Los féretros de mi sangre: palabras que trascienden el enorme vacío de los siglos (PARTE II)

Por Enola Rue

Sobre la base de que Pizarnik parece dejar de lado su labor crítica para dar cabida a sus pensamientos durante la lectura de la condesa de Penrose, cuando relata la costumbre de la condesa Báthory de permanecer varias horas delante del espejo, se atreve a conjeturar que “nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos” (Pizarnik, 2002).

De hecho, en “El espejo de la melancolía”, Pizarnik nos previene que la Condesa Báthory padecía de una enfermedad del siglo XVI llamada melancolía, citándola: “donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Este quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa […] los placeres sexuales por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica” (Pizarnik, 2002).

Entonces, frente al espejo, hay un yo de afuera que buscar rescatar al yo encerrado en el espejo, pero no lo logra completamente. Sólo mediante ciertos procedimientos logra salir del ese yo encerrado de forma transitoria. Recordemos que la Condesa se valía de los gritos de sus víctimas torturadas para curar sus dolores de cabeza, su sangre para rejuvenecerse, procedimientos que la aliviaban de forma temporal. Su única forma de comunicación son los gritos que profiere en su clímax, pero luego se torna silenciosa, como “la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno” (Pizarnik, 2002).

La condesa se mira de manera obsesiva en el espejo buscando signos de vejez, se cambia los vestidos quince veces o más al día, asesina a las muchachas en pos de perpetuar la hermosura que en ella misma no logra encontrar. Aquella mirada fría en el espejo necesita una razón para no consumirse de tristeza por el paso del tiempo.

Igualmente, Pizarnik busca liberar a su propio yo encerrado en aquel mundo poético, su procedimiento es acudir a la pulsión de muerte en la infancia, cuando en el poema “El Despertar” escribe “Las flores morían en mis manos / porque la danza salvaje de la alegría / les destruía el corazón” (Las Aventuras Perdidas, Poesía Completa, edición del 2000). En el mismo poema, también escribe “¿Cómo no me suicido frente a un espejo / y desaparezco para reaparecer en el mar” (ídem).

Dicho alivio transitorio de la cárcel del espejo se observa en el poema “El miedo” de Las Aventuras Perdidas cuando Pizarnik escribe: “En el eco de mis muertes / aún hay miedo. / ¿Sabes tú del miedo? / Sé del miedo cuando digo mi nombre” (Las Aventuras Perdidas, Poesía Completa, edición del 2000). No hay que olvidar que al utilizar la expresión “Pizarnik escribe” se habla de un Yo poético que no se refiere a la persona física, sino al Yo encerrado en su mundo literario.

La importancia del espejo se debe a que es un motivo de proceso de desdoblamiento para Pizarnik, es decir, la búsqueda del otro en nosotros mismos. En otros textos, Pizarnik expresa: “Miedo de ser dos / camino del espejo: alguien en mí dormido / me come y me bebe” (Árbol de Diana), o “Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma” (“Caminos del espejo”, Extracción de la piedra de la locura, p. 60).

La fascinación por la imagen proviene de la distancia, es decir, ver es un contacto a distancia (Blanchot, 2002, p. 27). Lo que se ve se apodera de la vista y lo hace interminable, es un tiempo muerto que no pertenece ni al tiempo de la condesa Báthory, ni al tiempo de Pizarnik, es el tiempo de la ausencia y la desnudez que permanece al descubierto, es el tiempo de la fascinación. “Es el desastre / Es la hora del vacío no vacío” (“El despertar”, Las Aventuras Perdidas, 2000) donde “afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto” (“El espejo de la melancolía”, La Condesa Sangrienta, 2002).

De la misma forma, no puede extrañarnos que Pizarnik exprese lo siguiente: “He tenido muchos amores – dije – pero el más hermoso fue mi amor por los espejos” (“Un sueño donde el silencio es de oro”, Extracción de la piedra de la locura, p. 54).

A través de su escritura, Pizarnik nos invita a desear el horror de la noche, lo que aparece en la noche proviene de algo invisible que se llena de imágenes que producen espanto, imágenes que distraen del sueño e inducen a mirarlas con fascinación. De esta manera, la poeta puede enjaularse en su mundo de ensoñaciones poéticas para sentirse a salvo, porque en la noche se encuentra la muerte.

La muerte y los cadáveres de las muchachas aparecen a lo largo de toda La Condesa Sangrienta, este factor de repetición también muestra que la indagación de lo irracional del comportamiento de la Condesa explora un origen o punto de partida que de sentido a la propia existencia.

El olor a sangre y a cadáver del subsuelo del castillo de Csejthe habitan la noche, “el aposento de la condesa, frío y mal alumbrado por una lámpara de aceite de jazmín, olía a sangre así como el subsuelo a cadáver” (Pizarnik, 2002). Así como la descripción del departamento de St. Michel que Pizarnik nos ofrece en sus Diarios el 1 de octubre de 1962: “Cuchillos oxidados. La cocina. El olor a flores muertas. El miedo helado, miedo con olor a cosas muertas”. Estas puestas en escena están basadas en la mirada, están escritas de una manera que busca anular el distanciamiento entre el personaje, las situaciones que ocurren y el lector, es decir, provocan una suerte de fascinación o atracción perversa a todo aquel que se acerca al texto.

Un ejemplo en el que se denota esta intervención de la mirada fascinada en La Condesa Sangrienta cuando describe: “Para que la “Virgen” entre en acción es preciso tocar algunas piedras preciosas de su collar. (…) La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza” (Pizarnik, 2002).

Al mismo tiempo, la mirada del lector coincide, y hasta se confunde, con la mirada de la condesa. En forma de analogía, la condesa se proyecta en la Virgen de Hierro que “ya consumado el sacrificio (…) la asesina vuelve a ser la Virgen inmóvil en su féretro”. De esta forma, se nos revela una Érzebet Báthory que goza desde su trono del dominio del otro, traspasa su dolor al cuerpo del otro y el sufrimiento ajeno le deviene en cura.

Por otro lado, en el capítulo “La muerte por agua” Pizarnik coloca la mirada del lector en otra posición, ahora se trata de observar a la condesa actuar y a la víctima sufrir en una suerte de negro silencio que construyen, a modo de contrapunto, la mirada de otros ojos como los lacayos, las sirvientas, las costureras, la hechicera Darvulia, el esposo, los espejos. En medio del silencio y la mirada de la condesa desde su carroza, “la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles” (Pizarnik, 2002).

No hay que olvidar que La Condesa Sangrienta abre con un epígrafe tomado de Saint Genet de Jean-Paul Sartre (1967): “El criminal no hace la belleza, él mismo es la auténtica belleza”. Su lugar en el mismo comienzo de la obra constituye una disposición relevante hacia la belleza. La belleza es el motivo principal por el cual la condesa comete sus crímenes, la belleza física que busca retener del paso del tiempo al bañarse con la sangre de sus víctimas. De este modo, la base para crear la obra literaria es a partir de los valores estéticos-literarios utilizados, admirablemente, por Valentine Penrose. Lo que resulta significativo es que Pizarnik (2002) no pretende desarrollar “los hechos penosamente obtenidos” de la obra de Penrose, sino que busca retener los elementos que le permitan comprender el significado de la belleza convulsa.

El acontecer de la belleza se impregna de la sustancia silenciosa, es decir, los gritos, los jadeos y las imprecaciones son reducidos al silencio que rodea a la figura de la condesa. Para que, de esta manera, acontezca la belleza sin mácula, sin la crueldad del paso del tiempo. Entonces, la locura, las torturas sádicas, la sexualidad perversa son reducidos al silencio cuando en su éxtasis la condesa cree ganarle al paso del tiempo, cuando se hace necesaria la muerte para la satisfacción sexual.

De la misma forma, Pizarnik en su enclaustramiento en este mundo literario, en sus ensoñaciones fascinadoras sobre la condesa, lleva al límite la capacidad del lenguaje para llegar a la palabra poética por excelencia, es decir, a la trascendencia como escritora. La acosa la obsesión del paso del tiempo, pero no desde la pérdida de la belleza física como a la condesa, sino la belleza de una obra literaria terminada, una obra que la libere de su enclaustramiento.

Como dice: “Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado” (“El despertar”, Las aventuras perdidas, 2000), el enclaustramiento parece desvanecerse en la noche, el momento de autorrealización y de inspiración que le permite a Pizarnik entonar su poesía y su prosa con un grito que, cómo el éxtasis de la condesa, es rodeado por el silencio, constituye la muerte: “He consumado mi vida en un instante” (ídem).

De la misma forma en que la condesa muerde los hombros de sus sirvientas y calma sus jaquecas con sus gritos, Pizarnik aguijonea con clavos sus “sueños enfermos” para que nazca su inspiración. Pizarnik comprende que sólo puede alcanzar esta trascendencia dejando de ser ella misma, una joven asustada por sus “aventuras”, cuyos “… brazos insisten en abrazar al mundo / porque aún no les enseñaron / que ya es demasiado tarde” (ídem).

Es interesante observar que los apelativos “silencio y “silenciosa” utilizados en la condesa, abundan en la producción de otras obras pizarnikianas. A saber, “Cuídate de la silenciosa en el desierto” (Árbol de Diana), “Siempre he sido yo la silenciosa” declara en “Palabras” un texto fechado en 1964. De modo que estas imágenes aluden al enclaustramiento que experimenta Pizarnik respecto de sí misma y del mundo.

Ahora bien, como señala Blanchot (2002), la distancia íntima se esboza entre quien mira y el objeto de su mirada. Pizarnik, en su fascinación, ve como la condesa Báthory no puede conservar su belleza, sigue siendo robada por el paso del tiempo, la sangre se derrama sobre sus vestidos y su piel, pero no la transforman en su esencia. De la misma forma, ella, transmutada en la “enamorada del viento”, declara su deseo de no vivir, de ser para la literatura. Pero esta muerte a la que busca precipitarse desaparece en el último instante por la insuficiencia de la palabra para expresar la poesía.

Por consiguiente, Pizarnik encuentra en su artículo sobre La Condesa Sangrienta, dicho así para respetar el término que usaba la escritora, una fascinación por la obsesión que ella misma logra alcanzar con sus libros y su poesía. La presencia de la Muerte y del enclaustramiento en la propia Pizarnik en Las Aventuras Perdidas puede reconocerse en el poema “El Despertar” cuando escribe “Es el instante de poner cerrojo a los labios / oír a los condenados gritar” (Pizarnik, 2000). Al igual que la Condesa, Pizarnik prefirió la creación nocturna como un proceso de dolor para alcanzar su trascendencia como escritora, busca vencer el paso del tiempo, como escribe en el poema “La Noche”, “Tal vez las palabras sean lo único que existe / en el enorme vacío de los siglos” (Pizarnik, 2000).

En conclusión, los crímenes de Érzebet Báthory son dictados por las convulsiones de su cuerpo en la búsqueda de la belleza eterna, como la misma Pizarnik (2002) señala: “Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno”. Su crueldad puede ser vista como una forma de escritura que se inscribe en la carne de sus víctimas.

La constatación melancólica de que la condesa no puede acceder a esa belleza definitiva y la determinación compulsiva y automática de perseguirla; como la búsqueda perseverante de la palabra poética, definitiva y trascendental, se desempeñan en el silencio y en la noche. Y no hay nada más quieto y silencioso en la noche que la poesía que se identifica con la obra de la muerte, “es decir ayer / es decir hace siglos” (“El despertar”, Las aventuras perdidas, 2000).

Los féretros de mi sangre (PARTE I)

Bibliografía escogida:

Aronne Amestoy, Lida. «La palabra en Pizarnik o el miedo de Narciso», en Inti: Revista de Literatura Hispánica, n.º 18-19, primavera de 1983, pp. 229-244.

Del Pino, Ángeles Mateo. «El territorio de la memoria: Mujeres malditas, La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik», en Rassegna Iberistica, n.º 71, febrero de 2001, pp. 15-31.

Alejandra Pizarnik. Poesía completa 1955-1972 (edición a cargo de Ana Becciú). Barcelona: Lumen, 2000.

Pizarnik, A. Nueva Correspondencia (1955-1972). (edición de Ivonne Bordelois y Cristina Piña). Buenos Aires, Argentina: Editorial Lumen, 2017.

Pizarnik, A. Prosa completa (edición a cargo de Anna Becciú, prólogo de Ana Nuño). Barcelona: Lumen, 2002.

Pizarnik, A. Diarios (edición de Ana Becciu). Buenos Aires, Argentina: Editorial Lumen, 2013.

Molloy, Sylvia. “Una torpe estatuilla de barro”: figuración de Alejandra Pizarnik. Taller de Letras Nº 57 71-79, 2015. New York University, pp. 71-79

Mallol, Anahí Diana. “Distanciamiento y extrañeza en la obra de Alejandra Pizarnik”. Orbis Tertius, 1996, año 1 no. 2-3, p. 147-170

Tinianov, Juri (1927). “Sobre la evolución literaria”. (AA. VV., Teoría de la literatura de los formalistas rusos, México, Siglo XXI, 1970, edición preparada y presentada por Tzvetan Todorov).

Genette, Gérard (1962). Palimpsestos. La literatura en segundo grado.

Blanchot, Maurice. El espacio literario. Madrid, España: Editora Nacional, 2002.

Doritos y Coca | Una necesidad vital

Para las mujeres, la poesía no es un lujo. Es una necesidad vital. (…) La poesía es el instrumento mediante el que nombramos lo que no tiene nombre para convertirlo en objeto del pensamiento.

Audre Lorde

Por Silvia Santaolalla


Este texto era una carta para mí. Empezaba algo así: ¿Seré la misma después de este mes? Era una carta para mí porque pensaba que era relevante recordarme todo lo que había cambiado en mi vida en el último año. Y aunque lo personal es político, también hay que recordar que las vivencias que compartimos como comunidad atraviesan nuestras experiencias particulares. Así que este texto, que es ahora un homenaje a mujeres que en los últimos días han incendiado mi corazón, realmente empieza así:

¿Cómo se empieza un mes así? Con el corazón atravesado y las entrañas llenas de fuego. A inicios de septiembre, a la mitad de mi emoción por el próximo otoño y los planes personales, A compartió conmigo una serie de notas en Instagram que me hicieron sentir terrible. Le dije: A, debes darte un descanso de redes. Sin embargo, es claro que ninguno de esos acontecimientos debía permanecer silenciado en nuestras mentes y nuestros feeds. Es terriblemente difícil vivir bajo el espectáculo, en medio de un genocidio transmitido en línea, matando el tiempo que medio nos sobra después de largas jornadas laborales entre videos de perritos tiernos, bromas sin sentido y notas rojas. Cuando A y yo nos damos un descanso de redes, casi nunca significa dejar el celular a un lado. Significa pasar los siguientes minutos intercambiando videos tiernos, bobos, llenos de maquillajes y manualidades que quizá nunca haremos. Significa pausar el terror de la realidad tan violenta en la que vivimos.

Si hoy pongo esto en palabras es porque creo que ese día mi comentario quedó muy corto en la discusión. Creo que solo quería fingir que las cosas podrían mejorar aún si no las veía, si no me mantenía al tanto de lo que pasa «allá afuera». Fue cuando leí la declaración de Gisèle Pélicot cuando decidí que quizá lo que decía A era: ¿qué podemos hacer frente a todo esto horrible que sigue atravesándonos? Y yo no supe qué debía decir.

La vergüenza tiene que cambiar de bando, dijo la francesa cuando decidió que su juicio debía ser público, y sentí que mi corazón se rompía e incendiaba a la vez. La historia de Pélicot es el ejemplo perfecto de que la igualdad no está ganada ni en el llamado primer mundo. Su historia nos recuerda que los monstruos son en realidad aquellos que supuestamente nos aman. Me recordó la historia de muchas de mis amigas y mujeres cercanas. Me recordó por qué nos cuesta confiar.

Después fue Rebecca Cheptegei. Cinco litros de gasolina y fuego. Toda una vida destruída mientras Dickson Ndiema Marangach la atacaba. Si él no hubiera muerto días después que la maratonista quizá estaríamos frente a una situación similar que la que vive María Elena Ríos con el largo proceso que ha sostenido contra Juan Antonio Vera Carrizal, presunto autor intelectual de la tentativa de feminicidio en su contra. Proceso que parecía haber terminado cuando a mediados de agosto el juez José Gabriel Ramírez Montaño había decidido dictar absolución y libertad al exdiputado priista y empresario.

Pero quizá lo más decepcionante, son los acontecimientos que parecen no tener mayor peso que una discusión entre amigos o colegas. Una plática casual en la cena, un post furioso en Facebook dónde te comentan que lo tomes con tranquilidad. Porque son los supuestos «temas ligeros» los que permiten saber desde donde se enuncia la gente cercana. Son los comentarios tomados a la ligera los que muestran con quien convivimos a diario. Por supuesto que estoy hablando de dos de los personajes más virales entre finales de agosto e inicios de septiembre: Roro y Adrián Marcelo. La primera una influencer viral por su supuesto estilo de vida que remite a las tradwifes con el giro de ser novias que deciden quedarse en casa para cuidar de sus novios. El segundo el youtuber y psicólogo que se volvió controvertido por su misógina participación en la versión mexicana del reality La Casa de los Famosos. Y aunque es verdad que la mediatización de ambos no es responsabilidad del consumo de los espectadores, sobre todo cuando es casi imposible no encontrarte con su contenido, nuestras reacciones frente a los temas que plantean sí lo es. La responsabilidad de los cuidados, la violencia psicológica y verbal, la manipulación, las actividades codificadas como femeninas, la carga emocional de las mujeres en las relaciones, el gaslighting. Todos temas que nos atraviesan a todas, todes y todos, pero que quizá muchos de nuestros conocidos están manejando de maneras que nos alertan sobre su posición política y ética.

Al final quizá esta era una carta para ti A. Para que sepas que ese día a mí también me incendiaron las notas que me enviaste. Para que sepas que no solo dije que descansáramos para nunca volver a pensar en eso, sino que lo pensé todo este tiempo para poder entender qué podemos hacer ahora. Y aunque quizá no sea lo que buscabas, creo que lo que sí podemos hacer es no dejar de hablarlo, no callarnos nunca, no olvidarnos. Como siempre escribirlo. Como siempre, convertir a la palabra en una necesidad vital. Como decía Lorde, que escribirlo sea la manera mediante la que nombramos lo que no tiene nombre para convertirlo en objeto del pensamiento.

Silvia Santaolalla, habladora, malcriada y rebelde. Escritora y artista visual. La primera de las dos ñañas siamesas. Su trabajo aborda temas como: el género, la sexualidad y el cuerpo. Ha sido publicada en las revistas: Marabunta (2018), Gata que ladra (2019), Punto de Partida UNAM (2022, 2023), Página Salmón (2022), Especulativas (2022).

Soy…

Soy esa canción a medio día que se siente un respiro de la monotonía

Soy esa sonrisa que le regalo a un extraño por el paseo matutino rumbo a lo conocido

Soy esa envidia repentina por la chica en redes sociales que tiene resuelta su vida.

Soy esas ganas de escribir después de 3 meses despavoridos dentro de un pozo sin salida

Soy esa alegría al regresar a casa después de una jornada estudiantil con aroma a tierra mojada por la fresca llovizna.

Soy ese nerviosismo al hablar en público, y transpirar agua que me ahoga para no poder hablar.

Soy esa alegría al ver la sonrisa de un bebé recién nacido.

Soy el coraje atorado de una pelea de años que mi mente bloquea con series y cantos.

Soy esa alegría de sentirme viva y fluir en un mar de literatura, emociones desbordadas en un navío, varado en una isla desierta, donde la exquisita soledad me abraza y me desea.

Hace unos días sentía confusión cómo era posible que habían días de alegría repentinos, de amargo sentir, esto no es lo que me prometieron los cuentos, películas, pero es cierto, porque no es la realidad. Entendí que lo real es desde las amargas vivencias hasta las alegrías eternas. Esto es lo que es la experiencia de Vivir, de mi vida.

SOY, SOMOS cada detalle, cada día, cada tristeza, cada enojo, cada alegría del resto de nuestra vida. Cada pieza que nos ha construido en el HOY.

Mi huerto de fresas, ese que he cuidado y sembrado con pequeñas semillas. Ha nacido mi huerto de fresas, encuentro fresas coloridas, brillantes, dulces y grandes. Algunas son pequeñitas y redonditas. He visto fresas agridulces, descoloridas y amorfas. Este es mi huerto de fresas. Trabajado por mis manos, con mi sudor, con mi esfuerzo. Con días de descanso, con días de arduo trabajo. Esto es lo que SOY, soy mi propio huerto de Fresas.

Lo que queda

Hay días en que el cansancio es lo único que nos queda. Ya ni siquiera resulta satisfactorio abrir los ojos, preparar café. Días en que el peso de la realidad es inmenso y solamente deseamos voltear la cabeza, ver hacia arriba o no sé, mirar hacia ninguna parte para dejar de sentir, dejar de saber.

A veces los poetas no queremos preguntar, preguntar hace daño, -decimos-, y así es. No me pregunto nada, no cuestiono mi vida, las vidas. La sucesión de hechos, ordenados de forma fortuita, aleatoria, a la que suelo llamar mi vida, así nada más, con esas dos simples palabras, que en el fondo encierran una complejidad casi aterradora. No deseo lanzar los dados, poner las cartas sobre la mesa, simplemente quiero que gane la incertidumbre esta vez, la locura, la desconexión.

Hay espacios, hay vacíos, días en los que parece que nada sucede, pizarras en blanco, cielos grises por los que no pasó una sola ave. Días en los que sin embargo todo se rompe: El continuo tiempo-espacio.

A cada paso que doy, siento que me parto y a veces no es metafórico. El cuerpo no soporta. El descanso cada vez se ve más lejos, la casa, la estación del tren, la terminal de camiones, todo parece alejarse con la edad, como si los pasos fueran más pesados y más pequeños, además tengo que sumarle el peso de mi dolor, el dolor de los demás, el cúmulo de una angustia sobre otra, cada vez más grande, más oscura.

Tuve que salir de la ciudad, dejar atrás, poner en pausa toda mi miseria para ir a un sitio seguro, para ayudar, para dar un poco del amor que me queda. Y eso agota, agota tanto, es como desear transmitir una energía necesaria, pero indescifrable. Tratar de reunir con un poco de esperanza algunas palabras que jamás han estado juntas y esperar que no se incendien los ojos, la lengua, la noche.

¿Cómo consolar a la persona que siempre nos consuela?, ¿cómo ser lo otro, cómo ceder la fragilidad, la cosa mínima que éramos?, ¿cómo sostener al ser que solía ser más grande que todos nuestros miedos?

Por eso digo que solamente queda el cansancio, ese no lugar, no espacio, no tiempo entre las aguas de la existencia.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Cartografías del Instante| Llevar una Prótesis

Llevar una Prótesis

Por Anyela Botina

A las voces de las mujeres afganas

«Tengo que hablar, pues hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas me amordazan la boca».

Escribir es una prótesis, un artefacto puesto en el lugar donde alguna vez estuvo mi voz: un rugido, la prueba de un pasado salvaje en mí. Ese nombre que solo yo puedo decir, el sonido al que todo mi ser responde, esa es mi voz primigenia. Como toda parte que nos es quitada, a veces la siento aún presente, hasta llegar a percibir esta prótesis como propia.

«En el futuro se va a tener más tiempo de vivir, y de paso, escribir. En el futuro se dice: si lo llego a saber, yo no hubiera nacido».

Como toda mujer en algún momento de su vida, también he sido silenciada; también he pensado que ser mujer es un castigo. Hoy pienso que escribir es una prótesis, porque yo no nací escribiendo; nací llorando. Y en ese sonido, en ese rasguido del aire, estaba yo y estaba mi madre, que sabía que estaba viva porque lloraba y la necesitaba. Yo no nací escribiendo, ni hablando siquiera. Mis primeras palabras fueron gorjeos, como los de un ave que le canta al sol y llama a la primavera.

«Solo puedo escribir si estoy libre y libre de censura, sino sucumbo».

Escribir no es mío; estas palabras no son mías. Estas palabras aquí puestas, una a una, son pura nostalgia de eso que fallece en el aire, en los latidos de mi corazón, que tampoco habla ni escribe, solo produce un sonido sordo y repetitivo. Pensar que, si este sonido callara, ya nada importaría.

«El monstruo sagrado murió: en su lugar nació una niña que estaba sola. Bien sé que tengo que parar, no por causa de falta de palabras, sino porque estas cosas, y sobre todo las que solo pensé escribir, no suelen publicarse en periódicos».

Tuve un sueño en el que la luz casi me enceguecía. Solo podía ver volar los pájaros y escucharlos decir: ‘Laaas muuuujeeeereeeeees sooooomooooos paaaaajaaaarooooos’, igual que los chululus les llaman ‘comprapan’ porque, supuestamente, dicen ‘coooompraaaaapaaaan’.

Escribir será una prótesis hasta el día en que todas las mujeres seamos pájaros, que todas podamos cantar al cielo los nombres primigenios que nos fueron dados.

*Fragmentos tomados del cuento Tempestad de Almas de Clarice Lispector, escuchar aquí: https://youtu.be/UutunqWwNpg?si=PznKpcSYqAJHWrnR

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí👇

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Leer es una fiesta por Jeanne Karen en La máquina verde

Tengo en mis manos un libro: es una bella reunión de escritores, se llama Antología de Fandango por la Lectura. Hace un par de días acudí a un evento muy importante, la clausura de una actividad que se realizó en las escuelas secundarias a lo largo y ancho de todo el país. Llevar el ejercicio de la lectura, acercar a los jóvenes a las letras, específicamente a la poesía, me parece un acto, además de necesario, bastante humano.

Las personas que idearon los planes de fomento a la lectura, a través de la estrategia nacional, seguramente en poco tiempo verán los frutos del arduo trabajo que debieron realizar para cumplir las tareas.

Un pueblo que posee ciudadanos lectores, será difícil de manipular, de controlar, de engañar, también será un pueblo crítico y que deseará aportar ideas para el buen funcionamiento de su entorno. Los gobiernos que dan a las personas la oportunidad de formarse un criterio, de expandir su cultura, creo que tienen más probabilidades de ser respaldados por los ciudadanos.

Me encuentro feliz y sorprendida de que en la antología, de la que les cuento, esté publicada, en su mayoría, poesía.

Dar a conocer poemas, versos, rimas, es otra cosa: es abrir universos, es incitar a las juventudes a crear su propia realidad. No es algo que pase desapercibido y tenemos que felicitar a los actores que están detrás de tan magnífico trabajo, no es solamente una propuesta editorial, no es una oferta más en el grandísimo mercado del libro que hay en nuestro país, se trata de uno de los libros que propone el gobierno para las juventudes.

Espero que México sea un gran país de lectores, que a través de una visión multicultural podamos acceder a un futuro lleno de vida, de paz, respeto, armonía, estabilidad social y económica.

Leer es también conjuntar voluntades, unir las ideas, experimentar con lo diferente, leer es entrar en un lugar donde caben todos los mundos, leer es una fiesta.

Recuerdo a la niña que fui: una mañana estaba en mi salón de clase, y tomé el libro de español/lecturas, encontré un poema que se llama El sol de Monterrey y es del gran escritor mexicano Alfonso Reyes, ahí me di cuenta que la magia está en las palabras, que podía inventar paisajes, personajes, emociones, y que la radiación del sol siempre me recordaría esos versos luminosos de Reyes que cambiaron para siempre mi vida:

No cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.

Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Ahora, después de tantos años, sigo sintiendo el mismo amor por la poesía, me siento afortunada de poder escribir poemas y formar un libro, poco a poco, pensando en esos niños, en esos jóvenes, que un día, al igual que me sucedió a mí, se darán cuenta que la palabra escrita cambia la vida y que podemos volver sobre le leído una y otra vez para maravillarnos, para aprender, para ser.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Letras que ab (sorben/sortan) | Una lectura de domingo por la mañana

Maleni Cervantes

Cada vez me cuesta un poco más levantarme tarde como cuando era niña y me despertaba con lagañas en los ojos y baba en las mejillas. La rutina de la semana provoca que mi cuerpo se acostumbre a reaccionar desde temprano y con ganas de hacer algo más que estar viendo el techo de mi cuarto.

Así que este domingo no fue la excepción. Mi vejiga me dio los buenos días de manera puntual y exacta. Por lo que fui al baño y de una vez aproveché para desviarme hacia la cocina a prepararme un café amargo y empoderado que despertara mis chacras, neuronas y pensamientos más oscuros.

Pero, luego entré en la incertidumbre de: ¿qué haré un domingo por la mañana?, ¿qué se hace a estas horas en las que el sol te sonríe con la malicia de la juventud que madura cada vez más?

El razonamiento fue sencillo: si ya me estoy convirtiendo en señora, ¿por qué no hacerlo de la manera más estereotipada posible? Tomé mi taza de café y corrí en cámara lenta hacia la sala, como si estuviera en una película de superhéroes, y derrapé de último momento cayendo en el suelo, sosteniendo con los brazos arriba mi café en tipo ofrenda. Lo único que se mantendría a salvo.

Bueno, no, no fue así, aunque sí quería hacer esto un poco más épico para que te maravilles con mis hazañas de espía profesional. No obstante, permíteme continuar con mi relato de los hechos.

Esa mañana del domingo primero de septiembre de 2024, yo, Maleni Cervantes, me preparé un café antes de alistarme a una misión más que complicada: caminar hacia la sala sin derramar una gota de ese líquido cafesoso.

Fueron exactamente diez pasos cortos cuando logré hacerlo, sin problema alguno. Sin duda, sería capaz de recibir una medalla por mi concentración tan efímera como la brisa de la mañana.

Cuando, de repente, de uno de mis libreros salió un ruido ensordecedor. «Mierda, una rata», pensé. Caminé despacio, me puse en cuclillas y me di cuenta de que… Ahí no había nada. No era una rata, tampoco una cucaracha, mucho menos mi gata.

Tú te preguntarás, ¿entonces qué era? No me lo vas a creer, pero era un libro empolvado que no había leído aún y que se encontraba envuelto en el plástico transparente que lo conservaba nuevo, en teoría porque llevaba meses ahí, a la espera de que alguien se acordara de su existencia.

Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin. Cuando vi el título, creí que era una señal. Los domingos eran el día de arreglar la casa. Sin embargo, aún no era el momento. Lo tomé entre mis manos y me senté para comenzar a hojearlo. ¡Quién diría que me encontraría con tremenda sorpresa!

Lucia Berlin es una escritora que toma aspectos comunes de la vida cotidiana para crear historias entretenidas, y sin duda alguna, llamativas. Tiene la capacidad de contarte a través de cuentos breves los traumas de la infancia de un personaje; pero, también, te puede narrar las obsesiones más extrañas que puede tener una chica que le gusta lavar su ropa en lugar deplorable; e incluso puede contarte la infancia de una chica que cuida de su padre que padece una enfermedad mental.

Por ejemplo, hay un cuento que te relata la vida de una niña que vive con su madre y abuelo, quienes no se llevan del todo bien. La niña tiene la obligación de ayudar a su abuelo en el trabajo, ya que él es dentista y necesita de una asistente. Más, de esta manera, la autora tuerce la trama de una manera ruda, gráfica y descriptiva que da como resultado un suceso sangriento que presenció la niña una noche mientras ayudaba a su abuelo.

Digamos que la escritora hace que situaciones comunes y reales tengan un toque oscuro y retorcido, exponiendo conductas para nada perfectas de sus personajes. Sin contar que hay veces que une historias entre sí y que encontrarás dispersas a lo largo del libro lo que hace un poco compleja su lectura, al mismo tiempo que la hace más entretenida.

Además, otro aspecto que me llamó la atención son las referencias que hace a otros autores que son muy relevantes. Un caso en específico fue un cuento donde hizo referencia a Antón Chéjov con su cuento «La Tristeza», que quien ha leído mis columnas anteriormente sabrá que es uno de mis autores favoritos y mi cuento preferido de este.

Era obvio que me llamaría la atención desde un principio. Y, lo más curioso, es que en el cuento, donde hace dicha referencia, logra exponer la perspectiva de que ella es la autora y que dependiendo de su narración sería la manera en que podría crear cierta emoción del lector con respecto a los personajes. Por lo que expone la vida de una de sus personajes y te va explicando la función de cada uno de los tipos de narración que ella pudiera utilizar para que sientas empatía, hartazgo y demás. Lo que como lector puede ayudarte a comprender un poco más cómo funciona la escritura y construcción de cuentos.

Y por si todo esto no fuera suficiente, ¿qué crees? En los relatos los personajes principales siempre se tendrá una figura femenina que te invitará a conocer un fragmento de su vida diaria que bien pudiera ser la de alguna conocida nuestra. Aunque es necesario resaltar que al ser mujeres sus personajes principales, son mujeres firmes, fuertes, astutas, figuras que escapan de la clásica caracterización del género femenino. Porque sus personajes siempre van un paso más allá de lo que tú, como lector, piensas que puedes esperar de ellas.

Un libro que es la mezcla ideal entre una pizca de realidad y rutina; fantasía y psicología humana. Sin duda, si te gusta el chisme, este libro es para ti. Encontrarás tantas historias de vida que después podrás contarle a tus tías y se las creerán como si fueran reales.

Debo de confesar que todavía no termino el libro, pero eso no me impide hacerte la invitación a tener una muy buena lectura para la semana, así como lo será para mí. Los cuentos son breves y sencillos, no tardarás ni diez minutos en leer cada uno, así que, si eres un lector con bloqueos, perezoso o sin tiempo este libro es para ti, ya que lo puedes llevar a tu ritmo y sin presiones.

Ahora sí, me retiro a tomarme mi café ya frío. Aunque con la sensación de que valió la pena levantarme temprano una mañana de domingo.

Referencias

Berlin, L. (2019). Manual para mujeres de la limpieza. México: Penguin Random House.

¡Guárdalo todo! por Jeanne Karen en La máquina verde

A veces escribo para lo inmediato, para esa memoria de poco alcance, para sobrellevar los días, identificar y guardar las fechas, los números, los datos. Otras veces escribo para un tiempo que está en realidad fuera del tiempo, una cosa abstracta, un deseo más que un objetivo, eso es lo que persigo. El deseo de que permanezca el poema y de que en el texto que lo compone viva la poesía, que de alguna manera se instale ahí para siempre, en ese corazón tembloroso al que le otorga sentido, al que debe insuflarle suficiente energía, suficiente vida para que continúe, para que se proyecte a través del ritmo y de las formas. Me gusta recordar las citas que me han acompañado a lo largo de mi vida, que de una u otra manera me han formado como lectora, me gusta tener presentes a los grandes poetas que han hecho de este tiempo lo que es. Es bueno también empaparse del conocimiento de otros períodos, de otras vidas, de otras historias distintas a la nuestra. Por esa razón, hace unos días regalé mi colección de discos compactos, esas formas viejas de felicidad y diversión, donde la música lo era todo. El mundo de los jóvenes de mi generación fue intensamente artístico.

No tenía idea que para una persona joven de estos tiempos significaran algo, esos queridos objetos en donde solamente se guardaban unas cuantas canciones, pero fueron canciones que definieron nuestras vidas y que ahora son formas de arte relevantes que van a permanecer.

En el conjunto de discos compactos se encontraban bandas tan diversas como Nirvana, Mano Negra, The Strokes, Zebra, Squirrel Nut Zippers, Caifanes, Soda Stereo, entre otra treintena de discos de jazz y de música clásica, más una pequeña colección de The Beatles, Cranberries, Queen, Pink Floyd. Todavía recuerdo muchos de los temas, y de algunas bandas casi toda la discografía, así que compartir con alguien esos discos, me hace pensar que no perdimos el tiempo como generación, que realmente dejamos una huella, disfrutamos, amamos, vivimos con toda la intensidad de esos años en que no había redes sociales, celulares inteligentes, etc. Nuestra voz, nuestros pasos se escuchan. Son voces de un pasado donde todo fluía lentamente, donde una carta tardaba un mes en llegar, un paquete también, un nuevo álbum llegaba de muy lejos, porque siempre todo estaba muy lejos, todo era otra parte.

Y pienso, ¿por qué mi creación está cargada de melancolía?, no es tristeza, no lo es. Es el lenguaje de mi época, el reflejo de la libertad que disfrutamos gracias a las generaciones anteriores. Si escribo un conjunto de poemas va implícito ese espíritu, busco que irradien esa luz como las cosas vivas, por lo menos esa es mi intención, quizá no lo logro siempre y por eso también es que escribo para llegar allí de vez en cuando, una vez cada cierto tiempo o una sola vez en la vida, no importa.

Cuando estoy a solas vuelvo a esa música, a las voces profundas del jazz que me hacían soñar desde que era una niña, hasta las guitarras aturdidoras de las bandas de rock. El trabajo creativo va cargado de todo. En el mío quedan reminiscencias de los sonidos, del ritmo, de algunos álbumes emblemáticos. Son guiños, conjunto de signos que el subconsciente ha recogido.

Tantos años han pasado y ahora hay una extraña alegría, si pudiera volver el tiempo, me diría: ¡guárdalo todo!

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.

Nuevos procesos por Jeanne Karen en La máquina verde

Presentar un libro siempre será emocionante. Tengo muchas historias sobre primeras presentaciones, pero esas las contaré en otra ocasión, porque hoy vamos a hablar sobre los nuevos procesos. Estaba en la sala de lectura de una biblioteca universitaria, junto con una amiga y un amigo, de pronto, después de escucharlos, recordé las sensaciones y los pensamientos que envuelven el hecho de comenzar.

No hablo desde mi experiencia como escritora, más bien desde la experiencia en general. Los comienzos son situaciones extraordinarias en nuestras vidas. Entrar por primera vez a terrenos desconocidos, ir pisando con cuidado, tratar de resolver en la mente, de qué se trata lo nuevo, lo que se ve, lo que se percibe, lo que se vive, conlleva mucha emoción, pero también ansiedad, el hecho de no saber, nos descoloca.

Recuerdo con mucha claridad cuando aprendí a andar en moto: encender la máquina para mí fue impresionante, darme cuenta de que en un segundo tenía en mis manos la dirección de un artefacto, hasta ese instante desconocido para mi cuerpo y para mi mente. Tuve miedo, mucho miedo, así que no me quedó más remedio que enfrentarlo. Conducir cualquier vehículo es algo muy serio, que involucra muchos factores, pero lo único que podía pensar, era en el hecho de que mi vida dependía de mi aprendizaje, no había espacio para la duda.

Cuando somos seres creativos, no pasa eso, nunca he sentido que esté en peligro por escribir un mal poema, de hecho creo que nada bueno o malo depende de la escritura de ninguno de mis poemas. Sin embargo, iniciar el proceso de la escritura, ¡siempre será algo nuevo!, la sensación es esa: emprender de cero, de la nada, de no saber a ciencia cierta dónde vamos o qué va a pasar con lo creado. Luego llegan los nuevos procesos, es decir, esa forma distinta de hacer lo mismo o lo que aparentemente es lo mismo, pero no.

Ya no inicia el libro con un poema largo, ahora son diez poemas pequeños, de gran claridad y belleza como pequeñas lanzas certeras, casi con voluntad propia; así para cada nueva actividad: dibujar una línea, abrir un archivo, levantar de forma distinta el escombro, dejar el horno precalentado a otra temperatura. ¿Qué sucede con esos nuevos procesos?, la mayor parte del tiempo nos llevan a fallar, pero si algo sale, si algo resulta, sin duda nos llevarán a hacer las cosas de forma distinta, a tener otro tipo de resultados.

En realidad, ¿cuántos nos atrevemos a buscarlos?, ¿abrimos el libro y leemos desde la primera página, o nos lanzamos a leer la Rayuela de Cortázar de alguna otra manera que no está sugerida en la novela?, ¿qué habrá pensado Julio cuando la escribió? Yo creo que pensaba en el tema de hoy, en esos otros caminos sin explorar, en la emoción que provocan, en los hallazgos, en la creación, hay que atreverse y también hay que estudiar esas nuevas representaciones, donde no hay cambio no hay avance. 

Quiero seguir buscando siempre, experimentar con mi propia existencia, con mi trabajo. Convertir mis días, mis lecturas, las anécdotas, los conocimientos, en parte de la materia prima de esa obra que se compone y se descompone con el tiempo: mi vida. En alguna de mis libretas estará la lista de todos esos nuevos comienzos, de las veces en que intenté hacer lo que hago siempre, pero desde otra arista, con otra visión, con otra intención de búsqueda.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Leer para sanar por Jeanne Karen en La máquina verde

Hay días en los que simplemente despierto con el deseo de hacer lo que más me gusta, lo que amo. Hoy es un día de esos, sin embargo apenas puedo.

Nunca me imaginé que la extracción de una muela del juicio fuera una cuestión tan complicada. Ahora estoy frente a la computadora, sintiendo todavía los efectos de la anestesia, un poco de mareo, ya con la molestia muy fuerte, mientras, trato de sostener una compresa fría en mi rostro. Me las ingenio, como lo he hecho siempre para muchas cosas, como lo hacemos en general los seres humanos, pero no dejo de maravillarme de lo increíble que somos, resulta que a pesar de todo, escribo algo.

La fortaleza y el valor, tal vez no nos acompañan siempre pero aparecen en el momento indicado. Escribir me ayuda a seguir en la vida, a despertar, respirar, crear, amar. Desde temprano tuve el impulso, el deseo de venir a escribir algo sobre lo que ha sucedido los últimos días, desde la semana pasada que estuve con ustedes por acá, con otras líneas, con otras ideas.

Trato de recordar si he escrito con dolor físico antes, pero por ahora no llega a mi mente ningún momento en especial. Lo que sí recuerdo con toda claridad es haber leído con dolor, con uno de espalda por ejemplo. Leer me ayudó a aislarme, a concentrarme en el libro, cuando leía, me daba la sensación de no estar en ese cuerpo, con esa angustia. Mi mente se concentró tanto en la lectura que difícilmente me permitía sentir el entero caos de mi estado.

A veces tenemos un umbral del dolor muy alto, aguantamos, resistimos, pero otras veces no es tanto y sentimos que el mundo se ha volcado en nuestra contra. Un desastre tras otro, digo en algunos momentos, en esos instantes que quisiera pasar rápidamente, pero luego caigo en cuenta de que es la única vida que viviré, entonces, ¿saben algo?, pienso en disfrutarlos también, quizás de una forma un poco extraña y retorcida, pero lo hago, tomo aire, sigo. Así que hoy estoy aquí, escribiendo la columna, para mí, para ustedes.

Leer me reconforta, no estar pendiente de mí misma es gratificante, no me preocupo ni de la respiración. Cuando estoy así, en cama, por prescripción médica, trato de seguir con lo que hago habitualmente, pero a veces resulta horriblemente incómodo, hasta pensar cansa. Imaginar es distinto, me aleja de mí misma, ya no cuento mi historia en la cabeza, comienzo a contar esas otras historias que están contenidas en los libros. Cuando leo poesía me sucede que tengo más espacio de acción, por así decirlo, hay un campo infinito, posibilidades que ni siquiera sabía que existían. A veces me gusta recordar versos, entre más difíciles, es mejor, porque mantengo mi mente ocupada en algo más, algo interesante, desafiante, infrecuente. Pienso en los poemas de André Bretón, por ejemplo, en un verso tal vez: Si solo saliera el sol esta noche. De pronto, por un instante, la verdad como la conozco cambia. Ya no soy un cuerpo, ya no es mi cuerpo sostenido por el dolor, ahora es el lenguaje poético entrando a mi conciencia, como ese sol del que alguna vez leí en el poema de El Airón, de nuestro admirado escritor francés.

Tal vez sí hay tiempo para todo, pero el tiempo que se vive a través de la lectura es un tiempo sinfín, es como navegar en todas las aguas, sumergirse en penumbras sin nombre y encontrar también la luz en los rincones. Leer es presenciar nuestra propia existencia como algo distinto. Cada que leemos un nuevo libro somos otra persona, al libro entramos con una visión y al salir nos hacemos de la nuestra. Puedes amar una lectura o no, puedes compartir con el autor algunos puntos de vista, puedes incluso odiar el material, pero no puedes ser lo que eras. Leer nos da una visión de la realidad que difícilmente vamos a conocer sino leemos, para mí es como vivir un poco más intensamente.

Me duele el hueco, el lugar de la boca donde alguna vez tuve una muela, me duele pensar en eso, me duele recordar el procedimiento, pero no se compara con lo mucho que voy a disfrutar cuando sane y lo mucho que estoy disfrutando el proceso, tantas páginas por recorrer, tomo un libro, tomo otro, pienso un poco en el futuro. Si tardo más días en estar bien, habré leído un par de cosas muy importantes para mí y habré sanado algo más, se habrá movido mi raro corazón para sentir algo distinto.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.