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TRAMAS HUMANAS | DUELO SIN VÍNCULO


El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.

Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.


Después vino todo junto.
La muerte.
Una crisis fuerte en mi relación.
La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.


Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.


Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.


Y aun así, me rompí.


Me cerré.
Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos.
Con quienes siempre me ven fuerte.


Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.


También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.

Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente.
Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.


Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.


A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.


No sé si ya perdoné.
No sé si algún día iba a llegar esa conversación.
No sé si el dolor se va a acomodar.

Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.


Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.


Porque al final, hay ausencias que no se van.
Solo cambian de forma.


Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | Todos tenemos un poco de Feng Yuan

El mapa de la vocación en movimiento.

Hace unos días, mi novio me mostró una imagen que encontró en internet: el currículum de un hombre llamado Feng Yuan. Durante veintidós años trabajó como ingeniero en Microsoft, y después decidió dedicarse a criar gansos y a cultivar bonsáis. Me quedé mirando esa lista de empleos como si fuera una pequeña fábula contemporánea. Pensé en la vida de las personas que quiero, en sus caminos, en sus giros, en sus pausas. Pensé también en los míos, en todos los momentos en los que estuve convencida de saber quién era, hasta que algo cambió y ya no lo supe más.

¿Alguna vez has sentido que lo que ayer te definía hoy ya no encaja contigo?

Durante muchos años creí que mi vocación era la música. Desde muy pequeña, hasta los dieciséis, todo lo que soñaba tenía acordes y melodías. Luego, pensé que era el cine, y por eso estudié Comunicación Audiovisual. Más tarde, creí que eran las cartas. Cuando salí de la universidad, me acredité como jugadora profesional de baraja inglesa y trabajé durante un año de lleno en un casino. Pero después de ese año, entendí que eso tampoco me llenaba. Entonces volví a algo que siempre había estado ahí, casi esperándome: escribir.

Creo que escribir es lo que mejor se me da. Es la forma más natural que tengo de comunicarme, de entender lo que siento, de mirar el mundo. Me gusta pensar que no escribo para encontrar respuestas, sino para entender mis preguntas. Y aunque hoy creo que esa es mi vocación, hay instantes en los que me asalta la duda: ¿y si no lo es? ¿Y si un día quiero volver al cine, o abrir un negocio, o dedicarme a algo completamente distinto?
A veces pienso que todos tenemos una historia que gira sobre la misma pregunta: ¿qué estamos llamados a hacer?


Cristian, 28 años.


Desde pequeño admiraba a su hermano mayor, que estudiaba ingeniería en sistemas. Le fascinaba verlo construir cosas nuevas, y aunque no lo entendía del todo, intuía que ahí había algo poderoso: la posibilidad de crear. Pensó que, si su hermano podía hacerlo, él también. Quizás incluso mejor.

En la secundaria empezó a tener contacto con las computadoras y los teléfonos, y al mismo tiempo descubrió la música. Ver videos en Vevo fue su primer acercamiento al universo digital y, sin saberlo, ahí se unieron sus dos pasiones: la tecnología y el sonido. Soñaba con trabajar en algo que le diera para comprarse tornamesas, instrumentos o pagar clases. Su hobby era el beatbox, porque era lo único que podía hacer sin gastar dinero.

En la preparatoria su maestra de informática le habló de lo que significaba ser programador, y la idea le pareció fascinante. Imaginaba su vida entre Francia y Canadá, trabajando con código y creando. En el último semestre, un amigo lo convenció de entrar a la Universidad Politécnica para estudiar Desarrollo de Software, y fue ahí donde todo empezó a tomar forma.

Con el tiempo, logró combinar ambas pasiones. Hoy es ingeniero de software, pero también músico y creador. Fundó Avant Garden, un proyecto audiovisual que busca dar visibilidad a artistas electrónicos y visuales del sur de México.
“Un artista exitoso no es quien vive del arte, sino quien puede seguir haciéndolo”, dice. “En la música solo soy artista. No me gustan las etiquetas. Solo quiero hacer lo que quiera.”



Vivimos en una época que nos ha hecho creer que encontrar la vocación es casi una obligación moral. Desde que somos pequeños, se nos enseña que hay una sola cosa que vinimos a hacer, un propósito casi divino que debería guiarnos como una brújula infalible. Pero la vida rara vez funciona así.

La cultura actual ha convertido la vocación en una especie de mito moderno. Un ideal que promete sentido, estabilidad y éxito. Como si todos tuviéramos que descubrir “a qué venimos” antes de los treinta, o de lo contrario habríamos fallado. Se nos repite que hay que encontrar eso que “nos apasione”, sin mencionar lo confuso que puede ser buscar una pasión cuando la vida está llena de responsabilidades, miedos, necesidades y cambios.

El problema está en que entendemos la vocación como un punto fijo, cuando en realidad se parece más a un mapa lleno de caminos posibles. Algunos se recorren con entusiasmo, otros con cansancio; a veces uno regresa, a veces se pierde y a veces, simplemente, se detiene a mirar. Lo que cambia no es la esencia, sino la dirección.

Tal vez no se trata de encontrar una sola vocación, sino de reconocer que hay muchas formas de sentirse vivo, muchas maneras de darle sentido a lo que hacemos. Y que cambiar de rumbo no siempre es fracasar, sino escucharse.

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu brújula apunta hacia otro lado, justo cuando pensabas haber encontrado el camino correcto?
Quizá, al final, todos tenemos un poco de Feng Yuan: la valentía de reinventarnos cuando el corazón cambia de dirección.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas | El amor después de la muerte.

Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.

Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.

Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.

Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?

Así nació esta columna.

Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.

Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”

Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”

Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”

Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”

El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.

Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.

Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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Tramas Humanas| Desaprendiendo el amor: más allá de los mitos románticos y los roles de género.

Si el amor es algo tan universal, ¿por qué tantas personas se sienten insatisfechas en sus relaciones?

Para responder esta pregunta, hablé con diferentes personas sobre sus experiencias en el amor. Lo que encontré fue un patrón: muchas de nosotras hemos crecido con la idea de que debemos amar de cierta manera, siguiendo reglas no escritas que, más que acercarnos a la felicidad, nos llevan a la frustración.

Los testimonios de un problema común:

Clara, 32 años, me dijo: “Yo solía pensar que una buena mujer debía ser comprensiva, paciente, que debía esperar a que un hombre me eligiera y me demostrara su amor. Pero en mis relaciones, siempre terminé sintiéndome agotada, como si amar significara estar en deuda constante.”

Por otro lado, Carlos, 27 años, me contó: “A mí me enseñaron que los hombres tienen que ser fuertes, que no necesitamos afecto tanto como las mujeres. Así que en mis relaciones, me acostumbré a recibir menos de lo que daba. Hasta que me di cuenta de que el amor no debería sentirse así.”

Y luego está Sofía, 40 años, quien me confesó: “Yo me esforcé por no depender de nadie. Me dijeron que si una mujer se vuelve autosuficiente, el amor llegará solo. Pero la verdad es que ser independiente no me protegió del dolor de encontrar hombres que seguían esperando que yo me amoldara a su mundo, sin que ellos hicieran lo mismo por mí.”

Después de escuchar estas historias, la pregunta es inevitable: ¿cómo podemos construir relaciones amorosas que no nos encadenen a expectativas injustas?

El feminismo en el amor: no es una guerra, es una liberación.

Muchas personas creen que el feminismo es un enemigo del amor o que está en contra de los hombres, pero esto no podría estar más lejos de la realidad. El feminismo no busca eliminar el romance, sino sacarlo de la jaula de los roles de género que nos limitan.

El problema no es el amor en sí, sino las ideas que nos han vendido sobre lo que significa amar. Nos han enseñado que las mujeres deben ser entregadas, sacrificadas, pacientes, y que los hombres deben ser proveedores, fuertes, emocionalmente invulnerables. Y en ese juego de expectativas, terminamos desconectándonos de lo que realmente queremos.

Porque cuando el amor se basa en reglas rígidas, dejamos de vernos como personas completas. Nos volvemos personajes en una historia que no escribimos.

Entonces, ¿cómo podemos amar de manera más libre?

La respuesta no es sencilla, pero hay algunas claves:

1. Cuestionarnos lo que nos enseñaron: ¿Realmente quiero esto o lo hago porque “así deben ser las cosas”? Preguntarnos esto nos ayuda a identificar patrones que nos han lastimado.


2. Aprender a comunicar nuestras necesidades: Muchas mujeres sienten que expresar lo que necesitan es “exigir demasiado”. No lo es. El amor debe ser un espacio donde ambas partes puedan pedir y recibir en igualdad.


3. Entender que el feminismo también libera a los hombres: Permitirles sentir, llorar, equivocarse, sin esperar que sean héroes inquebrantables, es una forma de amor. No se trata de una competencia entre géneros, sino de encontrar maneras más humanas de relacionarnos.


4. Romper con la idea de que el amor es sacrificio: Amar no debería significar perderse a una misma. No se trata de medir quién da más o quién se esfuerza más, sino de construir un amor que haga bien a ambas partes.

El amor sin moldes:

Al final, lo que buscamos no es dejar de amar, sino hacerlo sin sentirnos atrapadas. Queremos un amor donde podamos ser auténticas, sin miedo a romper reglas impuestas. Queremos relaciones donde no se nos pida ser menos para que el otro se sienta más fuerte. Queremos, en resumen, amar desde la libertad, no desde la obligación.

Y quizás, solo quizás, cuando dejemos de seguir guiones que no escribimos, encontraremos un amor que se sienta como un hogar, no como una trampa.

Por: Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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La máquina verde | Llegar a la palabra

por Jeanne Karen

Es poco el tiempo y son muchos los temas para abordar en espacios tan valiosos como una columna semanal. Durante los últimos días, me he estado preguntando, ¿qué deseo escribir, qué deseo compartir?, porque la realidad es que no siempre confluyen ambos ejercicios; uno es lo que escribo, otro, lo que final llega al público lector.

Me he sentido fascinada por ejercer la escritura, más allá de la literatura. Desde distintos sitios, momentos, tareas. Estar comprometida con la poesía, también me ha llevado por otras encrucijadas, por nuevas sendas que estoy explorando. Por ejemplo estar aquí con ustedes.

Para las personas que escribimos debe ser fundamental encontrarse en otros medios, porque al final nuestras voces hacen eco o por lo menos, es lo que quiero creer, ahora con la tecnología y el internet, el rango de acción es enorme.

Dentro de la poesía caben todos los mundos, eso platicaba hace poco con un compañero escritor. Si bien es cierto que la poesía es un lenguaje, no es un lenguaje frecuente, es decir que no se usa para el día a día, para realizar nuestras actividades importantes, para lo más urgente, no tiene códigos, signos o símbolos que puedan ser usados de forma natural. La poesía es una construcción, una especie de aparato, un artefacto. La poesía tiene otros momentos, otros espacios que sí le son esenciales e inherentes.

A veces me siento con impulso suficiente como para cruzar caminos, patrones y entonces con un poco de buena fortuna: tratar de exponer en un solo contenido, todo tipo de formas de escritura, sin duda es algo que resultaría fascinante.

Hay cartas que nos conmueven, por ejemplo, pero también nos explican, nos abren los ojos, nos comparten hechos, temas trascendentes. Hay poemas que solamente juegan con las palabras, que las hacen ir de aquí para allá, como en una especie de vaivén, un movimiento repetitivo, con un ritmo atrayente. Otros poemas nos rompen en mis pedazos, abren la cortina de la realidad, parten el suelo de la sociedad, nos iluminan el rostro con verdades que hieren, de tan fuertes, de tan terribles nos derrumban en cuanto pasamos de un verso a otro; a esos poemas los veo como una especie de explosión, apenas dura, pero el impacto es enorme.

Existen esos otros poemas que vamos disfrutando poco a poco, como un perfume, como un lugar sagrado: entramos con pasos suaves, de puntillas, sin querer mover nada, sin hacer ruido, como captando todo lo que nos rodea, ese tipo de poesía permanece más tiempo con nosotros, porque tenemos que revelar cada verso, encontrando una y otra vez algo distinto. No es una explosión, es la inmersión a otros universos. Ambas formas son fundamentales.

Ahora, a mí me gusta que ustedes como lectores puedan sentir en un solo texto, todas las emociones y sensaciones posibles, esa es mi aspiración cuando escribo algo diferente, cuando salgo de lo versado, cuando trato de llegar a otros cielos, cuando procuro ver a través de los espejos con distinta mirada.

¿Para qué la poesía si tenemos la vida, la música, la pintura?, ¿para qué la poesía si tenemos formas más efectivas de comunicarnos?

Ustedes, ¿qué piensan? Yo creo que en la poesía encontramos las palabras que precisamos cuando nos afrontamos a los grandes temas de la humanidad como la existencia, el amor y la muerte.

También creo que en la prosa encontramos la manera de llegar más rápido, más pronto, más efectivamente, por ejemplo como ahora, que seguramente se darán cuenta de que escribo desde una certeza como una hoja en el aire y todas los cuestionamientos posibles como la infinita combinación de palabras de un nuevo poema.

En la poesía conviven: el amor, la vida y la muerte.

Al inicio fue la palabra poética.

El ojo de Lya | El cuento de la criada ≛Temps. 1ᵃ-2ᵃ-3ᵃ

El cuento de la criada / The Handmaid’s Tale es una serie basada en la novela homónima de Margaret Atwood. En 2017 la serie enganchó mi atención, pero la disparidad de los tiempos de estreno entre cada temporada me hacía perder el hilo del argumento de la historia, y por tanto mi atención. La última temporada la vi hasta cuatro meses después de su estreno; sin embargo, en cuanto terminé el último capítulo, nació el impulso de verla nuevamente y de forma continua; esto me permitió reconocer cierres, contrastes y fisuras que antes se diluían entre la espera.

Temporada 1 – Abril 2017: La serie presenta de forma directa a sus personajes y conflictos. Sitúa la historia en Gilead, un régimen que surge tras la crisis ambiental y de fertilidad; lo que antes fue EUA ahora es una nación teocrática controlada por hombres, donde las mujeres son jerarquizadas según su utilidad. La trama se desarrolla principalmente en Boston y el conflicto central se articula entre June Osborne/Offred y Serena Joy: mientras Serena desea desesperadamente un hijo, June solo busca sobrevivir, recuperar a Hannah y liberarse de su condición de criada.
Las criadas son mujeres fértiles obligadas a vivir con un comandante y su esposa; mediante una “ceremonia”, el comandante intenta engendrar un hijo que, al nacer, será propiedad del matrimonio. Tía Lydia es la figura encargada de educar, vigilar y castigar a las criadas. June es asignada al comandante Fred Waterford y a Serena; aunque aparenta resignación, su voz interna está cargada de rabia. A través de sus recuerdos conocemos la vida que le fue arrebatada y la instauración del régimen. Serena, pese a su posición privilegiada, vive una frustración que canaliza en soberbia y enojo.
Gilead se sostiene también en figuras funcionales: las Martas, destinadas al trabajo doméstico; los Ojos, encargados de vigilar el sistema; Nick, chófer de los Waterford, es uno de ellos y desarrolla una cercanía con June que deriva en una relación íntima, impulsada por Serena en su obsesión por concebir. y muestra espacios clandestinos como Jezebel’s, burdeles exclusivos para comandantes. Completan el entramado Luke, esposo de June que escapa a Canadá; Moira, su mejor amiga, y las demás criadas —Janine, Emily, Alma y Brianna— que forman una red silenciosa de apoyo. La temporada cierra con la noticia del embarazo de June.

En esta temporada conocemos a Gilead como entidad, con la justificación de seguir los mandatos que Dios instauró en la biblia, este país se rige por lo valores de la familia tradicional, la mujer a “su destino biológico: los hijos” ademas de que tienen prohibido leer y escribir; mientras que el hombre es la única figura de autoridad irrefutable tanto en casa, como en la sociedad. El régimen sigue un lineamiento de severos castigos al que incumpla sus normas; sin embargo, pronto vemos las fisuras que hacen evidente la hipocresía de Gilead, como los Jezebel’s dónde pueden beber alcohol y tener sexo por placer, no para engendrar.

Temporada 2 – Abril 2018: Esta temporada profundiza en cómo Gilead se consolidó de forma paulatina. A través de Emily, una criada que fue profesora universitaria, se evidencia la supresión de los derechos de la comunidad LGBT+. Surge una complicidad entre Serena y June cuando Waterford queda hospitalizado tras un atentado: Serena escribe a nombre de su esposo y June revisa los textos, quebrantando la prohibición de leer y escribir. June da a luz a una niña a la que llama Holly, aunque los Waterford la rebautizan como Nicole. La narrativa se amplía con Las Colonias, territorios tóxicos destinados a mujeres infértiles o rebeldes. Se introducen personajes clave: Tuello, agente de EUA que busca la cooperación de Serena, y Lawrence, un comandante fundador del régimen, pero ambiguo frente a sus propias reglas.
La trama de Nick se complejiza cuando le asignan como esposa a Eden, de 15 años. Ante su indiferencia, ella huye con otro guardia; ambos son delatados y ejecutados públicamente. Este hecho sacude a Serena, y June intenta advertirle del destino que le espera a Nicole. Juntas impulsan una iniciativa para permitir que las niñas aprendan a leer; Serena cita la Biblia ante el comité y recibe como castigo la amputación de su dedo meñique. En este quiebre, June la convence de permitir la fuga de Nicole con Emily, aunque en el último momento decide quedarse en Gilead por su otra hija, Hannah.

“Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos; las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten”.

La frase anterior se escucha de voz en off de June, encaja en la ficción de la serie, pero tan realista que refleja la situación actual. En esta temporada, Gilead refuerza el orden y control, ya que es evidente que su poder no está suficientemente fortalecido en su territorio, menos ante el mundo. Consideró que la trama profundiza mucho en Serena, en el exterior muestra una rigidez por acatar las reglas, pero gradualmente conocemos la sensibilidad, inteligencia y determinación de su persona; si bien apoyó la instauración de un régimen, no imaginó la radicalidad que tendría en la práctica, incluyéndose ella. Aunque empieza a tomar conciencia, aún le queda mucho por recorrer. 

Temporada 3 – Junio 2019: La temporada abre con la llegada de Emily y la bebé Nicole a Canadá. Serena, deprimida, se refugia con su madre, una mujer extremista que poco la sostiene. Nick casi no aparece: es enviado a la guerra por Gilead, al regresar es ascendido a Comandante. Serena, de vuelta en su rol de esposa de Waterford, se arrepiente de haber permitido la salida de Nicole y busca verla con ayuda de Tuello. Fred inicia una campaña mediática para exigir la repatriación y, junto con Serena, June y Tía Lydia, viajan a Washington D.C., ahora capital de Gilead. Ahí conocen al comandante Winslow, figura clave del poder. Las reglas en D.C. estremecen incluso a Lydia: las criadas llevan la boca sellada con anillos metálicos. June le suplica que esto no llegue a Boston; Lydia lo promete. Ante el fracaso por recuperar a Nicole, Serena recurre a Tuello y entrega a Fred al gobierno de EUA a cambio de la bebé. ya en la cárcel Fred confiesa un crimen de su esposa y ella también queda en detención.
En paralelo, June conoce a Natalie (OfMatthew), una criada fiel al régimen que la delata y es rechazada por las demás, llevándola a un quiebre emocional. Tras ser herida, Natalie es sometida a una cesárea y declarada con muerte cerebral. Cargada de culpa, June promete sacar a tantos niños como pueda de Gilead. En ese proceso mata al comandante Winslow, deja morir a Eleanor Lawrence y, al cierre de la temporada, logra que 86 infancias, junto con Martas y criadas, escapen a Canadá. June queda herida, sostenida por sus amigas, otras criadas, que la han ayudado y acompañado.

En esta temporada se profundiza en la fragilidad emocional de las mujeres: Natalie tiene un techo y comida a cambio de parir hijos, pero poco a poco se fragmenta. A Gilead nada le importa la estabilidad mental de ellas; June parece desquiciarse desde el tiempo que la obligan a acompañar a Natalie y después con la propuesta de sacar a los niños. Eleonor que se arrastra en la oscuridad de su conciencia, al atestiguar dónde llegaron los planes de su esposo. Hay un vistazo a la vida previa de Lydia, la inseguridad en sí, la insatisfacción de su deseo y de cómo nace la rigidez en acatar las normas, lo que la lleva a congeniar eventualmente con la ideología de Gilead. La que me sorprendió fue Serena, que pasó por alto la autoridad de su esposo por satisfacer su instinto materno.

Quiero destacar la excelente selección musical de la serie. El cierre de cada episodio va acompañado de una canción, por lo general relacionada con la trama del mismo. Así que aproveché e hice una playlist en Spotify que incluye todos los temas de las 6 temporadas. 👇🏼


Aguanten las que crían…

Colaboración Por Paola Pérez

Aguanten las que crían

Las que cuidan

Las que maternan

Aguanten las que abortan

Arriba las profes

La emprendedora

La feriante

La artista y la artesana

La lucha es por ti, por mi

Por la madre, la hija, la abuela y la hermana

Lucha mujer y no pares de luchar

Por todas las que vienen y vendrán

Justicia a la maltratada

A la abandonada

La violada

Y la asesinada

Y valor

Porque no es tu culpa

Te van a tratar de convencer

Pero grita conmigo, NO ES MI CULPA

TODAS, NO ES MI CULPA

Y estamos cansadas de repetirlo

Pero más cansadas estamos

De vivir a diario la violencia

La amenaza constante del patriarcado

Porque tristemente

Si hay algo que nos une a las mujeres

Es el ser siempre blancos del maltrato

Y estamos aburridas

Estamos hartas

Invito, aquí y ahora

A gritar, a volvernos ruidosas

A tomarnos las manos

Y jurar cuidarnos entre todas

A mirar a la amiga a tu lado

Y decirle que nunca más estará sola

El tiempo en que ser mujer sonaba a maldición acabó

Porque hoy, al fin, ¡nos abrazamos nosotras!

No soy tu flor, soy maleza

Crezco libre y porfiada

Las malezas eres tú, soy yo, ¡y las malezas RESISTEN!

Paola Pérez Zamora (Valparaiso, 1990). O Amapola, porque siempre le dijeron que mala hierba nunca muere y la famosa flor roja es precisamente una maleza, y como ella, las malezas resisten. Fotografa de profesion, activista feminista de corazon, escritora porque la vida no le dejo otra opcion. Diplomada en estética, feminismo y crítica Uc, en 2019 retoma la poesía, participando en concursos, publicaciones colectivas, colaboraciones y grupos de lectura. Ese año ve la luz el plaquette “Todo da lo mismo” (Escafandra Ediciones). “Sobre la serotonina y otros venenos” (Editorial Camino, 2022) es su primer libro – poemario. Actualmente reside en Quillota y dedica su tiempo a su proyecto #serotoninatkm, microeditorial de fanzines.

Desde el Naranjo

Colaboración Por Marlene Palma

Deseaba saltar. En eso pensaba ella, posada en un árbol. Siempre, al subir, le impregnaba el deseo. “¡Qué aroma delicioso!” Aurora extrañaba el aroma a naranja cuando bajaba de allí. Los momentos más lúcidos y nítidos fueron entre naranjas.

La primavera tornaba granada sus tersas mejillas, corría debajo de los árboles junto a algunos niños, aun sin poder distinguir con claridad sus facciones, ella les sonreía. Una mañana, los niños llegaron cuando todavía estaba posada en su rama, murmuraron bajo el árbol: “ya no quiero que esté con nosotros” “tampoco yo, habla todo el tiempo de cosas extrañas” “¿Han escuchado las tonterías que dice?” “Sí, siempre con cara de perplejidad, viendo a las aves o cualquier estupidez que se atraviese” «dice que somos iguales». Todos reían. La niña contempló el momento en el que ellos se marchaban, la hierba lucía esplendorosa, la expresión en la cara de los niños era clara.

El río no era más transparente que ella, adoraba sus pies, acariciaba su cabello con dulzor para aliviar el manto ardiente del verano. Planeó acercarse a su árbol, contraer el tiempo entre ambos, caminó de un lado a otro en el lugar que había destinado para ello pero no pudo determinar el tamaño de cada espacio ni el aspecto exterior, todo parecía desproporcionado desde allí. Subió al árbol –desde aquella clara mañana que vio partir a los niños ya no lo hacía con la misma frecuencia, temía ver a las personas a través de sus palabras–, una extraña sensación flotaba allí como el aroma a naranja. Desde allí creó su hogar.

Aurora amaba su soledad. El entorno satisfacía sus sentidos y la colmaba de ensoñación: posar en la rama de su árbol y disfrutar el aroma cítrico mezclado con otros todavía indescifrables. La hacía dueña del espacio y el tiempo, inmaculados néctares que extasían con sabor a libertad. La brisa de la tarde bronce y dorada humedecía su piel, las gotas permanecían en sus labios carmesí, el viento ondeaba su cabello cada vez más frío, pues la noche se acercaba.

Sin conocer aún la naturaleza de un nuevo sentimiento, llegó éste poco a poco hasta que comenzó a deteriorarse otra vez la vista de Aurora. El calor del brazo humano rodeó su cuello, la oprimió un estremecimiento al sentir que una mano tomó la suya.

No podía ver el rostro de él. Sus ojos enfermaron pero oía bien, emprendió cada paso y decisión de acuerdo a lo que escuchaba.

Los días fueron invariables, Aurora no subía al árbol. La mano que la acariciaba la retenía y la mantenía abajo mediante discursos ingeniosos. La boca púrpura de Aurora temblaba, la noche silenciosa apagó el brío en su semblante. Salió a beber la luna, intentando ver el reflejo de ayer; él no estaba, así que la mujer subió al naranjo. Lo vio llegar, fue la primera vez que lo observó desde allí: cada detalle de su rostro se reveló, a través de los ojos vacíos mostró su interior. Aurora aspiró el aroma del jugoso elixir, se dio cuenta de que ella estaba en la rama y él abajo. Él no trataría de subir al árbol, le parecía alto así como innecesario llegar ahí, las naranjas no le apetecían.

Mejoró la vista de Aurora ¿Abandonar la rama en la que bebe el verde fresco de la hierba o a las flores radiantes, dejar de admirar su florecimiento al igual que su muerte, para permanecer en la sombra de los muros en la tierra? ¿No era puramente hermosa la interacción gravitatoria que había entre ella y la materia de su contemplación? Tenía dos opciones, una convicción: decidió permanecer en el árbol toda la noche. Esta vez osó arrancar una naranja, pero antes, contempló el entorno, lo saboreó, lo vio distinto, apreció todos los aromas a la vez: la hierba, las flores, la madera, la tierra. Las aves trinaron, el rocío malva permeó su esencia, a la orilla de la frágil rama estiró la mano para arrancar el fruto, simultáneamente extendió los brazos para ascender.

Semblanza:Fecha y lugar de nacimiento: 13-01-1989 Estado de México, México.Estudios: Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, UNAM.Las dos artes que más amo son la música y la literatura. De la última he hecho un poco: 

Publicaciones: Editados y difundidos por el INPI en formato digital: Cuentos «Voces del Volcán»; Romances “El camino de cempasúchil” y cuatro sonetos “Cielo y Tierra”.Editorial Alas de Cuervo: Cuento Rectángulo en la noche, de la antología «Relatos Fúnebres” y Regresaré a buscar la llave, de la antología “Criaturas nocturnas II”.Revista “Las Vetas del Azogue” Edición OTOÑO 2024: Cuento Lapuertaperdida.

¡NOVIEMBRE¡ … VISIBILIZAR  LA VIOLENCIA DE GÉNERO.  

Colaboración Por Fabiola Juárez

El mes de noviembre en todo el mundo occidental se lleva a cabo manifestaciones, jornadas, ciclo de conferencias, performance, pronunciamientos, etc. para visualizar la violencia de género. Se sigue insistiendo, se sigue alzando la voz, se sigue impulsando acciones para ponerle fin. Y sin embargo… ¡NO para ¡. ¡Las mujeres jóvenes y niñas en su mayoría son víctimas de feminicidio en México, viven en riesgo constante de sufrir algún tipo de violencia! “Los feminicidios son la manifestación más extrema de los actos sistemáticos de violencia contra las mujeres y las niñas por el hecho de ser mujeres. Una constante de estos asesinatos es la brutalidad y la impunidad que los acompañan. Estos crímenes constituyen la negación del derecho a la vida y de la integridad de las mujeres”.

El estudio que realizaron ONU-Mujeres México, el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) y la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM) del Gobierno de México, dan cuenta de ello en el documento: “Violencia Feminicida en México: Aproximaciones y Tendencias” 2020. Es una publicación que visualiza la situación que guardan los delitos violentos contra las mujeres, en relación con la violencia feminicida que ocurre en el país, y tiene el objetivo de optimizar los procesos de prevención, atención, procuración e impartición de justicia.

FABIOLA JUÁREZ AVENDAÑO

Antropóloga feminista ENAH. Fundadora y editora de la revista feminista independiente “Las Genaras. Rumbo a la Equidad de Género”, Ex coordinadora de proyectos con perspectiva de género en Asociación Civil ACICAMATI, A.C.  Fui tallerista en la Faro Miacatlán y Tláhuac de la Secretaría de Cultura CDMX y actual coordinadora de la Modalidad de Publicaciones con identidad.  PFAPO-SEPI.

La Interpretación de una escena

Colaboracion Por Karen Espinoza

Esta misteriosa escena nos arroja pizcas de una historia sin revelarla por completo, no sabemos qué pasó, tal vez alguien fue asesinado, tal vez por ella; quizá ella fue lastimada por alguien más, intencional o accidentalmente. Podría ser que se encontró con este acontecimiento y quedó desconcertada, enojada, triste o simplemente paralizada por la situación. Hasta puede ser ninguna de estas opciones; igual y está protestando, de manera explícita, contra la caza desmedida de animales marinos y la destrucción del mar. Las posibilidades son infinitas. Con certeza, sólo sabemos una cosa: ella está sentada en un charco de sangre, no más ni menos. Tal vez no estemos satisfechas con estas pistas descontextualizadas, pero en la vida estamos obligadas a aceptar que no siempre tendremos una resolución. A veces toca inventarse una historia para soportar la realidad. La verdad, cruel o no, es que nosotras nos inventamos el sentido de las experiencias que vivimos o atestiguamos para no perder la cabeza, y así aguantar la dura resignación de que las respuestas que buscamos no llegarán. 

Entonces… sólo queda levantarse del charco de sangre, cuando nos regrese la sensación al cuerpo; limpiarnos un poco, sabiendo que no se irá la mancha por completo, y seguir luchando. 

Karen Espinosa es psicóloga social atrapada en el corporativo. Ha escrito ensayos sobre la caricatura sociopolítica mexicana, la censura y la historieta para diversas publicaciones académicas. Bajo el seudónimo de Kikinka pinta y dibuja en acuarela para fluir con el agua y calmar su cerebro ansioso. Además ha hecho un par de fanzines y participaciones en antologías de historieta para contar historias pérdidas.

Las chicas solo querían divertirse (carta a una amiga) | El retrato de una chica perdida

Por María Fernanda Vázquez

En la semana coloqué mi música en aleatorio, iba tarde porque me quedé dormida gracias a que últimamente no encuentro reposo para la sensación de cansancio. Recuerdo que una vez escuché en la radio a dos locutoras, el programa era de música, era de mañana, las ocho, creo; ellas comentaban que habían dormido pero sin descansar. Supuse que era una exageración y ahora habito en ese oxímoron a mis veintipocos.

No está mal.

Es decir, sistemáticamente está mal acostumbrarse a ello, el sistema en el que nos engranamos todos los días no debería ser así; pero no está mal admitir los cansancios. Admitirme humana y cansada es uno de los mayores alivios que he experimentado en estos días, uno de los pocos que me deja la rutina… Ahora, es cuando me recuerdo a mí misma que mi intención al comenzar a redactar esto era no ser demasiado pesimista.

Retomo.

En la semana coloqué mi música en aleatorio, iba tarde y fastidiada, porque me culpaba por mi propia incapacidad de ser disciplinada con algo tan básico (aquí por favor lean con tono sarcástico) como levantarme todos los días a las 6 de la mañana para pasar unas, para nada agotadoras, tres horas en el transporte -muy eficiente- de la ciudad.

Sin duda era mi culpa.

Entonces,
en la semana,
una que se se parece a muchas, muchas semanas que he transitado viendo por una ventana en donde no decido detenerme a observar porque ya lo vi todo, ya lo conozco todo, pero, en realidad no identifico nada, solo lo paso. Lo veo de frente, pero no reconozco sus detalles, inhalo un aroma que no identifico, toco superficies que no me sensibilizan y escucho la misma plática ininteligible que, sin detenerme a decodificar, me aseguro que es una charla sin sentido.

Así que,
En la semana, que pudo ser cualquier otra semana, puse música en aleatorio. Iba en ese asiento que es mi favorito, y el favorito de muchxs según un ranking de asientos del metro que alguna vez vi en redes sociales, el asiento solito que va al final del vagón. Dos personas que se sientan una frente a la otra pero deciden ignorarse el resto del trayecto con la absoluta certeza de que tienen un breve momento de espacio personal que no será perturbado. El paraíso del cuerpo fatigado e introvertido (soy infj).

Lo que pasó ese día, de la semana, una semana, fue que el metro no avanzaba con dificultad, no contenía dentro de sí mismo a una multitud de cuerpos en busca de un poco de aire, un poco de espacio, un huequito para existir.

No, iba libre.

Iba libre, yo iba tarde.

La ciudad ya estaba iluminada, descobijada y, aparentemente, activa (aunque se sabe que la ciudad está activa desde mucho antes, cuando cuerpos cansados poco a poco van activando todo con su transitar). Miré, descolocala por la elección musical y optimista de mi algoritmo, frente a mí a una chica que también llevaba sus audífonos puestos, su bolsa colgaba de entre sus dedos como si quisiera rendirse, caer y ver que forma tomaba una vez que las asas eran liberadas. Sin embargo, ella no la soltaba. Parecía contener toda su fuerza en su mente -aunque esta ya soy yo proyectando mi propio proceder-, para que los pensamientos no ganaran y liberaran las lágrimas que se estaban acumulando desesperadamente, difuminaban su mirada.

Una vez me dijeron que era peligroso llorar en el transporte público -no sabes quien te está viendo, no sabes quien podría aprovecharse de verte vulnerable-

Está todo muy jodido.

Por eso esa semana desconecté “accidentalmente” el bluetooth de mis audífonos y dejé que la canción sonara un poco en el vagón. Ella me vio, yo le sonreí como cuando le dices a alguien está bien, no pasa nada. Dejó que sus lágrimas fluyeran del estanque de sus ojos.

Al final, todo esto es una dramatización de un evento, chiquitito, rutinario. Quizá esa chica acababa de bostezar y yo me hice una película en mi mente, para tener algo que escribir, para tener la oportunidad de redactar esto y poder decir: estoy cansada, pero antes tenía ganas de divertirme.

Todavía las tengo.

Pero es peligroso, pero no hay tiempo, pero hay cosas más importantes que hacer.

y esto en realidad no pasó hace poco, en esta semana; ni hace mucho.

Esto pasa desde siempre y seguirá pasando. Sin embargo, tengo una amiga que vive cerca de mi casa y también vive a miles de kilómetros de distancia, mi amiga me abraza y me consuela, mi amiga lleva conmigo toda mi vida y mi amiga aún no se cruza en mi camino. Mi amiga a veces llora en el metro.

A veces yo soy la amiga.

es una y son todas

somos una y todas;

Hay semanas en las que escribo cosas que no tienen mucho sentido,
Pero no me importa, me estoy divirtiendo. (Quería, ahora lo hago, de vez en cuando…, jeje)

A cada una de mis amigas les digo que deberían hacer lo mismo. Creo que si le debemos algo a alguien, es solo a nosotras mismas. Es peligroso llorar en el metro, porque no sabes quien te está viendo, quizá hay que devolver la mirada, llorar en su cara y recordarles que estás cansada, pero eres fuerte.

Postdata: Decidí tomarme de manera seria el escribir, la sorpresa radica en que al parecer tengo que equivocarme, al parecer una debe rev/belarse. Así escribo, ahorita; espero eso transmitir. Esto es mío y suyo, de todas es el lenguaje.

✮ ✩ 

Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, crecí en el Edomex y ahora vivo allá, pero duermo acá, por decir algo. Actualmente vivo mis últimos instantes como estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM (aún en trámites de titulación, je) y espero poco a poco perder el miedo a mi voz.

Mi interés por la literatura ha crecido conmigo, no linealmente, pues es un vaivén de encuentros y desencuentros que me confirman que siempre hay algo por aprender y compartir. Espero poder encontrarme en las letras de lxs demas, espero alguien se encuentre en las mías.

SOMOS

Por Madelaine BO.

La sororidad no es un concepto que se limita a un día al año, es un compromiso que debemos asumir todos los días. Es el apoyo mutuo, la empatía y la solidaridad entre mujeres lo que nos hace fuertes y nos permite avanzar juntas.

No se trata de celebrar un día, se trata de vivir cada día con la convicción de que juntas somos más. No se trata de usar el feminismo como una etiqueta, se trata de vivirlo en cada acción, en cada palabra y en cada decisión.

No permitamos que la sororidad se reduzca a un hashtag o a un post en redes sociales. Es hora de que nos apoyemos de verdad, sin condiciones ni intereses. Es hora de que nos escuchemos, nos entendamos y nos ayudemos a crecer.

La sororidad es un compromiso con nosotras mismas, con nuestras hermanas, con nuestras hijas y con las generaciones futuras. Es un compromiso con la igualdad, la justicia y la libertad.

No olvidemos que el feminismo no es un juego, es una lucha por nuestros derechos y nuestra dignidad. No lo usemos como una herramienta para nuestro beneficio personal, usémoslo para construir un mundo más justo y equitativo para todas.

El patriarcado puede ser opresivo, pero no debemos olvidar que hay hombres que también luchan por la igualdad y nos apoyan en esta causa. La sororidad no es solo entre mujeres, es también con aquellos que creen en la justicia y la igualdad.

Debemos comprometernos todos los días a practicar la sororidad, a apoyarnos y a cuidarnos mutuamente. Y no olvidemos el amor propio y el autocuidado, es fundamental para poder dar lo mejor de nosotras mismas.

«El amor propio es el primer paso hacia la sororidad»

«El futuro es feminista o no es futuro» – Angela Davis

Trabajo no remunerado

Versátil : La libertad de pensar


Osmara Rodriguez

El otro día leí una cifra que no puedo sacarme de la cabeza: las mujeres pierden 7.3 horas de tiempo libre al casarse , por su parte los hombres ganan en promedio 2.9 horas libres al casarse (cifras de INEGI y UNAM).

Las labores de limpieza y cuidado del hogar han sido relegadas en su mayoría a las mujeres y es que lo tenemos tan normalizado que se vuelve una carga invisible y constante. En nuestra infancia ¿Quién no recuerda en las cenas familiares como las mujeres son quienes sirven y recogen platos? Pero nunca lo cuestionamos, solo pensábamos que era algo natural ,el cielo es azul y las mujeres cocinan .

Y aunque ahora se que esto no es un hecho absoluto la realidad es que sigue siendo así pese a los avances sociales el trabajo no remunerado de los hogares sigue siendo un gran problema en nuestra sociedad, tan solo en México el trabajo no remunerado en 2025 tuvo un valor aproximado de 8 billones de pesos equivaliendo el 23.9% del producto interno bruto (PIB) de México . Y es terrible darse cuenta que nuestra economía tiene base en la sobreexplotación de la mujer .

Estas cifras me hicieron recordar un pasaje de la «Campana de Cristal» donde la madre de Esther(protagonista) menciona como al casarse , su esposo le dice durante la noche después de la boda :

“Al fin podemos dejar de fingir y ser nosotros mismos.Y desde ahí en adelante mi madre no tuvo un momento de paz.”

Y esta ha sido la historia de muchas mujeres que creyeron casarse con un hombre diferente y después de un tiempo llegó el desencanto. ¿Cuántos sueños se vieron olvidados por mujeres que tuvieron que limpiar,maternar y cocinar?

Para lograr un cambio ,es necesario cuestionarnos ,redistribuir ,reconocer y remunerar las labores domésticas

Los árboles y las pantallas que me rodean | El cuerpo de la naturaleza

Por Mijal Montelongo Huberman

El año pasado, Carmen me invitó a una mesa de la MexiCona sobre el cuerpo como parte de la naturaleza en donde tuve la oportunidad de platicar con otras biólogas y escritoras. La mesa me dejó con reflexiones e ideas sobre cómo definimos el cuerpo. Compartiré algunas en esta ocasión.

En biología, hay niveles de organización que van de lo más pequeño, una célula, a lo más grande, un ecosistema. Estos niveles sirven para estudiar la naturaleza y se basan en su complejidad estructural, pero también en su funcionalidad y autonomía. El cuerpo de un ser vivo es considerado un nivel de organización. Sin embargo, existen organismos unicelulares que responden a estímulos internos y externos, que tienen un ciclo de vida y que realizan los mismos procesos que cualquier otro ser vivo multicelular. Su cuerpo es la célula que los conforma.

Los otros niveles de organización, aunque los diferenciamos en nombre, también se comportan como cuerpos. Un órgano cumple una función específica en respuesta a las señales que le manda su entorno y a los recursos que recibe. Una población puede crecer y extinguirse. Cada nivel interactúa con otros niveles, con otros cuerpos y con su entorno.

En la mesa en la que participé también compartí un fragmento de la novela El cielo de la selva de la escritora Elaine Vilar Madruga:

Aquí estoy y la selva lo sabe.
Me huele. Sé que me huele y me prueba porque conoce mi sudor. Cuando le paría hijos, su lengua entraba bajo mis sobacos y mi coño, carajo, y lamía cada pujo. No me daba tiempo a limpiar a los niños porque ella enseguida les pasaba su lengua de vapor por las barrigas, por las cabezas, por el cordón umbilical, por encima de la placenta. Ya de vieja, le gusto menos. No soporta la peste de lo que va a morir, a la muy cabrona solo le gusta la carnita fresca, el sudorcito de la primera vida. No se conforma con olerme, sabe que hay más, que hay carnita fresca de recién nacido cerca de mi pecho. 
Elaine Vilar Madruga, El cielo de la selva, Elefanta Editorial, 2022, p. 137. 

Este fragmento muestra de manera general de qué trata la obra y que la selva tiene atributos de un cuerpo (aunque estén antropomorfizados). Un cuerpo con deseo sexual como el de las mujeres y niñas de la novela. Un cuerpo que percibe a través de los sentidos lo que ocurre a su alrededor. Un cuerpo que libera cosas al exterior y que se introduce otras más.

La selva se alimenta de niños, niñas y otros seres vivos para sobrevivir. Esto genera un resentimiento en las personas hacia la selva. No se los lleva a todos. Elige únicamente a algunos, ya sea porque son los que más le apetecen, porque contienen más de los nutrientes que ella necesita o por razones aleatorias. Por otra parte, también provee diferentes beneficios a la familia protagonista: refugio, alimento, hogar, materia prima y seguridad; por lo que las personas dependen de ella y la respetan por eso. La selva mantiene de cierta manera un equilibrio entre las partes que la conforman y con las que interactúa.

Las personas pueden adentrarse a la selva o estar a su alrededor. De la misma manera, la selva puede permanecer en su espacio delimitado o extenderse hasta entrar en el hogar de las personas. Hay un flujo e intercambio constante entre los lugares que permite una interacción entre los diferentes cuerpos. Lo mismo ocurre en otros niveles: la membrana celular es permeable a ciertos gases y al agua y tiene una permeabilidad selectiva con otras sustancias, según lo que necesita en su interior para funcionar y lo que produce y que tiene que excretar; los riñones permiten el paso de agua y sales a su interior que después desecha; un pájaro se alimenta de semillas que después dispersa. En un cuerpo siempre hay algo que entra y algo más que sale.

Sin embargo, la percepción de la incursión de ambas partes en el libro y en la vida resulta diferente. Cuando una persona decide entrar a la selva, se ve como una aventura y una prueba de su valentía y destreza. Pero cuando es la selva, o cualquiera de sus componentes, la que se mete en el lugar donde habitan las personas, se ve como una invasión. Como si hubiera una barrera impenetrable entre lo humano y la naturaleza que únicamente nosotras podemos atravesar.

Vilar Madruga nos presenta a la selva como un monstruo, un cuerpo que puede hacer daño o devorar a otros cuerpos. Podemos imaginar a la selva, o a cualquier otro ecosistema, como tal por la falta de familiaridad que tenemos hacia ella. Pero la población humana también es un cuerpo que daña y devora otros cuerpos. Es posible que las especies silvestres nos perciban como un monstruo que toma lo que necesita de su entorno y dañe las partes del cuerpo que conforman un ecosistema.

El respeto hacia los cuerpos propios y los ajenos, de cualquier nivel de organización, es vital para nuestro bienestar. Como ya mencioné, podemos ver a la selva como un monstruo, pero también nos imaginamos algo similar para una bacteria nociva para las personas. Cuando nos enfermamos, esto puede ser porque alguno de nuestros órganos no se encuentra bien, porque las bacterias que habitan en nuestro interior se han visto alteradas, o porque el ecosistema donde vivimos está contaminado. Cualquiera de los niveles de organización puede ser considerado un monstruo de acuerdo con cómo nos afecta.

En cambio, nuestro cuerpo funciona correctamente porque el corazón bombea, porque un hongo habita en la piel y porque los alimentos que conseguimos están en buenas condiciones. La humanidad se olvida de la interacción y el intercambio constantes en que se encuentran todos los seres y niveles de organización. El cielo de la selva las muestra entre una selva y los integrantes de una familia. Aunque la selva se percibe como un ser vasto y mayormente perjuicioso, me hizo reflexionar sobre cómo también puede considerarse a la par de cualquier otro nivel de organización.

Un ecosistema es un cuerpo. Los ecosistemas diferentes son cuerpos diferentes. Ecosistemas similares en distintos lugares son otros cuerpos más. Cada uno está compuesto por diferentes seres vivos, ambientes y, por supuesto, otros cuerpos. Cada ecosistema tiene su singularidad, tal como lo tiene cada cuerpo.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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De recuerdos, aventuras y reflexiones|Crónica de un paseo

Por Tania Farias

A las seis de la mañana de un domingo de puente toda la casa ya estaba en acción. Las maletas habían sido preparadas desde la noche del sábado, pero siempre queda algún detalle por afinar. Los movimientos eran lentos, con la pesadez de un cuerpo que se niega a activarse a una hora tan temprana en un día que se suponía de descanso. La cita había sido fijada para las seis y media, por lo que, llegada la hora, todos estábamos listos y esperando a que pasaran por nosotros. Pero las manecillas se colocaron sobre la media y no había noticias de nuestros amigos. Nada de qué preocuparnos en realidad; estábamos conscientes de la posibilidad de que eso sucediera, así que nos sentamos a esperar el mensaje que llegaría treinta minutos después.

              Los niños iban felices. El éxtasis era evidente desde que nos subimos al carro. Tenían prisa por llegar y disfrutar del día que ya imaginaban desde la ultima que vez que habíamos estado allí y que, para su desdicha, volver había tomado más tiempo del que habían planteado inicialmente. Como todo viaje con niños, las risas, los gritos y, por supuesto, los regaños no tardaron en llegar.

              Dos horas después ya estábamos desayunando en un pueblo a escasos minutos de nuestro punto final. El lugar estaba lleno, con grupos de locales y muchos otros, preparados para el calor que comenzaba a sentirse y que, se notaba, se dirigían al mismo lugar que nosotros.

              Con las baterías recargadas, salimos dispuestos a divertirnos, en especial, los chicos, cuyas ansias desbordaban y nos “endulzaron” los oídos con sus manifestaciones de entusiasmo los pocos kilómetros que nos quedaban por recorrer.

              El plan era sencillo; el mismo que habíamos realizado una vez anterior. Lejos de ser mi preferido, pero sí el de mi hijo: Los niños disfrutarían de su día en el parque acuático y pasaríamos la noche en el área de camping que el centro tiene para ofrecer. Fogata, juegos al aire libre, una cena en el pasto; qué más puede pedir un pequeño.

              Y así lo hicimos, nada más llegar, nos dirigimos a la zona de campamento, la cual, para mi confort, nos proporciona de pequeños lujos que un campamento salvaje jamás podría ofrecer y que me resultaría casi imposible aceptar a estas alturas de mi vida: baños limpios, áreas de ducha, luz eléctrica que ilumina la zona, una pequeña piscina para que los niños continúen la diversión en el agua y un espacio para cargar nuestros teléfonos, ese aparato que parece se ha convertido en el elemento más indispensable de la vida diaria.

              Campamento y entradas al parque pagados, los niños corrieron a cambiarse. Largo se les hizo la espera para concluir los trámites. Los entiendo, cada minuto que pasábamos frente al mostrador, era un minuto que ellos perdían en el agua.

              El día se fue entre toboganes de diferentes sensaciones, un sinfín de vueltas en el río salvaje y un momento final en una pequeña piscina ya muy cerca de nuestra salida, para acceder de nuevo a la zona de camping. Los niños y los papás iban y venían, mientras las mamás esperábamos en algún lugar de sombra con las mochilas llenas de agua, las toallas, los bloqueadores de sol y las sandalias cuando estas no eran aconsejadas por las fuerzas del agua. Mi amiga, de vez en cuando se unía a alguna de las actividades. Yo los miraba de lejos y tal solo mojé mi traje de baño en algún momento en que el calor comenzaba a sentirse muy fuerte y el bochorno era inevitable.

              Después de un día entero en el parque, llegó la hora de montar las casas de campaña y de darnos una ducha refrescante para dormir a gusto, seguido de juegos y una cena sentados sobre el pasto.

              El regreso a casa se realizó en etapas. Paramos para desayunar frente a un lago y después aguantamos pacientemente el viaje que por el tráfico capitalino se alargó del doble de tiempo del que habíamos necesitado para ir. Todos, a excepción del conductor, nos dormimos en algún momento. Ya no había el mismo entusiasmo de la ida. Ahora regresábamos con cansancio por un día lleno de actividades y la fatiga de haber dormido fuera de casa.

¿A dónde voy con todo esto? Es verdad que ese tipo de viajes, están lejos de entrar en la lista de mis ideales. No disfruto de los parques acuáticos en sí; no me gustan los toboganes, ni me siento cómoda estando en lugares tan concurridos, en particular, cuando se trata de un fin de semana de puente. Dormir en un campamento jamás, ni de niña, ha sido algo que yo haya deseado. Realicé algunos en mis años de juventud y soltería y en lugar de encontrar placer, los padecí. Sin embargo, y a pesar de ir únicamente como “dama de compañía” o “cuidadora de las pertenencias” siempre soy yo la que está incitando ese tipo de escapadas. Al final, mi placer más grande es ver la felicidad de mi hijo, la sonrisa que se dibuja en su carita. Por otro lado, me he dado cuenta de que el placer para mí también se encuentra en las pequeñas cosas, como el salir de la ciudad para cambiar la rutina y compartir un buen momento con amigos. De hecho, con el pasar de los años, me he hecho consciente de que mi principal gusto no se encuentra en hacer actividades extremas, ni en visitar lugares exóticos, no. Mi principal gusto está en compartir con personas con quienes puedo pasar horas conversando, con quienes puedo reírme de tonterías, con quienes puedo resolver, en teoría, los problemas del mundo, con quienes puedo ser yo misma, aun cuando eso implique esperar pacientemente mientras los chicos se divierten. Cierto, un viaje a un parque acuático está lejos de ser mi destinación favorita, pero en el fondo y aunque no lo parezca, yo también me divierto a mi manera.

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