatismo, del griego αὐτοματισμός (αὐτός: que actúa por sí mismo o sobre sí mismo, μα: fuerza, τισμός: proceso), es según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: el «desarrollo de un proceso o funcionamiento de un mecanismo por sí solo», o la «cualidad de lo que es automático», o, en psicología, la «ejecución mecánica de actos sin participación de la conciencia».

Esta necesidad de volver a lo que ya dijo, de perseverar recomenzando lo que nunca empieza, la obsesión que la liga a la condesa puede leerse en el poema “La noche”, cuando Pizarnik (2002) expresa “Poco sé de la noche / pero la noche parece saber de mí, / y más aún, me asiste como si me quisiera” y, de la misma forma, “Tal vez la noche es nada / y las conjeturas sobre ella nada / y los seres que la viven nada.” Entonces, el escritor puede parecer dueño de su pluma, pero la palabra sigue siendo lo inasible, lo indesprendible, el momento indeciso de la fascinación (Blanchot, 2002, p. 21).

Todo está en movimiento y todo está en la calma más profunda, automático o no, nos encontramos con el libre albedrío de darle continuidad o romperlo. El sombrío automatismo, la posibilidad angustiosa de que aquel mundo nocturno de la Condesa que mira Pizarnik sean ilusión y sueño, como lo siente en el poema “El despertar”: “Ahora es nunca o jamás / o simplemente fue” (Pizarnik, 2002) porque el miedo que ve en la Condesa es el mismo que ve en ella misma: ser consciente del paso del tiempo y no poder volver atrás. Por ello construye en la escritura un espacio en el que puede estar a salvo.

Sin embargo, parece tener la idea recurrente de que este espacio poético tiene un precio: “matar” a la que fue para que sea posible un Yo ideal en contacto con lo trascendente. Parece alcanzar esta trascendencia cuando la invade un exceso de profundidad cuando en sus Diarios dice: “obligarme a detallar circunstancias externas de la Condesa me dio una libertad (y acaso, una profundidad) que jamás me conceden mis propias fantasías, desligadas de todo detalle concreto” (Pizarnik, 2013).

De hecho, La Condesa Sangrienta se refiere a la condesa húngara Erzébet Báthory (1560-1614) que asesinó a más de seiscientas jóvenes bajo diferentes métodos de tortura, con sus sirvientas Dorkó y Jó Ilona como verdugos cómplices, con el fin de prolongar su belleza y juventud. Pues bien, la voz de Penrose y la de Pizarnik parecen entremezclarse, a veces, hasta resultar difícil discernir entre las reescrituras y las reflexiones propias de Pizarnik, es decir, se produce una intertextualidad.

La intertextualidad es la copresencia de dos o más textos, un procedimiento característico que relaciona una obra con otras que le han precedido o seguido. A todo esto, se observa una metatextualidad, ya que Pizarnik se aleja rápidamente del marco de la reseña o ensayo y se apropia de la figura de la Condesa Báthory en la biografía novelada de Penrose.

Asimismo, la fascinación de Pizarnik hacia la condesa Báthory tiene su origen en los componentes simbólicos que abarcan los poetas malditos, dentro del Surrealismo, tales como las experiencias extremas en lo vital, los estados límites de conciencia, la transgresión social y sexual, entre otros. A partir de la aparición en 1950 de la revista Poesía Buenos Aires el Surrealismo comienza a estimular el ambiente literario bonaerense con la poesía francesa contemporánea a la época y la vanguardia europea en general. No es hasta el número veintitrés de la revista en 1956 que aparece el poema “La enamorada” firmado por Flora Alejandra Pizarnik, posteriormente incluido en La última inocencia (1956).

De la misma manera dedicaría el poemario Las Aventuras Perdidas (1958) a uno de los miembros de la revista, Rubén Vela, y muchos de sus poemas a figuras como Elizabeth Azcona Cranwell, Olga Orozco y, especialmente, a su amor platónico León Ostrov. A éste último le dedica el poema “El despertar”.


Por otro lado, Las Aventuras Perdidas abre con una cita de George Trackl, poeta expresionista alemán que Pizarnik nombra en sus diarios, que dice “Sobre negros peñascos se precipita, embriagada de muerte, la ardiente enamorada del viento” (Pizarnik, 2000), presentándonos un sombrío escenario de desamparo, locura, donde se muestra la fascinación por la pulsión de muerte de aquella “enamorada del viento”. De la misma forma, años después, Pizarnik se muestra fascinada por la pulsión de muerte de la Condesa como autómata, como prisionera de sí misma, “que vivió sumida en un ámbito exclusivamente femenino. No hubo sino mujeres en sus noches de crímenes” (Pizarnik, 2002).

En efecto, en La Condesa Sangrienta, la “Virgen de Hierro” es la imagen de una autómata, analogía con la forma humana, presentada maquillada y enjoyada: “Esta dama metálica era del tamaño y del color de la criatura humana. Desnuda, maquillada, enjoyada, con rubios cabellos que llegaban al suelo, un mecanismo permitía que sus labios se abrieran en una sonrisa, que los ojos se movieran” (Pizarnik, 2002), una máquina antropomorfa cuyo fin es torturar a muerte las muchachas observadas por la Condesa Báthory. Pizarnik nos dibuja un mundo silencioso, frío, sangriento donde “la condesa, sentada en su trono, contempla” (Pizarnik, 2002).

Después, en el capítulo “Torturas clásicas”, describe las torturas a las costureritas, término que usa Pizarnik para referirse a la juventud de tales muchachas, si se encontraba un defecto en la confección de las prendas. Las costureritas debían trabajar desnudas mientras eran observadas por la condesa, perfectamente vestida. A todo esto, Pizarnik (2002) escribe que desnudar es propio de la Muerte y el acto sexual es una suerte de muerte, por lo que la condesa necesitaba aquella muerte visible para poder, a su vez, morir de forma figurada a través del orgasmo. De esta manera, Pizarnik presenta a la condesa Báthory como una asesina ausente, contemplativa, no como plena autora de sus crímenes.

De la misma forma, la misma Pizarnik no sólo parece mirar la escena que observa la condesa, sino que parece intentar ponerse frente a su mirada. En el poema “El despertar”, Pizarnik lo intenta cuando dice “Mis manos se han desnudado / y se han ido donde la muerte / enseña a vivir a los muertos” ( Las Aventuras Perdidas, Poesía Completa, edición del 2000).

Tanto Las Aventuras Perdidas como La Condesa Sangrienta consolidan una estética personal pizarnikiana que recorre temas y motivos como la noche como refugio, la angustiosa sensación de soledad, la fragmentación del sujeto poético, el desarraigo, la palabra creadora como conflicto, el presentimiento de la muerte y su poder de fascinación, de seducción. El frío desamparo que evoca el viento, cuando describe como “el aire me castiga el ser / Detrás del aire hay monstruos / que beben de mi sangre” (“El despertar”, Las Aventuras Perdidas, 2000) es el mismo que evocan los solitarios y oscuros pasillos del castillo de Csejthe en La Condesa Sangrienta cuando Pizarnik (2002) nos advierte que Érzebet “Amaba el laberinto, que significa el lugar típico donde tenemos miedo; el viscoso, el inseguro espacio de la desprotección y del extraviarse”.

En sus Diarios, en una entrada del 13 de marzo de 1965, Pizarnik (2013) escribe que “La bella condesa B., silenciosa, vestida con un hábito blanco, inmediatamente mojado de sangre (…) Ese silencio de ella sentada, contemplando, recibiendo la sangre”. Esta poética ensoñación sobre Érzebet al recibir de forma automática la muerte del otro, es decir, su sangre, parece oponerse al aspecto violento de la enamorada del viento, embriagada de muerte, que corre buscando alcanzar la destrucción, que afirma que “Las flores morían en mis manos” (“El despertar”, Las Aventuras Perdidas, 2000).

Una, recibe la muerte; la otra, corre en su búsqueda. Blanchot (2002) presenta la muerte como un abismo que no es fundacional, sino la ausencia y la pérdida de todo fundamento. Entonces, Pizarnik busca en ambas obras purificar la muerte de su brutalidad, pero esta esperanza se escapa constantemente del último instante, del último respiro, porque la muerte es un abismo, ni ella ni la condesa pueden morir. Autómata o embriagada de muerte, morir es un acto que no ocurre nunca porque la muerte es un tiempo sin presente, inasible e inaccesible que las despoja una y otra vez.

Extraño Cotidiano * La Meche cumple años III

Los tambores y las cuerdas cesan su canto. Es hora de la palabra. Quienes organizan nos cuentan, nos hacen partícipes de las razones y las obras. Los cronistas estamos invitados. El festejo es de los cinco mercados: Nave Mayor, Nave Menor, Comidas, Anexo y Paso a Desnivel. Así se llaman a sí mismos. En cada sección hay un género de productos diferentes. Los organizadores agradecen la oportunidad de tener un modo de llevar sustento a sus hogares a través del comercio.

Es entonces cuando nos disponemos para el recorrido de celebración: a la cabeza, los danzantes de la mexicanidad; enseguida, vistosos y alegres, los chinelos provenientes de diferentes regiones de la ciudad. Llegan también comparsas de Tlayacapan, Morelos. La música corre a cargo de la Banda La Higuerita, de Milpa Alta. Cierra el desfile un contingente de asistentes que se va haciendo más numeroso conforme se avanza.

Salimos del atrio de la iglesia. Nuestro primer punto del recorrido es ornamentado por las flores y los arreglos exóticos. Es imposible dejar a admirar el trabajo cada vez más refinado de los floristas. Es una explosión de color y aromas delicados en creaciones artísticas artesanales.

La gente nos mira al pasar. Cientos de celulares transmiten en vivo y toman fotos. El festejo también es virtual a través de las redes sociales. Ya el ritmo de la música de viento nos ha contagiado y avanzamos a brinco de chinelo. Aunque no domino el baile, pronto agarro el ritmo y voy dando tumbos entre puestos y toldos coloridos donde se venden globos, comales, ropa, botes lecheros, anafres, cubrebocas, quesadllas, pancita y una infinidad de productos imposible de enumerar. Miro y bailo; bailo y se me hace agua la boca.

Este tzineloa (en náhuatl, movimiento de caderas) es todo un jolgorio. Dicen que los primeros chinelos surgieron porque los adinerados hacían su carnaval y no invitaban a los pobres. Entonces hicieron su propia fiesta. Con máscaras y ropa desgastada, bailaban burlándose de los ricos. El sombrero chinelo ridiculiza los atuendos en la cabeza de las damas de la sociedad. 

Imagen: Máscara de Chinelo @Susana Argueta.

Resistir desde la ternura

(Colaboración)


Por Valeria Colín


Por allí había leído en más de una ocasión que la valentía está en ser suaves; que las formas más valientes de resistir son desde la ternura. Tardé en comprender porqué las palabras resistencia y suavidad se anotaban tan insistentemente una al lado de la otra. Por qué «ser suave» implicaría la necesidad de tener coraje…
Y entonces lo entendí. Con la carne, no con esa iluminación pasiva que agasaja a los
intelectuales. Lo entendí con la tripa cuando lavaba biberones al borde de una crisis mientras mi bebé lloraba exigente de mis brazos, aunque la tuviera a dos pasos de mí en su sillita.
Lloraba con ese llanto que sé que no viene desde el dolor o del miedo, sino desde la falta.
Una falta que no es de sueño ni de alimento, más bien de mi atención. Solo eso. Tan poco urgente. Tan pequeño e irracional ante cosas como una casa a medio hacer, una crisis económica tocando la puerta, un dolor de panza, una punzada en la sien, un desayuno esperando, una sequía. A ella nada de eso le importaba. Lloraba y gritaba pidiendo mi cuerpo.
Sentía algo efervescer. Sentía que lo más fácil, lo más «natural», era gritarle. Lo que me
quería salir del pecho era un cállate, contundente. Pero no.
Respiré. Respiré hondo, cerré los ojos, sentí las manos jabonosas. Elegí lo más valiente. Elegí morder ese grito antes de que trepara por mi garganta; desde el estómago lo pesqué. Respiré y me tragué el amargo rugido que alguna vez recibí por comportarme inoportuna.
Y entonces, como una estoica, le hablé a mi hija con la voz más dulce que tengo y le canté alguna tontería y le pedí un par de minutos más. Luego me acerqué a ella, la saqué de su silla y le di lo que necesitaba con tanta urgencia, aunque para mi mente racional fuera solo un capricho. Los trastes supieron esperar silenciosos.
Lo entendí, elegir la suavidad porque el mundo está hecho una arista con aristas -puntiagudo, filoso, punzocortante-, era un acto tremendo.
Había que tener mucho temple para no reverberar en esa escena íntima entre nosotras, el eco del mundo de afuera y el que llevo dentro tantas veces como un reflejo.
Resistir desde la ternura fue parar en seco la mole de mil toneladas de rabia, de miedo, de vísceras. Fue no dejarme dominar por aquello, practicar lo otro: lo calmado, lo paciente. Creo que para no heredar heridas, hay que ser valientes, hay que ver las propias grietas y no dejar que se extiendan hacia los muros ajenos.
Pienso mucho en la necesidad de mostrarle a mi hija todas las facetas de su madre. Pienso en la importancia de ser completa, mujer, humana. En la vitalidad que aprenda que son igual de válidos los destellos que las desdichas. Y también pienso que bajo esa premisa, puedo caer en una trampa. La forma en que ella vea todo eso en mí, no debe ser en contra suya.
Al final creo que a pesar de todo, ella merece dulzura al pedirme los brazos.

Consejos para jóvenes escritoras por Jeanne Karen en La máquina verde

Un escritorio perfectamente alineado con la pared blanca, una ventana donde la luminosidad del día entra con toda su fuerza. Un par de libros, una máquina de escribir o una computadora, una libreta limpia, con suficientes hojas en blanco. En el reproductor de música, quizás un poco de jazz.

Así vislumbraba mis mañanas, en la vida perfecta de escritora. En su lugar, en mi vida: un escritorio atiborrado de papeles sueltos, de cosas por escribir, de textos por corregir, una computadora sucia que espera que termine de descargar en la nube o quién sabe dónde, el montón de archivos viejos que todavía tiene. Los lapiceros de colores regados por toda la superficie, una calculadora que ya no uso desde hace diez años, libros abiertos en alguna página que de pronto me llamó la atención, pero que ahora mismo al verlos, no logro recordar exactamente qué fue o por qué. Una caja con más lapiceros, unos con tinta seca, otros ya sin tinta, algunas gomas a medio usar, lo más extraño ¡un corrector líquido! ¿A dónde me lleva mi orden, cuál es el lugar preciso en que deben descansar todas mis herramientas de trabajo?, ¿cómo logro concentrarme con tanto?

Simplemente tomo la libreta, respiro, pienso en algo en particular y escribo. A veces escribo por mucho tiempo o solamente unos cuantos minutos. A veces surgen poemas y otras una infinidad de textos casi indescifrables.

Pensé, desde la semana pasada, compartir algunas ideas sobre el hecho de escribir, de ser joven escritora. Ahora ya no soy joven, pero quedó el aprendizaje. Alguna vez especulé en hacerlo en forma de lista, sin muchos detalles, pero me doy cuenta que es más sencillo si lo hago de forma orgánica, así como se van dando las ideas y los recuerdos.

Siempre procuren escribir sus poemas a mano, con letra clara y de molde, en alguna libreta que las lleve a hacerlo, que las inspire. A veces confiar mucho en la tecnología no es bueno. Si escriben un cuento, una novela, un ensayo, también es recomendable hacerlo en la libreta, pero si les resulta muy cansado, no olviden resguardar cada tanto lo que están haciendo, el sitio es opcional, pero guardar el texto lo salva, ya luego tendrán oportunidad de revisar, corregir o editar. Editar, ese es otro punto muy importante, que en algún otro momento abarcaré, por ahora me basta con decirles que aprendan a hacerlo por su cuenta y en la medida de lo posible. Nunca sobra el tener los conocimientos que se requieren para desarrollar de mejor manera nuestro oficio.

Cuando puedan, acudan a talleres, diplomados, grupos de estudio, con personas con las que son afines. No se desgasten en discusiones inútiles, no entren en polémica, no pierdan el tiempo. Lo último es sumamente importante y lo digo claramente, tiempo que no aprovechan para escribir está perdido y además dejan de aprender. Busquen siempre, no se preocupen por encontrar, ¡busquen!, porque en ese ejercicio está la formación de su propia voz. No se conformen con lo primero que han encontrado, que la escritura sea búsqueda. Para ello requieren de algo muy importante: la disciplina, sin ella todo se les hará más complicado. Fallo, error, hallazgo.

No tengan miedo de publicar cuando sientan que es el momento o que tienen la oportunidad de hacerlo, porque esa sensación de zozobra no se compara con la de ver su texto o su libro ya publicado, aquí se trata de vencer sus propias barreras. Lean lo más que puedan, de todo, aunque sea de todo un poco, pero no dejen de hacerlo. Para construir algo se necesita materia prima y creo que para nuestro oficio parte de esa materia es la lectura. Ejerciten la imaginación, envuélvanse en distintas formas de creatividad, no solamente en la escritura, traten de comprenderlas. Apoyen siempre a otras escritoras, compartan, hablen de su obra, analicen, hagan reseñas de sus libros. Todas las obras tienen un valor, todas necesitamos de todas. En la medida de lo posible, vean a otras escritoras como compañeras de viaje, no como competencia y menos si eso nos lleva a enfrentarnos, simplemente no tiene sentido y lo que se pierde es muy valioso.

No se rindan, si en su vocación, si es su ejercicio vital, su llamado, sigan adelante. Todavía en pleno Siglo XXI enfrentamos primero como mujeres y segundo como escritoras, muchos retos. La vida es agotadora pero la literatura es una puerta a una visión distinta del mundo, una más intensa, profunda y ahora necesaria.

Sin las letras de Sor Juana, Rosario Castellanos, Thelma Nava, Coral Bracho, Elsa Cross, Minerva Margarita Villarreal, Pita Amor, Aline Petterson, entre muchas otras, no estaríamos hoy frente a una literatura viva y poderosa, que nos da voz, sentido, impulso.

Les dejo unos versos de Aline Petterson, para que la busquen y la conozcan más:

“Residuos son del cósmico diseño

los pensamientos que la mente labra,

tu verbo poderoso y mi palabra

que cifran en la hoja el primer sueño”                             

Poema sin título, del libro Cautiva estoy de mí, una coedición de la Secretaría de Educación Pública y Plaza y Valdés, 1988, México.

Conozcan el poder de la palabra, su forma, sus secretos. Envíen su mensaje en la botella, el tiempo es un mar abierto. La botella encuentra su playa entre más fuerte y más veces se arroje.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

La infancia es una daga

por Yaneli González

“La infancia es una daga en la garganta imposible de quitar”

Wajdi Mouawad, Incendies

Cuando era infante la violencia de la vida cruzó su mirada conmigo, pienso: la infante es vulnerable, es expuesta, ofrecida al terror de la cultura que protege a los que sacan los colmillos, afilada vida. El destete es un mito.

Escribo este poema después de leer a Ampuero: los primeros años de vida son cruciales en el desarrollo de la personalidad de un individuo y al leer Pelea de Gallos, de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, pude estar segura de ello. Ya se sabe, científica, emocional, físicamente, etc., sobre la importancia de los primeros años de vida en el humano, pero Ampuero nos cuestiona hasta qué punto el adulto sigue tomando decisiones con base en las carencias, abusos, o golpes de cuando fue niño.

Pelea de Gallos fue publicado en 2018 siendo la obra que lanzaría a Ampuero a su éxito como narradora de terror-ficción, el libro consta de 13 cuentos donde, a excepción de uno (Persianas), el narrador es una niña/mujer quien cuenta la historia, no hay una ubicación geográfica exacta en ninguno porque son hechos que pudieran suceder en cualquier parte de Latinoamérica o el mundo, en especial a las mujeres.

A la autora se le ha adjetivado como una escritora visceral, que escribe más desde la rabia y la denuncia que en un sentido académico, como lo fuera por ejemplo Mónica Ojeda, quien presenta una narrativa muy similar en cuanto al tema, pero diferente en estilo, al usar metáforas, o cuidar microscópicamente cada palabra en el texto.

La obra de Ampuero es cercana al tremendismo al exagerar situaciones o elementos para llevarlos a lo extremo, como en el cuento de Luto, donde la protagonista (María Magdalena) es expuesta de manera grotesca a los castigos de su hermano (Lázaro), haciendo este guiño a historias de la Biblia, incluso burlándose de la ficción de Jesús, por lo que su narrativa también cuestiona desde hace cuánto se ha normalizado la violencia hacia las mujeres y cómo la religión ha defendido al patriarcado desde el inicio de lo que podemos rastrear como la historia del humano pensante.  

Cada cuento tiene como esencia hablar del hogar y de lo que ahí se gesta. Nadie sabe lo que pasa detrás de las puertas de una casa, excepto Ampuero, dibujando situaciones aterradoras que para nada son ficción; mas hablaré específicamente de tres cuentos que me atravesaron e hicieron conexión con esa frase de Wajdi Mouawad: Subasta, Crías y La niña Ali.

SUBASTA

Es el inicio del libro, un cuento breve y quizá uno de los más potentes porque habla de un hecho aterrador que sí sucede cada día en el mundo, que es la subasta de personas, el secuestro que viven mujeres y hombres para ser comprados por, lo que deberían ser personas, monstruos para hacer negocio con ellos. Lo impactante de este cuento es su veracidad. Está narrado por una mujer que se va a proteger de ser comprada usando una técnica que desde niña le funcionó para no ser violada por los galleros con los que su padre convivía todos los días. Es curioso que el padre de la protagonista le dice: “no seas mujercita” cada vez que ella le cuenta algo que le causa dolor o miedo, cuando en realidad sí es una mujercita, una niña de 12 o 13 años expuesta a un ambiente de alcohol, drogas y hombres bien machos que se reúnen a pelear gallos. Esta táctica la salva de ser vendida, el consejo de su padre de no ser una mujercita la salvó. “Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los escucho. Dentro de mí. Gallos y hombres. Ya, no seas tan mujercita, son galleros, carajo”. ¿Que entendemos con esto entonces? Que el solo hecho de ser mujer ya eleva los indicies de sufrir una violación o un asesinato. Que esto sucede, que no es ficción, que por ser mujeres sería conveniente usar armaduras para protegernos de un mundo feroz.

CRÍAS

Este cuento es una historia de amor bastante retorcida, donde dos niños con evidentes trastornos mentales conocen el amor a través del abuso que el niño le da a la protagonista, siendo este acto triste el único recuerdo de ser amada cuando niña, a lo largo de la historia ella lo dice: digo que sí a los hombres porque siempre les digo que sí, “Las personitas nos habíamos convertido en personas: el daño ya estaba hecho… Entonces me levantaba despacito, bajaba las escaleras como un fantasma, abría la puerta asfixiándome y me iba a mi casa donde el aire no era mejor, pero era mío. Respiras, aunque sea espantoso, lo propio, lo que tus pulmones anhelan sin saber por qué. La pobrecita inteligencia del pulmón. Carne de mi carne. Aire de mi aire. Hija de mis padres”. La mujer que narra la historia asegura que todo lo que quiso siempre fue que su padre la quisiera, y a partir de ahí, de esa ausencia de amor por parte de la figura paterna ella fue cediendo siempre a los hombres para sentirse querida, pero claramente no lo iba a conseguir porque solo era arrojada contra la pared como una botella de vidrio, como la misma protagonista nos cuenta, y aunque se fue de su casa, estudió y viajó fue el retorno a la casa de ese niño, ahora un adulto depresivo, el que la hizo sentir que sí había un refugio en el mundo para alguien como ella. Regresamos a lo conocido, aunque duela, aunque no lo entendamos. El trauma es el centro de nuestras decisiones.  

LA NIÑA ALI

Este cuento polifónico es contado por las voces de las mujeres que ayudan a la limpieza y al cuidado de los niños de un hogar donde, poco a poco, se va viendo la decadencia de la señora de la casa. Estas voces dejan en evidencia la clase social y la importancia que tienen las apariencias para la gente de dinero. En otro cuento llamado Coro Ampuero sigue trabajado el tema de la clase social pero ahora narrado por las voces de las mujeres ricas, dejando un mensaje claro: hay vidas que importan y vidas que no.

Sigamos con la niña Ali, una mujer de clase alta y gorda, dicen las mujeres de la limpieza que cómo les obsesiona el peso a estas mujeres ricas, dejan de comer, vomitan y se ven mal si alguna ha subido un kilo o dos, pero no la niña Ali, ella era demasiado amable, demasiado ingenua, demasiado buena, las trataba como a sus iguales y era una madre amorosa, hasta que detona en ella un trauma bastante evidente para las mujeres de la limpieza pero poco visible para la madre de la protagonista o para cualquier persona que convivía con ella, asombradas se dicen: ¿por qué ellos no lo ven y nosotras sí? Pero saben que su voz no importa y por eso no se toman el tiempo de decir que Ali fue abusada y por eso se pone mal cada vez que hay un hombre cerca.

“Un día vino el papá, don Ricardo, sin avisar. Nosotras abrimos la puerta, preguntó por la hija y le dijimos que en el cuarto de huéspedes. Fuimos a la cocina a prepararle el café que pidió cuando escuchamos el portazo en la puerta principal. Corrimos al cuarto de la niña y ahí estaba ella: los ojos como platos, una mano agarrada a la sábana bajo el cuello y la otra a una tijera de uñas. Apuntaba hacia la puerta. El brazo le temblaba desde el hombro. ¿Niña? Empezó a gritar. Que se vaya, que se vaya, que se vaya. ¿Quién? ¿Su papá? Ya se fue, niña linda. Que se vaya. Cierren la puerta, por favor, que no vuelva a entrar. Cierren todo, pongan seguro, que no se acerque a las niñas, que no se acerque a Alicia, que yo sí veo, yo sí veo y yo sí oigo y yo sí sé”

La niña Ali sí ve, sí oye y sí sabe, no como su madre, que nunca hizo nada para defenderla porque no veía, no escuchaba y no sabía. Dicen las voces de las mujeres cuidadoras: la niña Ali no necesitaba pastillas para dormir o para el dolor sino un psiquiatra que le ayudara a sanar la herida, pero la servidumbre qué va a saber sobre el valor de la vida. La protagonista termina con un final muy triste, donde además se alude a la repetición del abuso cuando menciona que la hija de la protagonista, Alicia, miraba con los mismos ojos que su madre.

Aquí no solo está el asunto clasista sino el de la familia como una institución inquebrantable, sagrada, que no puede profanarse. La madre de la niña Ali sabía que su esposo y su hijo abusaban de Ali y no hacía nada al respecto porque era más importante mantener a la familia unida que hacer denuncias. El silencio es lo aterrador en esta casa, no decir nada hizo que Ali quisiera borrar su cara con un cuchillo para no ser ella y aventarse de la cima de un centro comercial.

El hogar tiene el poder de construir y de destruir a una persona, es el origen de nuestra psique, así como de nuestra cultura: ser mujer hace que las historias escritas en Pelea de Gallos dejen de ser ficticias y cobren todo el peso de la realidad, de los abusos que suceden en la intimidad, del incesto, la pedofilia, el peligro en los espacios que deberían ser seguros cuando se es infante, en cómo esos años determinarán el origen de nuestras elecciones y ciertas particularidades que a veces hacemos con desconcierto. Ampuero nos asegura que el monstruo está dentro de cada uno de nosotros pero que se manifestará de diferente forma o con distinta intensidad, a menos que sí haya un núcleo sano es probable que el monstruo deje de serlo para ser parte de un ser completo, donde luz y oscuridad son parte de existir y de crecer sin lastimar a nadie. Sí se puede dejar de ser monstruo, sí hay esperanza todavía, lo primero es romper el silencio, cuestionarlo todo, incluso cómo pensamos y el discurso que nos repetimos a diario. Romper la institución de la familia, amarnos más profundamente, es empezar a tumbar al patriarcado.

Saturno devora a su hijo, Goya.

Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen.  Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional  por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir