Visitas

por Yolanda López

Mi papá dice que mi mamá murió cuando yo era más pequeño y que se tuvo que encargar de mí. Vivíamos con mi abuela. Me dormía con ella porque papá trabajaba mucho y a veces regresaba borracho. Mi abuela se fue y no regresó, papá dijo que estaba en otra casa porque era una vieja. Estuvimos solos mucho tiempo, mi papá no me daba abrazos como mi abuela.

Un día de lluvia, mi papá regresó ebrio a la casa, Claudia venía con él.

— Hijo, ella es Claudia. Va a vivir aquí.

— Hola pequeño. Eres muy lindo —dijo mientras me pellizcaba los cachetes— ¿Cómo te llamas?

— Alex, tengo seis años.

Claudia vivió con nosotros tres meses. Preparaba las comidas, hacia el quehacer, atendía a papá por las noches y me ayudaba con las tareas. Me llevaba a la escuela por las mañanas y me plantaba un beso rojo en la mejilla. Era muy buena conmigo y yo la quería.

Después Claudia se fue. Dijo que tenía que visitar a su mamá, pero volvería a la casa durante las vacaciones de junio. Mi papá no estuvo feliz con la partida de Claudia.

Los trastes se empezaron a acumular, volvía a comer sopas instantáneas y garnachas que vendían en la esquina de la casa. Nadie atendía a papá por las noches, eso lo ponía muy agresivo. A veces me pegaba sin razón por eso trataba de estar muy quieto y no molestarlo.

La maestra estaba muy preocupaba porque no llevaba mis tareas y trabajos, no comía en el recreo y no jugaba como antes con los demás niños. Varias veces me dio citatorios para que papá fuera a hablar con ella a la escuela, pero papá siempre los rompía y tenía que faltar el resto de la semana para que ya no le mandaran nada.

Así pasaron los días hasta que salimos de vacaciones. Claudia regresó, estaba feliz y con mucho ánimo, mi papá también se alegró mucho de tenerla de vuelta.

Todo en la casa funcionaba perfectamente. Al ser vacaciones, Claudia le pidió a mi papá que nos llevará a pasear a algún pueblo cerca de la ciudad o a nadar. Él aceptó y me dijo que empacará ropa en una mochila porque iríamos al bosque.

Una semana después mi papá nos llevo cerca del Ajusco. Era muy temprano, me quedé dormido cuando íbamos de camino. Por un momento abrí los ojos, mi papá conducía mientras Claudia iba en el otro asiento, estaban discutiendo, ella sacudía un trapo y le preguntaba a mi papá que de quién era. Volví a cerrar los ojos era la primera vez que los veía discutir.

Un ruido fuerte me despertó, como un cohete. Claudia y mi papá no estaban, las puertas delanteras estaban abiertas. Me quité el cinturón y bajé a investigar, caminé algunos pasos, empecé a gritar llamando a papá. Luego escuché otro estallido a unos pasos de la camioneta, me asusté y regresé. Me quedé acostado en el asiento de la camioneta hasta que se hizo de noche.

Desperté en otro auto, había muchas luces y personas caminado por todas partes. La puerta de auto se abrió.

— Hola, pequeño.

— ¡Claudia! ¿Y mi papá?

— Duerme. Todo estará bien.

Me abrazó y nos quedamos así un largo rato.

No sé cuánto tiempo pasó, sentí un rayo de luz en mi cara, abrí los ojos y el carro estaba en movimiento. Claudia estaba conduciendo, detuvo el carro frente a un edificio muy grande, lleno de ventanas y una reja muy alta.

— Ya llegamos —dijo Claudia.

— Pensé que iríamos al bosque.

— Eso será en otra ocasión. Toma tus cosas y sígueme.

Cargué la mochila y caminé detrás de ella para entrar por la gran reja. En el jardín había muchas flores de todos colores, una cancha de futbol y una de basquetbol. Cuando entramos al edificio, un policía estaba sentado detrás de un mostrador mirando unos monitores. Tenía una taza de café y unas donas como en las caricaturas.

— Buenos días, Doctora Ramírez —le dijo el policía a Claudia

— Buenos días, Augusto. ¿Alguna novedad?

— No, ninguna, —dijo el policía mientras me miraba— ¿A quién tenemos aquí?

— Él es Alex y vino a visitarnos.

— Oh, bueno. Haremos que su estancia sea una maravilla.

— Alex, saluda al oficial.

Moví mi mano para decir “hola”. Tomé de la mano a Claudia y le pregunté:

— ¿Dónde está mi papá?

— No te preocupes, Alex. Ven te mostraré tu habitación.

El policía nos abrió la puerta, entramos y él me tocó la cabeza. Claudia me llevó por un pasillo muy largo y estrecho. Había muchas puertas y estaban decoradas con arcoíris, osos, robots y unicornios. Llegamos a una puerta que tenía muchas flores. 

— Aquí es: habitación 162. Dormirás aquí —dijo Claudia mientras abría la puerta.

— Claudia, ¿Dónde está mi papá?

— Alex, ya lo habíamos discutido, mi nombre es Renata. Soy tu doctora.

— Esta bien, si quieres te puedo llamar Renata pero me gusta más Claudia.

— Ponte cómodo, Alex. —dijo Renata mientras caminaba a la puerta. —Mañana te espera un largo día.

— Espera —le dije— ¿Me das un beso como cuando me dejabas en la escuela?

— Descansa, Alex.

Renata cerró la puerta. En la habitación había una pequeña cama, un escritorio, una silla y una ventana. Dejé mi mochila en la cama, me subí en la silla, para ver por la ventana. Pasé muchos días en ese lugar, jugaba muy poco con los demás niños, tomaba clases como en la escuela. Muchas veces vi a Claudia en la puerta del salón y a mi papá lo veía jugando en la cancha de futbol. Cuando le contaba eso a Renata me decía que era normal que los viera pero pronto se irían, yo le decía que no quería que se fueran porque los extrañaba mucho.

Una noche, escuché como golpeaban mi ventana con pequeñas piedras, me asomé y mi papá estaba parado debajo de la ventana, me saludo. Claudia estaba a su lado, me mando un beso con la mano. Los dos se fueron caminados por el sendero hasta desaparecer. Pude ver el agujero en la cabeza de mi papá y la herida de Claudia en el pecho. Me gusta más cuando vienen a visitarme sin la sangre.




Yolanda López Martínez

(Ciudad de México) A una temprana edad se percató que las historias servían para entretener, conocer nuevas cosas y, sobretodo, para asustar. Consumidora de libros y películas del género de terror, se dedicaría durante sus años escolares a perfeccionar su forma de escribir para crear nuevas maneras de asustar y tener su propio mundo infestado de seres sobrenaturales. Al salir del bachillerato, decidió estudiar la licenciatura de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) para seguir aprendiendo a mejorar su técnica. Al terminar la licenciatura trabajaría durante un tiempo como profesora en un programa social del gobierno fomentando en sus alumnos el gusto por la escritura y la lectura.

Estelar

por Mónica Soto

Cae un brazo lentamente

se doblega como una bailarina

el otro brazo se extiende 

como la ráfaga del viento,

es un ritmo profundo en el cerebro,

el movimiento armónico

izquierda y derecha,

la bailarina se doblega un poco más

pero sus piernas están tensas

abiertas como un abanico oriental,

se abren, se abren, solo los brazos bailan,

el ángel de los caídos sonríe en el pavimento,

ella sueña una y otra vez que se despeina,

y el viento hace su trabajo,

los rostros asustados miran por la ventana,

es tan hermosa la bailarina, tris, tras,

escuchó la música por última vez,

el último show es al aire,

termina pero nada es limpio,

el sueño es profundo y rojo,

rojo y profundo,

sus labios palidecen como la luna,

y ella mira la luna fijamente.




Mónica Castro Soto

«Mi nombre es Mónica Castro Soto, tengo 27 años, nací en la ciudad de Hermosillo, Sonora. Estudié la licenciatura en Literaturas Hispánicas  en la Universidad de Sonora, actualmente trabajo como profesora de asignatura, literatura. La lectura y la escritura creativa son para mí la mayor expresión de experiencias de vida, así como también un medio para comprendernos entre escritores y lectores.»

Gizmo

por Vanessa Arvizu

Cuando adoptaron al schnauzer, fue la niña quien se encargó de ponerle el nombre. Había visto la película ochentera de los Gremlins y decidió nombrarlo como la criatura principal, “Gizmo”. En pocos días, Gizmo se había convertido en la alegría del hogar. Le enseñaron a cagar y mear afuera de la casa, a dar la pata y traer la pelota. Al perro le encantaba reventar globos, así que, una que otra vez, jugaban en familia a torearlo con un globo hasta que el perro lograba quitárselos, lo tronaba y recibía un premio por ello. Pero lo que más les gustaba era sacarlo a pasear. 

En la calle, Gizmo se comportaba extraordinariamente, no molestaba a la gente y nunca atacaba a otros de su especie. A su dueña le causaba mucha gracia la manera en que Gizmo se acercaba a otros perros, no iba directamente al trasero como todos los demás, sino que restregaba el hocico en las orejas de los caninos. Una vez, le pareció que Gizmo se acercó a un labrador susurrando “Únete a la revolución”, desde entonces ella empezó a tomar un medicamento para controlar su ansiedad.  

La vida era maravillosa al lado del perro, por eso les partió el corazón cuando, luego de abrir la puerta del garaje, el schnauzer salió disparado fuera de casa y gastaron días buscándolo sin descanso. Hasta entonces no sospecharon nada, pegaron carteles por toda la colonia y revisaron hasta el último rincón sin tener éxito. Tampoco sospecharon cuando en las noticias alertaron de la desaparición masiva de perros, o cuando en redes sociales la gente compartió fotos y videos de hordas de caninos corriendo en libertad. Lo supieron hasta que lo vieron en la televisión, ahí estaba Gizmo, altivo, liderando a un grupo de canes. Pero les quedó más claro la ocasión en que, en pleno caos ocasionado por la rebelión de perros, llegó hasta su puerta una jauría que les escoltó hasta un lugar recóndito. Ahora viven en completa felicidad rodeados de perros y, una que otra vez, cuando Gizmo deja de lado sus asuntos importantes, juegan en familia a torearlo con un globo hasta que él, con su característica destreza, lo revienta.




Vanessa Arvizu

(Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016.  Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.

Ojalá hubiera

por Vane Aguilar

Ojalá hubiera logrado transmitirte la espiral de emociones que erizaron mi pelaje la primera vez que me tomaste entre tus brazos. ¿Notaste el brillo en mis ojos y cómo mis orejas se irguieron al tiempo que mi rabo abanicaba el breve espacio que nos separaba? 

Ojalá hubiera podido comunicarte que el clímax llegó cuando nuestros ojos hicieron contacto. Que se trató de un amor a primera vista porque nuestros latidos se acompasaron. A partir de entonces comenzaste a pronunciar una palabra: Bombón. La repetías cada vez que me mirabas o deseabas decirme algo. <Bombón, ven. Bombón, no muerdas eso. Bombón, aquí no. Bombón, esto. Bombón, aquello>. ¡Qué habilidad para hacerme entender que ese era el nombre que me habías dado! La misma que mostraste cuando colocabas en el piso varias hojas de periódico que después yo mordisqueaba o mojaba por mera travesura, entonces sustituías la primera hoja por otra; lo hiciste muchas veces, las suficientes hasta que logré comprender que ese era el rincón destinado para mi orina. Por eso te seguía a todas partes, porque a tu lado me sentía a salvo, así que me esforzaba por no perderte de vista. 

Ojalá hubiera expresado de otro modo cual duro resultó acostumbrarme a tu ausencia matutina; cuando salías y la puerta se cerraba detrás de ti pasaba horas echada en el sofá con la cabeza recargada en la ventana y los ojos fijos en la nada. Esperaba y esperaba hasta que tu aroma se colaba por mi nariz, entonces de un salto llegaba hasta la puerta y olisqueaba por la hendidura hasta que esta se abría y ahí estabas de nuevo tú. ¡Cuánto adoraba la melodía que componías cuando agitabas mi plato después llenarlo con un montón de bolitas coloridas y deliciosas que previamente remojabas para evitar que me atragantara! Y cuanto lamento los rasguños de emoción que quedaban tatuados en tus piernas y brazos. En un par de días llegaste a conocer lo suficiente a esa bolita inquieta de pelo azabache, encías desnudas y ojos grandes que se tambaleaba al emprender una carrera cuando intentaba llegar a tu lado. ¿Recuerdas nuestra primera noche juntas? Llevaste una mano hacia tu rostro y frotaste tus ojos aun adormilada, mi afán de llamar tu atención hacía qué, sin querer, frustrara tu descanso. La falta de costumbre hizo que un principio me ignoraras, pero no desistí y continuó mi ulular. Cuando al fin me escuchaste y tus párpados se despegaron te incorporaste y fijaste tu atención en la frazada que habías acomodado con sumo cuidado sobre el piso, lo suficientemente cerca de tu cama para mantenerme vigilada. Me buscaste, después arqueaste una ceja al notar que la cobija se arremolinaba en el marco de la puerta de tu habitación. Te levantaste, la acomodaste en el mismo sitio de un principio, me tomaste en brazos y me acomodaste de nuevo sobre esta. <Es hora de dormir>, susurraste antes de posar tus labios en mi cabeza. 

Ojalá hubiera esquivado el miedo que me embargó la primera vez que me llevaste con un desconocido que usaba una bata con estampado, ese que me acariciaba con brusquedad y me hablaba con tono mimoso. El sitio olía al desinfectante que usabas para limpiar el piso de nuestra casa; ese día me pincharon en el lomo y en la patita, según tú para protegerme de enfermedades mortales. Silenciaste mi alarido con caricias y palabras lindas al tiempo que me acunabas en tu regazo. Estar tan cerca de tu pecho me calmó de inmediato porque escuchaba el latir de tu corazón, sobre todo, porque tu olor se intensificaba justo en esa zona. Cuanto me apasionaba cuando sonreías y festejabas cada uno de mis logros con la misma intensidad con la que me reprendiste cuando destrocé las pantuflas que acababas de comprarte o cuando arranqué las flores de los macetones y dejé esparcida la tierra por toda la casa. Entonces decidiste llevarme al parque dos veces por semana, según tú eso ayudaría a gastar la energía que se acumulaba en mi pequeño cuerpo. Quizás era la razón de mi inquietud. <Me lo ha recomendado un amigo>, confesaste con las mejillas encendidas mientras caminaba a tu lado y sujetabas con fuerza la correa que se anclaba al collar de cuero que habías colocado alrededor de mi cuello. 

Ojalá hubiera conseguido retribuirte cuando en nuestro primer viaje juntas tuviste que detenerte un par de veces en la carretera, la falta de costumbre había provocado que ensuciara tu auto con una sustancia viscosa y agría que, sin querer, brotó de mi garganta. O el momento en que me ofreciste un poco de agua y bajamos para dar una caminata solo para relajarme. Y cuando llegamos a esa linda casa y de inmediato desabrochaste el collar de la cadena para permitirme inspeccionar y olfatear cada centímetro del enorme jardín para después marcar con mi esencia cada una de las plantas que custodiaban la entrada. No me detuve hasta que descubrí la imagen que reflejaba el agua cristalina de la piscina: tu rostro.

Ojalá hubiera rogado por que el desapego te sedujera al paso del tiempo y de ese modo restaras atención a ese instante en que mi energía comenzó a menguar. Un bicho extraño se había adherido a mi piel y de a poco fue mermando mi salud.  Intenté camuflar las señales de alarma, pero tú eras tan observadora que no pasaste por alto ese olor tan peculiar que despedía mi cuerpo ni la rapidez con la que mi pelaje empezó a desprenderse hasta dejar mi piel desnuda. Entonces las visitas a ese sitio que olía a desinfectante se volvieron una rutina y, por un largo periodo, todos los días me obligaste a tragar una pastilla de un sabor tan amargo que asqueaba. Porque de ese modo evitaría la mortificación que te provocaba mi fragilidad, la misma que podía reconocer por el tono de tu voz, incluso tu aroma se alteraba porque mi cuerpo continuaba marchitándose y nada podía evitar lo que se avecinaba. Hubo días en que solo me levanté para aligerar la sed que me amagaba, la comida especial que preparabas se atoraba en mi garganta y la poca que lograba tragar en minutos salía despedida debido a los espasmos de mi estómago. Eso te aniquilaba. <Bombón, tienes que comer algo>, musitabas con voz apagada mientras te sentabas en el piso, muy cerca de mi rincón favorito, para confortarme. 

Ojalá hubiera podido hacerte comprender que con ese gesto ahuyentabas el dolor. Y cuanto lamento el desconsuelo que te aprisionó en ese instante en que escupí pequeñas partes de mí interior. Agradezco qué no te conformaras, que buscaras alternativas y a pesar de la pesadumbre que te poseyó, te aferraras a ayudarme. «Perdóname por lo que voy a hacer, no tolero verte sufrir». Dijiste con un tono de voz ajeno mientras un manantial brotaba de tus ojos. «Te amo y voy a extrañarte, pero estoy convencida de que volveremos a vernos, aunque no pronto, amiga.»,agregaste, antes de que la aguja penetrara mi piel lastimada y una corriente helada recorriera mi cuerpo.

Ojalá hubiera encontrado una estrategia para detener el tiempo y continuar contigo. Una que te permitiera entender mi lenguaje y te hiciera entender cuánto te quiero.




Vane Aguilar

«Soy autora de cuentos, microrrelatos, relatos y novelas de diversos géneros. He participado en varias convocatorias donde algunos de mis cuentos y microrrelatos han sido seleccionados para publicar en revistas como Diversidad Literaria, en el II Concurso de Microrrelatos sobre la Mujer. Participé en la revista Penumbria, en su antología 42, con un cuento titulado «Mi fantasma», así como en la revista Fantastique con tres cuentos: «Cristi», «Mi ángel» y «El viejo ropero». En la revista La Calaca Cultural fui parte de un proyecto llamado A los Muertos, donde mi relato «Eréndira» resultó uno de los ganadores.También soy autora de varias novelas.

La muchacha que no podía olvidar

por Eliana Soza

Los malos recuerdos la atormentaban, ni siquiera los buenos lograban contrarrestarlos. Desde sus miedos a la oscuridad cuando era una niña de tres años, cada rincón del cuarto en el que dormía con su hermano. El color celeste de las paredes, carcomido por la humedad, los cinco nidos de arañas y las trece pieles de esos arácnidos colgando en el cielo raso. Los aullidos de los perros en la calle, las lucecillas extrañas que se colaban por su ventana y los gruñidos bajo su cama, unos guturales que no parecían de ningún animal conocido y que empezaban suavecito, para luego subir y ser insoportables, lo peor era que nadie más no los escuchaba. 

Otras memorias insoportables eran: el día que su padre los abandonó, las maletas cafés de cuerina con unas hebillas oxidadas, su pantalón sin planchar, la camisa blanca sin dos botones y el cuello percudido debajo de un saco de paño gastado. Los ojos vidriosos del viejo, pero sin derramar ni una sola lágrima; el vestido amarillo de mamá, manchado con la gelatina del postre, las gruesas gotas que mancharon su rostro destiñendo su rímel, las tres veces que ella le dijo “hijo de puta”, y el silencio absoluto de él. 

O el día en el que se quedó sola con el tío Juan, el olor de su ropa a tabaco. Los bigotes pintados de amarillo por los cigarros que fumaba, la nariz y las orejas llenas de pelos y el peinado grasiento. La camisa verde manchada de sudor en sus axilas y la mancha de kétchup al lado izquierdo del pecho. Las manos ásperas y torpes tocándole sus partes íntimas. Después, la vergüenza, las ganas de llorar hasta quedar sin respiración.

Tener estos recuerdos intactos, le quitaban el sueño, la torturaban en el lugar menos pensado: la clase de ciencias o en medio de una película en el cine. Trataba de concentrarse en los buenos, como la sonrisa de su madre cuando aprendió a hablar, sus comisuras formando pliegues en su piel tostada por el sol de verano. La sombra beige en sus párpados, con un delineador café oscuro agrandando sus ojos brillantes y los labios rosados. Ese vestido celeste con una flor roja bordada en el pecho que usaba los miércoles y la hacía verse hermosa. 

Cuando su papá le enseñó a manejar bicicleta, su pantalón café combinado con una camisa crema, una de las diez que tenía; la calle vacía, los tres autos estacionados cerca a su casa: un Toyota Corolla rojo y dos blancos uno Hyundai y otro Nissan. La suavidad de los pedales negros, las ruedas limpias, el color azul lustroso de la bici. Las instrucciones de sentarse firme, empezar pedaleando con el pie derecho, mover el manubrio, mirar al frente, levantarse y volver a intentarlo si caía. Al finalizar el día ninguno funcionaba.

Las imágenes negativas daban vueltas una y otra vez en su mente, se tragaban a las buenas. Dominaba cinco idiomas que solo servían para pensar en sus penurias a través de nuevas palabras. Leyó miles de libros que conseguía recitar frase por frase, pero no podía olvidar las figuras vivas que la ahogaban, estrujaban su pecho y llenaban de ira su cerebro. Hasta que entre todas la mataron a sus trece años. El médico forense escribiría en su informe: asfixia por ahorcamiento.




Eliana Soza Martínez

(Potosí , Bolivia). En 2017 participa en la Antología Iberoamericana de Microcuento, compilada por Homero Carvalho. En junio 2018 publica su primer libro de cuentos Seres sin Sombra. En julio, junto a la Editorial Soy libre publica antología de cuentos de terror Macabro Festín. En 2019 junto a Ramiro Jordán publica el libro de microficción y poesía Encuentros/Desencuentros.  Uno de sus cuentos es parte de la Antología Cuentos Fuera de Serie de los compiladores: Adolfo Cáceres Romero y Homero Carvalho Oliva. El mismo año es parte de la Antología Escritoras bolivianas contemporáneas, compilada por Rossemarie Caballero Vega, Amalia Decker y Marcia Batista Ramos. También de Nocturnalia, antología de cuentos iberoamericanos, compilada por Walter Saravia y Herejes, cuentos de terror navideño editado por Historias Pulp, España. Participa del Encuentro Internacional de Microficción de la Feria del Libro en Santa Cruz (por dos años consecutivos) y en agosto a la de La Paz.  Colaboradora de la Revista Literaria “Letras Itinerantes” de Colombia. Sus cuentos fueron publicados en España, México, Argentina, Chile, Perú, Colombia y Costa Rica. En 2019 gana el tercer lugar del concurso de cuentos “Empoderando a Orange” de la Embajada Norteamericana en Bolivia.

Promesa guardada

por Fernanda Xochiquetzal.

Hacía tanto tiempo que sabía que la rendija por donde miraba no era lo suficientemente pequeña para ocultarme, sin embargo, prefería fingir que lo era, que él desconocía mi paradero y no podría encontrarme, aunque me hubiese escondido aquí cada vez que huía. 

Esperaba con ansias, con la ansiedad característica de un anhelo imposible; soñaba con su aparición como si me corrompiera un deseo enfermizo por terminar mi agonía y espera violenta. Pensaba en las posibles formas en que me arrastraría a nuestra casa, me preguntaba de qué forma reclamaría su legítimo derecho, aquél que le había otorgado una bendición y mis promesas vacías. 

Había jurado en vano, todas las mujeres casaderas lo hacíamos. Prometíamos amar a un hombre y otorgarle un respeto que no se había ganado, era cotidiano por supuesto hacerlo en nombre de Dios como si él avalara nuestra mentira. Hasta que la muerte nos separase de nuestros desconocidos esposos estábamos destinadas a amar, respetar y adorar a un hombre que también había mentido en el altar. Sí, pecábamos, mentíamos, odiábamos. 

Y en el pecado mismo nos nombraban. Elena Montero era un nombre vacío e insignificante que debía completarse en el altar, una metamorfosis necesaria, doliente y obligatoria. “Elena Montero de Márquez” me convertía en una mujer completa, automáticamente respetada y profundamente infeliz. Era de él. 

Su nombre era el emblema de mi desgracia, deseaba desasirme de su presencia, de su existencia como una sombra, como un yugo que me recordaba su crueldad y su brutalidad. Un odio mortal me carcomía el alma, pertenecerle eternamente me condenaba a la desesperación de no poder huir de él.

Escuché el carruaje acercarse, escuché los caballos que galopaban lentamente hacia mi hogar. Recordaba sus palabras: “No volverás a burlarte de mí ¿me has entendido? Eres mía, mi esposa ante Dios hasta que la muerte nos separe” dijo con dificultad mientras tocaba su pelo blanco con la mano izquierda. 

Supe entonces que ya había ganado incluso antes de tenerme enfrente, antes de poder llevarme con él de regreso. 

Presté atención al carruaje que se detuvo frente a mi casa, mi verdadera casa. Bajó de él y presumió una sonrisa siniestra al verme esperarlo, al haberme encontrado. 

Pensé nuevamente en el juramento que había pronunciado en el altar, en las promesas vacías que Dios había avalado, en las promesas que no había podido cumplir y que se convirtieron en una tortura constante… Pensé que después de todo aquello, sólo quedaba cumplir una de ellas.

—Señora —interrumpió Rosario, la sirvienta—, acaba de llegar un mozo de la casa de su marido para informarle que el señor…

—Lo sé, Rosario —dije. 

Bajé la mirada, me concentré en los guantes de encaje blanco enrojecidos y el abrecartas que yacía a mis pies. Sonreí y regresé la mirada al carruaje.

No había jurado en vano.




Fernanda Abigail Sánchez Callejo

Oriunda del estado de México, desde muy pequeña ha tenido un gran interés en la literatura. Actualmente estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa, donde ha podido generar nuevos intereses alrededor de la literatura femenina y la novela histórica.

Selección poética

por Pilar Sanjurjo

deshielo

un cubito de hielo

                     se desliza 

por mi hombro 

                             y cae

como en un tobogán 

por mi clavícula

deja huellas en el esternón

y se deshace en el ombligo

deja una laguna melancólica

que salpica mi dedo índice    

                                               -quiero más-

quiero más de ese frío erizando

cada pelito que raspa

                                      áspero, 

juega con la tensión 

de la insoportable necesidad

de querer más 

no es cruel, es su esencia

acuosa y vacía, que se derrite

cuando roza el sol, 

                               no entiende

y se desintegra con el tacto

que le entrega la sangre

no le niego mi piel

me entretengo con su limitado

tiempo de furia 

                            lo dejo 

lo dejo esconderse en mi boca

para que sueñe con vapor 

y besos de otra especie

*

reloj de arena 

me persigue un reloj

llueve arena de su vientre

cae lenta, 

        suavemente,

               se amontona y acumula en la costa

contemplo

que se me pasa la hora,

que ya estoy en hora

de sumergirme 

la playa se inunda 

me dejo llevar por la

marea que, como engranajes rotos

me devuelve a la orilla

rechaza mi ritmo

             la ausencia también es un tiempo

no hay fuga posible. estoy como

sonámbula, la correntada 

me revuelve el

estómago/pelo/la ropa se rasga 

            ¿cómo se escapa del zig-zag?

             me vuelvo sal y

     me adhiero como parásito a los 

             caracoles/algas/corales

             los golpes están puliendo mis hábitats 

en un momento no voy a ser

             más que marcas  pero eso ya no interesa

             no es una épica despedida 

no soy

             mártir de la carencia 

*

[I] viaje 

pensé en hacer poema

la vez que volvía de Almagro 

con una persona 

que había conocido 

esa tarde-madrugada 

[disculpa si desvarío, es

que el tiempo juega conmigo]

hablábamos para mantenernos

alertas, quizás una de otra

el sol se fortalecía como

en una lupa, con la ventana

del tren y nos cegaba de a poco

anestesiaban el sueño

solo nuestras voces

banfield, domingo 11 am

alguien decide morir 

el día de la semana

que nadie parece soporta

y se cruzan en el camino 

su muerte y mis pasos:

solo buscamos desmayarnos


él entre vías, yo en mi colchón

*

días corren acelerados

no los alcanzo, los dejo escapar 

mis movimientos tan destiempo

retroceden en el 

                              tic – tac 

de los relojes 

los días se diluyen en la canaleta de mis párpados

elaboro teorías, una máquina del caos

estalló en Pakistán

y como un tsunami, sus ondas 

impactan acá 

me lo dijo alguien en una pregunta

de esas que ponen en evidencia

el detrás del mundo

¿escuchaste al gallo cantar esta noche?

y entre el cableado eléctrico y mis pupilas 

su cacareo entonó

“pasan cosas raras en Pakistán”

y lo supe, vio al tiempo huyendo de la vida

encadenado a la medianera

como quién se para en los bordes de un puente

imaginando cómo sería saltar




Pilar Sanjurjo Murujosa

 ( Burzaco, Bs. As., Argentina, 1997) estudiante de sociología, trabajadora de la educación y poeta de la urbanidad.

10 pesos de esperanza

por Grecia Gutiérrez

Conservar lo que entendemos por esperanza, se vuelve imposible cuando te arrebatan la humanidad que buscamos prevalecer en nosotros. Experimentando en carne propia, es como se da razón estrictamente de la otra cara que tiene el hombre. Y ésta, es mi razón por la cual, soy ferviente al creer en: “maldito el hombre que confía en otro hombre».

Recién cumplidos los 15 años, me atreví a contarle a mi madre de los abusos que mi propio padre cometió en mi contra hacía cinco años atrás. Yo ya había llorado lo suficiente por años, por eso en mi confesión, no sentí deseos de soltar ni una lágrima. En cambio, ella, adelgazó hasta 5kg en dos semanas por su pronta depresión. Ese hombre que dejó de ser mi papá desde el momento en que me tocó por primera vez, nos abandonó hace 5 años por una prostituta de poca monta.

Terminé la preparatoria antes de los 18 con honores. Siempre amé el estudio; por lo que, continuaría con mis sueños. Nunca nada fue fácil para mí, todos mis logros eran el vivo reflejo de un sacrificio inconmesurable, sobre todo al ingresar al Ejército. Quería hacer carrera en ese medio, comenzando desde abajo para adquirir el ritmo de vida. Mucho de lo que hago, va en contra de mi ideología, pero entendí desde muy joven el precio de la vida en un mundo opresor. Mi plan era experimentar la mayoría de actividades militares para que, una vez ingresando a la universidad de dicho medio, nada me asustara ni tampoco nadie me quisiera ver la cara. Al año de cumplir mi condición como soldado, realicé mis trámites para la escuela. Durante cuatro meses, estudié muy duro y por fortuna fui aceptada. Me pareció en cierta medida un milagro debido a mi avanzada miopía, sin embargo, extrañamente no le dieron mucha importancia.

Dejaría de ser un soldado asalariado para pasar a ser un cadete del Colegio, por lo que debía ahorrar más para sobrevivir mi primer año y dejar a mi madre con más dinero asegurado. Mientras tanto, mi servicio como tropa debía continuar hasta agosto. Me tocó por sexta ocasión operar en las calles durante una semana, viviendo en el camellón de una carretera en mi tienda de campaña. Siempre demostré ser un excelente elemento, sobre todo en el orden cerrado, pero esta vez, mis habilidades fueron entorpecidas porque me tomaron por sorpresa…

En dicha operación, éramos 20 elementos que brindábamos seguridad a una comunidad. Dos elementos femeninos y el resto, una bola de machistas ignorantes con un grado muy inferior de educación. Cuando íbamos de regreso a nuestra base, la caprichuda soldado solicitó hacer una parada en un mini súper para saciar la sed que no era capaz de contener. Me obligaron a bajar junto con ella y entrar ambas a la tienda amarillo con rojo, mientras, otros cuatro compañeros daban seguridad a unos 15 metros a la redonda. Yo no tenía planeado comprar nada, pero aproveché para pagar un suero de coco y guardarlo en mi coreana, que es una mochila con metales a la espalda para mayor fijación y rigidez. Observé que mi antigüedad perdía el tiempo viendo revistas mientras cargaba su pequeña despensa. Con frecuencia, me parecía una mujer vulgar y sin valores. La llegué a escuchar contando con imprudencia y descuido que su ex novio ya era sicario. Escuché que alguien entraba por la puerta y a través del cristal, no vi a ningún soldado. Tenía bien empuñado mi fusil y bien puesta mi mochila, cuando veo que un sujeto golpea directo en la nuca a mi compañera. Apunto con mi arma al tipo, pero siento cómo una fuerte corriente eléctrica invade mi cuerpo y quema mi cintura. Me despierta el movimiento que sentía, y al abrir los ojos, solo hay oscuridad. Entro en pánico por percatarme de que es un secuestro a dos mujeres militares, por lo menos hasta donde sé. 

Con palabras obscenas y groserías, me decía lo mucho que valíamos en cautiverio para la delincuencia. Alimentaban su miserable existencia amenazando con lo que me harían, era un hecho que mi vida había llegado hasta aquí. Con una patada bien recibida en la espalda, descendí de la camioneta. Apenas y pude meter las manos por la venda en mis ojos y el peso de mi mochila. Escuchaba cómo mi compañera lloraba y suplicaba que la dejaran tranquila, que no quería más golpes, que podía darles lo que quisieran de ella a cambio  y su silencio para siempre. Me golpeaban las piernas con mi propio fusil hasta que me sentaron en el suelo y ataron mis manos a un tubo frío. El suelo estaba mojado y olía a podrido. Me dieron un puñetazo en el rostro para avisarme que iban a quitarme la venda y meterla a mi boca. Ya con la nariz rota y la venda casi ahogándome, me di cuenta que la voz de mi secuestrador, no era la misma de quien tenía frente a mí. Lo supe de inmediato porque la reconocí; un pasamontañas cubría toda su cara, pero no hacía falta que se lo quitara, pues era mi padre. Ni por un segundo me reconoció, es entendible porque dejó de verme a los 13 y ahora tengo casi 19. La otra soldado se escuchaba en el muro de atrás mío, por lo que no había tenido contacto con mi padre. 

Si las personas supieran lo poco o nada humanos que son estos tipos, seres sin alma ni sentimientos; no les importa tu descendencia originaria ni lo que pierdas como persona, solo buscan causar terror y arrebatar vidas cuales psicópatas. Lo peor es que lo logran, y más con inocentes. Me propinaron dos tipos más, la paliza de mi vida hasta dejarme casi inconsciente. Mis ahogados gritos en la venda imploraban que se detuvieran. Yo solo pensaba en mi madre y me calmaba el hecho de saber que la pensionarían. Después de 5 largos minutos, cesaron la tortura y llamaron al “Volado”. Desde el suelo y apenas con un ojo abierto, veo que entra un sujeto muy robusto y enorme con mi compañera en ropa interior y herida de gravedad. Comienzan a desvestirme también a mí, quitándome antes las esposas. Me dejan en ropa interior cuando veo que le hablan a Charly para la prueba final. Supongo que quien resista el degenere a punto de cometerse, ganará. ¿Cómo llamarle triunfo a una aberración? Mientras el hombre robusto abusaba a la otra, el tal Charly era mi padre, quien se quita el pasamontañas para susurrarme suciedades al oído, como cuando robó mi inocencia. Seguía siendo el mismo en todo aspecto. Encienden una lámpara de aceite y noto lo espeso que he sentido todo ese tiempo el suelo: eran la sangre y mugre de otras presas como yo. 

Solo con mi ropa íntima puesta, grito para decirle a ese acosador sexual que soy su hija Frida, pero la venda seguía en mi boca. Él conoció mi cuerpo a la perfección desde niña, y aunque de principio no supo quién era yo, recordó mi lunar en mi pubis y mi cicatriz en una ingle de aquella vez que me encaje un metal al saltar en el sofá. De inmediato, vio mi único ojo abierto suplicante por reconocerme, y lo supe al instante. Con su dedo en sus labios señalándome silencio, me quitó la venda de la boca y comenzaron a brotarle lágrimas. El hombre robusto no notó nuestra situación. Charly solo simuló haber terminado mientras se acomodaba el pantalón. El Volado estuvo presente en la habitación pero sin prestar atención. Debe ser la costumbre. Se acercó para ponerme de pie junto con la otra mujer que sufría conmigo. Y cuando ella nota la presencia de Charly, le dice que cómo es posible que le estuviera haciendo eso a ella que fue su amada por años. La segunda sorpresa para ambos, fue que por quien nos abandonó, resultó ser más tarde mi propia antigüedad y ninguno de los tres lo sabía; todo este tiempo conviví con la prostituta que mi padre prefirió en lugar de mi madre. Y la golpeaban mientras él golpeó a su propia hija. No supo qué decir y se limitó a ignorar. Entonces se acerca quien nos estaba esperando y dice que quien pierda el volado, morirá a manos de su hombre experto en compactar. Me dieron a elegir por haber guardado silencio sin vendas en la boca. Siempre he preferido el águila, y aún sin esperanza, elegí esa cara de la moneda. La dejó volar en el aire hasta caer. Gané. Ella me dio algo que llevaba entre sus manos antes de que se la llevaran. Era su portanombre: Fonseca. 

Dijeron que requería de energía, por lo que me dieron agua y pan. Pude dormir un par de horas y de un jalón, me levantaron. Me entregaron mi mochila que ahora estaba cerrada con candado. Tuve que vestir mi sucio uniforme y ponerme mi mochila sin poder abrirla hasta que llegara a mi base. Supe que mi presentimiento no se equivocaba con mi equipaje. Me treparon a la camioneta de nuevo sin poder ver, y a los 20 minutos me tiraron. Me quité la venda y reconocí el camino. Caminé media hora hasta llegar a la guardia.

—¡Identifícate!

—Soy la Soldado Policía Militar Frida Bolaños Martínez

—¿Una de las que fueron raptadas el día de ayer?

—Así es, la soldado Fonseca me acompaña. Viene en mi mochila…




Grecia Gutiérrez

Su pasión por las letras la obliga a transcribir en papel lo que su imaginación le dicta mientras espera en las largas listas durante el día o cuando la fatiga de las actividades la llevan casi a su límite. Egresada de la Universidad de Guadalajara, Grecia Gutiérrez de 23 años, mezcla sus estudios de filosofía con su empleo en la milicia para promover las humanidades en el Ejército Mexicano. Sabe de antemano, que las probabilidades de que dicho proyecto de vida son casi nulas, pero nunca es tarde para aferrarse (como siempre) a los buenos caprichos que requieren de cumplirse. Por lo pronto, pretende hacer del género trágico literario su especialidad para recordarse libre en el cuartel.

Pesadilla inconclusa

por Janett Peláez

Su regreso causó conmoción. Quería que el rumor le llegara a su abuelo antes de recorrer el kilómetro y medio desde la parada a su casa, se tomó su tiempo, sintió cada paso del camino, que a pesar de los años jamás podría olvidar. El calor era tan intenso que el sudor empezaba a formar sombras en su blusa, sus movimientos daban la impresión de rigidez y se notaba en cada uno su incomodidad. Se detuvo en una tiendita para comprar algo de beber, intentó suavizar su expresión con una sonrisa rápida a la señorita tras el mostrador, era probablemente más joven que ella, llevaba un bebé cargando apoyado sobre sus caderas que lloraba con amargura, cubierto de sudor y con las manos sucias. Lo dejó sin precaución sobre el mostrador para ir a buscar cambio, y fue inevitable para ella tocar su mejilla regordeta, el niño la observó con atención interrumpiendo de forma abrupta su llanto y ella le hizo cosquillas en el pie, la risita resonó en toda la tienda, y la hizo sonreír con mayor soltura, sus ojos se iluminaron. La señorita regresó.

−Aquí está –cargó al niño y este la pescó de los aretes tironeando con fuerza−. ¿Eres nueva aquí? Creo te conozco, pero no sé de dónde.

La pregunta la hizo regresar a su postura, respondió tajante que no y se apresuró a salir sin darle oportunidad de decir algo más. El resto del camino se le fue en el intento de no morir abrasada por el sol. No quería pensar demasiado, se dio cuenta de que había llegado cuando la puerta de hierro forjado estaba frente a ella. No tocó la campana, entró antes de que las dudas la asaltaran. La casa seguía igual, con un montón de macetas desperdigadas sin orden alrededor de ella, sintió de inmediato la mirada pesada de su abuela desde la ventana de la cocina, pero no esperaba una bienvenida. 

La puerta daba directo a la sala de estar, al abrirla se encontró con su abuelo sentado frente a la televisión encendida, la tensión de su mandíbula delataba que el único pensamiento de su abuelo estaba centrado en esperar su llegada. Ella tomó con exagerada rigidez su bolso y tragó saliva, jamás estuvo segura de cómo iba a sentirse. Apretó los dientes mientras se dirigía con paso firme hacia él.

−Hola, Matías −estaba más ronca de lo que esperaba, así que se aclaró la garganta.

−Soy tu abuelo, Melissa, esas no son formas de hablarme. 

Cada palabra parecía herirle la garganta, su voz estaba dañada por tantos años de fumador y su respiración conectada a un tanque de oxígeno.

−¿Tan pronto y ya quieres hablar de lo que es correcto o no? 

Con una sonrisa burlona en los labios, tomó el control remoto de la televisión y la apagó. La voz de su abuela a sus espaldas la hizo dar un brinco, seguía intacta, tan fuerte y dura como siempre había sido.

−¿Qué quieres aquí? −dijo con brusquedad.

−¿No puede una nieta visitar a sus abuelitos?

Caminó por la estancia jugueteando nerviosa con el anillo en su dedo, mientras los tres permanecían en silencio, había preparado todo un discurso para este momento, pero al pasar por la puerta todo se le había olvidado.

−Muy a tu pesar, Matías, soy una mujer exitosa, incluso me casé y si mis asuntos aquí se resuelven –pasó, en un gesto inconsciente, los dedos de su mano sobre su vientre, con la mirada perdida−, me gustaría ser madre en poco tiempo.  

Él movía nervioso los dedos sobre su regazo e intentaba con algo de dificultad seguirla con la mirada, mientras su abuela permanecía rígida con el mandil entre las manos, observándola.

−Pero, a pesar de eso, tu recuerdo aún me despierta gritando cada noche y me obliga a regresar a tu miserable y polvoriento pueblo a verte, abuelito.

La sonrisa, más parecida a una mueca, se le había grabado en el rostro, sentía sus latidos acelerarse, la adrenalina de la espera le circulaba por todo el cuerpo y a cada palabra se sentía más confiada.

−Yo no tengo nada que hablar contigo, Melissa –intercambió miradas con su esposa y supo que eso era la señal de ir por la escopeta, pero su reacción fue más rápida.

−¿A dónde vas Dolores? –el peso del arma, que en un solo movimiento había sacado de su bolso, la hacía sentir más fuerte−. ¿Por qué no tomas tu lugar a lado del viejo?

Su abuela la pulverizó con la mirada, mientras obedecía la orden, estaba furiosa, conocía bien esa mirada de una infancia recibiendo golpes con cables, ramas de ciruelo, la piedra del molcajete o cualquier objeto a su alcance. Tener los papeles invertidos la motivó a continuar.

−Esta es la cosa −el parpado derecho le temblaba ligeramente−. Ya no soy una niña, no me voy a ir de este asqueroso lugar hasta que me den una explicación, ¿quién sabe?, a lo mejor hasta se me antoja perdonarlos.  

−¿Y tú quién te crees para otorgar perdón, puta?  

La señora escupió en el piso a los pies de Melissa y ella sonrió como quien sólo espera un pretexto para actuar.

−Tienes razón Dolores, ¿qué te parece si averiguamos si Dios te perdona? 

Su abuela, perpleja, abrió los ojos al verla acercarse, y en un instante recibió de lleno, en el costado de la cabeza, el golpe de la cacha de la pistola. Un hilo de sangre le escurrió hacía la oreja y perdió el conocimiento, parecía estar muerta; se quedó un momento regodeándose con la escena e ignorando los insultos de su abuelo, que con mucho esfuerzo se había girado para acunar entre sus brazos el rostro de su esposa.

−Estoy esperando, Matías –dirigió su arma hacia él y se humedeció los labios.

−¿Qué quieres que te diga, Melissa? Tus padres murieron, el dinero faltaba y yo… –le temblaba el labio inferior y la cánula de oxígeno se había salido de su nariz.

−¿Se murieron? ¿No querrás decir “los mataron”? –Sacudió la cabeza en un intento de ordenar sus ideas–. Eso no importa ahora, no ganaste dinero, lo perdiste, dinero que ni siquiera era tuyo, y ¿cómo lo solucionaste?

−Me disculpo si quieres –se acercó la cánula e inhaló profundamente, las venas en sus ojos estaban rojas e inflamadas, las manos le temblaban.

−¿Te disculpas? ¿Por qué? ¿Por haber pagado conmigo tus deudas, o porque haya sobrevivido? −Sus mejillas enrojecieron por la furia y los ojos se le llenaron de lágrimas–. ¡Tenía 11 años, maldito cerdo! y tú me usaste como cualquier mercancía.

−No tenía otra opción, además –hablaba con dificultad entre lloriqueos e inhalaba con desesperación–, después todo te salió bien

−¿Bien? –Con una mano desconectó de un tirón el tanque de oxígeno sin dejar de apuntarle con el arma, la cabeza empezaba a dolerle− ¡Pasé 3 años de mi vida en un agujero, rogando a Dios cada día que me dejara morir! Jamás logré sacar de mi mente lo que me hicieron, lo que tú, mi abuelo, me hizo para salvar su pellejo.

Las lágrimas le escurrían por las mejillas y su abuelo gimoteaba. Ella se acercó más a él, hasta casi tocarle la frente con la pistola, que apretaba con tanta fuerza que los nudillos se le marcaban blancos y las venas se le saltaban.

−Cálmate, Melissa, lo s… 

Volteó hacia su nieta y titubeo al ver el arma tan cerca y la decisión en su mirada. Aspiraba por la boca con desesperación, deslizándose con lentitud hacía el piso, el dolor del esfuerzo le desencajo aún más el rostro, intentaba alcanzar la cánula que yacía junto a sus pies.

−¡Cállate! Sólo quiero saber ¿por qué?, ¿qué estabas pensando?, ¿cómo puede alguien hacerle algo así a una niña? 

Las manos le temblaban cada vez más, mantenía la mirada fija en su abuelo que empezaba a tener los dedos morados y tosía sin control.

−Yo… no estaba bien… no quería morir… no quiero morir. Además, todo esto fue idea de tu abuela, no mía, yo jamás… 

Melissa sentía sus latidos en los oídos, los labios entreabiertos, miraba el lastimero intento de supervivencia de su abuelo, eran solo sobras del recuerdo que tenía de él, poco quedaba del monstruo que la atormentó, sólo era un egoísta y un cobarde. La cabeza le daba vueltas, sin decir más, se giró e intentó correr, pero el mareo la detuvo, quería alejarse de ahí, extendió una mano para tantear los muebles y las paredes en su búsqueda desesperada por la salida.  Con la otra se aferró a la pistola, como si la estabilidad en sus pisadas dependiera de ella.




Janett Peláez Romero

Mi nombre es Janett Peláez Romero, nací en la Ciudad de México y a los 5 años me mudé a un pequeño pueblo al sur del estado de Puebla llamado Tehuitzingo, donde el calor es muy intenso la mayor parte del año y no hay absolutamente nada que ver, pero los niños crecen felices. Volví a la ciudad a los 14 años para estudiar en la UNAM y descubrir que no era nada fácil vivir lejos de mis padres. Terminé la licenciatura en la Facultad de Odontología y cualquier fracción de tiempo que no ocupe mi vida laboral la dedico a escribir.

Eco

por Jeraldi Rosas

Eco                                                                                     

Las palabras se mezclan, donde
el sentimiento toca su orquesta
y lo diriges con tu varita.

¿Cuál es este espacio donde yo
Realmente soy y no aparezco
ni trato de sobrevivir sino de vivir?
Casi creo que el pensamiento fue
un sonido y propaga su eco

Tomaré tus miedos sobre mí y te daré coraje.
Valor para expresar todo tu amor,
atrévete a darme tu alma para que pueda hacerlo.
La obra de arte más bella, la canción guardada en mi corazón.

Traducción Italiano

Eco

Le parole si mischiano, dove
il sentimento suona la sua orchestra
e tu con la bacchetta la dirigi

¿Che cos’è questo spazio dove io
sono io veramente e non appaio
né provo a sopravvivere ma vivo?
Ti penso quasi che il pensiero fosse
un suono e propagasse la sua eco.Prenderò le tue paure su di me e ti darò coraggio.
Coraggio per indicare tutto il tuo amore
Osa darmi la tua anima in modo che io possa farlo la più bella opera d’arte, la canzone è rimasta nel mio cuore




Jeraldi Rosas

«Mi nombre es Jeraldi Rosas soy de la Ciudad de México, tengo 25 años. Estudié sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, soy compositora y escritora en mis tiempos libres.»