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Tramas Humanas | Todos tenemos un poco de Feng Yuan

El mapa de la vocación en movimiento.

Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.

¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?

Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.

Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto?
A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?


Cristian, 28 años.


Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.

En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.

En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.

Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México.
“Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”



Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.

La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.

El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.

Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto?
Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | El amor después de la muerte.

Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.

Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.

Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.

Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?

Así nació esta columna.

Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.

Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”

Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”

Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”

Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”

El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.

Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.

Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas| Desaprendiendo el amor: más allá de los mitos románticos y los roles de género.

Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?

Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.

Los testimonios de un problema común:

Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”

Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”

Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”

Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?

El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.

Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.

El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.

Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.

Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?

La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:

1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.


2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.


3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.


4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.

El amor sin moldes:

Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.

Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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La máquina verde | Llegar a la palabra

por Jeanne Karen

Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.

Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.

Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.

Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.

A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.

Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.

Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.

Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.

¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?

Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.

También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.

En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.

Al inicio fue la palabra poética.

Letras Revueltas|Sacar la voz y hacerla orquesta

Por Illari Alderete

En una ocasión un amigo se enojó conmigo porque le arrebaté la palabra, me sentí muy apenada por hacerlo. Para mí fue una sorpresa encontrarme en esa situación, ya que estoy acostumbrada a que otros y otras hablen por encima de mí. Lo comenté con mi amiga San y ella me dijo “es que provenimos de familias y de círculos en los que para que nos escuchen tenemos que alzar la voz.”¿Por qué hay que alzar la voz para que nos escuchen? 

En otro momento, en un taller de escritura autobiográfica, nos pidieron escribir sobre la historia de nuestras voces. Allí, varias mujeres contamos sobre la vergüenza que sentíamos por nuestra voz; «mi voz es demasiado aguda», «la mía es muy bajita», «la mía es estridente», «la mía no es seria»…

Anne Carson en su ensayo “El género del sonido”, señala que “muchas personas juzgan a las otras debido al tono de su voz. Aristóteles llegó a afirmar que la voz aguda de las mujeres es una evidencia de su disposición malvada, pues las criaturas que son valientes y justas tienen voces gruesas y profundas.” Parecería que estamos lejanas de las  sentencias de Aristóteles, sin embargo, aún hay muchas personas que juzgan, sobre todo a las mujeres, por su tono de voz. ¿Será que hay algo inmanente en nuestro tono de voz, que permita inferir las cualidades de una persona? ¿O se trata, una vez más, de una cuestión de género?

Hace poco, asistí a un conversatorio sobre mujeres y proyectos creativos que involucran a mujeres, para sorpresa de nadie, la mayoría éramos mujeres y se notaba que los pocos hombres que estaban allí, asistían por obligación o necesidad; un hombre dormía plácidamente, mientras nosotras hablábamos, los demás se distraían en sus celulares o en la estructura del recinto. Nuestras voces o nuestros temas parecían no interesarles. Recuerdo que, cuando comencé a hablar, mi voz se quebró y la odié como tantas otras veces.

Según el conocimiento popular, las mujeres hablamos más que los hombres, pero como nos dice Deborah Cameron en Sex and the power of speech (2010), ésto sólo ocurre en ciertas circunstancias, cuando se trata del ámbito informal, las mujeres y los hombres hablamos en igual cantidad, en ámbitos formales; seminarios, reuniones de trabajo, debates públicos, los hombres hablan más. (p.2) Otro descubrimiento importante es que, no es propiamente una cuestión de género, sino de estatus, aunque el género se inserta aquí porque en la mayor parte de las instituciones quienes tienen un mayor estatus y jerarquía son los hombres. En los casos en los que las mujeres hablamos más es porque o somos más mujeres o porque hablamos de “temas de mujeres.” Por lo tanto, las mujeres hablamos menos y se nos escucha menos, en muchas ocasiones, tenemos que arrebatar la voz para que se nos tome en cuenta, pero incluso, esto es mal visto en nosotras porque las mujeres debemos escuchar. (p.3)

En la versión original de la Sirenita de Hans Christian Andersen, ésta posee la voz más maravillosa del océano, sin embargo, al enamorarse del príncipe decide ofrecer su cola de pez, que le permite moverse rápido por el océano, y su voz, para poder ser humana. La Hechicera de los Abismos le dio dos piernas a cambio de un dolor atroz y le dijo que si el príncipe se casaba con otra, ella se transformaría en espuma. Al final, debido a su mudez, no logra que el príncipe se enamore de ella, así que la Sirenita se convierte en espuma, en un ser inmortal que debe ayudar a los otros durante 300 años. El castigo por perder su voz es servir a los otros.

Laura Cardona @laucardona

Al final de su ensayo, Anne Carson escribe que a las mujeres se nos juzga tanto porque es molesto escuchar el sonido femenino como porque decimos cosas que no deben ser dichas; para la cultura patriarcal, la mujer que no habla es virtuosa, pero a costa de qué. 

Volviendo al conversatorio decidí continuar hablando aunque mi voz fuera torpe y mi discurso no recurriera las grandes figuras literarias, a los nombres o a los datos, sino que partiera de mi experiencia. El temor y los nervios se disolvieron con mis compañeras, que complementaban lo que yo decía, incluso en la discordancia. También pensé en que ese; el conversatorio, era una manera muy diferente de hacer, no era una conferencia académica en la que una voz, generalmente masculina, nos ilustra, sino una plática entre mujeres que se interesaban por proyectos de escritura y lectura dirigidos por mujeres; Especulativas, Literata, Poderosas y, claro, La Coyol Revista.  En el que había un diálogo, una escucha y una respuesta constante, de eso se trata el lenguaje, de conectar con otras y otros. Por eso tiendo a alejarme de las personas que solamente quieren hablar, pero no escuchar. En esos momentos prefiero guardar silencio.

Por el contrario en la mitología griega, existen seres femeninos más ruidosos y letales como las mismas sirenas de laOdisea, quienes con su canto prometen sabiduría y conocimiento. La Medusa, de cuya garganta, al ser decapitada por Perseo, nació el Pegaso, un ser indomable y que está relacionado con la poesía. No obstante, también existe el riesgo de la voz sin sustancia, que es lo que le pasa a la ninfa Eco, quien era elocuente e ingeniosa, pero utiliza su voz para encubrir las infidelidades de Zeus. Hera, al descubrirla, la condena a repetir los discursos ajenos, pierde la agencia sobre su propia voz. Por eso es importante seguir nuestro propio camino. Como dice Ana Tijoux: 

“Respirar para sacar la voz

Despegar tan lejos como un águila veloz

Respirar un futuro esplendor

Cobra más sentido si lo creamos los dos

Liberarse de todo el pudor

Tomar de las riendas, no rendirse al opresor

Caminar erguido, sin temor

Respirar y sacar la voz.”(Sacar la voz, 2011)

Sacar la voz, aunque duela, aunque lo que se dice no quiera ser escuchado, sé que al momento de evaluar los discursos que pronunciamos las mujeres o se nos ignora o no se nos presta atención, porque es lo otro, lo que parece únicamente del mundo de las mujeres; los cuidados, el cariño, el respeto, las relaciones humanas, o nuestros discursos se señalan por imperfectos, pues no cumplen con los estándares académicos y masculinos, o porque simplemente son feos, la voz muy aguda no merece ser escuchada, aunque eso entrañe misoginia y no nos cuestionemos de dónde viene esa idea. Nuestro modo de hacer y decir, es diferente. Alejandra Pizarnik lo muestra en La palabra que sana:

"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa."(Infierno musical, 1971)

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

Cartografías del Instante| Las manos

Las Manos

Por Anyela Botina

1.

Abrir las manos es un gesto para decir amor, lo que nadie sabe es que abrir las manos es escarbar una grieta.
¿Sabías que el corazón tiene la misma forma que el puño de una mano? Me lo dijiste una vez—¿lo recordarás ahora?
Hay una palabra aún innombrada, hecha de aquello que habita en una mano abierta.
Abrir las manos, sentir el vacío, rozar su rostro helado para comprobar, una vez más, que tocar un recuerdo y darle forma con mi mano llena de vida y de abrigo solo lo desmorona al tacto.

2.

El día que te fuiste,
borde un pequeño amuleto,
lo envolví como a un recién nacido
y lo puse en tus manos.
No sé si lo olvidaste en algún rincón,
quizá frío, quizás solo.
No sé si logró cuidarte,
o si fuiste tú quien cuidó de él.
No sé si aún te acuerdes
que un día pude
como la tierra a la semilla
como mi mano al corazón.
Abrigarte.
No sé si aún te acuerdes,
que nuestro amor fue así.
y aunque tu no lo hagas,
abrigo tu recuerdo,
lo arropo en telas de colores,
y te espero,
aunque,
no vuelvas.

3.

Herede tus manos y el frío,
la mirada de espanto cuando llega el viento
y abre grietas en la casa.
La misma manera de decir amor,
un eco impronunciable
en la boca de mi estómago.
Una grieta puede ser una casa;
tú la habitaste y le diste un nombre,
no con la mirada ni con la boca,
sino con las manos,
nacida entre tus dedos,
entre el frío de las sábanas
donde dormías.
Heredaste un lienzo en blanco,
una grieta habitada por la nada,
una casa en tus manos.

***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇

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Los árboles y las pantallas que me rodean | De un paseo al terror poético

Por Mijal Montelongo Huberman

Cualquiera puede imaginarse un paisaje en la naturaleza. Una imagen estática y pacífica con pastos, algunas hierbas y árboles. Tal vez haya alguien que le agregue algún animal, un cielo azul, un poco de niebla o nubes. Otras personas visualizan una playa con el agua en movimiento. Estas imágenes son tan atractivas que muchas piensan en irse de vacaciones a un lugar con el paisaje que más les guste, algunas incluso lo llegan a hacer.

Esta visualización de imágenes y deseos puede deberse a que queremos un descanso de la vida cotidiana urbana en un entorno tan diferente como lo puede ser la naturaleza. A pesar de que hay personas que sueñan con escapar de la rutina, pocas realmente deciden pasar mucho tiempo directamente en la naturaleza (no en un hotel al lado de la playa o en una cabaña en el bosque) y hay menos aun que decide vivir en ella. Es más común dar un paseo, dedicarse al senderismo o acampar un par de noches. Todas estas actividades son de una corta duración y permiten disfrutar de manera somera la naturaleza. Yo he hecho algunas de ellas y las he disfrutado. Aunque lo que también hace que me hayan gustado es que sé que voy a regresar pronto a mi casa.

El libro Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay y la película homónima de Peter Weir empiezan con una idea relacionada a ello: unas maestras llevan a un grupo de alumnas a la formación geológica de Hanging Rock en el sureste de Australia para celebrar el día de San Valentín. Como su título lo indica, van a ir de picnic. El plan suena tranquilo y agradable. Las alumnas y las maestras están emocionadas por la salida, como también yo lo estaría. Un cambio de paisaje como ese permite asombrarse con las vistas novedosas. Se pueden descubrir colores, patrones y especies que no imaginábamos. Nos damos un tiempo para reflexionar, contemplar y disfrutar el momento.

El misterio y la armonía que la naturaleza muestra desde lejos son demasiado atractivos para no indagar más en ella. Eso fue lo que pasó en el libro: unas cuantas alumnas se van a explorar los alrededores de donde hacen el picnic.

Lo inquietante de la historia es cómo un lugar idílico y lleno de luz en donde las personas piensan relajarse y disfrutar del día, tal como se muestra en la pintura En Hanging Rock de William Ford, se convierte en un sitio marcado por la tragedia. Las alumnas exploradoras no regresan. De igual manera, una maestra no vuelve a ser vista después del picnic. Aunque una de las alumnas desaparecidas es encontrada unos días después, no es de mucha ayuda para localizar al resto que no dejó ningún rastro ni explicación de su ausencia.

¿Qué pasa cuando un lugar obtiene mala fama? Por mala fama me refiero a sitios donde han pasado cosas inexplicables o que es peligroso estar en ellos tanto para personas como para otros animales. Si lo pensamos más, ningún lugar carece de estas dos características. De hecho, las desapariciones de las alumnas y la maestra relatadas en el libro son tan verosímiles que por esta razón mucha gente que lo lee piensa que se está describiendo un suceso que en verdad pasó.

A raíz de la desaparición de las alumnas y la maestra, las personas del pueblo cercano generan cierta obsesión con el suceso y, en algunos casos, incluso con el lugar. Éste es objeto constante de noticias y rumores. Hay quienes lo evitan y quienes regresan a él para tratar de descifrar qué fue lo que pasó y encontrar a las desaparecidas.

En vez de que se recomiende ir allí, se advierte de incursionar en él. Un halo precautorio se concentra a su alrededor. La naturaleza como ente misterioso y desconocido se visualiza como peligrosa. Sin embargo, a pesar de los accidentes y tragedias, la gente sigue generando una imagen fantasiosa de la naturaleza y continúa explorándola.

Hay que darnos cuenta de que esa imagen que nos formamos de un paisaje pacífico está maquillada, ya que puede poseer todos los elementos que le atribuimos (plantas, animales, cuerpos de agua y ciertos relieves). No obstante, resaltamos los elementos que más nos gustan y escondemos (u omitimos cualquier referencia) a los que son menos estéticos, a los que desconocemos o a los que nos dan miedo. Cuando se le quita el maquillaje, ya sea al leer una noticia trágica o al tener una mala experiencia, nuestra imagen de la naturaleza se puede tornar terrorífica e inhóspita. 

La naturaleza puede ser impredecible. En un momento puedes estar subiendo una montaña mientras piensas en lo pesado de tu mochila, en lo diminutos que se ven los edificios, en el viento que te acaricia la cara o en el sol que te escuece en la nuca. Unos minutos después se nubla y llueve a cántaros. Tú y tus acompañantes se detienen para considerar sus próximos pasos. Al momento siguiente, deja de llover y sale el sol. Continúan la subida. Pisas una roca inestable por la ligera capa de lodo que se formó. Te caes. Pones las manos para detener la caída y se raspan. El costado de la cara se golpea atropelladamente contra una roca. Te sientas. Deciden que es oportuno descansar. Mientas bebes agua, observas la cobija verde de diferentes tonos con la que los pinos cubren las montañas. Respiras el viento frío y sientes cómo poco a poco tu respiración se va calmando. En uno de los árboles cercanos ves un pajarito brincando de rama en rama. La naturaleza puede ser hermosa.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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Escribiendo sobre lo que nació para ser escrito | No son tiempos de pelear

Hola, querido lector, ¿cómo estás?

Vuelvo a ti después de mucho tiempo, lo sé, y te pido una disculpa. Empiezo a pensar, sinceramente, que debería cambiar el nombre de esta columna a La columna invernal , por lo esporádica que es y porque, casi siempre, termino escribiéndote en diciembre.

En fin, después de esta sincera disculpa, te saludo con mucho amor.

La Ciudad de México ha estado muy fría últimamente. Hoy por la mañana escuché a papá decir: «¡Estamos a 10°!». ¿Puedes creerlo? Las ventanas de mi cuarto están ligeramente cubiertas de vapor y, por lo nublado que está el día, es imposible ver más allá de mis cortinas grises. Faltan nueve días para Navidad; sí, ya sé, el año se fue en un abrir y cerrar de ojos.

Quiero contarte que, casi siempre en estas fechas —y creo que también es el interés de muchos de los que conozco—, celebramos. Por eso, desde hace un tiempo, empecé a planear una reunión con todas las personas que nos acompañaron a mi familia ya mí este año. Pero la realidad resultó muy distinta.

Yo, bueno, soy escritora. ¿Qué te puedo decir? Siento las emociones tal cual, como si las estuviera escribiendo en ese mismo instante un gran poeta. Y mi mamá, bueno, ella es mamá de una escritora; de algún lado debía heredarlo.

Sin afán de hacer de esto un diario de mis problemas ni aburrirte con pláticas tediosas de familia, no nos pusimos de acuerdo y la reunión se canceló.

¿El problema? En parte, el primero fue informarles a nuestros amigos y a la familia que no iba a poder ser; mis amigos ya incluso tenían listo su regalo de intercambio. Y el segundo —el más importante, claro— fue que esto desató una caída de dominó de todo lo no dicho durante el año. Una caída en la que lo único que gobernó fue el ego y la poca empatía, llevándonos a no hablarnos.

Sí, en diciembre.

Porque cuando uno está enojado se vuelve necio, tercamente necio. Tanto, que en mi casa se azotaron dos puertas al mismo tiempo, cada cuarto se volvió una trinchera y cada humano, un guerrero en lugar de familia.

Sutilmente, papá interrumpió mi trinchera y, después de escucharme llorar por horas —sobre mi enojo, sobre lo injusta que para mí parecía la situación—, me dijo:

—Mira el día. Es diciembre.

Era inevitable que yo me diera cuenta de que era diciembre. Lo sabía incluso antes de mirarlo: diciembre ya venía haciéndose presente en mí. Traigo puesta una pijama navideña y, en los pies, unas botitas rojas y blancas que gritan que la Navidad está cerca; con ellas podría recorrer el Polo Norte. Aunque, si mi novio leyera esto, diría que estar con esas botas —las mismas que él también tiene— se siente como andar descalzo.

Mi casa está llena de adornos navideños. En la sala hay un árbol gigante —al menos así lo siento—, cubierto de rojo y blanco, y a sus pies descansan infinidad de regalos que llevan, repetidos una y otra vez, los nombres de quienes amo.

—Continuó papá—: viene Navidad y Año Nuevo. No es tiempo de pelear.

Y fue ahí cuando el balde de agua fría cayó sobre mí.

Entonces, ¿qué es la Navidad? Porque yo estaba cubierta de ella y no la sentía. Mi casa estaba decorada de ella y, aun así, la hostilidad que la habitaba no la dejaba verse.

Y aquí es donde te pregunto —o me pregunto—, querido lector: ¿serán acaso estas las vísperas de la Navidad?, ¿será esto el espíritu navideño? No planeo escribir un cuento donde todo cambie de forma esporádica ni donde la magia llegue de la mano de Santa Claus.

La Navidad no viene de cargarla encima ni de decorar tu casa. Viene de todos esos árboles que viste en la sala desde que eras niño; del esfuerzo de ese Santa Claus que hoy sabemos bien que siempre fueron nuestros padres. Viene de la familia picando manzana para la ensalada, de quienes se sientan a la mesa contigo, aunque apenas pruebes una pizca del banquete o de lo poco que haya.

La Navidad viene de lo que se siente.

No de la trinchera que armas,
no del enojo,
no de las mil fiestas.

La Navidad es aprovechar lo que el año nos dio y celebrar que seguimos juntos. Porque qué injusto sería cargarle a una sola fecha la responsabilidad de la paz.

No es tiempo de pelear.
No en diciembre.
Nunca.

Feliz Navidad, mi querido lector.
Vive con quienes más amas y no solo te adornes: adóralos.

Con amor,

DAyis.

Dayane Ortiz

Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 21 años y soy una estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente.
Gracias por leerme, mi querido lector.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|A la hora de dormir

Por Tania Farias

La rutina estaba bien rodada. Cuando llegaba la hora de dormir, lo acompañaba a cambiarse en pijama, lavarse los dientes y después, venía el momento de elegir el libro que leeríamos esa noche. Una vez la decisión tomada, los dos nos metíamos bajo las sábanas y modulando diferentes voces, según los personajes, le leía unas páginas, mientras él escuchaba con atención. Después, encendía, a volumen bajo, una música de cuna, apagaba la luz y me quedaba a su lado hasta que los compases de su respiración se volvían lentos, profundos y regulares. Entonces, con cautela, me levantaba y me salía de la recamara.

Muchas veces, bien avanzada la noche, lo sentíamos llegar a nuestra habitación y meterse entre las sábanas en medio de mi marido y de mí. De manera automática nos acomodábamos para dejarle un espacio suficiente y continuábamos durmiendo. Poco a poco el pequeñín fue creciendo y pronto nos encontramos apretados a la hora de dormir, obligando a mi marido o a mí a buscar un espacio mayor en la cama abandonada por mi hijo.

Quienes tienen hijos quizás compartan la misma opinión que yo tengo: dormir con un niño puede ser agotador, pues no faltan, en medio de la noche, los manotazos, las patadas y los empujones. De repente, te encuentras confinado en un diminuto espacio en la orilla de la cama, luchando por no caerte o por recuperar un poco de cobija. Sin embargo, a pesar de las incomodidades que representa un niño en tu cama, despertar y sentir su cuerpecito tibio contra el tuyo, escuchar el sonido de su respiración suave y armónica y el poder acariciar su carita serena mientras sueña es un placer que hace que olvides el malestar y que te llena el alma y te alegra el corazón.

Ahora que mi hijo se acerca a la adolescencia y ha elegido dormir las noches enteras en su propia cama, no puedo negar que en ocasiones me llega la nostalgia por esos momentos cuando después de la rutina de preparación (pijamas, lavado de dientes, lectura) se cuestionaba a sí mismo dónde dormiría: en su habitación o en la nuestra. La verdad, llegó un momento en que ya ni siquiera se lo cuestionaba, sino que de manera arbitraria se adueñaba de nuestra cama y determinaba si papá o mamá dormirían con él. El otro, el no elegido, se resignaba a pasar una noche solo, pero bien descansado, pues sin importar que solo fueran dos en la cama, el más pequeño sería el rey y ocuparía la mayor parte de la superficie.

La rutina de preparación para dormir incluye, ahora, el acompañarlo a su cuarto, apagar la luz, arroparlo y robarle un beso. Recientemente se me ocurrió acostarme por un momento junto a él para volver a vivir la sensación de tenerlo cerca de mí. El ensayo fue recibido con “quejas” entre risas, pues expresó que no había espacio suficiente con los dos en una cama individual. De cualquier manera, me quedé un momento y aproveché cada segundo abrazándolo y robándole besos.

Cuál fue mi sorpresa cuando al siguiente día al acompañarlo para apagar la luz, se corrió hacia un costado y abriendo las sábanas, me dijo: ¿te acomodas? Esa noche estaba cansada y deseaba irme a dormir, pero una oportunidad como esas no podía ser desperdiciada, así que de inmediato me acurruqué a su lado y me quedé allí hasta escuchar cómo su respiración se hacía cada vez más profunda y espaciada.

Desde ese día, la rutina para dormir incluye una acurrucada juntos. No importa cuán cansada me sienta, no estoy lista para perderme un día sin abrazarlo y sentir su olor aún de niño, mientras el sueño lo vence y yo me convierto en su veladora por algunos minutos.

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Versátil : La libertad de pensar

La infantilización de la mujer


Osmara Rodriguéz

La infantilización es por definición el acto de tratar a alguien como si fuera un infante, dándole cualidades de una edad mucho menor de la que es. Desgraciadamente esto se ha perpetuado mediante prácticas degradantes sobre la mujer . Y es que lo hemos visto tanto que lo hemos llegado a normalizar

En los medios de comunicación se podría describir como el sueño masculino de una mujer-niña , que sea seductora e inocente al mismo tiempo , piensan y son productivas solo cuando al autor le parece conveniente. Una energía infantil o de adolescente con una torpeza adorable que parece haber nacido ayer, un cuerpo atractivo, que no tiene rasgos físicos de la madurez, carece de arrugas ,canas o vello corporal.

Este es el estereotipo con el que muchísimos personajes son escritos en el cine, literatura y televisión, donde la mujer queda reducida ser una pequeña “cosita” a la cual se le puede faltar al respeto ; mencionó la falta de respeto porque este estereotipo es visible hasta en la industria pornografica esta muy presente ,el género teen y “virgenes”,mujeres adultas fingiendo ser pequeñas inocentes colegialas o hijastras

Aunque se quiera pensar que este fenómeno es meramente un producto de ficción sus consecuencias en el mundo real afectan a las mujeres reales.

Ejemplo de ello es que somos educadas dentro de un modelo donde el miedo a envejecer es un pan de cada día, adolescentes con cremas antiarrugas, mujeres en sus 20s usando botox a la hora del desayuno, ropa infantilizada para el consumo de adultas.

La idea de ser pequeña y necesitada de protección está siendo vendida al por mayor, diciendo que nuestras parejas hombres hacen “verdaderos trabajos de adultos” como si nuestras labores diarias fueran cosa de niños. Minimizando la capacidad de aprendizaje,producción y creación de las mujeres.

Y todas estas situaciones solo siguen marcando la barrera educativa y económica, porque al no ser percibidas como iguales sino como “pequeñas” e “inocentes” nuestras contribuciones,emociones, trabajos,protestas y obras han y seguirán siendo tratadas como meramente infantiles.

Y es que la idea de conectar con nuestra infancia está bien, pero a medida que crecemos también es necesario concretar una plena madurez emocional. Y entender que no por usar ropa rosa y llevar una hello kitty como llavero (se los dice una mujer que lleva puestos unos aretes de burbujas al escribir esto) significa que debas actuar como si tuvieras 10 años para que los hombres te aprueben y protejan .

Pese a la gran lucha y cambios sociales de las últimas décadas en la actualidad se nos vuelve a vender e inculcar el rol de mujer “inocente” y “tradicional” que es esencial para una sociedad patriarcal dado que de esta manera necesitarán a un hombre como en los siglos pasados.

Para el modelo patriarcal si estamos en una mayor igualdad de condiciones la mujer ya no necesitará al “protector” para sobrevivir, por ende no necesitará dejar pasar las cosas desagradables,los maltratos físicos y verbales ,infidelidades, solo para tener a este hombre “benefactor” y así los hombres no necesitarán esforzarse tanto .

Es importante recordarnos que no necesitamos ser la fantasía de la mujer infantilizada, ni debemos permitir la hipersexualización de las niñas ,somos seres completos que pasan por cambios naturales y merecemos respeto en cada una de nuestras etapas.

Colaboraciones| Punzadas


Por Daniela Perlín Vega

Punzadas

Queda poco tiempo para escribir el punto final en la última libreta que me queda, de entre tantas que me obsequiaste. No voy a quemarlas, sería un desperdicio de palabras, de mi dolor punzante en la muñeca izquierda. Soy zurda. Solo escribí cosas ciertas, pues son mis diarios, y también porque, en alguna contraportada me dejaste una nota, donde me pedías que fuera sincera contigo y con las hojas en blanco. Suelo ser complaciente. No le oculté nada a ese montón de papel, ni a ti. 

Supongo que somos lo que le regalamos a los otros. Todo cuaderno tiene un límite de espacio y tú igual. Ya no me escuchas, has dejado de hacerme preguntas y sé que no quedan más líneas donde yo pueda explayarme. Entérate, no soy de las que ruegan. Así que voy a cerrar la libreta luego de trazar el punto final en la última página y compraré mis propios cuadernos. Me niego a desperdiciar mis palabras en tus oídos hartos, porque hablarte se siente igual a escribir sobre páginas que alguien más terminará tirando al fuego, para que se consuman en el olvido.

Mis letras no son cenizas, sino dolor en la muñeca izquierda y unas cuantas punzadas de mi vida, esa que, si bien a ti ya no te interesa, a mí sí que me importa. 

Daniela Perlín Vega, Ciudad de México, 1997. Licenciada en Filosofía. Ha colaborado en Punto en Línea UNAM, Campos de Plumas, Marabunta, Espejo Humeante, la Gaceta de la UAQ, entre otras. Mención honorífica en el III Concurso Nacional de Cuento “Cuéntame uno de muertos” del Canal 22 en el 2017. Ganadora del concurso “Cartas de amor y desamor 2022” de Ifreedoms y Foro Shakespeare. Finalista en el Concurso Nacional Mexicano de Cartas “Te quiero decir…” 2023

Vaciar una montaña | De qué se trata escuchar a Juan Gabriel

Por: Samia Badillo

Llegamos temprano, a eso de las 7:30. Lanzo una pregunta a Raque, como una indagación: ¿Por qué venimos a ver este concierto al zócalo, si sabemos que es una grabación? ¿Por qué no verlo desde la comodidad de nuestra casa? Ella me dice: quizá por este sentido colectivo; queremos participar de este concierto con otros, por la pertenencia. Además, a muchas de las personas que estamos aquí nos hubiera gustado vivir un concierto de Juan Gabriel, especialmente ese de Bellas Artes. Entonces, esto es como vivir ese concierto.

Yo asiento. Estoy de acuerdo con su respuesta y me abro a la experiencia. Yo no soy una fan acérrima de Juan Gabriel, aunque, como todo mexicano, traigo en mi chip integradas muchas de sus canciones. Más bien iba por la intuición de que este era uno de esos eventos grandes que una no se podía perder. Y ciertamente quería bailar el Noa, Noa en la plancha del zócalo. 

En honor a la verdad, también quería distraerme un poco de mí misma y de mi tristeza, que además es una tristeza que se me viene como una avalancha. En realidad, el 70% del día tengo que estar rindiendo en el trabajo y no me permito estar triste. No es que no pueda, sino que no me dejo. Entonces vengo postergando esa tristeza, y lo que menos quería hoy en el concierto era abrirla. Pero fue total y absolutamente inevitable.

Empieza el video. Lo primero que nos encontramos es la voz de Juan Gabriel diciendo que el concierto se está grabando y que deja ese registro para cuando él ya no esté. Eso me conmovió profundamente, porque Juan Gabriel, de alguna forma, ya tenía en ese entonces esa conciencia de la muerte. Y no solo eso: sabía que estaba dando algo muy valioso a los mexicanos. Para siempre. Y justo ahora estábamos en ese momento: él ya no está ahora con nosotros, pero, de alguna forma, sí está, porque están sus letras y su ímpetu; porque su voz trascendió el tiempo. Fue ahí que empecé a abrir un canal.

Después apareció Juan Gabriel, vestido con un traje blanco de lentejuelas, caminando y contoneándose en el escenario. Ovaciones en Bellas Artes, pero también en el zócalo. Pienso en que en 1990 los asistentes con sus mejores galas en Bellas Artes no se imaginaban que un día estarían reunidas tantas personas en el zócalo de la Ciudad de México reviviendo ese momento. Y justo, eso me conmovió también: durante la proyección, pusieron cámaras que enfocaban en pantalla grande a algunos asistentes del Zócalo. Escuchar y ver a Juan Gabriel en pantalla grande, pero a la vez ver la reacción de las personas en vivo, fue movilizador. Creo que ver cómo la gente se dejaba sentir esas canciones fue de lo que más me conmovió del concierto. Empecé a ver los rostros y decía: son rostros muy afines, son rostros mexicanos. Tenemos muchos tonos de piel y de muchos colores, y reconozco en ellos a familia mía, a la gente que amo, y a mí misma.

Ver señoras, señores; ver mujeres con hijos, ver parejas LGBT que se abrazaban, ver personas caracterizadas como Juan Gabriel, fue realmente muy hermoso. 

Empezaron las canciones. La tercera: Yo no nací para amar, nadie nació para mí, tan solo fui un loco soñador, nomás…” era la hipérbole que necesitaba para llorar. Veía los rostros de la gente en el Zócalo, la gente a mi alrededor y en las cámaras; cómo vivían esa canción, cómo se enternecían y lloraban también. Entonces esa respuesta que me había dado Raquel se convirtió también para mí en otra cosa: estábamos todos convocados en ese concierto sabiendo que Juan Gabriel no estaba ahí en cuerpo, pero sí estaba en arte, para una cosa gigantesca: dejarse sentir. Juan Gabriel, me dije, es un habilitador de la emoción. 

Después vino un popurrì con letras: No tengo dinero, ni nada que dar, lo único que tengo es amor para dar” “Buenos días, alegría (buenos días, señor Sol), Buenos días al amor (Bueno días ah ah)”  y yo decía, bueno, esto está en una frecuencia un poco màs calmada, hasta optimista. Pero de ahí vinieron otras canciones: Ya lo sé que tú te vas/ Que quizás no volverás / Que muy tristes hoy serán/ Mis mañanas si te vas…adiós, amor…”

Y ahí otra vez: ver gente en la pantalla viviendo la canción. Ver los ojos llorosos. Ver los ademanes de quienes iban con el chaleco negro con lentejuelas doradas que en en la segunda parte del concierto ya se había puesto Juan Gabriel. 

Para ese momento, Juan Gabriel ya había hecho gala de su voz, de sus tonos altos, de sus movimientos excéntricos y por supuesto que de su entrega total al escenario. Es un verdadero show man, me dice Raquel. Yo estoy asombrada. 

Llega querida: empieza quedito, como una invitación: querida, cada momento de mi vida, yo pienso en ti más cada día…mira mi soledad, que no me sientqa nada bien… pero después es el grito de dolor: querida, hazlo por quien màs quieras tù, yo quiero ver de nuevo luz en toda mi casa, oh, oh… ahí ya es un clamor de las entrañas que una ya no puede obviar. 

En varios momentos del concierto Juan Gabriel hace silencios para que en Bellas Artes coreen las canciones y eso mismo hacemos en el zócalo. Incluso los movimientos. Estamos siguiendo a Juan Gabriel, alzando las manos, bailando. Como si él nos viera o nos sintiera. 

Se va acercando el final. Juan Gabriel canta Viva México. Y yo no puedo evitar soltar el llanto también ahí. Repite: Viva México. Viva México. Mientras enfocan las caras de los asistentes. Mientras una ve la bandera ondeando. La catedral. El palacio nacional. El chico de los elotes que hace una pausa en su venta, se hace un elote y se sienta sobre su bici a disfrutar del concierto.

Una canción más. Tristeza. Y se apaga la pantalla. ¿Qué voy a hacer con este viaje emocional? le digo a Raque. Pero pronto sale el mariachi, que canta otras canciones. Entre ellas, el Noa, Noa. Que sí pudimos bailar. El concierto acabó con fuegos artificiales en el cielo. 

No dejé de pensar al final —venía platicando con Raquel y llorando, todavía llorando— que las letras de Juan Gabriel, que en algún tiempo me parecieron hasta exageradas, lo que habilitan es no sentirnos mal por sentir. La importancia que tiene Juan Gabriel en la emocionalidad mexicana es precisamente esa: que él, quizá en esto que yo llamo hipérbole y otros llamarían melodramatismo, es esa figura que no tiene miedo de su intensidad: la vive, la pone en frente, la expresa y con ello te convoca a sentir.

Te convoca a abrirte, a llorar, a emocionarte. Y a emocionarte y sentir no solo esa tristeza de Yo no nací para amar, nadie nació para mí, sino también ese gozo de decirle a alguien que te dejó Ya no quiero nada, nada, nada, nada… o la alegría por vivir y pasarla bien de Este es un lugar de ambiente, todo es diferente. Todo ese viaje emocional, Juan Gabriel lo habilita para que tú lo sientas.

Se me hace hermosa la imagen de un Zócalo lleno queriendo sentir y honrando el vehículo que es Juan Gabriel para emocionarnos. Se me abrió el corazón a decir: qué bonito México, que a pesar de las noticias tan tristes, tan devastadoras —apenas pasó en septiembre, la pipa que explotó bajo el puente de la concordia; en octubre las lluvias en la huasteca y Veracruz; en noviembre la muerte del alcalde de Uruapan—, este México dolido tiene una vía de expresión para sentir. Y Juan Gabriel es uno de esos canales que lo habilitan.

Se me hizo un milagro este concierto. Me pareció muy hermoso también el discurso que da Juan Gabriel de que no se compara con Tchaikovski o con Beethoven, pero que estaba ahí, ocupando ese espacio, ese lugar. Porque hay compositores clásicos que en su tiempo fueron música popular (y así como pasó también con la literatura). Y él así se reivindica, como diciendo: yo soy popular, pero lo que ahora es popular, será después un clásico. Al principio del concierto pasan en el video recortes de periodico diciendo “Bellas Artes se va a volver el nuevo Teatro Blanquita”. ¿Còmo iba a Juan Gabriel ocupar ese lugar? Pues así, con su presencia, que da el mensaje de “no tengo que avergonzarme por quién soy, ni de dónde vengo, ni de qué represento” en el recinto de Bellas Artes.

Cuando el director de orquesta lo abraza al final del concierto, es como ese abrazo entre la música culta y la música popular que se fusionan. Es la validación total. Lo que antes era popular ahora se convirte en clásico, porque lo popular se juzga desde un lugar de cultura ‘culta’, pero lo que cambia son las posiciones de poder que dan esos lugares, que designan qué es «culto» y que no; pero el arte trasciende esas categorìas desde el poder.

Esa es una imagen muy poderosa. Que Juan Gabriel haya cantado en Bellas Artes es arte por sí mismo. Así que lloré, lloré mucho. Evadirme de mis sentimientos no salió como yo esperaba; en realidad, nunca los evadí en ese concierto. Terminé arrasada, movida. Terminé habilitada para sentir.

Veinte años después de haberlo tildado de exagerado, entiendo con más empatía y humildad de qué se trataba escuchar a Juan Gabriel.

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

Ella

Por Madelaine BO.

La conocí y no era como la pintaban, incluso podría decir que somos un poco similares. Carácter fuerte y determinante Ella como una Rosa en todo su esplendor, es bella y llamante de atención.

Pero hay que tener cuidado si no la sabes sostener, se sabe defender con esas espinas que la protegen de cualquier ser; su carácter y temperamento nada sutil ni hodierno.

Se que algún día podremos congeniar, después de todo no somos embusteras. Y aquí estamos sin ninguna falacia… Solo el tiempo nos llevará a un futuro incierto. No se si será bueno o malo solo espero que no sea pesado.

Después de todo yo cuido uno de sus grandes tesoros … Se que no es un cariño igual, pero sé que no la voy a defraudar.

«Èl me gusta mucho.
Es como un jarrito de café en las mañanas.
Cómo una tortilla recién hecha.
Un taquito de sal.
Me gusta tanto, como el mole rojo que hacía mi abuela.
Cómo los dulces de leche que compraba en la feria.
Lo veo y es como un atardecer de mi infancia, cuando el sol se iba poniendo entre los surcos de la milpa y olía a tierra mojada.
Desearía echar raíces en su espalda, sembrarme entre sus manitas y verme retoñar.
Es para mí corazón, cómo un atolito de avena y tus besos como un pedacito de pan.
Tan delicioso en mi vida, como un tamalito de verde, cómo cajeta dulce en los días amargos.
Me gusta tanto, como para firmar un contrato sin leer las consecuencias.
Es èl, cómo un mango con limón y chilito una tarde fresca.
Cómo todo aquello que soñaba cuando era pequeña y que de grande pude cumplir.»

Y aquí estoy dejando mi pecho al descubierto para hacerle saber todo lo que siento.