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Tramas Humanas | Todos tenemos un poco de Feng Yuan

El mapa de la vocación en movimiento.

Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.

¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?

Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.

Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto?
A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?


Cristian, 28 años.


Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.

En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.

En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.

Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México.
“Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”



Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.

La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.

El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.

Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto?
Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | El amor después de la muerte.

Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.

Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.

Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.

Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?

Así nació esta columna.

Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.

Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”

Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”

Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”

Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”

El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.

Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.

Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas| Desaprendiendo el amor: más allá de los mitos románticos y los roles de género.

Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?

Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.

Los testimonios de un problema común:

Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”

Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”

Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”

Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?

El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.

Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.

El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.

Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.

Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?

La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:

1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.


2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.


3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.


4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.

El amor sin moldes:

Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.

Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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La máquina verde | Llegar a la palabra

por Jeanne Karen

Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.

Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.

Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.

Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.

A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.

Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.

Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.

Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.

¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?

Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.

También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.

En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.

Al inicio fue la palabra poética.

De recuerdos, aventuras y reflexiones|El resonar de la memoria

Por Tania Farias

Sucedió durante una actividad simple, del cotidiano: deslizaba con flojera las imágenes de mi Facebook. Un ícono en lo bajo de la pantalla me informó que tenía notificaciones pendientes. Una de ellas era el recuerdo de un verano pasado. Había sido un viaje familiar en el que tuvimos la fortuna de disfrutar de una deliciosa comida, en un bello restaurante. Como de costumbre, después de ver las imágenes publicadas, abrí los comentarios que mis amigos habían dejado en aquel momento. Al principio todo era risas, pues no faltaba aquella nota jocosa a la cual me había dado el tiempo de dar una respuesta similar. De repente, saltó a mi vista un comentario sencillo y corto que exaltaba lo delicioso que lucía el platillo que había fotografiado. Me di cuenta de que no había dado una verdadera respuesta a ese comentario; había, tan solo, marcado una reacción. Pensé por un instante en responder algo, pero fue cuando, lo absurdo de la situación, me provocó unas súbitas ganas de llorar.

Cierto, qué absurdo el querer llorar por un mensaje en Facebook. Mas no había sido el mensaje en sí el que me provaba tal reacción, sino el darme cuenta de que de nada valdría escribir un comentario de regreso. La razón no era porque habían pasado ya varios años desde el evento, sino que quien lo había escrito jamás podría leerlo. Ella había fallecido algunos meses después de aquella publicación. Se había ido de una manera silenciosa, rápida, sorpresiva, injusta, sin darnos ni siquiera la ocasión de volver a vernos. Tan solo su huella se había quedado plasmada en aquel comentario al cual no había dado una respuesta mayor.

Como una loza que caía sobre mí, fue tal vez ese momento en que el vacío de su ausencia se sintió con un peso oprimente que me invadió por completo. En un instante me di cuenta de que jamás volvería a conversar con ella, que nunca más escucharía sus argumentos llenos de sensatez, de conocimiento; que ella nunca más estacionaría mi automóvil como una experta en un espacio tan justo que cualquier movimiento de más podría golpear a los otros carros; que nunca más podría llegar a su casa de imprevisto y tampoco me recibiría con un abrazo lleno de amor, un café y anécdotas; que nunca más tendré un Me gusta de su parte en mis estados de Facebook, ni algún mensaje positivo. Nuestros hijos no volverán a jugar juntos, ni patinaremos durante el invierno en alguna de las pistas de la ciudad. Y es justo ahora que me doy cuenta de su ausencia y del peso que dejó ese adiós que nunca nos dimos.

Se dice que el duelo es un proceso y que tan solo el tiempo puede ayudar. He perdido a varios seres queridos a lo largo de mi vida y he aprendido que ningún duelo se vive de la misma manera. No es lo mismo perder a una madre o a un padre, o a un abuelo o a una amiga.

Algunos duelos se viven con tanta intensidad en el instante y en los meses siguientes, sin que nada pueda aliviar el dolor; otros se viven con la cabeza y se acepta con mayor facilidad la partida de esa persona, pues las circunstancias nos proveen con elementos que nos permiten comprender que todos tenemos un ciclo que cumplir y que esa persona, por más amada, había cumplido con el suyo; y otros, nos cimbran, pues la cercanía de edades, nos sacuden como una ráfaga de viento a una hoja de árbol. Son esos duelos los que nos hacen cuestionarnos sobre la vida y la muerte, los que nos llenan de miedo. Y hay aquellos, en los que a pesar del tiempo transcurrido y que creamos que el dolor se ha convertido en una gota de lluvia a la que no le queda mucho tiempo antes de evaporarse, un suceso, un comentario, una imagen, un olor y, de repente, se desencadena una tormenta y un rio de emociones te ahogan.

El perfil de mi amiga sigue activo en Facebook, su fotografía la sigue mostrando joven, con cabello corto, recuperado después de un tratamiento pesado y largo, pero que parecía haber funcionado. Leo los comentarios que algunos años después de su adiós sus seres más cercanos siguen dejando para honrar su vida.

Por mi parte, me pierdo en su mirada y en su sonrisa fija en aquella imagen y, su voz resuena en mi memoria. A pesar de las lágrimas que corren ya por mis mejillas, y el nudo que se ahoga en mi garganta, una sonrisa también se dibuja en mis labios, pues su ausencia, aunque dolorosa, es a la vez la prueba más real de que tuve la suerte de haber compartido un momento de vida con ella, y eso me basta para celebrarlo.  Un abrazo hasta el cielo, querida C.

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Lágrimas de purpurina y dagas de seda: El Evangelio según el Esquema Fenicio

Enola Rue

En el universo de Wes Anderson, los personajes a menudo actúan con una rigidez que parece desafiar la espontaneidad humana. No lloran, se marchitan con elegancia; no mueren, se vuelven estatuas de su propio legado, una resistencia contra el desorden del mundo. Sin embargo, en el Esquema Fenicio esa resistencia ha mutado en algo más ambicioso, casi teológico. Hay una frase que flota sobre la película como un mandamiento tallado en mármol: No es humano, es bíblico. Al decir que algo es “bíblico”, Anderson nos advierte que estamos ante una épica familiar, una tragedia de proporciones míticas disfrazada de una miniatura artesanal.

A primera vista, el enunciado parece una ironía. ¿Cómo puede ser bíblico un universo habitado por espías con gabardinas color pastel y familias disfuncionales que se comunican mediante telegramas? Pero tras la simetría perfecta de sus planos, Anderson nos está confesando su secreto mejor guardado: sus personajes ya no pretenden ser personas, pretenden ser arquetipos. Lo “humano” es el error, el desenfoque, el desaliño; lo “bíblico”, en cambio, es la magnitud del destino. En esta película, los secretos familiares no son simples malentendidos, son deudas ancestrales. Los viajes de negocios no son traslados, son éxodos. Al elevar su estética a lo sagrado, Anderson nos revela que la belleza no es solo un adorno, sino la única forma de orden que nos queda frente a la tragedia.

En El esquema fenicio, los personajes no viven, sino que cumplen una función dentro del engranaje sagrado de ese universo. Si un personaje de Anderson llorara a gritos, sería demasiado humano y rompería la estética. Su parquedad es bíblica porque las grandes verdades no necesitan adornos, se dicen con un “sí” o un “no” rotundo. La cámara de Wes Anderson se mueve en ángulos de 90°, esto refleja que sus personajes no tienen un libre albedrío total y su ropa no es moda, es identidad estática. Un personaje no cambia el estilo porque su esencia es inmutable, como un santo en un vitral.

El patriarca, Zsa-Zsa Korda, suele llevar un uniforme impecable, que parece haber sido planchado por ángeles. Sus gestos son mínimos, una ceja levantada equivale a un terremoto emocional. Pero en este caso, el patriarca se muestra impasible en sus numerosos accidentes e intentos de asesinato por sus colegas, maneja la tranquilidad de un santo para asegurar la fortuna familiar por las próximas generaciones de la misma forma en que no se inmuta cuando descubre que hay una bomba en el avión donde viaja con su hija y su secretario. I feel myself very safe parece ser su oración predilecta frente a las adversidades. Él mismo representa el orden bíblico, es el creador de las reglas que los demás intentan romper. Su tragedia no es la derrota, sino el hecho de que el mundo real no es tan perfecto como sus planes, parece un Dios cansado de su propia creación.

Sus hijos varones se presentan con ojos perpetuamente melancólicos y posturas rígidas, visten como adultos en miniatura, atrapados en una infancia que parece no terminar o una madurez que llegó demasiado pronto. Son el elemento humano intentando encajar en lo bíblico, cargan con los pecados de sus padres como si fueran maletas de cuero fino.

En cuanto al espía/secretario, es un personaje que siempre parece mimetizarse con el ambiente detrás de él, es un personaje que se encarga de guardar los secretos del esquema, aunque a veces peca de humano cuando olvida la maleta en algún sitio. Es el sustituto del espectador, su mirada no es de juicio, sino de inventario. Nos enseña que, en este universo, la curiosidad es una forma de devoción. No busca la verdad para liberarse, sino para completar el rompecabezas.

Sin embargo, en este universo creado por un Dios obsesivo-compulsivo, donde los personajes están atrapados en su propio diseño, aparece Liesl. El hecho de que sea monja en una película que declara ser bíblica no es una coincidencia, es el punto de fuga de toda la simetría de Wes Anderson.

Mientras el resto de los personajes de El esquema fenicio lidian con los colores tierra, el espionaje y la suciedad del poder, Liesl es un bloque de color sólido que corta la pantalla. Liesl no es una monja convencional, su hábito tiene un corte arquitectónico perfecto y su rostro es de una serenidad inquietante. Lo fascinante es que ella es la única que abraza el esquema, el orden absoluto. Si su padre busca el control a través del poder, ella lo encuentra a través de la fe. Ella es la única que entiende que para ser “bíblica” hay que dejar de intentar ser feliz en términos humanos.

Liesl es el oxímoron visual definitivo: viste el hábito de una santa, luce el flequillo de una it-girl y un maquillaje al estilo de Euphoria que parece haber sido aplicado con la precisión de un cirujano. Sus lágrimas no son de arrepentimiento, sino de una devoción estética. Pero es la daga que oculta bajo sus pliegues la que termina por definirla. En ella, la piedad y la vulnerabilidad se mezcla con el peligro; no lleva una cruz, sino un arma, recordándonos que lo bíblico no siempre es pacífico. Ese contraste específicamente es lo que rompe la solemnidad para recordarnos que estamos en el universo de Wes Anderson. Liesl no es una monja que busca la santidad en el despojo, sino una que encuentra su liturgia en la rebeldía visual.

El hábito suele ocultar el cabello para anular el ego, pero Liesl deja su flequillo perfectamente cortado a la vista. Ese flequillo es su última frontera humana, una declaración de vanidad en medio de la castidad. Nos revela que, aunque ha abrazado lo bíblico, no ha renunciado a su simetría personal. Es el recordatorio de que sigue siendo una hija del esquema fenicio, una pieza diseñada para ser vista.

El tío Nubar es la pieza que termina de encajar en el rompecabezas bíblico de la película, es la tentación y el juicio encarnados en un dandy excéntrico. Se muestra con una barba exagerada y cejas prominentes, una mezcla entre un villano de opereta y un profeta del Antiguo Testamento que pasó demasiado tiempo en una sastrería de Savile Row. Si Korda intenta redimirse a través de su esquema, Nubar es el recordatorio de que el pasado no se puede borrar con planos y maquetas. Su relación es bíblica porque es la lucha de hermanos por la herencia, el legado y la verdad, muy al estilo Caín y Abel, pero con mejores trajes.

Su aspecto ridículo sirve para ocultar su frialdad absoluta. En el universo de Anderson, cuánto más está disfrazado un personaje, mas peligroso suele ser. Nubar es el encargado de decirle a los protagonistas que el mundo no es justo, es simplemente un negocio familiar mal administrado.

Ahora bien, otra pieza que convierte el Esquema en una verdadera tragedia griega es la sospecha de que Zsa Zsa Korda mata a sus esposas. Si la película es “bíblica”, Korda actúa como un dios del Antiguo Testamento: celoso, absoluto y punitivo. Este rumor lo eleva de marido tóxico a fuerza de la naturaleza. En el cine de Anderson, las madres son figuras ausentes o melancólicas. En este caso, su muerte no es un accidente, es un sacrificio en el altar de Korda. Al eliminar a la madre, Korda intenta borrar el rastro de su propia humanidad (y de sus fracasos) para quedarse solo con el esquema.

El Esquema no solo se dibuja con tinta, sino con la sangre de los ausentes. El rumor de que Korda ha eliminado a sus esposas, incluyendo a la madre de Liesl, transforma su perfeccionismo en una patología criminal. Pero lo bíblico alcanza su climax con la revelación del tío Nubar: es él el verdadero padre de Liesl, entonces ella es el fruto de una transgresión que Korda ha intentado sepultar bajo capas de rito y castidad.

El final de El Esquema Fenicio no ofrece una catarsis, sino una clausura. Al final, no importa quién mató a quién, ni quién engendró a quién; lo que queda es la foto familiar, perfecta y gélida. Wes Anderson nos susurra que la verdad es demasiado desordenada para ser grabada en piedra, por lo que preferimos la leyenda. Al igual que Liesl, terminamos aceptando que la justicia no es humana, depende de dónde se coloca la cámara. El Esquema se impone por sobre todas las cosas, el mundo así es un retablo donde el perdón es solo otro color tierra en la paleta que pinta la película. Es un final valiente que refuerza el pesimismo de la frase “no es humano, es bíblico”, de este modo, el destino es inamovible.

Quizás lo que Anderson intenta decirnos es que la vida, en su estado puro, es demasiado caótica para ser soportada. Necesitamos el encuadre simétrico, el vestuario impecable y la narrativa épica para que nuestras pequeñas tragedias dejen de ser simples errores humanos y se conviertan en algo sagrado. Al cerrar el telón de este esquema, nos queda la sensación de que, aunque el mundo no sea perfecto, al menos puede ser hermoso mientras se desmorona. Y esa, tal vez, sea la única redención que nos está permitida.

El ojo de Lya | Ascenso y caída: John Galliano

Se sabe que el mundo de la moda es superficial, consumista, gordofóbico y con otros vicios. Sin embargo, como bien dice Miranda Priestly, nuestras decisiones de vestimenta no nos eximen de la industria de la moda. Personalmente me adentro en los diseñadores: sus conceptos de creación, qué los inspira y lleva a que su expresión artística sea tan impactante. Hace poco vi el documental «Ascenso y Caída, John Galliano» de 2023, dirigido por Kevin Macdonald. 

John Galliano estudió diseño de moda en St. Martin’s School, donde encontró un espacio de pertenencia, expresión y libertad. En 1986, para su proyecto de graduación, se inspiró en Napoleón y la Francia del siglo XVIII, creando una colección exuberante que marcó el inicio de su marca personal. Desde entonces, el sello de su trabajo es la teatralidad, en la pasarela desemboca el refugio de sus fantasías. 

Juan Carlos Antonio Galliano-Guillén nació en Gibraltar en 1960. Hijo de una madre española, de quien aprendió el buen gusto por vestir; su padre fue plomero y hombre de ideología conservadora. Galliano descubrió a temprana edad que era gay. «Maricón, Maricón» era el insulto con el que su padre lo amedrentaba; su madre en ocasiones era figura protectora y en otras violentadora; a esto se le sumó la estricta educación católica, el temor de ir al infierno por pecar. En este entorno el refugio fue la fantasía de su imaginación y sus dibujos. Esta parte del documental me conmovió y me llevó a escribir en mi diario:

Los artistas somos criaturas rotas por la incomprensión en nuestra infancia… nos aferramos al arte sin saber que este terminará de rompernos.

A inicios de los noventa se muda a París y su talento lo lleva rápidamente al eje de la moda; él impulsó a las grandes tops models de esa época. Así llega primero a Givenchy y en menos de dos años la casa Dior le abre sus puertas. Sin embargo, el éxito implicó una exigencia excesiva, diseñaba su propia línea de ropa, además de relojes, línea infantil, zapatos, bolsas, joyería. Era una producción que dejaba poco tiempo al descanso; la industria de la moda es ávida e insaciable. Para resistir, Galliano recurrió a estimulantes, alcohol y drogas, la dirección de Dior lo “controló” porque les era rentable financieramente. En 2007 la muerte de su asistente y mano derecha, Steven Robinson, marcó un quiebre definitivo; Robinson era un juicio racional que sabía controlar la bestia e impulsar la genialidad del maestro. 

En 2011, los videos donde Galliano lanza insultos racistas y antisemitas en un café de París provocaron su caída pública. Fue despedido de Dior, juzgado, internado en rehabilitación y empujado al exilio simbólico. No bastaba una disculpa; el daño ya estaba hecho. Galliano intentó racionalizar y comprender el origen de su conducta. ¿Era realmente racista y antisemita?

Un psiquiatra judío señaló que su éxito había sido una forma de venganza contra la violencia vivida en la infancia; sin embargo, no era justificable ni suficiente.

Entre ese caos mantuvo el apoyo y lealtad de las mujeres que crecieron de su mano. Naomi Campbell dijo ni siquiera haber visto los videos, porque ella lo conoce; Charlize Theron empatiza al haber vivido con un padre violento; Anna Wintour mencionó que no hubo temor de su propia reputación al relacionarse con él y Kate Moss recurrió a él para que diseñara su vestido de novia, este acto solidario de amistad significó para él una rehabilitación creativa, un modo de recuperar la confianza en sí y en su trabajo. Pero, ante el resto del mundo, la condena se había dictado. 

Buscó aprender, acercarse a la comunidad judía, escuchar y comprender. El rabino Barry Marcus aceptó acompañarlo y lanzó la pregunta central: “¿El arrepentimiento era genuino o solo el deseo de volver al glamour?” y añade: «¿quiénes somos para condenar a alguien qué dice que se equivocó?”.

En su primera entrevista, luego del escándalo, el diseñador declaró: «Intento comprender a Juan Carlos, el niño que perdí en algún momento del camino».

En 2014 toma la dirección artística de la casa Maison Martin Margiela. Galliano afirma estar en un lugar feliz, continúa creando, lleva más de una década sobrio y agradece la presencia de su pareja, que lo ha acompañado desde el brillo del éxito hasta la sombra de su caída. El diseñador afirma algo que hace resonancia con lo que escribí en mi diario:

“Algunas de las piezas más hermosas de prosa, poesía, de pintura, han sido hechas por artistas, poetas, y escritores con un gran dolor, y lo que producen es goce puro”.

Al cierre del documental se muestran imágenes de una pasarela de 2022, titulada “Cinema inferno”, en donde las y los modelos repiten un monólogo que cuestiona si nos ocurren cosas malas por ser malas personas, menciona también el temor a no ser perdonados; indudablemente una catarsis. John Galliano es un hombre talentoso, besado por los fríos labios de la fama, que cayó al infierno prometido en la infancia, logró salir aligerado en ego y quizá reencontró lo que buscaba.

La anatomía del cristal y la rabia

Enola Rue

La pérdida no es un muro que se levanta de golpe, sino una habitación que, de pronto, se queda sin muebles. Al principio, entras y buscas instintivamente dónde sentarte, dónde apoyar la mirada, pero solo encuentras el espacio desnudo. Al final, lo que perdemos se convierte en una forma de arquitectura interna. Yo tuve un hermano cuando era niña, jamás lo conocí. Vivió un mes y murió. Siento su pérdida como algo lejano que me rodea sin tocarme. Mi hermano no es un recuerdo con bordes nítidos, sino una vibración en el aire de la casa. Es su nombre el que se pronuncia con un tono de voz distinto, el espacio vacío en las fotos familiares y la pregunta que quedó suspendida en el tiempo: ¿quiénes habríamos sido nosotros si él se hubiera quedado?

A veces, parece extraño llorar por un mes de vida. Nos han enseñado que el dolor debe ser proporcional a los años compartidos, pero el alma no sabe de calendarios. Se puede extrañar lo que nunca se tuvo porque la ausencia de un hermano es la ausencia de un testigo de nuestra historia. No lloro por un desconocido, lloro por el compañero de juegos que vive en mi imaginación, por el eco de una vida que, aunque pequeña, fue lo suficientemente grande para dejar una estela en nuestro linaje familiar.

Había un idioma en la casa que no se enseñaba con el abecedario. Lo aprendí la tarde en que el rostro de mi padre, siempre firme como una roca, se deshizo en lágrimas. Era tan niña para entender que el mundo podía romperse, pero vi sus ojos y entendí la muerte antes de que me la explicaran. Miré a mi madre y no vi a la mujer que me arrullaba, vi una fractura, un mapa de cristales rotos donde antes había certezas.

Trato de buscarlo en la neblina de mi imaginación. Intento dibujarle un llanto, una sonrisa, el color de sus ojos bajo los párpados cerrados, pero solo encuentro ese gris suave del misterio. Mi hermano no fue un niño que corrió por los pasillos, fue el silencio que nos obligó a caminar de puntillas. No fue una presencia ruidosa, sino la gravedad que nos mantuvo a todos un poco más cerca del suelo, un poco más serios, un poco más heridos.

Me dijeron que debía ser el bálsamo, la luz que apagara el incendio de aquel mes de ausencia. Pero yo no quería ser luz, quería ser fuego. Me puse zapatos que no me quedaban y busqué miradas que no supieran nada de mi hermano, ni de las lágrimas de mi padre, ni de la grieta en el cuerpo y alma de mi madre. No quería ser la hermana mayor perfecta, porque la perfección se parece demasiado al silencio de las estatuas y yo necesitaba ruido, piel y un presente que me quemara, para no congelarme en el invierno eterno de mi casa.

El mundo me miró y me llamó Lolita. Yo no buscaba a los hombres; ellos eran los buitres que detectaban de mi piel el olor a naufragio en mi casa. Pero aprendí rápido: en un hogar donde yo era invisible frente al fantasma de mi hermano, mi cuerpo era un idioma de poder. Manipulé sus deseos antes de entender mis propios miedos. Años después, la vida me devolvió al mismo abismo, pero con el corazón duplicado. Dos bebés, dos niñas gemelas. Y de nuevo, la amenaza blanca de la clínica.

El pasillo de maternidad era un purgatorio de baldosas brillantes que reflejaban mi propia derrota. Cada vez que me arrastraba hacia la Neo, el dolor de la cesárea era un cuchillo recordándome que mi cuerpo se había abierto solo para entregarle presas a la incertidumbre. El aire olía a una mezcla obscena de desinfectante y miedo primario. Era un corredor de ecos de llantos y risas de otras madres que se enredaban con el pitido incesante de las máquinas y el ajetreo de las enfermeras.

Nada te prepara para la transparencia de una incubadora. Mirarlas a través de un cristal era como tratar de tocar una estrella desde el fondo de un pozo. Mis manos, que ardían por sentirlas, se encontraban siempre con esa superficie fría y aséptica, el muro que me recordaba que, en ese mundo de miligramos y oxígeno, yo era una intrusa. Lo que más me dolía era la invasión. Ver sus cuerpos diminutos, apenas dibujos de carne, atravesados por agujas que parecían lanzas. Cada vía, cada cable, cada pinchazo, era un golpe directo a mi propio vientre.

Estar allí de pie, viendo como la ciencia intentaba reparar lo que la naturaleza había dejado a medias me hacía sentir pequeña. La niña desafiante, la Lolita poderosa que manipulaba el mundo se desvanecía y solo quedaba una mujer con los brazos vacíos y los ojos fijos en un cristal, contando sus latidos en una pantalla porque no podía sentirlos bajo mi pecho. Esa distancia es una herida que nunca se termina de cerrar.

Mis padres caminaron una sola vez por ese pasillo como fantasmas en una casa ajena. Mi padre se paró frente a la puerta de la Neo y no visualizaba a sus nietas, veía a su hijo naciendo de nuevo en su agonía. Mi madre celebró mi supervivencia física como un trofeo vacío, que fuerte que sos, qué valiente. Sus palabras eran los clavos que sellaban mi soledad. Me felicitaba por no haberme muerto en la plancha del quirófano, pero no se quedó a sostener el llanto que me ahogaba cada vez que una enfermera me daba el parte médico de mis bebés.

Tenía que habitar dos mundos. En uno, sostenía a la gemela que siempre fue luz, la que respiraba con fuerza, un recordatorio constante de que la vida puede ser fácil, de que el aire puede ser generoso. En el otro, veía a mi otra bebé invadida por la infección, con la amenaza de la muerte soplándole la nuca, era como caer de rodillas en la tumba de mi hermano. Mi mente se fragmentaba: ¿cómo se puede celebrar un latido mientras el otro luchaba por no apagarse? Me sentía desconsolada porque el destino parecía ensañarse con mi linaje de nuevo.

Era una disonancia insoportable. Sentía que si me permitía estar feliz por una, la otra moriría por mi descuido. Y si me hundía en la tristeza por la enferma, le robaba el derecho a la vida a la sana. Me sentía partida en dos, cosida solo por los puntos en mi vientre y por ese rosario marrón que apretaba como un arma blanca.

Aquel rosario pequeño, de cuentas marrones, era un juguete de madera frente a la catástrofe. Nunca fui a la Iglesia del hospital mientras estuve internada, mi templo fue esa cama donde tuve que aprender a moverme de nuevo sin morirme del dolor. No hubo rezos, hubo gritos mentales que desgarraron el cielo. Le grité a ese Dios de incienso y a esa Iglesia de reglas frías que esa bebé era mía. No era una ofrenda, ni una lección: era mi hija. Le prohibí a la Muerte tocar lo que mis entrañas habían fabricado. Mi fe se extendió en mi rabia y mi oración fue un reclamo de propiedad.

Cuando los doctores finalmente pronunciaron las palabras recuperación y fuera de peligro, cuando la infección se retiró derrotada por mi furia y por la ciencia, sentí un estallido que ninguna Iglesia podría brindar. No fue una alegría, fue una victoria de guerra que me quemaba la garganta. Al ver a mis dos hijas juntas, a salvo, sentí que le había arrancado la lengua a la Muerte. Fue mi venganza contra el pasado, miré al hospital, miré el rosario, miré al fantasma de mi hermano y por fin pude respirar. Sin embargo, la Muerte no es un monstruo que se retire fácilmente.

Recuerdo el momento exacto en el que el mundo se detuvo. Mi hija, que acababa de ganar una batalla, empezó a desaturar. Su piel fue un eclipse morado, un color que no debería pertenecerle a nada que estuviera vivo. En un parpadeo, tres enfermeras saltaron sobre ellas, sus manos moviéndose como máquinas de reanimación, mientras el sonido de la urgencia llenaba la habitación. Mi piernas, las mismas que habían caminado con tacones demasiado altos por lugares oscuros, las mismas que huyeron del peso de ser la hija mayor de una casa en ruinas, las que habían caminado por el borde del abismo sin flaquear, empezaron a temblar.

Frente a esa incubadora, entendí que nunca había tenido miedo de verdad. No era miedo porque algo me sucediera a mí, que me creía invencible porque ya estaba rota; el miedo era que mi mundo se quedara sin ella. Entendí que mi control era una ilusión. Pero, incluso con mis piernas fallando, mi mente seguía gritando ese lenguaje que solo Ella y yo entendíamos: ella es mía, mía, mía. No puede irse. Era una lucha de voluntades: la Muerte tiraba de un brazo y mi rabia tiraba del otro. Cuando el aire volvió, cuando el tono rosado volvió a sus mejillas, el temblor de mis piernas no cesó. Comprendí que le había visto la cara al color de la ausencia y había logrado que se marchara.

Hoy las miro y el llanto que brota mientras el tiempo corre, cuando solo estoy con ellas, no es de derrota. Ya no hay cristales empañados por mi aliento, ni monitores dictando sentencias en colores morados. El único sonido que importa es la de su respiración desordenada contra mi pecho, un ritmo que ninguna enfermera tiene que vigilar.

He dejado el rosario marrón colgado en la puerta de mi habitación, siempre mirando a la pared, porque todavía no hago las paces con Dios y sus muletas de madera. Mi fe y mi milagro son estos dos pesos que cargan mis brazos, un peso que es carne, que es vida y que es mío. A mis padres les dejo sus fantasmas y sus elogios de cartón, que sigan adorando el vacío de lo que nunca fue nuestra familia. Yo siempre he elegido el ruido, el caos y la presencia.

A veces, cuando el silencio de sus siestas se vuelve denso, todavía siento el temblor en mis piernas. Pero luego las miro dormir juntas, siento su piel tibia y en ese contacto recuerdo que gané. No porque el Destino, Dios, o la Muerte hayan sido buenos, sino porque me atreví a ser más feroz que todos ellos.

Domingos en los que no me encuentro…

Por Shaila Ricardez

Los domingos son frustrantes porque atraen la nostalgia

Se suben sobre la espalda como un débil caracol

No les preguntes por quién se ha ido o por quién vendrá

Pues bien, callados, se mantendrán. 

Los domingos te dejan colgado con los brazos abiertos,

Te susurran al oído: “miento, miento, miento”

 Jamás te dirán un simple “te quiero”

Tal vez pienso eso, porque en esos días yo siento que muero.

Me ahogo un poco cuando me miro al espejo

Cuando siento ajeno mi propio reflejo

Me tiro al suelo, me encierro más

Me alejo del progreso que se me prometió al despertar.

Los domingos son frustrantes

Yo le digo a mi mamá

Quien me sostiene la mirada con un profundo pesar

Me alivia cuando al menos nos sentamos a charlar

Y es que una plática suya me hace menos detestar 

A este domingo frío que pone mi cuerpo a temblar.

NIÑA Y LLUVIA.

Por Patricia Navarro

Remanso de húmedos dedos

bajan por mi piel, mi rostro,

en calma calores viejos,

chipi, chipi de andariego.

Lluvia….

Mojas a escala emoción,

y mis pies entre el pataleo

cuaz, cuaz, cuaz de veraneo

forman notas de canción.

Lluvia…

Pareja luz cristalina,

flip, flip, flip, de tornasoles

tan lejos caen secundinas

luego, aviso de bemoles.

Lluvia…

Ligera, limpia en tardanza,

clap, clap, clap de la emoción,

hace mía la remembranza,

esa, que me llega al corazón.

¿Qué piensas?

Por Marina Areta

Me pregunto 

cuando mis ojos como noches se acercan a tu bosque

curiosos, se empeñan en deshojarlo. 

¿Verás mis paisajes?

¿Seré otra piel sin importancia?

¿O haces mapas de mis lunares? 

Ya me abriste un dejo de tu follaje,

vi la sombra que atesoras,

esa que habita un rincón de tu mente salvaje.  

El cielo sabe que no quiero reemplazarla.

No fui hecha para alumbrarla,

pero, oh, muero por acompañarla

Tú que duermes, abres e intrigas,

eres una estación cambiante, 

con tus misterios me incendias. 

Mis pies, abejas que giran hacia tus frutas.

Por ti mantienen su vibrante vuelo, 

dulces, locas, abiertas.

Las piernas son agua,

toda yo río, laguna y cascada

deseosa de abrazar tu lengua. 

Mis labios, especie de copa,

mi vino desea embriagarte,

dejar en ti su rastro violeta.

Los pechos, dos flores en espera

de tus dedos, de tus dientes

primavera.

Puedes comprobarlo si te acercas,

este cuerpo mío no es templo,

es umbral rojo, ¡mira! 

Te aviso que dentro hay humo

calcinado fantasma en mis latidos,

la memoria de un dolor antiguo.

No puedes exiliarlo.

Pero puedes, si te atreves,

respirarlo.

Lo desea la arboleda en tu mirar,

su pudor silvestre lo delata,

se vuelve dorado al verme llegar.

Quiero, con sinceridad, presentarte fantasías: 

Tu amapola segura ante mi manto negro, 

dentro de mí el sabor de tu ambrosía.

Tus brazos una suerte de conspiración,

cálido lugar donde existimos los dos, 

de tu soto y mi penumbra la unión. 

Te entrego esta confesión honesta,  

quizá podrás responder mi duda.

Hazlo y… Si es igual, todo comenzará. 

Tú y yo; cuerpo, alma, 

creación.

Mamá Soltera

Por  Justina Melba Benitez Caballero

Que importan los rumores

Que importa lo que digan

Total el cielo y tú saben

Que lo hiciste por amor.

Nadie dijo que era fácil

Ser una mamá soltera

Haz de cumplir con dos roles

Ser padre y madre a la vez.

Debes ser siempre valiente

Para enfrentarte al mundo

Y con la frente en alta

Transitaras tu destino.

Desde hoy en adelante

Ya sola nunca estarás

Porque llevas en tus entrañas

Al amor de tus amores.

Ese hijo que tú esperas

Es una bendición de Dios

Y darás gracias por ello

Al Supremo Creador.

Por creer en falso amor

Te convertiste en mamá soltera

Y demostraste valentía

Trayendo ese hijo al mundo.

Apuntes entre… Chamanes y Miedos

Por Jenniffer Zambrano

Leí Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la nueva novela de Mónica Ojeda, y, entre todo lo que ocurre en la narración, hay un momento que permanece en mi cabeza: la imagen de un agujero formado a causa de las balas. Ojeda poetiza al respecto, diciendo que de él brota luz al mismo tiempo que permite al ojo de alguien ver a través de él. En el libro esto está hermosamente descrito y me impresionó la mirada de Ojeda, que fue capaz de encontrar en algo tan pequeño, en lo que pudo ser solo un estrago de la violencia armada, una fuga que me permitió conmover y ver belleza en medio del desastre.

Esto ocurre a menudo en la novela: los personajes buscan la belleza y el disfrute. Lo buscan porque las circunstancias en las que viven los asfixian y escapar es la única manera de salvaguardar no solo su cuerpo sino su mente. Noa y Nicole viajan desde Guayaquil, hartas de la situación de violencia que las ha envuelto durante toda su vida. Buscan algo que las eleve del plano donde la muerte es lo cotidiano y llegan a un concierto en las faldas de un volcán.

Colocar un miedo nuevo encima del anterior, unirlos, extenderlos entre sí. Eso pensaba a lo largo de la novela porque ningún personaje es capaz de soltar el terror, eso de lo que huyen. Para ellos, la huida es lo único posible, ya que no les es factible (como a nosotros) vencer las balas ni el abandono Estatal. En La Fiesta del Sol encuentran sustancias que alteran su mente, que las elevan, como deseaban, y elevarse implica mirar desde afuera, en completa perspectiva, estar y ser por fuera de lo que ocurre, de la ansiedad y la angustia que se origina en la realidad.

Me gusta mucho cómo los mundos interiores de los personajes son mostrados en su dimensión más compleja. Las dudas, las pesadillas, el amor, que parece ser lo que a algunos los sostiene en su cordura, y las pérdidas. El mundo interior de Nicole y de Noa se ve transformado por lo que ven afuera, no es posible ocultar de los ojos lo que pasa en las calles. Entonces, su propio vínculo, sus deseos y sus decisiones, se materializan sobre aquello que han conocido a lo largo de sus vidas.

A mí me pasa un poco: vivir en medio de la violencia no significa acostumbrarse, pero sí mirarla de otra manera. Si uno ha visto un cuerpo sobre la vereda frente a su casa, si ha aprendido a diferenciar el sonido de las balas del de los fuegos artificiales, no le pueden pedir que continúe como si nada, siendo el mismo que era antes de saber que allá afuera existen más cuerpos cayendo sobre el pavimento.

El papá de Noa es un personaje que aparece más adelante. Se ha retirado de la ciudad para vivir escondido del mundo, en las montañas, con sus perros y su pasatiempo de naturalizar animales. El padre de Noa vivió en Guayaquil y huyó de su hija, de sus vínculos, pero también de la imposibilidad de controlar el afuera. De que hubiese ladrones que a la madrugada ingresan a su casa, de que los vecinos, hartos de que nadie les diera solución, tuvieran que sostener con sus propias manos un arma para defenderse.

La familia de Noa se descompone por diversos motivos. La separación del padre es solo una arista del problema. Pero, como en la misma obra se dice: “Todos necesitamos una familia. Una familia te hace compañía cuando el pasado es un decapitado y el futuro un niño con una pistola” (p.157). Noa, desprovista de ese hogar inicial, construye el propio: en su amistad con Nicole, al principio, pasando por las drogas que prueba a lo largo del festival, hasta terminar en su mente, el hogar final de donde no hay escape. Cuando el mundo exterior es horrible, lo mental parece un refugio, pero cuando hasta nuestra mente es afectada, ¿qué nos queda?

Como muchos, he sentido la ansiedad provocada por las constantes noticias de violencia, que me llevan a revisar compulsivamente las redes sociales en busca de detalles sobre tal enfrentamiento entre bandas o aquella balacera muy cerca de donde vivo y que solo me sirven para alimentar mi temor. Pero esta omnipresencia de la muerte en los medios es la realidad que viven Noa y Nicole, y lo que propicia su búsqueda desesperada de escape y consuelo. La misma búsqueda que nosotros.

Como Nicole, Noa y su padre, pienso en cuáles son las posibilidades de habitar una ciudad lejos de la violencia armada, a veces tan invisible que uno se confía, llega a creer que no está. Cuál es la manera de existir sin que el nerviosismo la consuma a una. La depresión y la ansiedad no suelen asociarse directamente a fenómenos sociales pero eso también las causa: problemas económicos, violencia, etc. ¿Cómo nos mantenemos a salvo si parece que ni siquiera podemos asegurar nuestra integridad física?

En otra página de la novela se dice que “una ciudad agresiva e injusta deforma el carácter” (p.212). Pienso en que la situación de Ecuador nos deforma un poco a todos. En medio de la desesperación nos confunde, nos separa pensando que el otro es el peligro, el afuera, todo lo que no soy yo mismo y nos mantiene en un estado de alerta eterna: dormimos mal, tenemos pesadillas a menudo, sentimos un nudo en la garganta, una presión en el pecho. Es decir, terminamos por vivir como podemos. Para mí es claro: la ansiedad de existir en medio de conflictos, de precariedad, nos va formando como sujetos desanimados y tristes, sujetos enfermos. En chamanes eléctricos se ven algunos de esos estragos en Nicole y Noa, pero creo que más en Ernesto, el padre de Noa, para quien es trágico el solo acto de recordar lo que tuvo que pasar antes de retornar a las montañas.

He pasado estos párrafos enumerando hechos, posibles lecturas de este libro pero no soy capaz de ofrecer respuestas porque tampoco me importa hacerlo. Escribir me sirve para pensar y ahora mismo se me ocurre que, al igual que aquel agujero formado por balas que se menciona en la novela, la escritura, para mí, es también esa ranura que permite que ingrese algo de luz. El arte en general es el espacio donde están presentes conversaciones como estas y donde nos es posible abrazarnos a nosotros mismos y ser críticos a la vez. En el arte somos capaces de dolernos y regocijarnos.

Escribo esto desde el Guayaquil de Nicole y Noa. Con una ansiedad parecida a la que (creo) sufrieron ellas en algunas páginas porque para escribir he recordado cosas que ni siquiera alcanzo a mencionar. Y aunque dije que no buscaba ofrecer respuestas, escribo con una intuición muy en el fondo que me remite a otro fragmento de la novela: “el nido es siempre un refugio donde las cosas nacen y mueren en la tibieza” (p.208). El nido, el hogar, ese del que hablaba en párrafos anteriores y que para Nicole y Noa se manifestaba en su amistad, ese hogar que decidieron ambas, y que es posible para todos.  Una ciudad (un nido, un hogar) lo es en la medida en que conseguimos habitarla en la tibieza de su ternura. Así como Nicole y Noa hicieron, podemos construir espacios, aunque estos sean solo nuestras manos, nuestros brazos para resguardar, para recostar y abrazar, para sostener mientras se respiran los ejercicios que más nos funcionen cuando la ansiedad asome.  

Por todo eso voy a seguir escribiendo desde Guayaquil, acompañada de mis amigos, con miedo, con tristeza, caminando la madrugada vacía, voy a escribir Guayaquil (una ciudad, un nido, un hogar), sosteniéndome de quienes me mantienen en tierra, un poco, mientras esperamos que todo pase. Aunque no sea así y en algún momento debamos emprender un viaje o, como los personajes de la novela, simplemente esperemos que algo más ocurra. Porque son tantos los miedos que nos envuelven que un paso puede sentirse como un abismo.

Máscara de la perfección

Por Madelaine BO.

En el escenario de la vida, nosotras llevamos una doble máscara de perfección, sonriendo mientras nos ahogamos en expectativas. Detrás de la cortina, nos sentimos impostoras, como si estuviéramos fingiendo ser la mujer que la sociedad espera que seamos.

La multitud aplaude, nos felicita por nuestros logros, pero nosotras sabemos la verdad. Sabemos que estamos rompiendo barreras, desafiando normas, y aun así, nos sentimos como si no fuéramos suficientes.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocernos en nuestros logros? ¿Por qué nos sentimos como si estuviéramos robando un espacio que no nos pertenece? La respuesta está en la historia, en la cultura, en la sociedad que nos ha enseñado a ser menos, a ser perfectas, a ser sumisas.

Y también está en el miedo. Miedo a ser vistas, a ser juzgadas, a ser rechazadas. Miedo a amar, a ser vulnerables, a entregarnos. Miedo a que nos lastimen, a que nos abandonen. Miedo a ser mujeres, a ser humanas, a ser imperfectas.

Pero nosotras sabemos que la perfección es una trampa. Sabemos que la verdadera fuerza está en la imperfección, en la vulnerabilidad, en la sororidad. Sabemos que podemos ser líderes, creadoras, revolucionarias, y aun así, ser mujeres, ser humanas, ser amantes.

Así que quitémonos la máscara, y mostremos nuestra verdadera cara. La multitud seguirá aplaudiendo, pero esta vez, será por nosotras, por nuestra autenticidad, por nuestra valentía de ser, de existir, de luchar, de amar.