Escribiendo sobre lo que nació para ser escrito | Ecos de Risas: Recuerdos de un ángel.

Por Dayane Ortiz.

En esos días donde levantarte de la cama parece la tarea más difícil de toda tu vida, donde el agua no te refresca y donde la piel te duele hasta por el roce del viento, le escribí:

Querida, sé que desde que lo tienes contigo, eres más feliz. Estoy segura de que su compañía te alegra hasta el respirar y que verlo lanzar cosas hacia ti mientras estás entretenida realizando alguna tarea te hace sentir viva. Lo sé porque, desde que el universo lo llevó contigo, mi alma extraña cada parte de eso; extraña sentirse tan viva. Desde que el universo lo puso en tu camino, te pienso a diario y en ninguno de esos pensamientos te entiendo. Discúlpame si te parezco una mujer caprichosa y tal vez una grosera desmedida, pero permíteme contarte una historia, una que tal vez me permita ser comprendida por ti, una que me permita ser leída por él, como siempre lo ha hecho.

Eran las 3:00 a.m. de qué día no sé y por qué motivo tampoco lo sé, cuando, mientras papá conducía al mismo destino de siempre a una velocidad indescriptible y mientras mis ojos se perdían entre las luces de los carros y el agua que escurría de ellos me inundaba las mejillas. Recordé aquella noche en Banderilla; ya era tarde, tan tarde que la luna ya salía, las nubes habían decidido cubrir el pueblo hasta el último rincón de su tierra, y hacía uno de esos fríos que acostumbran teñirte la nariz de rojo y congelarte las manos hasta ya no sentirlas más.

Y aunque tal vez lo que pareciera más notable de esta historia es que a la orilla de unas vías del tren se podían observar salir de entre las nubes unos faros blancos, bien penetrantes a los ojos de quien se les cruzara enfrente, no quiero hablarte de ellos. Quiero platicarte que lo que le da vida a mi historia son los sonidos; sonidos que quedaron impregnados en aquellas nubes, en mi memoria y hoy en mis letras. Ese sonido tan penetrante del que te hablo consistía en dos risas muy ruidosas; una tenía la ternura angelical de una niña de quince años al volante de una camioneta Chevrolet roja, tal vez más vieja que el mismo tiempo y más ruidosa que el mismo ruido. La otra era una risa fuerte, más grave, que se entrecortaba por la falta de aire debido a su intensidad. La niña con la cara más pálida de lo normal y los brazos más lánguidos que fideos llevaba una mano en la palanca y la otra en el volante; unas chanclas dejaban ver sus dedos y sus ojos estaban bien puestos enfrente. El hombre, sin transmitir ningún tipo de premura o estrés, recargaba un brazo en el cristal y el otro en el asiento que los dividía mientras repetía: “Si tú tienes miedo, me vas a pegar tu miedo; maneja como si toda tu vida lo hubieras hecho; maneja como si estuvieras escribiendo”. Ante aquel cumplido y después de esa muestra de confianza, ella sonrió ligeramente y, como por poder divino, la camioneta avanzó lentamente. Aquél hombre soltó un grito de alegría, uno que la asustó y la obligó a levantar el pie del clutch; la camioneta se apagó. Ante la mirada de vergüenza de ella y su clara falta de experiencia al volante, él decidió sonreír y hacer una broma; una broma que los hizo reír como locos, una broma que mezcló sus risas. Las carcajadas de aquellos seres no les permitían vivir algo más y el motor de la camioneta les pedía avanzar; avanzar tanto como si necesitaran vivir a prisa, como si tuvieran toda la vida para verse.

¿Has escuchado que las primeras veces no se olvidan? Pues esta es una mía: esta es mi primera vez al volante y resulta que esa niña lánguida y nerviosa era yo; ese hombre sereno y creyente en mí era mi tío, querida muerte.

Un recuerdo que me enterraste a cincuenta metros bajo tierra y uno que día con día quiero seguir desenterrando.

Hace poco alguien me preguntó por qué no escribía sobre ti, por qué no escribía sobre la muerte. Intenté por días escribirte pero mis letras eran vacías; sabía que no me habías de leer pues aquellas letras tan huecas que te estaba dedicando no transmitían nada. Pero hoy sé que no solo me lees; sé que también me sientes y sé que el ángel que tienes a tu lado te hará entender que el destino de mis letras siempre será ser leídas para quienes fueron escritas, así como siempre me lo dijo.

El reloj marcó las 11:50 p.m. y me habías arrebatado a mi compañero de aventuras, a mi cómplice de viajes y a un hombre valiente; uno que hasta el último día de su vida nos sacó una sonrisa. Y como buena escritora, déjame contarte un poquito sobre quién es aquel hombre que tienes hoy a tu lado; sé que a él le encantaría que yo te lo describiera.

David Vásquez Callejas nació un 10 de mayo de 1992 en Xalapa, Veracruz, o como él le decía: en la ciudad de las flores. Creció junto a sus dos padres y sus cuatro hermanos; una de ellas no era tanto su hermana sino su segunda mamá; así que corrijo: creció junto a sus tres padres. Fue padre de una maravillosa niña y un jefe de familia excelente. Toda su vida se dedicó a ayudar a la gente y a ser feliz; buscaba dar un poco de lo que tenía a cualquiera que lo rodeara sin excepción.

David era una luz para aquel que lo tuviera enfrente. David era un ángel bajado del cielo a la tierra. David era el mejor amigo que podías pedir. David era el mejor mecánico, vendedor, carpintero y plomero que pudieras conocer. David fue un gran hijo, un gran hermano, un gran padre, un gran esposo, un gran cuñado; fue una gran persona pero sobre todo: David eres el mejor tío que el universo me pudo poner enfrente.

Sé que el universo nos va a poner enfrente de nuevo y ahí voy a poder contarle lo que viví en su ausencia; sé que voy a poder volverme a recostar en su panza para escuchar música y hablarle sobre un texto que probablemente no voy a escribir pero sobre todo sé que voy a llevarlo a mi lado por el resto de mi vida. Por lo mientras disfruta de su compañía; disfruta de las risas que te va a sacar, de las cosas que te va a enseñar y de lo feliz que te hará. Que yo me quedo en la tierra para ir contando por sus rincones quién fue él y lo maravilloso que era.

A manera de favor y como última petición: hazlo acordar de su piolín; permítele acordarse de DAyis; permítele acordarse de mí.

Y es que al fin y al cabo siempre tendremos toda la vida para mirarnos.

En memoria de David Vásquez Callejas

10/Mayo/1992-20 /Marzo/2024

Dayane Ortiz

Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 20 años y soy una
estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente.
Gracias por leerme, mi querido lector.

Onanismo


Por Beatriz Moreno Toscano


Noche de calor intenso; su alma sensible, de piel expuesta y dispuesta a sentir, hace que, inevitablemente y con placer, sus manos recorran la piel suave que se eriza al paso y roce sobre dos estrellas de su universo, reaccionando agradecidas, contrayendo el vientre y liberando su mente.

El ritual inicia. Camina decidida a la liberación total que ha descubierto bajo el torrente de agua que danza sobre sus hombros y la relaja. Da paso a una posición invertida y permite caer en los montículos de su pecho la danza de agua clara.

El onanismo ha iniciado; la mente se abre a imágenes de hermosas cavernas rosadas, en las cuales ríos inesperados fluyen a través del vientre, llegando a las bifurcaciones de largos y tensos muslos, preparados para sostener una descarga de energía generada por los direccionados y constantes chorros de agua que hace caer sobre los genitales, que protege y regula con sus dedos.

Los ríos subterráneos se aceleran, van con fuerza saliendo de las cavernas rosadas y explosionan llegando al éxtasis con gritos de placer ante la fuerza de la emoción palpitante de su existencia, como olas que se estrellan en acantilados, como la caída de agua de elevadas cascadas. Con ese estruendo y fuerza se encuentra con su propia naturaleza.

Los torrentes se calman al igual que su ritmo cardiaco; sus piernas ya no son tan fuertes, el calor se ha ido, un cuerpo fresco yace en cama con expresión placentera. En el ambiente hay un olor corporal, un olor a sexo, una delicada fragancia de genitales, sin mezclas, solo sustancia. ¡Duerme sin calor y duerme sin ganas!

Acróstico


Por Mailet García


Entró por los sentidos: su cálido color, su febril textura, su sutil aroma.

Recorrió rápidamente el trayecto hasta endurecer los pezones.

Oscilante, recorrió la espalda larga y erizada.

Titubeó y se detuvo en el ombligo para estremecer el cuerpo que habitaba.

Inquietante hormigueo suavizó las piernas al tiempo que se preguntó:

¿Son tantas sensaciones posibles de contenerse en una sola piel?

Mágicamente sucede. En el recorrido de cabeza a pies, la boca solo alcanzó a decir:

¡Oooooh!

Poemas de Luna llena


Por Iris Arellanes




I.

Agarrar la luna con mis manos y saborearla,
permitir a sus pequeños brillos de lamento
adherirse en mis dedos,
estos dedos que recorren tu silueta
y tu recuerdo.
Recordar la comisura de tus labios
y tu vela encendida dentro de mi boca.
El brillo de mis dedos inunda tu cuerpo,
confuso, contuso, convulso.
Agarrar la luna con las manos y morderla
mientras su líquido cae en mi cuerpo,
blanco, sudado, tembloroso.
Agarrar tu rostro con mis manos y besarlo
mientras tu líquido cae en mi cuerpo,
blanco, espeso, espumoso.
Agarrar tu cara con mis manos y saborearla,
permitir a mis pequeños hilos de pegamento
adherirse en mis dedos y en el firmamento.
Agarrar la luna y morderla mientras
mis dedos recorren mi silueta
y tu recuerdo.




II.

Escribirte un poema,
convertirte en poesía,
pensar en ti con la luna llena de fondo
y en el fondo sigues aquí.
Escribirte una luna,
convertirte en luz,
tu voz iluminándome y mi boca llena
de tu piel, de tu miel.
La luna palpita, como esta pequeña rosa
pulsando en mi centro húmedo
cuando piensa en ti.
La luna redonda me mira y se asombra,
cierro los ojos, pero solo está tu sombra.

III.

Contemplar la luna es recordarte,
convertirte en letras es resucitarte.
Mojarte con mi jugo dulce,
bañarte de mí, amarte, dejarte,
volver a renacer y volver a alejarte.
Me estoy dejando el alma aquí.
Muérdeme, mírame,
haznos el amor,
lame la luna y mi rosa húmeda.
Regresa,
haznos ese favor.
 Iris es recolectora de historias, sus verbos favoritos son “crear” y “compartir”. Nació en las altas montañas veracruzanas por lo que ama oler el café, pero no lo consume porque le da ansiedad. Ama la libertad y romantizar cada aspecto de su vida a través de la escritura, la pintura y la fotografía. Actualmente tiene problemas de identidad profesional, es abogada, pero no se identifica como tal. Pero cree que, si tener amigos y desarrollar fuertes vínculos emocionales con personas en otras latitudes, fuera una profesión, ella sería experta. 

Youtube: Lecturas y fonemas

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La vez primera


Por Araceli Plasencia Mota

Estoy sola en casa esta tarde, paladeando un tinto carmenere. Todo el interior de mi boca está inundado de olores y sabores que me provocan remembranzas que se suman a las del álbum de fotografías abierto sobre mis muslos.

Te veo más de 40 años atrás, cuando juntos recorrimos los caminos del deseo y el éxtasis, envueltos en la flor del amor y las promesas. Aún tienes pelo y tus ojos vacunos, enormes, me miran directamente a través de la foto. Muestro mis diez kilos de más, pero todavía conservo la sonrisa y los hoyuelos que tanto te gustaban. Ambos, tú el de entonces, yo la de ahora, conservamos lo bueno que cada quien tiene.

Las cosas que nos separaron ya no importan.

Abraxas y la música de Santana me llevan en milisegundos o más aprisa al tiempo en que nos encontramos y nos envuelven esos que fuimos.

Éramos jóvenes e impetuosos, recuerdo que vi el brillo de tus ojos, correspondido con el fuego repentino de los míos. Te acercaste y ardiste en mi hoguera, me envolviste en el rincón más tibio de tu ventrículo izquierdo, y el tum-tum de nuestros corazones fue uno solo.

De pronto estoy en ese momento mágico de la vez primera. Tu aliento de sándalo me envuelve, el mío de flores te estremece, y nuestras bocas juguetonas se llenan de suaves mordiscos, humedades, de sabores a frutos prohibidos que nos provocan sensaciones infinitas.

Sabes a mango, a fresa, me hueles y soy un melón. Mi piel es durazno, es manzana; estoy jugosa como sandía, tú, dulce como plátano que muerdo con coquetería.

Siento la fuerza de tu centro enhiesto buscando el hueco del centro mío, y en la extensa pradera recién descubierta, cabalgo corcel brioso que baja y sube por montes y valles. Nuestras pieles se adhieren calientes y húmedas, las manos exploran salientes y huecos, la respiración se agita, y así pasa el tiempo, todo el tiempo. Me cimbro, te transformas en maestro esgrimista y lanzas la espada a fondo, ahora juntos nos cimbramos.

Recuerdo que no hablábamos. No tenía sentido. Sabíamos lo que cada quien quería y, en esta cabalgata, las palabras se apagan y los cuerpos se entrelazan volviéndose uno. Hay confusión de cuerpos, no sabemos dónde comienza uno y acaba el otro, qué será mañana o qué pasó ayer, solo importa el hoy, este placer, esta inundación de amor expresado en sentires exquisitos, deliciosos y avasalladores, como un mar agitado que ya tornará a la calma.

Me lleno de aleteos de mariposas al recordarlo. Comienzo a sentir que salto de estrella en estrella, que la luna menguante es mi columpio y soy esa niña adolescente que fui. Apenas puedo contener las lágrimas y surge mi espíritu fuerte, resiliente, de bruja ancestral que me dice y les dice a todas: lo viviste, pues bien vivido. Recuerda, recuerden siempre lo mejor, que esos recuerdos te alcancen, les alcancen para siempre jamás.

Araceli Patricia Plasencia-Mota
Hija de maestros, madre de Zak y abuela de Ruy, 
Graduada en la Facultad de Medicina UNAM como Médica  Cirujana, especialista en Hematología  Clínica y Maestra en Ciencias.
Profesora en pregrado y posgrado en la Facultad de Medicina de la UNAM y en el IPN.
Conferencista en alrededor de 175 ponencias. Autora y coautora de Monografías, capítulos de libros y artículos  científicos.
Asesora de Tesis en las especialidades de Hematologías, Medicina Interna y licenciatura en Química
Alumna Cursos de Literatura clásica y medieval en Centro Cultural Helenico y FFyL UNAM
Taller de escritura creativa, maestra Tere Perez Cruz en línea   2022
Talleres de escritura creativa Maestra Violeta Alumbre en línea 2022, 2023 y 2024

Imagen por Iris Arellanes (IA)

¿Bailamos?


Por Miriam G. Pérez González


Ya nos habíamos visto muchas veces, sin mayor interés que un simple saludo.

Pero esta ocasión fue distinta…

Ese día me desperté sin muchas ganas; la verdad es que estaba cansada y un poco harta de todo, e ir a fiestas era en lo último que pensaba. Solo me dio impulso el pensar que ese día se celebraría el cumpleaños de mi mejor amiga y nadie, menos yo, podría perderse esa fiesta.

En la pista, la música tropical elevaba la temperatura de todos los que se dejaban seducir por sus ondeantes notas y el roce rítmico e impetuoso de los cuerpos. Siempre he pensado que bailar es como hacer el amor: sentir cómo tu cuerpo se deja poseer mientras tu respiración se agita y pides no parar, para regresar con una sonrisa jadeante a tu lugar; es un acto digno de repetir cuantas veces puedas y yo no me resisto, lo hago cada que la música me invoca.

Sentada frente a la pista de baile, me divertía viendo cómo la fiesta y sus elixires nos van transformando, viendo ir y venir borrachos rebotando de un lado a otro entre las paredes que conducen al baño, escuchando a otros que intentan retar a su cerebro y lengua para mantener la razón y la cordura en conversaciones intelectuales mientras escupen la cara de sus oyentes, otros que solo atinan a mantener el equilibrio con una copa en la mano. Tardé en descubrirte ahí, entre los cuerpos atravesando rítmicamente el espacio que nos separaba, como si fuera un cálculo matemático perfecto: estabas sentado al otro lado de la pista, frente a mí; en un acto sincronizado levantamos las miradas para detenerlas en ese instante revelador en el que nuestros ojos se encontraron y nos descubrimos, en ese instante en el que en una respiración los dos nos absorbimos. Esa fue la señal de que estábamos en un acuerdo.

Seguí el camino de tu mirada y observé cómo bajaba lentamente de mis ojos a mi boca, de mi boca a mis pechos, siguiendo una línea recta hacia mi ombligo. Tu mirada me envolvía suavemente mientras me desnudabas; pude verte dibujando mi cuerpo en tu mente, imaginando lo que había debajo de mi ropa con una curiosidad vehemente y tímida.

Seguir la trayectoria de tu mirada hizo que mi respiración se hiciera cada vez más profunda y pausada. Cuando tus ojos siguieron su camino hacia el sur desde mi ombligo, mi primer impulso fue abrir las piernas ligeramente, para permitir que tu mirada penetrara más allá de mi falda. Sonreímos en complicidad dejando que nuestros rostros hablaran por nosotros; éramos dos hogueras ardiendo sincronizadamente.

Me levanté y fui hacia el patio trasero, no teniendo la menor duda de que me seguirías, y así fue. No tardaste más de 5 minutos en confirmarme lo pensado; sin cruzar palabra, como dos imanes atrayéndose, nuestros cuerpos se fundieron en un beso intempestivo al tiempo en que mis manos se apresuraban a buscar el botón de tu pantalón para liberar al objeto de mi deseo que cada vez se ponía más duro. Tú también hacías lo tuyo con tus manos abriéndose paso debajo de mi falda, buscando los lugares más recónditos y húmedos. Nos urgía liberar ese fuego que nos consumía.

La única palabra entre nosotros esa noche fue: «Acuéstate». Me miraste un poco sorprendido, pero obedeciste sin protestar. Sentirnos tan dentro nos hizo perder la noción de que alguien podría encontrarnos; solo importábamos tú y yo tratando de devorarnos en un beso apasionado mientras tus manos memorizaban mis pechos en un viaje suave a través de la espalda hasta llegar a mis nalgas, y de regreso. No hacíamos más que traspasar lo corpóreo y entregarnos al calor y humedad de nuestros cuerpos; ahí, tirados sobre el pasto, bailamos la mejor cumbia de esa noche.

Desde ese día no rechazo las invitaciones a fiestas; uno no sabe qué ritmo nuevo puede aprender.

Miriam G. Pérez González 
Mexicana de raíces Mixtecas, Etnocoreóloga por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Mediadora de Lectura perteneciente al equipo de Pueblos Originarios del Programa Nacional Salas de Lectura, Gestora y Promotora cultural de la Mixteca Poblana, Locutora y Productora de programas radiofónicos culturales, Maestrante en Literatura aplicada por la IBERO Puebla, enamorada de la palabra, la música, la danza y las plantas.

Yo, de húmeda naturaleza.


Por María Idalia Villalpando Toledo

Cada vez que evoco ese sitio, siento su olor, la humedad en mi piel y respiración, los sonidos de insectos, aves y monos aulladores.

Un espacio donde brota mi energía y se activa de manera sensorial. Río, laguna, mar, lluvia, vegetación exuberante, despliegue de vida; todo lo que amo está ahí, un lugar para liberarme y explayar sensualidad.

Río

Photo by Matt Hardy on Pexels.com
Después de sentirme agotada, llegué a él, 
me desnudé y sumergí,
el agua fría me reconfortó,
acarició todo mi cuerpo,
erizando mi piel,
estimulando mis senos y entre mis piernas,
agitando mi respiración,
para luego secarme afuera,
sobre una roca,
donde un rayo de sol se colaba por las copas de los árboles,
tocándome con tibieza,
haciéndome sentir la vida y a la vez el sueño.

Lluvia


Relámpagos y truenos, insectos zumban a mi alrededor en sintonía con los trinos de las aves, que callan ante el grito del mono aullador, yo parada entre lianas, helechos y los imponentes árboles. 
La lluvia cae y me estremezco, me desnudo, miro hacia arriba, me cae grandes gotas en la cara, veo entre el agua, las ramas y hojas de los árboles sacudirse, un escalofrío invade mi cuerpo en una vorágine de emociones, soy la naturaleza misma que respira por mis poros.
En mis venas corre el agua de los ríos hasta formar torrentes en los latidos del corazón, por fuera cae el agua que escurre por mis cabellos, por el territorio de mi cuerpo, en sus valles y montañas, bajando por el ombligo a la vez que mis caderas, juntándose con la humedad de mi bajo vientre, mis dedos temblorosos de la emoción también llegan a esa zona, juegan, mi calor y respiración aumenta, me pongo tiesa hasta explotar, perder la razón, ser una con la naturaleza, mas fluidos por mi entrepierna, después hay calma.
Descubro, que siempre hice el amor con ella, conmigo, con la naturaleza, con mi naturaleza.

María Idalia Villalpando Toledo
Mexicana

Bióloga, amante de la naturaleza, lectura y escritura.

Ilustración por Iris Arellanes IA

Serena en el mar y la arena | Piel azúcar morena

Somos huellas en la arena desvanecidas por el paso del tiempo

Por Anel Solis

Suave arena se esconde en los cuencos de mis dedos, se esfuma en la efímera espuma de mar

que ha olvidado la marea.

El sol no penetra mi coraza rígida con los rayos ultravioleta; se enternece en mi cutis y colorea mi piel canela.

Brisa tropical indomable, transformada en caballos salvajes de tropillas con poderosa cabellera larga, acarician los vientos de esperanza que soplan los sueños más profundos.

Olas de mar abrazando mi torso, mientras desnudan mi cuerpo y estimulan mi naturaleza. He llegado al clímax; ahora sé que existe el cielo.

Se cierran las ventanas de mi alma. Puedo sentir a los peces nadando entre mis tambaleantes piernas.

Nada hay, solo el inmenso océano y el naufragio en la isla de los recuerdos olvidados, junto a las nostalgias de la tímida nena de pestañas largas.

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Te concibo

Por Anandi Mora Valencia


Te concibo santo. Santidad forjada a base de
cilicios, ayunos y recatos.

Te concibo mente. Mente magnífica, divina;
conductora de portentosa luz enceguecedora.

Te concibo ángel. Ángel enfundado en
transparencias cada vez más sutiles e inefables,
con una sonrisa luminosa, ciclópea, abarcadora
de eternidades.

Te concibo a mi lado. Juntos, poderosos seres
creadores de mundos, mundos inmarcesibles
e inexpugnables; de espacios ignotos, cada vez
más prístinos y espirituales.

Sin embargo y de pronto... entre risas me
recuerdas tu envoltura masculina al susurrarme:
“ultrájame... estoy dispuesto”.

ASTRID PACHECO PEÑA

( ANANDI MORA VALENCIA)

Puebla,México.

Mi inspiración me llevó a escribir prosa corta.

El ritmo secreto de las cosas por Jeanne Karen en La máquina verde

Hice un viaje corto hace unos días al lugar donde crecí, me llevó a recordar que cuando era pequeña encontraba a menudo una sinfonía, la conexión entre el correr del agua de los canales de riego, el polvo que se levantaba con el viento y mis propios pensamientos.

En ese tiempo no tenía una definición, un concepto para describir lo que sucedía todos los días, mientras volvía a casa desde las milpas y las huertas. Era más que nada sentir, percibir, estar callada, encontrarme en paz en un entorno que me parecía idílico.

Después llegaron a mí las hermosas palabras como nostalgia o melancolía. Sin embargo cuando se puede estar en silencio y tomarse el tiempo para escuchar las pequeñas cosas, los sonidos casi insignificantes que pasan desapercibidos la mayor parte del tiempo, no es realmente una sensación que nos lleve a estar melancólicos o nostálgicos, más bien es una especie de interiorización, de descubrimiento.

¿Cómo suena la hierba mientras se mece con el aire de primavera y ese sonido se reúne con la cadencia de nuestro torrente sanguíneo?

Quizás es algo que no tiene nombre o que no se puede nombrar por subjetivo o por complejo, pero a mí me gusta llamarlo simplemente el ritmo secreto de las cosas.

Es la música que conecta los sentidos y nos lleva directamente a la memoria. Hay momentos placenteros, momentos dolorosos, intensos, pero siempre está ahí, ese encuentro, ese rasgo que sobresale. La gota de una fuga de agua, la incipiente formación de un charco sobre los mosaicos, el ruido cristalino de una canica cuando choca contra otra, la hoja que ha sido arrancada de la rama, el agua hirviendo en la hornilla.

Por eso cuando les digo que si desean alguna vez escribir poesía, deben conectarse con ese ritmo, con esa música interna que se presenta solamente para nosotros, para los que buscamos, para los que necesitamos decir con palabras las abstracciones que vienen de un ejercicio intelectual con un ejercicio de percepción y otro desde el uso del lenguaje, pero el último es un tema bastante amplio que trataré por acá en otra ocasión.

Encontrar ese compás es para todo el mundo, para cada persona que esté dispuesta a parar un poco, algunos lo llaman contemplación, meditación, ensimismamiento, distorsión de la percepción del tiempo; entrar en ese ritmo es poseer una atención a los detalles y tener un momento, respirar apenas.

El ritmo secreto de las cosas está en todas partes, en todo momento. Es una llama, algo que mueve a otro algo, materia que enciende la energía de otra materia que ha permanecido en reposo.

Es el estruendo que hace el agua cuando le arrojamos una piedra, es la onda concéntrica que observamos una y otra vez al hacer lo mismo, otra piedra, más ondas, más ruido, que pareciera el mismo, pero que para nuestro asombro nunca lo es, de nuevo, hay que darnos cuenta de la particularidad.

Y si nunca vamos a escribir poesía, también podemos estar atentos a la sinfonía de la vida, al lejano momento en que un tren sale de una estación y no llega su luz, pero llega el ruido terrible de su silbato que rompe la noche y la misma oscuridad.

¿Nos atreveremos a escuchar así, oír cuando se juntan dos ríos que van al mar, cuando unos ojos se cierran y no hay una sola palabra?

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.